Paul Rivet
Paul Rivet (Wasigny, 1876 – París, 1958) fue el etnólogo francés que, durante su exilio bogotano entre 1941 y 1943, trasplantó a Colombia la arquitectura académica del Musée de l'Homme de París y fundó el Instituto Etnológico Nacional, matriz institucional de la antropología colombiana moderna.
- 1919Autoridad en orfebrería precolombina — Publicó junto con Henri Arsandaux y Georges Créqui-Montfort un extenso artículo en el Boletín de americanistas sobre orfebrería precolombina, consolidándose como referencia mundial en la materia décadas antes de su llegada a Colombia.
- 1937Fundación del Musée de l'Homme — Fue uno de los fundadores del Musée de l'Homme de París, concebido como centro integrado de investigación donde la antropología física, la etnografía, la lingüística y la arqueología convergían bajo una misma agenda institucional.
- 1941Llegada a Bogotá y fundación del Instituto Etnológico Nacional — Llegó a Bogotá como refugiado del régimen de Vichy, acogido por el gobierno liberal de Eduardo Santos. Fundó el Instituto Etnológico Nacional (IEN), articulado al Museo Arqueológico y Etnográfico, calcado del modelo del Musée de l'Homme parisino.
- 1941Dirección de la Revista del Instituto Etnológico Nacional — Asumió la dirección de la Revista del Instituto Etnológico Nacional, órgano científico donde se consignaron los informes de campo del IEN y se fijó la agenda de la etnografía colombiana con pretensión de sistematicidad.
- 1943Publicación de 'La influencia Karib en Colombia' — Publicó en el primer volumen de la Revista del Instituto Etnológico Nacional el artículo 'La influencia Karib en Colombia', en el que rastreó rasgos iconográficos de deformación por ligaduras en urnas funerarias de las hoyas del Magdalena y del Cauca. El texto se convirtió en manifiesto de la investigación etnológica colombiana durante las décadas de 1940 y 1950.
- 1943Partida de Colombia — Dejó Colombia tras aproximadamente dos años de exilio bogotano, habiendo fundado el IEN, dirigido su revista y formado la primera generación profesionalizada de antropólogos colombianos, entre ellos Gerardo Reichel-Dolmatoff.
Paul Rivet
Paul Rivet (Wasigny, Ardenas, 1876 – París, 1958) fue el etnólogo francés que trasplantó a Colombia, en apenas dos años de exilio bogotano, la arquitectura académica del Musée de l'Homme de París y, con ella, la matriz institucional de la antropología colombiana moderna. Llegó en 1941 como refugiado del régimen de Vichy, invitado por el gobierno liberal de Eduardo Santos; se marchó en 1943 dejando fundado un instituto, dirigida una revista y sembrada una generación de investigadores que redefinirían la manera en que Colombia se pensaría a sí misma como país indígena y mestizo. Antes de esos veintitantos meses en Bogotá, Rivet ya era una autoridad americanista de talla mundial, autor de la hipótesis del origen múltiple del poblamiento de América y arquitecto del gran museo etnográfico parisino. Después, la disciplina antropológica en Colombia dejó de ser un ejercicio de aficionados ilustrados para convertirse en una práctica profesional con programa de estudios, revista científica y agenda de investigación propia.
El sabio antes del exilio
Rivet se formó en la Francia de fin de siglo, en una tradición que aún no separaba con nitidez la medicina, la anatomía comparada y la incipiente etnología. Su vocación americanista se selló temprano: hacia 1919 firmaba, junto con Henri Arsandaux y Georges Créqui-Montfort, un extenso artículo en el Boletín de americanistas sobre orfebrería precolombina que lo consolidó como autoridad en la materia. Ese trabajo, publicado más de dos décadas antes de su llegada a Bogotá, permite entender por qué su mirada sobre las culturas colombianas no fue improvisada: cuando desembarcó en el país, ya venía leyendo su iconografía prehispánica desde hacía una generación.
