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Hecho histórico · La Violencia · 1946–1957

Literatura del testimonio de la Violencia (1948–1957)

Entre 1948 y 1957, Colombia produjo un corpus inusitado de novelas, crónicas y testimonios que intentaron nombrar la Violencia bipartidista mientras ocurría, constituyendo la primera cartografía escrita de un fenómeno que el Estado eufemizaba y la memoria oficial prefirió olvidar tras el Frente Nacional.

Literatura del testimonio de la Violencia (1948–1957)
1948–1957
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
1948–1957
Protagonistas
Jorge Eliécer Gaitán, Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez, Gustavo Rojas Pinilla, José Antonio Osorio Lizarazo, Gabriel García Márquez, Daniel Caicedo, Fidel Blandón Berrío, Eduardo Santa, Alfonso Hilarión, Ramón Manrique, Augusto Ángel
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. La violencia política bipartidista venía escalando desde 1946 con el retorno conservador al poder, acumulando tensiones agrarias, sectarias y confesionales en las zonas cafeteras del Tolima, el antiguo Caldas y Antioquia
  2. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 desencadenó el Bogotazo y trasladó la violencia al campo, donde el gobierno conservador y dirigentes liberales la impulsaron con formas extremas de crueldad sobre poblaciones campesinas
  3. La ausencia de una sociología, una historiografía o un derecho de la memoria del fenómeno dejó a los testimonios literarios como único registro disponible frente a una prensa y un Estado que tomaban partido o eufemizaban
  4. La motivación de muchos autores de defender a su partido y culpar al adversario, combinada con la urgencia de dejar constancia antes de que los hechos se perdieran, impulsó la producción masiva de obras testimoniales de desigual calidad literaria
1948–1957Literatura del testimonio de la Violencia (1948–1957)

Consecuencias

  1. El corpus constituyó la primera cartografía escrita de la Violencia, documentando métodos concretos de crueldad, geografías del horror, patrones de desplazamiento forzado y despojo de tierras que la sociología tardaría más de una década en sistematizar
  2. Las obras del testimonio proveyeron el material factual y simbólico sobre el que se apoyó el estudio 'La violencia en Colombia' (Guzmán Campos, Fals Borda y Umaña Luna, 1962), referencia fundacional de las ciencias sociales colombianas
  3. La memoria oficial construida tras el Frente Nacional (1957) marginó este corpus, creando un hueco en la conciencia histórica del país que estudios posteriores han intentado reparar al reutilizar estas obras como fuente de información sobre las visiones partidistas de la época
  4. El debate interno sobre calidad literaria versus compromiso político, cristalizado en el artículo de García Márquez en la revista Eco (1960), trazó una división duradera entre la literatura testimonial directa y una elaboración artística de la Violencia como trasfondo narrativo
03

La clave interpretativa

Por qué importa

Este corpus es la conciencia escrita de la Violencia colombiana: producido desde adentro, con más urgencia que oficio, registró lo que el Estado negaba y la gran prensa silenciaba, y funcionó como archivo colectivo antes de que existiera ninguna institución dispuesta a preservar esa memoria. Su parcialidad sectaria, lejos de anularlo, lo convierte en documento doble: testimonio de los hechos y testimonio de cómo cada bando los vivió y los narró. La memoria oficial del Frente Nacional prefirió enterrarlo, lo que hace su recuperación crítica un acto historiográfico y político todavía pendiente.
04

Desarrollo histórico

La historia completa

Literatura del testimonio de la Violencia (1948–1957)

Entre el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en la carrera séptima con calle 13 de Bogotá, el mediodía del 9 de abril de 1948, y el plebiscito que en diciembre de 1957 refrendó el pacto del Frente Nacional, Colombia produjo una cantidad inusitada de novelas, cuentos y crónicas-testimonio que intentaron nombrar lo que estaba ocurriendo mientras ocurría. Ese corpus —que la crítica agrupó luego bajo la etiqueta imprecisa de novela de la violencia— no fue literatura en el sentido apacible del término. Fue un archivo levantado a contracorriente por sobrevivientes, párrocos, militantes, periodistas de provincia y campesinos alfabetizados que se sentaron a escribir con las manos todavía sucias de los hechos. Su valor no está en el pulido de la frase, casi siempre torpe, sino en haber registrado —cuando el Estado eufemizaba y la gran prensa tomaba partido— los descuartizamientos, las quemas de pueblos, los desplazamientos forzados, las ventas de tierra bajo coacción y los rituales de crueldad que definieron la primera fase de La Violencia bipartidista. La memoria oficial que se armó después del Frente Nacional prefirió olvidarlo. Este artículo intenta devolverlo a su lugar: el de la conciencia escrita de un país que no supo, o no quiso, mirarse.

El país del que brota el corpus

La violencia política entre liberales y conservadores no comenzó el 9 de abril. Venía escalando desde 1946, año del retorno conservador al poder con la presidencia de Mariano Ospina Pérez, y arrastraba resentimientos más viejos: los conflictos entre hacendados y colonos en las zonas cafeteras del centro del país durante las décadas de 1920 y 1930, la disputa por la tierra en Tolima y el antiguo Caldas, la estrecha alianza histórica entre la Iglesia católica y el Partido Conservador que ni los intentos moderadores desde 1930 lograron deshacer. El país llegaba a 1948 con una acumulación de tensiones agrarias, sectarias y confesionales que solo esperaban una chispa.

