Sebastián José López Ruiz
Pre-independencia
1741–1832
La biografía
En el reverso del panteón ilustrado que la historia colombiana labró alrededor de José Celestino Mutis vive Sebastián José López Ruiz: naturalista panameño avecindado en Santafé, descubridor de la quina del Nuevo Reino de Granada según sus propios memoriales, comisionado real para recorrer las montañas del Virreinato entre 1778 y 1783, y litigante infatigable en un pleito que perdió en dos continentes. Su nombre condensa la incomodidad de una época: la Nueva Granada tardocolonial produjo más ilustrados de los que la historiografía admite, pero el reparto del capital simbólico —los títulos, las bibliotecas, las corresponsalías europeas, la protección virreinal— fue implacablemente desigual. López Ruiz aparece hoy como el reverso necesario del relato mutisiano, el criollo de segunda fila cuya centralidad efectiva en el descubrimiento y cartografía de un recurso estratégico —la corteza febrífuga que Europa consumía a razón de dieciséis mil arrobas anuales— quedó comprimida entre una Real Orden que lo redujo a explorador de campo, una relación de viaje inédita y una posteridad que prefirió no mirarlo. Recuperarlo no es rehabilitarlo: es entender cómo se decidía, en los últimos decenios del orden colonial, quién quedaba dentro de la ciencia y quién quedaba fuera.
Línea de vida
- 1775
Solicitud del título de descubridor de las quinas
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López Ruiz solicitó al virrey Manuel Antonio Flórez el título formal de descubridor de las quinas del Nuevo Reino de Granada, reclamando el reconocimiento simbólico y las mercedes reales asociadas al hallazgo científico. La petición desencadenó el pleito con José Celestino Mutis por la prioridad del descubrimiento.
- 1778
Real Orden de comisión para recorrer el Virreinato
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Por Real Orden de 1778, en reconocimiento a su capacidad científica y sus servicios en el descubrimiento de las quinas, López Ruiz fue nombrado encargado de recorrer las montañas del Virreinato para estudiar los lugares donde crecían las quinas y la canela de los Andaquíes. La comisión lo reconocía como explorador de campo, pero no le otorgaba el título disputado ni la dirección de un proyecto botánico institucional.
- 1783
Conclusión de la misión de exploración y redacción de la relación
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Tras recorrer el territorio del Virreinato en todas las direcciones entre 1778 y 1783, López Ruiz regresó y redactó una relación sobre los parajes donde crecían la quina y la canela de los Andaquíes. El documento, que contenía información estratégica para las decisiones fiscales de la Corona sobre el posible estanco de la quina, permaneció inédito y sin red editorial que lo proyectara.
- 1783
Sentencia del pleito a favor de Mutis
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El pleito por la prioridad en el descubrimiento de las quinas del Nuevo Reino fue sentenciado a favor de José Celestino Mutis. López Ruiz había cruzado el Atlántico para gestionar personalmente el asunto ante las autoridades metropolitanas, pero la sentencia le fue igualmente adversa en España, consolidando la atribución del descubrimiento a Mutis.
- 1785
Informe sobre los profesores de Santafé
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López Ruiz redactó un informe dirigido a las autoridades del Virreinato en el que cuestionaba la legitimidad de Mutis para ejercer y enseñar medicina en la Nueva Granada, argumentando que nadie había visto sus títulos de médico graduado y que el Real Colegio de Cirugía de Cádiz donde estudió solo formaba cirujanos latinos, no médicos. El informe denunciaba además la presencia de numerosos practicantes 'intrusos' en Santafé, extendiendo el conflicto más allá de la botánica hacia la legitimidad de las prácticas médicas y educativas.
Un panameño en el Virreinato
Nacido hacia 1741 en Panamá —entonces parte del Virreinato del Nuevo Reino de Granada tras la restitución definitiva de 1739—, López Ruiz pertenece a esa generación de criollos que hicieron su carrera cabalgando entre jurisdicciones. El istmo, engarce comercial entre los dos océanos, era en su juventud un enclave menguante frente al ascenso de Cartagena y Santafé, pero seguía funcionando como cantera de funcionarios subalternos, oficiales de la real hacienda y practicantes de oficios científicos aplicados. De ese ambiente salió un hombre que a mediados de la década de 1770 ya se movía con soltura en Santafé, capaz de dirigirse directamente al virrey Manuel Antonio Flórez para reclamar un título que suponía otorgable: el de descubridor de las quinas del Nuevo Reino.
