Yacopí
“Yacopí encarna la condición de los lugares que la historia colombiana convirtió en fronteras permanentes: nunca fue centro de poder, sino umbral entre mundos —el altiplano muisca y los valles caribes, el liberalismo campesino y el conservatismo…”
En el extremo noroccidental de Cundinamarca, donde la cordillera Oriental se descuelga hacia los valles calientes del Magdalena y roza el escudo esmeraldífero de Boyacá, se extiende Yacopí: un municipio que ha sido, durante cinco siglos, territorio de frontera. Frontera indígena entre el altiplano muisca y los valles caribes, frontera tardía de la colonización campesina liberal, frontera del enclave esmeraldero, frontera del narcotráfico, frontera del paramilitarismo del Magdalena Medio. Su nombre aparece en la historia colombiana asociado a dos episodios que, vistos con distancia, son la misma cosa dicha en épocas distintas: el arrasamiento casi total del casco urbano en 1952, durante la Violencia bipartidista, y el ciclo de masacres, desplazamientos y disputas armadas que lo atravesaron entre los años ochenta y comienzos de los dos mil. Entender a Yacopí es entender por qué ciertos lugares de Colombia parecen condenados a repetir su geografía política, y por qué esa repetición nunca es del todo mecánica: cada ola de violencia reactiva viejas fallas, pero también las moldea con actores nuevos.
El territorio antes de ser Yacopí
Antes de la Conquista, la tierra que hoy lleva ese nombre no formaba parte del corazón muisca. El altiplano de Cundinamarca y Boyacá, donde hacia mediados del siglo XVI vivían cerca de 400.000 muiscas bajo la autoridad dividida del Zipa y el Zaque, terminaba antes de las estribaciones que descienden al Magdalena. Más allá, en los valles intermedios y en la tierra caliente, habitaban los muzos, los panches y los calimas, a quienes las crónicas españolas englobaron bajo la etiqueta de caribes. La clasificación era, en parte, taxonomía étnica y, en parte, descripción del comportamiento: los españoles llamaban caribes a los pueblos que resistían con arcos y flechas envenenadas, y a menudo la palabra decía más de la guerra que hacían que de su origen.
Entre muiscas y muzos había, sin embargo, más que enemistad. Había comercio y dependencia. Los muiscas del altiplano no producían coca, ni algodón, ni oro, ni siquiera las esmeraldas que la iconografía posterior asocia a su nombre: las obtenían por intercambio. El oro llegaba desde Neiva y otros puntos del valle del Magdalena; la coca y el algodón, del mismo corredor caliente; las esmeraldas, de las minas de Somondoco controladas por el Zaque, no de los dominios directos del Zipa. En sentido inverso, el altiplano exportaba sal —el monopolio de Zipaquirá viajaba hasta Neiva a lo largo de la cuenca del Magdalena— y textiles. El territorio del futuro Yacopí quedaba en el umbral de ese intercambio: no era muisca, pero tampoco caribe puro; era el pliegue geográfico donde una cultura terminaba y otra empezaba, y donde ambas se necesitaban.
La frontera política era, además, difusa por dentro. Los muiscas nunca constituyeron un imperio consolidado: cacicazgos como el de Tundama o el señor de Sáchica eran remanentes con sumisión ambigua al Zipa y al Zaque, y los márgenes de la federación se disolvían en zonas de lealtad intermitente. La región de Yacopí, más allá del filo cordillerano, quedaba fuera de esa geografía. Era tierra muzo, cálida, aurífera hacia el occidente boyacense, poblada por gente que las crónicas hispánicas describieron primero como enemiga y luego como recurso.
De la encomienda al municipio: la colonización tardía del Rionegro
La incorporación colonial del territorio fue tardía y violenta. Los muzos resistieron con particular tenacidad, y la pacificación de la región —articulada en torno al eje esmeraldífero de Muzo y Coscuez— se prolongó durante décadas. Cuando finalmente se impuso el orden colonial, la fórmula fue la conocida: encomiendas asignadas sobre las capitanías indígenas preexistentes, en las que el cacique respondía por el tributo colectivo del clan, y pueblos de reducción trazados con la geometría reglamentaria de la Corona —plaza mayor de 180 varas en cuadro, calles rectas de 14 varas, manzanas cuadradas de 80 varas, iglesia, casa del cacique y hospital—. La ciudad ideal renacentista, en retícula ajedrezada, se replicaba desde el altiplano hasta los valles como un molde administrativo.
Pero el molde encajaba mal en la zona del Rionegro. La densidad indígena era menor que en el altiplano, la topografía quebrada dificultaba la traza urbana ortodoxa, y los pueblos de reducción rara vez alcanzaban los trescientos vecinos que fijaba la norma como umbral. La región quedó organizada, durante buena parte de la colonia y del siglo XIX, como una zona intermedia entre la Provincia de Rionegro y la órbita esmeraldífera boyacense, sin capitales fuertes, sin haciendas de gran escala comparables a las de la sabana y sin una clase dominante enraizada. Ese vacío no era anecdótico: sería la marca estructural del territorio.
