José María Carbonell
Independencia
1778–1816
La biografía
En la tarde larga del 20 de julio de 1810, mientras una comisión de vecinos negociaba en la sala capitular y José Acevedo y Gómez arengaba desde un balcón, un hombre de treinta y dos años recorría la Plaza Mayor de Santafé y las calles adyacentes convirtiendo el rumor en clamor. Se llamaba José María Carbonell y Martínez de Valderrama, había nacido en Santafé en 1778 y sería fusilado en la Huerta de Padilla el 19 de junio de 1816 por orden del régimen de Pablo Morillo. Entre esas dos fechas cabe una biografía breve y un papel enorme: fue el más eficaz agitador popular del cabildo abierto que inauguró la Independencia, el hombre cuyos discursos, según un testigo, entusiasmaban al pueblo hasta llenar la sala donde los patricios deliberaban. En la memoria colombiana Carbonell habita un lugar incómodo: demasiado plebeyo para el panteón de los próceres letrados, demasiado peligroso para que los realistas lo perdonaran, y demasiado central en el 20 de julio para desaparecer del todo. Este artículo intenta devolverlo a su tamaño real, que es el de un mediador entre la revolución de las minorías cultas y la multitud santafereña que ellas necesitaron sin querer soltar.
Línea de vida
- 1778
Nacimiento en Santafé de Bogotá
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Nació en Santafé dentro de una familia que poseía haciendas en Chapinero, lo que le confería una posición acomodada aunque no plenamente integrada en la élite criolla de cargos y redes estamentales.
- 1800
Trabajo como oficial en la Expedición Botánica
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Se desempeñó como oficial en las oficinas de la Expedición Botánica dirigida por José Celestino Mutis, lo que lo situó en el círculo científico e ilustrado más importante del virreinato y lo puso en contacto con Caldas y otros jóvenes que en 1810 estarían del mismo lado del cabildo.
- 1810
Agitación popular el 20 de julio
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Recorrió la Plaza Mayor de Santafé y las calles adyacentes arengando a la multitud; según un testigo, el pueblo estaba 'más y más entusiasmado con los discursos de Don José María Carbonell', lo que contribuyó a que la sala capitular se llenara de vecinos hacia las seis de la noche, presionando la constitución de la Junta Suprema.
- 1810
Presión radical y declaración del 26 de julio
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Como figura central de los 'chisperos', Carbonell y el sector popular radical que representaba dificultaron a la Junta Suprema la moderación de sus decisiones iniciales, contribuyendo a que el 26 de julio de 1810 la Junta declarara el no reconocimiento del Consejo Supremo de Regencia y afirmara que ninguna corporación peninsular tendría autoridad sobre estas tierras, excepto Fernando VII.
- 1816
Fusilamiento en la Huerta de Padilla
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Fue ejecutado el 19 de junio de 1816 por orden del régimen de Pablo Morillo, durante la Reconquista española, como parte de la represión sistemática contra los líderes del movimiento independentista neogranadino.
Un santafereño de familia acomodada
Sobre los orígenes de Carbonell la información es más escueta de lo que se quisiera. Nació en Santafé de Bogotá en 1778, en el ocaso ilustrado del reinado de Carlos III, dentro de una familia cuyo apellido aparece asociado a una de las porciones de tierra que compondrían con el tiempo el barrio de Chapinero. Pedro María Ibáñez recoge en sus Crónicas de Bogotá la tradición —no del todo verificable en documento— según la cual esas tierras habrían venido de un rico aborigen natural de Usaquén cuya hija casó con un zapatero gaditano establecido en Santafé poco después de la fundación de la ciudad; de ahí, por transmisiones sucesivas, habrían pasado a las haciendas que en el siglo XIX conocieron los Carbonell y los Groot. Lo verificable es más simple y basta: la familia poseía haciendas en Chapinero, y en la Nueva Granada colonial la propiedad agraria era un componente sólido, aunque no suficiente por sí solo, del estatus.
Aquí la biografía se rehúsa a los rótulos rápidos. Llamar a Carbonell "plebeyo" traicionaría el hecho de que su familia tenía tierras a las afueras de Santafé; llamarlo "miembro de la élite criolla" traicionaría el hecho de que jamás ocupó cargos de gobierno, no fue oidor ni regidor, no aparece en las listas de las grandes casas neogranadinas y no dejó obra escrita que lo pusiera al lado de un Camilo Torres o un Francisco José de Caldas. Lo que la Santafé del siglo XVIII llamaba élite se definía menos por la riqueza que por el parentesco, la limpieza de sangre, el acceso a los colegios mayores y la tradición estamental; los grupos regionales más exitosos combinaban propiedades urbanas, haciendas, minas, obrajes, comercio y cargos administrativos sostenidos por redes de familia. Los Carbonell tenían tierra, pero no ese entramado completo. Su hijo José María se movería toda su vida en un estrato intermedio: cerca de los letrados que hacían la revolución, familiarizado con sus tertulias y sus lecturas, y a la vez con oído y voz para los artesanos, tenderos y jornaleros que llenaban las calles de la capital. Esa posición ambigua no fue un accidente biográfico: fue exactamente lo que lo volvió indispensable en julio de 1810.
