Diana Turbay Quintero
Crisis y narcotráfico
La biografía
Diana Turbay Quintero fue una periodista colombiana, directora del noticiero Criptón e hija del expresidente Julio César Turbay Ayala, secuestrada en agosto de 1990 por hombres del Cartel de Medellín y muerta el 25 de enero de 1991 durante una operación de rescate de la Policía Nacional en zona rural de Copacabana, Antioquia. Su caso pertenece al núcleo duro de la guerra que Pablo Escobar libró contra el Estado colombiano en el bienio 1989-1991 para impedir la extradición de nacionales, y forma parte de la campaña de secuestros de periodistas y figuras públicas que García Márquez recogió en Noticia de un secuestro (1996). La muerte de la hija de un expresidente durante un operativo del propio Estado que su padre había gobernado condensa una paradoja política que ninguna narrativa posterior ha logrado disolver: el establecimiento liberal colombiano, que había administrado el país durante décadas, no consiguió blindar a los suyos frente al conflicto que se cocinaba en sus márgenes.
Línea de vida
- 1978
Hija de la primera dama y del presidente electo
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Con la posesión de su padre Julio César Turbay Ayala como presidente de Colombia (1978-1982), Diana adquirió una identidad pública temprana en el núcleo del poder liberal colombiano, combinando el linaje presidencial paterno con la visibilidad cívica de su madre Nydia Quintero de Balcázar como primera dama.
- 1990
Dirección de Criptón y misión de paz con el M-19
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Al frente del noticiero Criptón, Diana Turbay y al menos dos camarógrafos acompañaron a un negociador del gobierno —presumiblemente Rafael Pardo— en una misión de acercamiento con el M-19 en Ibagué, moviéndose en la zona gris entre periodismo y mediación de facto que caracterizó la cobertura de la desmovilización guerrillera.
- 1990
Secuestro por Los Extraditables del Cartel de Medellín
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El 30 de agosto de 1990, Diana Turbay fue secuestrada junto con su equipo de Criptón —Azucena Liévano, Juan Vitta, Hero Buss, Richard Becerra y Orlando Acevedo— tras acudir a una cita falsa que prometía una entrevista con el comandante del ELN. El engaño fue tendido por Los Extraditables para obtener rehenes de alto valor simbólico con los que presionar al gobierno de César Gaviria sobre la extradición.
- 1990
Cautiverio y campaña pública de su madre
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Durante casi cinco meses fue mantenida en fincas del norte del Valle de Aburrá. Su madre Nydia Quintero organizó apariciones mediáticas, misas simultáneas el 19 de octubre bajo el nombre 'Día de la Reconciliación Nacional' y el encendido de una antorcha en la Plaza de Bolívar como recordatorio diario de presión al gobierno Gaviria.
- 1991
Muerte durante el operativo de rescate en Copacabana
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El 25 de enero de 1991, unidades de la Policía Nacional intentaron un rescate en la finca La Bola, en el sector Los Sauces de Copacabana, Antioquia. En el intercambio de disparos Diana recibió un impacto de bala en la región lumbar y murió pocas horas después en Medellín. La responsabilidad del disparo fatal quedó en disputa entre la versión oficial y la propaganda de Los Extraditables, sin atribución técnica definitiva.
Hija del poder, mujer del oficio
Diana nació en el seno del clan Turbay-Quintero, una de las familias con mayor densidad política del liberalismo colombiano del último tercio del siglo XX. Su padre, Julio César Turbay Ayala, nacido en Bogotá en 1916 en el barrio del Voto Nacional —un origen humilde que suele contrastarse con la habilidad de coalición que le permitió llegar a la presidencia en 1978—, pertenecía a la segunda generación de la migración conocida coloquialmente como "turca", asentada en la costa caribeña y en el interior andino. El apellido Turbay, que en el Caquetá se convertiría en sinónimo de una maquinaria electoral persistente, cargaba a la vez con las huellas de una movilidad social ascendente y con las etiquetas de un liberalismo pragmático que sus adversarios acusaban de clientelismo y sus defensores describían como pura eficacia política. Más de un balance de su trayectoria lo califica, sin adornos, como uno de los políticos más hábiles de la historia colombiana.
Su madre, Nydia Quintero de Balcázar, ejerció como primera dama entre 1978 y 1982 y desarrolló después una figura pública propia, ligada al trabajo social y a la gestión humanitaria. La combinación de linaje presidencial por línea paterna y visibilidad cívica por línea materna configuró en Diana una identidad pública temprana: no fue nunca una hija discreta del poder, sino una figura mediática por derecho de nacimiento en un país donde la política de partido y las familias del establecimiento eran una misma cosa.
