Representación del territorio colombiano en el siglo XIX
Entre 1801 y comienzos del siglo XX, expediciones científicas, comisiones cartográficas, cuadros de costumbres y relatos de viaje produjeron la imagen dominante que Colombia tuvo de sí misma. La pregunta es si ese archivo fue dependencia cultural europea que preparó el despojo extractivista y naturalizó jerarquías raciales, o una operación local con autonomía y función política propia que suplía la debilidad del Estado.
¿Fue la representación decimonónica del territorio colombiano una dependencia cultural europea disfrazada de nación, o una operación local con función política propia?
Entre la llegada de Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland al virreinato de la Nueva Granada en 1801 y la consolidación del enclave bananero de la United Fruit Company en la primera década del siglo XX, un conjunto de dispositivos —expediciones científicas, comisiones cartográficas, cuadros de costumbres, relatos de viaje, láminas y grabados— produjo la imagen dominante que Colombia tuvo de sí misma. Ese archivo visual y textual no fue accesorio: en un país donde el Estado apenas alcanzaba a los caminos y donde el mercado editorial dependía de imprentas parisinas, la representación hizo el trabajo que las instituciones no hacían. Fijó tipos regionales que aún operan, jerarquizó razas y climas, codificó moralmente el territorio y —quizá lo más pesado— preparó la mirada con que se explotarían la quina, la tagua, el caucho y el banano.
Por qué la pregunta importa
Preguntar cómo se representó el territorio colombiano en el siglo XIX no es curiosidad de historia del arte ni de historia literaria. Se juega, en primer lugar, la genealogía de las jerarquías raciales-regionales que todavía estructuran el sentido común nacional: la idea del antioqueño laborioso y blanco, del costeño enervado por el trópico, del indígena guajiro indómito frente al arhuaco dócil, del Chocó y el Putumayo como reversos oscuros de una nación andina. Se juega también la prehistoria del extractivismo: si los relatos que fijaron los paisajes de la Sierra Nevada, del Magdalena Medio santandereano o de la Ciénaga Grande como espacios exóticos y vacíos allanaron el terreno imaginario para las compañías quineras, caucheras y bananeras que llegaron después. Y se juega la naturaleza misma del proyecto nacional decimonónico: si Colombia se pensó dentro de códigos formales importados —humboldtianos, fisiognómicos, costumbristas— hasta el punto de que su nacionalismo fue estructuralmente heterónomo, o si la periferia produjo, con esos materiales, algo propio.
La pregunta importa porque la respuesta afecta cómo leemos hoy la persistencia del despojo en el Putumayo o en el Chocó, la naturalización de la superioridad económica antioqueña, la desconfianza estatal ante la costa y la Guajira, y hasta las postales turísticas del país. El material del XIX no está muerto: sigue clasificando.
Los términos del debate
Dos posiciones se disputan el sentido de este archivo. Ambas tienen fuerza; ninguna, por sí sola, alcanza.
La primera sostiene que la representación visual y literaria del territorio fue estructuralmente dependiente de códigos europeos, y que esa dependencia hizo del arte nacional un espejo colonial. Humboldt y Bonpland habrían fijado desde 1799-1804 la gramática con la que después se vería el paisaje neogranadino: cortes verticales por pisos térmicos, jerarquías climático-morales, exotismo cuantificable. Los intelectuales criollos —Caldas primero, Ancízar y la Comisión Corográfica después, los costumbristas de El Mosaico al medio siglo— habrían interiorizado esa gramática y la habrían aplicado hacia adentro, produciendo un colonialismo epistémico autoaplicado. En esta clave, los pintores costumbristas que se inspiraron en el fisonomista suizo Johann K. Lavater —Ramón Torres Méndez entre ellos— no hacían más que traducir a lápiz y acuarela una tipología racial elaborada en Zúrich. Los mapas se publicaban en París; las láminas circulaban en revistas europeas; el crédito y la validación venían de fuera. El Mapa de la República de Nueva Granada que el general Joaquín Acosta dedicó al barón de Humboldt en 1847 sella el gesto: la nación se ofrece a la mirada europea para existir.
La misma posición añade un segundo tornillo: los relatos de los viajeros europeos que recorrieron el país a lo largo del siglo —de Mollien a Reclus, pasando por Le Moyne, Hamilton, Holton, Saffray, André y Röthlisberger— no fueron descripciones neutras sino vectores epistémicos que orientalizaron el territorio y prepararon su penetración extractivista. Al describir la Sierra Nevada, el Magdalena o el Putumayo como espacios enervantes, vacíos o salvajes, produjeron un imaginario de disponibilidad que resultó rentable cuando llegaron las compañías. El despoblamiento indígena del Magdalena Medio santandereano —de 15.000 personas en 1860 a apenas dos docenas en 1925— sugiere que el vaciamiento simbólico y el material se acompañaron. Todavía en 1924 El Tiempo reseñaba una masacre de indígenas en el Opón perpetrada por una compañía de colonización. La representación, así entendida, mató.
