José Antonio Galán
Pre-independencia
1749–1782
La biografía
En la memoria oficial de Colombia hay un hueco de casi un siglo entre Galán y los próceres que lo suceden. El capitán comunero de 1781, ejecutado en Santafé el 1 de febrero de 1782 y descuartizado con un ritual pensado para borrarlo, quedó fuera del panteón fundacional que la República levantó a lo largo del siglo XIX. Su nombre no reaparece con fuerza hasta 1880, cuando Manuel Briceño publica en Bogotá Los comuneros, y solo en el siglo XX termina de convertirse en emblema, primero de una tradición de resistencia popular anticolonial y luego, más específicamente, de la izquierda armada que lo tomó como epónimo. Ese desfase entre la brutalidad de su muerte y la lentitud de su rescate es, en sí mismo, la clave del personaje: Galán fue el ala plebeya y radical de la Revolución de los Comuneros, la que las élites criollas neutralizaron primero en Zipaquirá y la Corona liquidó después con un cadalso pedagógico. Su figura interesa menos por lo que alcanzó a hacer —poco, en términos materiales— que por lo que representó y sigue representando: la voz de los indígenas, mestizos, mulatos y pobres del Socorro dentro de un movimiento que la historiografía tradicional prefirió leer como preludio criollo de la Independencia.
Línea de vida
- 1781
Incorporación al movimiento comunero y campaña occidental
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Galán se sumó como capitán de las tropas comuneras tras el estallido del 16 de marzo de 1781 en El Socorro. Operó en el flanco occidental del avance, llegando hasta Honda, Mariquita y Ambalema, extendiendo la sublevación y movilizando esclavos, mulatos e indígenas con consignas que trascendían las quejas fiscales de los notables criollos.
- 1781
Rechazo a las Capitulaciones de Zipaquirá y convocatoria de segunda marcha
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Firmadas las Capitulaciones el 5 de junio de 1781 por Berbeo, Galán se negó a acogerse al acuerdo. Llegó a Mogotes el 2 de septiembre y promovió una nueva marcha hacia Santafé para el 15 de octubre, en rechazo a las promesas del arzobispo Caballero y Góngora y al pacto que consideraba una traición a los sectores populares.
- 1781
Captura cerca de Onzaga
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Hacia el 13 de octubre de 1781, dos días antes de la fecha prevista para la segunda marcha, Galán fue aprehendido en un paraje cercano a Onzaga junto con nueve compañeros. La élite criolla socorrana lo había abandonado y su base popular carecía de recursos para sostener una nueva ofensiva.
- 1782
Ejecución y descuartizamiento en Santafé
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El 1 de febrero de 1782, Galán fue arrastrado hasta el lugar del suplicio, ahorcado, decapitado y cuarteado. Sus restos fueron distribuidos geográficamente como advertencia: la cabeza a Guaduas, la mano derecha en El Socorro, la mano izquierda en San Gil, el pie derecho en Charalá y el pie izquierdo en Mogotes. La sentencia declaró infame su descendencia, confiscó sus bienes, ordenó asolar su casa y sembrar sal en el suelo.
- 1880
Rescate historiográfico: publicación de 'Los comuneros'
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Tras más de un siglo en la sombra historiográfica, el primer texto considerado importante sobre el movimiento comunero —'Los comuneros', de Manuel Briceño— se publicó en Bogotá en 1880, iniciando el proceso de recuperación de la figura de Galán como símbolo de resistencia popular anticolonial.
El hombre y la penumbra documental
De la vida de José Antonio Galán Zorro antes de 1781 se conserva menos de lo que la posteridad quisiera. Los datos duros son escasos, y la costumbre de fecharle el nacimiento hacia 1749 en Charalá descansa sobre tradiciones locales más que sobre certeza archivística. Se le atribuye una condición mestiza y una biografía militar modesta —soldado de las tropas del rey, con paso por el Fijo de Cartagena— que lo emparenta con la extracción popular del grueso del movimiento comunero, y no con los notables criollos que lo condujeron en su fase negociadora. Su nombre no figura en el círculo de mercaderes, hacendados y letrados que dominaba las provincias del nororiente neogranadino a fines del siglo XVIII: es un capitán entre muchos, hasta que deja de serlo.
