José Fernández Madrid
Independencia
1789–1830
La biografía
Pocos hombres encarnan con tanta transparencia la paradoja del criollo letrado durante la Independencia neogranadina como José Fernández Madrid. Médico formado en la escuela ilustrada de Fray Miguel de Isla, jurista, poeta menor, periodista federalista y diplomático de la Gran Colombia, cargó además con la magistratura más incómoda que le tocó a un patriota de su generación: la presidencia de las Provincias Unidas de la Nueva Granada en 1816, el año exacto en que cuatro columnas realistas al mando de Pablo Morillo desmontaban, ciudad por ciudad, la Primera República. Renunció al cargo en Popayán, pagó su tibieza con años de destierro y murió a las puertas de Londres en 1830 ejerciendo, por nombramiento de Bolívar, la representación diplomática de Colombia ante la Corte de St. James. Su figura no cabe en la galería de los caudillos militares ni en la de los mártires; pertenece a otra clase, más difícil de fijar: la de los hombres cuya autoridad procedía del prestigio letrado y cuya utilidad política fue, casi siempre, inversamente proporcional a su poder real.
Línea de vida
- 1810
Publicación en el Semanario de Caldas
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Publicó la memoria 'Sobre la naturaleza, causas y curaciones del Coto' en el Semanario del Nuevo Reino de Granada, dirigido por Francisco José de Caldas, inscribiéndose a los veintiún años en la red ilustrada que sería simultáneamente la red política de la Independencia.
- 1810
Cofundación de El Argos Americano
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Junto con Manuel Rodríguez Torices fundó y codirigió El Argos Americano en Cartagena, periódico federalista que defendió la soberanía provincial y polemizó sistemáticamente contra el centralismo de Antonio Nariño difundido desde La Bagatela; la publicación continuó en Tunja y Santafé siguiendo los traslados del Congreso federal.
- 1816
Presidencia de las Provincias Unidas de la Nueva Granada
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Reemplazó a Camilo Torres Tenorio en la presidencia de la Confederación en el momento de mayor crisis: cuatro columnas realistas de Morillo reconquistaban el territorio, Medellín y Santafé caían en manos españolas y el gobierno federal carecía de ejército y territorio efectivos.
- 1816
Renuncia en Popayán y exilio
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Marchó hacia el sur en ejercicio de la presidencia y renunció al cargo en Popayán, reconociendo la inviabilidad de la magistratura; le sucedió Liborio Mejía. Inició entonces un largo destierro que lo llevó a La Habana, donde residió casi una década ejerciendo la medicina como sustento.
- 1827
Designación como representante diplomático en Londres
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Simón Bolívar lo nombró Representante de la República de Colombia en Gran Bretaña, tercer eslabón de la misión diplomática abierta por Francisco Antonio Zea, con el objetivo de consolidar el reconocimiento europeo de la Independencia y gestionar apoyo financiero y logístico para la Gran Colombia.
- 1830
Muerte en Londres
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Falleció en 1830 en las proximidades de Londres mientras ejercía la representación diplomática colombiana ante la Corte de St. James, cerrando una trayectoria que lo llevó de la prensa ilustrada cartagenera a la diplomacia republicana atlántica.
Un criollo cartagenero entre la medicina y el derecho
Nació en Cartagena de Indias el 19 de febrero de 1789. La fecha lo sitúa en el último cuarto del siglo largo del Virreinato, en la ciudad amurallada que aún funcionaba como puerto neurálgico del comercio atlántico español pero que ya empezaba a acumular las tensiones —fiscales, sociales, ideológicas— que la convertirían dos décadas después en foco de la insurrección. Fue infancia acomodada de familia principal cartagenera, con los recursos suficientes para enviarlo a Santafé de Bogotá a completar su educación en las aulas coloniales del altiplano.
Allí estudió medicina y derecho: la doble formación que definiría después su perfil público. La medicina la aprendió como discípulo de Fray Miguel de Isla, uno de los grandes maestros de la medicina ilustrada neogranadina, formado en la tradición que articulaba las ocho cátedras del proyecto ilustrado —física, química, matemáticas, botánica, historia natural— en torno a los ejes de Newton, Linneo y Boerhaave. No era formación de curandero ni de barbero: era el injerto criollo de la ciencia europea moderna, con su fe en la observación empírica y su desconfianza de la escolástica. El derecho lo cursó en paralelo, en los colegios santafereños de la época, con el aparato jurídico que preparaba a los criollos para las carreras del foro, la administración y, andando el tiempo, la política.
