Juan Antonio Mon y Velarde
Pre-independencia
1746–1791
La biografía
Juan Antonio Mon y Velarde (Asturias, hacia 1746 — 1791) fue el oidor visitador que entre 1785 y 1788 rediseñó, con poderes extraordinarios delegados por la Corona, el orden social de la provincia de Antioquia. Enviado por la Audiencia de Santa Fe en el marco del reformismo borbónico tardío, intervino sobre casi todos los planos de la vida provincial: fundó parroquias, promovió la colonización de tierras vacías al sur, reguló la minería libre de los mazamorreros, ordenó la apertura de caminos, aplicó con rigor inédito la Pragmática Real de Matrimonios de 1776 y persiguió las conductas sexuales fuera del matrimonio. La historiografía antioqueña del siglo XX lo consagró como "regenerador de Antioquia" —fórmula acuñada por Tulio Ospina en 1918—, título que a la vez explica y oscurece su figura: Mon y Velarde no inventó la sociedad antioqueña que emergió a fines del siglo XVIII, pero le puso el marco institucional que ordenó, aceleró y disciplinó las fuerzas que ya la estaban transformando desde abajo. Su visita es una de las bisagras estructurales entre la Antioquia colonial dispersa y la que, dos generaciones más tarde, protagonizaría la gran colonización decimonónica.
Línea de vida
- 1778
Primer ciclo colonizador junto a Francisco Silvestre
Leer contexto
Entre 1778 y 1782, en su calidad de oidor, Mon y Velarde incentivó nuevas colonizaciones en Antioquia junto al gobernador Francisco Silvestre, adquiriendo conocimiento directo del territorio que gobernaría con poderes ampliados años después.
- 1785
Inicio de la visita general a Antioquia
Leer contexto
Comisionado por la Real Audiencia de Santa Fe en el marco del reformismo borbónico tardío bajo el arzobispo virrey Antonio Caballero y Góngora, Mon y Velarde llegó a la provincia con la doble potestad de visitador y gobernador interino, reuniendo en la práctica la facultad de diagnosticar y la de decidir sobre administración, hacienda, economía y vida social.
- 1785
Programa de fundación de parroquias y poblamiento sureño
Leer contexto
Durante la visita impulsó la erección de parroquias legalmente constituidas —con cura, alcalde, padrón y cabildo elemental— para encuadrar institucionalmente la colonización espontánea que el crecimiento demográfico mestizo empujaba hacia las tierras del sur, más fértiles que el núcleo original de poblamiento.
- 1785
Diagnóstico y propuesta sobre la minería libre de mazamorreros
Leer contexto
Heredando los efectos perjudiciales de la capitación de 1780 que obligaba a los mazamorreros a matricularse y pagar 18 tomines anuales sin importar si extraían oro, Mon y Velarde diagnosticó el daño a la actividad y propuso restituir condiciones más favorables, evidenciando la tensión entre la agenda fiscal inmediata y la agenda de fomento productivo del reformismo borbónico.
- 1785
Aplicación rigurosa de la Pragmática Real de Matrimonios de 1776
Leer contexto
Aplicó con firmeza inédita la Pragmática de Carlos III que exigía consentimiento paterno para matrimonios de familias blancas, especialmente con mestizos o castas. Tras la visita se registraron cientos de juicios criminales por relaciones extramaritales en Antioquia; de ellos, solo en cuarenta uno o ambos implicados eran de ascendencia africana.
- 1785
Persecución del maltrato a mujeres
Leer contexto
A partir de su gobernación, el maltrato a las mujeres dejó de ser una conducta tácitamente aceptada y comenzó a ser perseguido por las autoridades en Antioquia. Las denuncias por lesiones a mujeres pasaron del 21% en la década de 1780 al 45% en la época de la Independencia.
- 1786
Ordenamiento de caminos hacia el río Nare
Leer contexto
Identificó los caminos desde las principales ciudades antioqueñas hasta el Nare como cuello de botella para el comercio y la agricultura, atribuyó su mal estado a la inacción de autoridades y cabildos —no a condiciones naturales insuperables— y propuso financiar su composición mediante una módica contribución, haciendo responsables a los cabildos de su mantenimiento.
- 1789
Memorial fundacional de Sonsón como fruto del impulso colonizador
Leer contexto
El 27 de agosto de 1789, vecinos de Rionegro y Marinilla dirigieron al gobernador un memorial pidiendo fundar una población en las montañas del sur, alegando pobreza, escasez de tierras y beneficios al Real Tesoro por salinas y aluviones de oro. El lenguaje utilitario del memorial reflejaba el marco aprendido durante la visita; el mismo patrón se replicó en Abejorral, Carolina del Príncipe, Don Matías y Yolombó.
