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Ensayo · Colonia · 1600–1780

El convento femenino en el Nuevo Reino de Granada

Entre 1574 y 1629, los primeros conventos femeninos del Nuevo Reino de Granada concentraron dotes, barreras raciales, crédito territorial y jerarquías estamentales. La pregunta es si esa institución fue ante todo un dispositivo biopolítico de la élite criolla o si, pese a ello, abrió espacios reales de autonomía y agencia femenina.

Alejandro Gutiérrez · 23 de julio de 2026 · 3.065 palabras · 35 fuentes
El convento femenino en el Nuevo Reino de Granada
Tesis
El convento femenino del Nuevo Reino de Granada operó simultáneamente como filtro racial, cámara patrimonial y nodo crediticio de las élites criollas: la dote de entre 1.000 y 2.000 pesos, las leyes de segregación por origen familiar vigentes desde el siglo XVII y la distancia geográfica de los claustros blindaron el acceso a las hijas de familias notables y excluyeron a indígenas, negros y mestizos de la profesión religiosa plena. La jerarquía interna velo negro/velo blanco reproducía dentro de los muros la estructura estamental del Nuevo Reino, y los conventos actuaron como banca territorial mediante el sistema de censos, financiando haciendas y trapiches a tasas del 5% anual con deudas transmisibles de generación en generación. Sin embargo, ese mismo espacio de clausura fue el único ámbito institucional colonial donde una mujer podía gobernar una comunidad, administrar capital y producir escritura, como muestra la obra de Sor Francisca Josefa del Castillo desde Tunja.
En debate
La historiografía oscila entre tres interpretaciones que no se concilian sin fricción: la lectura espiritualista, que describe los conventos como fundaciones piadosas y reduce a un solo plano lo que operaba simultáneamente sobre raza, patrimonio y dinero; la lectura de reproducción social, que ve en lo religioso mera forma al servicio de la colocación de hijas excedentes y la preservación del linaje criollo; y la lectura económica, que privilegia la función crediticia de las órdenes femeninas y trata las barreras raciales y patrimoniales como mecanismos protectores del capital acumulado. El caso del Monasterio de Santa Clara de Cartagena —donde las monjas criollas se organizaron para rechazar a una novicia mulata y fueron amenazadas con prisión por ello— ilustra la tensión central: la autonomía colectiva del claustro y su función de filtro estamental no eran fuerzas opuestas sino la misma fuerza vista desde dos ángulos. Aplicar la categoría de dispositivo biopolítico al régimen colonial neogranadino es además objeto de debate metodológico, pues el concepto proviene de la genealogía del Estado moderno europeo y su traslado a un orden donde Corona, Iglesia y familias notables se disputaban jurisdicciones sin gobierno unificado de la vida exige cautela.
Temas
Pureza de sangre y sociedad de castas en la Nueva GranadaDote conventual y estrategias patrimoniales de las élites criollasCensos eclesiásticos y economía colonialJerarquía velo negro y velo blanco: estamento y raza dentro del claustroSor Francisca Josefa del Castillo y la escritura femenina colonialReformas borbónicas y desamortización liberal: desmantelamiento del poder conventual

El convento femenino en el Nuevo Reino de Granada: ¿institución piadosa o dispositivo de la élite criolla?

Entre 1574 y 1629, un puñado de ciudades del Nuevo Reino de Granada —Tunja, Pamplona, Pasto, Popayán, Santa Fe, Cartagena— vio levantarse tras sus murallas domésticas los primeros conventos femeninos. No fueron muchos y no llegaron pronto: entre la fundación de la ciudad y la del primer claustro para mujeres pasaron entre 35 y 73 años. Cuando por fin se abrieron, esos edificios de cal y piedra concentraron algo más que oración. Dentro cabía una fracción decisiva de la élite criolla —sus hijas, sus dotes, sus libros, sus esclavas, sus pleitos— y desde dentro salían préstamos a interés que sostenían haciendas, trapiches y hatos a cientos de kilómetros. El convento neogranadino fue, a la vez, casa de Dios, cámara patrimonial de las familias notables, filtro de pureza de sangre, microcosmos estamental y —de forma menos anunciada— el único espacio institucional donde una mujer podía escribir un libro, gobernar una comunidad y administrar capital.

¿Cómo leer esa simultaneidad? ¿Bajo qué nombre? La pregunta no es retórica: hay tres respuestas fuertes en circulación y ninguna se deja conciliar con las otras sin fricción.