La colonización propiamente campesina —la que dio origen al municipio contemporáneo— llegó de manera fragmentaria en el siglo XIX. Fue una colonización sin patrones grandes, sin élite terrateniente consolidada, sin ideología regionalista coherente. Los colonos venían de distintas procedencias, se asentaban en lo que quedaba del antiguo territorio Vásquez —así se conoció el conjunto que hoy comprende Yacopí, La Palma, Topaipí y municipios vecinos— y reprodujeron una sociedad de pequeños y medianos propietarios rurales, con cacicazgos municipales localistas y una ordenación político-administrativa fluida, muchas veces reordenada. A fines del siglo XIX, en buena parte de la subregión la mayoría de la población no era nativa; era colonizadora reciente.
Ese perfil demográfico y económico produjo una consecuencia política decisiva: en Yacopí, La Palma y Topaipí se consolidó una identidad liberal, mientras las tierras más altas de Chiquinquirá, Muzo y Jesús María se afirmaban como bastiones conservadores desde la Guerra de los Mil Días. La divisoria no era casual. Donde predominaba la colonización campesina de origen humilde, sin patrones grandes que impusieran filiación, el liberalismo cuajaba como bandera. Donde persistía la sociedad tradicional del enclave esmeraldero y la hacienda, el conservatismo se mantenía. Yacopí quedó, en ese mapa, del lado liberal, en frontera política inmediata con el mundo conservador que empezaba unos kilómetros más al oriente.
La forma de una frontera
Para comprender por qué el municipio se volvió tan vulnerable a la violencia, conviene detenerse en su geografía humana. Yacopí no fue nunca un centro de poder regional. Su cabecera y sus veredas —Terán, Ibama, Guaduero, Alto de Cañas, y decenas más regadas por la vertiente del Río Negro— se organizaron como una constelación de asentamientos pequeños, comunicados por caminos difíciles, en un relieve que combina serranía y valle caliente. El municipio limita, en la práctica, con tres mundos: al oriente con la zona esmeraldífera del occidente de Boyacá (Muzo, Coscuez); al norte con Puerto Boyacá y el corredor del Magdalena Medio; al sur con La Palma, Pacho y el resto del noroccidente cundinamarqués.
Esa condición fronteriza tenía un correlato institucional: la debilidad del Estado central en la subregión retroalimentaba las tendencias localistas y dejaba amplios espacios sin jurisdicción efectiva. Las autoridades municipales pesaban más que las departamentales; las departamentales, más que las nacionales; y por debajo de todas ellas operaban redes informales de poder que ninguna ley alcanzaba a nombrar. La ausencia de una clase dominante regional consolidada se traducía en la imposibilidad de formular una ideología regionalista coherente que sirviera de dique frente a los ciclos de violencia. Yacopí no tenía patrones que lo protegieran ni instituciones que lo defendieran. Tenía, en cambio, campesinos liberales, una economía agraria de mediana escala y una posición geográfica que lo dejaba expuesto a cada tormenta que descendiera del Magdalena o subiera de la mina.
1948-1958: el arrasamiento
Cuando Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado el 9 de abril de 1948, la Violencia bipartidista ya se venía gestando desde la persecución conservadora contra el liberalismo iniciada en 1946. En diversas regiones del país —el Sumapaz cundinamarqués donde militaba Juan de la Cruz Varela, el oriente del Tolima, los Llanos— surgieron grupos de autodefensa campesina como respuesta a esa persecución. Yacopí, con su identidad liberal campesina, quedó desde el comienzo en la mira. La disolución del Congreso por Mariano Ospina Pérez el 9 de noviembre de 1949 marcó el quiebre institucional definitivo entre los dos partidos y abrió paso a una represión estatal cada vez más militarizada.
En 1952, la cabecera de Yacopí fue arrasada casi por completo. El adverbio importa: no se trató de daños parciales ni de un episodio aislado, sino de una destrucción sistemática que borró buena parte del casco urbano. Las comisiones de la Policía y el Ejército llegaban como ciclones a pueblos y veredas inermes, y su responsabilidad directa en el arrasamiento de poblaciones civiles quedó registrada en múltiples regiones. En Yacopí, esa dinámica alcanzó una de sus expresiones más devastadoras del país.
La respuesta campesina no tardó. En las veredas se organizaron guerrillas liberales dirigidas por líderes locales que asumieron nombres y rangos improvisados. Los grupos armados de la zona se estructuraron en tres comandos: el de Saúl Fajardo, con veinte hombres, operaba en Terán; el de Drigelio Olarte, con veinticinco, en Térama; el del Teniente Lombo, con treinta, en Guadualones. Eran cifras modestas frente a la maquinaria estatal. En el enfrentamiento del Alto del Águila, uno de los combates emblemáticos de la resistencia yacopiense, los guerrilleros campesinos se toparon con unas cuatrocientas unidades de tropa regular y fueron copados por superioridad de armas y de hombres. El desenlace era previsible; la persistencia de la lucha, no.
Mientras tanto, en la subregión operaban también figuras que se movían entre la guerrilla liberal, el bandolerismo tardío y la delincuencia política más difícil de clasificar. Efraín González, oriundo del vecino Jesús María y con presencia intermitente en el occidente cundinamarqués, encarnaría en los años cincuenta y sesenta esa transición ambigua entre resistencia campesina y forajidismo: bandolero conservador de trayectoria excepcional, símbolo de la manera en que la Violencia terminó desbordando las lealtades partidistas originales y produciendo actores híbridos que sobrevivieron a la propia guerra que los engendró.
