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Idea · Prehispánico

Bioarqueología

La bioarqueología es la disciplina que lee el cuerpo humano —hueso, diente, cálculo dental, ADN óseo— como archivo histórico de las sociedades prehispánicas colombianas, integrando osteología, paleopatología, isótopos estables, fitolitos y ADN antiguo para reconstruir dietas, enfermedades, parentescos y rituales funerarios.

3.890 palabras18 documentos54 fragmentos citados
Bioarqueología

Trayectoria de una idea

  1. 1892

    Donación del Tesoro Quimbaya y hemorragia patrimonial

  2. 1970

    Excavaciones en la Sabana de Bogotá: el laboratorio fundacional

  3. 1992

    José Vicente Rodríguez y la consolidación de la bioarqueología muisca

  4. 2000

    Incorporación de isótopos estables, fitolitos y ADN antiguo

  5. 2012

    Marcadores óseos de estrés en el Holoceno de la Sabana (Gómez)

  6. 2012

    Tibanica: el precio biológico de la agricultura muisca

03

La lectura

La bioarqueología colombiana nació como disciplina en los márgenes de la antropología física y la arqueología de rescate, y tardó décadas en reclamar su propio estatuto metodológico. Su prehistoria está marcada por la guaquería y el coleccionismo decimonónico, que vaciaron tumbas quimbayas, muiscas y agustinianas antes de que existiera un protocolo de excavación; su madurez llegó cuando el esqueleto dejó de ser un marcador racial y se convirtió en un archivo biocultural. El giro decisivo ocurrió en la Sabana de Bogotá, donde la articulación entre paleoecología, cronología radiocarbónica y osteología permitió reconstruir por primera vez la vida concreta de cazadores-recolectores del Pleistoceno final y el Holoceno temprano. La incorporación de isótopos estables, fitolitos en cálculo dental y ADN mitocondrial antiguo en los años 2000 transformó preguntas que antes solo podían responderse con inferencias en preguntas respondibles con datos moleculares: qué comían exactamente, si la desigualdad era de género o de estatus, si la homogeneidad craneana ocultaba diversidad genética. Hoy la bioarqueología colombiana enfrenta el reto de integrar esos métodos con una legislación patrimonial que regula el acceso a restos humanos y con comunidades indígenas que reivindican la custodia de sus ancestros.

Bioarqueología en Colombia

La bioarqueología es la disciplina que lee el cuerpo humano —hueso, diente, cálculo dental, ADN atrapado en la matriz ósea— como archivo histórico. En Colombia se ocupa sobre todo del período prehispánico: qué comían los primeros pobladores de la Sabana de Bogotá, cómo enfermaban los muiscas de Tibanica, qué diversidad genética escondía la aparente uniformidad de los cráneos guanes, cómo se enterraba a los muertos en San Agustín y Tierradentro. No es antropología física ni arqueología funeraria: es la lectura biocultural del esqueleto, entendido como resultado de una vida concreta —una dieta, un trabajo, una violencia, un ritual— y no como un tipo racial. Su consolidación institucional en Colombia es reciente —despega en los años setenta con las excavaciones de la Sabana y se formaliza en los 2000 con la incorporación sistemática de isótopos estables, fitolitos y ADN antiguo—, pero sus raíces se hunden en el siglo XIX, cuando cráneos, momias y ajuares funerarios salían del país hacia museos europeos y unos pocos eruditos criollos empezaban a preguntarse qué podían decir esos huesos sobre las poblaciones que habitaron el territorio antes de la Conquista.

La disciplina y su objeto

Un enterramiento es, para el arqueólogo, un segmento congelado de un momento cultural. La frase, hoy asumida como axioma, resume la apuesta que hace posible la bioarqueología: la tumba no es solo un depósito de objetos —cerámica, oro, textiles— sino que contiene un cuerpo cuya osamenta, dientes y ocasionalmente tejidos blandos guardan información sobre quién fue esa persona, qué comió, qué trabajó, cómo murió y cómo fue tratada por los suyos. La excavación de tumbas precolombinas ha permitido reconstruir períodos enteros de la historia prehispánica que, sin ese archivo óseo, habrían permanecido en la penumbra.

Las herramientas del oficio son cinco, y todas están hoy en uso en Colombia. La osteología clásica describe forma, sexo, edad y patologías visibles del hueso. La paleopatología identifica enfermedades que dejan huella en el esqueleto: caries, tuberculosis, artritis, porosidades. Los análisis isotópicos, aplicados al carbono y al nitrógeno fijados en el colágeno óseo, permiten reconstruir dietas: cuánto maíz, cuánta proteína animal, cuánta variación por sexo o estatus. Los fitolitos —minúsculos cuerpos de sílice de origen vegetal que quedan atrapados en el cálculo dental— amplían el inventario de plantas consumidas más allá de lo que dejan visible las semillas carbonizadas. Y el ADN antiguo, extraído del hueso o del diente, permite reconstruir parentescos, haplogrupos mitocondriales, migraciones y continuidades poblacionales que la morfología por sí sola no revela.

Cada una de esas cinco herramientas tiene su historia en Colombia. Ninguna llegó al mismo tiempo. Y su articulación como disciplina —la bioarqueología propiamente dicha, entendida como lectura biocultural integrada— es un proceso relativamente reciente, que descansa sobre una tradición mucho más larga de excavación, coleccionismo y antropología física.

Antecedentes decimonónicos: el cráneo como argumento

En la segunda mitad del siglo XIX, cuando aún no existía en Colombia una arqueología profesional, las culturas indígenas del pasado prehispánico se estudiaban sobre todo a partir de fuentes escritas españolas —cronistas, visitas, encomiendas— y de saberes prestados de la etnología y la lingüística europeas. La excavación sistemática era rara; lo común era la guaquería y el coleccionismo.

