Idea · Independencia
Régimen del Terror
Dispositivo institucional de represión montado por las autoridades españolas sobre el Nuevo Reino de Granada entre 1815 y 1819, durante la Reconquista comandada por Pablo Morillo, que combinó tribunales de excepción, confiscación sistemática de bienes y fusilamientos masivos para desmantelar la Primera República criolla.
Trayectoria de una idea
- 1814
Restauración de Fernando VII y origen del Terror
- 1815
Caída de Cartagena y primeras ejecuciones
- 1816
Instalación de los tribunales en Santa Fe y fusilamientos masivos
- 1817
Ejecución de Policarpa Salavarrieta y extensión del Terror al tejido social
- 1818
Desplazamiento de Montalvo y endurecimiento del virreinato
- 1819
Derrota en Boyacá y colapso del régimen
La lectura
El Régimen del Terror no fue un desborde de crueldad individual sino una arquitectura deliberada de tres pilares mutuamente sostenidos: el tribunal que producía sentencias, la hacienda que confiscaba bienes para financiar la campaña y el patíbulo que inscribía la lección en la memoria colectiva. Su eficacia inmediata fue devastadora: en menos de un año decapitó a la generación de criollos ilustrados que había formulado y dirigido la Primera República, eliminando en el patíbulo a hombres de ciencia, juristas y políticos cuyo prestigio atravesaba el Atlántico. Esa misma lógica, sin embargo, contenía el germen de su fracaso: la represión sistemática agotó en pocos meses el capital de legitimidad que la ruina de la Patria Boba le había regalado, convirtiendo simpatías tibias en animadversión abierta y empujando a sectores crecientes de la población hacia la resistencia guerrillera. La ejecución de figuras como Caldas y Policarpa Salavarrieta, lejos de disuadir, alimentó la indignación internacional y la memoria patriota que nutriría la campaña libertadora. Cuando Bolívar cruzó los Andes en 1819, el terreno social que el Terror debía haber pacificado le era, en buena parte, hostil.
En la historia de Colombia se conoce como Régimen del Terror al aparato de represión que las autoridades españolas montaron sobre el Nuevo Reino de Granada entre 1815 y 1819, durante la Reconquista comandada por el general Pablo Morillo. No fue una explosión de crueldad individual ni un desborde de las tropas expedicionarias: fue un dispositivo institucional deliberado, con tribunales propios, procedimientos jurídicos, una hacienda paralela y una geografía definida, diseñado para desmontar la obra de la Primera República decapitando a la élite criolla ilustrada que la había sostenido. Ese diseño explica su eficacia inmediata —los fusilamientos de 1816 dejaron sin cabeza al movimiento independentista— y también su fracaso político: la misma lógica que le permitió gobernar por el miedo agotó en pocos meses el capital de legitimidad que la ruina de la Patria Boba le había regalado, y convirtió simpatías tibias en animadversión abierta. Cuando la campaña libertadora atravesó los Andes en 1819, el terreno social que la reconquista debía haber pacificado le estaba, en buena parte, hostil.
La semblanza: qué fue el Terror
El nombre resume tres cosas distintas que operaron a la vez. Fue, primero, un régimen jurídico de excepción: al llegar a Santa Fe de Bogotá en mayo de 1816, Morillo instaló tres instituciones represivas —el consejo permanente de guerra, el consejo de purificación y la junta de secuestros— que sustituyeron al orden judicial ordinario y concentraron en manos militares la decisión sobre la vida, la libertad y el patrimonio de los habitantes del virreinato. Fue, segundo, una política económica: la confiscación sistemática de bienes de los llamados rebeldes se convirtió en fuente estructural de financiación del ejército expedicionario, cuya tesorería centralizó los ingresos obtenidos por el consejo de purificación y la junta de secuestros. Y fue, por último, una pedagogía del castigo: los fusilamientos masivos de 1816, ejecutados en plazas visibles y contra los nombres más notorios del bando patriota, buscaban que la lección quedara inscrita en la memoria de un reino que apenas seis años antes había desconocido a Fernando VII.
Las tres dimensiones —tribunal, hacienda y patíbulo— se sostenían mutuamente. El consejo de guerra producía las sentencias que legitimaban las ejecuciones; el consejo de purificación calificaba la lealtad de quienes conservaban la vida y suministraba, junto con la junta de secuestros, los bienes confiscados que financiaban la campaña; y el patíbulo, al recaer sobre los apellidos más ilustres del criollismo neogranadino, servía a la vez de escarmiento público y de despeje de posiciones sociales y económicas. Reducir el Terror a la crueldad personal de Morillo o a la brutalidad de Juan Sámano, como durante mucho tiempo lo hizo la historiografía patriótica, empobrece el objeto: la crueldad de estos hombres importó, y mucho, pero operó dentro de una arquitectura que la Corona había concebido antes de que el ejército expedicionario tocara Costa Firme.
