Institución · Colonia
Cofradía
Hermandad de fieles coloniales reunida en torno a un santo o advocación mariana, la cofradía fue en la Nueva Granada un dispositivo devocional, prestamista, propietario rural y marco de sociabilidad para indios, negros y pardos durante tres siglos, hasta su desmantelamiento por la desamortización liberal de 1861.
Trayectoria de una idea
- 1508
Marco jurídico fundacional: bula Universalis Ecclesiae
- 1555
Primeros sínodos neogranadinos y llegada de la forma cofradial
- 1575
Junta de evangelización y consolidación del modelo cofradial indígena
- 1600
Cofradías de negros y pardos en Cartagena de Indias
- 1740
Conflictos por estipendios en la diócesis de Popayán
- 1861
Desamortización: disolución del patrimonio cofradial
La lectura
La cofradía colonial en la Nueva Granada fue una institución de geometría variable: la misma forma jurídica albergó la devoción mariana de las élites criollas de Tunja, los bailes melancólicos de los muiscas del altiplano, las redes de solidaridad de los pardos de Getsemaní y los conflictos sacramentales de las cuadrillas mineras del Chocó. Su doble naturaleza —cuerpo piadoso y agente económico— la convirtió en uno de los engranajes más silenciosos pero más persistentes del orden colonial hispánico. Operó en el hueco que dejaba una Iglesia territorialmente delgada, ofreciendo imagen, altar, fiesta y capellán allí donde el cura llegaba pocas veces al año. Fue también el escenario donde el sincretismo religioso neogranadino tomó forma institucional: la convergencia entre el gesto ritual indígena, la religiosidad barroca española y las prácticas africanas no ocurrió en abstracto, sino en las procesiones, los novenarios y los bailes nocturnos que la cofradía convocaba y, a veces, apenas contenía. Su desmantelamiento en 1861 no fue una persecución religiosa sino una operación fiscal, pero liquidó tres siglos de capital acumulado gota a gota en limosnas, mandas testamentarias y réditos de censo.
La cofradía
En la Nueva Granada colonial, la cofradía fue el nombre común que recibió una hermandad de fieles reunida en torno a un santo, una advocación mariana o un misterio de la pasión, con estatutos propios, mayordomos elegidos, libros de cuentas y capital productivo. Bajo esa definición sencilla se esconde una de las instituciones más resistentes y polivalentes del orden colonial: dispositivo devocional que sacaba imágenes en procesión, sí, pero también prestamista que colocaba dinero a censo, propietario rural que arrendaba estancias, marco de sociabilidad para indios, negros y pardos que no cabían en otras corporaciones, y —al final del ciclo— uno de los patrimonios que el Estado liberal desmontó en 1861 para pagar sus guerras. La cofradía articuló fe, dinero y jerarquía; entenderla es entender cómo la Iglesia y la Corona organizaron la vida cotidiana entre Cartagena y Popayán durante tres siglos.
Qué era una cofradía en la Nueva Granada
Una cofradía se fundaba por licencia del ordinario eclesiástico —el obispo o el arzobispo— y, en muchos casos, por venia adicional del vicepatrono real, es decir, el virrey, presidente de la Audiencia o gobernador que actuaba en nombre del rey bajo el patronato regio. Sus estatutos, las constituciones, fijaban el santo titular, el número de hermanos, las cuotas de ingreso y anuales, la obligación de acompañar entierros de cofrades, la fiesta patronal y, sobre todo, el gobierno interno: un mayordomo o prioste, un tesorero, a veces un cuerpo de "veinticuatros" que aconsejaba, y un capellán encargado de las misas rezadas y cantadas que la hermandad costeaba.
El corazón económico estaba en dos figuras: la limosna reunida en la fiesta y las procesiones, y el patrimonio acumulado por donaciones, mandas testamentarias y capellanías. Ese capital, en la Nueva Granada como en el resto del mundo hispánico, rara vez quedaba ocioso: se colocaba a censo. El censo al quitar funcionaba como préstamo hipotecario a perpetuidad, con un rédito anual cercano al cinco por ciento, y la obligación pasaba de una generación a la siguiente sin que el capital principal se cancelara casi nunca. Una cofradía próspera, con veinte o treinta censos sobre estancias, casas urbanas o trapiches, era en la práctica un banco pequeño y silencioso, aunque su razón social fuera venerar a la Virgen del Rosario o al Ecce Homo.
Sobre esa base material se levantaba una vida ritual densa: misas de aniversario, novenarios, rogativas ante epidemias o plagas, la procesión del santo por las calles el día de su fiesta, el acompañamiento de los cofrades muertos con velas y hábitos distintivos. Y sobre esa vida ritual, a su vez, se tejían los usos sociales que hicieron de la cofradía algo más que una asociación piadosa: puerta de honorabilidad para artesanos, coartada legítima para bailes indígenas, red de ayuda mutua para esclavizados y libres de color, refugio femenino para viudas sin convento.
El marco: patronato regio, órdenes religiosas y sínodos tempranos
La cofradía no existió en el aire. Se movió dentro del andamiaje del patronato regio, aquel conjunto de prerrogativas que la bula Universalis Ecclesiae de 1508 había concedido a los reyes de Castilla sobre la Iglesia americana. Tres derechos concentraban el poder: la autorización exclusiva para construir templos grandes, el patronato en el sentido castellano tradicional y el derecho de presentación de personas idóneas para catedrales, monasterios, dignidades y beneficios eclesiásticos. En América, esas prerrogativas se delegaron en virreyes, presidentes de audiencia y gobernadores, que actuaban como vicepatronos y marcaban las pautas de la Iglesia indiana. Al monarca le tocaba, además, recibir los diezmos, revisar las sentencias de los tribunales eclesiásticos, autorizar la circulación de cualquier disposición papal y sufragar la construcción y el sostenimiento del culto y del clero.