- 1918
Consagración historiográfica como 'regenerador de Antioquia'
Leer contexto
Tulio Ospina acuñó en el Repertorio Histórico la fórmula 'regenerador de Antioquia' para caracterizar a Mon y Velarde, título que la historiografía antioqueña del siglo XX adoptó ampliamente y que a la vez explica y oscurece su figura al proyectar sobre él una teleología que él mismo no podía haber previsto.
Un oidor peninsular en la periferia minera
Mon y Velarde llegó a Antioquia como cuadro medio-alto de la máquina borbónica: oidor de la Real Audiencia de Santa Fe, formado en la tradición jurídica peninsular, enviado a la provincia con las facultades combinadas de visitador y gobernador interino. Esa doble condición importa. Un oidor era un magistrado real con competencia sobre justicia y gobierno; una visita era el instrumento privilegiado por el que la Corona, sin sujeción a periodos fijos, examinaba directamente el estado de sus dominios. Las visitas generales tenían por objeto obtener informes amplios sobre la administración, la hacienda, la economía y la situación de la población indígena; se ordenaban cuando la metrópoli sospechaba desgobierno, disipación fiscal o desorden social, y podían derivar en reformas de fondo. Mon y Velarde reunió, en la práctica, la potestad de diagnosticar y la de decidir.
La sociedad que encontró era compacta y a la vez desparramada. En 1778 la provincia no alcanzaba los cincuenta mil habitantes —apenas un seis por ciento del Nuevo Reino de Granada—, concentrados en un núcleo de poblamiento cerrado en torno a la Villa de la Candelaria de Medellín, Rionegro, Marinilla y Santa Fe de Antioquia, y esparcidos sobre una comarca mucho mayor por antiguas fundaciones mineras venidas a menos —Cáceres, Zaragoza, Arma, Remedios— y por desmontes aislados. El suelo quebrado, con cañones profundos que fragmentaban las cordilleras Occidental y Central en varios lóbulos, dificultaba la comunicación entre esos núcleos. La economía giraba en torno al oro: minería de cuadrilla y, cada vez más, minería libre de mazamorreros que lavaban aluviones con almocafre, barretón, pala y batea en placeres y aventaderos. Alrededor de las minas crecía, promovida por los mismos mineros y comerciantes para abaratar la comida, una agricultura campesina que empujaba sobre las tierras vacías. La población crecía deprisa y abría frente hacia el sur, donde las condiciones eran mejores.
Sobre esa base física, Mon y Velarde encontró una sociedad demográficamente mestiza. En el conjunto del virreinato, hacia 1778, los mestizos y castas eran ya el cuarenta y seis por ciento de la población, los blancos el veintiséis, los indios el veinte y los esclavos el ocho; Antioquia, sin la densa base indígena de otras provincias —había perdido buena parte de su población aborigen desde el temprano siglo XVI—, dependía del trabajo libre mestizo y de la esclavitud africana en las minas mayores. Esa ausencia de una economía indígena estructurada era, paradójicamente, lo que había hecho de Antioquia un territorio abierto a la inmigración de "advenedizos" y lo que ahora, a los ojos del reformismo borbónico, ofrecía margen para intervenir sin la resistencia corporativa que otras regiones oponían.
La formación de un cuadro borbónico
Para entender qué vino a hacer Mon y Velarde a la provincia hay que situar el hierro con que fue templado. El reformismo borbónico había entrado al Nuevo Reino de Granada por etapas. La creación del Virreinato en 1717 fue la primera manifestación seria de un impulso por fortalecer la administración colonial, empujado por la voluntad de ampliar las funciones del Estado y por el temor a la guerra con Inglaterra. A lo largo del siglo, y con particular intensidad bajo Carlos III, ese impulso se tradujo en dos convicciones: que las audiencias y los cabildos americanos se habían vuelto demasiado autónomos frente al modelo de control centralizado que Madrid pretendía imponer, y que las riquezas del territorio —minerales, agrícolas, humanas— podían ser mucho mejor conocidas y aprovechadas.
