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Biografía

Antonio Baraya

Independencia

1770–1816

17 min de lectura20 documentos
Nacimientoc. 1770
Fallecimiento1816
RolesOficial del ejército del virreinato del Nuevo Reino de Granada · Inspector general de las tropas bogotanas (Cundinamarca, 1811–1812)
Lugar principalSantafé de Bogotá
Período históricoIndependencia1810–1831
03

La biografía

Antonio Baraya (c. 1770–1816) es uno de los nombres que la memoria republicana ha tratado con más ambigüedad. Militar santafereño de la primera hora, oficial del rey convertido en jefe patriota tras el 20 de julio de 1810, comandó las tropas del Congreso de las Provincias Unidas contra el gobierno centralista de Antonio Nariño en la primera guerra civil neogranadina, fue derrotado ante Santafé en enero de 1813 y, tres años después, cayó bajo la reconquista de Pablo Morillo. Su trayectoria condensa la paradoja del período: los mismos hombres que arrancaron la autonomía a la Corona se destruyeron entre sí antes de que el ejército español regresara, y su fusilamiento en 1816 lo devolvió al panteón sin saldar la incomodidad de haber sido, en 1812, el rostro armado de una rebelión republicana contra otros republicanos.

02

Línea de vida

  1. 1810

    Participación en la jornada del 20 de julio

    Leer contexto

    Baraya, oficial reconocido de la guarnición de Santafé, se sumó al nuevo orden instaurado tras la instalación de la Junta Suprema el 20 de julio de 1810, sirviendo al gobierno criollo con la naturalidad del oficial que cambia de superior sin cambiar de plaza.

  2. 1811

    Inspector general de las tropas bogotanas

    Leer contexto

    Fue nombrado inspector general de las tropas del Estado de Cundinamarca, colocándose en la cúspide operativa del ejército más importante del interior del reino bajo la égida centralista de Antonio Nariño.

  3. 1812

    Deserción al bando federalista

    Leer contexto

    Enviado en marzo de 1812 contra la rebelde provincia del Socorro, desertó con parte del ejército bogotano y se pasó a las Provincias Unidas. Con él cambiaron de bando Joaquín Ricaurte, Francisco de Paula Santander y Rafael Urdaneta, desnudando al gobierno de Cundinamarca de buena parte de su cuadro de mando.

  4. 1812

    Solicitud de rendición a Bogotá y restablecimiento de Nariño

    Leer contexto

    Al mando de las tropas federales, Baraya formuló una solicitud de rendición al pueblo y gobierno de Bogotá, lo que provocó que la representación popular resolviera que Nariño volviera a asumir la dirección del gobierno para enfrentar la amenaza federal, haciendo inevitable la guerra abierta.

  5. 1812

    Victoria en Ventaquemada

    Leer contexto

    El 2 de diciembre de 1812, las tropas de Baraya derrotaron a las fuerzas de Cundinamarca en Ventaquemada con un saldo de veinte muertos, obligándolas a retirarse hacia Santafé. Fue el momento de mayor gloria militar de Baraya.

  6. 1813

    Derrota ante Santafé

    Leer contexto

    Tras rechazar la rendición ofrecida por Nariño después de Ventaquemada, Baraya intentó tomar Santafé por la fuerza en enero de 1813. Nariño resistió y revirtió el ataque, derrotando a las fuerzas federalistas y ganando así la primera guerra civil neogranadina.

  7. 1816

    Fusilamiento durante la reconquista de Morillo

    Leer contexto

    Capturado durante el avance del ejército expedicionario de Pablo Morillo sobre la Nueva Granada, Baraya fue ejecutado en 1816 en el marco del régimen del Terror instaurado por la reconquista española, lo que lo devolvió al panteón de los mártires de la Independencia.

  8. 1942

    Inauguración del busto conmemorativo

    Leer contexto

    El 9 de agosto de 1942, en el marco de las fiestas patrias, se inauguró en el separador de la calle 39 con carrera 13 de Bogotá el busto de Baraya ejecutado por el maestro Bernardo Vieco, sin que exista un acto jurídico formal que ordenara erigir el monumento.

La semblanza de un criollo en armas

Baraya pertenece a esa capa de oficiales criollos que hicieron su carrera bajo el orden colonial y terminaron desmontándolo. Nacido hacia 1770 en Santafé de Bogotá, se formó en el ejército del virreinato en las décadas finales del siglo XVIII, cuando el escalafón permitía a los hijos de familias principales del reino ascender sin tocar los peldaños superiores reservados a los peninsulares. Esa condición —criollo instruido, militar profesional, con mando de tropa pero sin acceso pleno al poder— define su generación entera: la de quienes en 1810 tenían la disciplina castrense necesaria para sostener una revolución y, a la vez, los agravios acumulados para justificarla.