De su formación intelectual no queda un expediente detallado. La educación superior en Santafé pasaba por los colegios mayores —San Bartolomé, el Rosario— y por el seminario, con requisitos de limpieza de sangre y de no haber ejercido oficios "bajos" que filtraban socialmente a los estudiantes. Carbonell trabajó como oficial en las oficinas de la Expedición Botánica dirigida por José Celestino Mutis, dato que lo sitúa dentro del círculo científico más importante del virreinato y le confirma un grado apreciable de instrucción, capacidad de lectura y familiaridad con el mundo criollo ilustrado. En la Casa de la Expedición Botánica —esa institución que Mutis fundó al llegar a Santa Fe en 1761 como médico del virrey Pedro Messía de la Zerda y que se convirtió, con los años, en la principal antesala de la Independencia— trabajaban también Caldas y otros jóvenes que en 1810 estarían del mismo lado del cabildo. Fue allí, en el laboratorio y en la biblioteca de Mutis, donde Carbonell respiró el aire de las ideas que iba a poner a circular por la Plaza Mayor.
La Ilustración tardía como taller político
Para entender qué se decía y qué se leía en las tertulias que Carbonell frecuentó hay que reconstruir el clima ideológico de la Santafé de finales del siglo XVIII, ese momento en que la intelligentsia criolla, entre 1760 y 1800, hizo suyo el rechazo escolástico y el entusiasmo por la ciencia moderna que ya circulaba en la España ilustrada de Carlos III. Benito Feijóo fue una entrada temprana; sus Cartas eruditas y su Teatro crítico universal aparecen citados por hombres de la generación siguiente —José Manuel Restrepo lo reconoció en su autobiografía— como una primera brecha en la disciplina intelectual heredada. Luego vinieron, más difícilmente y a veces de contrabando, los enciclopedistas franceses, Rousseau y Montesquieu, cuyas ideas penetraron lentamente en el virreinato y marcaron sobre todo a la generación que hizo la Independencia.
La paradoja del proyecto ilustrado borbónico está bien estudiada: la propia Corona, para modernizar sus dominios y estimular su explotación, financió expediciones científicas, sociedades económicas y tertulias que en menos de una generación producirían a los hombres capaces de cuestionar la autoridad que los había formado. Desde la década de 1790, criollos ilustrados y funcionarios comenzaron a vincular las ciencias naturales con el desarrollo económico, y los primeros a culpar al régimen español por el atraso de las comunicaciones internas y las trabas al comercio exterior. Esa acumulación de agravios letrados —a la que se sumaba la experiencia concreta de discriminación de la élite criolla frente a los peninsulares durante las reformas borbónicas— encontró en 1808, con la invasión napoleónica de España y la crisis dinástica, la coyuntura que le faltaba. La teoría de la retroversión de la soberanía al pueblo en ausencia del monarca proporcionó el argumento jurídico; el 20 de julio de 1810 sería su puesta en escena.
Carbonell no fue el teórico de esa transición. No escribió tratados ni redactó proclamas fundadoras. Fue algo más raro y, en su momento, más útil: un hombre capaz de traducir a la calle lo que los letrados discutían en las salas de la Expedición Botánica y en las casas de Nariño o de Torres. Sabía leer a Feijóo y sabía hablarle al artesano; conocía el vocabulario del derecho natural y el idioma de los baldones contra los chapetones. Esa doble competencia lingüística —de arriba y de abajo— constituye el núcleo de su biografía política.
El 20 de julio: arengar al pueblo
De los muchos protagonistas del 20 de julio de 1810, Carbonell es aquel cuyo papel se juega enteramente en la calle. La coreografía del día está bien establecida: un incidente en el establecimiento comercial del peninsular José González Llorente —la célebre huerta de Jaime, cerca de la plaza— sirve de detonante; la noticia corre; se convoca a una multitud; José Acevedo y Gómez, desde un balcón frente a la Plaza Mayor, canaliza el descontento hacia demandas concretas, primero pidiendo que se pronunciasen a favor de una Junta y luego que aprobasen la lista de delegados del pueblo; el virrey Antonio Amar y Borbón, que en un principio se negó a convocar al cabildo —el único organismo capaz de dar carácter constitucional a las peticiones—, cede al fin bajo presión; hacia las seis o más de la noche los capitulares se juntan y la sala capitular se llena de gente. En el acta redactada esa misma noche y a lo largo del día 21, Acevedo y Gómez consigna la transferencia provisional del poder a una Junta Suprema que reconoce a Fernando VII.