De aquella doble matrícula salió un hombre capaz de sostener conversación en dos registros: el de las repúblicas de las letras europeas, con su curiosidad por las enfermedades del trópico, y el del constitucionalismo criollo, con su vocabulario de soberanía, federación y derechos. Ambos idiomas le servirían por igual entre 1810 y 1830.
La pluma joven: el Semanario de Caldas y el Argos Americano
Antes de ser presidente, antes incluso de ser diputado, Fernández Madrid fue escritor. Su primera aparición pública de peso ocurrió en las páginas del Semanario del Nuevo Reino de Granada, la publicación dirigida por Francisco José de Caldas entre 1808 y 1810, órgano cardinal de la Ilustración neogranadina en vísperas de la ruptura. Allí publicó en 1810 una memoria titulada Sobre la naturaleza, causas y curaciones del Coto, contribución médica dedicada al bocio endémico que asolaba las zonas altas del Virreinato. La memoria lo inscribía en el catálogo de los colaboradores científicos de Caldas —el mismo repertorio que incluía trabajos de Humboldt, de Jorge Tadeo Lozano y del joven José Manuel Restrepo— y le otorgaba, a los veintiún años, credenciales de hombre de ciencia con firma reconocida.
El Semanario no fue el primer periódico neogranadino de importancia —ese lugar corresponde al Papel Periódico de 1791—, pero sí fue el más denso intelectualmente de su tiempo: mezcla de geografía, botánica, memoria estadística y química aplicada, funcionó como el laboratorio impreso donde una generación aprendía a mirar el propio territorio con instrumentos modernos. Que Fernández Madrid publicara allí a los veintiún años, sobre una enfermedad de las cordilleras, lo colocaba dentro de una red de sociabilidad ilustrada que sería, al mismo tiempo, la red política de la Independencia.
La ruptura de julio de 1810 lo empujó de la ciencia al panfleto. Regresado a Cartagena, se asoció con Manuel Rodríguez Torices —cartagenero también, y como él antiguo colaborador de Caldas— para publicar El Argos Americano, uno de los periódicos más influyentes de la Patria Boba. Desde sus columnas los dos jóvenes defendieron la causa federalista con vehemencia sistemática: cada provincia debía conservar la plenitud de su soberanía, y el pacto entre ellas debía ser confederal, no unitario. El adversario era Antonio Nariño, que desde Santafé publicaba La Bagatela y sostenía, con igual vehemencia, la necesidad de un gobierno centralista fuerte. La polémica entre el Argos y La Bagatela fue el equivalente impreso de la guerra que ya se libraba de facto en los caminos: no se trataba solo de doctrina constitucional sino del reparto real del poder entre la capital virreinal y las provincias litorales que se sentían históricamente subalternas. El Argos siguió publicándose después en Tunja y en Santafé, siguiendo a los congresos federales cuando la geografía política los obligó a mudarse; ese itinerario dice todo sobre la porosidad entre prensa y Estado en la Primera República.
Federalismo cartagenero: el tejido político de la Patria Boba
Rodríguez Torices, el socio de imprenta, es una clave para entender a Fernández Madrid. Ambos habían frecuentado la sociabilidad ilustrada santafereña —Rodríguez Torices, la Tertulia del Buen Gusto entre otras— y ambos regresaron a Cartagena convertidos en promotores independentistas. El 11 de noviembre de 1811, Rodríguez Torices firmó el Acta de Independencia de Cartagena, que convirtió a la provincia caribeña en la primera de la Nueva Granada en declarar la ruptura absoluta con España. Ese mismo mes, diputados de Antioquia, Cartagena, Neiva, Pamplona y Tunja firmaron el pacto de federación de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, desconociendo a las autoridades españolas y organizando una confederación en la que cada estado se reconocía como libre, independiente y soberano, con forma de gobierno republicano.
