Negociación de Santa Fe de Ralito y desmovilización paramilitar (2003–2006)
El 15 de julio de 2003, el gobierno de Álvaro Uribe Vélez y los jefes de las AUC firmaron el Acuerdo de Santa Fe de Ralito, desencadenando el mayor desarme de una organización armada ilegal en la historia reciente de Colombia: 38 ceremonias colectivas, más de 31.600 desmovilizados y 18.051 armas entregadas entre 2003 y 2006. El proceso abrió el ciclo colombiano de la justicia transicional con la Ley 975 de 2005, pero convivió con masacres, infiltración narcoparamilitar y redes políticas que permanecieron intactas.
- Existencia de una federación paramilitar fragmentada y en expansión, financiada en buena medida por el narcotráfico, que el Estado colombiano buscaba desactivar como parte de la política de Seguridad Democrática de Uribe.
- Contactos preliminares durante el gobierno Pastrana (alias 'el Águila') y cese al fuego unilateral de las AUC desde el 1 de diciembre de 2002, que crearon las condiciones para abrir una mesa formal.
- Éxitos tempranos de la Seguridad Democrática —reducción del secuestro, control de carreteras, contracción de áreas guerrilleras— que generaron el contexto político favorable para exigir a las AUC un gesto simétrico.
- Interés de sectores narcotraficantes dentro de las AUC en usar la negociación para blindarse frente a la extradición a Estados Unidos, lo que los impulsó a participar activamente en el proceso.
- Presión de la comunidad internacional y de organizaciones de derechos humanos para que Colombia adoptara un marco de justicia transicional que reconociera los derechos de las víctimas.
- Desmovilización formal de más de 31.600 personas en 38 ceremonias colectivas y entrega de 18.051 armas, constituyendo el mayor proceso de desarme de una organización armada ilegal en la historia reciente de Colombia.
- Aprobación de la Ley 975 de 2005 (Ley de Justicia y Paz), que instauró la pena alternativa de 5 a 8 años y reconoció los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación, inaugurando el ciclo colombiano de justicia transicional.
- Sentencia C-370 de 2006 de la Corte Constitucional, que respaldó la arquitectura general de la Ley 975 pero eliminó normas que recortaban los derechos a la verdad y la reparación, y endureció los requisitos de acceso a la pena alternativa.
- Persistencia de la violencia durante las negociaciones, ilustrada por la masacre de Bahía Portete (abril de 2004) y otras acciones del Bloque Norte y estructuras afines, que demostraron que el cese al fuego nunca fue efectivo.
- Infiltración del proceso por narcotraficantes que compraron franquicias paramilitares o se incorporaron sin cumplir requisitos, dejando intactas las bases financieras y criminales del fenómeno.
- Surgimiento del fenómeno de las 'bandas criminales' (BACRIM) tras la desmovilización, al no desmantelarse las redes económicas, políticas y de narcotráfico que sostenían el paramilitarismo.
- Apertura del proceso de 'parapolítica': las versiones libres y las investigaciones de Justicia y Paz revelaron los vínculos entre jefes paramilitares, políticos, empresarios y funcionarios, aunque los terceros civiles quedaron en gran medida fuera del alcance de la ley.
- Asesinato de Carlos Castaño Gil el 16 de abril de 2004, que dejó el proceso en manos de la corriente narcoparamilitar interesada en evitar la extradición y reconfiguró el liderazgo de las AUC durante las negociaciones.
Santa Fe de Ralito y la desmovilización de las AUC
El 15 de julio de 2003, en un caserío del municipio de Tierralta, en el sur de Córdoba, el Alto Comisionado de Paz Luis Carlos Restrepo firmó con nueve jefes y dirigentes de las Autodefensas Unidas de Colombia el Acuerdo de Santa Fe de Ralito. El documento comprometía a esa federación de estructuras paramilitares a desmovilizar a la totalidad de sus miembros en un proceso gradual que debía concluir el 31 de diciembre de 2005. De ahí arrancó el mayor desarme de una organización armada ilegal en la historia reciente de Colombia: entre noviembre de 2003 y agosto de 2006, treinta y ocho ceremonias colectivas entregaron algo más de 31.600 combatientes y 18.051 armas. De ahí arrancó también el ciclo colombiano de la justicia transicional, cristalizado en la Ley 975 de 2005. Y arrancó, en paralelo, una transacción incompleta: mientras la mesa avanzaba, el Frente Contrainsurgencia Wayúu masacraba Bahía Portete; mientras los bloques se desmovilizaban, narcotraficantes compraban su lugar entre los comandantes; mientras se firmaban actas, las redes políticas del paramilitarismo se blindaban en el poder local y regional. La pregunta que Ralito abrió —y no cerró— es si desmovilizar ejércitos equivale a desmontar un fenómeno.
