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Una historia del territorio

Bello

Bello nació como Hato Viejo, el más antiguo de los hatos ganaderos del Valle de Aburrá, y durante casi tres siglos existió como caserío rural subordinado a Medellín, sin acta de fundación ni trazado regular.

17 min de lectura38 fuentes

En el norte del Valle de Aburrá, sobre la margen izquierda del río Medellín y a la sombra del Cerro Quitasol, Bello es hoy el segundo municipio más poblado de Antioquia y una extensión conurbada de la capital departamental. Pero llamarlo suburbio de Medellín es leerlo mal. Bello fue durante siglo y medio un territorio con vida propia: primero como Hato Viejo, unidad rural colonial de nombre pastoril; luego, desde principios del siglo XX, como cuna de la industria textil antioqueña, el lugar donde una fábrica y una cascada organizaron el paisaje, reclutaron miles de mujeres campesinas y produjeron una cultura obrera que le dio al municipio fisonomía propia. Esa fisonomía comenzó a resquebrajarse a mediados del siglo pasado y quedó expuesta a partir de los años ochenta, cuando la desindustrialización, el narcotráfico y el desplazamiento forzado convirtieron a Bello en una periferia receptora sin el andamiaje institucional que la industria había sostenido. La historia del municipio es la historia de ese eje —la fábrica, su fuerza laboral femenina, la Iglesia que la reguló— y de su lenta disolución.

Del hato colonial al pueblo de Marco Fidel Suárez

Antes de la conquista, el territorio que hoy conforma Antioquia estaba ocupado por una diversidad de grupos indígenas de filiación mayoritariamente caribe: catíos, emberas, cunas, urabaes y zenúes al occidente y noroccidente; nutabaes en la zona central por donde corre el valle del Aburrá; tahamíes hacia el Magdalena; quimbayas al sur. Cuando Jerónimo Luis Tejelo descubrió el valle en 1541 —el mismo año en que Jorge Robledo fundó la ciudad de Antioquia, que Gaspar de Rodas trasladaría en 1547 hasta convertirse en la actual Santa Fe de Antioquia—, el valle era un corredor habitado y todavía por conquistar. La ocupación española fue lenta y desordenada, muy distinta de la fundación regular que las ordenanzas de Felipe II de 1573 prescribían para las ciudades del imperio.

Esas ordenanzas mandaban que los pueblos de indios se establecieran con trescientos vecinos, plaza mayor de 180 varas en cuadro, iglesia construida "lo mejor que pudieren", calles rectas de 14 varas de ancho, manzanas cuadradas de 80 varas de lado, casa para el cacique "mayor y mejor que las otras" y hospital. Santa Fe, Tunja, Vélez, Cali, Popayán y Pasto obedecieron desde su nacimiento a esa geometría. Medellín, y con ella el valle del Aburrá, parece haber sido una excepción: la ocupación se hizo por hatos, mercedes y estancias, sin la cuadrícula fundacional que dio forma a otras urbes coloniales. Hato Viejo pertenece a esa lógica dispersa. Su nombre —el hato antiguo, el más viejo de los hatos del valle— sugiere una unidad ganadera de larga data más que una fundación con acta y trazado. Aparece consolidado como partido en 1574 y durante casi tres siglos existió como caserío rural subordinado a Medellín, dedicado al pastoreo, la agricultura de subsistencia y el paso de arrieros hacia el norte.

Ese estatus subalterno se rompió simbólicamente el 20 de abril de 1855, cuando nació allí Marco Fidel Suárez, hijo natural de una lavandera. Suárez llegaría a ser presidente de Colombia entre 1918 y 1921, canciller, gramático de reputación continental y autor de los Sueños de Luciano Pulgar. La coincidencia entre el ascenso de Suárez y el ascenso institucional del pueblo no fue casual: en 1883 Hato Viejo cambió su nombre por el de Bello, en homenaje al humanista venezolano Andrés Bello, y en 1913 fue erigido en municipio, con jurisdicción sobre las veredas circundantes y los corregimientos de San Félix y otras localidades rurales de altura. El municipio recién nacido tenía dos referentes de prestigio: el hijo ilustre que representaba la elevación intelectual antioqueña, y una fábrica que estaba a punto de organizar su territorio de un modo que nadie previó.

La fábrica y la cascada

El sitio escogido para la primera fábrica textil de Antioquia quedaba en las cercanías de Medellín, en las soleras de Hato Viejo, aprovechando una caída de agua de unos 300 caballos de fuerza —de los cuales al comienzo solo se aprovechaban 150—. El emplazamiento no fue casual: el capital comercial y minero antioqueño acumulado entre 1820 y 1870, con el control del café y el transporte por el Magdalena, buscaba a comienzos del siglo XX un destino industrial, y la topografía del norte del valle ofrecía agua caída, terreno plano y cercanía al mercado de Medellín. La primera empresa textil montada en el sitio sucumbió hacia 1904, en medio de una crisis bancaria que hizo más estragos en Antioquia que en el resto del país. Un nuevo grupo la tomó y en 1906 la fábrica volvía a moverse, todavía con instalación imperfecta: había gastado más de 300.000 pesos en su montaje, tenía 102 telares en operación de una capacidad de 300, y empleaba unas 150 personas, casi todas mujeres, más algunos técnicos extranjeros.