Ese fue el destino de buena parte del patrimonio orfebre y cerámico colombiano. Desde mediados del siglo XIX, viajeros, misioneros, diplomáticos y técnicos europeos al servicio del gobierno colombiano compraron o recibieron piezas prehispánicas que terminaron en museos europeos. La colonización antioqueña del Gran Caldas alimentó ese flujo de manera masiva: los guaqueros abrían tumbas quimbayas, los comerciantes fundían el oro o lo compraban para armar colecciones, y los museos europeos las adquirían. El episodio más notorio ocurrió en 1892: con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de América, el presidente Carlos Holguín envió a Sevilla el Tesoro Quimbaya —122 piezas de orfebrería procedentes de dos sepulturas del sitio La Soledad, en el municipio hoy llamado Filandia (antes Finlandia)— y lo donó a la reina María Cristina de España en agradecimiento por su labor arbitral en un litigio de fronteras. Ese tesoro sigue hoy en el Museo de las Américas, en Madrid.

En medio de esa hemorragia patrimonial, algunos ilustrados criollos intentaron pensar de otro modo el archivo indígena. Manuel Ancízar propuso dotar al Museo Nacional de un carácter etnológico mediante la adquisición de cráneos, momias, armas y artefactos de aborígenes, clasificados por razas y tribus con leyenda en cada grupo y en el catálogo. Su propuesta —cuya ejecución no está documentada— condensa el marco intelectual de la época: el cráneo era el objeto privilegiado, la clasificación era racial, y el orden museográfico debía reproducir una tipología de pueblos. Es esa la matriz de la que la bioarqueología colombiana tendrá que desprenderse un siglo después.

Entre esa matriz decimonónica y la bioarqueología del siglo XXI median tres desplazamientos: el objeto pasa del cráneo aislado al enterramiento como unidad contextual; el marco pasa de la tipología racial a la ecología humana y la epidemiología; y el problema pasa de clasificar pueblos a reconstruir trayectorias biológicas concretas. Ninguno de esos desplazamientos fue lineal.

Tequendama y el nacimiento de la sabana como laboratorio

La transformación empieza en un lugar concreto: los abrigos rocosos de la Sabana de Bogotá. Es allí, en yacimientos como El Abra, Tequendama, Tibitó, Aguazuque y Checua, donde se acumulan los datos que harán posible pensar el poblamiento temprano de Colombia y la vida biológica de sus habitantes.

Tequendama, cerca de Soacha, es el sitio pivote. Su secuencia cultural precerámica se extiende entre aproximadamente 11.000 y 5.000 años antes del presente, y produjo restos humanos de cazadores-recolectores enterrados en posición acurrucada dentro de depresiones irregulares ovaladas. En varios de esos enterramientos aparecieron uso ritual de ocre, ofrendas funerarias con instrumentos líticos y óseos, e indicios de incineración; uno de los entierros fue fechado en 6.375 años antes del presente. Los cráneos precerámicos hallados presentan alargamiento anteroposterior, un rasgo morfológico que apunta a un tipo dolicocéfalo y que durante décadas se leyó como marcador de una población homogénea, primitiva y diferenciable de los muiscas posteriores.

Tibitó, en Tocancipá, excavado por Gonzalo Correal Urrego, aportó una evidencia distinta pero complementaria: restos de fauna pleistocénica extinguida —caballo americano, mastodonte, venado— en asociación con actividad humana. Es una de las evidencias de caza de megafauna en territorio colombiano y una pieza clave para fechar la presencia humana en el altiplano al final del Pleistoceno.

Ese conjunto de sitios no habría podido interpretarse sin el trabajo paralelo del geólogo y palinólogo neerlandés Thomas van der Hammen, cuya cronología del cambio climático en Colombia durante el último millón y medio de años proporcionó el marco ambiental sobre el que se lee la arqueología de la Sabana. Van der Hammen mostró que, durante el tardiglacial, el altiplano cundiboyacense pasó de páramo a un ambiente más cálido y húmedo, y que ese tránsito coincide con las primeras ocupaciones estables de los abrigos rocosos. El poblamiento temprano dejó de ser una hipótesis abstracta y pasó a ser un proceso datable, ligado a un ecosistema en transformación.

Los primeros pobladores de las tierras altas colombianas eran bandas pequeñas y móviles. Cazaban principalmente venados, curíes y conejos, ocasionalmente mastodontes y caballos americanos, y complementaban su dieta con frutos, plantas silvestres, moluscos terrestres y pequeños vertebrados. Durante el Holoceno temprano —los registros de Tequendama entre 9.500 y 8.500 años antes del presente son elocuentes— la subsistencia se desplazó hacia la caza de pequeños mamíferos como el curí, el ratón y el conejo, aunque el venado siguió siendo objeto de caza. La megafauna había desaparecido; la escala del cuerpo cazado se redujo.

En este primer momento —décadas de 1970 y 1980, con Correal y su equipo trabajando la sabana— la osteología está presente, pero subordinada a la cronología cultural. Se describen posición de entierro, rasgos craneales, dieta inferida por asociación con restos de fauna. Es antropología física con soporte arqueológico. Todavía no es bioarqueología en sentido estricto: falta la lectura biocultural sistemática, faltan los isótopos, falta el ADN.

Del forrajeo a la agricultura: el cuerpo cambia

El paso de sociedades cazadoras-recolectoras a sociedades agrícolas es uno de los grandes objetos de la bioarqueología en cualquier lugar del mundo, porque implica una transformación biológica visible en el esqueleto: cambia la dieta, cambia el trabajo, cambian las enfermedades. En Colombia, ese tránsito es a la vez un problema arqueológico y un capítulo de historia biológica.

Los datos disponibles matizan varias ideas antes centrales. Para la Sabana de Bogotá se ha establecido que los desarrollos agrícolas se remontan a más allá del año 1320 a. C., y que la agricultura llegó como complejo ya desarrollado, posiblemente acompañada de inmigraciones humanas desde otras áreas. El maíz, por su parte, se introdujo probablemente ya domesticado y en un momento anterior al planteado por Gerardo Reichel-Dolmatoff, y fue adoptado por sociedades aún predominantemente cazadoras-recolectoras. Esa cronología obliga a matizar la centralidad que la tradición atribuyó al maíz como motor único del surgimiento de sociedades complejas: fue importante, pero no fue el detonante temprano y exclusivo.

