Construcción estatal de la categoría 'cocalero' y criminalización campesina (1977–1990)
Entre 1977 y 1990, la convergencia del Estatuto de Seguridad de 1978, la retórica narco-guerrilla consolidada tras Tranquilandia (1984) y el abandono estructural del colono amazónico produjo una categoría criminalizadora —'cocalero'— que despojó de estatuto ciudadano a poblaciones campesinas del Bajo Putumayo, Caquetá y Guaviare, preparando su tratamiento como enemigo interno antes de las grandes masacres y de la fumigación del Plan Colombia.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- 1977–1990
- Dónde
- Putumayo, Caquetá, San Vicente del Caguán, Guaviare, Nariño, Tumaco, Arauca, Casanare, Bajo Putumayo, Valle del Guamuez, San Miguel, Puerto Asís
- Protagonistas
- Julio César Turbay, Belisario Betancur, Virgilio Barco, Rodrigo Lara Bonilla, Gonzalo Rodríguez Gacha, Manuel Marulanda, María Clemencia Ramírez, FARC, Cartel de Medellín, Cartel de Cali, Incora, Fuerzas Militares de Colombia
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- Fracaso de la reforma agraria y su sustitución por programas de colonización dirigida que arrojaron a campesinos andinos a territorios amazónicos marginales sin titulación, crédito, vías ni servicios básicos, generando pobreza estructural crónica.
- Violencia bipartidista y concentración de la tierra en las cordilleras, que expulsaron oleadas de colonos hacia el piedemonte de Caquetá, Putumayo y Guaviare desde mediados del siglo XX.
- Expansión del consumo de cocaína en Estados Unidos y países desarrollados desde finales de los años setenta, que convirtió la coca en la única alternativa económica viable para miles de campesinos ante el colapso de los cultivos legales y la ausencia de infraestructura de comercialización.
- Promulgación del Estatuto de Seguridad (Decreto Legislativo 1923 de 1978) bajo la Doctrina de Seguridad Nacional, que construyó la figura del enemigo interno con contornos elásticos capaces de absorber a cualquier campesino en zona de conflicto y preparó la gramática criminalizadora posterior.
- El Decreto 0070 de enero de 1978, que concedió inmunidad criminal especial a militares y policías por homicidios en operaciones antidrogas, anudando desde el inicio la lógica contrainsurgente con el combate al narcotráfico.
- El operativo de Tranquilandia (marzo de 1984) y el asesinato de Lara Bonilla, que consolidaron la narrativa narco-guerrilla y borraron discursivamente la distinción entre cultivador campesino, guerrillero y narcotraficante en las regiones amazónicas.
- La imbricación funcional real —producida por el vacío estatal— entre las FARC y la economía cocalera: la guerrilla cobró gramaje, protegió pistas y laboratorios, y ejerció funciones de autoridad de facto, dotando de base material a la ecuación que el Estado explotó políticamente.
Consecuencias
- La etiqueta 'cocalero' se consolidó como marcador de sospecha que fusionaba en un solo cuerpo al colono, al cultivador, al presunto auxiliar de la guerrilla y al eslabón inicial del narcotráfico, despojando a esas poblaciones de reconocimiento ciudadano ante el Estado.
- La política antidrogas se concentró en erradicar el cultivo —el eslabón más débil y menos rentable de la cadena— en lugar de perseguir el conjunto del negocio, recayendo el peso coercitivo sobre las comunidades campesinas más vulnerables.
- Las organizaciones campesinas y líderes sociales de las zonas cocaleras fueron objeto de detenciones, torturas, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales bajo la lógica contrainsurgente del Estatuto de Seguridad y sus sucesores normativos.
- En la década de 1990, los cultivadores del Putumayo y la Amazonia occidental debieron movilizarse políticamente para resignificar el rótulo estigmatizante, reclamando ser reconocidos como 'pequeños campesinos cultivadores de coca' y diferenciándose de guerrilleros y narcotraficantes, lo que desembocó en las marchas cocaleras de 1996.
- La consolidación del monocultivo de coca —acelerada por la plaga de 1990 que exterminó la variedad caucana e impulsó la adopción de variedades boliviana y peruana con agroquímicos— profundizó la dependencia económica de las comunidades y su vulnerabilidad frente a las políticas de erradicación.
- El tratamiento de los cocaleros como enemigo interno preparó las condiciones discursivas e institucionales para las grandes masacres del Bajo Putumayo y para la fumigación aérea masiva del Plan Colombia en los años siguientes.
La clave interpretativa
Por qué importa
La formación de la categoría 'cocalero' entre 1977 y 1990 no fue un efecto colateral del conflicto sino un dispositivo activo: el Estado fabricó, mediante la Doctrina de Seguridad Nacional, la retórica narco-guerrilla y el abandono estructural del colono amazónico, una población legible como enemigo interno antes de que existieran las grandes operaciones de represión. Entender ese proceso explica por qué las masacres del Bajo Putumayo y la fumigación del Plan Colombia no fueron excesos imprevistos sino consecuencias de una lógica de exclusión ciudadana construida décadas antes. Además, obliga a distinguir entre imbricación funcional —producida por el propio vacío estatal— e identidad criminal, distinción que el discurso oficial borró deliberadamente y que las comunidades cocaleras intentaron recuperar con sus movilizaciones de los años noventa.
Desarrollo histórico
La historia completa
Construcción estatal de la categoría 'cocalero' y criminalización campesina (1977–1990)
Entre finales de los años setenta y el umbral de los noventa, en las zonas de colonización del Bajo Putumayo y el Caquetá, una palabra empezó a hacer trabajo pesado en el vocabulario del Estado colombiano, de los medios y de las Fuerzas Militares: cocalero. No era, en principio, un término de censo ni de padrón agrario, sino una etiqueta que se fue endureciendo hasta funcionar como marcador de sospecha. Aplicada sobre poblaciones campesinas que habían llegado a la Amazonia occidental empujadas por el fracaso agrario andino y por el desmantelamiento silencioso de la reforma agraria, la categoría condensó en un solo cuerpo al colono, al cultivador, al presunto auxiliar de la guerrilla y al eslabón inicial del narcotráfico. En esa condensación se jugó buena parte del tratamiento que el Estado daría, primero, a las movilizaciones cocaleras de 1996 y, después, a las masacres del Bajo Putumayo y a la fumigación aérea del Plan Colombia. La categoría precedió y preparó el desastre.
Este artículo reconstruye cómo se formó ese dispositivo en el periodo 1977–1990: no por decisión de un solo decreto o campaña, sino por la convergencia de tres procesos paralelos —la Doctrina de Seguridad Nacional expresada en el Estatuto de Seguridad de 1978, la retórica narco-guerrilla consolidada tras el hallazgo de Tranquilandia en 1984 y el vacío ciudadano estructural del colono amazónico— sobre un territorio donde las FARC ejercían de hecho funciones de autoridad y regulación económica. La convergencia dio a la etiqueta una eficacia criminalizadora que descansaba en algo más que en el discurso: en la imbricación funcional real, producto del propio abandono estatal, entre cultivadores y guerrilla.