El terreno del que brota Ralito
Las AUC eran, en 2002, menos una organización que una alianza coyuntural. Bajo un nombre común operaban señores de la guerra, redes de narcotráfico y contrainsurgencias regionales con lógicas propias, articuladas por los hermanos Carlos y Vicente Castaño Gil pero cada vez más autónomas frente a ellos. La expansión acelerada de la federación durante los años previos había producido una fragmentación interna feroz: mandos regionales reclamaban autonomía apoyados en rentas del narcotráfico y en economías locales, y algunos de esos mandos no eran cuadros históricos de la contrainsurgencia sino narcotraficantes que habían comprado —literalmente— una "franquicia" paramilitar a los Castaño para transformarse en comandantes de bloques. Carlos Mario Jiménez, alias Macaco, vinculado al cartel del norte del Valle, accedió por esa vía al mando del Bloque Central Bolívar; el mecanismo se repetiría con otros.
El antecedente institucional de la negociación es más antiguo de lo que suele recordarse. Durante el gobierno de Andrés Pastrana, un interlocutor identificado como alias el Águila se acercó al Ejecutivo asegurando tener capacidad para unificar a los paramilitares y abrir una mesa; el propio Pastrana reconocería después esos contactos como germen de lo que Álvaro Uribe Vélez consolidaría desde 2002. Al asumir la Presidencia, Uribe planteó la desmovilización como componente de su política de Seguridad Democrática. Los primeros resultados de esa política —control en carreteras, reducción del secuestro, contracción de áreas guerrilleras, cese casi total de ataques a poblaciones— generaron el contexto favorable para exigirle a las AUC un gesto simétrico. Ese gesto llegó por carta: el 1 de diciembre de 2002, las autodefensas se acogieron a un cese al fuego unilateral.
El 23 de diciembre de ese año, el Gobierno designó una Comisión Exploratoria de Paz. Los primeros encuentros con Salvatore Mancuso, Carlos Castaño y Freddy Rendón Herrera —alias el Alemán— tuvieron lugar en la hacienda Jaraquiel, en los límites entre Córdoba y el Urabá, con mediación de obispos regionales. Desde esas reuniones iniciales, Restrepo descartó la amnistía y planteó a los jefes la necesidad de acogerse a un modelo de justicia transicional. La Iglesia católica, a través de monseñores Germán García y Julio César Vidal y del padre Leónidas Moreno, operó como facilitadora entre bloques que no se hablaban entre sí. La fragmentación era tal que el Gobierno terminó abriendo cuatro mesas paralelas para acomodar a facciones en orillas opuestas, incluidas las que giraban alrededor de Vicente y Carlos Castaño, cada vez más enfrentados.
La mesa, las franquicias y el asesinato de Castaño
La firma del 15 de julio de 2003 selló un compromiso ambicioso en el papel: desmovilización total, gradual, para el 31 de diciembre de 2005. Los suscriptores por las AUC —Hernán Hernández, Ramiro Vanoy, Luis Cifuentes, Francisco Tabares, Adolfo Paz (nombre público de Diego Fernando Murillo, alias Don Berna), Jorge Pirata, Vicente Castaño, Carlos Castaño y Salvatore Mancuso— reunían a la vez a comandantes militares históricos y a figuras con vínculos profundos con el narcotráfico. Esa doble condición marcaría todo el proceso.