El problema estructural del arreglo saltaba a la vista y ni el Argos Americano pudo disimularlo: el pacto no definía con claridad las competencias entre los estados y la Confederación, y esa indefinición generó conflictos en múltiples escalas. Camilo Torres Tenorio —que también defendía la tradición de los cabildos autónomos y consideraba justo que las provincias ejercieran su soberanía— fue comisionado por el Congreso para redactar una constitución inspirada en la de los Estados Unidos, pero la mecánica confederal probó ser inviable en un territorio donde las viejas rivalidades interurbanas seguían activas: Mompox contra Cartagena, Cundinamarca contra las demás provincias, el litoral contra el interior. La pugna entre federalistas y centralistas no se quedó en las páginas de los periódicos; derivó pronto en enfrentamientos armados, con el Congreso trasladando su sede y Nariño disputando militarmente territorios desde Cundinamarca. La Patria Boba fue, más que un episodio de puerilidad política —como la caricaturizó después la memoria republicana—, el intento fallido de resolver por vía institucional un conflicto que las estructuras heredadas del Virreinato hacían casi irresoluble.
En esa configuración, Fernández Madrid representó la variante letrada del federalismo cartagenero: menos militar que Rodríguez Torices, menos jurídico-doctrinal que Camilo Torres, más volcado hacia el periodismo y la escritura pública. Su capital político era el prestigio intelectual: firma en el Semanario de Caldas, codirección del Argos, formación médica y legal, familia principal de Cartagena. Ese capital lo llevaría, cuando la crisis se hiciera terminal, a la primera magistratura de la República.
La presidencia imposible de 1816
El 6 de diciembre de 1815, tras un sitio de varios meses, el general Pablo Morillo entró en Cartagena. La ciudad que encontró no era ya la plaza fuerte que había resistido tantas cosas antes: era un cadáver colectivo. Cartagena había perdido más de la tercera parte de su población. Los propios sitiadores españoles pagaron un precio devastador: 3.125 muertos y unos 3.000 enfermos en las filas expedicionarias. Testigos como Lino de Pombo dejaron relato pormenorizado del horror. La caída marcó el inicio del fin de la Primera República: desde 1815, con la llegada del ejército expedicionario, las fuerzas independentistas encadenaron las más graves derrotas políticas y militares del proceso.
En febrero de 1816, Morillo partió de Cartagena hacia el interior. El general Francisco Montalvo fue elevado a virrey el 28 de abril de ese año, con sede en Cartagena, y aplicaría en la ciudad una política menos sanguinaria que la del expedicionario, hasta que en abril de 1818 las intrigas de Morillo y de Pascual Enrile lo desplazaran para imponer a un militar de reputación más severa contra los independentistas. Entre tanto, las columnas realistas avanzaban tierra adentro: caía Medellín, caía Santafé, caían las provincias que apenas cinco años antes habían firmado el pacto de federación. El Congreso de las Provincias Unidas, en fuga permanente, se descomponía junto con el territorio que decía gobernar.
Fue en ese punto de la caída cuando Camilo Torres, presidente hasta entonces, fue reemplazado por Fernández Madrid. El nombramiento merece leerse con precisión. No ascendió un caudillo militar ni un tribuno con base propia: se recurrió a un hombre de credenciales letradas intachables, federalista de vieja data, cartagenero de familia principal. Podía revestir con legitimidad simbólica una magistratura ya vaciada de contenido efectivo. Torres caía, la reconquista avanzaba, el campo criollo estaba mermado por la derrota, la deserción y la fuga, y apenas quedaba quién pudiera asumir formalmente el cargo. Fernández Madrid lo aceptó.
Su ejercicio fue itinerante y breve. Marchó hacia el sur para intentar rearticular un gobierno sin territorio ni ejército, y en Popayán, con el frente también irrevocablemente comprometido, renunció. Ese mismo año, Liborio Mejía se encargó de una presidencia que ya no era, propiamente, presidencia de nada. La renuncia de Popayán no fue traición ni cobardía: fue el reconocimiento explícito de que la magistratura había dejado de ser ejercible. Pero también fue lo que fue: la constatación de que Fernández Madrid, elevado precisamente por ser hombre de consenso y no de guerra, no encontró dentro de sí el resorte militar o político que quizá otro habría podido movilizar aun en la derrota. La historia posterior sería severa con esa renuncia; también con la persona de quien la firmó.
