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Una historia del territorio

Aracataca

Aracataca condensa en su historia territorial las grandes tensiones del capitalismo agrario colombiano del siglo XX: la colonización de baldíos por campesinos que luego fueron desplazados por el capital extranjero, el enclave que prometía…

17 min de lectura39 fuentes

Aracataca es un municipio del departamento del Magdalena, en el Caribe colombiano, al pie de la cara septentrional de la Sierra Nevada de Santa Marta y en el corazón de la antigua zona bananera. Su nombre circula por el mundo como matriz de Macondo, la aldea imaginaria de Gabriel García Márquez, pero su historia real es más áspera y más política que la aureola literaria que la envuelve: fue territorio chimila antes de ser pueblo republicano, enclave de la United Fruit Company entre 1900 y 1960, escenario de la Masacre de las Bananeras de 1928, campo de disputa agraria durante décadas y, a comienzos del siglo XXI, zona de operación del Frente William Rivas Hernández del Bloque Norte de las AUC. Cada capa dejó su sedimento; el pueblo que hoy busca reinventarse como "Aracataca-Macondo" es el palimpsesto de esas violencias sucesivas y de las resistencias que cada una convocó.

El pueblo bajo la Sierra

Aracataca se levanta en una llanura cálida, atravesada por el río del mismo nombre, entre las poblaciones de Ciénaga y Fundación. Al fondo, la Sierra Nevada de Santa Marta —la montaña litoral más elevada del mundo, con sus picos Bolívar (5.775 metros) y Colón (5.770 metros) alzándose bruscamente desde el nivel del mar hasta las nieves perpetuas— organiza el paisaje y el clima. La sierra tiene forma general de pirámide de tres caras, y su cara septentrional, la que mira al mar Caribe, presenta pendientes muy pronunciadas por donde bajan numerosos ríos a través de estrechas gargantas. Esa geografía brusca, que en pocos kilómetros va del hielo al calor húmedo, generó desde tiempos prehispánicos una diversidad extraordinaria de climas, cursos de agua y ecosistemas que sostuvieron poblaciones agrícolas complejas.

Antes de la llegada de la agricultura de exportación, el territorio hacía parte del mundo cultural cuya cabeza más elaborada fue el pueblo Tairona. Los Taironas desarrollaron agricultura avanzada —maíz, yuca, ají, algodón— en las partes bajas de la sierra y en las llanuras vecinas, con amplio uso de procedimientos de irrigación. Tenían artesanos especializados en cerámica, en escultura en piedra para usos arquitectónicos y en trabajo del oro aleado con cobre; una extensa red de caminos de piedra articulaba un mercado interno entre poblados serranos, con productos agrícolas, sal, pescado y manufacturas, y sostenía un comercio externo que, mediante intermediarios, alcanzaba el territorio Muisca. Junto a ellos coexistían Guajiros de lengua Arawak, los desaparecidos indios del Valle de Upar, grupos de filiación Caribe y pescadores de tierras bajas como los chimila y los guanebucán. Una hipótesis del antropólogo Jaime Arocha, publicada en 1978, sugiere que la propia federación Tairona pudo surgir de la interacción entre esas etnias pescadoras y un pueblo agricultor posiblemente especializado en la yuca: la sierra como articulación de ecosistemas radicalmente distintos.

Cuando el viajero francés Élisée Reclus recorrió la Sierra Nevada en el siglo XIX, describiendo aquellas laderas para lectores europeos, ese mundo indígena ya había sido diezmado y desplazado hacia las alturas. La llanura donde hoy se asienta Aracataca era, a fines del siglo XIX, un territorio de baja densidad demográfica, de escasa mano de obra y altos costos laborales, una característica estructural de toda la costa caribeña colombiana que condicionaría cualquier proyecto de agricultura comercial que se intentara allí.

Guerra, colonos y la llegada del banano

La Guerra de los Mil Días (1899-1902) fue el detonante que reorganizó el poblamiento de la región. Cerca del puerto de Santa Marta, en años en que la contienda entre liberales y conservadores devastaba haciendas y desplazaba población, comenzaron a moverse colonos hacia las tierras bajas del Magdalena. Justo entonces hacía su aparición en el puerto la United Fruit Company, la empresa estadounidense que en pocas décadas convertiría la franja entre Ciénaga y Fundación en un enclave bananero.

Al proceso se sumaron otros capitales. En 1908, la firma francesa Inmobilière et Agricole de Colombie extendió sus cultivos hacia Aracataca, señal de que la fiebre exportadora del banano no era un fenómeno exclusivamente norteamericano, aunque pronto la UFC absorbería o desplazaría a sus competidoras. Migrantes de otras zonas de la costa y del interior llegaron atraídos por los empleos del ferrocarril, del puerto y de las plantaciones, y por la posibilidad de establecerse como colonos en tierras aún baldías, donde sembraban yuca, plátano, maíz, arroz, caña de azúcar y tabaco. Muchos campesinos de las montañas del interior bajaron a las tierras templadas y cálidas del país en esos años buscando trabajo en la agricultura de exportación, en la minería o en la industria forestal, y algunos penetraron en los baldíos selváticos a recolectar productos tropicales para el mercado exterior.

