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Una historia del territorio

El Carmen de Chucurí

El Carmen de Chucurí es uno de esos municipios colombianos cuya historia parece escrita antes de que sus habitantes pudieran elegirla: fundado sobre el vaciamiento violento de los Yariguíes, poblado por colonos que construyeron sin Estado una…

18 min de lectura30 fuentes

En el pliegue occidental de Santander, donde la serranía de los Yariguíes desciende hacia el valle del Magdalena Medio, El Carmen de Chucurí condensa una historia colombiana: la de un territorio poblado por colonos que llegaron sin Estado y construyeron sobre el vacío una economía cacaotera densa y dispersa; la de una comarca que a mediados del siglo XX se volvió puerta de entrada de las primeras guerrillas del país; y la de un municipio que en los años ochenta y noventa vio nacer en su jurisdicción una de las estructuras paramilitares tempranas del Magdalena Medio, con el saldo de masacres, despojos y una memoria que hoy se disputa vereda por vereda. En su geografía caben casi enteros los ingredientes de la larga guerra colombiana: colonización sin institucionalidad, cultivo permanente de ladera, guerrilla nacida en las cabeceras urbanas cercanas, autodefensas surgidas al calor del Ejército, y una posguerra imperfecta en la que la restitución de tierras avanza a tropezones.

Un municipio de ladera, cacao y frontera

El Carmen de Chucurí ocupa la vertiente oriental de la serranía de los Yariguíes —también llamada, en una duplicidad toponímica que la cartografía califica de extraña, serranía de Los Cobardes—, en la provincia santandereana que hace un siglo y medio era todavía frontera indígena y selva. Se despliega entre alturas medias de vertiente andina y las tierras cálidas que caen hacia el río Magdalena, cruzada por afluentes del Chucurí y del Opón, ríos de altas pendientes, cañones profundos y flujos estacionales que impiden la navegabilidad y que históricamente aislaron la comarca de los grandes circuitos comerciales.

Esa condición de ladera intermedia define el tipo de economía y de sociedad que allí se asentó. Los cultivos permanentes tradicionales del país —plátano, caña panelera, yuca— y, sobre todo, el cacao encontraron en estas vertientes un nicho ideal, y a su alrededor se construyó una estructura agraria de fincas pequeñas y medianas. Los colonos combinaban pancoger —maíz, yuca, plátano, fríjol, caña—, café y arroz para consumo, con excedentes de cacao para el mercado. La ganadería doméstica de pequeña escala complementaba el efectivo. Es el modelo clásico de colonización campesina de vertiente: disperso, poco urbanizado, con caseríos débilmente articulados a una cabecera lejana. Los caminos, más de arriería que de vehículo, y la estacionalidad de los ríos marcaban el ritmo del contacto con el mundo exterior. Las noticias, los precios del cacao y los funcionarios llegaban con retraso, cuando llegaban.

Al fondo del retrato hay que colocar la escala nacional del cultivo: el cacao pasó de unas 32.000 hectáreas sembradas en 1950 a alrededor de 72.000 en 1976, y los cultivos permanentes tradicionales llegaron a representar el 60 por ciento del área permanente del país. Chucurí es uno de los territorios que sostuvo esa expansión, y el cacao no es aquí un accesorio pintoresco: es la columna material de una identidad campesina, el producto que ata al colono a su parcela y que, décadas más tarde, será uno de los bienes que el desplazamiento forzado obligará a abandonar. Un cacaotal no se improvisa. Entre la siembra y la cosecha estable median cuatro o cinco años de trabajo paciente, y esa temporalidad larga —que fija a la familia al predio— explica también por qué el despojo en estas veredas resultó especialmente violento en su forma y devastador en sus consecuencias.

Alrededor del cacao se organizaba también la sociabilidad. Las cosechas convocaban jornaleros y compadres, los patios de secado marcaban el ritmo semanal, y la comercialización —a veces a lomo de mula, a veces en camión por caminos apenas practicables— tejía redes que unían a las veredas con los mercados de San Vicente, Barrancabermeja o Bucaramanga. Esa economía, aparentemente modesta, sostuvo durante generaciones a familias numerosas y produjo un tipo de campesino con arraigo profundo, con memoria genealógica de cada linde y cada árbol, con un vínculo material y afectivo con el predio que ninguna indemnización posterior podría equiparar.

