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Hecho · La Violencia · 1946–1957

Mito: censura y resistencia cultural bajo la dictadura de Rojas Pinilla

Entre 1955 y 1962, mientras el régimen de Gustavo Rojas Pinilla clausuraba los grandes diarios liberales y conservadores, la revista Mito —fundada en Bogotá por Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel— operó como foro intelectual casi único para debates políticos y culturales que la esfera pública oficial había silenciado.

Alejandro Gutiérrez · 17 de julio de 2026 · 3.745 palabras · 45 fuentes
Mito: censura y resistencia cultural bajo la dictadura de Rojas Pinilla
Fecha
1955–1962
Lugares
BogotáTolimaSumapazNorte de SantanderParís
Protagonistas
Jorge Gaitán DuránHernando Valencia GoelkelGustavo Rojas PinillaGabriel García MárquezÁlvaro MutisPedro Gómez ValderramaFernando Charry LaraRafael Gutiérrez GirardotDanilo Cruz VélezGerardo MolinaDarío MesaJuan Lozano y Lozano
Causas
  • La clausura en agosto de 1955 de los diarios El Tiempo, El Espectador y El Siglo por el régimen de Rojas Pinilla dejó sin foros a la opinión pública colombiana, abriendo un vacío que una revista literaria terminó ocupando.
  • El proyecto intelectual de desprovincialización cultural de una generación nacida entre 1920 y 1930 que había vivido el Bogotazo y la Violencia bipartidista como experiencia formativa y buscaba disputar la hegemonía simbólica al mimetismo de generaciones anteriores.
  • La escasa presencia en Colombia de corrientes intelectuales europeas contemporáneas —a diferencia de Argentina o México— hacía necesaria una operación voluntarista de importación y traducción cultural.
  • El viraje represivo del régimen, que incluyó la matanza de estudiantes en junio de 1954, la declaración de ilegalidad del Partido Comunista y los operativos militares en Villarrica y el Tolima, intensificó la necesidad de espacios de elaboración crítica fuera del control oficial.
Consecuencias
  • Mito publicó 42 números entre 1955 y 1962 y consolidó en Colombia la recepción del existencialismo, la fenomenología y la narrativa moderna europea y latinoamericana, conectando al país con Sur (Buenos Aires) y Orígenes (La Habana).
  • La revista sirvió de plataforma de lanzamiento para escritores que se convertirían en el canon literario colombiano: García Márquez publicó allí El coronel no tiene quien le escriba y Mutis sus primeros poemas.
  • Mito abrió debates políticos de alcance internacional —como la invasión soviética a Hungría y el fusilamiento de Imre Nagy— que la prensa censurada no podía tramitar, articulando posiciones de socialistas independientes, comunistas ortodoxos y liberales.
  • El grupo de Mito participó en la transición de la dictadura al Frente Nacional con una actitud crítica compartida, contribuyendo a moldear el debate intelectual colombiano de los años sesenta.
  • La experiencia de Mito estableció un modelo de revista cultural como espacio de resistencia oblicua —no frontal— frente a regímenes autoritarios, modelo que influyó en la memoria cultural del país sobre ese período.
Por qué importa
Mito importa porque demostró que, en ausencia de prensa libre, una revista literaria de tiraje modesto puede convertirse en el principal foro de debate político e intelectual de un país. Su operación no fue heroica sino calculada: sostuvo una escritura libre bajo censura mediante la elaboración oblicua antes que la denuncia directa, y esa tensión entre libertad y autocensura es tan constitutiva de su legado como las traducciones de Sartre o los cuentos de García Márquez. Estudiarla obliga a revisar la frontera entre resistencia cultural y convivencia con el poder.

Censura, Mito y resistencia cultural a la dictadura (1955-1957)

Entre 1955 y 1957, mientras el régimen de Gustavo Rojas Pinilla clausuraba los grandes diarios liberales y conservadores, un grupo de escritores nacidos entre 1920 y 1930 fundó en Bogotá una revista de sesenta páginas que se propuso, sin decirlo tan explícitamente, algo inaudito: sustituir el país que la censura había apagado por otro país intelectual, hecho de traducciones de Sartre y Beckett, poemas de Álvaro Mutis, cuentos de Gabriel García Márquez y ensayos filosóficos escritos desde Friburgo. La revista se llamó Mito, la dirigieron Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel, publicó cuarenta y dos números entre 1955 y 1962, y su aparición coincidió con la fase represiva más nítida de la única dictadura militar del siglo XX colombiano. Esa simultaneidad no es anécdota: es la clave para entender por qué una revista literaria de tiraje modesto terminó siendo, en la memoria cultural del país, el equivalente civil de aquellos años en que la esfera pública oficial se había vuelto irrespirable.

