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Lecturas · Ensayo
Ensayo · Regeneración · 1886–1929

La masacre de las bananeras: mito literario y vacío judicial

La masacre de Ciénaga (6 de diciembre de 1928) ocupa un lugar central en el imaginario colombiano no por obra del archivo sindical ni de la justicia, sino por la mano de Gabriel García Márquez, que en Cien años de soledad convirtió los muertos en tres mil cadáveres. Entender esa sustitución revela la incapacidad del Estado y del movimiento obrero para fijar su propia narrativa durante cuatro décadas.

Alejandro Gutiérrez · 03 de agosto de 2026 · 2.917 palabras · 50 fuentes
La masacre de las bananeras: mito literario y vacío judicial
Tesis
La masacre de las bananeras se fijó como mito literario porque ni el Estado ni el movimiento obrero estuvieron en condiciones, en los cuarenta años que separan diciembre de 1928 de Cien años de soledad, de sostener una narrativa propia: el Estado apostó por el silenciamiento activo —Ley Heroica, consejos de guerra verbales, saqueo de la imprenta sindical, persecución de ciento veinte días—, y el movimiento obrero quedó descabezado, dispersado y penalmente procesado. En ese vacío institucional y judicial, García Márquez proporcionó la única síntesis coherente y emocionalmente vinculante disponible, haciendo el trabajo que en otras sociedades realizan las comisiones de la verdad, los archivos sindicales y la historia oficial. Esa operación fue simultáneamente un trabajo memorial genuino y un dispositivo de opacidad: dotó al episodio de densidad simbólica pero desplazó la investigación empírica, fijó una cifra novelística —tres mil muertos— que ninguna evidencia documental sostiene, y absorbió el capital emocional disponible para narrar otras violencias laborales y rurales coetáneas que no encontraron novelista.
En debate
La tensión central no es cuántos murieron en Ciénaga —Cortés Vargas reconoció alrededor de 47, un corresponsal de El Espectador calculó 100 hacia el 13 de diciembre, Mahecha habló de mil, García Márquez escribió tres mil—, sino qué función cumple esa disputa numérica. Eduardo Posada Carbó ha argumentado que la cifra garcíamarquiana contaminó la historiografía al ofrecer una potencia narrativa que ningún archivo sostenía, y que incluso su uso advertido por Álvaro Tirado Mejía en un manual universitario consolidó la confusión entre descripción novelada y dato histórico. Frente a esa posición, otros historiadores sostienen que la obsesión con la contabilidad ha sido funcional al olvido estructural: discutir si García Márquez exageró resulta más cómodo que examinar por qué un Estado republicano firmaba consejos de guerra verbales dictados por indicación de agentes de la United Fruit Company, como recogió el testimonio de Tila Uribe. Una segunda tensión enfrenta la lectura de la masacre como dispositivo represivo institucionalizado —parte de un patrón que incluye la Ley Heroica de octubre de 1928, las huelgas petroleras de Barrancabermeja de 1924 y 1927, y la subordinación crediticia y diplomática del gobierno de Abadía Méndez a intereses norteamericanos— con su tratamiento como exceso puntual cuya gravedad depende de la cifra aceptada. Una tercera tensión, menos explorada, señala que la centralidad nacional de las bananeras es en parte construcción literaria y política: episodios como la guerra de La Burrita en San Martín de Loba (1920), los conflictos de arrendatarios cafeteros en Cundinamarca y Tolima, las ligas campesinas del Sumapaz y la práctica exterminación de los indígenas Yariguí en el Magdalena Medio permanecen en la periferia de la memoria nacional, lo que sugiere que la literarización de Ciénaga consolidó una jerarquía historiográfica que privilegia el conflicto con el capital extranjero sobre la conflictividad agraria interna.
Temas
Enclave bananero y United Fruit Company en el MagdalenaMemoria histórica y literarización del trauma laboralSindicalismo colombiano y represión estatal (1918–1929)Impunidad estructural y debilidad probatoria del Estado colombianoViolencias rurales y agrarias coetáneas a las bananeras

¿Por qué las bananeras se recuerdan como novela y no como archivo?

