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Área Intermedia y hegemonía arqueológica en Colombia
La arqueología colombiana del siglo XX construyó el pasado prehispánico como periferia sin grandes civilizaciones bajo la categoría 'Área Intermedia'. Esta ficha examina si ese marco respondió a la evidencia disponible o tradujo, en lenguaje científico, la posición subordinada de Colombia en el orden panamericano y las necesidades ideológicas del Estado-nación mestizo.
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La respuesta en breve
La categoría 'Área Intermedia' no reflejó neutralmente la evidencia sino que importó una jerarquía comparativa calibrada con los cánones de Mesoamérica y los Andes Centrales, naturalizando la periferia como destino arqueológico. Reichel-Dolmatoff no rompió con esa estructura: al proponer un origen tropical y costero de la civilización americana, invirtió la dirección de la difusión pero conservó intacta la lógica de centro-periferia. Su tesis del maíz mesoamericano como detonante de la complejidad social persistió pese a evidencia contraria —maíz presente en Colombia desde ocupaciones cazadoras-recolectoras, cacicazgos muiscas más complejos en tierras frías donde el maíz rendía poco— porque hacía trabajo ideológico que integraba Colombia en un relato continental con México como referente. La precariedad institucional y la posición hegemónica de Reichel-Dolmatoff en las redes de financiación (FIAN-Banco de la República) retrasaron paradigmas alternativos que la evidencia ya hacía necesarios.
La tensión central enfrenta una lectura internalista —que atribuye los límites del campo a la escasez real de recursos, equipos mínimos y cronologías incipientes frente a la riqueza de datos de Mesoamérica, los Andes Centrales, las Antillas y Venezuela— con una lectura estructural-ideológica que argumenta que la categoría misma importaba un esquema de valoración que naturalizaba la periferia. Dentro de esta segunda lectura existe una disputa adicional: si el paradigma difusionista costero de Reichel-Dolmatoff obedeció a evidencia o a su posición hegemónica en las redes de financiación, que invisibilizó el papel andino y retrasó el reconocimiento de la complejidad muisca del altiplano. Un tercer eje de debate concierne a la antropología física y la museografía: si la insistencia en continuidad racial y el énfasis del Museo del Oro en orfebrería frente al urbanismo muisca respondieron a necesidades ideológicas del mestizaje fundacional o a limitaciones metodológicas de la época. Investigadores como Carl Henrik Langebaek, Ana María Boada y Robert Drennan han cuestionado desde las últimas décadas del siglo XX los modelos difusionistas y la devaluación de la complejidad local, mientras que la tradición inaugurada por Reichel-Dolmatoff y consolidada institucionalmente desde los años cuarenta y cincuenta mantuvo su autoridad durante décadas.
Ensayo completo
La lectura
El pasado como periferia: arqueología, hegemonía y Área Intermedia en Colombia
¿Por qué la arqueología colombiana, entre 1935 y 2000, no encontró un pasado prehispánico menor sino que lo dibujó menor? La categoría Área Intermedia —zona entre Mesoamérica y los Andes Centrales donde supuestamente nunca hubo grandes imperios, ciudades ni templos monumentales— se instaló como diagnóstico neutral en las décadas de posguerra, cuando la disciplina apenas se institucionalizaba en Bogotá bajo el auspicio de Paul Rivet y con las primeras redes tendidas hacia el Smithsonian y Yale. Sobre ese diagnóstico se levantaron los paradigmas que gobernaron el campo durante medio siglo: la agricultura habría llegado desde la costa tropical, el maíz mesoamericano habría detonado la complejidad social, la continuidad racial explicaría el sujeto mestizo y el oro sería el idioma privilegiado del patrimonio. La pregunta que atraviesa estas páginas es si esa arquitectura respondió a la evidencia disponible o si tradujo, en lenguaje científico, la posición subordinada de Colombia en el orden panamericano y la necesidad ideológica de un Estado-nación mestizo.
Lo que se juega en la pregunta
Preguntar por qué la arqueología colombiana adoptó ese marco no es una discusión interna de disciplina. Es preguntar cómo un país produce su propio pasado profundo bajo restricciones institucionales, financieras e imaginarias específicas. Cuando Wendell C. Bennett publicó en 1944 Archaeological Regions of Colombia: A Ceramic Survey, estaba ordenando el territorio con las herramientas y expectativas de un arqueólogo formado en la escala peruana. Cuando Reichel-Dolmatoff, tres décadas después, proponía que los orígenes de las culturas más avanzadas de América estaban en las tierras tropicales del noroeste suramericano, respondía a esa clasificación desde adentro: aceptaba su geografía y disputaba solo el rango.
Lo que se juega es doble. Por un lado, qué tipo de complejidad social se buscó y qué tipo se dejó de ver: si se busca monumentalidad al estilo de Teotihuacán o Machu Picchu, los cacicazgos muiscas del altiplano cundiboyacense —sin templos de piedra, con cerámica poco elaborada, con entierros modestos— aparecerán inevitablemente como decepcionantes, y así los describieron los primeros arqueólogos. Por otro, qué papel jugó la arqueología en la construcción del sujeto nacional. Entre finales de los cuarenta y comienzos de los cincuenta se fijó un momento mítico, cuando las representaciones estables del patrimonio arqueológico y del pasado indígena que alimentarían el imaginario nacional se cristalizaron alrededor del Instituto Etnológico Nacional, el naciente Museo del Oro y las redes universitarias emergentes. Lo que se decidió entonces sobre San Agustín, sobre los muiscas, sobre las tumbas quimbayas del Quindío, siguió determinando durante medio siglo qué se enseñaba en las escuelas, qué se exhibía en las vitrinas y qué se financiaba con recursos del Banco de la República.
