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Biografía

Rodrigo Lara Bonilla

Crisis y narcotráfico

1946–1984

18 min de lectura23 documentos
Nacimiento8 de agosto de 1946, Neiva, Huila
Fallecimiento30 de abril de 1984, Bogotá
RolesAbogado · Senador por el Huila
Lugar principalColombia
Período históricoCrisis y narcotráfico1974–1990
03

La biografía

Rodrigo Lara Bonilla fue el ministro de Justicia colombiano cuyo asesinato, el 30 de abril de 1984, transformó de un día para otro la manera como el Estado se relacionaba con el narcotráfico. Nacido en Neiva en 1946 y muerto en Bogotá a los treinta y siete años, alcanzó a ocupar la cartera menos de un año, pero en ese tiempo hizo lo que ningún funcionario había hecho antes: nombrar en voz alta, ante el Congreso y ante el país, la infiltración del dinero de la cocaína en la política, el fútbol y las instituciones. La bala del sicario que lo alcanzó en el norte de Bogotá dos días después de que el gobierno firmara la tregua con las FARC lo convirtió en el primer ministro asesinado en ejercicio en la historia de Colombia, y en el detonante que forzó a Belisario Betancur a decretar el estado de sitio y a restablecer la extradición hacia Estados Unidos, dos medidas que hasta entonces el gobierno había rehusado tomar. Todo lo que vino después —la guerra del cartel de Medellín contra el Estado, la cadena de magnicidios, la constituyente de 1991— arrastra la huella de aquel crimen.

02

Línea de vida

  1. 1982

    Cofundación del Nuevo Liberalismo

    Leer contexto

    Junto a Luis Carlos Galán, Lara Bonilla impulsó el Nuevo Liberalismo, corriente que hizo de la lucha contra la corrupción y la denuncia del narcodinero en la política el centro de su programa, presentándose a las elecciones de 1982 en ruptura con el liberalismo oficial de Alfonso López Michelsen.

  2. 1983

    Debate del 18 de agosto: Escobar en el banquillo del Congreso

    Leer contexto

    En la plenaria de la Cámara de Representantes, Lara Bonilla acusó públicamente a Pablo Escobar de ser narcotraficante, expuso sus antecedentes ante el Congreso y denunció que los principales equipos de fútbol del país —Atlético Nacional, América de Cali, Millonarios, entre otros— eran propiedad de narcotraficantes. Escobar perdió su curul en los meses siguientes.

  3. 1984

    Operación Tranquilandia, 12 de marzo

    Leer contexto

    En estrecha coordinación con la Policía, Lara dirigió el descubrimiento de Tranquilandia, complejo de laboratorios clandestinos del cartel de Medellín en la selva, considerado el mayor golpe al cartel hasta ese momento y que reveló la escala industrial del narcotráfico colombiano.

  4. 1984

    Asesinato, 30 de abril

    Leer contexto

    Dos jóvenes sicarios en motocicleta interceptaron su vehículo en el norte de Bogotá cuando se dirigía a su residencia; el pasajero disparó con una pistola automática. Fue el primer ministro en ejercicio asesinado en la historia de Colombia. El crimen fue ordenado por Pablo Escobar como represalia por las acciones de Lara que expusieron al cartel ante el Congreso y destruyeron su infraestructura productiva.

  5. 1984

    Consecuencias del magnicidio: estado de sitio y extradición

    Leer contexto

    Tras el asesinato, el presidente Betancur decretó el estado de sitio en todo el territorio nacional y restableció la extradición de colombianos hacia Estados Unidos, convirtiendo en instrumento activo el tratado de 1979 que el gobierno había esquivado durante trece meses. El crimen detonó una larga cadena de violencia del cartel contra funcionarios judiciales y políticos colombianos.

Un abogado del Huila en la política liberal

Lara Bonilla nació en Neiva, capital del Huila, el 8 de agosto de 1946. Estudió Derecho en la Universidad Externado de Colombia y complementó su formación en la Universidad Nacional. Regresó a su departamento con la ambición ordenada de una generación de profesionales liberales de provincia que veían en la política el camino natural para incidir en el país: primero la representación regional, después el escenario nacional. Militó en el Partido Liberal, entonces la maquinaria hegemónica de la política colombiana, y ascendió por la vía parlamentaria hasta convertirse en senador por el Huila.

Su formación jurídica marcaría su paso por la vida pública. No era un caudillo de plaza ni un orador de barricada, sino un abogado que entendía el poder desde el derecho administrativo y penal, y que llegaría al Ministerio de Justicia con una idea precisa de las herramientas que el Estado tenía —y no usaba— frente al crimen organizado. Esa mirada técnica, combinada con una convicción ética que se iría endureciendo en los años siguientes, explica lo que vino después: Lara no improvisó una cruzada; aplicó, con los instrumentos que había, una política de Estado que hasta entonces existía solo en el papel.

