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Biografía

Gabriel García Márquez

Transversal

1927–2014

15 min de lectura26 documentos
Nacimiento1927, Aracataca, Magdalena, Colombia
Fallecimiento2014, Ciudad de México, México
RolesNovelista · Periodista
Lugar principalColombia
Período históricoTransversal
03

La biografía

Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927 – Ciudad de México, 2014) fue el escritor colombiano de mayor proyección universal del siglo XX y, a la vez, uno de los operadores políticos informales más influyentes que el país haya producido. Su obra convirtió la historia violenta del Caribe colombiano —el enclave bananero, las guerras civiles, la Violencia partidista, el Bogotazo— en una gramática literaria que circuló por el mundo entero. Cien años de soledad, publicada en Buenos Aires en abril de 1967 por la Editorial Sudamericana, fue de inmediato un bestseller planetario y, con cerca de cuarenta millones de copias vendidas, el libro latinoamericano más difundido de la historia, solo superado en el corpus hispano por la Biblia y el Quijote. El Premio Nobel de Literatura, concedido por la Academia Sueca en 1982, sancionó una autoridad simbólica que él supo traducir en gestión diplomática: consejero de presidentes, interlocutor de Fidel Castro, firmante de cartas por la paz en Centroamérica, mediador que rechazó cargos oficiales para preservar la única moneda que le importaba, su independencia como escritor.

02

Línea de vida

  1. 1948

    El Bogotazo

    Leer contexto

    Vivió en Bogotá el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la insurrección popular del 9 de abril de 1948, experiencia que marcó su generación y dejó registrada décadas después en Vivir para contarla.

  2. 1955

    Primer exilio y primeras publicaciones

    Leer contexto

    Publicó su primera novela, La hojarasca, y el Relato de un náufrago por entregas en El Espectador; ese mismo año viajó a París en lo que se considera su primer exilio, en el contexto de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

  3. 1959

    Prensa Latina y el vínculo con Cuba

    Leer contexto

    Se integró a Prensa Latina, la agencia de noticias fundada por el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti tras el triunfo de la Revolución Cubana, donde coincidió con Rodolfo Walsh y Juan Carlos Onetti, iniciando una relación duradera con Cuba y Fidel Castro.

  4. 1967

    Publicación de Cien años de soledad

    Leer contexto

    La novela apareció en Buenos Aires en abril de 1967 por la Editorial Sudamericana; se convirtió de inmediato en un bestseller mundial y en el libro latinoamericano más difundido de la historia, con cerca de cuarenta millones de copias vendidas.

  5. 1975

    El otoño del patriarca

    Leer contexto

    Tras siete años de silencio narrativo, publicó El otoño del patriarca, novela sobre un dictador caribeño arquetípico cuya radical ruptura estilística desconcertó a críticos y lectores, aunque la crítica más atenta reconoció su prosa meticulosamente cincelada.

  6. 1982

    Premio Nobel de Literatura y carta por la paz en Centroamérica

    Leer contexto

    La Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura; el 8 de diciembre pronunció en Estocolmo un discurso sobre la violencia y la soledad latinoamericanas. Ese mismo mes firmó, junto a Alfonso García Robles, Alva Myrdal y Olof Palme, una carta dirigida a Belisario Betancur y otros líderes centroamericanos pidiendo negociaciones de paz en la región.

  7. 1985

    El amor en los tiempos del cólera

    Leer contexto

    Publicó esta novela ambientada en una ciudad caribeña de rasgos cartageneros, que amplió su mapa literario y consolidó su obra ante lectores de Europa, el mundo árabe y China.

  8. 1991

    Participación en el proceso constituyente colombiano

    Leer contexto

    Participó de alguna manera en el proceso que condujo a la nueva Constitución de Colombia de 1991, promovida por el presidente César Gaviria, aunque el alcance exacto de su intervención quedó en el registro de la influencia informal más que en el del cargo oficial.

De Aracataca a la memoria bananera

Su biografía comienza en un pueblo del Magdalena que aún vivía bajo la sombra larga de la United Fruit Company. Cuando él nació, en 1927, el enclave bananero había reorganizado por completo la vida material de la región. Con las plantaciones habían llegado el ferrocarril, el telégrafo, los caminos, los correos, las estaciones de policía, los burdeles, los bares y las tiendas de la compañía; en 1921 la United Fruit ya era dueña del 59% de la tierra productiva e improductiva de la zona bananera. Los trabajadores vivían en cobertizos, bebían agua contaminada, ganaban menos de un dólar diario y compraban en almacenes de la propia empresa que operaban con prácticas abusivas.

