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Una historia del territorio

Zona Bananera

La Zona Bananera es uno de los territorios donde la historia económica, laboral y violenta de Colombia se puede leer directamente sobre el paisaje: en los nombres de sus corregimientos —Sevilla, Río Frío, Guacamayal—, en las trazas del ferrocarril…

17 min de lectura47 fuentes

En el flanco occidental de la Sierra Nevada de Santa Marta, entre la Ciénaga Grande y el pie de monte, se extiende una llanura aluvial que durante más de un siglo ha sido escenario y sustrato de una misma cosa: la economía de enclave bananero. Ese territorio —que administrativamente comprende hoy el municipio de Zona Bananera, creado en 1999 con cabecera en Prado Sevilla, pero que históricamente desborda hacia Ciénaga, Aracataca, Fundación y Pivijay— es uno de los lugares donde la historia de Colombia se depositó en capas visibles. Cada ciclo dejó su infraestructura, su actor dominante y su herida: el ferrocarril y la United Fruit Company a fines del siglo XIX, la masacre de las bananeras en 1928, el retiro gradual de la Frutera de Sevilla entre los sesenta y los setenta, el auge de la marihuana, la reactivación bananera de los ochenta con capital antioqueño, y la violencia paramilitar del Frente William Rivas Hernández entre 2000 y 2006. En pocos lugares del país conviven, sobre el mismo suelo, tantas geologías del poder.

Un enclave con fisuras

Zona Bananera no es un caso más de agricultura de exportación: es la sedimentación territorial de un modelo que la historia colombiana identificó, muy pronto, como Estado dentro del Estado. Entre 1900 y 1930, la United Fruit Company (UFC) construyó allí un dominio que combinaba tierra, ferrocarril, transporte marítimo, contratación indirecta de mano de obra y un sistema propio de pago mediante vales canjeables en comisariatos de su propiedad. En 1921 la compañía era dueña del 59% de la tierra productiva e improductiva de la región bananera del Magdalena, y sus plantaciones se extendían hasta once kilómetros a cada lado de la vía férrea, conectadas por ramales al ferrocarril principal y al muelle de Santa Marta. En Santa Marta levantó una ciudadela; en la llanura, un archipiélago de campamentos con nombres que aún hoy son corregimientos: Sevilla, Río Frío, Guacamayal, Orihueca, Tucurinca, Prado Sevilla.

El enclave magdalenense, sin embargo, nunca fue un dominio total, y allí reside la clave para entender su historia. A diferencia de las contemporáneas repúblicas bananeras de Guatemala, Costa Rica y Honduras —donde la UFC controlaba absolutamente todos los aspectos del comercio—, en el Magdalena la compañía dependía de cultivadores locales, pequeños, medianos y grandes, para al menos la mitad de su producción total. Era un rasgo único entre sus operaciones globales; Ecuador replicaría el modelo décadas después. Esa porosidad estructural —cultivadores contratistas, campesinos que combinaban asalariamiento con parcela propia, colonos que llegaban del interior y de la costa— generó, sin proponérselo, la base social que a la larga desafiaría al enclave desde dentro. La huelga de 1928 no fue el estallido de un dominio hermético: fue el fruto de una porosidad que la propia UFC había necesitado.

El ferrocarril, la fruta y la geografía del monopolio

La historia empieza con el ferrocarril. La concesión de la línea de Santa Marta se otorgó en 1887, y con ella llegó la infraestructura que haría posible el enclave. Minor Cooper Keith, empresario estadounidense pieza clave del imperio bananero centroamericano y cofundador de la UFC en 1899, articuló la lógica que uniría vía férrea, plantaciones y muelle en un solo circuito. Cuando la compañía consolidó su posición en el Magdalena en las primeras décadas del siglo XX, el ferrocarril no era una infraestructura pública que atendía a productores diversos: era el brazo logístico del monopolio.

Ese control fue el arma decisiva. La UFC monopolizó el ferrocarril y el transporte marítimo, y usó ese control para asfixiar a sus competidores. La Sevilla Banana Company desapareció después de 1912; la Atlantic Fruit Company estaba casi extinta en 1915. La compañía se negaba a transportar la fruta de sus rivales o levantaba obstáculos operativos que los forzaban a vender o a quebrar. Al final del proceso, quedaba una sola empresa capaz de sacar el banano al mercado mundial.

Las cifras del auge son elocuentes: las exportaciones desde Santa Marta pasaron de 275.000 racimos en 1900 a 6,5 millones en 1915 y a 10,3 millones en 1929, año en que Colombia era el tercer abastecedor mundial de banano y el producto representaba el 7% de las exportaciones colombianas. En 1928 la UFC contaba con unos 30.000 trabajadores en la zona y se estimaba —con metodología no del todo transparente— que obtenía márgenes cercanos al 100% por racimo vendido. Ese vértigo económico se sostenía sobre un territorio muy concreto: los municipios de Santa Marta, Ciénaga, Aracataca, Fundación y Pivijay, con la llanura entre los ríos Fundación y Córdoba como corazón productivo.

Contratistas, colonos y jornales que atraían

El sistema laboral era la otra pieza del mecanismo. La UFC no contrataba directamente a la mayoría de sus trabajadores: los enganchaba a través de contratistas intermediarios, un dispositivo que le permitía descargar sobre terceros las obligaciones legales y —cuando llegara el momento— sostener que no tenía relación laboral directa con quienes trabajaban en sus fincas. El pago mediante vales canjeables solo en los comisariatos cerraba el círculo: el salario nunca terminaba de convertirse en dinero libre, y el gasto quedaba capturado dentro del propio circuito de la empresa.

