Hechos · Hecho
Hecho · Pre-independencia · 1780–1809

La visita de Humboldt a la Nueva Granada (1801–1803)

Entre marzo de 1801 y mediados de 1803, Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland atravesaron el Virreinato de la Nueva Granada de norte a sur, intercambiando conocimientos con José Celestino Mutis y Francisco José de Caldas, y produciendo mediciones, mapas y descripciones que incorporaron el saber criollo neogranadino a los circuitos científicos europeos.

Alejandro Gutiérrez · 13 de julio de 2026 · 3.859 palabras · 45 fuentes
La visita de Humboldt a la Nueva Granada (1801–1803)
Fecha
30 de marzo de 1801 – mediados de 1803
Lugares
Cartagena de IndiasTurbacoRío MagdalenaMompósHondaSanta Fe de BogotáPaso del QuindíoPopayánPastoQuitoNueva Granada
Protagonistas
Alexander von HumboldtAimé BonplandJosé Celestino MutisFrancisco José de CaldasJorge Tadeo LozanoFrancisco Antonio ZeaSinforoso MutisSalvador RizoAntonio Caballero y GóngoraReal Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada
Causas
  • La existencia de la Real Expedición Botánica (fundada en 1783) y de una élite criolla ilustrada que había acumulado durante cuarenta años conocimientos botánicos, astronómicos y geográficos sobre el territorio neogranadino, convirtiendo a Santa Fe en un nodo científico de primer orden en América.
  • El permiso extraordinario otorgado por Carlos IV a Humboldt para recorrer los dominios españoles con instrumentos científicos, enmarcado en la política borbónica de inventariar y controlar los recursos naturales coloniales mediante expediciones científicas.
  • La ruta continental de Humboldt —Venezuela, Nueva Granada, Quito, Perú, México, Cuba— que lo llevó necesariamente por el Virreinato y lo puso en contacto con Mutis, cuyo herbario de veinte mil plantas y cuya red de conocimientos locales eran insustituibles para la empresa humboldtiana.
  • La emergencia de un patriotismo científico criollo que, surgido dentro del proyecto ilustrado borbónico, había generado una autoconciencia territorial diferenciada respecto a los peninsulares, haciendo del encuentro con Humboldt un intercambio entre pares y no una simple transferencia de saber europeo a la periferia.
Consecuencias
  • El mapa del Magdalena elaborado por Humboldt, corregido por Mutis durante la visita de dos meses en Santa Fe, fue considerado en 1822 la mejor cartografía disponible del río principal de Colombia y sirvió de base para el mapa general de Colombia publicado ese año.
  • La inclusión de la Expedición Botánica y de Mutis en la obra humboldtiana —publicada en París entre 1814 y 1825— otorgó reconocimiento internacional a la ciencia criolla neogranadina, transformando una institución colonial periférica en referente científico avalado por las academias europeas.
  • La descripción humboldtiana de los Andes como espacio donde todos los climas y formaciones vegetales 'descansan ordenadamente unos sobre otros' fundó la geografía de las plantas como disciplina y convirtió el territorio neogranadino en laboratorio paradigmático de la biogeografía moderna.
  • La decisión de Humboldt de no incorporar a Caldas a su expedición dejó al científico popayanejo en la Nueva Granada, donde desarrolló el Semanario del Nuevo Reino de Granada (1808–1810), publicación que articuló una visión geográfica y racial de los Andes como zona de civilización, fundamento del discurso hegemónico de la 'república andina' durante los siglos XIX y XX.
  • Tras el fusilamiento de Caldas en 1816 y la independencia, los intelectuales republicanos de los años 1820 reencuadraron selectivamente sus escritos y la memoria del encuentro con Humboldt para construir una narrativa de sabios patriotas que habrían anticipado la república, borrando el marco monárquico ilustrado en que ambos operaron.
Por qué importa
La visita de Humboldt a la Nueva Granada es el momento en que el saber criollo acumulado durante cuarenta años de ciencia borbónica fue medido, cartografiado y reconocido desde Europa, devolviéndole a la élite ilustrada neogranadina una imagen publicada de su propio territorio que ya no describía una periferia colonial sino un país mensurable. Ese gesto —involuntariamente político— alimentó la autoconciencia territorial criolla que subyace a los proyectos independentistas y, a través de la apropiación republicana de Caldas y Humboldt, estructuró el discurso geográfico y racial con que Colombia se pensó a sí misma durante los dos siglos siguientes.