Al año siguiente del nacimiento del escritor, el 6 de diciembre de 1928, el general Carlos Cortés Vargas, del Ejército de Colombia, ordenó disparar contra una multitud de huelguistas reunida en la plaza de Ciénaga. La masacre de las bananeras quedó grabada como un evento fundacional en la memoria colectiva de la región, y García Márquez la incorporó décadas después al corazón de Cien años de soledad. La operación literaria fue tan poderosa que empezó a competir con el registro histórico: Eduardo Posada Carbó ha señalado, con inquietud, que el novelista ofreció distintas versiones sobre el número de muertos y que esas cifras variables terminaron siendo retomadas por otros como si fueran factuales. Otros historiadores, como Álvaro Tirado Mejía, citaron el pasaje novelado como ilustración —al modo en que se cita a Balzac o a Dickens—, advirtiendo su carácter literario; pero la frontera, una vez traspasada, no volvió a cerrarse.

Aracataca no fue solo un lugar de nacimiento sino la materia prima de una imaginación. El nombre Macondo —tomado, como el propio escritor reconoció en Vivir para contarla, por su resonancia poética— circuló desde sus primeros libros como emblema de un pueblo imaginario que la crítica y los lectores identificaron sin dificultad con el corredor bananero del Magdalena. Décadas más tarde, en un gesto que revela hasta qué punto la ficción había colonizado el territorio, el alcalde Pedro Sánchez Rueda impulsó un referendo para renombrar el municipio como Aracataca-Macondo y estimular el turismo literario. El referendo fracasó por abstención: apenas 3.270 de los 22.000 habilitados acudieron a las urnas. El pueblo real no logró convertirse en el pueblo imaginario, aunque en cierto modo ya lo era.

Hijo de un telegrafista, García Márquez cursó estudios en Zipaquirá y luego se matriculó en Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá. Vivió el 9 de abril de 1948 —el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la insurrección popular que se conoce como el Bogotazo— con una intensidad que dejó registrada mucho después en Vivir para contarla. Aquel día marcó, para él y para su generación, el ingreso violento de la política en la biografía personal.

El aprendizaje del periodismo y el primer exilio

Antes que novelista, García Márquez fue periodista de largo aliento, y esa condición nunca lo abandonó. En la Barranquilla de finales de los años cuarenta se integró al grupo de escritores y bohemios formado en torno a Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas Cantillo y Alfonso Fuenmayor —el llamado grupo de Barranquilla—, que le abrió el paso a las lecturas de Faulkner, Woolf y Joyce que reorientarían su prosa. Empezó a colaborar en la prensa costeña y, ya en Bogotá, en las páginas de El Espectador, donde su firma de reportero y cronista adquirió peso propio.

En 1955 publicó allí, por entregas, el Relato de un náufrago, una serie de crónicas basadas en el testimonio de un marinero superviviente del que se desprendió información incómoda para la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla. Ese mismo año viajó a París, en lo que suele considerarse su primer exilio. Las razones exactas admiten dos lecturas: el enfrentamiento con el régimen a raíz del Relato, o la búsqueda de nuevas oportunidades como reportero en Europa. Ambas versiones son compatibles: para un periodista colombiano de esos años, el desplazamiento profesional era también una forma de supervivencia política. En 1956, Carlos J. Villar Borda, uno de los primeros periodistas colombianos exiliados, buscó protección en España en un contexto muy similar.

En París, con menos dinero y más tiempo, escribió las primeras versiones de El coronel no tiene quien le escriba, que aparecería en 1961, y avanzó La mala hora (1962). Su primera novela, La hojarasca, había salido en 1955, justo antes de la partida. En Bogotá había participado del ambiente intelectual de la revista Mito, tribuna hispanoamericana que le publicó tres textos —entre ellos material vinculado a El coronel— y que dialogaba con las voces de Carlos Fuentes y Octavio Paz en los debates sobre existencialismo y fenomenología.

