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Biografía

Juan Roa Sierra

La Violencia

1921–1948

16 min de lectura38 documentos
Nacimientoc. 1921, Bogotá
Fallecimiento9 de abril de 1948, Bogotá
RolesPortero de la legación alemana en Bogotá (c. 1947) · Ejecutor material del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán
Lugar principalColombia
Período históricoLa Violencia1946–1957
03

La biografía

Juan Roa Sierra (Bogotá, c. 1921 – Bogotá, 9 de abril de 1948) fue el hombre que disparó contra Jorge Eliécer Gaitán en la Carrera Séptima con calle 13, a la una de la tarde de aquel viernes, y que fue linchado por la multitud antes de que cualquier juez pudiera preguntarle nada. En esas dos frases cabe casi toda su vida pública, y esa desproporción —un pequeño empleado sin biografía, un magnicidio que abrió medio siglo de violencia— explica el lugar incómodo que ocupa en la memoria colombiana. Roa Sierra no es un personaje histórico en sentido pleno: es un nombre alrededor del cual se han organizado, durante más de setenta años, todas las hipótesis rivales sobre quién mató a Gaitán y por qué. La figura del hombre real —desempleado, atraído por el esoterismo, obsesionado con el propio líder al que terminó matando— quedó sepultada bajo esa disputa. Ninguna historia de La Violencia colombiana puede saltarlo; casi ninguna lo mira de frente.

02

Línea de vida

  1. 1921

    Nacimiento en Bogotá

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    Nació en Bogotá alrededor de 1921, hijo de Encarnación, viuda de Roa. Creció en la Bogotá bajocitadina de empleos intermitentes e instrucción básica.

  2. 1947

    Empleo como portero en la legación alemana

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    Según declaró su madre Encarnación en los interrogatorios posteriores al crimen, Roa Sierra trabajó aproximadamente un año como portero en la legación alemana de Bogotá, dato que en el clima de posguerra adquirió resonancias políticas que él probablemente no había buscado.

  3. 1948

    Asesinato de Jorge Eliécer Gaitán

    Leer contexto

    El viernes 9 de abril de 1948, aproximadamente a la una de la tarde, disparó tres tiros de revólver por la espalda contra Jorge Eliécer Gaitán a la salida de su oficina en la Carrera Séptima con calle 13, en el centro de Bogotá, durante la IX Conferencia Interamericana.

  4. 1948

    Linchamiento en la Carrera Séptima

    Leer contexto

    Inmediatamente después del disparo, la multitud lo identificó como el agresor. Policías intentaron protegerlo llevándolo a una tienda cercana, pero la turba forzó el paso, lo mató a golpes y arrastró su cadáver por la Carrera Séptima, impidiendo cualquier interrogatorio formal.

  5. 1948

    Identificación por el testigo profesor Cruz

    Leer contexto

    El testigo presencial conocido como el profesor Cruz afirmó haber visto al agresor y haberlo desarmado en el instante del ataque; posteriormente, ante las fotografías publicadas por la prensa, se le formó la convicción de que aquel hombre era Roa Sierra, aunque reconoció no haber podido grabar bien el rostro en los instantes dramáticos.

  6. 1953

    Estudio retrospectivo de personalidad ordenado por la justicia

    Leer contexto

    Años después del magnicidio, el juez Primero Superior de Bogotá ordenó, a petición del Fiscal, un estudio retrospectivo de la personalidad de Roa Sierra para intentar determinar los móviles del crimen, diligencia tardía sobre un hombre ya muerto que llegó cuando el país llevaba años narrando el 9 de abril a su manera.

El hombre antes del disparo

De Juan Roa Sierra se sabe menos de lo que la magnitud de su acto haría esperar. Su madre, Encarnación, viuda de Roa, fue prácticamente la única voz familiar que quedó para responder por él después del 9 de abril, y buena parte de lo que hoy sostiene la ficha biográfica proviene de los interrogatorios que ella prestó en los días y semanas siguientes al crimen. Fue Encarnación quien declaró que su hijo había trabajado alrededor de un año como portero en la legación alemana de Bogotá, un dato que en el clima de posguerra y de sospechas cruzadas adquirió resonancias que probablemente el propio Roa Sierra no había buscado.

El resto es un retrato de precariedad. Roa Sierra formaba parte de esa Bogotá bajocitadina de los años cuarenta que vivía en el filo del empleo intermitente: hombres sin oficio fijo, con instrucción básica, atrapados entre las expectativas de una ciudad que crecía a saltos y una economía que no tenía dónde acomodarlos. Los años inmediatamente anteriores al magnicidio lo encontraron sin trabajo estable, gestionando recomendaciones y solicitudes que no llegaban a ninguna parte, atravesado por una espiritualidad popular común en su medio —el esoterismo urbano, la fascinación con lo oculto, las pequeñas creencias mesiánicas que prosperaban en los barrios pobres de la capital— y por una devoción admirativa hacia Gaitán que había derivado en obsesión personal.