El terror de Morillo y la fuga de los ilustrados
Lo que vino después justificó, en cualquier caso, el desplome. Morillo condujo la reconquista con crueldad sistemática. En Mompós hubo ahorcamientos y decapitaciones de patriotas; en Bogotá, los consejos de guerra permanentes segaron a buena parte de la primera generación de ilustrados neogranadinos. La política del expedicionario no fue estallido momentáneo sino método: aterrorizar al criollato ilustrado para impedir cualquier reconstitución del proyecto independentista.
Esa violencia tuvo, sin embargo, un efecto que Morillo no calculó. Las noticias sobre las ejecuciones se difundieron rápidamente a ambos lados del Atlántico. En Gran Bretaña y en Estados Unidos, la indignación por la muerte de tantos hombres de letras encajó con los tropos ya asentados de la leyenda negra española. Afirmar la superioridad moral de la causa insurgente ante audiencias externas a la monarquía resultó extraordinariamente provechoso: fluyeron reconocimientos parciales, simpatías políticas y —lo que importaba más al esfuerzo militar— apoyo monetario y logístico. La sangre neogranadina se convirtió, contra el propósito del expedicionario, en el argumento diplomático más eficaz de la Independencia.
Fernández Madrid formó parte de la emigración que siguió a la reconquista. José Manuel Restrepo, futuro historiador oficial de la República, dejó en sus Apuntamientos autobiográficos el registro de aquella dispersión de patriotas por las Antillas y por Europa. Fernández Madrid recaló primero en La Habana, donde pasaría los años más largos de su destierro: casi una década de vida civil interrumpida, con la familia —se había casado con Custodia Rodríguez del Lago, y de ese matrimonio nacería, entre otros, Pedro Fernández Madrid— y con el ejercicio médico como sostén cotidiano. La medicina, que había sido carrera juvenil y credencial ilustrada, se volvió oficio de subsistencia en la isla española que le daba techo mientras la Gran Colombia se hacía en tierra firme sin él.
La rehabilitación diplomática: Londres, 1827-1830
El regreso al servicio público no vino por la vía militar ni por el retorno a la Nueva Granada. Vino por Bolívar, y vino por Londres. Simón Bolívar, que lo conocía personalmente y apreciaba su mérito, lo designó en 1827 Representante de la República de Colombia en Inglaterra. El nombramiento lo inscribía en una cadena diplomática abierta desde 1820, cuando el naciente Estado —todavía Gran Colombia, la unión de Nueva Granada, Venezuela y Ecuador— había comenzado el esfuerzo sistemático por obtener el reconocimiento europeo de la Independencia. Francisco Antonio Zea había sido el primer agente; le siguió José Rafael Revenga; Fernández Madrid vino como tercer eslabón de esa misión.
Los objetivos de la representación en Londres eran dobles y estaban entrelazados: obtener el reconocimiento formal del nuevo Estado por parte de las potencias europeas —empezando por la británica, la única con capacidad efectiva de arbitrar el sistema atlántico tras Napoleón— y conseguir fondos extranjeros para un tesoro público exangüe. La primera tarea exigía sobre todo respetabilidad; la segunda, credibilidad ante los círculos financieros de la City. Para ambas, Fernández Madrid resultaba el perfil idóneo: hombre de letras con obra publicada, formación científica europea en cuanto a método, historial político sin manchas de crueldad ni de aventurerismo, prosa educada, buenas maneras. Bolívar, que sabía distinguir entre los talentos que servían para el llano y los que servían para las cancillerías, no se equivocó al elegirlo.
Fernández Madrid ejerció el cargo desde 1827 hasta su muerte. En esos tres años operó en el circuito diplomático londinense que también dio salida a las negociaciones de reconocimiento con otras cortes europeas, entre ellas la Holanda de aquellos años, donde su nombre aparece registrado. No firmó tratados de alcance histórico ni protagonizó episodios espectaculares; hizo, más bien, la labor grisácea y decisiva de mantener abierta la interlocución, cultivar contactos, moderar expectativas, redactar despachos, sostener la presencia diplomática de un Estado que en esos mismos años empezaba a descomponerse internamente y que, para 1830, se disolvería en las tres repúblicas sucesoras.