Dentro de esa coreografía, ¿qué hizo Carbonell? Un testigo dejó una frase que ha resistido bien el paso del tiempo: el pueblo santafereño estaba "más y más entusiasmado con los discursos de Don José María Carbonell" cuando se convocó el cabildo abierto. La expresión importa por dos razones. Primero, porque atribuye a Carbonell una función específica que no aparece asignada a los demás protagonistas del día: los otros deliberan, redactan, negocian, se asoman al balcón; él arenga sistemáticamente, en la plaza y en las calles adyacentes, y su discurso produce entusiasmo acumulativo. Segundo, porque establece una conexión causal directa entre esa arenga y la llegada masiva de vecinos a la sala capitular en el momento decisivo. La multitud no apareció sola: fue movilizada, y Carbonell fue el principal movilizador.
Conviene detenerse en un matiz que el propio relato de época deja ver. La tradición conservadora —y buena parte de la historiografía patricia decimonónica— insistió en que el plan de la revolución del 20 de julio "estaba entre unos pocos", que "la masa del pueblo no lo sabía de antemano" y que actuó "por instigaciones", dejando explotar sus antipatías y resentimientos contra algunos españoles, sobre todo contra los llegados a comienzos del siglo XIX. Esa descripción, escrita para minimizar el componente popular del acontecimiento, tiene sin embargo la virtud involuntaria de confirmarlo: hubo instigadores eficaces y hubo una multitud dispuesta a ser instigada. Carbonell fue el instigador por excelencia, y la multitud santafereña, lejos de ser una comparsa dócil, aportó al día su propia carga de rencor contra los peninsulares, que los letrados canalizaron pero no fabricaron. La revolución del 20 de julio fue, en efecto, planeada por una minoría de patricios; también fue, en su ejecución callejera, sostenida por una movilización popular que sin Carbonell habría llegado más tarde o no habría llegado.
Los chisperos y el 26 de julio
En los días posteriores al cabildo abierto, cuando la Junta Suprema comenzó a organizarse en secciones de gobierno —el 27 de julio se dividió en varias, entre ellas la de Negocios Eclesiásticos, para manejar con eficacia las decisiones cotidianas—, se hizo visible una tensión que atravesaría toda la Primera República: el grupo dirigente quería avanzar con prudencia, guardando las formas de la lealtad a Fernando VII, y un sector más radical de santafereños empujaba en la dirección contraria. A esos radicales las fuentes de la época los llamaron "chisperos", por su capacidad de encender la calle con la rapidez de una chispa. Carbonell no aparece designado formalmente en los documentos como jefe de los chisperos, pero es imposible leer el vocabulario del testigo que habla de sus discursos y de su capacidad de entusiasmar al pueblo sin reconocer en él al chispero paradigmático, al hombre que da nombre y cara a esa presión popular.
El primer resultado tangible de esa presión llegó pronto. El 26 de julio de 1810, apenas seis días después del cabildo abierto, la Junta Suprema declaró que no reconocía al Consejo Supremo de Regencia y estableció que ninguna corporación o individuo proveniente de la Península tendría autoridad sobre estas tierras, excepto el propio Fernando VII. Fue un salto cualitativo: el 20 de julio había dejado intactas las formas monárquicas y se había limitado a constituir una junta local dentro del imperio; el 26 de julio, en cambio, rompía con la Regencia española, la única instancia peninsular con pretensión de gobernar en nombre del rey cautivo. Los chisperos —y Carbonell entre ellos, más visiblemente que ningún otro— hicieron esa declaración posible al dificultarle a la Junta la moderación de sus decisiones iniciales.
Ahí está, condensado, el papel histórico específico de Carbonell. No fue el redactor del acta ni el orador del balcón; no formó parte de la Junta ni ocupó puestos de comando. Fue el hombre que, desde la calle, empujaba las decisiones más allá de donde los patricios querían llevarlas. Esa era, en la lógica del proceso, una función tan indispensable como incómoda: sin ella la revolución se habría quedado en autonomismo tibio; con ella, la élite letrada perdía el control fino de los tiempos. Es imposible entender la ejecución de Carbonell en 1816 —y también el papel modesto que ocupó después en la memoria oficial— sin tener presente esa incomodidad estructural.
La Patria Boba: fidelidades y sombras
Los años que van de 1810 a 1815 —la llamada Patria Boba— fueron el momento en que la revolución neogranadina se dividió consigo misma. Se formaron dos bandos: los centralistas, liderados por Antonio Nariño desde Cundinamarca, que apostaban por un gobierno fuerte concentrado en Santafé; y los federalistas, encabezados por Camilo Torres y Antonio Baraya, que promovían un régimen federal para las provincias. El 27 de noviembre de 1811 se promulgó el Acta de la Federación de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, cuya constitución fue redactada por Camilo Torres tomando como modelo la de los Estados Unidos; Cundinamarca, bajo influencia de Nariño, no se adhirió. El 12 de septiembre de 1812, tras la renuncia de Manuel Bernardo Álvarez del Casal como presidente interino, Nariño volvió a asumir la dirección del gobierno cundinamarqués para enfrentar las pretensiones militares de Baraya, quien capitaneaba a los federalistas de Tunja en su enfrentamiento con los centralistas de Santafé. Las disputas ponían en peligro las conquistas de la revolución y debilitaban militarmente al conjunto.