La fractura estalló en abril de 2004. El 16 de ese mes, Carlos Castaño Gil fue asesinado por colaboradores de confianza que, según reconstrucciones periodísticas, actuaban bajo órdenes de Don Berna. La disputa que llevó al crimen tenía nombre: extradición. Berna y los sectores narcotraficantes de las AUC apostaban a evitarla mediante la negociación con el Estado colombiano; Castaño la consideraba inevitable y, según rumores insistentes, había explorado una entrega directa a la DEA a cambio de una sentencia más benigna. La muerte del fundador dejó al proceso en manos de la corriente que quería usarlo, ante todo, para blindarse frente a Estados Unidos.
Ese giro convirtió a la mesa en un imán para actores espurios. Narcotraficantes del norte del Valle conocidos como Don Diego y Jabón, jefes de Los Machos y Los Rastrojos, rebautizaron sus ejércitos privados como estructuras paramilitares para acceder a los beneficios jurídicos que se preparaban, aun cuando se hacían la guerra entre sí. Francisco Javier Zuluaga Lindo, alias Gordolindo, entró al proceso de Justicia y Paz sin cumplir siquiera los requisitos: la Fiscalía establecería más tarde que no pertenecía a las estructuras financieras, políticas o militares de las AUC. El Gobierno aceptó la presencia de los narcotraficantes que ya habían comprado su lugar antes de la mesa y trazó una línea —no se admitirían nuevos comandantes—, pero varios siguieron intentando incorporarse mientras el proceso permaneció abierto.
Ese arreglo no fue accesorio: fue constitutivo. Al pactar con una contraparte cuya cúpula incluía comandantes-narcotraficantes recién llegados, el Estado aceptó de entrada que la desmovilización no distinguiría entre contrainsurgentes históricos, empresarios de la coca y bandas del narcotráfico camufladas. El resultado sería una desmovilización de estructuras militares visibles sobre una base financiera y criminal que en buena medida quedaba intacta.
Las ceremonias: cifras precisas, verdades porosas
La primera desmovilización colectiva se produjo el 25 de noviembre de 2003, con el Bloque Cacique Nutibara en Medellín —la zona de ubicación estuvo en La Ceja, en el oriente antioqueño— y 868 combatientes entregados. La cifra fue cuestionada desde muy pronto. Años después, en versión libre ante el Tribunal Superior de Justicia y Paz, Freddy Rendón Herrera declararía que la desmovilización del Nutibara había sido una farsa: la mitad de los presentados no eran paramilitares y el total real de miembros de las AUC no pasaba de 16.000. Otras estructuras, como las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, reclutaron trabajadores rurales y campesinos hasta un año antes de sus ceremonias, ofreciéndoles los beneficios económicos del programa de reintegración.
El ritmo se aceleró tras un momento clave. El 10 de diciembre de 2004, Salvatore Mancuso desmovilizó el Bloque Catatumbo; el propio monseñor Vidal recordaría esa decisión como el punto que destrabó los desarmes colectivos. Entre noviembre de 2004 y diciembre de 2005 se desmovilizaron más de veinte grupos con más de 13.000 combatientes. En Urabá y Córdoba, el proceso fue escalonado y conflictivo. El Bloque Bananero abrió la secuencia el 25 de noviembre de 2004 con 451 hombres; dos meses más tarde, el 18 de enero de 2005, el Bloque Córdoba entregó 925; en junio siguió el Bloque Héroes de Tolová con 464, y entre abril y agosto de 2006 las tres fracciones del Bloque Élmer Cárdenas cerraron el ciclo regional con 309, 484 y 743 integrantes respectivamente. En total, la macrorregión aportó 3.376 combatientes y 2.068 armas: la relación armas-personas ya prefiguraba la sombra que caería sobre las cifras finales.
Los grandes números resultaron notables. Treinta y ocho actos entre noviembre de 2003 y el 15 de agosto de 2006, cuando el Élmer Cárdenas cerró el ciclo. Un total que oscila entre 31.671 y 31.689 desmovilizados según los registros. 18.051 armas. Las estructuras mayores fueron los bloques Central Bolívar, Norte, Mineros, Héroes de Granada y Élmer Cárdenas, con volúmenes que iban desde los seis mil largos combatientes del Central Bolívar hasta los mil quinientos del Élmer Cárdenas. La relación armas-personas, sin embargo, delataba el problema: en uno de los subconjuntos analizados se entregó apenas un arma por cada 1,6 desmovilizados. La sobrerrepresentación de personas y la subrepresentación de armamento apuntaban a lo que las versiones libres confirmarían: en las listas figuraban muchos que nunca habían disparado un fusil, y quedaban fuera armas —y personas— que continuaban en el monte.