La visita de Humboldt a la Nueva Granada (1801–1803)

Entre marzo de 1801 y mediados de 1803, el barón Alexander von Humboldt y el botánico francés Aimé Bonpland atravesaron el Virreinato de la Nueva Granada de norte a sur: desembarcaron en Cartagena, remontaron el Magdalena hasta Honda, permanecieron dos meses en Santa Fe de Bogotá con José Celestino Mutis, cruzaron a pie el paso del Quindío hacia Popayán y continuaron por Pasto hasta Quito. El viaje no descubrió ni fundó nada que la ciencia local no supiera ya. La Real Expedición Botánica funcionaba desde 1783, Mutis tenía un herbario de veinte mil plantas y Francisco José de Caldas medía altitudes en Popayán con instrumentos que él mismo había construido. Lo que hizo Humboldt fue otra cosa, más sutil y a la larga más consecuente: incorporar ese saber criollo a los circuitos científicos europeos y devolverle a la élite ilustrada neogranadina una imagen medida, dibujada y publicada de su propio territorio. Cuando esa imagen empezara a circular como mapa, como grabado y como cifra, ya no describiría una periferia colonial sino un país mensurable con nombre propio.

El país que Humboldt encontró: cuarenta años de ciencia borbónica

La Nueva Granada de 1801 no era terreno virgen para la ciencia moderna. José Celestino Mutis, gaditano de nacimiento, había llegado a Santa Fe en 1761 como médico del virrey Pedro Messía de la Cerda. Desde entonces había construido, contra la resistencia de los dominicos —guardianes del tomismo escolástico—, un programa ilustrado que incluía la enseñanza del sistema copernicano y la aplicación de la taxonomía linneana a la flora del virreinato. El primero de abril de 1783, la Corona le confió la dirección de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, con sede primero en Mariquita y luego en Santa Fe, bajo la protección política del arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora.

La Expedición era parte de una política deliberada. Los Borbones, en las décadas finales del siglo XVIII, financiaron empresas científicas destinadas a inventariar los recursos de sus colonias: la Expedición al Orinoco de 1754-1761, la Real Comisión de Guantánamo entre 1769 y 1802, la Expedición Botánica al Virreinato del Perú desde 1777 y la neogranadina. Se buscaba clasificar la quina y otras plantas de valor comercial y medicinal, y de paso reforzar el control administrativo sobre audiencias, cabildos, indígenas y criollos. La ciencia era, en el diseño imperial, un instrumento de extracción y de gobierno.

El efecto, sin embargo, no fue el previsto. La Expedición puso el territorio bajo la mirada de sus propios hijos: Caldas en Popayán, Jorge Tadeo Lozano en Bogotá, Francisco Antonio Zea, Sinforoso Mutis, Salvador Rizo dibujando láminas en Mariquita. De ahí surgió, sin que la Corona lo encargara, una conciencia criolla del suelo. Los mismos hombres que aprendían botánica, astronomía y economía política dentro del proyecto borbónico empezaron a leer sus propias montañas y ríos como objeto de estudio. Y, al mismo tiempo, como patrimonio. El patriotismo científico neogranadino no surgió contra la ciencia ilustrada española: surgió dentro de ella.

Para 1800, esa élite ya tenía instituciones propias, tertulias en Bogotá y Popayán, sociedades económicas, periódicos y una red epistolar que unía a los sabios criollos entre Cartagena y Quito. Compartía con los ilustrados peninsulares del reinado de Carlos III el rechazo a la escolástica, el entusiasmo por la ciencia moderna y la confianza en la educación como remedio social. No compartía, en cambio, la posición desde la que se miraba el continente. Cuando Humboldt desembarcó en Cartagena, esa diferencia de posición ya era, sin que nadie la hubiera formulado todavía, política.