La actividad diplomática convivió con reconocimientos tardíos en su patria. En 1826, cuando la Ley de Instrucción Pública creó la Academia Nacional, Fernández Madrid fue incluido entre sus miembros. En 1827, el año mismo de su nombramiento en Londres, fue designado Miembro Corresponsal de la Facultad de Medicina Nacional. Ambos títulos son significativos porque muestran que su identidad de hombre de ciencia y de letras nunca se disolvió detrás de la de político: en las corporaciones intelectuales de la República se le reconocía por lo que había sido antes de 1816 —el joven autor de la memoria sobre el coto, el discípulo de Fray Miguel de Isla— tanto como por lo que era en 1827.
Murió en Barnes, aldea del condado de Surrey a las afueras de Londres, el 28 de junio de 1830. Tenía cuarenta y un años. Bolívar moriría, agotado por la disgregación de su obra, seis meses después. La coincidencia cronológica es más significativa que fortuita: los dos hombres se fueron con la Gran Colombia, y el letrado cartagenero que había representado a su patria ante Inglaterra no alcanzó a ver la Nueva Granada volver a ser Nueva Granada.
El hombre de letras: poesía y prosa
Al lado del médico, del político y del diplomático, hubo también un escritor. Fernández Madrid publicó a lo largo de su vida poesías y composiciones literarias de mérito desigual en publicaciones periódicas de Cartagena, Santafé, La Habana y Londres. No fue poeta mayor; la historiografía literaria colombiana lo ha situado, con razón, en el estrato de los versificadores neoclásicos de transición hacia el romanticismo, ilustrados en el gusto, cívicos en la intención, correctos en la forma. Escribió odas patrióticas, elegías, piezas de circunstancia. Compuso también obras dramáticas con temas de la conquista americana, en línea con el neoclasicismo americanista que buscaba en el pasado precolombino un repertorio de asuntos alternativos a la mitología greco-latina.
Su producción literaria tiene menos peso en la historia de la poesía colombiana que en la comprensión de su propia figura pública. En la creación letrada de aquellos años, la poesía fue el género destacado en el que cristalizaron el espíritu y la empresa de la generación romántica de la Independencia; escribir versos formaba parte, para los hombres públicos, del oficio integral de servir a la nación naciente con acción y con pluma a la vez. Fernández Madrid perteneció por temperamento y por hábito a esa comunidad: los mismos hombres que redactaban actas y ejercían magistraturas escribían odas y traducían latinos, y el prestigio en una esfera reforzaba la autoridad en la otra. Su poesía —hoy leída sobre todo por los especialistas— fue en su momento parte funcional del capital simbólico que lo llevaría a Londres. Su hijo Pedro Fernández Madrid recogería y publicaría después parte de esa obra, contribuyendo a fijar la imagen del padre como letrado ejemplar más que como político de decisión.
Balance de una figura de consenso
Nada en la trayectoria de Fernández Madrid apunta al caudillo ni al ideólogo de fondo. Su federalismo fue el de la facción cartagenera a la que pertenecía por nacimiento y por sociabilidad; su medicina, la del discípulo aplicado de un maestro ilustrado; su diplomacia, la del funcionario competente y correcto. Nunca dirigió una batalla, nunca redactó una constitución fundacional, nunca formuló una doctrina original. Y sin embargo, o quizá por eso mismo, ocupó posiciones que hombres de mayor talla no pudieron o no quisieron ocupar.
La presidencia de 1816 lo define y lo condena a partes iguales. La aceptó porque nadie mejor situado quedaba en pie, y en ese sentido su magistratura fue el testimonio de una derrota más que el intento de revertirla. La renunció en Popayán porque el cargo había perdido su objeto material —no había República que presidir— y porque, hay que decirlo, Fernández Madrid no tenía dentro el resorte de resistencia extrema que sí tuvieron Camilo Torres, ejecutado por Morillo, o Rodríguez Torices, ejecutado también en 1816. Su tibieza —o su lucidez de que la partida estaba perdida— le costó la vida al primero y al segundo, y al tercero le costó el exilio. La diferencia entre los tres destinos no es menor, y el juicio histórico ha oscilado, con motivo, entre el reproche por lo que no hizo y el reconocimiento de lo que sí hizo después.