Su relieve histórico no descansa en una sola batalla ni en un discurso fundacional. Baraya pesa porque fue bisagra: participó en la jornada del 20 de julio, sirvió al gobierno de Cundinamarca en 1811 y comienzos de 1812, desertó a mitad de ese año con parte del ejército bogotano, se puso a la cabeza de las fuerzas del Congreso federal, venció a los centralistas en Ventaquemada, fracasó ante Santafé y sobrevivió al desastre para morir fusilado en la reconquista. Cada uno de esos actos lo colocó en un lado distinto de la línea, y ninguno permite reducirlo a mártir ni a traidor. Ningún relato lo resuelve del todo: cabe con incomodidad en la nómina de próceres y con la misma incomodidad en la de renegados, aunque la memoria pública lo haya reducido al busto que le hizo Bernardo Vieco en 1942 y al lienzo en el que su rostro se mira con la severidad ecuestre de los retratos de época.

Los orígenes: Santafé y la carrera de las armas

De la infancia y adolescencia de Baraya queda menos de lo que se quisiera. Los datos firmes son de origen tardío: la ficha del monumento inaugurado el 9 de agosto de 1942 en el separador de la calle 39 con carrera 13 fija su nacimiento en 1770, aunque ese dato viene de la conmemoración misma y no de una partida documentada. Su cuna santafereña, en cambio, no admite duda, y explica su ubicación posterior en el mundo político y militar de la capital.

La Santafé en que se crió era la sede administrativa del virreinato del Nuevo Reino de Granada, una ciudad de altura donde las jerarquías del orden colonial se manifestaban con una nitidez que la prensa ilustrada de fines del siglo XVIII —la Expedición Botánica, el círculo de Mutis, los periódicos de Nariño y Caldas— ya empezaba a incomodar. Baraya entró al servicio de las armas del rey en ese ambiente cruzado: fidelidad institucional a la Corona, pero con lecturas que iban carcomiendo el cimiento de esa fidelidad.

Como oficial, aprendió el oficio en un ejército pequeño, mal pagado, disperso entre las guarniciones de Cartagena, Panamá, Popayán y la capital, y con más experiencia en el patrullaje interno que en la guerra abierta. Esa formación explica algunas cosas de su desempeño posterior: sabía maniobrar batallones en el altiplano, conocía a sus pares del cuerpo de oficiales —Joaquín Ricaurte, el joven Francisco de Paula Santander, Rafael Urdaneta— y disponía de la autoridad natural que da el grado sobre hombres acostumbrados a obedecer.

La trayectoria: del 20 de julio al patíbulo

El estallido de 1810

Cuando en la tarde del 20 de julio de 1810 Santafé entró en efervescencia, Baraya era ya un oficial reconocido de la guarnición. Los días anteriores habían corrido rumores graves: el 18 de julio circuló por la ciudad la noticia de que el chapetón Llorente y otros españoles conspiraban para asesinar a criollos principales, y esa versión —cierta o inventada— envenenó los ánimos hasta hacer inevitable la jornada del viernes. El virrey Antonio José Amar y Borbón, pusilánime, no se atrevió a dar la orden de reprimir al pueblo ni a hacerse responsable de la sangre que pudiera correr; su esposa, según los testimonios de la época, le reprochaba a gritos esa cobardía.

En medio del vacío de mando, el pueblo confirió al propio virrey el cargo de presidente de la Junta que se instaló esa noche, en un gesto que revela la naturaleza aparentemente monárquica del movimiento: el rumbo real solo estaba claro en la mente de unos pocos, y la masa nada sospechaba del proyecto de fondo.

Al amanecer del 21 de julio se firmó el acta redactada por José Acevedo y Gómez, que reconocía a Fernando VII como rey legítimo y declaraba que, en su ausencia, toda autoridad residiría provisionalmente en la Junta Suprema hasta que se dictara una constitución. Baraya se sumó al nuevo orden con la naturalidad del oficial que cambia de superior sin cambiar de plaza: al fin y al cabo, seguía sirviendo a la misma ciudad bajo un mando reconfigurado. El 26 de julio, presionada por los "chisperos" —el sector radical del cabildo—, la Junta declaró que no reconocía al Consejo Supremo de Regencia, y estableció que ninguna corporación o individuo peninsular tendría autoridad sobre estas tierras, salvo el rey. Ese paso, todavía envuelto en formalismo monárquico, movía en los hechos la soberanía a las provincias americanas. La independencia absoluta solo se proclamaría en 1813, cuando el pueblo hubiera dejado de mirar al rey como un semidiós, y para entonces Baraya ya estaría en el bando perdedor de la primera guerra civil.

