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Hecho histórico · Constitución de 1991 · 1991–2002

Limpieza social y orden moral paramilitar en ciudades colombianas (1995–2002)

Entre 1995 y 2002, los bloques paramilitares de las AUC y sus estructuras predecesoras desplegaron en los cinturones populares de Cali, Medellín, Bogotá, Barranquilla, Cúcuta, Barrancabermeja y decenas de cabeceras intermedias un programa sistemático de exterminio de consumidores de drogas, habitantes de calle, trabajadoras sexuales, personas LGBTI y jóvenes estigmatizados, articulado en un lenguaje de moralidad pública y sostenido por el consentimiento activo de sectores de la comunidad. El dispositivo, denominado por sus propios ejecutores 'limpieza social', fue un mecanismo deliberado de soberanía moral urbana y no un daño colateral del conflicto armado.

Limpieza social y orden moral paramilitar en ciudades colombianas (1995–2002)
1995–2002
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
1995–2002
Dónde
Cali, Medellín, Bogotá, Barranquilla, Cúcuta, Barrancabermeja, Urabá, Comuna 13 (Medellín), El Carmen de Bolívar, Granada (Antioquia), La Dorada (Caldas), Ciudadela Sucre
Protagonistas
Carlos Castaño Gil (comandante AUC), Fidel Castaño Gil (fundador autodefensas de Córdoba y Urabá), Diego Fernando Murillo Bejarano, alias Don Berna (Bloque Cacique Nutibara), Carlos Mauricio García Fernández, alias Doble Cero (Bloque Metro), Salvatore Mancuso (comandante paramilitar, Bloque Norte y Bloque Catatumbo), Mayor Jesús María Clavijo Clavijo, Batallón Granaderos (coordinación con paramilitares en Granada, Antioquia), Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Bloque Cacique Nutibara, Bloque Metro, Bloque Norte de las AUC, Bloque Catatumbo, Autodefensas Campesinas de Yacopí y Cundinamarca
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. Creación y funcionamiento de las Convivir (1994–1998) bajo los gobiernos de Gaviria y Samper, que institucionalizaron la delegación del orden público a grupos armados privados y facilitaron la penetración paramilitar en entornos urbanos.
  2. Reorganización y federalización de los grupos paramilitares en las AUC (1997), que formalizó estructuras con vocación urbana explícita, comandos diferenciados para ciudad y campo, y presupuestos propios para operaciones de control social.
  3. Impunidad estructural del Estado frente al delito menor, el robo cotidiano y el microtráfico, que generó hartazgo en sectores populares urbanos y creó demanda social de 'orden' que los paramilitares supieron capitalizar.
  4. Existencia previa de matrices higienistas y morales de larga duración en la cultura política colombiana, que naturalizaban la categoría de 'desechable' y hacían legible el vocabulario de la limpieza antes de que los paramilitares lo armaran.
  5. Connivencia operativa de agentes estatales —Ejército, DAS, Policía— con grupos paramilitares urbanos, documentada desde 1980 en casos como Ciudadela Sucre y Granada (Antioquia), que proporcionó cobertura institucional y legitimidad implícita a las operaciones de exterminio.
  6. Colaboración de sectores de la comunidad —vecinos, tenderos, miembros de Juntas de Acción Comunal— en la elaboración de listas de objetivos, que articuló el resentimiento social barrial con la maquinaria de exterminio paramilitar.
  7. Expansión del narcoparamilitarismo y la economía de extorsión urbana, que hizo rentable el control territorial de barrios populares y convirtió la 'limpieza' en instrumento simultáneo de gobierno moral y de cobro de rentas ilegales.
1995–2002Limpieza social y orden moral paramilitar en ciudades colombianas (1995–2002)

Consecuencias

  1. Asesinato sistemático de consumidores de drogas, habitantes de calle, expendedores minoristas, trabajadoras sexuales, personas LGBTI y jóvenes estigmatizados en grandes ciudades y cabeceras intermedias, con concentración documentada en Cali, Cúcuta, Medellín, Bogotá y Barranquilla entre 1988 y 2013.
  2. Desplazamiento forzado de personas LGBTIQ+ desde municipios como El Carmen de Bolívar hacia ciudades como Medellín, con destrucción de redes comunitarias de apoyo y exposición a mayor vulnerabilidad en los lugares de llegada.
  3. Instalación de un orden moral paralelo en barrios populares —con códigos escritos de conducta, sanciones previstas y control de la sexualidad, la corporalidad y las prácticas culturales— que operó como contra-Constitución armada frente a los derechos consagrados en 1991.
  4. Consolidación de la impunidad estructural: el término 'limpieza social' o 'exterminio social' no existe en el Código Penal colombiano y, al momento de la publicación del informe del CNMH-IEPRI, ninguna persona había sido condenada específicamente por ese concepto.
  5. Normalización del consentimiento comunitario con la violencia armada, que dejó como herencia cultural el vocabulario del 'desechable' y la disposición de sectores populares a delegar en actores armados la gestión del orden barrial.
  6. Operación Orión en la Comuna 13 de Medellín (octubre de 2002), que evidenció de forma indisimulable la coordinación operativa entre fuerza pública y paramilitares en escenario urbano, coincidiendo con la instalación territorial del Bloque Cacique Nutibara.
  7. Destrucción de procesos organizativos de comunidades LGBTIQ+, trabajadoras sexuales y poblaciones estigmatizadas, con efectos de largo plazo sobre su capacidad de reclamar derechos y acceder a mecanismos de reparación.
03

