Ensayo · Regeneración · 1886–1929
La masacre de las bananeras: mito literario y vacío judicial
La masacre de Ciénaga (6 de diciembre de 1928) ocupa un lugar central en el imaginario colombiano no por obra del archivo sindical ni de la justicia, sino por la mano de Gabriel García Márquez, que en Cien años de soledad convirtió los muertos en tres mil cadáveres. Entender esa sustitución revela la incapacidad del Estado y del movimiento obrero para fijar su propia narrativa durante cuatro décadas.
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La respuesta en breve
La masacre de las bananeras se fijó como mito literario porque ni el Estado ni el movimiento obrero estuvieron en condiciones, en los cuarenta años que separan diciembre de 1928 de Cien años de soledad, de sostener una narrativa propia: el Estado apostó por el silenciamiento activo —Ley Heroica, consejos de guerra verbales, saqueo de la imprenta sindical, persecución de ciento veinte días—, y el movimiento obrero quedó descabezado, dispersado y penalmente procesado. En ese vacío institucional y judicial, García Márquez proporcionó la única síntesis coherente y emocionalmente vinculante disponible, haciendo el trabajo que en otras sociedades realizan las comisiones de la verdad, los archivos sindicales y la historia oficial. Esa operación fue simultáneamente un trabajo memorial genuino y un dispositivo de opacidad: dotó al episodio de densidad simbólica pero desplazó la investigación empírica, fijó una cifra novelística —tres mil muertos— que ninguna evidencia documental sostiene, y absorbió el capital emocional disponible para narrar otras violencias laborales y rurales coetáneas que no encontraron novelista.
La tensión central no es cuántos murieron en Ciénaga —Cortés Vargas reconoció alrededor de 47, un corresponsal de El Espectador calculó 100 hacia el 13 de diciembre, Mahecha habló de mil, García Márquez escribió tres mil—, sino qué función cumple esa disputa numérica. Eduardo Posada Carbó ha argumentado que la cifra garcíamarquiana contaminó la historiografía al ofrecer una potencia narrativa que ningún archivo sostenía, y que incluso su uso advertido por Álvaro Tirado Mejía en un manual universitario consolidó la confusión entre descripción novelada y dato histórico. Frente a esa posición, otros historiadores sostienen que la obsesión con la contabilidad ha sido funcional al olvido estructural: discutir si García Márquez exageró resulta más cómodo que examinar por qué un Estado republicano firmaba consejos de guerra verbales dictados por indicación de agentes de la United Fruit Company, como recogió el testimonio de Tila Uribe. Una segunda tensión enfrenta la lectura de la masacre como dispositivo represivo institucionalizado —parte de un patrón que incluye la Ley Heroica de octubre de 1928, las huelgas petroleras de Barrancabermeja de 1924 y 1927, y la subordinación crediticia y diplomática del gobierno de Abadía Méndez a intereses norteamericanos— con su tratamiento como exceso puntual cuya gravedad depende de la cifra aceptada. Una tercera tensión, menos explorada, señala que la centralidad nacional de las bananeras es en parte construcción literaria y política: episodios como la guerra de La Burrita en San Martín de Loba (1920), los conflictos de arrendatarios cafeteros en Cundinamarca y Tolima, las ligas campesinas del Sumapaz y la práctica exterminación de los indígenas Yariguí en el Magdalena Medio permanecen en la periferia de la memoria nacional, lo que sugiere que la literarización de Ciénaga consolidó una jerarquía historiográfica que privilegia el conflicto con el capital extranjero sobre la conflictividad agraria interna.
Ensayo completo
La lectura
¿Por qué las bananeras se recuerdan como novela y no como archivo?
El 6 de diciembre de 1928, en la madrugada, el general Carlos Cortés Vargas ordenó a la tropa disparar contra los trabajadores de la United Fruit Company reunidos en la plaza y la estación del ferrocarril de Ciénaga, en el Magdalena. El estado de sitio se había publicado horas antes; la huelga llevaba semanas exigiendo la abolición del pago en vales, contratos directos, seguro colectivo, mejoras salariales y de vivienda. Casi todo lo demás —cuántos murieron, quiénes cayeron primero, dónde acabaron los cuerpos, qué se juzgó después— sigue siendo materia de disputa. Y sin embargo, la masacre ocupa hoy un lugar central e inamovible en el imaginario nacional colombiano. Lo notable es que no llegó allí por el archivo sindical ni por sentencia judicial ni por comisión investigadora: llegó, casi cuarenta años después, por la mano de Gabriel García Márquez, que en Cien años de soledad (1967) convirtió los muertos de Ciénaga en tres mil cadáveres cargados por un tren de doscientos vagones. ¿Cómo entender esa sustitución —memoria literaria en lugar de memoria sindical o verdad judicial— sin reducirla a curiosidad de historia cultural? ¿Y qué dice, sobre el Estado y el movimiento obrero colombianos, que durante décadas hayan fracasado en narrar su propio pasado?
Preguntar por qué las bananeras se fijaron en la conciencia nacional como mito garcíamarquiano y no como archivo obrero implica aceptar de entrada que hay algo raro en su régimen memorial. La masacre no fue silenciada del todo en su momento. Jorge Eliécer Gaitán la llevó al Congreso en 1929 y desmontó allí, con documentos oficiales en la mano, la justificación gubernamental del estado de sitio —el supuesto desarme de una escolta militar—; un corresponsal de El Espectador había cifrado ya 100 muertos y 238 heridos hacia el 13 de diciembre; Alberto Castrillón, uno de los delegados obreros, escribiría 120 días bajo el terror militar desde la cárcel; Raúl Eduardo Mahecha hablaría de mil muertos. Hubo registro. Hubo denuncia. Hubo cifras en circulación desde la semana siguiente. No fue un vacío absoluto: fue un vacío institucional, un vacío judicial, un vacío en la capacidad del propio movimiento obrero de sostener y transmitir su versión.
