El Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá (1791–1797)
El 9 de febrero de 1791 comenzó a circular en Santafé el primer periódico de importancia de la Nueva Granada, dirigido por el cubano Manuel del Socorro Rodríguez bajo el patrocinio del virrey Ezpeleta. Durante seis años y 265 números, el semanario funcionó como laboratorio autorizado de la Ilustración criolla, sedimentando el vocabulario político que dos décadas después haría legible el lenguaje de la independencia.
- Las reformas borbónicas impulsaron una política de 'ciencias útiles' orientada a explotar más eficientemente las riquezas coloniales, creando demanda institucional de prensa ilustrada y de funcionarios letrados como Rodríguez.
- El patrocinio directo del virrey Ezpeleta, quien nombró a Rodríguez bibliotecario real y respaldó operativamente el proyecto, hizo posible la fundación y sostenimiento del semanario.
- La existencia de una élite criolla ilustrada formada en la Expedición Botánica, los colegios y las tertulias generó un público lector y un cuerpo de colaboradores —Mutis, Zea, Caldas, Matís— capaces de producir y consumir el periódico.
- La precariedad de la esfera pública colonial —precedida solo por la efímera Gaceta de Santafé (1785), que publicó apenas tres números— dejaba un vacío que el Papel Periódico vino a llenar como primer órgano de publicación regular.
- El Papel Periódico inauguró el periodismo de publicación regular en Colombia, estableciendo un modelo de semanario ilustrado que articulaba ciencia, crítica de costumbres e información política.
- Al dirigirse semanalmente a 'los granadinos' como audiencia y comunidad, el periódico contribuyó a construir un sujeto colectivo criollo con identidad territorial compartida, en el sentido que Benedict Anderson atribuye a la prensa en la formación de comunidades imaginadas.
- El vocabulario sedimentado en sus páginas —'patria', 'utilidad pública', 'opinión', 'ciudadano ilustrado'— proveyó el lenguaje político que dos décadas después haría legible el discurso independentista.
- La coexistencia del periódico con la Imprenta Patriótica de Nariño —que en 1793 imprimió clandestinamente la traducción de los Derechos del Hombre— ilustra cómo el espacio tolerado por el gobierno virreinal albergó simultáneamente la lealtad monárquica y los gérmenes de la disidencia.
- La crítica económica al monopolio y a las trabas comerciales, formulada inicialmente como reforma ilustrada dentro del sistema, comenzó a desplazarse hacia un cargo estructural contra el régimen colonial, proceso al que el periódico contribuyó al formar lectores habituados a deliberar sobre el interés común.
El Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá
El 9 de febrero de 1791, en una ciudad de calles empedradas y menos de veinte mil habitantes, comenzó a circular un pliego semanal que sería el primer periódico de importancia publicado en Bogotá. Se llamaba Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá, lo dirigía un cubano recién llegado al virreinato, Manuel del Socorro Rodríguez de la Victoria, y salió durante seis años —hasta el 6 de enero de 1797, en su número 265— bajo el patrocinio explícito del virrey José de Ezpeleta y con la firma leal a la monarquía como condición de posibilidad. En esas 265 entregas, publicadas con interrupciones y trasteos entre al menos tres imprentas distintas, la ilustración neogranadina aprendió a hablarse a sí misma en letra impresa. Aprendió a llamar "granadinos" a un público, a describir el hospicio y el hospital como asuntos de interés general, a firmar ensayos de botánica y física dirigidos a lectores anónimos, a discutir el comercio y el estado de los caminos. Nada de lo que allí se dijo pretendió romper con España. Y sin embargo, entre esas columnas se sedimentó el vocabulario —"patria", "utilidad pública", "opinión", "ciudadano ilustrado"— que dos décadas más tarde haría legible el lenguaje de la independencia. El Papel Periódico no fue órgano de disidencia: fue laboratorio autorizado, y la autorización virreinal es parte esencial de lo que produjo.