Nueva Granada no recibió el régimen de intendencias que se aplicó a otros virreinatos. En su lugar, bajo Carlos III, se creó la institución de la Regencia, pensada para producir los mismos resultados que se esperaban de los intendentes: racionalización administrativa, escrutinio de recursos, control fiscal. Su primer titular, Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres, imprimió al cargo un sesgo marcadamente fiscal —aumento de la recaudación, endurecimiento del monopolio de aguardientes y tabaco— que actuaría como causa precipitante de la Revolución de los Comuneros en 1781. Cuando Mon y Velarde llegó a Antioquia cuatro años después, el estruendo comunero estaba fresco y había enseñado a la Corona una lección incómoda: la reforma sin arraigo social podía prender fuego a una provincia entera.
En paralelo al aparato fiscal, el reformismo tenía un rostro ilustrado. José Celestino Mutis, instalado en el virreinato desde 1761, encarnaba la convicción de que el conocimiento científico era la palanca para identificar y aprovechar los recursos del territorio; la Real Expedición Botánica, aunque desbordaba los propósitos inmediatos de Madrid, se inscribía en esa lógica. Los visitadores del tipo de Francisco Antonio Moreno y Escandón, con su temprana labor sobre resguardos y educación, habían acuñado un estilo de intervención: diagnóstico documental, reordenamiento territorial, castigo de la disipación clerical o del abandono administrativo. Cuando el arzobispo virrey Antonio Caballero y Góngora asumió el gobierno en 1782, con el encargo de pacificar el país después del alzamiento comunero y de reactivar el proyecto reformista con más tacto y menos brusquedad fiscal, la visita a Antioquia se pensó en esa clave: reformar, sí, pero fundando y ordenando, no solo cobrando.
Mon y Velarde encajaba en ese perfil. Sus años previos en la Audiencia lo habían familiarizado con las disensiones internas del cuerpo —oidores que se apoyaban en facciones clientelares propias, roces con los gobernadores provinciales— y con las trampas que el estilo peninsular encontraba al aterrizar en jurisdicciones locales celosas. Había participado además, entre 1778 y 1782, junto al gobernador Francisco Silvestre, en un primer ciclo de estímulo a nuevas colonizaciones en Antioquia; conocía el terreno al que volvería con poderes ampliados.
La visita: 1785-1788
La visita propiamente dicha se desplegó entre 1785 y 1788, aunque su ejecución jurídica y algunos de sus efectos administrativos se prolongaron después. El gobernador titular Cayetano Buelta Lorenzana coexistió con Mon y Velarde en un arreglo que, en la práctica, dejó al oidor visitador con la iniciativa política. La provincia fue recorrida y auscultada; se recogieron memoriales, se examinaron cuentas, se convocó a vecinos y párrocos, se levantaron padrones. El resultado no fue un informe archivado sino una batería de intervenciones concurrentes sobre poblamiento, minería, caminos, agricultura y vida privada. Conviene tratarlas por bloques, porque su coherencia solo se ve cuando se las lee como un solo programa.
Poblamiento y tierras nuevas
El eje más visible de la visita —y el que más pesaría en la memoria— fue el impulso al poblamiento. Antioquia se estaba desbordando por su propio crecimiento: la generación de mestizos y campesinos pobres que no cabían en el núcleo original empujaba hacia el sur, sobre las tierras concedidas por la Corona a Felipe Villegas entre el río Aures y la quebrada de Arma, y hacia el norte, sobre montañas hasta entonces marginales. Mon y Velarde entendió que esa presión, sin marco jurídico, produciría conflictos endémicos con los grandes propietarios; y que, si se canalizaba en forma de parroquias legalmente erigidas, ampliaba a la vez la base tributaria de la Corona, la superficie agrícola disponible para abastecer las minas y la capacidad del Estado de vigilar y gobernar a los recién asentados.
El caso mejor documentado es el de Sonsón. El 27 de agosto de 1789 —cuando la visita ya se cerraba en sus formalidades pero su impulso poblador seguía irradiando— vecinos de Rionegro y Marinilla dirigieron al gobernador de la provincia un memorial pidiendo autorización para fundar una población en las montañas del sur. Alegaron extrema pobreza, escasez de tierras para cultivo y habitación en sus lugares de origen y, con el tono utilitario que la Corona esperaba, sostuvieron que la fundación beneficiaría al Real Tesoro por el descubrimiento de salinas y aluviones de oro en la comarca de destino. No era el lenguaje espontáneo de campesinos; era el lenguaje ya aprendido de un régimen que había hecho saber, a través de la visita, qué argumentos abrían puertas. El mismo patrón —memoriales fundamentados en la utilidad fiscal, en la necesidad de tierras, en el vínculo con caminos y salinas— se replicaría en Abejorral, Carolina del Príncipe, Don Matías, Yolombó y otras parroquias del ciclo colonizador de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX.