La frontera antes de la coca: colonos, fundos y una ciudadanía a medias
La Amazonia occidental colombiana no era, en 1977, un vacío. Desde mediados del siglo XX, oleadas de campesinos andinos habían bajado al piedemonte de Caquetá y Putumayo empujadas por la violencia bipartidista, por la concentración de la tierra en las cordilleras y por la sustitución silenciosa de la reforma agraria por programas de colonización dirigida. En el vocabulario oficial y en el propio uso de los pobladores, la figura central era el colono: un hombre —la narrativa era explícitamente patriarcal hasta bien entrados los años noventa— que talaba selva, "se fundaba" y abría fundo, es decir, expandía por su cuenta la frontera agrícola donde el Estado no había querido o no había podido llegar.
Ese modelo llegó pronto a su límite. Los programas de colonización dirigida del Incora fracasaron en el Caquetá: sin titulación firme, sin vías, sin salud, sin educación, con créditos que se convirtieron en cadenas de endeudamiento, cientos de colonos quebraron. En 1972, más de diez mil campesinos y colonos se trasladaron a la capital del departamento en un paro que exigía respuestas al Instituto. La ausencia del Estado no era metáfora: los funcionarios no salían de las cabeceras municipales y los habitantes de la Amazonia se describían a sí mismos como invisibles. El acceso al crédito agrario era percibido como inalcanzable para la mayoría.
Sobre ese cuadro se montó, entre 1977 y 1987, la introducción del cultivo de coca. Conviene precisar la geografía. En el Bajo Putumayo —el Valle del Guamuéz, San Miguel, Orito, La Hormiga, Puerto Asís— el cultivo entró después de una fase en la que la región había servido, desde 1974 aproximadamente, como zona de tránsito de hoja peruana hacia los laboratorios del interior. Los carteles de Medellín y Cali instalaron allí cristalizaderos que procesaban base traída del Perú antes de que la coca se sembrara localmente. El paso de tránsito a siembra se aceleró a comienzos de los ochenta, cuando los propios narcotraficantes promovieron el cultivo en la zona para asegurar materia prima local, un desplazamiento que se profundizó cuando la política peruana de Alberto Fujimori empezó a derribar los aviones que llevaban pasta base hacia los cristalizaderos del Caquetá.
En el Caquetá la sustitución fue más doméstica: la coca desplazó al maíz y al arroz, que habían sostenido la economía del sur del departamento en los años sesenta y setenta. Alrededor del 80% de los campesinos del sur del Caquetá adoptó el cultivo. En el Guaviare, la colonización propiamente cocalera se aceleró a inicios de los años ochenta; en Nariño y el sur del Cauca, la conexión con la economía cocalera del Putumayo se dio por migración de jornaleros y minifundistas sin tierra, y por reacomodo posterior cuando esas economías fueron golpeadas en el piedemonte. La Orinoquia —Casanare, norte del Meta— siguió otra lógica: allí, controlada por ejércitos privados de narcotraficantes, predominaron los laboratorios de procesamiento y la infraestructura de exportación, no la colonización campesina cocalera. Esta diferenciación territorial va a importar: no todo lo que tocaba la cadena de la cocaína iba a ser tratado como cocalero.
Entre 1981 y 1985, el área cultivada de coca en Colombia pasó de 2.500 a 17.600 hectáreas. En 1984, el país ocupaba el tercer lugar mundial en área cultivada, detrás de Bolivia y Perú, pero el primero en exportaciones de cocaína. La cifra revela la asimetría de la cadena: Colombia concentraba el procesamiento y la exportación —los eslabones caros y peligrosos— mientras el cultivo, con menor riesgo económico-legal, era el segmento que menos participaba del precio final. En el mismo periodo, la ganadería del Caquetá vivía un crecimiento notable, y no era casual: colonos que hacían caja con la coca reinvertían en ganado para capitalizar sus fundos. La bonanza dejaba huella en el paisaje.
El Estatuto de Seguridad: el enemigo interno antes que la coca
Para entender cómo el Estado leyó lo que estaba pasando en el piedemonte hay que retroceder a un decreto anterior al pico cocalero. El Estatuto de Seguridad se expidió mediante el Decreto Legislativo 1923 del 6 de septiembre de 1978, durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala, al amparo del estado de sitio declarado por el Decreto 2131 de 1976. Su marco ideológico era la Doctrina de Seguridad Nacional, que dividía a la población entre quienes estaban a favor y quienes estaban en contra de la nación, sin posición neutral posible. Bajo esa lógica, huelgas, manifestaciones y ciertas formas de organización social pasaron a ser leídas como focos de conflicto susceptibles de control estatal, y la protesta social fue trasladada, en la práctica, a la órbita de la justicia penal militar.
Antes incluso del Estatuto, el Decreto 0070 de enero de 1978 había concedido a policías y militares una inmunidad criminal especial por homicidios cometidos en operaciones relacionadas con secuestros, extorsiones o tráfico de drogas. La conexión entre la lógica contrainsurgente y el combate al narcotráfico quedaba, así, anudada desde el arranque del gobierno Turbay, meses antes de que existiera formalmente el Estatuto. Este último endureció las penas del delito de rebelión —de cinco a nueve años para participantes, de ocho a doce años para líderes—, amplió las prerrogativas de los organismos de seguridad para detener sin orden judicial e institucionalizó de facto la tortura, convirtiendo el delito político en delito común. Bajo su vigencia se registraron, de forma sistemática, detenciones indiscriminadas, allanamientos, torturas, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales contra líderes sindicales, estudiantiles, campesinos e intelectuales de izquierda.
El punto crítico para la formación del cocalero no es que el Estatuto lo nombrara —no lo nombraba—, sino que dejó montada una gramática. La Doctrina de Seguridad Nacional había construido la figura del enemigo interno con contornos suficientemente elásticos como para incluir a cualquier campesino en zona de conflicto: la sospecha de simpatías comunistas bastaba para ser tratado como enemigo. Cuando, pocos años después, empezaron a llegar al piedemonte amazónico dinámicas de coca, guerrilla y narcotráfico, esa gramática ya estaba disponible para absorberlas. La categoría cocalero, en su acepción criminalizadora, no fue inventada por el Estatuto, pero se hizo posible en el suelo que el Estatuto había preparado.
Tranquilandia y la ecuación narco-guerrilla: 1984 como bisagra
Marzo de 1984. En los llanos del Yarí, en la selva entre Caquetá y Meta, la Policía Antinarcóticos, con apoyo estadounidense, destruye el complejo de laboratorios de Tranquilandia. El operativo se convierte en el episodio fundacional de una nueva narrativa. Semanas después, en abril, es asesinado el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, y el gobierno de Belisario Betancur decreta estado de sitio contra el narcotráfico. El embajador estadounidense Lewis Tambs, siguiendo la línea del gobierno Reagan, promueve una campaña deliberada para vincular a las guerrillas colombianas —y en particular a las FARC— con el negocio de la cocaína, hilando la operación de Tranquilandia con una supuesta alianza narcoterrorista. Después se probaría que las guerrillas no eran dueñas del complejo; la corrección, sin embargo, nunca alcanzó el peso de la acusación original.