El servicio al gobierno de Cundinamarca

Entre 1810 y comienzos de 1812, Baraya sirvió al gobierno de Santafé —convertido en provincia y luego en Estado de Cundinamarca bajo la égida centralista de Antonio Nariño— con la disciplina del oficial de carrera. Fue nombrado inspector general de las tropas bogotanas, cargo que lo colocaba en la cúspide operativa del ejército más importante del interior del reino. En marzo de 1812, el gobierno lo envió al norte, contra la rebelde provincia del Socorro, que se resistía a la autoridad de Cundinamarca y se inclinaba hacia el proyecto federal en gestación.

Esa comisión resultó ser el punto de quiebre. Lo que Baraya vio en el camino —o lo que decidió antes de partir— sigue siendo materia de conjetura, pero el resultado no se discute: en el curso de esa campaña, y en el marco de la creciente tensión entre el centralismo bogotano y las provincias que exigían soberanía propia, desertó con parte del ejército y se pasó al bando federalista.

No lo hizo solo. Con él cambiaron de lado Joaquín Ricaurte, Francisco de Paula Santander y Rafael Urdaneta. La deserción simultánea de esos cuatro oficiales desnudó al gobierno de Cundinamarca de buena parte de su cuadro de mando. La historiografía centralista de entonces —y buena parte de la posterior— calificaría el episodio de traición y lo señalaría como origen de la guerra civil. La lectura, sin embargo, admite matices: Baraya no rompió con un proyecto revolucionario para regresar a la Corona, sino que se movió de un modelo republicano a otro, en un momento en que la disputa entre centralistas y federalistas era todavía una discusión constitucional legítima antes de ser un conflicto armado.

Las Provincias Unidas y la campaña contra Nariño

El bando al que se pasó Baraya se estaba organizando en esos mismos meses. En noviembre de 1811, los diputados de Antioquia, Cartagena, Neiva, Pamplona y Tunja habían firmado el acta que constituyó las Provincias Unidas de Nueva Granada, desconociendo a las autoridades españolas y sentando las bases de una federación con vocación pluriprovincial. Camilo Torres Tenorio, el jurista popayanejo autor del célebre Memorial de agravios de 1809, presidió el Congreso y encarnó la doctrina federalista: los cabildos autónomos eran la fuente de la legitimidad, y ninguna provincia debía subordinarse a otra. Frente a él, Nariño sostenía desde Santafé que Cundinamarca debía comprender los antiguos corregimientos de Mariquita, Neiva, Tunja, Socorro y Pamplona, y que la revolución requería un centro fuerte capaz de imponerse a las inercias provinciales.

Nariño respondió con energía. El 23 de junio de 1812 marchó furiosamente contra las operaciones confederadas, y el 30 de julio de ese año firmó con el Congreso el tratado de Santa Rosa, por el cual aceptó que las fuerzas de Baraya continuaran hacia el norte —hacia los focos realistas que aún quedaban en pie— en lugar de emplearse contra Cundinamarca. Era una tregua precaria, y no duró.

El Congreso de las Provincias Unidas se instaló formalmente en Villa de Leiva el 4 de octubre de 1812, con diputados de Antioquia, Cartagena, Casanare, Pamplona y Popayán, entre otras provincias. Baraya, ya al mando de las tropas federales, se convirtió en el brazo militar de esa asamblea. Desde su cuartel avanzó hacia el sur, formuló al pueblo y gobierno de Bogotá una solicitud de rendición, y con ese gesto abrió la crisis final. Entre el 20 de agosto y el 12 de septiembre de 1812, mientras Nariño se había retirado del mando en un intento de contribuir a la paz, gobernó Cundinamarca Manuel Benito de Castro; fue durante su breve administración que llegó la exigencia de Baraya. Una parte de la representación popular resolvió entonces que Nariño volviera a asumir la dirección del gobierno, en la convicción de que solo él podía enfrentar la amenaza federal.