Ese último detalle es el que la posteridad ha querido ignorar con más energía, porque no se ajusta a ninguno de los libretos disponibles. No es la marioneta comunista que necesitaban los conservadores; no es el agente de la CIA que necesitaba parte del gaitanismo; no es tampoco el lobo solitario limpio de política. Es algo más incómodo: un admirador arruinado de Gaitán que terminó matándolo, y del que no queda claro qué combinación de despecho, delirio o instrumentalización externa lo llevó hasta la Séptima con calle 13. Años después del crimen, el juez Primero Superior de Bogotá ordenaría, a petición del Fiscal, un estudio retrospectivo de la personalidad de Roa Sierra para intentar determinar los móviles: una diligencia tardía, sobre un hombre ya muerto, que llegó cuando el país entero llevaba media década narrando el 9 de abril a su manera.

La una de la tarde del 9 de abril

Los hechos objetivos del asesinato caben en pocos minutos y en poco espacio. Gaitán había salido de su oficina, en el centro de Bogotá, poco antes de la una de la tarde del viernes 9 de abril de 1948. Tenía previsto almorzar y, según una de las versiones que circularon después, hablar más tarde ante un grupo de estudiantes. En la Carrera Séptima con calle 13, a pocos pasos de la salida, Juan Roa Sierra se aproximó por detrás y le disparó tres tiros de revólver por la espalda. Gaitán cayó allí mismo.

La ciudad hervía. En Bogotá se estaba celebrando la IX Conferencia Interamericana, con presencia del secretario de Estado de Estados Unidos, George Marshall, y con una delegación cubana en la que figuraba un joven estudiante llamado Fidel Castro. El centro estaba lleno de policías, militares, delegados y curiosos: cualquier disparo en la Séptima a esa hora garantizaba una reacción inmediata. Un testigo directo, identificado en los expedientes como el profesor Cruz, afirmó haber visto a quien disparó y haberlo desarmado en el instante mismo del ataque; luego, ante las fotografías que la prensa publicó en los días siguientes, se le formó la convicción de que aquel hombre era Roa Sierra, aunque reconoció que en la vorágine de los primeros segundos apenas había podido grabarse el rostro.

Lo que sigue es la parte que selló el resto de la historia. La multitud que se agolpó en torno al cuerpo de Gaitán identificó a Roa Sierra como el agresor y se lanzó sobre él. Varios policías intentaron protegerlo llevándolo a una tienda cercana, pero la turba forzó el paso, lo sacó, lo golpeó hasta matarlo y arrastró luego el cadáver por la carrera Séptima. Ese linchamiento —cometido en caliente, sin proceso, delante de decenas de testigos que ya estaban gritando el nombre de Gaitán como consigna— cerró para siempre la única puerta que habría permitido reconstruir con certeza la cadena de decisiones que llevó al disparo. Roa Sierra no fue interrogado, no declaró, no nombró a nadie. Su cuerpo terminó siendo despojo simbólico antes de que hubiera nada parecido a una investigación.

Casi al mismo tiempo, mientras la noticia corría por la ciudad, Bogotá comenzaba a arder. Antes de que cayera la tarde, tranvías, templos y edificios públicos estaban en llamas; los saqueos se extendían por el centro; buena parte de la policía bogotana entregaba sus armas a los amotinados o se sumaba abiertamente al levantamiento. Hacia la noche, la novena estación, en el barrio obrero de La Perseverancia, se había pasado al bando insurrecto. El Bogotazo estaba en marcha, y con él, el largo desdoblamiento nacional al que en algunas regiones se llamaría después el "colombianazo", con réplicas en Manizales, Cartago, Buenaventura, Puerto Tejada y otras ciudades que se sumaron durante los días siguientes.

En medio de esa combustión, la pregunta sobre quién era el hombre que había disparado quedó postergada. Cuando la ciudad terminó de humear y los cadáveres empezaron a contarse, Roa Sierra ya no estaba en condiciones de responderla.

Un pequeño empleado en la ciudad polarizada

Para entender a Roa Sierra hay que ver la Bogotá que lo produjo. En los meses previos al magnicidio, Colombia vivía una escalada de violencia política que no era espontánea ni aislada: era la culminación de una radicalización bipartidista que se venía cocinando desde 1930 y que había recrudecido a partir de 1946, con la vuelta del conservatismo al poder en la figura de Mariano Ospina Pérez y su fórmula de Unión Nacional. En los municipios se registraban robos de cédulas, encarcelamientos arbitrarios, apaleamientos, homicidios, desplazamientos; cientos de telegramas de denuncia llegaban a la capital desde el país gaitanista. La violencia contra el movimiento no era metáfora: era rutina.

Gaitán era, en ese momento, el jefe único del Partido Liberal, consagrado por las elecciones parlamentarias de comienzos de 1947 en las que sus listas habían obtenido amplias mayorías, y reforzado en octubre por la victoria liberal en las elecciones de concejales. Su fuerza no venía solo de los votos: venía de una manera inédita de hablarle al pueblo, con la fórmula que sintetizaba toda su plataforma —"el pueblo no tiene dos partidos, sino que ha sido partido en dos"— y con una oratoria capaz de atravesar la frontera entre liberalismo y conservatismo popular. Ideológicamente era un reformista, un socialista moderado que había rechazado explícitamente las tácticas comunistas y que jamás consideró tomar el poder por la fuerza; políticamente era, sin embargo, el hombre que estaba fracturando el bipartidismo desde adentro.