En la geografía política colombiana de los años setenta, el liberalismo del Huila era terreno de tensiones entre las viejas jefaturas regionales y las corrientes renovadoras que empezaban a cuestionar los pactos del Frente Nacional y sus secuelas. Lara se movió entre ambos mundos con la doble condición de heredero de la tradición liberal y de crítico de sus vicios, una combinación que lo llevaría, hacia finales de la década, al proyecto que definiría su carrera.

El Nuevo Liberalismo y la denuncia del dinero caliente

A comienzos de los años ochenta, Luis Carlos Galán se marginó del Partido Liberal por sus dudas sobre los estándares éticos de la dirigencia oficial, en particular por los vínculos crecientes entre políticos liberales y la naciente mafia de la cocaína. De esa ruptura nació el Nuevo Liberalismo, corriente que hizo de la lucha contra la corrupción y de la denuncia del narcodinero el centro de su programa. Lara Bonilla se sumó al proyecto desde sus inicios y algunas versiones lo consideran cofundador junto a Galán; en cualquier caso, fue una de sus figuras visibles desde el primer momento y quien más tarde llevaría al gabinete las banderas del movimiento.

El Nuevo Liberalismo se presentó a las elecciones de 1982 en abierta disputa con el liberalismo oficial que encabezaba Alfonso López Michelsen. La división del voto liberal facilitó la victoria del conservador Belisario Betancur, y aunque la aritmética electoral no favoreció a Galán como presidente, sí instaló en el debate público un vocabulario nuevo: el de los "dineros calientes", el de la infiltración mafiosa en la política, el de la advertencia contra un país cuyas instituciones estaban empezando a ser compradas. La campaña dejó rumores nunca del todo aclarados —un supuesto encuentro entre Pablo Escobar y la cúpula de la campaña de López Michelsen en el Hotel Intercontinental de Medellín, versiones sobre aportes del cartel a la campaña ganadora de Betancur— que dieron sustancia a las denuncias del Nuevo Liberalismo.

En ese mismo 1982, Pablo Escobar Gaviria intentó vincularse al movimiento. Buscó espacio en sus listas y llegó a aparecer bajo su bandera, pero Galán, informado a tiempo, lo desautorizó públicamente y lo expulsó. Escobar terminó llegando al Congreso como suplente por el liberalismo oficial, en la lista de Jairo Ortega y bajo el amparo político de Alberto Santofimio Botero. Aquel episodio es el prólogo silencioso de todo lo que vendría: dejó al capo con una cuenta pendiente contra el movimiento que lo había señalado antes que nadie.

Ministro de Justicia en un país que aún no había mirado a la cara al cartel

Belisario Betancur asumió la presidencia en agosto de 1982 con la paz con la insurgencia como bandera central. El narcotráfico no ocupaba el primer plano de sus preocupaciones, y la relación del gobierno con el problema era, en el mejor de los casos, de administración distante. El tratado de extradición firmado con Estados Unidos en 1979 había entrado en vigor en marzo de 1982, y desde abril de 1983 Washington venía enviando solicitudes concretas, pero el gobierno colombiano no mostraba interés en aplicarlo. Fue en ese escenario donde Lara Bonilla llegó al Ministerio de Justicia, en un gesto de apertura hacia el Nuevo Liberalismo que le permitió a Betancur incorporar al gabinete a un sector crítico sin ceder el timón del gobierno.

El país que Lara heredó desde su despacho estaba cambiando a una velocidad que la clase política aún no medía. En marzo de 1982, agentes de aduanas estadounidenses habían tenido la primera sospecha seria de que Colombia se había convertido en uno de los principales productores mundiales de cocaína. Un año antes de la operación de Tranquilandia, un documento de la DEA había usado por primera vez el término "cartel" para nombrar al grupo de traficantes de Medellín. En diciembre de 1981, narcotraficantes cercanos al clan Ochoa habían fundado el grupo Muerte a Secuestradores, MAS, tras el secuestro de Marta Nieves Ochoa por el M-19, y de esa iniciativa germinaría una estructura paramilitar de contornos cada vez más definidos. El cartel operaba desde el sur de Medellín —Envigado, El Poblado— con la cúpula asentada en los barrios de élite, subcontrataba redes de sicarios adolescentes en las comunas nororiental y noroccidental y en Bello, y usaba el barrio Antioquia como enclave del mercado de armas. Combinaba sicariato urbano con paramilitares rurales, y su poder económico y de fuego crecía más rápido de lo que cualquier ministerio podía procesar.