De la actuación de Carbonell en esos años el rastro es más tenue que el de julio de 1810, y hay que decirlo sin adornos. Su especialidad —la agitación urbana— tenía menos escenario en un conflicto que ya era, sobre todo, entre gobiernos provinciales con ejércitos propios. Continuó vinculado a los círculos patriotas de Santafé, mantuvo su presencia en el sector popular urbano y, por su cercanía a la Expedición Botánica y a los hombres del 20 de julio, siguió siendo una figura reconocible de la escena política capitalina. Pero no ocupó cargos de peso, no dirigió tropas, no firmó constituciones. Su radicalismo, que en un cabildo abierto había sido palanca decisiva, en el juego institucional de la Primera República no encontraba mecanismos claros de traducción.
Esa disminución relativa de su protagonismo tiene una lectura estructural. La revolución que Carbonell había ayudado a encender era, en su nivel superior, una insurrección de minorías cultas y ricas: los centros urbanos concentraban comerciantes, artesanos e intelectuales; las masas rurales permanecían aisladas, sin resonancia política para sus inquietudes. Los sectores populares urbanos, aunque decisivos en el momento del cabildo, no encontraron representación estable en las instituciones que se fueron formando. Los chisperos habían empujado a la Junta en julio de 1810; una vez pasado ese umbral, el juego se trasladó a las asambleas, los congresos y los ejércitos, donde el vocabulario y las credenciales que decidían eran otros. Carbonell fue, en cierto sentido, víctima temprana de la propia estrechez social del proyecto que había ayudado a lanzar.
La Reconquista y el fusilamiento de 1816
El desenlace llegó con la Reconquista. En 1815, Fernando VII, restaurado en el trono, envió a América un ejército expedicionario de aproximadamente doce mil hombres al mando del general Pablo Morillo, con orden de retomar los territorios rebeldes. Morillo llegó primero a Venezuela y luego se dirigió a la Nueva Granada. El punto clave fue Cartagena: la ciudad cayó el 6 de diciembre de 1815, tras un asedio de ciento dos días en el que se estima que murió al menos la tercera parte de la población, principalmente por hambre y epidemias. Con la caída de Cartagena, el camino hacia el interior quedaba abierto; para mayo de 1816 las tropas realistas entraban en Santafé.
Morillo procedió con método. Confiscó y vendió propiedades de los rebeldes sin debido proceso, definiendo "rebelde" de forma amplia para incluir tanto a líderes como a seguidores pasivos y a los emigrados que habían huido. Instaló tribunales de purificación y consejos de guerra permanentes. Las ejecuciones se sucedieron en cadena: ahorcamiento, decapitación y fusilamiento, tácticas eufemísticamente denominadas "pacificación", mientras los campesinos eran forzados a servir de base de abastecimiento para el ejército. Los historiadores contemporáneos, incluido el venezolano Rafael María Baralt, describieron a Morillo como cruel por sistema más que por inclinación, imperioso y frío, con accesos de ira. La imagen se consolidó rápidamente: las noticias de las ejecuciones cruzaron el Atlántico y encajaron, en Gran Bretaña y Estados Unidos, con los tropos preexistentes de la leyenda negra española; coincidieron además con la llegada de apoyo monetario y logístico a la causa independentista, aunque atribuir a la crueldad realista una causa exclusiva de esa ayuda simplificaría el cuadro.
En 1816 fueron fusilados la mayoría de los líderes independentistas neogranadinos. Camilo Torres, el redactor de la constitución federalista, cayó ante el pelotón. Francisco José de Caldas, el sabio de la Expedición Botánica, cayó también. Jorge Tadeo Lozano, otra de las figuras del 20 de julio, corrió la misma suerte. Y con ellos José María Carbonell, fusilado el 19 de junio de 1816 en la Huerta de Padilla, a los treinta y ocho años. La memoria local recogería, con ese pudor mezcla de reverencia y silencio con el que la Bogotá del siglo XIX habló de sus muertos patrióticos, que fue "benemérito servidor" de la causa, así en la frase truncada por el estado del documento que preservó Ibáñez.