El proyecto de mayor envergadura de su vida fue, sin embargo, la creación del Musée de l'Homme en París, institución concebida no como vitrina de curiosidades exóticas sino como centro integrado de investigación donde la antropología física, la etnografía, la lingüística y la arqueología conversaran bajo un mismo techo y una misma agenda. Ese museo condensaba una concepción amplia de la etnología —biológica, cultural y arqueológica a la vez— que Rivet defendería en cada uno de los espacios institucionales que fundó o dirigió. Militante socialista, europeísta, antifascista de convicciones firmes, había hecho del museo también una plataforma política; con la ocupación alemana y el establecimiento del régimen de Vichy, esa doble condición —de sabio y de resistente— lo empujó al exilio.
Su obra americanista anterior a Colombia gravitaba en torno a una pregunta obsesiva: quién pobló América y por qué caminos. Contra la ortodoxia que reducía el asunto a una sola oleada asiática por el estrecho de Bering, Rivet había compilado con paciencia de bibliotecario una lista de rasgos culturales y materiales compartidos entre las poblaciones amerindias y las civilizaciones malaya, melanesia y polinesia: la cerbatana, el propulsor, la balsa, la piragua de balancín, la hamaca. Con la colaboración del etnógrafo sueco Erland Nordenskiöld, especialista en la etnografía sudamericana, sistematizó esas comparaciones hasta formular su tesis del poblamiento múltiple: sobre un fondo asiático predominante llegado por Bering en la última glaciación —de afinidades con la llamada raza amarilla—, se habrían superpuesto aportes menores australianos, malayo-polinesios y uralianos, estos últimos identificados con los esquimales.
La hipótesis australiana, la más audaz, era también la más frágil. Rivet mismo reconocía sus escollos: al sur de Tasmania una corriente marina desfavorable dificultaba la navegación hacia América, las distancias costeras eran enormes y un puente terrestre habría exigido un descenso del nivel del mar de unos cuatro mil metros que nunca ocurrió. Pero la tesis general —América como confluencia de oleadas diversas, no como destino único de una migración unívoca— resistió el escrutinio y se convirtió, durante décadas, en referencia obligada del americanismo mundial.
De Vichy a Bogotá: la ruta del exilio
En 1940 Francia cayó. El Musée de l'Homme se convirtió, bajo la ocupación, en uno de los primeros focos de resistencia intelectual, y Rivet, cuya militancia era pública, quedó expuesto. Buscó refugio en un viaje hacia América Latina y, tras un paso por Colombia y otros países, terminó por instalarse en Bogotá en 1941, bajo el auspicio explícito del gobierno de Eduardo Santos.
Esa acogida no fue un gesto casual ni un favor personal. El liberalismo santista, en el poder entre 1938 y 1942, había hecho de la hospitalidad a los intelectuales europeos perseguidos un instrumento deliberado de política interior y exterior. Desde 1940 el gobierno colombiano venía recibiendo a refugiados de la Guerra Civil española, y en paralelo había tomado medidas de distanciamiento respecto a las potencias del Eje: la cancelación de la licencia a Scadta —la aerolínea de capital y personal alemán que operaba en el país desde los años veinte— y la expulsión de sus empleados alemanes hacia 1940 fueron señales visibles de esa reorientación en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Acoger a Rivet, figura pública del antifascismo francés, encajaba con ese giro: la ciencia europea en desgracia se convertía, a la vez, en trofeo simbólico y en ladrillo para la modernización de las instituciones colombianas.
En Bogotá, Rivet se encontró con una pequeña pero significativa comunidad de exiliados que estaba tejiendo, casi al mismo tiempo, la profesionalización de varias disciplinas. La persecución nazi había traído al país a Justus Wolfram Schottelius —intelectual alemán de tendencia socialista y alumno del americanista Konrad Theodor Preuss, llegado en 1938 y muerto apenas tres años después—, a Rudolf Hommes, Kurt Freudenthal, Gerhard Masur, Ernesto Guhl y Juan Friede. La guerra civil española y la posterior persecución franquista habían empujado a Colombia a Luis de Zulueta, al geógrafo Pablo Vila, al filólogo Pedro Urbano González de la Calle, al historiador del derecho José María Ots Capdequí, y a nombres como José Rayo Gómez, Francisco Cirre, José de Recasens, Francisco de Abrisgueta, Miguel Usano y Francisco Vera. Guhl, geógrafo alemán autoexiliado por sus convicciones democráticas, había pasado años en países escandinavos antes de recalar en Colombia al desatarse la guerra, hacia 1939.