Hacia 1910 la fábrica había duplicado su capacidad, consumía los 300 caballos de fuerza generados por la cascada cercana y empleaba más de 500 obreros. Ese salto convirtió al pequeño municipio en algo insólito para la Colombia de entonces: un enclave manufacturero de escala nacional. Coltejer, fundada en 1907 en Medellín, iba en la misma dirección: hacia 1915 poseía activos avaluados en 470.000 pesos, operaba unos 140 telares y empleaba 150 obreros. Las dos empresas antioqueñas figuraban en las primeras décadas del siglo XX entre los mayores establecimientos textiles del país, superadas solo por la fábrica Obregón en Barranquilla; el conjunto de las empresas antioqueñas representaba más de la mitad del capital de las diecisiete textileras registradas en Colombia. La industrialización nacional avanzaba primordialmente sobre el sector textil y las manufacturas antioqueñas, que hacia mediados del segundo decenio contaban también con fábricas de fósforos, cigarrillos, chocolates, gaseosas, calzado, vidrio y loza, varias fundiciones y la ferrería de Amagá. En ese mapa, Bello era el vértice septentrional.

La empresa que nació en las soleras de Hato Viejo terminaría llamándose Fabricato —la Fábrica de Hilados y Tejidos del Hato— y su modernización tecnológica marcó época. En 1923, cuando la mayoría de las textileras nacionales mantenía equipos con más de veinte años, Fabricato compró y montó, con técnicos extranjeros, 100 telares Draper, 4 Crompton y 2 Jiggers, todos automáticos. Esa apuesta por la técnica —telares que exigían menos operarias por máquina pero mayor destreza— definiría el perfil del municipio durante medio siglo: Bello no era solo una fábrica, era la fábrica más moderna del país.

Las obreras

El material humano de esa modernidad tuvo un rostro específico y sistemáticamente subordinado en la memoria oficial: el de mujeres jóvenes, solteras, campesinas, alfabetas, sin experiencia previa. Una muestra de la gran industria antioqueña en los años veinte y treinta permite reconstruir el perfil con precisión inusual. La proporción de mujeres solteras en la fuerza laboral era muy alta. Ninguna había trabajado antes en industria; llegaban directamente del campo. Cerca del noventa por ciento sabía leer y escribir, un dato que sugiere una fuerza de trabajo relativamente calificada para la época y una selección deliberada de las empresas: no querían a cualquiera. En contraste, alrededor del treinta por ciento de los hombres reclutados venía de otra ocupación laboral previa, aunque no de trilladoras.

Esa composición no era casual. La industria antioqueña prefería mujeres solteras por razones que iban más allá del salario: eran, en el imaginario patronal, dóciles, disciplinables, no tenían obligaciones domésticas de esposas y podían ser vigiladas en su moralidad. Jóvenes campesinas migraban solas hacia el valle en busca de trabajo fabril, un fenómeno que impresionaba a las observadoras contemporáneas. Llegaban a un municipio donde no tenían familia, donde la fábrica organizaba la jornada, la Iglesia organizaba la conducta y la empresa organizaba el techo. En un estudio de 1940, cerca del sesenta por ciento de las familias de trabajadores de Medellín vivían en arriendo, y el hacinamiento de las viviendas populares obreras había sido denunciado desde principios del siglo XX como anti-higiénico "tanto para el cuerpo como para el alma".

La respuesta institucional a esa vulnerabilidad —joven, sola, en la ciudad, en la fábrica— tomó la forma de dormitorios para trabajadoras industriales, distinguidos en la nomenclatura de la época de instituciones como el Dormitorio de Limpiabotas y Niños Desamparados. Eran espacios de vivienda colectiva que resolvían el problema del alojamiento y al mismo tiempo permitían un control moral estrecho. Complementaban el aparato de disciplina fabril y prefiguraban lo que sería la marca de la cultura obrera bellanita: una combinación de trabajo asalariado moderno con regulación tradicional de la vida privada, sostenida por una alianza tácita entre empresarios, Iglesia y élites.

Esa alianza tenía sus contradicciones. Las mismas élites que pregonaban públicamente el matrimonio católico y la fidelidad conyugal admitían en privado que el hombre tuviera amantes, y reconocían legalmente la existencia de zonas de prostitución con restricciones de ubicación. La moralidad estricta era para las obreras. La ambivalencia se explica menos como hipocresía que como estructura: la moral pública era el instrumento de gobierno sobre la nueva clase trabajadora femenina, y esa clase era mayoritaria en la fábrica que sostenía al municipio.