Vale la pena preguntar por qué Carbonell, que no había sido presidente ni general ni redactor de constituciones, terminó en la lista de los fusilados junto a Torres y a Caldas. La respuesta se lee en clave de julio de 1810 y de la lógica de la represión morillista. Para los realistas, el crimen no era solo haber gobernado en rebeldía; era haber movilizado al pueblo contra el rey. Carbonell había sido, precisamente, el hombre que enseñó a la multitud santafereña a pedir una junta, a rechazar la Regencia, a llenar la sala capitular. Era, en el vocabulario realista, un incitador; peor aún, un incitador eficaz, con memoria viva en las calles de la capital. Dejarlo vivo era dejar viva la posibilidad de una nueva movilización popular. Que en su ejecución no hubiera clemencia ni conmutación —a diferencia de otros casos en los que el cabildo de Cartagena, por ejemplo, presentó al capitán general Francisco de Montalvo solicitudes por la suerte de los presos independentistas— dice mucho sobre el lugar que su nombre ocupaba en la lista prioritaria del pacificador. La represión continuaría en los años siguientes; el caso más célebre sería el fusilamiento, en 1817, de Policarpa Salavarrieta. Del ejército de Morillo, entre paludismo, fiebre amarilla y campañas, quedarían menos de tres mil hombres en 1820.
La red
Carbonell no puede entenderse fuera del tejido de figuras y espacios en que se movió. Estaba José Celestino Mutis, el naturalista gaditano que llegó a Santa Fe en 1761 y organizó desde 1783 la Expedición Botánica, agente central de la ilustración científica en el virreinato y mentor de una generación entera; en la Casa de la Expedición Botánica trabajó Carbonell como oficial. Estaba Francisco José de Caldas, el astrónomo popayanejo, compañero de expedición y compañero de suerte en 1816. Estaba Antonio Nariño, el traductor de los Derechos del Hombre, precursor de la Independencia, cabeza del centralismo cundinamarqués. Estaba Camilo Torres Tenorio, autor del Memorial de Agravios de 1809 y presidente de las Provincias Unidas, ejecutado también en 1816. Estaba José Acevedo y Gómez, "el Tribuno del Pueblo", cuya arenga desde el balcón de la Plaza Mayor es la imagen icónica del 20 de julio y quien redactó el acta del cabildo abierto. Estaba Antonio Baraya, jefe militar del bando federalista. Y estaban los espacios físicos: la Plaza Mayor, escenario del cabildo abierto; el barrio de Las Nieves, corazón artesanal y popular de la capital, donde los chisperos tenían auditorio; la Huerta de Jaime, donde el incidente con Llorente dio el pretexto; la Huerta de Padilla, donde terminaría la vida de Carbonell. Del lado enemigo estarían Pablo Morillo, el pacificador; Juan Sámano, el virrey que gobernaría el interior tras la Reconquista; y, en la generación siguiente, Francisco de Paula Santander y Simón Bolívar, que reconstruirían la Independencia sobre las cenizas de 1816.
Esa red define a Carbonell mejor que cualquier calificación abstracta. Estaba en el círculo de Mutis pero no era Mutis; estaba en el 20 de julio pero no era Acevedo; era radical como los chisperos pero probablemente más letrado que la mayoría de ellos. Su singularidad histórica está exactamente en esa posición intermedia, y en la voz —los "discursos" del testigo— que sabía usar en la calle.
La huella
De la memoria histórica de Carbonell hay que decir dos cosas que no siempre se dicen a la vez. La primera es que su nombre nunca desapareció: figura en las listas canónicas de los mártires de 1816, aparece en las crónicas de Bogotá asociado a Chapinero, se lo menciona en las historias generales de Colombia junto a Torres, Caldas y Lozano, y sigue apareciendo en las obras contemporáneas de divulgación sobre la Independencia, como Otra historia de Colombia de Felipe Arias. La segunda es que su lugar en el panteón fue siempre más modesto que el de sus compañeros de fusilamiento. No tiene estatua ecuestre, no da nombre a una avenida principal, no protagoniza los cuadros escolares del 20 de julio como lo hacen Acevedo y Nariño. En la enumeración de próceres, suele aparecer al final, precedido del "entre otros".
Esa discreta borradura tiene explicaciones convergentes. Una es institucional: la Academia Colombiana de Historia y los centros regionales de historia —el de Manizales, fundado en 1911, es ejemplo típico— construyeron a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX una tradición de consagración de próceres orientada a legitimar a los grupos dirigentes, exaltando a patricios letrados, propietarios y militares con obra escrita y trayectoria institucional. Carbonell, sin libros publicados, sin cargos formales sobresalientes, sin descendencia política que reclamara su nombre, encajaba mal en esos criterios. Otra explicación es social: la Bogotá liberal-conservadora del siglo XIX, que forjó los mitos de la Independencia, no tenía interés natural en elevar a la primera línea del panteón a un agitador popular cuya especialidad había sido movilizar a la multitud contra el orden. Las narrativas producidas por la cultura impresa de la Gran Colombia —y luego de la República— proyectaron una visión particular de la Independencia, del republicanismo y del centralismo sobre la memoria nacional; en esa visión, los redactores de actas y los generales eran más útiles que los chisperos. Y una tercera explicación, no menos real, es que la agitación de calle es, por naturaleza, una acción que deja menos documentos que la redacción de una constitución o el mando de un ejército; el archivo favorece a los escritores.