Restablecido Nariño hacia el 12 de septiembre, la guerra fue inevitable. Las columnas se buscaron en el altiplano, entre Tunja y Bogotá, a alturas de 2.500 a 3.000 metros donde la logística castigaba tanto como el fuego enemigo. El 2 de diciembre de 1812, en Ventaquemada, las tropas de Baraya y las de Cundinamarca chocaron con un saldo de veinte muertos. La jornada terminó favorable al bando federal, y los soldados de Nariño se retiraron hacia Santafé. Fue el momento de mayor gloria militar de Baraya: había derrotado en campo abierto al gobierno del que había desertado nueve meses antes.

Nariño, entonces, optó por rendirse. Baraya no aceptó. La decisión —que la tradición centralista cargaría siempre en su cuenta— convirtió una victoria política en un asalto militar. Baraya intentó tomar Santafé por la fuerza. El 8 de enero de 1813 la descubierta federal apareció más allá del Puente Aranda; al día siguiente, 9 de enero, se descubrieron inmensas montoneras de sus fuerzas rodeando la ciudad en todas direcciones. Nariño, restituido en el mando, popular entre los santafereños por su afabilidad, su valor y la alianza que había tejido con el clero, resistió el ataque y lo revirtió. Baraya fue derrotado.

La primera guerra civil neogranadina la ganó Nariño, pero fue una victoria estéril. No unificó al Congreso con Cundinamarca ni estableció un gobierno único para la república. La fractura territorial quedó intacta: Girón, Vélez, Sogamoso, Chiquinquirá, Villa de Leiva, Muzo y Mariquita habían cambiado de bando o se habían separado de sus provincias originales durante el conflicto, y los realistas mantenían bolsones de resistencia en el noreste y el suroeste. La Patria Boba conservaría ese nombre precisamente porque los insurgentes no lograron ponerse de acuerdo mientras el enemigo común se reorganizaba al otro lado del Atlántico.

Los años intermedios y el regreso al servicio

Entre 1813 y 1815, Baraya sobrevivió a la derrota y volvió a ocupar puestos de mando en el ejército de las Provincias Unidas. Su actuación militar cubrió también teatros de operaciones al sur del altiplano, en la órbita de la batalla del Bajo Palacé librada en marzo de 1811 en el valle del Cauca. En esos años, mientras Nariño emprendía su propia campaña hacia el sur —que terminaría con su captura y traslado a Cádiz—, la Nueva Granada intentaba consolidar una arquitectura federal que la restauración fernandina en España venía a estrangular.

El regreso de Fernando VII al trono en 1814 cambió el escenario radicalmente. Con la monarquía restablecida y las potencias europeas comprometidas con el orden anterior, Madrid pudo destinar recursos a la reconquista americana. El ejército expedicionario de Pablo Morillo zarpó con la misión de someter a Venezuela y la Nueva Granada, y en ese punto la fragmentación republicana que Baraya había contribuido a producir mostró sus consecuencias más severas.

El asedio de Cartagena y la caída de la república

Morillo puso sitio a Cartagena y la tomó el 6 de diciembre de 1815, tras un asedio de ciento dos días en el que se calcula que murió aproximadamente la tercera parte de la población por hambre y epidemias. La caída del puerto abrió el camino al interior. Al año siguiente, en 1816, Morillo avanzó hacia Santafé y desmontó, provincia por provincia, la organización patriota. Baraya fue capturado en algún momento de ese avance.

El régimen del Terror que instauró Morillo tenía una lógica que sus propios contemporáneos —el venezolano Rafael María Baralt, el chileno Diego Barros Arana— caracterizaron como crueldad por sistema más que por inclinación. En Mompós, en marcha hacia la capital, Morillo hizo ahorcar a varios patriotas y ordenó decapitar el cadáver del teniente coronel Fernando Carabaño, colocando su cabeza en un palo, según consta en escrito del propio general. Nariño, desde su prisión, había advertido en las Noticias muy gordas que los reconquistadores "segarán las dos hierbas sin detenerse a examinar y apartar la buena de la mala". Fue una profecía exacta.

En 1816 cayeron, ante los pelotones de fusilamiento realistas, los principales líderes de la Independencia neogranadina: Camilo Torres Tenorio, Francisco José de Caldas, Jorge Tadeo Lozano, José María Carbonell, entre muchos otros. Antonio Baraya fue uno de ellos. El sistema no distinguió entre federalistas y centralistas, entre partidarios de Nariño y partidarios del Congreso: bajo la mirada del ejército expedicionario, todos eran insurgentes, y todos merecían el mismo castigo. La represión, difundida rápidamente a ambos lados del Atlántico, alimentó la leyenda negra española que ya circulaba por Gran Bretaña y Estados Unidos, y contribuyó a que fluyera apoyo monetario y logístico para la causa independentista que Bolívar recompondría desde Angostura.