Aquí conviene el matiz. La colonización hacia el sur ya estaba en marcha antes de la visita, empujada por el crecimiento demográfico y por la lógica interna de una sociedad de tierra abierta y minería libre. Mon y Velarde no la inventó. La reconoció, la legalizó, la encuadró en formas administrativas —parroquias con cura, con alcalde, con padrón, con cabildo elemental— y la proyectó como política de la Corona. En esa operación de canalización institucional está su verdadera novedad: convirtió un movimiento social difuso en un dispositivo de gobierno.
La minería libre y el problema del mazamorrero
En el frente minero, Mon y Velarde heredó una decisión desafortunada. En 1780, en pleno impulso fiscal del regente Gutiérrez de Piñeres, la Corona había ordenado que los mazamorreros —los pequeños y medianos mineros libres que lavaban oros corridos en ríos y quebradas, o explotaban placeres y aventaderos con almocafre, barretón, pala y batea— se matricularan en las Cajas Reales de sus distritos y pagaran anualmente dieciocho tomines de oro o cuatro pesos de plata por cabeza, extrajeran o no oro. La lógica fiscal era transparente: aprovechar la expansión de la minería libre para ensanchar la base tributaria. Los efectos sobre el terreno fueron perjudiciales. Contemporáneos y cronistas describieron una actividad que hasta entonces beneficiaba tanto a los lavadores como al Estado y que la capitación ciega, cobrada por recaudadores con incentivos propios, castigaba doblemente: al que no encontraba oro y al que, encontrándolo, prefería esconderse antes que matricularse.
Sin poder derogar por sí mismo una disposición real, Mon y Velarde sí pudo diagnosticar y proponer. Su visita insistió en la conveniencia de restituir condiciones más favorables a la minería libre, entendiendo que asfixiar al mazamorrero era asfixiar el ingreso fiscal a mediano plazo. La cuestión revela una tensión de fondo del reformismo borbónico: la agenda fiscal inmediata de Gutiérrez de Piñeres y la agenda de fomento productivo del ciclo Caballero y Góngora–Mon y Velarde no siempre coincidían, y el visitador se movió, en este punto, en el borde entre acatar y matizar.
Caminos, agricultura, comercio
Un tercer eje fue el de las comunicaciones. Los caminos que desde las principales ciudades antioqueñas conducían al río Nare —la salida natural hacia el Magdalena y, por él, hacia el resto del virreinato— eran un cuello de botella para el comercio y la agricultura. Su fragosidad no se atribuía a condiciones naturales insuperables, sino a la inacción y el descuido de las autoridades y cabildos locales. Mon y Velarde propuso lo que un cuadro borbónico ilustrado tenía que proponer: si no había fondos disponibles, imponer una módica contribución para financiar la composición de los caminos, y hacer responsables a los cabildos de su mantenimiento. Detrás había un argumento económico preciso: sin caminos, los frutos de la agricultura que empezaba a diversificarse en el sur no podían extraerse, y la provincia seguiría atada al ciclo estrecho de una minería sin base alimentaria propia.
Ese razonamiento se enlaza con la lectura de fondo de la visita: Antioquia estaba dejando de ser una economía exclusivamente minera. El crecimiento demográfico y la apertura de tierras al sur, con condiciones agrícolas mejores que las del núcleo original, desplazaban el centro de gravedad económico. Mon y Velarde percibió el movimiento y lo alentó institucionalmente. La agricultura campesina, que los mineros habían promovido por interés propio para abaratar el abastecimiento, empezaba a valer por sí misma, y la infraestructura de caminos era la condición para que ese cambio se consolidara.
Familia, casta, cuerpo
El cuarto eje —el más incómodo para la memoria hagiográfica— fue el de la vida privada. Mon y Velarde aplicó con firmeza el marco jurídico que la Corona había ido tendiendo sobre las conductas sexuales y matrimoniales de sus súbditos. La Pragmática Real de 1776, dictada por Carlos III, había ordenado que ningún matrimonio de hijos de familias blancas se realizara sin consentimiento paterno, con particular severidad si la unión era con mestizos o miembros de las castas. La medida admite dos lecturas. Una la ve como respuesta al problema dinástico interno de los Borbones —el matrimonio del infante Luis Antonio de Borbón— y al impulso general de modernización estatal. Otra la lee como un dispositivo racial: un instrumento para blindar a las élites blancas frente al mestizaje que la propia dinámica social hacía cada vez más inevitable. Las dos lecturas son compatibles: la Pragmática nació de una urgencia peninsular y se aplicó en América como muralla de castas.
