Idea transversal
Limpieza social
La 'limpieza social' o 'exterminio social' es la eliminación selectiva de personas consideradas disfuncionales o problemáticas para la sociedad —habitantes de calle, jóvenes marginales, personas LGBTI, consumidores de drogas, trabajadoras sexuales— practicada en Colombia desde los años setenta por escuadrones de la muerte, agentes del Estado, grupos paramilitares y milicias urbanas, sin que exista tipo penal específico ni una sola condena por este concepto.
Trayectoria de una idea
- 1970
Primeros escuadrones de exterminio en el Valle
- 1983
El MAS y la certificación de vehículos del F2
- 1986
El homicidio, primera causa de mortalidad en Medellín
- 1992
Protestas en Bogotá y Barranquilla por cadáveres de indigentes
- 1995
Trujillo: alianza narco-militar y lógicas de exterminio
- 2015
Informe del CNMH: 'violencia mal nombrada'
La lectura
La 'limpieza social' es uno de los fenómenos más persistentes y menos judicializados de la violencia colombiana: opera desde los años setenta sin haber producido una sola condena bajo ese nombre. Su mecanismo central no es el crimen sino la clasificación previa: convertir a una persona en un tipo social —el 'desechable', el 'vicioso', el 'marica'— anula por adelantado cualquier defensa y transforma el homicidio en higiene. La práctica no fue monopolio de ningún actor: escuadrones de la muerte urbanos, agentes del F2 y el DAS, grupos paramilitares, milicias guerrilleras y comunidades barriales participaron en distintas combinaciones y geografías, desde el Valle del Cauca de los setenta hasta los barrios periféricos de Bogotá y las zonas de control paramilitar en Urabá y Córdoba. El CNMH prefirió llamarlo 'exterminio social' para subrayar que no se trata de una limpieza sino de un crimen sistemático contra identidades estigmatizadas; la distancia entre ese nombre y el que usan los victimarios es, en sí misma, una disputa política sobre quién tiene derecho a existir en el espacio urbano colombiano.
En Colombia se llama "limpieza social" a la eliminación selectiva de personas consideradas por sus victimarios como disfuncionales o problemáticas para la sociedad: habitantes de calle, consumidores de bazuco y otras drogas, mendigos, trabajadoras sexuales, personas LGBTI, jóvenes de barrios populares, recicladores, delincuentes reales o supuestos. La categoría no es descriptiva sino nativa —la usan quienes matan— y esa contaminación de origen es su primera clave: nombra con lenguaje higienista lo que es un exterminio, y desplaza la mirada de quien limpia hacia quien es limpiado. El Centro Nacional de Memoria Histórica, que le dedicó un informe en 2015, prefirió llamarlo exterminio social y calificó la etiqueta corriente como una "violencia mal nombrada". El asunto excede lo semántico. Desde comienzos de los años setenta hasta hoy, escuadrones de la muerte urbanos, agentes de organismos de seguridad del Estado, grupos paramilitares, milicias urbanas y actores comunitarios han producido en Colombia un número indeterminado —pero abultado— de muertes bajo esa lógica, sin que exista tipo penal específico en el Código Penal ni una sola condena por el delito de "limpieza social". La práctica es, a la vez, la más visible y la más impune de las violencias colombianas.
Una categoría con dueños
El exterminio social se estructura alrededor de una operación previa: la construcción de la víctima como culpable. Antes del disparo hay una clasificación. La persona señalada ya no es un ciudadano al que se atribuye un delito concreto, sino un tipo social —el "desechable", el "vicioso", el "marica", el "chirrete", el "ñero"— cuya sola existencia se presenta como amenaza al orden del vecindario. Esa reducción a categoría anula por adelantado cualquier defensa: no se juzga un acto, se elimina una identidad. Los estudios del CINEP han clasificado la matanza social en dos registros —violación de derechos humanos y violencia político-social—, ambos entendidos como eliminación de personas consideradas disfuncionales, aunque la frontera analítica entre uno y otro se difumina en la práctica.
La lógica opera con tres piezas que se sostienen entre sí. Primero, el anonimato del perpetrador: el encapuchado, el panfleto sin firma, la sigla desechable. Segundo, el respaldo organizacional que encubre la autoría material: al final no queda un victimario identificado, solo un cadáver. Tercero, el silencio de los allegados, que no se atreven a denunciar ni, muchas veces, a reclamar el cuerpo. A la negación del derecho a la vida se suma así la negación del derecho a la sepultura. La víctima muere dos veces —una en la calle, otra en el archivo— y la impunidad no es un accidente burocrático sino la condición de posibilidad del ciclo siguiente.
Ese es el rasgo que separa el exterminio social de otras violencias colombianas. La masacre paramilitar rural busca a menudo el terror visible y la desapropiación territorial; la violencia guerrillera reivindica sus muertos en comunicados; el sicariato del narcotráfico responde a lógicas de mercado y ajuste de cuentas. La "limpieza social" aspira a que el muerto sea nadie: un cuerpo NN en una zanja del sur de Bogotá, un cadáver en una fosa a las afueras de Pereira, restos anónimos en un anfiteatro universitario. La invisibilidad de la víctima —producida antes de morir por su marginación, y confirmada después por la ausencia de investigación— es parte constitutiva del acto.
