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Hecho · Regeneración · 1886–1929

Emergencia del movimiento obrero y socialista en Colombia (1918–1927)

Entre 1918 y 1927, trabajadores de enclaves petroleros, ferroviarios y portuarios protagonizaron las primeras huelgas y fundaron los primeros sindicatos modernos de Colombia, introduciendo la cuestión social en la política nacional bajo condiciones de explotación extrema y represión estatal.

Alejandro Gutiérrez · 16 de julio de 2026 · 4.175 palabras · 43 fuentes
Emergencia del movimiento obrero y socialista en Colombia (1918–1927)
Fecha
1918–1927
Lugares
BarrancabermejaRío MagdalenaBarranquillaBogotáMedellínCaliCartagenaHondaCiénagaGirardot
Protagonistas
Raúl Eduardo MahechaIgnacio Torres GiraldoMaría CanoTropical Oil CompanyPartido Socialista Revolucionario (PSR)Confederación Obrera NacionalUnión Obrera de Barrancabermeja (USO)Miguel Abadía MéndezPedro Nel Ospina
Causas
  • Desigualdad salarial estructural en los enclaves extranjeros: los obreros colombianos de la Tropical Oil ganaban $1,50 diarios sin alojamiento ni comida, frente a $3,50 más prestaciones de los trabajadores extranjeros en los mismos puestos
  • Condiciones sanitarias y laborales desastrosas en los campamentos petroleros y bananeros: en 1923 el 40,81% de los trabajadores de la Tropical Oil se enfermó y el 1,51% murió; los salarios permanecieron congelados entre 1922 y 1924 mientras los precios subían
  • Concentración masiva de trabajadores asalariados en ferrocarriles, puertos, transporte fluvial y enclaves extranjeros, producto de la expansión económica de posguerra y la danza de los millones, que creó las condiciones materiales para la organización colectiva
  • Herencia organizativa de los artesanos, quienes desde 1904 y 1913 habían fundado asociaciones mixtas como la Unión de Industriales y Obreros y la Unión Obrera Colombiana, transmitiendo tradición reivindicativa a los obreros industriales
  • Apoyo incondicional del Estado colombiano a las empresas multinacionales, que negaban reconocer a los sindicatos como interlocutores y se negaban a negociar pliegos de peticiones, radicalizando el conflicto laboral
Consecuencias
  • Fundación de los primeros sindicatos modernos del país entre 1918 y 1923, incluida la Unión Obrera de Barrancabermeja (USO) en 1923, y creación de la Confederación Obrera Nacional en el Segundo Congreso de Trabajadores de julio de 1925 en Bogotá
  • Represión estatal sistemática: declaración de estado de sitio tras la huelga de enero de 1927 en Barrancabermeja, con dos muertos y más de ocho heridos el 21 de enero; legislación que limitó el derecho de huelga a la mera cesación del trabajo y estableció la deportación de extranjeros participantes
  • Triunfo obrero en el Ferrocarril del Pacífico (1–3 de septiembre de 1926): más de 5.000 trabajadores lograron aumentos salariales, jornada de ocho horas y mejoras higiénicas en dos días de paro, convirtiéndose en referencia del sindicalismo colombiano
  • Fundación del Partido Socialista Revolucionario (PSR) en 1926, primer partido colombiano concebido para articular simultáneamente a trabajadores urbanos y campesinos, con vínculos con la Internacional Comunista
  • Ingreso definitivo de la cuestión social en la agenda política nacional, prefigurando la masacre de las bananeras de 1928 y el ciclo de movilización popular que culminaría con el ascenso del gaitanismo en las décadas siguientes
Por qué importa
Este ciclo marca el momento fundacional del movimiento obrero colombiano: por primera vez, trabajadores asalariados de enclaves extranjeros y ferrocarriles se constituyeron como sujeto político con pliegos, sindicatos y partido propio, obligando al Estado y a las élites a reconocer la existencia de una clase trabajadora organizada. La tensión entre represión estatal y conquistas puntuales —Barrancabermeja aplastada, Ferrocarril del Pacífico victorioso— reveló la geometría del poder en la hegemonía conservadora y trazó el mapa de conflictos que desembocaría en la masacre de las bananeras y, a largo plazo, en la polarización política del siglo XX colombiano.