El siguiente movimiento fue decisivo. Tras el triunfo de la Revolución Cubana, el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti fundó Prensa Latina, la agencia de noticias de La Habana concebida para quebrar el monopolio informativo de los grandes cables internacionales. García Márquez se integró a ese proyecto, donde coincidió con figuras como el argentino Rodolfo Walsh y el uruguayo Juan Carlos Onetti. Fue el comienzo de una relación con Cuba y con Fidel Castro que atravesaría el resto de su vida: en las mismas páginas donde se contaban las ejecutorias del nuevo gobierno cubano, García Márquez comenzó a construir una posición política que compartió con Julio Cortázar y Pablo Neruda, y que la crítica identificaría después como un intercambio de estatus entre los escritores del Boom y el régimen revolucionario, potenciándose mutuamente en el mercado internacional de la fama.

México y la gestación de Cien años de soledad

A comienzos de los años sesenta, García Márquez se trasladó a Ciudad de México. Álvaro Mutis había llegado antes y le abrió el camino. La decisión no era menor. Colombia, país incapaz de sostener a sus creadores, había apagado el genio de Antonio Llanos, extinguido la música de Luis A. Calvo, dejado perderse a Luis B. Ramos y empujado al suicidio al dibujante Ricardo Rendón. Barba Jacob, Leo Matiz, Germán Pardo García, el propio Mutis y, más tarde, Fernando Vallejo encontraron en México lo que Colombia no ofrecía: no un asilo político formal, sino un asilo cultural frente a la indiferencia y el abandono que definían la relación del país con sus artistas. La intolerancia empresarial —que aceptaba gastos en campañas electorales pero rechazaba invertir en cultura— formaba parte del mismo cuadro.

En México, García Márquez trabajó en publicidad, escribió guiones y sostuvo a su familia. Se había casado en 1958 con Mercedes Barcha, con quien tendría dos hijos: Rodrigo y Gonzalo García Barcha. En algún momento hacia mediados de los sesenta, con un ejercicio de sustracción del que él mismo dejó constancia, se apartó del periodismo y la publicidad para dedicarse por entero a una novela larga. Ese entorno cultural mexicano —esa posibilidad de restarle tiempo a la vida remunerada— fue la condición material que hizo posible Cien años de soledad.

El libro apareció en Buenos Aires en abril de 1967, por Sudamericana, y su éxito inmediato desbordó los cálculos editoriales. La saga de los Buendía en Macondo, con su prosa exuberante y su tratamiento del tiempo, ofreció a millones de lectores una forma de leer el Caribe, la violencia política, las guerras civiles del siglo XIX, el enclave bananero y la nostalgia colombiana en una sola clave. Se lo asoció desde el principio con el llamado realismo mágico, aunque el término, útil como etiqueta comercial, siempre le fue demasiado estrecho.

El impacto se inscribió en el fenómeno más amplio del Boom latinoamericano. Junto a La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y Pedro Páramo de Juan Rulfo, Cien años de soledad funcionó para una generación de jóvenes latinoamericanos como un rescate: los sacó del existencialismo importado y les devolvió una realidad política y cultural propia. Fue una operación literaria y a la vez identitaria.

Del Otoño del patriarca al Nobel

Después del triunfo de 1967, García Márquez guardó siete años de silencio narrativo antes de publicar El otoño del patriarca (1975). El libro, un largo monólogo sobre un dictador caribeño arquetípico, desconcertó a críticos y lectores por su radical ruptura estilística respecto a Cien años de soledad: hubo reacciones atónitas y tímidas tentativas de rechazo, aunque la crítica más atenta reconoció el trabajo meticuloso de una prosa cincelada de la primera a la última palabra. En 1981 apareció Crónica de una muerte anunciada, en 1985 El amor en los tiempos del cólera y en 1989 El general en su laberinto, sobre los últimos días de Simón Bolívar. Cada uno de esos libros amplió el mapa —el pueblo caribeño de la crónica, la Cartagena finisecular del Amor, el río Magdalena bolivariano— y consolidó una obra que se leía con creciente atención en Europa, en el mundo árabe y en China, donde García Márquez llegó a ser considerado el escritor extranjero más influyente sobre la literatura local.

El 8 de diciembre de 1982, en Estocolmo, pronunció el discurso del Nobel. Fue un texto sobre la violencia y la soledad latinoamericanas, cerrado con una apelación memorable a la utopía de la vida y a una segunda oportunidad sobre la tierra para las estirpes condenadas a cien años de soledad. La cita, tomada del final de su novela mayor, transformó la ceremonia académica en manifiesto continental. El discurso ha sido citado, con posterioridad, en estudios sobre memoria histórica y construcción de memoria decolonial en Colombia.