Su vida adulta transcurrió en el ejercicio del periodismo. Al momento del secuestro dirigía el noticiero Criptón, un espacio informativo de televisión que se emitía dentro del sistema de concesiones estatales que entonces regía la pantalla colombiana. La dirección de un noticiero era, en la Colombia de finales de los ochenta, un cargo de peso simbólico específico: los directores combinaban visibilidad diaria, cercanía política con los círculos gubernamentales y capacidad de agenda, todo bajo la lupa constante de un régimen de adjudicaciones que dependía del Ejecutivo. Criptón trabajaba con equipo propio de campo, incluidos camarógrafos que acompañaban a la directora en las coberturas de mayor riesgo.
En 1990, ese ejercicio la llevó a un terreno que solo la había esperado a medias: las mediaciones de paz con la guerrilla. Diana Turbay y al menos dos camarógrafos de Criptón acompañaron a un negociador del gobierno —presumiblemente Rafael Pardo, quien coordinaba las gestiones de acercamiento con los grupos alzados en armas— en una misión relacionada con el M-19 en el eje Ibagué. La cobertura periodística de la desmovilización de esa guerrilla, firmada en marzo de aquel año, había abierto un mercado noticioso paralelo: los reporteros que lograban entrevistar comandantes o presenciar entregas se movían en zonas grises entre el periodismo, la mediación de facto y la exposición voluntaria a redes armadas. Diana se movía con soltura en ese circuito, y esa soltura resulta indispensable para entender lo que vino después.
El cebo tendido en agosto
El 30 de agosto de 1990, Diana Turbay salió de Bogotá con un equipo de Criptón tras la promesa de una entrevista con el cura español Manuel Pérez, comandante máximo del Ejército de Liberación Nacional. La cita era falsa. El contacto que la había convocado —bajo la fachada de un intermediario del ELN— trabajaba en realidad para Los Extraditables, el nombre operativo que el Cartel de Medellín usaba para reivindicar sus ataques contra el Estado. El equipo, compuesto por la directora, la editora Azucena Liévano, el reportero Juan Vitta, el corresponsal alemán Hero Buss, el camarógrafo Richard Becerra y el auxiliar de cámara Orlando Acevedo, además del exdirigente del M-19 Carlos Alonso Lucio (que se separaría pronto del grupo), fue secuestrado en un desplazamiento por carretera hacia una zona del Magdalena Medio. Los llevaron a un cautiverio disperso en fincas del norte de Antioquia.
El engaño era una pieza calibrada. Escobar necesitaba rehenes del más alto valor simbólico para forzar al gobierno de César Gaviria Trujillo —posesionado el 7 de agosto de 1990, apenas tres semanas antes— a negociar sobre el punto que le importaba: la extradición. El presidente había prometido en su discurso de posesión luchar decididamente contra los traficantes de droga, y su gabinete diseñaba en paralelo un régimen de sometimiento a la justicia que otorgaría beneficios penales a quienes se entregaran y confesaran. Tomar a la hija del expresidente Turbay Ayala —jefe indiscutido del liberalismo aún en 1990— era una forma de sentar al establecimiento en la mesa por interpuesta persona. Que además fuera periodista, y directora de noticiero, multiplicaba el eco cotidiano del secuestro.
La operación se prolongó durante las semanas siguientes con nuevas capturas escalonadas. En septiembre cayó el subdirector del diario El Tiempo, Francisco Santos Calderón. Y el 7 de noviembre —fecha que la memoria de las víctimas retendría como bisagra— Los Extraditables secuestraron a Maruja Pachón de Villamizar, cuñada de Luis Carlos Galán Sarmiento y esposa del congresista Alberto Villamizar Cárdenas, junto con Beatriz Villamizar de Guerrero, cuñada y asistente de prensa de Maruja. Marina Montoya, hermana de Germán Montoya —secretario general de la presidencia de Virgilio Barco—, fue tomada en la misma ola. El diseño del grupo de rehenes era una radiografía del poder colombiano: la hija de un expresidente liberal de coalición, la cuñada del caudillo galanista asesinado, la hermana de un hombre del corazón del gobierno anterior, un heredero de una de las grandes familias de la prensa. Escobar tenía en las manos casi todo el mapa simbólico del establecimiento bogotano.
