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Idea · República Liberal

Antropología nacional

Proceso de institucionalización y profesionalización de la antropología en Colombia durante la República Liberal (1930–1946), que transformó un saber de aficionados en una disciplina con institutos, revistas, cátedras y lugar reconocible en el aparato del Estado.

4.168 palabras24 documentos39 fragmentos citados
Antropología nacional

Trayectoria de una idea

  1. 1934

    Revolución en Marcha y reforma educativa

  2. 1938

    Llegada de los exiliados europeos

  3. 1940

    Congreso Indigenista de Pátzcuaro

  4. 1941

    Fundación del Instituto Etnológico Nacional

  5. 1942

    Primer número de la Revista del Instituto Etnológico Nacional

  6. 1943

    La influencia Karib en Colombia y el aparato editorial del IEN

03

La lectura

La antropología nacional colombiana nació como disciplina profesional en el cruce entre el proyecto modernizador de la República Liberal y la catástrofe europea: sin las reformas de López Pumarejo no habría habido instituciones, y sin el exilio nazi y franquista no habría habido maestros de talla mundial para poblarlas. El Instituto Etnológico Nacional, fundado en 1941 siguiendo el modelo francés del Musée de l'Homme, fue el nodo donde convergieron esas dos corrientes, dotando al país por primera vez de un aparato editorial, un museo articulado y una orientación doble hacia la arqueología prehispánica y la etnografía de comunidades vivas. Paul Rivet le dio legitimidad científica internacional al proyecto, mientras la Escuela Normal Superior formó la primera generación de colombianos capaces de continuar la obra sin depender de tutores extranjeros. El resultado fue una gramática nueva para que Colombia se pensara a sí misma desde lo indígena, lo mestizo y lo popular, gramática que el indigenismo y el mestizaje convirtieron en ideología de Estado y que solo comenzaría a ser cuestionada con la llegada del multiculturalismo décadas después.

La antropología nacional en la República Liberal

Entre 1930 y 1946, mientras el liberalismo desmontaba los andamios de la hegemonía conservadora, la antropología dejó de ser en Colombia un pasatiempo de eruditos provinciales para convertirse en una disciplina con institutos, revistas, cátedras y un lugar reconocible en el aparato del Estado. Ese tránsito —de los aficionados al Instituto Etnológico Nacional— no fue un fenómeno académico aislado: se produjo dentro del proyecto modernizador de la República Liberal, se nutrió del exilio europeo huido del nazismo y del franquismo, y le proporcionó al país una gramática nueva para pensarse a sí mismo desde lo indígena, lo mestizo y lo popular. Comprender esa fundación exige seguir simultáneamente tres hilos: las reformas liberales que abrieron el espacio institucional, la llegada de una generación de científicos europeos que trajo consigo el rigor de las mejores tradiciones académicas del viejo continente, y la formación de los primeros antropólogos colombianos profesionales, discípulos de aquellos maestros y protagonistas de un campo disciplinar que nacía junto con una idea nueva de nación.

De los aficionados a la disciplina

Antes de la República Liberal, la antropología colombiana era un oficio de aficionados. La arqueología, la etnología y la lingüística estaban en manos de hombres cultos que, en sus ratos libres y sin bagaje académico apropiado, se hacían antropólogos e historiadores por afición y por lectura. Esa figura del erudito autodidacta se remontaba a los grandes naturalistas y viajeros ilustrados —Mutis, Humboldt, Codazzi—, que habían recorrido el territorio anotando cuanto veían y difundiendo las ideas de la Ilustración. Sus cuadernos, mezcla de botánica, geografía, mineralogía y descripciones humanas, fueron durante más de un siglo el mejor archivo disponible sobre los pueblos y los paisajes del país, y de ellos derivó una tradición amateur que se prolongó hasta bien entrado el siglo XX en los estudios de sociedades y academias regionales.

En la segunda mitad del siglo XIX, al calor del Liberalismo Radical y de la filosofía positivista, el país se incorporó al movimiento científico moderno, y de ese impulso salieron los primeros trabajos con inquietud propiamente antropológica. Pero fue a comienzos del siglo XX cuando llegaron los etnólogos y arqueólogos alemanes —Konrad Theodor Preuss, Theodor Koch-Grünberg, Alfred Jahn— y con ellos una metodología distinta: la constatación empírica basada en observaciones directas durante largos períodos de convivencia con portadores de culturas e idiomas distintos. La etnografía como oficio, no como afición. Preuss, en particular, dejó entre los koguis y entre los uitotos una manera de trabajar —libreta, fonógrafo, transcripción minuciosa, atención al detalle ritual— que se convertiría en modelo para las siguientes generaciones y que años después reencontrarían en las aulas de la Escuela Normal Superior los primeros estudiantes colombianos formados en la disciplina.

A ese linaje pertenece también John Alden Mason, quien en 1923, bajo los auspicios del Field Museum de Chicago, realizó excavaciones en la Sierra Nevada de Santa Marta y describió por primera vez de modo sistemático la arquitectura monumental de los taironas en Pueblito, incorporando técnicas de excavación y medición cronológica sustentadas en procedimientos geológicos, físicos y químicos. Cuando los intelectuales liberales de los años treinta empezaron a hablar de profesionalizar el conocimiento del pueblo colombiano, ya existía un antecedente extranjero que mostraba lo que la disciplina podía llegar a ser. Faltaba el marco político que la instalara en el país.