En la Costa Atlántica, la forma más común en que los colonos accedían a la tierra era la aparcería llamada "pasto por tierra". El colono tumbaba monte, lo usufructuaba dos años sembrando maíz y plátano, y luego entregaba la tierra ya sembrada en pastos al terrateniente, para internarse más adentro y repetir el ciclo. Aracataca creció, así, como un pueblo de frontera: colonos abriendo monte, terratenientes acumulando pastos, la compañía extranjera cercando los mejores suelos para el banano y una red de ferrocarril, telégrafo, caminos, correos y estaciones de policía que llegaban con el capital. Con ellos llegaron también los burdeles y los bares que a partir de comienzos de los años veinte formaron parte del paisaje social del enclave.

El enclave de la United Fruit Company

Hacia 1921, la United Fruit Company era dueña del 59% de la tierra productiva e improductiva de la región bananera del Magdalena. Su subsidiaria Frutera de Sevilla llegó a ocupar cincuenta mil hectáreas entre los ríos Fundación y Córdoba, con red ferroviaria interna y distrito de irrigación propios. La finca bananera Macondo, cuyo nombre le llamó la atención a García Márquez desde sus primeros viajes en tren con su abuelo, era una de tantas unidades productivas de aquella geografía industrial.

El monopolio se sostuvo sobre cuatro palancas simultáneas. La primera, el control del ferrocarril y del transporte marítimo, que permitía dictar tarifas y ritmos de embarque. La segunda, el acaparamiento sistemático de tierras. La tercera, la quiebra y compra de pequeñas empresas bananeras rivales: la UFC creaba obstáculos operativos hasta forzarlas a vender sus acciones o a desaparecer, y con ellas absorbía también a los campesinos-empresarios que habían intentado exportar por su cuenta, convertidos ahora en asalariados. La cuarta, la contratación de mano de obra a través de terceros intermediarios, un sistema que permitía usar el trabajo parcial de campesinos que mantenían fincas independientes al margen de la plantación y que funcionaban, en la práctica, como reserva de fuerza laboral disponible.

El enclave era un mini-Estado. La compañía construyó dentro de sus predios hospitales, clínicas, viviendas para trabajadores y gerentes, escuelas, iglesias y zonas de entretenimiento; se autoproclamó "civilizadora del trópico" e instituyó un "paternalismo benevolente", con un ideal de trabajador-proveedor de clase media. Los salarios eran, en general, superiores a los del mercado laboral local —un incentivo real en una región de mano de obra escasa—, y esa combinación de infraestructura y remuneración explica que la UFC no solo represara trabajadores sino que los atrajera.

El otro lado del enclave era menos amable. Los trabajadores eran pagados mediante vales canjeables únicamente en los comisariatos de la propia compañía, donde relatos de la época denunciaban pesas desniveladas y un circuito cerrado en el que el salario regresaba a la empresa antes de convertirse en ahorro. Testimonios de la zona describen a peones que vivían en cobertizos, bebían agua contaminada y ganaban menos de un dólar por día. La UFC sobornaba a prefectos y alcaldes, pagaba agentes del orden para enfrentarlos a los campesinos y defender la propiedad privada, e incumplía compromisos con las comunidades locales. Todo esto convivía con los hospitales y las escuelas: el enclave era generoso hacia adentro y voraz hacia afuera, y esa doble naturaleza es la que hace tan difícil narrarlo con una sola tinta.

La sociabilidad masculina de la zona quedó marcada por el ritmo del enclave. Beber alcohol era la principal forma de convivencia entre hombres: una obligación social recíproca dentro del grupo de conversación, en la que abstenerse era leído como arrogancia o avaricia y podía significar la exclusión. El consumo seguía una progresión geométrica —cada hombre del grupo debía comprar una ronda para todos los presentes, de modo que el número de botellas por cabeza equivalía al número de hombres en la mesa—, y los trabajadores volvían a casa borrachos y sin dinero. Del jornal a la tienda de la compañía, de la tienda al bar, del bar a la casa: el circuito estaba cerrado antes de que el salario terminara de existir.

La huelga de 1928 y la matanza de Ciénaga

En octubre de 1928, la Unión Sindical de Trabajadores del Magdalena (USTM), con Raúl Eduardo Mahecha entre sus organizadores más destacados, comenzó a preparar una huelga general en el enclave. El pliego contenía nueve puntos para mejorar las condiciones de vida y trabajo. La particularidad del movimiento era que agrupaba a la vez a los asalariados de la plantación y a los colonos que habían sido expulsados de sus tierras por la expansión bananera: en la protesta se mezclaban, indistinguibles, la presión salarial y la lucha por la tierra.