En Antioquia, con una sociedad mayoritariamente mestiza y con una élite blanca minoritaria pero celosa de su estatus, la aplicación tuvo consecuencias hondas. Tras la gobernación de Mon y Velarde se registraron cientos de juicios criminales por relaciones extramaritales; de ellos, solo en cuarenta y uno uno o ambos implicados eran de ascendencia africana, dato que sugiere que el aparato persecutorio se desplegó de manera amplia sobre el conjunto de la población mestiza y blanca, no solo sobre las minorías esclavizadas. En al menos siete casos documentados se procesó a hombres blancos por relaciones con mujeres esclavizadas, aunque el marco jurídico de la época no problematizaba —no podía, por su propia arquitectura— ni la violencia sexual ni la limitada autonomía real de esas mujeres.
Un giro paralelo y menos visible ocurrió con el maltrato conyugal. Antes de la visita, la violencia doméstica contra las mujeres era una conducta tácitamente aceptada por la costumbre y raramente perseguida. A partir de la gobernación de Mon y Velarde comenzó a serlo. Las denuncias se intensificaron desde 1780: en esa década las mujeres representaban el veintiuno por ciento de las víctimas de lesiones personales registradas, y la cifra ascendería al cuarenta y cinco por ciento en la época de la Independencia. El dato tiene doble filo. Por un lado, muestra un Estado que empieza a entrar en el espacio doméstico —hasta entonces reservado al arbitrio del padre y del marido— y a considerar delictivas conductas antes toleradas. Por otro, muestra el mismo Estado ampliando su capacidad de vigilancia sobre los cuerpos, sobre las sexualidades y sobre las alianzas de casta, en una lógica que era, indisociablemente, protectora y disciplinaria.
La densidad poblacional dispersa de Antioquia jugó a favor de esa vigilancia. En pueblos pequeños las conductas sexuales extramaritales eran más visibles y más fácilmente denunciadas ante las autoridades eclesiásticas y civiles, aunque no necesariamente más frecuentes que en las ciudades. La red parroquial que Mon y Velarde ampliaba con las nuevas fundaciones era, entre otras cosas, una red de observación. Cada cura nuevo era un ojo del Estado.
La red
Ninguna visita se ejecuta sola. Mon y Velarde operó dentro de una malla de personas, instituciones y expectativas que conviene nombrar. Por arriba, la Corona de Carlos III y su ministro José de Gálvez marcaban la orientación general del reformismo. La Audiencia de Santa Fe le delegaba las facultades y le exigía informes. El virrey arzobispo Antonio Caballero y Góngora, encargado de recomponer el país tras la Revolución Comunera de 1781, le respaldaba políticamente. La sombra fiscal del regente Gutiérrez de Piñeres —cuya matrícula de mazamorreros de 1780 había demostrado los límites del cobro sin consentimiento— era el ejemplo negativo que la visita tenía que corregir por vía de fomento y ordenamiento antes que por vía de recaudación pura.
Por abajo, en la provincia, contó con el gobernador Francisco Silvestre, con quien había trabajado en el ciclo colonizador previo de 1778-1782, y con el gobernador titular Cayetano Buelta Lorenzana durante la visita propiamente dicha. Con los cabildos de Medellín, Rionegro, Marinilla y Santa Fe de Antioquia negoció, presionó y en ocasiones sustituyó decisiones. Los curas párrocos, viejos y nuevos, fueron sus agentes de campo. Los vecinos que firmaron memoriales fundacionales —los de Sonsón en 1789 son el prototipo— aprendieron rápidamente el idioma administrativo que la visita imponía y lo usaron a su favor.
En el plano ideológico, la visita compartía atmósfera con la ilustración criolla que Mutis había ayudado a formar desde 1761 en Santa Fe: la convicción de que los territorios coloniales eran, ante todo, recursos por conocer y aprovechar racionalmente. Esa ilustración generaría en la generación siguiente —la de la Expedición Botánica ya en plena marcha, la de los criollos que aprendieron ciencia en las aulas del virreinato— una paradoja que Mon y Velarde no vio pero contribuyó a preparar: al formar intelectualmente a la élite criolla y darle instrumentos de administración y análisis, el reformismo borbónico entregaba también las herramientas con las que esa élite cuestionaría, veinte años más tarde, el orden colonial.
Huella
Mon y Velarde murió en 1791, tres años después de cerrar formalmente la visita y con solo unos cuarenta y cinco años. No vivió para ver los efectos de largo plazo de su obra, ni pudo defenderla contra las lecturas posteriores. Su huella se juega en tres planos.