Ese vacío tiene explicación material. Tras la masacre, el ejército declaró a los huelguistas "banda de malhechores" y los persiguió durante ciento veinte días. La casa sindical de Ciénaga, con su imprenta y su cooperativa, fue saqueada por los militares. Más de 700 sobrevivientes fueron apresados; consejos de guerra verbales juzgaron a decenas de ellos —Castrillón entre los condenados a largas penas—, y las condenas alcanzaron, en algunos casos, veinticinco años. Mahecha, curtido en las huelgas petroleras de Barrancabermeja de 1924 y 1927 y capaz de agrupar a 32.146 asalariados en la zona bananera, fue también juzgado y condenado por consejo de guerra. La Ley Heroica, aprobada dos meses antes de la masacre, en octubre de 1928, ya había dotado al Estado de un marco para prohibir organizaciones sindicales de oposición, criminalizar la difusión de ideas socialistas y establecer condenas rápidas contra sus difusores. El arzobispo de Cartagena y otros prelados enviaron telegramas felicitando al "partido del orden social" que la había votado. Esa ley y esa masacre son la misma pieza: un aparato represivo integrado, no una reacción excesiva a un desorden local.
Lo que quedó destruido, entonces, no fue solo el sindicato sino la posibilidad de que el sindicato narrara lo ocurrido en sus propios términos. La memoria obrera de las bananeras nació mutilada: perseguida, deportada, encarcelada, dispersa. Cuando cuatro décadas después García Márquez —nacido en Aracataca en 1927, criado a la sombra del enclave— publicó su novela, no llegó a un campo vacío; llegó a un campo de versiones fragmentadas y políticamente bloqueadas, y les impuso una síntesis narrativa que las derrotó a todas. Esa es la operación que hay que examinar.
¿Cuánto pesa entonces la disputa sobre el número de muertos? Sobre la cifra, la discusión lleva casi un siglo sin resolverse y probablemente no se resolverá. Cortés Vargas reconoció alrededor de 47 muertos, cifra que Eduardo Posada Carbó ha subrayado como ya sin precedentes en una disputa laboral colombiana. El corresponsal de El Espectador llegó a 100 hacia mediados de diciembre. Mahecha habló de mil. García Márquez, en distintas entrevistas y en la novela, dio versiones oscilantes —tres mil en el pasaje literario, cifras diversas en televisión— que Posada Carbó ha leído como prueba de que el propio novelista no manejaba un dato sino una potencia narrativa. Álvaro Tirado Mejía, en su Introducción a la historia económica de Colombia, citó el pasaje de García Márquez para ilustrar el contexto de la huelga, advirtiendo explícitamente que se trataba de una descripción novelada; Posada Carbó objetó incluso ese uso, porque en su lectura el pasaje ya había contaminado la disputa historiográfica al ofrecer una cifra emocionalmente aplastante que ninguna evidencia sostenía.
Detrás de esta discusión de números hay una discusión más grande. Si se acepta que la cifra alta es literaria y no documental, ¿queda la masacre reducida a un episodio menor, un exceso de una noche? La respuesta es que no, y por razones que la contabilidad no captura. La masacre fue el punto visible de un dispositivo represivo institucional. La UFC controlaba en 1921 el 59% de la tierra productiva e improductiva de la región bananera; monopolizaba el ferrocarril, el transporte marítimo, los comisariatos donde los vales de pago eran canjeables; contrataba mano de obra por interpuestos contratistas para eludir el seguro colectivo; había quebrado o forzado a vender a competidoras como la Sevilla Banana Company y la Atlantic Fruit Company; había expropiado a colonos para consolidar sus tierras. Operaba como Estado dentro del Estado, con su ciudadela en Santa Marta y una infraestructura paralela de servicios. Los intereses norteamericanos, preocupados por los intentos del gobierno de Miguel Abadía Méndez de regular las explotaciones petroleras, habían cortado los créditos internacionales al país como presión, y el gobierno había retirado la propuesta ofensiva en junio de ese mismo 1928. El cónsul estadounidense en Santa Marta habría advertido que, si el gobierno colombiano no reprimía enérgicamente la insurrección, Washington enviaría tropas. Capital extranjero con poder cuasi-monopólico, Estado colombiano subordinado por vía crediticia y diplomática, Ley Heroica lista para criminalizar la protesta, ejército como brazo ejecutor: la masacre no fue un accidente en esa ecuación, fue su desenlace lógico.
Que la cifra exacta sea 47, 100 o mil no altera esa lectura estructural. La opacidad numérica, sin embargo, sí ha servido —y aquí está la trampa— para que la discusión historiográfica gire durante décadas alrededor de la contabilidad y no del dispositivo. Discutir si García Márquez exageró es más cómodo que discutir por qué un Estado que se decía república liberal firmaba consejos de guerra verbales dictados por indicación de agentes de la compañía extranjera, como recogió Tila Uribe. La disputa sobre el número, en ese sentido, ha sido funcional al olvido de lo que la novela sí acertó a nombrar aun sin documentarlo: que allí operaba una lógica de eliminación.