Frente a esa realidad, Lara tomó una decisión que ningún antecesor había tomado: convertir al Ministerio de Justicia en el frente institucional de la lucha contra el narcotráfico. No como retórica, sino como política concreta: uso del derecho penal, cooperación con la Policía, aplicación efectiva del tratado de extradición y, sobre todo, denuncia pública sistemática de la penetración mafiosa en la vida colombiana.

El 18 de agosto de 1983: Escobar en el banquillo del Congreso

El enfrentamiento entre Lara y el cartel tuvo un episodio fundacional. El 18 de agosto de 1983, los congresistas Jairo Ortega y Ernesto Lucena —del grupo político de Escobar y Santofimio— citaron al ministro a un debate en la plenaria de la Cámara de Representantes sobre "dineros calientes". La estrategia era clásica de la política colombiana: usar el fuero parlamentario para atacar al ministro que los incomodaba. Ortega dirigió a Lara preguntas comprometedoras sobre su relación con Evaristo Porras, un ciudadano vinculado al narcotráfico del sur del país, en un intento de demostrar que las manos del ministro tampoco estaban limpias.

Lo que Ortega y Escobar no calcularon fue la respuesta. En lugar de defenderse en el terreno estrecho de las acusaciones personales, Lara transformó el debate en un juicio público contra el suplente que ocupaba una curul en la Cámara. Acusó a Pablo Escobar de ser narcotraficante, expuso sus antecedentes en el tráfico de droga y sostuvo que un hombre con ese prontuario no tenía derecho a la investidura parlamentaria. Fue la primera vez que la palabra "narcotraficante" caía sobre Escobar en el recinto del Congreso, pronunciada por un ministro en ejercicio y sostenida con datos.

En las semanas siguientes, Lara amplió el frente. Denunció que la mayoría de los principales equipos de fútbol de Medellín, Cali, Bogotá y Pereira —Atlético Nacional, América de Cali, Millonarios, entre otros— eran propiedad de narcotraficantes que usaban el deporte como fachada de lavado y como plataforma de legitimación social. Nombró el sistema entero, no solo a un capo. Y con esa denuncia empezó a desmontar la ficción con la que las élites urbanas colombianas habían convivido durante años: la idea de que el dinero de la cocaína era un problema de la periferia, de la selva, de otros, y no una fibra que ya cruzaba el corazón del país.

Escobar perdió su curul en cuestión de meses, y con ella la inmunidad parlamentaria que lo protegía. La cuenta de cobro contra Lara empezó a redactarse desde ese momento.

Tranquilandia, 12 de marzo de 1984

Mientras el enfrentamiento político escalaba, Lara Bonilla trabajaba en estrecha coordinación con la Policía sobre un objetivo más concreto: los laboratorios clandestinos de procesamiento de cocaína que el cartel había levantado en la selva. El 12 de marzo de 1984, una operación en la que el ministro participó personalmente en la coordinación descubrió Tranquilandia, un complejo de laboratorios que sería recordado como el golpe más grande al cartel de Medellín hasta ese momento. La incautación de precursores químicos, la destrucción de instalaciones y el decomiso masivo de cocaína lista para exportar demostraron dos cosas: primero, que la escala industrial del cartel superaba cualquier estimación anterior; segundo, que un Estado decidido sí podía golpearlo.

Tranquilandia fue el punto en el que Lara pasó de ser un ministro incómodo a ser una amenaza económica directa. Las denuncias podían soportarse, la pérdida de una curul podía asumirse, pero la destrucción de una infraestructura productiva de esa envergadura tocaba el músculo mismo del negocio. En la lógica del cartel, un funcionario que había expuesto a su jefe ante el Congreso, denunciado su presencia en el fútbol y ahora dirigido el golpe más grande a su capacidad de producción no podía seguir vivo. La orden se dio en algún momento de las semanas siguientes.

El magnicidio del 30 de abril

La tarde del 30 de abril de 1984, Rodrigo Lara Bonilla se desplazaba hacia su residencia en el norte de Bogotá cuando dos jóvenes sicarios en motocicleta interceptaron su vehículo. El pasajero de la moto, armado con una pistola automática, disparó a quemarropa. Lara murió por las heridas. Tenía treinta y siete años y llevaba menos de un año como ministro de Justicia.

La ejecución respondía a un patrón que se volvería tristemente familiar en Colombia: sicarios adolescentes en moto, arma automática, ataque a plena luz o al final de la tarde en calles del norte de Bogotá o de Medellín. Era la marca del cartel, y era también, en ese instante, una novedad histórica: por primera vez un ministro en ejercicio era asesinado en el país. Ningún cargo, ni siquiera el más alto rango del gabinete, ofrecía ya protección contra el nuevo poder que había crecido en la sombra de la política y la economía.

