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Hecho histórico · Pre-independencia · 1780–1809

Contrabando atlántico como infraestructura del Caribe neogranadino tardocolonial

Entre 1770 y 1810, el litoral caribeño de la Nueva Granada funcionó con una economía doble: el monopolio español formal y una densa red de comercio ilícito con Jamaica, Curazao y los puertos norteamericanos que sostenía materialmente las provincias de Cartagena, Santa Marta y Riohacha. Esa infraestructura ilegal, tejida por wayúu, libres de color, mazamorreros, comerciantes criollos y funcionarios reales, resultó más resistente a las reformas borbónicas de lo que sus arquitectos pudieron imaginar.

Contrabando atlántico como infraestructura del Caribe neogranadino tardocolonial
1770–1810
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
1770–1810
Dónde
Riohacha, La Guajira, Nueva Granada, Valledupar, Cartagena de Indias, Santa Marta, Río Magdalena, Jamaica, Curazao, Filadelfia, Baltimore, Sabanilla
Protagonistas
Wayúu (pueblo indígena de La Guajira), Población libre de color del litoral (marineros, bogas, muleros, pescadores, buhoneros), Mazamorreros (prospectores independientes de oro), José Ignacio de Pombo (comerciante criollo y memorialista del Consulado de Cartagena), Antonio de Narváez y la Torre (gobernador de Santa Marta), Antonio Caballero y Góngora (arzobispo virrey que autorizó comercio con Filadelfia), Josef de Ezpeleta (virrey que constató el contrabando en sus informes), Comerciantes y funcionarios reales de Cartagena (partícipes del circuito ilícito), Marineros británicos (introductores de manufacturas ilegales), Capitanes holandeses de Curazao
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. Incapacidad estructural del monopolio español para abastecer regularmente los puertos del litoral neogranadino, especialmente Santa Marta y Riohacha, donde los barcos españoles casi nunca atracaban.
  2. Precios no competitivos de las manufacturas hispanas frente a los rivales europeos instalados en el Caribe desde mediados del siglo XVII, que hacían del contrabando la opción económicamente racional.
  3. Asimetría fiscal que gravaba a los mazamorreros con el quinto real más un impuesto fijo de cuatro pesos anuales del que los dueños de minas estaban exentos, empujándolos a vender oro por canales ilegales.
  4. Exigencia de los comerciantes españoles de recibir oro como pago por bienes importados, lo que impedía la exportación legal de productos agropecuarios costeños y orientaba a los productores hacia el circuito ilícito.
  5. Complicidad sistemática de funcionarios coloniales —incluso en el propio puerto de Cartagena— que participaban del comercio ilegal o aceptaban sobornos de naciones extranjeras, desarticulando los mecanismos de control.
  6. Control territorial wayúu sobre la península de La Guajira, que creó una zona franca de facto impenetrable para las armas españolas y consolidó un nodo de intercambio con potencias europeas.
  7. Apertura de brechas legales en el monopolio mediante tratados internacionales (Utrecht, 1713; San Lorenzo, 1795) y asientos negreros que sirvieron sistemáticamente para disimular la introducción de mercancías ilícitas.
1770–1810Contrabando atlántico como infraestructura del Caribe neogranadino tardocolonial

Consecuencias

  1. Consolidación de una economía paralela que sostuvo materialmente las provincias costeras de Cartagena, Santa Marta y Riohacha, haciendo del contrabando la infraestructura real del Caribe neogranadino durante cuatro décadas previas a la independencia.
  2. Formación de redes sociales transversales —que articulaban élites criollas, funcionarios reales, wayúu, libres de color y mazamorreros— cuya lógica de operación era independiente del Estado borbónico y sobrevivió a sus reformas.
  3. Distorsión de la balanza comercial oficial del virreinato: el contrabando de oro superó en aproximadamente 1,2 millones de pesos los estimados oficiales, lo que significa que la economía real era significativamente mayor y más integrada al Atlántico de lo que registraban las cifras de la Corona.
  4. Fracaso práctico de las reformas borbónicas en el litoral: pese a los esfuerzos de virreyes como Caballero y Góngora y Ezpeleta, el ecosistema ilícito llevaba más de un siglo autoorganizándose y resultó imposible de desarticular.
  5. Establecimiento de patrones de informalidad económica y de resistencia a la fiscalidad estatal de larga duración, que sobrevivirían a la Corona y reaparecerían en distintas formas a lo largo de la historia republicana de la región Caribe.
  6. Integración atlántica real de la Nueva Granada a través de circuitos ilegales con Jamaica, Curazao, Filadelfia y Baltimore, anticipando vínculos comerciales que el Estado independiente tardaría décadas en formalizar.
03

La clave interpretativa

Por qué importa

El contrabando atlántico tardocolonial revela que la economía real del Caribe neogranadino era opuesta al monopolio que la Corona pretendía administrar: sin los circuitos ilícitos, las provincias de Santa Marta y Riohacha no se habrían abastecido, los mazamorreros no habrían tenido mercado para su oro y los propios funcionarios reales no habrían complementado sus salarios. Entender este fenómeno desmonta la ilusión de un orden colonial coherente y muestra, en cambio, un sistema que solo funcionaba porque sus propios agentes lo desobedecían sistemáticamente. Los patrones de informalidad, evasión fiscal y articulación de economías subalternas con mercados atlánticos que este período inaugura tienen una continuidad de larga duración en la historia del Caribe colombiano que ningún análisis del período independentista puede ignorar.
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Desarrollo histórico