Baraya murió, así, como parte del bloque republicano que Morillo homogeneizó a golpe de plomo. La ironía histórica es evidente: el rebelde de 1812 recuperó, en el patíbulo, la unidad con sus antiguos enemigos que en vida nunca había alcanzado.

Su red: pares, adversarios, escenarios

La biografía de Baraya se entiende mejor si se atiende a la red de nombres y lugares que la enmarcan. Sus adversarios directos —Antonio Nariño en primer término, y con él el aparato militar y político de Cundinamarca— son inseparables de su figura: cada movimiento de Baraya se explica por respuesta o desafío a lo que Nariño hacía o proyectaba. Nariño era el ídolo del pueblo de Santafé; combatirlo en su propia ciudad, como intentó Baraya el 9 de enero de 1813, era pelear contra viento y marea.

Del lado federal, sus compañeros de armas y de causa incluyeron a Camilo Torres Tenorio, presidente del Congreso y voz doctrinal del bando, a Custodio García Rovira, oficial pamplonés que representaba la vertiente santandereana del federalismo, a José María Cabal y a Antonio Villavicencio, quienes junto con él integrarían la extensa lista de fusilados de 1816.

Con Ricaurte, Santander y Urdaneta compartió el gesto fundacional de la deserción de 1812. Aquellos cuatro nombres formaron una promoción de oficiales criollos que, sumada la que sobrevivió a Morillo, pasaría a integrar el núcleo militar de la Independencia definitiva. Baraya no alcanzó ese segundo tiempo: se quedó en la primera guerra, la que se libró entre patriotas.

Los escenarios geográficos de su vida militar dibujan un triángulo alrededor del altiplano cundiboyacense. Santafé, sede del gobierno centralista y objetivo estratégico; Tunja y Villa de Leiva, sedes del Congreso federal; Ventaquemada, entre ambas, el punto donde chocaron las armas el 2 de diciembre de 1812. Al norte, la Provincia del Socorro, cuya rebeldía en marzo de 1812 lo puso en el camino de la deserción. Más lejos, los teatros secundarios: Cartago, Ibagué, el Bajo Palacé en el Cauca, Popayán y, ya fuera de su alcance vital, Cachirí en Santander, donde en febrero de 1816 se libraría la batalla que terminó de romper la resistencia patriota en el nororiente.

Detrás de esa red humana y territorial había una idea en disputa: dónde residía la soberanía. Torres y el Congreso sostenían que en las provincias, herederas del pacto de los cabildos autónomos; Nariño insistía en que en un centro capaz de proyectar orden sobre el conjunto del reino. Baraya, con las armas, terminó defendiendo la primera opción. No fue un teórico político —no dejó textos doctrinales de peso—, pero al pasarse en 1812 al bando federal tomó partido en una discusión que definiría el siglo XIX colombiano entero, desde la Constitución de Cúcuta hasta la Regeneración.

Su huella: memoria, monumento y disputa

Baraya llegó a la posteridad por dos vías distintas y en tensión. Por un lado, el fusilamiento de 1816 lo canonizó como mártir: el patíbulo de Morillo borró retrospectivamente su condición de rebelde contra Cundinamarca y lo integró al panteón indiferenciado de las víctimas del Terror. La República liberal del siglo XIX y, después, la nación consolidada del siglo XX, prefirieron esa imagen limpia. El busto que Bernardo Vieco esculpió y que se inauguró el 9 de agosto de 1942 en el separador de la calle 39 con carrera 13 de Bogotá corresponde exactamente a esa operación de memoria: un homenaje sin acto jurídico formal que lo ordenara, más bien un gesto de la ciudad que reconocía a uno de sus hijos entre los mártires de 1816. El lienzo que preserva su rostro —severo, con el uniforme de oficial— refuerza esa versión.

Por otro lado, la historiografía profesional del siglo XX y del XXI ha ido devolviendo a Baraya su espesor incómodo. Estudiar a Baraya en esta clave es estudiar la Patria Boba desde adentro: sus tensiones militares, la lógica territorial de las lealtades provinciales, la genealogía de la primera guerra civil, la forma en que la fragmentación republicana debilitó la capacidad de resistencia frente a la Reconquista.

Esa segunda lectura no niega la primera, pero la complica. La memoria oficial prefiere al mártir; el análisis histórico devuelve al hombre que, en diciembre de 1812, tenía a Nariño derrotado y podía haber pactado la paz de la república, y que optó por avanzar sobre Santafé y perderlo todo. Los dos Barayas son ciertos. El primero murió el mismo día de 1816 en que cayeron Torres y Caldas, y su muerte fue una injusticia que no admite atenuantes ni escalas de gris. El segundo, el que rechazó la rendición ofrecida en Ventaquemada, cargó con un tramo de la fractura que Morillo vino a aprovechar.

