Idea · República Liberal
Arqueología nacional
La arqueología nacional en Colombia es la práctica científica y el aparato institucional que, entre finales del siglo XIX y mediados del XX, convirtió los objetos y sitios prehispánicos del territorio en patrimonio del Estado y en materia prima de la identidad nacional, alcanzando su institucionalización plena durante la República Liberal (1930-1946).
Trayectoria de una idea
- 1823
Creación del Museo Nacional
- 1849
Comisión Corográfica
- 1859
Sociedad de Naturalistas Neogranadinos
- 1892
Donación del Tesoro Quimbaya
- 1934
Revolución en Marcha y giro cultural liberal
- 1938
Año fundacional: Servicio de Arqueología, Museo Arqueológico Nacional y llegada de Paul Rivet
- 1939
Fundación del Museo del Oro
- 1941
Instituto Etnológico Nacional y formación de la primera generación profesional
- 1946
Traslado del Museo Arqueológico al antiguo panóptico
La lectura
La arqueología nacional colombiana no nació de una demanda académica consolidada sino de la confluencia entre un proyecto político liberal de construcción identitaria y el exilio europeo que huía del nazismo y el franquismo. Durante el siglo XIX, el pasado prehispánico fue tratado como reservorio de objetos exóticos: los guaqueros saqueaban las tumbas, los comerciantes fundían el oro o lo vendían por peso, y el Estado llegó a regalar su patrimonio más notable —el Tesoro Quimbaya— para saldar una gestión diplomática. El año 1938 concentró los actos fundacionales: el Servicio de Arqueología, el Museo Arqueológico Nacional y la llegada de Paul Rivet, quien montó el Instituto Etnológico Nacional según el modelo del Musée de l'Homme de París y formó a la primera generación de arqueólogos y etnólogos titulados del país. El aparato resultante —Ministerio, Servicio, Museo, Instituto y revista propia— era frágil y dependiente de la voluntad política de cada gobierno, pero fijó un relato del pasado prehispánico centrado en San Agustín, Tierradentro y la orfebrería quimbaya que definiría la imagen del país ante el mundo durante décadas. La disciplina nació, en suma, como dispositivo estatal para producir ancestralidad monumental en un país que apenas empezaba a preguntarse qué había sido antes de la Conquista.
Arqueología nacional en Colombia
La arqueología nacional en Colombia es la práctica científica y el aparato institucional que, entre finales del siglo XIX y mediados del XX, convirtió los objetos y sitios prehispánicos del territorio en patrimonio del Estado y en materia prima de la identidad nacional. No existió como disciplina profesionalizada hasta la República Liberal (1930-1946): antes hubo viajeros, coleccionistas y guaqueros; después, un Servicio de Arqueología, un Museo Arqueológico Nacional, un Instituto Etnológico Nacional y una generación de investigadores formados en método. Ese salto —de la vitrina de curiosidades a la excavación estratigráfica— ocurrió tarde, dependió en buena medida del exilio europeo que huía del nazismo y del franquismo, y fijó un relato del pasado prehispánico centrado en San Agustín, Tierradentro y la orfebrería quimbaya. La arqueología colombiana nació, así, como un dispositivo estatal para producir ancestralidad monumental en un país que apenas empezaba a preguntarse qué había sido antes de la Conquista.
Antes de la disciplina: viajeros, guaqueros y anticuarios
Durante buena parte del siglo XIX, lo que hoy llamaríamos arqueología en el territorio colombiano fue una mezcla de curiosidad ilustrada, saqueo sistemático y coleccionismo privado. Alexander von Humboldt, en su paso por la Nueva Granada, atribuyó a los muiscas ciertas cabezas de obsidiana que probablemente habían llegado desde Centroamérica por rutas de comercio anteriores a la Conquista: un error temprano y revelador de cuán poco se sabía sobre la geografía de las culturas prehispánicas. Junto a él, José Celestino Mutis, Agustín Codazzi y sus colaboradores locales dejaron descripciones y registros cuyas consecuencias antropológicas aún no han sido evaluadas con detenimiento para el caso colombiano.
El grueso del material que hoy reposa en museos, sin embargo, no salió de esas expediciones sino de las tumbas. La colonización antioqueña del Gran Caldas, a lo largo del siglo XIX, se hizo en gran parte profanando sepulturas quimbayas. Grupos de comerciantes financiaban el saqueo, fundían el oro para venderlo por peso o atesoraban las piezas más notables, y de ese circuito nacieron las primeras colecciones de orfebrería prehispánica del país, que luego serían compradas por museos europeos y norteamericanos. El guaquero —figura que la conquista española inauguró y que la República no supo o no quiso desmontar— era el proveedor último de una cadena que terminaba en vitrinas de Berlín, Madrid, París o Washington. Allí los objetos servían para exhibir la riqueza material de los antiguos pueblos indígenas del recién formado territorio colombiano: mostraban una grandeza pretérita sin obligar a nadie a pensar en los indígenas vivos.
El episodio más emblemático de esa lógica fue la donación del Tesoro Quimbaya. En 1892, con motivo del IV Centenario del Descubrimiento celebrado en Sevilla, se exhibieron 122 piezas de orfebrería extraídas de dos sepulturas de La Soledad, en el municipio de Filandia. Terminada la exposición, el presidente Carlos Holguín entregó la colección entera a la reina María Cristina de España como reconocimiento por su labor arbitral en la delimitación de fronteras entre Colombia y Venezuela. El Tesoro Quimbaya sigue hoy en el Museo de las Américas, en Madrid. Un Estado que regala su patrimonio prehispánico para saldar una gestión diplomática dice, sin necesidad de explicarlo, en qué lugar tenía a los muertos indígenas del propio territorio.
El coleccionismo interno era igualmente ambiguo. En Antioquia, el coleccionista Leocadio guardó celosamente su acervo: en 1877 se negó a enviar un inventario al profesor Adolf Bastian, del Museo Etnográfico de Berlín, y luego declinó participar en la Exposición Histórico-Americana de Madrid (1892) y en la Exposición Universal de Chicago, permitiendo apenas fotografías de algunas piezas. Su colección tendría que esperar hasta 1924 para que el gobierno la declarara reliquia nacional, en un intento de frenar las gestiones para venderla al exterior: una operación con el Smithsonian se había frustrado en 1918 por muerte del propietario, y en 1933 Germán Olano, cónsul en Nueva York, volvía a moverla. La declaratoria de reliquia nacional llegó tarde y llegó como reacción, no como política.