El dato biográfico —istmeño, no santafereño; criollo periférico, no letrado del claustro— importa más de lo que parece. La élite ilustrada neogranadina se estructuraba en torno a colegios mayores, redes familiares y patronazgo virreinal concentrado en la capital, y López Ruiz entraba a ese circuito por la puerta del servicio técnico, no por la del linaje académico. Es una diferencia que atravesará toda su trayectoria: cuando pleitee con Mutis, no lo hará desde una cátedra ni desde una tertulia literaria, sino desde los memoriales, los informes y las diligencias administrativas, que eran las armas del funcionario sin claustro. Su capital era el terreno recorrido; el de Mutis, la biblioteca y la correspondencia europea. La asimetría estaba inscrita antes de que empezara la disputa.
Su longevidad —murió hacia 1832, ya en la República de la Gran Colombia, con más de noventa años— convierte además su vida en un puente inusualmente largo entre dos mundos. Vio consolidarse el reformismo borbónico bajo Carlos III, atravesó las convulsiones de la Independencia y alcanzó el orden bolivariano; pero su centro de gravedad, aquello por lo que su nombre sobrevive en los archivos, se concentra en las tres décadas que van de 1770 a 1800, cuando la Corona intentó extraer valor científico y fiscal del territorio con una intensidad inédita.
La quina y el pleito
Todo lo que López Ruiz fue y no llegó a ser gira en torno a un árbol. La quina —corteza del género Cinchona, febrífugo insustituible en la farmacopea europea antes de la síntesis de la quinina— era, en la segunda mitad del siglo XVIII, uno de los productos coloniales más codiciados. El consumo mundial rondaba las dieciséis mil arrobas anuales, y aunque los cargamentos históricos habían venido de Loja, en la Audiencia de Quito, el hallazgo de nuevos yacimientos en el Nuevo Reino prometía redirigir la geografía del monopolio. La libra puesta en Cartagena se cotizaba a veinte reales de plata —sesenta y dos y medio pesos por arroba— antes de que el ramo se liberalizara; después bajaría a seis u ocho reales, un colapso de precio que revelaba tanto la avidez del comercio como la magnitud de las cantidades disponibles.
En este escenario, López Ruiz solicitó al virrey Flórez, hacia mediados de los años 1770, el título formal de descubridor de las quinas del Nuevo Reino. La petición era estratégica: no reclamaba propiedad sobre los árboles ni monopolio de explotación, sino el reconocimiento simbólico —y las mercedes reales que solían acompañarlo— del hallazgo científico. La respuesta fue el pleito. Mutis, que llevaba en Santafé desde 1761 como médico del virrey Pedro Messía de la Cerda y que había construido en dos décadas una autoridad natural sobre la botánica del Virreinato, disputó la prioridad. El expediente escaló hasta Madrid; López Ruiz cruzó el Atlántico para atender personalmente el asunto. La sentencia le fue adversa en ambas orillas: el descubrimiento se atribuyó a Mutis.
Este resultado, que la historiografía canónica repite como veredicto natural de una superioridad científica, es en realidad más complicado. La memoria posterior de la disputa muestra cómo se invierte el marco según quién narre: la tradición favorable a Mutis lo presenta como víctima de un robo —"cuando a Mutis le roban el descubrimiento de los árboles de quina"—, y ese sentido de despojo explicaría por qué el gaditano habría recurrido a Suecia, es decir, a la red de discípulos de Linneo, en busca de auxilio científico para defender su prioridad. La imagen es reveladora: en el mismo episodio en que un panameño reclama en Madrid contra un peninsular, el peninsular moviliza la república científica europea. La disputa no se resolvía solo en el mérito del hallazgo, sino en la capacidad de proyectarlo internacionalmente. López Ruiz podía traer muestras y memoriales; Mutis podía traer a Uppsala.