La United Fruit Company se negó a negociar. Ni siquiera la presión del gobernador local para que se sentara a la mesa la movió de su posición. El 11 de noviembre de 1928 fue declarada la huelga general. Miles de trabajadores paralizaron plantaciones, ferrocarril y embarques; el enclave, tan cuidadosamente cerrado sobre sí mismo, quedó expuesto a una fuerza que no había previsto.

El gobierno del presidente conservador Miguel Abadía Méndez respondió por la vía militar. El general Carlos Cortés Vargas fue enviado a la zona con tropa. En su libro Los Sucesos de las Bananeras, publicado en 1930, Cortés Vargas argumentó que había actuado bajo la amenaza de una eventual invasión de marines estadounidenses —tesis que la documentación diplomática contemporánea también recogió— y que la firmeza había evitado ese desenlace. En diciembre de 1928, en la plaza de Ciénaga, ordenó disparar contra una multitud de trabajadores reunidos. La Masacre de las Bananeras se convirtió, desde ese día, en una de las heridas fundacionales de la historia obrera colombiana.

Lo que vino después fue tan sistemático como la matanza misma. Durante ciento veinte días, el Ejército desató una persecución generalizada en la zona: saqueó la casa sindical, la imprenta y la cooperativa de Ciénaga, disparó indiscriminadamente, apresó a más de setecientos sobrevivientes. De ellos, Cortés Vargas dispuso consejos de guerra verbales contra ciento treinta y seis, con penas de hasta veinticinco años. Fueron juzgadas mujeres, maquinistas que se habían negado a transportar cadáveres, periodistas y profesores. La represión no se limitó a los cuerpos: buscó desmontar la infraestructura política, sindical y cultural que había hecho posible la huelga.

La Masacre de las Bananeras dejó una huella traumática que la memoria local no ha soltado. Décadas más tarde, una nieta de la zona podía decir todavía: "Yo nací en un pueblo sobreviviente de la masacre de las bananeras". En Ciénaga se levantó una estatua a los "mártires de las bananeras". Y en la biografía política nacional, el episodio quedó ligado a una figura que en 1928 era un joven abogado liberal: Jorge Eliécer Gaitán, que denunció la matanza en el Congreso y desde entonces fue reconocido como voz de las víctimas obreras del bananero. La conexión de Aracataca con la escena política nacional —con Rafael Uribe Uribe, el general liberal cuya muerte en 1914 marcaría al abuelo de García Márquez; con Gaitán después; con las redes conservadoras que en los años cincuenta mandarían a hombres como Cornelio Reyes a representar a la región— pasa por ese hilo.

El retiro y el conflicto agrario

El ciclo bananero comenzó a agrietarse antes de derrumbarse. Durante la Segunda Guerra Mundial, la United Fruit Company suspendió totalmente las exportaciones de banano desde Colombia por cinco años. Cuando terminó el conflicto mundial, la empresa había perdido su monopolio en la región de Santa Marta y decidió retirarse de la producción directa: en lugar de sembrar, vendería o arrendaría la tierra a cultivadores colombianos y conservaría, en lo posible, el control de la comercialización.

La Frutera de Sevilla, la subsidiaria que había ocupado las cincuenta mil hectáreas entre Fundación y Córdoba, tomó una decisión de largo alcance: trasladar su operación a Urabá, en el noroeste antioqueño, donde encontraría mayor productividad y salarios menores. Abandonaba el Magdalena pero pretendía seguir siendo la compradora del banano magdalenense. A comienzos de los años sesenta, la UFC había salido totalmente de la zona de Santa Marta, aunque los conflictos derivados de su retiro se prolongaron hasta finales de esa misma década.

La salida fue tan violenta, en el plano social, como había sido la llegada. Parte de las tierras se vendió a los grandes empresarios que ya explotaban las plantaciones bajo contrato de arrendamiento; otra parte se donó al Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (INCORA) para redistribución entre campesinos que también habían trabajado en la zona. Sobre el papel, era una transición ordenada. Sobre el terreno fue otra cosa: invasiones y desalojos se sucedieron durante años, sin que la reforma agraria alcanzara nunca a resolver el conflicto. La zona quedó atrapada en un patrón de disputa por la tierra que ni el mercado ni el Estado lograron cerrar.

La retirada de la UFC tuvo, además, un efecto que la propia organización obrera no había previsto: al no haber ya un patrón único, los sindicatos se fragmentaron, la membresía cayó y la unidad del movimiento —esa unidad que en 1928 había juntado a asalariados y colonos en un mismo pliego— se disolvió. Las condiciones de vida de los obreros bananeros declinaron. Aracataca, como Ciénaga y Fundación, entró en una larga decadencia económica: los rieles se oxidaban, los comisariatos cerraban, las viviendas de la compañía se caían, y quedaba el paisaje. Un paisaje, dicho sea, que empezaba a interesarle al mundo por otra razón.