Esa oscuridad previa importa. Al irrumpir en la escena, en la primavera de 1781, Galán llega sin patrimonio que proteger, sin cargos coloniales que perder, sin nexos culturales con la Europa metropolitana. Es exactamente el perfil opuesto al de Juan Francisco Berbeo, comandante negociador de las Capitulaciones, o al de Salvador Plata, Francisco Rosillo y Antonio José Sucre, los notables socorranos que compartían con Berbeo la conducción visible del alzamiento. Galán encarna la parte del movimiento que no tenía nada que capitular. En una insurrección que reunió a indígenas, mestizos, mulatos pobres y criollos sin fortuna bajo el estandarte común del hostigamiento fiscal, él pertenecía sin ambigüedad a los primeros.
El polvorín del Socorro
El estallido de marzo de 1781 no fue un rayo en cielo sereno. La provincia del Socorro venía siendo, desde mediados del siglo XVIII, una región inquieta: motines en 1752, 1764 y 1767 contra medidas de la Corona, una sublevación de mil indígenas en 1779, un motín en Mogotes en 1780. Era también un territorio en crecimiento demográfico, con nuevas poblaciones fundadas por inmigrantes españoles y una economía de textiles, tabaco y algodón que dependía directamente de los gravámenes reales. Sobre ese tejido inflamable cayeron, a partir de 1778, las medidas fiscales de Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres, regente visitador de Nueva Granada: aumento de la alcabala, del impuesto a la sal, al tabaco, a los textiles y al algodón, y restablecimiento de la contribución de la armada de Barlovento. Los recursos se destinaban a financiar la guerra de España contra Inglaterra, pero para el pequeño productor y el comerciante local eran, simplemente, la ruina.
A la carga tributaria se sumaba la conducta de sus ejecutores. Los funcionarios de la Real Hacienda operaban con una autoridad excesiva, ejercían vejaciones y fraudes, desacataban a las justicias locales y sometían a los sectores pobres —los más expuestos por carecer de nexos, letrados y padrinos— al hostigamiento cotidiano de recolectores de impuestos y guardias de rentas. El terror producido por los guardas era tal en los distritos socorranos que, andando la revuelta, se dijo que su sola presencia bastaba para paralizar los cobros.
El 16 de marzo de 1781, en la oficina de impuestos del Socorro, la comerciante Manuela Beltrán arrancó el bando que anunciaba los nuevos tributos y lo pisoteó. El gesto —hoy tan pulido por el relato patriótico que se olvida su origen crudo— fue el detonante. En cuestión de semanas, la agitación desbordó la villa y se extendió por la provincia; luego alcanzó Pamplona, Vélez, Cúcuta y los llanos orientales. La organización de los amotinados fue tomando forma: se eligieron capitanes, se levantaron contribuciones, se nombró un Común, y Juan Francisco Berbeo emergió como comandante general del movimiento. En algún momento de esas semanas, José Antonio Galán se sumó como uno de los capitanes de las tropas comuneras.
De capitán a disidente
La trayectoria militar de Galán durante el ascenso comunero está mejor documentada por su efecto que por sus batallas. Operó en el flanco occidental del avance, hacia el valle del Magdalena, y su columna llegó hasta Facatativá, Honda, Mariquita y Ambalema, extendiendo la sublevación a regiones donde el orden virreinal era todavía más frágil que en el nororiente. En esa marcha, Galán fue apalabrando bases populares —esclavos, mulatos, indígenas de las haciendas— y difundiendo consignas que iban más allá de las quejas fiscales de los notables socorranos. En algún episodio del período, líderes locales llegaron a proclamar entre los sectores populares que todos quedaban exentos de tributos y que cesaban los diezmos, y hasta invocaron órdenes del rebelde peruano Túpac Amaru —Tupamaro— para legitimar la desobediencia. La conexión con la insurrección andina, sublevada casi al mismo tiempo, fue más simbólica que operativa, pero real: los comuneros del Socorro sabían que no estaban solos en el continente.