La sentencia contra López Ruiz no lo dejó sin recompensa, pero sí lo dejó sin gloria. Por Real Orden de 1778 —dictada en pleno curso del pleito, con Flórez todavía en el poder— la Corona lo nombró encargado de recorrer las montañas del Virreinato para estudiar los lugares donde crecían las quinas y la canela de los Andaquíes, "en reconocimiento a su capacidad científica y sus servicios". Es una fórmula que dice mucho leída con calma. Se le reconocían servicios, pero no el título disputado; se le confiaba una misión de campo, pero no la dirección de un proyecto botánico. La Expedición Botánica, que Mutis dirigiría desde 1783, absorbería en cambio el aparato completo de patronazgo, dibujantes, herbario y correspondencia. López Ruiz salía a caminar; Mutis se quedaba a construir una institución.
La misión de las quinas y la canela de los Andaquíes
Entre 1778 y 1783 López Ruiz recorrió, según el lenguaje enfático de las relaciones de mando, "el territorio del Virreinato en todas las direcciones". Su misión combinaba dos objetos: los sitios donde crecía la quina —presumiblemente sierras del centro-occidente, con Popayán y las estribaciones de la cordillera Central y Oriental como zonas de mayor interés— y la canela de los Andaquíes, aquella Ocotea quixos o especies afines de la vertiente amazónica que, desde el siglo XVI, había alimentado el sueño colonial de romper el monopolio asiático de las especias. Los Andaquíes, región de piedemonte al sur de la Nueva Granada, en los límites difusos con la Audiencia de Quito, exigían meses de navegación fluvial y trocha; recorrerlos no era gesto retórico.
De aquel quinquenio salió una relación escrita en la que López Ruiz consignó parajes, especies y observaciones útiles a la administración. El destino de ese texto es sintomático: existe, se conservó, se cita, pero no se publicó. La comparación con Mutis vuelve a ser cruel: mientras el gaditano montaba en Mariquita un obrador que producía miles de láminas y correspondencia sostenida con Estocolmo, Madrid y París, la relación de López Ruiz permaneció manuscrita, sin red editorial que la levantara. La geografía botánica del Virreinato encontró en la Expedición un vehículo de proyección; encontró en López Ruiz un ejecutor sin plataforma.
La misión no era menor en sus implicaciones prácticas. Los datos que López Ruiz recogía —dónde estaba la quina, en qué cantidad, con qué accesibilidad— eran precisamente los que necesitaba una Corona empeñada en decidir si convertía la corteza febrífuga en estanco real. Y aquí es donde su figura, aparentemente marginal, se conecta con una decisión de política fiscal de primera magnitud. El arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora, que gobernó entre 1782 y 1789, calculó que si los envíos de quina se beneficiaran por cuenta de la Real Hacienda podrían producir al erario "más de 600.000 pesos líquidos". La base del cálculo era concreta: en los dos años anteriores a su propuesta se habían remitido a España 21.271 cajones con 220.252 arrobas y 8 libras de quina, un flujo comercial masivo cuya captura fiscal parecía irresistible.
El estanco no llegó a consolidarse con la solidez de los del tabaco y el aguardiente —los dos grandes ramos monopolistas de la Nueva Granada tardía—, y el debate osciló entre el modelo restrictivo y la apertura del comercio a los vasallos. Cuando el ramo se dejó libre, el precio se derrumbó de veinte a seis u ocho reales por libra, cambio que las autoridades calificaron de "utilidad general" pero al que los mismos informes añadían una advertencia melancólica: "la avaricia del comerciante jamás prevé las malas consecuencias de su tráfico". La frase resume una intuición temprana de sobreexplotación que el siglo XIX confirmaría amargamente cuando el auge quinero neogranadino terminara en agotamiento de bosques y desplome del mercado. López Ruiz, que había caminado esos bosques primero, no vivió lo suficiente en actividad pública para dejar constancia de ese desenlace, pero la relación entre su misión de campo y el cálculo fiscal del arzobispo-virrey ilustra cómo el saber botánico del criollo servía, sin nombrarlo, a la contabilidad del imperio.