Roa Sierra pertenecía por posición social al universo gaitanista: un empleado precario, un habitante de la Bogotá que hacía cola frente a las agencias de empleo, exactamente el tipo de sujeto al que la oratoria de Gaitán interpelaba. Su obsesión con el líder no era una excentricidad: era una versión extrema, y desgraciada, de una devoción que compartían cientos de miles. La ironía histórica —que el ejecutor material del magnicidio fuera un admirador del muerto— no ha sido asimilada por la historiografía nacional, quizás porque introduce en el relato una capa de patología individual que ninguna de las grandes explicaciones estructurales sabe qué hacer con ella.

Y las explicaciones estructurales existen y son sólidas. La polarización bipartidista, la violencia sistemática contra el gaitanismo, la exclusión política de los sectores populares, el bloqueo del ascenso electoral de Gaitán por parte de las oligarquías de ambos partidos: todo ese entramado había creado las condiciones para que un magnicidio fuera pensable, deseado en ciertos círculos y ejecutable. El propio Gaitán lo había intuido con lucidez amarga: había advertido que si lo mataban, "el país se vuelca y las aguas demorarán cincuenta años en regresar a su nivel normal". La frase era casi profética; lo que no anticipó, quizás, fue que quien apretara el gatillo pudiera ser uno de los suyos.

Las hipótesis que lo disolvieron

Del cuerpo linchado de Roa Sierra emergieron, casi de inmediato, varias figuras rivales. La más rápida en formularse fue la del asesino comunista al servicio de una conspiración internacional. El Relator de Cali, diario conservador, atribuyó los sucesos a un levantamiento comunista y llegó a informar que Colombia había roto relaciones diplomáticas con Rusia; esa versión, promovida por sectores del poder que necesitaban explicar el Bogotazo sin mirarse en el espejo, quedó fijada en parte de la prensa y de la memoria conservadora durante años. Le convenía a mucha gente: exculpaba al gobierno de Ospina Pérez, deslegitimaba la reacción popular como manipulación foránea y ubicaba el crimen fuera del cuerpo político colombiano.

En el extremo opuesto se formó la hipótesis de la conspiración imperial. Un individuo que se presentó como agente vinculado a la Embajada de Estados Unidos en Bogotá declararía años después haber participado en la planificación de la eliminación física de Gaitán, hablando de contactos con personas que trabajaban para un "Centro" ligado a esa embajada y sosteniendo que la operación había sido concebida con una cobertura calculada para que la opinión pública no asociara el crimen con Washington. La coincidencia del magnicidio con la IX Conferencia Interamericana —la reunión que estaba fundando la OEA, con Marshall en Bogotá— dio a esta hipótesis una plausibilidad geopolítica difícil de descartar. El historiador Darío Villamizar ha sostenido, desde una posición más matizada, que el magnicidio no fue decisión individual de un asesino solitario sino "una conspiración con múltiples autores, nacionales e internacionales, cobijados por el poder": una fórmula que integra sin resolver la doble sospecha de responsabilidad interna y externa.

El propio profesor Cruz, el testigo que había desarmado al agresor en la Séptima, dejó consignada una observación que la tradición gaitanista ha citado muchas veces: era lógico presumir la existencia de autores intelectuales, dada la importancia del hombre asesinado. El argumento no era descabellado. La ejecución fue en pleno centro de Bogotá, a plena luz del día, en el momento de máxima exposición internacional del país, y su autor material fue eliminado antes de que pudiera hablar. Cualquier investigador serio tiene derecho a mirar esa secuencia con desconfianza.

Y sin embargo, cada una de estas hipótesis opera del mismo modo sobre la figura de Roa Sierra: lo disuelve. Lo convierte en instrumento, en peón, en tapadera, en cobertura. La pregunta por su subjetividad concreta —por su desempleo, por su esoterismo, por su fascinación con Gaitán, por lo que efectivamente pasaba en su cabeza el 9 de abril— desaparece bajo el peso de estructuras más grandes. La consecuencia es doble y perversa: por un lado, el país nunca pudo responder con evidencia si hubo o no autores intelectuales, porque la única persona que podía saberlo con certeza fue linchada antes de hablar; por otro, la posibilidad de que un individuo en ruina, atravesado por delirios propios, pudiera haber ejecutado un magnicidio con o sin instigadores quedó fuera del rango de lo pensable. Roa Sierra se volvió agujero negro.

Lo afirmable con seriedad es más modesto y más incómodo. Sí hubo condiciones estructurales para el magnicidio; sí hay indicios de planificación externa que no pueden descartarse; sí hubo un linchamiento oportunísimo que impidió la investigación; y sí hubo, al mismo tiempo, un hombre real, con nombre, con madre, con biografía precaria, cuyas motivaciones personales no eran una máscara detrás de la cual otros actuaban, sino una parte del engranaje que produjo el disparo. La conspiración y la individualidad no son mutuamente excluyentes: pueden haber operado juntas, y probablemente lo hicieron. El error de la historiografía colombiana ha sido tratar la pregunta como binaria.