Ese sistema convivía, sin embargo, con una realidad social más movediza. Muchos trabajadores mantenían actividades campesinas independientes al margen de la plantación; otros habían llegado desplazados desde Barrancabermeja por la Tropical Oil Company, o migraban desde la costa Caribe y el interior atraídos por los jornales. Hacendados cafeteros de Cundinamarca se quejaban esporádicamente de que sus peones se iban al Magdalena buscando salarios más altos. La expansión bananera aumentó también la presión sobre la tierra: la UFC recurrió en ocasiones a la expropiación de campesinos, y en la zona se fue tejiendo una relación estrecha entre asalariados y colonos, de modo que la protesta terminaría mezclando presión salarial con luchas por la tierra.

En ese caldo se formó el sindicalismo. En 1925 se fundó la Unión Sindical de Trabajadores del Magdalena (USTM), que agrupó tanto a asalariados como a colonos, con influencia inicial anarco-sindicalista y vínculos posteriores con el Partido Socialista Revolucionario. Los trabajadores de los enclaves extranjeros —petroleros y bananeros—, junto con los del transporte, ferrocarriles, puertos y ríos, constituyeron desde 1920 el núcleo más combativo del movimiento obrero colombiano. Entre 1918 y 1923 aparecieron los primeros sindicatos y las primeras huelgas; el proceso desembocaría en 1928.

1928: la huelga, la Ley Heroica y la madrugada de Ciénaga

El año 1928 concentró, en pocos meses, la lógica entera del enclave. En octubre, el Congreso aprobó la Ley de Defensa Social —conocida como Ley Heroica— que prohibía la formación de organizaciones populares y sindicales de oposición, impedía la difusión de ideas socialistas y establecía mecanismos de condena rápida. Varios jerarcas católicos la celebraron con telegramas de felicitación. El ministro de Guerra Rengifo propagaba un discurso que equiparaba la huelga bananera con una amenaza de revolución comunista, narrativa que El Espectador calificó de imaginaria pero que el gobierno de Miguel Abadía Méndez usó para justificar su política represiva.

Cuando la huelga estalló, los trabajadores presentaron un pliego que exigía, entre otros puntos, aumentos salariales, mejoras de vivienda y —crucialmente— el cumplimiento de la legislación laboral colombiana, en particular la relativa a accidentes de trabajo. La UFC se negó a negociar. El argumento fue tan pulcro como cínico: los huelguistas no eran empleados de la compañía, sino de los contratistas. El sistema de intermediación que había abaratado la mano de obra durante años servía ahora para desconocer al interlocutor. Raúl Eduardo Mahecha, organizador de largo recorrido, había organizado sindicalmente a unos 32.146 asalariados; la compañía se negaba incluso a incluirlo en las mesas, y solo bajo presión del Ministro de Industrias aceptó, en episodios previos, dialogar con directivos sindicales rechazando su participación.

El 5 de diciembre el gobierno nacional suspendió las garantías constitucionales y declaró estado de sitio en todo el departamento del Magdalena. La medida se publicó en Ciénaga y Santa Marta en las primeras horas del 6 de diciembre. Según el testimonio que después presentaría Jorge Eliécer Gaitán en el debate parlamentario de 1929, los trabajadores habían sido convocados engañosamente a concentrarse en Ciénaga bajo el pretexto de que el gobernador firmaría allí un acuerdo con la United Fruit Company. El general Carlos Cortés Vargas, con mando militar en la zona, ordenó disparar contra la multitud reunida en Ciénaga —el hecho se ubica tanto en la plaza como en la estación del ferrocarril— en la madrugada del 6 de diciembre.

Las cifras siguen en disputa un siglo después. El propio Cortés Vargas reconoció 47 muertos. Un corresponsal de El Espectador contabilizó, hasta el 13 de diciembre, alrededor de 100 muertos y 238 heridos. Raúl Mahecha, desde el otro extremo del espectro, habló de más de mil. Los cadáveres fueron transportados en carros de basura y enterrados en fosas comunes cavadas por los propios prisioneros, lo que impidió cualquier recuento definitivo. Tras la masacre, Cortés Vargas declaró oficialmente que los huelguistas eran una banda de malhechores y ordenó perseguirlos como a ladrones comunes; al menos cincuenta y cuatro participantes fueron sometidos a consejos verbales de guerra.

La masacre de las bananeras no fue solo un acto de fuerza contra el sindicalismo. Fue la demostración de que el Estado dentro del Estado no era únicamente la UFC: era también la fusión funcional entre la compañía extranjera, el Ejército colombiano y el gobierno conservador, una alianza que la Ley Heroica había institucionalizado dos meses antes. Cuando en 1929 Gaitán protagonizó su debate en la Cámara de Representantes denunciando la actuación del gobierno y del general Cortés Vargas en connivencia con la United Fruit Company en perjuicio de los trabajadores colombianos, no estaba solo pidiendo cuentas por una noche: estaba nombrando una estructura.

