Juan Fernández de Sotomayor y Picón
Independencia
La biografía
Fue el cura que enseñó a rezar la independencia. En una feligresía que apenas leía y que reconocía como autoridad la voz del párroco, Juan Fernández de Sotomayor y Picón —cura de Mompox, firmante del Acta de Cartagena de 1811 y más tarde obispo de aquella diócesis— publicó en 1814 un Catecismo e Instrucción popular que traducía a preguntas y respuestas la ruptura con España, denunciaba la conquista como crimen y ordenaba a los clérigos declararse enemigos de la tiranía. No era el general que ganaba batallas ni el orador que redactaba constituciones: era el hombre que legitimaba la revolución en el idioma que la gente ya sabía escuchar. Esa operación —revestir con hábito talar el vocabulario de la Ilustración radical— explica su firma al pie del acta más audaz del proceso neogranadino, su ascenso al episcopado bajo el patronato republicano y las contradicciones que arrastró hasta su muerte, en 1849, cuando la joven república apenas comenzaba a saber qué hacer con la Iglesia que había ayudado a fundarla.
Línea de vida
- 1810
Ministerio en Mompox durante el pronunciamiento del 6 de agosto
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Como cura parroquial de Mompox, Sotomayor ejerció su autoridad sacramental en el momento en que la villa se convirtió en uno de los focos más radicales del proceso independentista, respaldando el pronunciamiento momposino del 6 de agosto de 1810, pocos días después del de Santafé.
- 1811
Firma del Acta de Independencia de Cartagena
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El 11 de noviembre de 1811, en el Palacio de Gobierno de Cartagena de Indias, Sotomayor firmó el acta por la que la provincia se declaró 'de hecho y por derecho, Estado libre, soberano e independiente', convirtiéndose en la primera provincia neogranadina en declarar la independencia absoluta de España. El documento original se conserva en el Museo Nacional de Bogotá.
- 1814
Publicación del Catecismo e Instrucción popular
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Publicó el 'Catecismo e Instrucción popular', texto que empleaba el género catequístico de preguntas y respuestas para justificar teológicamente la revolución independentista, denunciar la conquista española como crimen contra la fe cristiana y formular el deber sacerdotal de declararse enemigo de la tiranía y hacer conocer al pueblo la justicia de la revolución.
- 1824
Ascenso al obispado de Cartagena bajo el patronato republicano
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Fue elevado al episcopado de Cartagena bajo el patronato eclesiástico de la república, heredero del regalismo borbónico, lo que evidenció la tensión entre su posición como ideólogo patriota y la subordinación institucional de la Iglesia al Estado republicano que él mismo había contribuido a legitimar.
- 1849
Muerte
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Falleció en 1849, cuando la joven república colombiana comenzaba a definir su relación con la Iglesia que figuras como él habían comprometido con la causa independentista.
Un clérigo criollo entre dos órdenes
Sotomayor pertenece a esa franja de eclesiásticos neogranadinos que incomoda a la historiografía. La tradición católica preferiría verlo como prelado devoto; la republicana, como prócer laico. Fue las dos cosas a la vez, y esa duplicidad no es anomalía biográfica sino la clave de su función histórica. En la Cartagena de comienzos del siglo XIX —ciudad amurallada, plaza comercial y militar, sede episcopal de una diócesis vasta y populosa— el clero era el sistema circulatorio de la autoridad simbólica. Cuando ese clero se dividió ante la crisis de la monarquía española tras 1808, el bando que lograra capitalizar la voz eclesiástica tendría a su favor un instrumento de convencimiento que ni la imprenta ni las gacetas podían igualar.
Sotomayor entendió esto con más claridad que casi ningún otro clérigo patriota. Su Catecismo de 1814 no es un panfleto ni un tratado: es un manual pensado para reproducirse en el aula parroquial y en la memoria oral del feligrés, con la justificación teológica de la independencia como contenido. Ahí radica su centralidad, y también su ambigüedad. Porque el hombre que en 1814 escribía que los sacerdotes cumplían su ministerio "declarándose enemigos de la tiranía española" fue el mismo que, una década después, aceptó la mitra episcopal de una república que ejercía sobre la Iglesia un patronato de rasgos regalistas, heredero directo del que antes ejercía la Corona. Sotomayor no traicionó su posición: la mantuvo con notable coherencia. Fue esa posición la que resultó, ella misma, contradictoria por dentro.
Mompox, el río y la biblioteca
Nació hacia finales del siglo XVIII en el mundo del bajo Magdalena, la arteria fluvial por la que se movían el oro, la plata, los libros prohibidos y las noticias. Mompox —hoy Mompós, entonces villa próspera de comerciantes y hacendados criollos— fue su parroquia y su formación política simultáneamente. Antes de 1810, la villa ya albergaba tendencias separatistas y autonomistas entre sus criollos "democráticos", influidos por las revoluciones francesa y norteamericana. Eran comerciantes con acceso a lecturas continentales, familias con hijos educados en Santafé o en la Península, y un aire ilustrado que se filtraba en las tertulias y —conviene subrayarlo— en las sacristías.