El 6 de diciembre de 1928, en la madrugada, el general Carlos Cortés Vargas ordenó a la tropa disparar contra los trabajadores de la United Fruit Company reunidos en la plaza y la estación del ferrocarril de Ciénaga, en el Magdalena. El estado de sitio se había publicado horas antes; la huelga llevaba semanas exigiendo la abolición del pago en vales, contratos directos, seguro colectivo, mejoras salariales y de vivienda. Casi todo lo demás —cuántos murieron, quiénes cayeron primero, dónde acabaron los cuerpos, qué se juzgó después— sigue siendo materia de disputa. Y sin embargo, la masacre ocupa hoy un lugar central e inamovible en el imaginario nacional colombiano. Lo notable es que no llegó allí por el archivo sindical ni por sentencia judicial ni por comisión investigadora: llegó, casi cuarenta años después, por la mano de Gabriel García Márquez, que en Cien años de soledad (1967) convirtió los muertos de Ciénaga en tres mil cadáveres cargados por un tren de doscientos vagones. ¿Cómo entender esa sustitución —memoria literaria en lugar de memoria sindical o verdad judicial— sin reducirla a curiosidad de historia cultural? ¿Y qué dice, sobre el Estado y el movimiento obrero colombianos, que durante décadas hayan fracasado en narrar su propio pasado?

Preguntar por qué las bananeras se fijaron en la conciencia nacional como mito garcíamarquiano y no como archivo obrero implica aceptar de entrada que hay algo raro en su régimen memorial. La masacre no fue silenciada del todo en su momento. Jorge Eliécer Gaitán la llevó al Congreso en 1929 y desmontó allí, con documentos oficiales en la mano, la justificación gubernamental del estado de sitio —el supuesto desarme de una escolta militar—; un corresponsal de El Espectador había cifrado ya 100 muertos y 238 heridos hacia el 13 de diciembre; Alberto Castrillón, uno de los delegados obreros, escribiría 120 días bajo el terror militar desde la cárcel; Raúl Eduardo Mahecha hablaría de mil muertos. Hubo registro. Hubo denuncia. Hubo cifras en circulación desde la semana siguiente. No fue un vacío absoluto: fue un vacío institucional, un vacío judicial, un vacío en la capacidad del propio movimiento obrero de sostener y transmitir su versión.

Ese vacío tiene explicación material. Tras la masacre, el ejército declaró a los huelguistas "banda de malhechores" y los persiguió durante ciento veinte días. La casa sindical de Ciénaga, con su imprenta y su cooperativa, fue saqueada por los militares. Más de 700 sobrevivientes fueron apresados; consejos de guerra verbales juzgaron a decenas de ellos —Castrillón entre los condenados a largas penas—, y las condenas alcanzaron, en algunos casos, veinticinco años. Mahecha, curtido en las huelgas petroleras de Barrancabermeja de 1924 y 1927 y capaz de agrupar a 32.146 asalariados en la zona bananera, fue también juzgado y condenado por consejo de guerra. La Ley Heroica, aprobada dos meses antes de la masacre, en octubre de 1928, ya había dotado al Estado de un marco para prohibir organizaciones sindicales de oposición, criminalizar la difusión de ideas socialistas y establecer condenas rápidas contra sus difusores. El arzobispo de Cartagena y otros prelados enviaron telegramas felicitando al "partido del orden social" que la había votado. Esa ley y esa masacre son la misma pieza: un aparato represivo integrado, no una reacción excesiva a un desorden local.

Lo que quedó destruido, entonces, no fue solo el sindicato sino la posibilidad de que el sindicato narrara lo ocurrido en sus propios términos. La memoria obrera de las bananeras nació mutilada: perseguida, deportada, encarcelada, dispersa. Cuando cuatro décadas después García Márquez —nacido en Aracataca en 1927, criado a la sombra del enclave— publicó su novela, no llegó a un campo vacío; llegó a un campo de versiones fragmentadas y políticamente bloqueadas, y les impuso una síntesis narrativa que las derrotó a todas. Esa es la operación que hay que examinar.

¿Cuánto pesa entonces la disputa sobre el número de muertos? Sobre la cifra, la discusión lleva casi un siglo sin resolverse y probablemente no se resolverá. Cortés Vargas reconoció alrededor de 47 muertos, cifra que Eduardo Posada Carbó ha subrayado como ya sin precedentes en una disputa laboral colombiana. El corresponsal de El Espectador llegó a 100 hacia mediados de diciembre. Mahecha habló de mil. García Márquez, en distintas entrevistas y en la novela, dio versiones oscilantes —tres mil en el pasaje literario, cifras diversas en televisión— que Posada Carbó ha leído como prueba de que el propio novelista no manejaba un dato sino una potencia narrativa. Álvaro Tirado Mejía, en su Introducción a la historia económica de Colombia, citó el pasaje de García Márquez para ilustrar el contexto de la huelga, advirtiendo explícitamente que se trataba de una descripción novelada; Posada Carbó objetó incluso ese uso, porque en su lectura el pasaje ya había contaminado la disputa historiográfica al ofrecer una cifra emocionalmente aplastante que ninguna evidencia sostenía.