La Revolución en Marcha y su educación

Ese marco lo abrió Alfonso López Pumarejo. La llamada Revolución en Marcha, programa de reformas liberales anunciado desde su posesión en 1934, se propuso superar el atraso del país en múltiples ámbitos, y su diagnóstico más severo recayó sobre la educación. En su discurso inaugural, López señaló la ausencia de verdaderos maestros en la enseñanza primaria y secundaria, la desconexión de las universidades respecto a los problemas colombianos y la falta de atención del Estado para dotar al país de docentes capacitados. La educación —esa fue la apuesta— tenía que dejar de ser un asunto eclesiástico y provincial y convertirse en política de Estado.

La Ley 12 de 1934, presentada por el ministro Luis López de Mesa, reorganizó administrativamente el Ministerio de Educación Nacional y creó la Campaña de Cultura Aldeana y Rural. Al año siguiente, la reforma universitaria de 1935 —el estatuto orgánico— abrió la universidad colombiana a corrientes de pensamiento antes vedadas por conservadurismo y rutina: el marxismo, el psicoanálisis, la filosofía fenomenológica y existencial, las nuevas doctrinas del derecho público francés y alemán. La reforma constitucional de 1936 completó el ajuste, desmontando privilegios del orden anterior y provocando la reacción airada de los sectores tradicionales, que acusaron al gobierno de comunista y marxista.

En términos institucionales, la Universidad Nacional recibió el impacto más visible: nuevas facultades —química, arquitectura, veterinaria, agronomía, economía, administración, filosofía—, institutos de investigación, laboratorios, ejercicio libre de cátedra, extensión cultural, bienestar estudiantil, un campus integrado y moderno. Entre 1932 y 1935 se unificaron nacionalmente los programas de primaria, secundaria y educación normalista; los inspectores locales cedieron su lugar a directores departamentales ligados al Estado central; y desde 1938 comenzó la nacionalización de colegios municipales y departamentales.

Jorge Zalamea, intelectual liberal y hombre de confianza del proyecto, se desempeñó como secretario general del Ministerio de Educación —encargado del despacho durante dieciocho meses— y como director de la Comisión de Cultura Aldeana, defendiendo la reforma ante la Cámara y el Senado. Fue en ese cruce entre política educativa y voluntad modernizadora donde nació la Escuela Normal Superior, la incubadora de la antropología colombiana.

La Escuela Normal Superior

La Escuela Normal Superior fue el espacio donde se formó, por primera vez en el país, una comunidad académica incipiente en ciencias sociales. Su programa familiarizaba a los estudiantes con las teorías dominantes en las universidades europeas y marcó el tránsito desde el saber aficionado hacia una formación más rigurosa en etnología, geografía, lingüística e historia. Su cuerpo docente reunía a algunos de los intelectuales europeos que empezaban a llegar a Colombia: el etnólogo francés Paul Rivet, el geógrafo alemán Ernesto Guhl, el geógrafo español Pablo Vila, el filólogo español Pedro Urbano González de la Calle, el historiador alemán Gerhard Masur. En sus aulas convivían, a la vez, el francés académico de París, el alemán heredero de la geografía humana de Ratzel y de la etnología de Preuss, y el español universitario formado en las cátedras de Madrid y Barcelona anteriores a la Guerra Civil.

Esa presencia extranjera no era un adorno. Era el mecanismo mismo por el cual la ciencia se profesionalizaba: la Normal Superior formó una comunidad que, superando el saber de aficionados, sentó las bases para el desarrollo de la historia, la antropología y la filología modernas en Colombia. Fue allí donde una primera camada de colombianos aprendió que el pasado indígena y el presente popular podían estudiarse con las mismas herramientas con que se estudiaban las sociedades europeas: trabajo de campo, comparación sistemática, análisis lingüístico, arqueología estratigráfica. La institución operó, en la práctica, como puente entre dos mundos que hasta entonces habían estado incomunicados: el de la erudición europea de posguerra y el de la curiosidad americana por su propio suelo.

Los exiliados europeos

La conjunción de la política liberal y del talento europeo tuvo un motor que ninguno de los reformistas colombianos había previsto: la catástrofe europea. La persecución nazi y la Guerra Civil española arrojaron sobre América Latina a decenas de intelectuales de primer nivel, y Colombia, gobernada entonces por liberales dispuestos a acogerlos, se convirtió en refugio y en lugar de trabajo. La llegada de esos exiliados no fue diseñada por el Estado colombiano: fue una contingencia geopolítica de la que la República Liberal supo sacar provecho.

De los territorios bajo dominio nazi llegó, en 1938, Justus Wolfram Schottelius, intelectual alemán de tendencia socialista, alumno de Preuss, que moriría apenas tres años después. Con él o tras él arribaron Rudolf Hommes, Kurt Freudenthal, Gerard Mazur, Ernesto Guhl y Juan Friede. Guhl, geógrafo alemán, se había autoexiliado por sus ideas democráticas y había permanecido en países escandinavos desde 1937 antes de recalar en Colombia al estallar la Segunda Guerra Mundial. Friede, por su parte, habría de convertirse con los años en el gran historiador de la conquista y de los indígenas del sur andino, prolongando desde el archivo lo que otros hacían desde la etnografía.