El catolicismo social como andamiaje

La difusión de la encíclica Rerum Novarum —promulgada en 1891— coincidió en Colombia con la Regeneración y con el predominio de la intransigencia católica, lo que hizo que la polémica política ocupara las fuerzas de los católicos y dejara de lado, durante años, la dimensión social del documento. La aplicación práctica llegó tarde. A partir de la primera y segunda décadas del siglo XX, miembros del clero colombiano comenzaron a impulsar proyectos en favor del bienestar de la naciente clase obrera, y la institución eclesiástica asumió un papel preponderante en la aplicación del catolicismo social. En Antioquia ese papel fue especialmente denso, y en Bello encontró un terreno predilecto.

El catolicismo social tuvo desde el comienzo una función competitiva frente al naciente socialismo de inspiración marxista. La Iglesia sabía que la fábrica producía obreros y que los obreros, en Barrancabermeja o en la zona bananera, empezaban a articular un lenguaje distinto —el de la huelga, la solidaridad, el radicalismo social—. En Bello, donde la fuerza laboral era en su mayoría femenina y provenía del campo católico, el margen de la Iglesia era mayor: podía llegar antes que el sindicato, ocupar el espacio del ocio, del alojamiento, de la formación moral. Los ritos de iniciación de organizaciones obreras en los años veinte no excluían las prácticas religiosas tradicionales, lo que evidencia una coexistencia —tensa pero real— entre identidad religiosa e identidad de clase. La obrera de Fabricato podía cantar el himno del sindicato incipiente y persignarse antes de entrar al telar sin sentir contradicción.

Ese arreglo funcionó mientras la fábrica creció. La clase obrera colombiana de los años veinte fue desarrollando valores propios —cooperación, solidaridad, cierto radicalismo—, pero en Bello esos valores se filtraron a través de una malla católica que los desactivaba en su punta más combativa y los canalizaba hacia el mutualismo y la piedad. Un matiz importante: la identidad obrera bellanita, tan a menudo celebrada como cohesión propia, fue en buena medida un producto administrado. La fábrica ofrecía el salario, la Iglesia el marco simbólico, las élites el consenso; la obrera lo habitaba. Cuando ese andamiaje empezara a resquebrajarse, hacia mediados del siglo, aflorarían nuevos elementos de identidad obrera en las generaciones subsiguientes —más laicos, más urbanos, más contenciosos—, y con ellos el municipio entraría en una fase distinta.

De municipio industrial a periferia metropolitana

Hasta las primeras décadas del siglo XX no se consolidaron en Colombia cuatro ciudades como cabezas regionales: Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla. Medellín ascendió sobre la base del cinturón industrial del Valle de Aburrá, y Bello fue una pieza central de ese cinturón: aportaba la textilera pionera, la modernidad tecnológica de Fabricato y una masa obrera que llegaba a superar los quinientos empleados en una sola planta. El municipio creció alrededor de la fábrica —barrios obreros, comercio de portería, servicios de transporte hacia Medellín— y su plaza principal, con la iglesia parroquial dedicada al Santísimo Salvador y la Virgen, articulaba la vida cívica con la vida devocional. La Placita de Flórez, hoy asociada al mercado tradicional del norte del valle, formó parte de ese tejido de intercambio entre la zona rural circundante y el núcleo urbano fabril.

Las violencias bipartidistas de las décadas de 1950 y 1960 marcaron el primer gran momento de transformación urbana en Colombia. Las ciudades recibieron masivamente población desplazada, y Bello, por su condición conurbada con Medellín y su oferta laboral, comenzó a recibir migrantes que ocupaban zonas de borde, arrabales y periferias. Al mismo tiempo, la industrialización sostenida atraía trabajadores de otros municipios antioqueños. El casco urbano se extendió hacia el norte y hacia las laderas, absorbiendo veredas y sobrepasando la Vereda Hato Viejo original. Barrios como Niquía y París se consolidaron en ese ciclo, primero como sectores obreros con algún grado de planificación, luego como zonas de crecimiento no planificado que desbordaron la capacidad municipal.

Ese crecimiento coincidió con el declive relativo de la industria textil. La articulación entre lo urbano y lo rural en Colombia nunca fue garantizada desde los primeros ciclos fundacionales, y las economías de enclave —con inversiones concentradas en zonas de extracción primaria— habían producido históricamente un desarrollo regional altamente fragmentado. Bello, que había sido excepción a esa fragmentación por casi medio siglo, empezó a padecerla. En los años ochenta, Coltejer, Fabricato, Tejicóndor y Celanese —las grandes textileras con raíces en el despegue industrial antioqueño— enfrentaron una reducción de ventas superior al veinte por ciento ante la competencia de importaciones: 150 millones de metros de tela ingresaron al país en 1980, equivalentes a la cuarta parte de la producción nacional. La fábrica dejó de ser el eje del municipio. Los obreros dejaron de ser el sujeto social dominante. Y la identidad que la industria había producido —disciplinada, católica, cohesionada— quedó sin la máquina que la sostenía.