La chispa fue el asesinato de Gaitán. Juan Roa Sierra le disparó a la salida de su oficina, cuando el caudillo liberal salía a almorzar; la multitud lo linchó en el acto y destrozó su cadáver. En pocas horas el centro de Bogotá ardía: el sistema de tranvías destruido, iglesias y archivos eclesiásticos quemados, negocios asociados al conservatismo saqueados. Estaba en curso la IX Conferencia Panamericana, con el secretario de Estado norteamericano George Marshall en la ciudad, lo que dio al Bogotazo una dimensión internacional inmediata. Ospina Pérez y Marshall atribuyeron públicamente el crimen a los comunistas. Los comunistas no tuvieron responsabilidad alguna en el magnicidio.

Muerto Gaitán, la revuelta urbana quedó sin conducción política. Varios jefes liberales aceptaron colaborar con Ospina y la multitud se disolvió en las calles sin dirección. La violencia, entonces, migró al campo. Impulsada por el gobierno conservador e instigada también por dirigentes liberales, se instaló en las veredas del Tolima, del Valle, de Boyacá, del antiguo Caldas y de Antioquia con formas de crueldad que ninguna guerra civil del siglo XIX había ensayado: mutilaciones, violencia sexual sobre las víctimas, sevicia sobre los cadáveres, incendio de caseríos completos. En 1949 se rompió el diálogo entre las dirigencias partidistas —Alzate Avendaño amenazó desde el Congreso con que el problema del poder se definiría en las barricadas y no en las urnas— y Laureano Gómez avanzó hacia la presidencia mientras la gran prensa alimentaba el clima de confrontación. Ese era el país que empezó a escribir sobre sí mismo.

Los primeros libros: escribir con el temblor todavía encima

La primera obra que intentó recomponer literariamente el 9 de abril fue El día del odio, de José Antonio Osorio Lizarazo, publicada en 1952. El libro narraba las horas del Bogotazo desde el interior de la ciudad, en un registro que oscilaba entre la crónica y la novela y que fijó, para bien y para mal, un molde: el hecho reciente contado por alguien que lo había vivido, sin distancia, con la urgencia de quien teme que si no lo escribe se pierda.

De ese impulso brotó, entre 1948 y 1957, un corpus abundante y desigual. Viento seco, de Daniel Caicedo, publicada en 1953, se convirtió en la referencia más citada del subgénero: descripción descarnada de la violencia en el Valle del Cauca, prólogo de Antonio García que anteponía el compromiso político al conocimiento del oficio. Sin tierra para morir, de Eduardo Santa, abordó el desarraigo campesino en el Tolima. Las balas de la Ley, de Alfonso Hilarión, y Los días del terror, de Ramón Manrique, se sumaron al inventario. Hacia 1955 apareció Lo que el cielo no perdona, del sacerdote Fidel Blandón Berrío, un libro que rompió la convención literaria al incorporar fotografías de violentos exhibiendo cabezas recién decapitadas en Antioquia. La sombra del sayón, de Augusto Ángel, siguió una estrategia parecida: mezcla de ficción y documento gráfico, con el propósito explícito de intensificar el efecto dramático hasta un punto que hoy resulta insoportable y que entonces respondía a una convicción precisa: sin la imagen, no se iba a creer.

Ese detalle —la fotografía dentro del libro— dice mucho sobre las condiciones de producción del corpus. Escribir sobre la Violencia entre 1948 y 1957 no era construir una representación estilizada de un hecho lejano; era intentar demostrar, con las pruebas que fuera, que lo narrado había sucedido. La palabra sola parecía insuficiente porque el país oficial se empeñaba en no verlo.

La calidad literaria: un debate abierto por dentro

El corpus tenía un problema, y sus contemporáneos lo señalaron sin diplomacia. Muchos autores creyeron que la carga dramática del tema bastaba para producir una novela. No bastaba. La debilidad literaria de buena parte de esos libros se explicaba por una confusión: pensar que el horror del referente eximía al escritor del oficio. El resultado fue, con frecuencia, prosa apresurada, personajes planos, estructuras deshilachadas, diálogos rígidos, un maniqueísmo insistente en el que los propios eran víctimas puras y los adversarios verdugos absolutos.

En 1960, en la revista Eco de Bogotá, un joven Gabriel García Márquez publicó un artículo sobre la novela de la violencia. El texto era, entre otras cosas, un intento de deslindarse: García Márquez venía trabajando la Violencia como trasfondo elaborado en La hojarasca (1955) y en El coronel no tiene quien le escriba (1961), y no quería que su obra fuera absorbida por el subgénero de los testimonios crudos. Su posición marcó una división que la crítica posterior heredaría: por un lado, los libros del testimonio directo, escritos desde adentro, con más urgencia que oficio; por otro, una elaboración literaria de la Violencia como atmósfera, como sedimento, como memoria alusiva, que pedía distancia y técnica.

Ese debate era interno del propio campo. La motivación principal de muchos autores del testimonio era defender a su partido y culpar al adversario más que clarificar la situación. Y sin embargo —aquí entra el matiz decisivo— esas mismas obras registraron lo que la sociología tardaría más de una década en documentar y lo que la historia oficial nunca aceptó del todo: los métodos concretos de la crueldad, los nombres de las veredas quemadas, las formas del despojo, las complicidades locales entre notarios, especuladores y hombres armados. Su parcialidad era su límite y, paradójicamente, también su archivo: cada libro liberal denunciaba lo que veía; cada libro conservador denunciaba lo suyo; leídos juntos, componían un mapa de la Violencia que ningún documento oficial de la época se atrevió a trazar.