La historia completa

Contrabando atlántico como infraestructura del Caribe neogranadino tardocolonial

Entre 1770 y 1810, el litoral caribeño de la Nueva Granada funcionaba con una economía doble. La visible era la del monopolio: galeones que llegaban tarde o no llegaban, aranceles, la Casa de Contratación en Sevilla, el Consulado de Cartagena, el quinto real sobre el oro. La otra, la que sostenía materialmente las provincias de Cartagena, Santa Marta y Riohacha, era una red densa de comercio ilícito con Jamaica, Curazao, Filadelfia y Baltimore, tejida por marineros británicos, capitanes holandeses, indios wayúu, libres de color, mazamorreros, comerciantes criollos y funcionarios reales. Esa economía paralela hacía posible, en la práctica, al sistema colonial. Sin ella, las provincias del litoral no se habrían abastecido, los productos locales no habrían encontrado salida y los propios oficiales de la Corona no habrían complementado sus magros salarios. El contrabando atlántico de las cuatro décadas anteriores a la independencia fue la infraestructura material del Caribe neogranadino, más resistente a las reformas borbónicas de lo que sus arquitectos —Gálvez, Ezpeleta, Caballero y Góngora— pudieron imaginar, y precursor de patrones de informalidad que sobrevivirían a la Corona.

El monopolio como ficción operativa

El armazón que el contrabando desbordó había nacido tres siglos antes, con la decisión de los Reyes Católicos de concentrar en Sevilla el privilegio de entender en las cosas de la navegación transatlántica. La medida reflejaba hasta dónde consideraban suyo el descubrimiento del Nuevo Mundo, y aunque otras ciudades castellanas se resintieron, sus reclamos no fueron eficaces durante largos años. La Casa de Contratación, brazo institucional de aquel privilegio, sirvió al monopolio sevillano incluso cuando Cádiz ofrecía condiciones portuarias superiores.

La ficción del monopolio empezó a agrietarse en la propia metrópoli. Desde comienzos del siglo XVII, el comercio lícito de Sevilla estaba dominado por capitales franceses, genoveses y de otras naciones: el sello español ocultaba mercancías y financiamiento extranjeros. Cuando en 1713 el Tratado de Utrecht cerró la Guerra de Sucesión española, abrió también una brecha mayor: los ingleses obtuvieron el asiento de la trata negrera y el derecho a acompañar los buques de esclavos con un navío anual de abastecimientos, franquicia que convirtieron sistemáticamente en instrumento de contrabando. Los asientos otorgados sucesivamente a portugueses, franceses e ingleses cumplieron todos, en la práctica, la misma doble función: introducir esclavos y disimular mercancías ilícitas.

A esa erosión externa se sumó la incapacidad estructural del sistema para abastecer las colonias. Las flotas españolas hacia América disminuyeron a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII; los precios de los bienes hispanos no podían competir con los de los rivales europeos que se instalaron en el Caribe entre 1640 y 1660. En momentos de guerra, sobre todo durante la Guerra de Sucesión, las flotas se hicieron tan irregulares que el contrabando ocupó por completo el vacío, y lo hizo como vía principal de abastecimiento colonial. Cuando en el último tercio del siglo XVIII la Corona borbónica emprendió sus reformas, el comercio ilícito llevaba ya generaciones de operación sostenida, con rutas, agentes, precios y complicidades consolidados. Lo que se pretendía disciplinar no era una desviación reciente: era un ecosistema que llevaba más de un siglo autoorganizándose.

Geografía diferencial del contrabando en el litoral

El contrabando del Caribe neogranadino no fue una red uniforme. Tuvo epicentros, periferias y jerarquías propias, y su composición social variaba con el puerto.

Cartagena de Indias era el nudo mayor. Recibía barcos españoles, albergaba al Consulado y concentraba la burocracia colonial. Sus propios funcionarios de control, sin embargo, se desplazaban a las costas de los alrededores para practicar el comercio ilegal, incluso cuando la Corona había autorizado ferias legales a la llegada de los galeones. Comerciantes y agentes de la Corona participaban del mismo circuito. La paradoja cartagenera era que la ciudad legal más importante del virreinato en el litoral funcionaba, en simultáneo, como la mayor plaza de contrabando: los mismos hombres que representaban al Rey en el puerto tenían intereses privados en el comercio que se les mandaba reprimir. Los comerciantes españoles que llegaban con la flota exigían oro como pago por los bienes importados, lo que dificultaba la exportación legal de productos agropecuarios y empujaba a los agentes locales hacia las islas del Caribe.

Riohacha y Santa Marta operaban en otra escala. El volumen del contrabando allí era mucho menor que en la provincia de Cartagena, pero su peso relativo dentro de la economía local era mayor: sustituía por completo a un comercio legal que nunca llegó a robustecerse. Las naves españolas casi nunca atracaban en sus puertos, y los comerciantes cartageneros se mostraban reacios a llevarles bienes legales. Santa Marta y Riohacha no podían dar salida hispana a sus cueros y ganado, ni a los tintes, algodones y cacaos de sus valles interiores; a sus habitantes no les quedaba otra alternativa que comerciar con británicos, holandeses y franceses. Antonio de Narváez y la Torre, gobernador de Santa Marta, y voces virreinales como la del propio Josef de Ezpeleta lo constataron en sus informes: el contrabando no era en esas provincias un vicio, era el único comercio existente.