El premio produjo un doble efecto. En el campo cultural coincidió con un momento de redefinición colombiana en el que también pesaban Fernando Botero, Manuel Zapata Olivella y el nadaísmo, y contribuyó a instalar una imagen del país que iba más allá del narcotráfico y la guerra. En el campo político, García Márquez lo instrumentalizó de inmediato: ese mismo diciembre de 1982, junto a los también premios Nobel Alfonso García Robles y Alva Myrdal y al primer ministro sueco Olof Palme, firmó una carta dirigida al presidente colombiano Belisario Betancur y a otros líderes centroamericanos pidiendo negociaciones para preservar la paz en la región. La credencial literaria se convirtió en credencial diplomática apenas semanas después de recibirla.

El operador político

Sería un error leer la vida pública de García Márquez como un apéndice de su literatura. La política lo acompañó desde muy joven —el Bogotazo, Prensa Latina, la Cuba revolucionaria— y con el Nobel adquirió una densidad nueva. Su red incluía a Fidel Castro, a la dirigencia sandinista, a Felipe González en España, a François Mitterrand en Francia y, más tarde, a Bill Clinton en Estados Unidos. En la administración de Belisario Betancur, entre 1982 y 1986, esas relaciones resultaron útiles para la cruzada pacificadora del presidente colombiano en Centroamérica, y García Márquez se movió como intermediario informal, sin cartera, sin sueldo público y sin acta oficial.

Rechazó, entre otras cosas, el ofrecimiento de un consulado en Barcelona. La razón que dio era coherente con un principio que sostenía desde antes de la fama: aceptar un cargo público comprometería su independencia como escritor. Esa fórmula —independencia por encima de todo— se convirtió en el eje de su método político. No era el poder oficial lo que le interesaba; era la posibilidad de moverse entre poderes.

La tensión de fondo, sin embargo, existía y no debe eludirse. Su simpatía sostenida con el régimen cubano lo alineó de manera visible con una de las partes del ajedrez continental. La independencia proclamada convivía con lealtades muy firmes. Fue esa combinación —la autoridad literaria universal, el prestigio de no aceptar cargos, las relaciones con La Habana y con los grandes gobiernos occidentales— lo que le dio una eficacia diplomática que pocos funcionarios formales del continente lograron. En Colombia, participó de alguna manera en el proceso que condujo a la nueva Constitución de 1991, promovida por César Gaviria; el alcance exacto de esa participación quedó, como muchos de sus movimientos, en el registro de la influencia más que en el del cargo.

Su trayectoria se sostuvo sobre una porosidad diseñada entre literatura, periodismo y política. La misma cualidad que hizo que su novela sobre la masacre bananera fuera leída como historia por sectores no literarios era la que le permitía, en la mesa de negociación, hablar con la autoridad del hombre que había explicado el continente al mundo. El costo lo pagó la historiografía cuando tuvo que discutir cifras con la ficción; el rédito lo cobró la diplomacia informal.

La Violencia como materia literaria

Entre 1946 y 1966, la literatura colombiana produjo un número inusualmente elevado de novelas sobre la Violencia partidista, un volumen sin precedentes en un período tan corto. Fueron obras marcadas por el testimonio, muchas veces de urgencia, en las que la fuerza temática pesaba más que la elaboración artística. García Márquez es señalado como el caso paradigmático de la evolución que llevó a esa literatura del testimonio directo a obras de mayor alcance estético: en él la Violencia dejó de ser denuncia inmediata para volverse arquitectura narrativa, sustrato de los pueblos silenciosos de El coronel, del rumor de La mala hora y de las guerras civiles interminables de los Buendía.

Ese tránsito no fue una huida de la historia sino su reformulación. La huelga y la masacre de 1928 en Ciénaga, las guerras civiles del siglo XIX, la Violencia partidista de los años cincuenta, el Bogotazo, están todos en la obra, transfigurados. El precio de la transfiguración es el que Posada Carbó señaló con incomodidad: las cifras cambiantes, las versiones múltiples, la seducción de un relato tan poderoso que empieza a ocupar el lugar del archivo. El beneficio es que millones de lectores en decenas de lenguas entendieron algo esencial sobre Colombia y sobre el Caribe a través de esa obra. La discusión sobre si esa comprensión fue exacta o mítica seguirá abierta; lo que no puede discutirse es que ocurrió.