Los orígenes: Fernando VII, Morillo y la ciudad arrasada
El Régimen del Terror es hijo directo de la restauración absolutista de 1814. Devuelto Fernando VII al trono tras la derrota napoleónica, la monarquía española pudo por primera vez en seis años concentrar recursos militares en la recuperación de los territorios americanos que habían aprovechado el vacío de poder para constituir juntas y, en varios casos, declarar la independencia. El ejército expedicionario al mando de Morillo zarpó con esa misión, dotado de instrucciones cuyo tenor exacto se ha discutido, pero cuyo propósito general no admite duda: restablecer la autoridad del rey en Costa Firme y el Nuevo Reino, y hacerlo de manera que la lección disuadiera nuevas insurrecciones.
El escenario que Morillo encontró facilitaba la tarea. El Nuevo Reino estaba profundamente fragmentado: provincias enteras —Panamá, Santa Marta, Riohacha, Pasto, Popayán— habían permanecido leales a la Corona, mientras que las que habían proclamado la independencia se habían desangrado en las guerras internas entre centralistas y federalistas. Los sitios que Manuel del Castillo y Rada y Simón Bolívar impusieron sucesivamente sobre la propia Cartagena, en años previos, dejaron a la ciudad exhausta antes de que llegara el enemigo real. Cuando el ejército expedicionario tendió su asedio, la plaza no tenía cómo resistir mucho tiempo.
Cartagena cayó el 6 de diciembre de 1815, tras un asedio de ciento dos días. Durante ese cerco, la ciudad perdió más de la tercera parte de su población a causa del hambre y las epidemias. Al entrar Morillo, la escena era la de una ciudad arrasada: cadáveres sin sepultar, ruinas, miseria generalizada. Aquel diciembre marca el comienzo material del Terror. Antes incluso de instalar los tribunales de Santa Fe, en Mompox, a orillas del Magdalena, y en marcha hacia el interior, Morillo hizo ahorcar a varios patriotas y ordenó decapitar el cadáver del teniente coronel Fernando Carabaño para exhibir la cabeza clavada en un palo: un gesto que dejó constancia, temprana e inequívoca, del temperamento de la reconquista. Los patriotas capturados en Cartagena fueron pasados por las armas en 1816.
Ese año se convirtió en el más negro de la revolución americana. Cuatro columnas realistas —una al mando de Warleta, que tomó Medellín; otra encabezada por Miguel de la Torre, que ocupó Santa Fe— reconquistaron el territorio con una velocidad que sorprendió incluso a los planificadores del ejército expedicionario. La combinación de la caída de Cartagena, el avance sin resistencia efectiva por el Magdalena y la desarticulación del gobierno republicano en el altiplano dejó a los realistas dueños del virreinato en cuestión de meses. Sobre ese terreno pacificado por las armas se instaló, entonces sí, la maquinaria del Terror.
La trayectoria: 1816, el año de los tribunales y los fusilamientos
El calendario del Terror tiene su columna vertebral en 1816. Morillo entró a Santa Fe en mayo y montó de inmediato las tres instituciones que darían forma jurídica al escarmiento. El consejo permanente de guerra, competente para juzgar el delito de rebelión, imponía la pena capital sobre los principales líderes independentistas capturados. El consejo de purificación examinaba la conducta de los desleales al rey durante el período republicano, calificaba a cada individuo y determinaba su destino —cárcel, destierro, indulto condicionado, restitución— según el grado de compromiso con la insurrección. La junta de secuestros, complemento indispensable de las otras dos, incautaba los bienes de quienes eran acusados de traición a la Corona.
El resultado de esta arquitectura, en cuestión de meses, fue el fusilamiento de la mayoría de los líderes independentistas neogranadinos. La lista es tan larga como reveladora: Camilo Torres Tenorio, autor del Memorial de agravios y presidente de las Provincias Unidas; Francisco José de Caldas, el sabio más ilustre de la Nueva Granada, cuyas contribuciones a la geografía, la botánica y la astronomía habían dado a la colonia una figura de talla continental; Jorge Tadeo Lozano, primer presidente del Estado de Cundinamarca y hombre de ciencia; José María Carbonell, animador de la jornada del 20 de julio de 1810; Antonio Villavicencio, el comisionado regio cuyo arribo había precipitado los sucesos de aquel día; José María Cabal, militar y letrado. A ellos se sumaron Manuel Rodríguez Torices, Liborio Mejía, Custodio García Rovira. Ese arco de ejecuciones no fue indiscriminado: recayó, con precisión de escalpelo, sobre la generación de criollos ilustrados que había formulado, dirigido y defendido la Primera República.