El norte del narcotráfico

La década de 1980 trajo un actor que reorganizó el Valle de Aburrá sin necesidad de fábricas ni de trazado urbano. Los capos del cartel de Medellín invertían su dinero principalmente en el sur del valle —fincas, hoteles, urbanizaciones de lujo en El Poblado y Envigado—, mientras que en el norte, donde queda Bello, su principal gasto era el capital humano: el ejército de los narcos. Los jóvenes desempleados o subempleados de los barrios populares del norte —hijos y nietos de aquellas obreras textileras que ya no tenían fábrica que ofrecerles como destino— se convirtieron en material de reclutamiento del sicariato. Medellín y Cali fueron reconocidas a finales de los años ochenta como ciudades donde los traficantes operaban con impunidad comprada con dinero y donde el temor de sus sicarios paralizaba especialmente al poder judicial.

En ese contexto surgieron sistemas paralelos de justicia penal: escuadrones de la muerte integrados por personas tan heterogéneas como policías fuera de servicio y sicarios de traficantes, encargados de eliminar a quienes se consideraban indeseables. Los recursos del narcotráfico ingresaron masivamente a la política colombiana desde principios de los años ochenta, con señalamientos sobre posibles aportes del cartel de Medellín a las campañas presidenciales de 1982, tanto la de Alfonso López como la de Belisario Betancur. La política municipal del norte del valle no fue impermeable a ese ingreso.

Al mismo tiempo, el conflicto armado urbano se instalaba. La presencia guerrillera en Medellín se remonta a los años sesenta, y la de paramilitares a comienzos de los años ochenta. Las milicias populares —las Milicias Populares del Pueblo y para el Pueblo, las MPVA— tuvieron origen vinculado al ELN, aunque con el tiempo se distanciaron de ese tronco. El ELN y el M-19 tomaron la decisión estratégica de penetrar áreas urbanas: sembraban primero terror, luego usaban la persuasión para negociar con pandillas e incorporarlas a sus filas. Los paramilitares replicaron después una estrategia similar. Los barrios periféricos del nororiente y del norte del valle —incluyendo sectores de Bello— quedaron atravesados por esa disputa entre milicias, bandas y, más tarde, bloques paramilitares.

La zona nororiental de Medellín fue objeto de intervención prioritaria por parte de la Consejería Presidencial en los años noventa, en el marco de planes como Medellín tiene Norte, orientados a remediar el déficit de inversión física y social asociado a la violencia. Bello, conurbado, participaba de esa geografía y de esa intervención, pero su propia condición municipal —con administración separada, recursos menores y un aparato institucional local menos desarrollado que el de Medellín— lo dejó frecuentemente en un lugar intermedio: demasiado cerca de la capital para tener autonomía real, demasiado grande y periférico para ser adecuadamente atendido.

Desplazados, fronteras invisibles, memoria dividida

En las dos décadas previas a 2004, el conflicto armado colombiano llevó a aproximadamente 3.200.000 personas a buscar asilo en ciudades grandes e intermedias. Bello recibió una parte significativa de ese flujo, sobre todo desde municipios del oriente antioqueño golpeados por la guerra —San Carlos entre ellos—, del Urabá y del Bajo Cauca. Las personas desplazadas llegaban principalmente a barrios periféricos, donde encontraban nuevas situaciones de violencia por parte de bandas armadas, lo que reactivaba las memorias del horror vivido en sus lugares de origen. Algunas familias desplazadas de San Carlos que llegaron a barrios periféricos del área metropolitana se vieron afectadas por nuevos enfrentamientos entre bandas y fueron forzadas a desplazamientos adicionales, dentro de la misma ciudad receptora.

El desplazamiento forzado no garantizaba seguridad. Los recién llegados se instalaban en zonas donde el conflicto entre bandas continuaba activo. En barrios como París, Niquía y sus alrededores septentrionales, así como en los sectores más altos hacia las laderas orientales, se configuraron fronteras invisibles: líneas no marcadas en el mapa pero conocidas por los vecinos, cuyo cruce podía costar la vida. El conflicto armado en Medellín y en el norte del valle no fue coyuntural sino estructural, con actores que se transformaron, se disputaron, se aliaron y en algunos casos se disolvieron por negociación con el Gobierno, sin que el sustrato de control territorial armado desapareciera del todo.