El virreinato que estrenaba Ilustración
Cuando el Papel Periódico apareció, la Nueva Granada llevaba tres décadas participando tardíamente de la Ilustración europea. En 1761 había llegado José Celestino Mutis como médico personal del virrey Pedro Messía de la Cerda; Mutis enseñaría después la teoría heliocéntrica de Copérnico y sostendría un enfrentamiento prolongado con los dominicos, guardianes del tomismo escolástico. El propio virrey Manuel Guirior lamentaba, en la década siguiente, que el reino permaneciera en su "antiguo letargo", privado del método y buen gusto que Europa ya había introducido en otras latitudes. Ese diagnóstico fue el que las reformas borbónicas se propusieron corregir, y lo hicieron con una lógica precisa: la ciencia natural debía ponerse al servicio de una explotación más eficaz de las riquezas coloniales, y el conocimiento del territorio era instrumento de control tanto como de progreso económico. Bajo esa lógica, el arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora —religioso, y por lo tanto teóricamente hostil a las novedades— apoyó políticamente a Mutis y respaldó la Expedición Botánica: la necesidad dictada desde Madrid de levantar la economía colonial mediante ciencias prácticas pesaba más que la incomodidad doctrinal.
La influencia de Mutis se propagó por generaciones. Enseñó a Felipe Vergara y Caycedo en los años 1760, a Eloy Valenzuela en los 1770, y su corriente científica llegó indirectamente a José Félix de Restrepo, quien la transmitió desde el Colegio de San Bartolomé y, a partir de 1778, en el Colegio-Seminario de Popayán. En estas aulas y en los cargos de la Expedición Botánica se formaba lo que a fines de siglo sería la élite criolla ilustrada: hombres que habían leído a Feijoo y a Jovellanos, que habían aprendido a distinguir entre la naturaleza y la superstición, que empezaban a mirar el territorio que habitaban con ojos de agrimensor y de administrador. Esa formación se dio íntegramente dentro de las instituciones de la Corona, y allí radicaba una paradoja fundamental: los criollos ilustrados eran producto directo de la política borbónica y, al mismo tiempo, empezaban a sospechar que esa misma Corona era el principal obstáculo para llevar hasta sus consecuencias los proyectos que ella les había enseñado a formular.
A finales del siglo XVIII, el aire intelectual de Santafé se había cargado además de una segunda corriente: la penetración de las ideas filosóficas ilustradas llegadas de Francia. Los libros circulaban entre los jóvenes patricios criollos con menos publicidad que los tratados de botánica, pero circulaban. Y en dos espacios paralelos al periódico —la Tertulia Eutropélica, animada por el propio Rodríguez, y la Tertulia del Buen Gusto, más mundana y frecuentada por jóvenes como Camilo Torres Tenorio y Francisco Ulloa— se leían, se glosaban y se traducían fragmentos de esa literatura. La Tertulia del Buen Gusto agrupaba a los patricios criollos alrededor de la diversión y el ejercicio literario: composición de discursos, certámenes de versos, adivinanzas, improvisaciones y comentarios de las novedades francesas. La Tertulia Eutropélica tenía un perfil más letrado y sus escritos alimentaban directamente las páginas del Papel Periódico.
La fundación: un cubano, un virrey y una imprenta
Manuel del Socorro Rodríguez había nacido en La Habana. Llegó a la Nueva Granada hacia 1789, dos años antes de fundar el periódico, en calidad de amigo personal y asistente del virrey Ezpeleta, quien lo nombró bibliotecario real. Ese doble vínculo —amistad y cargo— explica buena parte del proyecto. Rodríguez no era un aventurero de las letras sino un funcionario ilustrado con acceso directo al despacho virreinal, y el Papel Periódico que comenzó a dirigir el 9 de febrero de 1791 fue, desde su primer número, una empresa que respiraba con el permiso del gobierno.
La coincidencia temporal es demasiado exacta para ser casual: los seis años de vida del periódico, con interrupciones periódicas, se ajustan al mando de Ezpeleta. El apoyo virreinal no era retórico sino operativo, y se inscribía en una práctica más amplia. Algunos virreyes de la Nueva Granada habían patrocinado iniciativas culturales e intelectuales: Messía de la Zerda había traído a Mutis; Caballero y Góngora había amparado la Expedición Botánica; Ezpeleta patrocinó el periódico. El interés era doble: cumplir con la política borbónica de las "ciencias útiles" y, en el terreno inmediato, disponer de un instrumento capaz de circular información oficial —nombramientos, promociones, noticias de Madrid y de Europa— con un formato moderno.