Ese primer ciclo dejó a Yacopí con un doble legado: una identidad de resistencia campesina liberal que perduraría en la memoria local, y un tejido social herido, con veredas desplazadas, caseríos reducidos a cenizas, y una desconfianza estructural hacia el Estado que no se repararía en las décadas siguientes. El municipio no volvió a ser el mismo, y sobre esas heridas se depositaría, treinta años después, otra ola.
Los sindicatos petroleros y la formación de una cultura política
Entre el primer ciclo de violencia y el segundo mediaron años de aparente calma, pero también de transformaciones profundas que reforzaron la identidad política del municipio. Desde el Catatumbo y el Magdalena Medio, los sindicatos petroleros —especialmente los que se organizaban en torno a Barrancabermeja— difundieron principios socialistas y liberales de izquierda entre las poblaciones campesinas circundantes. Los obreros del petróleo encontraron en el campesinado un aliado natural: los peones agrícolas acogieron las demandas salariales obreras y, con ellas, un vocabulario político nuevo que combinaba el liberalismo tradicional con lecturas más radicales de la cuestión agraria.
Yacopí, geográficamente próximo al Magdalena Medio, quedó bajo la influencia de esa cultura sindical. La matriz liberal-campesina del municipio se combinó, en las décadas posteriores a la Violencia, con corrientes de izquierda agraria que darían base social a la presencia guerrillera posterior. Cuando las FARC extendieron su influencia hacia el noroccidente cundinamarqués en los años setenta y ochenta, encontraron un terreno preparado no solo por la geografía sino por décadas de politización campesina.
La sombra de la esmeralda
Al oriente de Yacopí, en los municipios de Muzo, Coscuez y Otanche, se despliega uno de los enclaves minerales más peculiares del mundo: la zona esmeraldífera del occidente de Boyacá. Su economía, marginal a los grandes circuitos de exportación agraria del país, produjo desde temprano una sociedad propia, gobernada por patrones que combinaban riqueza mineral, redes de contactos políticos y ejércitos privados. Los llamados patrones esmeralderos —Isauro Murcia, Humberto Ariza, Efraín González en sus últimos años, y sobre todo Víctor Carranza y Gilberto Molina, quienes emergerían como figuras dominantes— construyeron feudos personales sostenidos por guardaespaldas armados y por la protección discrecional de sectores de las fuerzas del orden.
Ese mundo, ya violento por naturaleza, cambió cualitativamente en los años ochenta con la irrupción del narcotráfico. La conexión decisiva la encarnó José Gonzalo Rodríguez Gacha, alias El Mexicano, que había comenzado como guardaespaldas en el entorno esmeraldero antes de convertirse en uno de los capos del cartel de Medellín. A mediados de esa década, Rodríguez Gacha actuaba como intermediario entre el cartel y la mafia de las esmeraldas, papel que le abrieron precisamente Víctor Carranza y Gilberto Molina al presentarlo a los traficantes de Medellín. En diciembre de 1984, fuerzas paramilitares al mando de Henry Pérez interceptaron cerca de Puerto Boyacá un cargamento de cocaína de Rodríguez Gacha, episodio que marcó el inicio de una relación compleja entre el narcotraficante y las estructuras armadas del Magdalena Medio: primero tensión, luego alianza operativa contra las guerrillas.
La llamada tercera guerra verde, iniciada en 1984, se distinguió de las anteriores por el salto tecnológico de la violencia. Ya no eran cuchillos ni revólveres viejos: eran fusiles y granadas, y con ellos vinieron los crímenes masivos y el desplazamiento forzado de poblaciones enteras. La guerra articuló a los dos grupos más poderosos del negocio esmeraldero con el narcotráfico y con el paramilitarismo, operando muchas veces bajo la fachada de empresas de seguridad privada. Yacopí, como frontera occidental de ese universo, quedó dentro del radio de acción.
Rodríguez Gacha aprovechó su intermediación esmeraldera para trasladar al Magdalena Medio parte de sus instalaciones de producción de cocaína, en alianza con las fuerzas paramilitares de Henry Pérez —con quienes compartía el objetivo estratégico de enfrentar a las FARC—. Ese doble desplazamiento —de la cocaína hacia el Magdalena Medio, del narco hacia la esmeralda— fue la matriz que envolvió a Yacopí durante los años más duros. La muerte de Rodríguez Gacha el 16 de diciembre de 1989, en un operativo de la Policía en la costa Caribe, desalentó la violencia en el occidente de Boyacá y abrió el camino para que Víctor Carranza, con la intermediación de la Iglesia católica, negociara un acuerdo de paz entre los bandos esmeralderos. Pero para entonces la lógica ya se había desbordado sobre Cundinamarca.
El ciclo paramilitar
El paramilitarismo del Magdalena Medio, que terminaría proyectándose sobre Yacopí, tuvo un origen preciso y una evolución rastreable. En 1977, Ramón María Isaza Arango —campesino del Magdalena Medio caldense conocido como El Viejo— fundó un pequeño grupo de autodefensa que respondía inicialmente a la presión guerrillera de las FARC en la zona. En 1983, ese grupo fue cooptado por Henry Pérez, líder de las Autodefensas de Puerto Boyacá, en un momento fundacional del paramilitarismo regional. A esas dos estructuras se sumaron el MAS (Muerte a Secuestradores), Los Tiznados y otros grupos menores que, hacia mediados de los ochenta, constituyeron la base del paramilitarismo del Magdalena Medio.