La clave interpretativa

Por qué importa

La limpieza social paramilitar urbana revela que el paramilitarismo colombiano no fue únicamente una empresa de guerra contrainsurgente rural, sino también un proyecto de normalización moral que gobernó cuerpos, costumbres y geografías sexuales en barrios populares de las principales ciudades del país. Comprender ese dispositivo —con sus listas, sus cadencias trimestrales, sus códigos escritos y su base de consentimiento comunitario— es indispensable para explicar por qué amplios sectores de la sociedad urbana toleraron o apoyaron el orden armado, y por qué la impunidad de esos crímenes persiste décadas después sin categoría penal que los nombre. El fenómeno interpela además la promesa de la Constitución de 1991: mientras el Estado proclamaba derechos y diversidad, el paramilitar urbano imponía una contra-Constitución ejecutada con fusil, y el Estado, en muchos casos, la avaló con su silencio o su participación directa.
04

Desarrollo histórico

La historia completa

Limpieza social y orden moral paramilitar en las ciudades colombianas (1995-2002)

Entre 1995 y 2002, en los cinturones populares de Cali, Medellín, Bogotá, Barranquilla, Cúcuta, Barrancabermeja y decenas de cabeceras intermedias, los bloques de las Autodefensas Unidas de Colombia y sus estructuras predecesoras desplegaron una modalidad de violencia que sus propios ejecutores nombraron sin rubor: limpieza social. La palabra, tomada del léxico higienista, describía una operación concreta: el asesinato sistemático y anunciado de consumidores de bazuco, habitantes de calle, expendedores minoristas, trabajadoras sexuales, personas LGBTI y jóvenes marcados por el rumor barrial como indeseables. No era metáfora: era programa. Y como todo programa, tenía listas, cadencias, códigos escritos, ejecutores asignados y una contabilidad de castigos.

Llamar limpieza al exterminio de seres humanos por su condición social, sexual o de consumo es aceptar la premisa del verdugo: que hay cuerpos limpios y cuerpos sucios, que hay vidas y hay basura, que la comunidad se depura cuando algunos de sus miembros son eliminados. Ese vocabulario —limpieza, desechables, viciosos, jíbaros, alegres— no fue una torpeza semántica de la época. Fue el andamiaje ideológico que hizo posible matar en serie sin escándalo, y que permitió a fracciones amplias de la sociedad urbana colombiana convivir con el crimen, e incluso agradecerlo en voz baja. El exterminio social urbano no fue un daño colateral del conflicto armado ni una degeneración interna de las estructuras contrainsurgentes: fue un dispositivo deliberado por el cual los paramilitares se atribuyeron la soberanía moral sobre barrios enteros, gobernaron cuerpos y costumbres, cobraron por ese gobierno en forma de vacunas y rentas ilegales, y prosperaron gracias al consentimiento activo de sectores de la comunidad hastiados de la impunidad, el robo menudo y la incuria estatal.

Nombrar el fenómeno con precisión exige, además, entender su cronología. No hubo un salto abrupto entre las autodefensas rurales de los ochenta y los bloques urbanos de los dos mil; hubo una transición pensada, con actores nombrables y decisiones de gobierno que la hicieron posible. En 1994-1995, con la creación de las Convivir bajo los gobiernos de César Gaviria y Ernesto Samper, y con la reorganización de los grupos de los hermanos Fidel y Carlos Castaño Gil en las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, comenzó una fase distinta: la de bloques paramilitares con vocación explícitamente urbana. En 1997, la fundación de las AUC formalizó esa federación. Entre 1998 y 2002, primero bajo Andrés Pastrana y después en el ascenso electoral de Álvaro Uribe Vélez, las AUC alcanzaron su máxima extensión territorial, y su despliegue urbano —hasta entonces intermitente— se volvió sistemático. Ese es el arco: siete años en los que la ciudad, que había sido para los paramilitares un espacio de tránsito, de refugio o de retaguardia financiera, se convirtió en objetivo estratégico y en laboratorio de gobierno.