Su red, su ciudad, sus contemporáneos

Roa Sierra vivió y murió en un radio de pocas cuadras del centro bogotano. Su ciudad era la de la Carrera Séptima como columna vertebral cívica, la del edificio Agustín Nieto donde Gaitán tenía sus oficinas, la de los cafés, los tranvías y las oficinas de trámites donde un desempleado dejaba semanas enteras esperando una respuesta. En esa misma ciudad, esa misma tarde, la delegación cubana caminaba hacia el centro; Plinio Mendoza Neira acababa de despedirse de Gaitán en la puerta de la oficina; un joven Gabriel García Márquez, que aún no era nadie, corría entre las llamas del Bogotazo hacia la pensión donde vivía; el presidente Ospina Pérez se atrincheraba en el Palacio de San Carlos con los líderes liberales que llegaron esa noche a negociar. Todos ellos escribirían después sobre el 9 de abril. Roa Sierra, que fue el epicentro literal del día, no dejó una sola línea.

Los actores institucionales que lo rodearon en su momento final son fáciles de nombrar y de situar. Ospina Pérez, presidente conservador de la Unión Nacional, encabezaba el gobierno que la turba iba a asediar esa noche; Laureano Gómez, el jefe conservador más duro, sería después señalado por la memoria liberal como parte del clima de odio que había preparado el crimen. Del lado gaitanista, Pedro Eliseo Cruz —el médico que declaró la muerte de Gaitán en la Clínica Central y que no debe confundirse con el profesor Cruz, testigo del disparo— y Plinio Mendoza Neira quedarían como custodios de la memoria inmediata. En el registro literario y testimonial, dos nombres marcaron después el modo en que Colombia narró el 9 de abril: José Antonio Osorio Lizarazo, cuya novela El día del odio se convirtió en una de las primeras representaciones literarias del episodio, y, décadas más tarde, Arturo Alape, el cronista que dedicó una parte central de su obra a reconstruir el Bogotazo a partir de testimonios y a intentar, por primera vez con rigor, mirar al hombre detrás del disparo.

Pero la red más determinante de Roa Sierra no fue humana sino urbana: la de esa Bogotá de barrios populares como el Ricaurte, con drugstores modernos como el Granada anunciando una modernidad que no llegaba a los pobres, con un Cementerio Central que se llenaría de cadáveres sin nombre en los días siguientes al 9 de abril, con una topografía de exclusiones que él encarnaba sin haberla elegido. El linchado y el linchador —él mismo, sucesivamente— eran producto de esa geografía social.

La huella: una figura vacía en un país lleno de consecuencias

Lo que Roa Sierra dejó es enorme y no le pertenece. El país que empezó a construirse la tarde del 9 de abril no puede leerse sin el disparo, pero tampoco puede reducirse a él. La Violencia bipartidista, que ya venía escalando desde 1946, entró tras el magnicidio en una fase de alcance nacional que se prolongaría hasta 1958, con estimaciones de entre cien mil y trescientas mil víctimas mortales y más de dos millones de desplazados, según los cálculos más gruesos. En las zonas andinas y de piedemonte llanero, donde existían núcleos agrarios cafeteros con organización previa, la guerra bipartidista adquirió una intensidad devastadora; en la costa Caribe, con comunicaciones precarias hacia el interior y con el río Magdalena ya en decadencia como eje de transporte, el fenómeno no se replicó con la misma fuerza. Las organizaciones agrarias articuladas por el movimiento comunista en Cundinamarca aportarían, ya entrados los años sesenta, elementos para la formación de las guerrillas modernas; la Policía, transformada en instrumento politizado del conservatismo, sería uno de los agentes centrales del conflicto en el campo. Nada de eso lo decidió Roa Sierra, pero todo eso quedó atado a su nombre.

El 9 de abril no inauguró La Violencia, pero la aceleró y le dio marco simbólico. Actuó como bisagra: convirtió una serie de violencias locales, ya en curso, en una guerra difusa con conciencia nacional. Los partidos siguieron siendo los actores principales, pero el gaitanismo como movimiento con estructura de base propia quedó decapitado, y esa decapitación —el hecho de que ningún heredero pudo recoger la fuerza acumulada por Gaitán— es tal vez la consecuencia política más duradera del disparo de Roa Sierra. La influencia del estilo gaitanista, sin embargo, sobrevivió: políticos de las décadas siguientes adoptarían, con más o menos fortuna, esa forma directa de dirigirse al voto popular que Gaitán había inaugurado.

Sobre Roa Sierra mismo, la huella es paradójicamente escasa. Su nombre aparece en los expedientes, en las crónicas del 9 de abril, en los estudios sobre el magnicidio; pero la figura biográfica —el hombre— sigue siendo un contorno más que un retrato. Los grandes esfuerzos de reconstrucción, desde el estudio retrospectivo de personalidad ordenado por el juez Primero Superior hasta las investigaciones periodísticas posteriores, han chocado siempre con el mismo muro: falta el testimonio del sujeto. Faltan sus palabras. Falta la única fuente que habría permitido pasar del perfil externo al testimonio interno.