Ese giro plebeyo fue exactamente lo que la conducción criolla del movimiento buscó frenar. Cuando el grueso de las tropas comuneras acampó en Zipaquirá, a las puertas de Santafé, en junio de 1781, la Audiencia y el gobierno virreinal —el virrey Manuel Antonio Flórez y Gutiérrez de Piñeres se habían replegado a Cartagena tras la derrota de las tropas gubernamentales al norte de Tunja el 8 de mayo— aceptaron negociar. Del lado español fue designado el arzobispo Antonio Caballero y Góngora, componedor eclesiástico investido de prestigio y astucia. Del lado comunero negoció Berbeo, con un texto redactado por Agustín Justo de Medina y Juan Bautista de Vargas, delegados de Tunja, y modificado por acuerdo con Jorge Lozano de Peralta.
Las Capitulaciones de Zipaquirá se firmaron el 5 de junio de 1781. Su médula era la idea de justicia distributiva —un principio de raíces castellanas, distinto ya de la igualdad abstracta que años después vertebraría documentos como el Memorial de agravios—: revertir gravámenes, aliviar a los productores, restituir un orden fiscal soportable. Fueron aprobadas y juradas formalmente por la Real Audiencia en Santafé mediante Acta de Aprobación y Juramento. Berbeo desmovilizó al ejército comunero. Los notables socorranos, para escapar a represalias, no respaldaron las pretensiones más radicales del pueblo; la presencia de Caballero y Góngora, entonces de visita en la región, ayudó a inclinar la balanza hacia la contención.
Galán no creyó. No creyó en las promesas del arzobispo, no creyó en las Capitulaciones firmadas por Berbeo, no creyó en la garantía real de los notables. Y no se quedó en la crítica: siguió operando militarmente en el occidente y el norte, manteniendo movilizados a los sectores populares que veían en el pacto de Zipaquirá una traición envuelta en papel sellado. Entre el 20 de junio y el 11 de septiembre de 1781 se produjeron nuevos motines en la provincia del Socorro por el incumplimiento de las Capitulaciones. El 2 de septiembre, Galán llegó a Mogotes. Desde allí promovió una segunda marcha hacia Santafé, convocada para el 15 de octubre, con la que se proponía forzar al virreinato a cumplir lo pactado —o, más probablemente, a ir más allá de lo pactado, hacia reivindicaciones que Zipaquirá había preferido callar.
Onzaga y el cadalso
La segunda marcha no ocurrió. Dos días antes de la fecha prevista, hacia el 13 de octubre de 1781, Galán fue aprehendido en un paraje cercano a Onzaga junto con nueve de sus compañeros. La captura fue posible porque su respaldo se había ido erosionando: la élite criolla socorrana lo abandonó, cuando no colaboró activamente con su neutralización, y la base popular sin conducción ni recursos no bastaba para sostener una nueva ofensiva. La disidencia de Galán, siendo real y valiente, era también estructuralmente frágil.
Fue conducido a Santafé y juzgado sumariamente. La Real Audiencia dictó una sentencia diseñada no solo para matar sino para escarmentar y para borrar. El 1 de febrero de 1782, Galán fue arrastrado por el suelo hasta el lugar del suplicio, ahorcado hasta verificarse su muerte, decapitado y cuarteado. Los pedazos de su cuerpo fueron distribuidos como advertencia geográfica: la cabeza enviada a Guaduas, la mano derecha expuesta en El Socorro, la mano izquierda en la Villa de San Gil, el pie derecho en Charalá —la villa que la tradición señala como su cuna— y el pie izquierdo en Mogotes, el paraje donde había convocado la segunda marcha. Isidro Molina, Lorenzo Alcantuz y otro compañero de apellido Ortiz recibieron pena semejante: horca y descuartizamiento.
La sentencia no se contentó con el cuerpo. Declaró infame la descendencia de Galán, confiscó todos sus bienes en favor del real fisco, ordenó asolar su casa y sembrar sal en el suelo donde se había alzado. Y, con precisión propia de la justicia colonial, mandó dar olvido a su nombre. El descuartizamiento y la exhibición pública de restos era una práctica codificada de la justicia española, diseñada para producir terror general. En el caso de Galán, esa maquinaria simbólica se aplicó con especial minuciosidad, señal inequívoca de que la Corona lo consideraba menos un delincuente que un peligro ejemplarizante.