Cautiverio, mediaciones y presión pública
El cautiverio de Diana Turbay se prolongó durante casi cinco meses en fincas del área rural entre Copacabana y los municipios vecinos del norte del Valle de Aburrá. La rutina, reconstruida después por García Márquez y por los sobrevivientes, alternaba encierros en cuartos pequeños, cambios de casa, guardias jóvenes armados y un contacto intermitente con un mundo exterior que llegaba filtrado por radios de transistores. Los captores le permitían escuchar los noticieros —incluido, en ocasiones, el suyo propio— y las noticias que su madre inducía en los medios.
Porque afuera, Nydia Quintero de Balcázar montó una campaña de presión pública sin descanso. Organizó apariciones de niños en los noticieros pidiendo la liberación de los rehenes, misas simultáneas el 19 de octubre bajo el nombre de "Día de la Reconciliación Nacional" y el encendido de una antorcha en la Plaza de Bolívar que, según la promesa hecha ante las cámaras, ardería hasta el regreso de los cautivos. La antorcha, más que un gesto religioso, era un mecanismo de recordatorio diario dirigido al gobierno Gaviria: cada día que un rehén siguiera secuestrado sería una jornada de reproche encendido a metros del Palacio de Nariño.
A esa presión familiar se sumó la mediación institucional. El grupo conocido como Los Notables —el cardenal Mario Revollo Bravo, los expresidentes Misael Pastrana Borrero y Alfonso López Michelsen, y el dirigente comunista Diego Montaña Cuéllar— se ofreció como intermediario para las liberaciones. Su composición era en sí misma una declaración: el poder religioso, los dos expresidentes vivos con capacidad de puente entre partidos y una figura de la izquierda legal, todos convocados a mediar con un cartel de narcotraficantes por la libertad de personas ligadas al núcleo del poder. Nunca antes en Colombia el establecimiento se había expuesto de forma tan explícita a negociar con criminales del más alto perfil, y nunca antes lo había hecho por sus propios hijos.
Las liberaciones empezaron a producirse de manera escalonada. Entre noviembre y diciembre de 1990 recuperaron su libertad Juan Vitta, Hero Buss y Azucena Liévano. El auxiliar de cámara Orlando Acevedo salió el 17 de enero de 1991. Cada liberación era simultáneamente una prueba de vida —el cartel demostraba que aún manejaba el resto del grupo— y una señal de que la negociación política avanzaba en Bogotá. En el fondo, la Asamblea Constituyente, ya convocada por decreto y en camino de instalarse en febrero, empezaba a perfilarse como el foro en el que se resolvería el asunto de la extradición. Los Extraditables lo sabían: el juego era ganar tiempo hasta que la Constituyente redactara el artículo prohibitivo.
El operativo de Copacabana
La muerte de Diana Turbay ocurrió el 25 de enero de 1991 durante un operativo de rescate ejecutado por unidades de la Policía Nacional en el sector de Los Sauces, jurisdicción rural de Copacabana, en la finca conocida como La Bola. La cronología pública de los hechos, fijada en las horas inmediatamente posteriores, indica que un grupo especial de la Policía, con información de inteligencia sobre la ubicación de la rehén, intentó una incursión que derivó en un intercambio de disparos con los custodios. En medio del fuego cruzado, Diana recibió un impacto de bala en la región lumbar. Trasladada malherida a Medellín, murió pocas horas después.
La responsabilidad última del disparo fatal quedó, desde entonces, en una zona de opacidad institucional. Ni las versiones oficiales ni las contrapresiones familiares lograron establecer con nitidez si la bala procedió de un fusil de los captores —que, según la hipótesis policial, habrían intentado ejecutarla al verse rodeados— o de un arma de los propios agentes que ingresaron a la finca. Los Extraditables emitieron después un comunicado responsabilizando al gobierno por la muerte, en clave propagandística; el gobierno Gaviria y la Policía sostuvieron que la ejecución era responsabilidad de los secuestradores. La imposibilidad de una atribución técnica cerrada dejó la lectura del hecho abierta a la disputa política.
Lo que sí es indiscutible es la cadena de decisiones que llevó al operativo. Miguel Maza Márquez, entonces director del Departamento Administrativo de Seguridad, y el comando de la Policía Nacional en Medellín llevaban meses persiguiendo a Escobar y a su estructura. La inteligencia sobre la ubicación de Diana se había construido a partir de seguimientos a testaferros y guardianes, y la decisión de intervenir se tomó sin consulta previa con la familia —lo que Nydia Quintero denunciaría con dureza en los días siguientes—. La lógica del operativo respondía a la doctrina policial que en esos meses libraba una guerra abierta contra el cartel: no negociar más de lo estrictamente necesario, rescatar cuando fuera posible, degradar a Escobar hasta forzar su entrega. El costo humano de esa doctrina lo pagó, en ese caso, la hija del expresidente Turbay.