Riohacha ilustra la lógica al extremo. Su suelo arenoso era inadecuado para la agricultura; su población dependía de los wayúu y de Valledupar para el abastecimiento alimentario; su economía se sostenía sobre el intercambio con las islas del Caribe. En la década de 1780, aproximadamente dos de cada tres residentes de la ciudad eran libres de color —marineros, bogas, pescadores, muleros, artesanos, buhoneros, vendedores de mercado—, y buena parte de esa población estaba vinculada al comercio ilegal. Riohacha era, en un sentido literal, una ciudad de contrabando: sin él no se explicaban ni su alimentación ni su empleo ni su tejido social.

Los puntos de la península de La Guajira, junto a la propia Riohacha, funcionaban como plataformas de intercambio con Curazao holandesa y Jamaica británica. Las rutas terrestres y fluviales por los ríos Cesar y Ranchería articulaban la costa con el interior samariol y con Valledupar, integrando la sierra y el llano guajiro a la economía ilícita atlántica.

Wayúu, libres de color y mazamorreros: agencias subalternas del circuito

La historiografía tradicional imaginó el contrabando como negocio de comerciantes criollos con complicidad de funcionarios. La imagen es incompleta. Los circuitos ilícitos se sostuvieron sobre agencias subalternas con lógica y racionalidad propias, y no meramente auxiliares.

Los wayúu de La Guajira son el caso más nítido. Participaron como actores comerciales conscientes del valor económico de sus playas, capaces de negociar con ingleses, franceses, holandeses y, más tarde, estadounidenses. Su territorio funcionaba como zona franca de facto porque las armas españolas no lograron reducirlos; su ganado tenía valor reconocido en los intercambios; los productos transados variaban con el tiempo y con los intereses de las potencias visitantes, en un mercado dinámico. Las mujeres wayúu cumplían papeles económicos específicos: propietarias de establecimientos de venta de comida, víveres y licores, dueñas de vehículos de transporte, arrendadoras de espacios para almacenamiento de mercancía. La península no era una periferia integrada por comerciantes de Riohacha; eran los comerciantes de Riohacha, y los propios agentes europeos, quienes debían negociar con una autoridad indígena que controlaba costa y ranchería. Cuando un capitán inglés fondeaba frente a Bahía Honda o Portete, la operación empezaba con un cálculo político: quién era el jefe de la ranchería, qué precios había fijado, qué disputas internas había que rodear.

La población libre de color del litoral —marineros, bogas del Magdalena, muleros, pescadores, buhoneros— constituía el tejido operativo del contrabando. Sus oficios movían físicamente las mercancías: quien remaba un bongo por el río, quien conducía una recua por la sabana, quien pescaba y a la vez transportaba tela inglesa, era el mismo hombre. La economía marítima y fluvial del Caribe neogranadino se sostenía sobre ese trabajo, y no había forma técnica de separar en él la porción lícita de la ilícita: el mismo boga que llevaba tabaco declarado remontaba, en el viaje siguiente, herramientas de contrabando. La categoría misma de contrabando presuponía una nitidez administrativa que la práctica cotidiana desmentía a cada remada.

Los mazamorreros —prospectores independientes que lavaban oro en los ríos Sinú, San Jorge y Cauca y sus afluentes— son el tercer nodo subalterno, y quizá el más revelador de la lógica del sistema. La Corona los gravaba con el quinto real, igual que a los dueños de minas, pero les imponía además un impuesto fijo anual de cuatro pesos del que los propietarios estaban exentos. El comerciante criollo José Ignacio de Pombo, en sus memoriales al Consulado de Cartagena, denunció esa asimetría como injusticia manifiesta: penalizaba precisamente al productor pequeño, individual y disperso, mientras aliviaba al gran minero. La respuesta racional de los mazamorreros fue previsible: vender el polvo de oro por dinero en efectivo o por mercancía de contrabando a pequeños intermediarios, que a su vez lo revendían a mineros y comerciantes involucrados en el comercio ilícito. El aislamiento geográfico de las zonas de placer y la escasa presencia estatal hacían del riesgo algo mínimo. Los cálculos disponibles para el Chocó sugieren que la producción aurífera no declarada oscilaba entre la mitad y un tercio adicional sobre la producción acuñada oficialmente. Sin esos flujos evadidos, los circuitos ilícitos no habrían tenido con qué pagar las mercancías extranjeras: el oro sustraído al quinto financiaba la tela de Manchester y las armas de Birmingham.

Jamaica, Curazao, Filadelfia: las bases del sistema

Del otro lado del intercambio operaban tres plataformas atlánticas. Kingston, en la Jamaica británica, era el origen principal de la mercancía inglesa que entraba por Santa Marta, Riohacha y las costas cartageneras: telas, herramientas, armas y ocasionalmente esclavos, introducidos por marineros británicos que aprovechaban la fragilidad naval española. Willemstad, en Curazao holandesa, cumplía función análoga para el circuito neerlandés, con la ventaja de una vecindad geográfica más inmediata al litoral neogranadino. Las provincias de Santa Marta y Riohacha comerciaban con británicos, holandeses y franceses simultáneamente, ajustando sus contactos según la coyuntura bélica europea. Una guerra en Europa reordenaba en semanas las lealtades comerciales del Caribe: cuando Inglaterra bloqueaba, Curazao subía; cuando Francia amenazaba, aparecían intermediarios daneses o hanseáticos.