El financiamiento y la orientación de esas estructuras se apoyaban en ganaderos, comerciantes y narcotraficantes de la región, para quienes los paramilitares prestaban servicios de protección y de represalia contra la guerrilla. La relación con la fuerza pública fue ambigua desde el principio: Isaza reconoció que algunos militares aliados les avisaban de operativos antinarcóticos para que sus hombres no cayeran en ellos, y en episodios como la masacre de El Carmen de Viboral en 1997, cuya autoría intelectual atribuyó Isaza al general Alfonso Manosalva, la intervención de oficiales del Ejército fue evidente. En otros momentos, sin embargo, hubo distanciamiento, incluso enfrentamiento. La ambigüedad era estructural, no accidental.
En diciembre de 1987 y marzo de 1988, en la hacienda El Cincuenta de Puerto Boyacá, paramilitares vinculados a Víctor Carranza recibieron entrenamiento de mercenarios israelíes e ingleses. Ese episodio ilustra la sofisticación logística que alcanzó el paramilitarismo regional en su fase de despliegue: no eran simples bandas rurales, sino estructuras armadas con apoyos internacionales.
Las autodefensas de Isaza atravesaron desde 1994 una serie de recomposiciones: primero como Autodefensas de Ramón Isaza, luego como Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio (ACMM) en 1998, y como Bloque Magdalena Medio (BMM) desde 2000, dentro del esquema de las Autodefensas Unidas de Colombia. Desde su epicentro se expandieron al oriente antioqueño, al oriente de Caldas, al norte del Tolima a partir de 2000, y al occidente de Cundinamarca a partir de 2002. Yacopí quedó dentro de esa proyección territorial, aunque las estructuras que operaron en su jurisdicción tuvieron una relación indirecta con la comandancia central de las ACMM.
Las masacres
El impacto sobre la población civil se midió, como siempre, en muertos, desplazados y silencios. En septiembre de 1990, en la vereda Alto de Cañas de Yacopí, fueron asesinados cuatro campesinos: Evert Benito Sotelo, de diecinueve años; Norberto Pineda, de cincuenta y dos; Hilario Hoyos, de veinticinco; y José Oyosiden, de cuarenta y ocho. Jorge Téllez, de veintisiete, resultó herido. Las autoridades atribuyeron el hecho a las FARC. Dos días antes, en la vereda El Totao del vecino municipio de La Palma, otros cinco campesinos habían sido asesinados; en ese caso, las autoridades responsabilizaron a un enfrentamiento entre bandas paramilitares al servicio de Rodríguez Gacha.
Esa simultaneidad —guerrilla y paramilitares actuando en semanas consecutivas sobre veredas contiguas— era la síntesis del ciclo. Yacopí y La Palma, con su matriz campesina liberal e izquierdista, atraían a la guerrilla; su proximidad al Magdalena Medio y al enclave esmeraldero, a los paramilitares. Los campesinos quedaban en el medio, con la peor cuenta. Los grupos armados de derecha justificaban sus masacres argumentando que atacaban a quienes apoyaban a la subversión, sin admitir la neutralidad de la población civil en los territorios en disputa; las FARC actuaban con lógica análoga contra quienes sospechaban de colaboración con el enemigo. El resultado, en cifras, fue el desplazamiento masivo: Yacopí registró 473 personas desplazadas en los conteos para la región del Magdalena Medio, ubicándose en quinto lugar entre los municipios con mayor expulsión de población, después de San Vicente de Chucurí (1.026), El Carmen de Chucurí (904), Cimitarra (818) y Barrancabermeja (489), y por delante de Puerto Boyacá (395). Para un municipio de las dimensiones de Yacopí, esa cifra representa una hemorragia demográfica.
Las razones estructurales del fenómeno eran conocidas. La región del Magdalena Medio —que integra municipios de siete departamentos, entre ellos Yacopí como representante cundinamarqués— arrastraba una historia larga de conflictos por la tierra, con una presencia estatal reducida al ámbito militar. En ese vacío, la tensión entre terratenientes y campesinos degeneraba una y otra vez en violencia, y las organizaciones irregulares intervenían para dirimir disputas que ninguna autoridad civil resolvía. Sobre esa vieja gramática de conflicto agrario se insertaron, a partir de los ochenta, los actores del nuevo ciclo: narcotráfico, paramilitarismo, guerrilla, todos disputándose el mismo territorio.
Actores y bisagras
La violencia yacopiense de los años ochenta y noventa no se explica sin una lectura de sus actores, entendidos no como piezas aisladas sino como bisagras entre mundos. Víctor Carranza, el patrón esmeraldero por excelencia, encarnó la conexión entre la vieja economía mineral del occidente de Boyacá y el nuevo capitalismo violento del paramilitarismo con apoyo extranjero. Rodríguez Gacha articuló la mafia esmeraldera con el cartel de Medellín, y arrastró al Magdalena Medio hacia una guerra que combinaba antisubversión y control del narcotráfico. Henry Pérez, en Puerto Boyacá, fue el arquitecto operativo de la estructura paramilitar regional en su fase inicial. Ramón Isaza sobrevivió a todos ellos y proyectó la maquinaria hacia el occidente cundinamarqués en el nuevo siglo.
Del otro lado, la memoria yacopiense guardaba los nombres del ciclo anterior: Saúl Fajardo, Drigelio Olarte, el Teniente Lombo, comandantes locales de una guerrilla campesina que había peleado por sobrevivir en 1952 y cuya derrota militar en el Alto del Águila no borró la identidad liberal del municipio, sino que la selló. Cuarenta años después, esa identidad seguía marcando el territorio: le daba base social a las FARC, lo convertía en objetivo de los paramilitares, y lo dejaba, otra vez, sin defensa institucional efectiva.