Informe sobre los profesores de Santafé
Si la disputa por las quinas exhibió a López Ruiz en su papel de descubridor agraviado, un segundo frente reveló al polemista. En algún momento —fecha imprecisa, pero coherente con los años 1780 o principios de los 1790, cuando los dos hombres ya arrastraban una década de enemistad— redactó un Informe sobre los profesores de Santafé dirigido a las autoridades del Virreinato. El documento cuestionaba frontalmente la legitimidad de Mutis para ejercer y enseñar medicina en la Nueva Granada. La estrategia, calculada, atacaba el punto que Mutis no podía defender con papeles: los títulos.
El argumento tenía dos filos. Primero, sostenía que "nadie ha visto" los títulos que acreditaran a Mutis como médico graduado, sugiriendo que tales títulos sencillamente no existían. Segundo, atacaba la formación misma del gaditano: el Real Colegio de Cirugía de Cádiz, donde Mutis había estudiado, formaba —según López Ruiz— cirujanos latinos, no médicos graduados; por tanto, quien de allí salía carecía del grado universitario en medicina y no podía ejercer legítimamente como catedrático de esa facultad. Al escrutinio jurídico añadía una denuncia más amplia: en Santafé pululaban "intrusos" seculares y regulares que practicaban medicina, cirugía y facultades subalternas sin credenciales, ejercían impunemente entre el público y hasta se introducían en los conventos de monjas para visitar enfermas.
La denuncia era, en apariencia, un ejercicio de policía profesional, exactamente el tipo de higiene corporativa que el reformismo borbónico decía perseguir. Pero su blanco real era Mutis, y por extensión el sistema informal de enseñanza médica que este había desarrollado al margen de los claustros. López Ruiz no combatía la medicina irregular en abstracto: combatía la autoridad de un maestro que enseñaba fuera del aula reglada y que, sin doctorado universitario, había concentrado el prestigio científico del Virreinato. Desarticular esa enseñanza informal era, en el fondo, desarticular a Mutis.
El problema del argumento —y aquí la posición de López Ruiz se debilita si se examina con cuidado— era que Mutis no había sido nunca un catedrático inactivo ni un impostor cómodo. Desde la década de 1760 enseñaba matemáticas y ciencias en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, y de sus aulas habían salido figuras como Felipe Vergara y Caycedo y el sacerdote santandereano Eloy Valenzuela, futuro subdirector de la Expedición Botánica. La imagen de un Mutis sin discípulos y sin obra docente que López Ruiz intentaba proyectar chocaba con la evidencia que cualquier santafereño podía verificar. Además, el reformismo borbónico había cultivado deliberadamente vías no universitarias de formación profesional —cirujanos habilitados por el protomedicato, prácticos autorizados por necesidad pública— porque priorizaba la eficacia funcional sobre la etiqueta escolástica. En el fondo, López Ruiz esgrimía criterios de legitimidad más viejos que el propio orden que decía defender.
La embestida contra los "intrusos" no era ingenua. Cuestionar quién podía ejercer y quién no era también cuestionar quién pertenecía a la república científica del Virreinato. En una Nueva Granada donde el origen social y étnico de los practicantes contaba, la retórica del título formaba parte del arsenal con que las élites criollas discutían el acceso al saber legítimo. López Ruiz, criollo periférico él mismo, jugaba paradójicamente la carta de la exclusión, y esa contradicción —el que fue apartado del descubrimiento reclamando ahora que otros sean apartados del ejercicio— ilumina el mecanismo interno de las jerarquías ilustradas: se defienden mejor cuando se atacan desde adentro.
Ciencia y patronazgo en tiempo borbónico
Para entender por qué López Ruiz perdió cada pleito que peleó hace falta situarlo en la maquinaria borbónica que él mismo intentaba manejar. Los Borbones ilustrados —Carlos III sobre todo, y después Carlos IV con menor coherencia— habían impuesto en América una política de recentralización que buscaba corregir la autonomía excesiva heredada de los Austrias. Cabildos, audiencias, corregidores: todo debía subordinarse al aparato virreinal, y este a Madrid. La ciencia, en ese esquema, dejaba de ser un adorno letrado para volverse instrumento de gobierno: se financiaban expediciones porque prometían identificar plantas medicinales comercializables, mejorar la minería, aumentar el rendimiento agrícola. La Expedición Botánica del Nuevo Reino, autorizada en 1783 con Mutis a la cabeza, encajaba en esa lógica utilitaria con precisión de manual.