Sobre los primeros años de Sotomayor queda poco rastro documental continuo. Su formación lo puso en contacto con la tradición catequística hispanoamericana —el género de preguntas y respuestas que desde el Concilio de Trento y a través de manuales como el del jesuita Gaspar Astete había estructurado la instrucción religiosa del pueblo— y, simultáneamente, con las corrientes ilustradas que circulaban entre el clero letrado del virreinato. Su vínculo con las primeras logias masónicas lo sitúa en esa zona de contacto —incómoda para las categorías nítidas— donde catolicismo institucional y pensamiento ilustrado convivían sin sintetizarse.
Como cura de Mompox, ejerció su ministerio en el momento exacto en que la villa se convertía en uno de los focos más radicales del proceso independentista. El pronunciamiento momposino del 6 de agosto de 1810 —posterior en pocos días al de Santafé del 20 de julio— apuntaba ya hacia una proclamación de independencia que iba más lejos que las juntas conservadoras del interior. En esa villa insurgente, entre los Gutiérrez de Piñeres y los criollos separatistas, Sotomayor no fue un observador: fue el pastor cuya autoridad sacramental respaldó las decisiones políticas de su parroquia.
Del púlpito al Acta
El itinerario que lleva a Sotomayor del curato momposino a la firma del Acta de Cartagena pasa por una red familiar y política que conviene nombrar. Los hermanos Gutiérrez de Piñeres —Vicente Celedonio, Gabriel y Germán, todos momposinos— fueron los motores de la radicalización que culminó el 11 de noviembre de 1811. Vicente Celedonio impulsó la declaración de independencia absoluta en la propia Mompox; Gabriel y Germán la impulsaron en Cartagena, donde ya se habían instalado como líderes del ala más audaz de la política provincial. Los tres murieron después al servicio de la causa: Venezuela y Haití serían sus tumbas.
En ese entramado, Sotomayor operaba como bisagra. Traía consigo la autoridad del cura de Mompox —cargo que en aquella sociedad tenía peso político efectivo— y la sancionaba sobre el proceso cartagenero. El 11 de noviembre de 1811, en el Palacio de Gobierno de Cartagena de Indias, la provincia se declaró "de hecho y por derecho, Estado libre, soberano e independiente", absolviendo a sus habitantes de toda sumisión a la corona y al gobierno de España. Fue la primera provincia neogranadina en dar el paso a la independencia absoluta, adelantándose a Santafé y desconociendo al rey Fernando VII, entonces prisionero de Napoleón. Sotomayor firmó ese documento, cuyo original se conserva hoy en el Museo Nacional de Bogotá.
La composición de la junta que había preparado el terreno merece atención. En diciembre de 1810, al convocarse en Cartagena la formación de una Junta Provincial, se había invitado a participar a todos los vecinos libres —incluyendo mestizos y castas, con la sola exclusión de los esclavos—. Esa ampliación de la base política fue una de las apuestas más radicales del proceso cartagenero y una de las razones por las que la ciudad se convirtió, ante los ojos del interior conservador y de la Península, en foco de contagio revolucionario. Que un cura firmase un acta emanada de esa base social —urbana, popular, parda— no era gesto neutro: comprometía a la Iglesia con una noción de comunidad política que iba mucho más allá de la vieja república de españoles.
Tres años después vino el Catecismo. Publicado en 1814, en el momento álgido de la Primera República de Cartagena y cuando la contraofensiva española comenzaba a organizarse desde Venezuela y desde la Península, el texto respondía a una necesidad política concreta: dotar a la ruptura de un fundamento doctrinal accesible al pueblo. Sus argumentos centrales son de una audacia que sorprende leídos desde el clero de la época. Sotomayor sostenía que los españoles habían hecho de una religión de amor y caridad "cómplice de las crueldades y asesinatos de una conquista bárbara y feroz". La conquista, por tanto, no había sido evangelización sino profanación del Evangelio; y la revolución independentista, lejos de contradecir la fe, la restauraba. De ahí se seguía el deber sacerdotal —formulado con toda literalidad— de "declararse enemigos de la tiranía española" y de "hacer conocer a los pueblos la justicia de la revolución" y defenderla perpetuamente.
Este movimiento retórico tiene una importancia que la palabra "catecismo" tiende a ocultar. Sotomayor no está redactando una proclama política ni un manifiesto: está inscribiendo la revolución en el género discursivo más estable, más reconocible y más reproducible de la cultura religiosa hispanoamericana. El feligrés que aprendía el catecismo de Astete estaba entrenado para memorizar respuestas breves a preguntas dogmáticas. El Catecismo de Sotomayor aprovechaba esa infraestructura pedagógica y devocional para hacer circular un contenido doctrinal nuevo con apariencia de continuidad formal. Era, en el sentido literal, teologización de la política; pero también, y esto importa igual, popularización sacramental de la Ilustración.