Aracataca y García Márquez

Gabriel García Márquez nació en Aracataca el 6 de marzo de 1927 y pasó allí los primeros años de su vida en la casa de sus abuelos maternos, Nicolás Ricardo Márquez Mejía y Tranquilina Iguarán Cotes. El abuelo era coronel liberal, veterano de la Guerra de los Mil Días, del círculo del general Rafael Uribe Uribe; la abuela, dueña de un mundo de fantasmas domésticos y presagios cotidianos. Esa casa —una casa grande de patios y almendros, en un pueblo todavía marcado por el ferrocarril y por la sombra reciente de la masacre— fue la primera geografía de García Márquez, y su primera educación política.

Cien años de soledad, publicada en 1967, situó su acción en la aldea imaginaria de Macondo, cuyo nombre venía de la finca bananera que el pequeño Gabriel había visto desde la ventanilla del tren en sus viajes con el abuelo. El escritor mismo aclaró en sus memorias que nunca supo qué significaba la palabra ni se lo preguntó a nadie: la había usado en tres libros como nombre de un pueblo imaginario. Macondo no era Aracataca, pero tampoco era una invención sin raíz. Estaba enraizado en la realidad cultural del Caribe colombiano, en su exuberancia y en su mezcla de culturas —indígena, afrocolombiana, árabe, europea—, esa mezcla que la propia zona bananera había atraído con sus migraciones sucesivas.

La huelga bananera y su represión aparecen, transfigurados, en la novela: la masacre de los trabajadores en la estación, los cadáveres cargados en un tren interminable, la amnesia oficial impuesta al pueblo. La ficción devolvió al episodio de 1928 una audiencia que la historiografía por sí sola no le había conseguido, y lo fijó en la imaginación mundial como emblema de un tipo particular de violencia latinoamericana: la del enclave, el ejército y el silencio. Que un pueblo real, con estatua a sus mártires y con sobrevivientes vivos, coincidiera con una escena de novela leída en cuarenta lenguas, produjo una superposición extraña. La memoria oficial local empezó a oscilar, desde entonces, entre el duelo bananero y la marca literaria.

García Márquez sostuvo con la zona una relación cargada de nostalgia. El río Magdalena, arteria de la región, fue durante décadas su paisaje mental; cuando en 1961 se incendió el vapor David Arango, el escritor lo vivió como el fin de su juventud y la muerte definitiva de un mundo que ya había convertido en materia literaria. Aracataca, mientras tanto, seguía siendo un pueblo pobre.

Del abandono a la marca Macondo

En 2006, el alcalde de Aracataca, Pedro Sánchez Rueda, propuso un referendo para cambiar el nombre del municipio a "Aracataca-Macondo". El argumento era pragmático: aprovechar el legado literario de García Márquez, Premio Nobel desde 1982, para impulsar el turismo local y atraer inversión a un municipio que la salida del banano y la crisis agraria habían dejado sin motor económico. El referendo no alcanzó los votos necesarios —la participación fue baja y quedó por debajo del umbral—, pero el gesto expresaba con nitidez el dilema del pueblo: la única forma de ser visto desde afuera parecía ser la de convertirse en decorado de una novela.

La casa natal del escritor fue restaurada y convertida en Casa Museo. Se organizaron rutas turísticas, festivales, señalización con citas de Cien años de soledad. Aracataca aprendió a nombrarse a sí misma, en parte, en el idioma de Macondo. Pero la marca literaria convive, sin resolver la tensión, con una memoria mucho menos vendible: la de un territorio en el que la violencia no se detuvo cuando se fue la United Fruit Company.

El nuevo ciclo de violencia

Entre finales de los años noventa y comienzos de los dos mil, el norte del Magdalena vivió una segunda gran ola de terror armado. A comienzos de los noventa, en Ciénaga operaban ya bandas locales con zonas de influencia delimitadas —Los Rojas, Los Magníficos, Los Iguanos, Los Badillos, Los Chayanes— cuyas disputas generaban un contexto de violencia crónica. Ese entramado fue absorbido, más tarde, por el paramilitarismo de las Autodefensas Unidas de Colombia.

El Frente William Rivas Hernández, estructura del Bloque Norte de las AUC, operó en los municipios de Ciénaga, Pueblo Viejo, Zona Bananera, Fundación, El Retén y Aracataca. Estuvo comandado por José Gregorio Mangones Lugo, alias "Carlos Tijeras", con Luis Ortiz Garrido, alias "El Médico", como subcomandante entre marzo de 2002 y septiembre de 2003. Entre los años 2000 y 2002, el frente cometió varias masacres en Ciénaga y en la Zona Bananera. La Unidad Nacional de Justicia y Paz de la Fiscalía General de la Nación le atribuyó, en total, 8.523 crímenes correspondientes a 6.384 víctimas. Ciénaga se convirtió en el municipio con más masacres del Caribe colombiano en años recientes, y en el que más violaciones sexuales se registraron entre 1997 y 2005 en la región.