Lo nuevo no fue solo el mapa; fue la estructura. Los bloques diferenciaron internamente comandos rurales y comandos urbanos, con encargados separados para cada dimensión, incluida la recolección de finanzas. En el Bloque Bananero, por ejemplo, alias Aguilera respondía por la extorsión al comercio urbano mientras Faber Londoño se ocupaba de la parte ganadera rural. Esta división del trabajo importa porque desmiente la idea de una violencia difusa o improvisada: la limpieza social urbana fue función específica de unidades entrenadas para operar en ciudad —patrulleros urbanos, comandos urbanos, sicarios establemente asignados a comunas y barrios—, con jerarquías propias, presupuestos propios y objetivos propios. El sicario no era ya el pistolero contratado por encargo puntual, sino un empleado con territorio asignado, cuota de trabajo y jefe inmediato; el patrullero urbano no era un delincuente errante, sino un funcionario armado de un poder paralelo que ocupaba una silla dentro del organigrama.

Medellín fue el escenario donde ese organigrama se hizo visible con mayor claridad. El Bloque Cacique Nutibara, al mando de Diego Fernando Murillo Bejarano, alias Don Berna, se consolidó a comienzos de los 2000 en el barrio Robledo Aures, en la Comuna 7, y desde allí se expandió al occidente y noroccidente de la ciudad con el apoyo de las Convivir, absorbiendo o aniquilando a las milicias populares. Antes lo había preparado el Bloque Metro, comandado por Carlos Mauricio García Fernández, alias Doble Cero, en una transición violenta que no fue relevo sino conquista interna. En el nororiente del país, el Bloque Catatumbo operó en Cúcuta a través del Frente Fronteras, con la frontera venezolana como retaguardia logística. En la costa Caribe, el Bloque Norte gobernó Barranquilla, Soledad, Malambo y Santa Marta, y penetró el corredor minero del Cesar —Codazzi, La Jagua de Ibirico, Becerril— con el Frente Resistencia Tayrona, mientras el Frente Córdoba dominaba Montería. En Bogotá, la práctica se documenta con particular densidad en Ciudad Bolívar y en Ciudadela Sucre, donde ya desde 1980 grupos integrados por civiles, miembros de Juntas de Acción Comunal, del Ejército y del DAS habían operado con propósito contrainsurgente, sembrando el terreno de una continuidad que los bloques urbanos posteriores solo tuvieron que heredar. Entre 1988 y 2013, el exterminio social urbano se concentró en las grandes ciudades: Cali, Cúcuta, Medellín, Bogotá y Barranquilla ocuparon los primeros lugares, y esa geografía no es casual, coincide con los mapas de mayor densidad poblacional, mayor circulación de rentas ilegales y mayor delegación del orden público a actores privados.

El mecanismo cotidiano tenía una liturgia estable. Los patrulleros urbanos elaboraban listas de objetivos, y cada tres meses se los enviaba a "hacer limpieza". Las categorías se enunciaban sin eufemismo interno: quienes no pagaban las vacunas, las mujeres consideradas alegres o promiscuas, los expendedores minoristas llamados jíbaros, los consumidores de bazuco y otras drogas —los viciosos— y quienes fueran sospechosos de simpatizar con la guerrilla. En una misma lista aparecían el consumidor de bazuco y el comerciante que no había pagado la extorsión, la mujer estigmatizada por su vida sexual y el auxiliador supuesto de las FARC. La conducta moral y el incumplimiento económico compartían página, y esa mezcla no era descuido burocrático: era la firma ideológica del dispositivo. Al equiparar al jíbaro con el guerrillero y a la trabajadora sexual con el moroso, los paramilitares afirmaban que el desorden era uno solo y que la respuesta debía ser uniforme. La contabilidad trimestral, además, imponía a la violencia un ritmo administrativo: había meses de recolección de nombres y meses de ejecución, semanas de rumor y semanas de cuerpos. El barrio aprendió pronto a leer ese calendario, y a esconder o a entregar según la fecha.

Los métodos fueron públicos por diseño. En La Dorada, en operaciones atribuidas a las Autodefensas Campesinas de Yacopí y Cundinamarca, patrullajes nocturnos en camionetas atacaban grupos enteros en parques y espacios abiertos sin identificación individual: se disparaba contra el conjunto, se mataba a quien estuviera allí. En otros contextos urbanos, grupos de personas fueron ametrallados en plena calle. El homicidio ejemplarizante cumplía una doble función comunicativa: anunciaba a la próxima víctima potencial que sería la siguiente y mostraba al vecino no marcado quién mandaba en la cuadra. La visibilidad era el mensaje. Matar de noche en un parque, dejar los cuerpos hasta el amanecer, permitir que la noticia circulara por el chismorreo escolar y los mostradores de tienda: cada elemento del ritual estaba calculado para producir gobierno. Un cuerpo tendido junto a una banca a las seis de la mañana, cuando los niños salían al colegio, valía más como acto pedagógico que como sanción; la comunidad entera recibía la lección, y no había que pronunciarla en voz alta. La eficacia del terror urbano no dependió del volumen absoluto de asesinatos, sino de su distribución, su publicidad y su regularidad.