El cuerpo fue velado en Bogotá y sepultado en el Cementerio Central. En el funeral, su padre —que en 1978 había asumido la presidencia con el respaldo de una coalición liberal-conservadora y que había gobernado bajo un estatuto de seguridad severamente cuestionado por sus prácticas de tortura y represión del M-19— pronunció palabras en las que la contención pesaba más que el reproche. La escena era inasimilable: el expresidente que había combatido a las guerrillas urbanas de los años setenta enterraba a su hija asesinada por un cartel de narcotraficantes que en 1978, cuando él llegó al poder, apenas empezaba a existir como estructura organizada.
La cadena de liberaciones y el precio pagado
Beatriz Villamizar de Guerrero fue liberada en febrero de 1991, semanas después de la muerte de Diana. Marina Montoya, la hermana de Germán Montoya, apareció asesinada. Maruja Pachón de Villamizar y Francisco Santos, los dos rehenes de mayor perfil que aún quedaban, recuperaron la libertad en mayo de 1991, cuando el proceso de negociación con Escobar entró en su fase final. Su liberación coincidió con el gesto que había dado sentido a toda la campaña del cartel: la aprobación en la Asamblea Constituyente del artículo que prohibiría la extradición de nacionales.
El 19 de junio de 1991, la Asamblea aprobó por 51 votos a favor, 13 en contra y 5 abstenciones el artículo 35 de la nueva Constitución, que prohibía la extradición de colombianos por nacimiento. El ministro de Gobierno, Carlos Lemos Simmonds, había liderado el trámite. La votación fue secreta, lo que impidió identificar públicamente a partidarios y opositores. Narcotraficantes vinculados al Cartel de Medellín habían sobornado a delegatarios para asegurar la aprobación, un hecho que años después se documentaría con nitidez. Al día siguiente, el 20 de junio de 1991, Pablo Escobar Gaviria se entregó a las autoridades en una prisión especialmente construida para él en lo alto de una montaña de Envigado, cerca de Medellín: La Catedral. Ante un juez leyó una declaración en la que confesó haber ayudado a enviar un cargamento de cocaína al exterior.
La secuencia era transparente y brutal: Diana Turbay había muerto en enero, la Constituyente había prohibido la extradición en junio, Escobar se había entregado en junio, y todo el ciclo político —desde los secuestros del segundo semestre de 1990 hasta el sometimiento del capo— podía leerse como una operación victoriosa del narcotráfico sobre el establecimiento. El cartel había convertido a los hijos y allegados del poder simbólico colombiano en rehenes negociables, había forzado un cambio constitucional a su favor y había obtenido para su jefe una reclusión de lujo diseñada por él mismo. La política de sometimiento a la justicia, tal como se implementó en los meses siguientes, se limitó a varios lugartenientes de Escobar y a algunos capos como los hermanos Ochoa Vásquez, mientras el Cartel de Cali continuaba operando con amplia impunidad. La fuga de Escobar de La Catedral en julio de 1992, y su persecución y muerte a manos de la Policía en diciembre de 1993, terminarían de sepultar la política de sometimiento como estrategia. Pero para entonces Diana Turbay llevaba dos años enterrada.
La red: familia, oficio, adversario
Comprender la centralidad del caso exige leerlo dentro de tres círculos concéntricos que se cruzaron en la persona de Diana Turbay Quintero.
El primero es el círculo familiar. Los Turbay pertenecían a una franja del liberalismo que combinaba la política nacional en Bogotá con una base electoral persistente en el Caquetá, donde el llamado turbayismo era una fuerza dominante. En los años posteriores a la muerte de Diana, la violencia alcanzaría también a esa rama del clan: Rodrigo Turbay Cote fue secuestrado y asesinado por las FARC en 1997; Diego Turbay Cote, congresista, murió junto a su comitiva en un retén de las FARC en diciembre de 2000, en el marco de una serie de asesinatos selectivos contra dirigentes del turbayismo caqueteño. La familia acumuló así, entre 1991 y 2001, tres muertes violentas por causas ligadas a los dos grandes actores armados del conflicto: el narcotráfico y la guerrilla más antigua del país. Ningún otro clan político colombiano registró en tan pocos años una exposición semejante.