Culturalmente, la memoria del 9 de abril se organizó desde temprano en clave épica y colectiva, y en esa clave el asesino individual no tenía cabida. El día del odio de Osorio Lizarazo, publicado en la posguerra del Bogotazo, inaugura una tradición literaria que preferiría siempre el fresco del levantamiento a la miniatura del asesino. Cuando la novela colombiana llegó a la elaboración estética de la que Cien años de soledad es punto de llegada, la Violencia entró en la literatura como paisaje moral, como atmósfera, como herencia; casi nunca como examen del hombre singular que la desencadenó. Otras novelas más recientes han contrapuesto la narrativa oficial masculina del Bogotazo —representada, por ejemplo, por los extractos de El 9 de abril en Palacio de Joaquín Estrada Monsalve— con memorias fragmentarias y femeninas de La Violencia, subvirtiendo el relato lineal del poder. Pero también en esa literatura crítica Roa Sierra sigue siendo invisible: se disuelve otra vez, ahora en el gesto de darle voz a los sin voz del conflicto.

El Estado, por su parte, tras el 9 de abril apeló a la Academia de Historia y a la labor histórica como instrumento de cohesión nacional en un momento de crisis. Ese uso oficial de la historia produjo relatos que necesitaban un culpable simple —el comunismo, la turba, la conspiración foránea, según la mano que los escribiera— y para ninguno de ellos Roa Sierra tal como fue resultaba útil. Un hombre pobre, con obsesiones esotéricas y devoción por el propio Gaitán, era demasiado ambiguo para servir a ningún bando.

Ahí está, al final, la clave de su lugar en la historia de Colombia. Roa Sierra es una figura vacía no porque no tuviera contenido, sino porque el país necesitó vaciarla. Mirar de frente al hombre que disparó habría obligado a reconocer que la ruina social, el mesianismo popular y la desesperación individual pueden producir, por sí mismos, magnicidios; y también, simultáneamente, a mirar de frente la posibilidad de que esa desesperación fuera instrumentalizada por poderes que jamás rindieron cuentas. Ninguna de las dos miradas era políticamente asimilable. Fue más fácil dejarlo como el hombre linchado en la Séptima con calle 13, un cuerpo sin biografía arrastrado por la carrera hacia el Palacio, y construir alrededor de esa ausencia todas las teorías necesarias para no responder la pregunta.

Setenta y tantos años después, la pregunta sigue abierta. No porque falten fuentes: porque falta él.

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Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

38 documentos · 44 fragmentos
01Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · Páginas 37, 3262 citas
[1]

quién lo mandó matar, porque usted en estos momentos va a ser linchado por el pueblo... —No puedo..., no puedo — con- testó. Instantes después, la multitud lo sa- caría a la fuerza de la droguería Gra- nada y comenzaría a matarlo de físico dolor. Su madre, Encarnación viuda de Roa, recuerda que estaba oyendo la radio…

p. 37
[7]

a caer las primeras víctimas. La policía que se reclutaba entonces con sentido par- Capítulo 12 tidista en municipios y departamentos y se utilizaba con el mismo criterio por alcaldes y gobernadores, contribuyó a polarizar la contienda en comienzo y a acelerarla al actuar sectariamente y no como instrumento de recta…

p. 326
02Pensar el siglo XIX. Cultura, biopolítica y modernidad en ColombiaSantiago Castro-Gómez (ed.) · 2004 · Página 3161 cita
[2]

de autorregularse de acuerdo a esa comprensión. 314 Sandra Luda Castañeda que sus derechos de ciudadanía debían ser reivindicados y que s u s bienes materiales debían ser devueltos. Segunda variación o punto de desencuentro: el proceso Gaitán "El viernes 9 de abril de 1948 a la 1 p.m. en la calle más céntrica de…

p. 316
03Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 1111 cita
[3]

Bogotá con numerosas obras de infraestructura, urbanizando la ciudad con la creación de nuevos barrios y generando una amplia oferta de empleos en la ciudad. Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Partido Liberal se dividió entre los dos candidatos liberales Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán. Para las…

p. 111
04La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social - Tomo IIGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 2019 · Páginas 470, 4762 citas
[4]

y lo desarmó. Seguro de que el bandido ya no podía escabullirse, me volví en el acto a atender al doctor Gaitán. "Preguntado por mí si Roa Sierra fue el asesino de Gaitán, contestó el Profesor Cruz: Las fotografías que publicó la prensa entonces, me formaron la convicción de que pertenecían al hombre que yo había…

p. 476
[8]

y se han ejecutado todas las locuras. A la oposición se le silencia con Consacá. Al desastre económico se le muestra el endriago de Consacá. A la disolución de los partidos, se les señala Consacá. A la república lacerada se le abate con los ramalazos de Consacá. Y, a la conciencia civil de Colombia, desfalcada por los…

p. 470
05El río: exploraciones y descubrimientos en la selva amazónicaWade Davis · 2017 · Página 2361 cita
[5]