Esa dinámica reconfiguró la memoria del municipio. Bello ya no se recordaba a sí mismo principalmente como pueblo mariano, cuna de Marco Fidel Suárez o capital textilera. Se recordaba —en sus habitantes más jóvenes— como un lugar de barrios peligrosos, de combos, de límites entre cuadras. La memoria oficial siguió sosteniendo los referentes tradicionales: el busto de Suárez, la plaza principal, el santuario, la referencia orgullosa a Fabricato. La memoria vivida se organizaba por rutas seguras, por horas en que se podía o no se podía transitar, por apellidos de familias que habían perdido a alguien.

La identidad que persiste

Reducir a Bello a esa fractura sería, sin embargo, injusto. Persisten en el municipio capas de identidad que sobrevivieron a la desindustrialización y a la violencia. La cultura del trabajo, heredada de las obreras textileras y de aquellos artesanos que precedieron al obrero industrial como figura dirigente de las luchas sociales colombianas en las primeras dos décadas del siglo XX, sigue siendo un referente. Las organizaciones fundadas por artesanos —la Unión de Industriales y Obreros en 1904, la Unión Obrera Colombiana en 1913— transmitieron a los obreros una tradición organizativa que en Antioquia, aunque tamizada por el catolicismo social, dejó huella. En Bello ese sedimento persiste en las asociaciones barriales, en las juntas de acción comunal, en la memoria familiar del turno en la fábrica.

Persiste también el sustrato antioqueño más profundo, el del tipo humano que un cronista describió con cualidades y defectos de minero, presumiendo encontrar en todos los flancos de la vida nuevos filones para explorar. Los mazamorreros antioqueños del siglo XIX —en su mayoría descendientes de esclavos o mestizos, con una cultura laboral altamente móvil, y de los cuales quizá una tercera parte eran mujeres— extrajeron aproximadamente una cuarta parte del oro exportado desde la provincia. Esa movilidad, esa disposición a buscar y a rebuscar, se transmitió a la fábrica y sobrevive al colapso de la fábrica. En los sectores populares de Bello se comercia, se rebusca, se emprende de mil maneras informales: no es solo pobreza, es una gramática cultural.

Y persisten los símbolos. El Cerro Quitasol domina la vista del norte del valle y es referente identitario del municipio: caminata, mirador, lugar sagrado laico. El corregimiento de San Félix, en altura, conserva un aire rural que contrasta con la densidad urbana del casco. Las procesiones marianas, las fiestas patronales, la parroquia central mantienen un calendario ritual denso. La estatua de Marco Fidel Suárez —el niño humilde que llegó a la presidencia— sostiene un relato de movilidad social que en su contexto es tan cierto como excepcional.

La tensión de Bello es que todas esas capas conviven sin sintetizarse. El municipio oficial —mariano, industrial, presidencial— existe en las placas, los discursos, los himnos. El municipio vivido —migrante, precario, atravesado por fronteras— existe en las calles. Entre uno y otro, la fábrica ya no media. La Iglesia media menos que antes. El Estado local media parcialmente. Lo que queda es un municipio de casi medio millón de habitantes, conurbado con Medellín por el sur, extendido hacia Copacabana y Girardota por el norte a lo largo del río, con un metro que lo articula al sistema metropolitano y con una historia industrial que le dio, durante casi un siglo, algo raro en Colombia: una identidad municipal construida sobre el trabajo y no sobre la hacienda, la parroquia o la guerra.

Esa identidad quedó frágil. Pero quedó. Y explica por qué, cuando en el resto del Valle de Aburrá se habla de Bello, se habla de un lugar y no de un barrio de Medellín. Es la diferencia que hicieron la cascada, los telares, las obreras solteras y alfabetas, la parroquia atenta, el sindicato incipiente, y el largo siglo en que Hato Viejo dejó de ser hato para volverse ciudad sin dejar del todo de ser pueblo.

Conexiones

El territorio en el archivo

Dónde aparece y con qué se relaciona

Fuentes

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

34 documentos · 38 fragmentos
01
Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · p. 18
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d el territorio que hoy conforma lepartamen Antioquia estaba ocupado por numerosos grupos indigenas, en su mayor p: caribes, entre los cuales podemos citar a los catio, embera, cuna, uraba y zen en la parte occidental y noroccidental (cuenca del Atrato y alto Sinu); los nutaba en la zona central; los tahami hacia el…

p. 18
02
Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 196
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las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…