Los paramilitares urbanos no se limitaron a matar: escribieron reglas. En varios territorios circularon códigos explícitos de conducta —comparables a códigos de policía o manuales de buena conducta— con sanciones previstas para cada infracción. El paramilitar urbano hacía barrer las calles, prohibía ciertas ropas y peinados, imponía horarios, castigaba la infidelidad, decidía quién podía beber y hasta qué hora, y ordenaba la geografía sexual del barrio. Contra el pluralismo que la Constitución de 1991 había proclamado apenas unos años antes —el reconocimiento de la diversidad étnica, religiosa, sexual, cultural como fundamento del pacto político— el orden paramilitar urbano ofreció una contra-Constitución escrita a mano y ejecutada con fusil. Allí donde el Estado prometía derechos, el paramilitar imponía deberes; donde la Constitución consagraba libertades, el patrullero urbano dictaba costumbres. Y el barrio, muchas veces, aplaudió la sustitución. La escena tiene algo de restauración: como si detrás del uniforme camuflado hubiera una nostalgia por el pueblo pequeño, por la moral parroquial, por la vigilancia recíproca de la vecindad, ahora armada con fusiles de asalto y con listas mecanografiadas. La contra-Constitución paramilitar no era proyecto de futuro; era vuelta atrás violenta contra la promesa constitucional apenas nacida.

La persecución a personas LGBTI fue una de las expresiones más nítidas de esa contra-Constitución moral. En El Carmen de Bolívar, paramilitares y policías atacaron con formas idénticas a personas LGBTIQ+ que ocupaban el espacio público, y sus procesos colectivos fueron desmembrados por desplazamiento, con destinos frecuentes en Medellín. En los municipios del Bloque Norte, la imposición de normas heteronormativas bajo amenaza fue sistemática. En Chaparral, Tolima, se registraron transfeminicidios de trabajadoras sexuales trans ejecutados por grupos posdesmovilización en asocio con miembros del Ejército, y el patrón se replicó en los Montes de María y en Tumaco. La tortura y la violencia sexual contra personas LGBTIQ+ tenían el propósito explícito de "corregir" a las víctimas para que actuaran derechitas, en la fórmula recurrente de los testimonios. La palabra revela todo el proyecto: enderezar cuerpos torcidos, alinearlos con la norma, y cuando la corrección no era posible, eliminarlos. El transfeminicidio no fue un exceso puntual de un patrullero; fue la aplicación coherente de la doctrina que atravesaba los códigos escritos y las listas trimestrales. Las víctimas trans, además, sufrieron una doble expulsión: primero de sus barrios de origen, después del sistema de reparación, que durante años careció de categorías capaces de nombrarlas. Fueron muertas por lo que eran, y luego contadas como si no hubieran sido nada.

La connivencia estatal fue operativa, no metafórica, y sostenerla en abstracto sería suavizarla. En Granada, Antioquia, el mayor Jesús María Clavijo Clavijo, del Batallón Granaderos con sede en La Unión, coordinaba con los grupos paramilitares urbanos la ejecución de homicidios contra los llamados objetivos militares. En algunas operaciones, Ejército y paramilitares compartían vehículos. En Ciudadela Sucre, miembros del Ejército y del DAS participaron desde 1980, junto a civiles y Juntas de Acción Comunal, en operaciones conjuntas que se prolongaron en la década siguiente bajo la forma de exterminio social. En Chaparral, los transfeminicidios se ejecutaron con la participación de miembros del Ejército. Y la Operación Orión, en la Comuna 13 de Medellín en octubre de 2002, mostró de manera indisimulable la coordinación operativa entre fuerza pública y paramilitares en el escenario urbano, coincidiendo casi milimétricamente con la instalación territorial del Bloque Cacique Nutibara. Lo que allí ocurrió no fue una infiltración lamentable ni una desviación individual: fue una alianza de gobernanza urbana, con reparto de tareas y objetivos comunes. El Estado no cedió el barrio; lo entregó. Y en muchos casos —esto es lo más grave— lo entregó a cambio de resultados operacionales que después podría exhibir como propios: bajas guerrilleras, milicianos capturados, delincuencia disminuida. El paramilitar hacía el trabajo sucio; el uniformado firmaba el parte.

El eslabón más incómodo del dispositivo, sin embargo, no está en el uniforme ni en el brazalete. Está en la vecina que señaló al muchacho, en el tendero que entregó el nombre del jíbaro, en la reunión comunal donde alguien dijo que había que hacer algo con esa gente. Sectores de la población toleraron y en ocasiones apoyaron activamente las operaciones, motivados por el hartazgo ante el robo cotidiano, el miedo a los consumidores callejeros, la impunidad frente a los delitos menores y la sensación —a veces fundada, siempre manipulada— de que los viciosos y los jíbaros habían arruinado el barrio. La colaboración civil en la elaboración de listas fue el mecanismo por el cual la limpieza social se articuló con la vida barrial. No era violencia contra la comunidad: era violencia con la comunidad, sobre los miembros que la comunidad misma había decidido descartar. Reconocer eso no exculpa al verdugo ni disuelve la responsabilidad estatal; la sitúa en su lugar exacto. El paramilitarismo urbano no fue una fuerza de ocupación extranjera: fue una empresa criminal que supo leer un resentimiento social existente y ofrecerle una solución armada. La categoría desechable, antes de aparecer en la pared pintada de un comando, había circulado ya en la conversación del vecindario.