Los años setenta y los primeros escuadrones
El fenómeno no nace con las AUC ni con la explosión del narcotráfico. Sus raíces urbanas se remontan a comienzos de los setenta, cuando en Cali, Jamundí, Palmira, Yumbo y otros núcleos del Valle empezaron a operar escuadrones de la muerte integrados por narcotraficantes y por agentes de la Policía y el Ejército, en una mezcla que anticipó, década y media antes, la arquitectura del paramilitarismo maduro. Aquellos primeros grupos realizaron asesinatos, amenazas, torturas y destierros contra personas y colectivos escogidos por características sociales, económicas y políticas, y consolidaron un modo operativo que se replicaría en el resto del país: acción nocturna, victimarios encapuchados, nombres macabros, silencio institucional.
En Medellín, las memorias recogidas por el CNMH conservan un catálogo de siglas de aquellas décadas: Amor por Medellín, Mano Negra, Limpieza Total, Aburrá Tranquilo, Majaca, Asociación Pro Defensa de Medellín. Los sobrevivientes asocian a esos grupos con organismos de inteligencia y seguridad del Estado —el B-2 militar, el F-2 de la Policía, el DAS, el Departamento de Orden Ciudadano—, no como sospecha genérica sino como reconocimiento de rostros, de vehículos, de rutinas. En Pereira circulaban por los mismos años nombres como Los Encapuchados y Los Arrancarrostros. Cali y Pereira funcionaron como laboratorios donde se ensayaron patrones de exterminio que después migraron.
Un dato judicial cristaliza el patrón. En agosto de 1983, el Instituto Nacional de Tránsito certificó que las desapariciones forzadas atribuidas al Muerte a Secuestradores —el MAS, financiado por narcotraficantes en respuesta al secuestro de Marta Nieves Ochoa— se habían realizado mayoritariamente en vehículos asignados a la DIPEC-F2 de la Policía. El MAS y sus grupos afines usaron al menos quince apelativos distintos —Los Masetos, Los Tiznados, Los Magníficos, Amor por Medellín, La Mano Negra, Escuadrón de la Muerte, Muertes a Revolucionarios y Comunistas del Nordeste, entre otros— para reivindicar actos criminales y desviar investigaciones. La proliferación de siglas no era desorden: era estrategia. Cada acto quedaba adscrito a una entidad fantasma, imposible de imputar a estructura alguna.
Carlos Lehder Rivas propuso por entonces, según registró la revista Semana, la creación de una fuerza táctica antisecuestro que integrara mercenarios extranjeros de Vietnam y Sudáfrica con agentes del F-2, el B-2, el DAS, la Fuerza Aérea y la Marina. La propuesta —hecha en público por uno de los capos del cartel de Medellín— dice más sobre la porosidad institucional del momento que cualquier análisis abstracto: en la cabeza de Lehder, la alianza entre mafia, mercenarios y organismos de seguridad era una posibilidad ofrecible en voz alta.
Ochenta y noventa: la escalada
La segunda mitad de los ochenta fue el punto de inflexión. En Medellín, el homicidio se convirtió en la primera causa de mortalidad general a partir de 1986; su peso en el total de muertes pasó del 3,5 % en 1976 a cifras que en los primeros noventa alcanzaron proporciones que ningún país en paz conoce. La bonanza del narcotráfico había inundado los barrios populares de bazuco, y el consumo masivo entre jóvenes marginados alimentó una categoría social nueva —el "desechable" adicto— que se convirtió en blanco preferente. La estigmatización operaba en cadena: la exclusión estructural producía consumo, el consumo se leía como desviación moral, y la desviación moral autorizaba la eliminación. En ningún punto de esa cadena aparecía el Estado como agente de política social; sí, en cambio, como parte de los aparatos que ejecutaban.
El paisaje se llenó de muertos jóvenes, pobres y anónimos. En agosto de 1992, habitantes de Ciudad Bolívar salieron a las calles a protestar contra la limpieza social que barría el sur de Bogotá con la forma de masacres periódicas: indigentes acribillados en lotes baldíos, muchachos ejecutados a las afueras de las canchas, cuerpos abandonados en las cunetas de la vía al Llano. Meses antes, en marzo de ese mismo año, el descubrimiento de diez cadáveres y una cantidad indeterminada de restos humanos de indigentes en el anfiteatro de la Universidad Libre —cuerpos que aparentemente habían sido vendidos como material didáctico— había desencadenado protestas de recicladores y habitantes de calle en Barranquilla y Bogotá. Aquel escándalo puso ante los ojos del país lo que ya sabían quienes vivían en las periferias: los cuerpos de los "desechables" tenían un circuito propio, y ese circuito no siempre terminaba en la fosa común.
En el Magdalena Medio, mientras tanto, el Ejército armó y respaldó a Ramón Isaza para que realizara operaciones de "limpieza" en la región. La palabra se usó explícitamente. Los blancos eran quienes Isaza y sus hombres identificaban como ladrones, guerrilleros y delincuentes —también llamados "chusma" o "bandoleros"—, y las acciones se presentaban como combate a la delincuencia común y a la subversión, en una amalgama deliberada que borraba la distinción entre criminalidad, disidencia política y marginalidad social. El grupo de Isaza fue una de las semillas de las autodefensas del Magdalena Medio y, más adelante, del entramado nacional que desembocaría en las AUC.
En Trujillo, en el norte del Valle, la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz —con la participación de la CISVT— estableció en 1995 que la larga cadena de crímenes cometidos entre 1988 y 1994 fue perpetrada por una alianza entre narcotraficantes y agentes locales y regionales de las Fuerzas Armadas, bajo pretexto contrainsurgente. La investigación mostró que la matanza obedecía a lógicas que iban más allá de ese pretexto: se ejerció también como "limpieza social" y "limpieza política" contra pobladores humildes e inermes. Trujillo es un caso pedagógico porque expone en un solo territorio los tres motores que suelen actuar por separado: la contrainsurgencia, el ajuste de cuentas mafioso y el exterminio moral de la periferia.