En 1817, el patíbulo se extendió a figuras que la reconquista consideraba menores pero cuya ejecución tenía peso simbólico. Policarpa Salavarrieta, joven de origen modesto que había servido de enlace entre las guerrillas del oriente y las redes clandestinas de Santa Fe, fue fusilada en la Huerta de Jaime ese año. Su amante, Alejo Sabaraín, había estado a punto de morir meses antes en el quintamiento del 18 de agosto, cuando le correspondió la papeleta de muerte y solo un giro de última hora le salvó la vida. La ejecución de Salavarrieta —una mujer, una plebeya, una espía— indica que la lógica del escarmiento se había desplazado de la decapitación de la élite ilustrada hacia el disciplinamiento del tejido social que sostenía la resistencia guerrillera.
Mientras tanto, en Cartagena, la política represiva tomó un curso relativamente distinto. Tras la partida de Morillo hacia el interior en febrero de 1816, el general Francisco de Montalvo fue elevado al cargo de virrey el 28 de abril de ese año, con sede en la ciudad amurallada y acompañado por el gobernador Gabriel de Torres. Bajo Montalvo y De Torres, entre 1816 y 1818, el estilo represivo fue más moderado que el aplicado en el interior. Esa moderación duró poco: Morillo maniobró en abril de 1818 para desplazar a Montalvo, en una operación de intrigas en la que participaron Pascual Enrile y otros oficiales, con el propósito de instalar en la máxima magistratura civil a un militar de conocida sed de venganza contra los rebeldes. Juan Sámano, cuya trayectoria previa lo había convertido en emblema de la dureza realista, asumió el virreinato hacia 1817 y lo ejercería hasta el desmoronamiento del régimen tras Boyacá.
Ese desmoronamiento llegó el 7 de agosto de 1819. La derrota de las tropas realistas en el puente de Boyacá abrió el camino a Santa Fe y precipitó el hundimiento del aparato del Terror en el altiplano y en buena parte del centro del virreinato. Sámano huyó de la capital; los tribunales que habían gobernado por el miedo tres años se disolvieron sin fórmula jurídica. Otras regiones tardarían más en ser recuperadas, y Cartagena solo volvería a manos patriotas después de un nuevo asedio, pero la fecha de Boyacá marca el fin efectivo del Régimen del Terror como sistema.
La red: los ejecutores, las víctimas, el mecanismo
La figura de Morillo domina la memoria del período, y con razón. Sus propios documentos —los que describen las ejecuciones de Mompox, la decapitación del cadáver de Carabaño— revelan a un jefe militar que era cruel por sistema más que por inclinación natural, con arranques intermitentes de franqueza y generosidad, pero desconfiado y sujeto a accesos de ira. Su crueldad, sin embargo, era funcional: la ejercía como instrumento de gobierno, no como desahogo. Bajo su mando la reconquista fue rápida, técnica y jurídicamente formalizada; el terror que impuso tenía procedimiento y firma.
Juan Sámano encarna la otra cara del ejecutor. Hombre brutal y ordinario, su dureza con los prisioneros contrastaba con el trato relativamente generoso que los patriotas dispensaban a los suyos, asimetría que la propaganda republicana explotaría después con eficacia. Cuando Sámano subió al virreinato tras el desplazamiento de Montalvo, el Régimen del Terror dejó de tener siquiera el barniz de contención que el gobierno de Cartagena había ensayado. En el interior, entre 1817 y 1819, la represión se hizo más discrecional, y en la escala local recayó con particular saña sobre los pueblos que habían apoyado a las guerrillas del oriente.
Junto a Morillo y Sámano, Pascual Enrile fue pieza clave del engranaje político y militar. Su papel en las intrigas que sacaron a Montalvo del virreinato muestra que la línea dura no era una anomalía sino una facción organizada dentro del ejército expedicionario, con capacidad de imponer su criterio sobre las autoridades civiles.