De ahí se sigue una realidad que la historia de la cofradía ilumina con particular claridad: en la Nueva Granada, el alto clero se relacionaba de manera más directa con el rey que con el pontífice de Roma. Los monarcas aparecían como jefes prácticos de la Iglesia americana, y el control sobre clero secular y regular era la regla, no la excepción. Cuando una cofradía se fundaba, no bastaba la piedad del grupo: había que pasar por un ordinario eclesiástico atado a la Corona y, muchas veces, por la mirada del vicepatrono civil.
Las órdenes religiosas fueron, en ese entramado, las grandes ejecutoras del proyecto cristianizador. Dominicos, franciscanos, agustinos, mercedarios y jesuitas, cada uno con sus énfasis, llegaron con la conquista y adquirieron entre los siglos XVI y XVIII un poder social, político y cultural que solo los obispados igualaban. La evangelización se pensó y se hizo como política de Estado: expandir los dominios del rey era expandir la fe, y el proyecto colonial español operó bajo esa simbiosis. Las cofradías nacieron muchas veces al amparo de un convento —la del Rosario junto a los dominicos, la de la Vera Cruz junto a los franciscanos, la del Santísimo Sacramento en las parroquias—, y esa filiación conventual les daba capellán, altar propio en una capilla lateral y, con frecuencia, un tono devocional específico.
En el territorio neogranadino, los primeros esfuerzos por ordenar canónicamente la vida religiosa se dieron con los sínodos de Popayán, Cartagena y Santafé entre 1555 y 1558, apenas dos décadas después de la fundación de las primeras ciudades. Poco después, hacia 1575, bajo la presidencia de Francisco Briceño en la Real Audiencia y con la reciente llegada del arzobispo Luis Zapata de Cárdenas, se realizó en Santafé una junta que buscó un acuerdo mínimo sobre la evangelización de los indios. La cofradía llegó a esa Nueva Granada temprana como una forma ya probada en la península, pero encontró aquí condiciones —población indígena densa en el altiplano, trata africana en el Caribe, minería esclavista en Antioquia y el Chocó— que la reconfiguraron desde adentro.
La forma cofradial y la escasez de sacerdotes
Hay un dato demográfico que atraviesa todo el fenómeno: en los territorios de la Nueva Granada, especialmente fuera de las ciudades grandes, la presencia de sacerdotes fue siempre escasa. La distancia entre pueblo y pueblo, la dificultad del terreno, la lentitud con que se erigían las parroquias y la propia demografía del clero hicieron que el creyente promedio viera a un cura pocas veces al año. En ese vacío, la devoción a los santos y a la Virgen María se convirtió en el modo dominante de experimentar lo sagrado: los fieles accedían a la mediación divina sin necesidad de un intermediario clerical constante.
La cofradía formalizó ese acceso. Ofrecía una imagen a la cual acudir, un altar propio donde encender una vela, una fiesta anual sostenida por la propia comunidad, un capellán que, contratado por la hermandad, aseguraba las misas indispensables. Así, la institución cofradial rellenó, con estructura corporativa y capital acumulado, el hueco que dejaba una Iglesia territorialmente delgada.
El mismo dispositivo servía en las crisis. En Popayán, cuando arreciaban las epidemias, la sequía o las plagas de langosta, el Cabildo ordenaba sacar en procesión la imagen de la Virgen del Rosario o del Santo Ecce Homo, con novenarios y rogativas, "no encontrándose arbitrio humano" para el remedio. La cofradía titular ponía la imagen, el cortejo, las velas; la ciudad ponía la angustia. Y la fórmula funcionaba precisamente porque los santos coloniales eran percibidos por el pueblo casi como deidades paralelas, auténticos intercesores ante Dios, más que como los modelos de vida cristiana que el Concilio de Trento había querido predicar. En esa distancia entre el santo tridentino y el santo popular está media historia de la religiosidad neogranadina, y la cofradía fue su institución más fiel.
Cofradías de indios: la coartada legítima
En el altiplano cundiboyacense, corazón del antiguo territorio muisca, las cofradías fundadas por indígenas plantearon desde temprano un problema a los observadores coloniales. Un oidor describió con inquietud lo que veía: los muiscas fundaban cofradías en honor de santos, y con el pretexto de la fiesta patronal celebraban bailes al son de instrumentos melancólicos, cantaban las proezas de sus antepasados, lloraban la servidumbre presente y bebían chicha en cantidades que el observador tachaba de "borracheras". La cofradía, según él, funcionaba como cobertura: permitía a los indios mantener prácticas que, presentadas aisladamente, habrían sido prohibidas, pero que celebradas dentro del calendario cristiano no podían ser impedidas sin escándalo.
El testimonio ilumina algo real, aun cuando la intencionalidad estratégica que atribuye a los indígenas sea inferencia del funcionario y no declaración de los propios muiscas: la forma cofradial funcionó como un espacio donde elementos de la cultura indígena, el gesto ritual, la danza, el canto de memoria histórica, la mentalidad cíclica ligada a la tierra, pudieron alojarse bajo envoltura cristiana.