Otros sitios ampliaron el mapa. En Peña Roja, sobre el río Caquetá, en la Amazonia colombiana, hace unos 8.000 años sociedades nómadas ya utilizaban tubérculos, calabazas y árboles, interviniendo espacios específicos para favorecer plantas y animales útiles. Malambo, en la costa Caribe, ha sido postulado como posible centro de difusión del aprovechamiento de la yuca brava y de los artefactos para procesarla hacia otros lugares de Sudamérica; con ella pudo haber llegado cierta estabilidad comunitaria, un aumento poblacional y un desarrollo cerámico notable. Palestina, en Caldas, excavado como arqueología de rescate en las obras del aeropuerto, mostró ocupación desde finales del Pleistoceno con una punta de proyectil que apunta a cazadores especializados, y luego artefactos que evidencian el aprovechamiento de semillas, raíces, maíz y ñame, junto con fragmentos carbonizados de aguacate y palmas: una estrategia de amplio espectro que precede y prepara la agricultura.

Las investigaciones de Correal en la Sabana sugieren, además, que la dependencia de cultígenos pudo ser bastante temprana en el centro del país, incluso sin la utilización de cerámica. Agricultura y alfarería, dos rasgos que la arqueología tradicional agrupaba, se disocian en el registro colombiano.

Y aquí entra la bioarqueología propiamente dicha, con un aporte específico que la distingue de la arqueología general. En 2012, en la Revista Colombiana de Antropología, apareció el análisis de Gómez sobre marcadores óseos de estrés en poblaciones del Holoceno medio y tardío inicial de la Sabana de Bogotá. No se trata ya de inferir la dieta por asociación con fauna o semillas, sino de leerla en el propio cuerpo: engrosamientos, deformaciones, indicadores de esfuerzo repetido, huellas de deficiencias nutricionales. El esqueleto empieza a hablar por sí mismo.

Tibanica, o el precio de la agricultura

El caso más completo de bioarqueología muisca disponible hoy es Tibanica, sitio del período muisca tardío que ha permitido reconstruir con un detalle inusual la vida biológica de esa sociedad. Los resultados son elocuentes y desmienten cualquier imagen idealizada del mundo prehispánico como armonía saludable.

Siete de cada diez individuos enterrados en Tibanica sufrieron caries, una proporción altísima en relación con períodos anteriores y asociada directamente a la intensificación de la agricultura y al consumo elevado de carbohidratos, en particular maíz. La evidencia paleopatológica documenta además enfermedades artríticas, porosidades óseas, infecciones y lesiones compatibles con tuberculosis. La esperanza de vida era baja y la mortalidad infantil alta. Los estudios de María Antonieta Corcione y Luisa Mendoza en el sitio han consolidado ese cuadro.

Pero el aporte decisivo es isotópico. Los análisis realizados sobre individuos muiscas indican que los hombres consumían más proteínas de origen animal que las mujeres, y esa diferencia era independiente del ajuar funerario. La desigualdad de acceso a la proteína animal no se explicaba por el estatus expresado en la tumba, sino por una regla de género que operaba transversalmente. Todos los individuos tuvieron una dieta mixta con acceso general a los alimentos, pero la carne y otras fuentes de proteína animal se distribuían de manera desigual entre hombres y mujeres.

A esa evidencia se suma otra técnica reciente: el análisis de fitolitos en cálculos dentales de restos humanos muiscas, asociado a los trabajos de Ricardo Parra, que ha ampliado el inventario de plantas efectivamente consumidas —maíz y otras cultivadas— más allá de lo que las semillas carbonizadas o los granos preservados podrían indicar. El sarro dental, lo que en el uso cotidiano se raspa y se descarta, se ha vuelto uno de los archivos más ricos del pasado alimentario.

La imagen que emerge de Tibanica no es la de una sociedad muisca próspera y homogénea, sino la de una población que pagó con caries generalizadas, tuberculosis, artritis y desigualdades de género inscritas en el hueso el precio de la agricultura intensiva y la vida sedentaria.

Protoguanes: cuando la morfología miente

Tibanica muestra hasta dónde puede llegar la lectura del hueso cuando dieta, salud y desigualdad quedan registradas en él. Pero hay preguntas que el hueso, por sí solo, no basta para responder: parentescos, continuidades poblacionales, diversidad interna de un grupo aparentemente homogéneo. Para eso hubo que salir de la Sabana hacia el nororiente y esperar a que la genética molecular alcanzara al esqueleto. El caso de los protoguanes —las poblaciones prehispánicas de la actual Santander, ancestros de los guanes históricos— es la contraprueba: allí donde la morfología craneana había dictado una lectura durante décadas, el ADN antiguo dictó otra.

Los antropólogos físicos que estudiaron cráneos de esta población habían reportado, con base en la morfología, una aparente homogeneidad craneana. La interpretación clásica derivaba de allí una comunidad relativamente uniforme, endogámica quizá, biológicamente cerrada. Cuando llegó el análisis genético molecular de esos mismos restos óseos, la imagen se invirtió: los protoguanes presentaban una diversidad molecular notable, incompatible con una población pequeña y endogámica. La homogeneidad craneana era, si acaso, un artefacto de la variable observada: la forma del cráneo no reflejaba la variabilidad real de la población.

El estudio reveló además parentesco genético entre los protoguanes y los muiscas, y con sus descendientes contemporáneos, y sugirió continuidades poblacionales de larga duración que la arqueología clásica no había podido demostrar. La alta diversidad apuntaba a una población relativamente numerosa, sin señales de entrecruzamiento intrafamiliar significativo, que habría prosperado en las condiciones ambientales de los Andes orientales.

Donde Ancízar quería armar un museo de razas por cráneos y leyendas, el ADN mitocondrial de los protoguanes muestra que la clasificación morfológica no captura la variabilidad biológica de las poblaciones humanas. Y sin embargo —y aquí está la ironía historiográfica— es la misma tradición de excavación y curaduría de colecciones óseas, iniciada en el siglo XIX y consolidada en el XX, la que hizo posible el estudio molecular. Sin las colecciones no hay ADN antiguo que extraer.