El Catecismo de 1814 y la disputa por el clero
Sotomayor no operaba en el vacío. El clero neogranadino estuvo profundamente dividido durante la Independencia, y la disputa no era menor: se trataba de definir quién hablaría en nombre de Dios en el momento de la ruptura. Del lado realista, el obispo de Popayán, Salvador Jiménez de Enciso, encarnaba con especial nitidez la posición contraria. Desde su diócesis del sur influyó decisivamente en las actitudes realistas de aquella región, articulando el argumento clásico del clero peninsular: la unidad estrecha entre Monarquía y Religión, la responsabilidad de los filósofos ilustrados en el desorden y el anticlericalismo, la necesidad de mantener el orden colonial como orden querido por Dios.
Del lado patriota, además de Sotomayor, figuraban clérigos de perfiles diversos. El fraile y periodista Diego Padilla puso la pluma al servicio de la causa; Pablo Francisco Plata, rector del Colegio Mayor de San Bartolomé y cura de la Catedral, firmó también el Acta de Independencia. Estos nombres no representaban a órdenes religiosas enteras ni permitían hablar de un clero patriota mayoritario: eran individualidades destacadas en un cuerpo eclesiástico dividido, muchas veces vacilante, y en el que el peso de la jerarquía episcopal tendía a inclinarse hacia el realismo o hacia la prudencia.
Dentro de ese mapa, la peculiaridad de Sotomayor consiste en haber producido un texto —no una sola homilía, no un artículo de gaceta— destinado a ser reproducido, memorizado y transmitido por la maquinaria parroquial. Otros clérigos patriotas escribieron en periódicos como el Semanario de la Nueva Granada o El Argos Americano; algunos participaron activamente en la formulación de proclamas y actas. Pero el Catecismo aspiraba a algo distinto: penetrar la instrucción religiosa cotidiana. Esa ambición, más que su tono radical, es lo que hace del texto de 1814 una pieza singular en el corpus doctrinal del independentismo neogranadino.
Conviene, sin embargo, poner esa singularidad en su medida exacta. El Catecismo llega tres años después del Acta que Sotomayor había firmado. No inaugura la ruptura política: la sanciona teológicamente cuando ya está en curso y cuando comienza a necesitar justificaciones más profundas ante una feligresía dividida y ante la amenaza creciente de la reconquista. Sotomayor no crea el proceso independentista cartagenero; lo dota, en un momento crítico, de un lenguaje que le permite anclarse en la conciencia popular. Su aportación no es la de un ideólogo fundacional sino la de un traductor doctrinal, y es esa función traductora —irreemplazable, porque ningún otro clérigo la ejerció con igual eficacia— la que explica su centralidad.
La operación tuvo, además, una dimensión política inmediata que suele pasarse por alto. Al presentar el ejercicio patriota del ministerio sacerdotal como conforme —y no contrario— a la vocación cristiana, Sotomayor le arrebataba al clero realista el monopolio de la ortodoxia. La religión, que el realismo empleaba para condenar la revolución, quedaba disponible para bendecirla. Esa disputa por el sentido de la fe fue tan importante como las batallas militares para el desenlace del proceso; y aunque la mayoría del clero no se inclinara por la causa americana, el trabajo de figuras como Sotomayor impidió que el bando realista se apoderase del terreno simbólico sin resistencia.
Logias, redacciones y familias del bajo Magdalena
La imagen de Sotomayor como clérigo aislado en su celda parroquial no resiste el examen. Sus vínculos con las primeras logias masónicas lo insertan en una sociabilidad ilustrada que compartía con criollos, militares y comerciantes de la burguesía cartagenera. Esa sociabilidad no era exclusiva de un bando: la pertenencia a logias era, en aquellos años, algo extendido entre quienes participaban en la causa independentista, aunque no cabe erigirla en condición necesaria ni en clave explicativa única.
En ese circuito confluían nombres que reaparecerían en momentos decisivos. El presbítero Juan Nepomuceno Azuero Plata, otro clérigo masón, ganaría mayor figuración pública en la década siguiente como miembro del Congreso y promotor de la ley de patronato eclesiástico de 1824, que buscaba subordinar la Iglesia a la autoridad del Estado republicano. El mismo Azuero Plata aparece asociado, en las gestiones del veinte, a la resolución institucional del debate sobre el patronato que el Catecismo de Sotomayor había, a su manera, contribuido a abrir al legitimar la intervención sacerdotal en la política republicana.
En Cartagena, Sotomayor se movía entre firmantes del Acta con experiencia previa de acción pública. Uno de ellos —principal promotor del movimiento independentista tras su retorno a la ciudad— había colaborado en la redacción del Semanario de la Nueva Granada y de El Argos Americano, las dos publicaciones que dieron forma discursiva a la insurgencia neogranadina. Los hermanos Gutiérrez de Piñeres aportaban el ala momposina radical. Manuel Rodríguez Torices, José Fernández Madrid, Germán Gutiérrez de Piñeres y el propio Sotomayor componían un grupo donde el clero, el foro y el comercio se combinaban en proporciones cambiantes.