De Cartagena a Bogotá: seis meses por el Magdalena

Humboldt y Bonpland avistaron la costa neogranadina en marzo de 1801, fondearon frente a la bahía de Cispatá en la desembocadura del Sinú, tocaron la isla de Barú y entraron a la bahía de Cartagena el 30 de marzo. Venían de Venezuela y llevaban ya casi dos años de expedición americana, financiada con la fortuna personal de Humboldt y con un permiso extraordinario de Carlos IV que autorizaba a un súbdito prusiano a recorrer los dominios españoles con instrumentos —termómetros, barómetros, sextantes, cronómetros, un telescopio— que ninguna autoridad colonial había visto antes reunidos en un solo equipaje.

De Cartagena pasaron a Turbaco, donde Humboldt describió los volcancitos de lodo, y enfilaron hacia el Magdalena. La navegación río arriba, en champán, ocupó buena parte de la temporada. Pasaron por Mompós, remontaron el cauce entre calores sofocantes y bancos de arena, y desembarcaron en Honda para emprender el ascenso a la sabana. En cada tramo, Humboldt medía: la temperatura del agua, la altura sobre el nivel del mar, la latitud y la longitud de los puertos fluviales, la composición geológica de las orillas. De aquel recorrido saldría, veinte años después, el mapa del Magdalena que aún se consideraba en 1822 la mejor cartografía disponible del río principal de Colombia. El ascenso desde Honda hasta la sabana de Bogotá los llevó, entre julio y septiembre de 1801, al escenario donde ocurriría el encuentro decisivo del viaje.

Dos meses con Mutis: el intercambio de Santa Fe

La visita a Mutis en Santa Fe se prolongó por dos meses. Humboldt había cruzado el Atlántico con una hoja de ruta continental —Venezuela, Nueva Granada, Quito, Perú, México, Cuba— y detenerse sesenta días en una sola ciudad significaba reconocer que allí había algo que no podía obtenerse en otra parte. Ese algo era Mutis y su archivo.

El sabio gaditano tenía sesenta y ocho años y llevaba cuarenta en América. Su herbario contenía veinte mil plantas clasificadas; sus colecciones de maderas y minerales estaban entre las más completas del continente; trabajaba en la Flora de Bogotá con un equipo de dibujantes criollos —Salvador Rizo entre ellos— cuyas láminas en color, hoy dispersas entre Madrid y Bogotá, forman uno de los conjuntos iconográficos más notables del siglo XVIII americano. Y sabía cosas que Humboldt necesitaba: las leyendas de El Dorado y de la laguna de Guatavita, la geología de las minas de sal de Zipaquirá, las propiedades de la quinina, la preparación del curare, el efecto de las fases lunares sobre las lecturas barométricas, la hora exacta en que ciertas flores se abren al amanecer.

El intercambio fue de doble vía. Humboldt trajo consigo la biogeografía naciente, dibujos anatómicos del manatí, observaciones sobre las luciérnagas fosforescentes que había visto en Honda, discusiones geológicas sobre la naturaleza de las piedras. Y trajo el mapa preliminar del Magdalena levantado durante la navegación. Mutis lo revisó, sugirió correcciones, y Humboldt las incorporó sin resistencia. El científico europeo, cuyo nombre pesaba ya en las academias de Berlín y de París, admitía que sobre ese río el conocimiento autorizado estaba en Santa Fe, no en Europa. La corrección cartográfica de Mutis quedó fijada en la versión del mapa que Humboldt publicaría después.

De aquel encuentro salió también el gesto simbólico del viaje: Humboldt y Bonpland ofrecieron su amistad a Mutis, y la conservaron por correspondencia hasta la muerte del gaditano en 1808. Cuando Humboldt publicó en París la Relation historique du voyage aux Régions Equinoxiales du Nouveau Continent entre 1814 y 1825, la Expedición Botánica y su director ocuparían el lugar de institución científica reconocida, no de curiosidad provinciana. Semejante reconocimiento —hecho desde París, en francés, avalado por el barón que había medido el Chimborazo— era algo que Mutis no podía autootorgarse. Y era, sin proponérselo Humboldt, una carta política.