La emergencia del movimiento obrero y socialista en Colombia (1918-1927)

Entre 1918 y 1927, en las riberas del río Magdalena, en los talleres de los ferrocarriles y en las oficinas del puerto de Barranquilla, un país que aún se pensaba como república de artesanos, hacendados y peones descubrió que tenía trabajadores. No en el sentido general del que labora, sino en el más incómodo: hombres —y algunas mujeres— que se reconocían como clase, redactaban pliegos, declaraban huelgas y empezaban a hablar en el idioma nuevo del socialismo y del sindicalismo. Ese ciclo de una década larga, que va de las primeras huelgas de posguerra a la víspera de la masacre de las bananeras, fue el momento en que la cuestión social ingresó por la puerta ancha a la política colombiana. Lo hizo no como importación europea, sino como respuesta concreta a los enclaves de la Tropical Oil, a las cuadrillas del Ferrocarril del Pacífico, a los braceros de Girardot, a los estibadores del Magdalena. Y lo hizo mientras el país vivía la llamada danza de los millones, con dólares entrando por préstamos y por café, y con una hegemonía conservadora que se empezaba a preguntar, con alarma y con torpeza, quiénes eran esos hombres que paralizaban los puertos.

El mundo del que brota: artesanos, café y capital extranjero

Antes de la Primera Guerra Mundial, el volumen principal de lo que en Colombia podía llamarse clase trabajadora seguía siendo artesanal. Zapateros, sastres, tipógrafos, ebanistas: oficios urbanos que se organizaban en sociedades de ayuda mutua, casi siempre bajo el paraguas de la Iglesia católica, y cuya función era menos la lucha reivindicativa que el auxilio en la enfermedad, la muerte o el desempleo. Ese mundo, sin embargo, había ensayado también formas más combativas. La Unión de Industriales y Obreros, fundada en 1904, y la Unión Obrera Colombiana, de 1913, asociaron artesanos con obreros en organizaciones mixtas que transmitieron a la siguiente generación algo más que instrumentos de socorro: una tradición organizativa, un repertorio de acción, un vocabulario político. Cuando los sindicatos propiamente dichos aparezcan en los años veinte, no lo harán sobre tierra virgen.

Lo que cambió fue la escala y la geografía del trabajo. La posguerra trajo a Colombia una prosperidad inédita, bautizada por los contemporáneos con un nombre revelador: la danza de los millones. Los colombianos, se decía, comenzaron a pensar en millones donde antes pensaban en cientos de miles. Dos fuentes alimentaban ese torrente: el aumento de las exportaciones cafeteras y el influjo del capital extranjero, sobre todo estadounidense, en forma de préstamos y de inversión directa en enclaves. La United Fruit Company controlaba la zona bananera de la costa norte; la Tropical Oil Company operaba en Barrancabermeja y su hinterland; los ferrocarriles se expandían; los puertos fluviales del Magdalena movían un tráfico creciente. En todas esas obras y en todos esos campamentos se concentraban trabajadores asalariados en cantidades que Colombia no había conocido antes.

La concentración era también desigualdad. En los campos de la Tropical Oil, un obrero colombiano ganaba un peso con cincuenta centavos al día, sin alojamiento ni comida; un trabajador extranjero, en el mismo puesto y con las mismas funciones, ganaba tres cincuenta y encima recibía casa y alimentación. En 1923, el 40,81% de los trabajadores empleados en los campos petroleros se enfermó a lo largo del año y el 1,51% murió, cifras que hablan menos del clima del Magdalena medio que de la ausencia de hospitales, del agua contaminada, de los alojamientos precarios. Entre 1922 y 1924, mientras los precios subían, el jornal de un peso cincuenta permaneció idéntico. La cuestión social no era en Colombia una categoría abstracta: eran los anjeos que faltaban en las ventanas, el pago en vales redimibles solo en los almacenes de la compañía, el domingo sin descanso, la jornada sin horario.

Sobre ese fondo material se desplegaron entre 1918 y 1923 los primeros sindicatos y las primeras huelgas modernas del país. El año 1920 fue particularmente intenso: treinta y un conflictos laborales registrados, distribuidos entre transporte, industria manufacturera, construcción y servicios. Los grupos constitutivos del naciente movimiento obrero fueron los que trabajaban donde el capitalismo colombiano se estaba densificando: ferrocarriles, puertos, transporte fluvial y los enclaves extranjeros de petróleo y banano. No era casualidad. Allí donde el trabajo se concentraba, la organización se hacía posible; allí donde la empresa era ajena y poderosa, la conciencia de clase se aceleraba.