Porque lo que hizo después fue significativo. En Londres, entre 1827 y 1830, Fernández Madrid representó a una república que se moría, ante una potencia que le regateaba el reconocimiento, con la solvencia intelectual y la corrección diplomática que Bolívar había buscado en él. La cadena Zea-Revenga-Fernández Madrid no fue accesoria en la consolidación externa del proyecto independentista: fue la única vía por la que la Colombia bolivariana existió como sujeto de derecho internacional. Que el eslabón final de esa cadena fuera precisamente el hombre que había renunciado en Popayán once años antes tiene una lógica retrospectiva perfecta: Bolívar no necesitaba en Londres a un caudillo sino a un letrado, y el letrado con las credenciales adecuadas —científicas, jurídicas, poéticas, políticas, morales— era el cartagenero de familia principal que había cumplido su papel de sello de legitimidad en 1816 y podía cumplir ahora el papel de rostro respetable ante la Corte de St. James.
Su figura revela, entonces, algo más amplio que ella misma: la manera como la cultura letrada operó en la Independencia neogranadina. No fue palanca de decisión militar —eso quedó para los generales— ni motor de invención política —eso quedó para los tribunos—, pero fue recurso indispensable en dos momentos precisos: en la crisis interna, cuando el prestigio intelectual servía para legitimar magistraturas huérfanas de otro fundamento; y en la consolidación externa, cuando ese mismo prestigio traducía el nuevo Estado al idioma que las cancillerías europeas aceptaban escuchar. Fernández Madrid fue el hombre indicado para ambos usos, y su biografía —Cartagena, Santafé, Popayán, La Habana, Londres, Barnes— dibuja con precisión el mapa de esa doble utilidad.
En el archivo de la Independencia queda como una figura de segundo plano si se la mide por el criterio de las decisiones espectaculares, y como una figura de primer plano si se la mide por el criterio de las funciones estructurales que cumplió. Sin hombres como él —el letrado ilustrado que sirve porque puede, aunque no siempre resista porque no siempre pueda— la Independencia habría carecido de la trama fina que la hizo posible entre las batallas mayores. Fernández Madrid la tejió a su manera, entre una memoria sobre el bocio y un despacho diplomático en Londres, con la corrección de quien nunca pretendió ser más que un servidor útil de la causa que había abrazado en su juventud cartagenera.
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Documentos y fragmentos citados
20 documentos · 26 fragmentos01Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · Páginas 27, 322 citas
[1]una negociación de paz, a proponer una capitulación? Muchos individuos -conti- nuaba-, de los más comprometidos, me propo- nían un cuarto partido, si merece llamarse tal la miserable resolución de quedarme en la capi- tal, llamar al enemigo y aplacarlo, rindiéndole armas a discreción. Por más increíble que esto…
p. 27
[4]dedica en espe- cial a las actividades literarias. Esto le facilitó tener vínculos con los granadinos que alimenta- ban aspiraciones independentistas, sobre todo en la Tertulia del Buen Gusto. También tuvo oportunidad de practicar el periodismo político, tan común en la época: participó en la redacción del Semanario…
p. 32
02Memorias para la historia de la medicina en Santafé de BogotáPedro María Ibáñez · 2017 · Páginas 86, 1112 citas
[2]de su país natal, por sus simpatías a la causa de la Independencia. El doctor José Fernández Madrid, uno de los discípulos del Padre Isla, desempeñó la Presidencia de las Provincias Unidas de Nueva Granada en 1816. En servicio de tan eleva- do destino hizo un viaje hasta Popayán, en donde renunció el cargo…
p. 86
[17]en varias publicaciones periódicas dio a 112 Píndi M. Icerís luz pública poesías y composiciones literarias de diverso mérito. El Libertador, que conocía personalmente al doctor Fernández Madrid y que apreciaba su mérito, lo escogió para que fuese el Representante de la República en Inglate- rra, cargo honroso que…
p. 111
03Pensar el siglo XIX. Cultura, biopolítica y modernidad en ColombiaSantiago Castro-Gómez (ed.) · 2004 · Páginas 54, 1022 citas
[3](1942) "Relación territorial de la provincia de Pamplona". En: Semanario del Nuevo Reino de Granada. 3 volúmenes. Bogotá: Editorial Kelly, 2.. (1810) (Memoria 2) Sobre las causas, y curación de los cotos. Bogotá: Colección Biblioteca Nacional. Fernández Madrid, José. (1810) (Memoria 6) Sobre la naturaleza, causas y…