En ese siglo XIX de anticuarios y hombres de letras, la aproximación al pasado prehispánico fue, sobre todo, descriptiva y distante. Eruditos con inclinación hacia la etnología y la lingüística leyeron las crónicas españolas para reconstruir ritos y costumbres, pero rara vez conectaron los vestigios arqueológicos con las sociedades que los habían producido, y menos aún con los pueblos indígenas contemporáneos. La atracción era por objetos exóticos, no por historias vivas. Vicente Restrepo llevó esa lógica al terreno del debate identitario en 1895, cuando atacó frontalmente la exaltación de la cultura muisca: lo que se sabía de ellos, argumentó, era pura conjetura; no podían ser pilar de la nacionalidad por ser solo uno de los innumerables grupos del territorio; y su sociedad, en cualquier caso, había sido relativamente pobre. La polémica dejaba al descubierto un problema que la arqueología del siglo XX heredaría entero: en un país sin un imperio prehispánico único y visible como el azteca o el inca, ¿qué pasado indígena podía sostener una identidad nacional?
El andamiaje institucional heredado
La arqueología liberal no partió de cero en materia institucional, aunque sí en materia científica. El Museo Nacional había sido creado por ley del Congreso el 28 de julio de 1823, bajo el nombre de Museo de Historia Natural y Escuela de Minería, y abrió sus puertas el 4 de julio de 1824 en la antigua Casa de la Expedición Botánica. A mediados del siglo XIX se estableció un Instituto de Ciencias Naturales, Físicas y Matemáticas que agrupaba el Observatorio Astronómico, el Jardín Botánico, el Laboratorio Químico Nacional y el propio Museo de Historia Natural de Bogotá.
El hito mayor del período fue la Comisión Corográfica, establecida por la Ley 29 de 1849 durante la administración de José Hilario López y activa entre 1850 y 1859. Fue el primer intento científico institucional de alcance global en Colombia y la primera vez que el Estado asumió la responsabilidad de dotarla de fondos y garantizar su permanencia. La dirigió el coronel-ingeniero italiano Agustín Codazzi (1792-1859) y la integraron, entre otros, Manuel Ancízar (1812-1882), Manuel María Paz (1820-1902) y José Jerónimo Triana (1826-1890). Su tarea fue el levantamiento del mapa de la República y el estudio de sus provincias, en un contexto en que la disolución de la Gran Colombia había dejado a los mandatarios de la Nueva Granada frente a la urgencia de conocer y construir la identidad nacional. La Comisión trabajó a la vez con instrumentos científicos y con lápices: dejó mapas, memorias descriptivas y acuarelas que fijarían durante décadas la imagen del país.
Una década después, en 1859, Ezequiel Uricoechea —profesor de química y mineralogía en el Colegio del Rosario— fundó la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos, inspirada en las corrientes liberales e ilustradas de la época. Empezó a declinar a comienzos de la década de 1860 y, tras varios relevos —Sociedad de Naturalistas Colombianos, Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales—, terminó transformada en la Academia Nacional de Medicina. Ninguna de estas instituciones se dedicó específicamente a la arqueología, pero todas prepararon el terreno: acostumbraron al Estado a financiar ciencia y crearon una tradición mínima de sociedades científicas que la República Liberal recogería casi un siglo después.
La República Liberal como coyuntura
En 1930, la victoria de Enrique Olaya Herrera puso fin a casi medio siglo de Hegemonía Conservadora y abrió lo que la historiografía llama República Liberal. El giro no fue inmediato en materia cultural: el gobierno de Olaya (1930-1934) priorizó los problemas políticos y económicos, y las reformas educativas y culturales quedaron en segundo plano, limitadas por las estrecheces del erario. Fue el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938), bautizado como "Revolución en Marcha", el que dio a la cultura y la educación un lugar central: reforma universitaria, apertura de la universidad a la mujer, construcción de la Ciudad Universitaria en Bogotá y la Ley 12 de 1934, que creó la Campaña de Cultura Aldeana y Rural, asociada a la Comisión de Cultura Aldeana. En ese ambiente —de indigenismo latinoamericano, ecos de la Revolución mexicana, aprismo peruano y lectura mariateguista del marxismo— la intelectualidad liberal empezó a mirar el pasado prehispánico con ojos distintos.
La Revista de las Indias, órgano cultural del período, publicó investigaciones arqueológicas sobre culturas precolombinas: los hipogeos de Inzá, una "Máscara de oro de Inzá" firmada por José Pérez de Barradas, "Investigaciones arqueológicas de Tierra Adentro" de Gregorio Hernández de Alba. El pasado indígena dejaba de ser una curiosidad de anticuario para convertirse en materia de un proyecto político-cultural.
Dos piezas hicieron posible el salto disciplinar. La primera fue la Escuela Normal Superior, que reunió a un plantel de profesores extranjeros llegados a Colombia huyendo de las persecuciones nazis y franquistas: el etnólogo francés Paul Rivet, el geógrafo alemán Ernesto Guhl, el catalán Pablo Vila y, junto a ellos, Justus W. Schottelius, Rudolf Hommes, Kurt Freudenthal, Gerard Mazur, Juan Friede, Luis de Zulueta, Urbano González de la Calle, José María Ots Capdequí, entre otros. La comunidad académica que formaron fue pequeña e incipiente, pero decisiva: formó a la primera generación colombiana de científicos sociales profesionalizados —Jaime Jaramillo Uribe, Gregorio Hernández de Alba, Virginia Gutiérrez, Luis Flórez— en disciplinas hasta entonces en manos de aficionados. La segunda pieza fue la voluntad del gobierno de Eduardo Santos (1938-1942) —caracterizado como una "pausa" moderada respecto al reformismo de López— de acoger a los intelectuales españoles refugiados de la Guerra Civil, que llegaron en 1940. En el mismo lapso se inauguró el nuevo edificio de la Biblioteca Nacional (1938) y se fundó la Radiodifusora Nacional, y en 1939 Jorge Eliécer Gaitán fue nombrado ministro de Educación.