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las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…

p. 196
03
Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 403
1 cita
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probable que no llenaran inicial mente los requisitos formales con que hoy las conocemos, sino que se tratara de meros campamentos militares en tanto las condicio nes generales permit í an su evoluci ó n hacia formas m á s estables por sus necesidades pol í ticas, administrativas y comerciales, y, por ende, a una…

p. 403
04
Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 28
1 cita
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de instancias inferiores y con funciones consultivas en los asuntos de administración y gobierno. La administración militar se mantuvo en manos del gobernador, que recibía por lo tanto en forma simultánea el título de capitán general. Los españoles usualmente fijaron su residencia en las Indias, de acuerdo con la…

p. 28
05
Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · p. 629
1 cita
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un poco de exageración se ha dicho que la maquinaria de esta primera de las empresas textiles de Antioquia «fue hecha en los talleres de Robledo 826 ». Y al propio tiempo se desataba aquella crisis bancaria de 1904, que hizo más estragos en Antioquia que en el resto del país. La primera empresa sucumbió. 826…

p. 629
06
Empresas y empresarios en la historia de Colombia. Siglos XIX-XX. Una colección de estudios recientesCarlos Dávila Ladrón de Guevara (compilador) · 2003 · p. 529
1 cita
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o d u c t o r e s antioqueños” 1 8.No podía f a l t a r e s e s e n t i d o d e lgremio que c a r a c t e r i z ó a l o scomerciantes medellinenses y que años después d a r í alu g a ral ac r eación de l aCámara de Comercio. Pero Carlos E.Restrepo no s ó l o representaba c a s a se x t r a n j e r a ss i n oa c a s a…

p. 529
07
Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · p. 285
1 cita
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empleados. Hacia 1910, su capacidad productiva se había duplicado, la planta con- sumía unos 300 caballos de fuerza de electricidad generada por una 35 Oliver La Farge ha escrito en términos similares sobre la experiencia de Guatemala con el cultivo del café. La Farge considera que el advenimiento de la producción y…

p. 285
08
Nueva Historia de Colombia, Vol. V: Economía, Café, IndustriaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jesús Antonio Bejarano Ávila, Jorge Orlando Melo, Bernardo Tovar Zambrano, José Antonio Ocampo Gaviria, Juan Manuel Santos Calderón, Charles Bergquist, Alberto Mayor Mora, José Olinto Rueda Plata, Carlos Esteban Posada Posada, Juan José Echavarría Soto, Juan Felipe Gaviria Gutiérrez, Guillermo Eduardo Perry Rubio · p. 330
1 cita
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Fábrica de Hilados y Tejidos Samacá, fundada el 23 de diciembre de 1905, durante el gobierno de Rafael Reyes. Allí se efectuó una de las primeras huelgas en la historia industrial del país, en 1921, ya en plena recuperación de la crisis económica de 1920. adicionó también una planta termoe- léctrica a la de El…

p. 330
09
Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 330
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encontraban en Antioquia (ocho en Medellín y una en Sonsón); además, de los $2.389.400 que representaba el capital de las 17 empresas, un poco más de la mitad correspondía a las nuevas empresas antioqueñas, aunque para entonces el mayor establecimiento textil era la fábrica Obregón en Barranquilla, seguida por las…

p. 330
10
María Cano, la Virgen RojaBeatriz Helena Robledo · 2017 · p. 100
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Antioquia y Amagá. Los trenes transportaron a mediados de los años veinte más de ciento cincuenta mil personas por mes. Por la misma época transitaron unas cinco mil personas y más de mil trescientos vehículos, cada hora, por Carabobo, la principal calle del barrio, y a la plaza de mercado ingresaron no menos de…

p. 100
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Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 236
2 citas
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la Costa un tipo de hacienda que inmovilizara cantidades apreciables de arrenda- tarios), a lo cual se sumó el arribo de un núcleo pequeño de inmigrantes sirio-libaneses, judíos del este europeo, alemanes e italianos, que montaron un número apreciable de comercios de importación y varias industrias. Según Nichols, "en…

p. 236
[13]

la Costa un tipo de hacienda que inmovilizara cantidades apreciables de arrenda- tarios), a lo cual se sumó el arribo de un núcleo pequeño de inmigrantes sirio-libaneses, judíos del este europeo, alemanes e italianos, que montaron un número apreciable de comercios de importación y varias industrias. Según Nichols, "en…

p. 236
12
Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945Mauricio Archila Neira · 1992 · p. 79
1 cita
[14]

bajas que se concentraban en la zona de Guayaquil ("Crecimiento y Cambio Social en Medellín, 1900-1930", Estudios Sociales, No. 1, 1986 pp. 188-189 y 251). (60) Hernán D. Villegas, "Facetas..." pp. 44-48. Según el diario conservador La Defensa, los trabajadores vivían en chozas primitivas o en habitaciones de una sola…

p. 79
13
Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · p. 416, 443
2 citas
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obreras otro tipo de posturas que nos permiten identificar la existencia de unas mujeres que, a su manera, intentaron conquistar una mayor autonomía en las fábri- cas y en sus propias vidas cotidianas. Lo que parecía ser un modelo empresarial con posibilidades de una larga vi- gencia histórica, también al promediar…

p. 443
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una po- blación cada vez más numerosa en este medio social donde hace carrera una doble moral, pregonada por unas elites que en público defienden la institución del matrimo-, nio católico y la fidelidad conyugal, pero que en privado le Uín, Imprenta Departamental, 1983, pág. 171. [3 8 9 ] ANA MARÍA JARAMILLO admiten…

p. 416
14
Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850–1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · p. 405
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 dormitories for female industrial workers  Dormitorio de Limpiabotas y Niños Desamparados ,  dormitory for workers  dowry  drinking ,  excessive  habits  moral problem  drug: capital of Colombia  dealers  money  trade  trafficking ,  Duque Botero, G.  Duque, R.  Ebéjico…