En 2007, la empresa Chiquita Brands International —heredera corporativa de la United Fruit Company— confesó ante una corte federal en Washington haber financiado a las AUC entre 1997 y 2004. Fue una admisión formal en un tribunal estadounidense, con las consecuencias jurídicas que ese sistema previó, y actualizó el viejo patrón: la empresa exportadora aliada con la fuerza armada para asegurar el orden productivo en la zona bananera. Ochenta años después de 1928, la geografía del capital, el trabajo y las armas volvía a superponerse casi punto por punto.

Tras la desmovilización de las grandes estructuras paramilitares, surgieron bandas urbanas de desmovilizados vinculadas al narcotráfico en zonas como Ciénaga y Bonda, sin capacidad ya de conformar estructuras rurales consolidadas. El terror se atomizó pero no desapareció.

Un patrón, una memoria

Los especialistas que han estudiado el norte del Magdalena describen todo esto como un patrón que se repite desde 1928: estigmatización de los actores sociales incómodos, persecución sistemática, eliminación física. La Masacre de las Bananeras funciona como referente histórico de ese patrón, aunque cada ciclo tiene su propia lógica —el enclave y el ejército en los años veinte, la reforma agraria fallida en los sesenta, el paramilitarismo y el narcotráfico en los dos mil— y sería un error explicarlos todos como una única y misma violencia. Lo que sí se repite, con inquietante regularidad, es la fórmula: alianza entre un capital exportador, un aparato armado y un Estado que llega tarde o llega mal, en un territorio donde la tierra y el trabajo nunca terminan de ordenarse.

Contra ese fondo, la resistencia también tiene un hilo. Los colonos que abrieron monte a comienzos de siglo, los huelguistas de la USTM que en 1928 llevaron nueve puntos a una mesa que nunca se abrió, los campesinos que invadieron tierras en los años sesenta reclamando lo que INCORA no repartía, las víctimas que denunciaron al Frente William Rivas Hernández en los procesos de Justicia y Paz: son la otra memoria del pueblo, la que no cabe en la marca Macondo y que, sin embargo, sostiene el sentido político del lugar.

Aracataca hoy es un municipio de calor duro, calles polvorientas y almendros gastados, con una casa museo, una estatua a García Márquez y otra, a pocos kilómetros, a los mártires de la masacre. Lo que se ve al recorrerlo es el resultado acumulado de cada una de esas capas: el trazado que dejó el ferrocarril de la United Fruit, los rieles arrancados, los canales del distrito de riego de la Frutera de Sevilla, los cementerios donde reposan trabajadores de 1928 y víctimas de 2001. Es un pueblo que ha sido, sucesivamente, territorio indígena, frontera de colonización, enclave imperial, campo de matanza, tierra de reforma agraria fallida, zona paramilitar y destino literario. La aureola de Macondo no borra esa historia; la desplaza. Y la tarea de la memoria pública, en Aracataca como en toda la zona bananera, sigue siendo la de sostener a la vez las dos escrituras del lugar: la del escritor que lo puso en el mapa del mundo y la de los muertos que lo pusieron, mucho antes, en el mapa de la violencia colombiana.

Conexiones

El territorio en el archivo

Dónde aparece y con qué se relaciona

Fuentes

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

37 documentos · 39 fragmentos
01
Colombia and World War I and Its Aftermath, 1914–1921Jane M. Rausch · 2014 · p. 50
1 cita
[1]

its dominance by forcing out the other companies and transforming campesi- no (peasant) impresarios into salaried workers. In 1908 the French firm Inmobilière et Agricole de Colombie extended its cultivations toward Aracataca. A year later Manuel Dávila P. founded the Santa Marta Fruit Company; in 1910 Ulpiano A.…

p. 50
02
Empresas y empresarios en la historia de Colombia. Siglos XIX-XX. Una colección de estudios recientesCarlos Dávila Ladrón de Guevara (compilador) · 2003 · p. 155
1 cita
[2]

Entre las zonas pobladas del extenso territorio colombiano, los departamentos de la costa sobresalían por contar con la más baja densidad dem o gráfica. Las restricciones en la oferta de trabajo podrían explicar el temprano surgi miento de una mano de obra asalariada en la región, com o lo ha expuesto Fais Borda. Tal…

p. 155
03
Colonización y protesta campesina en Colombia (1850-1950)Catherine LeGrand · 2016 · p. 97
1 cita
[3]

Guerra de los Mil Días (1899-1902), también precipitó movimientos impor- tantes de colonización en la región de Sumapaz en Cundinamarca y cerca del puerto caribeño de Santa Marta, donde acababa de hacer su aparición la United Fruit Company 17 • El ejemplo de la United Fruit Company alude a otro incentivo para la…

p. 97
04
Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 198
1 cita
[4]

de la costa caribe y del interior del país, en busca de mejores condiciones econó- micas. Muchos de ellos se emplearon en el ferro- carril y en el puerto o se convirtieron en colonos de las propiedades públicas y se dedicaron a culti- var yuca, plátano, maíz, arroz, caña de azúcar y ta- baco, que se destinaban a…

p. 198
05
El café en Colombia, 1850-1970: una historia económica, social y políticaMarco Palacios · 2009 · p. 387
1 cita
[5]