Reflejo de la evidencia o importación de una jerarquía
Dos lecturas se enfrentan sobre este período. La primera, internalista, sostiene que la arqueología colombiana simplemente reflejó los límites de su evidencia: no había secuencias cronológicas robustas, escaseaban las dataciones absolutas, los equipos eran mínimos y los datos que producían Mesoamérica, los Andes Centrales, las Antillas y Venezuela eran incomparablemente más ricos. Bajo esta lectura, hablar de Colombia como Área Intermedia hacia 1950 no fue un juicio ideológico sino una descripción provisional razonable. La Sección de Arqueología del Instituto Etnológico Nacional trabajaba con recursos que hoy resultan inimaginables, y quienes se interesaban por escalas cronológicas eran pocos y producían resultados limitados.
La segunda lectura, estructural-ideológica, argumenta que la categoría misma importaba un esquema de valoración que naturalizaba la periferia. La clasificación tripartita temprano/medio/tardío, que asignó a San Agustín una posición temprana, a los muiscas y taironas una tardía, y a quimbayas, tierradentro y sinúes una intermedia, no era un ordenamiento neutro sino un mapa jerárquico donde la escala se calibraba con relojes ajenos. Quienes consolidaron el marco de áreas arqueológicas —de Joyce en 1912 a Nachtigall en 1961, pasando por Thompson, Hernández de Alba y Bennett— operaban dentro de una economía intelectual panamericana donde el prestigio se distribuía según la aproximación a los cánones de Perú, Bolivia, México y Guatemala. Todo lo demás era, por definición, intermedio.
La tensión no se resuelve eligiendo una lectura. La precariedad material de la disciplina y la matriz comparativa importada se reforzaron mutuamente: sin recursos para producir cronologías propias, era estructuralmente inevitable adoptar los marcos de las metrópolis arqueológicas; y adoptados esos marcos, la evidencia local que no encajara —cacicazgos sin monumentos, sistemas hidráulicos sin ciudades, orfebrería sin arquitectura— quedaba fuera de foco.
La fábrica del canon en Bogotá
Hacia 1941, Paul Rivet vivía en Bogotá en exilio bajo los auspicios oficiales del gobierno liberal, que le ofreció una plataforma institucional excepcional para reorientar la etnología y la arqueología colombianas. Desde allí impulsó investigaciones en todo el país y envió a su pupilo austriaco Gerardo Reichel-Dolmatoff a la Sierra Nevada de Santa Marta. Gregorio Hernández de Alba, entretanto, viajaba a Estados Unidos, escribía trabajos para el Smithsonian y para Yale, y gestionaba los primeros vínculos con instituciones estadounidenses.
Esta doble filiación —rivetiana en la formación, estadounidense en las redes— definió el molde. La orientación de la escuela colombiana siguió influida por la tradición francesa incluso después de la partida de Rivet, pero las publicaciones, los intercambios y las categorías de análisis se produjeron cada vez más en diálogo con la arqueología norteamericana, que a su vez trabajaba desde marcos formulados en referencia a Perú y Mesoamérica. La Revista del Instituto Etnológico Nacional y, más tarde, la Revista Colombiana de Antropología canalizaron esa producción hacia un público principalmente doméstico, mientras las conversaciones estructurantes se daban afuera.
El resultado fue una arqueología nacional cuyos temas mayores —cronología, complejidad, agricultura— se planteaban con vocabulario prestado. Los estudios afroamericanos, que hubieran podido ampliar el espectro, no eran bien vistos por algunos antropólogos consagrados, y muchos de sus mejores trabajos aparecieron en la Revista Colombiana de Folclor y no en la revista central de la disciplina. Nina S. de Friedemann montó desde la Universidad Nacional un programa sobre grupos negros que enfrentó cuestionamientos importantes en un contexto de tensiones entre activismo político e identidad profesional. La periferización interna reproducía en escala local la misma lógica que la clasificación del Área Intermedia ejercía en escala continental: había un centro de la disciplina y había márgenes.
Reichel-Dolmatoff y la inversión del difusionismo
Cualquier historia intelectual de la arqueología colombiana del siglo XX pasa por Reichel-Dolmatoff. Su publicación de 1949 sobre los kogi de la Sierra Nevada inauguró una trayectoria que se extendió hasta Amazonian Cosmos y más allá. Con Alicia Dussán trabajó en Atanquez sobre la conversión de indígenas en campesinos bajo el marco de cultura y personalidad, publicado en inglés como The People of Aritama. En 1956, ambos identificaron influencias mesoamericanas en la costa Atlántica y en Tumaco hacia 1200 a. C.: túmulos, espejos de obsidiana, formas cerámicas, culto del jaguar. Su firma aparece como referencia obligada junto a Bennett, Duque-Gómez y Ford. Cuando se compiló Historia de la vida cotidiana en Colombia, fue invitado como colaborador insigne y solo su salud y sus ocupaciones impidieron su participación.