La Corona no elegía a sus agentes en abstracto: los elegía a través de virreyes, arzobispos y consejeros que operaban como filtros de patronazgo. Mutis contó, en momentos críticos, con la protección sucesiva de Messía de la Cerda, Guirior y sobre todo del arzobispo-virrey Caballero y Góngora, que lo blindó frente a los ataques dominicos por su enseñanza de la astronomía copernicana. Esa protección no era casual: los dominicos combatían a Mutis tanto por defender el ptolemaísmo escolástico como por resistirse a reformas universitarias que amenazaban su hegemonía en los claustros; el virrey los enfrentaba porque necesitaba disciplinar precisamente esas resistencias. Mutis era, en la lógica del poder, un instrumento útil.
López Ruiz tuvo destellos de patronazgo —la Real Orden de 1778 fue uno—, pero nunca la cadena sostenida. Cada virrey nuevo era una apuesta reiniciada; cada informe suyo debía volver a probar su utilidad; cada litigio le ganaba enemigos duraderos entre quienes veían en él a un descalificador serial. En el aparato colonial, donde los conflictos de competencia entre oidores y virreyes eran constantes y las lealtades personales pesaban tanto como las normas, un funcionario sin red estable era un funcionario vulnerable. Los mecanismos formales de control —juicio de residencia al final del mandato, visitas generales y especiales— podían neutralizarse con influencias, y las condenas de altos funcionarios necesitaban confirmación del Consejo de Indias, que rara vez la daba con rapidez. Quien tenía padrinos sobrevivía; quien acumulaba pleitos, no.
El virrey Pedro Mendinueta, que gobernaría a fines de siglo, dejó en su relación de mando una observación que ilumina este mundo: los pequeños destinos administrativos —corregidores, recaudadores, escribanos— eran difíciles de proveer porque carecían de "alicientes justos y permitidos", lo que empujaba al abuso "para subsistir a expensas del público". La frase describe con lucidez el fondo estructural: la burocracia colonial funcionaba sobre incentivos precarios y suplementos informales, y en ese terreno prosperaba quien articulaba mejor las lealtades. Mutis, con una biblioteca revolucionaria para el ambiente novogranadino y una correspondencia europea que llegaba a Suecia, articulaba capital simbólico transferible; López Ruiz, con una relación de viaje inédita y un pleito perdido a cuestas, no.
Es aquí donde la marginalización de López Ruiz deja de ser víctima pasiva de una estructura y empieza a mostrar el peso de sus propias elecciones. Convertir la disputa científica en un litigio sobre credenciales, denunciar intrusos, cruzar el Atlántico para volver a perder, insistir en el título negado: cada movimiento consumía capital político sin generar capital científico. Mutis publicaba, corresponsalía, formaba discípulos, montaba herbario; López Ruiz demandaba. Una parte de su marginalización se explica por asimetría estructural —peninsular contra criollo periférico, letrado contra explorador, red europea contra memorial madrileño—; otra parte, por una táctica personal que privilegió la descalificación sobre la construcción. Ambas causalidades operan a la vez, y colapsar una en la otra falsifica el retrato.
Después de las quinas
Los últimos decenios de la vida de López Ruiz —desde el regreso de 1783 hasta su muerte hacia 1832— son los peor documentados de su trayectoria, pero permiten reconstruir un perfil de funcionario tardocolonial que sobrevivió a la Expedición Botánica, a la Independencia y al advenimiento republicano sin encontrar nunca el reconocimiento que había perseguido. Los indicios lo muestran atento a los debates económicos de la Nueva Granada tardía, en un momento —los años 1790— en que los criollos ilustrados como José Ignacio de Pombo o Francisco Antonio Zea empezaban a articular una crítica más sistemática al régimen español por su fracaso en mejorar comunicaciones internas, su obstrucción del comercio exterior y su incapacidad de traducir la retórica ilustrada en política efectiva.