La incomodidad de esta doble condición explica por qué la memoria colombiana ha tratado a Baraya con menos ceremonia que a otros próceres de su generación. No tiene una plaza mayor a su nombre en el centro histórico de Bogotá; su busto está en un separador vial, no en un pedestal solemne. Su fecha de nacimiento se conmemora sin exactitud documental. Su retrato circula, pero no ocupa el mismo espacio simbólico que los de Nariño, Torres o Caldas. En cambio, cuando se estudia la Patria Boba con seriedad, su nombre reaparece una y otra vez, porque sin él no se entiende la deserción de 1812, ni Ventaquemada, ni el asalto fallido a Santafé de enero de 1813, ni la cadena de causas que llevó al reino desde la autonomía triunfante de 1810 hasta el desastre de 1816.

Baraya obliga a mirar de frente el hecho de que la Independencia neogranadina no se decidió únicamente entre patriotas y realistas, sino también, y con la misma ferocidad, entre patriotas y patriotas. Las armas que habían echado al virrey se volvieron contra Santafé antes de que Morillo entrara al reino. El proyecto republicano se partió en dos —federalistas y centralistas— por una disputa constitucional legítima que se convirtió, por decisiones específicas de hombres específicos, en guerra civil. Y la Reconquista, con su violencia indiscriminada, produjo la única unidad que la Patria Boba no había sabido construir: la unidad de los muertos. En ese mapa de fidelidades cambiantes y traiciones recíprocas, Baraya no es héroe ni villano: es el testigo que la memoria oficial preferiría más limpio y la historia entrega tal como fue.

El 20 de julio de 1810, en Santafé, servía al orden que se acababa de romper. En marzo de 1812 marchó contra el Socorro y desertó en el camino. El 2 de diciembre de 1812 derrotó a Nariño en Ventaquemada. El 9 de enero de 1813 fue derrotado ante Santafé. En 1816 lo fusiló Morillo. Cinco fechas para una vida que resume, mejor que muchas, la ambigüedad de un tiempo en el que la libertad se ganaba y se perdía en el mismo movimiento, y en el que los mismos hombres que la habían proclamado tuvieron que morir juntos antes de merecer, colectivamente, el nombre de próceres.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

20 documentos · 28 fragmentos
01Bogotá un museo a cielo abierto. Guía de esculturas y monumentos conmemorativos en el espacio públicoPágina 1191 cita
[1]

Centro Enrique Olaya Años después, en abril de 1959 con motivo de la construcción de la calle 26, el busto, el pedestal y la placa original en bronce fueron trasladados al Parque Nacional o Parque Olaya Herrera donde actualmente se encuentra, tal como inicialmente se había dispuesto. Más tarde, en el parque del barrio…

p. 119
02Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Página 611 cita
[2]

partidarios de las fuerzas gubernamen- tales. La cuarta etapa esta relacionada con las ba- tallas, con el enfrentamiento de las fuerzas del orden y las fuerzas de oposici6n al régimen establecido. 1368 Estas guerras civiles se califican como enfrenta- mientos de «montoneras» o ejércitos de campesi- Nos, sin…

p. 61
03Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Páginas 108, 1162 citas
[3]

julio de 1810, que asumió el gobierno en nombre de Fernando El 20 desulio de 1810. Ñ Firma del Acta de Independencia en el cabil- do de Santafé, el 20 de Julio de 1810, óleo de Coriolano Leudo. En el Acta se reconocía a Fernando VII como legítimo rey de España. VII. En El Socorro, por su parte, fue el pueblo el que…

p. 108
[10]

constituciones. Camilo Torres defendió la tradición de los cabildos autónomos, pues consideraba justo que las provincias ejercieran su soberanía. 360 AT PTA La Patria Boba vincia de Tunja se separaron Chiquinquirá, Villa de Leiva, Muzo y Sogamoso, y de la provincia del Socorro, Girón y Vélez; posteriormente lo hicie-…

p. 116
04Memorias de un abanderadoJosé María Espinosa · 2016 · Páginas 34, 474 citas
[4]

por instantes la orden que debía dar el virrey, pero este 35 Míndicer sí ta eóeasíiesd por fortuna era pusilánime, y no se atrevió a darla ni a hacerse responsable de la sangre que pudiera correr. Más entereza tuvo la señora, y así le echaba en cara a aquel su cobardía. No hubo, en efecto, más sangre derramada aquel…

p. 34
[5]

por instantes la orden que debía dar el virrey, pero este 35 Míndicer sí ta eóeasíiesd por fortuna era pusilánime, y no se atrevió a darla ni a hacerse responsable de la sangre que pudiera correr. Más entereza tuvo la señora, y así le echaba en cara a aquel su cobardía. No hubo, en efecto, más sangre derramada aquel…

p. 34
[20]