El segundo círculo es el oficio periodístico. Diana se movía en una constelación de comunicadores expuestos por la propia dinámica de la violencia colombiana. Entre 1986 y 1995, Colombia registró alrededor de sesenta y dos asesinatos de periodistas —treinta y cuatro solo en el subperíodo 1986-1990—, con los profesionales de prensa escrita como grupo más afectado (veintinueve muertes), seguidos por los de radio (veinte) y por cuatro en televisión. Los nombres de esa geografía criminal incluyen a Guillermo Cano, director de El Espectador, asesinado en 1986 por sicarios del Cartel de Medellín; a Jorge Enrique Pulido, secuestrado y muerto por el mismo cartel; a Jaime Garzón, asesinado en 1999. En paralelo, el narcotráfico atacó las sedes de El Espectador y Vanguardia Liberal, dinamitó edificios y firmas periodísticas, y usó el secuestro como técnica sistemática contra los periodistas de grandes medios: Andrés Pastrana, Diana Turbay, Maruja Pachón y Francisco Santos figuran en el mismo capítulo. El caso de Diana se inscribe en esa campaña, pero se distingue de las otras muertes por una diferencia crucial: no la asesinaron como comunicadora incómoda —su noticiero no había producido investigaciones antinarcotráfico de alto perfil—, sino como rehén de linaje.
El tercer círculo es el adversario: el Cartel de Medellín en su fase final. Escobar había logrado consolidar Los Extraditables como una fachada terrorista con capacidad de dinamitar diarios, aviones, aeropuertos y sedes de la policía secreta. Su guerra contra el Estado, iniciada en respuesta al asesinato de Rodrigo Lara Bonilla en 1984 y radicalizada tras el asesinato de Luis Carlos Galán en agosto de 1989, había convertido a Colombia en escenario de un narcoterrorismo de saldo altísimo: más de seiscientos atentados en diez años, con víctimas entre jueces, policías, periodistas, políticos y ciudadanos anónimos. Los secuestros de 1990-1991 fueron la fase culminante de esa estrategia: la conversión del terrorismo en instrumento de negociación constitucional.
La huella: memoria, silencio, ambigüedad
La memoria pública de Diana Turbay Quintero se cristalizó sobre todo a través de Noticia de un secuestro, la crónica que García Márquez publicó en 1996 sobre el ciclo de 1990-1991. El libro, construido desde los testimonios de Maruja Pachón, Alberto Villamizar y los demás protagonistas, reconstruye los cautiverios en clave coral y otorga a la figura de Diana un lugar central: es la primera víctima mortal del grupo, la que carga con el mayor peso simbólico por su linaje presidencial y aquella cuya muerte marca el punto de inflexión en la percepción pública del ciclo. La obra, clasificada como crónica literaria, se ha convertido en la referencia bibliográfica dominante sobre el caso y aparece citada en estudios académicos sobre la narcocultura colombiana como una de las fuentes canónicas para la caracterización de Escobar.
Fuera de García Márquez, la huella institucional del caso es más elusiva. La muerte se registra con frecuencia en notas al pie de la historiografía de los procesos de paz —el 17 de febrero de 1991, apenas semanas después, el gobierno Gaviria firmó los acuerdos finales de paz con el EPL y el PRT, una coincidencia temporal señalada por algunos cronistas del período sin llegar a articularse en una lectura simbólica compartida—. El caso no dio origen a una comisión de la verdad específica, ni a un monumento oficial, ni a una jurisprudencia notable. La imposibilidad de atribuir con certeza la responsabilidad del disparo fatal contribuyó a esa opacidad memorial: no hubo culpables condenados, no hubo un juicio emblemático que fijara la narrativa, no hubo un capítulo de reparación estatal centrado en su nombre.
En la memoria familiar, en cambio, la muerte ordenó una trayectoria posterior. Nydia Quintero de Balcázar consolidó su trabajo cívico bajo el peso del duelo. Julio César Turbay Ayala vivió hasta 2005 sin volver a ejercer cargos ejecutivos, aunque conservó influencia en el liberalismo. El apellido Turbay Quintero se sumó al catálogo de familias colombianas cuyo dolor privado quedó tallado en la historia pública, junto con los Galán, los Villamizar, los Lara, los Pizarro, los Jaramillo Ossa. En ese catálogo, Diana ocupa un lugar peculiar: no es la mártir política —no militaba en un partido de oposición ni desafiaba al poder desde una tribuna—, sino la profesional del oficio periodístico atrapada por su apellido en un cálculo que le era ajeno.