Detrás de esta discusión de números hay una discusión más grande. Si se acepta que la cifra alta es literaria y no documental, ¿queda la masacre reducida a un episodio menor, un exceso de una noche? La respuesta es que no, y por razones que la contabilidad no captura. La masacre fue el punto visible de un dispositivo represivo institucional. La UFC controlaba en 1921 el 59% de la tierra productiva e improductiva de la región bananera; monopolizaba el ferrocarril, el transporte marítimo, los comisariatos donde los vales de pago eran canjeables; contrataba mano de obra por interpuestos contratistas para eludir el seguro colectivo; había quebrado o forzado a vender a competidoras como la Sevilla Banana Company y la Atlantic Fruit Company; había expropiado a colonos para consolidar sus tierras. Operaba como Estado dentro del Estado, con su ciudadela en Santa Marta y una infraestructura paralela de servicios. Los intereses norteamericanos, preocupados por los intentos del gobierno de Miguel Abadía Méndez de regular las explotaciones petroleras, habían cortado los créditos internacionales al país como presión, y el gobierno había retirado la propuesta ofensiva en junio de ese mismo 1928. El cónsul estadounidense en Santa Marta habría advertido que, si el gobierno colombiano no reprimía enérgicamente la insurrección, Washington enviaría tropas. Capital extranjero con poder cuasi-monopólico, Estado colombiano subordinado por vía crediticia y diplomática, Ley Heroica lista para criminalizar la protesta, ejército como brazo ejecutor: la masacre no fue un accidente en esa ecuación, fue su desenlace lógico.

Que la cifra exacta sea 47, 100 o mil no altera esa lectura estructural. La opacidad numérica, sin embargo, sí ha servido —y aquí está la trampa— para que la discusión historiográfica gire durante décadas alrededor de la contabilidad y no del dispositivo. Discutir si García Márquez exageró es más cómodo que discutir por qué un Estado que se decía república liberal firmaba consejos de guerra verbales dictados por indicación de agentes de la compañía extranjera, como recogió Tila Uribe. La disputa sobre el número, en ese sentido, ha sido funcional al olvido de lo que la novela sí acertó a nombrar aun sin documentarlo: que allí operaba una lógica de eliminación.

¿Por qué, entonces, terminó imponiéndose la memoria literaria? Hay al menos tres modos de responder, y ninguno cancela a los otros. El primero apunta a la destrucción sindical. La USTM, fundada en 1925 con influencia inicial anarco-sindicalista y luego cercana al Partido Socialista Revolucionario, quedó descabezada tras diciembre de 1928; su imprenta fue saqueada, sus dirigentes juzgados, sus cuadros dispersos. La generación que había vivido las huelgas petroleras de Barrancabermeja, la del Ferrocarril del Pacífico —donde Ignacio Torres Giraldo movilizó a más de cinco mil trabajadores en apenas dos días—, la que había impulsado ligas campesinas en Sumapaz, no logró recomponerse en los años treinta con la fuerza narrativa que habría exigido fijar la memoria de las bananeras como episodio central del movimiento obrero. Los sindicatos bananeros, además, se fragmentaron aún más cuando la UFC suspendió las exportaciones colombianas durante los cinco años de la Segunda Guerra Mundial y, en la posguerra, se retiró de la producción directa, alquilando o vendiendo tierras a cultivadores colombianos. La compañía perdió el monopolio, pero también desapareció el enemigo unificado que había dado forma al sindicalismo bananero; los obreros se dispersaron, sus condiciones declinaron, y la memoria del enclave perdió su base social viva.

El segundo modo apunta a la debilidad judicial e historiográfica. No hubo comisión de la verdad, ni sentencia condenatoria, ni proceso público contra Cortés Vargas —quien publicó su propia versión defensiva—, ni contra los funcionarios civiles que firmaron el estado de sitio, ni contra los intereses de la UFC. La historiografía académica sobre las bananeras solo comenzó a producirse con densidad en las décadas de 1970 y 1980, con trabajos como los de Judith White, Roberto Herrera Soto, Catherine LeGrand sobre colonización campesina, Mauricio Archila Neira sobre movimiento obrero, y más recientemente contribuciones como las de Nicolás Pernett. Entre 1929 y los años setenta, el evento vivió en un limbo documental. Cuarenta años sin síntesis historiográfica sólida son cuarenta años en los que otra cosa podía ocupar el lugar.