Esta ubicuidad no era accidental. Reichel-Dolmatoff estaba en el vértice donde convergían las redes internacionales de financiación, la producción interpretativa de mayor ambición teórica y la autoridad para arbitrar qué era arqueología seria en Colombia. Y desde ese vértice fijó las tesis que estructurarían el campo. Primera: los orígenes de las culturas más avanzadas de América estaban en las tierras tropicales colombianas y la costa pacífica del Ecuador, no en las cordilleras; la agricultura intensiva y la vida aldeana se habrían desarrollado primero en las selvas amazónicas, se habrían difundido a la Costa Atlántica y desde allí habrían influido en los desarrollos andinos, peruanos y mesoamericanos. Segunda: la introducción del maíz habría sido el detonante principal del desarrollo de las sociedades complejas colombianas. Tercera: solo desde un amplísimo contexto geográfico y cultural podía entenderse el significado de las estatuas monumentales de San Agustín.
La primera tesis merece atención especial. Al proponer un origen tropical y costero de la civilización americana, Reichel-Dolmatoff no rompía con la clasificación del Área Intermedia: la invertía. Aceptaba el mapa de zonas y disputaba solo la dirección de la difusión. En lugar de ser periferia receptora, Colombia habría sido foco emisor. Pero el gesto conservaba intacta la estructura difusionista subyacente: seguía existiendo un centro y una periferia, un motor y un receptor, una ola cultural que se propagaba desde algún lugar hacia los demás. La agencia local de los cacicazgos muiscas o de las sociedades del alto Cauca quedaba subordinada, otra vez, a un proceso mayor cuyo epicentro estaba en otro lado. El nacionalismo del argumento —Colombia como cuna— no bastaba para desmontar la matriz.
El derrumbe del paradigma del maíz
De todas las tesis fijadas en aquel período, la más consecuente fue la que vinculó el maíz mesoamericano con la emergencia de la complejidad social. La estructura del argumento era sencilla: sin agricultura intensiva no hay excedente, sin excedente no hay cacicazgo, y el cultivo capaz de generar excedente habría sido el maíz llegado desde el norte. Hacia 500 a. C. habría comenzado un período de influencia mesoamericana asociado precisamente a ese cultivo, superpuesto a la influencia anterior de hacia 1200 a. C.
Los datos arqueobotánicos de las últimas décadas desarmaron el andamiaje. El maíz se introdujo a Colombia probablemente ya domesticado, en un período mucho anterior al planteado, cuando las sociedades eran aún predominantemente cazadoras-recolectoras. En Palestina, Caldas, las excavaciones de rescate en las obras del aeropuerto documentaron una ocupación desde finales del Pleistoceno, con una punta de proyectil que sugiere visitas de cazadores especializados y evidencias de aprovechamiento de maíz, ñame, aguacate y palmas. Las investigaciones de Gonzalo Correal Urrego en la Sabana de Bogotá indican que la dependencia de cultígenos pudo comenzar de forma bastante temprana, incluso sin uso de cerámica. La asociación cerámica-sedentarismo parece clara en la costa Caribe; la asociación cerámica-agricultura intensiva, no.
El caso muisca es donde el paradigma se quiebra. Los cacicazgos con asentamientos principales en tierras altas y frías —Sogamoso, Duitama, Tunja, Bogotá— alcanzaron un desarrollo más complejo que los grupos de tierras templadas, precisamente al revés de lo que la tesis del maíz predeciría, dado que el maíz crecía con dificultad en el altiplano. La papa de altura rendía más por hectárea. Andagoya, cerca de Popayán, documentó una variedad llamada corto o niorocho cosechable a los dos meses, lo que muestra la plasticidad regional del cultivo. En ninguna parte la ecuación maíz-complejidad se cumple limpiamente.
¿Por qué persistió entonces el paradigma? Porque hacía trabajo ideológico que la evidencia por sí sola no podía deshacer. Ligar la complejidad al maíz mesoamericano permitía integrar Colombia en un relato continental donde México era referente y el país, prolongación. Y ligarla a la difusión desde la costa —variante del propio Reichel-Dolmatoff— permitía preservar un origen exógeno, un motor venido de fuera o de las tierras bajas, sin obligar a reconocer que los muiscas del altiplano habían construido complejidad social sin monumentos, con papa y quinua tanto como con maíz, mediante redes de intercambio y no mediante conquista.
La complejidad muisca que la plantilla ocultaba
Los primeros arqueólogos que se acercaron a los muiscas encontraron hallazgos considerados decepcionantes: sin grandes monumentos, sin estatuas, sin ciudades, con entierros de contenido modesto. La cerámica muisca, tecnológicamente adecuada, no era muy elaborada artísticamente. El oro y la tumbaga trabajados con técnicas similares a las de los quimbayas mostraban menor sofisticación formal. Enterraban a sus difuntos en cuevas secas y tumbas de pozo. Ninguna de estas características encajaba con la plantilla de las altas culturas, y por lo tanto los muiscas fueron leídos durante décadas como una sociedad menor: menos antigua, menos jerarquizada, menos digna de investigación intensiva que otros grupos.