Los años de la Frutera y el largo desmontaje

La UFC no se retiró de un día para otro. La Segunda Guerra Mundial obligó a la compañía a suspender totalmente las exportaciones de banano desde Colombia durante cinco años, y de esa interrupción salió una empresa disminuida. Después de la guerra perdió su monopolio en Santa Marta y comenzó a replegarse de la producción directa, vendiendo o arrendando tierras a cultivadores colombianos. A principios de los años sesenta inició el proceso de abandono definitivo de la zona bananera del Magdalena, aunque el retiro de su filial —la Compañía Frutera de Sevilla— se completó de forma gradual, con efectos que se prolongaron hasta finales de los setenta.

La Frutera de Sevilla ocupaba 50.000 hectáreas entre los ríos Fundación y Córdoba, con un distrito de riego propio y una red ferroviaria interna. Su retiro reorganizó el mapa social del territorio: parte de las tierras fueron vendidas a grandes empresarios que ya explotaban las plantaciones bajo contratos de arrendamiento; otra parte fue donada al INCORA para redistribución entre cientos de campesinos que también habían trabajado en la zona. Esa doble salida —concentración por un lado, parcelación por otro— dejó una estructura agraria heterogénea, con grandes propietarios coexistiendo con pequeños parceleros y con corregimientos formados en torno a las antiguas estaciones ferroviarias.

El costo para el mundo del trabajo fue alto. La fragmentación del empleador —de una compañía única a una constelación de propietarios— desarticuló al movimiento obrero de la región. Los sindicatos se dividieron, la membresía disminuyó y las condiciones de vida declinaron. La misma zona que en 1928 había concentrado el sindicato mejor organizado del país y una porción significativa del socialismo militante entraba en un ciclo de dispersión.

Mientras tanto, la UFC se instalaba en Urabá bajo el nombre de Compañía Frutera de Sevilla, que después se llamaría Chiquita Brands. El modelo migraba, pero también cambiaba. En el Golfo, la compañía no invirtió directamente: subcontrató con empresarios de Medellín, haciendo aún más indirecta su relación con los trabajadores. Los salarios rurales de Urabá eran inferiores a los del Magdalena; el abandono estatal, mayor. Cuando en la década de 1960 se produjo también en el Gran Magdalena un auge del algodón —iniciado en Agustín Codazzi en los años cuarenta y extendido a San Diego, La Paz, Valledupar, El Copey y Bosconia— y, poco después, el auge de la marihuana, la vieja zona bananera parecía condenada a la periferia. El declive bananero de finales de los setenta se atribuyó, en buena medida, a la competencia de la propia Frutera de Sevilla desde Urabá.

El regreso del capital y la nueva geografía política

En los años ochenta, cuando el conflicto en Urabá se intensificó, empresas bananeras como Promotora Bananera S.A. (C.I. Uniban) y Banadex S.A. —filial de Chiquita Brands—, junto con inversionistas antioqueños, migraron nuevamente al Magdalena. La zona bananera se reactivó. Esta vez el actor dominante no era una compañía extranjera única sino una red de empresas colombianas, con capital antioqueño de peso, articuladas con exportadoras y con una nueva generación de grandes propietarios. La lógica de enclave se reeditaba en clave nacional, pero conservaba sus rasgos: exportación, dependencia del trabajo asalariado con altos grados de precariedad, concentración de la tierra en pocas manos.

Fue en ese contexto que se creó, en 1999, el municipio de Zona Bananera, segregado de Ciénaga, con cabecera en Prado Sevilla y con jurisdicción sobre corregimientos que eran, en realidad, antiguos campamentos de la UFC: Sevilla, Río Frío, Guacamayal, Orihueca, Tucurinca. La municipalización dio nombre administrativo a una identidad territorial que llevaba un siglo consolidándose: la de un espacio donde el banano no era una actividad económica más, sino la matriz misma de la vida colectiva.

La creación del municipio coincidió con el ciclo más letal de su historia reciente. Desde finales de los ochenta, el paramilitarismo del Magdalena Medio había comenzado a expandirse hacia Córdoba y Urabá; hacia 1987, Henry Pérez y su padre compraron tierras en Urabá, y en 1988 coordinaron con Fidel Castaño las primeras masacres en la zona bananera antioqueña. Ese eje se desplazó luego hacia Urabá durante los noventa, cuando los hermanos Castaño y las ACCU/AUC la convirtieron en plataforma de expansión nacional. En el Magdalena, la Sierra Nevada, la Ciénaga Grande y la propia zona bananera quedaron atrapadas en el avance de estructuras paramilitares vinculadas al Bloque Norte de las AUC, comandado por Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40.

El Frente William Rivas y la violencia antisindical

El Frente William Rivas Hernández, comandado por José Gregorio Mangones Lugo, alias Carlos Tijeras —con Luis Ortiz Garrido, alias El Médico, como subcomandante entre marzo de 2002 y septiembre de 2003—, operó en los municipios de Ciénaga, Pueblo Viejo, Zona Bananera, Fundación, El Retén y Aracataca. Según la Unidad Nacional de Justicia y Paz de la Fiscalía General de la Nación, acumuló 8.523 crímenes atribuibles correspondientes a 6.384 víctimas. Cometió varias masacres en Ciénaga y Zona Bananera entre 2000 y 2002.

En el marco de los procesos de Justicia y Paz emergió un patrón que tenía ecos inquietantes de 1928. Integrantes de grupos paramilitares habrían asesinado selectivamente a trabajadores sindicalizados de fincas bananeras y a directivos de Sintrainagro en la Zona Bananera, en connivencia con grandes propietarios, bajo la retórica de estigmatizarlos como guerrilleros. La fórmula era la misma que había justificado la masacre de 1928 —presentar la protesta obrera como amenaza revolucionaria—, pero ahora los ejecutores no eran soldados del Ejército sino combatientes de una estructura paraestatal, y los aliados no eran una compañía extranjera sino grandes propietarios bananeros nacionales.