Ese lugar lo ocupó la novela. Cien años de soledad, publicada en Buenos Aires en 1967, alcanzó cerca de cuarenta millones de copias vendidas e influencia global; su pasaje sobre la huelga bananera —los tres mil muertos, los vagones del tren, la negación oficial— circuló con una eficacia narrativa que ningún archivo sindical, ningún debate parlamentario, ninguna monografía académica podía igualar. La cifra novelística se filtró en la memoria popular; fue citada en discursos, en libros de texto, en conmemoraciones. Cuando Tirado Mejía la usó en un manual universitario —advirtiendo su carácter literario—, ya la operación estaba hecha: el pasaje se había convertido en referencia obligada para hablar de un hecho cuya evidencia empírica seguía dispersa y disputada.

El tercer modo, más incómodo, atiende a lo que la literarización no iluminó. ¿Por qué las bananeras encontraron novelista y otras violencias del mismo ciclo no? En agosto de 1920, en San Martín de Loba, Bolívar, sobre la depresión momposina, los campesinos habían protagonizado la llamada guerra de La Burrita, un episodio de resistencia antiterrateniente donde los sectores populares obtuvieron una victoria concreta —limitada, local, pero real— frente a la usurpación de tierras. Ese episodio no tiene novelista. No tiene Cien años de soledad. Circula como memoria regional, mencionado en estudios sobre conflictos agrarios ribereños, pero no forma parte del imaginario nacional del antiimperialismo o de la lucha popular colombiana. Del mismo modo, los conflictos coetáneos en las haciendas cafeteras de Cundinamarca y Tolima —donde los arrendatarios exigían plantar café en sus parcelas y los terratenientes se oponían para evitar mejoras costosas en caso de desalojo, y donde el gobernador de Cundinamarca ordenó a la policía actuar bajo el supuesto de que toda la tierra era propiedad privada—, las invasiones y ligas campesinas de Sumapaz, la práctica exterminación de los indígenas Yariguí en el Magdalena Medio —de quince mil hacia 1860 a apenas dos docenas hacia 1925, con una masacre en el Opón reseñada por El Tiempo en 1924 a manos de una compañía de colonización—, todas esas violencias del mismo ciclo permanecen en la periferia de la memoria nacional. La huelga bananera de 1928 y el levantamiento del Líbano de 1929 son los dos hechos que la memoria histórica retuvo como síntesis del período; los demás quedaron como notas al pie.

Esta selectividad no es enteramente obra de García Márquez. La historiografía colombiana ha privilegiado estructuralmente el conflicto con el capital extranjero y el enclave exportador por encima de la conflictividad agraria interna, y ese sesgo precede al novelista. Pero la literarización de las bananeras consolidó esa jerarquía: dotó a un episodio del enclave de tal densidad simbólica que absorbió el capital emocional disponible para narrar las luchas populares del periodo. Los cafeteros de Cundinamarca no tuvieron su Macondo. Los colonos del Sumapaz tampoco. Los Yariguí menos aún.

La masacre de las bananeras sobrevivió como mito garcíamarquiano y no como memoria sindical o verdad judicial porque ni el Estado ni el movimiento obrero colombianos estuvieron en condiciones, en los cuarenta años que separan diciembre de 1928 de la aparición de Cien años de soledad, de fijar una narrativa propia. El Estado no quiso: la Ley Heroica, los consejos de guerra verbales, la persecución de ciento veinte días, el saqueo de la imprenta sindical y el encarcelamiento de dirigentes revelan un aparato que apostó por el silenciamiento activo, no por la investigación. El movimiento obrero no pudo: descabezado, dispersado, procesado penalmente, y luego debilitado por el retiro de la UFC en la posguerra, que hizo desaparecer al enemigo unificador. La historiografía académica no llegó a tiempo: sus síntesis maduraron en los años setenta y ochenta, cuando la versión novelística ya era la referencia dominante.