Esa lectura, sin embargo, era producto de la plantilla, no de los hechos. Las revisiones de las últimas décadas han desplegado una complejidad social muisca que la matriz comparativa había ocultado. Las mantas funcionaron como la mercancía más cercana a un patrón de medida de valor, sin llegar a ser dinero pero permitiendo intercambios calibrados. El oro y la sal circulaban ampliamente. Las salinas de Zipaquirá y Nemocón generaron un extenso comercio y produjeron centros donde se distribuía cerámica especializada —moyas, gachas para cocer sal— procedente de Tocancipá, Gachancipá y Cogua, que fabricaban ollas, tinajas y jarros para mercados como Santa Fe. Los cacicazgos del altiplano coexistían con capitanías identificadas con tierras de labranza propias, en un patrón de poblamiento con nucleización en torno a los cercados de los caciques pero con variedad significativa.
La revisión más filosa la formuló Eduardo Londoño: lo que los cronistas llamaron tributación fue interpretado con ojos feudales, y en realidad se trataba de un intercambio de regalos asimétrico basado en prestigio y jerarquía, sin que los caciques tuvieran necesariamente capacidad de explotar al resto de la comunidad; los pleitos sobre tierras no eran sobre propiedad sino sobre usufructo. Esta relectura desmonta la idea de que solo hay complejidad política donde hay Estado tributario en sentido feudal-europeo. Los muiscas construyeron un sistema espacial-político denso, con redes de intercambio interregionales, especialización productiva y jerarquías cristalizadas, sin adoptar la forma que la matriz comparativa esperaba.
La invisibilización se agravó con la museografía. El Museo del Oro, cuyos orígenes datan de 1939 cuando el Banco de la República empezó a adquirir piezas precolombinas principalmente del Quindío, montó una sala en los sótanos del edificio cuando la colección se acercaba a las siete mil piezas, antes de construir su sede definitiva. Su propuesta —presentar la riqueza orfebre prehispánica como símbolo concreto de la identidad colombiana— convirtió el pasado indígena en objeto estético, en pieza aislada tras vidrio. La organización espacial de los muiscas, sus salinas, sus rutas comerciales, sus patrones de asentamiento quedaron fuera de esa gramática visual. Lo prehispánico se hizo mercancía simbólica antes que sistema político. El propio parque arqueológico de San Agustín reproduce el problema: su curaduría tiende a presentar los distintos sitios como puntos separados, cuando los estudios del propio Reichel-Dolmatoff mostraron que solo un amplísimo contexto geográfico permite comprenderlos.
La historia que no se buscó
Mientras la escuela dominante privilegiaba la difusión y el maíz, un núcleo minoritario de investigadores construyó, en paralelo, una historia diferente del poblamiento colombiano. Gonzalo Correal Urrego y Thomas van der Hammen documentaron los yacimientos precerámicos de la Sabana de Bogotá —El Abra, Tequendama— y establecieron una profundidad temporal que los estudios de cambio climático cuaternario permitieron datar en aproximadamente 20.000 años. En Tibitó, Correal demostró que grupos paleoindios cazaban megafauna, mastodontes y caballos americanos que luego se extinguieron. Hace unos 11.000 a 10.000 años la densidad de población en la Sabana aumentó y algunos grupos, aprovechando un período más cálido y húmedo, se adaptaron a la explotación de bosques y páramos.
En Peña Roja, en el río Caquetá amazónico, se documentaron sociedades nómadas que hace unos 8.000 años ya utilizaban tubérculos, calabazas y árboles maderables, interviniendo espacios específicos para favorecer plantas y animales. Hacia el año 3000 a. C. en la costa atlántica aparecen los primeros restos fechables de culturas que combinaban caza menor y consumo de moluscos, dejando grandes concheros. En el Alto y Medio Cauca las secuencias identifican al menos tres momentos de complejidad, con agroalfarería desde 4000 a. C. y agricultura del maíz hacia 1000 a. C.
Este relato paralelo —profundidad temporal enorme, intervención temprana del paisaje, cultígenos sin cerámica, complejidad autóctona— nunca ocupó el centro del canon, pero aportó las pruebas que hoy permiten pensar de otro modo. El grupo chimila construyó, antes de la conquista, un sistema de drenaje y avenamiento en centenares de kilómetros en La Mojana, con diseño en espina de pescado que permitía agricultura en lluvias y cría de peces y cangrejos en secas. Según la propuesta de Arocha de 1978, la interacción entre ecosistemas radicalmente diferentes explicaría el surgimiento de la federación Tairona en la Sierra Nevada, con vínculos entre pescadores chimila y guanebucán de tierras bajas y un pueblo posiblemente especializado en yuca. Esta interpretación, anclada en factores ecológicos e interétnicos locales, ofrece un modelo alternativo al difusionista costero: la complejidad no llegó de fuera; se produjo en la fricción productiva entre ambientes vecinos.