La continuidad estructural es difícil de ignorar. En 1928 la alianza entre la UFC, el Ejército y el gobierno conservador convirtió una huelga en una masacre y a los huelguistas en malhechores. Setenta años después, la alianza entre grandes propietarios, paramilitares y omisión estatal convirtió a los sindicalistas en objetivos militares bajo el rótulo de subversivos. Cambiaron los actores; el patrón —violencia antisindical amparada por una narrativa de amenaza a la nación— se mantuvo. La zona bananera, en ambos momentos, mostró que en el modelo agrario exportador colombiano la organización de los trabajadores ha tendido a ser tratada como problema de orden público antes que como interlocución laboral.

Nombres, corregimientos y el mapa de una memoria

El territorio que hoy se llama Zona Bananera está literalmente escrito por su historia. La cabecera municipal, Prado Sevilla, remite al viejo dominio de la Frutera. Corregimientos como Sevilla, Guacamayal, Orihueca, Río Frío y Tucurinca fueron estaciones del ferrocarril y campamentos de la UFC; hoy son núcleos poblados con identidad propia. La estación ferroviaria de Ciénaga, escenario de la masacre, sigue en pie como referencia física. En Ciénaga se erigió una estatua en memoria de los mártires de las bananeras.

La lista de nombres asociados al territorio es también la lista de las fuerzas que lo atravesaron. Rafael Uribe Uribe, el general liberal cuya vida y batallas inspirarían al coronel Aureliano Buendía, había sido protagonista de las guerras civiles decimonónicas cuyo cierre —la Guerra de los Mil Días— coincidió con el arranque del enclave. Minor Cooper Keith, cerebro del imperio bananero centroamericano, articuló la infraestructura ferroviaria y frutera que hizo posible la UFC. José Manuel González Bermúdez, gran propietario de la región. Alberto Castrillón y Raúl Eduardo Mahecha, dirigentes de la huelga de 1928. María Cano, la Flor del Trabajo, agitadora nacional del socialismo que en esos años recorría el país. Jorge Eliécer Gaitán, quien convirtió el debate parlamentario de 1929 sobre las bananeras en una de las primeras grandes denuncias de su carrera. Carlos Cortés Vargas, cuyo nombre quedó atado, para siempre, a la madrugada del 6 de diciembre. Y ya en el ciclo más reciente: Miguel Núñez Lemus, Hernán Giraldo Serna —jefe paramilitar de la Sierra Nevada— y Rodrigo Tovar Pupo.

Sobre todos ellos gravita un nombre que reordenó el modo mismo en que Colombia y el mundo miran esta tierra: Gabriel García Márquez. Nació en Aracataca en 1927, un año antes de la masacre, y creció rodeado de sus ecos familiares. En sus memorias contaría que la palabra Macondo le llamó la atención desde sus primeros viajes con su abuelo por la región. Cien años de soledad, publicada en Buenos Aires en 1967, recreó la masacre de las bananeras en una de sus escenas más célebres —los muertos amontonados y transportados en un tren interminable— y transformó el hecho histórico en símbolo universal. La novela alcanzó una difusión global extraordinaria, con cerca de 40 millones de copias vendidas, cifra que la sitúa entre los libros más vendidos de la historia después del Quijote y la Biblia. El coronel Aureliano Buendía, que libra 32 guerras civiles en la novela, bebe de Rafael Uribe Uribe.

Esa consagración literaria tuvo un efecto ambiguo. Por un lado, fijó la masacre en la memoria mundial y le dio una gramática compartida. Por otro, corrió el riesgo de convertir Aracataca y su comarca en escenario turístico de una ficción, desdibujando lo que había sido acontecimiento histórico concreto. En 2006, el alcalde de Aracataca, Pedro Sánchez Rueda, propuso mediante referendo cambiar el nombre del municipio a Aracataca-Macondo para impulsar el turismo aprovechando el vínculo con la obra. La propuesta fracasó, pero delataba una tensión persistente: la de un territorio cuyo pasado es demasiado denso para reducirlo a decorado, y demasiado presente en la vida cotidiana para archivarlo como recuerdo. El testimonio de una pobladora, Margarita —Yo nací en un pueblo sobreviviente de la masacre de las Bananeras—, dice más sobre la relación del lugar con su historia que cualquier promoción turística.

Lo que queda en el suelo

Zona Bananera es, hoy, un municipio pequeño en superficie y grande en peso simbólico. Su economía sigue girando en torno al banano de exportación y a la palma aceitera, en un contexto en el que el capital agrario colombiano —antioqueño, samario, costeño— ocupa el lugar que un siglo antes tenía la UFC. Los corregimientos que fueron campamentos son ahora poblaciones con vida propia, escuelas, iglesias, fútbol y una densidad histórica que se percibe apenas se pregunta por los nombres de las calles. El ferrocarril, columna vertebral del enclave original, ha desaparecido como sistema activo de transporte de fruta; su trazado se adivina, como cicatriz, en la geografía de la llanura.