En la misma línea, individuos del período Herrera —antecesor del muisca temprano— excavados en Madrid, en la Sabana de Bogotá, corresponden al haplogrupo mitocondrial B. La muestra proviene de un entierro colectivo que podría representar un grupo de parientes, y el dato confirma que la genética de las poblaciones chibchas del altiplano cundiboyacense es reconstruible con detalle. La historia genética de las diferentes comunidades de lengua chibcha no parece haber sido idéntica en todo lugar; hubo diferencias regionales significativas, incluidas diferencias respecto de sus parientes del istmo centroamericano. El mapa genético del norte de Suramérica se está redibujando, y las colecciones colombianas son parte central de ese redibujo.

La muerte como archivo: variabilidad regional

El período muisca no es el único que la bioarqueología ha iluminado. Las prácticas funerarias prehispánicas, en toda su variabilidad regional, son a la vez objeto y herramienta: cada modo de enterrar es un archivo distinto.

Los muiscas de la Sabana enterraban a sus difuntos en cuevas secas y en tumbas de pozo, algunas recubiertas con losas, y practicaban entierros secundarios en urnas, con ajuares que incluían cerámica, volantes de huso de piedra, armas descritas por las fuentes como espadas, lanzadores de dardos de madera y textiles. No practicaban, en cambio, la incineración de restos óseos en entierros de segunda fase, una costumbre que sí fue común entre los guanes, los indios de la Sierra Nevada de Santa Marta y los zopías, y que tuvo continuidad hasta tiempos recientes entre los cuivas del Alto Ariporo y grupos del alto Orinoco venezolano. Esa variabilidad entre grupos chibchas —quema aquí, no quema allá— es un recordatorio de que la categoría lingüística no implica homogeneidad cultural.

En San Agustín, en el actual Huila, los entierros presentan una variabilidad formal notable: tumbas en pozos profundos con cámara lateral, sarcófagos tallados en piedra, otras formas menos monumentales. En Tierradentro, en el Cauca, las tumbas de pozo con entierros secundarios presentan escalones tallados y nichos en las cámaras, una forma condicionada por la capa de toba volcánica del subsuelo, que permite tallar estructuras estables sin que colapsen. Las dos regiones fueron contemporáneas y estuvieron conectadas por caminos prehispánicos; la diferencia principal en sus prácticas funerarias parece derivar de la geología local más que de una divergencia cultural profunda.

En el medio Magdalena, un horizonte de urnas funerarias antropomorfas extiende un lenguaje visual compartido a lo largo de una región amplia: figuras de guerreros, figuras femeninas, aves, banquitos. Es evidencia de conexiones culturales a media distancia que la arqueología funeraria puede rastrear.

Y en la región quimbaya, del Cauca medio, las tumbas contenían un rico ajuar de orfebrería en oro y tumbaga, hoy interpretado como expresión de la concepción de la muerte y de la perpetuación. Esos ajuares —los mismos que en el siglo XIX alimentaron la guaquería y el Tesoro Quimbaya— son fuentes documentales sobre identidad, estatus y cosmovisión. La bioarqueología permite hoy leerlos junto con los cuerpos que los acompañaban, cuando esos cuerpos aún están disponibles.

La disciplina se piensa a sí misma

La arqueología colombiana se consolida institucionalmente en los años cuarenta, con la fundación del Instituto Etnológico Nacional y su Revista, cuyo primer número aparece en 1944. Allí publicó Henri Lehmann su arqueología de Moscopán, y de allí salió también la primera generación de etnólogos y arqueólogos profesionales, entre ellos Blanca Ochoa, egresada temprana del IEN y ligada al Instituto Indigenista de Colombia. Dos décadas antes, John Alden Mason había excavado en la Sierra Nevada de Santa Marta bajo auspicios del Field Museum de Chicago y descrito la arquitectura monumental tairona en Pueblito.

Sobre esa base se levantará, décadas después, la síntesis de Gerardo Reichel-Dolmatoff (1912-1994). Su vocabulario sigue en uso. El concepto de Área Intermedia —con el que designó la franja formada por América Central, Colombia y partes de Venezuela y Ecuador, caracterizada por la ausencia de grandes imperios, ciudades extensas, palacios, fortalezas o templos monumentales, a diferencia de Mesoamérica y los Andes centrales— estructura todavía la lectura arqueológica del norte suramericano. Su Arqueología de Colombia: un texto introductorio, publicado en 1986, revisó y actualizó su obra previa de 1965 y adoptó un esquema de etapas evolutivas que contrastaba con el enfoque de áreas arqueológicas hasta entonces dominante.

Durante las décadas de 1940 y 1950, la arqueología en los valles interandinos y altiplanos colombianos arrojaba escasa luz sobre sucesión cronológica, procesos culturales e interrelaciones regionales, mientras en Mesoamérica, los Andes centrales, las Antillas y Venezuela ya se construían escalas temporales detalladas basadas en excavación estratigráfica. Algunos arqueólogos extranjeros trabajaron en Colombia con interés en secuencias y cronologías, pero fueron minoría. La cronología precisa —y con ella la posibilidad de una bioarqueología comparada— tuvo que esperar.

La figura que articula la transición hacia una bioarqueología explícita es José Vicente Rodríguez Cuenca, autor entre 1992 y 2006 de un cuerpo de trabajos sobre características físicas de la población de la cordillera Oriental, adaptaciones bioculturales chibchas y enfermedades en condiciones de vida prehispánica. En su obra la antropología física deja de ser inventario de tipos y se vuelve reconstrucción biocultural: enfermedad, dieta, trabajo, adaptación a un ambiente concreto. A su alrededor se ha ido tejiendo una red de investigadores —Ana María Boada Rivas, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, Gerardo Ardila Calderón— que dialoga con la arqueología, la genética, la paleoecología y la etnohistoria, y que ha desplazado el centro de gravedad del campo desde la descripción tipológica hacia el problema biocultural.