De la España franquista llegó en 1940, durante la presidencia de Eduardo Santos, un contingente igualmente denso. Encabezaban la lista Luis de Zulueta, antiguo ministro de la República; Pablo Vila, que traía la geografía catalana a las aulas bogotanas; Urbano González de la Calle, filólogo formado en la escuela de Menéndez Pidal; y José María Ots Capdequí, especialista en derecho indiano cuya obra reformuló la comprensión jurídica del período colonial americano. Detrás vino una nómina complementaria de catedráticos, científicos y humanistas —José Rayo Gómez, Francisco Cirre, José de Recasens, Francisco de Abrisgueta, Miguel Usano, Francisco Vera— que en cualquier universidad europea habrían ocupado puestos de referencia y que en Bogotá encontraron, además del refugio, un país que necesitaba lo que ellos sabían hacer. El exilio español convirtió a Colombia, casi de un día para otro, en heredera involuntaria de una porción sustantiva de la mejor tradición universitaria peninsular.

En el caso específico de la antropología, el nombre decisivo es el de Paul Rivet. Etnólogo francés de reputación internacional, Rivet residía en Bogotá desde 1941 en condición de exiliado bajo el auspicio oficial del gobierno liberal. Su llegada coincidió con la necesidad colombiana de dotar a la naciente disciplina de una figura tutelar de estatura mundial. Rivet no era un académico cualquiera: había formulado la más ambiciosa teoría de contactos transoceánicos entre América y las civilizaciones malayo-melanesio-polinésicas, sustentada en una extensa lista de similitudes materiales, tecnológicas y morfológicas sistematizadas a partir de la etnografía comparada. Su presencia en Bogotá le dio al proyecto liberal una legitimidad científica que ninguna institución local podía producir por sí sola.

La fundación del Instituto Etnológico Nacional

En 1941, en pleno auge de esas convergencias, se constituyó el Instituto Etnológico Nacional, la institución en torno a la cual la antropología colombiana se profesionalizó de modo definitivo. El IEN funcionó articulado a un Museo Arqueológico y Etnográfico, siguiendo el modelo francés que Rivet conocía por su vínculo con el Musée de l'Homme de París. Esa arquitectura —un instituto de investigación acoplado a un museo público— era el patrón continental de la disciplina, y su trasplante a Bogotá obedeció a una decisión deliberada.

Rivet dirigió inicialmente el Instituto y también su publicación oficial, la Revista del Instituto Etnológico Nacional, cuyo primer número apareció en 1942. Entre los primeros colaboradores figuró Gerardo Reichel-Dolmatoff, cuyo artículo Apuntes arqueológicos de Soacha inauguró en ese número la producción arqueológica del IEN. Entre 1943 y 1946 se sumaron a la revista dos publicaciones más, el Boletín del Museo Arqueológico y el Boletín de Arqueología, que editaban el Instituto y el Servicio de Arqueología y recogían informes de campo y estudios sobre culturas indígenas. La disciplina contaba, por primera vez en el país, con un aparato editorial propio.

El IEN adoptó desde el comienzo una orientación doble: por una parte, la arqueología de los pueblos prehispánicos —Tierradentro, San Agustín, la Sierra Nevada, los cementerios del Cauca y del Magdalena—; por otra, la etnografía de las comunidades indígenas contemporáneas, entendidas ya no como reliquias del pasado sino como sociedades vivas con lógicas propias. Esa combinación —pasado material y presente cultural— era el sello de la etnología francesa, y en Colombia se convirtió en el patrón fundacional de la disciplina.

La influencia karib y la etnología comparada

El manifiesto intelectual de esos años lleva la firma de Rivet: La influencia Karib en Colombia, aparecido en 1943, se convirtió en obra de referencia de la investigación etnológica colombiana durante la década larga que siguió. En ella, Rivet caracterizó la influencia karib mediante las ligaduras deformadoras de pantorrilla y brazos —visibles en figurillas de barro y en tapas de urnas funerarias— y rastreó su distribución por el territorio colombiano, particularmente por las hoyas del Magdalena y del Cauca.

Lo importante no era solo el hallazgo empírico. Era el método: comparar rasgos materiales precisos, cartografiarlos, deducir de esa cartografía movimientos migratorios y contactos culturales antiguos. Era la etnología como disciplina propiamente comparativa, que asumía como legítimo el problema de dónde venían las poblaciones americanas, cómo se habían distribuido, qué relaciones habían mantenido con otras culturas. Rivet, con su teoría transoceánica sobre poblamiento americano, ofrecía además a los antropólogos colombianos un horizonte planetario para pensar el pasado indígena del país: los antepasados de los muiscas y los taironas no eran una curiosidad local sino piezas de una gran historia humana.

Ese cambio de escala era una operación política. Al inscribir el pasado indígena colombiano en una geografía comparada de alcance mundial, la antropología liberal lo elevaba a la categoría de objeto científico serio, digno del mismo tipo de estudio que las civilizaciones del Mediterráneo o del Pacífico. Contra el desprecio criollo tradicional por lo indígena —que aún dominaba los museos, donde los objetos precolombinos figuraban como curiosidades y se pensaban al margen del tiempo, mientras la subdivisión de monumentos históricos y objetos notables reunía piezas de conquistadores, virreyes y héroes de la Independencia—, la etnología rivetiana instalaba una jerarquía nueva: el pasado indígena importaba tanto como el pasado hispánico, y merecía instituciones a su altura.

Reichel-Dolmatoff y la etnografía de campo

Si Rivet fue el arquitecto teórico, Gerardo Reichel-Dolmatoff (1912-1994) fue el etnógrafo de terreno. Discípulo austriaco de Rivet, formado en la tradición vienesa, llegó a Colombia y su maestro lo envió, en 1941, a trabajar en la Sierra Nevada de Santa Marta. Ese envío inauguró una vocación regional que definiría toda su obra: la Sierra Nevada, con sus koguis, ijkas y wiwas, se convertiría durante décadas en el laboratorio etnográfico más productivo del país.