Quién limpia
La arquitectura institucional del exterminio social se sostiene sobre alianzas verificables. En Ciudadela Sucre, en Soacha, desde comienzos de los ochenta operaron grupos de seguridad que articulaban civiles, miembros de Juntas de Acción Comunal, personal del Ejército y agentes del DAS, con el argumento declarado de contrarrestar la influencia del Partido Comunista y del M-19 en la zona. La composición mixta —vecinos, comunales, militares, inteligencia civil— muestra que la línea entre autodefensa barrial y aparato paraestatal fue, en muchos lugares, inexistente desde el comienzo.
Testimonios recogidos por el CNMH documentan casos en que miembros de la Policía actuaron en coordinación con el Bloque Central Bolívar de las AUC, incluida la entrega de víctimas a paramilitares para su ejecución. El patrón se repitió, con variaciones, en distintas ciudades: agentes del Estado como facilitadores logísticos, paramilitares como brazo ejecutor, comunidad local como fuente de información sobre a quién señalar. La cadena distribuye la responsabilidad hasta hacerla evaporarse: quien informa no dispara, quien dispara no fue visto, quien vio no habla.
Los grupos paramilitares maduros extendieron esta lógica a un mapa urbano nacional. La presencia paramilitar no se limitó a Medellín, donde el poder de Diego Fernando Murillo, alias Don Berna, articuló mafias, combos y estructuras contrainsurgentes en una maquinaria de control territorial de escala metropolitana. También operó en Cúcuta, a través del Frente Fronteras del Bloque Catatumbo; en Santa Marta, mediante el Frente Resistencia Tayrona del Bloque Norte; en Montería, con el Frente Córdoba; en Barrancabermeja, en Cali, en Buenaventura, en Villavicencio, en corredores del Chocó. En cada ciudad la operación combinó guerra contrainsurgente contra civiles considerados proclives a la insurgencia, control de negocios legales e ilegales —desde extorsión hasta administración de plazas de vicio— e imposición de un orden moral sobre la vida cotidiana de los barrios.
En Córdoba y Urabá, desde finales de los ochenta, los grupos paramilitares que confluirían en la organización de Carlos Castaño Gil desplegaron violencia letal y sistemática contra personas con orientaciones sexuales e identidades de género no normativas, envuelta en retórica antisubversiva. La justificación pública mezclaba discursos disímiles pero convergentes: la asociación entre homosexualidad y pedofilia, la estigmatización de las personas LGBTI como enfermas —especialmente por el VIH/SIDA que empezaba a visibilizarse—, la acusación de "descomposición moral" como aliada del comunismo. En Chaparral, Tolima, actores armados clausuraron con violencia y amenazas los espacios de visibilización LGBTI, como el reinado del río; cuando el propietario que había arrendado el predio para el evento fue asesinado, su muerte se atribuyó públicamente a las personas LGBT, produciendo una estigmatización colectiva que reforzaba el círculo.
Un dato circulaba entre sobrevivientes de Medellín en los años noventa: 864 personas asesinadas por su orientación sexual, cifra que un testigo recuerda haber escuchado en esa época sin poder rastrear su origen oficial. Verificable o no en su exactitud, funcionaba como conocimiento comunitario: mujeres trans y hombres gais tenían miedo de salir a la calle, y ese miedo modelaba la vida urbana de barrios enteros. La despenalización de la homosexualidad en Colombia en 1980 no impidió que el F-2 de la Policía siguiera vinculado, según testimonios de Bucaramanga, a operaciones de "limpieza" contra personas LGBTIQ+. La ley cambiaba en Bogotá; la calle, no.
Tampoco las guerrillas quedaron fuera del cuadro. Documentación del CNMH establece que las FARC-EP y el ELN replicaron prejuicios contra personas LGBTIQ+ y sostuvieron documentos rectores que sancionaban conductas contrarias a la "moral revolucionaria", los cuales sirvieron de base para la persecución de estas personas en zonas bajo su control. El exterminio social por identidad no fue monopolio de la derecha armada: fue un consenso disperso que atravesó todo el espectro de actores.
Quién pide que se limpie
Aquí aparece la incomodidad mayor. Los escuadrones de exterminio urbano no llegaron a los barrios como ejércitos de ocupación. Surgieron, muchos de ellos, como grupos de autodefensa barrial con el beneplácito inicial de la comunidad, realizando rondas nocturnas y ejecutando sus primeras acciones contra personas de reconocida conflictividad: el ladrón del barrio, el jíbaro de la esquina, el marido que golpeaba a su esposa. Solo después, a menudo con rapidez, las acciones perdieron selectividad y se volvieron arbitrarias. Pero el punto de partida importa: hubo una demanda social de "limpieza" que precedió y legitimó a los grupos armados, y que no puede reducirse a manipulación estatal.
Las milicias urbanas vinculadas al M-19 en Cali, por ejemplo, ejercieron control territorial en barrios populares mediante el control del expendio de drogas, la resolución de conflictos vecinales y de pareja, y la expulsión de personas consideradas problemáticas. La lista es reveladora: robos, expendio de drogas, violencia intrafamiliar, conflictos vecinales. Problemas reales, ausencia de respuesta institucional efectiva, oferta armada que ocupa el vacío. La misma lógica se replicó con signo opuesto en los grupos paramilitares urbanos, que imponían "orden" sobre horarios de bares, atuendos, comportamientos sexuales, uso del espacio público.