Ese archipiélago de talentos europeos convergió en Bogotá en un momento en que la Escuela Normal Superior había asumido, bajo el impulso liberal, la tarea de formar a los futuros maestros y científicos sociales del país. Cuando Rivet llegó, había suelo institucional preparado. Su papel no fue el de un pionero solitario, sino el de un catalizador que encontró piezas dispuestas y las articuló en una arquitectura académica coherente.
El Instituto Etnológico Nacional
La obra colombiana de Rivet tiene un nombre propio: el Instituto Etnológico Nacional, fundado en 1941 y articulado al Museo Arqueológico y Etnográfico. El IEN nació calcado del modelo francés que Rivet había ayudado a definir: un centro donde la investigación de campo, la formación académica y la publicación científica se sostuvieran mutuamente, como en el Musée de l'Homme parisino. La sede de la Escuela Normal Superior de Bogotá acogió sus clases, que se dictaban de tres a siete de la noche durante más de un año.
El programa de estudios era una traducción bogotana del currículum del museo parisino, organizado en dos ciclos. El primero, de formación general, encadenaba conferencias sobre Antropología general, Bioantropología, Etnografía general y Sociología, Geología del cuaternario, Prehistoria general, Lingüística general y Fonética. El segundo profundizaba en las versiones americanas de esas mismas disciplinas —Antropología americana, Bioantropología americana, Etnografía y Sociolingüística americana— y era, en rigor, un ciclo de especialización en americanismo dictado a orillas de un Andes que hasta entonces no había tenido tal cosa. Los estudiantes cursaban las mismas temáticas y teorías dominantes en las universidades europeas y debían acreditarlas mediante exámenes rigurosos, un contraste deliberado con los aficionados ilustrados —coleccionistas, sacerdotes, viajeros— que hasta entonces habían practicado la antropología y la arqueología colombianas sin formación sistemática.
El claustro fue cosmopolita por vocación y por necesidad. Junto a Rivet enseñaron Guhl, Vila, González de la Calle, Masur y, al parecer, Ots Capdequí, entre otros profesores extranjeros. La comunidad académica que se formó entre profesores y estudiantes era todavía muy pequeña e incipiente, pero, como se comprobaría en las décadas siguientes, hizo aportes valiosos en varias áreas de las ciencias sociales.
Rivet no solo diseñó el plan de estudios: dirigió también la Revista del Instituto Etnológico Nacional, cuyo primer volumen apareció con vocación de órgano científico riguroso. Allí se consignaron los informes de campo del IEN y allí se fijaron los primeros documentos de una tradición etnográfica colombiana con pretensión de sistematicidad. Dirigir esa revista, en un país donde las publicaciones científicas especializadas eran una rareza, significaba definir la agenda: qué temas merecían indagación, con qué métodos, en qué formato.
La influencia karib: manifiesto de una agenda
En 1943, año de su salida de Colombia, Rivet publicó en la Revista del Instituto Etnológico Nacional un artículo titulado La influencia Karib en Colombia. El texto era simultáneamente una investigación empírica y un programa disciplinar. En él, Rivet identificaba un rasgo iconográfico particular —la deformación por ligaduras de las pantorrillas y los brazos, visible en figuras humanas representadas en cerámica— y lo rastreaba por todo el territorio colombiano.
Las evidencias más nítidas provenían de las tapas de urnas funerarias halladas en las hoyas del Magdalena y del Cauca: figuras masculinas y femeninas sentadas sobre macizas butaquitas, desnudas, con las pantorrillas y los brazos marcados por esas ligaduras deformadoras que Rivet interpretaba como huella cultural karib. Comprobó su distribución hasta la población de Timbío, en el Cauca, y trazó con esa iconografía un mapa de influencias que atravesaba buena parte del país. El método era el que había perfeccionado en su obra comparativa mundial: identificar rasgos materiales precisos, mapear su distribución, inferir de allí procesos históricos de contacto y difusión.
La influencia Karib en Colombia se convirtió en una especie de manifiesto de la investigación etnológica colombiana durante toda la década de los cuarenta y los cincuenta. Fijó una agenda —la de rastrear influencias culturales prehispánicas mediante el cruce de arqueología, iconografía y lingüística— que orientó el trabajo de la primera generación profesionalizada del IEN. Que ese texto se publicara en el primer número de la revista del propio instituto no era casualidad: era el gesto fundacional de una escuela.