Junto con su esposa Alicia Dussán, Reichel-Dolmatoff realizó investigaciones conjuntas —entre ellas el estudio en Atanquez sobre la transformación de indígenas en campesinos por efecto de la colonización, aparecido en inglés como The People of Aritama— y consolidó una práctica etnológica que integraba trabajo de archivo, observación prolongada, análisis de mitos y descripción minuciosa de la vida material. Esa manera de trabajar, que combinaba el rigor filológico heredado de Viena con la larga permanencia en el campo aprendida de Preuss y afinada bajo Rivet, definió durante décadas el estilo mismo de la etnografía colombiana y educó, por imitación y por contraste, a las promociones sucesivas de antropólogos que se formaron en el país.

Desde los años cincuenta, Reichel formuló la tesis que se convirtió en su aporte más discutido: la continuidad histórica entre los actuales indígenas de la Sierra Nevada y los antiguos taironas. Contra la idea de que la Conquista había liquidado las sociedades prehispánicas, sostuvo que los taironas no habían sido exterminados; que sus descendientes —koguis, ijkas y wiwas— habían mantenido viva la tradición de sus antepasados, preservando elementos centrales como la organización social en torno a los templos y ciertos valores religiosos, a pesar de las rupturas históricas de la Conquista. La crítica posterior ha cuestionado si su enfoque consideraba suficientemente las transformaciones ocurridas durante el período colonial, pero la fuerza fundacional de la tesis en la antropología colombiana permanece intacta.

Gregorio Hernández de Alba

En paralelo a los extranjeros, se formaron los primeros antropólogos colombianos profesionales. Entre ellos ocupa un lugar central Gregorio Hernández de Alba, cuya trayectoria condensa las tensiones y las virtudes del período. Ya en 1938 había publicado el Compendio arqueológico de Colombia, obra que propuso una división del territorio en áreas arqueológicas y que la historiografía posterior siguió citando como referencia. En algún momento no del todo precisado desempeñó el cargo de jefe de servicio en el aparato arqueológico estatal, y actuó como figura de enlace institucional entre el IEN, el trabajo de campo y la administración pública.

Hernández de Alba viajó a los Estados Unidos, donde escribió estudios sobre etnología y arqueología del sur de los Andes colombianos para el Smithsonian Institute y la Universidad de Yale, y donde estudió la organización de museos e instituciones de investigación. Esa experiencia estadounidense complementó la formación francesa dominante en el IEN: las relaciones internacionales de la antropología colombiana no se limitaron al eje París-Bogotá, sino que se extendieron también hacia el norte, hacia las grandes instituciones norteamericanas que, en esos mismos años, estaban redefiniendo la disciplina.

En 1946 publicó un trabajo sobre arqueología colombiana que la literatura especializada seguiría citando durante décadas. Y en 1949 coautoró con Tumiñá un estudio sobre los guambianos, caracterizándolos como un grupo indígena en estado de transición cultural o transculturación, cuyo conocimiento era clave para explicar fenómenos sociales de la región. La fórmula —transición, transculturación— condensaba la mirada del indigenismo oficial de la época: los pueblos indígenas aparecían como sociedades en tránsito hacia una integración nacional inevitable, y la antropología, al describirlos, colaboraba con esa integración. Más tarde, Gonzalo Hernández de Alba ejercería como director científico de la enciclopedia Historia de Colombia de Salvat Editores, prolongando hasta finales de los años ochenta la presencia del apellido en la definición del canon nacional.

Indigenismo, Estado y frontera

La antropología liberal no fue una disciplina de gabinete. Nació enredada con la política indigenista y con la voluntad estatal de expandir su presencia sobre territorios indígenas y de frontera. En abril de 1940 se celebró en Pátzcuaro, México, el Primer Congreso Indigenista Interamericano, del cual salió el Instituto Indigenista Interamericano. Colombia estuvo representada por Antonio García Nossa y Gerardo Cabrera Moreno, y su presencia allí selló el ingreso del país en el circuito continental de la política indigenista.

En ese circuito, el indigenismo y el mestizaje fueron las dos ideologías que sustentaron los proyectos de construcción nacional en Colombia y en gran parte de América Latina durante los siglos XIX y XX, apuntando a la transformación radical de los pueblos indígenas —integración, alfabetización, castellanización, incorporación al trabajo asalariado— hasta la llegada del multiculturalismo. La antropología del IEN operó dentro de ese marco: describía a los guambianos como grupo en transición porque el horizonte político era, precisamente, esa transición.

Simultáneamente, el gobierno de López Pumarejo buscó expandir la presencia del Estado en los territorios indígenas y de frontera a través del Departamento de Intendencias y Comisarías, la colonización dirigida y la ampliación de la misión del ejército, en un contexto en que se denunciaba la explotación inhumana y la disminución demográfica de la población indígena. La antropología nacional, sin proponérselo del todo, se convirtió en herramienta de ese proyecto: producir conocimiento sobre los pueblos indígenas era también producir información útil para el Estado que quería alcanzarlos, censarlos y transformarlos.

Los etnólogos del IEN hacían trabajo genuinamente científico, con estándares comparables a los europeos, y ese mismo trabajo servía a un proyecto estatal que buscaba integrar los territorios y las poblaciones marginales. Las dos cosas ocurrían a la vez, y toda lectura que las separe traiciona la textura real del período. La mentalidad indigenista oficial en Colombia solo comenzaría a cambiar a finales de la década de 1960, en un proceso que culminaría con la Constitución de 1991 y su consagración del pluralismo étnico.