Esa oferta encontró demanda porque las sociedades latinoamericanas altamente desiguales tienden a percibir a los jóvenes marginales como causa del crimen y la violencia en lugar de reconocerlos como resultado de la exclusión económica y social. La correlación entre exclusión juvenil y aumento de la delincuencia está documentada regionalmente —el caso argentino de los noventa, donde el desempleo juvenil pasó del 15,2 % en 1990 al 26,4 % en 1999 mientras los delitos cometidos por jóvenes en Buenos Aires subían de 17.678 a 26.827 entre 1990 y 1998, es ilustrativo—, pero la lectura pública dominante invirtió la causalidad: el joven pobre dejó de ser producto de la marginación para volverse su causa. La "limpieza social" es, en parte, la traducción letal de esa inversión.
Fernando Vallejo, en La virgen de los sicarios (1994), y Alonso Salazar, en No nacimos pa'semilla (1990), pusieron rostro literario y periodístico a los jóvenes de las comunas de Medellín. Víctor Gaviria, en Rodrigo D: no futuro (1990) y en La vendedora de rosas (1998), lo hizo con el cine. Sus obras dieron cuerpo a lo que las estadísticas no alcanzaban: la vida cotidiana de una generación urbana marcada por el bazuco, el sicariato, la pobreza y la muerte temprana, en un entorno donde el asesinato de un muchacho de barrio popular no producía escándalo público. Esa naturalización es el sedimento cultural sobre el que la "limpieza social" construyó su legitimidad de facto.
Un vacío jurídico deliberado
En el Código Penal colombiano no existe el delito de "limpieza social" ni el de exterminio social. Ninguna persona ha sido condenada por ese cargo. La ausencia no es una laguna técnica: es un dispositivo. La práctica queda diseminada en tipos penales genéricos —homicidio, desaparición forzada, concierto para delinquir— que capturan actos individuales pero pierden el patrón, la sistematicidad, la lógica identitaria del crimen. Sin categoría jurídica no hay estadística oficial, sin estadística no hay política pública, sin política pública no hay memoria institucional. El vacío se reproduce.
La justicia ordinaria, además, mostró desde temprano su docilidad ante los responsables uniformados. En el caso de la masacre de El Topacio, la sentencia absolutoria fue confirmada por el Tribunal Superior de Orden Público el 13 de marzo de 1991, sin que el delegado del ministerio público interpusiera apelación. Las Fuerzas Militares habían obstaculizado la investigación al negar al juez, con una respuesta que este calificó de improcedente, el acceso al interrogatorio de los veintiocho soldados identificados como presentes en los hechos y reconocidos por el propio estamento militar como integrantes del grupo a cargo del capitán Martínez. El expediente ilustra cómo se construye técnicamente la impunidad: la prueba se bloquea, la absolución se confirma, la fiscalía no apela, el crimen queda inexistente.
Cuando el Bloque Centauros y otras estructuras paramilitares se sometieron a la Ley de Justicia y Paz después de 2005, sus versiones libres revelaron miles de asesinatos que respondían a la lógica del exterminio social. Ninguno fue procesado bajo esa categoría porque la categoría no existía. Se contabilizaron como homicidios sueltos, sin el nombre que revelara el patrón.
Del campo a la ciudad, y de las AUC a los GAPD
Tras la desmovilización de las AUC entre 2003 y 2006, los reincidentes se concentraron en grandes ciudades o en municipios donde los grupos paramilitares tenían varios lustros de presencia, consolidando una migración del campo a la ciudad que había comenzado años antes. Los grupos armados urbanos posdesmovilización —bautizados oficialmente como bandas criminales, luego como grupos armados posdesmovilización o GAPD, popularmente conocidos como Águilas Negras, Rastrojos, Urabeños, Clan del Golfo— son estructuras heterogéneas: menos jerarquizadas, sin armamento pesado, móviles, orientadas al terror local y al control de economías ilegales.
La "limpieza social" fue una de las líneas que estos grupos heredaron sin fricción. Panfletos amenazantes distribuidos en barrios populares de Bogotá, Medellín, Cali, Barrancabermeja, Buenaventura y Villavicencio anunciaron periódicamente listas de "objetivos militares" que incluían consumidores de drogas, jóvenes marginales, trabajadoras sexuales, personas LGBTI y líderes sociales. La retórica se mantuvo intacta desde los años ochenta —los mismos nombres macabros, la misma estética de la firma anónima, la misma promesa de "recuperar" el barrio—, y la eficacia también: los cuerpos siguieron apareciendo.
En barrios periféricos como Altos de Cazucá, en Soacha, se documentaron asesinatos de jóvenes, niños y líderes comunales entre 2000 y 2005 atribuidos a grupos paramilitares urbanos. En el Cartucho de Bogotá, y después en el Bronx —los grandes enclaves de habitantes de calle y economías ilegales de la capital, arrasados por operaciones urbanísticas en 1998 y 2016 respectivamente—, la "limpieza social" convivió durante décadas con la política pública, en una zona gris donde la eliminación de "desechables" precedía o acompañaba las intervenciones oficiales. En Buenaventura, las "casas de pique" documentadas hacia 2013 llevaron la lógica hasta su extremo: cuerpos desmembrados de jóvenes acusados de robo o de pertenecer a la banda rival, sin cadáveres que reclamar.
Los grupos posdesmovilización intensificaron además la acción contra defensores de derechos humanos y líderes de restitución de tierras, especialmente en la costa Caribe. La categoría de víctima se amplió: al indigente y al muchacho pobre se sumaron el reclamante de predios, la lideresa comunitaria, el sindicalista, el maestro. El repertorio se mantuvo —asesinato selectivo, amenaza anónima, panfleto—, y también el marco de impunidad.