Barrancabermeja 1924: el enclave como escuela

El 8 de octubre de 1924, poco más de cincuenta obreros de la Tropical Oil Company pararon labores en Barrancabermeja. Dos días después, el paro era total. La organización de la huelga corrió a cargo de Raúl Eduardo Mahecha, activista socialista que llevaba desde 1923 trabajando con los obreros del petróleo y con los braceros y estibadores del río. Un año antes, en 1923, se había fundado en Barrancabermeja la Unión Obrera —que más tarde se conocería como Unión Sindical Obrera, USO—, con participación de miembros de las corrientes marxistas que en pocos años cristalizarían en el Partido Socialista Revolucionario. La huelga de octubre no salía de la nada: era el fruto visible de una organización paciente en un enclave donde las condiciones de vida hacían inevitable la protesta.

La Tropical Oil se negó a negociar. El argumento que esgrimió tenía que ver con los delegados de la Sociedad Obrera, a quienes la compañía no reconocía como interlocutores válidos. Detrás de esa fórmula jurídica había una posición política precisa: la empresa se rehusaba a admitir la existencia misma del sindicato como sujeto de negociación. El Estado colombiano, del que las multinacionales del enclave habían recibido un apoyo casi invariablemente incondicional, no obligó a la compañía a sentarse. La huelga terminó sin conquistas mayores, pero dejó tras de sí una lección que se recogería tres años después: el enclave era una escuela política, y los obreros del petróleo estaban aprendiendo.

En enero de 1927 estalló la segunda huelga contra la Tropical Oil. Los peticionarios pedían mucho más que en 1924: un aumento salarial del 25%, seguridad de empleo, descanso dominical, jornada de ocho horas, mejor comida, mejores condiciones sanitarias, anjeos en las ventanas de las viviendas. El pliego era un compendio de la vida en el campamento y, al mismo tiempo, un programa mínimo del sindicalismo moderno. La compañía volvió a negarse a negociar. El 21 de enero, la policía disparó sobre los trabajadores: dos muertos, más de ocho heridos. El gobierno declaró el estado de sitio. La huelga se extendió por solidaridad a los portuarios a lo largo del Magdalena, lo que reforzó al movimiento pero también atrajo una represión mayor, con varios enfrentamientos armados entre obreros y tropa.

Barrancabermeja funcionó, entre 1924 y 1927, como un laboratorio. Lo que allí ocurrió tenía todos los ingredientes del ciclo: una multinacional intransigente, un Estado alineado con la empresa, un pliego que combinaba salario y dignidad —jornada, comida, sanidad, ventanas—, una dirigencia socialista que aprendía sobre la marcha y una red de solidaridades fluviales que ampliaba cada conflicto. La represión, más que el reconocimiento, fue la respuesta dominante; pero la existencia misma de un pliego negociable, discutido en la prensa nacional, marcó un umbral. Los obreros del petróleo eran ya, quisiera o no la Tropical Oil, un interlocutor visible.

1926 en los rieles: el triunfo del Ferrocarril del Pacífico

Entre el 1 y el 3 de septiembre de 1926, más de cinco mil trabajadores del Ferrocarril del Pacífico paralizaron el occidente del país. En apenas dos días, la empresa aceptó los puntos centrales del pliego: aumentos salariales, jornada de ocho horas, mejores condiciones higiénicas. La huelga estuvo dirigida por un grupo de socialistas encabezado por Ignacio Torres Giraldo, y su desenlace favorable la convirtió en referencia obligada. Poco antes, los braceros de Girardot habían protagonizado un conflicto que se cita junto al del Pacífico como ejemplo de las conquistas obreras del período.

El contraste con Barrancabermeja es significativo. Donde la empresa era extranjera y el enclave estaba integrado a intereses geoestratégicos —el petróleo, la costa, el río—, el Estado se puso sin reservas del lado del capital y desplegó la fuerza pública. Donde el ferrocarril era infraestructura nacional, con función logística sobre exportaciones cafeteras que interesaban a las élites locales, el margen para la negociación existió. La respuesta estatal al movimiento obrero no fue uniforme: oscilaba entre la represión estructural en los enclaves y la concesión táctica puntual cuando el costo de la parálisis afectaba directamente a los sectores dominantes internos. Los socialistas del Pacífico entendieron esa geometría y la explotaron con eficacia.