El movimiento más reciente avanza por tres frentes en paralelo. En el de las síntesis, la obra colectiva Economías prehispánicas de Colombia, publicada por el Banco de la República en 2021, reúne enfoques multidisciplinares sobre las culturas prehispánicas y proyecta la disciplina hacia el presente. En el de la cronología, los reportes de fechas de radiocarbono compilados por Aceituno y colaboradores en 2013, y por Delgado y colaboradores en 2015 sobre el paso del forrajeo a la domesticación en el noroccidente de Suramérica, muestran una comunidad académica capaz de producir síntesis regionales con estándares internacionales. Y en el frente institucional, los análisis palinológicos del sitio El Mirador, en Palestina, Caldas, realizados en 2014 en el marco del rescate arqueológico del aeropuerto, muestran cómo la arqueología de contrato —una forma de práctica antes marginal— ha pasado a ser una de las principales productoras de datos bioarqueológicos y paleoambientales.

Lo que el hueso enseñó

Persiste una tensión no del todo resuelta. La morfología craneana siguió siendo variable analítica central durante décadas —de la dolicocefalia precerámica de Sueva y Tequendama a la aparente homogeneidad guane— y solo la genética molecular ha comenzado a desplazarla como criterio decisivo. La disciplina no se desprendió del legado decimonónico de un solo golpe, sino que lo subsumió: los cráneos siguieron midiéndose, pero las conclusiones que autorizaban a extraer se redujeron. El ADN antiguo, hoy, es lo que le devuelve al esqueleto una diversidad que los índices craneométricos habían borrado.

La otra tensión es ética, y recorre a la disciplina desde su origen. La bioarqueología colombiana nació del cráneo tomado sin permiso: del guaquero que abrió la tumba quimbaya, del funcionario que llenó el cajón que viajó a Sevilla, del ilustrado que soñó un museo de razas ordenado por leyendas. Las colecciones sobre las que hoy se extrae ADN, se analizan isótopos y se identifican fitolitos son, en muchos casos, las mismas que se formaron en aquel horizonte —o son restos ancestrales de comunidades indígenas contemporáneas: muiscas, uwas, koguis, arhuacos, guanes reconstituidos como identidad—. Las preguntas de custodia, consulta previa y repatriación no son un anexo de la investigación científica sino su condición actual: el mismo material que en el siglo XIX se sacaba del país sin autorización debe hoy negociarse con las comunidades de las que procede. Esa negociación, todavía en construcción, ha empezado a rehacer los protocolos de excavación, los circuitos de custodia y los términos en que se publican los resultados. La bioarqueología del siglo XXI ya no puede separar la pregunta por lo que dice el hueso de la pregunta por a quién le pertenece.

Queda por delante una tarea que el propio material anuncia. Las colecciones óseas colombianas —las de la Sabana, las de Santander, las de Tierradentro, las del medio Magdalena— apenas empiezan a ser leídas con el conjunto completo de herramientas de la bioarqueología contemporánea. Cada nueva secuencia de ADN antiguo, cada nuevo perfil isotópico, cada nuevo cálculo dental analizado por fitolitos añade una línea al archivo. El pasado prehispánico de Colombia, que durante siglos se leyó a través de cronistas españoles, ajuares saqueados y cráneos clasificados, se está leyendo hoy —lentamente, con las cautelas del oficio— en los cuerpos mismos de quienes lo habitaron.

04

En el archivo

4 apariciones públicas, ordenadas por período y año.

05

Relaciones

Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.

Relaciones editoriales

  1. 01Gonzalo Correal Urrego: arqueólogo que excavó Tequendama y Tibitó, produciendo los primeros conjuntos osteológicos sistemáticos del precerámico colombiano
  2. 02Thomas van der Hammen: palinólogo y geólogo que estableció la cronología climática del último millón y medio de años en Colombia, marco ambiental indispensable para interpretar el poblamiento temprano
  3. 03José Vicente Rodríguez Cuenca: principal sistematizador de la bioarqueología muisca y chibcha en Colombia, autor de estudios sobre salud prehispánica publicados entre 1992 y 2000
  4. 04Sabana de Bogotá: laboratorio fundacional de la disciplina, con sitios como Tequendama, Tibitó, El Abra, Aguazuque y Tibanica que concentran la mayor densidad de datos bioarqueológicos del país
  5. 05Tibanica: sitio muisca tardío donde se aplicaron por primera vez de forma integrada osteología, paleopatología, isótopos estables y fitolitos en cálculos dentales
  6. 06Arqueología funeraria: campo hermano del que la bioarqueología se distingue al tratar el enterramiento no solo como depósito de objetos sino como archivo biológico del individuo sepultado
  7. 07Guaquería: práctica destructiva que precedió a la bioarqueología y privó al registro arqueológico colombiano de contextos funerarios irrecuperables, especialmente en las zonas quimbayas y del Cauca
  8. 08ADN antiguo: herramienta molecular que reveló alta diversidad genética en los protoguanes, contrastando con la aparente homogeneidad craneana y mostrando parentesco con los muiscas y sus descendientes contemporáneos
06

Documentos y fragmentos citados

18 documentos · 54 fragmentos

01Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 15, 18, 21, 244 citas
[1]

condiciones ambientales. Dichas fluctuaciones produjeron fuertes alteraciones en la temperatura ambiental, que iban desde un cli- ma helado hasta uno más cálido que el presente, Primeros vestigios os vestigios más antiguos están representa- dos por restos óseos de origen animal (ca- ballo, mastodonte y venado),…

p. 15
[10]

sitios de vivienda, adonde llevaban el producto de sus expediciones de recolección para el faenado de las presas de ca- za; la recolección y la cacería eran realizadas den- tro de un territorio delimitado pero suficiente- mente grande y servían también como talleres donde trabajaban la piedra, el hueso y la madera, A…

p. 18
[39]

valle del río Magdalena, a través de la cuenca del río Sogamoso. Otra vía fue la vertiente del río Apulo, tributario del Bogotá, que marca valles alargados y vías naturales de fá- cil acceso para los grupos que debieron despla- zarse desde los pisos térmicos cálidos hasta la sa- bana de Bogotá, y en sentido inverso,…