El sincretismo que emergió no fue producto de un plan, sino de una convergencia. La religiosidad indígena, marcada por el predominio del gesto ritual sobre la palabra doctrinal, encontró en el barroco español —imágenes, procesiones, incienso, música— formas afines a su propia sensibilidad. La biohote muisca, reunión ritual y colectiva que había estructurado buena parte de la vida comunitaria prehispánica, se vio profundamente afectada por las prohibiciones coloniales y por los cambios en la organización social y económica de las comunidades. La cofradía pudo funcionar como sustituto parcial en lo relativo a la integración social, en cuanto reunión colectiva, celebración compartida y memoria común, pero fue una sustitución incompleta: el carácter sagrado propio de la biohote no cabía entero en la lógica de la hermandad cristiana.
A ese sincretismo se le atribuye también una convergencia emocional. La experiencia histórica de opresión y el sentido melancólico de la existencia, que el oidor percibió en los cantos indígenas, encontraron en la narración de la pasión de Cristo —el inocente sufriente, el cuerpo humillado, la muerte injusta— una figura con la que era posible identificarse. Las cofradías de la Vera Cruz y de la Sangre de Cristo, extendidas en el altiplano, dan cuerpo institucional a esa afinidad.
Cofradías de negros, mulatos y pardos: segregación con grietas
En el Caribe neogranadino, y de manera particular en Cartagena de Indias, la cofradía tomó otro rostro. Allí, en el puerto negrero por excelencia del imperio español en Suramérica, la población africana y afrodescendiente, esclavizada y libre, constituyó desde el siglo XVI un componente demográfico central. La Iglesia respondió organizando su vida sacramental en registros separados: en las parroquias de Getsemaní y La Catedral existían libros de bautismos propios para "pardos y morenos", distintos de los de "blancos". Esa segmentación racial institucionalizada muestra hasta qué punto la administración sacramental colonial reprodujo y formalizó las jerarquías del orden esclavista.
En ese marco de separación, las cofradías de negros y pardos funcionaron a la vez como refuerzo de la segregación —cada casta con su hermandad, su santo, su capilla— y como grieta dentro de ella. La cofradía daba a esclavizados y libres de color un espacio corporativo reconocido, con mayordomos propios, cajas de limosnas, entierros con hábito distintivo y fiesta anual. Ofrecía, además, un tejido de relaciones que los libros de bautismos de pardos y morenos de Getsemaní documentan indirectamente a través del compadrazgo: padrinazgos y redes de parentesco ficticio entre la población de color, una malla de solidaridades que pudo tener importancia práctica en un mundo donde la familia biológica era permanentemente amenazada por la venta, la fuga y la muerte temprana.
La religiosidad afrodescendiente que circuló por esas cofradías nunca fue pura ni ortodoxa. Convivían prácticas cristianas con otras de origen africano: uso simbólico de cruces y marcos de puertas, adivinación, maldiciones, bailes rituales. Esas prácticas generaron tensiones recurrentes con las autoridades eclesiásticas, y la cofradía fue muchas veces el escenario donde esa tensión se hizo visible: una hermandad podía ser al mismo tiempo el espacio de la misa cantada al santo patrono y del baile nocturno que el cura no aprobaba pero toleraba.
En el otro extremo geográfico del virreinato, la minería del Chocó y de la diócesis de Popayán organizaba a los esclavizados en cuadrillas para el laboreo del oro. Aquí, más que la cofradía urbana, dominaba una religiosidad tutelada por los curas doctrineros y los propietarios de minas. Desde al menos la década de 1740, obispos de Popayán y élites minero-esclavistas mantuvieron un conflicto crónico sobre los estipendios que los amos debían pagar por la administración de sacramentos a las cuadrillas: quién pagaba, cuánto, con qué regularidad. En esos territorios, la cofradía de negros no alcanzó la densidad institucional de Cartagena, pero la disputa por el acceso al sacramento, y por su costo, muestra que también allí la vida religiosa de la población esclavizada era un asunto económico y político, no solamente pastoral.
Cofradías femeninas y el mundo conventual
La mujer soltera o viuda de la Nueva Granada dispuso, cuando su condición social lo permitía, del convento como forma reglada de vida fuera del matrimonio. La Iglesia católica propuso ese modelo como parte de una sociedad regulada y jerarquizada en torno a la esfera espiritual: donde el matrimonio no era el destino, el claustro debía serlo. Pero el claustro exigía dote y coste de traslado; y los grandes conventos estaban en Cartagena, Popayán y Santafé, distantes para muchas mujeres del virreinato.
Dentro de los conventos se reprodujo, además, la estratificación social del mundo exterior. Las monjas de velo negro, o de coro, provenían de familias de alta categoría social, gobernaban la comunidad y asumían las obligaciones litúrgicas plenas. Las monjas de velo blanco, o legas, constituían una alternativa para mujeres con menos recursos, con funciones más ligadas al servicio interno. La condición étnica limitaba el acceso, aunque los claustros neogranadinos contaron con presencia de mestizas. Circulaban también, en el interior de los muros, esclavas de servicio y seglares acogidas, cuya movilidad y el gasto de las celebraciones religiosas generaban una sensación de desorden que obligaba periódicamente a reforzar el rigor de las reglas.
Junto a esa vida conventual estrictamente reglada, existían formas más flexibles de reclusión. Algunas viudas de áreas vecinas a las ciudades ofrecían parte de su casa como dote para acceder a espacios de vida devota compartida, buscando compañía, protección y también la presencia práctica de un hombre para labores externas. Y las cofradías femeninas, o los ramos femeninos de cofradías mixtas, dieron a muchas mujeres que nunca tomarían hábito un espacio de sociabilidad piadosa: la cofradía de la Virgen del Carmen o la del Rosario incorporaba hermanas, les asignaba deberes rituales, les daba una identidad devocional pública. Para la mujer casada, esa afiliación era una de las pocas presencias corporativas fuera del hogar reconocidas por la sociedad colonial.