Ese acuerdo tácito tuvo consecuencias que sobrevivieron a los bloques que lo firmaron. Cuando el paramilitar dejó de patrullar la esquina, la vecina que había señalado siguió allí, y el vocabulario también. Barrios enteros aprendieron a organizarse en torno a la sospecha del vecino y a la delación disfrazada de preocupación comunitaria, y esa gramática no se desmontó con la desmovilización. En algunas comunas de Medellín, las juntas comunales que habían tolerado o auxiliado al Bloque Cacique Nutibara continuaron ejerciendo autoridad después de 2003, ahora bajo otros nombres y en connivencia con las bandas herederas. La vida cotidiana quedó marcada por un pliegue permanente: en la cuadra donde alguien fue matado por vicioso, el hijo del vecino que denunció y el hermano del muerto siguieron cruzándose en la tienda, y nadie habló. El silencio barrial es también una forma de continuidad.

El exterminio social o limpieza social no está tipificado en el Código Penal colombiano, y ninguna persona ha sido condenada específicamente por este delito. Las víctimas que denunciaron ante la Fiscalía encontraron mala atención institucional, ausencia de celeridad procesal, falta de reparaciones y exposición a nuevas violencias. La categoría desechable se instaló en el habla colombiana y se aplicó a poblaciones concretas —habitantes de calle, consumidores, trabajadoras sexuales, personas LGBTI— con una densidad que ninguna política pública ha logrado deshacer. La desmovilización de las AUC entre 2003 y 2006 no cerró la práctica: los grupos posdesmovilización continuaron, en muchos casos, con los mismos operadores y las mismas listas. Cambió la sigla, no la nómina; cambió el uniforme, no la lógica. Los transfeminicidios de Chaparral, ejecutados después de la desmovilización, lo demuestran con crudeza: el mismo territorio, la misma alianza con miembros del Ejército, las mismas víctimas seleccionadas por los mismos criterios. La firma jurídica de un proceso de paz no basta para desmontar un dispositivo cuya materia prima —el resentimiento social, la delegación estatal, el vocabulario del descarte— sigue disponible.

Queda entonces una cuenta pendiente que no admite eufemismo. Durante siete años, en las ciudades donde vivía la mayor parte de los colombianos, un poder armado privado gobernó la vida cotidiana matando por trimestres a los cuerpos que consideraba prescindibles, y lo hizo con la connivencia operativa de agentes del Estado y con el consentimiento social de fracciones de la vecindad. Llamar a eso limpieza fue —y sigue siendo— la victoria simbólica del verdugo. Nombrarlo exterminio, urbano, dirigido, sistemático, con víctimas identificables y responsables identificables, es la primera condición para que la palabra desechable deje de aplicarse a un ser humano en Colombia. Es también, todavía, una tarea abierta.