El primero es el de las estructuras. Las parroquias fundadas o consolidadas durante y después de la visita —Sonsón entre ellas, sobre las tierras que Felipe Villegas había recibido entre el Aures y Arma— se convirtieron en cabezas de puente de la colonización antioqueña del siglo XIX, ese movimiento que la historiografía leería como la principal ruptura con el engranaje colonial y como la gran revolución económica del siglo, protagonizada por la misma generación que hizo la Independencia. La conexión entre la visita y la gran colonización no es una causalidad directa; hubo dos generaciones y una guerra de por medio, y los procesos demográficos y económicos que empujaron la colonización tenían raíces propias. Pero el marco jurídico y territorial dentro del cual esa colonización se ordenó —parroquias reconocidas, caminos abiertos, títulos formalizados, población matriculada— fue en buena medida el que Mon y Velarde ayudó a instalar.
El segundo plano es el de la memoria historiográfica. En 1918, Tulio Ospina publicó en el Repertorio Histórico el artículo que consagró la fórmula del "regenerador de Antioquia". La expresión respondía tanto al mérito objetivo de Mon y Velarde como a las necesidades identitarias de la élite antioqueña de comienzos del siglo XX, empeñada en fundar su modelo de progreso —comercio, empresa, colonización agraria, mentalidad frugal— en una genealogía histórica de larga duración. Autores como Everett Hagen, Max Weber en su recepción antioqueña, Luis Ospina Vásquez y James Parsons alimentaron, con distintos énfasis, la lectura de una mentalidad empresarial antioqueña orientada al comercio y a la colonización como desarrollo endógeno que no atacó la estructura de propiedad rural tradicional, sino que permitió a los colonos explotar tierras nuevas. En esa narrativa, Mon y Velarde ocupaba el lugar del precursor: el hombre que había abierto el cauce por el que corrió luego la energía del pueblo antioqueño. La operación historiográfica es transparente, y no la invalida: los mitos fundacionales suelen tener anclaje en hechos, aunque los sobredimensionen.
El tercer plano es el de las tensiones no resueltas. La visita fue, simultáneamente, un instrumento de fomento y un instrumento coercitivo. Fundó parroquias y persiguió amancebamientos. Racionalizó la administración y aplicó la Pragmática de Matrimonios con su carga racial. Abrió caminos y matriculó mazamorreros. Extendió la vigilancia del Estado sobre los cuerpos —los de las mujeres golpeadas, los de las parejas fuera del matrimonio, los de los blancos que se acostaban con esclavizadas— al mismo tiempo que expandía la base productiva de la provincia. Esas tensiones no se resolvieron con la muerte del visitador; se transmitieron a la generación siguiente. El descontento con la carga fiscal, el resentimiento contra el control racial de las alianzas matrimoniales, la conciencia de que la provincia estaba siendo administrada por peninsulares con mano dura, alimentaron —junto a mil otros factores— el clima que hacia 1810 haría posible que buena parte de la élite antioqueña se sumara a la causa independentista.
Queda la figura de un funcionario capaz y enérgico que llegó a una provincia en transformación autónoma y le impuso, con los poderes de la Corona, un marco institucional que aceleró y disciplinó esa transformación. Ni el arquitecto solitario de la Antioquia moderna que la historiografía tradicional dibujó, ni el simple burócrata ejecutor de órdenes que una lectura descartada podría sugerir. Mon y Velarde fue un agente borbónico en el momento en que el reformismo aún creía en su propia capacidad de rediseñar el orden colonial desde arriba, y una periferia minera y mestiza le ofreció el terreno más maleable —y más agradecido— sobre el que aplicar esa creencia. Que su nombre siga discutiéndose, más de dos siglos después, dice tanto de él como de la sociedad que ayudó a fijar en sus contornos duraderos.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
19 documentos · 26 fragmentos01Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · Página 2312 citas
[1]Valledupar. En Antioquia, dos funcionarios reales promovieron nuevas regiones de poblamiento: Francisco Silvestre, como gober- nador, y Mon y Velarde, como oidor, incentivaron nuevas colonizaciones entre 1778 y 1782. La Independencia y los procesos de colonización El proceso de Independencia trajo profundos cambios en…
p. 231
[2]Valledupar. En Antioquia, dos funcionarios reales promovieron nuevas regiones de poblamiento: Francisco Silvestre, como gober- nador, y Mon y Velarde, como oidor, incentivaron nuevas colonizaciones entre 1778 y 1782. La Independencia y los procesos de colonización El proceso de Independencia trajo profundos cambios en…