La segunda posición invierte el énfasis. Sostiene que el costumbrismo y la crónica de viajes fueron, en las condiciones periféricas de la Nueva Granada, sustitutos funcionales de instituciones nacionalizantes ausentes y campo de batalla ideológico entre proyectos rivales. Donde no había escuela pública consolidada, ni ejército nacional cohesionado, ni ferrocarril que uniera el país —los caminos de herradura seguían dependiendo de cargueros humanos, como José Caicedo Rojas evocó con resignada ironía dando gracias a Dios por conseguir un carguero robusto mientras esperaba los ferrocarriles—, la prensa y la literatura hicieron las veces de infraestructura simbólica. El Argos, semanario fundado en Bogotá en 1837 por Lino de Pombo y Juan de Dios Aranzazu, publicó los primeros cuadros de costumbres colombianos, firmados por Rufino Cuervo. El Mosaico, cuyo primer número apareció el 24 de diciembre de 1858 bajo el impulso de José María Vergara y Vergara, agrupó a una élite letrada bogotana afín a los nacientes partidos liberal y conservador en un proyecto que reunía tertulia, publicación periódica, biografías de neogranadinos ilustres y esfuerzo por construir una biblioteca nacional y un pasado común.
Desde este ángulo, el costumbrismo no fue género neutro sino campo de disputa política. Los artículos servían a liberales y conservadores en direcciones opuestas: a los primeros para desdeñar el pasado colonial, a los segundos para criticar las reformas modernas; pero ambos coincidían en contraponer lo nacional a la creciente influencia francesa e inglesa. La indistinción entre géneros —el letrado que era simultáneamente científico, político, poeta y editor— no habría sido un defecto de amateurismo sino una estrategia obligada por la ausencia de instituciones especializadas. Ancízar escribió etnografía política en El Neogranadino antes de sumarse a la Comisión Corográfica; sus descripciones de pueblos y provincias informaban las decisiones de inversión del gobierno nacional, y sus contemporáneos entendían perfectamente esa dimensión política. Vergara y Vergara fue editor, historiador de la literatura, fundador de la Academia Colombiana de la Lengua. Nariño, Núñez, Caro y Samper encontraron en las letras de molde su medio de influencia política.
La evidencia
El pulso entre ambas posiciones se dirime, primero, en el archivo humboldtiano y su descendencia local. La expedición de Humboldt y Bonpland produjo dibujos y láminas del paisaje neogranadino que pusieron el territorio a disposición de apropiaciones nacionalistas surgidas de la Ilustración. Un mapa vinculado a ese trabajo se publicó luego en París con crédito para Caldas. La Comisión Corográfica, establecida por la Ley 29 de 1849 durante la administración de José Hilario López y operativa entre 1850 y 1859 bajo la dirección del coronel-ingeniero italiano Agustín Codazzi, constituyó el primer intento científico institucional de alcance global en Colombia. Su mandato era levantar la cartografía general de la República y estudiar sus provincias. Ancízar la acompañó y escribió Peregrinación de Alpha. Los registros producidos en el contexto de la Expedición Botánica, y algunos escritos asociados a Caldas, combinaban observación científica con ambición literaria y con el esfuerzo artístico de dibujar y pintar el paisaje: el letrado neogranadino no separaba lo que en Europa ya se separaba.
Aquí la primera posición tiene un punto sólido. La Comisión no operó en un vacío formal: heredaba de Humboldt la cuadrícula de pisos térmicos, la observación cuantitativa, la reducción del habitante a tipo asociado a una altitud y un clima. Y el mercado editorial que daba visibilidad internacional a esos trabajos era europeo: Acosta dedica su mapa de 1847 al barón alemán como parte de un esfuerzo por dar a conocer a Colombia en Europa. La validez del proyecto pasaba por la aprobación foránea.
Pero el mismo archivo muestra otra cosa. Los escritos de Ancízar tuvieron efectos internos inmediatos, no destinados a París: sus caracterizaciones de pueblos y regiones informaban decisiones de inversión del gobierno nacional. Sus contemporáneos leían esas descripciones sabiendo que había recursos, caminos y prioridades en juego, y no todos las aceptaron sin objeción. El dispositivo funcionaba, por dentro, como una tecnología de gobierno: codificaba moralmente el territorio para efectos administrativos concretos.