De la pacificación a la censura

El golpe del 13 de junio de 1953 no fue un asalto castrense contra el orden civil sino una salida negociada dentro del propio bloque de poder. Lo organizó el ospinismo conservador, lo apoyó el liberalismo, y su objetivo inmediato fue frenar el proyecto de reforma constitucional corporativista de Laureano Gómez, que ya en su articulado suprimía la libertad de crítica, el derecho de oposición y consideraba la prensa como un servicio público. La Asamblea Nacional Constituyente legalizó la nueva situación mediante el Acto Legislativo N° 1 de 1953, que reconoció el título del teniente general Rojas Pinilla como presidente para el resto del período en curso.

Al asumir el poder, Rojas pronunció frases —"No más depredaciones, no más sangre"— que abrieron un margen genuino de esperanza en un país que llevaba desde 1948 sumergido en la Violencia bipartidista. La negociación con jefes guerrilleros liberales, entre ellos Guadalupe Salcedo en los Llanos, dio forma a un proyecto de pacificación que, hasta mediados de 1955, mantuvo el respaldo del liberalismo y de la jerarquía eclesiástica. Durante unos meses pareció posible que el país saliera de la sangría por la vía menos previsible: la de un general con retórica populista y sensibilidad para las capas humilladas por la guerra.

Ese respaldo se erosionó rápido. A finales de 1953 el régimen creó el Servicio de Inteligencia Colombiano (SIC), orientado al espionaje anticomunista y a la propaganda negra, en sintonía con el macartismo estadounidense. En 1954, Rojas declaró ilegales todas las actividades del Partido Comunista Colombiano; el gobierno llegó a afirmar que setenta mil comunistas operaban en el país fomentando el desorden, cifra groseramente inflada para consumo doméstico e internacional. El 8 de junio de ese año, durante la conmemoración estudiantil de un compañero muerto treinta años antes, fue asesinado por fuerzas del gobierno el estudiante Uriel Gutiérrez Restrepo; al día siguiente, la manifestación de protesta en Bogotá terminó con otros varios estudiantes muertos bajo intervención del Ejército. Fue uno de los primeros signos del viraje represivo, aunque la dirección de los partidos tradicionales aún continuó apoyando al régimen.

La ruptura definitiva llegó en 1955. A comienzos de ese año, Rojas declaró las regiones de Villarrica "zona de operaciones militares" e inició un operativo masivo —cerca de 4.000 soldados, artillería y más de 50 aviones, según el testimonio posterior del general Matallana— contra los núcleos guerrilleros y colonos comunistas del oriente del Tolima. El ataque al Sumapaz del 4 de abril dejó en evidencia que el régimen no era una tregua sino otro capítulo de la Violencia. En agosto de 1955 el gobierno clausuró El Tiempo, El Espectador y El Siglo, los tres grandes diarios de la opinión bipartidista. La causa directa fue la campaña sostenida de esos periódicos contra la dictadura; el efecto inmediato, el silenciamiento de las voces que hasta entonces habían articulado la conversación política del país. En cuestión de semanas, Colombia se quedó sin los foros que durante décadas habían tramitado sus desacuerdos, y esa desaparición abrió un vacío que ninguna instancia oficial estaba dispuesta ni preparada para llenar.

Una generación con nombre por hacerse

Cuando Mito aparece en 1955, el campo literario colombiano llevaba décadas gravitando alrededor de dos polos: la retórica seudo-modernista heredada de Guillermo Valencia y las escuelas poéticas que habían intentado renovarla —el movimiento Piedra y Cielo en los años treinta y cuarenta, el grupo Cántico algo después—. Ambos habían modernizado la poesía colombiana frente al academicismo valenciano, pero de manera mimética: sus referentes eran españoles y europeos —Vicente Aleixandre en primer lugar—, y esa dependencia limitaba su alcance renovador. La renovación era a la vez voluntad de independencia y forma de subordinación: una nostalgia colonial disfrazada de fervor independentista.