Y sin embargo esa lectura de víctima pura, útil para la placa conmemorativa, se resiste a cerrarse. Diana Turbay no fue capturada en la puerta de su casa ni en el estudio de televisión: fue a buscar una entrevista con un comandante guerrillero en un desplazamiento por carretera hacia una zona de conflicto, siguiendo el contacto de un intermediario cuya identidad no había podido verificar del todo. Esa decisión profesional —la misma que años antes la había llevado a acompañar misiones de acercamiento del gobierno con el M-19— fue lo que Escobar aprovechó. El engaño funcionó porque ella se movía en un terreno de riesgo por convicción del oficio, no por descuido. Su apellido la volvió rehén valioso; su periodismo la volvió alcanzable.
Esa doble condición —hija del establecimiento y periodista de campo— es lo que hace de Diana Turbay Quintero una figura bisagra en la historia colombiana. Su muerte no fue el desenlace inevitable de una lógica estructural única, sino el cruce de dos vulnerabilidades distintas: la de una élite política que había administrado el país durante décadas sin desactivar las condiciones que hicieron posible el narcoterrorismo, y la de un oficio periodístico que en Colombia se ejercía —y se ejerce— pisando fronteras que en otras democracias son inaccesibles. Escobar supo leer ese cruce con precisión de estratega. Y el Estado que su padre había gobernado, cuando intentó rescatarla, no consiguió salvarla.
En un país que en las décadas siguientes construiría una memoria fragmentaria y disputada del conflicto —con víctimas categorizadas por actor armado, por región, por tipo de violencia—, Diana Turbay Quintero quedó en un pliegue difícil: demasiado cerca del poder para encajar en la narrativa de los inocentes anónimos, demasiado profesional para reducirse a la condición de heredera, muerta en un operativo estatal que ninguna investigación esclareció con certeza. Su nombre pertenece al inventario del narcoterrorismo, pero también al del periodismo colombiano y al catálogo de fracasos operativos de la Policía en su guerra contra Escobar. Esa multiplicidad de pertenencias, más que ninguna narrativa cerrada, es lo que la mantiene viva como pregunta histórica.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
23 documentos · 26 fragmentos01Alvaro Uribe Velez El Narcotraficante # 82Sergio Camargo V. · 2008 · Página 491 cita
[1]por que fueron muy generosas las limosnas. Había una actitud completamente complaciente de la iglesia, y existen casos muy conocidos de sacerdotes que salían a bendecir las motos de los sicarios». 38 En este violento periodo presidencial de Turbay Ayala (1978-1982), el hoy premio nobel de literatura Gabriel García…
p. 49
02Álvaro Uribe Vélez: El Narcotraficante Nº 82Sergio Camargo V. · 2008 · Página 491 cita
[2]por que fueron muy generosas las limosnas. Había una actitud completamente complaciente de la iglesia, y existen casos muy conocidos de sacerdotes que salían a bendecir las motos de los sicarios». 38 En este violento periodo presidencial de Turbay Ayala (1978-1982), el hoy premio nobel de literatura Gabriel García…
p. 49
03Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 2551 cita
[3]panameños en 1999. Se firmaron tratados de delimitación de áreas marinas y submarinas con Ecuador, Panamá, Costa Rica, República Do- minicana y Haití. Administración Turbay Ayala A López lo sucedió Julio César Turbay Ayala (1916), uno de los más hábiles políticos de la his- toria de Colombia. Su programa presidencial…
p. 255
04Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · Página 2671 cita
[4]Después de concluir su bachille- rato, recibió la orientación de su hermana Hor- tensia, entonces estudiante de derecho. Esta pudo aprovechar al máximo las dotes y faculta- N ací en un barrio pobre. No tengo el pri- vilegio de pertenecer a los barrios elegan- tes de los cachacos bogotanos, sino a los sectores más o…
p. 267
05More Terrible Than Death: Drugs, Violence, and America's War in ColombiaRobin Kirk · 2003 · Página 1031 cita
[5]con- sidered canny, avaricious, out for a fast peso. Many turcos settled here, so there are Abads, Turbays, Cafarzuzas (a mangling of Kafarsouseh), and Ferises in the markets and banks, especially along the Caribbean coast. One joke has a paisa discovering a magic lantern in his yard. Af- ter he rubs it, a genie…
p. 103
06Caquetá: conflicto y memoriaHarley Enrique Gutiérrez Ñustez, Rubén Darío Polo Sierra, Cristian E Paredes González · 2013 · Página 141 cita