Del otro lado, la lista de víctimas no se agota en los nombres célebres. Los fusilamientos de 1816 concentraron su furia en la élite letrada de la Nueva Granada, pero la maquinaria alcanzó a miles de habitantes menos ilustres. Los campesinos fueron agrupados en cuadrillas para convertir la colonia en base de abastecimiento del ejército expedicionario; las autoridades exigían a los habitantes hilas y camas para los hospitales militares sin admitir disculpas ni réplicas, como ilustra el episodio bogotano de la viuda doña Juana Pardo, obligada a entregar lo que no tenía. El reclutamiento forzoso desangró a las provincias del centro, y la confiscación de bienes alcanzó incluso a familias con vínculos mixtos —algunos miembros realistas, otros patriotas— cuyas propiedades solo se salvaron, en ciertos casos, gracias a las redes de parentesco y solidaridad de clase.
El caso de Caldas concentra en un solo destino la lógica del Terror. Hijo ilustre del virreinato, había rechazado antes los honores que el régimen bonapartista habría podido concederle en el Madrid ocupado. Su prestigio científico atravesaba el Atlántico: era conocido en los círculos ilustrados de Europa y América. Fusilarlo, cuando quizás habría bastado con desterrarlo o purificarlo, fue una decisión de política de terror en estado puro: significaba anunciar al mundo que la reconquista no reconocía inmunidad, ni siquiera la de la ciencia. Ese cálculo se volvió, a la larga, contra sus autores.
La geografía y la hacienda: dónde golpeaba, cómo se pagaba
El Régimen del Terror tuvo su capital administrativa en Santa Fe de Bogotá, convertida en cabeza de la operación de pacificación por decisión explícita de Morillo. Desde el altiplano se dirigían los tribunales, se coordinaban las columnas volantes que perseguían guerrillas en el oriente y se centralizaban los recursos económicos de la campaña. Cartagena mantuvo un papel autónomo —la sede virreinal de Montalvo, hasta abril de 1818, operó con cierto margen—, pero la maquinaria propiamente represiva tuvo su corazón en la sabana.
De ahí se irradió a los focos regionales. Popayán, con su geografía dividida entre lealtades realistas antiguas y núcleos patriotas activos, vivió una represión particularmente dura. El Socorro y Pamplona, en el oriente, fueron zonas de guerrilla y por tanto de castigo. Villa de Leyva y Tunja, en el altiplano boyacense, cargaron con exacciones y reclutamientos. Ocaña y Mompox, en el corredor del Magdalena, sufrieron el paso de las tropas y la memoria de los ahorcamientos tempranos. La geografía del Terror dibuja, en negativo, el mapa de la Primera República: donde había habido junta, congreso o milicia patriota, hubo tribunal, secuestro y patíbulo.
La dimensión hacendística es la menos contada y quizás la más reveladora. Ya desde 1815, Morillo procedió a la confiscación y venta de propiedades de rebeldes con rapidez y sin debido proceso legal, definiendo el término rebelde con la máxima amplitud: cabían en él los líderes, los seguidores activos, los simpatizantes pasivos y hasta los emigrados. Los recursos así obtenidos alimentaban la tesorería del ejército expedicionario, que centralizó los ingresos del consejo de purificación y de la junta de secuestros. Esta arquitectura financiera no era accesoria: era el sostén material de una campaña militar cara, lejana y sin apoyo suficiente desde la metrópoli. Sin las confiscaciones, es dudoso que el Terror hubiera podido prolongarse los tres años que duró.
Esa dependencia estructural entre represión política y extracción económica tiene consecuencias interpretativas serias. Los fusilamientos no solo eliminaban adversarios; también producían viudas y huérfanos cuyas propiedades pasaban a la junta de secuestros. La calificación de deslealtad por parte del consejo de purificación no era un acto puramente moral: abría o cerraba la puerta a la conservación del patrimonio familiar. En un régimen así, la línea entre terror político y despojo económico se vuelve difícil de trazar, y esa indistinción fue percibida por las familias criollas afectadas con una claridad que la historiografía patriótica posterior tendió a suavizar.
La huella: martirologio, ciencia interrumpida, leyenda negra
El Régimen del Terror dejó tres huellas de dimensiones distintas. La primera, la más visible, es política: al ejecutar a la generación fundadora de la independencia neogranadina, España creyó desmantelar el proyecto republicano y en realidad lo mitologizó. Los muertos de 1816 se convirtieron, apenas los patriotas recuperaron el poder tras Boyacá, en el panteón fundacional de la naciente república. Camilo Torres, Caldas, Lozano, Villavicencio, Cabal, Torices dejaron de ser hombres derrotados para transformarse en mártires cuyos nombres bautizaron calles, colegios, provincias enteras. La ejecución de Policarpa Salavarrieta, en particular, generó una figura de resonancia popular que la iconografía republicana explotaría durante todo el siglo XIX y buena parte del XX.