Lo que las novelas registraron y el país oficial calló

Detenerse en lo que efectivamente narraron esos libros es la única forma de calibrar su peso. Viento seco documentó la dimensión de terror cotidiano en el Valle: casas asaltadas, familias masacradas, ventas forzadas de fincas cafeteras a precios irrisorios. Sin tierra para morir fijó en la ficción lo que las estadísticas confirmarían después: el patrón de desplazamiento masivo desde las zonas cafeteras del centro del país, el papel del mayordomo o administrador de tierras ajenas como instrumento del despojo, la intensificación de muertes y huidas en las épocas de cosecha del café. Lo que el cielo no perdona dejó consignada la práctica de la decapitación y la exhibición de cabezas en Antioquia. Los días del terror y Las balas de la Ley recogieron episodios de operaciones nocturnas, incendio de caseríos, marcas partidistas sobre los cuerpos: corbatas, camisas y puertas rojas cuya exhibición podía costar la vida, la cédula de identidad revisada para verificar en qué elecciones había votado el portador.

Este registro literario coincidía, punto por punto, con lo que quedaría documentado años más tarde en el estudio sociológico La violencia en Colombia, publicado en 1962 por Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna. Pero en el momento en que las novelas aparecieron —entre 1948 y 1957— no existía todavía una sociología del fenómeno, ni una historiografía, ni un derecho de la memoria. Existían los libros, y algunos artículos de prensa que muchas veces reproducían la versión oficial. En ese vacío institucional, las novelas del testimonio fueron —quiéranlo o no sus autores, y con toda la carga sectaria que arrastraban— la primera cartografía escrita de la Violencia.

Registraron también, con particular precisión, la geografía del horror. Yacopí, al noroeste de Cundinamarca, arrasado casi por completo en 1952. Las chozas de los indígenas del antiguo Resguardo de Ortega y Natagaima incendiadas en noviembre de 1950, con sus habitantes brutalmente expulsados. Las Rocas, jurisdicción de El Líbano, en el Tolima, escenario de una operación del Ejército a comienzos de abril de 1952. Caseríos como San José de las Hermosas, en el sur del Tolima, incendiados en más de una ocasión. El corpus narrativo no siempre nombró estos lugares con exactitud cartográfica, pero recorrió sus paisajes: el pie de monte cafetero, las vertientes del Tolima, las tierras planas del Valle, el norte de Boyacá, los pueblos de trocha del Viejo Caldas.

La ritualización de la crueldad

Hay una dimensión del corpus que exige párrafo aparte, porque es la que más incomoda y la que más importa: la representación del cuerpo campesino violentado. Las novelas del testimonio no eludieron —ese fue quizá su acto más radical— la descripción de las formas extremas de mutilación, de la violencia sexual sobre las víctimas, de la sevicia sobre los cadáveres. Los sociólogos llamarían después a estos rasgos componentes patológicos de las operaciones de intimidación. Las novelas, con menos vocabulario académico, los llamaron por su nombre.

Lo que esos libros dejaron entrever —y lo que la investigación posterior confirmaría— es que las técnicas de desmembramiento practicadas sobre los cuerpos constituían un inventario de cortes provenientes del mundo de la cacería y la carnicería campesina. Había una continuidad simbólica entre el tratamiento de los animales de crianza y el de los cuerpos humanos, una economía brutal del gesto que solo puede describir quien ha visto de cerca ambos oficios. La decapitación y la exhibición de las cabezas —documentada en la novela de Blandón con fotografía incluida— no eran actos aleatorios; funcionaban como marca territorial, como advertencia, como ritual de pertenencia entre los propios ejecutores. El corpus literario captó esa dimensión ritual antes de que la sociología pudiera nombrarla.

De ese fondo emergió también, en los años inmediatamente posteriores, la generación de figuras marcadas por el fatalismo y la sed de venganza que la crónica llamaría bandoleros: nombres como Desquite o Sangrenegra, hijos de la Violencia y a la vez sus prolongadores. Las novelas de comienzos de los sesenta —y la obra posterior de Gustavo Álvarez Gardeazábal— trabajarían sobre esa herencia. El material sobre el que trabajaban ya estaba puesto: lo habían puesto los libros escritos entre 1948 y 1957.

El Bogotazo como pregunta narrativa

Un capítulo dentro del corpus merece consideración propia: el de las obras que intentaron reconstruir el 9 de abril de 1948. Fue el hecho fundacional del ciclo, y sin embargo el más difícil de narrar, porque en pocas horas había concentrado tantos elementos —el magnicidio, la revuelta, el saqueo, la quema del centro de Bogotá, la Conferencia Panamericana, la atribución falsa a los comunistas, la desaparición de la conducción política del liberalismo popular— que ninguna narrativa lineal alcanzaba.

El día del odio, de Osorio Lizarazo, abrió el camino en 1952. Otras crónicas y memorias, entre ellas la de Estrada Monsalve, ensayaron una historia oficial masculina del Bogotazo: un relato de decisiones tomadas en despachos, de figuras públicas en movimiento, de puntos fijos alrededor de los cuales orbitaba la ciudad. Contra ese molde surgirían, con el tiempo, memorias fragmentarias, femeninas e infantiles que cuestionaron esa cristalización oficial. Pero incluso en 1952, y precisamente en el molde oficialista, el hecho literario mayor era que se estuviera intentando narrar el 9 de abril en absoluto. En un país donde el gobierno acababa de atribuir el magnicidio al comunismo internacional, escribir una novela sobre el Bogotazo era ya un acto de disputa por el sentido.

Gaitán fue el único de los grandes líderes populistas latinoamericanos de la época —junto a Lázaro Cárdenas, los Perón, Getúlio Vargas y Víctor Raúl Haya de la Torre— que murió asesinado. Su muerte truncó abruptamente el programa populista en Colombia y dejó a las clases populares urbanas sin representación política orgánica durante décadas. El impacto simbólico ha sido comparado con el asesinato del presidente Kennedy en Estados Unidos, con la diferencia de que ningún relato oficial coherente vino a llenar el hueco: solo la versión, rápidamente desmentida en privado y jamás corregida en público, de la conspiración comunista. En ese vacío interpretativo, la literatura del testimonio hizo lo que pudo. No siempre bien, no siempre limpio, pero lo hizo.