Esa desmesura punitiva contrasta con lo modesto de su fuerza militar efectiva al momento de la captura. Pero se explica cuando se atiende a lo que Galán amenazaba: no la seguridad inmediata del virreinato, ya restablecida, sino la posibilidad de una rebelión sin élites, apoyada en las castas pobres, conectada simbólicamente con Túpac Amaru y capaz de repetirse. El poder colonial temía a Galán más como símbolo que como amenaza real, y por eso el ritual fue tan cuidadoso.
El 18 de marzo de 1782 —seis semanas después de la ejecución—, la Real Audiencia expidió el acuerdo de anulación de las Capitulaciones de Zipaquirá, firmado por Juan Gutiérrez de Piñeres, Juan Francisco Pey Ruiz, Juan Antonio Mon y Velarde, Joaquín Vasco y Vargas y Pedro Catani. Se había esperado a contar con la fuerza militar enviada desde Cartagena por el virrey Flórez. La historiografía ha calificado el acto como un perjurio, y con razón: lo jurado solemnemente en junio se rompía en marzo sin más argumento que la superioridad de las bayonetas. Galán había tenido razón en no creer.
La fractura de clase dentro del comunerismo
El itinerario Berbeo/Galán se ha leído a veces como choque de personalidades, y otras como diferencia táctica entre moderados y radicales. Ambas lecturas se quedan cortas. Lo que separó al comandante de Zipaquirá del capitán de Onzaga fue, ante todo, una fractura de clase dentro del propio movimiento.
La élite criolla del Socorro tenía razones concretas para negociar y desmovilizar. Sus propiedades, sus cargos locales, su capital comercial y sus vidas mismas dependían de recomponer relaciones con el virreinato. Podían apoyar una rebaja de impuestos, un freno a los abusos de los guardas, una restauración del margen de negociación con la Corona; no podían apoyar una insurrección que amenazara el orden social del que ellos mismos formaban la cúpula local. Sus nexos culturales con la Europa metropolitana funcionaban justamente como línea de demarcación frente a la masa de mestizos, indígenas y negros que también los llevaba en volandas hacia Santafé.
Los sectores populares del comunerismo tenían razones tan concretas como opuestas. Para el mulato pobre que jamás sería candidato a la burocracia colonial, para el indígena tributario, para el criollo sin fortuna acorralado por los recaudadores, la revuelta no era un instrumento de negociación fiscal sino la oportunidad —quizá irrepetible— de sacudir un orden que los aplastaba en lo cotidiano. Era ese resentimiento antiespañol, más ancho que los intereses de los notables, el que Galán expresaba y organizaba.
Que muchos de los futuros próceres de la Independencia estuvieran, en 1781, del lado de la Corona o del lado de los pactos criollos, y no del lado de Galán, no es un detalle biográfico incómodo: es una clave del propio proceso. La revolución criolla que triunfó en las décadas siguientes no fue una guerra popular, y su relación con la insurrección comunera —y especialmente con su ala plebeya— sería siempre incómoda. Galán molestaba tanto a la Real Audiencia de 1782 como al canon patriótico del siglo XIX en gestación.
Caballero y Góngora, del componedor al virrey
En esta historia hay una figura cuya trayectoria dice más que muchos argumentos. Antonio Caballero y Góngora negoció las Capitulaciones como arzobispo, prometiendo su cumplimiento con la palabra de la Iglesia. Poco después, elevado al virreinato, decretó una amnistía general que envolvía en gesto paternal la política represiva de fondo. Fue mientras él conducía el virreinato que Galán fue capturado, juzgado y ejecutado; que las Capitulaciones fueron anuladas; que los principales líderes populares fueron eliminados y los notables criollos, en cambio, encontraron mecanismos para reintegrarse.
Más tarde, Caballero y Góngora viajaría de Santafé a Cartagena y Turbaco, en parte para atender la supervisión militar del Darién, en parte para alejarse del pesado fardo represivo que le había dejado su antecesor Flórez y, con toda probabilidad, también de su propio papel como componedor de una paz que fue quebrada por la Corona. La ambigüedad del arzobispo-virrey es la ambigüedad del pacto de Zipaquirá: promesa solemne, incumplimiento planificado, memoria complicada.