López Ruiz pertenecía en principio a esa sensibilidad, pero llegaba a ella desde una posición amarga: había servido a la Corona, había recorrido su territorio, había perdido su pleito con un peninsular protegido. Que un hombre así atravesara la Independencia sin dejar rastro protagónico —ni entre los próceres, ni entre los realistas notorios— sugiere una figura ya agotada por las derrotas administrativas, un octogenario que veía desmoronarse el orden en el que había litigado. Su longevidad extrema, alcanzando los años treinta del siglo XIX en una Colombia bolivariana que ya no reconocía sus categorías, lo convirtió menos en testigo histórico que en superviviente residual.
Memoria y omisión
La historiografía colombiana del último tercio del siglo XIX, cuando se construyeron las galerías de próceres de la ciencia patria, fijó un panteón difícil de descentrar: Mutis, Caldas, Zea, Triana. El Museo Nacional se pobló con esos rostros; los manuales escolares los repitieron; los actos de conmemoración —bicentenarios, placas, monedas— los canonizaron. López Ruiz no entró. La razón oficial es que perdió el pleito por las quinas: si Mutis fue el descubridor, López Ruiz fue el impostor, y no hay panteón para impostores.
Pero la exclusión responde a mecanismos más finos. Mutis dejó una biblioteca inmensa, un herbario, miles de láminas producidas por su escuela de dibujantes, corresponsalías con la ciencia europea, discípulos que a su vez fueron figuras de primer orden. Ese aparato material sostuvo su canonización: había archivos que consultar, cuadros que exhibir, cartas que publicar. López Ruiz dejó una relación inédita, memoriales dispersos, expedientes de pleito. La memoria histórica se construye con lo que puede tocarse, y López Ruiz dejó menos que tocar. La asimetría del legado no fue solo institucional; fue también documental, y esa asimetría se reprodujo a sí misma en cada generación de historiadores.
Hay además una dimensión más ideológica. El internacionalismo científico de Mutis —el hecho de que cuando se sintió despojado del hallazgo de la quina recurriera a Suecia, es decir, a la red linneana— fue leído por la historiografía como signo de modernidad y de integración de la ciencia neogranadina en el concierto europeo. Ese gesto se celebró; convirtió a Mutis en puente entre el Nuevo Reino y la Ilustración universal. López Ruiz, que había hecho el camino inverso —del terreno americano al memorial madrileño, sin escala en Uppsala—, no ofrecía esa imagen exportable. Era un criollo local reclamando prioridad empírica sobre un territorio; Mutis era un letrado peninsular certificando esa prioridad en el lenguaje de Linneo. La historiografía escogió el segundo modelo de legitimidad ilustrada, y esa elección todavía condiciona el modo en que se cuenta la ciencia colonial neogranadina.
Recuperar a López Ruiz, entonces, no consiste en invertir el pleito ni en canonizarlo por decreto compensatorio. Consiste en devolverle su lugar exacto en un tablero más complicado del que la memoria oficial concedió: el de un naturalista criollo con méritos reales —una comisión real, cinco años de exploración, una relación de viaje sobre quinas y canela, un informe sobre profesores de Santafé que aunque errara en el fondo apuntaba a preguntas legítimas sobre la formación médica del Virreinato— cuyo destino ilustra cómo el orden borbónico distribuía asimétricamente el capital científico entre quienes caminaban el territorio y quienes correspondían con Europa. Su nombre pertenece al archivo vivo de la Preindependencia neogranadina no como precursor eclipsado ni como litigante fracasado, sino como el punto donde se hacen visibles las jerarquías internas de la ciencia colonial: quién descubría, quién era reconocido como descubridor, quién quedaba entre uno y otro verbo, en el margen del reconocimiento y en el centro del trabajo.