El paso del Quindío y la ruta al sur

Salieron de Bogotá hacia septiembre de 1801, en dirección a Popayán y Quito. El camino obligaba a atravesar el paso del Quindío, la cordillera Central que separaba las vertientes del Magdalena y del Cauca. En 1801, antes del avance de la colonización antioqueña, aquellas tierras eran selvas casi impenetrables, sin poblaciones ni caminos empedrados. Humboldt las cruzó a pie y, cuando no, sobre las espaldas de los cargueros indígenas y mestizos que constituían el único medio de transporte humano viable. Su relato consignó el espantoso estado del sendero y la dependencia absoluta de la destreza de los cargadores: quien no confiara en ellos, escribió, debía abandonar toda idea de moverse por esa parte del virreinato.

Humboldt sostenía —lo diría con creciente firmeza en sus escritos posteriores— que ninguna raza era superior a otra y que todos los seres humanos estaban destinados por igual a la libertad. Denunció las consecuencias ecológicas y humanas del colonialismo, y vio en el trabajo de los cargueros la manifestación concreta de una explotación que su ciencia no podía separar de su geografía. En la cordillera del Quindío, la mirada humboldtiana sobre el territorio andino incorporó desde el comienzo la pregunta por la condición humana de quienes lo habitaban.

Del Quindío bajaron al valle del Cauca, siguieron a Popayán —donde Caldas los esperaba— y luego a Pasto, para cruzar la frontera hacia Quito a comienzos de 1802. Allí, en las faldas del Chimborazo y del Antisana, Humboldt ejecutaría las mediciones altimétricas que fundarían su geografía de las plantas. Pero la clave de bóveda de esas mediciones —la idea de que los pisos térmicos organizan la vida vegetal en franjas superpuestas— la traía ya germinada del cruce andino neogranadino.

Caldas: el sabio que no vino

En Popayán, Humboldt conoció a Francisco José de Caldas. Nacido allí y formado en filosofía con José Félix Restrepo en el seminario local antes de graduarse en derecho en el Colegio del Rosario de Bogotá, Caldas había desarrollado, en condiciones de aislamiento casi absoluto, un programa científico de sorprendente autonomía: un método propio para medir altitudes por el punto de ebullición del agua, estudios sobre la quina y otras plantas útiles, observaciones astronómicas y geodésicas ejecutadas con instrumentos que él mismo fabricaba porque no había en la Nueva Granada quién los importara.

Caldas quiso incorporarse a la expedición y viajar con Humboldt hacia el sur. Humboldt eligió, en cambio, llevar consigo al joven quiteño Carlos Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre, que se sumó al grupo en Ecuador y lo acompañaría hasta París. Caldas quedó en Popayán, con sus instrumentos y sus mapas, y desde allí siguió trabajando por su cuenta. El desaire no fue menor: Humboldt prefirió al aristócrata elegante sobre el criollo científicamente superior. Toda la mitología del encuentro entre el sabio europeo y el genio americano pasa por alto ese instante en que el europeo se llevó al muchacho equivocado.

Ese trabajo desembocaría, entre 1808 y 1810, en la edición del Semanario del Nuevo Reino de Granada, la publicación científica más importante de la Nueva Granada tardocolonial. La revista reunió contribuciones de criollos de distintas regiones —José Manuel Restrepo, Jorge Tadeo Lozano, Francisco Antonio Zea entre los colaboradores conocidos— y, con Restrepo, Caldas dibujó mapas del territorio desde 1809. Los textos articularon una visión del país en la que los Andes aparecían como zona natural de civilización y progreso, y las tierras calientes de las costas, los llanos y las selvas como espacios de barbarie y atraso. Esa geografía racial y climática se convertiría, a lo largo del siglo XIX y XX, en el fundamento del discurso hegemónico de la "república andina".