Bipartidismo, Iglesia, silencio

La Violencia no fue únicamente política, pero fue intensamente partidista. Los dos partidos tradicionales llevaron a sus bases hasta el extremo de la confrontación y luego, cuando el costo se volvió insostenible, se retiraron sin asumir responsabilidades. El periodista liberal Juan Lozano y Lozano lo señaló con claridad temprana: era de esperarse, escribió, que los dirigentes liberales que habían empujado al pueblo hasta el último extremo de la lucha civil legal contra el gobierno de Ospina, y que lo habían comprometido en esa lucha, asumieran alguna cuota por las consecuencias. No lo hicieron. Varios de esos jefes aceptaron colaborar con Ospina mientras la multitud quedaba sin dirección en las calles y la Violencia migraba al campo.

La Iglesia católica, por su parte, mantenía estrechos nexos con el Partido Conservador que sus intentos de moderación desde 1930 no habían logrado deshacer, y ese vínculo se cobró caro en 1948: los edificios eclesiásticos fueron blancos preferentes durante el Bogotazo. Los archivos parroquiales quemados, las iglesias saqueadas y las hogueras de bancos y confesionarios en la carrera séptima fueron, en su brutalidad, la respuesta acumulada de décadas de antipatía entre liberalismo popular y jerarquía católica.

La literatura del testimonio nombró esos nexos, esas responsabilidades, esas jerarquías. Los libros liberales acusaron a los gobiernos conservadores y a la Iglesia; los libros conservadores acusaron al liberalismo. Esa parcialidad —el maniqueísmo del que se les acusó con razón— era también su rasgo documental: cada trinchera narrativa registraba lo que la otra callaba. Leídos como archivo cruzado, restituyen una imagen del bipartidismo colombiano de mediados de siglo que ninguna historia consensual, elaborada después, se atrevió a reconstruir con la misma crudeza.

El Frente Nacional y el pacto del silencio

En diciembre de 1957 el plebiscito refrendó el pacto entre liberales y conservadores que se conocería como Frente Nacional. Empezó a operar en 1958. Fue un acuerdo consociacional para compartir el poder durante dieciséis años: alternancia presidencial obligatoria entre los dos partidos, distribución paritaria de cargos, exclusión implícita de cualquier tercera fuerza política. El pacto se extendió hasta 1974.

Con él llegó la desmovilización de la mayor parte de las guerrillas liberales y comunistas surgidas durante la Violencia. Llegó también, con la misma decisión, un pacto de silencio. Los jefes políticos de ambos partidos callaron sobre las responsabilidades pasadas y reservaron la elocuencia para hablar de tareas futuras. La paz partidaria prevaleció sobre la verdad y la justicia. La Violencia empezó a ser concebida oficialmente como una clave sociológica para auscultar al campesinado —a ellos, los violentos rurales, los bandoleros, los alzados—, no para examinar las responsabilidades de la organización política, del Estado, de los partidos o de la Iglesia. Se levantó una separación artificial entre esos actores y los hechos, como si la violencia rural hubiera brotado del suelo y no de decisiones tomadas en Bogotá.

En ese marco, la literatura del testimonio quedó incómoda por partida doble. Incómoda para el establecimiento porque nombraba lo que el pacto quería olvidar. Incómoda para el campo literario emergente porque su deficiencia de oficio la volvía fácil de descalificar. La confluencia de esas dos incomodidades explica su marginalización posterior: no fue una censura formal —los libros circularon, algunos incluso con éxito—, fue una reclasificación. Dejaron de ser leídos como literatura y pasaron a ser tratados, en el mejor de los casos, como documento sociológico secundario.

El puente hacia la sociología: 1962

La distancia entre la escritura del testimonio y su transformación en objeto de estudio se cerró en junio de 1962, cuando la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional publicó La violencia en Colombia. Sus autores —Germán Guzmán Campos, sacerdote católico; Orlando Fals Borda, sociólogo; Eduardo Umaña Luna, abogado— hicieron algo que hasta entonces no se había hecho: sistematizar la evidencia dispersa —incluida buena parte del corpus narrativo, además de testimonios directos y documentos oficiales— en un estudio comprehensivo del fenómeno.

El libro fue polémico desde su aparición. La primera edición constó de mil ejemplares numerados distribuidos entre altos dirigentes e instituciones; la demanda fue tal que los poseedores organizaron turnos de lectura y circularon rumores infundados de que el gobierno lo había prohibido. En noviembre de 1962, un informe reservado del coronel Álvaro Valencia Tovar que valoraba positivamente la obra se filtró a un senador conservador opositor. Los seguidores del laureanismo en el Congreso denunciaron favoritismo liberal dentro del Ejército, el ministro de guerra intervino atacando el libro y, entre rumores de complot golpista conservador, tanques del Ejército se desplegaron un sábado por la noche en las calles de Bogotá. Los tres autores tuvieron que esconderse durante dos semanas.