De ese momento en adelante, el discurso oficial ya no distinguirá con claridad —cuando le convenga políticamente— entre cultivador campesino, guerrillero y narcotraficante en las regiones amazónicas de presencia de las FARC. La ecuación narco-guerrilla fue reconfigurando la arquitectura de seguridad colombiana: orientó recursos, tensiones institucionales y expectativas de eficacia hacia quienes lograran reprimir esa presunta fusión, y expandió las demandas de mayor poder bélico. Sobre el terreno, la fusión dio un blanco: los territorios de colonización cocalera donde había frentes guerrilleros. No las sabanas del Meta ni el Casanare de los laboratorios narcos sin colonización campesina; no la costa Caribe de la bonanza marimbera anterior. La etiqueta cocalero se aplicó selectivamente sobre las zonas donde la fusión resultaba políticamente rentable de sostener.
Hay que decirlo sin rodeos: la ecuación no era enteramente falsa en lo funcional, aunque fuera profundamente engañosa en lo político. Desde mediados de los años ochenta, las FARC se habían vinculado a las zonas de expansión cocalera cobrando gramaje —un impuesto por kilo comprado— a los mafiosos, protegiendo pistas de aterrizaje y laboratorios clandestinos, y fijando reglas de mercado que trasladaban la carga tributaria de los campesinos a los patrones. La guerrilla intervenía también para contrarrestar el fraude en el pesaje que los compradores hacían con grameras adulteradas. En zonas donde el Estado no llegaba, las FARC ejercían funciones de autoridad de facto: resolvían disputas cotidianas, sancionaban delitos comunes, imponían orden público. La población acomodó pragmáticamente su relación con quien ejercía el control por la fuerza. Entre 1983 y 1991, las FARC pasaron de 1.500 integrantes a 5.800, repartidos en 48 frentes.
La imbricación era real. Lo que la narrativa oficial invisibilizó fue que se trataba de una imbricación funcional producida por el propio vacío estatal, y no de una identidad ideológica ni de una empresa criminal compartida. El campesino cocalero no era un guerrillero, aunque conviviera con la guerrilla; no era un narcotraficante, aunque le vendiera pasta a los intermediarios de los carteles. Pero al Estado le resultaba más cómodo tratarlo como ambas cosas.
El colono sin ciudadano: la posición del cultivador en la cadena
Para calibrar la injusticia de la fusión, importa entender la posición económica del cultivador. En la cadena de la cocaína, el campesino productor es el eslabón inicial y el que recibe la menor proporción del precio final. Su riesgo económico-legal es, en términos relativos, bajo comparado con el del procesamiento, el mercadeo y, sobre todo, la distribución en Estados Unidos y otros países consumidores, donde ocurre la mayor parte del incremento de precio en la cadena. Aun así, el jornal cocalero era, para el trabajador rural, incomparablemente mejor que el agrario legal: en la coca podían ganarse 50.000 o 60.000 pesos hasta el mediodía; en cultivos legales, 20.000 pesos por una jornada de siete de la mañana a cuatro de la tarde.
La coca fue, para miles de campesinos del piedemonte, la única alternativa económica viable, y no por vocación ilícita sino por bloqueo estructural. Desde 1986, las exportaciones agrícolas colombianas se deterioraron; los cultivos transitorios cayeron; la infraestructura de comercialización para productos legales era inexistente en la Amazonia; el crédito, inaccesible; los precios, castigados por la lejanía. La reforma agraria había sido reemplazada por colonizaciones dirigidas fallidas que arrojaron a colonos a territorios marginales sin bienes públicos. Sobre ese suelo germinó la coca como opción, no como elección.
La política antidrogas leyó el problema al revés. Se concentró en erradicar el cultivo —el eslabón más débil, más disperso, más visible y menos rentable de la cadena— en lugar de perseguir el conjunto del negocio. Y lo hizo sobre poblaciones a las que el discurso oficial ya no reconocía como campesinas ni como ciudadanas. Cuando en 1990 apareció en el Putumayo una plaga que exterminó la variedad caucana de coca, los cultivadores respondieron introduciendo variedades boliviana y peruana —la Tingo María— consideradas más resistentes, y adoptaron el uso masivo de agroquímicos. La consolidación del monocultivo fue también una respuesta a la presión: el campesino ya sabía que tenía que apostar todo a ese único recurso.
Las FARC como reguladores y la geografía diferencial del estigma
Hasta 1986, el arreglo entre FARC y narcotraficantes en el piedemonte funcionó como una suerte de convenio pragmático: gramaje a cambio de protección, tributos a cambio de regulación. Ese año se resquebrajó. Gonzalo Rodríguez Gacha, cuyos laboratorios en el Yarí y el sur del país dependían de esa protección, organizó estructuras paramilitares en el Ariari para enfrentar a los frentes de las FARC que operaban en San José del Guaviare y el Yarí. La confrontación gestó en Rodríguez Gacha un anticomunismo profundo, que impulsó el crecimiento del paramilitarismo en la región. Desde el Magdalena Medio, autodefensas hicieron presencia en los llanos del Yarí —Caquetá, Meta, Guaviare— y en el Putumayo, orientadas primordialmente a proteger los laboratorios del capo.
Es aquí donde la geografía diferencial se vuelve decisiva. En el Bajo Putumayo y el sur del Caquetá, la fusión discursiva cocalero–guerrillero–narco se aplicaba sobre poblaciones campesinas de colonización. En las sabanas del Meta y el Casanare, los mismos laboratorios que dieron origen a la etiqueta operaban bajo control de ejércitos privados del narcotráfico, sin que el discurso los tratara con la misma vara. El estigma se distribuía asimétricamente: donde había campesinos con presencia guerrillera, la etiqueta se pegaba; donde había narcos con ejércitos propios y sin colonización campesina, el problema se abordaba de otro modo. La categoría cocalero no fue, en rigor, una descripción del fenómeno cocalero: fue una descripción de un tipo específico de territorio y de un tipo específico de población, marcada por la superposición entre colonización, cultivo y presencia insurgente.
En el interior del propio Putumayo, la diferenciación se reproducía a escala departamental. Los pobladores del Piedemonte o el Medio Putumayo construían su identidad regional distinguiéndose de quienes eran identificados como "cocaleros, violentos y bárbaros" en el Bajo Putumayo —el Valle del Guamuéz, San Miguel, La Hormiga, El Tigre, Puerto Asís—, donde la coca y el conflicto armado marcaban la vida cotidiana. La estigmatización no venía solo desde Bogotá o desde Washington: se reproducía en el propio departamento, entre sus subregiones, señalando al Bajo Putumayo como zona sacrificable.