Lo que persiste no es una estructura, sino un patrón. Cada capa de esta historia —el monopolio de la UFC, la masacre del 28, el retiro de la Frutera, el auge de la marihuana, la reactivación bananera, la violencia paramilitar— se depositó sin borrar la anterior. La connivencia entre capital agrario y violencia, estatal o paraestatal, aparece como la constante que atraviesa los ciclos: en 1928 con el uniforme del Ejército, en los 2000 con el uniforme de las autodefensas, siempre con el mismo lenguaje de estigmatización de la protesta laboral como amenaza a la nación. Pero también persiste, terca, la otra cara: la de los trabajadores que se organizaron a pesar del sistema de contratistas, la de los colonos que sostuvieron la porosidad del enclave, la de los sindicalistas que siguieron afiliándose a Sintrainagro incluso cuando afiliarse podía costar la vida, la de las estatuas y los testimonios y las novelas que se negaron a dejar que el olvido cerrara la herida.

Entender Zona Bananera exige leer simultáneamente esas dos historias. La del poder que se acumuló por capas hasta convertir un pedazo de la llanura magdalenense en uno de los territorios más disputados del país, y la de las grietas que ese poder produjo desde dentro y que nunca terminaron de cerrarse. La zona bananera del Magdalena no es una postal literaria ni un archivo cerrado: es una pieza viva de la historia colombiana, donde el pasado no está detrás sino debajo, y cada nuevo ciclo camina, sabiéndolo o no, sobre lo que quedó.

Conexiones

El territorio en el archivo

Dónde aparece y con qué se relaciona

Fuentes

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

39 documentos · 47 fragmentos
01
Colombia siglo XX: desde la guerra de los Mil Días hasta la elección de Álvaro UribeCésar Miguel Torres Del Río · 2015 · p. 69
1 cita
[1]

(aunque con un solo aparato) y se entregaron cinco proyectos de ley sobre aspectos varios, incluido uno para hacer más efectivo el servicio militar obligatorio. Ciénaga y Líbano Los dos hechos históricos que sintetizan la fuerte y constante movilización obrera, popular y campesina y la respuesta militar del Estado en…

p. 69
02
Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 113, 122
2 citas
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de estos delitos. En el Magdalena funcionaba la United Fruit Company, un enclave agrícola que ocupaba extensos terrenos entre las poblaciones de Ciénaga y Fundación para el negocio del cultivo y la exportación del banano. En 1928, la Yunai obtenía una ganancia de 100% por cada racimo que vendía, contaba con unos…

p. 122
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vez y por todas y para siempre, a ser un revolucionario con las armas, pero no he renunciado a ser un revolucionario y un agitador en el campo de las ideas”, dijo en uno de sus enérgicos discursos en el Congreso 113. Uribe Uribe fue un general insurgente, se desmovilizó y dejó las armas después de la Guerra de los Mil…

p. 113
03
Colombia and World War I and Its Aftermath, 1914–1921Jane M. Rausch · 2014 · p. 50
1 cita
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its dominance by forcing out the other companies and transforming campesi- no (peasant) impresarios into salaried workers. In 1908 the French firm Inmobilière et Agricole de Colombie extended its cultivations toward Aracataca. A year later Manuel Dávila P. founded the Santa Marta Fruit Company; in 1910 Ulpiano A.…

p. 50
04
La tierra se quedó sin su canto. Trayectoria e impactos del Bloque Norte en los departamentos de Atlántico, Cesar, La Guajira y Magdalena. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica, Lukas Rodríguez Lizcano · 2022 · p. 30, 33
2 citas
[4]

entre la costa Caribe y la capital del país (Velázquez, 2011). La llegada del tren a los municipios daba cierta noción de “modernidad”. En ese momento la población fue estremecida por un silbato de resonan- cias pavorosas y una descomunal respiración acezante. Las semanas pre- cedentes se había visto a las cuadrillas…

p. 30
[21]

actualidad, en particular la forma de relacionamientos entre la población y los poseedores de tierra y las formas en las que aún se trata a la clase trabajadora del departamento. Pero del paso de la United por la zona bananera no solo quedan esos regis- tros arquitectónicos. También, como lo anuncia la primera frase…

p. 33
05
El río: exploraciones y descubrimientos en la selva amazónicaWade Davis · 2017 · p. 75
1 cita
[5]

menos lo mismo: casas pintadas con cal, plazas polvorientas, puentes grises sobre ríos de agua sucia. Pero justo bajo la superficie hay una historia de traición y de muerte. A principios de la década de 1920, la United Fruit Company trajo el banano, y con el tren y el telégrafo, los caminos, los correos, las esta-…

p. 75
06
Nueva Historia de Colombia, Vol. III: Relaciones Internacionales, Movimientos SocialesÁlvaro Tirado Mejía, Jesús Antonio Bejarano, Fernando Cepeda Ulloa, Rodrigo Pardo García-Peña, Germán Zea Hernández, Luis Vitale, Malcolm Deas, Catherine LeGrand, Mauricio Archila Neira, Rocío Londoño Botero, Pierre Gilhodes, Myriam Jimeno Santoyo · p. 187, 219
2 citas
[6]

taciones de banano, llegando a tener once kilómetros a cada lado de la vía. Algunos ramales conectaron cada plantación con la línea principal, y de ahí al muelle en Santa Marta y al mar. En los años veinte la zona bananera cubría buena parte de los municipios de Santa Marta, Ciénaga, Aracataca, Fundación y Pivijay.…

p. 187
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condiciones impuestas por la guerra obligaron a la compañía a suspender totalmente las exportaciones de ba- nano desde Colombia, por cinco años. Después de la segunda guerra mun- dial, la United Fruit Company perdió su monopolio en la región de Santa Marta y se retiró de la producción, vendiendo o alquilando muchos de…