Con la perspectiva de los años, algunas de sus conclusiones se han matizado. La categoría misma de "caribe" aplicada a los pueblos indígenas encontrados por los españoles resulta hoy problemática: es difícil determinar si esos grupos eran de origen caribe en sentido lingüístico estricto, si pertenecían a poblaciones anteriores que habían adoptado rasgos caribes, o si eran conjuntos mixtos, y los propios cronistas ibéricos tendían a llamar "caribes" a cualquier grupo que ofreciera resistencia armada. Pero el gesto rivetiano —tratar la iconografía como fuente histórica sistemática, buscar patrones de distribución, integrar arqueología y etnografía— sobrevivió a los reajustes empíricos.
La red y los discípulos
La huella de Rivet en Colombia se propagó, sobre todo, a través de las personas que se formaron en su órbita o publicaron en la revista que él dirigió. El caso más visible es el de Gerardo Reichel-Dolmatoff, arqueólogo y etnólogo austriaco que, junto con su esposa, la colombiana Alicia Dussán de Reichel, se convertiría en la figura central de la antropología colombiana de la segunda mitad del siglo XX. En el primer volumen, número uno, de la Revista del Instituto Etnológico Nacional aparecieron sus Apuntes arqueológicos de Soacha, fechados en 1942, y en 1943 un trabajo conjunto con Alicia Dussán titulado Las urnas funerarias en la cuenca del río Magdalena, este último dedicado precisamente al tipo de material iconográfico que Rivet estaba analizando por su cuenta en el mismo número.
Es tentador leer esa coincidencia como un pase de estafeta directo entre maestro y discípulos, y en cierto sentido lo fue: publicaban en la misma revista, sobre los mismos materiales, dentro del mismo marco institucional. Pero conviene ser preciso: la relación de discipulado formal entre Rivet y los Reichel-Dolmatoff no está establecida con esa nitidez. Lo que sí está establecido es que el IEN y su revista fueron el espacio donde el joven Reichel-Dolmatoff publicó sus primeros trabajos maduros, y que la agenda de investigación que él y Alicia desarrollarían durante décadas —la Sierra Nevada de Santa Marta, los kogi, la Colombia prehispánica leída como mosaico de influencias— dialoga con el marco americanista que Rivet había traído consigo. Su monografía posterior, The People of Aritama, sobre el proceso de campesinización de los indígenas de Atanquez en la Sierra Nevada, apoyada en la teoría de cultura y personalidad, prolongaría en el terreno etnográfico esa vocación de rigor.
La Sierra Nevada, de hecho, ya era antes de Rivet cuna de la antropología y la arqueología modernas en Colombia, y no hay que atribuir a un solo hombre el foco investigativo sobre ese macizo. Pero desde Bogotá Rivet orientó las miradas hacia allá: envió a un discípulo austriaco a trabajar en la Sierra, en un gesto que anticipaba la vocación de campo que caracterizaría al IEN.
Alrededor de Rivet y del IEN se movieron también otros nombres decisivos del inicio disciplinar colombiano: Gregorio Hernández de Alba, quien se contaría entre los discípulos colombianos que profesionalizaron el estudio de la diversidad étnica, y una constelación de investigadores más jóvenes que en las décadas siguientes ocuparían las cátedras y las direcciones de museos. La transformación fue colectiva: los intelectuales europeos exiliados —Rivet en etnología, Guhl y Vila en geografía, González de la Calle en filología, Masur en historia, Schottelius en americanismo— y sus discípulos colombianos convirtieron disciplinas que estaban en manos de aficionados en campos con estándares académicos.
Ese proceso coincidió, no por casualidad, con otro gesto de modernización cultural: el Museo del Oro del Banco de la República, cuyos orígenes se remontan a 1939, cuando la institución bancaria comenzó a adquirir piezas precolombinas provenientes fundamentalmente de la región del Quindío. La constitución de una colección estatal de orfebrería prehispánica y la fundación del IEN, apenas dos años después, son movimientos paralelos de un mismo impulso: convertir el pasado indígena en objeto de conocimiento y de custodia institucional, no en botín de aficionados.