La red no era una vanguardia unificada por un programa común de soberanía popular. Era más bien una constelación de sensibilidades convergentes —radicales frente al centralismo santafereño, abiertas a la participación de castas y pardos, ilustradas en sus lecturas y católicas en su cultura— que se encontraron en Cartagena porque Cartagena, por su composición social y su tradición autonomista, permitía ese encuentro. Sotomayor era en esa red la voz eclesiástica que garantizaba —no sin controversia interna— que la ruptura no se leyera como apostasía.
1815: el descenso al infierno
La suerte del proyecto cartagenero se decidió entre agosto y diciembre de 1815. Pablo Morillo, al frente del ejército expedicionario español enviado para reconquistar la América continental, cercó la ciudad durante aproximadamente cien días. La resistencia fue heroica en un sentido casi terrible: más de un tercio de la población de Cartagena murió durante el sitio, principalmente por hambre y epidemias. Cuando las tropas realistas entraron el 6 de diciembre, encontraron cadáveres en las calles, ruina generalizada y una ciudad devastada por el hambre y la peste. Las bajas realistas no fueron menores: 3.125 muertos y otros 3.000 enfermos, un costo que revela la magnitud del enfrentamiento.
Antes del cerco español, Cartagena ya había sido debilitada por sitios previos impuestos desde el propio bando patriota: primero por Manuel del Castillo y Rada, luego por Simón Bolívar, en el marco de las guerras civiles que fracturaron la Primera República. Aquellas disputas internas —el conflicto entre Bolívar y las autoridades de Cartagena, la desconfianza entre centralistas y federalistas, las rivalidades entre facciones locales— impidieron una defensa coordinada y contribuyeron a crear las condiciones que hicieron posible la victoria de Morillo. El fracaso de la Primera República fue, primero, un fracaso político de sus élites, y solo después una derrota militar.
En medio del colapso, un grupo de patriotas —pardos y blancos, mezclados en el desastre como no lo habían estado del todo en el proyecto— logró escapar por mar antes de la rendición. Zarparon en trece barcos corsarios; algunos encontraron refugio en Haití, la república negra que ya había ofrecido asilo y apoyo a Bolívar. Entre los que se salvaron por rutas diversas figuraba Gabriel Gutiérrez de Piñeres, que se encontraba en Jamaica durante la conquista de Morillo y que después acompañaría a Bolívar en la reconquista de la Nueva Granada, hasta caer combatiendo en Barcelona, Venezuela.
Los que no huyeron pagaron caro. Bajo el dominio realista instalado en 1816, la maquinaria del Régimen del Terror ejecutó a la mayoría de los líderes independentistas neogranadinos: Camilo Torres, Francisco José de Caldas, Jorge Tadeo Lozano, José María Carbonell. En Cartagena, nueve prominentes criollos —entre ellos José María García de Toledo, uno de los rostros civiles de la Primera República— fueron ejecutados por el gobierno español tras la reconquista de la plaza. El costo humano de haber firmado, escrito, hablado y organizado se cobró en fusilamientos sistemáticos que buscaban decapitar a la élite patriota.
La trayectoria de Sotomayor durante el sitio y sus consecuencias inmediatas queda en penumbra. Lo que sí puede afirmarse es que, a diferencia de los mártires civiles ejecutados en Bogotá y Cartagena, Sotomayor no fue fusilado. La condición clerical —incluso para un firmante del Acta y autor del Catecismo— ofrecía márgenes de negociación institucional que no tenían los abogados y comerciantes patriotas. La Iglesia, incluso en momentos de guerra abierta, seguía siendo una jurisdicción con la que la Corona debía tratar. Que Sotomayor haya llegado con vida a la restauración republicana es un dato que dice tanto sobre las asimetrías del poder colonial como sobre su propia capacidad de maniobra.
El episcopado: legitimar la república que ayudó a fundar
La segunda vida de Sotomayor comienza cuando la primera parecía haber terminado. Restablecida la independencia tras la campaña libertadora de 1819 y consolidada la República de Colombia bajo Bolívar y Santander, la Iglesia neogranadina afrontó el problema estructural de su relación con el nuevo Estado. La diócesis de Cartagena estaba entonces ocupada por fray Gregorio José Rodríguez, benedictino. La sede acabaría siendo entregada a Sotomayor, y su ascenso al episcopado de Cartagena cierra el arco biográfico con una simetría inquietante: el cura que en 1811 había firmado la independencia de la provincia se convertía, tres lustros después, en el pastor de esa misma provincia bajo régimen republicano.