Genealogías ideológicas
La "limpieza social" colombiana no es un accidente local. Es descendiente directa de la Doctrina de Seguridad Nacional que Estados Unidos difundió por América Latina a partir de los años sesenta, y que en Colombia se tradujo en una influencia profusa de las instituciones militares sobre el poder civil. Bajo esa doctrina, las huelgas, las manifestaciones sociales y las campañas electorales podían ser tratadas como focos de conflicto sujetos a control estatal, en una visión contrainsurgente que no admitía neutralidad: quien no estaba con el orden estaba con el enemigo. La operación conceptual que convierte al huelguista en subversivo es la misma que convierte al indigente en amenaza y al homosexual en enfermo peligroso. La categoría de "enemigo interno" se estira hasta cubrir a cualquier cuerpo incómodo.
El fenómeno tiene ecos en Brasil —donde los grupos de extermínio y las milicias urbanas de Río de Janeiro han producido violencias análogas—, en El Salvador —con los escuadrones de la muerte de los años ochenta— y en otros países de la región. Pero en Colombia adquirió características propias: la duración —más de medio siglo—, la escala geográfica —urbana y rural, en todas las regiones—, la densidad de los nexos institucionales, la variedad de los actores involucrados, y sobre todo la impunidad jurídica absoluta que la ha acompañado.
Qué deja
La "limpieza social" ha dejado en Colombia varias huellas duraderas. Ha producido una geografía urbana marcada por zonas donde ciertos cuerpos —jóvenes pobres, personas trans, habitantes de calle— saben que no pueden estar a ciertas horas, y esa cartografía del miedo modela la vida cotidiana de las periferias con una precisión que ninguna política de seguridad ha alcanzado. Ha instalado un lenguaje —el "desechable", la "limpieza"— que naturaliza la eliminación de los marginados y hace socialmente tolerable lo que en cualquier otro contexto sería descrito como asesinato en serie. Ha entrenado a generaciones de policías, soldados y paramilitares en una operación mental que separa vidas dignas de vidas prescindibles, y esa operación no se desaprende con la desmovilización.
Ha dejado también, en negativo, la ausencia. Ausencia de tipo penal, de estadísticas oficiales, de condenas, de memoria pública. Los informes del CNMH —Aniquilar la diferencia (2015) y otros posteriores— han hecho el trabajo que el Estado no hizo: nombrar el patrón, documentar los casos, dar voz a los sobrevivientes de una violencia que rara vez deja sobrevivientes. La literatura, el cine y el periodismo aportaron rostros donde el aparato judicial dejaba anonimato: Vallejo, Salazar, Gaviria, y detrás de ellos una generación de cronistas urbanos que registraron lo que las cifras oficiales borraban.
Queda una pregunta que la práctica jurídica colombiana no ha respondido y que la política pública elude: si la eliminación sistemática de personas seleccionadas por rasgos sociales, identitarios o conductuales configura un patrón claro, sostenido en el tiempo, con perpetradores identificables y víctimas categorizables, ¿por qué no existe tipo penal que lo recoja? La respuesta se lee en la propia estructura de las alianzas que han sostenido la práctica. Tipificar la "limpieza social" obligaría a reconocer que la fuerza pública, en distintos momentos y lugares, ha sido parte del entramado; obligaría a admitir que sectores comunitarios enteros consintieron o demandaron activamente la eliminación de sus vecinos; obligaría a nombrar como crimen sistemático lo que hasta ahora se presenta como sucesión de hechos aislados. El vacío no es descuido: es la forma que adopta un pacto tácito de no mirar.
Mientras ese pacto se mantenga, cada panfleto nuevo firmado por unas "águilas negras" cualquiera, cada cuerpo joven aparecido al amanecer en una periferia colombiana, cada nombre que no será reclamado seguirá inscribiéndose en la misma cadena que empezó en el Valle a comienzos de los setenta y que atravesó, sin interrupción, cinco décadas de historia nacional. Nombrarla con precisión —exterminio social, no "limpieza"— es el requisito mínimo para desactivarla. No lo hemos hecho todavía.
En el archivo
14 apariciones públicas, ordenadas por período y año.
01La Violencia1946–19571
02Crisis y narcotráfico1974–19903
03Constitución de 19911991–20025
Relaciones
Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.
Relaciones editoriales
- 01MAS (Muerte a Secuestradores): organización financiada por narcotraficantes cuyos crímenes fueron vinculados a vehículos del F2 de la Policía y que usó al menos quince apelativos distintos para encubrir su autoría.
- 02Carlos Castaño Gil: líder paramilitar bajo cuya organización se desplegó violencia sistemática en Córdoba y Urabá contra personas LGBTI y poblaciones marginales, enmarcada en retórica antisubversiva.
- 03Diego Fernando Murillo alias Don Berna: jefe paramilitar que articuló en Medellín mafias, combos y estructuras contrainsurgentes en una maquinaria de control territorial con prácticas de exterminio social.
- 04Ramón Isaza: líder paramilitar armado y respaldado por el Ejército para realizar operaciones de 'limpieza' en el Magdalena Medio, semilla de las autodefensas regionales.
- 05CINEP: organización que clasificó la matanza social en las categorías 'violación de derechos humanos' y 'violencia político-social', aportando marco analítico al fenómeno.
- 06Medellín: ciudad donde el fenómeno alcanzó mayor densidad documentada, con múltiples grupos de exterminio, la mayor tasa de homicidios del país y testimonios sobre cientos de víctimas por orientación sexual.