La Ley 975 y la disputa sobre lo que es justicia
El marco jurídico llegó tarde y en medio de una intensa polémica. La Ley 975 de 2005, conocida como Ley de Justicia y Paz, fue aprobada por el Congreso en julio de ese año y sancionada por el gobierno Uribe. Su corazón era una pena alternativa de entre cinco y ocho años para los desmovilizados postulados que cumplieran los requisitos, aplicable incluso cuando ya existían condenas ordinarias por crímenes atroces. En su artículo 8 reconoció el derecho a la reparación de las víctimas —restitución, indemnización, rehabilitación, satisfacción y garantías de no repetición— y consagró los derechos a la verdad y la justicia.
Las organizaciones de víctimas y de derechos humanos la calificaron desde el trámite como una ley de impunidad. La objeción de fondo era de proporcionalidad: cinco a ocho años por masacres, desapariciones forzadas y desplazamiento masivo. La disputa desembocó en la Sentencia C-370 de la Corte Constitucional, del 18 de mayo de 2006, que respaldó la ley en su arquitectura general pero retiró del ordenamiento las normas que recortaban el derecho a la verdad y las que erosionaban el derecho a la reparación. La Corte endureció, sobre todo, la puerta de entrada: para acceder a la pena alternativa, los desmovilizados debían decir toda la verdad desde su primera versión libre. No cuestionó, en cambio, la institución misma de la pena alternativa. Un magistrado dejó constancia de su desacuerdo: la decisión mayoritaria, escribió, había avalado la pena alternativa sin exigir proporcionalidad mínima y había roto la unidad de los tres derechos —verdad, justicia, reparación— que la propia ley invocaba.
Más decisivo aún fue lo que la ley no tocó. Se aplicó a los excombatientes de las AUC postulados al proceso. Quedaron por fuera —y en la práctica, cobijados por amnistía— los patrulleros, buena parte de los mandos medios, militares involucrados y los terceros civiles: empresarios, ganaderos, políticos, contratistas, funcionarios locales que habían financiado, tolerado o instrumentalizado la violencia paramilitar. No fue un descuido técnico. Fue una decisión política. La ley diseñó un embudo por el que pasarían los jefes armados —con nombres, con caras, con víctimas identificables— mientras la red de beneficiarios económicos y políticos permanecía en la sombra. La justicia transicional colombiana nació, así, con una asimetría inscrita en su propia arquitectura.
En la práctica judicial, además, la jurisdicción de Justicia y Paz se orientó al menos en algunos casos a verificar la confesión y los requisitos legales para conceder el beneficio, más que a investigar autónoma e integralmente los crímenes. La verdad quedó atada a lo que el postulado quisiera contar.
La guerra durante la paz
Ralito nunca fue una tregua real. El cese unilateral de hostilidades declarado desde diciembre de 2002 convivió con episodios de violencia extrema perpetrados por las mismas estructuras que negociaban. El caso que condensa esa paradoja es la masacre de Bahía Portete, en la Alta Guajira, cometida entre el 18 y el 20 de abril de 2004 —dos días después del asesinato de Carlos Castaño en Antioquia— por el Frente Contrainsurgencia Wayúu, unidad adscrita al Bloque Norte de las AUC, estructura que operaba bajo el mando de Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40. Seis personas fueron asesinadas, cuatro de ellas mujeres. Los paramilitares profanaron el cementerio, quemaron casas y torturaron a mujeres wayúu, lesionando culturalmente a la comunidad en sus referentes simbólicos más sagrados. El hecho provocó el desplazamiento forzado de familias enteras.
Bahía Portete no fue un exceso aislado. El propio Frente Contrainsurgencia Wayúu había cometido durante 2003 la masacre de Majayura, en Maicao, el 13 de julio —dos días antes de la firma de Ralito—, con la que expandió el área de injerencia del Bloque Norte en La Guajira. Masacres, asesinatos selectivos y desplazamientos consolidaron el control territorial de la estructura durante los años de negociación. El frente nunca se desmovilizó y permaneció activo después de 2005 en el tráfico de drogas y la extorsión.