el ferrocarril de Girardot tiene que rebajar en un 25% los fletes al café; un año después se llega a un acuerdo similar. 33 En muchas comarcas los hacendados toman por su cuenta el man- tenimiento y en algunos casos la apertura de caminos de herradura. En Cundinamarca, por ejemplo, reconstruyen el puente de madera…

p. 387
06
Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 161
2 citas
[6]

las relaciones de trabajo de la Costa es una aparcería especial, en la cual se da "pasto por tie- rra". El campesino se compromete a tumbar cierta porción de "montaña" (terreno enmontado) y la usufructúa durante unos dos años, para después entregarla sembrada en pastos al terra- teniente, cuyos gastos no pasan de…

p. 161
[7]

las relaciones de trabajo de la Costa es una aparcería especial, en la cual se da "pasto por tie- rra". El campesino se compromete a tumbar cierta porción de "montaña" (terreno enmontado) y la usufructúa durante unos dos años, para después entregarla sembrada en pastos al terra- teniente, cuyos gastos no pasan de…

p. 161
07
Colombia siglo XX: desde la guerra de los Mil Días hasta la elección de Álvaro UribeCésar Miguel Torres Del Río · 2015 · p. 69
1 cita
[8]

(aunque con un solo aparato) y se entregaron cinco proyectos de ley sobre aspectos varios, incluido uno para hacer más efectivo el servicio militar obligatorio. Ciénaga y Líbano Los dos hechos históricos que sintetizan la fuerte y constante movilización obrera, popular y campesina y la respuesta militar del Estado en…

p. 69
08
Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 122
1 cita
[9]

de estos delitos. En el Magdalena funcionaba la United Fruit Company, un enclave agrícola que ocupaba extensos terrenos entre las poblaciones de Ciénaga y Fundación para el negocio del cultivo y la exportación del banano. En 1928, la Yunai obtenía una ganancia de 100% por cada racimo que vendía, contaba con unos…

p. 122
09
The Agrarian Question and the Peasant Movement in Colombia: Struggles of the National Peasant Association, 1967-1981Leon Zamosc · 1986 · p. 61
1 cita
[10]

pattern of continuing evictions and new invasions was still going on toward the end of the 1960s. 19 Another unsolved conflict, also on the Atlantic coastline, was that of the possessions of the Frutera de Sevilla Company (a subsidiary of the United Fruit Company) in the banana zone of the department of Mag- dalena.…

p. 61
10
Historia de Colombia. La República de Colombia IISalvat Editores (Juan Salvat, Roberto García Rojas, directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico); con colaboraciones de Arturo Alape, Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Marco Palacios, Álvaro Tirado Mejía, entre otros · 1986 · p. 64
1 cita
[11]

sus actividades independientes al margen de la plantacion bananera, actuaban como una reserva de fuerza laboral. El sistema de contra- tistas implementado por la U.F.C., contratistas que a su vez enganchaban trabajadores, permitid el uso del trabajo parcial de estos campesinos. Y ademas, en la medida que la compajiia…

p. 64
11
El río: exploraciones y descubrimientos en la selva amazónicaWade Davis · 2017 · p. 75
1 cita
[12]

menos lo mismo: casas pintadas con cal, plazas polvorientas, puentes grises sobre ríos de agua sucia. Pero justo bajo la superficie hay una historia de traición y de muerte. A principios de la década de 1920, la United Fruit Company trajo el banano, y con el tren y el telégrafo, los caminos, los correos, las esta-…

p. 75
12
At the Margins of the Global Market: Making Commodities, Workers, and Crisis in Rural ColombiaPhillip A. Hough · 2022 · p. 159
1 cita
[13]

that threatened com- pany pro fi ts and domestic government legitimacy, the banana companies used both carrots and sticks. On the one hand, the wages offered to enclave workers were typically higher than those available to them in their local labor markets. And because the banana enclaves were geographically isolated…

p. 159
13
Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · p. 304
1 cita
[14]

norteamericana sobornó a prefec- tos y alcaldes, pagó agentes del orden con el fin de enfrentarlos a los campesinos y "defender la propiedad privada", y se burló de compromisos, como la oferta de ejidos que hizo a los pueblos lobanos en 1920. Algunos abogados costeños, entre ellos el se- nador momposino y exministro…

p. 304
14
Historia del sindicalismo en Colombia, 1850-2013Miguel Urrutia Montoya · 2016 · p. 63
1 cita
[15]