El Semanario circuló todavía bajo la Corona española. Sus textos no eran, en origen, panfletos independentistas: eran ciencia útil publicada dentro del marco ilustrado borbónico. Pero cuando Caldas fue fusilado por las tropas de Pablo Morillo en 1816, y cuando en los años 1820 los geógrafos e intelectuales de la nueva república reeditaron selectivamente sus escritos, la imagen quedó otra: la de un sabio solitario y patriota cuya obra habría anticipado la independencia. La reimpresión republicana descontextualizó el Semanario, borró el marco monárquico ilustrado en que operó y proyectó sobre Caldas la figura fundacional de la geografía nacional. Fue una operación posterior, hecha por otros, sobre un cuerpo ya muerto. Y explica por qué, en la memoria colombiana, Caldas y Humboldt terminaron nombrados como si hubieran sido colegas del mismo proyecto, cuando en 1801 uno se llevó al otro hacia Quito y dejó al criollo en Popayán.

Las mediciones: geografía, plantas, cifras

Lo que Humboldt observó en la Nueva Granada quedó registrado con la meticulosidad que caracterizaba su método. Los Diarios VII a y b, dedicados al tramo colombiano del viaje, se publicarían mucho después en extractos preparados por la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales junto con la Academia de Ciencias de la República Democrática Alemana, editados en Bogotá por la Flota Mercante Grancolombiana. La Relation historique apareció en París entre 1814 y 1825. Entre unos y otros se reconstruye el aporte específico del paso por el virreinato.

En geografía física, Humboldt describió la cadena andina desde la Nueva Granada hasta Quito como el fragmento de corteza terrestre donde la naturaleza ofrece, en el espacio más reducido, la mayor multiplicidad de impresiones: todos los climas y todas las formaciones vegetales, escribió, "descansan ordenadamente unas sobre otras". La frase —que la posteridad citaría sin fin— condensa la intuición central que estructuraría después su obra: la vida se organiza en pisos térmicos verticales, y los Andes ecuatoriales son el laboratorio natural donde esa ley se lee de un solo golpe de vista. En botánica, describió los densos bosques de palma de cera en las alturas de la cordillera, altísimos ejemplares que sobresalían entre el follaje formando, dijo, "un bosque por encima del bosque".

En economía política, las cifras que recogió sobre la Nueva Granada dibujaron un cuadro paradójico. Las exportaciones netas del conjunto de las colonias hispanoamericanas arrojaban un superávit de 9,3 millones de pesos, pero el virreinato neogranadino registraba una balanza comercial negativa de 0,7 millones. La discrepancia se explicaba por dos factores que Humboldt supo identificar: el contrabando de exportaciones, que calculó en al menos 0,36 millones y que él mismo consideraba subestimado, y la posición excepcional de la Nueva Granada como exportadora de oro. La minería, observó en 1801, explotaba casi exclusivamente los aluviones —los "oros corridos"—, y solo por excepción las vetas. Aquellas cifras y aquella descripción del régimen minero circularían luego como diagnóstico del atraso económico colonial y, más adelante, como argumento a favor de la libre circulación de mercancías que la república prometía.

Ver América: la invención del paisaje andino

Las medidas de Humboldt no se agotaron en tablas. Fueron también imágenes. En Vues des Cordillères et Monuments des Peuples Indigènes de l'Amérique, publicada en 1810, y luego en Cosmos, aparecida a partir de 1845, Humboldt fundó un modo de mirar el trópico andino que la posteridad llamaría "cuadros de la naturaleza": una representación en la que la información científica se organiza como composición visual y estética, con los pisos térmicos, la vegetación y la geología dispuestos como capas legibles de un mismo paisaje.

El grabado Puentes naturales de Icononzo, incluido en las Vues des Cordillères, muestra el método en operación. Humboldt eligió un punto de vista inferior que exageraba la altura del accidente geológico e imitó referentes europeos —el paso del diablo en los Alpes suizos— para hacer legible la escala andina a un ojo formado en Europa. La operación era doble: llevar América a los salones de París y, en el mismo movimiento, dar a los criollos una gramática visual con la que pintar su propio país.