El periódico fue un semanario. Circuló por al menos tres tipografías distintas antes de terminar sus días en la Imprenta Patriótica de Antonio Nariño, ubicada en la Plazuela de la Iglesia de San Carlos, donde se imprimieron los últimos números. La imprenta la operaba Diego Espinosa, hijo del director de la Imprenta Real: otra manera de mostrar que el circuito editorial santafereño era pequeño y que las líneas entre lo oficial y lo particular no estaban del todo tendidas. Que un mismo taller —el de Nariño— imprimiera al mismo tiempo el periódico patrocinado por el virrey y, en diciembre de 1793, la traducción clandestina de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, dice mucho sobre la textura ambigua de la esfera pública ilustrada en Santafé.
La materia del pliego: ciencia útil, crítica de costumbres, comunidad de lectores
Lo que se leía en el Papel Periódico dibuja con precisión el programa. Sus páginas mezclaban tres registros que no siempre se distinguían con claridad. Estaba, primero, el registro de las ciencias útiles: ensayos sobre botánica, física, medicina, filosofía natural, firmados por lo más selecto de la ilustración neogranadina. José Celestino Mutis, Francisco Antonio Zea, Francisco Javier Matís, Francisco José de Caldas, Francisco Antonio Ulloa —los nombres que la historiografía ha canonizado como fundadores de la ciencia colombiana— publicaron en sus columnas. Esos textos hacían visible ante un público laico el trabajo de la Expedición Botánica y de los gabinetes: convertían la ciencia oficial en objeto de lectura, y con ello construían la figura del lector interesado en el territorio, en sus plantas, en sus minerales, en sus posibilidades productivas.
Estaba, segundo, el registro de la crítica de costumbres, heredado de Feijoo y de Jovellanos. En este género se ocupaba el periódico de la pobreza urbana, del estado de los hospicios, del funcionamiento de los hospitales, del comercio local. Era una operación intelectual precisa: tomar una tradición ensayística peninsular —la del Teatro crítico universal y de los Informes jovellanistas— y aplicarla a los problemas de Santafé. Al hacerlo, se instalaba en la ciudad un modo específico de mirar los propios asuntos: como problemas administrables, corregibles, dignos de discusión pública. La pobreza dejaba de ser condición providencial y empezaba a ser cuestión de policía y de razón. El hospital dejaba de ser obra piadosa y empezaba a ser institución perfectible.
Estaba, tercero, el registro literario e informativo. Se publicaban composiciones producidas en la Tertulia Eutropélica —versos, discursos, ejercicios de estilo— y se informaba de los nombramientos coloniales, del comercio, de las principales noticias que llegaban de España y de Europa. Ese registro es el que menos atención ha recibido, pero es probablemente el más decisivo: cada semana, un lector santafereño recibía junto a un poema una lista de promociones burocráticas y una síntesis de los movimientos europeos. Aprendía a situarse en un espacio informativo compartido con otros lectores que él no conocía pero que existían simultáneamente. Aprendía, en el sentido preciso que Benedict Anderson daría después al término, a imaginar una comunidad.
El propio Rodríguez declaró que su propósito era enseñar y estimular el trabajo intelectual de los "jóvenes ingenios criollos". La fórmula es cortés y aparentemente inocua, pero contiene un núcleo importante: identifica a un público específico —los jóvenes patricios letrados de la Nueva Granada—, les atribuye una capacidad —el ingenio— y les asigna una tarea colectiva —el trabajo intelectual. Al aludir en sus páginas a "los granadinos" como audiencia y como comunidad, el periódico ejecutaba un pequeño acto performativo: producía, en el lenguaje, el sujeto colectivo al que decía dirigirse.