El colono invisible: silencio estatal y palabra ausente
Uno de los rasgos más silenciosos —y por eso más determinantes— del periodo es que el Estado colombiano nunca elaboró, en el lapso 1977–1990, un vocabulario positivo para nombrar al campesino cultivador de coca como ciudadano. No hubo, en el discurso oficial, una categoría intermedia entre el guerrillero y el narcotraficante que reconociera al colono con derechos plenos y con demandas legítimas. La ausencia no fue neutral: fue productiva. Habilitó una excepción.
Los funcionarios del Estado, en el Putumayo y La Macarena, seguían concentrados en las cabeceras municipales sin llegar a los territorios de colonización. La Comisión de Superación de la Violencia describió en 1992 el caso del Putumayo como resultado de una "ineficiencia absoluta del Estado" combinada con una colonización amazónica fuera de control, en la que los vacíos de poder fueron llenados por contrapoderes paramilitares y guerrilleros. El diagnóstico revela lo que la política contemporánea negaba: que la presencia del Estado en esas regiones había sido, ante todo, militar, y que había enmarcado el problema de los cultivos dentro de la lógica de seguridad nacional vinculada a la insurgencia, no como cuestión social o económica.
Cuando los cultivadores del Putumayo empezaron, entrados los noventa, a movilizarse políticamente y a asumir colectivamente la identidad de cocaleros o pequeños campesinos cultivadores de coca, lo hicieron precisamente para resignificar el rótulo. La palabra que el Estado había convertido en marcador de sospecha fue tomada por sus destinatarios y devuelta como identidad reivindicativa: no somos narcotraficantes, no somos guerrilleros, somos campesinos que cultivan coca porque no tenemos otra alternativa, y exigimos reconocimiento como interlocutores. Esa apropiación pertenece ya al ciclo de las marchas de 1996, fuera de este periodo, pero se entiende solo por el trabajo previo que la categoría había hecho contra ellos entre 1977 y 1990.
Violencia sobre el terreno: 1984–1990
Los años finales del periodo estuvieron marcados por una violencia creciente y focalizada. Entre 1989 y 1994, en la región del piedemonte amazónico, 1.115 personas fueron asesinadas por motivos políticos, los índices más altos del área. La mayoría de las víctimas eran colonos, pequeños campesinos e indígenas, sometidos a desplazamiento forzado o eliminados en un contexto marcado por la creciente importancia económica de la región y la revalorización especulativa de sus tierras. El despojo territorial no fue un daño colateral: fue una consecuencia sistemática del rediseño de la estructura agraria bajo presión combinada de coca, guerrilla, paramilitares y ausencia estatal.
Bombardeos estatales sobre El Pato, en el Caquetá, a comienzos de los años ochenta, ya habían generado éxodos masivos de colonos. Líderes de organizaciones campesinas fueron estigmatizados, amenazados y asesinados en zonas de disputa entre paramilitares y guerrillas. La bonanza cocalera, que había impulsado una colonización descontrolada, tuvo como reverso el despojo de territorios indígenas y la afectación profunda de las organizaciones campesinas que intentaban sostener alguna capacidad de interlocución. La acción represiva del Estado, desplegada bajo cobertura de guerra contrainsurgente y con apoyo norteamericano desde mediados de los años sesenta, había venido debilitando esas capacidades organizativas; la política antidrogas de los ochenta les asestó otra vuelta de tuerca al criminalizar a los campesinos en regiones de presencia de las FARC.
La política antidrogas fue, en ese sentido, condición de posibilidad para la victimización de la Unión Patriótica. Militantes de la UP participaron en dinámicas de organización cocalera; el discurso oficial no distinguía entre movimientos políticos de izquierda y grupos guerrilleros; los paramilitares en expansión encontraron blancos preseñalados por el propio Estado. La ecuación cocalero–guerrillero–UP funcionó, en los territorios, como sentencia previa.
Causas: convergencia, no proyecto
Conviene distinguir los planos. La categoría cocalero como dispositivo de exclusión no fue resultado de un proyecto único, sino de la convergencia de procesos diferentes.
Estructural: el fracaso de la reforma agraria y su sustitución por colonización dirigida, que arrojó a la Amazonia a poblaciones campesinas sin tierra ni bienes públicos, en condiciones que hacían de la coca —cuando llegó— la única alternativa económica viable. La alta concentración de la propiedad rural en el país; la falta de infraestructura, crédito y mercados para productos legales; el deterioro exportador de la agricultura desde 1986. Sobre ese suelo, cualquier auge extractivo iba a generar bonanzas efímeras, atracción migratoria y economía monetaria acelerada; la coca lo hizo con particular fuerza.
Doctrinal: la Doctrina de Seguridad Nacional y su concreción en el Estatuto de Seguridad de 1978. La construcción del enemigo interno como figura elástica, la equiparación de protesta social y subversión, la ampliación de la justicia penal militar sobre civiles, la inmunidad criminal a fuerza pública en operaciones de secuestro, extorsión y drogas. Cuando la coca irrumpió en el piedemonte, ya existía una gramática institucional que sabía tratarla como un problema de enemigo interno.
Coyuntural: Tranquilandia en marzo de 1984, el asesinato de Lara Bonilla en abril, el estado de sitio contra el narcotráfico, la campaña del embajador Tambs. La ecuación narco-guerrilla no nació aquí, pero aquí se cristalizó, y desde aquí empezó a operar como marco interpretativo dominante.
Funcional: la imbricación real entre FARC y economía cocalera en los territorios de colonización —gramaje, protección, regulación de mercado, autoridad de facto— dio al discurso oficial una apariencia de verosimilitud. La fusión discursiva se apoyaba en una fusión funcional que el propio Estado había producido con su ausencia.
Económico-político: el cultivador era el eslabón más accesible y menos costoso políticamente para la represión. Concentrar la política antidrogas en el cultivo, y no en el procesamiento, la exportación o la distribución, respondía a una lógica de menor resistencia: los campesinos no tenían ejércitos privados, no controlaban ciudades, no eran electores decisivos, no tenían abogados.
Consecuencias
Inmediatas (1984–1990): violencia paramilitar focalizada sobre poblaciones cocaleras del piedemonte, con protección para laboratorios de Rodríguez Gacha en el Yarí y el Bajo Putumayo; desplazamientos masivos de colonos; asesinatos de líderes de organizaciones campesinas; despojo de tierras revalorizadas; debilitamiento de la interlocución campesina con el Estado; expansión de las FARC como estructura de facto en zonas cocaleras.
De mediano plazo (años noventa): el Putumayo, que en 1991 aportaba el 5,87% de las hectáreas nacionales de coca, alcanzó el 40,43% en 2000, convertido en principal epicentro cocalero del país. Las marchas cocaleras de 1996 emergieron precisamente contra la categoría que este periodo había fabricado, y buscaron resignificar el rótulo estigmatizante desde adentro. El respaldo táctico de las FARC a esas marchas les dio dimensión, pero también reforzó la lectura estatal que las asimilaba a la guerrilla.