p. 231
02Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Página 3461 cita
[3]y la de los virreyes Eslava, escrita por el oidor Ber á s- tegui (1751), Sol í s (1760), Mess í a de la Zerda (1772), Guirior (1776), Caballero y G ó ngora (1789), Ezpeleta (1796), Mendinueta (1803), Montalvo (1818), se cuentan entre los m á s valiosos docu mentos que dej ó el gobierno colonial para el estudio de la…
p. 346
03Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Páginas 110, 1142 citas
[4]d a 1 1 3 conflictos intestinos. En el ám bito eclesiástico, los arzobispos y obispos chocaban frecuentem ente con las órdenes religiosas. Del lado civil, la A udiencia se desga rraba p o r la disensión interna; cada oidor veía a sus colegas com o rivales, y cada uno se ap o y ab a en su p ro p ia facción clientelar.…
p. 110
[10]pleitos y riquezas, descuidando ente ram ente la felicidad de los pueblos. Para conseguir la de este país, se deben componer con la m ayor perfección los dos caminos que de sus principales ciudades siguen al Este y llegan hasta el N are... Su fragosidad presente es obra de la inacción y del descuido. Los jefes de la…
p. 114
04Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 1781 cita
[5]sustitución de él y en cierta forma para llenar sus funciones, para el Nuevo Reino, bajo Carlos III se creó la institución de la Regencia. En la Real Orden del 25 de marzo de 1783, dirigida a la Audiencia de Quito, con motivo de la lle- gada del regente para ese territorio, se acompa- ñaba la Ordenanza de Intendentes…
p. 178
05Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · Páginas 81, 862 citas
[6]Biblioteca Aldeana de Colombia, tomo 55 (Bogotá, 1936). 87 Iíndicers t aeócouurpí oí Cólóvxrs 1810-1930 a exámenes críticos agudos. La idea tradicional no ha salido demasiado mal parada 59. En 1778 no alcanzaba a contar 50. 000 miembros —el 6 % del total—, pero aumentaba rápidamente y estaba abriendo con actividad…
p. 86
[16]y es la región ecuatorial que cierra el paso al mar por el occidente. En las crónicas de la Conquista, empero, hay muchos pasajes que dan otra idea, como este, de 82 Línd Odince Vrdsíta pero que desaparecieron con increíble rapidez al entrar en contacto con los conquistadores. Por un momento la selva volvió a cubrir…
p. 81
06La colonización antioqueña: una empresa de caminosEduardo Santa · 2016 · Páginas 51, 692 citas
[7]la vista del investigador a medida que se va inter- nando en el interesante mundo de los archivos locales. Un memorial dirigido al gobernador de la Provincia, con fecha de 27 de agosto de 1789, es muy elocuente y preciso sobre este particular. Dice así, en su parte pertinente: Nosotros, los suscritos vecinos de la…
p. 69
[24]otras palabras, esta colonización multitudinaria, de más de 100 mil hombres y mujeres, según cálculos aproximados que veremos más adelante, fue la principal ruptura de nuestro país con el en- granaje colonial que finiquitó con nuestra independencia de España. Fue, en síntesis, la gran revolución económica del siglo…
p. 51
07Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · Página 861 cita
[8]minas propiamente dichas, donde un empresario minero con capital suficiente para tener una cuadrilla de esclavos explotaba un territorio de su propiedad. Una o varias de ellas constituyeron los llamados reales de minas, unidades administrativas creadas por las autoridades espafiolas para ejercer el control de la…
p. 86
08Pensamientos políticos y memoria sobre la población del Nuevo Reino de GranadaPedro Fermín de Vargas · 2016 · Página 841 cita
[9]el Rey se dé a los introductores un doblón de a 4 pesos cada cabeza, por vía de premio. Dedicándose a la agricultura, des- pués se derogó este premio y se ha renovado la libre introducción. 85 Píndiceínrsd tsaóremsd o cícspei dslpí ai tslaimebn gía Nuíys Ríens gí Gpinigi les indemnizaban del trabajo. Muchas porciones…
p. 84
09Black Catholic Worlds: Religious Geographies of Eighteenth-Century Afro-ColombiaBethan Fisk · 2025 · Páginas 239, 2422 citas
[11]lives. 8 That these cases were from haciendas and small towns is significant. Steinar Saether found that the inhabitants of villages, as opposed to cities, were more likely to be married than city dwellers. Yet small-town folk were disproportionately represented in the reports of sins to the bishop during…
p. 239
[13]Rodríguez-Sáenz states that the Royal Pragmatic and laws like it aimed at strengthening parental influences over their children’s partners to avoid unequal and interracial marriages threatening elites. 20 By con - trast, Saether argues that this legislation was about the marriage of Luis Antonio de Borbón, rather than…