El crimen ocurrió apenas dos días después de que los negociadores del presidente Betancur firmaran el 28 de abril la tregua con las FARC en La Uribe, un acuerdo que era el corazón político del gobierno. La coincidencia no fue casual en su efecto simbólico: mientras el Estado apostaba por la paz con la guerrilla, otra guerra —la que Lara había advertido durante meses— acababa de estallar en su propia cara.

Las FARC-EP, el EPL y el M-19 condenaron el asesinato y lo describieron como el crimen de un demócrata. La prensa nacional reflejó un ambiente de zozobra y estupor. El país entero comprendió, en cuestión de horas, que había cruzado un umbral.

La reacción de Betancur: el estado de sitio y la extradición

Belisario Betancur, sacudido por la noticia, abandonó de un golpe la relativa complacencia con la que su gobierno había tratado el problema del narcotráfico. En las horas siguientes al magnicidio, el presidente decretó el estado de sitio en todo el territorio nacional al amparo del artículo 121 de la Constitución vigente entonces, y —el movimiento decisivo— restableció la extradición de colombianos solicitados por delitos cometidos en otros países, en particular Estados Unidos.

La medida era exactamente lo que Washington venía pidiendo desde abril de 1983 y lo que el gobierno colombiano había esquivado durante trece meses. El tratado de 1979, vigente desde 1982, dejaba de ser letra dormida para convertirse en instrumento activo. Los grandes capos del cartel de Medellín —Escobar, Rodríguez Gacha, los hermanos Ochoa, Lehder— entendieron de inmediato que el juego había cambiado, y varios de ellos huyeron o se ocultaron en las semanas siguientes.

El estado de sitio, expedido bajo la lógica constitucional de la época, sirvió simultáneamente para reprimir a los narcotraficantes, controlar acciones guerrilleras y cohibir la movilización popular. Esa doble función —herramienta antinarco y herramienta de orden público general— marcaría la manera como el Estado colombiano combatiría al cartel durante los años siguientes: siempre con instrumentos de excepción, siempre con la Constitución tensada hasta el límite.

El giro de Betancur fue completo. El presidente que había hecho de la paz su bandera se encontró, en menos de una semana, firmando una tregua con la insurgencia y declarando la guerra al narcotráfico. Ambos frentes convivirían durante el resto de su gobierno, y ninguno de los dos daría tregua.

La guerra contra la extradición

El asesinato de Lara Bonilla no fue solo una venganza personal de Escobar contra el hombre que lo había expuesto y golpeado; fue también el primer movimiento de una estrategia calculada. El cartel entendió que la extradición era la amenaza existencial: una condena en Colombia era negociable, evadible, comprable; una condena en una corte federal estadounidense, no. La consigna que Escobar hizo famosa —"preferimos una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos"— resume el sentido de la campaña de terror que se abrió con el magnicidio del 30 de abril.

Entre 1984 y 1990, el cartel de Medellín asesinó a jueces, magistrados, ministros de Justicia, procuradores, periodistas y candidatos presidenciales con el objetivo declarado de forzar al Estado colombiano a prohibir la extradición. Fue una campaña sostenida, cara en vidas, y a corto plazo exitosa. En diciembre de 1986, la Corte Suprema declaró inexequible la Ley 27 de 1980, que ratificaba el tratado, con el argumento formal de que había sido firmada por el ministro de Gobierno encargado y no por el presidente. Muchos observadores atribuyeron la decisión al miedo instalado en la Corte tras la toma del Palacio de Justicia por el M-19 en noviembre de 1985 y a las amenazas directas de los narcotraficantes.

El presidente Virgilio Barco intentó blindar la extradición sancionando la Ley 68 de diciembre de 1986, pero la Corte también la tumbó. Hacia 1987, la extradición quedó efectivamente suspendida. La respuesta del cartel a cada intento de restablecerla fue más violencia: más bombas, más magnicidios, más masacres. En agosto de 1989 asesinaron a Luis Carlos Galán, y Barco, esa misma noche, restableció la extradición por decreto de estado de sitio. La Constitución de 1991, redactada en el punto más alto del narcoterrorismo, incluyó una prohibición constitucional expresa de la extradición de nacionales, en un gesto que combinaba la lógica jurídica de soberanía con la presión del terror. La medida fue revocada en 1997, y desde entonces la extradición volvió a ser el principal instrumento de cooperación penal con Estados Unidos.

Toda esa trayectoria —cinco años de guerra, dos décadas de debate, miles de muertos— tiene su punto de arranque en la esquina del norte de Bogotá donde cayó Lara Bonilla.