De largo plazo: la masacre de El Tigre en el Valle del Guamuéz —enero de 1999— y otras del Bajo Putumayo en el cambio de siglo, así como la fumigación aérea masiva del Plan Colombia, actuaron sobre poblaciones que llevaban dos décadas construidas como cuerpos sacrificables. Cuando llegó el helicóptero y llegó el paramilitar, el discurso que justificaba tratar al campesino como enemigo estaba montado desde los años ochenta. La categoría había hecho su trabajo.
Por qué sigue importando
La formación de la categoría cocalero entre 1977 y 1990 es un caso pedagógico de cómo el lenguaje estatal puede preparar cuerpos para la violencia sin necesidad de nombrarla. No hubo un decreto único que declarara enemigo al colono amazónico; hubo un decreto —el 1923 de 1978— que dejó lista la gramática, una operación —Tranquilandia, 1984— que instaló la ecuación, y un silencio estatal sostenido sobre la ciudadanía colona que dejó a la etiqueta funcionar sin contrapeso. La violencia posterior no fue una desviación: fue la aplicación coherente de una categoría que había despojado, con paciencia, a poblaciones enteras de su estatuto ciudadano.
Importa también porque la lógica no ha desaparecido. Las políticas de sustitución y erradicación de las últimas dos décadas se han apoyado, todavía, en variantes de la misma fusión. Cada vez que el Estado habla de erradicar "la coca" sin distinguir con precisión al cultivador del procesador y al procesador del exportador, reproduce la operación categórica de los años ochenta. Cada vez que la seguridad se plantea sobre poblaciones marcadas por décadas de abandono, la ecuación cocalero–guerrillero–narco vuelve a ofrecer su servicio.
Entender cómo se hizo esa palabra es, por eso, algo más que arqueología del lenguaje: es una manera de reconocer que los cuerpos sacrificables no aparecen de repente. Se fabrican, con lentitud, en la distancia entre lo que el Estado dice y lo que el Estado calla.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 509, 5122 citas
[1]y conflicto La extrema pobreza en muchas regiones campesinas y sectores urbanos, así como la exagerada concentración de tierras en nuestro país, alimentaron el alto número de personas que se aventuraron a colonizar el piedemonte amazónico desde mediados del siglo XX. Dicha ocupación ha consistido en un largo proceso…p. 509
[55]Macarena parece haberse planteado, entre otras cosas, no solo para quebrar las finanzas de las FARC provenientes de la coca sino también para afectar a los campesinos,1 1 sin lugar a dudas la muy genérica “base social” de la guerrilla, pero a quienes les cabe también cierto rango de independencia ante la estructura…p. 512
02Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. AmazoníaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 55, 702 citas
[2]45. 105 Entrevista 280-CO-00139. Campesinos fundadores del Retorno, en el Guaviare. 106 Entrevista 062-VI-00008. Antiguo poblador del municipio de Valle del Guamuez. 107 Lombo, «Cuando el movimiento campesino se tomó el país», El Espectador. 56 fiflćflThffan nexosfl. nThnflon el proceso de colonización y su…p. 55
[17]de Tarapacá 151, y en el Putumayo hicieron lo mismo desde San Miguel 152. Así lo recuerda una de las fundadoras del Valle de Guamuez: «Antes de eso, por aquí era el paso de cocaína peruana. O sea, el Perú era el que pasaba. Los narcotraficantes esto lo tenían como un puente. Por aquí por el Putumayo empezaron a pasar…p. 70
03Histories of Perplexity: Colombia, 1970s–2010sLina Britto, A. Ricardo López-Pedreros · 2024 · p. 1351 cita
[3]some of them have participated in a wide variety of activities such as exploiting natural resources (land, timber, skins), working in illegal economies linked to coca crops, and engaging in struggles for land. In such a volatile context, changing notions of campesino or colono have achieved (or not) political…p. 135
04Análisis histórico del narcotráfico en ColombiaMaría Clemencia Ramírez, César Torres del Río, Andrés López Restrepo, Amada Carolina Pérez Benavides, Ángela Margoth Bacca Mejía · 2014 · p. 178, 182, 1913 citas
[4]5,15% Tolima: 4,9% Cundinamarca: 5,15% Otros: 4,9% Otros: 4,12% Caquetá: 2,4% Cauca: 3,78% Cundinamarca: 2,4% Caldas: 3,09% Meta 1,6% Quindío: 2,41% Huila 0,8% Boyacá: 2,41% Período de vinculación Período Putumayo Caquetá 1930 - 1946 0,80% 2,90% 1947 - 1967 23,20% 34,60% 1968 - 1977 19,20% 34,60% 1978 - 1986 37,60%…p. 178
[6]que en un mercado regulado por la ilegalidad de la coca –ilegalidad que conlleva riesgo, lo cual adiciona valor al precio final–, “los campesinos productores reciben una parte muy pequeña del precio final de venta, puesto que su riesgo no es particularmente alto, mientras que la mayor parte del aumento en el precio…p. 191
[14]la selva, llamar a la gente y decirle “no es este el cultivo que van a llevar señores, van a poner es un cultivo digno, vamos a erradicar esto para siempre”. Pero no. Los funciona- rios del Gobierno no vienen por aquí. Los funcionarios que vienen a la región se ubican en las cabeceras de los municipios, ellos no salen…p. 182
05La tierra no basta. Colonización, baldíos, conflicto y organizaciones sociales en el CaquetáCentro Nacional de Memoria Histórica, Erika Andrea Ramírez Jiménez · 2017 · p. 56, 60, 64, 2924 citas
[5]lo que ocasionó el fin de los cultivos de maíz y arroz, que habían sido la base económica de la región en las déca- das de los sesenta y setenta. A continuación presentamos algunos testimonios que dan cuenta de los efectos que trajo la economía cocalera en el sur del departamento. Nos llegó la cultura de la coca y…p. 60
[9]Ramírez (1993, página 80) afirma: En 1972 se produce el paro campesino en Caquetá, con el tras- lado de más de 10.000 colonos y campesinos a la capital depar- tamental; el balance social de la colonización era desalentador Año Cantidad (cabezas) 1962 1959 1965 0 1.000 2.000 3.000 4.000 5.000 6.000 980 5.714 293 6…p. 292
[10]amazónicas, antiguas válvulas de escape de las guerras de los Andes. Asimis- mo, los programas gubernamentales de apoyo a la colonización fracasaron y produjeron la quiebra de cientos de colonos que no tuvieron más opción que bloquear la ciudad para exigirle solucio- nes al Incora. La violencia y la incapacidad del…p. 56
[61]de El Pato, una composición de Ángel González, presidente de la Asociación Campesina del Bajo Pato y Losada (ASABP-L): Señores voy a contarles en un corrido sencillo. Una parte de la historia, que muchos han perecido. Aquí no hay hombres de acero, pero sí de resistencia. No rechazamos al otro, sino lo que él…p. 64
06Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 515, 5492 citas
[7]colombiano: un modelo de adaptación étnica. Revista co lo m bia n a d e antropología. (17): 75-116. Yépez, Benjamín 1975 “Núcleos negros y el “control ecológico”: el caso de Condoto, Chocó”. Trabajo de grado. Departamento de Antropología, Universidad de Antioquia. Medellín. I m o vim iento s so c ia les y estado…p. 515