Figuras como Efraín González, que atravesó el occidente cundinamarqués como bandolero legendario en los años sesenta, y Rafael Rangel Gómez, guerrillero liberal del Magdalena Medio santandereano cuya trayectoria coincidió con la de la resistencia yacopiense, forman parte del mapa mayor en el que Yacopí ocupa un vértice. Ese mapa no es una lista de héroes ni de villanos: es una constelación de agencias contingentes que aprovecharon las fallas estructurales del territorio para escribir su propia historia sobre él.
Después de la desmovilización
Las ACMM y el Bloque Magdalena Medio se desmovilizaron en 2006, dentro del proceso general con las AUC. La desmovilización, sin embargo, no implicó la disolución completa de las estructuras. El Centro Nacional de Memoria Histórica ha analizado los rezagos de esas organizaciones en la región y ha documentado la persistencia de bandas criminales sucesoras que heredaron rutas, negocios y territorios. El occidente de Cundinamarca, con Yacopí incluido, siguió figurando como zona de disputa: presencia intermitente de guerrillas, restos paramilitares, operativos de las Fuerzas Armadas, y una economía rural fragilizada por décadas de violencia.
El Acuerdo de Paz de 2016 con las FARC abrió una nueva etapa. La firma permitió la reincorporación de excombatientes en distintas regiones del país, aunque su aplicación en el noroccidente cundinamarqués enfrentó las mismas dificultades que en otras zonas: presencia de disidencias, control territorial disputado, incumplimientos parciales del Estado en materia de sustitución de cultivos y reparación a víctimas. Para Yacopí, la paz fue una promesa que llegó tarde y de forma incompleta, pero fue paz al fin.
Huella y memoria
Yacopí no ocupa un lugar central en la memoria pública colombiana. No tiene el peso simbólico de El Salado, de Bojayá, de Trujillo, de las masacres del Urabá. Su tragedia fue lenta, distribuida en décadas, sin un episodio único que capturara la atención nacional. El arrasamiento de 1952 se disolvió en la memoria general de la Violencia; las masacres de 1990 quedaron como notas de prensa que la avalancha noticiosa de la época sepultó; el desplazamiento se contabilizó en informes técnicos que pocos leyeron.
Pero esa marginalidad memorial no debería confundirse con marginalidad histórica. Yacopí condensa, quizá con mayor densidad que otros municipios, la lógica territorial del conflicto colombiano: la frontera como condición estructural, la debilidad estatal como matriz permanente, la superposición de economías legales e ilegales como motor de violencia, la identidad política campesina como cicatriz que atraviesa generaciones. Cada ola de violencia reactivó las mismas fallas —el vacío institucional, la disputa por recursos, la geografía de umbral—, pero cada ola trajo también actores nuevos que moldearon esas fallas a su manera. Los guerrilleros liberales de 1952 no anticipan a Rodríguez Gacha, ni Ramón Isaza está prefigurado en el Teniente Lombo. Lo que se repite es el suelo; lo que cambia son quienes lo caminan armados.
Ese doble movimiento —la persistencia de la estructura y la contingencia de los actores— es la clave para leer a Yacopí sin caer en el fatalismo geográfico ni en la ilusión de que todo fue accidente. El municipio no estaba condenado a ser lo que fue; pero tampoco fue víctima pasiva de fuerzas ajenas. Fue territorio de frontera y frontera activa: lugar donde la historia colombiana ensayó, en escala local, varios de sus dramas mayores, y donde una comunidad campesina resistió, a su modo, cinco siglos de invasiones sucesivas: la del conquistador, la del encomendero, la del Ejército, la del esmeraldero, la del narco, la del paramilitar. La memoria de esa resistencia, aun cuando no tenga monumento nacional, es la que da a Yacopí su lugar propio en la larga historia del país.