Filadelfia y Baltimore, en la joven república norteamericana, se incorporaron como tercera plataforma en el último tercio del siglo XVIII. Existió un comercio directo entre puertos neogranadinos y Filadelfia, realizado en embarcaciones españolas, permitido por la Corona antes de 1789 mediante autorización del arzobispo virrey Antonio Caballero y Góngora. La lógica era pragmática: reconocer legalmente circuitos que operaban de facto y captar por vía fiscal parte del comercio que de todos modos ocurriría.

El permiso expiró con la llegada del virrey Francisco Gil de Taboada y Lemos en 1789. La sucesión inmediata muestra la ambigüedad borbónica: la Corona permitió entonces el envío de harinas desde Cádiz, que en realidad eran harinas inglesas de Norteamérica reexportadas desde ese puerto. La medida resultó más perjudicial para la Nueva Granada que el comercio directo previo: los fletes pasaron a beneficiar a transportistas norteamericanos desde sus puertos hasta Cádiz, en lugar de a embarcaciones españolas. El monopolio se protegía en la forma y se rendía en la sustancia.

Sabanilla, en la boca del Magdalena, y la propia Cartagena aparecen en documentos de la época como destinos potenciales para vender frutas y otros productos locales a buques extranjeros; en el río Magdalena empezaban a operar traficantes que recorrían sus orillas vendiendo artículos extranjeros y comprando productos de exportación. Ese comercio fluvial estaba aún en sus inicios, pero anunciaba la formación de una arteria interior que conectaría el litoral con el altiplano por vías inextricables del contrabando y del comercio legal.

Mercancías, oro y balanza real

El intercambio tenía una estructura material precisa. Del norte entraban manufacturas —telas, herramientas metálicas, armas de fuego, ocasionalmente esclavos— y, en el circuito norteamericano, harinas. Del litoral neogranadino salían cueros y ganado en pie, mulas serranas, palos de tinte, algodón, añil, cacao y, sobre todo, oro.

El oro era el pivote. Los comerciantes españoles que llegaban a Cartagena preferían el metal a los productos agropecuarios locales, lo que reducía el poder de compra de los cosecheros y ganaderos costeños y los orillaba a buscar salida por el circuito ilícito. En la balanza global del virreinato, el oro y la plata tenían preponderancia notable en las exportaciones: para inicios del siglo XIX, las mejores estimaciones disponibles situaban las exportaciones de metales preciosos entre 1,35 y 2 millones de pesos sobre un total exportado entre 2,5 y 3,5 millones. Las cifras variaban según la fuente y los territorios incluidos, pero el peso relativo del oro era inequívoco.

El punto crítico es que las cifras oficiales dejaban fuera una porción sustancial del oro efectivamente exportado. Si el contrabando de oro superó en 1,2 millones de pesos los estimados oficiales —hipótesis compatible con lo que la evasión del quinto sugería—, las exportaciones totales del virreinato habrían ascendido a 6,2 millones de pesos, y la balanza comercial, que oficialmente aparecía como deficitaria, se convertiría en un superávit de 0,5 millones. La Nueva Granada no importaba más de lo que exportaba, como decían las cuentas del fisco; exportaba en gran medida por fuera del fisco. La aparente enfermedad estructural del comercio colonial —el déficit crónico— era, en buena parte, una ilusión estadística producida por la propia extensión del contrabando.

Sobre la magnitud agregada, las estimaciones más citadas situaron la producción total de oro de la Nueva Granada durante el siglo XVIII en unos 205 millones de pesos, cifra que ha servido de base para calcular, con cautela, las remesas efectivas a la metrópoli y la porción sustraída al control fiscal.

Corrupción como sistema, no como accidente

La complicidad de los funcionarios reales fue estructural. El propio virrey Pedro Mendinueta señaló los bajos salarios de los funcionarios menores —corregidores, recaudadores, escribanos— como propiciatorios del abuso de autoridad y la corrupción. Los alcaldes ordinarios que manejaban la Hacienda en lugares retirados, al ejercer el cargo por un año sin sueldo y entre sus compatriotas, tendían a incurrir en fraude de los derechos reales. La venalidad de los cargos de Hacienda, introducida en 1576, había rebajado el prestigio de los oficiales reales y normalizado la confusión entre intereses privados y control de la Real Hacienda.

A ello se añadía la lentitud de la maquinaria burocrática, tan pesada que un funcionario podía continuar aspirando a puestos y privilegios sin que se resolviera ninguna conclusión sobre sus faltas previas. La impunidad era estructural, no episódica. Y los funcionarios de los puertos caribeños eran sistemáticamente sobornados por naciones extranjeras para permitir la venta de mercancías de contrabando.

El resultado era un sistema en el que el contrabando había dejado de ser transgresión para volverse rutina compartida: se sabía, se aceptaba, se toleraba, se practicaba. El Estado colonial no fracasaba en reprimirlo por incompetencia técnica; fracasaba porque sus propios agentes eran nodos del sistema que debían combatir. Reprimirlo con eficacia habría requerido reformar simultáneamente la estructura salarial, la venalidad de los cargos, la lentitud judicial y la asimetría fiscal entre pequeños y grandes productores. Ninguna de esas condiciones estaba dada.