p. 21
[42]

para preparar cazabe, por lo cual se ha postulado que Malambo fue el centro de difusión hacia otros lugares de Sudamé- rica del aprovechamiento de la yuca brava y de los artefactos utilizados en su procesamiento. Según parece, la introducción de este alimento produjo cierta estabilidad en la comunidad, lo cual pudo…

p. 24
02Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 27, 40, 483 citas
[2]

nive- les más profundos. La mayoría de los esqueletos corresponden a adultos, enterrados en posición acurrucada dentro de depresiones irregulares ovaladas; hay indicios de incineración y en va- rios casos se hallaron sólo los huesos largos. Aparte de algunas ofrendas funerarias, tales como instrumentos líticos y…

p. 27
[27]

en las partes elevadas de las lomas que se extienden por toda la región entre una red de arroyos y pequeños ríos. San Agustín es indudablemente el sitio ar- queológico más espectacular del país, ya que tradicionalmente está caracterizado por varios centenares de grandes estatuas de piedra y por un crecido número de…

p. 40
[29]

mues- tran guerreros que llevan escudos redondos y cascos crestados. Están sentados en bancos ba- jos, de cuatro patas. Sobre la espalda de las figuras aparece un animal monstruoso que pa- rece trepar hacia la cabeza, motivo similar al que se puede observar en algunas esculturas de San Agustín. Junto con estos y otros…

p. 48
03Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 34, 372 citas
[3]

Garz ó n y compara los objetos l í ticos con los de Taima Taima, una industria l í tica de Venezuela occidental, fechada alre dedor de 13.000 a ñ os a. de C. Lynch, al resumir su evaluaci ó n de Garz ó n, formula tres posibles opciones: 1) la interpretaci ó n de B ü rgl es correcta y los primeros pobladores llegaron a…

p. 37
[13]

n y tipolog í a l í tica fue propuesto por Richard MacNeish (1973) a base de sus excavaciones en Ayacucho, Per ú. MacNeish pos tula una secuencia de cuatro ‘ tradiciones ’, as í: Tradici ó n de utensi lios de nodulos (25.000 a 15.000); Tradici ó n de lascas y utensilios ó seos (15.000 a 13.000 o 12.000); Tradici ó n…

p. 34
04Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 101, 107, 116, 1224 citas
[4]

en Colombia se re- monta a varios milenios más allá de la fecha obte- nida en este sitio. Pero esta es una cuestión que sólo podrá ser resuelta por futuras investigaciones ar- queológicas.. El sitio del Teguendama La contiruidad de los trabajos arqueológicos durante el año 1971 dio como resultado nuevos ha- llazgos…

p. 101
[9]

Medio ambiente pleistocénico y holocénico y características culturales Si fuera posible remontarse unos 30 milenios antes del presente en la escala del tiempo, contem- plaríamos, en la zona que hoy corresponde a nues- tra sabana de Bogotá, un inmenso lago enmarcado por colinas y estribaciones cordilleranas. Hoy se…

p. 107
[11]

densos de los abrigos rocosos de Colombia, los grupos o ban- das que allí permanecieron no debían pasar de unos treinta o cuarenta individuos en cada sitio. El holoceno Al concluir el pleistoceno, hace unos 10.000 años, el clima mejoró considerablemente. Los he- lechos arborescentes, los robles, los encenillos y otras…

p. 116
[14]

quemar los restos óseos en entierros de segunda fase, si bien fue común en otros grupos chibchas, como los guanes, indios de Sierra Nevada de Santa Marta, e 95 indios zopías, no parece que fuera muy frecuente en la sabana de Bogotá». Prácticas de incineración asociadas al ritual fu- nerario tuvieron continuidad hasta…

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05¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 11, 132 citas
[5]

establecer la cronología del cambio climático en este ter-ritorio durante el último millón y medio de años. Aquel estudio ha sido esencial para identificar las etapas de poblamiento temprano del país, hace aproximadamente veinte mil años. Por entonces el territorio americano terúa grandes diferencias respecto del…

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la naturaleza más drástico, aunque, antes que el hombre, 23 ¿Otra historia de Colombia? fue el propio medio el que indujo al cambio. El aumento de la temperatura, por ejemplo, hizo que las grandes llanuras se convirtieran en selvas, generando también sequías que en la Sabana de Bogotá detuvieron el hasta entonces…

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06Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 38, 53, 230, 244, 2705 citas
[6]

tonces, ¢l poblamiento se caracterizó por conformar grupos pequeños, que posiblemente se movían a menudo, obteniendo la ayor parte de sus proteínas de venados, sin descuidar la recolección | 41 las muiscas de plantas o la cacería de animales más pequeños, El sitio de Tibitó, excavado por Gonzalo Correal, demuestra,…

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que se encuentren entre los muiscas A 257 Los muiscas evidencias de individuos desligados del trabajo. Lo cual no quiere decir que todos hicieran siempre la misma clase de trabajo. ESPERANZA DE VIDA Un aspecto que podría dar luces sobre las hasta ahora elusivas élites muiscas es la esperanza de vida. ¿Podría hablarse…

p. 270
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De nuevo, la respuesta es “Todos los individuos, independientemente de su per- a un grupo, tuvieron una dieta mixta, con acceso a los alimentos, aunque en el grupo 1 se identificó un consumo nor de carne, En términos de la edad de los individuos, 231 Los muiscas se encuentra la misma tendencia. Más contundente es el…

p. 244
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tenían peces en “zanjas y corrales”, como si tuvieran en “hoyos y pesquería”. arqueólogos, por su parte, han desarrollado sus propias s para reconstruir la lista de alimentos disponibles para los sin estar apegados a lo que escribieron los conquistadores. no mucho tiempo tenían como su principal evidencia para…

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sus parientes del Istmo. También se puede proponer como hipótesis que existieron serias diferencias regionales y que la historia genética de las diferentes comunidades de lengua chibcha no parece haber sido idéntica en todo lugar. Una pregunta importante al respecto es: ¿cómo se puede com- parar la información…