¿Por qué, entonces, terminó imponiéndose la memoria literaria? Hay al menos tres modos de responder, y ninguno cancela a los otros. El primero apunta a la destrucción sindical. La USTM, fundada en 1925 con influencia inicial anarco-sindicalista y luego cercana al Partido Socialista Revolucionario, quedó descabezada tras diciembre de 1928; su imprenta fue saqueada, sus dirigentes juzgados, sus cuadros dispersos. La generación que había vivido las huelgas petroleras de Barrancabermeja, la del Ferrocarril del Pacífico —donde Ignacio Torres Giraldo movilizó a más de cinco mil trabajadores en apenas dos días—, la que había impulsado ligas campesinas en Sumapaz, no logró recomponerse en los años treinta con la fuerza narrativa que habría exigido fijar la memoria de las bananeras como episodio central del movimiento obrero. Los sindicatos bananeros, además, se fragmentaron aún más cuando la UFC suspendió las exportaciones colombianas durante los cinco años de la Segunda Guerra Mundial y, en la posguerra, se retiró de la producción directa, alquilando o vendiendo tierras a cultivadores colombianos. La compañía perdió el monopolio, pero también desapareció el enemigo unificado que había dado forma al sindicalismo bananero; los obreros se dispersaron, sus condiciones declinaron, y la memoria del enclave perdió su base social viva.
El segundo modo apunta a la debilidad judicial e historiográfica. No hubo comisión de la verdad, ni sentencia condenatoria, ni proceso público contra Cortés Vargas —quien publicó su propia versión defensiva—, ni contra los funcionarios civiles que firmaron el estado de sitio, ni contra los intereses de la UFC. La historiografía académica sobre las bananeras solo comenzó a producirse con densidad en las décadas de 1970 y 1980, con trabajos como los de Judith White, Roberto Herrera Soto, Catherine LeGrand sobre colonización campesina, Mauricio Archila Neira sobre movimiento obrero, y más recientemente contribuciones como las de Nicolás Pernett. Entre 1929 y los años setenta, el evento vivió en un limbo documental. Cuarenta años sin síntesis historiográfica sólida son cuarenta años en los que otra cosa podía ocupar el lugar.
Ese lugar lo ocupó la novela. Cien años de soledad, publicada en Buenos Aires en 1967, alcanzó cerca de cuarenta millones de copias vendidas e influencia global; su pasaje sobre la huelga bananera —los tres mil muertos, los vagones del tren, la negación oficial— circuló con una eficacia narrativa que ningún archivo sindical, ningún debate parlamentario, ninguna monografía académica podía igualar. La cifra novelística se filtró en la memoria popular; fue citada en discursos, en libros de texto, en conmemoraciones. Cuando Tirado Mejía la usó en un manual universitario —advirtiendo su carácter literario—, ya la operación estaba hecha: el pasaje se había convertido en referencia obligada para hablar de un hecho cuya evidencia empírica seguía dispersa y disputada.
El tercer modo, más incómodo, atiende a lo que la literarización no iluminó. ¿Por qué las bananeras encontraron novelista y otras violencias del mismo ciclo no? En agosto de 1920, en San Martín de Loba, Bolívar, sobre la depresión momposina, los campesinos habían protagonizado la llamada guerra de La Burrita, un episodio de resistencia antiterrateniente donde los sectores populares obtuvieron una victoria concreta —limitada, local, pero real— frente a la usurpación de tierras. Ese episodio no tiene novelista. No tiene Cien años de soledad. Circula como memoria regional, mencionado en estudios sobre conflictos agrarios ribereños, pero no forma parte del imaginario nacional del antiimperialismo o de la lucha popular colombiana. Del mismo modo, los conflictos coetáneos en las haciendas cafeteras de Cundinamarca y Tolima —donde los arrendatarios exigían plantar café en sus parcelas y los terratenientes se oponían para evitar mejoras costosas en caso de desalojo, y donde el gobernador de Cundinamarca ordenó a la policía actuar bajo el supuesto de que toda la tierra era propiedad privada—, las invasiones y ligas campesinas de Sumapaz, la práctica exterminación de los indígenas Yariguí en el Magdalena Medio —de quince mil hacia 1860 a apenas dos docenas hacia 1925, con una masacre en el Opón reseñada por El Tiempo en 1924 a manos de una compañía de colonización—, todas esas violencias del mismo ciclo permanecen en la periferia de la memoria nacional. La huelga bananera de 1928 y el levantamiento del Líbano de 1929 son los dos hechos que la memoria histórica retuvo como síntesis del período; los demás quedaron como notas al pie.
Esta selectividad no es enteramente obra de García Márquez. La historiografía colombiana ha privilegiado estructuralmente el conflicto con el capital extranjero y el enclave exportador por encima de la conflictividad agraria interna, y ese sesgo precede al novelista. Pero la literarización de las bananeras consolidó esa jerarquía: dotó a un episodio del enclave de tal densidad simbólica que absorbió el capital emocional disponible para narrar las luchas populares del periodo. Los cafeteros de Cundinamarca no tuvieron su Macondo. Los colonos del Sumapaz tampoco. Los Yariguí menos aún.