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Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850-1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · p. 405
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 dormitories for female industrial workers  Dormitorio de Limpiabotas y Niños Desamparados ,  dormitory for workers  dowry  drinking ,  excessive  habits  moral problem  drug: capital of Colombia  dealers  money  trade  trafficking ,  Duque Botero, G.  Duque, R.  Ebéjico…

p. 405
16
Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · p. 99
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la necesidad de ocuparse de la clase obrera, puesto que aún era embrionaria. Por otra parte, la difusión de la encíclica coincidió con el establecimiento de la Regeneración y el reinado de la intransigencia católica, lo cual hizo que la polémica política ocupara las fuerzas de los católicos, dejando a un lado la…

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Nueva Historia de Colombia, Vol. III: Relaciones Internacionales, Movimientos SocialesÁlvaro Tirado Mejía, Jesús Antonio Bejarano, Fernando Cepeda Ulloa, Rodrigo Pardo García-Peña, Germán Zea Hernández, Luis Vitale, Malcolm Deas, Catherine LeGrand, Mauricio Archila Neira, Rocío Londoño Botero, Pierre Gilhodes, Myriam Jimeno Santoyo · p. 232
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los años veinte según un rito que era el mismo de las sociedades secretas que allí funciona- ban desde mucho antes, con un nuevo lenguaje «socialista». Lo mismo suce- dió, aunque en forma aislada, en dis- tintos sitios como Dagua (Valle), Ba- rrancabermeja y la zona bananera. Ahora bien, explícitamente se decía en las…

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La colonización antioqueña en el occidente de ColombiaJames J. Parsons · 1997 · p. 129
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el comercio derivado de ella, facilitó la acumulación de grandes sumas de capital líquido en las manos de unos pocos. Así, anota Safford, en 1852 el gobierno cedió el monopolio del tabaco en Ambalema a Francisco Montoya, un antioqueño, por ser éste el mayor y más estable capitalista del país. En contraste con los…

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La crisis agraria en Colombia, 1950-1980Santiago Perry · 1983 · p. 26
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Celanese- e infinidad de empresas pequ�ñas; las ventas se redujeron en más del 20% en Coltej er, Fabricato, Tejicóndor y Celanese. Las tres primeras señalaban que mientras el mercado nacio nal se reducía en un 14 o/o, la oferta de géneros extranjeros crecía a un ritmo del 87 %. En 1980 entraron al país, legal mente y…

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El desplazamiento en Colombia: Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez (editoras) · 2005 · p. 95
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reside en los centros urbanos. Esta tendencia se articula, en nuestro caso, con la existencia de un conflicto armado cuasipermanente que ha llevado, en las dos últimas décadas, a 3´200.000 personas a buscar asilo en las ciudades grandes e intermedias (Codhes, 2004). La guerra y los desplazamientos forzados han sido,…

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El desplazamiento en Colombia. Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez · 2005 · p. 95
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reside en los centros urbanos. Esta tendencia se articula, en nuestro caso, con la existencia de un conflicto armado cuasipermanente que ha llevado, en las dos últimas décadas, a 3´200.000 personas a buscar asilo en las ciudades grandes e intermedias (Codhes, 2004). La guerra y los desplazamientos forzados han sido,…

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Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Ensayo introductorioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 49
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estuvo estrechamente vinculado a las dinámicas de la guerra. Al impacto de la industrialización se sumó el desplazamiento forzado como uno de los factores que definió los ritmos, tamaños y dinámicas específicas del crecimiento y transformación de las ciudades. Los primeros ciclos fundacionales 72 no garantizaron la…

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Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 47
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[26]

sería la ampliación del espacio nacional productivo y consumidor y, con ello, «un modelo de poblamiento territorial, de tipo expansivo, basado en el desenvolvimiento del hábitat rural de producción agrícola. […] En menos de cien años se fundan en el país más ciudades que durante los tres siglos de ocupación española»…

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Democracia feroz. ¿Por qué la sociedad en Colombia no es capaz de controlar a su clase política?Gustavo Duncan · 2018 · p. 138
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en el poder, las nuevas clientelas exigían mucho más. El voto, así fuera amarrado, se había valorizado. Quien supiera acceder a mayores recursos para satisfacer las clientelas dispondría de una ventaja significativa en las elecciones. Y no toda la plata iba a provenir de lo público. Otro factor comenzó a desempeñar un…