Sociabilidades paralelas: tertulias, libros franceses, sociedades económicas
El periódico no era la única infraestructura de la ilustración santafereña. Coexistía con espacios semiprivados donde circulaban ideas y libros que sus columnas no podían acoger. Las tertulias del Buen Gusto y Eutropélica funcionaban como cámaras de resonancia y como filtros: allí se discutía lo que después, ya depurado, aparecería en el pliego semanal, y allí se hablaba también de lo que en el pliego no podía aparecer. Los libros llegados de Francia se leían en esas reuniones; algunas de las ideas filosóficas y políticas más filosas de la Ilustración europea circularon por esa vía. No conviene exagerar el carácter clandestino de la operación —las autoridades toleraban un margen de lectura ilustrada, y ese margen no era pequeño— ni ignorarlo: había libros cuya sola tenencia era problemática, y su circulación se hacía con cautela.
A esta trama se sumaban las sociedades económicas. La Sociedad Patriótica de Comercio se estableció en Mompox desde 1784 con el propósito de fomentar el cultivo y beneficio del algodón, y en Cartagena de Indias comenzó su establecimiento en 1787. Estas sociedades, inspiradas en el modelo peninsular de los "amigos del país", eran el brazo asociativo de la misma agenda ilustrada que el periódico difundía. El Papel Periódico promovió activamente esa forma de organización: reseñó su funcionamiento, argumentó su utilidad, la propuso como modelo para otras ciudades. Al hacerlo, no solo divulgaba una institución específica: legitimaba la idea misma de que hombres particulares se asociaran para pensar el interés común, una idea que en el vocabulario del Antiguo Régimen tenía siempre un umbral delicado.
Pedro Fermín de Vargas encarnó, quizás mejor que ningún otro, el vector que unía tertulia, sociedad económica y periódico. Sus Pensamientos Políticos y memoria sobre la población en el Nuevo Reino de Granada propusieron un estudio de conjunto del estado social del reino, atendiendo a cuestiones demográficas y económicas. Vargas era funcionario, letrado y proyectista; su obra pertenece al mismo horizonte intelectual que las páginas de Rodríguez, pero llega a lugares que el periódico no visita. La distancia entre lo que Vargas escribió en sus memorias y lo que el Papel Periódico pudo publicar es una medida útil del espacio de la esfera pública tolerada.
El plan económico como lenguaje de reforma
En el registro económico, el Papel Periódico y su entorno articularon una agenda que conviene leer con cuidado, porque en ella se produjo uno de los desplazamientos más importantes del período. Los proyectos económicos de los criollos ilustrados —la supresión de estancos, la eliminación de alcabalas internas, el mejoramiento del sistema monetario, las reformas judiciales— eran, en su origen, ejercicios de fidelidad a la Ilustración borbónica: buscaban modernizar la administración colonial, no sustituirla. Antonio Nariño, antes del episodio de 1793, había formulado un plan de reformas que incluía la supresión de los estancos de tabaco y aguardiente, la sustitución de las alcabalas internas por un impuesto de capitación, el mejoramiento monetario y ajustes en la administración de justicia. Es un programa fiscal y comercial ilustrado, no un manifiesto separatista.
A partir de la década de 1790, sin embargo, este mismo programa empezó a girar en su significado. Los criollos ilustrados comenzaron a culpar al régimen español, cada vez con mayor insistencia, de no mejorar las comunicaciones internas y de obstruir el desarrollo del comercio exterior. La crítica no cambiaba de contenido —los mismos estancos, las mismas alcabalas, las mismas trabas— pero cambiaba de destinatario: dejaba de ser una queja administrativa dirigida a mejorar el sistema desde dentro y empezaba a convertirse en un cargo estructural contra el sistema. El Papel Periódico, en la superficie, no participaba abiertamente de ese giro; pero al construir semanalmente la figura del lector "granadino" preocupado por el comercio, por el hospicio y por los caminos, contribuía a formar el sujeto que después haría suya esa crítica.
Ese sujeto se perfilaría con más claridad años más tarde, cuando Francisco José de Caldas dirigiera el Semanario del Nuevo Reino de Granada entre 1807 y 1810. Allí aparecería el ciudadano patriota e ilustrado como una figura estable: alguien cuyo deber era conocer el territorio y contribuir al bien común, alguien en quien la generosidad se asociaba a la civilización y al compromiso colectivo. Ese perfil no salió de la nada: se venía elaborando desde las páginas que Rodríguez había venido llenando cada semana desde 1791.