La generación que fundó Mito venía de un lugar biográfico distinto. Sus integrantes habían nacido entre 1920 y 1930, lo que significa que vivieron el 9 de abril de 1948 —el Bogotazo— como jóvenes que ya leían, escribían y militaban. Ese acontecimiento y sus consecuencias inmediatas —la Violencia rural, el desmoronamiento del orden liberal, el retorno del conservatismo autoritario— constituyeron su experiencia formativa. No la habían atravesado como niños ni como adultos consolidados: la atravesaron en el momento exacto en que se estaban haciendo intelectuales. Ahí se cifra buena parte de la particular temperatura moral de la revista: la de una generación que no podía darse el lujo de la inocencia estética porque había visto arder el centro de su ciudad antes de terminar la carrera.

A esto se añadía un rasgo estructural del campo cultural colombiano: la escasa inmigración europea que había recibido el país en la primera mitad del siglo XX, comparada con Argentina, Brasil o incluso México. Buena parte de la corriente intelectual europea contemporánea no llegaba a Bogotá por vías espontáneas; había que traerla. No había en el país exiliados republicanos españoles con revistas propias, ni una diáspora centroeuropea con editoriales asentadas, ni las cátedras universitarias que en Buenos Aires ocupaban las hornadas de sabios expulsados por el fascismo. La modernización cultural, si iba a ocurrir, sería un trabajo artesanal y voluntarista de unos pocos.

Ese era el proyecto de Jorge Gaitán Durán, nacido en Pamplona (Norte de Santander), poeta y editor con una fuerte formación europea, y de Hernando Valencia Goelkel, crítico literario y cofundador de la publicación. Mito se propuso traducir, comentar y difundir a los grandes autores modernos: Brecht, Sartre, Beckett; discutir la fenomenología de Husserl y el pensamiento de Heidegger a través de las contribuciones de Rafael Gutiérrez Girardot y Danilo Cruz Vélez, que colaboraban desde Friburgo. Y se propuso hacerlo articulando esa importación con una red latinoamericana ya en marcha: en el mismo eje continental estaban Sur en Buenos Aires y Orígenes en La Habana, revistas con las que Mito estableció desde el comienzo un diálogo de referencias.

Octavio Paz colaboró desde el primer número; Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Alejo Carpentier figuraron entre los colaboradores internacionales. En el ámbito colombiano, la nómina inicial era la de una generación que buscaba nombre: García Márquez publicó allí El coronel no tiene quien le escriba junto con otros textos; Álvaro Mutis dio a Mito sus primeros poemas; Pedro Gómez Valderrama entregó ensayos sobre la historia del mal y del diablo; Fernando Charry Lara contribuyó a introducir la poesía moderna en lengua española. Nombres que en 1955 todavía eran hipótesis y que quince años después se habían vuelto el canon del país.

Una función que no habían buscado

La coincidencia entre la fundación de Mito y el cierre de los grandes diarios en agosto de 1955 no fue causal, pero fue estructuralmente decisiva. La revista no había nacido como respuesta al régimen: su proyecto de desprovincialización cultural existía por razones propias, ligadas a la historia interna del campo literario y a la voluntad de una generación de disputar la hegemonía simbólica a los herederos de Piedra y Cielo. Sin la dictadura, Mito habría existido igual, quizás en una escala más discreta. Con la dictadura, y con la clausura de la prensa masiva, la revista quedó ocupando un espacio que ninguna publicación literaria habría podido ocupar en condiciones normales: el de foro casi único para debates que la esfera pública oficial ya no podía tramitar.

El caso más nítido es el debate sobre Hungría. Cuando en 1956 la Unión Soviética invadió el país centroeuropeo y, poco después, fue fusilado el líder reformista Imre Nagy, Mito abrió sus páginas al problema. Las intervenciones dibujan un mapa ideológico de una precisión inusual para el momento. Gerardo Molina, socialista independiente, calificó la invasión y el fusilamiento como un crimen y una equivocación. Darío Mesa, desde una posición comunista ortodoxa, sostuvo que Nagy había sido "aniquilado en la corriente de la mayor revolución de la historia humana", fórmula que la propia lógica del debate expuso como muestra de las justificaciones forzadas que los comunistas se veían obligados a construir frente a los conflictos en los países socialistas. Y Juan Lozano y Lozano, dirigente e intelectual liberal, distinguió con precisión jurídica entre "el asalto criminal y bárbaro" y la "insurrección moralmente justa y vital y políticamente obligatoria de grupos oprimidos". Un solo debate reunía a un socialista, un comunista y un liberal en torno a un episodio internacional cuya discusión pública en Colombia era, en 1956, prácticamente imposible fuera de las páginas de una revista literaria.