Museos, patrimonio y una nación en disputa

Entre finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta se fijaron representaciones estables del patrimonio arqueológico que alimentaron el imaginario nacional colombiano durante las décadas siguientes. Esas representaciones tomaron cuerpo en museos, en publicaciones oficiales, en libros escolares y en la iconografía pública, y su núcleo se elaboró en el IEN y en las instituciones que giraban en torno a él.

La fijación no fue neutral. Detrás de cada vitrina se libraba una disputa por el significado del pasado colombiano. Los museos heredados del siglo XIX habían catalogado los objetos indígenas como curiosidades y los habían pensado al margen del tiempo, mientras la sección de monumentos históricos y objetos notables reunía piezas asociadas a conquistadores, virreyes y héroes de la Independencia. La jerarquización era transparente: la herencia hispánica y criolla constituía la historia; lo indígena, decorado exótico. La antropología liberal quiso invertir esa jerarquía, o al menos matizarla, dándole al pasado prehispánico dignidad científica e importancia nacional.

El escenario donde esa disputa se libró de modo más literal fue el patrimonio mismo. Un antecedente doloroso lo ilustra: el Tesoro Quimbaya, colección de 122 piezas orfebres prehispánicas procedentes de dos sepulturas en el municipio de Finlandia, que Carlos Holguín, siendo presidente, había entregado en 1892 a la Reina María Cristina de España con ocasión del IV Centenario en Sevilla, en reconocimiento a su labor arbitral en la delimitación de fronteras colombianas. Esas 122 piezas —hoy en el Museo de las Américas en Madrid— constituyen una pérdida irreversible para el patrimonio arqueológico colombiano y muestran hasta qué punto, en la mentalidad decimonónica, lo prehispánico resultaba intercambiable, regalable, disponible para la diplomacia: una cultura entera cabía en un gesto cortesano hacia una reina extranjera, y el Estado que hacía el gesto no sentía que estuviera desprendiéndose de nada suyo.

Contra esa herencia trabajaron, sin decirlo abiertamente, los hombres del IEN. Cada excavación en San Agustín, cada libreta llenada entre los koguis, cada urna funeraria clasificada en el Museo Arqueológico contribuía a fijar la idea de que el pasado prehispánico pertenecía al país, no a la corona extranjera ni al gabinete de curiosidades. La operación museográfica de los años cuarenta —vitrinas ordenadas por cronología y por región, cédulas con contexto arqueológico, láminas de tipología cerámica— desplazó, sin proclamarlo, aquel imaginario decimonónico en el que las culturas americanas figuraban como ornamento diplomático. La antropología liberal fue también, en ese frente, una política patrimonial.

Balance de una fundación

Al finalizar el segundo mandato de López Pumarejo y con la llegada del republicanismo conservador en 1946, la antropología colombiana ya no era lo que había sido quince años antes. Existía una institución central —el IEN—, articulada a un museo, con una revista propia y con boletines regulares. Existía una publicación fundacional —La influencia Karib en Colombia— y un cuerpo de artículos que constituía la primera masa crítica de literatura antropológica producida en el país por profesionales.

Existía, además, una comunidad. Rivet había abierto camino y otros europeos —Reichel-Dolmatoff, Guhl, Vila, González de la Calle, Recasens, Friede— tejieron, desde el IEN y desde la Escuela Normal Superior, un espacio académico compartido con los primeros colombianos formados en el oficio: Hernández de Alba, Luis Duque Gómez, Blanca Ochoa de Molina, Milcíades Chaves, Alicia Dussán —quien, junto a Reichel, se convirtió en pieza fundamental de la etnología de la Sierra Nevada—. Ese grupo, pequeño e incipiente, hizo aportes valiosos en muchas áreas y sentó las bases para lo que vendría después.

La fundación tuvo, sin embargo, sus límites. La comunidad era numéricamente frágil, dependía de un puñado de figuras y de un puñado de instituciones, y su relación con las universidades del país seguía siendo lateral: la antropología entraba por la puerta de la Escuela Normal Superior y del IEN, no por la de las facultades tradicionales. La caída de la Normal Superior a comienzos de los años cincuenta, con la reacción conservadora contra el legado liberal, dejaría por un tiempo huérfana a la disciplina, que tardaría casi una generación en encontrar en las universidades el hogar estable que la Normal le había ofrecido durante quince años. La fundación había sido real, pero también precaria; sus instituciones sobrevivieron, pero maltrechas, y el hilo tuvo que ser reanudado por los discípulos de los discípulos en un país que ya no era el de la Revolución en Marcha.

Persistía, además, una fractura que el período liberal no logró cerrar y que sigue vigente. Aún subsisten en Colombia dos aproximaciones separadas a la historia nacional: los historiadores tienden a investigar el pasado colonial y republicano, mientras los antropólogos se orientan hacia el pasado indígena o las sociedades indígenas contemporáneas. Esa división ha dificultado el desarrollo de una antropología científica capaz de tejer en un solo relato la larga duración del territorio y sus poblaciones, articulando los muiscas con los criollos, los taironas con los encomenderos, los guambianos actuales con la República del siglo XIX. La República Liberal fundó la disciplina, pero no logró unificar del todo el relato: la historia siguió siendo, en gran medida, la de los criollos y los mestizos; la antropología, la de los indígenas y las regiones marginales.