Red literaria, red humana

Buena parte de la fuerza cultural de García Márquez se explica por las redes que tejió. Con Mario Vargas Llosa —con quien mantuvo primero una intensa amistad y luego una ruptura célebre—, con Julio Cortázar, con Carlos Fuentes, formó el núcleo del Boom, esa constelación que reorganizó el mercado editorial en español y trasladó el centro simbólico de la lengua de Madrid y Barcelona hacia el continente americano. Con Álvaro Mutis, cuya amistad venía de antes de la fama y sobrevivió a todas las etapas, sostuvo la relación más íntima de su vida literaria colombiana. Plinio Apuleyo Mendoza fue interlocutor de correspondencia y de entrevistas que quedaron como documento de una generación.

En Colombia, la relación fue más complicada. Su enorme fama terminó opacando el reconocimiento internacional de otros escritores colombianos. Su éxito editorial tampoco consiguió que la literatura alcanzara una dignidad nueva en el mundo oficial: el país fue capaz de apreciar los libros, no de ayudar a escribirlos, y los artistas siguieron abandonados a su suerte. Que el mayor novelista colombiano del siglo XX viviera fuera del país no fue un accidente biográfico; fue un síntoma persistente.

Residencias y últimos años

Convertido en un personaje célebre, García Márquez organizó su vida entre varias ciudades. Se radicó en Barcelona en los años setenta y luego alternó temporadas en Bogotá, Ciudad de México, Cartagena de Indias y La Habana. La casa de Cartagena, en el centro histórico, se volvió refugio y símbolo de un regreso parcial al Caribe. La Habana, donde tenía casa propia por gestión de Castro, era a la vez residencia y estación diplomática. Ciudad de México siguió siendo el hogar principal.

Trabajó activamente en la promoción del periodismo latinoamericano y en la formación de jóvenes escritores colombianos. Publicó sus memorias, Vivir para contarla, en 2002, y en 2004 la novela corta Memoria de mis putas tristes. Sus últimos años estuvieron marcados por el deterioro cognitivo que él mismo llegó a mencionar en público. Murió en Ciudad de México el 17 de abril de 2014, a los 87 años. Colombia decretó duelo nacional y organizó homenajes en Bogotá y Cartagena; en México, el gobierno le rindió honores de Estado. Sus cenizas reposan hoy en Cartagena de Indias.

Una huella disputada

Lo que García Márquez dejó no cabe en la palabra obra. Dejó una manera de leer América Latina que se instaló en cuarenta millones de ejemplares de una sola novela y en decenas de idiomas. Dejó una manera de ejercer el peso de un escritor sobre la política sin someterse a ella, moviéndose entre gobiernos que no se hablaban entre sí y ofreciendo interlocución donde los canales oficiales estaban rotos. Dejó una imagen internacional de Colombia que compitió durante décadas con la imagen del narcotráfico y la guerra, y que a menudo la venció. Dejó también una discusión historiográfica sobre los límites entre ficción y archivo, sobre lo que puede o no puede hacer un novelista con la sangre real de una masacre, discusión que hoy —a la luz de los debates sobre memoria histórica— sigue viva y probablemente lo seguirá estando.

Su lugar en la historia cultural colombiana es, por eso, doble. Fue el mayor codificador literario de la violencia del país y uno de sus operadores políticos más eficaces, y las dos cosas se sostuvieron mutuamente porque la frontera entre ficción e historia en su obra fue porosa por diseño. Esa porosidad le dio influencia cultural planetaria y capacidad diplomática informal; introdujo también distorsiones y compromisos que sus lectores más rigurosos han sabido señalar. La grandeza y la incomodidad conviven en la misma trayectoria, y cualquier lectura seria de García Márquez debe sostenerlas juntas.

En el país que no supo retener a Rendón, a Calvo ni a Llanos, y que tampoco supo retener del todo a Mutis, a Vallejo ni a él mismo, ese doble legado dice algo más amplio: que la mayor obra literaria colombiana del siglo XX se escribió en el exilio, con materiales colombianos, para lectores del mundo entero, y volvió al país transformada en un espejo que Colombia todavía no termina de descifrar.