ora- toria se inflamaba y crecía su fama, la estructura empezó a resquebrajarse. En los barrios del norte, las dueñas de casa empezaron a quejarse de la altanería de las sirvientas. Los hombres de negocios del centro tuvieron que soportar 237 Eí ndi el desdén de los muchachos emboladores. Los mendigos escupían en las…

p. 236
06Colombia and the United States: The Making of an Inter-American Alliance, 1939–1960Bradley Lynn Coleman · 2008 · Página 651 cita
[6]

ties formed the basis of broader bilateral cooperation during the 1950s, but only after the two countries passed through the tumultuous postwar era. 2 Old Problems, New Possibilities, 1945–1950 The Ninth International Conference of American States opened in Bogotá on 30 March 1948. Diplomats gathered to form the…

p. 65
07War in Colombia: Made in U.S.A.Teresa Gutierrez, Sara Flounders, Rebeca Toledo, Andy McInerney (eds.) · 2003 · Página 1151 cita
[9]

background. I worked within the student ranks and so I could know as an exact science its strength, I could know as an exact science who they supported and naturally these studies, along with other studies already made by agents located there, like Thomas Elliot, leader of the group. So we came to an agreement that…

p. 115
08Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 1421 cita
[10]

masas que haya conocido la política colombiana. El crimen repercutió en todo el territorio nacional. Una revolución había comenzado. ¡A la carga! Gaitán no se equivocó cuando sentenció en uno de sus grandilocuentes discursos en la plaza pública: “Ninguna mano del pueblo se levantará contra mí y la oligarquía no me…

p. 142
09Caminos de guerra, utopías de paz (Colombia: 1948-2020)Gonzalo Sánchez Gómez · 2021 · Página 1411 cita
[11]

se toma en todo rigor, podría indicar que usted es o puede ser mi adversario de la propiedad individual; la manera como usted la expone da a entender tan solo que usted quiere introducir serias reformas legales que vengan a mejorar la condición lastimosa de nuestras clases inferiores. Tal ha sido al menos en los…

p. 141
10El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · Página 602 citas
[12]

de la violencia Jorge Eliécer Gaitán El parlamentario Jorge Eliécer Gaitán Ayala sacudía con su oratoria encendida no solo al Congreso, denunciando a la oligar- quía colombiana ahí representada, sino en las plazas públicas. En ellas las gentes del pueblo, liberales pero también conservadores, se congregaban…

p. 60
[13]

de la violencia Jorge Eliécer Gaitán El parlamentario Jorge Eliécer Gaitán Ayala sacudía con su oratoria encendida no solo al Congreso, denunciando a la oligar- quía colombiana ahí representada, sino en las plazas públicas. En ellas las gentes del pueblo, liberales pero también conservadores, se congregaban…

p. 60
11Historia de Colombia. Colombia Contemporánea IArturo Alape, Antonio Caballero, Gonzalo Hernández de Alba, Mauricio Archila, Germán Arciniegas, Enrique Sánchez y otros (obra colectiva) · 1988 · Página 231 cita
[14]

Gémez, un demagogo: pero de plaza y no de parlamento, y de izquierda, no de derecha. Su oratoria vindicativa e incendiaria, diri- gida contra «las oligarquias» (tanto conservadoras como liberales), reanudaba, en palabras, el refor- mismo liberal de la «Revolucién en Marcha», inte- rrumpido por la «pausa» del gobierno…

p. 23
12Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · Página 691 cita
[15]

prontitud en el des- monte de los aparatos liberales y al li- beralismo que pugna por pasar el cua- trenio con los menores golpes posi- bles, antes de recuperar la presiden- cia. El país se caldea y en los campos y pueblos comienza la Violencia. Jor- ge Eliécer Gaitán, dirigente indiscuti- do del partido, hace vibrar…

p. 69
13Historia del sindicalismo en Colombia, 1850-2013Miguel Urrutia Montoya · 2016 · Página 511 cita
[16]

anhelos reformadores de los pueblos; pensamos que es mejor luchar porque las fuerzas progresistas de Colombia inscriban en sus rodelas de batalla la lucha integral por las ideas nuevas, por la salud del proletariado y por la reivindicación necesaria de los actuales siervos del capitaP 6 • Desde sus primeras épocas…

p. 51
14Las ideas socialistas en ColombiaJorge Eliécer Gaitán · 2017 · Página 21 cita
[17]