El triunfo de 1926 tuvo un efecto multiplicador. Ignacio Torres Giraldo, quien había estado en el centro de la organización de esa huelga, saldría de allí como una de las figuras centrales del socialismo colombiano. En los meses siguientes, el núcleo marxista que él lideraba lograría cristalizar en un partido. La victoria ferroviaria no fue solo laboral: fue una demostración de que la organización de masas, dirigida con criterio político y apoyada en un pliego concreto, podía doblegar a una empresa. Esa demostración alimentó el proyecto partidario.

Congresos Obreros: anarquistas, socialistas, marxistas

La visibilidad no bastaba. Para que la clase se constituyera como sujeto político, hacía falta institucionalidad propia: congresos, confederaciones, prensa, partido. Ese trabajo se hizo entre 1924 y 1926, en tres momentos sucesivos.

Hacia 1924, en un congreso socialista, los delegados orientaron el perfil del movimiento hacia el internacionalismo leninista de la Tercera Internacional y solicitaron formalmente la membresía. Fue un gesto más simbólico que operativo, pero fijó una dirección: el socialismo colombiano se pensaba como parte de un movimiento mundial, no como un producto puramente local. La solicitud, sin embargo, no debe leerse como sumisión doctrinal: los socialistas colombianos operaban con recursos ideológicos híbridos y con anclajes territoriales concretos.

En julio de 1925 se reunió en Bogotá el Segundo Congreso de Trabajadores. Su producto principal fue la creación de la Confederación Obrera Nacional, que se afilió a la Internacional Sindical Roja. Aquí aparece una tensión que atravesará todo el ciclo. La Confederación tenía un tinte marcadamente anarco-sindicalista, con desconfianza hacia las formas partidarias verticales y hacia el Estado como interlocutor; su afiliación a una internacional vinculada al leninismo introducía en el mismo cuerpo una contradicción no resuelta. El movimiento obrero colombiano nacía plural, con corrientes anarquistas, socialistas y marxistas conviviendo bajo un mismo techo. Esa pluralidad sería su fuerza movilizadora y, más tarde, su debilidad estratégica: sin una dirección unificada, la respuesta a la represión de 1928 se dispersaría.

En 1926, tras los triunfos del Ferrocarril del Pacífico y de los braceros, el núcleo marxista encabezado por Ignacio Torres Giraldo dio el paso siguiente: la fundación del Partido Socialista Revolucionario. Tomás Uribe Márquez asumió como secretario general y fue descrito como el primero en concebir en Colombia un partido pensado para servir simultáneamente a trabajadores urbanos y campesinos. El PSR simpatizó con la Internacional Comunista pero se resistió al modelo leninista de partido de cuadros, prefiriendo construir un gran partido de masas con base territorial y composición social popular. Esa opción era coherente con lo que ocurría abajo: si los enclaves petroleros, ferroviarios y portuarios estaban proletarizando a un sector, las ligas campesinas y los sindicatos agrarios articulaban a otro, y una organización de cuadros no habría podido representar ese abanico.

Voces, cuerpos, periódicos

La militancia se hizo cara y palabra. En 1925, una mujer de Medellín fue nombrada Flor del Trabajo, un título que en otras circunstancias habría sido decorativo pero que en su caso funcionó como puerta de salida del confinamiento doméstico. María Cano rompió con la sujeción femenina al espacio hogareño y se lanzó a la agitación de las ideas socialistas. En los años siguientes recorrió el país en giras extensas, denunciando injusticias, movilizando trabajadores, enfrentando la represión. Se convirtió en símbolo del movimiento obrero rebelde y en una oradora capaz de convocar a miles. Colaboró en La Humanidad, periódico socialista dirigido por Ignacio Torres Giraldo. Su vínculo con el PSR fue estrecho y su presencia en las plazas transformó la fisonomía pública del movimiento: una mujer hablando en nombre de los trabajadores era, en la Colombia conservadora y católica de los años veinte, una imagen políticamente explosiva.

Raúl Eduardo Mahecha fue la contrafigura de terreno. Menos plaza pública y más campamento, trabajó de 1923 a 1927 con los obreros de Barrancabermeja y con los braceros y estibadores del Magdalena. Organizó la huelga de 1924, estuvo en la de 1927 y, después del ciclo que aquí interesa, organizaría a los trabajadores bananeros hasta la huelga de diciembre de 1928, por la cual sería juzgado y condenado a prisión por un consejo de guerra. Su figura encarnó la militancia socialista anclada en el enclave: sin plaza pública sostenida, con la lógica del organizador que aparece, forma núcleos, prepara el paro y desaparece antes de la represión.