05

La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

07

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

26 documentos · 36 fragmentos
01Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo I. De la violencia a las resistencias ante el Bloque Centauros de las AUCCentro Nacional de Memoria Histórica · 2021 · p. 4421 cita
[1]el pago de vacunas y las relaciones sexuales. Entr.: Si tuviéramos que organizar estas acciones de la que más cometían… las tres que más cometían, ¿cuáles eran?, ¿la primera cuál era? Edo.: Así la que más era la limpieza. Usted sabe que el grupo paramilitar siempre tienen a los urbanos del pueblo que hacían su lista…p. 442
02Autodefensas de Cundinamarca. Olvido estatal y violencia paramilitar en las provincias de Rionegro y Bajo MagdalenaCamilo Ernesto Villamizar Hernández, Rodrigo Arturo Triana Sarmiento, León Felipe Rodríguez Hernández, César Nicolás Peña Aragón · 2020 · p. 1471 cita
[2]Bloque Mineros que operó en el Bajo Cauca antioqueño y también nativo de Yacopí. Igualmente, los relatos hablan de acciones de homicidios de población vul- nerable o mal llamada “limpieza social” en el vecino municipio de La Dora- da; en coordinación con integrantes del Frente Omar Isaza de las ACMM se 149 3. LAS…p. 147
03Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo II. El Frente Capital y el declive del Bloque Centauros de las AUCDaniel Ricardo Martínez Bernal (coordinador), Lorena Camacho Muete, Esteban Caviedes Alfonso, Laura Bibiana Escobar García, José María Gutiérrez Sierra, Daniela Moreno Arriola, Daniel Augusto Serrano Corredor, Juan Manuel Villarraga Beltrán · 2021 · p. 283, 3012 citas
[3]de las zonas de Altos de Cazucá. Este hombre, de 26 años de edad, llamado Jaime Andrés Marulanda, fue clave para perpetrar asesinatos entre 2000 y 2005. Su novia de 14 años lo denunció ante la Policía y lo entregó a la justicia ordinaria: Marulanda está hoy recluido en la cárcel de Acacías (Meta) pagando su condena.…p. 301
[19]ya se estaba… Ya acá estaban, comenzaron a… a pla… Ya en el año 1980, me retrocedo, se dio Ciudadela Sucre y la gran mayoría trabajaban con la Brigada y tenía la misma manera de trabajar con Ac- ciones Comunales o con esos grupos de seguridad. Pero el trasfondo era “con- trarrestar”, entre comillas, contrarrestar el…p. 283
04Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander. Tomo II. Bloque Central Bolívar: violencia pública y resistencias no violentasAlberto Santos Peñuela (coordinador del informe y correlator), Luis Miguel Buitrago Roa, Juan Guillermo Jaramillo Acuña, Nicolás Otero González, Rodrigo Torrejano Jiménez · 2021 · p. 311 cita
[4]las acciones o relaciones que se exterminio social. Sin embargo, el exterminio social no existe en el Código Penal y hasta el momento ninguna persona ha sido condenada por el caso de “limpieza social”” (CNMH y IEPRI, 2018). I. “ELLOS ACABARON CON TODO A SU PASO”: LAS VIOLENCIAS DEL BCB-SB 31 desarrollaban en la…p. 31
05Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · p. 1412 citas
[5]eran las únicas fuentes de la violencia periférica relacionada con las drogas. El hecho era que dondequiera que fluyera el dinero del tráfico, la violencia inevitablemente lo seguía. Donde fluía con mayor abundancia, la violencia era más intensa. Medellín y Cali fueron famosas a finales de los años ochenta como…p. 141
[6]eran las únicas fuentes de la violencia periférica relacionada con las drogas. El hecho era que dondequiera que fluyera el dinero del tráfico, la violencia inevitablemente lo seguía. Donde fluía con mayor abundancia, la violencia era más intensa. Medellín y Cali fueron famosas a finales de los años ochenta como…p. 141
06Limpieza social. Una violencia mal nombradaCarlos Mario Perea Restrepo · 2015 · p. 146, 2352 citas
[7]—fluctuante entre 50 y 100 muertes anuales—, en contraste con las grandes urbes, donde no solo se concentra el mayor número de homicidios, tam- bién se producen los grandes escalamientos. La condición pree- minente del exterminio urbano resulta notable. 126 Según quedó anotado, se entiende por ciudad la aglomeración…p. 146
[18]fun- dación y la intervención de cuño represiva de los años posterio- res, escriben un capítulo peculiarmente espinoso en las de por sí conflictivas relaciones entre Estado y sociedad local urbana. Las dos modalidades de presencia estatal se suman a la consolidación del férreo consentimiento que preside las…p. 235
07Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 128, 1342 citas
[8]otras estructuras con alcance regional que operaron en contextos urbanos, como el Bloque Catatumbo a través del Frente Fronteras en Cúcuta, el Bloque Norte que actuó en Santa Marta mediante el Frente Resistencia Tayrona, o las estructuras urbanas del Frente Córdoba en Montería 428. La presencia de estos paramilitares…p. 134
[29]las milicias de las guerrillas. “Aquí es donde ‘don Berna’, ya como miembro de la autodefensa, se idea ponerle el nombre de Bloque Cacique Nutibara” 405. La ofensiva del Bloque Cacique Nutibara en Medellín se enfocó en territorios que consideraban de influencia guerrillera. A comienzos de los dos mil se habían…p. 128
08De los grupos precursores al Bloque Tolima (AUC). Informe No. 1Centro Nacional de Memoria Histórica, Álvaro Villarraga Sarmiento, Anascas Del Río Moncada, Mauricio Barón Villa, Andrea García Hernández, José Alirio Duque Orrego, Edith Garzón Quintero · 2017 · p. 2911 cita