El silencio del siglo XIX
El mandato judicial de olvidar a Galán no fue letra muerta. Durante más de cien años, la insurrección comunera —y particularmente su ala radical— quedó fuera del foco principal de la escritura histórica colombiana. No hubo un texto de peso sobre el movimiento hasta Los comuneros de Manuel Briceño, publicado en Bogotá en 1880, casi un siglo después de los hechos. En un país que dedicaba sus energías historiográficas a los héroes epónimos de la Independencia y a la formación del Estado Nacional, el capitán descuartizado no cabía.
Las razones fueron varias y convergentes. La historiografía conservadora del siglo XIX, representada por autores como José Manuel Groot, mostraba respeto por el legado español y por las instituciones coloniales, y difícilmente podía reivindicar con entusiasmo a un insurrecto ejecutado por la justicia del rey. La historiografía liberal, representada por José María Samper y otros, criticaba con dureza el legado colonial, pero orientaba su relato hacia la línea Bolívar–Santander y los héroes militares y letrados de la Independencia, no hacia los movimientos populares del siglo anterior. En ambas tradiciones, la escritura de la historia estaba trenzada con la política del presente: los temas seleccionados respondían a proyectos —de nación católica, de república liberal, de partido en formación— en los que un mestizo del Socorro guillotinado por defender a mulatos e indígenas no encontraba lugar cómodo.
El silencio no fue total: en las villas del Socorro, San Gil y Charalá persistió una memoria local, transmitida por tradición oral y por las lápidas invisibles de los lugares donde se habían exhibido los pedazos del cuerpo. Pero como fenómeno historiográfico nacional, Galán quedó en la sombra. Se cumplió, en gran parte, la sentencia que ordenaba dar olvido a su nombre.
La resurrección del siglo XX
El regreso de Galán al escenario público colombiano fue obra del siglo XX, y respondió a necesidades políticas nuevas. En el marco del bicentenario del alzamiento de 1781, celebrado con oficialidad en 1981, la figura del capitán comunero fue recuperada como parte del imaginario patrio, con estatuas, calles, colegios y monedas. Pero antes y en paralelo, otras apropiaciones más incisivas lo habían reclamado como suyo.
La izquierda colombiana, particularmente la de raíz insurgente, encontró en Galán un antecedente útil: un mártir popular, ejecutado por el orden colonial, borrado del canon oficial, cuya rehabilitación permitía cuestionar la lectura elitista de la historia patria. El Ejército de Liberación Nacional, ELN, bautizó uno de sus frentes con el nombre de José Antonio Galán, convirtiendo la memoria del capitán en referente organizativo y en símbolo de continuidad entre el descuartizado de 1782 y la insurgencia armada del siglo XX. La operación era, evidentemente, ideológica: no había una continuidad orgánica entre el motín del Socorro y la guerrilla del siglo XX, pero la analogía —resistencia armada de los pobres contra un orden opresivo— servía como argamasa simbólica.
La historiografía académica también contribuyó al rescate, aunque con más matices. Orlando Fals Borda dedicó a los comuneros páginas fundamentales, y su lectura merece detenimiento porque es la más honesta sobre lo que Galán representó y lo que no. Para Fals Borda, Galán fue el único dirigente de la rebelión comunera con alguna visión transformadora; pero su esfuerzo, subraya, fue sofocado en su cuna sin lograr un impacto de entidad en la sociedad colonial. La rebelión de los Comuneros, agrega, no puede catalogarse como una subversión fundamental del orden social colonial, precisamente porque el ala que sí apuntaba en esa dirección —la de Galán— fue eliminada antes de consolidarse.
Ese equilibrio es difícil de sostener y por eso importa. Galán no fue un revolucionario social con programa articulado y organización capaz de suplantar al orden colonial; carecía de todo eso. Pero fue, dentro de la insurrección comunera, la figura que empujaba más allá del pacto notable, la que veía —o intuía— que las Capitulaciones no bastaban y que la base popular merecía más. Su grandeza histórica es proporcional a esa lucidez incompleta, y su fracaso material es proporcional a la debilidad estructural de esa lucidez sin recursos.