El techo: el caso Nariño y los límites de la esfera pública tolerada
El 13 de diciembre de 1793, en la misma Imprenta Patriótica que había impreso números del Papel Periódico, Antonio Nariño imprimió una traducción castellana de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. El texto lo había extraído del libro de Christophe Félix de la Touloubre —conocido como Galart de Montjoie—, Historia de la Asamblea Constituyente de Francia, obra de un autor realista que reproducía el documento para criticarlo. Detalle revelador: el libro se lo había facilitado el propio virrey Ezpeleta. Es decir, el mismo virrey que patrocinaba el periódico ilustrado había prestado, a un miembro de su círculo, el volumen que contenía el texto más peligroso que se podía imprimir en la América española de 1793.
La reacción de las autoridades, cuando la publicación circuló, fue de una violencia desproporcionada respecto a la escala del hecho —unos pocos ejemplares, un texto en traducción, ningún llamado explícito a la sedición. Fue exactamente esa desproporción la que expuso el mecanismo. La publicación fue calificada de sediciosa y subversiva del orden establecido. El virrey alertó a los gobernadores de Quito, Caracas y otras ciudades sobre la circulación del impreso. Nariño fue condenado a presidio —diez años de cárcel—, extrañamiento perpetuo de América y confiscación de bienes. Su biblioteca, incautada por las autoridades, reveló una extensa colección clandestina que incluía escritos de los enciclopedistas franceses, clásicos, tratados de filosofía, de ciencias y de derecho. La represión no se limitó a él: Francisco Antonio Zea, catedrático de ciencias naturales y miembro de la Expedición Botánica —y colaborador del Papel Periódico—, fue comprometido en causa por sedición, lo mismo que el doctor Manuel Ignacio Fróes de Carvalho. La pena de Nariño comenzó a cumplirse en 1796 en los calabozos de Cádiz, de donde logró fugarse al año siguiente, trasladándose a Inglaterra y Francia.
El caso conviene leerlo con precisión, porque a menudo se lo ha convertido en episodio inaugural de la independencia y no era eso. Era, más exactamente, el trazado del límite. La represión de 1794 mostró que la esfera pública tolerada tenía un techo estructural y que el techo lo administraba la propia Corona. Todo lo que ocurriera bajo ese techo —el periódico, las tertulias, las sociedades económicas, los ensayos sobre hospicios y algodón— era admisible; todo lo que lo perforara, aunque fuera con un impreso menor de un texto que un autor realista había puesto en circulación para refutarlo, era clausurado con brutalidad. Y el contexto en el que la clausura se produjo hacía imposible cualquier otra reacción: la Revolución francesa había radicalizado sus etapas y en Norteamérica funcionaba desde hacía años un gobierno republicano. Las autoridades españolas, que en la década de 1780 habían impulsado la Ilustración como instrumento imperial, empezaron a percibirla, ya entrados los 1790, como difusora de ideas capaces de poner en entredicho la monarquía. A ese contexto se sumaba el recuerdo, nunca extinguido, de la rebelión de los Comuneros de 1781. El miedo virreinal tenía memoria.
El Papel Periódico no fue afectado directamente por la represión —siguió publicándose hasta enero de 1797— y esa continuidad es significativa. Rodríguez había construido su tribuna dentro de las coordenadas exactas del espacio tolerado, y esas coordenadas resistieron el sismo de 1794. Pero el episodio Nariño reveló, para quien quisiera verlo, que el laboratorio operaba dentro de límites impuestos desde fuera. La lección que los ilustrados criollos extrajeron —y que se manifestaría con claridad recién quince años después— no fue que había que romper con la monarquía. Fue que el lenguaje que habían aprendido a usar en el periódico y en las tertulias, un lenguaje de patria, utilidad, opinión y comunidad, entraba en contradicción con el orden institucional que lo administraba. Esa contradicción no se resolvió en 1794; quedó latente.