Una respuesta provisional
La arqueología colombiana del siglo XX construyó un pasado prehispánico periférico porque la confluencia de tres factores lo hizo, si no inevitable, sí sobredeterminado. Primero, la precariedad institucional real de la disciplina —pocos arqueólogos, financiación escasa, cronologías limitadas, ausencia de dataciones absolutas hasta bien entrada la segunda mitad del siglo— hizo estructuralmente costoso desarrollar marcos autónomos y estructuralmente barato adoptar los importados. Segundo, la matriz comparativa panamericana proveyó exactamente ese marco importado, con la autoridad de figuras como Bennett y con la lógica de un sistema de financiación en el que Colombia era país receptor de agendas ajenas. Tercero, la hegemonía intelectual de Reichel-Dolmatoff canalizó, amplificó y refinó ese marco desde adentro, fijando paradigmas que respondían tanto a lecturas plausibles de la evidencia disponible como a la necesidad ideológica de un Estado-nación mestizo que requería un pasado indígena glorioso pero no amenazante para el orden racial vigente.
Hubo, entonces, constricción estructural y proyección ideológica, y ambas se anudaron en la figura de Reichel-Dolmatoff. Una arqueología que pensó a Colombia con las categorías con que el sistema panamericano de conocimiento pensaba a Colombia. Esa coincidencia entre objeto y marco se sedimentó en los museos, en los currículos y en las carreras. La división institucional entre una historia blanca colonial-republicana estudiada por historiadores y una historia indígena prehispánica confinada a los antropólogos fue una de las expresiones más duraderas de esa configuración: mantuvo el pasado prehispánico fuera del tiempo histórico y lo convirtió en objeto de curiosidad etnológica, tal como en el Museo Nacional del siglo XIX los objetos indígenas se catalogaban como curiosidades mientras los monumentos históricos conservaban piezas de conquistadores y próceres.
Las revisiones de las últimas tres décadas han desmontado los paradigmas centrales del modelo. El maíz no fue detonante de complejidad, la agricultura no requirió cerámica, la civilización no llegó por difusión costera, y los muiscas fueron una compleja economía política de tierras altas cuya especificidad la matriz comparativa había ocultado. Que estas revisiones hayan tardado tanto en producirse, y que aún hoy compitan con inercias museográficas y curriculares, muestra que el problema nunca fue solo de evidencia. Fue de qué preguntas se hacían, con qué categorías y bajo qué financiación.
Lo que queda abierto
Queda abierta, sobre todo, la antropología física del período. Sus discusiones sobre continuidad racial y su necesidad ideológica de un sujeto indígena-mestizo continuo esperan aún los trabajos monográficos que las sometan a examen; la evidencia morfológica sobre variabilidad craneana en el territorio colombiano existe, pero nadie la ha integrado todavía en una historia crítica de la disciplina. Junto a ella, otro capítulo espera archivo: el del efecto real que las redes de financiación del Banco de la República tuvieron sobre las agendas de investigación, con sus decisiones silenciosas sobre qué se financió, qué se desechó y qué carreras se hicieron o no se hicieron en función de esas decisiones. Y en el altiplano mismo, la relación entre urbanismo muisca y organización política prehispánica —apenas iluminada por trabajos recientes— aguarda las nuevas metodologías, incluida la teledetección, que prometen transformarla.
Detrás de todos estos frentes late una pregunta más grande, que excede el caso colombiano: cómo construye una periferia científica su propio pasado bajo condiciones de dependencia intelectual. Responderla exigirá comparaciones sistemáticas con Ecuador, Venezuela y América Central, los otros habitantes de la vieja Área Intermedia, porque ninguno la habitó solo.
Lo que ya no queda abierto es si el marco heredado sigue sirviendo. No sirve. Reconocerlo no es denuncia; es la condición para escribir, por fin, la historia profunda que aún no tenemos.