p. 242
10Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · Páginas 87, 2072 citas
[12]1780 y 1815 (29%) y un poco inferior al encontrado por el mis- mo autor en la zona del centro de México (33%) 21. Si se tie- ne en cuenta que estas cifras se refieren sólo a los casos de mujeres golpeadas, reportados en los juzgados, podemos asegurar que en Hispanoamérica, durante el período colo- nial, la mujer fue…
p. 87
[14]de los esclavos de obtener la libertad al contraer ma- trimonio con personas libres. Aunque en términos generales parecería que la Corona española habría dejado los asuntos matrimoniales en ma- nos de la Iglesia, excepción hecha de la patria potestad, a fines del siglo xvm el rey Carlos ni puso de presente el im-…
p. 207
11Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 741 cita
[15]o “ cuarterones ”, agrupadas en los censos co mo “ mestizos ”, “ castas ” o “ libres ”. En efecto, ya para 1778 casi la mi tad de la poblaci ó n del Nuevo Reino figuraba como mestiza, y mu chos de los que aparec í an como ind í genas, blancos o incluso esclavos eran mestizos. En el censo de ese a ñ o los indios fueron…
p. 74
12Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · Página 561 cita
[17]Kfiídficnerst Posiblemente la producción de oro fue entre la mitad y un tercio mayor de la acuñada (Sharp, 1976) ya que así se eva- día el impuesto del quinto — 20 % del producto— y se financiaba el contrabando, que por esa misma razón sería reducido progresivamente hasta alcanzar un 3 % del valor de la producción…
p. 56
13La colonización antioqueña en el occidente de ColombiaJames J. Parsons · 1997 · Página 541 cita
[18]desarrolló una clase importante de comerciantes al lado de la clase noble. Los indios transportaban la mayor parte de la carga de importación hasta el Peñol o Marinilla, de donde era acarreada por caminos de herradura a Antioquia y Medellín. El camino para Popayán pasaba por Rionegro, pero no por Marinilla. Como…
p. 54
14Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 851 cita
[19]E 329 Sin embargo, las reformas no sólo tuvieron ese carácter, sino que también pretendieron solucionar los problemas de una sociedad que, como la neogranadina, acusó grandes cambios en el siglo XVII, cuando la población creció rápida- mente, el elemento mestizo pasó a ser el grupo mayoritario de la po- blación, se…
p. 85
15Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · Página 282 citas
[20]que uno de los principales ilustrados españoles fue José Celestino Mutis, sacerdote y botánico autodidacta que se había instalado en 1761 en la Nueva Granada. A su alrededor se inició la formación de una nueva imagen de nuestro territorio, la de un espacio enormemente rico en recursos naturales que podrían ser…
p. 28
[21]de los principales ilustrados españoles fue José Celestino Mutis, sacerdote y botánico autodidacta que se había instalado en 1761 en la Nueva Granada. A su alrededor se inició la formación de una nueva imagen de nuestro territorio, la de un espacio enormemente rico en recursos naturales que podrían ser utilizados…
p. 28
16Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · Página 531 cita
[22]las relaciones comerciales de sus colonias. La población nativa de Colombia probablemente nunca había gozado de mejores condiciones que las existentes al finalizar la prime- ra mitad del periodo borbónico, pues su población iba en aumento y todos los viajeros de la época dan cuenta de su nivel de vida modesto pero…
p. 53
17¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 481 cita
[23]en las que se representó la flora de la Nueva Granada. Pero, ya se dijo, además de estimular la formación intelectual de los criollos, los monarcas españoles también deseaban forta lecer su autoridad sobre sus reinos en América, de ahí el apodo de "déspotas ilustrados" con el que se conocería posteriormente a estos…
p. 48
18Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · Página 3091 cita
[25]Después de la primera fase de la colonización siguió un proceso autogenerado, consistente en que la parcela primeramente desmontada servía por un tiempo para albergar y dar trabajo a la familia, pero luego, al crecer esta, se tornaba insuficiente y algunos hijos se marchaban cada vez más hacia el sur a constituir su…
p. 309
19La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 1311 cita
[26]la presión refor- mista del grupo de comerciantes medellinenses establecidos en compañías colonizadoras y constructoras de caminos, como los que en 1835 eran dueños del extenso territorio de Caramanta (J. Parsons, 1949, pp. 85-95). A estos comer- ciantes, empr e sarios y contratistas les interesaba el fomento de…
p. 131