Lo mismo ocurrió, de otra manera, con la Violencia colombiana. El régimen tenía interés en que la Violencia dejara de ser tema: la pacificación era su bandera fundacional, y admitir que en Villarrica había continuado la guerra, o que en enero de 1957 se renovaba en los Llanos, habría contradicho la narrativa oficial. Los diarios clausurados no podían ya contarlo, y los que quedaban operaban bajo censura. Mito no fue una revista de reportaje —no era su naturaleza—, pero sí un espacio donde la Violencia se elaboró oblicuamente: en la narrativa de García Márquez, en los relatos de Pedro Gómez Valderrama, en la sensibilidad general de una generación cuya escritura no podía prescindir de esa experiencia histórica. El silencio que la censura imponía en la esfera pública se compensaba en la esfera literaria por un tratamiento cifrado, elaborado, oblicuo, que hizo de la revista menos un dispositivo consciente de resistencia que un síntoma cultural de una crisis que el Estado pretendía negar.

La operación de Mito no fue una toma de posición limpia contra la dictadura, sino una negociación permanente con los márgenes que el régimen dejaba abiertos. La revista no fue clausurada; sus directores no fueron encarcelados; el proyecto pudo circular en librerías bogotanas mientras se ejecutaban operativos militares en Villarrica y se allanaban redacciones de diarios ya cerrados. Esa relativa impunidad se debía en parte al carácter minoritario del público lector, en parte al prestigio social de quienes firmaban, en parte a que la revista no ejercía una crítica frontal al régimen sino una elaboración oblicua de sus efectos. Lo que desde la memoria posterior se lee como resistencia fue, en el momento, una convivencia tensa: sostener una escritura libre en un país donde la libertad de imprenta estaba suspendida obligaba a calcular constantemente qué se decía, cómo se decía y qué se callaba. Ese cálculo, no la heroicidad, fue el gesto cotidiano de Mito entre 1955 y 1957. Y conviene no idealizarlo: la línea entre la elaboración oblicua y la autocensura es fina, y los propios directores no siempre supieron —ni quisieron saber— dónde exactamente pasaba.

Sartre como caballo de Troya

El referente intelectual central de la generación fue el existencialismo francés, con Jean-Paul Sartre como faro reconocido. La elección tenía una lógica precisa. El existencialismo permitía articular tres rupturas que la generación necesitaba: una ruptura estética con el mimetismo de Piedra y Cielo, porque proponía una literatura de la situación concreta antes que de la evocación lírica; una ruptura política con el catolicismo autoritario del laureanismo y con el corporativismo del proyecto de 1953, porque la libertad como categoría filosófica era incompatible con cualquier orden que la subordinara a un fin trascendente; y una ruptura con el realismo costumbrista dominante en la narrativa colombiana, porque desplazaba el foco de la descripción sociológica al problema de la conciencia frente a la historia.

Pero el existencialismo funcionó también como caballo de Troya modernizador. Publicar traducciones de Sartre en 1955 no era un gesto militante en un país donde la mayoría de los lectores no había leído L'existentialisme est un humanisme ni La Nausée: era una operación de importación cultural que ponía a Colombia en el mismo tiempo que París, Buenos Aires y La Habana. Lo mismo valía para Brecht —cuyo teatro proponía otra concepción del arte político— y para Beckett, cuyo En attendant Godot era, en 1955, novedad europea reciente. La revista funcionaba a la vez como aula, como laboratorio y como puente. Y esa función, en el contexto de una dictadura que apelaba a la tradición hispánica y católica como cemento ideológico, tenía consecuencias que trascendían lo estrictamente literario: traducir a Sartre era, sin proclamarlo, discutir en voz baja los fundamentos del orden que Rojas y sus ideólogos daban por naturales.

El propio Gaitán Durán, sin embargo, se distanció con el tiempo de Sartre. Ese alejamiento —cuyos motivos se desarrollarían en su obra ensayística posterior— revela algo importante sobre la revista: no era un órgano doctrinario ni una secta filosófica. Era un campo de tensiones donde el existencialismo francés convivía con la fenomenología alemana (por vía de Gutiérrez Girardot y Cruz Vélez), con la crítica marxista (Darío Mesa), con el socialismo independiente (Molina) y con el liberalismo reformador (Lozano y Lozano). Su cohesión fue más estética que política, más generacional que ideológica. Nadie firmaba un manifiesto en Mito; se firmaban textos que compartían, a lo sumo, un tono, una exigencia y una manera de entender que la literatura tenía algo que ver con la libertad aunque no siempre con la política inmediata.