Las reformas borbónicas frente a la economía real

Contra ese entramado, la Corona borbónica intentó desde 1770 una serie de medidas que pretendían simultáneamente liberalizar el comercio legal y disciplinar el ilegal.

El Reglamento de Comercio Libre, promulgado por Carlos III en 1778, fue la pieza central. La rebaja general de aranceles de 1776 y el propio Reglamento produjeron resultados agregados espectaculares: el comercio entre España y América se cuadruplicó en el período 1778-1788. El diagnóstico borbónico era correcto en su punto de partida: el contrabando prosperaba porque el comercio legal era caro, escaso e irregular; abaratando y regularizando el comercio legal, se drenaría la clientela del ilícito.

Simultáneamente, las reformas restringieron el tráfico de contrabando y el comercio intercolonial, actividades en las que se habían venido enriqueciendo importantes grupos criollos de comerciantes. Y la Corona ajustó sus incentivos fiscales sobre la producción aurífera: el quinto real fue reducido hasta alcanzar un 3% del valor de la producción en 1777, reconocimiento tácito de que la carga fiscal alimentaba la evasión y de que un tributo más bajo, mejor recaudado, era preferible a un tributo alto mayoritariamente burlado.

El diseño se completó con una política de excepciones. España autorizó en distintas épocas el comercio con colonias extranjeras, incluso fuera de períodos de guerra. Lo hizo mediante la real orden del 15 de octubre de 1781, y luego con las del 18 de noviembre de 1797 y del 20 de abril de 1799. A esas disposiciones se sumaron instrucciones específicas de funcionarios como el marqués de Sonora en 1787. El permiso del arzobispo virrey Caballero y Góngora al comercio directo con Filadelfia respondía a la misma flexibilización pragmática. El Tratado de San Lorenzo, firmado con Estados Unidos en 1795, fue otro ejemplo de las obligaciones contraídas en tratados públicos que erosionaron el exclusivismo comercial español.

Los efectos fueron ambivalentes. Las reformas capturaron para el fisco parte de flujos antes ilícitos y ampliaron el volumen legal del comercio, pero también generaron resistencia. Las medidas fiscales que acompañaron la reorganización borbónica —el estanco del tabaco, el aumento de las alcabalas— coincidieron cronológicamente con la Rebelión de los Comuneros de 1781, y las restricciones al comercio intercolonial afectaron directamente a los grupos criollos que se habían enriquecido en los circuitos ilícitos. Las reformas capturaron flujos para el fisco y, al hacerlo, produjeron perdedores identificables entre las élites criollas del litoral.

Sobre el contrabando propiamente, las reformas fracasaron en su objetivo declarado. Los circuitos con Jamaica, Curazao y Estados Unidos siguieron operando durante toda la década de 1790 y hasta 1810, con altibajos ligados a las guerras europeas y a los sucesivos permisos y suspensiones. La razón del fracaso es la que la propia lógica del sistema hacía evidente: las reformas atacaron los incentivos fiscales y arancelarios sin resolver las condiciones materiales que habían generado el contrabando —la incapacidad estructural del sistema español para abastecer regularmente los puertos, la asimetría fiscal sobre los pequeños productores de oro, los bajos salarios de los funcionarios y la venalidad de los cargos—. Se podía reducir el margen del contrabando; suprimirlo requería reformar el conjunto del edificio colonial. Y ese edificio, en 1808, se derrumbó antes por causas napoleónicas que por la mano del reformador.

Voces desde adentro: Pombo, Narváez, Medina Galindo

El diagnóstico circulaba en los memoriales de los reformistas ilustrados neogranadinos, pero no como coro homogéneo. José Ignacio de Pombo, comerciante criollo y figura central del Consulado de Cartagena, escribía desde el ángulo del capital comercial que quería legalizarse. Su denuncia de la asimetría del impuesto sobre los mazamorreros no era filantropía: era el reclamo de un actor que entendía que el pequeño productor de oro, empujado a la evasión por un fisco desigual, terminaba surtiendo a los intermediarios del contrabando y no al circuito legal en el que Pombo quería operar. Su propuesta era racional: igualar la carga hacia abajo, no hacia arriba, para retener en la contabilidad legal un flujo que ya existía.

Antonio de Narváez y la Torre, desde el gobierno de Santa Marta, escribía desde otro lugar: el del administrador provincial que constataba, cada semana, que las naves españolas no llegaban y que sin el comercio con Kingston y Willemstad su jurisdicción se despoblaba. Su informe no argumenta a favor del contrabando; argumenta que la Corona ha renunciado en la práctica a abastecer sus propias provincias, y que castigar el único intercambio disponible equivale a castigar la existencia misma del litoral. Josef de Ezpeleta, desde el virreinato, ratificó ese diagnóstico con la autoridad del cargo más alto: cuando el virrey admite que hay provincias sin más comercio que el ilícito, la ficción del monopolio queda declarada, desde su propia cúspide, insostenible.

José Medina Galindo y Manuel Trinidad Noriega, en los debates locales sobre la reforma del comercio en la Costa Atlántica, aportaban la perspectiva de los actores intermedios: la de quienes conocían los mecanismos concretos —qué se cargaba, dónde se fondeaba, con qué corresponsales se giraba en Kingston o Filadelfia— y podían traducir esa experiencia en propuestas administrativas. Con esa misma vocación pragmática se sugería establecer relaciones comerciales directas con Nueva Orleans, más cercana en tiempo de navegación que Nueva York o Filadelfia —dos o tres días menos por vapor para el comercio con México, América Central y América del Sur—.