El contexto de ese ascenso no fue tranquilo. El papa Pío VII había publicado en 1814 un documento pontificio que exhortaba a los hispanoamericanos a la obediencia al gobierno español, en abierta contradicción con la línea política de los patriotas. Fue necesaria una gestión diplomática paciente para invertir ese punto de partida. Bolívar y, después, la administración de Santander presionaron ante la Santa Sede el reconocimiento de la Gran Colombia como jurisdicción religiosa autónoma. Los papas León XII y Pío VIII terminaron por conceder la creación de un episcopado nacional independiente de la Corona española. El reconocimiento formal de la Santa Sede a la independencia de Nueva Granada llegó el 26 de noviembre —tras la respuesta pontificia del 3 de octubre a una carta del general Santander—, con la designación del primer internuncio y el inicio de las relaciones diplomáticas.
Sotomayor ejerció su episcopado dentro de ese marco. Las constituciones de la primera mitad del siglo XIX —notablemente las de 1832 y 1843— consagraron el confesionalismo católico del Estado: el gobierno debía proteger la religión católica y no tolerar el culto público de otras religiones, todo ello bajo un régimen de patronato que reclamaba para la república prerrogativas análogas a las que antes había ejercido la Corona. Esta continuidad institucional, disfrazada de ruptura, es una de las paradojas más profundas de la Independencia neogranadina. Los mismos hombres que habían combatido el absolutismo peninsular reprodujeron sobre la Iglesia mecanismos regalistas similares a los borbónicos.
Sotomayor no impugnó esa reproducción. La autoridad de obispos y curas era casi universalmente aceptada por el pueblo en contraste con la distancia percibida hacia los nuevos gobernantes republicanos, y esa autoridad convertía al poder eclesiástico en un factor político que las élites buscaron controlar. El obispo de Cartagena administró su diócesis en un país donde la mayoría social seguía siendo católica, donde los conflictos entre patronato republicano y jerarquía eclesiástica se acumulaban, y donde el clero mismo se dividía entre quienes aceptaban la subordinación al Estado —a veces por conveniencia, a veces por convicción liberalizadora— y quienes la resistían en nombre de la libertad de la Iglesia.
La ley del 27 de mayo de 1851 sobre elección popular de curas —posterior a la muerte de Sotomayor en 1849, pero anunciada por las tensiones acumuladas de las décadas previas— provocaría el destierro del arzobispo Manuel José Mosquera de Bogotá junto con los obispos de Cartagena y Pamplona, y originaría un cisma en Antioquia al año siguiente. Sotomayor no vivió para enfrentar esa crisis, pero sí gobernó una diócesis atravesada por sus prolegómenos: las disputas por diezmos, fueros y jurisdicciones que definirían la política eclesiástica del medio siglo.
Contradicciones de un ministerio
Aquí el retrato debe volverse riguroso. Sotomayor pasó del Catecismo de 1814 —donde el sacerdote patriota era enemigo de la tiranía y agente de la revolución— al episcopado bajo un patronato republicano que replicaba las lógicas de control estatal sobre la Iglesia. No hubo escándalo doctrinal en ese tránsito, pero sí una tensión que conviene nombrar. El clérigo que había recodificado la doctrina para legitimar la ruptura política se convirtió, sin ruptura visible, en administrador de una Iglesia sometida al Estado nuevo del mismo modo que antes lo había estado al Estado viejo.
Esta continuidad puede leerse de dos maneras, y la biografía honesta debe sostener las dos a la vez. Por un lado, revela una lógica de negociación y supervivencia institucional: un clérigo que radicalizó su discurso en el momento de máxima presión patriota, cuando la República de Cartagena necesitaba justificaciones teológicas urgentes, y que luego capitalizó ese capital político para ascender al episcopado bajo el régimen que había ayudado a legitimar. Por otro, muestra la coherencia de una posición que nunca fue anticlerical sino patriótico-eclesiástica: Sotomayor no quería una Iglesia libre del Estado sino una Iglesia patriota dentro de un Estado patriota, y la república confesional le ofrecía exactamente eso.
Su vinculación previa a las logias masónicas añade un matiz irresuelto. En una época en que el clero enemigo de la independencia y algunos criollos emprendían una oposición virulenta contra las logias, acusándolas de propagar ideas heréticas y ateas —oposición que hacia mediados de la década de 1820 alcanzaría particular intensidad—, Sotomayor encarna la coexistencia no sintetizada de dos universos que la retórica de época preferiría enemigos: el altar y la escuadra. Esa coexistencia, sin necesidad de conflicto explícito, fue una posibilidad real dentro del clero neogranadino, y su caso lo demuestra.
El catecismo como forma política
Sotomayor murió en 1849, en el umbral del giro liberal radical que iba a transformar las relaciones Iglesia-Estado en Colombia durante las dos décadas siguientes. No alcanzó a ver las reformas de mediados de siglo —la abolición del fuero eclesiástico, la tuición de cultos, la desamortización de bienes de manos muertas— que enfrentarían a la Iglesia con el Estado republicano de manera abierta. Pero la lógica de esos conflictos ya estaba inscrita en el proceso que él había ayudado a inaugurar: si la Iglesia había sido patriotizada, entonces la República podía reclamar sobre ella la autoridad que antes ejercía la Corona; y si el clero podía ser voz de la revolución, también podía ser objeto de reforma revolucionaria.