Lo que el periódico construyó, sin proponérselo
Cuando el Papel Periódico publicó su número 265 el 6 de enero de 1797 y dejó de circular, había hecho tres cosas cuya suma pesa más que cualquiera de ellas por separado. Primero, había establecido que en la Nueva Granada era posible una publicación periódica regular: dio comienzo, en sentido estricto, al periodismo de publicación regular en Colombia, después del antecedente efímero de la Gaceta de Santafé de 1785, que solo alcanzó tres números. Segundo, había construido un canon de temas, autores y géneros —ensayo científico, crítica de costumbres, información institucional, literatura de tertulia— que las publicaciones siguientes retomarían con variantes. Tercero, y más importante, había producido, en el uso mismo de la lengua impresa, un sujeto colectivo. "Los granadinos", en cuanto audiencia interpelable, no preexistían al periódico: fueron una de sus obras.
Esa obra no era separatista. Rodríguez fue leal a la Corona hasta el final de sus días, y esa lealtad no era una máscara: era una convicción que estructuraba su proyecto. Los colaboradores del periódico —Mutis, Zea, Caldas, Matís, Ulloa, Sinforoso Mutis— trabajaban dentro de instituciones borbónicas y se pensaban a sí mismos como servidores ilustrados de una monarquía reformable. La construcción de una identidad criolla que el periódico produjo fue, en gran medida, un efecto secundario no buscado de la agenda imperial de las ciencias útiles. La Corona había querido mejorar la explotación económica del virreinato y para ello había financiado botánica, medicina y periódicos. Recibió a cambio, sin proponérselo, una élite criolla que aprendió a hablar de su territorio como propio y de su comunidad como distinguible.
Esa élite no dio, en los años que aquí importan, ningún paso hacia la independencia. Lo dieron sus hijos y sus alumnos, entre 1808 y 1810, en circunstancias que ninguno de los redactores del Papel Periódico podía prever. Pero cuando en 1810 los criollos de Santafé, Cartagena y Popayán empezaron a redactar actas, memoriales y proclamas, el vocabulario con el que las escribieron —patria, opinión pública, utilidad común, ciudadano ilustrado, bien general— no lo estaban inventando. Lo habían heredado de dos décadas de práctica en las páginas de Rodríguez, en las tertulias de Camilo Torres, en los ensayos económicos de Vargas, en los informes de la Expedición Botánica. Ese lenguaje, que había nacido leal, se volvió disponible para usos que sus fundadores no habrían aprobado.
Por qué sigue importando
La historia colombiana ha tenido tentaciones simétricas y opuestas a la hora de leer el Papel Periódico. Una lo ha convertido en antesala inevitable de la independencia, cargando cada línea de Rodríguez con una intención rupturista que no tenía. La otra lo ha reducido a instrumento del absolutismo borbónico, un pliego oficial sin mayor densidad histórica. Ninguna de las dos lecturas hace justicia al fenómeno. El periódico fue exactamente lo que su título anunciaba y lo que su patrocinio permitía: un pliego de la ciudad de Santafé, leal a su virrey, semanal, ilustrado, útil. En esa modestia declarada se produjo, sin embargo, una operación de largo aliento: la formación de un público lector criollo con vocabulario propio.
Lo que este episodio deja para pensar el resto de la historia colombiana no es un mito de origen sino un mecanismo. Muestra que las esferas públicas no se construyen de una vez ni por decreto revolucionario, sino por acumulación de gestos pequeños dentro de espacios tolerados: un ensayo sobre el hospicio, una lista de nombramientos, un poema de tertulia, una noticia de Europa. Muestra que los lenguajes políticos rara vez son inventados por quienes terminan usándolos con fines rupturistas: suelen ser heredados de generaciones anteriores que los formularon con propósitos distintos. Muestra, sobre todo, que la lealtad y la crítica no son fases sucesivas de un mismo proceso, sino tejidos simultáneos: Rodríguez fue leal a la Corona mientras construía, en la misma prosa, el sujeto que dejaría de serlo. Esa simultaneidad es la textura real de la historia intelectual, y el Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá es uno de los lugares donde en Colombia se la puede ver operar con más claridad.