La masacre de las bananeras sobrevivió como mito garcíamarquiano y no como memoria sindical o verdad judicial porque ni el Estado ni el movimiento obrero colombianos estuvieron en condiciones, en los cuarenta años que separan diciembre de 1928 de la aparición de Cien años de soledad, de fijar una narrativa propia. El Estado no quiso: la Ley Heroica, los consejos de guerra verbales, la persecución de ciento veinte días, el saqueo de la imprenta sindical y el encarcelamiento de dirigentes revelan un aparato que apostó por el silenciamiento activo, no por la investigación. El movimiento obrero no pudo: descabezado, dispersado, procesado penalmente, y luego debilitado por el retiro de la UFC en la posguerra, que hizo desaparecer al enemigo unificador. La historiografía académica no llegó a tiempo: sus síntesis maduraron en los años setenta y ochenta, cuando la versión novelística ya era la referencia dominante.
En ese vacío entró García Márquez, y la novela hizo entonces lo que en otras sociedades hacen las comisiones de la verdad, los procesos judiciales, los archivos sindicales y la historia oficial: proporcionó una versión coherente, memorable y emocionalmente vinculante de lo ocurrido. Fue un trabajo memorial genuino y también, simultáneamente, un dispositivo de opacidad. Genuino porque sin él la masacre probablemente sería hoy, en la conciencia nacional, algo parecido a lo que es la guerra de La Burrita: un episodio regional recordado por especialistas. Opaco porque la potencia de la escena novelística —los tres mil muertos, los vagones, el olvido colectivo instaurado por el régimen— se impuso sobre la evidencia disponible y volvió a esa evidencia, paradójicamente, sospechosa: cualquier cifra menor parecía traición a la memoria, cualquier matiz historiográfico parecía complicidad con Cortés Vargas.
La sustitución tiene, entonces, un doble efecto. Por un lado, garantizó que la masacre no se olvidara y que la lógica represiva que la produjo quedara asociada permanentemente al capital extranjero y al Estado subordinado —un logro político innegable, sobre todo si se recuerda que la conexión entre gran propiedad, capital agroindustrial y violencia contra sindicalistas se prolongó con las AUC en la zona bananera, financiadas por Chiquita Brands entre 1997 y 2004 según su propia confesión ante una corte federal de Washington—. Por otro, la literarización convirtió a las bananeras en un evento cerrado, casi mítico, temporalmente anclado en 1928 y estéticamente resuelto, cuando en realidad forma parte de un patrón estructural de eliminación sindical que llega hasta el presente. Ciénaga es hoy uno de los municipios colombianos con más masacres registradas en los últimos años; la estatua de los "mártires de las bananeras" convive con violencias contemporáneas que la memoria mítica no ilumina, porque el registro emotivo que García Márquez fijó tiende a leer 1928 como tragedia consumada y no como capítulo inaugural.
¿Qué queda cuando se acepta que la literatura suplantó a la justicia y al archivo? Queda una constatación estructural: la debilidad probatoria del aparato estatal colombiano, incapaz de investigar sus propios crímenes; la fragilidad organizativa del movimiento obrero, incapaz de sostener su versión frente al aparato represivo; y una jerarquía cultural donde la memoria letrada pesa más que la memoria popular. Ese patrón —investigación postergada, denuncia sindical desarticulada, novela ocupando el lugar del expediente— prefigura, en pequeño, el modo en que Colombia ha procesado violencias posteriores: con conmemoración simbólica sin justicia sustantiva, con memoria emotiva sin verdad procesal, con literatura, cine y arte cargando el peso que las instituciones no cargan.
No todo se puede cerrar. La cifra de víctimas seguirá probablemente en disputa: entre los 47 reconocidos por Cortés Vargas, los 100 del corresponsal de El Espectador, los mil de Mahecha y los tres mil de la novela, no hay hoy documento que permita fijar un dato definitivo, y quizá nunca lo haya. Esa opacidad numérica es en sí misma un dato histórico: dice algo sobre la incapacidad del país para investigar lo suyo, y también sobre lo que la literatura ganó y lo que la historia perdió en el intercambio.
Queda abierta también la pregunta de por qué ciertos episodios encuentran su novelista y otros no. La guerra de La Burrita de 1920, las ligas campesinas del Sumapaz, las huelgas ferroviarias del Pacífico, la exterminación de los Yariguí son parte del mismo ciclo de conflictividad social del que las bananeras son solo el episodio más visible. Su invisibilidad relativa no se explica únicamente por la ausencia de un García Márquez; se explica por una estructura de atención historiográfica que privilegia el enclave exportador sobre el conflicto agrario, el capital extranjero sobre el terrateniente nacional, la derrota espectacular sobre la victoria discreta. Corregir ese sesgo exigiría no menos memoria de las bananeras sino más memoria de todo lo demás.
Y queda la pregunta sobre la continuidad. Si la lógica que produjo la masacre —criminalización de la protesta, connivencia entre gran propiedad y aparato armado, subordinación del Estado a intereses económicos concentrados— no fue clausurada en 1928 sino que ha reaparecido en la zona bananera bajo formas nuevas hasta bien entrado el siglo XXI, entonces la memoria mítica cumple una función ambivalente: recuerda el pasado y, al mismo tiempo, ayuda a no ver el presente. Los muertos de 1928 tienen estatua en Ciénaga; los muertos posteriores, los de los años del paramilitarismo, todavía esperan quién los cuente. Ahí está la incomodidad: reconocer que la novela hizo lo que le tocaba —y lo hizo bien— no basta para saldar el asunto, porque el mito que sostiene la memoria también administra el olvido de lo que vino después, y esa administración no es literaria sino política. Preguntar por García Márquez es, al final, una manera oblicua de preguntar por qué en Colombia los muertos siguen esperando su novela en lugar de su expediente.