- 07Impunidad estructural: condición constitutiva del exterminio social, sostenida por el anonimato del perpetrador, el silencio de los allegados y la ausencia de tipo penal específico en el ordenamiento jurídico colombiano.
Personas
Lugares
Ideas
- Paramilitarismo11 piezas compartidas
- Desplazamiento forzado7 piezas compartidas
- Estigmatización6 piezas compartidas
- Desaparición forzada5 piezas compartidas
- Enemigo interno5 piezas compartidas
- Impunidad estructural5 piezas compartidas
- Narcoparamilitarismo5 piezas compartidas
- Violencia bipartidista5 piezas compartidas
Documentos y fragmentos citados
26 documentos · 34 fragmentos
01Limpieza social. Una violencia mal nombradaCarlos Mario Perea Restrepo · 2015 · p. 30, 1632 citas
[1]revista Noche y Niebla 43. En dos lugares de la clasificación que preside el registro de la 42 Están las bases del Observatorio de Derechos Humanos y Derecho Internacio- nal Humanitario de la Consejería Presidencial para los Derechos Humanos; del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC); la reciente…
p. 30
[10]organizados con el fin de “proveerse su seguridad”, cuentan al principio con el beneplácito de la “comunidad”. Rea- lizan rondas de vigilancia en las noches evitando la proliferación de los atracos y otros abusos. Las primeras acciones se aplauden, ellas recaen sobre personajes de reconocida conflictividad, pero 137…
p. 163
02Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo I. De la violencia a las resistencias ante el Bloque Centauros de las AUCCentro Nacional de Memoria Histórica · 2021 · p. 4191 cita
[2]como ya se ha mencionado, como gru- pos para la protección de la propiedad de terratenientes y de exterminio social). El informe del CNMH Limpieza Social: una violencia mal nombrada (2015e) es claro al explicar que el exterminio social evade los procesos judiciales al hacer justicia por mano propia, soslaya todo…
p. 419
03Violence in Colombia: Building Sustainable Peace and Social CapitalWorld Bank (Caroline Moser et al.) · 2000 · p. 361 cita
[3]roles of military and police, and national boundaries as legal entities; third, disorganized violence occurs around distribution and consumption when drug addicts need money for their drug habit or street dealers are challenged for their profits. Recent analysis suggests that the long- term sustainability of guerilla…
p. 36
04Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander. Tomo II. Bloque Central Bolívar: violencia pública y resistencias no violentasAlberto Santos Peñuela (coordinador del informe y correlator), Luis Miguel Buitrago Roa, Juan Guillermo Jaramillo Acuña, Nicolás Otero González, Rodrigo Torrejano Jiménez · 2021 · p. 31, 1232 citas
[4]las acciones o relaciones que se exterminio social. Sin embargo, el exterminio social no existe en el Código Penal y hasta el momento ninguna persona ha sido condenada por el caso de “limpieza social”” (CNMH y IEPRI, 2018). I. “ELLOS ACABARON CON TODO A SU PASO”: LAS VIOLENCIAS DEL BCB-SB 31 desarrollaban en la…
p. 31
[16]man cuando se vio agarrado, ya amarrado, que no- sotros ya… el man se vio perdido, no habló nada, no. No habló nada porque sabía que estaba de sapo, sabía que estaba… y que la Policía era cómplice de nosotros. Y que nosotros lo… lo habíamos cogido así era para… para matarlo. Y él sabía que lo iban a matar. Y la…
p. 123
05Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Valle y norte del CaucaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 72, 852 citas
[5]en una región tan étnicamente diversa como el Valle y el Cauca) e incluso engrosar las filas de la tropa, les estorbaban debido a sus reivindicaciones y a sus ejercicios de autoridad territorial donde ningún actor armado era bienvenido. Durante esa época, la violencia también cundió en las ciudades bajo la forma del…
p. 72
[29]Cali-Colombia 1974-1985». 169 Entrevista 582-VI-00008. Víctima, hombre, familiar ex combatiente, Cali. Entrevista 216-CO- 00016. Víctimas, contexto urbano, Cali. Entrevista 582-VI-00010. Víctima, líder cultural, comunal. Entrevista 112-AA-00004. Actor armado, excombatiente del M-19. Entrevista 216-AA-00005. Actor…
p. 85
06Medellín: memorias de una guerra urbanaMarta Inés Villa Martínez, Ana María Jaramillo Arbeláez, Jorge Giraldo Ramírez, Manuel Alberto Alonso Espinal, Sandra Arenas Grisales, Pablo Bedoya Molina, Luz María Londoño Fernández · 2017 · p. 184, 2292 citas
[6]la masacre (Delaurbe, 2015). 3. MODALIDADES Y REPERTORIOS DE VIOLENCIAS 185 En los años noventa había un impacto de lo que pasaba con mis compañeras [mujeres trans]. El miedo a salir a la calle. A una la ahorcaron, entonces uno se pregunta ¿cuándo me toca a mí? Para esas fechas escuchaba que había muchos muertos, 864…
p. 184
[30]de la ciudad fueron asesinados en medio de las disputas territoriales de los actores del conflicto armado colombia- no y de los enfrentamientos entre grupos milicianos, bandas y combos. Pero también fueron víctimas de formas de justicia retaliativa, desple- gadas por algunos sectores de la Policía y escuadrones de la…
p. 229
07El orden desarmado. La resistencia de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC)Gonzalo Sánchez Gómez, Mario Aguilera Peña · 2011 · p. 751 cita
[7]la guerrilla, lo que provocó el gradual desalojo de la región por las FARC, cesando así los secues- tros y extorsiones”. 294 S i bien, la sigla de MAS fue la más corriente, el propio Viáfara señaló que se usaron otros 15 apelativos para reivindicar los actos criminales y hacer desviar las investigaciones, entre ellos…