[15]organizaciones campesinas, desplegada con la cobertura de la guerra contrainsurgente e iniciada con el apoyo del gobierno norteamericano desde mediados de los años 1960 (Comité Permanente 2002). En este contexto, a la acción represiva del Estado se sumó la intervención política e ideológica de fuerzas externas al…p. 549
07La masacre de El Tigre. Un silencio que encontró su vozGonzalo Sánchez G., Martha Nubia Bello Albarracín, Andrés Cancimance López · 2011 · p. 221 cita
[8]del resto del Departamento, sin embargo, no hay que desconocer que esta zona fue un corredor estratégico para la movilización y entrada de grupos de guerrilla y paramilitares hacia el Bajo Putumayo. Una situación similar ca- racteriza a la zona del Piedemonte o Cuenca del Río Caquetá (Medio Putumayo) 3. En estas…p. 22
08El desplazamiento en Colombia: Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez (editoras) · 2005 · p. 3321 cita
[11]de poder, es decir, las zonas de colonización y las zonas de frontera co- C ODHES 332 lombiana, han tenido una economía propia centrada en la extracción de recursos. En el departamento del Caquetá, y las zonas del piedemonte llanero, el Sarare, el Ariari y el Magdalena medio, por ejemplo, dicha economía estuvo muy…p. 332
09El desplazamiento en Colombia. Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez · 2005 · p. 3321 cita
[12]de poder, es decir, las zonas de colonización y las zonas de frontera co- C ODHES 332 lombiana, han tenido una economía propia centrada en la extracción de recursos. En el departamento del Caquetá, y las zonas del piedemonte llanero, el Sarare, el Ariari y el Magdalena medio, por ejemplo, dicha economía estuvo muy…p. 332
10Gran Enciclopedia de Colombia: Geografía 1Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Eufrasio Bernal Duffo, Melania Kowalewska (Textos complementarios) · 2007 · p. 2201 cita
[13]insumos, por parte de los narcotraficantes. Todo se enmarca en un cuadro de desempleo y pobreza créni- ca de la poblacién campesina, consecuencia de la falta de infraestructura, medios de transporte, crédito, apoyo tecnolégico y facilidades de comercializacién y merca- deo para los productos agropecuarios…p. 220
11Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · p. 1631 cita
[16]el deporte, los medios de comunicación, la banca, miembros del Ejército y miles de campesinos y de comerciantes. La corrupción del narcotráfico llegó a tal nivel que, incluso, un presidente de la República (Ernesto Samper) fue acusado de recibir enormes cantidades de dinero del cartel de Cali para financiar su campaña…p. 163
12El Estado suplantado. Las Autodefensas de Puerto BoyacáCamilo Ernesto Villamizar Hernández, Juan Alberto Gómez Duque · 2019 · p. 1432 citas
[18]desplegó la presencia de las FARC. Así analizó la situación del departamento la Comisión de Superación de la Violencia en su informe publicado a inicio de 1992. La problemática (…) del departamento gira sobre dos grandes ejes: por un lado, una colonización de territorio amazónico fuera de control que en los últimos…p. 143
[19]desplegó la presencia de las FARC. Así analizó la situación del departamento la Comisión de Superación de la Violencia en su informe publicado a inicio de 1992. La problemática (…) del departamento gira sobre dos grandes ejes: por un lado, una colonización de territorio amazónico fuera de control que en los últimos…p. 143
13Tierras. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoAlejandro Reyes Posada · 2018 · p. 701 cita
[20](CNMH, 2014, página 303). Toda la etapa de conflicto territorial entre parami- litares y guerrillas se caracterizó por una profunda afectación contra las organizaciones campesinas, cuyos líderes fueron estig- matizados, amenazados y muchos asesinados, hasta obligarlos a huir fuera de la región. 4.4. Actores armados en…p. 70
14Sistemas de guerra: La economía política del conflicto en ColombiaNazih Richani · 2003 · p. 611 cita
[21]la renta que cobraban por concepto de protec- ción a las multinacionales e impedir su influencia política entre el cam- pesinado. Entre 1989 y 1994, 1.115 personas fueron asesinadas por motivos políticos (los índices más altos de la región). La mayoría de las víctimas eran colonos, pequeños campesinos e indígenas,…p. 61
15Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. OrinoquíaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 92, 992 citas
[22]coloni- zación campesina. En cambio, en las zonas dominadas por ejércitos de narcotraficantes, que fueron principalmente las zonas de sabana y los llanos orientales, en el Casanare y norte del Meta, se concentraron los laboratorios de procesamiento de cocaína y la infraestructura para su exportación. En 1984, Colombia…p. 92
[38]guerrilla el impuesto de gramaje sobre la cantidad producida, a cambio de protección de cultivos, laboratorios y pistas, tal como lo había anticipado el mencionado comandante Argemiro. Pero en 1986 se resquebrajó el convenio, cuando empezó la confrontación entre los paramilitares, organizados por Rodríguez Gacha, en…p. 99
16Gobernar en medio de la violencia. Estado y paramilitarismo en ColombiaJacobo Grajales · 2017 · p. 421 cita
[23]las que transitaba la pasta de origen extranjero, proveniente básicamente del Perú. 10 Las FARC actuaron inicialmente como reguladores del mercado. La guerrilla imponía “impuestos” a todos los actores del trá fi co, 11 ofrecía una protección del mercado y desempeñaba un papel preponderante en el gobierno de las…p. 42
17Petróleo, coca, despojo territorial y organización social en PutumayoEdinso Culma Vargas, Juliana Guerra Rudas, Rocío Londoño Botero · 2015 · p. 1871 cita
[24]1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 Putumayo 2.200 2.400 4.000 5.000 6.600 7.000 19.000 30.100 58.297 66.022 Total nacional 37.500 41.206 49.787 46.400 53.200 69.200 79.100 101.800 160.119 163.289 Compara- tivo (%) 5,87 5,82 8,03 10,78 12,41 10,12 24,02 29,57 36,41 40,43 Fuente: Vargas, 2004, página 267, con base en…p. 187
18Normas y dimensiones de la desaparición forzada en Colombia. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica; Germán Lozano Villegas; Luz Janeth Forero M. · 2014 · p. 571 cita
[25]o en contra de la nación, nunca neutrales, dada la visión que se hacía a través del prisma de la lucha contrainsurgente. En ese sentido, las huelgas, la manifestación social y las campañas electorales de ciertas condiciones eran consideradas como focos de con fl ictos y, por ende, sujetos de control estatal 64. La in…p. 57
19La Rochela: Memorias de un crimen contra la justiciaGrupo de Memoria Histórica, Iván Orozco Abad (Relator), Gonzalo Sánchez G. (Coordinador) · 2010 · p. 272, 2972 citas
[26]miembros de las fuerzas armadas. En 1976, fue expedido el decreto 2578, que le concedía a los mayores del ejército y a inspectores de policía la facultad de sancionar con una multa a personas consideradas potencialmente criminales. El segundo decreto fue el 0070, promulgado en enero de 1978 que concedía a miembros de…p. 272