Archivo documental
Documentos usados en esta lectura
29 documentos · 48 fragmentos de referencia01Marijuana Boom: The Rise and Fall of Colombia's First Drug ParadiseLina Britto · 2020 · p. 331 fragmento
[1]on a tropical agriculture project he described as a “great whirlwind of work and commerce” involving a “brave people who live without preoccupation for the future.” 10 Although Reclus’s project failed and he returned to Europe empty-handed —to become the father of comparative geography—others followed his example and…
p. 33
02Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 248, 250, 2523 fragmentos
[2]siglo comenzaron a llegar los etnólogos y arqueólogos ale- manes. A Konrad Theodor Preuss, Theodor Koch-Grunberg o Alfred Jahn les interesaba el lugar que le asig- naba la escuela difusionista a la gente exótica de este lado del mundo. Le- garon una metodología de constata- ción empírica basada en observaciones…
p. 248
[7]de campo, sino de una teoría an- tropológica, como la de cultura y per- sonalidad para trazar las raíces de la conducta campesina. Otra investigación guiada por esa teoría fue la llevada a cabo por Ali- cia y Gerardo Reichel-Dolmatoff en Atanquez. La colonización estaba convirtiendo en campesinos a los in- dígenas de…
p. 250
[42]la Sierra, a la cual le cupo la responsabilidad de recons- truir el sitio arqueológico Buritaca 200, posiblemente tairona, que a partir de ese momento se denominó «Ciudad Perdida». En este esfuerzo, como en los anteriores, el desarrollo de la teoría an- tropológica o el cumplimiento de metas científicas ocuparon…
p. 252
03La invención de El Dorado. Museos arqueológicos, imágenes cartográficas y redes de conocimiento en Colombia (1935-1955)Daniel García Roldán · 2022 · p. 101, 1892 fragmentos
[3]y prácticas en la transformación de la sociedad. Al contrario, el segundo sentido en que se emplea esta expresión tiene que ver con la creación de representaciones más o menos estables del patrimonio arqueológico, que se fraguaron entre finales de la década de 1940 y comienzos de la siguiente. En ese caso, se trata de…
p. 101
[6]Instituto”, 221. A esto hay que agregar que para ese momento la Sección de Arqueología, Dibujo Técnico y Cartografía contaba con más personal: Luis A. Sánchez, Julio César Cubillos, Ernesto Guhl, Eliécer Silva Celis, y Alberto Ceballos. 30 Hasta se puede dudar de si aquello que se publicó entre 1947 y 1952 puede ser…
p. 189
04Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 961 fragmento
[4]y ancho del país, funcionando en su mayoría en construcciones que, si bien tie- nen una significación especial en la historia de las ciudades o simple- mente son lo suficientemente espa- ciosas para las labores museológicas, no fueron concebidas como museo. Sólo muy pocos museos funcionan en edificaciones diseñadas…
p. 96
05Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 481 fragmento
[5]embargo, por la misma época, la colonización antioqueña del Gran Caldas se hizo en gran parte profanando las tumbas de los indígenas Quimbayas, ricas en objetos orfebres. Un grupo de comerciantes financiaba el saqueo de las tumbas, fundiendo y atesorando estas piezas; algunos las conservarían formando las primeras…
p. 48
06Violence and Resistance, Art and Politics in ColombiaStephen Zepke, Nicolás Alvarado Castillo · 2023 · p. 154, 1622 fragmentos
[8]Peopling of the Colombian Amazon During the Late Pleistocene and the Early Holocene: New Evidence from La Serranía La Lindosa. Quaternary International. https://doi. org/10.1016/j.quaint.2020.04.026 Muñoz Castiblanco, G. (2019). Estética amazónica y discusiones contemporáneas: El arte rupestre de la serranía de La…
p. 154
[38]most of his life outside the coun - try? Because they painted tropical environments, vernacular themes that are actually everywhere: whores from Medellín, mulatto women from Buenaventura, Andean condors? Because the light of the tropics caught them, that defined their paintings? (But wasn’t that same light that led…
p. 162
07La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · p. 47, 51, 583 fragmentos
[9]dicho cultivo facilitó las migraciones al sur. Influencias mesoamericanas aparecieron en la costa Atlántica y en la región de Tumaco en la costa Pacífica. Entre los elementos introducidos alrededor de 1200 a. C. se encuentran túmulos, espejos de 4 Fuentes principales que se ocupan de la arqueología del macizo…
p. 47
[22]y subjetada por los ingas [incas], fuera la mejor y más rica, a lo que todos creen. (Cieza de León 1864: XXXII: 108) Andagoya menciona que cerca de Popayán una variedad especial de maíz ‘corto’, ‘niorocho’ que podía ser cosechado después de dos meses (1865: 74). El maíz de todo tipo fue especialmente importante. Se…
p. 58
[32]son decepcionantes, y los datos de la antigüedad de esta área son insuficientes. No se han descubierto sitios de poblados grandes, pero se han encontrado algunos cimientos de casas marcadas con anillos de piedra. Los muiscas enterraban sus difuntos en cuevas secas y en tumbas de pozo, algunas de estas últimas…
p. 51
08Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 131 fragmento
[10]esta obra invitamos al insigne Gerardo Reichel-Dolmatoff a colaborar con un ensayo sobre la vida cotidiana en la época precolombina, pero sus ocupaciones y su estado de salud no le permitie- ron cumplir con el cometido. A dos colegas se les encargó estudiar la vida cotidiana de los resguardos indígenas en la…
p. 13
09Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 27, 41, 1013 fragmentos
[11]que, por la gran complejidad de sus medio ambientes, resultaron ser m á s propicias y estimulantes que las cordilleras o las zonas semi á ridas. A. LA COSTA COMO FOCO CULTURAL Desde que, en los a ñ os cuarenta, se formul ó el concepto de una extensa Etapa Formativa, subyacente a todos los desarrollos en Am é rica…
p. 41