Fiesta, procesión y ciudad barroca
La cofradía era invisible durante buena parte del año —libros de cuentas manchados de cera, misas rezadas al alba, entierros discretos— pero se hacía visible con estruendo en la fiesta patronal y en las grandes procesiones del calendario. El barroco americano del siglo XVII convirtió esas apariciones públicas en un lenguaje político. Las ciudades neogranadinas, Cartagena, Santafé, Tunja, Popayán, Mompox, Villa de Leyva, Pamplona, configuraron una economía simbólica en la que los capitales acumulados por las élites en fiestas, representaciones y procesiones determinaban criterios de ascenso y descenso dentro de la geografía imperial. Un cabildo que sacaba una procesión magnífica, con las cofradías principales bien vestidas, palios bordados, andas doradas y música de chirimías, no solo veneraba al santo: reclamaba lugar en la jerarquía de ciudades del imperio.
Tunja ofrece un ejemplo elocuente de cómo lo cofradial y lo conventual sostuvieron la ciudad colonial mucho más allá de su función devocional. La ciudad vivió inicialmente de la sustancia de los indios encomendados; cuando esa base se agotó, encontró en sus numerosos conventos enriquecidos por donaciones, y en los monopolios y sueldos de empleados coloniales, el sostén económico que le permitió continuar durante la Colonia. Las cofradías, con sus capellanías y sus censos, formaban parte de ese sostén: la ciudad se apoyó en la piedad institucionalizada para no vaciarse.
La procesión era teatro y economía a la vez. Se pagaba con las limosnas del año, se cobraba en prestigio de la ciudad y de las familias que financiaban las cofradías principales. Y era el momento en que la jerarquía social se hacía visible: cada hermandad tenía su lugar en el cortejo, cada casta llevaba sus insignias, cada oficio artesano —los sastres con la Virgen de la Merced, los plateros con San Eloy, los pescadores con San Pedro— aparecía ordenado. La cofradía puso el uniforme corporativo a una sociedad que se pensaba a sí misma en cuerpos: el rey, la Iglesia, el cabildo, los gremios, las hermandades.
Capellanías, censos y bienes de manos muertas
La cara económica de la cofradía se entiende mejor si se la piensa junto a las capellanías. Imagínese la escena: un vecino acomodado de Santafé o Popayán, ya en años, llama al escribano y le dicta el testamento. Aparta un capital —una estancia, un par de casas en la traza urbana, unos pesos en efectivo— y ordena que sus réditos sostengan a perpetuidad las misas por su alma y las de sus deudos, celebradas por un capellán designado. Nace así una capellanía, y con ella un "bien de manos muertas", así llamado porque el capital principal ya no volverá a circular en el mercado: queda amarrado al altar y al sufragio.
Cofradías, conventos y clero secular acumularon por esa vía patrimonios importantes durante los siglos XVI a XVIII. El dinero, sin embargo, no dormía en las arcas del sacristán. Las órdenes religiosas y las hermandades necesitaban gastar réditos, no capital, para sostener conventos, celebraciones y capellanes; el capital, por tanto, se colocaba. Un hacendado de la sabana de Bogotá que necesitaba efectivo para comprar esclavos o ampliar su trapiche recurría a la cofradía del Rosario o al convento de Santo Domingo, recibía el dinero contra hipoteca y quedaba obligado a pagar un rédito anual cercano al cinco por ciento, en principio para siempre. La cofradía cobraba puntualmente el San Juan y la Navidad; el hacendado transmitía la obligación a sus herederos junto con la tierra.
En un mundo sin banca comercial, donde el crédito organizado corría en buena medida por canales eclesiásticos, esos patrimonios acumulados constituyeron una fuente significativa de capital para la economía colonial. La cofradía funcionaba de facto como un prestamista corporativo respaldado por un santo: el mayordomo llevaba libros, cobraba plazos, ejecutaba cuando hacía falta, y en los mismos folios donde asentaba el gasto de cera para la procesión anotaba los réditos vencidos.
Conviene, sin embargo, matizar la escala. La imagen de una Iglesia dueña de proporciones enormes de la tierra cultivada y prestamista universal no se sostiene con la misma fuerza en todo el territorio. Cuando llegó la desamortización en 1861, se comprobó que en la región del Tequendama, el distrito de La Mesa por ejemplo, no había ninguna propiedad con vinculación pendiente, y no se remató ninguna finca en aplicación del decreto. En Fredonia y Amagá, en el suroeste antioqueño, no aparece referencia alguna de censos o capellanías. En amplias periferias rurales el papel de la Iglesia como prestamista fue reducido o casi nulo. La densidad del crédito eclesiástico se concentraba en las ciudades principales, en las zonas de haciendas ganaderas y azucareras, y en los enclaves mineros. La cofradía-banco fue una figura urbana y regional antes que un fenómeno homogéneo del virreinato.
El siglo XVIII: presión borbónica sobre las cofradías
El siglo XVIII trajo un cambio de humor imperial. Los Borbones, con sus ministros ilustrados y una parte del clero afín a las nuevas ideas, impulsaron reformas que buscaban aumentar el control de la Corona sobre la Iglesia y racionalizar, según su óptica, la vida religiosa. El regalismo borbónico fortaleció la figura del rey frente al pontífice, revisó la política conciliar para hacerla favorable a las medidas regalistas y limitó la comunicación entre los episcopados americanos y la Santa Sede, prohibiendo incluso las visitas ad limina.