p. 54
[16]de ocho cátedras fijas que giren alrededor de los tres ejes de la medicina ilustrada de su tiempo (Newton, Linneo y Boerhaave), es decir, que incluyan el aprendizaje de "ciencias básicas" como la física, la química y las matemáticas así como los últimos avances en materia de botánica, historia natural, medicina de…
p. 102
04Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 2791 cita
[5]ilustración neograna- dina: Mutis, Zea, Matiz, Caldas, Ulloa, entre otros, además del mismo Rodríguez. El segundo periódico de importancia y el primero fundado y dirigido por particulares, Jorge Tadeo Lozano y su primo el presbítero José Luis de Azuola, tiene una orientación más específica y recibe sólo colaboraciones…
p. 279
05Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Página 5551 cita
[6]percusi ó n por el impulso que ella dio al periodismo que por la can tidad o calidad de libros que en ella se imprimieron. El primer peri ó dico bogotano 90 fue de ef í mera duraci ó n pues no lleg ó sino a tres n ú meros; se trata de la Gaceta de Santa] é (1785). El primero de importancia fue el Papel peri ó dico de…
p. 555
06Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2341 cita
[7]toma Carta- A o. od ele del terror. 1816 Los patriotas de Cartagena son pasados por las armas. Cuatro expediciones realistas reconquis- tan Nueva Granada. Nariño vuelve prisionero a Cádiz. El presidente Torres es reemplazado por José Fernández Madrid. El español Warleta toma Medellín y Miguel de la Torre, Santafé.…
p. 234
07Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · Páginas 28, 342 citas
[8]dia a los nativos lares. Como es de suponer, cuando finalmente el ge- neral Morillo y sus tropas penetraron en la ciudad, 859 lo que encontraron fue el mas macabro de los es- pectaculos: cadaveres, ruina, miseria, muerte por todas partes. Don Lino de Pombo, testigo presencial del asedio, y otros coeténeos, como el…
p. 28
[24]compuesto por representantes de las provincias de Antioquia, Cartagena, Casanare, Chocéd, Cundinamarca, Neiva, Pamplona, Socorro y Tunja, adopté el sistema fe- deral y comisioné a su presidente, el doctor Camilo Torres, para redactar una constitucién basada en la de los Estados Unidos de América. El acta o pac- to de…
p. 34
08La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · Páginas 83, 952 citas
[9]regiones más extensas e importantes, el Caribe colombiano y el Cauca grande, en manos de los españoles y vastos territorios, más de dos tercios, en manos de nadie. Uno puede imaginarse el rostro con el que Cartagena recibió al triunfante Morillo y su ejército de reconquista el 6 de diciembre de 1815, luego de todo un…
p. 83
[13]juntos. IV Todo parece indicar que Cartagena, sin embargo, tuvo un breve sosiego. Ido el general Morillo en febrero de 1816 a pacificar el interior del territorio, elevado al cargo de virrey el general Montalvo el 28 de abril, con sede en Cartagena, y acompañado éste por el gobernador Gabriel de Torres, se vivió un…
p. 95
09Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 571 cita
[10]Las consecuencias de la intransigencia del gobierno absolutista no se hicieron esperar, tras años de organización en sociedades patrióticas y en las más poderosas sociedades secretas como la masonería, estas que contaban con el apoyo económico de la burguesía, lo cual se tradujo en réplicas constantes pero fallidas de…
p. 57
10Crónicas de BogotáPedro María Ibáñez · 2014 · Página 1031 cita
[11]102 En lo moral era un hombre imperioso y frío, cruel por sistema más que por inclinación, con arranques espontáneos de franqueza y aun de generosidad in- termitente, pero desconfiado y sujeto a accesos de ira que lo ponían fuera de sí 36. El chileno Diego Barros Arana refiere que es- tando Morillo en Mompós, a…
p. 103
11Biografía del CaribeGermán Arciniegas · 2016 · Página 5591 cita
[12]el carbón de donde brotan nuestras llamaradas. En el siglo xix hay más barbarie en América, si esto es posible, que en el propio siglo xvi, que fue el de la conquista. A veces los caballos brincan entre charcos de sangre. La gue- rra a muerte de Bolívar es de una ferocidad absoluta. La reconquista de Morillo, más…
p. 559