1 Jorge Eliécer Gaitán Las ideas socialistas en Colombia 2 Las ideas socialistas en Colombia Jorge Eliécer Gaitán Bogotá, abril de 2017 Impreso en Colombia 3 A MI MADRE, Con el tributo pleno de mi amor ardentísimo; a ella, faro en mis tinieblas, puerto en mis naufragios, caridad y bálsamo en el dolor cruel de mis…

p. 2
15Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · Páginas 121, 2192 citas
[18]

que estaba rompiendo el esquema liberal-conservador”, afirma. Por su parte, Mario Jursich añade que, si bien Gaitán no logró romper con el muy arraigado elitismo, por su asesinato, su inédita forma de hacer política y relacionarse con la gente tuvo que ser replicada por los políticos de las siguientes décadas…

p. 121
[19]

presidente y los partidos lo tenían claro. “No había encuestas, pero la movilización popular era elocuente. El gaitanismo era un movimiento muy organizado, con estructura de base muy potente que estaba rompiendo el esquema liberal-conservador”, afirma. Jursich indica que el político se acercaba a la izquierda en…

p. 219
16Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. El campesinado y la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 561 cita
[20]

a López Pumarejo en su segunda administración 103 Murad y Fondo de Población de las Naciones Unidas, Estudio sobre la distribución espacial de la población en Colombia. 104 Archivo Gaitán. Gloria Gaitán abrió las puertas del archivo a la Comisión para hacer una búsqueda de documentos relacionados con este asunto en…

p. 56
17Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 2291 cita
[21]

contradicciones y ca- rencia de coherencia política. Enfrentó las críticas del sector santista y de los conservadores, afrontó la generalización de la Violencia política, la cual no supo manejar, pues sus diálogos con el gobier- no habían resultado infructuosos. El país comen- zaba a desangrarse sin que se hiciera…

p. 229
18Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 501 cita
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1982. formaciones y conflictividades propias del mundo urbano en colombia 51 menesteres denigrantes» 78. Un año después, en febrero de 1946, en Anapoima el perso- nero municipal ordenó «retirar [de su] trabajo a todo el personal Gaitanista» 79. El 20 de marzo de 1947, en Icononzo, Juan de la Cruz Varela 80 dirigió a…

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19Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 1961 cita
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calificación Magna cum laude. Gaitán regresó al país en 1928, fue elegido representante a la Cámara y desde allí investigó los suce- sos de la masacre de trabajadores de la United Fruit; sus denuncias se convir- tieron en abierto debate contra el go- bierno de Abadía Méndez y fueron el fundamento para su figura de…

p. 196
20Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Páginas 195, 1992 citas
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tras int e rmin ab les meses de racionamientos de agua y electricidad a raíz de una int ensa sequ ía en 1947 que se prolongó en 1948. Además, en un gesto qu e causó irritación en el libera li smo, el canc ill er La ur ea no Gómez lo h ab ía excl uid o de la delegación co l ombia na a la Confe ren cia, pese a que los…

p. 199
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de la costa con el interi or andino er an precarias. En la década de 1930 el río Magdal ena e mpezó a decaer y en 1950 ya no era el medio de transporte básico e ntr e las regiones a ndina s y el mundo. Estos factores d eben ayudar a exp li car por qué en la costa n o pudo replicar se el fenómeno de propagación…

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21Modernization in Colombia: The Laureano Gómez Years, 1889–1965James D. Henderson · 2001 · Página 3291 cita
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arm themselves; the other was to exact justice for the crime. Accordingly one of the crowd’s first acts was to break into hardware and gun shops in search of pistols, shotguns, machetes, and anything else that might be of use in striking out against the government and its minions. It was the sense of many in the crowd…

p. 329
22Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Página 1491 cita
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zonas del centro de Bogotá saqueadas y reducidas a escombros; el sistema de tranvías quedó afectado, varias iglesias y diversos archivos eclesiásticos fueron quemados, y los negocios, en especial los que parecían simpatizar con los conservadores, fueron presa de asaltos. De los principales líderes populistas de…

p. 149
23Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · Página 1151 cita
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in 1950, but he was murdered in the center of Bogot á on April 9, 1948, a day that changed the history of the nation, much as the assassination of President Kennedy in 1963 changed U.S. society. The marginalized working class, people who felt that government, laws, and society were stacked against them, were stunned…

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24Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · Página 1121 cita
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mecanizada, las comunicaciones, el comercio y los servicios se desarrollaron principal- mente a costa de los sectores tradicio- nales. Las actividades económicas de la población se modificaron en con- secuencia: si en 1938 cerca del 75 % de la población activa trabajaba en la agricultura, en 1957, por contra, no había…

p. 112
25Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · Página 1051 cita
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104 contra todo lo que representaba el poder clerical-conservador de la época. Los símbolos del liberalismo, como el periódico El Tiempo, no sufrieron ningún daño, pese a que se encontraban en el epicentro de las revueltas. El gaitanismo parecía anunciar, así, su retorno al oficia- lismo liberal… Detrás de los actos…

p. 105
26No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 531 cita
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(1920-1958) 53 Los testimonios recogidos en comunidades por la Comisión de la Verdad permiten afirmar que efectivamente Gaitán y su movimiento, que incluía a sectores campesinos, obreros y pequeños propietarios, fueron objeto de una persecución implacable en varios de los municipios del centro del país. El asesinato…

p. 53
27Autodefensas de Cundinamarca. Olvido estatal y violencia paramilitar en las provincias de Rionegro y Bajo MagdalenaCamilo Ernesto Villamizar Hernández, Rodrigo Arturo Triana Sarmiento, León Felipe Rodríguez Hernández, César Nicolás Peña Aragón · 2020 · Página 351 cita
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las FARC, sí articuló formas organiza- tivas agrarias, legales e ilegales, constituidas en los años precedentes. En este sentido, la base construida por el movimiento comunista en los núcleos agra- rios cafeteros de Cundinamarca posibilitó la conformación de las estructuras guerrilleras en la década de 1960. 1.…