El azar geopolítico jugó un papel que no conviene subestimar: la arqueología colombiana adquirió metodología científica porque Europa expulsó a sus científicos, no porque una demanda interna consolidada la reclamara. Pero el Estado liberal supo aprovechar el desembarco.
1938: el año fundacional
El año 1938 concentra los actos de fundación. Con motivo del cuarto centenario de la fundación de Bogotá se organizó una exposición arqueológica y etnográfica de gran escala, que reunió colecciones públicas y privadas y funcionó como puesta en escena del pasado prehispánico ante la ciudad capital. Cerrada la muestra, la decisión política fue abrir al público, de manera permanente, el Museo Arqueológico Nacional. Durante sus primeros años funcionó en algunos salones de la Biblioteca Nacional; a partir de 1946 se instaló en la primera planta del antiguo panóptico de Bogotá.
Ese mismo 1938 se creó el Servicio de Arqueología, adscrito al Ministerio de Educación Nacional: el brazo estatal encargado de investigar, excavar y custodiar los sitios prehispánicos. Y en 1939 el Banco de la República inició, como iniciativa institucional propia, la adquisición de piezas precolombinas provenientes fundamentalmente de la región del Quindío, con el propósito de formar una colección de orfebrería. Nacía así el Museo del Oro, cuya trayectoria terminaría eclipsando por completo a su hermano estatal.
La pieza más ambiciosa fue el Instituto Etnológico Nacional (IEN), articulado al Museo Arqueológico y Etnográfico y montado según el modelo francés que Paul Rivet conocía de primera mano en el Musée de l'Homme de París. Rivet fue su primer director y dirigió también, en su fase inicial, la Revista del Instituto Etnológico Nacional. El IEN cumplía dos funciones a la vez: era escuela —formó a los primeros etnólogos y arqueólogos titulados del país— y era brazo de investigación, con salidas de campo, publicaciones periódicas y contacto con las redes internacionales del americanismo.
Alrededor de Rivet gravitaron figuras que, sin el exilio, difícilmente habrían coincidido en Bogotá. Wolfram Schottelius, intelectual alemán de tendencia socialista y alumno de Konrad Theodor Preuss, llegó en 1938 y murió tres años después, en 1941, dejando apenas una obra iniciada; su artículo "Estado actual de la arqueología colombiana", publicado póstumamente en 1946 en el Boletín de Arqueología, formuló con precisión los tres problemas centrales que la disciplina debía enfrentar: el análisis de las relaciones mutuas entre culturas locales, su relación con otras partes de América y el establecimiento de un orden cronológico. En 1941, Rivet envió a su discípulo austriaco Gerardo Reichel-Dolmatoff a la Sierra Nevada de Santa Marta a hacer trabajo de campo etnológico: el joven investigador iniciaba allí una trayectoria que, décadas después, lo convertiría en el arqueólogo colombiano más influyente del siglo. Blanca Ochoa (1914-2008) fue una de las primeras etnólogas egresadas del IEN, en una generación en que la profesión, apenas fundada, ya empezaba a abrirse a mujeres.
El aparato institucional resultante tenía una arquitectura reconocible: un Ministerio de Educación que coordinaba, un Servicio de Arqueología que autorizaba y excavaba, un Museo Arqueológico que exhibía, un Instituto Etnológico que investigaba y formaba, y una revista propia que difundía. Sobre el papel, un dispositivo completo. En la práctica, un edificio frágil, sostenido por un puñado de personas y muy dependiente de la voluntad política de cada gobierno.
San Agustín y Tierradentro: los sitios fundadores
Toda arqueología nacional necesita sus sitios emblemáticos. En Colombia, los años treinta y cuarenta consagraron dos: San Agustín, en el Huila, y Tierradentro, en el Cauca.
San Agustín era conocido desde el siglo XVIII. Fray Juan de Santa Gertrudis, en su recorrido colonial, describió las estatuas interpretándolas como representaciones de obispos franciscanos y atribuyéndolas, con la lógica de su tiempo, a los demonios. La descripción muestra cuán ilegible era el sitio para la mirada colonial: solo cabía traducirlo al catolicismo o al infierno. Cuando la arqueología liberal volvió sobre él, San Agustín se reveló como el complejo más espectacular del país: varios centenares de grandes estatuas de piedra y un crecido número de túmulos o montículos de tierra que cubren templos y entierros, distribuidos en más de treinta agrupaciones —Las Mesitas, Alto de Lavapatas, Alto de los Ídolos, Alto de las Piedras— sin evidencia de un centro urbano o aldea principal.
Las investigaciones se concentraron desde el comienzo en la excavación de estatuas, túmulos y entierros: los rasgos monumentales que producían impacto visual y encajaban con la vocación patrimonialista del Estado. Los patrones de asentamiento, los campos de cultivo, los basureros estratificados —lo que hubiera permitido reconstruir la vida cotidiana— quedaron sistemáticamente en segundo plano. La imagen que se fijó de San Agustín fue, por eso, una imagen parcial: monumentos sin sociedad.
La estratigrafía terminaría complicando el relato. Las excavaciones revelaron una secuencia con al menos dos ocupaciones nítidamente separadas: el Complejo Isnos, cuya cerámica muestra parentescos con el sur de la Costa Pacífica y cuya ocupación termina hacia 330 d.C., y un largo período posterior seguido del Complejo Sombrerillos, datado por radiocarbono entre 1410 y 1630 d.C., correspondiente a una población distinta que ya no presentaba características de cacicazgo sino de nivel tribal selvático. Los entierros mostraron una variedad notable: tumbas en pozos profundos con cámara lateral, sarcófagos tallados, ajuares diversos. San Agustín no era, en rigor, una cultura: era un lugar ocupado sucesivamente por sociedades diferentes, con discontinuidades poblacionales que la mirada monumentalizante tendía a borrar.