«¡Primero la muerte que entre - gar a nuestro general!». Nariño, en efecto, era el ídolo del pueblo por su afabilidad y política, por su valor, y sobre todo por la unión y concordia que acababa de establecer con la Iglesia y el clero. Nariño, entusiasmado, arengó elo - cuentemente, y concluyó diciendo que éramos…

p. 47
[21]

«¡Primero la muerte que entre - gar a nuestro general!». Nariño, en efecto, era el ídolo del pueblo por su afabilidad y política, por su valor, y sobre todo por la unión y concordia que acababa de establecer con la Iglesia y el clero. Nariño, entusiasmado, arengó elo - cuentemente, y concluyó diciendo que éramos…

p. 47
05Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · Página 2511 cita
[6]

en nuestra patria. Alcance social: por primera vez se habla en nuestro país de soberanía del pueblo; el pueblo confiere a Amar el cargo de presidente de la junta; cambió la condición de la raza indígena y de los criollos. Los hijos de este suelo pudieron aspirar a los elevados cargos. Alcance económico: dado que esta…

p. 251
06Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · Página 371 cita
[7]

it was clear—and the vice- roy knew it—that the army would not act against the demonstrators. The plan worked: a junta was organized. At dawn on July 21, 1810, a document was signed that Colombians now refer to as their act of independence. Written by José Acevedo y Gómez, the act made clear the purposes and direction…

p. 37
07Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2017 · Página 331 cita
[8]

Written by José Acevedo y Gómez, the act made clear the purposes and direction of the recently constituted junta: All authority will be placed provisionally in the Supreme Governing Body of this Kingdom, until this same Junta forms the Constitution that assures public happiness. The noble provinces will be counted on…

p. 33
08Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Página 401 cita
[9]

más radical de santafereños, conocidos como los “chisperos”, se encargó de dificultarle a la Junta Suprema de Santafé la moderación de sus decisiones iniciales. A consecuencia de ello, el 26 de julio, la Junta finalmente declaró que no reconocía al Consejo Supremo de Regencia, marcando un momento decisivo: ninguna…

p. 40
09Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · Páginas 34, 372 citas
[11]

compuesto por representantes de las provincias de Antioquia, Cartagena, Casanare, Chocéd, Cundinamarca, Neiva, Pamplona, Socorro y Tunja, adopté el sistema fe- deral y comisioné a su presidente, el doctor Camilo Torres, para redactar una constitucién basada en la de los Estados Unidos de América. El acta o pac- to de…

p. 34
[19]

Llano de la Paja, en donde el presidente se enteré de la de- trota de don José Miguel Pey frente a Ricaurte en Paloblanco, cerca de Charala, y la de la fuerza 868 auxiliar al mando de don Justo de Castro, lo que le obligé a firmar con el Congreso, el 30 de julio de 1812, en Santa Rosa, un tratado por el que, ade- mas…

p. 37
10Gran Bretaña y la Independencia de Venezuela y ColombiaD. A. G. Waddell · 1983 · Página 1561 cita
[12]

tomarse la ciudad en junio de 1815, pero no pudo continuar avanzando.1 2 Tanto en el nor-este como en el sud-oeste del país los bolsones de resistencia realista continuaron amenazando la auto nomía de Nueva Granada y a pesar del inminente peligro que involucraba esa resistencia, durante todo este período, conocido…

p. 156
11Economía y cultura en la historia de ColombiaLuis Eduardo Nieto Arteta · 2016 · Página 691 cita
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También ha interpretado equivocadamente el señor Samper la actitud política de Antonio Nariño. Oigámoslo: «Es incuestionable que cuando Nariño publicaba los Dere- chos del Hombre, a fines del siglo pasado, y conspiraba con otros criollos neogranadinos, por el anhelo de ver emancipada a su patria, pensaba y obraba como…

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1230 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · Página 311 cita
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y Electoral. Se expidió una nueva constitución, similar a la norteamericana. Se eligió presidente del Congreso a Camilo Torres y como presidente de Cundinamarca a Antonio Nariño. Se intensificaron las tensiones entre Tunja y Bogotá. Mariquita, El Socorro, Chiquinquirá y Muzo se anexaron a Santa Fe. Y ahí estalló la…