De esa fractura interna, sin embargo, no se sigue una condena. La antropología nacional, en el corazón de la Revolución en Marcha, empezó a ensanchar el país por dentro, y aunque no logró recomponer el relato en una sola trama, sí introdujo en él una segunda voz que antes no existía. De esa siembra tardía —el asilo colombiano a Paul Rivet, la Ley 12 de 1934, las primeras expediciones de Reichel-Dolmatoff a la Sierra Nevada, las vitrinas nuevas del Museo Arqueológico— habría de nutrirse, medio siglo después, el pluralismo étnico consagrado por la Constitución de 1991. Lo que empezó como una operación de exiliados y de discípulos en las aulas de una escuela normal terminó, con el tiempo largo de las ideas, filtrándose hasta el articulado de la carta constitucional.

04

En el archivo

1 apariciones públicas, ordenadas por período y año.

05

Relaciones

Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.

Relaciones editoriales

  1. 01Paul Rivet — director fundador del IEN y figura tutelar de la disciplina en Colombia
  2. 02Escuela Normal Superior — incubadora institucional de la primera generación de antropólogos colombianos profesionales
  3. 03Instituto Etnológico Nacional — institución central del proceso de profesionalización disciplinar
  4. 04Gerardo Reichel-Dolmatoff — primer discípulo y colaborador del IEN, enviado a la Sierra Nevada de Santa Marta en 1941
  5. 05República Liberal / Revolución en Marcha — marco político que abrió el espacio institucional para la disciplina
  6. 06Exilio europeo — motor contingente que aportó el rigor académico del viejo continente al proyecto antropológico colombiano
  7. 07Mestizaje e indigenismo — ideologías que sustentaron los proyectos de construcción nacional y dieron sentido político a la antropología
06

Documentos y fragmentos citados

24 documentos · 39 fragmentos

01Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 12, 15, 403 citas
[1]

la expedición se dividió en igual número de grupos (Perry 2006: 42). Siguiendo el modelo francés, el IEN funcionó articulado al Museo Arqueológico y Etnográfico. Los informes de campo eran consignados en la Revista del Instituto Etnológico N acional, dirigida inicialmente por Rivet;9 en esta etapa se 7 Wolfran…

p. 15
[2]

en el país, para el periodo mencionado. De otra parte, la estructura de la obra se hace a partir de una serie de problemáticas que ilustran las orientaciones teóricas, elecciones de método y locaciones que han caracterizado el trabajo de los antropólogos incluidos en estos dos volumenes, y que esperamos permitan tener…

p. 12
[36]

Mutis, Alexander Von Humboldt, Agustín Codazzi y muchos otros más, que recorrieron nuestras tierras anotando todo lo que sus ojos maravillados descubrían. A través de ellos llegaron a estas partes las ideas de la Ilustración. Y es conocida la influencia de estas ideas, tanto en las gestas de nuestra independencia…

p. 40
02La invención de El Dorado. Museos arqueológicos, imágenes cartográficas y redes de conocimiento en Colombia (1935-1955)Daniel García Roldán · 2022 · p. 101, 164, 3083 citas
[3]

29. “Notas y noticias”. Boletín de arqueología 2 (1945): 455-457. “Noticias antropológicas”. Revista colombiana de antropología e historia 2, (1954): 406. Ochoa, Blanca. “Notas”. Boletín de arqueología 2-3, (1946): 293-294. Ochoa, Blanca. “Organización de museos”. Boletín de arqueología 1, (1945): 45. pi La invencion…

p. 308
[5]

el dorado 20 “El jefe del Instituto Etnológico exalta la eminente obra de Rivet en bien de la cultura”, El Tiempo, 8 de mayo de 1948. 21 “Consecuente”, La Jornada, 15 de mayo de 1948. 22 No profundizo más en este hecho para indagar en lo que ocurrió, pues lo que quiero mostrar con él es la forma en que la crisis…

p. 164
[25]

y prácticas en la transformación de la sociedad. Al contrario, el segundo sentido en que se emplea esta expresión tiene que ver con la creación de representaciones más o menos estables del patrimonio arqueológico, que se fraguaron entre finales de la década de 1940 y comienzos de la siguiente. En ese caso, se trata de…

p. 101
03Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 1641 cita
[4]

resumen en español). PUERTO ALEGRE, Fray Gaspar de. /1571/ 1983 "Nuevo Reino de Granada-1571" En: Cespedecia 45-46: 105-112, Cali. RAMOS, Demetrio. 1972 Ximénez de Quesada - Cronista. Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, Madrid. R.A.N. 1944 (Revista de Archivo Nacional) 59 y 60.…

p. 164
04Marijuana Boom: The Rise and Fall of Colombia's First Drug ParadiseLina Britto · 2020 · p. 331 cita
[6]

on a tropical agriculture project he described as a “great whirlwind of work and commerce” involving a “brave people who live without preoccupation for the future.” 10 Although Reclus’s project failed and he returned to Europe empty-handed —to become the father of comparative geography—others followed his example and…

p. 33
05Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 91, 248, 2503 citas
[7]

siglo comenzaron a llegar los etnólogos y arqueólogos ale- manes. A Konrad Theodor Preuss, Theodor Koch-Grunberg o Alfred Jahn les interesaba el lugar que le asig- naba la escuela difusionista a la gente exótica de este lado del mundo. Le- garon una metodología de constata- ción empírica basada en observaciones…

p. 248
[17]

de la historia, la cultura y los problemas de la nación. En su discurso de posesión se refirió al sistema educativo que re- cibía su gobierno con duras palabras de crítica: «En los talleres y en los campos ve- mos que nuestros hombres manejan sus instrumentos de trabajo al precio de un esfuerzo rutinario; el producto…

p. 91
[33]

de campo, sino de una teoría an- tropológica, como la de cultura y per- sonalidad para trazar las raíces de la conducta campesina. Otra investigación guiada por esa teoría fue la llevada a cabo por Ali- cia y Gerardo Reichel-Dolmatoff en Atanquez. La colonización estaba convirtiendo en campesinos a los in- dígenas de…

p. 250
06Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 161 cita
[8]