Tierradentro, la otra pieza, ofrecía un espectáculo distinto: hipogeos subterráneos tallados en toba volcánica, con escalones descendentes en los pozos y nichos labrados en las cámaras funerarias. Gregorio Hernández de Alba trabajó allí y publicó, en 1938, "Investigaciones arqueológicas de Tierra Adentro" en la Revista de las Indias, además de un Colombia: Compendio arqueológico del mismo año que lo situó como uno de los pioneros de la clasificación arqueológica del país. José Pérez de Barradas hizo lo propio con la "Máscara de oro de Inzá" y otros trabajos sobre la región. La composición geológica del subsuelo de Tierradentro —una capa de toba bajo el humus superficial— parece haber favorecido esa forma de enterramiento: la toba permite tallar y sostener escaleras y nichos que en otros suelos se derrumbarían.
De ahí surgió la hipótesis, todavía discutida, de una relación estrecha entre San Agustín y Tierradentro: comparten caminos prehispánicos, contemporaneidad y una estética funeraria elaborada; la principal diferencia —el tipo de tumba— podría explicarse por razones geológicas antes que culturales. Fuera o no cierta la conexión, la operación patrimonial estaba hecha: San Agustín y Tierradentro se convirtieron en los dos escenarios canónicos del pasado prehispánico colombiano, aquellos donde el país podía mostrarle al mundo —y a sí mismo— que también tenía monumentos.
La elección tenía una ventaja política silenciosa. A diferencia de la Sierra Nevada, todavía habitada por koguis y arhuacos, o del altiplano cundiboyacense, donde los muiscas contemporáneos eran una presencia incómoda para la narrativa mestiza, San Agustín y Tierradentro ofrecían un pasado indígena grandioso sin indígenas vivos que reclamaran nada en su nombre. La arqueología liberal podía monumentalizarlos sin negociar con comunidades presentes.
La clasificación del territorio prehispánico
Uno de los grandes problemas que enfrentó la arqueología liberal fue el ordenamiento del mosaico prehispánico colombiano. A diferencia de México o Perú, donde imperios centralizados dictaban una periodización natural, Colombia era un archipiélago de sociedades sin unidad política. La solución más recurrida fue la clasificación por áreas arqueológicas: dividir el territorio en regiones, cada una con su cultura, su cerámica, su cronología.
Los principales autores que ensayaron esa operación se pueden ordenar en una serie reveladora: Joyce (1912), Thompson (1936), Hernández de Alba (1938), Wendell C. Bennett (1944 y 1946), Nachtigall (1961), Angulo Valdés (1963) y Perdomo (1979). Bennett publicó dos textos fundamentales —Archaeological Regions of Colombia: A Ceramic Survey, en la serie Yale University Publications in Anthropology (n.º 30, 1944), y "The Archaeology of Colombia" en el Handbook of South American Indians (1946)— que fijaron el esquema durante décadas. En su clasificación, San Agustín recibió una posición cronológica "temprana"; muisca, tairona y algunos materiales del alto Cauca se ubicaron como "tardíos"; quimbaya, tierradentro y sinú se agruparon en un período "medio".
Contra esa lógica de áreas, Gerardo Reichel-Dolmatoff propondría más tarde un enfoque distinto: trazar etapas sucesivas de desarrollo cultural, procesos dinámicos antes que compartimentos regionales. La orientación procesual buscaba escapar de la fragmentación —cada cultura en su casilla— para reconstruir trayectorias históricas que atravesaran el territorio. El debate, en el fondo, era sobre qué tipo de pasado se estaba construyendo: uno hecho de piezas emblemáticas y estáticas, o uno hecho de procesos vinculados.
Ese debate tenía su antecedente en las tres preguntas que había dejado planteadas Schottelius en 1946: las relaciones entre culturas locales, sus vínculos con el resto de América, la cronología. La arqueología colombiana del siglo XX se pasó las décadas siguientes tratando de responderlas, con avances desiguales y con un desequilibrio notorio hacia el tercer problema —fechar— en detrimento de los dos primeros.
Las tensiones del proyecto
La arqueología liberal fue un proyecto real, pero también un proyecto tensionado. La primera tensión era estructural: dependía casi por completo de intelectuales extranjeros. Rivet, Schottelius, Reichel-Dolmatoff, Guhl, Vila, González de la Calle, Friede, Ots Capdequí: la nómina científica era, en su mayoría, exiliada. Sin nazismo ni franquismo no habría habido Escuela Normal Superior en el sentido en que la conocemos, ni Instituto Etnológico Nacional en su forma efectiva. Los discípulos colombianos —Hernández de Alba, Duque Gómez, Jaramillo Uribe, Virginia Gutiérrez, Blanca Ochoa— se formaron en esa red y la sostuvieron cuando los maestros partieron o murieron. Pero la fragilidad quedó inscrita en el edificio.
La segunda tensión era ideológica. El indigenismo liberal exaltaba el pasado prehispánico —lo llevaba a la Revista de las Indias, lo excavaba en San Agustín, lo exhibía en el Museo Arqueológico— pero no siempre lo conectaba con los indígenas contemporáneos. La memoria muisca había sido objeto de sucesivas operaciones ideológicas: represión en los siglos XVI y XVII, mirada nostálgica en el XIX, idealización indigenista en el XX y, hacia el final del siglo, la culpa quincentenaria. Cada época extrajo del pasado indígena lo que necesitaba y descartó el resto. La República Liberal tomó lo monumental —estatuas, orfebrería, hipogeos— y dejó de lado, en buena medida, el problema de las comunidades vivas. Juan Friede, que había asistido en abril de 1940 al primer congreso indigenista de Pátzcuaro —donde se creó el Instituto Indigenista Interamericano—, fue uno de los pocos que trató de mantener las dos puntas del hilo unidas.
La tercera tensión era patrimonial. El Estado que creaba el Servicio de Arqueología y el Museo Arqueológico era el mismo que, décadas antes, había regalado el Tesoro Quimbaya a España y que seguía viendo salir piezas por vías legales e ilegales. La declaratoria de 1924 sobre la colección de Leocadio, y las negociaciones frustradas con el Smithsonian y con Nueva York, muestran un Estado siempre a la defensiva, reaccionando después del intento de venta más que anticipándolo. La arqueología liberal quiso poner orden en ese campo, pero heredó un panorama en que buena parte del patrimonio ya estaba fuera del país o fuera del alcance del Estado, en manos de coleccionistas privados que fijaban las reglas.