Su Catecismo de 1814 quedó como un documento singular en la historia doctrinal del independentismo hispanoamericano. Otros textos catequísticos con función política circularon en distintos puntos del continente durante esos años, y el género —preguntas y respuestas de tono didáctico— era reconocible en toda América hispana. Pero el de Sotomayor combinó de manera particular tres elementos: la denuncia frontal de la conquista como profanación de la religión, la formulación del deber sacerdotal de tomar partido por la revolución, y la inscripción de todo ello en un formato pedagógico destinado a la instrucción popular. Que un obispo posterior no reeditara sus posiciones más radicales, o las modulara al ritmo de las nuevas necesidades institucionales, no invalida la operación de 1814: la revela, precisamente, como operación —histórica, situada, funcional a un momento— y no como profesión de fe eterna.
La historiografía posterior tendió a incomodarse con la figura. Los relatos católicos tradicionales prefirieron subrayar su episcopado y suavizar el radicalismo del Catecismo; los relatos republicanos, al revés, celebraron la firma del Acta y minimizaron su carrera eclesiástica bajo patronato. Ninguna de las dos versiones capta lo que Sotomayor efectivamente fue: un clérigo criollo que operó en el punto de intersección entre catolicismo institucional e Ilustración radical, y que hizo de esa intersección el lugar desde el cual traducir la revolución al idioma que su feligresía sabía leer. Fue esa traducción, más que ninguna otra cosa, lo que hizo que Cartagena tuviera en 1811 no solo un Acta sino un cura que la firmara, y que la joven república neogranadina tuviera, después, un obispo que la reconociera como suya.
En el Museo Nacional de Bogotá reposa el original del Acta del 11 de noviembre de 1811. En ese pergamino, entre las firmas de comerciantes, abogados y militares, está la de un cura de Mompox que después sería obispo de Cartagena. Es una firma pequeña, en tinta que el tiempo ha ido oscureciendo. Pero fue la que permitió, en el momento decisivo, que la ruptura política no fuera para su feligresía —y por tanto tampoco para la historia posterior— una simple sedición contra el rey, sino algo más grande y más difícil de deshacer: un acto que la religión misma podía bendecir.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
24 documentos · 32 fragmentos01Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · Páginas 212, 214, 2163 citas
[1]las controver- sias sobre el patronato, luego del 20 de Jullo de 1810 El cura de Mompós y luego obispo de Cartagena, Juan Fernández de So- tomayor, vinculado a las primeras lo- ¡ms masónicas, publicó en 1814 el Ca- fecismo v Jrstrucción popidar, dedicado a denunciar los que consideró como atrmpellos cometidos por los…
p. 212
[11]1623, año en que el dero enemigo de La - depondencia y algunos criollos su mún confisban en la cansa del emprendieran contra Las Idea ma goblerno, en las po- siciónes más e de la jerarquia militar y, en fin, entre comere e incipientes artesanos, la pertemen- cia a alguna logía masónica era cas| TD e pam s te mar Y rm…
p. 216
[20]religión Católica, Apostólica, Romano es lo res ligión de la República. Es un debor del gobierno, en ejercicio del patro- mato de la Iglesia colombiana, prote- gerda y no tolerar el culto público de ninguna otras, Adquirió asíel Estado un carácter confesional y de intole- rancia hacia cualquier culto que no fuera el…
p. 214
02Historia doble de la Costa. Tomo 2: El Presidente NietoOrlando Fals Borda · 2002 · Página 641 cita
[2]después obispo de Cartagena. 36A EL POLÍTICO Y EL PUEBLO establecidas de tiempo atrás en la ciudad. De ellas aprendió más de Europa y su cultura, especialmente de Francia. Todo lo francés fascinó a J u a n J o s é: trató de aprender el idioma y se puso a leer clásicos como C o m e d i e, Racine, Moliere, Boileau y…
p. 64
03Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · Página 2471 cita
[3]a los gobiernos de la Península, más injusta, más tiránica y opresiva ha sido la de estos contra nosotros. “Declaramos solemnemente, a la faz de todo el mundo, que la provincia de Cartagena de Indias es desde hoy, de hecho y por derecho, Estado libre, soberano e independiente; que se halla absuelta de toda sumisión,…
p. 247
04Historia de Colombia. La República de Colombia IRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), y colaboradores: Arturo Alape, Óscar Alarcón Núñez, Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Antonio Cacua Prada, Germán Cavelier, entre otros · 1988 · Página 831 cita
[4]acta en la que se declaraba la total independencia de la provincia de Cartagena, en Nueva Granada, histérico documento que se conserva en el Museo Nacional de Bogota. que s6lo esperaba la oportunidad para manifes- tarse, como ocurrié en Cartagena el 22 de mayo y el 14 de junio de 1810, cuando el cabildo depuso al…
p. 83
05Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · Página 321 cita