Una primera lectura describió esos claustros como fenómeno espiritual: fundaciones piadosas, vocaciones religiosas, órdenes reformadas llegadas desde España. La descripción es cierta y a la vez engañosamente parcial. Reduce a un solo plano —el de la fe— una institución que operaba simultáneamente sobre la raza, el patrimonio, la jerarquía social y la circulación de dinero. Una segunda lectura lo entiende como aparato de reproducción social: instrumento por el cual las familias criollas colocaban hijas excedentes, protegían patrimonios y aseguraban su blancura genealógica; aquí lo religioso es forma, no sustancia. Una tercera lo describe como nodo económico: los conventos —La Encarnación de Popayán, la Concepción de Santa Fe, Santo Domingo, el Carmen— acumularon capital y lo prestaron a interés bajo la figura del censo, articulando la vida productiva agraria de regiones enteras; la dimensión racial y patrimonial habría sido mecanismo protector del capital, no su razón de ser.

Ninguna de las tres se sostiene sola sin traicionar algo del objeto. La ortodoxia religiosa legitimaba las barreras de acceso, las barreras de acceso protegían el capital acumulado, y el capital acumulado permitía sostener la disciplina espiritual y el prestigio simbólico de las familias vinculadas al claustro; el circuito se cierra sobre sí mismo. Es aquí donde entra, con toda su carga y también con sus límites, la noción de dispositivo biopolítico. Aplicarla a la Nueva Granada no es un gesto neutro: se importa desde otra genealogía —la del Estado moderno europeo, la de las poblaciones administradas por la estadística y la salud pública— y hay que preguntarse hasta dónde alcanza en un régimen donde la Corona, la Iglesia y las familias notables se disputaban jurisdicciones sin que el "gobierno de la vida" fuese aún competencia clara de una autoridad soberana. El término conviene menos como diagnóstico global que como herramienta descriptiva provisional: sirve para nombrar el ensamblaje coordinado de prácticas —filtros de dote, barreras raciales, censos, jerarquías internas, disciplina espiritual— sin resolverlo en una sola función. Con esa cautela vale usarlo. Sin ella se convierte en muletilla teórica.

El calendario mismo de las fundaciones dice algo. Tunja recibió su primer convento femenino, el de Santa Clara, en 1574, treinta y cinco años después de haber sido fundada. Popayán tuvo que esperar hasta 1591 para ver alzarse La Encarnación, también treinta y cinco años después de su fundación. Santa Fe demoró cincuenta y siete años: la Concepción abrió en 1595. Cartagena, ciudad-puerto y no centro administrativo, esperó setenta y tres años —el lapso más largo registrado— para tener en 1606 el convento del Carmen. Ese ritmo diferencial no es azar. Las ciudades que primero recibieron conventos femeninos fueron las que consolidaron con mayor rapidez una élite terrateniente, letrada y burocrática con hijas que colocar y patrimonios que preservar. Cartagena, cuyo capital era mercantil y móvil, tardó más: allí la circulación del dinero encontraba otros cauces y la urgencia conventual era menor.

El siglo XVII fue el momento de máxima producción arquitectónica religiosa del Nuevo Reino. Se terminaron los conventos abiertos a fines del XVI y se levantaron otros: Santa Clara de Cartagena en 1617, Santa Clara de Santa Fe en 1629, sucesivas casas del Carmen. Cada ciudad importante llegó a tener varios conventos femeninos de distintas órdenes —clarisas, concepcionistas, carmelitas, dominicas—, lo que multiplicó las opciones para las familias y tejió una red densa dentro de cada centro urbano. Esa geografía tiene una consecuencia dura: si el convento estaba en Cartagena, en Popayán o en Santa Fe, las mujeres nacidas en villas menores o en el campo quedaban de hecho excluidas. La distancia era, junto con la dote, una barrera material tan efectiva como cualquier norma escrita.

Entre la segunda mitad del siglo XVII y finales del XVIII, ingresar a un convento de Santa Fe costaba, por lo general, entre 1.000 y 2.000 pesos. Es una cifra decisiva. Situada en la economía colonial, equivalía al valor de varias esclavas, al capital fundacional de un pequeño trapiche o al precio de casas urbanas de porte medio. Ninguna familia pobre podía pagarla; muchas familias mestizas acomodadas tampoco. La dote conventual funcionaba como filtro económico automático: no hacía falta declarar prohibida la entrada a mujeres sin recursos porque el precio se encargaba de excluirlas. A ello se sumaban los costos del traslado, del ajuar, del sostenimiento dentro del claustro, y el conjunto blindaba el ingreso a las hijas de las familias notables.