[9]uso de los ho- micidios que se cometían públicamente como forma de castigo “ejemplarizante” contra la población civil, con el fin de generar terror y garantizar el mensaje sobre el orden establecido. Sobre este tipo de acciones, un relato menciona un homicidio público en el corregimiento Las Delicias, ordenado por…p. 291
09Granada: Memorias de guerra, resistencia y reconstrucciónMarta Inés Villa Martínez, Laura Cartagena Benítez, Fernando Valencia Rivera · 2016 · p. 111, 1632 citas
[10]de las que se consideraban conductas ina- propiadas o desviadas sino a eliminar cualquier señal de re- sistencia o traición. En términos de la dinámica del con fl icto armado, esto se corresponde con el aumento de la competen- cia por el control entre guerrillas, paramilitares y Ejército. El tema de la información es,…p. 163
[17]autodefensas eran un apoyo o respaldo a la guerra que ellos libraban, eso no es un secreto (CNMH, exfuncionario de la alcaldía, hombre, entre- vista, 19 de septiembre de 2014). 112 Granada: Memorias de guerra, resistencia y reconstrucción Esta relación de connivencia, cooperación y coordinación es co- rroborada por un…p. 111
10Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 283, 2902 citas
[11][...]. Él nunca fue capaz de decirle a la familia de su orientación 822. En los Montes de María, Tumaco y Chaparral (Tolima), las alianzas co n la fuerza pública se hicieron visibles en la aniquilación de trabajadoras sexuales trans: En la última década, Chaparral ha sido testigo del acorralamiento de la fuerza…p. 283
[15]Policía Metropolitana de Santiago de Cali» 860. Aun así, no todo obedecía a la obtención de resultados, sino también a la materialización de controles militares sobre la vida civil. Dichos controles permitían que la fuerza pública estuviera fuera del alcance de auto ridades que pudieran investigar las vulneraciones a…p. 290
11Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Antioquia, sur de Córdoba y Bajo Atrato chocoanoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 86, 1402 citas
[12]de objetivos militares, lo cual desencadenó en muchos desplazamientos de personas LGBT a ciudades como Medellín 378. La guerra en Medellín En la década de 1990, Medellín fue una de las grandes ciudades del país en que se evidenció una mayor expresión del conflicto armado y de la hibridación de las vio- lencias…p. 140
[16](Acdegam) en 1982 187 y las autodefensas de la Casa Castaño en Córdoba y Urabá a mediados de la década de 1980. Otros grupos de seguridad privada ilegal se armaron en el suroeste, norte, nordeste, Bajo Cauca y Oriente antioqueño. La primera generación paramilitar del norte de Antioquia y el sur de Córdoba siguió el…p. 86
12Un carnaval de resistencia: Memorias del reinado trans del río TuluníAlanis Bello Ramírez · 2018 · p. 213, 2212 citas
[13]pronto corría más peligro. Eso me dio dolor (…), me perjudicó bastante. (…) Siempre en mi género femenino, siempre me he conocido como la popular Kelly Johana, pero ya con todo eso, ya dejo eso atrás y es una de mis más hon- das, sí, cosas de decepción (CNMH, La Cachirri, gay femenino, 42 años, octubre de 2017). 4.3.…p. 221
[31]ejecuten procesos de atención diferencial a las víctimas, ya que muchas de ellas no cuentan con recursos para sobrellevar las marcas de la guerra, han quedado con graves malestares psicológicos, discapacidades mentales, sentimientos de desolación, baja autoestima y deseos suicidas. La ausencia de una respuesta…p. 213
13La tierra se quedó sin su canto. Trayectoria e impactos del Bloque Norte en los departamentos de Atlántico, Cesar, La Guajira y Magdalena. Tomo IICentro Nacional de Memoria Histórica · 2022 · p. 1631 cita
[14]LGBTI, que eran civiles en los territorios dentro de los cuales ejercieron control. A pesar de que esta dinámica está matizada, ya que ciertas comandancias y subestruc- turas “toleraron” las diversas orientaciones sexuales e identidades de género, lo cierto es que esta apuesta radicó en que las personas se acogieran a…p. 163
14Álvaro Uribe Vélez: El Narcotraficante Nº 82Sergio Camargo V. · 2008 · p. 541 cita
[20]con arma blanca durante una noche, matando luego a algunos de un tiro en la cabeza y enterrando vivos a otros. 48 La desaparición de este criminal es un completo misterio, pues hasta el momento jamás se ha encontrado su cuerpo y nadie sabe en donde está enterrado. Lo único cierto sobre su muerte, se basa sobre…p. 54
15Alvaro Uribe Velez El Narcotraficante # 82Sergio Camargo V. · 2008 · p. 541 cita
[21]con arma blanca durante una noche, matando luego a algunos de un tiro en la cabeza y enterrando vivos a otros. 48 La desaparición de este criminal es un completo misterio, pues hasta el momento jamás se ha encontrado su cuerpo y nadie sabe en donde está enterrado. Lo único cierto sobre su muerte, se basa sobre…p. 54
16"Falsos positivos" en Colombia y el papel de la asistencia militar de Estados Unidos, 2000-2010Movimiento de Reconciliación (FOR), Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos (CCEEU) · 2014 · p. 441 cita
[22]y Control. 8. Barrio Castilla, Medellín, el 23 de Octubre 1990, 7 asesinados y 6 heri- das. Autor: Muerte a Secuestradores. 9. Bar Sturpu de Itaguí, el 15 de diciembre, 12 asesinados y 6 heridos, autor: Muerte a Revolucionarios del Nordeste. 10. San Antonio de Prado (Ant.) el 14 de diciembre, 8 asesinados. Autor: Los…p. 44