La violencia en Colombia estableció una cifra —134.820 muertos entre 1948 y 1958, con mayor concentración de víctimas en Tolima, Valle, Antioquia y Caldas— que se convirtió en referencia obligada, aunque estimaciones posteriores han rebajado ese rango a cerca de 57.737 víctimas mortales para el período 1949-1958. La cifra global de 200.000 muertos, ampliamente citada, incluye estimaciones sobre heridos y desplazados, y ha sido cuestionada. Pero el hecho decisivo no fue el número. Fue que un estudio académico levantado desde una facultad estatal recogiera, con nombres, veredas y fechas, lo que las novelas venían denunciando desde 1948. El corpus narrativo del testimonio dejó entonces de estar solo. Su función de archivo paralelo se vio, por primera vez, respaldada institucionalmente. Y a la vez, con una ironía difícil de eludir, empezó a ser desplazado por la sociología, que ofrecía la misma información con mayor autoridad epistémica.

Por qué importa recuperarlo

El corpus de la literatura del testimonio de la Violencia queda hoy en un lugar extraño: demasiado literario para ser fuente documental de primer orden, demasiado documental para ser leído como literatura mayor. Su exclusión del canon —la generación del Boom, y singularmente García Márquez desde su artículo en Eco, consolidó criterios de calidad artística que empujaron esos libros hacia el margen— se sumó al desinterés oficial del Frente Nacional por sacar a flote las responsabilidades del período. La confluencia de una razón estética y una razón política produjo el efecto que hoy constatamos: un país que reconstruye el timeline de sus conflictos armados desde los años sesenta hacia adelante, con las guerrillas comunistas excluidas del pacto bipartidista como punto de partida, y que trata la fase 1948-1957 como una prehistoria borrosa, dominada por la sociología clásica y por unos pocos referentes literarios canónicos.

Ese timeline es incompleto. La conformación de las guerrillas comunistas —el origen remoto de las FARC en núcleos como Marquetalia— no se explica sin las estructuras organizativas agrarias que sobrevivieron a la Violencia en las zonas cafeteras del sur del Tolima y del antiguo Caldas. La cultura política del bipartidismo colombiano tardío no se explica sin el pacto de silencio que el Frente Nacional impuso sobre las responsabilidades de ambos partidos. El repertorio de crueldades de los conflictos armados posteriores —descuartizamientos, marcas sobre los cuerpos, exhibición de cadáveres— no se explica sin la ritualización de la violencia que se instaló en las veredas colombianas entre 1948 y 1957. Esas continuidades no están en los archivos oficiales de la época, porque los archivos oficiales las callaron. Están en los libros del testimonio.

Volver a leerlos hoy no es un ejercicio de rehabilitación estética: buena parte de esas novelas siguen siendo literariamente deficientes, y ningún esfuerzo crítico les devolverá un valor que no tienen. Es un ejercicio de otra naturaleza. Es reconocer que, durante casi una década, mientras el país oficial se organizaba para no ver, un grupo disparejo de escritores decidió que había que dejar constancia. Lo hicieron mal, muchas veces. Lo hicieron desde una trinchera, casi siempre. Pero lo hicieron. Y sin ese registro imperfecto, la memoria de la Violencia colombiana entre el Bogotazo y el Frente Nacional habría quedado exclusivamente en manos de quienes tenían interés en olvidarla. Ese corpus fue —con toda su tosquedad, con toda su parcialidad— la conciencia crítica de una época que no quiso mirarse. Su ausencia del timeline canónico del conflicto colombiano no es un olvido estético neutral: es la última consecuencia visible del pacto de silencio que se firmó en 1957.