La huelga se comenzó a preparar el6 de octubre de 1928 cuan- do se llevó a cabo una reunión plenaria de delegados de los ~breros con el ~~jeto da redactar una serie de peticiones para presentar a la compama. Como de costumbre, ésta rehusó negociar a pesar de que había sido presionada por el Gobernador local para que…

p. 63
15
La tierra se quedó sin su canto. Trayectoria e impactos del Bloque Norte en los departamentos de Atlántico, Cesar, La Guajira y Magdalena. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica, Lukas Rodríguez Lizcano · 2022 · p. 33
1 cita
[16]

actualidad, en particular la forma de relacionamientos entre la población y los poseedores de tierra y las formas en las que aún se trata a la clase trabajadora del departamento. Pero del paso de la United por la zona bananera no solo quedan esos regis- tros arquitectónicos. También, como lo anuncia la primera frase…

p. 33
16
Mujeres que hacen historia. Tierra, cuerpo y política en el Caribe colombianoGrupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación · 2011 · p. 132
1 cita
[17]

maleza, la opro- biosa cerca que separaba el mundo de sus protegidos del resto de la población se conserva intacta. Pero del paso de la United por la zona bananera no sólo quedan esos registros arquitectónicos. También, como lo anuncia la pri- mera frase que abre el testimonio de Margarita, queda una huella traumática…

p. 132
17
El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · p. 39
2 citas
[18]

en octubre de 1928, y que marcó la pauta en la concretización de un marco teórico altamente represivo. Colombia se adelantaba al Ministerio de la Defensa estadounidense —el Pentágono— en la formulación de doctrinas para combatir a lo que muchos años después se cono- cería como “enemigo interno”. Su eje central era…

p. 39
[19]

en octubre de 1928, y que marcó la pauta en la concretización de un marco teórico altamente represivo. Colombia se adelantaba al Ministerio de la Defensa estadounidense —el Pentágono— en la formulación de doctrinas para combatir a lo que muchos años después se cono- cería como “enemigo interno”. Su eje central era…

p. 39
18
Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · p. 313
1 cita
[20]

germen prometedor de una ma- rina de guerra. Nada podía hacerse militarmente en aquellas lejanías in- comunicadas, como no fuese por ges- tión diplomática. De ésta se echó mano mientras el país ardía de ira, pa- triotismo herido y frustración. La Pedrera fue devuelta a Colombia el 23 de octubre de 1911, merced a la…

p. 313
19
Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. El campesinado y la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 47
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se valieron de mecanismos como el uso de la fuerza policial al servicio de hacendados, en razón del carácter local que esta fuerza mantuvo hasta su nacionalización, en 1960 70. Contrario a lo definido por la Corte, El gobernador de Cundinamarca, por ejemplo, ordenó a las autoridades de Sumapaz que actuaran bajo el…

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The Flight of the Condor: Stories of Violence and War from ColombiaJennifer Gabrielle Edwards (ed.) · 2007 · p. 16
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with a mix of horror and admiration and their prolonged battles against their enemies—the pájaros, the army, and the National Police—became legendary. Some Colombians, faced with an implausible reality, re- placed it with fantasy and its fictions and went so far as to embark on pilgrimages to where guerrillas were…

p. 16
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No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 42
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los manifestantes. Tila Uribe relató así lo que vino después: «Durante 120 días se desató la persecución por todas las zonas, se oían las descargas del Ejército que disparaba contra todo en cualquier parte, mataba sin preguntar nada; aquello era un horrible desfile de muertos. La casa sindical, la imprenta y la…

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Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945Mauricio Archila Neira · 1992 · p. 260
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H. Freeman Matheus decía en 1928: " La legación ha expresado en el pasado su opinión de que el gobierno ha exagerado mucho dichos daños en favor de sus propios propósitos, y que el objeto inmediato de los pasajes pertinentes del mensaje [del gobierno] parecen estar dirigidos a obtener apoyo para la famosa Ley Heroica…

p. 260
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Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. CaribeComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 55
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para encontrar «enemigos internos» en los actores sociales. La historia nacional también demuestra que la guerra suele desbordar los límites humanitarios y que al final se tejerán ilícitas alianzas estratégicas que la reconfiguran en guerra sucia. Surge, entonces, un patrón de estigmatización, persecución, eliminación…

p. 55
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Nueva Historia de Colombia, Vol. III: Relaciones Internacionales, Movimientos SocialesÁlvaro Tirado Mejía, Jesús Antonio Bejarano, Fernando Cepeda Ulloa, Rodrigo Pardo García-Peña, Germán Zea Hernández, Luis Vitale, Malcolm Deas, Catherine LeGrand, Mauricio Archila Neira, Rocío Londoño Botero, Pierre Gilhodes, Myriam Jimeno Santoyo · p. 219
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condiciones impuestas por la guerra obligaron a la compañía a suspender totalmente las exportaciones de ba- nano desde Colombia, por cinco años. Después de la segunda guerra mun- dial, la United Fruit Company perdió su monopolio en la región de Santa Marta y se retiró de la producción, vendiendo o alquilando muchos de…

p. 219
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Huellas y rostros de la desaparición forzada (1970-2010)Federico Andreu-Guzmán (relator); Carlos Miguel Ortiz (coordinador); Centro Nacional de Memoria Histórica · 2014 · p. 362
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comandado por José Gregorio Mangones Lugo, alias “Carlos Tijeras”. Asimismo, fue “subcomandante” de ese frente paramilitar Luis Ortiz Garrido, alias “El Médico”, entre marzo de 2002 y septiembre de 2003. El Frente William Rivas Hernández operaba en los municipios de Ciénaga, Pueblo Viejo, Zona Bananera, Fundación, El…