12Crafting a Republic for the World: Scientific, Geographic, and Historiographic Inventions of ColombiaLina del Castillo · 2018 · Página 641 cita
[14]Granada native son Caldas had celebrated for refusing the honors the Bona- parte regime would have bestowed upon him in occupied Madrid. Among the “many other learned and valuable personages” that were executed was, of course, Francisco José de Caldas. 41 News of Morillo’s sanguinary tactics and actions was…
p. 64
13The Struggle for Power in Post-Independence Colombia and VenezuelaMatthew Brown · 2012 · Página 2551 cita
[15]Nueva Granada, desde 1819 para adelante, 4 vols. (Bogotá: Imprenta Nacional, 1954). ——, Autobiografía, Apuntamientos sobre la emigración de 1816 e índice del diario político (Bogotá: Empresa Nacional de Publicaciones, 1957). —— Historia de la Revolución de la República de Colombia, 6 vols. (Medellín: Bedout, 1974).…
p. 255
14La Gran Colombia y la Gran Holanda, 1815-1830. Una relación entre sueño y realidadSytze van der Veen · 2018 · Páginas 111, 3362 citas
[18]13, 93n, 98n, 99, 101, 102f, 103n, 104n. Dumouriez, Charles-François, 49. Elout, Cornelis Theodorus, 149, 149n, 150n, 158n, 169n, 238n, 239, 239n, 240, 241, 241n, 242, 243, 243n, 249n, 287, 287n, 288, 289, 289n, 308, 309, 309n, 324, 325n. Elout, Jacob Nicolaas Jan, 238, 308, 311. España, José, 46. Fagel, Hendrik, 121,…
p. 336
[20]Alejandro que apoyar a los rebeldes griegos promovía la revolución internacional y se oponía diametralmente a los objetivos de la Alianza. Mientras el zar ya estaba reuniendo los fondos necesarios entre banqueros amsterdameses, supieron evitar a última hora que declarara la guerra a Turquía. 11 La misión de Zea Una…
p. 111
15Historia de Colombia. La Gran Colombia I. Tomo 9Salvat Editores (Dirección: Juan Salvat, Roberto García Rojas; Director científico: Gonzalo Hernández de Alba) · 1988 · Página 511 cita
[19]«América para los ame- ticanos». Esta filosofia rechazaba toda intervencién politica y militar de los regimenes europeos en los asuntos de este continente y tuvo una acogida en- tusiasta en los altos circulos del gobierno colom- biano. Asi, por ejemplo, en la Gaceta de Colombia, de febrero de 1824, se publicaron los…
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16Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Página 1061 cita
[21]aquellos anos, entre la accién y la meditaci6n, ofrecieron sus vidas y su pluma a la nacién que nacia, asumiendo cargos publicos, ocupando la tribuna parlamentaria, alistandose en las filas de los ejércitos o en las de las finanzas y siendo idedlogos de los partidos politicos o sus eje- cutores, jurisconsultos 0…
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17Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · 2004 · Página 3091 cita
[22], in Spain, AGI, Santa Fe . . On these events, see ‘‘Acta de independencia de la Provincia de Cartagena en la Nueva Granada,’’ November (:–), and ‘‘Defensa hecha por... Toledo’’ (:, , –), both in [Corrales], Documentos; Urueta, Cartagena, Notes to Pages – –; F. de P.…
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18Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 1161 cita
[23]constituciones. Camilo Torres defendió la tradición de los cabildos autónomos, pues consideraba justo que las provincias ejercieran su soberanía. 360 AT PTA La Patria Boba vincia de Tunja se separaron Chiquinquirá, Villa de Leiva, Muzo y Sogamoso, y de la provincia del Socorro, Girón y Vélez; posteriormente lo hicie-…
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19Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Página 1821 cita
[25]a la influencia norteamericana como a la fragmentación de la soberanía en el curso de los primeros meses de transformación política. Cada estado participante es soberano; posee una representación elegida y un ejecutivo. Las provincias se reconocen «libres, independientes y soberanas, [y tienen] una forma de gobierno…
p. 182
20Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Página 1821 cita
[26]a la influencia norteamericana como a la fragmentación de la soberanía en el curso de los primeros meses de transformación política. Cada estado participante es soberano; posee una representación elegida y un ejecutivo. Las provincias se reconocen «libres, independientes y soberanas, [y tienen] una forma de gobierno…
p. 182