05

La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

07

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

40 documentos · 49 fragmentos
01Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · p. 2261 cita
[1]colombianas (1949), Historia privada de los colombianos (1960), que son expresiones de su liberalismo político y de sus tesis de simpatía por el socialismo, pero no como las que en Perú labraba Mariátegui, sino todavía ancladas en un viejo paternalismo político heredado de la tradición encomendera. 27 l a violencia…p. 226
02When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames D. Henderson · 1985 · p. 163 citas
[2]ll The Conservative etiology of the Violencia did not achieve wide cur- rency outside of the country. It smacked of cold war paranoia and ran counter to evidence showing little communist influence in national life. Novels written early in the Violencia, though blatantly polemical and tending to present the Liberal…p. 16
[3]ll The Conservative etiology of the Violencia did not achieve wide cur- rency outside of the country. It smacked of cold war paranoia and ran counter to evidence showing little communist influence in national life. Novels written early in the Violencia, though blatantly polemical and tending to present the Liberal…p. 16
[4]ll The Conservative etiology of the Violencia did not achieve wide cur- rency outside of the country. It smacked of cold war paranoia and ran counter to evidence showing little communist influence in national life. Novels written early in the Violencia, though blatantly polemical and tending to present the Liberal…p. 16
03Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · p. 75, 1402 citas
[5]las calles a tempranas horas de la madrugada, cargada de las víctimas de la noche anterior. En este ambiente, en esta subcul- tura de la Violencia, que estaba trans- formando las conductas sociales, el lenguaje y los esquemas de valoración de muchas regiones, estaba creciendo toda una generación en la cual se in-…p. 140
[18]país, Ospina Pérez en- vía el siguiente mensaje a los emba- jadores y cónsules de Colombia en el exterior: «Un desconocido dio muerte al doctor Gaitán; la multitud destrozó el cadáver del asesino que no ha sido identificado; se trata de un comunis- ta.» El general Marshall de inmediato difundió la versión de que el…p. 75
04Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · p. 751 cita
[6]fundadas en do- cumentación de archivo—, sin por eso Novelistas de la Violencia: José Antonio Osorio Lizarazo, autor de "El día del odio" (1952) y Daniel Caicedo, autor de "Viento seco" (1953). Capítulo 3 75 lograr producir una obra de literatura, ni develar el sentido vital e histórico del drama. A pesar de todos sus…p. 75
05Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 2041 cita
[7]en la literatura colombiana una tradición de escritura que se inicia como puro testimonio y logra con el tiempo afianzarse como una opción estética, en la que la fuerza de lo temático va dando paso a la elaboración de obras de gran al- cance y valor artísticos. Quizás, como se verá en el caso de García Már- quez, la…p. 204
06El día del odioJosé Antonio Osorio Lizarazo · 2016 · p. 11 cita
[8]el día del odio J o SÉ a NT o N io o S o R io li Z a R a Z o J o SÉ a NT o N io o S o R io li Z a R a Z o el día del odio Osorio Lizarazo, José Antonio, 1900-1964, autor El día del odio / José Antonio Osorio Lizarazo; [presentación, María Mercedes Andrade]. – Bogotá: Ministerio de Cultura: Biblioteca Nacional de…p. 1
07Violence in Colombia: The Contemporary Crisis in Historical PerspectiveCharles Bergquist, Ricardo Peñaranda, Gonzalo Sánchez (eds.) · 1992 · p. 587, 5942 citas
[9]character that stood in the way of its comprehension. Antecedents Almost simultaneously with the development of the Violence, between 1948 and 1964, a great deal of literature was produced on the topic. In general it consists of disparate works in terms of quality, and the main motivation of many authors was to defend…p. 594
[43]repress this political imperative, such as by tolerating or supporting the dirty war, can make things only worse. Page 293 14 Conclusion: Surveying theLiterature on the Violence Ricardo Peñaranda As this bibliographical essay makes clear, part of the phenomenon of the Violence is the process of cultural understanding…p. 587
08Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 1111 cita
[10]Bogotá con numerosas obras de infraestructura, urbanizando la ciudad con la creación de nuevos barrios y generando una amplia oferta de empleos en la ciudad. Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Partido Liberal se dividió entre los dos candidatos liberales Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán. Para las…p. 111
09Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · p. 1151 cita
[11]in 1950, but he was murdered in the center of Bogot á on April 9, 1948, a day that changed the history of the nation, much as the assassination of President Kennedy in 1963 changed U.S. society. The marginalized working class, people who felt that government, laws, and society were stacked against them, were stunned…p. 115
10El río: exploraciones y descubrimientos en la selva amazónicaWade Davis · 2017 · p. 2361 cita
[12]ora- toria se inflamaba y crecía su fama, la estructura empezó a resquebrajarse. En los barrios del norte, las dueñas de casa empezaron a quejarse de la altanería de las sirvientas. Los hombres de negocios del centro tuvieron que soportar 237 Eí ndi el desdén de los muchachos emboladores. Los mendigos escupían en las…p. 236
11De la derecha a la izquierda: La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · p. 1081 cita
[13]directo de la aguda antipatía histórica que había entre estas dos agrupaciones. La Iglesia, desde luego, se había visto arrastrada hasta esta vorágine y por eso no sorprende que los edificios de la Igle- sia hubieran sufrido algunos de los daños más serios ocasionados por los distur- bios. A pesar de sus intentos de…p. 108
12De la derecha a la izquierda. La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · p. 1081 cita
[14]antipatía histórica que había entre estas dos agrupaciones. La Iglesia, desde luego, se había visto arrastrada hasta esta vorágine y por eso no sorprende que los edificios de la Igle- sia hubieran sufrido algunos de los daños más serios ocasionados por los distur- bios. A pesar de sus intentos de adoptar una posición…p. 108
13Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · p. 1491 cita
[15]zonas del centro de Bogotá saqueadas y reducidas a escombros; el sistema de tranvías quedó afectado, varias iglesias y diversos archivos eclesiásticos fueron quemados, y los negocios, en especial los que parecían simpatizar con los conservadores, fueron presa de asaltos. De los principales líderes populistas de…p. 149
14Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 1421 cita
[16]masas que haya conocido la política colombiana. El crimen repercutió en todo el territorio nacional. Una revolución había comenzado. ¡A la carga! Gaitán no se equivocó cuando sentenció en uno de sus grandilocuentes discursos en la plaza pública: “Ninguna mano del pueblo se levantará contra mí y la oligarquía no me…p. 142
15No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 56, 722 citas
[17]Quindío, Antioquia, entre otros lugares. La Violencia tuvo dos olas: de 1946 a 1953, durante el gobierno y la dictadura conservadora, y de 1953 a 1957, durante la dictadura militar. En ambas hubo episo- dios de crueldad como masacres, descuartizamientos, quema de pueblos, que dejaron sed de venganza, agravios y…p. 56
[23]el libro La Violencia en Colombia 149 se establece que entre 1948 y 1958 murieron 134.820 personas, entre civiles y armados, a causa de este conflicto (la mayoría en el Tolima, Valle, Antioquia y Caldas) y eleva la cifra a 200.000 a partir de una estimación de personas heridas que luego murieron, o que fueron…p. 72
16Siembra vientos y recogerás tempestades. La historia del M-19, sus protagonistas y sus destinosPatricia Lara S. · 2002 · p. 291 cita
[19]llegó también la re vuelta. Mientras tanto, varios jefes liberales fueron a Palacio para hablar con el presidente sobre la difícil situa ción. Ospina continuó en el mando. Los liberales aceptaron colabo rar con él. Varios días permaneció la multitud ebria, sin que nadie la dirigiera. Se diluyó la revuelta en las…p. 29
17Women's Writing in Colombia: An Alternative HistoryCherilyn Elston · 2016 · p. 551 cita
[20]if there was a tremor or the Holy Sacrament had caught fire: everyone to class to collect their things, Mother Marcelina shouted from above. Placed in italics, the linear, official (masculine) narrative of the assassina- tion of Gaitán and the Bogotazo, voiced by the insertion of extracts from Joaquín Estrada…p. 55
18Of Beasts and Beauty: Gender, Race, and Identity in ColombiaMichael Edward Stanfield · 2013 · p. 1161 cita
[21]on the cover. The violence sparked by “el nueve de abril” (April 9) made the streets and the public sphere, which had shaped Gaitán into a popular icon, dangerous terrain to tread.36 Once the Cali daily El Relator restarted printing its newspaper on April 12, reports tracked and interpreted the violent fallout of…p. 116
19When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames David Henderson · 1985 · p. 1, 42 citas
[22]Introduction The Violencia and Its Literature On the fourth of June 1949} the registrar of voters of Santa Isabel} Tolima} picked up a pistol and fired a bullet through his brain. The news caused a ripple of interest in the village} and for several days people mused on his untimely passing. A newspaper in the nearby…p. 1
[25]and his colleagues was a gener- alized phenomenon that ravaged a major part of the nation from the year 1948 and left in its wake 200}000 dead as well as untold physical destruction. It was defined as an occurrence unique to Colombia whose ramifications were political} economic} and cultural and whose EBSCOhost: eBook…p. 4
20Autodefensas de Cundinamarca. Olvido estatal y violencia paramilitar en las provincias de Rionegro y Bajo MagdalenaCamilo Ernesto Villamizar Hernández, Rodrigo Arturo Triana Sarmiento, León Felipe Rodríguez Hernández, César Nicolás Peña Aragón · 2020 · p. 351 cita
[24]las FARC, sí articuló formas organiza- tivas agrarias, legales e ilegales, constituidas en los años precedentes. En este sentido, la base construida por el movimiento comunista en los núcleos agra- rios cafeteros de Cundinamarca posibilitó la conformación de las estructuras guerrilleras en la década de 1960. 1.…p. 35
21La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · p. 1, 212 citas
[26]al Presbítero Camilo Torres Restrepo, fraternal im- pulsador de todas las horas; a la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional que promovió la idea de la investi- gación; a la Fundación de la Paz con cuyo patrocinio fue posible realizar la labor; a don René Camargo, generoso auxiliar; al doctor Andrew Pearse…p. 21
[33]?! 1*71 Vil CI MIIUL VtíllüLlU EL SIGLO' llm Errw fcTT^ Secu lentos soore la nrtín Xyueva PRENSA aWL - < ucercl Estudio de un Proceso Social lm Lacha coatí Armados SEGUNDA EDICION Mons. GERMAN GUZMAN ORLANDO FALS BORDA EDUARDO UMAÑA LUNA Va 0 alCrimi F2278 * a¿ Gánese la.G99 V. | os ém^mmí' Gritaban- n; n „ nh v -…p. 1
22Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Ensayo introductorioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 421 cita
[27]regiones como el centro y norte del Tolima y el antiguo Caldas. Fueron las zonas cafeteras en regiones centrales del país –aquellas donde se habían concentrado los conflictos entre hacendados y campesinos colonos en las décadas del veinte y treinta– donde fue más cruda la violencia, y donde se produjeron con más…p. 42
23Caminos de guerra, utopías de paz (Colombia: 1948-2020)Gonzalo Sánchez Gómez · 2021 · p. 1731 cita
[28]vereda, establecían estrictas líneas de demarcación política cuya transgresión tenía consecuencias fatales. Una corbata, una camisa o una puerta roja eran una invitación a la muerte; como también cargar una cédula de identidad que llevara el registro de determinadas elecciones. Y formas atroces de mutilación, de…p. 173
24Historia de Colombia. Colombia Contemporánea IArturo Alape, Antonio Caballero, Gonzalo Hernández de Alba, Mauricio Archila, Germán Arciniegas, Enrique Sánchez y otros (obra colectiva) · 1988 · p. 531 cita
[29]los campesinos a vender a bajos pre- cios o a abandonar sus tierras y enseres. Surgié en- tonces la siniestra figura conocida como «el ma- yordomo» o el «administrador» de tierras ajenas. Era una ley implacable: quien no accedia a com- partir los beneficios de la explotacién de Ja finca era hombre muerto. 1728 En el…p. 53
25La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 1861 cita
[30]La oportunidad de culminar la sub - versión socialista había pasado. Ahora seguía el anticlímax de la vi o lencia, estimulado con el poder desde el mismo go- bierno. Así se acabaría de frustrar el élan y se pondría dique al avance de la Secularidad instrumental. Sin embargo, los liberales en un último esfuerzo de…p. 186
26Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · p. 2322 citas
[31]inició en el año 1947. Cuando el presidente conservador Mariano Ospina Pérez intentó imponer la ley marcial, a fines de 1949, el Partido Comunista or- denó a sus miembros que se alzaran en armas para defenderse del Gobierno. El llamado de los comunistas a la autodefensa fue imitado por líderes del Partido Liberal y,…p. 232