Una cadena de magnicidios

El asesinato de Lara inauguró una larga cadena de crímenes del cartel de Medellín contra la clase política, judicial y periodística colombiana. Entre 1987 y 1990 cayeron Jaime Pardo Leal, presidente de la Unión Patriótica; Luis Carlos Galán, el líder que había echado a Escobar del Nuevo Liberalismo en 1982 y que era el favorito para la presidencia; Bernardo Jaramillo Ossa, sucesor de Pardo Leal en la UP; y Carlos Pizarro, candidato del M-19 tras la desmovilización. No todos esos crímenes son atribuibles exclusivamente al cartel —hubo alianzas con paramilitares, con sectores políticos, con agentes del Estado—, pero el patrón es indiscutible: el narcotráfico, en connivencia con otros actores, se convirtió en el veto de la política colombiana, capaz de eliminar candidatos, torcer decisiones judiciales y reconfigurar el mapa del poder.

Lara fue el primero. Y fue el primero en una tipología muy específica: la del funcionario o político que, desde una posición institucional, se atrevió a nombrar al capo, a golpear su negocio y a insistir en la extradición. Los que siguieron no fueron víctimas al azar; fueron continuadores de la política que él había inaugurado desde el Ministerio de Justicia, y murieron por lo mismo por lo que él había muerto.

La red

La figura de Lara solo se entiende dentro de una constelación de personajes que definieron los años ochenta colombianos. Su vínculo más cercano fue Luis Carlos Galán, con quien compartió la fundación y el liderazgo del Nuevo Liberalismo, y cuya suerte quedaría trágicamente unida a la suya: cinco años después del magnicidio de Lara, Galán caería asesinado en Soacha por sicarios del mismo cartel, en el clímax de la guerra contra la extradición. La biografía política de ambos hombres es prácticamente inseparable en el momento decisivo entre 1979 y 1984.

En el gobierno de Betancur, Lara compartió gabinete con Jaime Castro, ministro de Gobierno, y con los operadores de la política de paz con la insurgencia. Su relación con el presidente fue la de un funcionario del Nuevo Liberalismo dentro de un gobierno conservador, con márgenes propios de autonomía en el frente antinarco y un pacto tácito con Betancur para no interferir en el proceso de paz.

Al otro lado, sus antagonistas: Pablo Escobar, el capo que dio la orden de asesinarlo; Alberto Santofimio Botero, el político liberal que había apadrinado el ingreso de Escobar al Congreso y que años después sería condenado por su papel en la muerte de Galán; Jairo Ortega, el representante que lideró el debate del 18 de agosto de 1983 contra Lara; y las cabezas del cartel —Gonzalo Rodríguez Gacha, Jorge Luis Ochoa, Carlos Lehder— que compartieron con Escobar el interés en frenar al ministro. Los sicarios materiales, Byron Velásquez Arenas e Iván Darío Guisao, fueron dos de los muchos adolescentes reclutados en las comunas de Medellín para ejecutar la política de terror del cartel.

Y los lugares: Neiva, la ciudad de origen; Bogotá, el escenario del poder y del crimen; Medellín y en particular El Poblado, sede de la cúpula del cartel; la Hacienda Nápoles, símbolo del poder desmesurado de Escobar y monumento involuntario a lo que Lara denunció desde el ministerio. Todos esos escenarios forman el mapa físico de una biografía que se leyó a sí misma en clave nacional.

La huella

Rodrigo Lara Bonilla dejó un legado que opera en varios registros a la vez. En el plano institucional, su gestión y su muerte fueron el detonante que convirtió al narcotráfico en asunto de Estado y no de policía. Antes del 30 de abril de 1984, el gobierno colombiano trataba a los capos como un problema criminal manejable, negociable, incluso conveniente en algunos círculos políticos que se beneficiaban de sus aportes. Después de esa fecha, la lógica cambió: la extradición se activó, el estado de sitio se generalizó, los cuerpos de policía se especializaron y la relación con Estados Unidos se estrechó hasta niveles inéditos. La guerra contra el narcotráfico, con todos sus errores y todas sus dudas —dudas que el propio Juan Manuel Santos, tras firmar más de mil cuatrocientas extradiciones como presidente, reconoció al concluir que el instrumento no había sido tan eficaz como se creía—, tiene su acta de nacimiento en el magnicidio de Lara.

En el plano simbólico, Lara Bonilla se convirtió en el primer nombre de una lista trágica que definiría la memoria pública colombiana de las décadas siguientes: el ministro asesinado, el candidato asesinado, el juez asesinado, el periodista asesinado. Su figura quedó fijada como la del funcionario que hizo su trabajo y pagó con la vida. Aeropuertos, colegios, calles y plazas llevan su nombre en varias regiones del país. Escuelas de la Policía Nacional lo tienen como epónimo. En el Huila, su departamento, la memoria es especialmente viva.