[5]dedica en espe- cial a las actividades literarias. Esto le facilitó tener vínculos con los granadinos que alimenta- ban aspiraciones independentistas, sobre todo en la Tertulia del Buen Gusto. También tuvo oportunidad de practicar el periodismo político, tan común en la época: participó en la redacción del Semanario…
p. 32
06Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · 2004 · Páginas 309, 3362 citas
[6], in Spain, AGI, Santa Fe . . On these events, see ‘‘Acta de independencia de la Provincia de Cartagena en la Nueva Granada,’’ November (:–), and ‘‘Defensa hecha por... Toledo’’ (:, , –), both in [Corrales], Documentos; Urueta, Cartagena, Notes to Pages – –; F. de P.…
p. 309
[30] This page intentionally left blank Colombia Archivo del Arzobispado de Cartagena Archivo Eclesiástico de Santa Marta Archivo Histórico de Cartagena Fondo Gobernación Serie Justicia Archivo Histórico Nacional de Colombia, Bogotá…
p. 336
07Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · Páginas 309, 3362 citas
[7], in Spain, AGI, Santa Fe . . On these events, see ‘‘Acta de independencia de la Provincia de Cartagena en la Nueva Granada,’’ November (:–), and ‘‘Defensa hecha por... Toledo’’ (:, , –), both in [Corrales], Documentos; Urueta, Cartagena, Notes to Pages – –; F. de P.…
p. 309
[31] This page intentionally left blank Colombia Archivo del Arzobispado de Cartagena Archivo Eclesiástico de Santa Marta Archivo Histórico de Cartagena Fondo Gobernación Serie Justicia Archivo Histórico Nacional de Colombia, Bogotá…
p. 336
08Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · Páginas 263, 2812 citas
[8]ahora reñía 16 años de edad, y la pidió formalmente en matrimonio. Y Tomasa, otra hija, se casó con el distinguido cartagenero Lázaro María de Herrera, de impecable proceder durante la revolución. ¿Cómo podían permitir estos caballeros ningún mal a su suegra? Algo parecido le esraba ocurriendo también a los Gutiérrez…
p. 281
[29]escondido cuando yo salgo a alguna p a r t e ". Aunque este capitán le pedía a don Mateo que fuera al hato " p a r a conocerlo", no hay noricia de que el marqués consorte hubiera hecho ese viaje a San Benito. Sus actividades militares y políticas lo tenían más que ocupado en Mompox: en efecto, estaba por estallar la…
p. 263
09Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 1031 cita
[9]ó n. Para formar un gobierno com ú n, si la soberan í a resid í a en el pueblo, ¿ sus representantes deb í an ser los “ cabildos ” o diputados elegidos por los vecinos?, ¿ la representaci ó n de los cabildos deb í a ser igual o proporcional a la poblaci ó n? Si el pueblo estaba formado por los ciudadanos (o vecinos) y…
p. 103
10Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · Página 1381 cita
[10]y respuestas al alcance de to- dos. Su uso es antiguo en la vida de la Iglesia y desde fines de la Edad Media aparecieron textos de doctrina cristiana para los niños y el pueblo y fue el Concilio de Trento, con su Catechismus ad Pa- rochos, que inició la obra de los catecismos manuales de uso en todo el m u n d o. En…
p. 138
11Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Página 341 cita
[12]Espana. Este clero realista defen- dié la estrecha unidad entre la Monarquia y la Re- ligién, con la defensa mutua de los derechos sobre América en lo espiritual y terrenal; lucharon contra los falsos fildsofos de la Ilustracién, responsables del desorden, la anarquia y el anticlericalismo, y pre- dicaron sobre la…
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12Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · Páginas 35, 382 citas
[13]institución eclesiástica sufrió un asalto sin precedentes, iniciado por ministros y funcionarios que se jactaban de sus ideas ilustradas. Sin embargo, esta no es la única interpretación disponible acerca de las relaciones entre Estado e Iglesia, pues también existieron miembros del clero afines a las reformas, incluso…
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[19]y patronato estatal sobre la Iglesia lo que generó los primeros conflictos entre ambas potestades. El Estado pretendió seguir controlando a una institución eclesiástica cuya organización, peso social, político y económico, eran enormes, en comparación con la pobreza de sus arcas fiscales. En este escenario, el Estado…
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13¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 511 cita
[14]biern o esp a ñ o l y fue c a ptu ra d o en 1814 p or l a s guerrill a s de indígen a s, neg r os y mestiz o s qu e defendí a n l o s a lre d ed or es d e P a st o. Con el rest a blecimiento d e 99 ¿Otra historia de Colombia? Fernando VII en el trono, el movimiento realista se fortaleció aún más, al enviar a Venezuela…
p. 51
14La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · Página 831 cita
[15]regiones más extensas e importantes, el Caribe colombiano y el Cauca grande, en manos de los españoles y vastos territorios, más de dos tercios, en manos de nadie. Uno puede imaginarse el rostro con el que Cartagena recibió al triunfante Morillo y su ejército de reconquista el 6 de diciembre de 1815, luego de todo un…
p. 83
15Gran Bretaña y la Independencia de Venezuela y ColombiaD. A. G. Waddell · 1983 · Página 1591 cita