[16]trat ó de hacer de esta tierra un hogar. La gran mayor í a de las personas a ú n identifican el proceso prehist ó rico de Colombia con los Chibcha, los Quimbaya o con las estatuas de San 34 COLOMBIA IND Í GENA Agust í n, sin saber que la arqueolog í a ya nos permite trazar a grandes rasgoy los desarrollos culturales…
p. 27
[24]K aren O lsen, O scar O sorio G ó mez & O le C hristxansen: “ A Proje c - ti c le Point f rom t h e Department o f Quindio, Colombia ”, Ñ awpa Pacha, n ú m. 14, Institute o f Andean Studies (Berkeley), University o f Cali f or nia, 1976, p á gs. 69-74. B ü rgl, H.: “ Arte f a c tos paleol í ti c os de una tumba en…
p. 101
10Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 221 fragmento
[12]Carib Speaking Indians. Culture, Society and Language (E. Basso Ed.), Ari- zona, 1977. Rudle, K. y W. J. Los yupka, en Los aborígenes de Ve- nezuela, vol. ll, Caracas, 1983. Whithead, N. — Carib canibalism. The historical evi- dence, en «Journal de la Société des Américanistes», t. LXX, p. 69-98, Pa- rís, 1984. 133…
p. 22
11Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 751 fragmento
[13]en caso de que solo sus cementerios sobrevivieran al cataclismo de una guerra nuclear. En efecto, como Reichel-Dolmatoff lo mostró en sus estudios, solo tomando en cuenta un amplísimo contexto geográfico y cultural se puede comenzar a comprender lo que estas monumentales y enigmáticas estatuas pueden estar…
p. 75
12Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 29, 47, 523 fragmentos
[14]Agustín una posi- ción cronológica «temprana»; muisca y tairona y algunos materiales del alto Cauca se clasificaron como «tardíos», mientras que quimbaya, tierradentro y sinú se agruparon en un periodo «medio» 9. 9 Los principales autores que han postulado una división en «áreas arqueológicas» son, en orden…
p. 47
[15]i, págs. 117 - 130; págs. 521 - 589, Bogotá. 53 Affíndiciers td Ciciaófs años cuarenta y cincuenta también estaban ocupados con proyectos similares (Lehmann, 1944, 1952 14; Nachtigall, 1955, 1956, 1958, 1960 15), y aquellos que se interesaban en secuencias y escalas cronológicas eran pocos y producían resultados…
p. 52
[17]Mesoamérica y los Andes Centrales. Obviamente, las culturas prehistóricas de la mayoría de los otros países latinoamericanos nunca han ejercido la misma fascinación, ni tampoco han despertado la misma admi- ración que siente el visitante en los grandiosos museos de México, o al contemplar los templos de Tikal, en…
p. 29
13Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 6, 322 fragmentos
[18]producción de cerámica en la costa caribe colombiana, pero no es un hecho comprobado que se tratara de sociedades que practicaran agricultura intensiva. La asociación entre uso de la cerámica y un mayor énfasis en el sedentarismo parece clara, pero no así con la agricultura. Por otra parte, las investigaciones de…
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[29]cruzaban el Istmo de Panamá y el Darién en dirección al sur; restos humanos de este periodo se han encontrado incluso en la sabana de Bogotá 1. Pero es probable que desde antes hubiera habitantes en Colombia; el hecho de que el Perú tuviera hombres hace al menos 22.000 años así lo sugiere 2. En las zonas de la costa…
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14Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 4, 194 fragmentos
[19]un sitio bien delimitado. Su trabajo da a conocer resultados preliminares de excavaciones realizadas como resultado de arqueología de rescate en las obras del aeropuerto en cercanías de la población de Palestina, Caldas. Dichas investigaciones han permitido reconstruir una larga ocupación. La más antigua se evidencia…
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[20]un sitio bien delimitado. Su trabajo da a conocer resultados preliminares de excavaciones realizadas como resultado de arqueología de rescate en las obras del aeropuerto en cercanías de la población de Palestina, Caldas. Dichas investigaciones han permitido reconstruir una larga ocupación. La más antigua se evidencia…
p. 19
[47]Economías prehispánicas de Colombia / autores, Alberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres,…
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[48]Economías prehispánicas de Colombia / autores, Alberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres,…
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15Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 56, 932 fragmentos
[21]cosecha por heladas, fueron las condiciones que debió soportar el agricultor de maiz en los altiplanos. Por el contrario la agricultura de la papa de altura tiene un rendimiento por hectáreas muchas veces superior al maiz y fue, con seguridad, el alimento básico del pueblo raso, teniendo el maiz carácter de alimento…
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[37]los miembros del cacicazgo de Cogua conocían y explotaban las fuentes de barro. En el documento, se lee que los indios iban, "...al sitio antiguo donde estaba para traer el barro... aunque están poblados en Nemocón vienen desde allí por el barro y la arena p.a hacer ollas" (A.N.C. C+I XX f 726r, en Broadbent, 1964a:…
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16Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 561 fragmento
[23]Quaternary of Colombia: Introduction to a Research Project and a Series of Publications:, Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, vol. 14, Amster- dam, Elsevier, 1973, págs. 1-7. VAN DER HAMMEN, THOMAS & E. GONZÁLEZ: "Upper Pleistocene and Holocene Climate and Vegetation of the Sabana Bogotá' (Colombia,…
p. 56
17Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 38, 842 fragmentos
[25]tonces, ¢l poblamiento se caracterizó por conformar grupos pequeños, que posiblemente se movían a menudo, obteniendo la ayor parte de sus proteínas de venados, sin descuidar la recolección | 41 las muiscas de plantas o la cacería de animales más pequeños, El sitio de Tibitó, excavado por Gonzalo Correal, demuestra,…