Vista desde la lógica familiar, la dote no era un gasto perdido sino una inversión patrimonial. Colocar a una hija en el convento —con un pago único de 1.000 o 2.000 pesos— evitaba tener que casarla, lo que habría implicado una dote matrimonial habitualmente mayor, la fragmentación del patrimonio entre yernos, y el riesgo de un mal matrimonio que degradara el prestigio del linaje. La elección entre casar o profesar a una hija fue, para las familias de élite, una decisión estratégica: cuántas hijas destinar al matrimonio para producir alianzas y descendencia legítima, cuántas al convento para preservar capital, cuántas al celibato en casa.

La costumbre de destinar al menos un hijo o hija al estado religioso fue muy recurrente en familias numerosas y particularmente marcada en Santander, donde se prolongó por más de trescientos años; también en Antioquia, aunque en proporción algo menor, y en el Cauca, el Viejo Caldas y las zonas de colonización antioqueña hacia el sur. Que fueran los padres quienes decidieran, llevando a los hijos a edad muy temprana a las casas religiosas donde recibirían toda su formación, indica hasta qué punto la vocación era, en muchos casos, un efecto retroactivo de una asignación familiar previa. Para la mujer colonial, ese cálculo ajeno se traducía en tres opciones socialmente reconocidas: religiosa, casada o célibe soltera. El convento no era, para la mayoría de quienes entraban en él, una elección espiritual sostenida contra alternativas plenas: era una de las tres casillas posibles, y con frecuencia la elegida por la familia antes que por la interesada.

Lo que ocurría con esas dotes una vez recibidas explica por qué los conventos importaban a la economía regional tanto como a la Iglesia. Las órdenes femeninas acumularon capital en efectivo y, para preservarlo y hacerlo rendir, lo prestaron a interés bajo la figura del censo: una obligación crediticia en la que el prestatario pagaba anualmente un rédito —alrededor del 5% sobre el principal— sin urgencia por cancelar la deuda, que podía transmitirse de generación en generación. Los censos gravaban propiedades rurales y urbanas; las unidades productivas por debajo de 200 patacones no cargaban con gravamen, pero a partir de esa cifra el endeudamiento crecía en proporción: fincas de menos de tres mil patacones podían soportar censos por cerca de un tercio de su valor, y las propiedades mayores admitían fracciones aún más altas.

Los conventos femeninos operaban, así, como banca territorial. Hacendados, dueños de trapiches y ganaderos acudían a ellos para financiar la creación o expansión de unidades productivas. El caso de La Encarnación de Popayán es emblemático: a fines del siglo XVIII, terratenientes tradicionales de Cali cruzaban la cordillera para tomar dinero de capellanías o del convento payanés, prueba de que el crédito conventual desbordaba las jurisdicciones locales. Santa Fe conoció una densidad aún mayor: una parte significativa de la propiedad raíz de la ciudad pertenecía a la Iglesia, y algunos conventos —Santo Domingo, la Concepción— eran particularmente ricos. En Tunja los conventos se enriquecieron mediante donaciones llegadas de todas partes y vinieron a sostener la ciudad conforme la población indígena, base del sistema de encomiendas, se reducía. No hubo sustitución planificada de la encomienda por el convento, pero sí un desplazamiento efectivo del centro de gravedad económico hacia las manos muertas eclesiásticas. Antioquia matiza el cuadro sin desmentirlo: allí la mayor parte de los bienes en manos muertas estaba en forma de censos, no de propiedades raíces, porque la Iglesia local no había heredado ni acumulado riqueza en la misma escala que en Bogotá o Popayán. Donde las élites criollas eran más antiguas y más asentadas, el convento se volvía propietario y acreedor; donde su formación fue tardía, también su peso material fue menor. La correlación es demasiado nítida para ser accidental.

El filtro económico de la dote no bastaba. A partir del siglo XVII, leyes de segregación por origen familiar impidieron a indígenas, negros y mestizos el acceso a la profesión religiosa. Los mestizos y algunos indígenas fueron admitidos, en ciertas épocas, únicamente como religiosos donados: una figura de servidores que no hacían profesión, que trabajaban dentro de las casas religiosas sin acceder a la condición plena de miembros de la orden. La combinación de dote alta, distancia geográfica y barrera étnica hizo que la población conventual femenina fuera cada vez más criolla. No fue reserva exclusiva y absoluta —la presencia de mestizas está comprobada—, pero el sesgo estructural fue inequívoco.