La segunda huella es epistémica y menos comentada, aunque quizás más profunda. La Nueva Granada tardocolonial había construido, alrededor de la Expedición Botánica y de figuras como José Celestino Mutis, una comunidad científica pequeña pero activa, con conexiones internacionales y producción original. Las ejecuciones de 1816 la descabezaron: Caldas era su figura más brillante, pero con él cayeron otros hombres de ciencia y letras. Los sobrevivientes —Francisco Antonio Zea, Sinforoso Mutis— fueron absorbidos por la política republicana, ocuparon cargos de gobierno y murieron en 1822 sin retomar la actividad científica. El resultado fue un debilitamiento prolongado de la ciencia neogranadina durante las primeras décadas de la república: no un declive súbito, ni causado únicamente por los fusilamientos, pero sí una interrupción que combinó la eliminación física de los sabios con la desviación de los sobrevivientes hacia otras tareas. Ese daño estructural la memoria nacional lo procesó, casi siempre, como martirologio patriótico antes que como pérdida cognitiva.
La tercera huella es internacional. Las noticias sobre las tácticas sanguinarias de Morillo se difundieron rápidamente a ambos lados del Atlántico, y encajaron con particular facilidad en los tropos ya existentes de la leyenda negra española en Gran Bretaña y Estados Unidos. La violencia contra los hombres ilustrados de la Nueva Granada y sus esposas —ese detalle, la persecución de mujeres, resultó especialmente eficaz en la propaganda— confirmó a los públicos anglosajones lo que ya creían saber sobre el imperio español, y contribuyó a que fluyeran hacia la causa independentista apoyos monetarios, logísticos y de opinión. Reclamar ese terreno moral ante audiencias externas a la monarquía española resultó, para los patriotas hispanoamericanos, un recurso políticamente productivo. La reconquista, concebida como escarmiento cerrado sobre el territorio del virreinato, terminó proyectándose como escándalo abierto ante Europa y el Atlántico Norte.
Con el tiempo, el Régimen del Terror se instaló en la memoria colombiana como episodio arquetípico del conflicto entre libertad e imperio, y la historiografía nacionalista lo integró en una narrativa según la cual las guerras de Independencia habrían sido racionalmente motivadas y por tanto honorables, heroicas y épicas, en contraste con la violencia posterior del siglo XX. Esa lectura, que sostuvo durante largo tiempo la imagen escolar del período, ha sido matizada: la violencia de la Independencia —los fusilamientos, las confiscaciones sin debido proceso, la brutalidad de la contraguerrilla— no fue cualitativamente distinta de la de otros conflictos armados que atravesarían la vida republicana. La pintura del siglo XIX, con obras como Caldas marchando al patíbulo de Alberto Urdaneta, había fijado la imagen martirológica; la investigación reciente ha empezado a devolverle su espesor de proceso histórico, con lógicas institucionales, económicas y sociales que exceden la iconografía del sacrificio individual.
El cierre: eficacia inmediata, fracaso estructural
Visto en conjunto, el Régimen del Terror funcionó y falló al mismo tiempo, por las mismas razones. Funcionó porque decapitó a la élite criolla ilustrada, financió al ejército expedicionario con los bienes de sus enemigos y sostuvo durante tres años una reconquista que, sin ese aparato, difícilmente habría sobrevivido a sus propias dificultades logísticas. Falló porque la arquitectura misma que lo hacía posible —la definición amplia de rebeldía, la confiscación sin debido proceso, las exacciones sobre la población, la discrecionalidad de los ejecutores— destruyó las bases sociales sobre las cuales España podría haber refundado un orden colonial estable.
Cuando Morillo llegó al Nuevo Reino, buena parte de la población, desilusionada por la ineptitud de la Patria Boba, había recibido a los españoles con cierta aceptación e incluso con alivio. Ese capital político se agotó con velocidad asombrosa. La represión afectó por igual a la élite terrateniente, a los sectores mercantiles y a las clases populares, y en ese proceso convirtió a combatir a España en un interés compartido por todos, facilitando el paso de las guerrillas dispersas al fortalecimiento del ejército libertador que Bolívar reorganizaría desde Angostura. Los llaneros, capitaneados por Páez, se pasaron a las filas patriotas; los antagonismos internos entre sectores del criollismo no desaparecieron, pero quedaron subordinados a la urgencia común. La represión fernandina forzó a los americanos a unificar esfuerzos dispersos, a buscar el apoyo de los sectores medios y a hacer concesiones al pueblo llano, y produjo, además, el desprestigio total de la monarquía como forma de gobierno para los territorios liberados.