En Arauca, el 20 de mayo de 2004, la masacre de Tame sumó presión al proceso. El 28 de mayo, Luis Carlos Restrepo se pronunció públicamente exigiéndoles a las AUC el respeto al cese de hostilidades. La exigencia llegaba tarde y sin instrumentos. Durante todo el período, la guerra entre el Bloque Metro y el Bloque Cacique Nutibara victimizó a la población civil en la fase exploratoria y en la de desmovilización paramilitar en Medellín. El Bloque Centauros entró en confrontación armada con las Autodefensas Campesinas del Casanare, uno de los episodios más brutales de una guerra intra-paramilitar sostenida mientras ambas estructuras se sentaban —o decían sentarse— a negociar. En Tierralta, Córdoba, en las veredas Mulatos y La Resbalosa, paramilitares asesinaron a dos familias campesinas: ocho víctimas, tres de ellas menores de edad, torturadas, decapitadas y desmembradas.
Leídas juntas, esas violencias no fueron un ruido de fondo. Fueron la lógica normal de actores que usaban la mesa para consolidar territorios, eliminar rivales internos y disciplinar poblaciones antes del desarme. El cese al fuego fue instrumental de un lado y del otro: para las AUC, un espacio para reordenar el mapa; para el Gobierno, un costo político asumido con tal de mantener el proceso abierto.
Parapolítica: el paramilitarismo entra al Congreso
Mientras los fusiles se entregaban, otra dimensión del poder paramilitar salía a la luz. Las AUC habían desplegado desde años atrás una estrategia de alineamiento con políticos, especialmente en los departamentos del norte donde habían quebrado el dominio guerrillero. La ambición era clara: convertirse en árbitros territoriales de las elecciones, poner alcaldes, concejales, diputados, congresistas.
Los indicios se acumularon con velocidad. Salvatore Mancuso, en declaraciones citadas por la Revista Semana, afirmó haber manejado 25 de los 28 municipios de Córdoba mediante el apoyo paramilitar. El Frente Contrainsurgencia Wayúu del Bloque Norte cooptó la administración municipal de Riohacha mediante desvío de recursos de las Administradoras del Régimen Subsidiado en salud, sobornos a alcaldes y concejales, y participación de legisladores que entregaban un porcentaje de sus recursos a la organización; el alcalde Wilder Ríos fue destituido y encarcelado por ese caso. En Caldas, el llamado Pacto del Tambor, celebrado en la vereda El Tambor del municipio de La Merced, con participación paramilitar vinculada a Iván Roberto Duque, alias Ernesto Báez, negoció con aspirantes a la Cámara de Representantes por el Partido Liberal —Enrique Emilio Ángel Barco, Dixon Ferney Tapasco Triviño y Juan Pablo Sánchez— la sectorización territorial de la campaña y la asignación del quinto renglón de la lista para las elecciones de marzo de 2006.
El escándalo estalló con la información hallada en el computador de Jorge 40 y con las declaraciones que los propios paramilitares hicieron desde la cárcel a los medios. Cerca del 35% del Congreso llegó a ser investigado por vínculos con el paramilitarismo, junto con concejales, alcaldes y gobernadores; sesenta parlamentarios terminaron condenados. La parlamentaria por Córdoba Zulema Jattin Corrales, recién posesionada como presidenta de la Cámara de Representantes, gestionó una visita de jefes paramilitares al Congreso. Un funcionario del área de Informática del DAS declaró públicamente y ante la Fiscalía que el entonces director Jorge Noguera había puesto la entidad al servicio de Jorge 40 y de los paramilitares de la costa Caribe.
La parapolítica reveló que la captura del Estado local y nacional —municipios enteros administrados por proxies, entidades de inteligencia infiltradas, listas al Congreso negociadas en fincas— fue el logro más duradero del paramilitarismo. Y reveló, con dureza, lo que la Ley 975 había excluido de su alcance: aquellos terceros civiles y políticos beneficiarios de la violencia no serían investigados por Justicia y Paz. Tras las condenas, la mayoría de los parapolíticos apoyó en las elecciones siguientes a familiares o allegados —primos, esposas, esposos—, dando origen a los llamados herederos del escándalo, que preservaron el caudal electoral construido con las armas.