El conflicto del Monasterio de Santa Clara de Cartagena muestra cómo operaba en la práctica ese filtro cuando alguien intentaba forzarlo. Una novicia mulata fue propuesta para el ingreso al claustro. La priora, apoyada por el sacerdote del convento, el obispo y el gobernador español, presionó a la comunidad para admitirla. Las monjas —en su mayoría criollas— se opusieron, alegando que las leyes y tradiciones de la congregación exigían mayoría de votos para aceptar a una nueva religiosa y que esa mayoría no se había respetado. En represalia, según su queja elevada al rey, fueron sometidas a amenazas y prisión arbitraria. El gobernador defendió a la novicia argumentando sus altas cualidades morales y precisando que su partida de bautismo no la registraba como mulata sino como hija de padres desconocidos: el mismo dato que revela que el estatuto racial era objeto de negociación documental.

El episodio importa por lo que dice y por lo que no dice. Dice que la barrera de pureza de sangre era operativa, defendida activamente por las religiosas y compartida por parte de la jerarquía. Dice también que autoridades civiles y religiosas podían intentar romperla en casos particulares, lo que muestra que no era rígida sino administrable. Y dice, sobre todo, que cuando las monjas ejercieron agencia colectiva —organizándose, votando, escribiendo al rey— lo hicieron para defender la exclusión racial. La autonomía del claustro y su función de filtro estamental no eran fuerzas opuestas: eran la misma fuerza, vista desde dos ángulos.

Dentro del convento se reproducía, a escala doméstica, la jerarquía de la sociedad colonial. Las monjas de velo negro, o de coro, pertenecían a las categorías sociales más altas, gobernaban la comunidad, ocupaban los cargos —priora, vicaria, maestra de novicias— y participaban del oficio divino en el coro. Las monjas de velo blanco, o legas, eran alternativa para mujeres con menos recursos económicos; su vida transcurría en tareas serviles dentro del claustro y no accedían al gobierno. La condición étnica limitaba el acceso al convento incluso por la vía del velo blanco: la barrera racial no se relajaba en el escalón inferior de la jerarquía interna.

A ese doble estamento se sumaba una tercera capa: criadas y esclavas que servían personalmente a las religiosas de velo negro dentro de la clausura. Su presencia era masiva y cotidiana. El arzobispo Sanz Lozano, en visita pastoral, tuvo que ordenar que las criadas no salieran continuamente de la clausura y que nunca pernoctaran fuera de ella, señal de que la frontera entre el adentro y el afuera del convento era, en la práctica, porosa. Josefa del Castillo dejó testimonio repetido del suplicio que le suponían los chismes, el barullo y la maledicencia de las criadas dentro del claustro. La presencia de esclavas y seglares, junto con los grandes gastos en celebraciones religiosas, generaba una sensación permanente de desorden que obligaba a reimplantar con rigor las reglas de concilios y sínodos.

Ese microcosmos —velo negro criollo arriba, velo blanco criollo en medio, esclavas y criadas mestizas o negras abajo— reproducía dentro de los muros la estructura estamental y racial del Nuevo Reino. El convento no era una isla del orden colonial: era ese orden en pequeño.

Y sin embargo, dentro de esos muros ocurrió algo que en ninguna otra institución colonial ocurrió con la misma frecuencia ni con la misma calidad: una mujer escribió libros. Francisca Josefa de Castillo y Guevara —Madre Castillo, sor Francisca Josefa de la Concepción de Castillo—, religiosa clarisa en Tunja entre 1672 y 1741, dejó dos obras reconocidas como la más alta expresión de la mística hispana en la Nueva Granada: los Afectos espirituales y la Vida, autobiografía espiritual escrita por mandato de sus confesores. Su escritura sigue el itinerario místico clásico de la tradición hispana: vía purgativa —la noche oscura, atravesada por visiones terroríficas y tormentos corporales—, vía iluminativa y unión transformante con Dios. Se inscribe en la línea de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, con un rasgo propio: donde el misticismo de Teresa se ha descrito como apacible y custodiado por el Señor y sus ángeles, el de Castillo aparece sacudido por destellos infernales, con un tono más turbulento.