17The Para-State: An Ethnography of Colombia's Death SquadsAldo Civico · 2016 · p. 1861 cita
[23]enter a militia area, you find security cor- dons; you run into people who will speak to you, with no need for you to know if he or she is part of the militia. They will investigate you. A shop- keeper listens to something; the bus driver listens to something else. And they report it to the militia. At first, the…p. 186
18Desplazamiento forzado en la Comuna 13: La huella invisible de la guerraLuz Amparo Sánchez, Marta Inés Villa, Pilar Riaño · 2011 · p. 70, 1072 citas
[24]contaba con una extensa red de bandas, autodefensas o combos, muchos de ellos articulados al narcotráfico y, de manera particular, al Cartel de Medellín, lo que permitía contar con un sinnúmero de hombres entrenados en la confrontación armada, que conocían la ciudad y serían posterior- mente cooptados para el proyecto…p. 70
[28]mí y mi mamá dijo “no, ella no está”; y ellos, “es que la necesitamos, ¿dónde está ella?”. […] Ya mi mama llamó y me dijo, “no se vaya a venir que la están esperando” (Taller de memoria, testimonio de mujer adulta, 2010) señala que miembros de las autodefensas advirtieron a los habitantes de algunos barrios del centro…p. 107
19Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 531 cita
[25]a este pueblo fue porque echaron a robarse unos con otros. En la cosecha de café se robaban y no había castigo para nadie. No había remedio. Entonces ya se infundió que iba a llegar una gente que le daba duro a los que robaban y les daban también a los que vivían mal y esta ban juntados con otras señoras. También les…p. 53
20Estrategias de guerra y trasfondos del paramilitarismo en el Urabá antioqueño, sur de Córdoba, bajo Atrato y Darién. Tomo IILaura Milena Ballén Velásquez, Ronald Edward Villamil Carvajal, Luisa Fernanda Hernández Mercado · p. 1871 cita
[26]sin él, fue una imposición dentro del contexto de violencia que se vivió en el sur de Córdoba, el Urabá antioqueño y el bajo Atrato. 2.3.1 Tasación a la propiedad Rural La separación entre comandos urbanos y rurales que sirvió para dar sustento a la estrategia militar de los bloques paramilitares objeto de este…p. 187
21Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Nariño y sur de CaucaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1211 cita
[27]partir del control alcanzado en el casco urbano, paulatinamente se fueron desple- gando hacia la zona rural, especialmente a las zonas adyacentes al río Mira, donde además de la expansión del narcotráfico, se habían empezado a posicionar cultivos de palma africana 309. La procedencia de estos primeros integrantes del…p. 121
22Caminos de guerra, utopías de paz (Colombia: 1948-2020)Gonzalo Sánchez Gómez · 2021 · p. 301 cita
[30]para no mencionar los que simplemente no se denuncian, la llamada “criminalidad oculta”) lo que equivale de hecho a un verdadero colapso cifrado en la deserción o claudicación, más bien, del sistema judicial. Hubo incluso una relación inversa entre las formas más graves de criminalidad y la acción judicial: “A más…p. 30
23Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 5152 citas
[32]o pobres, que no hayan sufrido el dolor de la violencia de derecha y de izquierda. Al borde del ajuste de 1984 el desempleo abierto obtuvo un 14% de la población activa, más otro 16% de subempleo, aunque después el primer guarismo des- cendería para rondar el 10%. Más del 52% de la población activa se encuentra en el…p. 515
[33]o pobres, que no hayan sufrido el dolor de la violencia de derecha y de izquierda. Al borde del ajuste de 1984 el desempleo abierto obtuvo un 14% de la población activa, más otro 16% de subempleo, aunque después el primer guarismo des- cendería para rondar el 10%. Más del 52% de la población activa se encuentra en el…p. 515
24Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 3231 cita
[34]y la carencia d e sistem as modernos de tr ansp or te p úb lico m as i vo, sac ar on a la lu z una pro fund a segregación socia l. I.a au- senc ia o debilidad de la s llamadas ins titm:iones tr adicionales (l a fa milia, la escuela de jo rnada completa, el vecindario, la Iglesia) sin q ue h aya n encontrado reemplazo,…p. 323
25Memoria de la infamia. Desaparición forzada en el Magdalena MedioCentro Nacional de Memoria Histórica, Liz Yasmit Arévalo Naranjo, Andrés Prieto Ruiz · 2017 · p. 4931 cita
[35]Como dice García (2006): “La segregación socio-espacial, económica, política y cultural ha alimentado, en amplios sectores de habitantes de esta ciudad, tanto la percepción de la desigualdad social que padecen –vivir en un enclave de pobreza al lado de un enclave de riqueza- como el sentimien- to de que esa situación…p. 493
26Movimientos sociales, Estado y democracia en ColombiaMauricio Archila, Mauricio Pardo (Editores) · 2001 · p. 1051 cita
[36]del Estado). Hernando Valencia Villa, "Constitución de 1991: la carta de derechos", en Análisis Político, N 2 13, mayo-agosto de 1991, pp. 73 y 74. Luchas y movimientos cívicos en Colombia [107 ] La política social de los noventa fue en contravía del enfo- que de derechos planteado en la nueva constitución y, más…p. 105