Mayo de 2008: el corte de la extradición
En la madrugada del 13 de mayo de 2008, sin previo aviso, el Gobierno colombiano extraditó a Estados Unidos a catorce jefes paramilitares. Entre ellos, Salvatore Mancuso, Jorge 40, Don Berna, Hernán Giraldo Serna y Carlos Mario Jiménez, todos acusados de narcotráfico. El presidente Uribe justificó la decisión argumentando que los jefes habían continuado delinquiendo desde la cárcel. En el caso de Macaco, el Gobierno alegó específicamente que había seguido dirigiendo el narcotráfico desde Itagüí tras su desmovilización.
La decisión estaba condicionada por presiones internas y externas. En Estados Unidos, el Departamento de Justicia y la DEA exigían la extradición inmediata; la CIA y el Departamento de Estado pedían posponerla hasta que terminara la desmovilización. Las solicitudes estaban activas desde años atrás: Hernán Giraldo Serna, por ejemplo, contaba con requerimiento del Tribunal del Distrito de Columbia desde marzo de 2004 y había participado en audiencias de versión libre ante la Fiscalía de Justicia y Paz entre junio de 2007 y febrero de 2008, apenas tres meses antes de ser embarcado en el avión.
Las consecuencias fueron severas para los procesos internos. No existía un convenio de cooperación judicial entre Colombia y Estados Unidos que garantizara el acceso pleno de la justicia colombiana a los extraditados, lo que limitó gravemente las versiones libres de Justicia y Paz y las investigaciones de la Corte Suprema por parapolítica. Los tribunales estadounidenses procesarían a los paramilitares por narcotráfico —cargos de delitos comunes—, no por violaciones a los derechos humanos ni por vínculos con fuerzas de seguridad y políticos colombianos. Organizaciones de víctimas y de derechos humanos denunciaron que la extradición interrumpía procesos judiciales en curso por crímenes de lesa humanidad y sacrificaba verdad y reparación en el altar del narcotráfico. Buena parte de las revelaciones sobre la parapolítica, sobre financiadores empresariales, sobre operaciones con inteligencia estatal, se detuvo en seco; los extraditados dosificaron desde las cárceles federales estadounidenses lo que estaban dispuestos a contar, y a qué ritmo. El Gobierno colombiano conseguiría en años posteriores accesos limitados, pero el daño al proceso de verdad era irreversible.
BACRIM: la reconfiguración inmediata
Antes incluso de que terminara la desmovilización, los territorios recién vaciados comenzaron a llenarse de nuevo. La reconfiguración criminal posdesmovilización adoptó tres formas simultáneas: grupos completamente nuevos; estructuras compuestas por combatientes desmovilizados que se rearmaron; y facciones de paramilitares que nunca se desmovilizaron —el Frente Contrainsurgencia Wayúu es el ejemplo canónico—. Ese último caso importa porque desmiente de raíz la narrativa oficial: no todos los paramilitares dejaron las armas, y algunos de los que siguieron delinquiendo lo hicieron sin haber pasado siquiera por la ficción de una ceremonia de entrega.
El Gobierno bautizó a esos grupos como Bandas Criminales Emergentes, BACRIM, y sostuvo con insistencia una tesis: "el paramilitarismo en Colombia ha sido extinguido y sus líderes están en la cárcel". Investigadores, ONG y observatorios académicos usaron un término distinto, neoparamilitarismo, para señalar la continuidad. Llamarlos BACRIM permitía leerlos como criminalidad común desligada del conflicto armado, exculpar al Estado de una prolongación del fenómeno anterior y descartar la responsabilidad política sobre sus víctimas; llamarlos neoparamilitares obligaba a reconocer que las redes económicas, sociales y en muchos casos armadas del paramilitarismo seguían operando bajo nuevos rótulos, con los mismos financiadores y los mismos aliados. El nombre decidía la agenda.