El territorio en el archivo
Dónde aparece y con qué se relaciona
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
37 documentos · 44 fragmentos01Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 281 cita
[1]El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…
p. 28
02Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 371 cita
[2]vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…
p. 37
03Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 351 cita
[3]y penetrar por los valles del Magdalena y el Cauca. Poco sabemos sobre las fechas de esta migración, ni sobre las rutas precisas utilizadas; incluso son muy fuertes las dudas existentes acerca del carácter caribe o no de muchos de los pueblos encontrados por los españoles. Para muchas de las regiones donde hay algunos…
p. 35
04Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 521 cita
[4]en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…
p. 52
05Fighting Monsters in the Abyss: The Second Administration of Colombian President Álvaro Uribe Vélez, 2006–2010Harvey F. Kline · 2015 · p. 322 citas
[5]to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…
p. 32
[6]to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…
p. 32
06Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 1962 citas
[7]las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…
p. 196
[8]las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…
p. 196
07Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 232 citas
[9]y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…
p. 23
[10]y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…
p. 23
08Historia de Colombia. Descubrimiento y Conquista IGermán Arciniegas, Mauricio Obregón, Jorge Morales, Roberto Pineda Camacho, Javier Ocampo López, et al. · p. 951 cita
[11]presencia del Estado español. Ellos daban cuenta de la realidad urbana a gobernadores, audiencia y virreyes, que eran sus superiores en la escala burocrática. El ilustre historiador Haring, que ha investigado mucho sobre la naturaleza de las ciudades hispa- noamericanas y su evolución colonial, dice que aquéllas…
p. 95
09Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 701 cita
[12]bién el núcleo administrativo, reli- gioso, y el lugar donde se aprendían nuevas formas de vida. Por otra parte, las ciudades simbolizaban el poder, y la ubicación de los edifi- cios importantes en ciertos lugares estaba destinada a impresionar a sus pobladores y visitantes. nh Normas para el establecimiento En parte,…
p. 70
10En medio del Magdalena MedioAlfredo Molano Bravo · 2009 · p. 461 cita
[13]de la década, el pueblo tenía aires ya de pequeña ciudad. ¿Qué expresiones políticas tuvo este largo conflicto agra- rio? Las zonas altas, más cordilleranas y que pertenecían a los municipios de Chinquinquirá, Muzo, y Jesús María, eran des- de la Guerra de los Mil días zonas conservadoras. No así los municipios…
p. 46
11El café en Colombia, 1850-1970: una historia económica, social y políticaMarco Palacios · 2009 · p. 2431 cita
[14]perfiles dramáticos hacia 1920. LOCALISMO E IDENTIDAD REGIONAL La ordenación político-administrativa de la subregión cambió con fre- cuencia. Esta fluidez reflejaba más que caos o incompetencia, varias si- tuaciones de hecho: la fuerza localista de los cacicazgos municipales y la virtual inexistencia de una verdadera…
p. 243
12El café en ColombiaMarco Palacios · 2002 · p. 1601 cita
[15]la cronología de fundación de los poblados parece apuntar al hecho de que se trató de un mis- mo «momento» de apertura de la frontera agraria; 10 de los principales 19 poblados se fundaron entre 1750 y 1860. En un plano más general, podría decirse que la regionalización que abre el período agroexportador cafetero se…
p. 160
13Caminos de guerra, utopías de paz (Colombia: 1948-2020)Gonzalo Sánchez Gómez · 2021 · p. 1731 cita
[16]vereda, establecían estrictas líneas de demarcación política cuya transgresión tenía consecuencias fatales. Una corbata, una camisa o una puerta roja eran una invitación a la muerte; como también cargar una cédula de identidad que llevara el registro de determinadas elecciones. Y formas atroces de mutilación, de…
p. 173
14La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · p. 891 cita
[17]El Alto del Aguila presencia el encuentro inicial de guerrilleros campesinos contra unas 400 unidades de tropas regulares. La gle- ba lucha briosamente, pero sus efectivos son copados por la su- perioridad de armas y de hombres. Arden luégo las aldeas de San Mateo y Guadualito cuyos habi- tantes buscan el monte, pues…
p. 89
15Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia. De la colonia a la creación del Frente NacionalAbsalón Machado Cartagena · 2009 · p. 3181 cita
[18]agrario del Alto Su- mapaz y Oriente del Tolima, liderado por Erasmo Valencia y Juan de la Cruz Varela, y de las relaciones de ellos con Gaitán, surgieran las guerrillas del Su- mapaz, grupos de autodefensa campesina que enfrentaron la opresión y per secución del régimen conservador y del proyecto de conservatización…
p. 318
16No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 561 cita
[19]Quindío, Antioquia, entre otros lugares. La Violencia tuvo dos olas: de 1946 a 1953, durante el gobierno y la dictadura conservadora, y de 1953 a 1957, durante la dictadura militar. En ambas hubo episo- dios de crueldad como masacres, descuartizamientos, quema de pueblos, que dejaron sed de venganza, agravios y…
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17Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 38, 452 citas
[20]su proclividad sectaria, parecían funcionar como si fuesen identidades étnicas. No en vano el mote "chulativa”, con que los grupos libérales desig naban las fuerzas de policía durante la primera ola de la Violencia', ese era el nombre de una vereda conservadora del municipio boyacense de Boavita que desde 1837 había…