p. 38
[35]la única lectura posible de los documen- una forma distinta. Los cacicazgos muiscas habrían estado ados por capitanías, que además de unidades territoriales dades sociales básicas. Sin embargo, las fronteras no tenían cronistas llamaron tributación, Londoño afirmó que esta ha terpretada erróneamente a través de los…
p. 84
18¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 11, 132 fragmentos
[26]establecer la cronología del cambio climático en este ter-ritorio durante el último millón y medio de años. Aquel estudio ha sido esencial para identificar las etapas de poblamiento temprano del país, hace aproximadamente veinte mil años. Por entonces el territorio americano terúa grandes diferencias respecto del…
p. 11
[27]la naturaleza más drástico, aunque, antes que el hombre, 23 ¿Otra historia de Colombia? fue el propio medio el que indujo al cambio. El aumento de la temperatura, por ejemplo, hizo que las grandes llanuras se convirtieran en selvas, generando también sequías que en la Sabana de Bogotá detuvieron el hasta entonces…
p. 13
19Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 191 fragmento
[28]á les no pod í an comerse crudas pero pod í an asarse, cu á les ten í an efectos alucin ó genos o ps í quicos, cu á les serv í an para tratar a los enfermos. Al mismo tiempo descubrieron c ó mo cuidar algunas matas para promover su creci miento o su multiplicaci ó n: algunos tub é rculos o ra í ces comestibles y…
p. 19
20Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 4, 122 fragmentos
[30]© Marco Forero, 2016 © Editorial Planeta Colombiana S. A., 2016 Calle 73 N.° 7-60, Bogotá Diseño de cubierta: Departamento de diseño Grupo Planeta Primera edición: abril de 2016 ISBN 13: 978-958-42-4984-5 Desarrollo e-pub: Hipertexto Ltda. Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo…
p. 4
[34]las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…
p. 12
21Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 3761 fragmento
[31]de población. Estudios llevados a cabo por José Luis Socarras han confirmado que el maíz fue importante no solo en la segunda ocupación, sino también en la primera. Los estudios de José Vicente Rodríguez en el sitio de Santa Helena han encontraron que la segunda ocupación no se interrumpió hace 650 años, es decir,…
p. 376
22Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 431 fragmento
[33]que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…
p. 43
23Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 621 fragmento
[36]Paradójicamente, estas concentraciones se originaron a raíz de la alarmante disminución de la población indígena. La política de los poblamientos, iniciada en el siglo XVI y sistematizada a partir de 1602, era un intento para procurár cierta densidad de los asenta mientos indígenas, que evitara su desmoronamiento. No…
p. 62
24Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 1071 fragmento
[39]medida ha dificultado el desarrollo de una antropología científica en el país. Aún subsisten dos aproximaciones a la historia nacional. Por un lado, los historiado- res investigan el pasado colonial y republicano; por otro, los antropólogos tienden a investigar el pasado indígena o las sociedades indígenas…
p. 107
25Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 1531 fragmento
[40]y objetos notables de los objetos indígenas que eran categori- zados como curiosidades y pensados al margen del tiempo. En la subdivisión de monumentos históricos y objetos notables se encon- traban piezas como la cota de malla de Gonzalo Jiménez de Quesada, la daga de Nicolás de Federmán, la espada del Virrey Amar y…
p. 153
26Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 69, 872 fragmentos
[41]de manera significativa a la antropología colombiana. Entre ellos se destacaron, Gonzalo Correal, Nina de Friedemann, Álvaro Chaves, Miguel Méndez, Yolanda Mora de Jaramillo, entre otros. Como puede observarse, la orientación de la Escuela continuaba influida por la tradición rivetiana, aunque se había abierto…
p. 69
[43]eventos realizados de esta temática están: el simposio “Encuentros y desencuentros: antropologías metropolitanas y antropologías periféricas” en el X Congreso de Antropología en Colombia, Manizales, 2003; el Foro inaugural del XI Congreso de Antropología en Colombia: “La antropología colombiana: Entre la originalidad…
p. 87
27Manual introductorio. Biblioteca Básica de Cocinas Tradicionales de ColombiaGermán Patiño Ossa, Antonio Montaña, Lácydes Moreno Blanco · p. 271 fragmento
[44]sequías. Seis meses al año el habitante de La Mojana vive en seco, y seis sobre el agua. En los mismos suelos es pescador en épocas de inundación y ganadero y agricultor en la baja de aguas. La suya es una cultura anfibia. Hace muchos años, también en esa zona, un grupo, el chimila, antes de la con- quista española,…
p. 27
28Caña de azúcar en el "espléndido" valle del río Cauca, Colombia: Historia ambiental, conflictos ambientales y acción colectivaHernando Uribe Castro · 2021 · p. 831 fragmento
[45]la tierra de aluvión (Chardon, 1930, p. 127). • En el marco de este ámbito natural del valle geográfico del río Cauca se produjeron los primeros asentamientos de grupos humanos, que dejaron una huella de menor impacto sobre el ecosistema. La investigación arqueológica (C. Rodríguez, 2002) ha logrado determinar tres…
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29Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 691 fragmento
[46]vaciones sobre el crecimiento de la yuca y a experimentos para lograr un máximo éxito después de cada siembra. Las cadenas de relaciones sobre las cuales hemos venido hablando no son excepcionales. En una publica- ción de 1978, Arocha demostró que la interacción entre 70 Jfiínd Aicerfi s Nítfi S. ad Fiídadnfitt…
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