[6]y los miembros de su esquema de seguridad: Da- goberto Samboní Uní, Edwin Angarita y Jamir Bejarano. A la altura de la quebraba La Nemal, entre El Don- cello y Puerto Rico, un retén de hombres armados que vestían prendas militares detuvieron la caravana con un disparo de fusil a la altura del radiador de la camioneta…
p. 14
079 de marzo de 1990Rafael Pardo Rueda · 2020 · Página 631 cita
[7]Diana Turbay, directora del noticiero Criptón e hija del expresidente Turbay; dos camarógrafos de ese noticiero y Carlos Alonso Lucio, quien había servido de intermediario con el M-19 en varias ocasiones. En la ciudad nos aguardaba Jesús Antonio Bejarano, también asesor de la Consejería, quien nos acompañó en la…
p. 63
08La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015)Germán Rey, Camilo Vallejo Giraldo, María Angélica Nieto Uribe, Álvaro Fernando Núñez Zúñiga, Andrea Torres · 2015 · Páginas 87, 1422 citas
[8]particular a las del Estado y del gobierno. Por eso la emprendieron de manera tan decisiva como bárbara contra El Espectador, hubo secuestros de periodistas de grandes medios, como los de Andrés Pastrana, Maruja Pachón de Villamizar, Diana Turbay y Francisco Santos, y hubo quienes se vieron obligados al exilio, como…
p. 87
[9]propia con cifras de la FLIP; CNMH, 2013 - 2015, Entrevistas de campo en diferentes regiones del país; González y Lozano, 2004, “La censura del fuego: Periodistas asesinados en Colombia”; Revisión de prensa escrita El Tiempo y El Espectador, realizada por el Grupo de investigación CNMH. 142 La palabra y el silencio…
p. 142
09Sujetos victimizados y daños causados: Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoLina Rondón Daza, Liliana Cortés Gamba · 2018 · Página 1851 cita
[10]sujetos individuales Concuerda que en las victimizaciones a periodistas y a candida- tos políticos, las expresiones excesivas de violencia inscribieron el horror mediante mensajes cifrados en la forma de dar muerte a las víctimas (Blair, 2004). Los cuerpos de las víctimas son deposi- tarios de la violencia e…
p. 185
101989María Elvira Samper · 2019 · Página 1351 cita
[11]masacres, 1990 será el de los secuestros que ordena Escobar como seguro de vida y para presionar una negociación y el de la campaña presidencial más violenta de la historia, también será el de la desmovilización del M-19, el EPL y el Quintín Lame, y el de la Convocatoria de la Asamblea Constituyente, el sueño que el…
p. 135
11Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Página 2861 cita
[12]legítimos en el de- recho pri va d o. El estigma soc ial hizo aún m ás impenetrable el mi s- terio del la vado de dinero. Un cuadro de tantos matices requería respuestas más inteligen- tes que la mera militarización del conflicto que vino por la vía de la ayuda de lo s Estados Unidos. Los equipos militares aportados…
p. 286
12Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 1161 cita
[13]Beatriz Villamizar y Diana Turbay –asesinada en la operación de rescate–; entre muchos otros. La paradoja de estos años fue que, si bien un sector del Estado combatió a los narcotraficantes, otro sector era su aliado con la justificación de los «fines superiores» en la lucha contrainsurgente. Y del mismo modo, un…
p. 116
13Normas y dimensiones de la desaparición forzada en Colombia. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica; Germán Lozano Villegas; Luz Janeth Forero M. · 2014 · Página 961 cita
[14]de Medellín con el secuestro de los periodistas y el grupo de “Los Notables”, compuesto por el cardenal Mario Revollo Bravo, los ex presidentes Misael Pastrana Borrero y Alfonso López Michelsen y Diego Montaña Cuéllar, se ofrece como mediador para la libera- ción. Un mes después, fue secuestrada Maruja Pachón de…
p. 96
14Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 9341 cita
[15]políticos y conexos que hubieren cometido antes de su vigencia; estableció además requisitos y procedimientos para evaluar la voluntad del solicitante de reincorporarse a la vida civil y su pertenencia a la organización insurgente, de conformidad con los listados previamente elaborados. 731 Texto completo del Acuerdo…
p. 934
15Mi vida y mi cárcel con Pablo EscobarVictoria Eugenia Henao · 2018 · Página 3181 cita
[16]sido secuestrado el 19 de septiembre de ese año, y a Marina Montoya, hermana de Germán Montoya, exsecretario general de la presidencia de Virgilio Barco. La ansiedad de Juan Pablo por saber qué pasaba en Colombia y en particular con su padre, nos sacó de la relativa zona de confort en que nos encontrábamos y se volvió…