Lo que estas voces comparten, más allá de sus posiciones, es una operación intelectual común: traducir en política pública una experiencia local que la metrópoli desconocía o fingía desconocer. Conocían el contrabando desde dentro, con frecuencia lo habían practicado o se habían beneficiado indirectamente de él, y sus propuestas apuntaban menos a suprimirlo que a incorporarlo bajo formas legales que retuvieran para la Nueva Granada las utilidades que ahora escapaban por la vía ilícita. Pensaban el Caribe como espacio de intercambio abierto, no como periferia sellada del monopolio.

Esa élite comercial e ilustrada llegaría a 1810 con una ambivalencia decisiva. Había sido beneficiaria del comercio intercolonial e ilícito; había sido perturbada por las restricciones borbónicas; había proyectado, en su imaginación económica, un Caribe integrado a los mercados del Atlántico norte por fuera de las coartadas de Sevilla y Cádiz. La independencia les ofrecería, en principio, la posibilidad de legalizar por vía política lo que ya operaba por vía material.

Bandas, violencia y persistencias de larga duración

Lo que aquí se dibuja no termina con la Corona. La estructura que se consolidó entre 1770 y 1810 sobrevivió a la independencia como matriz de la vida económica caribeña colombiana: los circuitos que unían la costa neogranadina con Jamaica, Curazao y los puertos norteamericanos cambiaron de bandera, pero no de trazado. La Guajira, en particular, mantuvo su condición de espacio de contrabando estructural durante buena parte del siglo XIX y del XX, y desde los años sesenta del siglo pasado empezaron a conformarse allí bandas vinculadas al contrabando y al tráfico de drogas y armas, con violencia asociada documentada, que retomaron el mapa físico y buena parte de la lógica de los circuitos coloniales tardíos.

No hay continuidad literal —los productos, los actores, las escalas cambiaron— pero sí continuidad estructural: la misma geografía costera con puertos oficiales débiles y ensenadas abiertas, la misma soberanía indígena efectiva sobre parte del territorio, los mismos incentivos para que oficiales mal pagados toleren o participen, los mismos mercados atlánticos exteriores. Lo que se instaló en el tardocolonial fue una matriz que la república heredó sin desmontar. El bongo cargado de tela inglesa de 1795 y la lancha rápida cargada de marihuana de 1975 comparten más geografía y más lógica de las que la historia oficial ha querido admitir.

Por qué importa

La historia económica de Colombia se ha escrito con frecuencia desde el comercio legal, desde las instituciones formales, desde los flujos que las aduanas registraron. El contrabando atlántico del Caribe neogranadino tardocolonial obliga a mirar por otro lado.

La economía real del virreinato no era la que aparecía en las cuentas oficiales. Una parte sustancial de las exportaciones —muy en particular el oro— salía por fuera del fisco, y una parte sustancial de las importaciones entraba también por circuitos no registrados. Cuando los ilustrados calcularon una balanza comercial deficitaria, estaban midiendo la parte legal de una economía cuyo grueso operaba en la sombra. Reconstruir la Nueva Granada solo desde sus cifras oficiales es reconstruir su fachada, no su edificio. Y el edificio, examinado por dentro, tenía otra planta: mineros anónimos del Cauca, wayúu de la alta Guajira, bogas del Magdalena, comerciantes criollos de Cartagena y funcionarios reales en Riohacha compartían una misma red material, con lógicas de participación distintas y complementarias. Esa red no era armoniosa —los wayúu operaban con una autonomía política que las élites criollas nunca reconocieron plenamente; los mazamorreros vendían a precios de intermediario, no de mercado abierto; los libres de color aportaban trabajo sin acceder a las utilidades del capital—, pero fue lo bastante densa para que las reformas borbónicas no la disolvieran.

Cuando la crisis de 1808-1810 quebró la legitimidad de la monarquía española, la élite comercial del Caribe neogranadino tenía ya, por su experiencia con los circuitos ilícitos y por su imaginación económica ilustrada, las coordenadas mentales para pensar un orden distinto: puertos abiertos al Atlántico norte, comercio directo con Kingston, Willemstad y Filadelfia, salida legal para el oro y los cueros, entrada regular de manufacturas. La independencia política del Caribe colombiano no fue solo un movimiento constitucional; fue también la reivindicación de una economía que llevaba cuatro décadas operando por fuera del monopolio. Y lo que la larga duración muestra, hasta las lanchas guajiras del siglo XX, es que esa economía no dependía de la bandera que ondeara en Cartagena para seguir existiendo: sus rutas, sus corresponsales, sus complicidades y su geografía tenían una vida propia que las banderas apenas rozaban.