Cafés, librerías y sesenta páginas trimestrales

Una revista es también un lugar físico, y Mito pertenece a una geografía muy precisa. Se hizo en Bogotá, en la ciudad de la Librería Central, del Café Automático y de los cafés noctámbulos donde ya habían tertuliado Los Nuevos y Piedra y Cielo, y donde ahora tertuliaban Gaitán Durán, Valencia Goelkel, Cote Lamus, Gómez Valderrama, Mutis y Charry Lara. Era una sociabilidad de proximidad —Bogotá era todavía una ciudad manejable a pie, con un centro donde uno se cruzaba a los mismos veinte interlocutores en el curso de una tarde— y de intensidad: la revista se pensaba en la conversación diaria antes que en las reuniones editoriales formales. Un poema se leía en voz alta sobre una mesa manchada de café antes de llegar a las galeradas, y una traducción de Beckett podía discutirse a las tres de la madrugada con el tipógrafo esperando el material a la mañana siguiente.

Esa dimensión material importa porque explica cómo un proyecto sostenido por muy pocas personas pudo tener el impacto que tuvo. No hacía falta una infraestructura: bastaban dos o tres cabezas centrales, un par de traductores capaces, una red epistolar con París —donde Gaitán Durán pasaba largas temporadas— y con Friburgo, y una imprenta que aceptara tirajes modestos. La revista circulaba entre lectores contados —el mercado real de la alta cultura colombiana de los años cincuenta era pequeñísimo—, pero esos lectores incluían a quienes iban a ser, en las dos décadas siguientes, los protagonistas del campo intelectual del país. Mito no era un fenómeno de masas ni pretendía serlo: era un dispositivo de formación de una elite letrada que, en circunstancias más normales, se habría formado por otras vías. Bajo Rojas, con los diarios cerrados y la universidad tensionada, esa función se concentró y adquirió una densidad que no habría tenido en la Colombia liberal de los años cuarenta.

La economía del proyecto tuvo un aire de milagro discreto. Sesenta páginas trimestrales, con traducciones cuidadas y colaboraciones internacionales, no salían solas. Paz, Cortázar, Fuentes escribían por prestigio, por amistad, por afinidad con el proyecto, no por honorarios que la revista jamás habría podido pagar. Los traductores locales eran los propios editores o su círculo inmediato: uno traducía a Sartre por la tarde y editaba a Mutis por la noche. La imprenta se sostenía con suscripciones, ventas de librería y aportes personales de los directores. Gaitán Durán, hijo de una familia acomodada de Norte de Santander, subvencionó en buena parte la existencia material de la revista, y esa base económica —una pequeña fortuna familiar puesta al servicio de un proyecto de importación cultural— fue tan determinante como la formación intelectual del director para explicar la viabilidad del proyecto. Sin ese respaldo privado, la aventura no habría llegado al segundo número. Que Colombia fuera, en los años cincuenta, un país donde una revista de sesenta páginas podía sostenerse con recursos personales modestos y donde el mercado de la alta cultura, aunque estrecho, era suficientemente denso como para reconocer y consumir una publicación de ese perfil, dice algo sobre el país y también sobre las condiciones —irrepetibles— en que Mito fue posible.

SENDAS y la erosión final

Mientras Mito consolidaba su lugar en el pequeño mundo letrado bogotano, el régimen intentaba construir su propia base política popular. La figura central de esa operación fue María Eugenia Rojas, hija del presidente, nombrada a los 21 años directora de la Secretaría Nacional de Asistencia Social (SENDAS). Desde allí organizó el reparto de víveres en los barrios tuguriales de Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla, y la distribución de ropa y juguetes navideños. La operación generó apoyo popular real entre las capas desclasadas urbanas, y ese capital político sería el sustrato sobre el que Rojas construiría, tras ser derrocado, su movimiento de oposición. Pero SENDAS simbolizó también el enfoque casual y personalista de una administración marcada por el derroche y la mala gestión: una política social de gesto navideño en lugar de institucionalidad.