Ese fracaso no era, sin embargo, inevitable. Lo precipitó la combinación de una lógica extractiva sin límites con la brutalidad discrecional de sus ejecutores, sobre un terreno ya fracturado por la guerra civil de la Primera República. Un régimen que hubiera sabido calibrar el escarmiento, distinguir entre líderes irrecuperables y masas recuperables, respetar la propiedad de las familias mixtas, contener a hombres como Sámano, quizás habría podido durar. El Terror no supo hacerlo, entre otras cosas porque no fue diseñado para durar sino para escarmentar. Escarmentó, en efecto —los nombres de sus muertos siguen inscritos en la nomenclatura pública del país—, pero el escarmiento se volvió contra la Corona que lo había ordenado.
Boyacá, en agosto de 1819, no fue solo una batalla ganada por Bolívar y Santander: fue el desenlace lógico de un régimen que había producido, con su propia mano, el ejército y la sociedad capaces de derrotarlo.
En el archivo
4 apariciones públicas, ordenadas por período y año.
Relaciones
Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.
Relaciones editoriales
- 01Pablo Morillo — comandante del ejército expedicionario e instalador de las tres instituciones represivas en Santa Fe
- 02Juan Sámano — virrey desde 1817, emblema de la dureza realista y ejecutor de la fase final del Terror
- 03Camilo Torres Restrepo — presidente de las Provincias Unidas, fusilado en 1816 como blanco principal del Terror
- 04Francisco José de Caldas — sabio ilustre fusilado en 1816, cuya ejecución generó indignación internacional y contribuyó a la leyenda negra española
- 05Policarpa Salavarrieta — espía patriota fusilada en 1817, símbolo de la extensión del Terror al tejido social popular
- 06Santa Fe de Bogotá — capital administrativa del Terror, sede de los tres tribunales represivos y centro de extracción de recursos
- 07Cartagena de Indias — primera ciudad sometida al Terror tras el asedio de 1815, sede virreinal de Montalvo hasta 1818
- 08Consejo permanente de guerra — tribunal que imponía la pena capital por rebelión
- 09Consejo de purificación — institución que juzgaba la lealtad al rey y calificaba el destino de los acusados
- 10Junta de secuestros — organismo que incautaba bienes de los acusados de traición y financiaba el ejército expedicionario
- 11Primera República — régimen independentista neogranadino que el Terror buscó desmantelar decapitando a su élite dirigente
- 12Fernando VII — rey restaurado en 1814 cuya restitución al trono originó el envío del ejército expedicionario
Personas
Lugares
Ideas
Documentos y fragmentos citados
21 documentos · 28 fragmentos
01¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 50, 512 citas
[1]biern o esp a ñ o l y fue c a ptu ra d o en 1814 p or l a s guerrill a s de indígen a s, neg r os y mestiz o s qu e defendí a n l o s a lre d ed or es d e P a st o. Con el rest a blecimiento d e 99 ¿Otra historia de Colombia? Fernando VII en el trono, el movimiento realista se fortaleció aún más, al enviar a Venezuela…
p. 51
[6]a establecer en el país un Estado de derecho: la separación de poderes, un ejercicio transitorio del gobierno, la titularidad del poder cedida al pueblo y la consagración de estos principios en una constitu ción. Esas posturas dividieron a los grupos dominantes de cada provincia de la Nueva Granada: los Gobiernos de…
p. 50
02La Gran Colombia y la Gran Holanda, 1815-1830. Una relación entre sueño y realidadSytze van der Veen · 2018 · p. 601 cita
[2]de la libertad en el este de Venezuela, pero su contribución no sirvió de nada. Pese a un par de victorias, los patriotas llevaban las de perder. En el verano de 1814, Caracas cayó en manos de los realistas, después de que miles de habitantes se dieran a la fuga por temor a las tropas de Boves. Bolívar se retiró en el…
p. 60
03Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 57, 612 citas
[3]Las consecuencias de la intransigencia del gobierno absolutista no se hicieron esperar, tras años de organización en sociedades patrióticas y en las más poderosas sociedades secretas como la masonería, estas que contaban con el apoyo económico de la burguesía, lo cual se tradujo en réplicas constantes pero fallidas de…
p. 57
[10]conjunto de leyes podemos rescatar algunos de sus artículos que se orientan al mantenimiento de las propiedades secuestradas. Mediante los procedimientos de secuestros, el Virreinato de Nueva Granada y su capital Santafé de Bogotá se convirtieron en la región administrativa de mayor fortaleza para la “pacificación”,…