La partida y la Francia de posguerra
En 1943 Rivet partió de Colombia. Su salida coincidió con el fin del gobierno de Santos —a quien Alfonso López Pumarejo había sucedido en 1942—, aunque el cambio presidencial no basta para explicar por sí solo la marcha. La liberación de París en 1944 y el fin de la guerra en 1945 le permitieron reintegrarse plenamente a la vida científica y política francesa. Volvió al Musée de l'Homme, retomó su cátedra y se involucró en la reconstrucción intelectual de una Francia devastada. Fue también diputado por un breve período, ejerciendo la militancia socialista que había profesado toda su vida. Murió en París en 1958, a los ochenta y dos años, con la obra terminada.
Su paso por Colombia había durado apenas dos años. Pero esos dos años, insertos en una biografía de más de ocho décadas, se convertirían con el tiempo en uno de los episodios más productivos y consecuentes de toda su trayectoria, no por su duración sino por su multiplicador institucional. Rivet había hecho en Bogotá lo que había hecho en París: montar una máquina académica capaz de reproducirse.
La huella
Fijar el legado de Rivet en Colombia exige una operación delicada de proporción. Su presencia catalizó, sin duda, la profesionalización de la antropología nacional: sin el IEN, sin la revista, sin el currículo trasplantado del Musée de l'Homme, la disciplina habría tardado más en constituirse como campo académico autónomo, o habría tomado otras formas. El instituto que fundó fue el ancestro directo del sistema de investigación antropológica y arqueológica colombiano de la segunda mitad del siglo XX, y la revista que dirigió publicó los primeros trabajos de quien sería el arqueólogo más influyente del país.
Atribuir a un solo hombre la fundación de una disciplina es, sin embargo, siempre una simplificación cómoda. La profesionalización de las ciencias sociales colombianas fue un proyecto político del liberalismo santista, ejecutado en múltiples frentes a la vez: la geografía con Guhl y Vila, la historia con Masur, la filología con González de la Calle, la historia del derecho con Ots Capdequí, el americanismo con Schottelius y Preuss antes que con Rivet. En ese tejido, el IEN fue una pieza central pero no la única, y la coyuntura estructural —el gobierno liberal que decidió acoger deliberadamente a los intelectuales europeos perseguidos, en un movimiento que combinaba solidaridad antifascista, distanciamiento del Eje y modernización cultural— fue la condición sin la cual la agencia individual de Rivet no habría tenido dónde arraigar.
Ese matiz no reduce su papel: lo sitúa. Rivet fue el catalizador más visible y articulado de una transformación colectiva. Su prestigio internacional, su experiencia institucional en París, su capacidad para diseñar un currículo completo en un país que carecía de él, su condición de figura pública del antifascismo europeo: todo eso lo convirtió en la cara reconocible de un proceso que involucraba a muchos más. Y su marca epistemológica —la concepción amplia de la etnología como integración de biología, cultura y arqueología, y la lectura del poblamiento americano como fenómeno múltiple— quedó grabada en la manera en que los antropólogos colombianos leerían durante décadas la diversidad indígena del país.
Ese es, quizá, el legado más difícil de rastrear pero también el más duradero. La Revista del Instituto Etnológico Nacional publicó los trabajos fundacionales de Reichel-Dolmatoff. El artículo sobre la influencia karib fijó una agenda comparativa. El modelo de formación en dos ciclos, con especialización americanista, se convirtió en referencia. Y detrás de todo ello latía una convicción rivetiana: que Colombia, como el resto de América, era un país cuyo pasado prehispánico exigía ser leído con las mismas herramientas de rigor con las que se estudiaban las civilizaciones del Viejo Mundo, y cuyo presente indígena y mestizo era objeto legítimo de una ciencia que no lo redujera ni al folklore ni al espécimen exótico.
En la Colombia posterior a los años cuarenta, cuando el país se debatiría entre la violencia bipartidista, la industrialización acelerada, la urbanización masiva y las crisis sucesivas de su proyecto de nación, la antropología profesional que Rivet había ayudado a fundar sirvió como uno de los pocos ámbitos desde los cuales se pensó sistemáticamente la diversidad étnica y cultural del territorio. Ese pensamiento —el que hoy sostiene la noción constitucional de un país pluriétnico y multicultural— tiene entre sus muchos padres, en un lugar preciso y verificable, a aquel etnólogo francés que llegó a Bogotá huyendo de Vichy en 1941 y se marchó dos años después dejando un instituto en pie.