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La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

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Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

22 documentos · 30 fragmentos
01Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 801 cita
[1]n fue fabuloso: 10 millones de pesos y como Pointis no lo reparti ó a los piratas, é stos volvieron y saquea ron otra vez la ciudad. 84 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA En el siglo xvm las relaciones con Inglaterra alternaron periodos de paz y contrabando con periodos de guerra, ataques militares y m á s contrabando.…p. 80
02Pensamientos políticos y memoria sobre la población del Nuevo Reino de GranadaPedro Fermín de Vargas · 2016 · p. 57, 2052 citas
[2]continentes. Con el objeto de mantener desde un principio la ri - gidez del monopolio de que venimos hablando, los Reyes dispusieron que solamente una de las ciudades de Castilla entendiese en las cosas de la navegación transatlántica. Correspondió ese privilegio a Sevilla, por ser la más impor- tante de las ciudades…p. 205
[26]extranjeras en Cartagena y demás puertos. El permiso que había concedido el Excelentísimo señor Arzobispo Virrey expiró con la venida del Excelentísimo señor Gil en el año de 1789; sin embargo de esta providencia tan útil al Reino, ha recibido muy poca utilidad por haber permitido la Corte los envíos de harinas desde…p. 57
03Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 97, 1182 citas
[3]ad a m e n te las necesidades de bienes im p o rtad o s ni com petía con los precios d e sus rivales europeos, que habían establecido sus bases en el C aribe en tre 1640 y 1660. Por consiguiente, el co n trab an d o fue d esp laz an d o cada vez m ás el com ercio legítim o, hecho q u e se reflejó en la dism inución de…p. 97
[7]puerto en barcos españoles. O tra cuestión conflictiva fue desarrollar exportaciones neogranadinas d is tintas del oro, es decir, de p roductos agrícolas y forestales. Ya desde la década de los años 1760 los virreyes de la N ueva G ranada habían com enzado a hacer énfasis en este tem a. El virrey Pedro M essia de la Z…p. 118
04Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 2611 cita
[4]las ú nicas en abas tecer de ropas de Castilla a los mercaderes de la carrera. Pues lo de ropas de Castilla no pasaba de ser un eufemismo para designar cual quier mercanc í a de procedencia europea. No s ó lo el comercio l í cito estaba dominado en la fuente, misma de su monopolio, Sevilla, por MANUAL DE HISTORIA I…p. 261
05La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · p. 341 cita
[5]de sentir y cosmovisiones. Eran, en otras palabras, una verdadera influencia cultural que, por encima de las obsesiones racistas de superioridad, lograban que aspectos claves de la cultura afro penetraran en las emociones de los miembros de las élites. Cuentan también sobre el comercio de los galeones y el…p. 34
06Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · p. 105, 1272 citas
[6]expresa, o sin ninguna, tomaran la resolución, en forma más o menos formal, de franquear el comercio con el extranjero —o por lo menos con las colonias extran- jeras, en el caso de nuestra región geográfica—. Algunas veces lo hicieron funcionarios subalternos 98. Pero ade- más en distintas épocas, no anormales como…p. 127
[18]Mollien (M-2), tomo 2, capítulo 9, y nota 11, tomo 2, pág. 309, trae una discusión muy confusa sobre el valor de las exportaciones de la Nueva Granada en los años inmediatamente anteriores al de 1810. Puede creerse que se montarían a unos 3.300.000 pesos, rebajando de los 4.000.000 que da 700.000 que claramente…p. 105
07Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · p. 89, 1042 citas
[8]only door to the rest of the viceroyalty. Moreover, Riohacha’s sandy soil proved in- adequate for farming, which made its population dependent on the Wayúu Indians or on the city of Valledupar for food. The few whites residing in Riohacha (. percent of the total inhabitants) were mostly men—sailors, merchants,…p. 104
[11]and the wooded areas near Santa Marta and Riohacha. In return, British sailors illegally brought in fabrics, tools, arms—and, occasionally, slaves. 127 Spain officially imposed a yearly fixed tax of four pesos on the mazamo- rreros (independent prospectors) panning for gold in the Sinú, San Jorge, and Cauca Rivers and…p. 89
08Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · 2004 · p. 89, 1042 citas
[9]only door to the rest of the viceroyalty. Moreover, Riohacha’s sandy soil proved in- adequate for farming, which made its population dependent on the Wayúu Indians or on the city of Valledupar for food. The few whites residing in Riohacha (. percent of the total inhabitants) were mostly men—sailors, merchants,…p. 104
[12]and the wooded areas near Santa Marta and Riohacha. In return, British sailors illegally brought in fabrics, tools, arms—and, occasionally, slaves. 127 Spain officially imposed a yearly fixed tax of four pesos on the mazamo- rreros (independent prospectors) panning for gold in the Sinú, San Jorge, and Cauca Rivers and…p. 89
09Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · p. 1651 cita
[10]en busca de marihuana. Allí aterrizan, desembarcan la mercancía que traen de contrabando —casi todo aparatos eléctricos—, y cargan la avioneta con paquetes de la yerba que llevan a la pista algunos vecinos cultivadores. Muchos se enriquecen de la noche a la mañana y no saben qué hacer con la piara. Por aqui todos nos…p. 165
10Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 4961 cita
[13]Los guajiros, triunfantes en su adaptación, estaban muy conscientes de los alcances económicos de sus tratos y contratos en sus actividades de contrabando sobre las playas del mar. Sabían cuánto significaban sus ganados en la sabana y se ufanaban de su arrogancia bélica en todo tiempo y lugar. Los espa- ñoles…p. 496
11Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 1741 cita