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02Colombia bizarraPirry · 2022 · Página 201 cita
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del departamento de Magdalena, Pedro Sánchez Rueda, se le prendió el bombillo y propuso un referendo para cambiarle el nombre a la población. Quería que se llamara en lo sucesivo Aracataca- Macondo, en alusión al territorio en el que transcurren los cuentos y las novelas escritas por su hijo dilecto. Ese nombre tenía…

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03Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · Páginas 118, 1212 citas
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Botero se fue a Madrid en 1952 y estudió en la Escuela de San Fernando. En la Academia de San Marcos, en Florencia, tuvo como profesor a Bernard Berenson.Vivió en Nueva York, en Greenwich Village; allí sobrevivió vendiendo su arte por muy poco; “hacía réplicas de grandes obras, para turistas”, sin imaginar que…

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Alianza Popular Revolucionaria Americana del Perú, huyeron hacia México en busca de refugio durante esa época. Véase Semana (1987, 23 de noviembre). 100 Dentro de estos casos se encuentra Carlos J. Villar Borda, considerado uno de los primeros periodistas exiliados de Colombia, quien buscó protección en España en…

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08Con nombre propioDaniel Samper Pizano · 2017 · Página 471 cita
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un día entero respirando aire puro en la calle. Después, al regresar Gabo, descubría que en su meticuloso trabajo, la tía Antonieta le había refun- dido y confundido los papeles de su equilibrado caos. —Pasó varias veces —refiere el tenor—. Gabo se moles- taba mucho por eso, y exclamaba furioso: «¡Carajo, maldita sea,…

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18Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2017 · Página 2931 cita
[21]

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p. 293
1930 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · Página 2471 cita
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sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace treinta y dos años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de…

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20Histories of Perplexity: Colombia, 1970s–2010sLina Britto, A. Ricardo López-Pedreros · 2024 · Página 4641 cita
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December 8, 1982. www.nobelprize.org/prizes/literature/1982/marquez/lec - ture/. My italics. 8 I have argued this point in detail in my discussion of the structural challenges that constrain the construction of historical memory in Colombia in my essay “Gramáticas de la escucha: Aproximaciones filosóficas a la…

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21Las ideas en la guerra. Justificación y crítica en la Colombia contemporáneaJorge Giraldo Ramírez · 2015 · Páginas 163, 1642 citas
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la aventura armada en todo el continente. Pero el ardor no les llegó solo a ellos. La simpatía hacia el triunfo del Movimiento 26 de Julio, primero, y por las ejecutorias del nuevo gobierno cubano fueron más extensas y plurales. El caso más notorio es el de los artistas y, entre ellos, las estrellas ascendentes de la…

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la aventura armada en todo el continente. Pero el ardor no les llegó solo a ellos. La simpatía hacia el triunfo del Movimiento 26 de Julio, primero, y por las ejecutorias del nuevo gobierno cubano fueron más extensas y plurales. El caso más notorio es el de los artistas y, entre ellos, las estrellas ascendentes de la…

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22Los López en la historia de ColombiaÓscar Alarcón Núñez · 2022 · Página 2031 cita
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oficio compromete la independencia del escritor, y que esta es para él, según mi modo de pensar, algo tan esencial, como saber escribir. Más aún: si no he asistido a la entrega de los premios que se me han otorgado en distintos países, ni participado nunca en ninguna clase de promociones públicas, no es solamente por…

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23The Flight of the Condor: Stories of Violence and War from ColombiaJennifer Gabrielle Edwards (ed.) · 2007 · Página 161 cita
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with a mix of horror and admiration and their prolonged battles against their enemies—the pájaros, the army, and the National Police—became legendary. Some Colombians, faced with an implausible reality, re- placed it with fantasy and its fictions and went so far as to embark on pilgrimages to where guerrillas were…

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24Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · Página 251 cita
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al respecto, las cuales han sido retomadas por otras personas en diferentes formas.²⁶ Como frecuentemente se hace con Balzac para ilustrar aspectos de la vida burguesa, o con Charles Dickens para hacerlo sobre las miserias de la población en Inglaterra, acudí a un fragmento de Manuela, una novela costumbrista del…

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25Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · Página 1171 cita
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o conceptos que aún después del debate en grupo queden confusos, podrán quedar simplemente enunciados, con el compromiso de que se completará su definición más adelante. La literatura y el Bogotazo Los estudiantes, organizados en los mismos grupos, escucharán un fragmento del re - lato autobiográfico de Gabriel García…

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26Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 2041 cita
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en la literatura colombiana una tradición de escritura que se inicia como puro testimonio y logra con el tiempo afianzarse como una opción estética, en la que la fuerza de lo temático va dando paso a la elaboración de obras de gran al- cance y valor artísticos. Quizás, como se verá en el caso de García Már- quez, la…

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