La expulsión de la Compañía de Jesús en 1767 fue la medida más ruidosa. El decreto real prohibió de manera permanente la readmisión de cualquier jesuita en los reinos hispánicos y estableció que los infractores, auxiliadores y cooperantes serían castigados como perturbadores del sosiego público. En la Nueva Granada, la salida de los jesuitas dejó vacíos considerables: colegios, haciendas, doctrinas indígenas, y también cofradías vinculadas a la orden que perdieron su capellán natural.
Para las cofradías en general, el impulso ilustrado se tradujo en una mirada crítica sobre las fiestas, consideradas excesivas, ruidosas, dispendiosas; sobre las procesiones, tachadas de supersticiosas cuando incluían componentes populares no controlados; y sobre los patrimonios acumulados en manos muertas. Las reformas borbónicas desconocían, sin embargo, la función social profunda que la Iglesia y sus instituciones habían llegado a cumplir en las colonias: la cofradía no era solamente piedad ostentosa y capital inmovilizado, sino tejido de sociabilidad, red de crédito y forma de integración de grupos subalternos. Esa ceguera reformista se pagaría más tarde, en las consecuencias sociales del desmantelamiento del patrimonio cofradial. La institución sobrevivió el siglo, aunque erosionada.
Extinción legal: la desamortización de 1861
El golpe definitivo no vino del reformismo ilustrado, sino de la urgencia fiscal de una guerra civil. El 9 de septiembre de 1861, Tomás Cipriano de Mosquera, actuando como Presidente Provisorio de los Estados Unidos de Nueva Granada en medio del conflicto que lo llevaría al poder, expidió el Decreto de Desamortización de Bienes de Manos Muertas. El decreto estableció que las corporaciones, congregaciones y sociedades no podían poseer bienes inmuebles a perpetuidad, y adjudicó a la Nación los bienes administrados por corporaciones civiles y eclesiásticas —cofradías, capellanías, conventos y similares—, con la expectativa de que los activos rindieran alrededor del seis por ciento anual.
La motivación principal fue fiscal: aliviar las penurias del erario público agobiado por la deuda y los gastos de guerras civiles. Solo secundariamente fue una medida contra el latifundio o una persecución religiosa, aunque Mosquera invocó también la necesidad de liberar la propiedad de las trabas del pasado y darle libre circulación. La idea no era nueva: desde la época de la Gran Colombia, el secretario de Hacienda José María del Castillo y Rada había señalado la amortización como obstáculo a la agricultura y había insinuado la conveniencia de desamortizar, aunque proponía procedimientos distintos a los que Mosquera aplicaría. La reforma colombiana se inscribía, además, en una tradición de intervenciones similares en países católicos —Francia revolucionaria, España en 1837, México con Juárez y Lerdo de Tejada—, tradición que los radicales invocaron como respaldo.
El efecto sobre la estructura agraria fue, contra lo que a veces se supone, modesto. Las tierras directamente afectadas representaban apenas cerca del 1,5% del área entonces explotada. La reorganización de las haciendas liberadas no produjo cambios espectaculares: los terratenientes ya tenían tierra en exceso, y el problema real del campo colombiano de mediados del siglo XIX era la escasez de mano de obra, no la falta de suelo disponible. En regiones como el Tequendama, Fredonia y Amagá, el papel de la Iglesia como propietaria y prestamista era tan reducido que la desamortización pasó casi sin dejar rastro local.
Lo que sí quedó desarticulado fue el mecanismo cofradial. Al perder las hermandades sus capitales, censos y bienes raíces, transferidos a la Nación y luego rematados, se desmontó la base económica que había sostenido capellanías, fiestas patronales y funciones de crédito. La cofradía siguió existiendo como forma devocional, y muchas hermandades continuaron organizando su procesión anual, pero sin patrimonio productivo; el vínculo entre fe, capital y jerarquía social que la había hecho central en la Colonia se rompió. El Concordato negociado con la Santa Sede en 1887, en plena Regeneración, restauró privilegios generales de la Iglesia, pero no pudo revertir la desamortización.
Huella
La cofradía neogranadina sobrevive en las procesiones de Semana Santa de Popayán, Mompox y Tunja; en las fiestas patronales de innumerables pueblos donde una hermandad todavía saca al santo el día señalado; en los archivos parroquiales donde reposan libros de mayordomos con cuentas del siglo XVIII; en la memoria de las cofradías afrodescendientes del Caribe, cuya religiosidad sincrética marcó formas culturales que llegan hasta hoy. Lo que se perdió con la desamortización fue el andamiaje económico —los censos, los bienes raíces, el capital que hacía de la hermandad una institución de crédito—, no la forma ritual.
Pero pensar la cofradía solamente como antecedente pintoresco de la fiesta actual es empobrecerla. En su siglo largo de plenitud, del último tercio del XVI al último tercio del XVIII, la cofradía fue una de las instituciones que efectivamente organizaron la vida colonial en la Nueva Granada. Puso orden ritual al calendario, dio forma corporativa a la piedad, ofreció espacio de sociabilidad a indios, negros, pardos y mujeres que no tenían muchas otras corporaciones a mano, canalizó crédito en una economía sin banca, y en el proceso reprodujo la segregación racial y social que era la médula del orden colonial. Fue instrumento y grieta a la vez: instrumento porque cada hermandad separada de castas confirmaba la jerarquía; grieta porque dentro de esa forma controlada los muiscas siguieron cantando las proezas de sus antepasados y los pardos de Getsemaní construyeron redes de compadrazgo que la trata no podía deshacer.