p. 35
28Of Beasts and Beauty: Gender, Race, and Identity in ColombiaMichael Edward Stanfield · 2013 · Página 1161 cita
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on the cover. The violence sparked by “el nueve de abril” (April 9) made the streets and the public sphere, which had shaped Gaitán into a popular icon, dangerous terrain to tread.36 Once the Cali daily El Relator restarted printing its newspaper on April 12, reports tracked and interpreted the violent fallout of…

p. 116
29Los López en la historia de ColombiaÓscar Alarcón Núñez · 2022 · Página 821 cita
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frente al templo de Santo Domingo, en un teatro público. Se decidió que allí se reunieran provisionalmente los jefes para deliberar. Se acordó atender la “invitación” del presidente e ir a Palacio. Pero ¿cómo hacerlo? La multitud los seguía y a toda costa debía impedirse que el pueblo se acercara a la sede de…

p. 82
30La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · Páginas 21, 372 citas
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al Presbítero Camilo Torres Restrepo, fraternal im- pulsador de todas las horas; a la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional que promovió la idea de la investi- gación; a la Fundación de la Paz con cuyo patrocinio fue posible realizar la labor; a don René Camargo, generoso auxiliar; al doctor Andrew Pearse…

p. 21
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resistencia civil. La prensa liberal recrimina al gobernador tildándolo de débil e inoperante. El periodista "Ca- libán", de El Tiempo, con cabeza fría escribe en la "Danza de las Horas" que la causa de la violencia "es necesario buscarla también en las campañas de prensa que la estimulan sostenien- do todos los días…

p. 37
31Sociology in ColombiaJanneth Aldana Cedeño · 2023 · Página 231 cita
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the nineteenth century, to be the scene of various civil wars (Sánchez, 1991, p. 19). The reference to this period becomes relevant because, just as it is the moment in which the conditions for the emergence of academic sociology in Colombia were configured, its main promoters are recognized as belonging to the…

p. 23
32Pa que se acabe la vainaWilliam Ospina · 2013 · Página 951 cita
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ilustres y más influyentes se regó como pólvora, y así se instaló lo que los historiadores llamarían la Violencia en Colombia. Habían terminado los tiempos en que al pueblo colombiano se lo podía dominar por el discurso; a partir de entonces sólo se lo pudo dominar por la violencia. Los estudiosos de ese período nunca…

p. 95
33Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia. De la colonia a la creación del Frente NacionalAbsalón Machado Cartagena · 2009 · Página 3111 cita
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(Sánchez, 1982: 214). Sin embargo, la represión también fue una característica común en las regiones de levantamientos. Muchos de los oficiales que comandaron la repre sión contra quienes participaron en los levantamientos del nueve de abril (los nueveabrileños), serían luego artífices de la represión contra la…

p. 311
34El día del odioJosé Antonio Osorio Lizarazo · 2016 · Página 11 cita
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el día del odio J o SÉ a NT o N io o S o R io li Z a R a Z o J o SÉ a NT o N io o S o R io li Z a R a Z o el día del odio Osorio Lizarazo, José Antonio, 1900-1964, autor El día del odio / José Antonio Osorio Lizarazo; [presentación, María Mercedes Andrade]. – Bogotá: Ministerio de Cultura: Biblioteca Nacional de…

p. 1
35Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 2041 cita
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en la literatura colombiana una tradición de escritura que se inicia como puro testimonio y logra con el tiempo afianzarse como una opción estética, en la que la fuerza de lo temático va dando paso a la elaboración de obras de gran al- cance y valor artísticos. Quizás, como se verá en el caso de García Már- quez, la…

p. 204
36Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · Página 6691 cita
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al que consagr ó su obra: una Juana (de La casa de vecindad), que discurriera a lo Proust, hubiera resultado tan inveros í mil y gro tesca como el tip ó grafo (de la misma novela) que hiciera sus sim ples mon ó logos en estilo joyciano. Aunque contradictoria desde el punto de vista de la as é ptica historia de las…

p. 669
37Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en ColombiaAlexander Betancourt Mendieta · 2020 · Página 151 cita
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propósitos conmemorativos el gobierno nacional no apoyó los designios de la Academia y todo se concentró en una serie de conferencias y una sesión solemne de la Academia llevada a cabo el 12 de octubre de 1992, en la que dicha institución renovó su homenaje a Cristóbal Colón, la reina Isabel y a España. 43 Una vez…

p. 15
38Women's Writing in Colombia: An Alternative HistoryCherilyn Elston · 2016 · Página 551 cita
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if there was a tremor or the Holy Sacrament had caught fire: everyone to class to collect their things, Mother Marcelina shouted from above. Placed in italics, the linear, official (masculine) narrative of the assassina- tion of Gaitán and the Bogotazo, voiced by the insertion of extracts from Joaquín Estrada…

p. 55