La cuarta tensión era la división del trabajo intelectual. En Colombia, historiadores y antropólogos se repartieron el pasado: los primeros investigaron lo colonial y republicano; los segundos, lo indígena. Esa división —herencia del siglo XIX— sobrevivió durante décadas y dificultó una antropología histórica plena, con justificaciones distintas para cada campo y muy poca comunicación entre ellos. La Revista del Instituto Etnológico Nacional y el Boletín de Historia y Antigüedades podían coexistir en la misma ciudad sin apenas dialogar.
Huella y declive
El aparato liberal empezó a debilitarse antes de terminar la década de 1940. El Museo Arqueológico Nacional se instaló en el antiguo panóptico en 1946, y desde entonces fue perdiendo relevancia frente al Museo del Oro, que crecía apoyado en la solvencia del Banco de la República y en una museografía moderna que ponía al oro prehispánico bajo iluminación teatral. Al Estado le costaba sostener el Museo Arqueológico; al Banco le sobraba dinero para comprar y exhibir. La consecuencia fue larga: el pasado prehispánico colombiano quedó asociado, en la imaginación pública y en la mirada extranjera, sobre todo con el brillo del oro —los quimbayas, la Balsa Muisca— antes que con la piedra estatuaria, la cerámica o la vida cotidiana.
Los discípulos formados en el IEN siguieron trabajando en las décadas siguientes. Gerardo Reichel-Dolmatoff se convirtió en la figura dominante de la disciplina, con investigaciones en la Sierra Nevada, el Bajo Magdalena y San Agustín. Luis Duque Gómez dirigió excavaciones en el macizo colombiano. La bibliografía canónica de la arqueología del sur andino colombiano quedó fijada en un núcleo de nombres —Bennett (1944, 1946), Hernández de Alba (1938, 1946), Pérez de Barradas (1943), Reichel-Dolmatoff (1961a, 1961b, 1965)— que las siguientes generaciones repetirían durante décadas.
Pero la República Liberal terminó en 1946 y con ella, aunque no de manera inmediata, se cerró el ciclo en que el Estado colombiano había hecho de la arqueología una prioridad cultural. Los gobiernos siguientes no desmontaron el aparato, pero tampoco lo ampliaron. La arqueología profesional siguió existiendo, cada vez más apoyada en universidades y menos en el Ministerio de Educación, mientras la guaquería —que la ley había perseguido a medias durante todo el siglo— continuaba surtiendo el mercado internacional.
La huella del período, sin embargo, resistió. La lista de instituciones creadas entre 1938 y 1946 —Servicio de Arqueología, Museo Arqueológico Nacional, Museo del Oro, Instituto Etnológico Nacional, Revista del Instituto Etnológico Nacional, Boletín de Arqueología— sigue siendo el esqueleto sobre el que se ha construido todo lo posterior. La generación formada en la Escuela Normal Superior y en el IEN dio a Colombia sus primeros antropólogos, arqueólogos y etnólogos titulados, sin los cuales las ciencias sociales del país serían impensables. El mapa mental del pasado prehispánico —San Agustín y Tierradentro como escenarios monumentales, la orfebrería como emblema, las áreas arqueológicas como esquema clasificatorio— se fijó en esos años y todavía estructura la manera en que los colombianos imaginan lo que hubo antes de 1492.
Que ese mapa fuera parcial —monumentos sin sociedad, oro sin comunidades, culturas emblemáticas sin las decenas de grupos menores que quedaban fuera del canon— es también parte del legado. La arqueología liberal produjo un pasado grandioso a la medida de un proyecto modernizador que necesitaba ancestralidad sin conflicto. Fabricó, en ese sentido, un antepasado útil. Pero produjo, al mismo tiempo, la disciplina que décadas más tarde permitiría criticar esa fabricación desde adentro: los arqueólogos formados por Rivet, Schottelius y sus discípulos fueron los mismos que empezaron a preguntar, ya en la segunda mitad del siglo, por los indígenas vivos, por los saqueos no perseguidos, por las piezas en museos europeos. El dispositivo estatal se volvió, con el tiempo, capaz de examinarse a sí mismo. No es poco para un edificio levantado con exiliados, en un país que apenas empezaba a saber qué había sido antes de sí.
En el archivo
1 apariciones públicas, ordenadas por período y año.
Relaciones
Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.
Relaciones editoriales
- 01Paul Rivet: etnólogo francés en exilio, primer director del Instituto Etnológico Nacional y figura central en la profesionalización de la arqueología colombiana durante la República Liberal
- 02Tesoro Quimbaya: colección de 122 piezas de orfebrería quimbaya donada por el presidente Carlos Holguín a España en 1892, emblema de la ausencia de política de patrimonio prehispánico antes de la institucionalización
- 03Comisión Corográfica: primer antecedente de ciencia institucional estatal en Colombia (1850-1859), que preparó el terreno para la construcción de la identidad nacional a partir del conocimiento del territorio
- 04Guaquería: práctica de saqueo sistemático de tumbas indígenas que proveyó el grueso del material arqueológico colombiano durante el siglo XIX, alimentando colecciones privadas y museos extranjeros antes de la existencia de un marco legal de protección
- 05Escuela Normal Superior: institución que reunió a profesores europeos exiliados y formó la primera generación colombiana de científicos sociales profesionalizados en arqueología, etnología y disciplinas afines
- 06Wolfram Schottelius: intelectual alemán, alumno de Konrad Theodor Preuss, llegado a Colombia en 1938, cuyo artículo póstumo de 1946 formuló los tres problemas centrales que la arqueología colombiana debía enfrentar
Personas
Lugares
Ideas
Documentos y fragmentos citados
30 documentos · 53 fragmentos
01Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 15, 40, 443 citas
[1]Mutis, Alexander Von Humboldt, Agustín Codazzi y muchos otros más, que recorrieron nuestras tierras anotando todo lo que sus ojos maravillados descubrían. A través de ellos llegaron a estas partes las ideas de la Ilustración. Y es conocida la influencia de estas ideas, tanto en las gestas de nuestra independencia…
p. 40
[29]la expedición se dividió en igual número de grupos (Perry 2006: 42). Siguiendo el modelo francés, el IEN funcionó articulado al Museo Arqueológico y Etnográfico. Los informes de campo eran consignados en la Revista del Instituto Etnológico N acional, dirigida inicialmente por Rivet;9 en esta etapa se 7 Wolfran…