La circulación atlántica de una insurrección
Un elemento suele quedar fuera del retrato local de Galán y conviene incorporarlo: la insurrección comunera, y con ella la figura de sus mártires, circuló muy pronto en el imaginario atlántico de la revolución hispanoamericana. Francisco de Miranda, en su itinerancia europea de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, utilizó una narración de la sublevación comunera del Socorro —acompañada del texto anotado de las Capitulaciones— como prueba ante interlocutores extranjeros de que los suramericanos estaban dispuestos a la revolución contra el dominio monárquico español. Los documentos fueron presentados en español con traducción inglesa anexa, con cálculos apoyados en la mejor información disponible, parte de ella recogida por el propio Miranda. Que el episodio comunero fuera esgrimido en cancillerías y salones europeos como evidencia de la madurez revolucionaria americana indica hasta qué punto, en la escala continental, aquellos hechos del Socorro no eran una anécdota provincial.
En ese uso mirandino, sin embargo, se prefiguraba también el destino ambiguo de Galán en la memoria patria. Miranda hablaba de los comuneros en abstracto, del movimiento, de las Capitulaciones firmadas y traicionadas; el nombre del capitán descuartizado no era todavía el pivote del relato. La transformación de Galán en emblema exigiría el largo trabajo del siglo XX, la relectura popular y de izquierda, y el esfuerzo académico de historiadores que se atrevieron a escribir contra el olvido decretado por la Real Audiencia.
La huella
Preguntarse hoy qué dejó José Antonio Galán exige distinguir tres capas.
En lo inmediato, dejó poco: una segunda marcha frustrada, un puñado de compañeros ejecutados con él, una casa asolada y sembrada de sal en Charalá, una descendencia declarada infame por la justicia del rey. La rebelión que él quería empujar más allá de Zipaquirá terminó liquidada por el mismo orden colonial que había firmado las Capitulaciones y que, seis semanas después de la ejecución, las anularía sin escrúpulo.
En el mediano plazo, dejó un precedente. La secuencia Capitulaciones–anulación–ejecución sedimentó un descrédito del pacto con la Corona que, dos generaciones más tarde, sería aprovechado por la insurgencia criolla independentista. No hay una línea recta entre el Socorro de 1781 y la Cartagena de 1811 —ninguna historia se mueve así—, pero sí una lección que las élites criollas del norte de Suramérica interiorizaron: el juramento del rey podía romperse, y romperse pronto. Cuando llegó la crisis peninsular de 1808 y la ocasión de fundar juntas propias, ese aprendizaje ya estaba en circulación.
En el largo plazo —y es aquí donde Galán pesa realmente en la historia de Colombia— dejó un símbolo disponible. Un mártir con biografía suficiente para ser identificable, con muerte suficientemente atroz para ser recordable, con posición social suficientemente popular para ser apropiable por los sectores subalternos, y con silencio historiográfico suficientemente largo para que su rescate tuviera siempre aire de reparación. Esa combinación es rara. Explica que su nombre haya podido ser cargado con contenidos muy distintos —héroe patrio en el bicentenario oficial, mártir plebeyo en la lectura de Fals Borda, epónimo insurgente en el frente del ELN— sin fracturarse.
Que la construcción del mártir sea, en gran medida, un trabajo del siglo XX proyectado retrospectivamente sobre 1782 no invalida la fuerza del símbolo; la explica. Los símbolos históricos útiles no son fotografías del pasado sino instrumentos de orientación del presente, y Galán ha resultado extraordinariamente útil para toda tradición colombiana que quiera pensar la nación desde abajo, desde las castas populares, desde la fractura de clase antes que desde la unanimidad patriótica.
La sentencia de 1782 ordenó darle olvido, arrasar su casa, sembrar sal en el lugar. El olvido se cumplió durante un siglo, y luego dejó de cumplirse. En una historia nacional que suele preferir la solemnidad de los mausoleos, el capitán mestizo del Socorro sigue siendo lo que fue en vida y en muerte: una presencia incómoda, insuficientemente cabida en los relatos oficiales, siempre a la mano de quienes buscan en el pasado colombiano algo distinto de la genealogía de los vencedores.