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07Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 4, 19, 42, 61 y 2 más12 citas
[7]

un sitio bien delimitado. Su trabajo da a conocer resultados preliminares de excavaciones realizadas como resultado de arqueología de rescate en las obras del aeropuerto en cercanías de la población de Palestina, Caldas. Dichas investigaciones han permitido reconstruir una larga ocupación. La más antigua se evidencia…

p. 19
[8]

un sitio bien delimitado. Su trabajo da a conocer resultados preliminares de excavaciones realizadas como resultado de arqueología de rescate en las obras del aeropuerto en cercanías de la población de Palestina, Caldas. Dichas investigaciones han permitido reconstruir una larga ocupación. La más antigua se evidencia…

p. 19
[16]

más, a la filiación remota compartida entre América y Asia, y el tercero se ha considerado como un haplotipo privado hasta que se pruebe lo contrario, es decir, exclusivo de esta población precolombina mientras que no aparezca reportado en otra comunidad asiática o americana. En conclusión, los protoguanes parecen…

p. 42
[17]

más, a la filiación remota compartida entre América y Asia, y el tercero se ha considerado como un haplotipo privado hasta que se pruebe lo contrario, es decir, exclusivo de esta población precolombina mientras que no aparezca reportado en otra comunidad asiática o americana. En conclusión, los protoguanes parecen…

p. 42
[18]

temprano en Colombia”, Revista de Antropolog ía y Arqueología, vol. 10, núm. 1, pp. 45-61. Gnecco, C. (2000). Ocupación temprana de bosques tropicales de montaña, Popayán: Universidad del Cauca. Gnecco, C. (2003). “Against Ecological Reductionism: Late Pleistocene Hunter-Gatherers in the Tropical Forests of Northern…

p. 171
[19]

temprano en Colombia”, Revista de Antropolog ía y Arqueología, vol. 10, núm. 1, pp. 45-61. Gnecco, C. (2000). Ocupación temprana de bosques tropicales de montaña, Popayán: Universidad del Cauca. Gnecco, C. (2003). “Against Ecological Reductionism: Late Pleistocene Hunter-Gatherers in the Tropical Forests of Northern…

p. 171
[23]

Genetics, vol. 73, núm. 5, pp. 1178-1190. Roa, M. (2005). Polimorfismos de la región control del ADN mitocondrial humano en una muestra de población mestiza del altiplano cundiboyacense colombiano (tesis de maestría), Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. Rodríguez-Cuenca, J. V. (2011). Los chibchas: hijos del…

p. 61
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Genetics, vol. 73, núm. 5, pp. 1178-1190. Roa, M. (2005). Polimorfismos de la región control del ADN mitocondrial humano en una muestra de población mestiza del altiplano cundiboyacense colombiano (tesis de maestría), Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. Rodríguez-Cuenca, J. V. (2011). Los chibchas: hijos del…

p. 61
[43]

(2014), Análisis palinológico a partir de muestras de una columna de sedimentos del sitio 11 “El Mirador”, Bogotá: Proyecto de rescate y monitoreo arqueológico Aeropuerto del Café-Palestina. 1 2 1 2 1 Notas al pie PAISAJES Y ECONOMÍAS PREHISPÁNICAS EN EL ACTUAL TERRITORIO COLOMBIANO ANTES DEL 1500 D. C. Se refiere a…

p. 416
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(2014), Análisis palinológico a partir de muestras de una columna de sedimentos del sitio 11 “El Mirador”, Bogotá: Proyecto de rescate y monitoreo arqueológico Aeropuerto del Café-Palestina. 1 2 1 2 1 Notas al pie PAISAJES Y ECONOMÍAS PREHISPÁNICAS EN EL ACTUAL TERRITORIO COLOMBIANO ANTES DEL 1500 D. C. Se refiere a…

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Economías prehispánicas de Colombia / autores, Alberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres,…

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Economías prehispánicas de Colombia / autores, Alberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres,…

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08Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 172, 235, 282, 3764 citas
[12]

recursos y nuevas tecnologías. No obstante, hay una imagen que probablemente resultaría equívoca y que no quiero dejar sin discutir. Me refiero a que, durante los miles de años del Holoceno temprano y el medio, los cambios fueron siempre lentos y graduales, como si el pasado hubiera estado libre de sobresaltos. Es…

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los segundos, de 159 cm. En Malagana, los hombres medían 166 cm y las mujeres, 153 cm, en promedio. En otras palabras, se puede sugerir que los indígenas de periodos tardíos, pese a ser agricultores, no tenían una estatura baja en relación con sus antecesores. A veces, incluso, pudieron ser más altos. Entre los…

p. 282
[53]

triángulo o en línea. Gracias a investigaciones realizadas en diversas partes de los Andes orientales se sabe que las viviendas muiscas medían entre unos 5 y 6 metros de diámetro, si bien existió una enorme diversidad de estructuras, sobre todo en los periodos más tardíos. El Venado, durante la última parte del…

p. 235
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de población. Estudios llevados a cabo por José Luis Socarras han confirmado que el maíz fue importante no solo en la segunda ocupación, sino también en la primera. Los estudios de José Vicente Rodríguez en el sitio de Santa Helena han encontraron que la segunda ocupación no se interrumpió hace 650 años, es decir,…

p. 376
09La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · p. 511 cita
[26]

son decepcionantes, y los datos de la antigüedad de esta área son insuficientes. No se han descubierto sitios de poblados grandes, pero se han encontrado algunos cimientos de casas marcadas con anillos de piedra. Los muiscas enterraban sus difuntos en cuevas secas y en tumbas de pozo, algunas de estas últimas…

p. 51
10Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 46, 502 citas
[28]

más amplia del terri- torio colombiano. Se presenta una posibilidad de relación espacial dada por los caminos prehispánicos que unen am- bas regiones y sabemos que hubo contemporanei- dad en ambos pueblos. La diferencia principal se halla en el tipo de en- terramiento y en la forma de las tumbas, pero, si tenemos en…