En el plano historiográfico, la interpretación de su papel oscila entre dos lecturas complementarias. Una lo ve como el hombre que reveló al país una realidad que las élites querían ignorar y que, con sus denuncias en el Congreso y su golpe a Tranquilandia, hizo del narcotráfico un asunto público antes de que su asesinato lo hiciera un asunto de seguridad nacional. Otra lo sitúa dentro de la dinámica estructural que la entrada en vigor del tratado de extradición en 1982 y la primera solicitud estadounidense en 1983 habían puesto en marcha, y de la que él fue tanto arquitecto como víctima: la colisión entre el Estado y el cartel era inevitable, y su gestión aceleró un enfrentamiento que la lógica misma del negocio hacía imposible de posponer. Ambas lecturas son ciertas a la vez. Lara construyó las condiciones del choque y fue el primer muerto de ese choque.

Queda una última dimensión, más difícil de nombrar. En un país donde la corrupción del narcotráfico penetró tejido tras tejido —el fútbol, los partidos, las campañas presidenciales, la justicia—, la figura de Lara Bonilla se mantuvo, en el imaginario público, del lado correcto de la línea. No hubo revelaciones póstumas, no hubo escándalos que lo alcanzaran, no hubo dudas serias sobre sus motivaciones. Esa integridad, sostenida durante décadas de revisiones históricas, es en sí misma parte del legado: la prueba de que en el momento más oscuro de la historia reciente colombiana, un funcionario con las herramientas adecuadas y la voluntad de usarlas podía marcar una diferencia. La bala del 30 de abril de 1984 detuvo su vida, pero no borró la evidencia de que otra manera de gobernar era posible, incluso frente al peor enemigo que el Estado colombiano había enfrentado en el siglo XX.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

23 documentos · 30 fragmentos
01Gobernar en medio de la violencia. Estado y paramilitarismo en ColombiaJacobo Grajales · 2017 · Página 1551 cita
[1]

Su tratamiento se volvió de competencia de diferentes profesionales de la seguridad, sobre todo de la Policía y el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), para quienes la lucha contra las drogas constituía un vector de autonomía con respecto al Ejército. A pesar de que no es oportuno retomar aquí los detalles…

p. 155
02The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 4501 cita
[2]

left dozens wounded and one dead; second, the bombing of Avianca flight 203 in November, which was an attempt to kill then presidential candidate César Gaviria but instead ended the lives of 107 passengers and crew; third, the early December bombing of the das, or Departamento Administrativo de Seguridad (Colombia’s…

p. 450
03Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 2541 cita
[3]

tica que se impuso poco a poco en todas partes: joyas ostentosas, ropas estridentes y de marca, casas y edificios con exceso de lujos, grifer í as y decoraciones doradas, operaciones de cirug í a pl á stica que convert í an a las muje res en objetos que se exhib í an junto a carros y joyas lujosas. Pod í an enfrentar…

p. 254
04No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Páginas 167, 1912 citas
[4]

obligaba a un reparto de poder entre los dos partidos y, de alguna manera, había una especie de libertad para que cada cual presentara su opción. Esa era una invitación a que los dineros de la droga, de 493 Consultar en detalle en Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de Colombia. 494…

p. 167
[13]

1984, luego del terremoto de Popayán, apareciera con «talegos de billetes para repartir a los damnificados de la tragedia». (El Heraldo, «Testigo recuerda el día que mataron a ‘El Mexicano’», El Heraldo). 565 Los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, José Santacruz Londoño y Hélmer Herrera. 566 Los párrafos…

p. 191
05Mi vida y mi cárcel con Pablo EscobarVictoria Eugenia Henao · 2018 · Página 2101 cita
[5]

les soltaba uno que otro dato porque él les tenía prohibido contarme sus cosas. Así llegó el 18 de agosto de 1983, cuando los congresistas Ernesto Lucena y Jairo Ortega, del mismo grupo político de Pablo y Santofimio, citaron al ministro Lara a un debate sobre dineros calientes en la plenaria de la Cámara de…

p. 210
06Testigos olvidados. Periodismo y paz en ColombiaAndrés Felipe De Pablos, Luisa Fernanda Gómez · 2017 · Página 12 citas
[6]

16 I. El gobierno de la paz y los enemigos agazapados (1982-1986) Durante la campaña presidencial para el período 1982-1986 la paz fue tema clave de discusión. Lo fue, sobre todo, por las denuncias de violaciones a los derechos humanos, el abuso y poder desmedido de las Fuerzas Armadas, las desapariciones y demás…

p. 1
[7]