p. 61
04La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · p. 83, 952 citas
[4]regiones más extensas e importantes, el Caribe colombiano y el Cauca grande, en manos de los españoles y vastos territorios, más de dos tercios, en manos de nadie. Uno puede imaginarse el rostro con el que Cartagena recibió al triunfante Morillo y su ejército de reconquista el 6 de diciembre de 1815, luego de todo un…
p. 83
[15]juntos. IV Todo parece indicar que Cartagena, sin embargo, tuvo un breve sosiego. Ido el general Morillo en febrero de 1816 a pacificar el interior del territorio, elevado al cargo de virrey el general Montalvo el 28 de abril, con sede en Cartagena, y acompañado éste por el gobernador Gabriel de Torres, se vivió un…
p. 95
05Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · p. 28, 1152 citas
[5]dia a los nativos lares. Como es de suponer, cuando finalmente el ge- neral Morillo y sus tropas penetraron en la ciudad, 859 lo que encontraron fue el mas macabro de los es- pectaculos: cadaveres, ruina, miseria, muerte por todas partes. Don Lino de Pombo, testigo presencial del asedio, y otros coeténeos, como el…
p. 28
[24]Hhhong (ss * i presidente de las Provincias Unidas de Nueva Gra- “ ti: nada, Camilo Torres. Morillo volvid a Venezuela de- jando al pais en aparente sumision. La represion fernandina estuvo en el origen de un cambio profundo en la contienda civil, pues forz6 a los americanos a unificar sus esfuerzos, hasta entonces…
p. 115
06Gran Bretaña y la Independencia de Venezuela y ColombiaD. A. G. Waddell · 1983 · p. 2221 cita
[7]poco probable que MacGregor aceptase la autoridad de su gobierno, pero le pidió a Zea que lo invitase a cooperar con él, pidiéndole que atacase la costa en los alrededores de Santa Marta; Bolívar le recalcó a Zea que debía enviar este mensaje en una chalupa que tuviese como único objetivo esa misión. Poco después,…
p. 222
07Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 1201 cita
[8]parte de la América del Sur. Tales métodos, si al principio rindieron los resultados esperados, muy pronto lanzaron a la población a la resistencia, obligando a algunos a organizarse en guerrillas, a conspirar o, por lo menos, a desear vivamente la caída del régimen. A pesar de que durante la Primera República vastos…
p. 120
08Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · p. 2911 cita
[9]Constitución de Cúcuta de 1821 se consagraron principios como el de legalidad, la presunción de inocencia, la prohibición de detención sin proceso judicial previo, y la prohibición de tes - tificar contra uno mismo o sus parientes 32. No obstante, en medio de la guerra y con el propósito de con - jurar situaciones de…
p. 291
09Crónicas de BogotáPedro María Ibáñez · 2014 · p. 103, 1102 citas
[11]102 En lo moral era un hombre imperioso y frío, cruel por sistema más que por inclinación, con arranques espontáneos de franqueza y aun de generosidad in- termitente, pero desconfiado y sujeto a accesos de ira que lo ponían fuera de sí 36. El chileno Diego Barros Arana refiere que es- tando Morillo en Mompós, a…
p. 103
[16]vida de familia, también se exigían hilas y camas en todas las casas, con destino a los hospita- les militares, sin dar lugar a disculpa o a réplica. Uno de los comisionados para pedir camas llegó a casa de la respetable viuda doña Juana Pardo, que acababa de perder a su esposo, el español don Francisco de Urquinaona,…
p. 110
10Simón Bolívar: A LifeJohn Lynch · 2007 · p. 1101 cita
[12]hanging, decapitation and shooting, cynically described as ‘pacification’, while peasants were herded into labour gangs to turn the colony into a supply base for Morillo’s army. The year 1816 was the blackest year of the American revolution, the year of the gallows in New Granada and of reaction and retribution…
p. 110
11Memorias de un abanderadoJosé María Espinosa · 2016 · p. 1472 citas
[13]en su amarga suerte y en su incierto porvenir. Mis sufrimientos durante mi larga prisión fueron igua - les, si no superiores, a los que había experimentado en tres años de laboriosas y crudas campañas. Es preciso haber sido prisionero de los españoles para saber lo que es sabo - rear el refinamiento de la crueldad, y…
p. 147
[14]en su amarga suerte y en su incierto porvenir. Mis sufrimientos durante mi larga prisión fueron igua - les, si no superiores, a los que había experimentado en tres años de laboriosas y crudas campañas. Es preciso haber sido prisionero de los españoles para saber lo que es sabo - rear el refinamiento de la crueldad, y…