Ignacio Torres Giraldo fue el estratega. Central en el Ferrocarril del Pacífico en 1926, cabeza del núcleo marxista que fundó el PSR ese mismo año, director de La Humanidad: reunía la capacidad de organización con la producción de doctrina. Años después escribiría una biografía de María Cano y la obra historiográfica Los Inconformes, sobre las luchas sociales en Colombia. Su trayectoria, que terminaría en 1968 en Cali en la pobreza y el aislamiento político, es una miniatura del destino del ciclo: intensidad extrema, marginación posterior.

Tomás Uribe Márquez, secretario general del PSR, aportó la visión articuladora entre lo urbano y lo campesino. En un país donde el trabajador industrial era todavía una minoría, cualquier partido obrero condenado a hablar solo con esa minoría estaba condenado también a la marginalidad. La apuesta por incorporar al arrendatario, al colono, al indígena, al pequeño campesino, fue una decisión estratégica que se probaría en las ligas agrarias de Cundinamarca y del Tolima.

Ligas campesinas y resistencia indígena

El PSR no se limitó a las ciudades y a los enclaves. Sindicatos agrarios y ligas campesinas, muchas cercanas al partido, lideraron huelgas en Ciénaga, Barrancabermeja, Líbano y Girardot. En las regiones cafeteras de Cundinamarca y el Tolima, colonos y arrendatarios se organizaron para exigir contratos más favorables, invadir tierras y plantar café en sus parcelas contra la oposición de los terratenientes. La lucha era doble: por el derecho a la tierra y por participar de la bonanza cafetera, es decir, por dejar de ser el peón que producía el grano cuyo precio en dólares alimentaba la danza de los millones sin llegar nunca al rancho.

Las corrientes de colonización y el tipo de latifundio existente en Cundinamarca y el Tolima abrían para la población agraria mayores posibilidades de acción política fuera del bipartidismo tradicional. Ese margen fue aprovechado por el PSR, que encontró en las ligas un terreno fértil para articular a la clase trabajadora rural con la organización obrera urbana.

Al mismo tiempo, en el Cauca y el Tolima, Manuel Quintín Lame lideraba una movilización indígena distinta pero convergente. Su lucha era por el reconocimiento legal de los títulos de resguardo, contra la expansión de haciendas y ganadería sobre territorios colectivos. La resistencia indígena cobró mayor resonancia cuando Lame y algunos líderes de comunidades del Tolima entraron en contacto con el recién creado PSR y, más tarde, con el Partido Comunista fundado en 1930. Bajo esa influencia, la lucha se radicalizó y se multiplicaron las tomas de tierras. La confluencia entre el movimiento obrero, las ligas campesinas y la resistencia indígena, mediada por el PSR, esbozó por primera vez en Colombia una alianza popular que desbordaba el mundo del asalariado urbano.

El gobierno se puso del lado de los terratenientes usando la fuerza pública y medidas económicas. La geometría se repetía: donde el conflicto tocaba propiedad y orden, el Estado no era neutral, y la interlocución de las organizaciones populares se resolvía en el frente policial antes que en la mesa de negociación.

Púlpito, cuartel y tribuna: la disputa por el trabajador

El ingreso de la cuestión social a la política nacional no ocurrió en un vacío ideológico. La Iglesia católica, que había tutelado durante décadas las sociedades de ayuda mutua, veía con alarma la aparición de organizaciones obreras que hablaban de socialismo, de anarco-sindicalismo, de internacional roja. Esa alarma se traducía en gestos concretos: jerarcas católicos enviarían telegramas de felicitación a los congresistas que aprobaran, en octubre de 1928, la Ley Heroica; el arzobispo de Cartagena la celebraría como triunfo del partido del orden social. La disputa por el alma del trabajador era, para la Iglesia, una disputa por el orden mismo de la nación.