La misma tensión se repite en el costumbrismo. La influencia de Lavater —que en Emiro Kastos, autor de los Artículos escogidos, es referencia explícita al describir la fisonomía de una mujer, y que reaparece en Torres Méndez sin fuente confesada— confirma la dependencia formal del código europeo: el cuerpo se lee según una gramática venida de Zúrich. Kant, en el trasfondo filosófico del racialismo decimonónico, había establecido que el clima y el color de piel jerarquizaban moralmente a la humanidad. Los costumbristas colombianos operaban dentro de ese marco. Y sin embargo, lo que hicieron con él fue local. La serie de dibujos a lápiz y acuarelas de pequeño formato —30 por 20 centímetros— que Torres Méndez (1809-1885) realizó desde 1848 durante viajes repetidos por Antioquia, y que aparecieron grabados en la prensa nacional y extranjera, no era una simple aplicación de Lavater al trópico: era la producción de un archivo iconográfico regional que ninguna institución estatal producía.
El Mosaico es el caso paradigmático de esa doble condición. Sus colaboradores —Caicedo Rojas, Pombo, Marroquín, Madiedo, Soledad Acosta de Samper, entre otros— usaban formatos europeos, el cuadro de costumbres importado del costumbrismo español y transnacional hispanoamericano, en el momento mismo en que se estaban formando las naciones; pero los usaban para pelear una batalla interna. Josefa Acevedo de Gómez firmó Cuadros de la vida privada de algunos granadinos. La Manuela de Eugenio Díaz Castro se presentó en la tertulia de Vergara y Vergara en diciembre de 1858, coincidiendo con la aparición de la revista. Los artículos criticaban la irrupción de modas europeas —el afrancesamiento en particular—; el gesto era simultáneamente dependiente del código europeo del costumbrismo y crítico de la influencia francesa e inglesa en las costumbres locales. Los cuadros servían a los liberales para desdeñar el pasado colonial y a los conservadores para criticar las reformas: el mismo formato, dos usos políticos opuestos, un consenso nacionalista defensivo por debajo.
El segundo terreno de evidencia son los viajeros. Élisée Reclus llegó a la Nueva Granada en 1855, a los veinticinco años, después de recorrer Texas, Nuevo México y bajar por el Golfo de México hasta Veracruz. Su proyecto agrícola en la Sierra Nevada de Santa Marta fracasó y regresó a Europa. De esa experiencia salió Viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta, obra formativa para el geógrafo anarquista que Reclus llegaría a ser: la periferia colombiana no solo fue pasivamente representada por Europa; también, en un movimiento inverso menos atendido, formó a algunos de sus representadores. Röthlisberger firmó El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericana. Carnegie-Williams publicó Un año en los Andes, o Aventuras de una Lady en Bogotá. Le Moyne, Mollien, Hamilton y Holton dejaron testimonios sobre la navegación por el Magdalena, sus champanes y sus bogas.
El río fue escenario privilegiado de esa mirada. La navegación a vapor había empezado en 1825 con el Bolívar y el Santander, bajo el privilegio otorgado al empresario Juan Bernardo Elbers, pero solo se consolidó hacia 1850, al eliminarse los monopolios y expandirse la economía exportadora. Los champanes compartían espacio con el tabaco de Ambalema y con géneros importados desde Londres. Un viajero europeo describió una ciudad costera con una "influencia enervante y agobiadora", comparándola con las colonias europeas en las costas africanas, y señaló como anomalía que la civilización colombiana se hubiera concentrado en las altiplanicies andinas, a trescientas leguas del mar; la raza europea, sostenía, necesitaba tiempo para aclimatarse en las riberas. En esa frase se ve el mecanismo entero: el trópico bajo se lee como enervante, la altiplanicie andina como civilizada, la costa como frontera racial. Aquí la posición que enfatiza la dependencia epistémica gana la partida: el discurso viajero fijaba jerarquías climático-morales que quedarían adheridas al territorio.