Archivo documental
Documentos usados en esta lectura
40 documentos · 50 fragmentos de referencia01Colombia siglo XX: desde la guerra de los Mil Días hasta la elección de Álvaro UribeCésar Miguel Torres Del Río · 2015 · p. 62, 692 fragmentos
[1](aunque con un solo aparato) y se entregaron cinco proyectos de ley sobre aspectos varios, incluido uno para hacer más efectivo el servicio militar obligatorio. Ciénaga y Líbano Los dos hechos históricos que sintetizan la fuerte y constante movilización obrera, popular y campesina y la respuesta militar del Estado en…
p. 69
[33]contrario, decidió que el avance intelectual y doctrinario no radicaba más en el liberalismo y optó por pasar al socialismo, aunque años después regresó a las toldas liberales. Los socialistas, por su lado, continuaban concretando ideas. Hacia 1924, en un nuevo congreso, orientaron su perfil hacia un compromiso más…
p. 62
02Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 1221 fragmento
[2]de estos delitos. En el Magdalena funcionaba la United Fruit Company, un enclave agrícola que ocupaba extensos terrenos entre las poblaciones de Ciénaga y Fundación para el negocio del cultivo y la exportación del banano. En 1928, la Yunai obtenía una ganancia de 100% por cada racimo que vendía, contaba con unos…
p. 122
03Colombia and World War I and Its Aftermath, 1914–1921Jane M. Rausch · 2014 · p. 501 fragmento
[3]its dominance by forcing out the other companies and transforming campesi- no (peasant) impresarios into salaried workers. In 1908 the French firm Inmobilière et Agricole de Colombie extended its cultivations toward Aracataca. A year later Manuel Dávila P. founded the Santa Marta Fruit Company; in 1910 Ulpiano A.…
p. 50
04Historia de Colombia. La República de Colombia IISalvat Editores (Juan Salvat, Roberto García Rojas, directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico); con colaboraciones de Arturo Alape, Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Marco Palacios, Álvaro Tirado Mejía, entre otros · 1986 · p. 641 fragmento
[4]sus actividades independientes al margen de la plantacion bananera, actuaban como una reserva de fuerza laboral. El sistema de contra- tistas implementado por la U.F.C., contratistas que a su vez enganchaban trabajadores, permitid el uso del trabajo parcial de estos campesinos. Y ademas, en la medida que la compajiia…
p. 64
05El río: exploraciones y descubrimientos en la selva amazónicaWade Davis · 2017 · p. 751 fragmento
[5]menos lo mismo: casas pintadas con cal, plazas polvorientas, puentes grises sobre ríos de agua sucia. Pero justo bajo la superficie hay una historia de traición y de muerte. A principios de la década de 1920, la United Fruit Company trajo el banano, y con el tren y el telégrafo, los caminos, los correos, las esta-…
p. 75
06At the Margins of the Global Market: Making Commodities, Workers, and Crisis in Rural ColombiaPhillip A. Hough · 2022 · p. 1591 fragmento
[6]that threatened com- pany pro fi ts and domestic government legitimacy, the banana companies used both carrots and sticks. On the one hand, the wages offered to enclave workers were typically higher than those available to them in their local labor markets. And because the banana enclaves were geographically isolated…
p. 159
07Marijuana Boom: The Rise and Fall of Colombia's First Drug ParadiseLina Britto · 2020 · p. 781 fragmento
[7]the rest of Colombia. 44 The system that United Fruit Company developed to manage diverse modes of production—from cultivation in the company’s own plantations to subcontracting with small, medium, and large growers—existed in no other United Fruit Company district (except for Ecuador decades later). 45 The company…
p. 78
08Historia del sindicalismo en Colombia, 1850-2013Miguel Urrutia Montoya · 2016 · p. 55, 652 fragmentos
[8]tres décadas bajo el control de los comunistas, y las tres grandes huelgas de los años veinte fueron dirigidas por el comunista Raúl Eduardo Mahecha, vicepresidente del Congreso Socialista de 1924. PROSPERIDAD ECONÓMICA Pero antes de analizar las grandes huelgas comunistas es necesario discutir el estado de la…
p. 55
[18]horas. El almacén de la compañía y otros edifi- cios fueron quemados hasta los cimientos, y los huelguistas intentaron quemar vivos a los empleados estadounidenses y colombianos que estaban resistiendo en la única casa que quedaba. Antes de que esto ocurriera, sin embargo, Uegó el Ejército, y en la batalla que siguió…
p. 65
09Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 192, 1982 fragmentos
[9]de la costa caribe y del interior del país, en busca de mejores condiciones econó- micas. Muchos de ellos se emplearon en el ferro- carril y en el puerto o se convirtieron en colonos de las propiedades públicas y se dedicaron a culti- var yuca, plátano, maíz, arroz, caña de azúcar y ta- baco, que se destinaban a…
p. 198
[25]naciente clase obrera colom- biana no tenía un componente de trabajadores in- dustriales fuertes; para 1930 sólo 15.000 obreros laboraban en fábricas; la mayoría de ellos, las dos terceras partes, eran mujeres; las formas de orga- nización sindical tuvieron carácter esporádico. Los sectores que presentaron mayor grado…
p. 192
10Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · p. 361 fragmento