p. 46
[30]

se ha dicho, un maravilloso ajuar funerario, verdadero tesoro de obras de arte, que durante siglos permaneció oculto como compañía de ultratumba de estos descono- cidos señores quimbayas. La existencia de tantas piezas de oro es un fiel testimonio del suntuoso y refinado sentido de los bienes materiales que tenían los…

p. 50
11Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 871 cita
[31]

a las grandes civilizaciones precolombinas como engendros irra- cionales y producto de la barbarie. Tornaron en ídolos las representaciones de los dioses de los indios y en expresión diabólica la escultura india de piedra y madera. Ni siquiera escucharon la literatura oral en donde sur- gían el jaguar y la anaconda.…

p. 87
12Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 1, 13, 22, 29 y 3 más7 citas
[32]

arqueológicos colombia- nos. Muchos objetos arqueológicos del país encontraron en aquellos años su camino a los museos europeos; fue- ron adquiridos por viajeros, misioneros y diplomáticos, o por técnicos europeos, quienes estaban al servicio del gobierno de Colombia. Otras colecciones fueron vendidas o donadas por…

p. 41
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i, págs. 117 - 130; págs. 521 - 589, Bogotá. 53 Affíndiciers td Ciciaófs años cuarenta y cincuenta también estaban ocupados con proyectos similares (Lehmann, 1944, 1952 14; Nachtigall, 1955, 1956, 1958, 1960 15), y aquellos que se interesaban en secuencias y escalas cronológicas eran pocos y producían resultados…

p. 52
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GERARDO REICHEL-DOLMATOFF antropología AR qu EOLOG í A DE COLOM b IA: un TE x TO I n TROD u CTORIO antropología GERARDO REICHEL - DOLMATOFF AR qu EOLOG í A DE COLOM b IA: un TE x TO I n TROD u CTORIO antropología Reichel-Dolmatoff, Gerardo, 1912-1994, autor Arqueología de Colombia: un texto introductorio [recurso…

p. 1
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museo. Su amplio y pro- fundo conocimiento de las sociedades indígenas le permitió identificar en los objetos metálicos las transformaciones chamánicas y el vuelo extático del chamán. Nadie había desentrañado de manera tan magistral el simbolismo de gran número de objetos de las colecciones metalúrgicas prehispánicas…

p. 13
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natural, yo mismo he modificado y corregido algunas de mis interpretaciones anteriores y así el presente libro constituye una obra basada en nuevos mate- riales y nuevos enfoques. El lector cuidadoso que quiera comparar mi libro publicado en 1965, con el presente escrito en 1984 - 1985, encontrará pues en esta nueva…

p. 22
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Agustín una posi- ción cronológica «temprana»; muisca y tairona y algunos materiales del alto Cauca se clasificaron como «tardíos», mientras que quimbaya, tierradentro y sinú se agruparon en un periodo «medio» 9. 9 Los principales autores que han postulado una división en «áreas arqueológicas» son, en orden…

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Mesoamérica y los Andes Centrales. Obviamente, las culturas prehistóricas de la mayoría de los otros países latinoamericanos nunca han ejercido la misma fascinación, ni tampoco han despertado la misma admi- ración que siente el visitante en los grandiosos museos de México, o al contemplar los templos de Tikal, en…

p. 29
13Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 481 cita
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embargo, por la misma época, la colonización antioqueña del Gran Caldas se hizo en gran parte profanando las tumbas de los indígenas Quimbayas, ricas en objetos orfebres. Un grupo de comerciantes financiaba el saqueo de las tumbas, fundiendo y atesorando estas piezas; algunos las conservarían formando las primeras…

p. 48
14Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · p. 641 cita
[34]

Ya en el siglo XIX, los guaqueros alimentaban no solo las arcas del recién creado Tesoro Nacional, sino principalmente las de los anticuarios, que adquirían piezas para colecciones privadas locales o para museos en el extranjero, donde estos objetos se usaban para demostrar la riqueza de los antiguos pueblos indígenas…

p. 64
15Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 1121 cita
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cm. Colección Museo Nacional de Colombia, reg. 1109 Foto: ©Museo Nacional de Colombia / Juan Ramírez 113 Amada Carolina Pérez Benavides producciones naturales, que se enviarían al museo con el fin de examinar su uso 24; mientras que otros como el publicista Manuel Ancízar proponían darle “el carácter de etnolójico,…

p. 112
16La invención de El Dorado. Museos arqueológicos, imágenes cartográficas y redes de conocimiento en Colombia (1935-1955)Daniel García Roldán · 2022 · p. 73, 3082 citas
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realizarse en un formato adecuado para la exhibición. Justus Wolfram Schottelius, “Estado actual de la arqueología colombiana”, Boletín de arqueología 3 (1946): 203. 12 Schottelius, “Estado actual”, 202-203. Es interesante anotar lo que para el alemán eran “los problemas más profundos de la arqueología colombiana: el…

p. 73
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29. “Notas y noticias”. Boletín de arqueología 2 (1945): 455-457. “Noticias antropológicas”. Revista colombiana de antropología e historia 2, (1954): 406. Ochoa, Blanca. “Notas”. Boletín de arqueología 2-3, (1946): 293-294. Ochoa, Blanca. “Organización de museos”. Boletín de arqueología 1, (1945): 45. pi La invencion…

p. 308
17Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 61 cita
[40]

producción de cerámica en la costa caribe colombiana, pero no es un hecho comprobado que se tratara de sociedades que practicaran agricultura intensiva. La asociación entre uso de la cerámica y un mayor énfasis en el sedentarismo parece clara, pero no así con la agricultura. Por otra parte, las investigaciones de…

p. 6
18Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 2481 cita
[52]

siglo comenzaron a llegar los etnólogos y arqueólogos ale- manes. A Konrad Theodor Preuss, Theodor Koch-Grunberg o Alfred Jahn les interesaba el lugar que le asig- naba la escuela difusionista a la gente exótica de este lado del mundo. Le- garon una metodología de constata- ción empírica basada en observaciones…

p. 248