[60]Eduardo Ramírez, 95 Hacia 1987 el paramilitarismo del Magdalena Medio comenzó a perturbar re- giones de Córdoba y Urabá. La expansión del grupo paramilitar comandado por Gonzalo y Henry Pérez a territorios que transcendían al Magdalena Medio tuvo cierta semejanza con el proceso de enquistamiento que años atrás…p. 297
20Elementos para una genealogía del paramilitarismo en Colombia. Historia y contexto de la ruptura y continuidad del fenómeno (I)Alfonso Insuasty Rodríguez, José Fernando Valencia Grajales, Janeth Restrepo Marín · 2016 · p. 32, 804 citas
[27]rural y urbana. Es en este periodo cuando la prensa por primera vez documentará la inquietud del gobierno respecto del hecho de que la guerrilla había incursionado en las ciuda- des y específicamente en Bogotá, donde se dan las primeras células guerrilleras (El Tiempo, 1977: 1y4c). Estos hechos dieron pie para que la…p. 80
[28]rural y urbana. Es en este periodo cuando la prensa por primera vez documentará la inquietud del gobierno respecto del hecho de que la guerrilla había incursionado en las ciuda- des y específicamente en Bogotá, donde se dan las primeras células guerrilleras (El Tiempo, 1977: 1y4c). Estos hechos dieron pie para que la…p. 80
[30]Estatuto) facilitó “el deslinde entre las acciones militares legítimas y las violatorias de los derechos humanos” (Leal, 2002,p. 27), acorde con los principios doctrinarios clásicos, sobreviniendo en el país las estra- tegias contrainsurgentes que fueron descritas por Daniel Feirstein (2009) como características en…p. 32
[31]Estatuto) facilitó “el deslinde entre las acciones militares legítimas y las violatorias de los derechos humanos” (Leal, 2002,p. 27), acorde con los principios doctrinarios clásicos, sobreviniendo en el país las estra- tegias contrainsurgentes que fueron descritas por Daniel Feirstein (2009) como características en…p. 32
21"Falsos positivos" en Colombia y el papel de la asistencia militar de Estados Unidos, 2000-2010Movimiento de Reconciliación (FOR), Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos (CCEEU) · 2014 · p. 251 cita
[29]6; “De los fines del Estado” (Boletín de Estrategia 001), en el mismo ejemplar, pp. 79 a 82; “Organización básica de la defensa nacional”, (Boletín estratégico 002), en Nº. 89, mayo-junio-julio-agosto 1978, Vol. XXX, pp. 227 a 236; “Generalidades sobre seguridad nacional”, (Editorial), en No.96,…p. 25
22Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 861 cita
[32]Leyva y el General Abraham Barón Valencia que era el ministro de guerra de la época, el ministro de Defensa del gobierno López, pidieron endurecer las medidas. […] Un mes después de posesionado, el doctor Julio César Turbay aprobó el Estatuto de Seguridad que es uno de los hechos más vergonzosos de la historia…p. 86
23Pueblos arrasados: Memorias del desplazamiento forzado en El Castillo (Meta)Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH); Catalina Riveros Gómez, Francisco Hernando Vanegas Toro, Julián Augusto Vivas García, Pablo Andrés Convers Hilarión (relatores) · 2015 · p. 691 cita
[33]de septiembre de 1977, la represión contra los partidos de oposición y los movimientos so- ciales se endureció. Los sectarismos políticos se reeditaron y tu- vieron las mismas manifestaciones violentas de años anteriores. Un año después fue expedido el decreto que dio vida al Estatuto de Seguridad Nacional del…p. 69
24Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 2691 cita
[34]del p en- sami ento argentino de la <1seg uridad naci onah>. Segú n el presidente, esos asuntos debían ser abordados por una Asamblea Constituyente qu e má s ta rd e la Corte Suprema declararía inconstituciona l. En la s el ecc iones d e 1978, Turba y, el repre se ntant e por exce- lencia de la clase política li bera…p. 269
25¡Basta satisfecho! Colombia: Memorias de guerra y dignidadCentro Nacional de Memoria Histórica (GMH) · 2013 · p. 1491 cita
[35]setenta y los ochenta en lo que atañe al tratamiento jurídico de la guerra y de la extensión de su lógica al campo de los conflictos sociales. Estas dos décadas están atravesadas por una dualidad que está bien represen- tada en ese caso: de un lado, la extensión de la guerra al campo jurídico a través del uso de un…p. 149
26En medio del Magdalena MedioAlfredo Molano Bravo · 2009 · p. 371 cita
[36]del modelo de sustitución de importaciones, y del otro, la crisis agraria. El resultado fue una ola de protestas y ma- nifestaciones en el nivel nacional que desembocaron en el Paro Cívico del 77, que costó la vida a 18 ciudadanos y la privación de libertad a 3.000. Los militares trataron de imponer el llamado…p. 37
27Guerreros y campesinos. Despojo y restitución de tierras en ColombiaAlejandro Reyes Posada · 2016 · p. 1021 cita
[37]extensión de cultivos de coca, que integró grandes regiones de frontera agrícola a la economía monetaria, creando bonanzas efímeras para los colonos y atrayendo trabajadores en busca de fortuna. Las nuevas fuentes de recursos en áreas de colonización fortalecieron económicamente a las guerrillas, aunque transformaron…p. 102
28No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1641 cita
[39]durante más de 30 años en Caquetá, relató así la manera como se inició la compra de producción al campesino: 480 En realidad lo firmó el designado Germán Zea, lo que implicó que se declarara inconstitucional. 481 Cable, UN Mission Geneva to State Department, «Discussions with Colombian narcotics officials», febrero de…p. 164
29El Placer: Mujeres, coca y guerra en el Bajo PutumayoMaría Clemencia Ramírez, María Luisa Moreno R., Camila Medina A. · 2012 · p. 371 cita
[40]39 Comisión Andina de Juristas, Putumayo..., 80-83 40 Ramírez, María Clemencia, et.al., 2010. Elecciones, coca, conflicto y partidos políticos en Putumayo 1980-2007 (Bogotá: icanh/cinep/Colciencias, 2010), 15. Capítulo 1 37 un símbolo político del poder ciudadano. 41 Una vez los Mase- tos fueron expulsados, las farc…p. 37
30Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Frontera nororientalComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 681 cita
[41]muchos conflictos de tierras, conflictos de los cerdos, del ganado, esos conflictos los solucionaban las FARC cuando yo era niño [final de la década de los ochenta], de cómo era la convivencia con la comunidad, qué papel jugaba la junta. [...] La comunidad realmente los apoyaba era por eso. En ese tiempo uno notaba…p. 68
31Revolutionary Social Change in Colombia: The Origin and Direction of the FARC-EPJames J. Brittain · 2010 · p. 2791 cita
[42]Richani, 2002a; 2001). 24 No registered human rights violations were reported in FARC-EP-held regions where peasants grew coca until the arrival of the paramilitary (Kirk, 2003: 247; see also Coghlan, 2004: 81). 25 Both peasants and insurgents benefit through this model: “the FARC relies on income from the drug…p. 279
32Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 1171 cita
[43]la coca se acaba el movimiento guerrillero. Resulta que las raíces del movimiento guerrillero no son la coca sino los problemas sociales, eco- nómicos y políticos de este país. 24 La influencia de las FARC sobre esos campesinos se comprobó durante el movimiento de cocaleros (1996) que si breve, fue una de las…p. 117
33Tierras y conflictos rurales: Historia, políticas agrarias y protagonistasRocío Londoño (coord.), Carolina Castro, Álvaro Delgado, Jaime Landinez · 2016 · p. 5681 cita
[44]María Clemencia Ramírez cuan- do al referirse al papel de las FARC en las marchas cocaleras del Putumayo afirma: “Se hace evidente que las FARC apoya los paros cívicos para exigir al Estado el cumplimiento de sus funciones. Por consiguiente, no es tan claro que estén en contra de la inversión y presencia del Estado en…p. 568
34Guerrilla y Población Civil. Trayectoria de las FARC 1949-2013Mario Aguilera Peña · 2013 · p. 1401 cita
[45]posibles”, El Militante Opina 5 (julio 1991). 142 Guerrilla y Población Civil. Trayectoria de las FARC 1949-2013 4. La guerra de las farc en los ochenta Según la inteligencia militar, las farc no dejaron de crecer durante la tregua: pasaron de tener 1.500 integrantes en 1983 a duplicarse en 1985, alcanzando los 3.050…p. 140
35Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Nariño y sur de CaucaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 100, 1682 citas
[46]1987. El quinto periodo (1988-1990) está marcado por la disminución del precio de la coca, la intensificación de la lucha contra el narcotráfico y el inicio de una nueva oleada migratoria proveniente de zonas como Huila, Cauca, Valle del Cauca, Nariño, la zona cafetera y del Ecuador. Ramírez, Entre el Estado y la…p. 100
[59]ocurrencia 22.075 35.937 51.792 56.793 54.169 49.085 diálogos de paz en medio del conflicto, retos y persistencias (2010-2021) 169 Aún hoy, para la población campesina el jornal que se paga en la economía cocalera representa ingresos superiores a los de la economía agraria legal: «Vea, hay personas de la juventud,…p. 168
36Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 301 cita
[47]está más relacionada con Risaralda y el norte del Valle; las dinámicas del Pacífico valluno y caucano, más ligadas a los problemas del sur del Valle y el norte del Cauca; el andén del Pacífico nariñense está ligado a la presentación 31 llegada de la economía cocalera, golpeada en Caquetá y Putumayo. Desde esta lógica,…p. 30
37Borderland Battles: Violence, Crime, and Governance at the Edges of Colombia's WarAnnette Idler · 2019 · p. 1161 cita
[48]groups to consolidate power, become preponderant, and forge stable long- term arrangements. They are among the regions where Plan Colombia’s influence on the conflict dynamics was particularly intense. The hos- tility between paramilitaries and insurgents inflicted brutal violence on civilians. As a major coca…p. 116
38Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. El campesinado y la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1261 cita
[49]previas a la implementación en 1999 del sistema de Monitoreo de Cultivos de Coca coordinado por UNODC, su fuente son estudios realizados por Estados Unidos. 262 Uribe, «Evolución de los cultivos de coca en Colombia: 1986-2017». Razón Pública. tercer ciclo de afectaciones (1991-2020) 127 Miles de hectáreas sembradas…p. 126
39Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte (Editores) · 2009 · p. 3391 cita
[50]aquellos que sufren de dicha violencia, en particular a los más pobres. Cultivos ilícitos y narcotráfico en Colombia Los noventa se caracterizaron por una expansión de los cultivos de coca del orden del 286% (las hectáreas cultivadas pasaron de 37.500 en 1992 a 144.807 en 2001) aunque, durante este siglo, los cultivos…p. 339
40El derecho a la justicia como garantía de no repetición. Volumen 2. Las víctimas y las antesalas de la justicia. Conclusiones y RecomendacionesCentro Nacional de Memoria Histórica · 2016 · p. 3892 citas
[51]1991; ha vivido por décadas la violencia y cooptación por los grupos armados ilegales, derivada de lo estratégica que resulta esta zona fronteriza para actividades ilegales como la siembra de coca, la movilidad de actores armados ilegales, y el transporte de insumos (contrabando, coca) (Misión de Observación…p. 389
[52]1991; ha vivido por décadas la violencia y cooptación por los grupos armados ilegales, derivada de lo estratégica que resulta esta zona fronteriza para actividades ilegales como la siembra de coca, la movilidad de actores armados ilegales, y el transporte de insumos (contrabando, coca) (Misión de Observación…p. 389
41Guerras RecicladasMaría Teresa Ronderos · 2014 · p. 381 cita
[53]que había una alianza «narcoterrorista» entre las FARC y el narcotráfico. Siguiendo la línea de su gobierno, presidido por Ronald Reagan, el campeón del anticomunismo en Centroamérica, Tambs estaba en una campaña premeditada para inflar las conexiones entre las guerrillas colombianas y el gobierno sandinista en…p. 38
42Todo pasó frente a nuestros ojos. El genocidio de la Unión Patriótica 1984-2002Vladimir Melo Moreno (Relator); Andrés Fernando Suárez, Carmen Andrea Becerra (Correlatores); Centro Nacional de Memoria Histórica · 2018 · p. 2221 cita
[54]y se solapan-, se creó un conjunto crítico de condiciones necesarias y suficientes para el arrasa- miento de la democratización política. En este mismo sentido, la discrecionalidad de la política anti- drogas colombiana fue condición de posibilidad para que la UP fuera victimizada a lo largo del tiempo, no sólo porque…p. 222
43Hallazgos y recomendaciones de la Comisión de la Verdad de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 320, 3632 citas
[56]y Lesmes, Pacto en la sombra, 62-65. 691 Fuente de Archivo Externa [ID Interno]. «Anexo 1985-1987, acuerdos de cooperación USA- Colombia». Archivo CEV. Programa de control de narcóticos. 692 Con renuencia de varios sectores del Ejército. 693 Testimonio del general del Ejército Nacional Jorge Enrique Mora Rangel en:…p. 363
[58]de precariedad para comercializar sus productos y conectarse a los mercados agrícolas: «En un punto, a La Gabarra [municipio de Tibú, Norte de Santander] se le acabó la carretera; usted fácilmente podía gastarse de Tibú a La Gabarra… ¿qué le digo yo?, se podía demorar hasta una semana. Es que los carros se enterraban,…p. 320
44Post-conflict Colombia and the Global Circulation of Military ExpertiseManuela Trindade Viana · 2022 · p. 2201 cita
[57]were concerned with counternarcotics, their competition was focused on which problematization of violence was to be privileged within the Colombian security architecture. As the “problem of drugs” came to be interpreted as a nexus between guerrillas and drug trafficking (“narcoguerrillas”), the tensions between the…p. 220