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Documentos y fragmentos citados
22 documentos · 22 fragmentos01Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · Página 2351 cita
[1]deseo de participación política. En 1752, en 1764 y en 1767 se realizaron motines contra la corona; y en 1779 una sublevación de 1.000 indígenas. Se incrementaron o crearon impuestos para alimentar la guerra de España contra Inglaterra. Al Regente Visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres, le correspondió ejecutar…
p. 235
02Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2311 cita
[2]Nueva Gr nada. Nace José María del Castillo y Rada en Car- tagena. Se establece la imprenta en esta ciudad. Construcción de la catedral de Santa Marta, según trazas de Juan Cayetano Chacón. 1777 Muere el ex presidente Rafael Eslava en Santa- fé. Venta de resguardos en Popayán. Primer intento de organización gremial de…
p. 231
03Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · Página 531 cita
[3]las relaciones comerciales de sus colonias. La población nativa de Colombia probablemente nunca había gozado de mejores condiciones que las existentes al finalizar la prime- ra mitad del periodo borbónico, pues su población iba en aumento y todos los viajeros de la época dan cuenta de su nivel de vida modesto pero…
p. 53
04Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 1801 cita
[4]minas y agricultura, haciendo trabajar la gente ociosa pero auxilián- dola (47). Si no fueron positivos los resultados de la gestión de los regentes en el campo administra- tivo, en cambio sus efectos políticos fueron ne- gativos. En una clara referencia a la gestión de Gutiérrez de Piñeres en la Nueva Granada, y…
p. 180
05Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 871 cita
[5]pesinos y comerciantes arrancaron los avisos de las nuevas reglas de impuestos. Las protestas crecieron con rapidez y poco a poco fueron incorporando a los notables locales de todo el oriente y se extendie ron a los llanos orientales. En decenas de pueblos se formaron gru pos de gente del “ com ú n ” que se un í an y…
p. 87
06Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 981 cita
[6]del Socorro. En esta pro- vincia, entre el 20 de por el arzobispo Caballero y Góngora, que se ha- llaba de visita en la región, no apoyó las preten- siones del pueblo. Galán, que había llegado a Mogotes el 2 de septiembre, pertenecía al bando de quienes no creían en las promesas del arzobispo de hacer cumplir las…
p. 98
07Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · Página 511 cita
[7]el siguiente mes de marzo estaba listo el expediente para su entrega. Todos esos documentos fueron escritos en español, la única lengua en que escribía correctamente el general, con una traducción inglesa anexa, y los cálculos fueron hechos con la mejor información que recibió, si bien la parte esencial la recogió…
p. 51
08La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 981 cita
[8]evaluación de las cosas, dentro de la pers - pectiva general de la civilización occidental. 99 D e la subversión y la finali D a D histórica 5. Subversión y Frustración en el Siglo XIX La paz hispana se mantiene por tres centurias hasta prin - cipios del siglo XIX, sin que hubiera surgido mientras tanto ninguna…
p. 98
09Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Página 1011 cita
[9]la Independencia fue otro factor que quizá no permitió un campo más fértil para que la élite criolla exaltara las ‘cuali- dades’ de la raza indígena. Además, la ‘defensa’ de América de las calumnias de Buffon y otros ilustrados se dejaba de un lado, porque la nueva élite no estaba del todo interesada en romper los…
p. 101
1030 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · Página 261 cita
[10]aprobación sea sin ambigüedad. Campamento de guerra en territorio de Zipaquirá, 5 de junio de 1781. M.P.S. Puesto a los pies de V.A. El más rendido vasallo, JUAN FRANCISCO BERBEO. (Estas Capitulaciones fueron redactadas por don Agustín Justo de Medina y don Juán Bautista de Vargas, Delegados de la ciudad de Tunja. Al…
p. 26
11Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 441 cita
[11]estimó que cerca de cuatro mil personas avanzaban hacia la capital. Cuando llegaban a la actual ciudad de Zipaquirá, el arzobispo español Antonio Caballero y Góngora (designado para negociar la pacificación de la rebelión) se reúne con los líderes del movimiento, siendo el principal Juan Francisco Berbeo; es ahí que…
p. 44
12Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 1261 cita