En ese vacío entró García Márquez, y la novela hizo entonces lo que en otras sociedades hacen las comisiones de la verdad, los procesos judiciales, los archivos sindicales y la historia oficial: proporcionó una versión coherente, memorable y emocionalmente vinculante de lo ocurrido. Fue un trabajo memorial genuino y también, simultáneamente, un dispositivo de opacidad. Genuino porque sin él la masacre probablemente sería hoy, en la conciencia nacional, algo parecido a lo que es la guerra de La Burrita: un episodio regional recordado por especialistas. Opaco porque la potencia de la escena novelística —los tres mil muertos, los vagones, el olvido colectivo instaurado por el régimen— se impuso sobre la evidencia disponible y volvió a esa evidencia, paradójicamente, sospechosa: cualquier cifra menor parecía traición a la memoria, cualquier matiz historiográfico parecía complicidad con Cortés Vargas.

La sustitución tiene, entonces, un doble efecto. Por un lado, garantizó que la masacre no se olvidara y que la lógica represiva que la produjo quedara asociada permanentemente al capital extranjero y al Estado subordinado —un logro político innegable, sobre todo si se recuerda que la conexión entre gran propiedad, capital agroindustrial y violencia contra sindicalistas se prolongó con las AUC en la zona bananera, financiadas por Chiquita Brands entre 1997 y 2004 según su propia confesión ante una corte federal de Washington—. Por otro, la literarización convirtió a las bananeras en un evento cerrado, casi mítico, temporalmente anclado en 1928 y estéticamente resuelto, cuando en realidad forma parte de un patrón estructural de eliminación sindical que llega hasta el presente. Ciénaga es hoy uno de los municipios colombianos con más masacres registradas en los últimos años; la estatua de los "mártires de las bananeras" convive con violencias contemporáneas que la memoria mítica no ilumina, porque el registro emotivo que García Márquez fijó tiende a leer 1928 como tragedia consumada y no como capítulo inaugural.

¿Qué queda cuando se acepta que la literatura suplantó a la justicia y al archivo? Queda una constatación estructural: la debilidad probatoria del aparato estatal colombiano, incapaz de investigar sus propios crímenes; la fragilidad organizativa del movimiento obrero, incapaz de sostener su versión frente al aparato represivo; y una jerarquía cultural donde la memoria letrada pesa más que la memoria popular. Ese patrón —investigación postergada, denuncia sindical desarticulada, novela ocupando el lugar del expediente— prefigura, en pequeño, el modo en que Colombia ha procesado violencias posteriores: con conmemoración simbólica sin justicia sustantiva, con memoria emotiva sin verdad procesal, con literatura, cine y arte cargando el peso que las instituciones no cargan.

No todo se puede cerrar. La cifra de víctimas seguirá probablemente en disputa: entre los 47 reconocidos por Cortés Vargas, los 100 del corresponsal de El Espectador, los mil de Mahecha y los tres mil de la novela, no hay hoy documento que permita fijar un dato definitivo, y quizá nunca lo haya. Esa opacidad numérica es en sí misma un dato histórico: dice algo sobre la incapacidad del país para investigar lo suyo, y también sobre lo que la literatura ganó y lo que la historia perdió en el intercambio.

Queda abierta también la pregunta de por qué ciertos episodios encuentran su novelista y otros no. La guerra de La Burrita de 1920, las ligas campesinas del Sumapaz, las huelgas ferroviarias del Pacífico, la exterminación de los Yariguí son parte del mismo ciclo de conflictividad social del que las bananeras son solo el episodio más visible. Su invisibilidad relativa no se explica únicamente por la ausencia de un García Márquez; se explica por una estructura de atención historiográfica que privilegia el enclave exportador sobre el conflicto agrario, el capital extranjero sobre el terrateniente nacional, la derrota espectacular sobre la victoria discreta. Corregir ese sesgo exigiría no menos memoria de las bananeras sino más memoria de todo lo demás.

Y queda la pregunta sobre la continuidad. Si la lógica que produjo la masacre —criminalización de la protesta, connivencia entre gran propiedad y aparato armado, subordinación del Estado a intereses económicos concentrados— no fue clausurada en 1928 sino que ha reaparecido en la zona bananera bajo formas nuevas hasta bien entrado el siglo XXI, entonces la memoria mítica cumple una función ambivalente: recuerda el pasado y, al mismo tiempo, ayuda a no ver el presente. Los muertos de 1928 tienen estatua en Ciénaga; los muertos posteriores, los de los años del paramilitarismo, todavía esperan quién los cuente. Ahí está la incomodidad: reconocer que la novela hizo lo que le tocaba —y lo hizo bien— no basta para saldar el asunto, porque el mito que sostiene la memoria también administra el olvido de lo que vino después, y esa administración no es literaria sino política. Preguntar por García Márquez es, al final, una manera oblicua de preguntar por qué en Colombia los muertos siguen esperando su novela en lugar de su expediente.