p. 219
07
Marijuana Boom: The Rise and Fall of Colombia's First Drug ParadiseLina Britto · 2020 · p. 78
1 cita
[7]

the rest of Colombia. 44 The system that United Fruit Company developed to manage diverse modes of production—from cultivation in the company’s own plantations to subcontracting with small, medium, and large growers—existed in no other United Fruit Company district (except for Ecuador decades later). 45 The company…

p. 78
08
Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · p. 79
1 cita
[8]

cultivadas en los distritos de Sevilla y Riofrio y controlaba el transporte y comercializaci6n del ba- nano, dejando asi abonada la semilla de un con- flicto multifacético con las élites locales y con los trabajadores asalariados, que culminaria en la ma- tanza del 6 de diciembre de 1928. Si se observan los sistemas…

p. 79
09
Historia de Colombia. La República de Colombia IISalvat Editores (Juan Salvat, Roberto García Rojas, directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico); con colaboraciones de Arturo Alape, Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Marco Palacios, Álvaro Tirado Mejía, entre otros · 1986 · p. 64
1 cita
[9]

sus actividades independientes al margen de la plantacion bananera, actuaban como una reserva de fuerza laboral. El sistema de contra- tistas implementado por la U.F.C., contratistas que a su vez enganchaban trabajadores, permitid el uso del trabajo parcial de estos campesinos. Y ademas, en la medida que la compajiia…

p. 64
10
Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945Mauricio Archila Neira · 1992 · p. 228
1 cita
[10]

pliego de peticiones porque "el sindicato laboral local no representaba en ninguna forma a los trabajadores de la empresa" pero, por presión del Ministro de Industrias, aceptó negociar con los directivos de la organización, excluyendo eso sí a Mahecha. En 1927 volvió a argüir la misma disculpa provocando la huelga de…

p. 228
11
Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 558
1 cita
[11]

principal marco de desarrollo de las organizaciones sindicales agrarias ha sido la agricultura exportadora. Las primeras organizaciones surgieron en las haciendas cafetaleras, en particular a partir de la segunda década del siglo xx; 5 Entrevistas a trabajadores de la industria de la caña de azúcar, afiliados a los…

p. 558
12
Colonización y protesta campesina en Colombia (1850-1950)Catherine LeGrand · 2016 · p. 210
1 cita
[12]

en los trabajadores tanto urbanos como rurales. Antes de la Primera Guerra Mundial, los artesanos c9nstituían el volumen principal de la llamada «clase trabajadora» en Colombia. Su organización se limitaba asocie- dades de ayuda mutua, constituidas generalmente bajo los auspicios paternales de la Iglesia católica. El…

p. 210
13
Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 192, 198
2 citas
[13]

de la costa caribe y del interior del país, en busca de mejores condiciones econó- micas. Muchos de ellos se emplearon en el ferro- carril y en el puerto o se convirtieron en colonos de las propiedades públicas y se dedicaron a culti- var yuca, plátano, maíz, arroz, caña de azúcar y ta- baco, que se destinaban a…

p. 198
[15]

naciente clase obrera colom- biana no tenía un componente de trabajadores in- dustriales fuertes; para 1930 sólo 15.000 obreros laboraban en fábricas; la mayoría de ellos, las dos terceras partes, eran mujeres; las formas de orga- nización sindical tuvieron carácter esporádico. Los sectores que presentaron mayor grado…

p. 192
14
El café en Colombia, 1850-1970: una historia económica, social y políticaMarco Palacios · 2009 · p. 387
1 cita
[14]

el ferrocarril de Girardot tiene que rebajar en un 25% los fletes al café; un año después se llega a un acuerdo similar. 33 En muchas comarcas los hacendados toman por su cuenta el man- tenimiento y en algunos casos la apertura de caminos de herradura. En Cundinamarca, por ejemplo, reconstruyen el puente de madera…

p. 387
15
El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · p. 39, 184
4 citas
[16]

en octubre de 1928, y que marcó la pauta en la concretización de un marco teórico altamente represivo. Colombia se adelantaba al Ministerio de la Defensa estadounidense —el Pentágono— en la formulación de doctrinas para combatir a lo que muchos años después se cono- cería como “enemigo interno”. Su eje central era…

p. 39
[26]

en octubre de 1928, y que marcó la pauta en la concretización de un marco teórico altamente represivo. Colombia se adelantaba al Ministerio de la Defensa estadounidense —el Pentágono— en la formulación de doctrinas para combatir a lo que muchos años después se cono- cería como “enemigo interno”. Su eje central era…

p. 39
[32]

los ojos ante el resultado de una investigación interna que lo vinculaba con narcotraficantes, según el “Oficio 002-BR4-01-746”. El general Navas Rubio fue destituido en 1992, pero a raíz de la “fuga” del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria de la cárcel, pues era el director general de prisiones. “Tierra arrasada”…

p. 184
[33]

los ojos ante el resultado de una investigación interna que lo vinculaba con narcotraficantes, según el “Oficio 002-BR4-01-746”. El general Navas Rubio fue destituido en 1992, pero a raíz de la “fuga” del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria de la cárcel, pues era el director general de prisiones. “Tierra arrasada”…