Esta gramática resultó decisiva. Los artistas colombianos del siglo XIX, en su mayoría autodidactas por la ausencia de una escuela de arte oficial, encontraron en los viajeros extranjeros la instrucción que el país no les daba, y adoptaron a Humboldt como maestro a distancia. El propio pintor bávaro Johann Moritz Rugendas, que finalmente no visitó Colombia, recibió consejos directos del barón sobre cómo representar el trópico. La red se extendió, con nombres y sin ellos, a lo largo del siglo. Cuando la Comisión Corográfica dirigida por Agustín Codazzi levantó, entre 1850 y 1859, el primer atlas físico y humano de la Nueva Granada republicana, la matriz visual —la idea de una "unidad dentro de la multiplicidad" de sabanas, montañas, costas, llanos y mesetas— venía de Humboldt tanto como de las láminas botánicas de Mutis.

La obra humboldtiana insistía, sin embargo, en la diferencia. Sus descripciones del paisaje americano subrayaban la desbordante diversidad de la naturaleza y de las culturas, y marcaban a la América tropical por su alteridad respecto de Europa. Humboldt era, después de todo, forastero: podía admirar la vegetación abrumadora y confesar, en la misma página, que a veces le hacía añorar el campo europeo cultivado. Mutis, americanizado por cuarenta años de residencia, no incluía esa distancia en sus escritos. La diferencia de posición se filtró en las representaciones, y con ella la posibilidad de que la mirada humboldtiana funcionara, al mismo tiempo, como espejo halagador y como recordatorio de que quien nombraba el paisaje seguía siendo europeo.

La disputa por el Nuevo Mundo y el aval parisino

El viaje se inscribió en una polémica que llevaba medio siglo agitando a la Europa ilustrada. El conde de Buffon, en su Histoire naturelle, había caracterizado la naturaleza americana como inmadura, imperfecta y degenerada, y había descrito al jaguar como criatura cobarde, no más grande que un perro europeo. El abate Cornelius de Pauw, en sus Recherches philosophiques de 1768, radicalizó la tesis extendiendo la degeneración a todos los seres humanos nacidos en el continente. La idea, sostenida con la autoridad del gabinete parisino, humillaba a los criollos ilustrados, que veían caricaturizado el mundo que su ciencia intentaba describir con precisión.

Humboldt no viajó a América para refutar a Buffon, pero sus observaciones tuvieron ese efecto. Al describir los Andes ecuatoriales como el espacio de máxima diversidad natural del planeta, al medir el Chimborazo, al cifrar la riqueza minera de la Nueva Granada y al defender, contra el racismo científico de moda, que todas las razas comparten un mismo origen y una misma capacidad de libertad, ofreció un contradiscurso que la élite criolla adoptaría con entusiasmo. La Nueva Granada dejaba de ser, en la cartografía intelectual europea, una periferia de naturaleza degradada para volverse un objeto científico de primer orden. La recodificación era un regalo político. Cuando la Corona empezó a fracturarse tras la invasión napoleónica a España en 1808 y las juntas americanas ensayaron su primera autonomía, los criollos neogranadinos ya disponían de un vocabulario para nombrar su territorio como digno de gobierno propio. No era un vocabulario que Humboldt hubiera inventado —Caldas lo tenía antes—, pero era un vocabulario que Humboldt había hecho audible en París, en Berlín y en Londres.

De ese aval europeo forma parte también el encuentro parisino de 1804. Terminada la expedición americana, Humboldt regresó a Europa, pasó por Virginia para reunirse con Thomas Jefferson —a quien aconsejó sobre las ventajas de la compra de Luisiana— y llegó a París cargado de manuscritos, dibujos y colecciones. Allí conoció a Simón Bolívar, entonces de veintiún años, caraqueño en la etapa formativa que precedería a su regreso a Venezuela y a su compromiso independentista. Humboldt tenía treinta y cinco y era ya autoridad científica europea. Una carta de Bolívar al barón, fechada el 10 de noviembre de 1821, confirma la continuidad del vínculo. Bolívar no necesitaba de Humboldt para volverse independentista; pero, una vez independentista, el aval del barón funcionaba como certificado europeo de que la empresa era razonable. La conversación de París se cargó de sentido retrospectivo por la misma razón por la que se cargarían de sentido, dos décadas más tarde, los mapas y los diarios: en la operación republicana, cualquier gesto humboldtiano servía de moneda.