Pero la borradura no es total, y ha ido cediendo. La historiografía social de las últimas décadas ha revalorizado precisamente el papel de los sectores populares urbanos en la Independencia y, con ellos, la figura de Carbonell como su expresión más concreta y documentada en el momento fundador. Esa revaloración no es hagiográfica: reconoce las ambigüedades del papel —la instrumentalización parcial que la élite criolla hizo de la multitud, la brevedad del momento en que los chisperos importaron, la ausencia de un proyecto propio del sector popular urbano—, pero devuelve al personaje su peso específico. Sin Carbonell, el 20 de julio habría sido más lento, más tibio, menos memorable. Sin Carbonell, el 26 de julio quizá no habría llegado nunca.
Queda, para cerrar, una imagen. La Huerta de Padilla, en junio de 1816, era un descampado a las afueras de Santafé donde el régimen realista había concentrado sus fusilamientos. Ahí murieron, en semanas sucesivas, muchos de los hombres que seis años antes habían hecho la revolución. Carbonell fue uno de ellos. Tenía treinta y ocho años. No dejó libros, no dejó descendencia política, no dejó siquiera un retrato firme sobre el cual la posteridad pudiera fijar sus rasgos. Dejó, en cambio, un testimonio: la frase de aquel testigo del 20 de julio, "más y más entusiasmado con los discursos de Don José María Carbonell". En un país que suele recordar a sus próceres por lo que escribieron o por lo que gobernaron, Carbonell es raro: se le recuerda por lo que habló, y por la multitud que ese hablar puso en movimiento. Es lo que un chispero podía dejar; es, en la economía de la revolución, mucho más de lo que parece.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
27 documentos · 34 fragmentos01Crónicas de BogotáPedro María Ibáñez · 2014 · Páginas 96, 1032 citas
[1]cr ónica s de bogotá: l a ciudad de antaño 95 caudalosos acrecen sus aguas con las de los arroyos y riachuelos que encuentran a su paso. Refiere la tradición que poco tiempo después de fundada la ciudad de Santafé, vino a establecerse a ella un zapatero gaditano, el cual casó con la hija de un rico aborigen natural de…
p. 96
[27]102 En lo moral era un hombre imperioso y frío, cruel por sistema más que por inclinación, con arranques espontáneos de franqueza y aun de generosidad in- termitente, pero desconfiado y sujeto a accesos de ira que lo ponían fuera de sí 36. El chileno Diego Barros Arana refiere que es- tando Morillo en Mompós, a…
p. 103
02Estudios interdisciplinarios de las élites en ColombiaCatalina Acosta Oidor, Alexander Gamba Trimiño, Verónica Salazar Baena · 2023 · Página 651 cita
[2]forzado de la población indígena, la mano de obra esclavizada —importada de África— se convirtió en fuerza de trabajo cada vez más numerosa, conviviendo con formas de trabajo asalariado 20. La combinación de ingresos procedentes de pro - piedades urbanas, propiedades agrarias, minas, obrajes, la incursión en…
p. 65
03Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Páginas 112, 1202 citas
[3]local por la vía del m atrim onio, de tal suerte que los intereses de los criollos bien relacionados sí tenían alguna representación. A unque por lo general a los criollos no se les perm itía o cupar altos cargos políticos, algunos m iem bros de la elite n eo granadina alcanzaron prestigio com o adm inistradores de…
p. 112
[12]o r el tem a, poco se hizo al respecto, acaso p o rq u e los gastos m ilitares absorbían g ran p arte d e los recursos fiscales. A p a rtir d e la décad a d e los años 1790, los criollos ilu strad o s com enzaron a c u lp ar cada vez m ás al régim en español p o r no tom ar m ed id as ad e cu ad a s para m ejorar las…
p. 120
04Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 2541 cita
[4]son el concepto de la honra y el hidalguismo -con su consiguiente desprecio del trabajo manual- en la que rige una división en castas y una rigurosa distinción entre "oficios nobles", que están a disposición solamente de los "limpios de sangre", es decir, de aquellos sin "sangre de la tierra", y "oficios plebeyos", o…
p. 254
05La elección de la República. Historia del sufragio en Colombia entre 1809 y 1838Nhora Patricia Palacios Trujillo · 2022 · Página 1221 cita
[5]Colombia. Bogotá: Fundación para la Inves- tigación y la Cultura, 2009, p. 39. 36 Ibid. 37 Ibid. La elección de la República 94 mediar entre el pueblo y el acusado, llegando a la determinación de encarcelar a Llorente. La medida no fue suficiente para el pueblo y, según lo que relata un testigo: “el desenfreno de este…
p. 122
06Memorias de un abanderadoJosé María Espinosa · 2016 · Página 342 citas
[6]por instantes la orden que debía dar el virrey, pero este 35 Míndicer sí ta eóeasíiesd por fortuna era pusilánime, y no se atrevió a darla ni a hacerse responsable de la sangre que pudiera correr. Más entereza tuvo la señora, y así le echaba en cara a aquel su cobardía. No hubo, en efecto, más sangre derramada aquel…
p. 34
[7]por instantes la orden que debía dar el virrey, pero este 35 Míndicer sí ta eóeasíiesd por fortuna era pusilánime, y no se atrevió a darla ni a hacerse responsable de la sangre que pudiera correr. Más entereza tuvo la señora, y así le echaba en cara a aquel su cobardía. No hubo, en efecto, más sangre derramada aquel…
p. 34
07Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Página 401 cita