Que muriera hacia 1832, después de haber visto nacer y morir el Virreinato al que dedicó sus mejores años, añade a su figura una última capa de ironía histórica. La Colombia independiente construiría su ciencia sobre los hombros de Mutis y Caldas, no sobre los suyos. Pero la geografía botánica que esa ciencia recibía —los mapas de quinas, los itinerarios de Andaquíes, los inventarios de recursos estratégicos— llevaba, sin firma visible, la huella de sus caminatas de 1778 a 1783. Es una autoría anónima que la historia colombiana apenas empieza a reconocer, y que da a Sebastián José López Ruiz, más allá del pleito perdido y del panteón esquivo, el peso silencioso de quien caminó lo que otros nombraron.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
18 documentos · 21 fragmentos01Memorias para la historia de la medicina en Santafé de BogotáPedro María Ibáñez · 2017 · Página 991 cita
[1]España, y solicitó del Virrey, don Manuel Antonio Flórez, el título de descu- bridor de las quinas del Nuevo Reino. Esta solicitud fue origen de un pleito seguido entre López Ruiz y el señor Mutis, y sentenciado a favor del segundo, no obstante ha- berse trasladado López Ruiz a España con el fin de apreciar el negocio…
p. 99
02Manual de arte del siglo XIX en ColombiaBeatriz González Aranda · 2017 · Página 361 cita
[2]laborioso e instruido en la ciencia natural» 15. Cuando a Mutis le roban el descubrimiento de los árboles de quina, es a Suecia y no a España donde acude en busca de auxilio. La extensa biblioteca de Mutis, que abarcaba todos los aspectos de la cultura, historia, literatura, geografía, matemá- ticas y botánica,…
p. 36
03Pensar el siglo XIX. Cultura, biopolítica y modernidad en ColombiaSantiago Castro-Gómez (ed.) · 2004 · Páginas 98, 1022 citas
[3]la mayor parte de los curanderos y cirujanos romancistas eran mestizos. Ciertamente, Isla estudió filosofía con los jesuítas en la Universidad Javeriana de Bogotá y luego ingresó a la orden de San Juan de Dios. Sin embargo, la 94 Santiago Castro-Gótru directo a la pretensión "ilegal" de Mutis de formar médicos por…
p. 98
[4]de ocho cátedras fijas que giren alrededor de los tres ejes de la medicina ilustrada de su tiempo (Newton, Linneo y Boerhaave), es decir, que incluyan el aprendizaje de "ciencias básicas" como la física, la química y las matemáticas así como los últimos avances en materia de botánica, historia natural, medicina de…
p. 102
04Pensamientos políticos y memoria sobre la población del Nuevo Reino de GranadaPedro Fermín de Vargas · 2016 · Página 631 cita
[5]y en cercanías del río de la Magdalena, debería ser para el Reino una fuente inagotable de bienes. Calcúlese que en todo el universo se consumen anualmente cerca de 16. 000 arrobas de este género. Cada arroba puesta en Cartagena importa a razón de 20 reales de plata la libra — 62 ½ pesos—, ganando el Erario inmensas…
p. 63
05Economía y cultura en la historia de ColombiaLuis Eduardo Nieto Arteta · 2016 · Página 4021 cita
[6]remitido a España en los dos años anterio- res, 21. 271 cajones con el peso de 220. 252 arrobas 8 libras, que si se beneficiasen por cuenta de la Real Hacienda al precio equitativo propuesto en el plan de estanco de este género (de que hablaré en su lugar), podrían producir al Real Erario más de 600. 000 pesos…
p. 402
06Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · Página 1391 cita
[7]de exportación del palo de tinte y el de la quina, de corta duración. Estos estancos o monopolios, especialmente el de aguardientes y tabaco, fueron el blanco de las mayores críticas, porque restaban campos de actividad a comerciantes y agricultores, que estaban en capacidad de hacer inversiones y explotar por su…
p. 139
07The Ideal of the Practical: Colombia's Struggle to Form a Technical EliteFrank Safford · 1976 · Página 1011 cita
[8]them and were awaiting higher appointments. These young men were more likely to be responsive to the new science than were older men operating according to a long-established routine. It is possible to construct a kind of intellectual genealogy showing how Mutis's influence spread from one student genera- tion to the…
p. 101
08Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 1201 cita
[9]o r el tem a, poco se hizo al respecto, acaso p o rq u e los gastos m ilitares absorbían g ran p arte d e los recursos fiscales. A p a rtir d e la décad a d e los años 1790, los criollos ilu strad o s com enzaron a c u lp ar cada vez m ás al régim en español p o r no tom ar m ed id as ad e cu ad a s para m ejorar las…
p. 120
09Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · Página 282 citas