p. 318
16Guerrilla Marketing: Counterinsurgency and Capitalism in ColombiaAlexander L. Fattal · 2018 · Página 561 cita
[17][Quintero] had planned the appearance of groups of children on radio and television newscasts all over the country to read a plea for the release of the hostages. On October 19, the "Day of National Reconciliation," she had ar- ranged for simultaneous noon masses in various cities and towns to pray for goodwill among…
p. 56
17Una sociedad secuestradaCentro Nacional de Memoria Histórica; César Caballero Reinoso (relator); Gonzalo Sánchez G. (coordinador) · 2013 · Página 2061 cita
[18]durante y después de la liberación/ Habla de un sufrimiento que no termina con la liberación. Obra: "Homenaje al preso político", 1981 "Memorias de Lázaro", 1994 "Noticia de un secuestro", 1996. Proyecto en curso para la adaptación al cine de las memorias de Ingrid Betancourt: "No hay silencio que no termine" Obra:…
p. 206
18Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · Páginas 160, 2103 citas
[19]samente a miembros de la Asamblea Constituyente para asegurarse de que aprobaran el artículo 35 del nuevo documento, que prohibía la extradición. El artículo fue aprobado con facilidad, con 51 votos a favor, 13 en contra y 5 abstenciones. Los colombianos estaban tan hastiados del problema de la extradición y de la…
p. 160
[23]Con el final de la Guerra Fría, y al presenciar una importante reforma política, los colombianos comenzaron a pensar que la paz podría regresar pronto al país. La paz y la prosperidad parecían ser el camino que tomaba el mundo a comienzos de los años noventa, época en la que los líderes de todo el mundo predicaban el…
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[24]Con el final de la Guerra Fría, y al presenciar una importante reforma política, los colombianos comenzaron a pensar que la paz podría regresar pronto al país. La paz y la prosperidad parecían ser el camino que tomaba el mundo a comienzos de los años noventa, época en la que los líderes de todo el mundo predicaban el…
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19Guerreros y campesinos. Despojo y restitución de tierras en ColombiaAlejandro Reyes Posada · 2016 · Página 181 cita
[20]extradición y al día siguiente se entregó a la justicia Pablo Escobar Gaviria, cabeza del cartel de Medellín y autor de innumerables asesinatos y varios atentados terroristas en lugares públicos. Su fuga de la cárcel de lujo que había acondicionado con sus propios recursos, seguida por su persecución y muerte a manos…
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20Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · Página 391 cita
[21]cuantoal regla- mento, se declaró incompetente por considerar éstos como actos de tri- mile no sujetos al control eonstitucio- nal. En lo reliconado con el acto constituyente número uri, concluyo que la asamblea no estaba sometida al cumplimiento de la Comstitución y, en especial, al articulo 218, por resul- tar…
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21Nuestra guerra sin nombre. Transformaciones del conflicto en ColombiaFrancisco Gutiérrez Sanín, María Emma Wills, Gonzalo Sánchez Gómez · 2006 · Página 2461 cita
[22]La frase no era cierta: no deseaban ni tumba ni cárcel, su propósito real era vivir en Colombia libremente, disfrutando de sus ganancias, habiendo sometido al Estado a sus dictados. En diciembre de 1986, la Corte Suprema declaró inexequible la Ley 27 de 1980, por la cual se había ratificado el tratado de extradición…
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22¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 1011 cita
[25]UP, luego de queJaime Pardo Leal también fuera asesinado; y Carlos Pizarro, excomandante de un M-19 que recogía un respetable apoyo popular tras su conversión en partido político. Al tiempo, el narcotráfico, en alianza con grupos políticos y paramilitares, venía de asesinar a los periodistas Guillermo Cano y Jorge…
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23Pablo Escobar and Colombian NarcocultureAldona Bialowas Pobutsky · 2020 · Página 11 cita
[26]Introduction Escobar was a serious bandido. A bandido’s bandido. [Escobar era un bandido serio. Un bandido muy bandido.] Germán Caycedo Castro, Operación Pablo Escobar, 75 He became a legend who controlled everything from the shadows.... At the height of his splendor, people put up altars with his picture and lit…
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