Sus prácticas ascéticas —cadenas de hierro, cilicio, ortigas, golpes, noches de llanto— pertenecen al repertorio de la mortificación tridentina, y en sus páginas la humillación del cuerpo es camino de purificación. Pero la potencia literaria de la obra excede el molde devocional. La Vida y los Afectos son texto de una escritora capaz de explorar la interioridad con una densidad estética que no encuentra rival femenino en la Nueva Granada colonial.

La escritura de Castillo condensa la tensión que atraviesa toda esta pregunta. Escribe por mandato: sus confesores le ordenan hacerlo, encuadran la obra en la ortodoxia mística, la vigilan. Escribe sobre sumisión: humillación, obediencia, aniquilación de la voluntad propia ante Dios. Y sin embargo escribe, y lo hace desde una autoría que la nombra, la firma, la deja para la posteridad. Que una mujer clarisa en Tunja, a comienzos del XVIII, produjera un cuerpo literario sostenido y de esa calidad es, en el conjunto de la sociedad neogranadina de su tiempo, excepcional. No hay figura masculina laica —ni siquiera clerical— cuya obra literaria colonial resista con la misma fuerza el paso del tiempo. La excepcionalidad no invalida el argumento estructural; lo precisa. La Nueva Granada colonial produjo una gran escritora, y la produjo en el único espacio donde una mujer con recursos, educación y tiempo podía llegar a la página: el claustro.

¿Basta entonces "dispositivo biopolítico" como nombre? La categoría ilumina la articulación entre filtro racial, filtro económico, jerarquía interna y ortodoxia; permite ver que ninguna de esas funciones basta por separado y que la fuerza del claustro está en cómo se acoplan. Pero también fuerza el vocabulario de un régimen —el gobierno moderno de las poblaciones— sobre otro que operaba con otras coordenadas: linaje, sangre, salvación de las almas, obligación crediticia perpetua. El término gana precisión si se lo entiende como descripción de un ensamblaje concreto y pierde utilidad si se lo convierte en etiqueta con pretensión de teoría general. Con esa reserva se sostiene: el convento femenino neogranadino fue, para la sociedad que lo levantó y sostuvo, algo más que una institución piadosa y algo distinto de una simple filial americana de la reforma católica.

Fue, entre otras cosas, el único lugar donde una mujer podía escribir un libro, gobernar una comunidad de decenas de personas y administrar capital a interés. Esa autonomía fue estructuralmente frágil y estuvo vigilada: los padres decidían el ingreso a edad temprana, los confesores enmarcaban la escritura mística en la ortodoxia, las autoridades masculinas resolvían los conflictos internos, y cuando las monjas ejercieron agencia colectiva —como en el Santa Clara de Cartagena— lo hicieron para defender la exclusión racial que las definía como grupo. Pero era, aun así, autonomía. La Vida de la Madre Castillo existe. Las cartas al rey del Santa Clara de Cartagena existen. Las prioras que decidían sobre censos y capellanías existieron.

Esa doble condición no es paradoja sino mecanismo. La clausura estamental era condición material de posibilidad de la escritura, del gobierno y del capital femeninos: sin dote no había tiempo libre; sin filtro racial no había concentración de recursos; sin jerarquía interna no había cargos que ejercer; sin ortodoxia mística no había confesor que ordenara escribir. Cuando el orden colonial se resquebrajó, esa condición desapareció con él. El decreto de desamortización de bienes de manos muertas, expedido el 9 de septiembre de 1861 por Tomás Cipriano de Mosquera, clausuró el sistema de censos como banca eclesiástica territorial y, con él, la autonomía económica que había permitido a los conventos operar como polos financieros. Sin ese pilar, la vida conventual femenina se contrajo a su dimensión estrictamente religiosa, esta vez sin el poder material que la había sostenido durante dos siglos y medio.

Preguntar si el convento neogranadino fue institución piadosa o dispositivo de la élite criolla, entonces, no obliga a elegir un término contra el otro: obliga a describir cómo lo uno pasaba por lo otro, y a admitir que la respuesta cambia según desde qué lado del muro se formule. Una minoría escribía, oraba y prestaba dinero tras la reja; la mayoría —indígenas, negras, mestizas, pobres— hacía su vida al otro lado, y de esa vida sabemos comparativamente poco. La pregunta, planteada así, no se cierra: se desplaza hacia lo que el claustro dejaba fuera, y ahí sigue esperando.