Las cifras acompañaron la evidencia. En 2008, la Corporación Nuevo Arco Iris documentó la existencia de cien bandas con veintiún nombres distintos y aproximadamente ocho mil integrantes, presentes en 246 de los 1.102 municipios del país; la costa Caribe concentraba el 40% de sus efectivos. Para 2011, estimaciones independientes hablaban de presencia reconocida en unos 209 municipios y cerca de 10.500 combatientes, por encima de las cifras oficiales. La brecha entre lo que reportaba el Gobierno y lo que documentaban las organizaciones sociales fue, ella misma, un capítulo de la disputa política sobre el fenómeno.
Córdoba y Urabá, epicentro histórico del despliegue nacional de las AUC, se convirtieron en punto de convergencia clave, con alto nivel de rearme de desmovilizados y participación de no desmovilizados. Los Urabeños —después Autodefensas Gaitanistas de Colombia— y Los Paisas emergieron como estructuras dominantes, aunque ninguna se impuso completamente, y la fragmentación en zonas de disputa reprodujo el desorden anterior. Los mismos corredores de la coca, las mismas trochas al Golfo, los mismos puertos: cambiaba la sigla y en algunos casos también el mando, pero no la geografía económica que había alimentado a los bloques.
La continuidad tuvo consecuencias inmediatas sobre desmovilizados y comunidades. Desde 2006, en Barrancabermeja y el sur de Bolívar, grupos paramilitares presionaron con amenazas y asesinatos a desmovilizados que se negaban a reincidir: al menos ocho asesinatos documentados por la Policía durante 2006 y parte de 2007, cifra que organizaciones sociales elevaron a quince. Las AGC instalaron desde 2008 personas vestidas de civil en territorios de comunidades afrocolombianas e indígenas para vigilar a sus líderes y neutralizar la organización social, replicando el patrón de vigilancia territorial que había caracterizado al paramilitarismo clásico. En municipios como Río Viejo, en Bolívar, Águilas Negras ejerció extorsión y control social. La cadena productiva de la coca, en Urabá y Córdoba, articuló buena parte de los grupos herederos entre 2005 y 2009, y las víctimas fueron, otra vez, líderes sociales, comunidades étnicas y campesinos que se atravesaban en el negocio.
Un cierre que no cerró
Ralito reconfiguró el mapa del conflicto y abrió el ciclo colombiano de la justicia transicional. Esos son sus dos legados más grandes y, medidos por la escala de lo desmovilizado, incuestionables: más de treinta y un mil hombres bajo mando armado dejaron formalmente las armas, y el país incorporó por primera vez a su ordenamiento un lenguaje —el de la verdad, la justicia y la reparación como triángulo normativo— que después estructuraría la conversación con las FARC.
Pero el balance no cierra en ese lado. La masacre de Bahía Portete, cometida en abril de 2004 mientras las AUC negociaban y decían respetar un cese de hostilidades, marca el precio que el proceso aceptó pagar: la violencia sobre poblaciones que el Estado había prometido proteger fue tolerada como costo de mantener la mesa abierta. La rápida mutación en BACRIM y la explosión de la parapolítica apuntan a algo más grave: las estructuras armadas visibles se disolvieron mientras las redes económicas, políticas y criminales que las sostenían encontraron nuevas envolturas. La extradición de mayo de 2008 puso el sello final a la ambigüedad: alivió al Gobierno de una relación cada vez más incómoda con sus interlocutores, satisfizo a Estados Unidos, cerró la puerta a la verdad plena sobre financiadores y aliados políticos y dejó a las víctimas sin el rostro de sus victimarios en la sala de audiencias.
Ralito importa hoy porque planteó, en términos duros, el dilema que atraviesa toda negociación de paz: cuánto de justicia se puede sacrificar para conseguir el desarme, y a quién se termina protegiendo con ese sacrificio. La respuesta que dio el proceso colombiano fue elocuente por lo que dejó fuera. Se entregaron fusiles, se llenaron ceremonias, se firmaron actas. Los financiadores siguieron firmando cheques, los políticos siguieron ganando elecciones, las trochas siguieron moviendo cocaína. Cuando pocos meses después de la última ceremonia empezaron a caminar de nuevo hombres armados por los mismos caminos, no era una recaída ni una sorpresa: era la parte del paramilitarismo que Ralito nunca se propuso desmontar.