[10]petróleo en Barrancabermeja (1924 y 1927) y en la zona bananera del Magdalena (1928) permiten hacerse una idea acerca de la situación del proleta- riado, de sus reivindicaciones, del papel desempeñado por los intelec- tuales y de la actitud de las élites. Esas grandes manifestaciones obreras, mucho más ambiciosas que…
p. 36
1130 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · p. 1711 fragmento
[11]Presidente y la corrección de la huelga El señor presidente en su informe asevera que los huelguistas pedían el mejoramiento de los contratos sobre seguros. Esto es inexacto, porque aquí está el pliego de peticiones de los obreros, del cual se concluye que lo que pedían era que se les reconociera el seguro y no su…
p. 171
12The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 487, 5032 fragmentos
[12]it is established that banana workers across the Santa Marta region did in fact strike in 1928, and that strikers were massacred when General Carlos Cortés Vargas ordered soldiers to fire on a large crowd at Ciénaga on December 6, the ques- tion remains: “How many?” Labor organizer Raúl Mahecha reported a thousand…
p. 487
[14]did not repress the insurrection energetically, the United States would send troops Strikers or Revolutionaries? 481 and the national army would be in a bad position. On the 5th of Decem- ber, 1928, in the city of Ciénaga, we learned that the national government, together with the powerful, imperialist company, was…
p. 503
13María Cano, la Virgen RojaBeatriz Helena Robledo · 2017 · p. 2201 fragmento
[13]no cortar banano. Los comerciantes locales se habían unido a la huelga, debido al monopolio que tenía la Compañía con el comisariato. Los trabajadores recibían de la empresa vales que sólo podían hacerse efectivos en su comisariato, lo cual los tenía perjudicados. Por esto, decidieron apoyar a los trabajadores con…
p. 220
14Mujeres que hacen historia. Tierra, cuerpo y política en el Caribe colombianoGrupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación · 2011 · p. 1321 fragmento
[15]maleza, la opro- biosa cerca que separaba el mundo de sus protegidos del resto de la población se conserva intacta. Pero del paso de la United por la zona bananera no sólo quedan esos registros arquitectónicos. También, como lo anuncia la pri- mera frase que abre el testimonio de Margarita, queda una huella traumática…
p. 132
15Nueva Historia de Colombia, Vol. III: Relaciones Internacionales, Movimientos SocialesÁlvaro Tirado Mejía, Jesús Antonio Bejarano, Fernando Cepeda Ulloa, Rodrigo Pardo García-Peña, Germán Zea Hernández, Luis Vitale, Malcolm Deas, Catherine LeGrand, Mauricio Archila Neira, Rocío Londoño Botero, Pierre Gilhodes, Myriam Jimeno Santoyo · p. 216, 2192 fragmentos
[16]4.000 huelguis- tas durmiendo, comiendo, charlando, esperando a que llegaran más com- pañeros, esperando al gobernador, es- perando la mañana para marchar ha- cia Santa Marta. Sonaron los tambo- res. Trescientos soldados se apostaron al costado norte de la plaza. En voz alta un capitán leyó el decreto de es- tado de…
p. 216
[49]condiciones impuestas por la guerra obligaron a la compañía a suspender totalmente las exportaciones de ba- nano desde Colombia, por cinco años. Después de la segunda guerra mun- dial, la United Fruit Company perdió su monopolio en la región de Santa Marta y se retiró de la producción, vendiendo o alquilando muchos de…
p. 219
16La tierra se quedó sin su canto. Trayectoria e impactos del Bloque Norte en los departamentos de Atlántico, Cesar, La Guajira y Magdalena. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica, Lukas Rodríguez Lizcano · 2022 · p. 331 fragmento
[17]actualidad, en particular la forma de relacionamientos entre la población y los poseedores de tierra y las formas en las que aún se trata a la clase trabajadora del departamento. Pero del paso de la United por la zona bananera no solo quedan esos regis- tros arquitectónicos. También, como lo anuncia la primera frase…
p. 33
17No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 421 fragmento
[19]los manifestantes. Tila Uribe relató así lo que vino después: «Durante 120 días se desató la persecución por todas las zonas, se oían las descargas del Ejército que disparaba contra todo en cualquier parte, mataba sin preguntar nada; aquello era un horrible desfile de muertos. La casa sindical, la imprenta y la…
p. 42
18El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · p. 392 fragmentos
[20]en octubre de 1928, y que marcó la pauta en la concretización de un marco teórico altamente represivo. Colombia se adelantaba al Ministerio de la Defensa estadounidense —el Pentágono— en la formulación de doctrinas para combatir a lo que muchos años después se cono- cería como “enemigo interno”. Su eje central era…
p. 39
[21]en octubre de 1928, y que marcó la pauta en la concretización de un marco teórico altamente represivo. Colombia se adelantaba al Ministerio de la Defensa estadounidense —el Pentágono— en la formulación de doctrinas para combatir a lo que muchos años después se cono- cería como “enemigo interno”. Su eje central era…
p. 39
19Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · p. 3721 fragmento
[22]Con el agravan- ~ te de que en Colombia comenzó antes, pues los intereses 1 norteamericanos, preocupados por los intentos oficiales ' de control de las explotaciones petroleras, decidieron cor- tar los créditos internacionales. El New York Times atribu- yó esa política oficial al "deseo de la administración del…
p. 372
20Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. CaribeComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 551 fragmento
[23]para encontrar «enemigos internos» en los actores sociales. La historia nacional también demuestra que la guerra suele desbordar los límites humanitarios y que al final se tejerán ilícitas alianzas estratégicas que la reconfiguran en guerra sucia. Surge, entonces, un patrón de estigmatización, persecución, eliminación…
p. 55
21Colonización y protesta campesina en Colombia (1850-1950)Catherine LeGrand · 2016 · p. 2, 2102 fragmentos
[24]en los trabajadores tanto urbanos como rurales. Antes de la Primera Guerra Mundial, los artesanos c9nstituían el volumen principal de la llamada «clase trabajadora» en Colombia. Su organización se limitaba asocie- dades de ayuda mutua, constituidas generalmente bajo los auspicios paternales de la Iglesia católica. El…
p. 210
[39]COLONIZACIÓN Y PROTESTA CAMPESINA EN COLOMBIA (1850-1950) m Universidad de los Andes · ndes Ediciones Unla UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA • "~" prqgramo por 10 poz cinep COLONIZACIÓN Y PROTESTA CAMPESINA EN COLOMBIA (1850-1950} Catherine LeGrand Prólogo Francisco Gutiérrez Sanín Traducción de Hernando Valencia…
p. 2
22Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 117, 1202 fragmentos
[26]las perif erias geográ fi cas La co nfiguración de la s capas populares co lo mbi anas difirió de la de Argentina, Uruguay o el s ur del Brasi l, dond e los inmigran- tes e urop eos pesaron tanto. Pero, co mo en aquellas latitudes, la movilización y protesta de l os trabajadores tu vi eron gran auge e ntre 1918 y…
p. 117
[30]lo s políticos que lo s costos marginales de cada voto en esas circunscripciones eran demasiado elevados en comparación con las ciudades y distritos rurales tr adicionales. Los principales focos de descont e nto pueden seguir se en la actividad de tres fogosos agitadores y organizadores revoluciol\a- rio s: Raúl…
p. 120
23Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · p. 2221 fragmento
[27]entre el trabajo y el capital pueden M ü m ó nicas. -Si ¿ 30 EL DESARROLLO DEL MOVIMIENTO SINDICAL La primer gran huelga se hizo contra la Tropical Oil Com Las condiciones de trabajo en el Magdalena medio eran desastroS En 1923, 40.81 % de los trabajadores empleados se enfermaron,-s,y! 1.51% muri ó. En ese medio…
p. 222
24Una Colombia que nos quedaLinsu Fonseca · 2007 · p. 731 fragmento
[28]exactamente a un congreso sindical sino a un encuentro abierto y revolucionario de organizaciones”.2 Agrega que el Partido se alimentaba del gran espíritu de lucha obrera que floreció en esa segunda década del siglo XX. Una época mar cada por un incipiente proceso de industrialización en el país, la confor mación de…
p. 73
25Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945Mauricio Archila Neira · 1992 · p. 2211 fragmento
[29]la intervención oficial, y cuando lo hizo fue declarando ilegal el paro. Los huelguistas recurrieron a la única alternativa que les quedaba: buscar la solidaridad de otros braceros. Ante la amenaza de huelga general en el Río Magdalena, las empresas accedieron a conceder algunas peticiones mínimas, evitando la…
p. 221
26Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. El campesinado y la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 471 fragmento
[31]se valieron de mecanismos como el uso de la fuerza policial al servicio de hacendados, en razón del carácter local que esta fuerza mantuvo hasta su nacionalización, en 1960 70. Contrario a lo definido por la Corte, El gobernador de Cundinamarca, por ejemplo, ordenó a las autoridades de Sumapaz que actuaran bajo el…
p. 47
27¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 791 fragmento
[32]una jornada laboral que era de doce horas o más, el acceso a servicios de seguridad social -atención en salud y pensión en 155 ¿Otra historia de Colombia? caso de retiro o incapacidad-, el derecho a organizar sindicatos y sociedades de ayuda mutua, más el aumento de los salarios. Los movimientos campesinos también…
p. 79
28Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · p. 25, 4332 fragmentos
[34]momento en que la migración de campesinos se inició, los terratenientes trataron de conservar la mano de obra en las condiciones de explotación tradicionales, pero los campesinos exigieron o salarios más altos o que en las parcelas además de los cultivos tradicionales se les dejara plantar café, producto que les…
p. 433
[40]al respecto, las cuales han sido retomadas por otras personas en diferentes formas.²⁶ Como frecuentemente se hace con Balzac para ilustrar aspectos de la vida burguesa, o con Charles Dickens para hacerlo sobre las miserias de la población en Inglaterra, acudí a un fragmento de Manuela, una novela costumbrista del…
p. 25
29Tierras y conflictos rurales: Historia, políticas agrarias y protagonistasRocío Londoño (coord.), Carolina Castro, Álvaro Delgado, Jaime Landinez · 2016 · p. 5251 fragmento
[35]reclamantes de tierras era su “inscripción en las listas municipales de impuestos” (Legrand, 1988, páginas 97-99). La ocupación de tierras incultas generalmente daba lugar a acciones de desalojo por parte de la guardia departamental, a las cuales los campesinos oponían resistencia, a veces pacífica y a veces violenta.…
p. 525