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Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · p. 141
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eran las únicas fuentes de la violencia periférica relacionada con las drogas. El hecho era que dondequiera que fluyera el dinero del tráfico, la violencia inevitablemente lo seguía. Donde fluía con mayor abundancia, la violencia era más intensa. Medellín y Cali fueron famosas a finales de los años ochenta como…

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eran las únicas fuentes de la violencia periférica relacionada con las drogas. El hecho era que dondequiera que fluyera el dinero del tráfico, la violencia inevitablemente lo seguía. Donde fluía con mayor abundancia, la violencia era más intensa. Medellín y Cali fueron famosas a finales de los años ochenta como…

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Más que plata o plomo. El poder político del narcotráfico en Colombia y MéxicoGustavo Duncan · 2014 · p. 260
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[30]

Ver en revista Semana el artículo “Vuelven los 80”, publicado el 29 de julio de 2006: “Las preguntas sin respuesta sobre la infiltración mafiosa en la política de estos años comienzan con la elección presidencial de 1982 entre Belisario Betancur y Alfonso López. Hasta ahora se había hablado de un encuentro entre…

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Medellín: memorias de una guerra urbanaMarta Inés Villa Martínez, Ana María Jaramillo Arbeláez, Jorge Giraldo Ramírez, Manuel Alberto Alonso Espinal, Sandra Arenas Grisales, Pablo Bedoya Molina, Luz María Londoño Fernández · 2017 · p. 109
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habitantes. No se trató de un fenómeno coyun- tural. En Medellín es posible dar cuen- ta de la presencia de actores como las guerrillas desde los años sesenta, y de los paramilitares desde comienzos de la década de los ochenta. Pero esta per- manencia se ha dado en paralelo con importantes transformaciones que han…

p. 109
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Cambiar el futuro. Historia de los procesos de paz en Colombia (1981-2016)Eduardo Pizarro Leongómez · 2017 · p. 229
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[32]

Jaramillo, las denominaba “grupos insurgentes de carácter urbano”, Jorge Giraldo las califica más apropiadamente como “organizaciones híbridas, entendidas como aquellas en las cuales se conjugan narrativas y prácticas criminales y políticas”. Una cosa es negociar con grupos guerrilleros y otra muy disdnta con…

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The Para-State: An Ethnography of Colombia's Death SquadsAldo Civico · 2016 · p. 183
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city’s population organized self-defense groups; responding to violence with violence, their intention was to cleanse their neighborhoods of crime. Squads of hooded men killed gang members and junkies, known in Medellín as pillos. This is when guerrilla militias, especially the ELN and the M-19, made the strategic…

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San Carlos: Memorias del éxodo en la guerraMartha Nubia Bello Albarracín, Marta Inés Villa · 2011 · p. 202
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San Carlos, 2010) El miedo y la precarización de la vida continúan Si en San Carlos la continuidad del miedo y la zozobra estaba dada por la presencia y el control que ejercían los paramilitares en el casco urbano, en Medellín esto ocurría por el conflicto y las vio- lencias que tienen lugar especialmente en los…

p. 202
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Desplazamiento forzado en la Comuna 13: La huella invisible de la guerraLuz Amparo Sánchez, Marta Inés Villa, Pilar Riaño · 2011 · p. 53
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comunas 21 y cuenta con una población de 19 La homologación de la noción de Comuna con la zona norte de la ciudad y con las expresiones de violencia, narcotráfico y sicariato asociadas a éste como algo connatural, provienen justamente de este período. Esto da lugar, en lo local, a planes como “Medellín tiene Norte”,…

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La colonización antioqueña: una empresa de caminosEduardo Santa · 2016 · p. 45
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ese aliento que los anima, ese perenne anhelar que los mueve y agita. Todos ellos miran el perfil lejano de las montañas como índice de campos abiertos para su acti- vidad creadora, como señal que anuncia oro y riqueza en las tierras que demoran detrás de los ponientes. Los con- duce un viejo ardor y aunque se dicen…

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Los trabajadores en la historia latinoamericana. Estudios comparativos de Chile, Argentina, Venezuela y ColombiaCharles Bergquist · 1988 · p. 348
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de maíz que conformaban la base de su dieta, estos trabajadores comprendían alrededor de cuatro quintas partes de los 15 mil mineros del oro que hubo en' Antioquia en los años de máximo empleo en el siglo XIX. Los' mazamorreros desarrollaron técnicas mineras y una cultura altamente móvil con el fin de aprovechar los…

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Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · p. 33
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Centro Educativo Agualasal 31 Texto 2. Artesanos antes que obreros. En un comienzo, el número de obreros frente a los artesanos era bastante bajo. Por lo tanto, el artesano, un trabajador manual calificado y dueño de su taller o lugar de trabajo, fue el principal encargado de dirigir las luchas y los movimientos…

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