[16]no tenían atribuciones en asuntos militares y que los oficiales del ej ército debían obedecer las órdenes del comando nacional, no del gobierno local. Durante el involuntario retraso, el número de soldados de que disponía Bolívar, que a la sazón estaban estacionados en Mompós, comenzó a declinar a causa de…
p. 159
16Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · Página 281 cita
[17]dia a los nativos lares. Como es de suponer, cuando finalmente el ge- neral Morillo y sus tropas penetraron en la ciudad, 859 lo que encontraron fue el mas macabro de los es- pectaculos: cadaveres, ruina, miseria, muerte por todas partes. Don Lino de Pombo, testigo presencial del asedio, y otros coeténeos, como el…
p. 28
17Myths of Harmony: Race and Republicanism during the Age of Revolution, Colombia, 1795–1831Marixa Lasso · 2007 · Página 1011 cita
[18]the Spanish government of New Granada, Nine prominent creoles, including Garcia de Toledo, had been execured. Some pardo and white patriots had escaped death and prison by fleeing Cartagena in thirteen corsair boats. Some managed ro suryive, finding refuge in Haiti.Tr A group of these exiled patriots would accompany…
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18The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 1331 cita
[21]the deep-rooted political and re- ligious conflict that shaped the institutional relations between Church and state in Colombia—from the Independence period through the late nineteenth century. Since the “discovery” of América, altar and throne had governed jointly, as the pa- pacy conceded to the Spanish Crown…
p. 133
19Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · Páginas 156, 7832 citas
[22]Nueva Granada” (El Aviso, 1-21 y 24-43, 23 y 30 de enero, 6, 13, 20 y 27 de febrero de 1848). 38 Ibid. 115 La ambición política restringida: la República de Colombia obispos: Salvador Jiménez de Enciso (Popayán), fray Gregorio José Rodríguez OSB (Cartagena), Rafael Lasso de la Vega (Mérida de Maracaibo), Leonardo…
p. 156
[32]Centenario, Ministerio de la Presidencia de la República, 2004, volumen II, 63-76. Laurent, Muriel. Contrabando, poder y color en los albores de la República. Nueva Granada, 1822- 1824. Bogotá: Ediciones Uniandes, 2014. Lemos Guzmán, Antonio José. Obando. De Cruzverde a Cruzverde. Popayán: Instituto del Li - bro,…
p. 783
20Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · Página 2652 citas
[23]par- ticipara en el movimiento de emancipación. Sin embargo, en Roma el papa Pío VII publicó una encíclica (1814) exhortando a los hispanoameri- canos a la obediencia y sumisión al gobierno espa- ñol; diez años más tarde, el papa León XII tuvo una actitud semejante. De todas maneras, estos documentos fueron poco…
p. 265
[24]par- ticipara en el movimiento de emancipación. Sin embargo, en Roma el papa Pío VII publicó una encíclica (1814) exhortando a los hispanoameri- canos a la obediencia y sumisión al gobierno espa- ñol; diez años más tarde, el papa León XII tuvo una actitud semejante. De todas maneras, estos documentos fueron poco…
p. 265
21Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · Página 461 cita
[25]mapa de la Gran Colombia que se conserva en el Archivo Jacinto Jijon y Caamano de Quito. De acuerdo con su carta fundacional, Colombia se form6 con el antiguo virreinato de Santa Fe y la Capitania General de Venezuela. A la derecha, una imagen poco corriente de Simén Bolivar en ese lienzo de Tito Salas. El sueno…
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22Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de ColombiaRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); con colaboración de Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Fernán González, Margarita González, Alfredo Iriarte, entre otros · 1988 · Página 371 cita
[26]Padre una carta del general Santander, que obtuvo respuesta el 3 de octubre. En ésta, su Santidad ofrecia remediar todas las ne- cesidades de la Iglesia y fieles granadinos. Fue asi como el 26 de noviembre del ano siguiente la Santa Sede hizo el reconocimiento de Nueva Granada y designé el primer internuncio, con lo…
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23La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 1181 cita
[27]los curas (27 de mayo de 1851). Así se traducían al formalismo de la ley, algunas de las ideas motoras de la utopía liberal de la época. La última ley mencionada merece destacarse, no solo por - que pretendió atacar las bases tradicionales del control ecle - siástico, llegando «hasta los grupos ecológicos básicos y…
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24Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 571 cita
[28]Las consecuencias de la intransigencia del gobierno absolutista no se hicieron esperar, tras años de organización en sociedades patrióticas y en las más poderosas sociedades secretas como la masonería, estas que contaban con el apoyo económico de la burguesía, lo cual se tradujo en réplicas constantes pero fallidas de…
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