30Nueva Historia de Colombia, Vol. V: Economía, Café, IndustriaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jesús Antonio Bejarano Ávila, Jorge Orlando Melo, Bernardo Tovar Zambrano, José Antonio Ocampo Gaviria, Juan Manuel Santos Calderón, Charles Bergquist, Alberto Mayor Mora, José Olinto Rueda Plata, Carlos Esteban Posada Posada, Juan José Echavarría Soto, Juan Felipe Gaviria Gutiérrez, Guillermo Eduardo Perry Rubio · p. 2991 fragmento
[36]cifra esta última que representa una abrumadora octava parte de la población nacional. El tra- bajo reciente de los historiadores y ex- pertos en ciencias sociales nos ha per- mitido comprender mucho mejor las condiciones variadas y cambiantes en las cuales laboraban y vivían los tra- bajadores cafeteros. También ha…
p. 299
31En medio del Magdalena MedioAlfredo Molano Bravo · 2009 · p. 241 fragmento
[37]motivo de la fiebre de la quina o cascarilla. El despoblamiento de nativos hecho por quineros y cazado- res fue, según Rodríguez Plata, (citado en Jacque April-Gniset, 1997, p. 11) alarmante: "De 15.000 en 1860 a 10.000 en 1880, a 5.000 en 1900, a 1.000 en 1910, a 500 en 1920, y dos docenas en 1925". Todavía en 1924,…
p. 24
32Sistemas de guerra: La economía política del conflicto en ColombiaNazih Richani · 2003 · p. 211 fragmento
[38]de esta fase de la lucha fue una estructura de clases basa- da en la extensión de la tierra poseída que, a comienzos del siglo se configuraba así: rninifundio en las tierras altas; un sistema mixto de pro- ducción en las laderas, y latifundios en las llanuras 6. Estos patrones de producción todavía caracterizan el…
p. 21
33The Flight of the Condor: Stories of Violence and War from ColombiaJennifer Gabrielle Edwards (ed.) · 2007 · p. 161 fragmento
[41]with a mix of horror and admiration and their prolonged battles against their enemies—the pájaros, the army, and the National Police—became legendary. Some Colombians, faced with an implausible reality, re- placed it with fantasy and its fictions and went so far as to embark on pilgrimages to where guerrillas were…
p. 16
34Pa que se acabe la vainaWilliam Ospina · 2013 · p. 1381 fragmento
[42]a escribirlos. Álvaro Mutis había viajado a México, a donde lo persiguió la intolerancia de unas empresas que consideraban siempre aceptable gastar dinero en campañas electorales y en relaciones públicas pero que veían escandaloso que se hicieran esos mismos gastos en relaciones culturales y en estímulos a los…
p. 138
35Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · p. 1181 fragmento
[43]Botero se fue a Madrid en 1952 y estudió en la Escuela de San Fernando. En la Academia de San Marcos, en Florencia, tuvo como profesor a Bernard Berenson.Vivió en Nueva York, en Greenwich Village; allí sobrevivió vendiendo su arte por muy poco; “hacía réplicas de grandes obras, para turistas”, sin imaginar que…
p. 118
36Violence and Resistance, Art and Politics in ColombiaStephen Zepke, Nicolás Alvarado Castillo · 2023 · p. 89, 922 fragmentos
[44]with the latent excess that cannot be trapped by official nar - ratives, claiming a truth that declares the impossibility of recovering and reconstructing it in the present. Instead of bodies to be buried and names to be remembered, the instal - lation duplicates the gesture of their disappearance with the material…
p. 92
[45]work bets on a split, cyclical, latent temporality that, like the videos projected on the gallery floor, loops through history from the colony to the present, to the present of the col - ony and the latency of its cloistered languages. The latency, in the words of Juan Diego Pérez, of ‘exploited, violated bodies,…
p. 89
37Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · p. 3131 fragmento
[46]germen prometedor de una ma- rina de guerra. Nada podía hacerse militarmente en aquellas lejanías in- comunicadas, como no fuese por ges- tión diplomática. De ésta se echó mano mientras el país ardía de ira, pa- triotismo herido y frustración. La Pedrera fue devuelta a Colombia el 23 de octubre de 1911, merced a la…
p. 313
38Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · p. 211 fragmento
[47]en Colombia, 1870-1930", Lec- turas de Economía Nº 13 (1984); "Perspectivas para el estudio histórico de política rural y el caso colombiano: estudio panorámico", en: Once ensayos sobre la Violencia (Bogotá: CEREC y Centro Gaitán, 1985); "Los antecedentes agrarios de la Violencia: el conflicto social en la frontera…
p. 21
39La tierra se quedó sin su canto. Trayectoria e impactos del Bloque Norte en los departamentos de Atlántico, Cesar, La Guajira y Magdalena. Tomo IICentro Nacional de Memoria Histórica · 2022 · p. 2661 fragmento
[48]Por lo tanto, el sindicato de las empresas ubicadas en estos lugares de vocación productiva bananera quedó en medio del control de los paramilitares que operaban en la región. Como forma de ejercer dicho control, en connivencia con los grandes propietarios, se procuró suprimir todo tipo de organizaciones sindicales…
p. 266
40Tierra y carbón en la vorágine del Gran Magdalena. Los casos de las parcelaciones de El Toco, El Platanal y Santa FeYamile Salinas Abdala, María Paula Hoyos, Ana María Cristancho · 2018 · p. 261 fragmento
[50]Barranqui- lla, 2015, 13 de julio, radicado 2008-83160, Sentencia condenatoria contra Ferney Alberto Argumedo Torres). El auge de la marihuana coincidió con la reactivación de la in- dustria bananera en el Gran Magdalena hasta su declive a finales de los setenta por la competencia de la Frutera Sevilla, filial de…
p. 26