p. 15
[33]la antropología prácticamente desapareció (Friedemann y Arocha 1979). Solo hasta ahora parece notarse un renovado interés por la lingüística debido a la necesidad de contrarrestar la consolidación que, infortunadamente, ha logrado en el país el Instituto Lingüístico de Verano. Pero hay otros hechos más que abonarle a…
p. 44
02La tierra de los tesoros tristesSimón Posada Tamayo · 2022 · p. 73, 78, 993 citas
[2]obsidiana, y los cuales atribuyó a los muiscas, aunque hoy en día se piense que, al parecer, dichas cabezas llegaron de Centroamérica por alguna ruta de comercio anterior a la Conquista. En una carta a su hermano, Wilhelm von Humboldt, destacó la riqueza de las lenguas que conoció durante su viaje, en especial, la de…
p. 73
[7]Sebastián Hoyos, miembro de la Academia de Historia de Antioquia. Leocadio siempre fue muy celoso de su colección. En 1877, el profesor Adolf Bastian, del Museo Etnográfico de Berlín, le pidió que le enviara un inventario de su colección, pero nunca lo recibió. También rechazó las invitaciones a llevarla a la…
p. 78
[50]y todavía no ha terminado. No por nada, el antropólogo Carl Henrik Langebaek dice que los colombianos hicimos con los indígenas lo mismo que los españoles. No por nada, la historiadora María Teresa Calderón afirma que en la Constitución de 1821 se incrustaron elementos del pasado y se mantuvieron las leyes coloniales…
p. 99
03Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 481 cita
[3]embargo, por la misma época, la colonización antioqueña del Gran Caldas se hizo en gran parte profanando las tumbas de los indígenas Quimbayas, ricas en objetos orfebres. Un grupo de comerciantes financiaba el saqueo de las tumbas, fundiendo y atesorando estas piezas; algunos las conservarían formando las primeras…
p. 48
04Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 41, 472 citas
[4]arqueológicos colombia- nos. Muchos objetos arqueológicos del país encontraron en aquellos años su camino a los museos europeos; fue- ron adquiridos por viajeros, misioneros y diplomáticos, o por técnicos europeos, quienes estaban al servicio del gobierno de Colombia. Otras colecciones fueron vendidas o donadas por…
p. 41
[36]Agustín una posi- ción cronológica «temprana»; muisca y tairona y algunos materiales del alto Cauca se clasificaron como «tardíos», mientras que quimbaya, tierradentro y sinú se agruparon en un periodo «medio» 9. 9 Los principales autores que han postulado una división en «áreas arqueológicas» son, en orden…
p. 47
05Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · p. 641 cita
[5]Ya en el siglo XIX, los guaqueros alimentaban no solo las arcas del recién creado Tesoro Nacional, sino principalmente las de los anticuarios, que adquirían piezas para colecciones privadas locales o para museos en el extranjero, donde estos objetos se usaban para demostrar la riqueza de los antiguos pueblos indígenas…
p. 64
06Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 811 cita
[6]de su creatividad imaginativa en distintos niveles temporales y espaciales, hay elementos que aparecen comunes. En el ámbito del mito, del ritual religioso y del pensamiento filosófico en torno a la creación del universo, es válido reiterar que el jaguar y la anaconda son figuras prominentes. Las vivencias actuales,…
p. 81
07Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 1601 cita
[8]que dejaron y que empezaban a recolectarse. Se trataba pues de aproximarse a un pasado desconocido con el que no se establecía una línea de continuidad. Pombo resaltaba además que su pretensión no era dar cuenta de la natura- leza de tales piezas, sino presentar una pequeña descripción de estas en términos vulgares y…
p. 160
08La botánica en Colombia, hechos notables en su desarrolloSantiago Díaz Piedrahita · 2016 · p. 1261 cita
[9]mitad del siglo xix se produce una reforma universitaria, y como resultado de la misma se establece un Instituto de Ciencias Naturales, Físi - cas y Matemáticas a cuyo cuidado quedan el Observatorio Astronómico, el Jardín Botánico —de poco desarrollo—, el Laboratorio Químico Nacional y el Museo de Historia Natural de…
p. 126
09Manual de arte del siglo XIX en ColombiaBeatriz González Aranda · 2017 · p. 244, 2522 citas
[10]Albert Museum, Londres) de Millet, cada uno de los oficios representados muestra a sus actores en posición de trabajo, en la sencillez y humildad de sus atuen- dos, y en la necesidad de ser rescatados y dignificados por la mano del artista. Verónica Uribe Hanabergh 245 § vii. La Comisión Corográfica Hay un acuerdo con…
p. 244
[13]Se estableció por algún tiempo en Venezuela (1840 - 1846) donde ejerció la docencia y formó parte del Liceo Venezolano, fundado para propagar las luces y fomentar el cultivo de la literatura y las bellas artes. Allí se relacionó con la élite intelectual de Caracas. A su regreso a la Nueva Gra- nada, en 1846, era…
p. 252
10Gran Enciclopedia de Colombia: Geografía 1Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Eufrasio Bernal Duffo, Melania Kowalewska (Textos complementarios) · 2007 · p. 161 cita
[11]Roberto Dudley (1573-1649), quien en 1595 viajé a las Indias Occidentales y exploré las bocas del rio Orinoco. En 1605 se radicd en Florencia, donde edité y publicé mapas y trabajos geograficos. Esta l4mina del Nuevo Reino de Granada pertenece a la famosa obra Del arcano del Mare, gravada por el florentino Francesco…
p. 16
11Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · p. 891 cita
[12]asombro de Humboldt. Dicha Mi- sion estuvo encabezada por Mariano Rivero, inge- niero de minas y quimico de origen peruano, e in- tegrada por el quimico Jean Baptiste Boussingault (quien luego seria director de la Academia de Ciencias de Paris), por el médico Desiré Roulin y por los natu- Talistas Jacques Bourdon y…
p. 89
12Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 96, 99, 2463 citas
[14]Museo Nacional de Colombia El 1 de mayo de 1822, Francisco Antonio Zea vi- sitó en París al barón Cuvier para solicitar su ayu- da en la contratación de una comisión científica con el fin de fundar «un establecimiento consa- grado al estudio de la naturaleza, al adelanto de la agricultura, las artes y el comercio como…