16 I. El gobierno de la paz y los enemigos agazapados (1982-1986) Durante la campaña presidencial para el período 1982-1986 la paz fue tema clave de discusión. Lo fue, sobre todo, por las denuncias de violaciones a los derechos humanos, el abuso y poder desmedido de las Fuerzas Armadas, las desapariciones y demás…

p. 1
07Más que plata o plomo. El poder político del narcotráfico en Colombia y MéxicoGustavo Duncan · 2014 · Página 2601 cita
[8]

Ver en revista Semana el artículo “Vuelven los 80”, publicado el 29 de julio de 2006: “Las preguntas sin respuesta sobre la infiltración mafiosa en la política de estos años comienzan con la elección presidencial de 1982 entre Belisario Betancur y Alfonso López. Hasta ahora se había hablado de un encuentro entre…

p. 260
08Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · Páginas 110, 1204 citas
[9]

que hubiera comenzado. Para entonces, los grupos de traficantes 1 Mark Bowden, Killing Pablo, 51. 2 Gabriel Murillo, “Narcotráfico”, 223; Stephen Dudley, Walking Ghosts: Murder and Guerrilla Politics in Colombia (Nueva York: Routledge, 2004), 98. 110 James D. Henderson de Medellín y de Cali habían construido una…

p. 110
[10]

que hubiera comenzado. Para entonces, los grupos de traficantes 1 Mark Bowden, Killing Pablo, 51. 2 Gabriel Murillo, “Narcotráfico”, 223; Stephen Dudley, Walking Ghosts: Murder and Guerrilla Politics in Colombia (Nueva York: Routledge, 2004), 98. 110 James D. Henderson de Medellín y de Cali habían construido una…

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[14]

los negociadores del presidente lograron firmar una tregua con las FARC el 28 de abril de 1984. Todos esperaban, y mu- chos creían, que este acuerdo sería el inicio de una nueva época de paz para Colombia. Pero fue en ese momento que los sicarios de Pablo Escobar asesi- naron al ministro de Justicia Rodrigo Lara…

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los negociadores del presidente lograron firmar una tregua con las FARC el 28 de abril de 1984. Todos esperaban, y mu- chos creían, que este acuerdo sería el inicio de una nueva época de paz para Colombia. Pero fue en ese momento que los sicarios de Pablo Escobar asesi- naron al ministro de Justicia Rodrigo Lara…

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091989María Elvira Samper · 2019 · Página 731 cita
[11]

que va a reforzar sus esquemas de protección. En el editorial del jueves 3, El Espectador recoge el ambiente de zozobra que vive el país, sostiene que la situación demuestra un vacío de gobierno y la ausencia de solidaridad social, y concluye: “La corrupción del narcotráfico ha traspasado las fronteras y estructuras…

p. 73
10Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · Página 1701 cita
[12]

uno de ellos —al que tenía la fama de ser el más poderoso y rico de todos— a los sagrados recintos del Congreso nacional. En un gesto que le costaría la vida, Rodrigo Lara Bonilla, el ministro de Justicia, se opuso abiertamente a Escobar, acusándolo en público de ser un narcotraficante y negándole el derecho a ocupar…

p. 170
11Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 5011 cita
[16]

que condujeran al cese al fuego y abrieran los caminos del diálogo nacional. La euforia del acuerdo firmado entre Gobierno y FARC-EP se vio enturbiada el 30 de abril por el asesinato del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, el primero de una larga cadena de crímenes contra hombres públicos por parte de las…

p. 501
12Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Página 3661 cita
[17]

a España Se termina la autopista Bogotá- Medellín 1984 Huelga civil nacional Éxodo capitalino crea crisis Colombia, en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles Año Política Sociedad y economía Cultura y ciencia Comisión de Paz y FARC firman acuerdo en La Uribe, Meta Se implementa impuesto al valor agregado (IVA) Primer…

p. 366
13Colombia: A Country StudyRex A. Hudson (editor) · 2010 · Página 4151 cita
[18]

citizens to be tried in foreign jurisdictions, have been a source of national controversy since the 1980s. The assassination of the minister of justice in 1984 and the ensuing wave of terrorism and violence against judges, poli- ticians, and journalists was a strategy by the Medellm Cartel to pres- sure the state to…

p. 415
14Los López en la historia de ColombiaÓscar Alarcón Núñez · 2022 · Página 1651 cita
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de abril de 1984, en el norte de Bogotá, cuando Lara se dirigía a su residencia. Antecedente de ese hecho tan lamentable fue también el doloroso asesinato de Rafael Pardo Buelvas, ministro de Gobierno de López Michelsen, ocurrido en su propia residencia al mes siguiente de concluida esa administración, el 17 de…