El vaciamiento indígena y la llegada de los colonos

Antes de los colonos hubo otro poblamiento, y su desaparición es la precondición silenciosa de todo lo que vino después. La región del Magdalena Medio, desde la irrupción de Gonzalo Jiménez de Quesada en 1536, fue territorio de resistencia indígena: los Yariguíes, los Carares y los Opones sostuvieron durante siglos una guerra de defensa de sus territorios y sementeras contra la invasión española, guerra que dificultó el sometimiento colonial y dejó a la zona relativamente al margen de la administración virreinal.

Esa larga resistencia se derrumbó en menos de tres generaciones. Entre 1860 y 1925, la población Yariguí pasó de unos 15.000 individuos a apenas dos docenas. El despoblamiento se atribuye a la acción de quineros, cazadores y compañías de colonización. En 1924 se registró una masacre de indígenas en el Opón perpetrada por una compañía de colonización, episodio que apenas asoma en el registro pero que sugiere la escala de la violencia fundacional. Cuando los campesinos que fundarían las veredas de El Carmen empezaron a asentarse, lo hicieron sobre un territorio recientemente vaciado, cuyos antiguos habitantes habían sido reducidos a un puñado de sobrevivientes.

El poblamiento campesino avanzó a lo largo del siglo XIX y consolidó, hacia 1920-1930, cerca de 100.000 habitantes en el conjunto del Magdalena Medio santandereano. Fue una colonización libre en el sentido de que no la organizó ni la tuteló el Estado central: colonos que talaban, aserraban abarco y tagua, tumbaban monte para el pancoger, lavaban oro en las quebradas y montaban ranchos que luego serían veredas. La fundación de pueblos hacía las veces de aparato mínimo de institucionalidad: alcaldía, juzgado, notaría y mercado se concentraban en la cabecera, y era esa presencia limitada lo que permitía hablar de "República" en lugares donde el Estado nacional apenas llegaba en forma de sello y de párroco.

El Carmen fue erigido como municipio en 1887, en pleno arranque de la Regeneración, cuando el país volvía a ordenar administrativamente su territorio bajo la Constitución del 86. La erección municipal separaba a la comarca del vecino y mayor San Vicente de Chucurí, con el que compartía cuenca, cultivo y matriz social, y le daba una cabecera propia en la que se instalarían las instituciones básicas. Pero el municipio como forma jurídica siempre iría por detrás del municipio como sociedad real: veredas como La Fortuna, Santo Domingo o Yarima, y decenas más regadas por la ladera, quedarían durante décadas fuera del alcance efectivo de la alcaldía y la fuerza pública. Los conflictos por linderos, aguas y herencias se resolvían por acuerdo vecinal, por la mediación del cura o por la fuerza; y en ese vacío se fue formando una cultura política acostumbrada a arreglárselas sin recurrir al Estado, o a temerlo cuando aparecía.

La provincia de Mares y la frontera petrolera

El Carmen de Chucurí pertenece administrativamente a la provincia de Mares, cuya cabecera es Barrancabermeja y cuyo destino, desde la segunda década del siglo XX, quedó marcado por el petróleo. La concesión De Mares, la refinería de Barrancabermeja, la Tropical Oil Company y luego Ecopetrol convirtieron a la orilla del Magdalena en un enclave industrial y obrero radicalmente distinto de las laderas cacaoteras, pero conectado a ellas por caminos, ríos y migraciones estacionales.

Esa vecindad importa por dos razones. Primero, porque el sindicalismo petrolero de Barrancabermeja fue uno de los focos culturales y políticos que irradió a las provincias vecinas, incluida la de Chucurí. Y segundo, porque la cercanía con Bucaramanga, sede de la Universidad Industrial de Santander (UIS) y de organizaciones estudiantiles como AUDESA, agregó al paisaje regional un tejido urbano-intelectual que jugaría un papel central en la aparición de las guerrillas. El Carmen de Chucurí, con sus veredas de cacaoteros dispersos y su cabecera modesta, quedaba en el vértice de un triángulo cuya otra punta era la ciudad universitaria y cuya base era la refinería obrera. Peones que bajaban a jornalear a Barranca en temporada baja, hijos de finqueros que se iban a estudiar a Bucaramanga y volvían con ideas nuevas, curas rurales que leían a Camilo Torres, comerciantes que traían y llevaban noticias con el cacao: por ahí circulaba, en pequeño, un mundo mayor que el de la vereda.