p. 75
0825 años de luchas sociales en Colombia 1975-2000Mauricio Archila Neira, Álvaro Delgado G., Martha Cecilia García V., Esmeralda Prada M. · 2002 · p. 931 cita
[8]continuaban recluidos. En las principales ciudades la llamada "limpieza social"" tuvo en los indigentes y en los jóvenes de los barrios populares sus víctimas preferi- das -pero no únicas- y cobró una modalidad distinta, pero ya extendida por el país: las masacres. Varias acciones se realizaron para protestar contra…
p. 93
09"Falsos positivos" en Colombia y el papel de la asistencia militar de Estados Unidos, 2000-2010Movimiento de Reconciliación (FOR), Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos (CCEEU) · 2014 · p. 441 cita
[9]y Control. 8. Barrio Castilla, Medellín, el 23 de Octubre 1990, 7 asesinados y 6 heri- das. Autor: Muerte a Secuestradores. 9. Bar Sturpu de Itaguí, el 15 de diciembre, 12 asesinados y 6 heridos, autor: Muerte a Revolucionarios del Nordeste. 10. San Antonio de Prado (Ant.) el 14 de diciembre, 8 asesinados. Autor: Los…
p. 44
10Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 110, 1342 citas
[11]estas desapariciones recae sobre el MAS y miembros del F2. La mayoría de las desapariciones incluso se hicieron en vehículos asignados a la DIPEC-F2, como certificó el Instituto Nacional de Tránsito en agosto de 1983 337. 330 Ronderos, Guerras recicladas, 41-42. 331 Salazar, La parábola de Pablo: Auge y caída de un…
p. 110
[28]otras estructuras con alcance regional que operaron en contextos urbanos, como el Bloque Catatumbo a través del Frente Fronteras en Cúcuta, el Bloque Norte que actuó en Santa Marta mediante el Frente Resistencia Tayrona, o las estructuras urbanas del Frente Córdoba en Montería 428. La presencia de estos paramilitares…
p. 134
11No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1831 cita
[12]los secuestradores comunes y a los secuestradores subversivos” y en la que se les anunciaba el inicio de su búsqueda para “su ejecución” 539. Días después, según Semana, el narcotraficante Carlos Lehder Rivas 540 publicó un aviso de prensa: «exigía a la Comisión de Derechos Humanos preocuparse más de los secuestrados…
p. 183
12Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo II. El Frente Capital y el declive del Bloque Centauros de las AUCDaniel Ricardo Martínez Bernal (coordinador), Lorena Camacho Muete, Esteban Caviedes Alfonso, Laura Bibiana Escobar García, José María Gutiérrez Sierra, Daniela Moreno Arriola, Daniel Augusto Serrano Corredor, Juan Manuel Villarraga Beltrán · 2021 · p. 283, 3012 citas
[13]ya se estaba… Ya acá estaban, comenzaron a… a pla… Ya en el año 1980, me retrocedo, se dio Ciudadela Sucre y la gran mayoría trabajaban con la Brigada y tenía la misma manera de trabajar con Ac- ciones Comunales o con esos grupos de seguridad. Pero el trasfondo era “con- trarrestar”, entre comillas, contrarrestar el…
p. 283
[19]de las zonas de Altos de Cazucá. Este hombre, de 26 años de edad, llamado Jaime Andrés Marulanda, fue clave para perpetrar asesinatos entre 2000 y 2005. Su novia de 14 años lo denunció ante la Policía y lo entregó a la justicia ordinaria: Marulanda está hoy recluido en la cárcel de Acacías (Meta) pagando su condena.…
p. 301
13Isaza, el clan paramilitar. Las Autodefensas Campesinas del Magdalena MedioCentro Nacional de Memoria Histórica, Camilo Ernesto Villamizar Hernández, Juan Alberto Gómez Duque, César Nicolás Peña Aragón · 2020 · p. 361 cita
[14]las FARC) y solo se volvieron a ver más de 40 años después. Según cuentan, se reunían Isaza a tocar la guitarra y Mejía a cantar, sin que el primero supiera que el otro era guerrillero (El Espectador, 2015, 4 de enero). El discurso de “guerra justa” se dio de la mano de la expresión de la [limpieza] de la zona. En el…
p. 36
14Trujillo: Una tragedia que no cesaGrupo de Memoria Histórica; Álvaro Camacho Guizado (relator); Gonzalo Sánchez G. (coordinador) · 2008 · p. 201 cita
[15]estratégicos de control territorial más amplios de los responsables directos de la misma, a saber, una alianza entre narcotraficantes y agentes locales y regionales de las Fuerzas armadas, como pudo establecerlo en 1995 la CISVT. Con el pretexto de una estrategia contrainsurgente se fundará en Trujillo una de las…
p. 20
15The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 2371 cita
[17]basic services and urban infrastruc- ture. Like other neighborhoods that receive desplazados in Bogotá, such as Usme, Soacha, Tunjuelito, Bosa, or Kennedy, or Aguablanca in Cali and the comunas of Medellín, Ciudad Bolívar remains poorer than the rest of the city. In 2005, census takers categorized 76 percent of its…
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16Orden y libertad. Economía política del castigo en Colombia y LatinoaméricaManuel Iturralde · 2022 · p. 1561 cita
[18]de los principales rasgos de las sociedades latinoamericanas, altamente desiguales, que tienden a ver a los jóvenes marginales como causa del crimen y la violencia, más que como el resultado de altos niveles de exclusión económica y social. 75 Sozzo, “Postneoliberalismo y política penal en la Argentina”. 76 Sozzo,…
p. 156
17Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 5152 citas