[8]más radical de santafereños, conocidos como los “chisperos”, se encargó de dificultarle a la Junta Suprema de Santafé la moderación de sus decisiones iniciales. A consecuencia de ello, el 26 de julio, la Junta finalmente declaró que no reconocía al Consejo Supremo de Regencia, marcando un momento decisivo: ninguna…
p. 40
08Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · Página 371 cita
[9]it was clear—and the vice- roy knew it—that the army would not act against the demonstrators. The plan worked: a junta was organized. At dawn on July 21, 1810, a document was signed that Colombians now refer to as their act of independence. Written by José Acevedo y Gómez, the act made clear the purposes and direction…
p. 37
09Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2017 · Página 331 cita
[10]Written by José Acevedo y Gómez, the act made clear the purposes and direction of the recently constituted junta: All authority will be placed provisionally in the Supreme Governing Body of this Kingdom, until this same Junta forms the Constitution that assures public happiness. The noble provinces will be counted on…
p. 33
10Gran Bretaña y la Independencia de Venezuela y ColombiaD. A. G. Waddell · 1983 · Páginas 148, 1522 citas
[11]ñoles. Cuando la agitación popular estaba llegando a su clímax, Acevedo Gómez hizo su aparición en un balcón de un edificio que daba a la plaza, desde donde se dirigió a la multitud, ca nalizando el descontento colectivo hacia demandas políticas es pecíficas, primero les pidió que se pronunciasen en favor de la…
p. 148
[20]paña en contra de Lozano y los federalistas, que culminó con la renuncia del presidente, y la nominación de Nariño en el cargo de mando supremo. Pero por ese entonces ya se había reunido un nuevo con greso en Santa Fe, el 15 de septiembre de 1811, al que habían asistido representantes de todas las provincias que se…
p. 152
11Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Página 5491 cita
[13]franc é s cuyas obras, que penetran lentamente y a menudo de contrabando, influir á n de manera decisiva s ó lo en la generaci ó n siguiente, la que har á la Independencia. En la etapa comprendida entre 1760 y 1800 la intelligentsia criolla se encuentra preocupada por los mismos temas, los mismos problemas y…
p. 549
12El pensamiento colombiano en el siglo XIXJaime Jaramillo Uribe · 2017 · Página 5381 cita
[14]su pensamiento. Sarrailh revalúa el «españolismo» de Jovellanos y otros contempo- ráneos suyos, su amor a España, su sincero catolicismo, y analiza el conflicto intelectual que en ellos se produjo al querer ser fieles a la tradición nacional y al propio tiempo renovar la cultura española en todos sus aspectos desde la…
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13¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Páginas 48, 512 citas
[15]en las que se representó la flora de la Nueva Granada. Pero, ya se dijo, además de estimular la formación intelectual de los criollos, los monarcas españoles también deseaban forta lecer su autoridad sobre sus reinos en América, de ahí el apodo de "déspotas ilustrados" con el que se conocería posteriormente a estos…
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[25]biern o esp a ñ o l y fue c a ptu ra d o en 1814 p or l a s guerrill a s de indígen a s, neg r os y mestiz o s qu e defendí a n l o s a lre d ed or es d e P a st o. Con el rest a blecimiento d e 99 ¿Otra historia de Colombia? Fernando VII en el trono, el movimiento realista se fortaleció aún más, al enviar a Venezuela…
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14Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 1061 cita
[16]los distintos grupos sociales de la Nueva Granada. En realidad, fue la coyuntura nacida de la inva- sión napoléonica a España la que incitó a los criollos a llenar el vacío de poder dejado por los Borbones, con la teoría en virtud de la cual, cuando faltaba el monarca, la sobe- ranía que éste ejercía a nombre del…
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15Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · Páginas 10, 282 citas
[17]con las ideas expresadas por los enciclo- pedistas franceses y emanadas de la Revolucion de 1789, a las cuales se adherian fervorosamente. Existia, ademas, un abierto repudio y disgusto por la insolencia de los funcionarios encargados del go- bierno en el virreinato, y por el escandaloso relaja- miento de la conducta…
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[28]dia a los nativos lares. Como es de suponer, cuando finalmente el ge- neral Morillo y sus tropas penetraron en la ciudad, 859 lo que encontraron fue el mas macabro de los es- pectaculos: cadaveres, ruina, miseria, muerte por todas partes. Don Lino de Pombo, testigo presencial del asedio, y otros coeténeos, como el…
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16Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · Página 1081 cita
[18]ninguna de las dos posiciones es satistactoria; ademas, independientemente de las exciavo- nes internas, es factible identificar a lo largo de la historia dos tendencias o talantes que conviven, precipitando o demorando el curse de los aconteci mientos ORIGEN DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS COLOMBIANOS Absolutismo e…
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17Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · Página 171 cita