El Estado conservador, presidido primero por Pedro Nel Ospina y desde 1926 por Miguel Abadía Méndez, oscilaba entre dos lenguajes. Uno era el de la conciliación puntual, ensayado con éxito en el Ferrocarril del Pacífico. El otro, cada vez más dominante hacia el final del ciclo, era el de la criminalización: los gobiernos conservadores respondían al desafío del movimiento laboral con la represión y argumentaban que la rebeldía obrera era producto de una conspiración comunista o bolchevique. El Estado limitó legalmente el derecho de huelga a la mera cesación del trabajo, declaró ilegales el piquete, las manifestaciones y las organizaciones permanentes de huelga, y estableció la deportación de extranjeros participantes en huelgas.

La retórica de la conspiración foránea servía a un propósito preciso: negar que la protesta tuviera raíces locales. Si los obreros de Barrancabermeja pedían anjeos en las ventanas y ocho horas de jornada, era —según ese lenguaje— porque agitadores extranjeros los habían envenenado. Ese diagnóstico simplificaba la respuesta: no había que atender demandas, había que deportar agitadores y encarcelar líderes. Sectores del Estado y del empresariado tendían a exagerar la conexión entre el sindicalismo colombiano y el comunismo internacional; en la práctica, ese sindicalismo respondía a condiciones locales y territoriales, con demandas que cualquier código laboral moderno habría reconocido como razonables.

La disputa se libraba también en la calle. La tribuna obrera —las plazas donde hablaba María Cano, los periódicos como La Humanidad, los pliegos leídos en asamblea— se enfrentaba al púlpito y al cuartel. Y en esa disputa, los trabajadores dejaron de ser un objeto de compasión o de doctrina social católica para convertirse en un sujeto que hablaba por sí mismo, con voz propia, con periódicos propios, con partido propio.

Causas: la hibridación del descontento

Detrás del ciclo late, primero, un fondo material que hacía inevitable la aparición del movimiento: la concentración de trabajadores asalariados en enclaves y obras públicas, la desigualdad extrema entre el jornal colombiano y el salario extranjero, la ausencia de servicios básicos en campamentos donde el 40% de la fuerza laboral se enfermaba en un año, la persistencia de pagos en vales que ataban al obrero al almacén de la compañía, el estancamiento salarial en medio de una inflación producida por la propia bonanza. Sobre ese fondo, la danza de los millones agregó un factor psicológico decisivo: la evidencia de que había riqueza, mucha riqueza, y de que esa riqueza no llegaba al rancho ni al campamento.

A ese fondo se sumaron detonantes coyunturales. La posguerra abrió un ciclo internacional de agitación obrera que llegó a Colombia con retraso pero con fuerza. Las huelgas de 1918-1920, las primeras del período, ensayaron formas de acción que se refinarían después. La fundación de la Unión Obrera de Barrancabermeja en 1923 dio al enclave petrolero una organización estable. La huelga del Ferrocarril del Pacífico en septiembre de 1926 demostró que la victoria era posible. Cada detonante alimentaba el siguiente en una espiral que llegó al máximo entre 1926 y 1927.

La hibridación ideológica fue causa y consecuencia a la vez. Los artesanos aportaron tradición organizativa; los enclaves aportaron masa; los intelectuales aportaron doctrina; la Internacional aportó horizonte. Del cruce salió un movimiento que no era europeo trasplantado ni criollo puro, sino una construcción tensa donde coexistían el anarco-sindicalismo de la Confederación Obrera Nacional, el marxismo de masas del PSR, el liberalismo radical de simpatizantes urbanos y hasta las huellas del catolicismo social en algunos círculos artesanales. Esa pluralidad explica la vitalidad del ciclo y también su fragilidad: sin dirección unificada, cada corriente respondía a la represión desde su lógica, y la coordinación se hizo imposible cuando más se necesitaba.

Consecuencias: la Ley Heroica y el horizonte de 1928

Las consecuencias inmediatas del ciclo 1918-1927 se cristalizaron en 1928 y no fueron favorables para el movimiento. El PSR, envalentonado por los triunfos y desbordado por su propia retórica revolucionaria, formó un Comité Central Conspirativo cuyos miembros construían bombas a principios de 1928. Ese hecho, real y grave, ofreció al gobierno la coartada perfecta para una legislación represiva. Ignacio Rengifo encabezó el esfuerzo por aprobar lo que la prensa bautizó como Ley Heroica, argumentando que era necesaria para frenar una inminente revolución comunista y una conflagración social de dimensiones aterradoras.