[12]Pero esta reacción antiespañola iba m ás allá de la m era defensa de los intereses de los criollos de clase alta. En los distritos com uneros, incluso m ulatos pobres q u e no eran can d id ato s potenciales para la burocracia colonial expresaron su resentim iento contra los funcionarios españoles, a quienes tilda ban…
p. 126
13El pensamiento colombiano en el siglo XIXJaime Jaramillo Uribe · 2017 · Página 1951 cita
[13]pág. 79. 196 Jíndi Jícídneer Ucnsi gravamen sale del peculio del rico» 127. Y la Constitución del Estado Soberano de Antioquia dirá que «ningún hom- bre, ninguna clase, corporación o asociación de hombres puede, ni debe ser más gravada por la ley, que el resto de los ciudadanos» 128. En esta forma, en ambos casos se…
p. 195
14Historia abierta del arte colombianoMarta Traba · 2016 · Página 731 cita
[14]en esta obra de pintura-ficción no se oye —o si se oye se desatiende— el ruido de las pisadas de los comuneros que, diez años antes de su estallido, ya comenzaban a volverse perceptibles. El primero de febrero de 1782 un hombre es arrancado a golpes de la cárcel, arrastrado por el suelo, llevado hasta el lugar donde…
p. 73
15Con nombre propioDaniel Samper Pizano · 2017 · Página 4051 cita
[15]su nacimiento; y el pie izquierdo en el lugar de Mogotes. Declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes y aplicados al real fisco; asolada su casa y sem- brada de sal, para que de esta manera se dé olvido a su infame nombre y acabe con tan vil persona, tan detesta- ble memoria, sin que quede otra que…
p. 405
16Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 381 cita
[16]todo, entre los más prósperos y educados, algunas formas de pensamiento que señalan restricciones a lo que puede considerarse normal, “civilizado” 29. Pero mientras la violencia privada solo se admite contra personas vistas como inferiores (indios, campesinos forajidos, mujeres, niños), la violencia pública de las…
p. 38
17Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · Página 2301 cita
[17]reunían; suponiendo órdenes del rebelde Tupamaro —Tupac-Amaru— 5 y queriéndo - les dar a entender que todos se hallaban exentos de tribu - tos y que habían cesado las contribuciones de diezmos y obligación de cumplir con los preceptos eclesiásticos, para esto, y como el principal motor y cabeza fue un vecino llamado…
p. 230
18Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · Página 1611 cita
[18]a la religión y no haber entre ellos asesinatos ni peleas, aún en sus b o r r a c h e r a s ". (En esta tarea misional González Belandres tuvo d e s p u é s sus fuertes encontrones con el p a d r e José Palacios de la Vega, a quien también se le confió, en 1787, la misión de re- ducir a los indios de San Cipriano y…
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19Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en ColombiaAlexander Betancourt Mendieta · 2020 · Página 11 cita
[19]27 Capítulo I Instaurar una tradición: las porfías de la historia nacional En el siglo aparecieron las primeras obras que utilizaron la noción de pasado para consagrar los XIX orígenes de la República. Las condiciones posteriores a la Independencia permitieron que los hombres de letras que elaboraron ejercicios de…
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20Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · Página 2011 cita
[20]progreso, tal como lo exigía el modelo liberal burgués que se quería hacer fructificar. He aquí cómo la época li- beral se forjaba críticamente su propio pasado, que servía a su vez de legiti- mación a sus proyectos revoluciona- rios del presente. La historiografía conservadora apa- rece en el ambiente de crisis y de…
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21Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 9041 cita
[21]por la propia organización en noviembre de 1985. 259 Óscar Castaño, El guerrillero y el político, Ricardo Lara Parada, Bogotá, Oveja Negra, 1984, p. 61. 260 Nombre en homenaje al líder de la insurrección de los comuneros de 1781, encabezada por José Antonio Galán. Capturado, fue condenado a la pena de muerte y al…
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22Guerrilla y Población Civil. Trayectoria de las FARC 1949-2013Mario Aguilera Peña · 2013 · Página 2241 cita
[22]se bau- tizara cada Frente no solo con un número, sino también con el nombre de un héroe de la “gesta libertadora”. Desde comienzos de los noventa, el imaginario patriótico se de- sarrolla de manera relevante: por un lado, se aprecia la utilización profusa de la bandera colombiana en el escudo de las farc, en la…
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