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[21]gadas de protegerlos. Las identidades partidistas estaban tan enraizadas que, con su proclividad sectaria, parecían funcionar como si fuesen identidades étnicas. No en vano el mote “chulativa”, con que los grupos liberales desig- naban las fuerzas de policía durante la primera ola de la Violencia; ese era el nombre de…
p. 45
18Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · p. 1442 citas
[22]Carranza y Molina quienes lo presentaron al grupo de traficantes de Medellín. Para mediados de los años ochenta, Rodríguez Gacha actuaba como una espe- cie de intermediario entre el cartel de Medellín y la mafia de las esmeraldas. 77 Esto resultó importante para Rodríguez Gacha cuando sus instalaciones de producción…
p. 144
[23]Carranza y Molina quienes lo presentaron al grupo de traficantes de Medellín. Para mediados de los años ochenta, Rodríguez Gacha actuaba como una espe- cie de intermediario entre el cartel de Medellín y la mafia de las esmeraldas. 77 Esto resultó importante para Rodríguez Gacha cuando sus instalaciones de producción…
p. 144
19Walking Ghosts: Murder and Guerrilla Politics in ColombiaSteven Dudley · 2004 · p. 1281 cita
[24]to come. But the FARC’s expansion in these areas ran head-on with a similarly ambitious project. Drug traffickers and their private armies saw any stateless territory as their domain as well. For reasons similar to the rebels, they sought more and more remote areas to establish their fiefdoms and process their drugs.…
p. 128
20Violencia paramilitar en la Altillanura: Autodefensas Campesinas de Meta y VichadaÁlvaro Villarraga Sarmiento (Director general); Centro Nacional de Memoria Histórica · p. 631 cita
[25]más que se encontraban con el esmeraldero en una finca de descanso ubica- da en el municipio cundinamarqués de Sasaima, el 27 de febrero de 1989. Por otra parte, la muerte de Rodríguez Gacha se produce el 16 de diciembre del mismo año, lo que finalmente desalienta la violencia en el occidente de Boyacá. De inmediato,…
p. 63
21Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1401 cita
[26]primera guerra, que terminó en 1973, y la tercera que comenzó en 1984, este cambio se eviden- cia con crímenes masivos como el desplazamiento forzado de personas en los territorios de confrontación o la utilización de fusiles y granadas, a diferencia de lo que sucedía en las primeras disputas armadas 461. Un ejemplo…
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22La economía de los paramilitares: Redes de corrupción, negocios y políticaMauricio Romero Vidal (coordinador y editor), Ariel Fernando Ávila Martínez, Vilma Liliana Franco R., Ángela Olaya, Hernán Pedraza Saravia, Bernardo Pérez Salazar, Juan Diego Restrepo E., Diana Torres · 2011 · p. 471 cita
[27]extensiones de tierra allí donde la presencia guerrillera era nutrida, aprovechando los bajos precios que para entonces imperaban en esas regiones violentas. Los nuevos propietarios llegaron listos para enfrentar la amenaza guerri- llera, primero patrocinando y luego asumiendo directamente el mando de organizaciones…
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23Narcotráfico en Colombia: Economía y ViolenciaGustavo Duncan, Ricardo Vargas, Ricardo Rocha, Andrés López · 2005 · p. 1891 cita
[28]y guardaespaldas que posteriormente partici- paron en el narcotráfico; el más famoso de ellos fue Gonzalo Rodríguez Gacha. El otro fenómeno que contribuyó a crear un contexto favorable al narcotráfico fue la violencia. Los grandes capos de la primera generación de narcotraficantes, aquellos que el país conoció durante…
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24Nororiente y Magdalena Medio, Llanos Orientales, Suroccidente y Bogotá DC. Nuevos escenarios de conflicto armado y violencia. Panorama posacuerdos con AUCÁlvaro Villarraga Sarmiento (coordinador), Alberto Santos Peñuela, Lukas Rodríguez Lizcano, Luisa Fernanda Hernández Mercado, Juanita Esguerra Rezk · p. 221 cita
[29]y se consolidaron como grupo guerrillero predominante. Durante los años ochenta aparecieron varios grupos armados que fueron la base del paramilitarismo, entre ellos MAS (Muerte a Secuestradores), Los Tiznados y las Autodefensas de Puerto Boya - cá, quienes luego se reconformarían como ACMM (Autodefensas Campesinas…
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25Isaza, el clan paramilitar. Las Autodefensas Campesinas del Magdalena MedioCentro Nacional de Memoria Histórica, Camilo Ernesto Villamizar Hernández, Juan Alberto Gómez Duque, César Nicolás Peña Aragón · 2020 · p. 111 cita
[30]de San Juan. La tercera parte Isaza, el clan paramilitar. Las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio da cuenta de los orígenes del grupo paramilitar de Ramón María Isaza Arango desde 1977, su cooptación por Henry Pérez a partir de 1983, su particular guerra con Pablo Escobar desde 1991 y su recomposición a partir…
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26Justicia y Paz ¿Verdad judicial o verdad histórica?Iván Orozco Abad, María Victoria Uribe, Gina Cabarcas, Luis Carlos Sánchez Díaz · 2012 · p. 691 cita
[31]en San Luis. En los primeros patrullajes dimos de baja a && guerrilleros y les quitamos arma- mento y equipo de campaña. A medida que íbamos teniendo éxito el Ejército fue llevando más soldados. 136 Capítulo 2 137 JUSTICIA Y PAZ: ¿Verdad judicial o verdad histórica? relación de la organización comandada por Isaza con…
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27El orden desarmado. La resistencia de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC)Gonzalo Sánchez Gómez, Mario Aguilera Peña · 2011 · p. 371 cita
[32]mostrará la inserción de los grupos insurgentes de inspi- ración marxista, particularmente el de las FARC, su actividad ar- mada, los blancos de la misma y algunas de las características del orden impuesto por ese grupo en algunas veredas de la región. En la cuarta parte se examinará la represión dirigida por el…