p. 184
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Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · p. 313
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germen prometedor de una ma- rina de guerra. Nada podía hacerse militarmente en aquellas lejanías in- comunicadas, como no fuese por ges- tión diplomática. De ésta se echó mano mientras el país ardía de ira, pa- triotismo herido y frustración. La Pedrera fue devuelta a Colombia el 23 de octubre de 1911, merced a la…

p. 313
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The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 487, 503
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it is established that banana workers across the Santa Marta region did in fact strike in 1928, and that strikers were massacred when General Carlos Cortés Vargas ordered soldiers to fire on a large crowd at Ciénaga on December 6, the ques- tion remains: “How many?” Labor organizer Raúl Mahecha reported a thousand…

p. 487
[19]

did not repress the insurrection energetically, the United States would send troops Strikers or Revolutionaries? 481 and the national army would be in a bad position. On the 5th of Decem- ber, 1928, in the city of Ciénaga, we learned that the national government, together with the powerful, imperialist company, was…

p. 503
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Mujeres que hacen historia. Tierra, cuerpo y política en el Caribe colombianoGrupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación · 2011 · p. 132
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[20]

maleza, la opro- biosa cerca que separaba el mundo de sus protegidos del resto de la población se conserva intacta. Pero del paso de la United por la zona bananera no sólo quedan esos registros arquitectónicos. También, como lo anuncia la pri- mera frase que abre el testimonio de Margarita, queda una huella traumática…

p. 132
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Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · p. 439
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regalamos el minuto que falta. Al final de su grito ocurrió algo que no produjo espanto, sino una especie de alucinación. El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de…

p. 439
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Historia del sindicalismo en Colombia, 1850-2013Miguel Urrutia Montoya · 2016 · p. 65
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[23]

horas. El almacén de la compañía y otros edifi- cios fueron quemados hasta los cimientos, y los huelguistas intentaron quemar vivos a los empleados estadounidenses y colombianos que estaban resistiendo en la única casa que quedaba. Antes de que esto ocurriera, sin embargo, Uegó el Ejército, y en la batalla que siguió…

p. 65
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María Cano, la Virgen RojaBeatriz Helena Robledo · 2017 · p. 224
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[24]

diferentes grupos de manera clandestina. Se detuvo con horror en la narración de Mahecha, testigo presencial de los hechos, acerca de la persecución y crueldad ejercidas contra los campesinos en los días siguientes a la masacre de las bananeras: Los huelguistas que a la sazón permanecían dormidos en los vagones del…

p. 224
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30 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · p. 176
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[25]

premeditaba, como lo demostraré, asesinar a la gente que estaba dormida en los carros del ferrocarril; necesitaba pintar ante Bogotá una situación tan grave que le permitiera explicar su premeditado asesinato. Ni más ni menos que la misma actitud que se observa en los telegramas de la United. Es decir, de la compañía…

p. 176
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El marxismo en ColombiaOrlando Fals Borda, Gerardo Molina, Carlos Uribe Celis, Ricardo Sánchez, Klaus Meschkat, Gonzalo Cataño, Fernando D'Janon, Gabriel Misas, Darío Fajardo, Eduardo Pizarro · 1984 · p. 154
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con base territorial y composici ó n social popular ” 3. 3 Ignacio Torres Giraldo, Los Inconformes, Tomo 4, Bogot á 1974, p. 7/8 Aqu í aparece como soluci ó n de emergencia precisamente aquello en que descansaban la fuerza y la capacidad movilizadora del nuevo partido: su í ntima relaci ó n con las agrupaciones…

p. 154
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Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · p. 288
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y de ahí se proseguiría el ataque hacia la capi- tal, Bogotá. La huelga, tentativa revolucionaria o simple lenguaje tremendista, se ha- bía jugado a favor y en el terreno que quería el gobierno; su política repre- siva se justificaba, y así lo propaló y convenció a muchas gentes, en la in- minente revolución comunista…

p. 288
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The Agrarian Question and the Peasant Movement in Colombia: Struggles of the National Peasant Association, 1967-1981Leon Zamosc · 1986 · p. 61
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pattern of continuing evictions and new invasions was still going on toward the end of the 1960s. 19 Another unsolved conflict, also on the Atlantic coastline, was that of the possessions of the Frutera de Sevilla Company (a subsidiary of the United Fruit Company) in the banana zone of the department of Mag- dalena.…

p. 61
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Tierra y carbón en la vorágine del Gran Magdalena. Los casos de las parcelaciones de El Toco, El Platanal y Santa FeYamile Salinas Abdala, María Paula Hoyos, Ana María Cristancho · 2018 · p. 26
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Barranqui- lla, 2015, 13 de julio, radicado 2008-83160, Sentencia condenatoria contra Ferney Alberto Argumedo Torres). El auge de la marihuana coincidió con la reactivación de la in- dustria bananera en el Gran Magdalena hasta su declive a finales de los setenta por la competencia de la Frutera Sevilla, filial de…

p. 26
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Huellas y rostros de la desaparición forzada (1970-2010)Federico Andreu-Guzmán (relator); Carlos Miguel Ortiz (coordinador); Centro Nacional de Memoria Histórica · 2014 · p. 362
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[34]

comandado por José Gregorio Mangones Lugo, alias “Carlos Tijeras”. Asimismo, fue “subcomandante” de ese frente paramilitar Luis Ortiz Garrido, alias “El Médico”, entre marzo de 2002 y septiembre de 2003. El Frente William Rivas Hernández operaba en los municipios de Ciénaga, Pueblo Viejo, Zona Bananera, Fundación, El…