El intento de Rojas de afirmarse en un proyecto populista propio —apoyándose en fuerzas populares y sindicales, fundando su propio partido, distanciándose de los mentores ospinistas y liberales del golpe de 1953— provocó exactamente lo contrario de lo que buscaba: la reunificación del bloque de poder tradicional en su contra. La caída del precio del café desde 1955, el gasto excesivo en obras públicas, las críticas del empresariado a la intervención estatal en la economía privada, la censura a los diarios y los crímenes en la Plaza de Toros de Bogotá en 1956 fueron erosionando la base del régimen. El 24 de julio de 1956, Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez suscribieron en Benidorm, España, el pacto que estableció la alianza entre el liberalismo y la facción laureanista del conservatismo para enfrentar al gobierno militar, proponiendo "el regreso a la normalidad jurídica". La última facción conservadora que respaldaba a Rojas le retiró su apoyo en los meses siguientes.

El 10 de mayo de 1957, Rojas Pinilla fue depuesto. El poder pasó a una junta militar de transición, y el país entró en la fase de negociación que desembocaría en el Frente Nacional. Los integrantes del grupo de Mito vivieron esa transición como jóvenes profesionales ya en pleno ejercicio, con posiciones políticas diversas pero con una actitud crítica común ante la situación del país. Gaitán Durán había cumplido treinta y dos años; Valencia Goelkel, treinta y dos también; García Márquez, treinta; Mutis, treinta y cuatro. Eran ya escritores hechos, no promesas, y el fin del régimen los encontró con obra publicada, redes internacionales activas y un lugar propio en el campo cultural que la Colombia posterior al Frente Nacional no podría desconocer.

Lo que dejó

La revista continuó publicándose hasta 1962, año en que dejó de aparecer coincidiendo con la muerte de Gaitán Durán. En el período específico que aquí importa —1955 a mayo de 1957—, la revista logró tres cosas que ninguna otra publicación colombiana de esos años consiguió reunir.

Primero, ofreció a una generación de escritores un lugar de aparición. García Márquez, Mutis, Gómez Valderrama, Charry Lara, Cote Lamus consolidaron en sus páginas su lugar en el campo literario. La publicación de El coronel no tiene quien le escriba en Mito es, en la carrera de García Márquez, un hito editorial que precede al reconocimiento internacional posterior. Segundo, articuló una red latinoamericana de circulación intelectual que puso a Bogotá en el mismo mapa que Buenos Aires, La Habana y Ciudad de México en un momento en que la ciudad no tenía instituciones culturales de proyección continental. La aparición de Octavio Paz desde el primer número, la presencia posterior de Cortázar, Fuentes y Carpentier, sitúan a Mito como uno de los nudos —modesto pero real— de la conversación continental que preparó el terreno para lo que en los años sesenta se llamaría el boom. Tercero, mantuvo abierto durante la dictadura un espacio de discusión pública sobre temas que la esfera oficial había silenciado: la Violencia, el comunismo, la libertad, la relación entre intelectuales y poder.

A largo plazo, Mito fue reconocida por la Generación sin Nombre de los años setenta como su antecedente directo, junto con Los Nuevos y Piedra y Cielo, en la tradición literaria colombiana. Frente al Nadaísmo —que había ocupado la escena en los años sesenta con una postura de ruptura provocadora—, la Generación sin Nombre se propuso continuar la empresa intelectual que Mito había inaugurado: una modernización sostenida, atenta a la tradición europea y latinoamericana, exigente en la crítica, escéptica frente a los populismos culturales. Esa filiación es quizás el testimonio más elocuente de que la revista logró, en sus siete años de existencia, algo raro en la vida cultural colombiana: convertirse en referente sin haberlo buscado programáticamente.

Mito no derrocó a Rojas Pinilla —eso lo hicieron el Pacto de Benidorm, la caída del precio del café, la pérdida del apoyo empresarial y militar—, pero cuando la dictadura cayó en mayo de 1957, la conversación intelectual del país tenía un lugar donde continuar. Ese lugar lo habían construido Gaitán Durán, Valencia Goelkel y sus colaboradores durante los dos años previos, mientras la mayor parte de la esfera pública oficial se hundía en el silencio. Lo que hicieron no fue heroico ni programático, y tampoco fue puro: negociaron con los márgenes del régimen, callaron lo que era prudente callar, financiaron con dinero familiar lo que ninguna institución pública iba a financiar, y en ese cálculo sostenido, semana a semana, número a número, mantuvieron abierta una puerta estrecha por la que, cuando la dictadura cayó, pudo volver a entrar el aire.