[19]del mando de Castro de la nación para combatir a los federalistas de Tunja, capitaneados por Antonio Baraya, cuyos enfrentamientos con los centralistas ponían en peligro las todavía endebles conquistas logradas por los patriotas, dos años después de los hechos del 20 de julio. Manuel Benito de Castro 21 22 Presidentes…
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18Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de ColombiaRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); con colaboración de Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Fernán González, Margarita González, Alfredo Iriarte, entre otros · 1988 · Página 941 cita
[21]americanas y acataron las decisio- nes de la Junta Central, la Regencia y las Cortes Es- panolas; otras juntas fueron autonomistas, como la que se organiz6 en Santa Fe de Bogota el 20 de julio de 1810, partidarias de una autonomia de los gobiernos provisionales de Espana y guardadoras de los derechos de Fernando VII.…
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19Economía y cultura en la historia de ColombiaLuis Eduardo Nieto Arteta · 2016 · Página 691 cita
[22]También ha interpretado equivocadamente el señor Samper la actitud política de Antonio Nariño. Oigámoslo: «Es incuestionable que cuando Nariño publicaba los Dere- chos del Hombre, a fines del siglo pasado, y conspiraba con otros criollos neogranadinos, por el anhelo de ver emancipada a su patria, pensaba y obraba como…
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20Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · Página 341 cita
[23]de Indepen - dencia de Socorro (15 de agosto de 1810), de la Federación de las Provincias Unidas de la Nueva Granada (27 de noviem - bre de 1811), y en las Constituciones de Cundinamarca (30 de marzo de 1811), Tunja (9 de diciembre de 1811), Antioquia (21 de marzo de 1812), Cartagena de Indias (15 de junio de 1812),…
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21Simón Bolívar: A LifeJohn Lynch · 2007 · Página 1101 cita
[24]hanging, decapitation and shooting, cynically described as ‘pacification’, while peasants were herded into labour gangs to turn the colony into a supply base for Morillo’s army. The year 1816 was the blackest year of the American revolution, the year of the gallows in New Granada and of reaction and retribution…
p. 110
22Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 1101 cita
[26]ñ oles. Poco despu é s los restos del ej é rcito patriota fueron derrotados. Las tropas espa ñ olas estaban diezmadas por las enfermedades, rn especial el paludismo y la fiebre amarilla: en 1820 sobreviv í an menos de 3000 de los 12000 que hab í an llegado en 1815 a Am é lica. No era probable que un ej é rcito espa ñ…
p. 110
23Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2341 cita
[29]toma Carta- A o. od ele del terror. 1816 Los patriotas de Cartagena son pasados por las armas. Cuatro expediciones realistas reconquis- tan Nueva Granada. Nariño vuelve prisionero a Cádiz. El presidente Torres es reemplazado por José Fernández Madrid. El español Warleta toma Medellín y Miguel de la Torre, Santafé.…
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24Crafting a Republic for the World: Scientific, Geographic, and Historiographic Inventions of ColombiaLina del Castillo · 2018 · Páginas 52, 642 citas
[30]Granada native son Caldas had celebrated for refusing the honors the Bona- parte regime would have bestowed upon him in occupied Madrid. Among the “many other learned and valuable personages” that were executed was, of course, Francisco José de Caldas. 41 News of Morillo’s sanguinary tactics and actions was…
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[34]8:31:09 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. Gran Colombian Print Culture 34 under the Spanish Crown to legitimate a centralized Colombian political economy that could most effectively extricate natural wealth. They went further by criticizing any attempts by…
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25Memorias para la historia de la medicina en Santafé de BogotáPedro María Ibáñez · 2017 · Página 861 cita
[31]de su país natal, por sus simpatías a la causa de la Independencia. El doctor José Fernández Madrid, uno de los discípulos del Padre Isla, desempeñó la Presidencia de las Provincias Unidas de Nueva Granada en 1816. En servicio de tan eleva- do destino hizo un viaje hasta Popayán, en donde renunció el cargo…
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26Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · Página 171 cita
[32]desde el mismo ins- 1100 1102 Retrato de José Tomas Boves que se conserva en el Museo Nacional de Bogota. Este jefe realista fue el que primero moviliz6 a los llaneros, que en un principio pelearon a favor de Esparia. tante en que Crist6bal Colon desembarco en las costas del Nuevo Mundo. Por lo que se puede ver, al…
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27Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en ColombiaAlexander Betancourt Mendieta · 2020 · Página 81 cita
[33]regional buscaron levantar la autoestima de cada región a partir de la redención y justificación de pasados abolengos. Cada una de las regiones colombianas debía tener su prócer o sus héroes, o a lo menos un grupo de “patricios” prestantes que demostraban su contribución a la formación de la República, lo que…
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