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15Nuestra guerra sin nombre. Transformaciones del conflicto en ColombiaFrancisco Gutiérrez Sanín, María Emma Wills, Gonzalo Sánchez Gómez · 2006 · Páginas 243, 2462 citas
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opinión y dijo que se proponía ser elegido al Concejo de Bogotá. Su carrera política llegó a su fin en septiembre, cuando fue solicitado en extradición por el gobierno de Estados Unidos y optó por pasar a la clandestinidad. Unas semanas después anunciaba la disolución del MLN. 9 Los hechos recogidos a continuación han…

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La frase no era cierta: no deseaban ni tumba ni cárcel, su propósito real era vivir en Colombia libremente, disfrutando de sus ganancias, habiendo sometido al Estado a sus dictados. En diciembre de 1986, la Corte Suprema declaró inexequible la Ley 27 de 1980, por la cual se había ratificado el tratado de extradición…

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16Una conversación pendienteJuan Manuel Santos, Ingrid Betancourt, Juan Carlos Torres · 2021 · Página 761 cita
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los narcotraficantes sobre el Estado, y en ese sentido sí fue una traición del país al legado de Galán, que tenía eso como símbolo. Pero viéndolo hoy retrospectivamente, la extradición misma, ¿sirvió o no sirvió? ¿Era eficaz o no era eficaz? Un libro reciente de Rafael Pardo, La guerra sin fin, dice algo que es…

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17Narcotráfico en Colombia: Economía y ViolenciaGustavo Duncan, Ricardo Vargas, Ricardo Rocha, Andrés López · 2005 · Página 1971 cita
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las inmensas riquezas genera- das por el narcotráfico estaban produciendo una profunda trans- formación de la sociedad colombiana, la cual aún continúa. Las jerarquías sociales, el destino de las inversiones, el régimen polí- tico, todo esto fue afectado completamente por el narcotráfico. Fue en el terreno político…

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18Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · Páginas 108, 1202 citas
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Estado central y bandas criminales con el objetivo aparente de "civilizar” la activi dad criminal; es decir, el "cero tolerancia” a la violencia desembozada, en el sentido del mencionado "proceso civilizatorio". A comienzos de la década de 1980 nuevos vocablos como cartel de Medellín, narco-guerrilla, extraditable…

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carga; de las cocinas o laboratorios químicos, a la venta directa de pasta y del alcaloide o a su trueque por armas. En esta confusa historia se fraguaron alianzas tran- sitorias y guerras locales episódicas entre guerrillas y organizaciones de nar- cotraficantes. Por entonces había llegado a su cénit el modelo…

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19Medellín: memorias de una guerra urbanaMarta Inés Villa Martínez, Ana María Jaramillo Arbeláez, Jorge Giraldo Ramírez, Manuel Alberto Alonso Espinal, Sandra Arenas Grisales, Pablo Bedoya Molina, Luz María Londoño Fernández · 2017 · Página 1341 cita
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(Daza, 2016, página 12). La operación de las redes del narcotráfico tuvo efecto en el posiciona- miento de Medellín y del Valle de Aburrá como parte de una red global de ciudades epicentro de la cocaína. Asimismo sirvió para crear una territo- rialización local del crimen, con la cúpula del Cartel operando desde el…

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20Hallazgos y recomendaciones de la Comisión de la Verdad de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 4551 cita
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Corte Suprema de Justicia. 911 Entrevista 429-VI-00011. Exfuncionario judicial, víctima, en el exilio. 456 fiflffffflhalz g osrlescmflrnlcsz Muchos funcionarios han ofrendado sus vidas y dedicado sus carreras a investigar los hechos para tratar de dar una respuesta a las víctimas y hacer rendir cuentas a los…

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21Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Página 2861 cita
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legítimos en el de- recho pri va d o. El estigma soc ial hizo aún m ás impenetrable el mi s- terio del la vado de dinero. Un cuadro de tantos matices requería respuestas más inteligen- tes que la mera militarización del conflicto que vino por la vía de la ayuda de lo s Estados Unidos. Los equipos militares aportados…

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22¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 1011 cita
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UP, luego de queJaime Pardo Leal también fuera asesinado; y Carlos Pizarro, excomandante de un M-19 que recogía un respetable apoyo popular tras su conversión en partido político. Al tiempo, el narcotráfico, en alianza con grupos políticos y paramilitares, venía de asesinar a los periodistas Guillermo Cano y Jorge…

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23Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 2611 cita
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permiso para la ejecución discreta de alla- namientos, confiscaciones y capturas en todo el país, se desencadenó una guerra sucia que alcanzó su clímax en el gobierno Barco. En principio, fue- ron asesinados más de mil líderes y miembros de la Unión Patriótica (UP), grupo político creado como resultado de los acuerdos…

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