[20]o pobres, que no hayan sufrido el dolor de la violencia de derecha y de izquierda. Al borde del ajuste de 1984 el desempleo abierto obtuvo un 14% de la población activa, más otro 16% de subempleo, aunque después el primer guarismo des- cendería para rondar el 10%. Más del 52% de la población activa se encuentra en el…
p. 515
[21]o pobres, que no hayan sufrido el dolor de la violencia de derecha y de izquierda. Al borde del ajuste de 1984 el desempleo abierto obtuvo un 14% de la población activa, más otro 16% de subempleo, aunque después el primer guarismo des- cendería para rondar el 10%. Más del 52% de la población activa se encuentra en el…
p. 515
18Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 236, 2642 citas
[22]océano Pacífico, muy cerca al puerto de Buenaventura; además, está en el valle del río Cauca, uno de los más largos de Colombia. Esto la ha convertido en una de las principales ciudades de l país y ha sido disputada por los grupos armados para desarrollar sus actividades de financiación; entre ellos se destacan las…
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[23]12. 630 Si bien desde sus inicios e ste espacio se denominó Carnaval Gay, en los últimos años la incidencia de los movimientos de mujeres lesbianas y bisexuales y de personas trans ha ido posicionando la denominación de Carnaval LGBT. Castañeda, «Carnaval LGBTI en pandemia». 631 Entrevista 224 - CO - 00345. Mujeres…
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19Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Antioquia, sur de Córdoba y Bajo Atrato chocoanoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 861 cita
[24](Acdegam) en 1982 187 y las autodefensas de la Casa Castaño en Córdoba y Urabá a mediados de la década de 1980. Otros grupos de seguridad privada ilegal se armaron en el suroeste, norte, nordeste, Bajo Cauca y Oriente antioqueño. La primera generación paramilitar del norte de Antioquia y el sur de Córdoba siguió el…
p. 86
20La tierra se quedó sin su canto. Trayectoria e impactos del Bloque Norte en los departamentos de Atlántico, Cesar, La Guajira y Magdalena. Tomo IICentro Nacional de Memoria Histórica · 2022 · p. 1601 cita
[25]Eda.: Según él, que no gustaba de los gais, pero entonces no entiendo por qué de los otros si la llevaba bien ¿no? Entr.: ¿Y los otros integrantes también o solo él era amigo de ellos? Quiero decir, de pronto se conocían de antes, o ¿por qué los sacaba? Eda.: Pues la verdad cuando yo ya… empecé como a tratar, ya él…
p. 160
21Un carnaval de resistencia: Memorias del reinado trans del río TuluníAlanis Bello Ramírez · 2018 · p. 2291 cita
[26]no y que no, que él de cinco millones no bajaba eso. Entonces ese día del reinado los organizadores hablaron con un señor del predio del frente y el señor del predio de enfrente por 200 mil pesos les arrendó. El reinado se hizo al frente en el predio, al otro día amaneció el señor de al frente, el que nos había…
p. 229
22Memorias de una masacre olvidada. Los mineros de El Topacio, San Rafael (Antioquia), 1988Ana María Jaramillo, Juan Alberto Gómez · 2016 · p. 2181 cita
[27]ces, por parte de Martínez Orozco” y al final: “ante lo expuesto, no queda a la corporación camino diferente que la confirmación del fallo consultado”. Con esta confirmación de la sentencia absolutoria por parte Tribunal Superior de Orden Público, proferida ese 13 de marzo de 1991, terminaron las actuaciones…
p. 218
23Normas y dimensiones de la desaparición forzada en Colombia. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica; Germán Lozano Villegas; Luz Janeth Forero M. · 2014 · p. 571 cita
[31]o en contra de la nación, nunca neutrales, dada la visión que se hacía a través del prisma de la lucha contrainsurgente. En ese sentido, las huelgas, la manifestación social y las campañas electorales de ciertas condiciones eran consideradas como focos de con fl ictos y, por ende, sujetos de control estatal 64. La in…
p. 57
24Histories of Perplexity: Colombia, 1970s–2010sLina Britto, A. Ricardo López-Pedreros · 2024 · p. 3781 cita
[32](Dur - ham: Duke University Press, 2011); María Clara Torres Bustamente, Estado y coca en la frontera colombiana (Bogotá: Odecofi-CINEP, 2011). 4 For comparative urban cases, see, for Brazil, Teresa P. R. Caldeira, City of Walls: Crime, Segregation, and Citizenship in São Paulo (Berkeley: University of California…
p. 378
25Grupos Armados Posdesmovilización (2006 - 2015). Trayectorias, rupturas y continuidadesTeófilo Vásquez Delgado, Víctor Barrera Ramírez, Carlos Andrés Hoyos, Javier Benavides Torres, Jefferson Corredor Uyaban, Mateo Morales · 2016 · p. 1001 cita
[33]un lado, la intensi fi cación de las acciones que contra defensores de derechos humanos y líderes sociales de restitución de tierras que venían adelantando los grupos armados posdesmovilización especialmente en la costa Caribe; y de otro lado, por las violaciones contra los derechos humanos que miembros de la fuerza…
p. 100
26Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte (Editores) · 2009 · p. 4931 cita
[34]de provocar terror a cada zona de acción. Las políticas para afrontar este tipo de fenómenos son más difíciles de diseñar. En particular, porque estos grupos son heterogéneos: urbanos, no estructurados, no usan armamento pesado, usan el miedo, el terror de la amenaza y son móviles. Una respuesta de política efectiva…
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