Sus tesis fueron parcialmente reconsideradas por el profesor Paul Rivet en un célebre trabajo ti- tulado La influencia Karib en Colombia (1943), que se convirtió en una especie de manifiesto de la investigación etnológica en nuestro país durante la década de 1940-1950. Rivet caracterizó la in- fluencia y presencia…

p. 16
07Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 23, 682 citas
[9]

escuela histórico-cultural, por una parte, y el eminente etnógrafo sueco Erland Nor- denskióld, por otra, han sistematizado, hasta el grado en que ello es posible por ahora, los datos que posee- mos de la etnografía americana, principalmente en su parte meridional. De todos estos estudios deduce Rivet como ele- mentos…

p. 68
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fallo de la memoria, ade- más de contribuir a una toma de conciencia de lo que significa y ha significado ser colombiano y latinoame- ricano en su dimensión contemporánea. Es de desear que este intento suscite más de una reflexión, que sea tema de controversias; entonces sus autores sabrán que esa ambiciosa y…

p. 23
08Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IIErnesto Guhl · 2018 · p. 6571 cita
[10]

cio estudiado 127. Ernesto Guhl, más joven que Vila, estudió Humani- dades y Geografía en la Universidad de Berlín, entre 1931 y 1933, y en el Instituto Geográfico y Geopolítico de la Academia de Ciencias Políticas de Alemania, entre 1933 y 1937. Debido a sus ideas democráticas, ante la disyuntiva de servir al nazismo…

p. 657
09El indio en la lucha por la tierra: historia de los resguardos del macizo central colombianoJuan Friede · 2017 · p. 131 cita
[11]

de África. Como el nazismo había iniciado su ascenso, la persecución contra los judíos se evidenció, y el grupo Vanderfiegel se desvertebró, decidió, en 1934, retornar a Manizales, esta vez como liquidador de la F. Stern y representante de otras empresas. En la capital cal- dense compró una propiedad rural en el Alto…

p. 13
10Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · p. 63, 67, 713 citas
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lingüística, etc., que hasta el momento habían estado en manos de simples aficionados, los cuales, en sus ratos libres, sin el bagaje académico apropiado, se convertían en “antropólogos”, “historiadores”… Los estudiantes de la Normal, por el contrario, cursaban todo un programa académico, familiarizándose con las…

p. 67
[15]

sus atribuciones; por otra, extender la ciudadanía a sectores hasta entonces excluidos por los prejuicios del clero. La política incluyente del Gobierno también estuvo determinada por criterios sociales. La Revolución en Marcha significó una nueva etapa en las relaciones Estado-sectores populares, lo que supuso un…

p. 71
[18]

a su devenir histórico, ponían en serio peligro la estabilidad nacional. Los ímpetus reformistas del Gobierno, alimentados por una retórica llena de promesas, no podían sino escandalizar a los sectores tradicionales, que de por sí ya estaban horrorizados por lo que hacían otros liberales en distintos lugares del…

p. 63
11Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 2461 cita
[13]

profunda. 1938 Eduardo Santos, presidente de la República; anuncia un gobierno de moderación y ecuanimi- dad («la pausa», después de las reformas sociales). Censo nacional: 8”701.816 habitantes; Bogotá, 340.000. Inauguración del edificio de la Bibliote- ca Nacional. 1939 Jorge Eliécer Gaitán, ministro de Educación.…

p. 246
12Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · p. 3581 cita
[14]

a ciudadanos Se inaugura tarjeta de identidad nacional Se crea la Orquesta Sinfónica Nacional Año Política Sociedad y economía Cultura y ciencia Reforma agraria (Ley 200) Se publica El Siglo (periódico) Propiedad privada puede ser limitada si hay necesidad social Se crea la Federación Médica 1938 Eduardo Santos,…

p. 358
13Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 204, 2062 citas
[16]

López Pumarejo ante el presidente del Congreso, Laureano Gó- mez. Desde ese momento, López dejó claro su pro- pósito de adelantar la Revolución en Marcha. Senado de la República y sancionada por el presi- dente el día 30 del mismo mes y año, y aparecer en el Diario Oficial del 21 de enero de 1937, sólo empezó a regir…

p. 204
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fundar una economía agrícola de granjeros. Dada la división parti- dista, no se generaron más transformaciones en aras de mantener estable al país. Al go- bierno se le acusó de comunista, marxista y socialista, cuando verdaderamente sólo tenía un cariz liberal reformista. campus integrado y moderno, donde además de…

p. 206
14La biblioteca aldeana de Colombia y el ideario de la República Liberal, 1934-1947. Bibliotecas y cultura en AntioquiaHernán Alonso Muñoz Vélez · 2014 · p. 70, 732 citas
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Nacional de Educación Primaria y Nor - malista -1931-; b) el relevo gradual de los inspectores provinciales y locales por los directores departamentales de educación y los rectores de las normales, ligados al Estado central; c) la progresiva intervención de la inspección estatal sobre la educación privada; d) la…

p. 70
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Nacional; para propaganda de cultura aldeana; para el sueldo y los viáticos de los cinco peritos en: urbanismo, agricultura, sanidad y pedagogía y el redactor literario; para compra de bibliotecas aldeanas; para compra de casas sociales y para compra de útiles para las escuelas primarias. De la misma manera, dentro de…

p. 73
15Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · p. 3261 cita
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pruebas que. posteriormente se han organizado en el sector general universitario, El sistema de pruebas de admisi ó n ha conducido a lo que algunos han llamado la pol í tica elitista practicada por las universidades, colombianas, p ú blicas y privadas. Al historiador de la universidad s ó lo le corresponde registrar…

p. 326
16Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · p. 551 cita
[23]