De esa doble condición, bisagra entre lo eclesiástico y lo económico, marco de control y espacio de agencia mínima, viene su interés para la historia de Colombia. La cofradía no explica todo el orden colonial, pero es difícil entender ese orden sin ella. Y la manera como fue desmontada en 1861, no por agotamiento ni por debate ilustrado sino por la necesidad de un presidente en armas de encontrar dinero para su guerra, dice también algo sobre el país que venía: uno donde las grandes decisiones sobre la Iglesia y su patrimonio se tomarían en los intervalos de la política de facción, y donde la piedad organizada seguiría existiendo, pero ya sin el capital que la había hecho, durante tres siglos, mucho más que piedad.
En el archivo
2 apariciones públicas, ordenadas por período y año.
01Colonia1600–17801
Relaciones
Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.
Relaciones editoriales
- 01Patronato regio: marco jurídico que subordinó la fundación y funcionamiento de las cofradías al doble control de la Corona y la Iglesia indiana
- 02Censo al quitar: instrumento financiero mediante el cual las cofradías colocaban su capital acumulado como préstamos hipotecarios a perpetuidad con rédito anual cercano al 5%
- 03Fray Luis Zapata de Cárdenas: arzobispo de Santafé cuya llegada hacia 1575 coincidió con la consolidación del modelo cofradial en el altiplano neogranadino
- 04Pedro Claver y Alonso de Sandoval: jesuitas activos en Cartagena de Indias cuya labor pastoral entre esclavizados se desarrolló en el mismo contexto urbano y sacramental donde operaban las cofradías de negros y pardos
- 05Tomás Cipriano de Mosquera: presidente que decretó la desamortización en 1861, poniendo fin al patrimonio acumulado por cofradías durante tres siglos coloniales
- 06Biohote muisca: institución de reunión ritual prehispánica cuyo debilitamiento por las prohibiciones coloniales pudo haber favorecido la adopción parcial de la cofradía como sustituto de integración social comunitaria
- 07Desamortización: proceso liberal de 1861 que disolvió los bienes de manos muertas, incluyendo los patrimonios cofradiales acumulados mediante censos, capellanías y donaciones testamentarias
- 08Capellanía: figura jurídico-religiosa estrechamente vinculada a las cofradías como mecanismo de acumulación de capital y financiamiento del culto
Personas
Lugares
Ideas
Documentos y fragmentos citados
24 documentos · 34 fragmentos
01Historia de la religión en Colombia, 1510-2021Jose Joaquin Pinto Bernal, Katherinne Giselle Mora Pacheco, Juan David Cascavita Mora, Juan Carlos Jurado Jurado, José Eduardo Rueda Enciso, Fabio Hernán Carballo, Fernanda Muñoz, Darío Arturo Zuleta Gómez, Carlos Arboleda Mora, Rafael Tamayo Franco, Juan Felipe Córdoba-Restrepo, Jeiman David López Amaya, María del Rosario Vázquez Piñeros, Andrés Felipe Manosalva Correa, Gabriel Cabrera Becerra, Gina Marcela Reyes Sánchez · 2022 · p. 6, 142 citas
[1]edificar ni erigir iglesias grandes en dichas islas y tierras adquiridas o que en adelante se adquirieren; y concedemos el derecho de Patronato, y de presentar personas idóneas para cualesquiera iglesias catedrales, monasterios, dignidades, colegiatas y otros cualesquiera beneficios eclesiásticos y lugares píos. 14…
p. 6
[33]de los centros educativos americanos y su inmersión en las nuevas corrientes intelectuales de la época. Así mismo, y con el objetivo de fortalecer la figura del rey frente al pontífice, se revisó la política conciliar, la cual se hizo más favorable a las medidas regalistas, y se apostó por limitar la comunicación…
p. 14
02Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · p. 301 cita
[2]las parro- quias; la dotacién de los templos, monasterios y hospitales; la revisi6n de las sentencias de los tri- bunales eclesiésticos; la autorizacién para la circu- laci6én y aplicacién de todas las disposiciones pa- pales y el recibo de los diezmos que la Iglesia re- caudaba para sus atenciones. Por su parte, la…
p. 30
03Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · p. 1, 162 citas
[3]57 LAS ÓRDENES RELIGIOSAS Y LA SOCIEDAD NEOGRANADINA, SIGLOS XVI-XIX William Elvis Plata Introducción Las órdenes religiosas no solo fueron las grandes protagonistas del proceso de cristianización de la Nueva Granada en los siglos a, sino que, además, por lo mismo, adquirieron tal grado de XVI XVIII poder y de…
p. 1
[19]o convento escogido nombraba a un “capellán” (de ahí el nombre) que se encargaba de hacer las celebraciones. Asunción Lavrin, “Cofradías novohispanas: economías material y espiritual”, en Cofradías, capellanías y obras, ed. María del Pilar Martínez (Ciudad de México: UNAM, Instituto de pías en la América colonial…
p. 16
04Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo Fabián García Rincón, William Elvis Plata, Diana Paola Hernández Fernández, Alberto José Campillo Pardo, Aliza Moreno-Goldschmidt, Odette Yidi David, Jorge Enrique Salcedo Martínez, Jose Joaquin Pinto Bernal, Katherinne Giselle Mora Pacheco · 2022 · p. 1, 62 citas
[4]43 LA EVANGELIZACIÓN DE LAS COMUNIDADES INDÍGENAS DEL NUEVO REINO DE GRANADA DURANTE EL SIGLO XVI Leonardo Fabián García Rincón Introducción Lo que hoy denominamos “evangelización” se ha entendido como el proyecto religioso de expandir el catolicismo en América, una vez esta fue incorporada a la imagen de mundo que…
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[5]los sínodos de Popayán, Cartagena y Santafé de los años de 1555, 1556 y 1558. EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:22:45 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. 49 Lucas Fernández de Piedrahíta. Historia General de las Conquistas del. Nuevo…
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05Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · p. 32, 352 citas