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13Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · Páginas 115, 1292 citas
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a favor del Congreso del Reino fracasó, porque no se pudo negociar un consenso para resolver el problema de la representación nacional en este cuerpo, y así las provincias, siguiendo el ejemplo de Santa Fe y Cartagena, prefirieron retener en sí mismas las soberanías que habían reasu - mido en 1810. La afirmación de…

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su propia salvación, antes que en avanzar por el camino de la construcción de una na - ción granadina. En sus “Noticias muy gordas”, Nariño advirtió sobre los grandes peligros que afrontaban: Que no se engañen: somos insurgentes, rebeldes, traidores: y a los traidores, a los insur - gentes y a los rebeldes se les…

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14Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · Página 171 cita
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del mando de Castro de la nación para combatir a los federalistas de Tunja, capitaneados por Antonio Baraya, cuyos enfrentamientos con los centralistas ponían en peligro las todavía endebles conquistas logradas por los patriotas, dos años después de los hechos del 20 de julio. Manuel Benito de Castro 21 22 Presidentes…

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15Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Páginas 185, 4462 citas
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(1812-1814) 19 La guerra civil que libran los patricios —los centralistas bogotanos contra los confederados— tiene las felices características de una guerra cívica. El teatro de operaciones es la región que separa a las dos capitales rivales, Tunja y Bogotá. 12 Se trata de un conjunto geográfico situado entre 2.500 y…

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490, 492 82 Ayala, familia 80 83 Ayala, José 240 84 Ayala, Juan Pablo de 51, 52, 434, 437, 438 85 Ayala, Manuel de 51, 52, 80 86 Ayala, Mauricio de 52, 80, 142 87 Ayala, Ramón de 51, 52, 434, 437, 438 88 Aymerich, Melchor 475 89 Aymerich, Pedro 51 90 Aymerich, Ramón 51 91 Azcue, familia 134 92 Azcue, José Francisco…

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16Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Páginas 185, 4462 citas
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(1812-1814) 19 La guerra civil que libran los patricios —los centralistas bogotanos contra los confederados— tiene las felices características de una guerra cívica. El teatro de operaciones es la región que separa a las dos capitales rivales, Tunja y Bogotá. 12 Se trata de un conjunto geográfico situado entre 2.500 y…

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490, 492 82 Ayala, familia 80 83 Ayala, José 240 84 Ayala, Juan Pablo de 51, 52, 434, 437, 438 85 Ayala, Manuel de 51, 52, 80 86 Ayala, Mauricio de 52, 80, 142 87 Ayala, Ramón de 51, 52, 434, 437, 438 88 Aymerich, Melchor 475 89 Aymerich, Pedro 51 90 Aymerich, Ramón 51 91 Azcue, familia 134 92 Azcue, José Francisco…

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17¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 511 cita
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biern o esp a ñ o l y fue c a ptu ra d o en 1814 p or l a s guerrill a s de indígen a s, neg r os y mestiz o s qu e defendí a n l o s a lre d ed or es d e P a st o. Con el rest a blecimiento d e 99 ¿Otra historia de Colombia? Fernando VII en el trono, el movimiento realista se fortaleció aún más, al enviar a Venezuela…

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18La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · Página 831 cita
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regiones más extensas e importantes, el Caribe colombiano y el Cauca grande, en manos de los españoles y vastos territorios, más de dos tercios, en manos de nadie. Uno puede imaginarse el rostro con el que Cartagena recibió al triunfante Morillo y su ejército de reconquista el 6 de diciembre de 1815, luego de todo un…

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19Crónicas de BogotáPedro María Ibáñez · 2014 · Página 1031 cita
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102 En lo moral era un hombre imperioso y frío, cruel por sistema más que por inclinación, con arranques espontáneos de franqueza y aun de generosidad in- termitente, pero desconfiado y sujeto a accesos de ira que lo ponían fuera de sí 36. El chileno Diego Barros Arana refiere que es- tando Morillo en Mompós, a…

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20Crafting a Republic for the World: Scientific, Geographic, and Historiographic Inventions of ColombiaLina del Castillo · 2018 · Página 641 cita
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Granada native son Caldas had celebrated for refusing the honors the Bona- parte regime would have bestowed upon him in occupied Madrid. Among the “many other learned and valuable personages” that were executed was, of course, Francisco José de Caldas. 41 News of Morillo’s sanguinary tactics and actions was…

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