El debate ocupó la prensa desde febrero hasta octubre de 1928. Liberales y un número considerable de conservadores atacaron el proyecto. La Ley 69 fue finalmente aprobada el 2 de noviembre de 1928. Su artículo 1 tipificaba como delito asociarse para incitar a cometer delitos, fomentar la indisciplina de la fuerza armada, desconocer el derecho de propiedad o la familia, promover huelgas violatorias de la ley o hacer apología de hechos delictivos. Era, en efecto, un estatuto contra la organización popular considerada subversiva. El PSR desplegó una campaña en defensa de la democracia contra la ley, pero el margen ya era estrecho.

Semanas después de la aprobación de la Ley Heroica estalló la huelga de los trabajadores de la United Fruit Company en la zona bananera del Caribe. El desenlace es conocido y queda fuera de los límites de esta pieza. Basta señalar que la masacre de las bananeras de diciembre de 1928 no fue un acontecimiento aislado, sino el punto en que la lógica represiva ensayada en Barrancabermeja en 1924 y 1927, codificada legalmente en la Ley Heroica y respaldada por parte de la jerarquía eclesiástica, alcanzó su forma más brutal. Cerró el ciclo 1918-1927 con un baño de sangre.

Las consecuencias de largo plazo fueron ambivalentes. La represión no destruyó al movimiento obrero, pero sí lo obligó a reconfigurarse. El PSR daría paso en 1930 al Partido Comunista. La masacre de las bananeras agudizó la crisis del gobierno de Abadía Méndez y contribuyó al deterioro de la hegemonía conservadora, aunque el factor decisivo de la derrota en 1930 fue la división interna del Partido Conservador, precipitada por la incapacidad del obispo primado de Bogotá para unificar el voto en torno a un solo candidato. El Partido Liberal, que llegó al poder ese año, cooptaría parte de los movimientos populares campesinos y obreros mediante asesorías legales —donde tuvo un papel importante un joven Jorge Eliécer Gaitán— y mediante la reglamentación de los sindicatos en 1931. La organización obrera sobreviviría, pero cambiada, más integrada al sistema político, menos autónoma que en los años del PSR.

Por qué sigue importando

El ciclo 1918-1927 es el momento en que Colombia dejó de ser, políticamente hablando, un país sin trabajadores. Antes, la política nacional se disputaba entre liberales y conservadores, entre curia y masonería, entre centro y regiones; el asalariado urbano o del enclave era, cuando aparecía, objeto de doctrina o de caridad. Después, y a pesar de la represión que lo cerró, el trabajador era un sujeto político con nombre propio, con organización, con periódicos, con demandas escritas, con muertos.

Ese ingreso fue disputado desde el primer día. El Estado conservador y la Iglesia católica no reconocieron al nuevo sujeto: lo criminalizaron, lo deportaron, lo cañonearon en Barrancabermeja y lo masacrarían en la zona bananera. Pero la criminalización misma es una forma —la más violenta— de reconocimiento: se persigue lo que se sabe que existe. La Ley Heroica no habría sido escrita si la Confederación Obrera Nacional, el PSR, las ligas agrarias y los sindicatos del petróleo no hubieran obligado al régimen a mirarlos.

De ese ciclo salieron los nombres y las prácticas que estructurarían la izquierda colombiana durante décadas: la USO, heredera de la Unión Obrera de 1923, seguiría siendo el sindicato más importante del país; María Cano se instalaría en la memoria popular como emblema del socialismo temprano; los escritos de Torres Giraldo alimentarían la propia historiografía obrera; las ligas campesinas de Cundinamarca y el Tolima serían el antecedente directo de las luchas agrarias de los años treinta y de los conflictos por la tierra que vendrían después.

Y hay una lección menos obvia. La emergencia del movimiento obrero colombiano no fue una traducción tardía de doctrinas europeas, sino una construcción endógena: artesanos con memoria organizativa, obreros de enclave con condiciones intolerables, intelectuales que leían a Marx sin dejar de leer a Vargas Vila, mujeres que salían del hogar a la plaza, campesinos que plantaban café en tierras ajenas, indígenas que exigían resguardos. Esa hibridación, tensa y no resuelta, fue su fuerza. El régimen conservador no supo dialogar con esa pluralidad; solo supo reprimirla, y cuando cayó en 1930, cayó también porque no había sabido conciliar los intereses de los distintos sectores dominantes en un país que había cambiado. Los trabajadores, entre 1918 y 1927, habían sido protagonistas de ese cambio.