[6]que al Nuevo Testamento, hizo que el pueblo tomara a los santos más que como sus verdaderos custodios. Así, se llegó a considerar a los santos casi que como deidades paralelas, o al menos auténticos intercesores ante Dios, antes que ser percibidos como modelos de vida, este último aspectos era, a fin de cuentas, el…
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[20]institución eclesiástica sufrió un asalto sin precedentes, iniciado por ministros y funcionarios que se jactaban de sus ideas ilustradas. Sin embargo, esta no es la única interpretación disponible acerca de las relaciones entre Estado e Iglesia, pues también existieron miembros del clero afines a las reformas, incluso…
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06La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · p. 671 cita
[7]indio... abarca mundos extraordinariamente dispares, en dife- rentes niveles de cultura y formas religiosas”. 84 Pero del análisis de ella, descubrimos aspectos que configuran la tradición cultural colombiana; hay un lenguaje de la natu- raleza que actúa como divinidad o como animada por espíritus sobrenaturales; hay…
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07Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 84, 872 citas
[8]en las cuales bailan al son de algunos instrumentos melancólicos que acompañan con voces desentonadas y lamentables refiriendo la entrada de los españoles, llorando su servidumbre y cantando las proezas de sus antepasados, sirviéndoles este ejercicio de anales, que les trae a la memoria sus antigüedades y para que no…
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[14]un mecanismo sustituto de estas celebraciones, en lo que tenía que ver con la integración social. Pero, adicionalmente, el carácter ritual y sagrado de las biohote, que se ha documentado hasta las primeras décadas del siglo XVII, debió verse profunda- mente afectado no sólo por las prohibiciones que estableció la…
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08Historia económica y social de Colombia IIGermán Colmenares · 1999 · p. 2601 cita
[9]Para 1696, se temía un invierno riguroso y la renovada pérdida de las cosechas debido a una plaga de langostas 20. Al año siguiente, los panade- ros achicaron el pan y tuvieron que abastecerse de harina de fuera, pues no la había en Popayán. No habían transcurí:ido otros dos años, cuando las sementeras se perdieron…
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09Black Catholic Worlds: Religious Geographies of Eighteenth-Century Afro-ColombiaBethan Fisk · 2025 · p. 214, 3142 citas
[10]cotton tying (rite), 117 Council of Trent, 1, 14, 186, 188 Cowboys (vaqueros), 256 creolisation, 5, 12–13, 37, 102, 106 Criollo, Domingo, 37, 70 cross (symbol), 116–117, 146–148 crossroads, 110 crucifix, 142. See also cross (symbol) cuadrillas, 48, 75–77, 106, 113, 163, 165, 183–185, 188, 193, 197, 199, 250 Cuba, 4–5,…
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[11]Considerable conflict between the bishops of the vast diocese of Popayán and the slave-owning miner elites centred on how the spiritual education of enslaved people was to be administered and financed. The mine and slave owning elite increasingly complained about the estipendio system, first to the bishop in the late…
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10Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · 2004 · p. 3031 cita
[12]Cartegena remite a esta superioridad testimonio íntegro de los autos obrados contra una negra bozal nombrada María Gervasia Guillén por haberle aprendido varios géneros de ilícita introducción, in Colombia, AHNC, CO, NE, tomo , , fols. -v. . Colombia, APC, Libro de bautismos de pardos y morenos, –;…
p. 303
11Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · p. 3031 cita
[13]Cartegena remite a esta superioridad testimonio íntegro de los autos obrados contra una negra bozal nombrada María Gervasia Guillén por haberle aprendido varios géneros de ilícita introducción, in Colombia, AHNC, CO, NE, tomo , , fols. -v. . Colombia, APC, Libro de bautismos de pardos y morenos, –;…
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12Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia. De la colonia a la creación del Frente NacionalAbsalón Machado Cartagena · 2009 · p. 85, 882 citas
[15]poco flexibles. Es decir, los beneficios fueron mayores que los costos en el contexto de la principal motivación económica, que fue de orden fiscal. Desde el punto de vista político y religioso, la desamortiza ción, de alguna manera, pretendía también ponerle coto al origen de los ma yores conflictos en el siglo XIX,…
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[18]la desamortización no fue una medida de persecución religiosa, sino más bien un arbitrio fiscal para aliviar las penurias económicas del fisco, agobiado por las cargas de la deuda pública y los gastos de las continuas guerras civiles (Díaz; Mendoza; Jaramillo y Meisel). Como la medida fue tomada en medio de una guerra…
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1330 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · p. 89, 942 citas
[16]desde 1863 hasta la expedición de la Constitución de 1886. Fue elegido para el primer periodo, que terminó en abril de 1864. De acuerdo con la Constitución, la presidencia debía durar dos años. Fue elegido por cuarta vez para el periodo 1866 al 1868. Murió en su Hacienda Coconuco. Este es el texto de la ley de manos…
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[34]Misericordia, y otros fines piadosos, oídos los Ordinarios Eclesiásticos en lo que sea necesario y conveniente: reservo tomar separadamente providencias, sin que en nada se desfraude la verdadera piedad, ni perjudique la causa pública, ó derecho de tercero. 9. Prohíbo por Ley y regla general, que jamás pueda volver á…
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14Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · p. 1371 cita