p. 147
12Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 2341 cita
[17]toma Carta- A o. od ele del terror. 1816 Los patriotas de Cartagena son pasados por las armas. Cuatro expediciones realistas reconquis- tan Nueva Granada. Nariño vuelve prisionero a Cádiz. El presidente Torres es reemplazado por José Fernández Madrid. El español Warleta toma Medellín y Miguel de la Torre, Santafé.…
p. 234
13Crafting a Republic for the World: Scientific, Geographic, and Historiographic Inventions of ColombiaLina del Castillo · 2018 · p. 52, 642 citas
[18]Granada native son Caldas had celebrated for refusing the honors the Bona- parte regime would have bestowed upon him in occupied Madrid. Among the “many other learned and valuable personages” that were executed was, of course, Francisco José de Caldas. 41 News of Morillo’s sanguinary tactics and actions was…
p. 64
[27]8:31:09 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. Gran Colombian Print Culture 34 under the Spanish Crown to legitimate a centralized Colombian political economy that could most effectively extricate natural wealth. They went further by criticizing any attempts by…
p. 52
14Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · p. 631 cita
[19]podía y acaso porque tampoco le interesaba; su rebeldía era en esencia contra el método escolástico, contra sus colegas, que sentían exce- siva confianza por los textos de los científicos de ese momento (Newton, Buffon, Montesquieu), sin demostrar antes si lo que se decía en esos textos se confirmaba en la…
p. 63
15The Ideal of the Practical: Colombia's Struggle to Form a Technical EliteFrank Safford · 1976 · p. 1071 cita
[20]from time to time in the 1830s and 1840s and had some impact on at least a few young New Granadans. 30 Some other creole savants who escaped execution were diverted into political leadership and permanently lost to science. Francisco Antonio Zea, at one time director of the Botanical Gardens of Madrid (1805-1808),…
p. 107
16El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · p. 4981 cita
[21]aquí del temple de su paisano J. H. López 271, quien, tomado preso por los españoles y llevado al cadalso, lio un cigarrillo con toda tranquilidad ante su sentencia de muerte. (En el úl- timo momento se salvó 272 y llegó a ser con el tiempo un fa- 271 José Hilario López, citado. 272 Para una descripción más detallada…
p. 498
17Historia abierta del arte colombianoMarta Traba · 2016 · p. 791 cita
[22]Mosquera se incauta de los bienes de «manos muertas» pertenecien- tes a la Iglesia. Las guerras civiles que asolan el país de 1830 a 1903 siguen teniendo a la facción política, al grupo de poder, al héroe, como protagonista. La acción épica, que supone la intervención de la comunidad real, no del grupo, no existe en…
p. 79
18Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · p. 2811 cita
[23]ahora reñía 16 años de edad, y la pidió formalmente en matrimonio. Y Tomasa, otra hija, se casó con el distinguido cartagenero Lázaro María de Herrera, de impecable proceder durante la revolución. ¿Cómo podían permitir estos caballeros ningún mal a su suegra? Algo parecido le esraba ocurriendo también a los Gutiérrez…
p. 281
19Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · p. 281 cita
[25]se logro configurar una idea de sal- vacion de la nacion, si se abrio paso el sentimiento del caracter injusto de la guerra sostenida por Es- pana. De los meros intereses locales, de faccién o del puro interés egoista de defensa de las aspiraciones economicas de uno o de otro grupo, fue posible pa- sar a la…
p. 28
20La batalla por la pazJuan Manuel Santos · 2019 · p. 321 cita
[26]el Tolima, operaban guerrillas liberales, varias de ellas convertidas en simples grupos de bandoleros, comandadas por hombres recios y crueles cuyos alias —Sangrenegra, Chispas, Desquite, Tarzán— formaban parte de la leyenda popular. Así supe, desde cuando tuve conciencia, que no vivía en un país normal. Que la guerra…
p. 32
21Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 351 cita
[28]y de seguridad, al fin y al cabo versiones más refinadas del Estatuto de Seguridad de las ad- ministraciones López Michelsen (1974-1978) y Turbay Ayala (1978-1982). La violencia y las guerras civiles del siglo XIX Es posible, además, que la descripción descarnada de acciones violentas y la estrategia narrativa del…
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