La construcción del tipo antioqueño es el tercer terreno de evidencia, y quizá el más productivo. El antioqueño fue descrito reiteradamente como "el más bello tipo de la República", en una fórmula que unía belleza corporal, virtud moral y capacidad de trabajo. La operación tenía tres movimientos. Primero, un blanqueamiento simbólico: los componentes indios y negros del pueblo antioqueño quedaban en segundo plano frente a la exaltación de rasgos españoles y blancos, y el propio pueblo se autodenominó "raza antioqueña" —herejía etnológica, dada la composición triétnica real—. Segundo, una inversión de la relación medio-tipo: mientras en otros tipos regionales el paisaje moldeaba al habitante, en Antioquia el habitante transformaba el paisaje mediante su trabajo, y las montañas cultivadas eran presentadas como reflejo de su laboriosidad. Tercero, un proyecto expansivo: Libardo López, en la revista Voces de Barranquilla, declaró la superioridad racial del pueblo antioqueño y anunció la futura "antioqueñización" del país, incluida la asimilación de los extranjeros que ingresaran a su territorio. El paisaje del Quindío, descrito por Vergara y Vergara como naturaleza virgen y majestuosa, se ofrecía como escenario a esa transformación.
Salvador Camacho Roldán introdujo, sin embargo, una grieta interesante: el tipo físico antioqueño se comparaba con el de las provincias vascongadas, pero los apellidos dominantes —Restrepos, Uribes, Hoyos, Ochoas— no eran los del señorío de Vizcaya. La equivalencia europea era pura leyenda genealógica. Eso no debilitó su eficacia; al contrario, la construcción funcionó porque no necesitaba ser cierta.
El cuarto terreno es la frontera salvaje. El Putumayo fue representado en la literatura de viajes de fin de siglo como espacio vacío, susceptible de recibir tanto deseos de prosperidad no explotada como temores raciales sobre las zonas no reguladas de la nación. Los grandes espacios naturales de Colombia —Putumayo incluido— fueron concebidos como el reverso de la nación, un subsuelo topográfico sobre el que se proyectan miedos y deseos. El Chocó fue construido como pobre, negro e indígena, virgen y atrasado. Los escritos de cronistas y viajeros sobre el Pacífico, desde Cieza de León y Las Casas hasta Saffray y Miguel Triana, produjeron un ordenamiento simbólico, político y moral del espacio y de los sujetos coloniales, mezclando visiones medievales de lo monstruoso con parámetros europeos. El padre Gumilla, en El Orinoco ilustrado, había establecido tempranamente el vocabulario colonial que distinguía entre pueblos bárbaros y gentiles según su cercanía a la civilización europea. Esas periferias operaron como espacios vaciados históricamente, cunas de la colonialidad del poder.
El quinto terreno es el enclave extractivo, donde los hilos anteriores convergen. La quina fue conocida y valorada desde la Colonia; un texto de fines del XVIII calculaba que en todo el universo se consumían cerca de 16.000 arrobas al año, con la arroba puesta en Cartagena valiendo 62,5 pesos, y advertía que la lógica del comerciante privado podría agotar el recurso. El auge quinero de fines del XIX en el Magdalena Medio santandereano se acompañó de un despoblamiento indígena catastrófico —de 15.000 personas en 1860 a dos docenas en 1925— atribuido a quineros y cazadores, y todavía en 1924 El Tiempo documentaba masacres. La producción bananera se multiplicó por más de quince entre 1902 y 1911, pasando de poco más de trescientos mil racimos exportados al comienzo del siglo a cerca de cinco millones una década después; ese último año más de doscientas embarcaciones, entre vapores y veleros, recalaron en Santa Marta. La United Fruit Company controló el ferrocarril de Santa Marta, transformó a Ciénaga en un centro económico floreciente y, a diferencia de Guatemala y Costa Rica, además de operar plantaciones propias compraba fruta a productores locales, matizando el modelo de enclave puro pero no su lógica.
El vínculo entre representación y despojo no es de causalidad simple, pero es rastreable. Los territorios que las narrativas de viajeros y comisiones habían fijado como vacíos, salvajes o disponibles fueron precisamente los que la economía extractiva penetró con menor resistencia simbólica.
La respuesta
Ninguna de las dos posiciones, tomada sola, hace justicia al material. La respuesta que la evidencia mejor sostiene es más incómoda que cualquiera de las dos: el costumbrismo y la iconografía del viajero en la Colombia del siglo largo XIX operaron simultáneamente como dependencia formal de códigos europeos y como sustituto funcional de instituciones nacionalizantes ausentes, y fue esa doble condición —no una u otra— la que definió sus efectos.
Hubo dependencia formal: el aparato conceptual con que se pensó el territorio —los pisos térmicos de Humboldt, la fisiognomía de Lavater, la jerarquía climático-racial de raíz kantiana, el género mismo del cuadro de costumbres importado del costumbrismo transnacional hispanoamericano, el circuito editorial parisino que validaba mapas y láminas— era europeo. Nada en el archivo neogranadino se piensa fuera de esa gramática. Los propios criollos, cuando se pintaban o se describían, se comparaban con vascos, con andaluces, con habitantes de las provincias vascongadas; se hacían inteligibles hacia afuera antes que hacia adentro.