[17]encontraran oneroso el procedimiento. Además, cuando las condiciones económicas no eran buenas, se hacía imposible (o, al menos, inconveniente) pagar siquiera el modesto 6% que, se suponía, debían producir los activos legados. En consecuencia, tampoco es sorprendente que se hubieran pedido reformas al sistema. No…
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15El café en Colombia, 1850-1970: una historia económica, social y políticaMarco Palacios · 2009 · p. 2221 cita
[21]la expedición del decreto de desamor- tización de bienes de manos muertas, no había en la región del Tequen- dama ninguna propiedad con vinculación pendiente, y debe añadirse que en el distrito de La Mesa, no se remató ninguna propiedad en aplicación del decreto. La Iglesia tuvo allí un papel muy reducido como…
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16El café en ColombiaMarco Palacios · 2002 · p. 2681 cita
[22]años después de la expedición del decreto de Desamortización de Bienes de Manos Muertas, no había en la región del Tequendama ninguna propiedad con vinculación pendiente y debe añadirse que en el distrito de La Mesa no se remató ninguna propiedad en aplicación del decreto. La Iglesia tuvo allí un papel muy reducido…
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17Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 1062 citas
[23]la organización de las haciendas liberadas no fueron espectaculares, y que el efecto global sobre la estructura agraria, en relación con las formas de trabajo imperantes en esa época, no ha debido de ser muy grande, ya que se trataba apenas de cerca del 1.5% del área entonces explotada. La dificultad de conseguir…
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[24]la organización de las haciendas liberadas no fueron espectaculares, y que el efecto global sobre la estructura agraria, en relación con las formas de trabajo imperantes en esa época, no ha debido de ser muy grande, ya que se trataba apenas de cerca del 1.5% del área entonces explotada. La dificultad de conseguir…
p. 106
18Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · p. 4431 cita
[25]grandes cambios del periodo anterior —liquidación de la esclavitud y de los resguardos, con sus repercusiones políticas y sociales, acceso de ciertos grupos a la influencia política…— no se presentaron cam- bios sociales de magnitud similar. La política en el tiempo que vamos viendo fue en forma muy completa «política…
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19Economía y cultura en la historia de ColombiaLuis Eduardo Nieto Arteta · 2016 · p. 6111 cita
[26]hasta el xii; que se extendió y propagó a la sombra de la barbarie, en razón de los progresos del despotismo, y de la opinión que atribuía a los pontífices y a los reyes facultad para dis- poner de los bienes y haciendas de los particulares, como de una propiedad; tributo que ni los papas pudieron impo- ner, ni los…
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20Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo Fabián García Rincón, William Elvis Plata, Diana Paola Hernández Fernández, Alberto José Campillo Pardo, Aliza Moreno-Goldschmidt, Odette Yidi David, Jorge Salcedo Martínez · 2022 · p. 1, 72 citas
[27]en los grandes gastos de las celebraciones religiosas, la salida y entrada de algunas de las mujeres, especialmente esclavas y seglares, que habitaban los claustros, habían creado una sensación de desorden que obligaba de nuevo a poner en extremo rigor las reglas establecidas en concilios y sínodos para lograr su buen…
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[29]74 VIDA RELIGIOSA FEMENINA EN EL NUEVO REINO DE GRANADA, SIGLOS XVII Y XVIII Diana Paola Hernández Fernández Introducción El estudio de la vida religiosa femenina en Colombia se ha desarrollado desde múltiples perspectivas que buscan dar cuenta del papel de la mujer en la Colonia y la manera como la Iglesia católica…
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21Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · p. 2111 cita
[28]de su vida matrimonial junto a sus padres. Incluso, algunas viudas, de áreas vecinas a las ciu- dades, daban en dote un cuarto o una parte de su casa, buscando compañia y protección; y probablemente, tam- bién, la presencia y trabajo de un hombre. Estas dotes eran algo más que un gesto gracioso de los padres, eran la…
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22Estudios interdisciplinarios de las élites en ColombiaCatalina Acosta Oidor, Alexander Gamba Trimiño, Verónica Salazar Baena · 2023 · p. 691 cita
[30]desde donde se construye la concepción de espacio regional. En el siglo xvii, la cultura del ba - rroco favoreció la configuración de una economía simbólica —y, por lo tanto, de unos capitales simbólicos— que determinó los criterios de ascenso y descenso de los cabildos y sus élites dentro de la geogra - fía imperial.…
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23Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 3561 cita
[31]Juan y de otros san- Propaganda de la Kola Champaña, primer producto de la fábrica de gaseosas Posada Tobón, de Medellín, a comienzos de siglo. 356 Capítulo 15 357 Procesión con las reliquias de San Pedro Claver, en Cartagena, según una tarjeta postal de los años 20. tos, con nutridas procesiones. Tam- bién los…
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24Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · p. 3751 cita
[32]se avecindaron en Tunja, labrando casas cos - tosas, cuyas portadas sembraron de escudos de armas «para eternizar su fama en la posteridad», según cándidamente lo afirmaba Juan de Castellanos, primer cura y cronista de la encopetada ciudad, la cual, no obstante todo aquello, progresó tan poco, que ciento cincuenta…
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