[14]la noche. Somos, los indios más que hombres, una decisión frente al mundo... Antecedentes históricos y descripción general de la región La Guajira como zona de refugio, región capitalista y posible espacio de diversidad étnica Fueron múltiples los factores que se conjugaron a lo largo de los últimos 500 años para dar…p. 174
12La masacre de Bahía Portete: Mujeres Wayuu en la miraGrupo de Memoria Histórica, Gonzalo Sánchez G. (Coordinador), Pilar Riaño A. (Relatora), Jesús Abad Colorado L., María Luisa Moreno R., María Emma Wills O. · 2010 · p. 1081 cita
[15]transporte. Otros con- formaron bandas dedicadas al robo de mercancía. Las mujeres Wayuu se relacionan y cumplen un papel importante dentro de la economía del contrabando en su rol de comerciantes, es decir como dueñas de establecimientos de venta de comida, víveres, li- cores y gasolina, como propietarias de…p. 108
13Regiones y conflicto armado. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoClara Inés García · 2018 · p. 1941 cita
[16]la circulación de mercancía de contrabando. • Prácticas y rituales de la memo- ria con la transmisión oral de las historias de guerras y sus guerre- ros, de los arreglos de género y la división sexual del trabajo. • Sociedad segmentada, en la cual las lealtades y solidaridades no son primordialmente transversales. •…p. 194
14La Gran Colombia y la Gran Holanda, 1815-1830. Una relación entre sueño y realidadSytze van der Veen · 2018 · p. 91 cita
[17]mostrar fisuras debido al se - paratismo de los belgas. En septiembre de 1830, más de trescientos belgas La Gran Colombia y la Gran Holanda 1815-1830 12 murieron en una manifestación a manos del ejército real. Mientras Bolívar era enterrado en Santa Marta, en diciembre de ese mismo año, una confe- rencia internacional…p. 9
15Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · p. 62, 662 citas
[19]los datos del cuadro 1 se observa que las exportaciones netas de las colonias ($9,3 millones) compensan casi exactamente el monto de las transferencias ($8,4 millones). Estas cifras confirman, para las colonias como un todo, los comentarios que se han venido haciendo sobre Colombia. No obstante, para el Virreinato de…p. 66
[21]y modernización, ¿cuál fue el más fuerte?; es de- cir, ¿fueron beneficiosos o perjudiciales los efectos netos de la política de transferencia de impuestos? La respuesta depende, en parte, de las verdaderas dimensiones cuantitativas de las remesas -y, sobre esto, solo se pueden hacer algunas inferencias de carácter…p. 62
16Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 561 cita
[20]Kfiídficnerst Posiblemente la producción de oro fue entre la mitad y un tercio mayor de la acuñada (Sharp, 1976) ya que así se eva- día el impuesto del quinto — 20 % del producto— y se financiaba el contrabando, que por esa misma razón sería reducido progresivamente hasta alcanzar un 3 % del valor de la producción…p. 56
17Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 2311 cita
[22]Nueva Gr nada. Nace José María del Castillo y Rada en Car- tagena. Se establece la imprenta en esta ciudad. Construcción de la catedral de Santa Marta, según trazas de Juan Cayetano Chacón. 1777 Muere el ex presidente Rafael Eslava en Santa- fé. Venta de resguardos en Popayán. Primer intento de organización gremial de…p. 231
18Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 1191 cita
[23]como los del marqués de Valdehoyos (Julián de Trespalacios y Mier), el del marqués de Pestagua (don Andrés de Madariaga) o el de José Fernando de Mier y Guerra, estaban invertidos en grandes haciendas de agricultura y ganadería extensivas con destino a mercados locales, y ninguno llegaba a una cifra superior a los…p. 119
19Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 792 citas
[24]la misma metrópoli. Si ella quería beneficiarse de la situación debía permitir el intercambio sin cortapisas de la creciente pro- ducción de virreinatos y capitanías. La liberación del comercio entre España y América obedeció a consideraciones similares. La rebaja general de aranceles pro- mulgada en 1776 cuadruplicó…p. 79
[25]la misma metrópoli. Si ella quería beneficiarse de la situación debía permitir el intercambio sin cortapisas de la creciente pro- ducción de virreinatos y capitanías. La liberación del comercio entre España y América obedeció a consideraciones similares. La rebaja general de aranceles pro- mulgada en 1776 cuadruplicó…p. 79
20Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 1761 cita
[27]y de lo mucho que a ellas ocurre, y el que siempre han tenido los alcaldes ordinarios que han ma- nejado la Hacienda en estos lugares retirados, como que lo hacen por un año, sin sueldo y entre sus compatriotas. Pero es menester soste- ner a los puestos y a los que se pusieren; porque es mucho lo que los hacen padecer…p. 176
21Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 3891 cita
[28]bienes33. En 1581 llegó a Santa Fe Fernando de Sierralta, funcionario encargado por la Corona para tomar las cuentas a los funcionarios del Tesoro. Des pués de once meses de labor, el visitador no había logrado desembrollar las cuentas de un año. Un poco burlones, los oficiales reales comunicaban los resultados al…p. 389
22Notas de viaje: Colombia y Estados Unidos de AméricaSalvador Camacho Roldán · 2017 · p. 285, 4322 citas
[29]Naranjas agrias o dulces, limones, piñas, níspe- ros, cocos, etcétera, frutas que encontrarían compradores seguros en los pasajeros de los vapores, son en extremo ra- ras, a pesar de que con ellas pudiera hacerse un tráfico de alguna importancia para vender en Sabanilla y Cartagena a los buques de mar. La naranja es…p. 285
[30]con todo, Nueva Orleans es el segundo puerto de importancia en aquel país. Con excepción de las de refinación de azúcar, carece, propia - mente hablando, de fábricas y manufacturas. Situado como está, en la extremidad sur de los Esta- dos Unidos, tiene dos o tres días menos de navegación por vapor que Nueva York o…p. 432