[32]inició en el año 1947. Cuando el presidente conservador Mariano Ospina Pérez intentó imponer la ley marcial, a fines de 1949, el Partido Comunista or- denó a sus miembros que se alzaran en armas para defenderse del Gobierno. El llamado de los comunistas a la autodefensa fue imitado por líderes del Partido Liberal y,…p. 232
27Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 192, 3782 citas
[34]en u11 centenar de poblaciones'. A la búsqueda de la Violencia Al llegar en 1958 el FN, la llamada <cgeneración de mayo)>, sur- gida de las jornadas contra la dictadura militar, era marginal en el personal político, extraído del mismo fondo de jefes, subjefes y lugartenientes que venían actuado desde las décadas…p. 192
[40]el9 de abril en provincia, Bogotá, 1983. Sobre el sindi ca li s mo, además de las obra s ya mencionadas, pueden consultar se E dgar Caicedo, Historia de l as lu c ltas si11dicales en Colombia, Bogotá, 1977; Almario Salazar, Hist oria de los t rab ajad ores petrol eros, Bogotá, 1984. La v iolen cia pr op iamente dicha…p. 378
28Violence and Resistance, Art and Politics in ColombiaStephen Zepke, Nicolás Alvarado Castillo · 2023 · p. 451 cita
[35]asserts that those who bear these signs have the right to abuse and take advantage of those who do not. The inter - action between these classes of values is paradoxical, as it promotes the M. ZULETA 9 idea that the resolution of conflict is achieved through permanent war, in which the strongest side, which are…p. 45
29The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 3711 cita
[36]church and greeted León María, yet during the entire mass they could not stop thinking about the strange manner in which the two drunk men were lying on the road. As they headed out, they mentioned this to Father Legui, who was coming in from the street. He only managed to answer them with a smile. Don Pacho Montalvo…p. 371
30La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social - Tomo IIGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 2019 · p. 201 cita
[37]15 y 21 de julio y 15 de agosto, respectivamente, reproducían largos apartes de la obra para información del público que esperaba la salida de la segunda edición. Los mil ejemplares numerados de la primera se habían repartido exclusivamente entre altos dirigentes e instituciones nacionales; pero el interés y la…p. 20
31Forgotten Peace: Reform, Violence, and the Making of Contemporary ColombiaRobert A. Karl · 2017 · p. 3221 cita
[38]en Colombia unexpectedly veered toward danger in November 1962. At the behest of General Ruiz Novoa, Colonel Valencia Tovar had “devoured and studied” the brand-new book during his July vacation, producing by the second week of August a secret report for the army’s internal consumption. When a copy of the report…p. 322
32Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 351 cita
[39]y de seguridad, al fin y al cabo versiones más refinadas del Estatuto de Seguridad de las ad- ministraciones López Michelsen (1974-1978) y Turbay Ayala (1978-1982). La violencia y las guerras civiles del siglo XIX Es posible, además, que la descripción descarnada de acciones violentas y la estrategia narrativa del…p. 35
33Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 3921 cita
[41]a los cuerpos masacrados constituye todo un inventario de cortes y técnicas de manipulación, provenientes del mundo de la cacería. La carnicería familiarizaba a los campesinos con la carne de los animales, con sus partes vulnerables, las vísceras y el olor de la sangre. Existía una gran cercanía entre los animales…p. 392
34Nueva Historia de Colombia, Vol. V: Economía, Café, IndustriaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jesús Antonio Bejarano Ávila, Jorge Orlando Melo, Bernardo Tovar Zambrano, José Antonio Ocampo Gaviria, Juan Manuel Santos Calderón, Charles Bergquist, Alberto Mayor Mora, José Olinto Rueda Plata, Carlos Esteban Posada Posada, Juan José Echavarría Soto, Juan Felipe Gaviria Gutiérrez, Guillermo Eduardo Perry Rubio · p. 2971 cita
[42]po- lítica como la clave para entender este período. Se concentran en las inicia- tivas y errores de dirigentes liberales reformistas como Alfonso López y Jorge Eliécer Gaitán, o en las maqui- naciones de los reaccionarios conser- vadores, en especial de Laureano Gó- mez. Algunos expertos en ciencias so- ciales que…p. 297
35Más que plata o plomo. El poder político del narcotráfico en Colombia y MéxicoGustavo Duncan · 2014 · p. 2401 cita
[44]salido de control en las regiones, y que luego le devolviera el poder a los sectores moderados de las élites políticas liberales y conservadoras. Sin embargo, el plan no salió como lo esperaban. El proceso de pacificación arrojaba resultados más bien pobres y, más grave aún, Rojas no daba señales de querer devolver el…p. 240
36Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · p. 1391 cita
[45](1957). Citado por Álvaro Delgado, “Anotaciones a la Política del Partido Comunista” Controversia, n.° 190 (2008). 94 En una decisión posterior, en 1958, se añadió la norma que obligaba a que los presidentes fueran alternativamente liberales y conservadores, y se amplió la duración del Frente Nacional con su…p. 139
37Territorial Rule in Colombia and the Transformation of the Llanos OrientalesJane M. Rausch · 2013 · p. 781 cita
[46]ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. 4 T erritorial Rule during the National Front and Its Aftermath, 1958–1978 The threat posed by Rojas Pinilla’s populist leanings and his increasingly inde- pendent actions proved to be the final outrage that drove Liberal and Conserva- tive leaders to…p. 78
38Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · p. 1351 cita
[47]sociólogos, antropólogos y compañía no estaban motivados únicamente por darle mayor rigor a sus respectivos quehaceres. Igualmente importante, para todos ellos, era utilizar el trabajo científico como un instrumento para conocer mejor la realidad del país, una realidad bastante sombría que planteaba todo tipo de…p. 135
39Memorias dispersasHumberto De La Calle Lombana · 2021 · p. 2931 cita
[48]% de los puestos de mando. Lo que en ese momento fue obvio (aunque pudo haber traído consecuencias indeseables como el ambiente de exclusión y la división de los partidos) es que todo estaba diseñado para funcionar a nivel de coalición previa. La tesis pierde de vista que, en el momento, la urgencia era terminar de…p. 293
40Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · p. 1171 cita
[49]em 1948, y los sucesos posteriores artido conservador reconoció la sitimidad de la reforma constitucto- nal de 1936: a su vez, los lib ptaron a la Jglesía católica como media entre indivi- due y Estado El Frente Nacional (1958-1974) El Frente Nacional act sin más las plataformas de los p 3 plosson variados: un…p. 117