p. 99
[24]profunda. 1938 Eduardo Santos, presidente de la República; anuncia un gobierno de moderación y ecuanimi- dad («la pausa», después de las reformas sociales). Censo nacional: 8”701.816 habitantes; Bogotá, 340.000. Inauguración del edificio de la Bibliote- ca Nacional. 1939 Jorge Eliécer Gaitán, ministro de Educación.…
p. 246
[28]y ancho del país, funcionando en su mayoría en construcciones que, si bien tie- nen una significación especial en la historia de las ciudades o simple- mente son lo suficientemente espa- ciosas para las labores museológicas, no fueron concebidas como museo. Sólo muy pocos museos funcionan en edificaciones diseñadas…
p. 96
13Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · p. 2571 cita
[15]de Naturalistas Neo - granadinos, luego fue reemplazada por la Sociedad de Medicina y Ciencias Natu - rales, la cual se convirtió posteriormente en la Academia Nacional de Medicina. Cfr. Restrepo Forero, Olga. “Sociedades de Naturalistas. La Ciencia Decimonónica en Colombia” En: Revista de la Academia Colombiana de…
p. 257
14La biblioteca aldeana de Colombia y el ideario de la República Liberal, 1934-1947. Bibliotecas y cultura en AntioquiaHernán Alonso Muñoz Vélez · 2014 · p. 49, 53, 663 citas
[16]Resuelto a colocarse por encima de quienes habían ensangrentado el territorio nacional con una violencia de que estaba harto el país”. 99 Ejercía una enorme influencia a través de su periódico El Tiempo, el cual utilizó para controvertir con el Partido Conservador e impulsar la campaña y posterior victoria de Enrique…
p. 53
[17]anterior, crea dentro de su normativa la Campaña de Cultura Aldeana y Rural. Ley 12 de 1934, Diario Oficial No. 22765 del 20 de diciembre de 1934. 24 Tirado Mejía, “López Pumarejo: la Revolución en Marcha”, p. 305. 56 La biblioteca aldeana de Colombia y el ideario de la República Liberal, 1934-1947 Olaya Herrera se…
p. 66
[18]pago de la deuda externa”. 90 A pesar de lo anterior y teniendo en cuenta las limitaciones del erario públi - co, el Gobierno propuso algunas alternativas para luchar contra el analfabetismo, lo cual estaba directamente vinculado con los aspectos culturales de la nación. La 88 Latorre Rueda, “1930-1934. Olaya Herrera:…
p. 49
15Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · p. 3541 cita
[19]mente las labores y con injerencia en los cuerpos de dirección de los dife- rentes estamentos universitarios: la Universidad abrió sus puertas a la mu- jer. Pero además, López dedicó todos sus esfuerzos a dotar a la Universidad de un campus, de una sede espaciosa que le permitiera futuros desarrollos. De allí la…
p. 354
16Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 95, 2482 citas
[20]radicalismo que el movi- miento llegó a tener en algunos mo- mentos, y también la oposición que la política educativa despertaba en sec- tores de la oposición conservadora y de la Iglesia. La escuela primaria urbana y rural Dentro del vasto plan educativo de la administración de Alfonso López Pu- marejo, la difusión y…
p. 95
[34]siglo comenzaron a llegar los etnólogos y arqueólogos ale- manes. A Konrad Theodor Preuss, Theodor Koch-Grunberg o Alfred Jahn les interesaba el lugar que le asig- naba la escuela difusionista a la gente exótica de este lado del mundo. Le- garon una metodología de constata- ción empírica basada en observaciones…
p. 248
17Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · p. 55, 712 citas
[21]Zalamea es, además de un programa de gobierno, una defensa de la inde- pendencia del hombre de letras ante la política, y a la vez de su libertad de 54 Capítulo 2 55 participar, si así lo exige su conciencia, en tareas colectivas. «Un pueblo económicamente enfer- mo no puede producir cultura; si ya la tenía, la…
p. 55
[23]número aparecen ilustraciones y fo- tografías sobre los recientes descubri- mientos de los hipogeos de Inzá. En el número 5 se publicó «Máscara de oro de Inzá» de José Pérez de Barradas, y en el 7 «Investigaciones arqueológicas de Tierra Adentro» de Gregorio Her- nández de Alba. Vale la pena anotar que este interés…
p. 71
18Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · p. 671 cita
[22]lingüística, etc., que hasta el momento habían estado en manos de simples aficionados, los cuales, en sus ratos libres, sin el bagaje académico apropiado, se convertían en “antropólogos”, “historiadores”… Los estudiantes de la Normal, por el contrario, cursaban todo un programa académico, familiarizándose con las…
p. 67
19Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · p. 2181 cita
[25]1938 a 1942. Sale electo con los votos liberales y la abstención que hizo el conservatismo de participar en el debate electoral, fiel a una costumbre muy co- mún en la nación hace ya algunos años. Se posesiona el 7 de agosto y comienza un gobierno del que Alberto Lleras dijo, durante el sepelio del doctor Santos, "fue…
p. 218
20Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · p. 3581 cita
[26]a ciudadanos Se inaugura tarjeta de identidad nacional Se crea la Orquesta Sinfónica Nacional Año Política Sociedad y economía Cultura y ciencia Reforma agraria (Ley 200) Se publica El Siglo (periódico) Propiedad privada puede ser limitada si hay necesidad social Se crea la Federación Médica 1938 Eduardo Santos,…
p. 358
21La invención de El Dorado. Museos arqueológicos, imágenes cartográficas y redes de conocimiento en Colombia (1935-1955)Daniel García Roldán · 2022 · p. 14, 73, 1013 citas
[27]ción del parque arqueológico de San Agustín (ubicado en el departamento del Huila, al suroccidente del país), y organizaciones extranjeras y entidades oficiales comenzaron a realizar periódicamente expediciones etnográficas y excavaciones arqueológicas en diferentes lugares del territorio nacional. En 1938 se creó el…
p. 14
[31]y prácticas en la transformación de la sociedad. Al contrario, el segundo sentido en que se emplea esta expresión tiene que ver con la creación de representaciones más o menos estables del patrimonio arqueológico, que se fraguaron entre finales de la década de 1940 y comienzos de la siguiente. En ese caso, se trata de…
p. 101