Zalamea es, además de un programa de gobierno, una defensa de la inde- pendencia del hombre de letras ante la política, y a la vez de su libertad de 54 Capítulo 2 55 participar, si así lo exige su conciencia, en tareas colectivas. «Un pueblo económicamente enfer- mo no puede producir cultura; si ya la tenía, la…

p. 55
17Managing Multiculturalism: Indigeneity and the Struggle for Rights in ColombiaJean E. Jackson · 2019 · p. 531 cita
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Mexico “an enserfed population dominated by a ‘hybrid, defective culture.’” 25 The official indigenista mindset in Colombia had begun to change in the late 1960s, culminating in the 1991 constitution, perhaps the best symbol of the country’s shift to official acceptance and even celebration of ethnic plural - ism. One…

p. 53
18La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · p. 26, 472 citas
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y con mestizos les ha desarrollado un sentido de defensa que se expresa en la tenacidad de su agrupación […] un grupo indígena en un estado de transición cultural o transculturación, muy importante de conocer y cuyo estudio explicaría muchos de los fenómenos sociales de esta ignorada parte de Colombia (Hernández de…

p. 26
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dicho cultivo facilitó las migraciones al sur. Influencias mesoamericanas aparecieron en la costa Atlántica y en la región de Tumaco en la costa Pacífica. Entre los elementos introducidos alrededor de 1200 a. C. se encuentran túmulos, espejos de 4 Fuentes principales que se ocupan de la arqueología del macizo…

p. 47
19Colombia: Territorial Rule and the Llanos FrontierJane M. Rausch · 1999 · p. 551 cita
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were crossing the borders into neighboring countries to avoid inhuman exploitation, and that unless some radical changes were made, their "race" would continue to diminish "due principally to the voluntary neglect in which it had been maintained." 31 EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 7:55:30…

p. 55
20Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 1, 472 citas
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Agustín una posi- ción cronológica «temprana»; muisca y tairona y algunos materiales del alto Cauca se clasificaron como «tardíos», mientras que quimbaya, tierradentro y sinú se agruparon en un periodo «medio» 9. 9 Los principales autores que han postulado una división en «áreas arqueológicas» son, en orden…

p. 47
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GERARDO REICHEL-DOLMATOFF antropología AR qu EOLOG í A DE COLOM b IA: un TE x TO I n TROD u CTORIO antropología GERARDO REICHEL - DOLMATOFF AR qu EOLOG í A DE COLOM b IA: un TE x TO I n TROD u CTORIO antropología Reichel-Dolmatoff, Gerardo, 1912-1994, autor Arqueología de Colombia: un texto introductorio [recurso…

p. 1
21Historia de Colombia. Colombia Contemporánea IArturo Alape, Antonio Caballero, Gonzalo Hernández de Alba, Mauricio Archila, Germán Arciniegas, Enrique Sánchez y otros (obra colectiva) · 1988 · p. 21 cita
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Historia de COLOMBIA Colombia Contemporanea | Tomo 15 SALVAT Directores: Juan Salvat Roberto Garcia Rojas Director de la obra: Ricardo Martin Director cientifico: Gonzalo Hernandez de Alba Secretario de redaccién: Amancio Fernandez Coordinaci6n general: Sylvia Mallarino de Rueda Equipo editorial: Miguel Barrachina,…

p. 2
22Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 48, 542 citas
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de los animales, las piezas de cacería y determinaba en gran medida la disponibilidad de los recursos y sus usos. Su intervención era (y es) fundamental — mediante salmos y rezos, ritos y otras ceremonias— para la reproducción de los mismos animales: recogía el “alma” de la presa y la remitía a su lugar de origen, a…

p. 54
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embargo, por la misma época, la colonización antioqueña del Gran Caldas se hizo en gran parte profanando las tumbas de los indígenas Quimbayas, ricas en objetos orfebres. Un grupo de comerciantes financiaba el saqueo de las tumbas, fundiendo y atesorando estas piezas; algunos las conservarían formando las primeras…

p. 48
23Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 35, 1072 citas
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rescate de las formas de ver el mundo, distintas a la dominante, pues, de otro modo, desaparecerían en el curso de pocas generaciones. Es sorprenden- te encontrar que incluso criollos de fines del siglo XVIII planteaban la urgencia de un trabajo de rescate para saber cómo eran las sociedades indígenas que pronto…

p. 35
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medida ha dificultado el desarrollo de una antropología científica en el país. Aún subsisten dos aproximaciones a la historia nacional. Por un lado, los historiado- res investigan el pasado colonial y republicano; por otro, los antropólogos tienden a investigar el pasado indígena o las sociedades indígenas…

p. 107
24Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 1531 cita
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y objetos notables de los objetos indígenas que eran categori- zados como curiosidades y pensados al margen del tiempo. En la subdivisión de monumentos históricos y objetos notables se encon- traban piezas como la cota de malla de Gonzalo Jiménez de Quesada, la daga de Nicolás de Federmán, la espada del Virrey Amar y…

p. 153