p. 362
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Mujeres y guerra. Víctimas y resistentes en el Caribe colombianoGrupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación · 2011 · p. 236
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un punto 30 Echandía Castilla, Camilo y Salas, Luis Gabriel (2010) “Dinámica espacial del secuestro en Colombia (1996-2007)”, en Colombia 2009, Bogotá: Vicepresidencia de la República. Programa Presidencial de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario. 31 Observatorio Presidencial de Derechos Humanos y DIH…

p. 236
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Guerreros y campesinos. Despojo y restitución de tierras en ColombiaAlejandro Reyes Posada · 2016 · p. 216
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sistema penal acusatorio. Hay bandas urbanas precisamente porque no tienen la capacidad de conformar grupos rurales. Los desmovilizados no quieren volver al campo” 101. Para la Policía, y en general para el Gobierno, la desmovilización de las grandes estructuras paramilitares cambió la naturaleza del problema, pues…

p. 216
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Colombia bizarraPirry · 2022 · p. 20
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del departamento de Magdalena, Pedro Sánchez Rueda, se le prendió el bombillo y propuso un referendo para cambiarle el nombre a la población. Quería que se llamara en lo sucesivo Aracataca- Macondo, en alusión al territorio en el que transcurren los cuentos y las novelas escritas por su hijo dilecto. Ese nombre tenía…

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Una vida, muchas vidasGustavo Petro Urrego · 2021 · p. 31
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desco- nocida para mí, gracias en parte a la cantidad de culturas presentes, a la inmigración de árabes y europeos que se habían mezclado con lo indígena y con lo afro. Esa exuberancia me con- quistó enseguida. Aprendí a bailar, a reladonarme con mucha- chas muy francas, a enamorarme. Toda mi formación académica, 35…

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Pa que se acabe la vainaWilliam Ospina · 2013 · p. 138
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a escribirlos. Álvaro Mutis había viajado a México, a donde lo persiguió la intolerancia de unas empresas que consideraban siempre aceptable gastar dinero en campañas electorales y en relaciones públicas pero que veían escandaloso que se hicieran esos mismos gastos en relaciones culturales y en estímulos a los…

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Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 382
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flotando por el río, verdes e hinchados, con gallinazos encima. Para ese momento, los bosques ya habían desaparecido, y con ellos, los pájaros y el resto de animales. El Magdalena se había vuelto un cementerio, y su querido río, según escribió, ya no era más que una ilusión de la memoria. Recién había abandonado su…

p. 382
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The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 229
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five then feel the same social obligation to reciprocate for the group. It is easy to calculate the number of bottles of beer a man may drink in one night simply by counting the number of men in his conversation group. If more newcomers join, this geometric progres- sion of beer buying and drinking becomes staggering.…

p. 229
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Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 145
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litoral Atlántico. Se considera la montaña de litoral más elevada del mundo, y sus picos son los más altos del país: el Bolívar, de 5.775 m, y el Colón, de 5.770. Estas 118 ZONA ARQUEOLOGICA TAIRONA Ia Xm cumbres se levantan bruscamente desde el nivel del mar hasta las nieves perpetuas, a pocos kilómetros del litoral,…

p. 145
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Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 69
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vaciones sobre el crecimiento de la yuca y a experimentos para lograr un máximo éxito después de cada siembra. Las cadenas de relaciones sobre las cuales hemos venido hablando no son excepcionales. En una publica- ción de 1978, Arocha demostró que la interacción entre 70 Jfiínd Aicerfi s Nítfi S. ad Fiídadnfitt…

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Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · p. 170
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y grados de desarro - llo. Los Guajiros, de lengua Arawak, nómadas y por ello con escasa agricultura. Más abajo se encontraban los Indios del Valle de Uupar que desaparecieron definitivamente y de cuya cultura se carece de datos. El grupo de los Indios Taironas, Melo los describe como el pueblo de más alto desarrollo…

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Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 132
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activa vida ritual y mágico-reli- giosa. Poseían un dinámico mercado entre los dis- tintos poblados de la sierra —para lo que utiliza- ban una extensa red de caminos de piedra-, basado en productos agrícolas, la sal, el pescado y las manufacturas artesanales, como objetos de oro, mantas de algodón, adornos de plumas y…

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Viaje a la Sierra Nevada de Santa MartaÉlisée Reclus · 2016 · p. 1
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ÉLISÉE RECLUS v I aj E a L a SIERR a n E vada d E S anta ma R ta viajes ÉLISÉE RECLUS v I aj E a L a SIERR a n E vada d E S anta ma R ta viajes Reclus, Élisée, 1830-1905, autor Viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta [recurso electrónico] / Élisée Reclus; [presentación, Ernesto Mächler Tobar]. – Bogotá: Ministerio de…

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