Y al mismo tiempo, sin contradicción, esa gramática importada hizo un trabajo local que ninguna otra instancia hacía. En la ausencia de un Estado capaz de censar, educar e integrar, y de un mercado editorial autónomo, la Comisión Corográfica, El Argos, El Neogranadino, El Mosaico y las láminas de Torres Méndez fueron la infraestructura simbólica que produjo la imagen de una nación. Vergara y Vergara editando el Museo de cuadros de costumbres y fundando la Academia Colombiana; Ancízar sembrando el interés por el paisaje y las costumbres en los jóvenes desde las páginas de El Neogranadino; los colaboradores de El Mosaico discutiendo si el pueblo colombiano debía definirse contra el pasado colonial o contra las reformas modernas: todo ese trabajo llenaba el hueco que dejaban las instituciones. La indistinción de géneros en el letrado del XIX —científico, político, poeta, cartógrafo, editor a la vez— no fue defecto sino condición: el país no tenía todavía instituciones especializadas que permitieran la división del trabajo intelectual.
Ambas dimensiones se refuerzan mutuamente. Precisamente porque el aparato era europeo y confería legitimidad exterior, servía para la disputa interna entre proyectos rivales; y precisamente porque la disputa interna era intensa y sin árbitro institucional, los contendientes se apoyaban en la autoridad del código europeo para pesar más que el adversario. Una nacionalidad imaginada estructuralmente subordinada al mercado editorial extranjero y, a la vez, un campo de batalla ideológico propio con efectos internos duraderos.
Los efectos han sido duraderos y desiguales. La construcción del tipo antioqueño —blanco, laborioso, expansivo— fue el núcleo ideológico más eficaz del período, porque articuló en un solo gesto blanqueamiento racial, ética capitalista y legitimación de la colonización de territorios representados como vacíos. Preparó el terreno cultural para el auge cafetero y para la imagen que Antioquia dio de sí misma en la revista Voces y en la producción literaria abundante del último cuarto del XIX. La representación de las periferias —Putumayo, Chocó, Sierra Nevada, Guajira— como reverso de la nación fue el mecanismo más duradero, porque no requería ni Estado fuerte ni mercado editorial propio: bastaba con el silencio, con la ausencia de representación positiva, para producir el vaciamiento simbólico que habilitó el despojo material que las cifras del Magdalena Medio documentan. La imagen de la costa como enervante, africana, anómala frente a la civilización andina, sedimentó una desconfianza estatal hacia el litoral cuyos ecos siguen operando.
Lo que queda abierto
Hasta qué punto la formación colombiana de Reclus alimentó específicamente su geografía anarquista posterior, y cuánto de esas matrices críticas migraron hacia intelectuales colombianos del siglo XX, es una pregunta viva: el vínculo es plausible por la biografía —el fracaso agrícola en la Sierra Nevada, el regreso a Europa, la obra publicada sobre el viaje— pero la filiación intelectual está por trazarse.
Tampoco está demostrado que las jerarquías raciales de los viajeros entre arhuacos —presentados como dóciles y receptivos— y guajiros —presentados como indómitos— hayan modelado directamente las políticas indigenistas del siglo XX, aunque los estereotipos regionales sobre la Sierra y la Guajira muestran una notable continuidad con esas caracterizaciones decimonónicas.
Otro nudo pendiente es el vínculo entre el paso del paradigma miasmático al microbiológico —central para entender la reconfiguración del poder estatal sobre las poblaciones costeñas de fines del XIX y principios del XX— y la representación literaria del clima costero como enervante. Que ambos discursos convergían es evidente; su articulación institucional está por escribirse.
Y en el fondo late una pregunta más difícil: cuánto de la construcción imaginaria del país descansa sobre el silencio y no sobre la representación positiva. El Chocó, el Putumayo y buena parte de la Amazonía aparecen en el archivo del XIX menos por lo que se dice de ellos que por lo que no se dice. Ese vacío también significa, y significa en dirección al despojo.
La nación imaginada por la Comisión Corográfica, por El Mosaico y por los viajeros europeos —esa nación jerarquizada por climas y razas, expansiva desde Antioquia, sospechosa de sus costas, indiferente a sus periferias— sigue siendo, con desplazamientos y resistencias, la nación con la que Colombia opera. Que haya sido producida con herramientas ajenas no la hace menos propia; que haya sido campo de batalla interno no la hace menos legítima ante la mirada exterior. Fue las dos cosas a la vez, y por eso pesa.