p. 362
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La tierra se quedó sin su canto. Trayectoria e impactos del Bloque Norte en los departamentos de Atlántico, Cesar, La Guajira y Magdalena. Tomo IICentro Nacional de Memoria Histórica · 2022 · p. 266
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Por lo tanto, el sindicato de las empresas ubicadas en estos lugares de vocación productiva bananera quedó en medio del control de los paramilitares que operaban en la región. Como forma de ejercer dicho control, en connivencia con los grandes propietarios, se procuró suprimir todo tipo de organizaciones sindicales…

p. 266
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Gobernar en medio de la violencia. Estado y paramilitarismo en ColombiaJacobo Grajales · 2017 · p. 73
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y, además, le exigían a uno el pago de la vacuna (extorsión). ¡La madre! Yo es por eso que nunca dejé sindicatos en mi empresa, así me fue bien. 12 Con el progreso de la producción de banano se desplegó la violencia contra los sindicatos. No se trataba solo de una serie de actos violentos contra los líderes de las…

p. 73
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The Flight of the Condor: Stories of Violence and War from ColombiaJennifer Gabrielle Edwards (ed.) · 2007 · p. 16
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[37]

with a mix of horror and admiration and their prolonged battles against their enemies—the pájaros, the army, and the National Police—became legendary. Some Colombians, faced with an implausible reality, re- placed it with fantasy and its fictions and went so far as to embark on pilgrimages to where guerrillas were…

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Colombia bizarraPirry · 2022 · p. 20
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[38]

del departamento de Magdalena, Pedro Sánchez Rueda, se le prendió el bombillo y propuso un referendo para cambiarle el nombre a la población. Quería que se llamara en lo sucesivo Aracataca- Macondo, en alusión al territorio en el que transcurren los cuentos y las novelas escritas por su hijo dilecto. Ese nombre tenía…

p. 20
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Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · p. 272
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[39]

de estar al alcance, con premios distintos pero abundantes para cada cual, del lector inteligente y del imbécil, del refinado que paladea la prosa, contempla la arquitectura y desci- fra los símbolos de una ficción y del impaciente que solo atiende a la anécdota cruda. El genio literario de nuestro tiempo suele ser…

p. 272
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Pa que se acabe la vainaWilliam Ospina · 2013 · p. 138
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[40]

a escribirlos. Álvaro Mutis había viajado a México, a donde lo persiguió la intolerancia de unas empresas que consideraban siempre aceptable gastar dinero en campañas electorales y en relaciones públicas pero que veían escandaloso que se hicieran esos mismos gastos en relaciones culturales y en estímulos a los…

p. 138
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Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · p. 118
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Botero se fue a Madrid en 1952 y estudió en la Escuela de San Fernando. En la Academia de San Marcos, en Florencia, tuvo como profesor a Bernard Berenson.Vivió en Nueva York, en Greenwich Village; allí sobrevivió vendiendo su arte por muy poco; “hacía réplicas de grandes obras, para turistas”, sin imaginar que…

p. 118
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Empresas y empresarios en la historia de Colombia. Siglos XIX-XX. Una colección de estudios recientesCarlos Dávila Ladrón de Guevara (compilador) · 2003 · p. 57
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guerrilleros del Ejército Popular de Liberación (e p l) se en frentaron más con la indiferencia de los obreros que con la hostilidad patronal. El capítulo muestra que los salarios rurales en Urabá eran inferiores a los del Magdale na; la compañía no invirtió directamente en la región sino que subcontrató con em…

p. 57
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Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Antioquia, sur de Córdoba y Bajo Atrato chocoanoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 44
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económicas que se dieron desde finales del siglo XIX; la más conocida es la del café, que se concentró en los pueblos del Suroeste antioqueño. En otras subregiones ocurrieron: la explotación del fruto de la palma de tagua, también llamado el «marfil vegetal», que se usaba para la elaboración de botones y artículos…

p. 44
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La Rochela: Memorias de un crimen contra la justiciaGrupo de Memoria Histórica, Iván Orozco Abad (Relator), Gonzalo Sánchez G. (Coordinador) · 2010 · p. 297
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Eduardo Ramírez, 95 Hacia 1987 el paramilitarismo del Magdalena Medio comenzó a perturbar re- giones de Córdoba y Urabá. La expansión del grupo paramilitar comandado por Gonzalo y Henry Pérez a territorios que transcendían al Magdalena Medio tuvo cierta semejanza con el proceso de enquistamiento que años atrás…

p. 297
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La guerra vino de afuera. El Bloque Pacífico en el sur del Chocó: una herida que aún no cierraCentro Nacional de Memoria Histórica, Laura Bibiana Escobar García, Laura Catalina Tovar Bohórquez, Esteban de Jesús Caviedes Alfonso · 2022 · p. 68
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[46]

ya entrada la década de los noventa, sirvieron como plataforma para el posicionamiento, a nivel nacional, de los hermanos Castaño, las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU) y las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC); y en la dimensión regional, de los grupos paramilitares en el sur del Chocó y su costa…

p. 68
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At the Margins of the Global Market: Making Commodities, Workers, and Crisis in Rural ColombiaPhillip A. Hough · 2022 · p. 183
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s population jumped some 15,700 residents in the 1950s to over 150,463 by 1985, with some 35,000 working full-time on just over 20,000 ha of banana plantations. 79 Given this explosive concentration of labor, Augura had to develop innovative ways to maintain control of the region and block what was becoming the…

p. 183