La república reescribe a sus sabios

La verdadera consolidación política del viaje no ocurrió durante el viaje ni inmediatamente después: ocurrió en los años 1820, cuando la Gran Colombia empezó a construir su relato fundacional. En 1822, un mapa general de Colombia basado en las observaciones astronómicas de Humboldt, y complementado con los trabajos de Jean-Baptiste Boussingault, Manuel María Ribero y Jean-Baptiste Roulin, apareció publicado para ilustrar la edición española de los Viajes a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Fue, hasta entonces, el mapa más difundido del joven país. En 1847, el general Joaquín Acosta publicó un nuevo Mapa de la República de Nueva Granada dedicado expresamente al barón; al año siguiente, en París, imprimió su Compendio histórico del Descubrimiento y Colonización de la Nueva Granada en el siglo decimosexto, que formaba parte de una campaña editorial destinada a hacer conocer a Colombia en Europa e incluía una reedición del Semanario de Caldas.

En esa maniobra editorial —mapas, compendios, reimpresiones— se selló el pacto que el viaje de 1801-1803 había preparado. Humboldt entró en el panteón republicano como padrino científico externo, y Caldas como padre fundador interno. Los escritos del payanés, publicados originalmente bajo la Corona, fueron reencuadrados para hacerlo aparecer como profeta solitario de la independencia y de la libre circulación del conocimiento útil. La república andina heredó, junto con las fronteras, una imagen de sí misma que combinaba la geografía racial de Caldas —Andes civilizados, tierras calientes bárbaras— con la autoridad estética y científica de Humboldt.

El costo fue oscurecer la historia real. La ciencia ilustrada neogranadina había sido un producto involuntario de la política borbónica, hecho por criollos formados dentro del proyecto imperial, con Mutis como bisagra generacional y Caldas como su figura más autónoma. Humboldt fue catalizador y amplificador: aportó la validación europea que los criollos no podían autootorgarse y proyectó el territorio hacia los circuitos científicos internacionales con una autoridad de la que carecían Mutis y Caldas en tanto súbditos de la Corona. Pero la agencia intelectual no fue suya. La conversión de esa ciencia en argumento político tampoco fue obra del barón: la hicieron, dos décadas después, geógrafos e intelectuales republicanos que necesitaban un pasado a la altura de la nueva nación.

Por qué el viaje sigue importando

Doscientos años después, el paso de Humboldt por la Nueva Granada sigue funcionando como referencia porque condensa varias operaciones simultáneas que definirían la modernidad colombiana. Fijó una manera de ver el territorio —pisos térmicos, diversidad ordenada, paisaje mensurable— que atravesó la Comisión Corográfica de Codazzi, el pensamiento geográfico republicano y, con matices, la cartografía escolar hasta bien entrado el siglo XX. Estableció, sin proponérselo, la asimetría entre la ciencia hecha en América y la ciencia validada en Europa, asimetría que las instituciones colombianas del siglo XIX tardarían en cuestionar. Y fijó, por la vía del encuentro con Mutis y del desencuentro con Caldas, el patrón según el cual la memoria nacional recuerda a sus sabios criollos: reencuadrados, seleccionados, hechos hablar en clave posterior a la que les tocó vivir.

El viaje dejó también una advertencia. El patriotismo científico neogranadino no nació del contacto con Humboldt: existía antes, tenía instituciones propias desde 1783, y habría producido a Caldas con o sin el paso del prusiano por Popayán. Lo que el viaje aportó fue autoridad externa, y esa autoridad externa fue, más tarde, instrumentalizada por actores políticos que la necesitaban para legitimar un proyecto —la república— que ni Humboldt ni Mutis ni Caldas habían diseñado. Entender el viaje es entender ese desfase: entre lo que la ciencia ilustrada criolla hizo entre 1783 y 1810, y el uso que la nación republicana dio a esa herencia a partir de 1820. Ahí, en el hueco entre las dos fechas, siguen respirando Mutis y Caldas.