El contraste entre las dos economías —cacao de ladera y petróleo de orilla— también produjo tensiones. Barrancabermeja era ciudad de salarios y sindicatos, con culturas obreras aguerridas y una vida urbana intensa; Chucurí, en cambio, era comarca de propietarios pequeños, con jornadas marcadas por el ciclo agrícola y por las fiestas patronales. Que las dos realidades quedaran en la misma provincia administrativa alimentó, durante décadas, un intercambio desigual pero constante, del que salieron dirigentes, ideas políticas y también sospechas mutuas.

El ELN y la primera irrupción armada

En algún momento de mediados de los sesenta, en las zonas rurales de San Vicente de Chucurí y Simacota, se instaló la primera guerrilla del Ejército de Liberación Nacional. Las raíces del ELN están ahí: en una franja selvática próxima a San Vicente, con proyecciones hacia El Carmen y hacia el Opón, sostenida logísticamente por redes urbanas que venían de antes. En Bucaramanga, jóvenes vinculados a AUDESA y a la UIS habían tejido los primeros núcleos; en Barrancabermeja, el sindicalista petrolero Juan de Dios Aguilera aportó la conexión obrera; en Bogotá, líderes estudiantiles de la Universidad Nacional completaban el circuito. La guerrilla que tomó Simacota en 1965 y difundió su manifiesto fundacional venía de esas redes.

El ELN se definió como movimiento de liberación nacional inspirado por la Revolución cubana, distinto en genealogía y en tono de las FARC marxistas-leninistas: mientras estas últimas hundían sus raíces en las autodefensas campesinas comunistas del sur, el ELN nacía de una hibridación entre estudiantes, sacerdotes influidos por la teología de la liberación y campesinos de Chucurí. La elección de la zona no fue casual: la matriz campesina dispersa, con veredas fuera del control estatal, ríos infranqueables, serranía tupida y proximidad a Bucaramanga y Barrancabermeja, ofrecía a la vez retaguardia y logística.

Los primeros años del ELN en la comarca dejaron una marca duradera. La guerrilla fue prácticamente aniquilada por el Ejército en 1973, en el norte de Antioquia, en la operación Anorí, y los sobrevivientes se refugiaron en la cordillera Oriental. Entre ellos, y luego durante casi tres décadas, sobresalió la figura del sacerdote español Manuel Pérez Martínez, el "cura Pérez", que llegaría a comandar la organización y a personificar su ala católica y radical. Cuando el ELN se reconstruyó en los años ochenta, El Carmen de Chucurí y su comarca volvieron a ser referencia, pero para entonces el territorio ya estaba en plena mutación: había aparecido un actor nuevo, decidido a disputar palmo a palmo la retaguardia guerrillera.

Los Sanjuaneros y el nacimiento de las autodefensas

Desde 1982, el Magdalena Medio ensayó un modelo temprano de paramilitarismo caracterizado por dos rasgos: patrullajes conjuntos entre unidades del Ejército y grupos paramilitares, y escuelas de entrenamiento militar a civiles a cargo de oficiales y exoficiales. En Puerto Boyacá, en el sur del Cesar, en el Carare-Opón y en la provincia de Chucurí se articuló ese ensayo, que no fue una insurrección campesina espontánea contra la guerrilla sino una construcción deliberada, con financiación de ganaderos y empresarios y con cobertura institucional.

En el corregimiento de San Juan Bosco de La Verde, en jurisdicción de Chucurí, tomó forma la estructura conocida como "Los Sanjuaneros". Su creador fue Isidro Carreño Estévez, alias Isnardo, líder paramilitar cuyo nombre quedaría atado a la primera fase del paramilitarismo chucureño. El grupo tomó su nombre del corregimiento donde estaban sus bases, y desde allí se proyectó a los municipios vecinos, imponiendo control social, listas de sospechosos, extorsiones y castigos. Isnardo, del que la historia local sabe menos de lo que debería, fue el hombre que dio forma cotidiana a esa primera estructura.