[10]que uno de los principales ilustrados españoles fue José Celestino Mutis, sacerdote y botánico autodidacta que se había instalado en 1761 en la Nueva Granada. A su alrededor se inició la formación de una nueva imagen de nuestro territorio, la de un espacio enormemente rico en recursos naturales que podrían ser…
p. 28
[11]de los principales ilustrados españoles fue José Celestino Mutis, sacerdote y botánico autodidacta que se había instalado en 1761 en la Nueva Granada. A su alrededor se inició la formación de una nueva imagen de nuestro territorio, la de un espacio enormemente rico en recursos naturales que podrían ser utilizados…
p. 28
10Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 881 cita
[12](1818-1819). tado a través de la aplicación de las llamadas cien- cias útiles, la conciencia de habitar un territorio distinto de la metrópoli y la apropiación de una ideología diferente a aquella que sustentaba el ab- solutismo monárquico, crearon las condiciones para madurar el proceso de Independencia, el cual de…
p. 88
11Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 601 cita
[13]alumnos lo que ya se discutía en el resto de Europa: la Revolutionibus orbium coelestium de Copérnico, que sostenía que la tierra es otro planeta girando alrededor del sol, y no al revés, como querían las Sagradas Escrituras. La orden de los dominicos se fue lanza en ristre contra Mutis. No pudieron expulsarlo como…
p. 60
12Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 841 cita
[14]a poco el n ú mero de espa ñ oles en los principales cargos, en particular al mando de tropas, como los gobernadores, que ya para 1794 eran casi todos espa ñ oles. Los cabildos, con regidores que casi siempre compraban sus puestos, siguieron en manos de los crio llos, a pesar de algunos intentos de los virreyes de…
p. 84
13El pensamiento colombiano en el siglo XIXJaime Jaramillo Uribe · 2017 · Página 5381 cita
[15]su pensamiento. Sarrailh revalúa el «españolismo» de Jovellanos y otros contempo- ráneos suyos, su amor a España, su sincero catolicismo, y analiza el conflicto intelectual que en ellos se produjo al querer ser fieles a la tradición nacional y al propio tiempo renovar la cultura española en todos sus aspectos desde la…
p. 538
14Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 172, 1762 citas
[16]hasta 50 preguntas. El juicio termi- naba con una sentencia, absolutoria o condena- toria. Las condenas incluían desde multas mo- netarias hasta la pena de muerte. Las que se referían a los altos funcionarios como los oido- res de Audiencia, virreyes, presidentes o capita- nes generales, requerían confirmación del…
p. 172
[19]y de lo mucho que a ellas ocurre, y el que siempre han tenido los alcaldes ordinarios que han ma- nejado la Hacienda en estos lugares retirados, como que lo hacen por un año, sin sueldo y entre sus compatriotas. Pero es menester soste- ner a los puestos y a los que se pusieren; porque es mucho lo que los hacen padecer…
p. 176
15Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Página 3461 cita
[17]y la de los virreyes Eslava, escrita por el oidor Ber á s- tegui (1751), Sol í s (1760), Mess í a de la Zerda (1772), Guirior (1776), Caballero y G ó ngora (1789), Ezpeleta (1796), Mendinueta (1803), Montalvo (1818), se cuentan entre los m á s valiosos docu mentos que dej ó el gobierno colonial para el estudio de la…
p. 346
16Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · Página 2871 cita
[18]división de poderes, los con - flictos de competencia entre autoridades coloniales eran cons - tantes, particularmente, entre oidores y virreyes 19. La primera instancia de un proceso era presidida por los alcaldes ordina - rios. Sólo para delitos graves se enviaba un juez comisionado, quien abría el proceso, ordenaba…
p. 287
17Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · Página 1711 cita
[20]los hechos en los cuales habían participado, sino las virtudes que caracterizaron su actuación. NOSOTROS Y LOS OTROS 172 De científicos como José Celestino Mutis, Francisco José de Caldas, Francisco Antonio Zea y Jerónimo Triana se rescataba su cultura, erudición, mérito, labo- riosidad y dedicación; de héroes…
p. 171
18Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Página 1021 cita
[21]compatibles con un positivismo comtiano, aunque, de todas formas, en el marco de referencia del positivismo inglés. No existen estudios amplios en nuestro pais con rela- cién a este problema, al menos en el terreno de la historia de las ciencias y, por lo tanto, no sabemos exactamente como fue el proceso de…
p. 102