[32]realizarse en un formato adecuado para la exhibición. Justus Wolfram Schottelius, “Estado actual de la arqueología colombiana”, Boletín de arqueología 3 (1946): 203. 12 Schottelius, “Estado actual”, 202-203. Es interesante anotar lo que para el alemán eran “los problemas más profundos de la arqueología colombiana: el…
p. 73
22Marijuana Boom: The Rise and Fall of Colombia's First Drug ParadiseLina Britto · 2020 · p. 331 cita
[30]on a tropical agriculture project he described as a “great whirlwind of work and commerce” involving a “brave people who live without preoccupation for the future.” 10 Although Reclus’s project failed and he returned to Europe empty-handed —to become the father of comparative geography—others followed his example and…
p. 33
23El indio en la lucha por la tierra: historia de los resguardos del macizo central colombianoJuan Friede · 2017 · p. 131 cita
[35]de África. Como el nazismo había iniciado su ascenso, la persecución contra los judíos se evidenció, y el grupo Vanderfiegel se desvertebró, decidió, en 1934, retornar a Manizales, esta vez como liquidador de la F. Stern y representante de otras empresas. En la capital cal- dense compró una propiedad rural en el Alto…
p. 13
24La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · p. 471 cita
[37]dicho cultivo facilitó las migraciones al sur. Influencias mesoamericanas aparecieron en la costa Atlántica y en la región de Tumaco en la costa Pacífica. Entre los elementos introducidos alrededor de 1200 a. C. se encuentran túmulos, espejos de 4 Fuentes principales que se ocupan de la arqueología del macizo…
p. 47
25Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 27, 67, 713 citas
[38]trat ó de hacer de esta tierra un hogar. La gran mayor í a de las personas a ú n identifican el proceso prehist ó rico de Colombia con los Chibcha, los Quimbaya o con las estatuas de San 34 COLOMBIA IND Í GENA Agust í n, sin saber que la arqueolog í a ya nos permite trazar a grandes rasgoy los desarrollos culturales…
p. 27
[40]í sticamente var í an en muchos detalles, su clasificaci ó n por categor í as se hace en extremo dif í cil y, m á s a ú n, su correlaci ó n con determinadas etapas de desarrollo social y econ ó mico. Por cierto, cabe mencionar aqu í que la cer á mica de San Agust í n, sea cual fuera su edad o procedencia, es m á s…
p. 71
[44]por las monta ñ as del sur hacia las cordilleras ecuatorianas. Si a ñ a 74 COLOMBIA INDIGENA dimos el gran valle del r í o Magdalena que se abre hacia el norte, se puede apreciar que San Agust í n est á ubicado en la encrucijada de grandes v í as de comunicaci ó n, de migraciones y de influencias culturales. La zona…
p. 67
26Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 21, 40, 423 citas
[39]miante importancia para nuestra época. En este sentido, la arqueología recobra vida palpitante, pues, por donde estemos, nos vemos en presen- cia del ingenio humano que, a través de los milenios, trató de hacer de esta tierra un hogar. La gran mayoría de las personas aún iden- tifican el proceso prehistórico de…
p. 21
[41]sur de la Costa Pacífica. A partir de 330 A. D., sigue un largo período de más de mil años, durante el cual no se conocen de- talles estratigráficos. Sólo en 1410 A. D. encon- tramos otra vez un conjunto estratificado y bien definido, que se denomina Sombrerillos, pero de nuevo corresponde a una población distinta de…
p. 42
[43]en las partes elevadas de las lomas que se extienden por toda la región entre una red de arroyos y pequeños ríos. San Agustín es indudablemente el sitio ar- queológico más espectacular del país, ya que tradicionalmente está caracterizado por varios centenares de grandes estatuas de piedra y por un crecido número de…
p. 40
27Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 71, 752 citas
[42]chozas de barro, el cura local le habló de las extrañas piedras. Lo que Santa Gertrudis descubrió, después de investigar un poco, lo sacudió hasta el tuétano. Para él, las estatuas representaban claramente a obispos de mitra y vestimentas pontificias e indudablemente eran franciscanos. Sin embargo, la orden de San…
p. 71
[46]en caso de que solo sus cementerios sobrevivieran al cataclismo de una guerra nuclear. En efecto, como Reichel-Dolmatoff lo mostró en sus estudios, solo tomando en cuenta un amplísimo contexto geográfico y cultural se puede comenzar a comprender lo que estas monumentales y enigmáticas estatuas pueden estar…
p. 75
28Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 46, 742 citas
[45]más amplia del terri- torio colombiano. Se presenta una posibilidad de relación espacial dada por los caminos prehispánicos que unen am- bas regiones y sabemos que hubo contemporanei- dad en ambos pueblos. La diferencia principal se halla en el tipo de en- terramiento y en la forma de las tumbas, pero, si tenemos en…
p. 46
[53]Tras la fundación de Santa Marta, en el año 1525, se empezaron a descubrir en sus alrededores y en las estribaciones del inmenso ma- cizo montañoso de Sierra Nevada, gran cantidad de enterramientos indígenas que contenían ricas ofrendas funerarias en objetos de oro, piedras finas, conchas, hueso y cerámica. Algunos…
p. 74
29Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 104, 107, 2333 citas
[47]superior anterior a la muisca. Otros intelectuales de la época llegaron a sostener ideas muy diferentes a las de Zerda. Manuel Uribe, en Compendio histórico del departamento de Antioquia, defendió la idea de que los habitantes de Antioquia no habían alcanzado un grado de desarrollo nota- ble. Este autor planteó,…
p. 104
[48]medida ha dificultado el desarrollo de una antropología científica en el país. Aún subsisten dos aproximaciones a la historia nacional. Por un lado, los historiado- res investigan el pasado colonial y republicano; por otro, los antropólogos tienden a investigar el pasado indígena o las sociedades indígenas…
p. 107
[49]la memoria del estado colombiano. Muchos pensarán que ya no hay nada que hacer. Y si se puede hacer algo ante la colonización y desestructuración de la cultura muisca, ¿por qué hay que hacerlo, para quién y a quién le toca hacerlo? Luis Fernando Restrepo 322 Mirado más a fondo, la memoria muisca ha dado mucho que…
p. 233
30Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 1822 citas
[51]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…
p. 182
[52]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…
p. 182