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28Una nación desplazada: Informe nacional del desplazamiento forzado en ColombiaCentro Nacional de Memoria Histórica (CNMH); Myriam Hernández Sabogal, Catalina Riveros Gómez, Mónica Johanna Rueda, Yamile Salinas Abdala, Juan Manuel Zarama Santacruz · 2015 · p. 1551 cita
[33]región del Magdalena Medio fueron: San Vicente de Chucurí (1.026 personas), El Carmen de Chucurí (904 personas), Cimitarra (818 personas), Barrancabermeja (489 personas), Yacopí (473 personas), y Puerto Boyacá (395 personas). 155 Éxodo rentista: disputas por la tierra y el territorio Así también lo reconoció el propio…
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29Guerras RecicladasMaría Teresa Ronderos · 2014 · p. 341 cita
[34]no tenía que hacer esfuerzo», como dijo alguien que lo conoció, Henry había asumido la jefatura del grupo armado. Daba órdenes con la rudeza de los campesinos, pero su marcado acento de Medellín delataba que era más citadino que su padre, más moderno. Era amable y dicharachero, pero cuidaba sus palabras cuando era el…
p. 34
30Doble discurso, múltiples crímenes. Análisis temático de las ACMM y las ACPBCentro Nacional de Memoria Histórica, Camilo Ernesto Villamizar Hernández (coordinador) · 2021 · p. 4562 citas
[35]de Viboral, La Unión y la parte alta de Sonsón); así como municipios en cordillera del oriente de Caldas (Samaná, La Victoria, Norcasia, Marqueta- lia y Pensilvania); desde 2000 el norte del Tolima (Honda, Mariquita, Fresno, Herveo, Falan, Vista Hermosa, Armero Guayabal, entre otros); el occidente de 27 La sentencia…
p. 456
[36]de Viboral, La Unión y la parte alta de Sonsón); así como municipios en cordillera del oriente de Caldas (Samaná, La Victoria, Norcasia, Marqueta- lia y Pensilvania); desde 2000 el norte del Tolima (Honda, Mariquita, Fresno, Herveo, Falan, Vista Hermosa, Armero Guayabal, entre otros); el occidente de 27 La sentencia…
p. 456
31Alvaro Uribe Velez El Narcotraficante # 82Sergio Camargo V. · 2008 · p. 1871 cita
[37]de Puerto Boyacá, revelo los estrechos vínculos de Víctor Carranza con los líderes nacionales del 221 Artículo del periodista Felipe Zuleta, Blog (26-5-2007) 188 paramilitarismo y el envío que hizo de paramilitares para ser entrenados en la hacienda 'El Cincuenta' de Puerto Boyacá (diciembre/87 a marzo/88) por…
p. 187
32Álvaro Uribe Vélez: El Narcotraficante Nº 82Sergio Camargo V. · 2008 · p. 1871 cita
[38]de Puerto Boyacá, revelo los estrechos vínculos de Víctor Carranza con los líderes nacionales del 221 Artículo del periodista Felipe Zuleta, Blog (26-5-2007) 188 paramilitarismo y el envío que hizo de paramilitares para ser entrenados en la hacienda 'El Cincuenta' de Puerto Boyacá (diciembre/87 a marzo/88) por…
p. 187
33Autodefensas de Cundinamarca. Olvido estatal y violencia paramilitar en las provincias de Rionegro y Bajo MagdalenaCamilo Ernesto Villamizar Hernández, Rodrigo Arturo Triana Sarmiento, León Felipe Rodríguez Hernández, César Nicolás Peña Aragón · 2020 · p. 771 cita
[39]masacres en Yacopí y El Peñón entre 1982 y 1991. Sobre la ma- sacre en Yacopí en septiembre de 1990 el diario El Tiempo registró, citando a la Policía, el homicidio de cuatro campesinos atribuyendo su autoría a las FARC: El hecho ocurrió ayer en la madrugada en la vereda Alto de Cañas. Murie- ron Evert Benito Sotelo,…
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34El Estado suplantado. Las Autodefensas de Puerto BoyacáCamilo Ernesto Villamizar Hernández, Juan Alberto Gómez Duque · 2019 · p. 992 citas
[40]También la gente de esta y otras veredas vecinas como Hoyo Rico, salió desplazada, como lo recuerda un habitante de la zona. “La mayoría de gente se desplazó de allá. Y los que no se fueron para la guerrilla, se fueron para los pueblos. Muy poca gente quedó por esos lados, muy poca. En esa época fue muy duro para la…
p. 99
[41]También la gente de esta y otras veredas vecinas como Hoyo Rico, salió desplazada, como lo recuerda un habitante de la zona. “La mayoría de gente se desplazó de allá. Y los que no se fueron para la guerrilla, se fueron para los pueblos. Muy poca gente quedó por esos lados, muy poca. En esa época fue muy duro para la…
p. 99
35Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Magdalena MedioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 311 cita
[42]cuerpo de los campesinos. Como ya se mencionó, cada uno de estos relatos tiene hilos conductores que en general coinci- den con características, problemáticas, conflictos e incluso violencias que anteceden al conflicto armado, en las que se insertan los actores armados y sus disputas por el control territorial, e…
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36La Rochela: Memorias de un crimen contra la justiciaGrupo de Memoria Histórica, Iván Orozco Abad (Relator), Gonzalo Sánchez G. (Coordinador) · 2010 · p. 2581 cita
[43]Bolívar (San Pablo, Morales y Simití) y Cesar (Gamarra y San Alberto). La Rochela: memorias de un crimen contra la justicia 260 en la segunda estos provinieron principalmente del Bajo Magdale- na, Bolívar y las sabanas de Sucre y Córdoba. 3 Es imprescindible señalar que el Magdalena Medio adquirió su identidad por la…
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37La guerra escondida. Minas Antipersonal y Remanentes Explosivos en ColombiaCentro Nacional de Memoria Histórica, Fundación Prolongar · 2017 · p. 541 cita
[44]54 La guerra escondida pios de San Vicente del Caguán y Puerto Rico), terminando en el suroccidente de Cundinamarca (mapa 5). Aparte de estos corredores existen otras zonas que han sido regiones en disputa por parte de las guerrillas, los grupos parami- litares y las Fuerzas Armadas. Estas zonas de disputa…
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