Los años decisivos fueron 1987 y 1988. En mayo de 1988 ocurrió la masacre de Llana Caliente, hito violento que precipitó una reorganización simbólica y militar del grupo. Ese mismo mes, el coronel Rogelio Correa Campos —oficial del Ejército aliado de los paramilitares en la región— fue asesinado. Cuando un nuevo mando, apodado Parra, se sumó a la estructura, propuso rebautizarla en homenaje al oficial caído: nació entonces el "Comando Coronel Rogelio Correa Campos", luego "Autodefensas Campesinas Coronel Rogelio Correa Campos". Un grupo civil armado que se reclama campesino y a la vez se autobautiza con el nombre de un coronel del Ejército señala sin recato la naturaleza mixta de la empresa.

En 1991 murió Isnardo Carreño, y con su muerte el grupo entró en una segunda fase. Al no estar ya integrado exclusivamente por gente de San Juan Bosco, se autodenominó en ocasiones ACC —Autodefensas de Carmen de Chucurí—, y ese cambio de nombre marca el momento en que el paramilitarismo dejó de ser un fenómeno de corregimiento para convertirse en un poder municipal. Para entonces, el proyecto del Magdalena Medio ya estaba articulado con figuras mayores del paramilitarismo nacional —Ramón Isaza consolidaba su feudo en las estribaciones antioqueñas del río Magdalena, e Iván Roberto Duque, "Ernesto Báez", aportaba discurso y estructura política—, y El Carmen se integraba a una red que en 1997 desembocaría en las Autodefensas Unidas de Colombia.

Una comarca entre dos fuegos

Entre mediados de los ochenta y mediados de los dos mil, El Carmen de Chucurí vivió el ciclo más agudo de su violencia. La aritmética era brutal en su simpleza: un territorio de veredas dispersas donde el ELN —y en menor medida las FARC— había construido bases sociales durante dos décadas, quedó sometido a la ofensiva de un paramilitarismo respaldado por el Ejército, con la misión explícita de vaciar el respaldo civil de la guerrilla. La distinción entre combatiente y colaborador se desdibujó, y la sospecha bastó para llenar fosas.

Los estudios sobre focalización espacial del paramilitarismo en el Magdalena Medio identifican a la provincia de Chucurí, junto con Puerto Boyacá, el sur del Cesar y el Carare-Opón, como una de las zonas donde el fenómeno adquirió carácter "endémico": no una presencia coyuntural, sino un régimen social consolidado, con capacidad de imponer reglas cotidianas y de sustituir en la práctica al Estado. En esa cotidianidad, la ley del silencio funcionó como cemento: nadie podía preguntar por el desaparecido del vecino, nadie podía nombrar al autor del disparo, y la impunidad se autoalimentaba en un entramado donde políticos locales, ganaderos, mandos militares y comandantes paramilitares compartían intereses y cálculos.

El testimonio recogido por el Centro Nacional de Memoria Histórica muestra una relación material entre actores armados y comunidad más enredada de lo que suele contarse: los grupos armados proveían a veces medicamentos y hasta libros escolares, canalizándolos a través de las Juntas de Acción Comunal. Esa mezcla de coerción y provisión —el Estado paralelo que reparte cuadernos con una mano y ordena ejecuciones con la otra— es una de las claves para entender por qué, todavía hoy, en muchas veredas de El Carmen víctima y victimario comparten camino, escuela y capilla. Los cálculos morales de la vida cotidiana se enredan en detalles muy concretos: quién habló con quién, quién aceptó qué ayuda, quién se negó a firmar qué acta. En la memoria local, esos detalles pesan tanto como los grandes nombres.

La resistencia civil tuvo también su capítulo. La Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC), nacida en el vecino Carare-Opón, se convirtió en referencia nacional de una apuesta comunitaria por la neutralidad activa frente a los armados. Sus líderes fueron perseguidos precisamente porque su fortaleza organizativa amenazaba el orden impuesto: donde hay comunidad organizada, la ley del silencio se resquebraja, y ese resquebrajamiento era intolerable para las alianzas locales.

Al lado de la ATCC, en El Carmen y municipios vecinos, hubo también iniciativas menores, casi domésticas, de campesinos que rehusaron alinearse: familias que se negaron a delatar a un vecino, curas que enterraron muertos sin preguntar, maestras que siguieron dando clase mientras alrededor cambiaban los mandos. Esa resistencia menuda no dejó archivos ni monumentos, pero es parte del tejido que hizo posible que, terminado el ciclo más agudo, quedara algo por reconstruir.

El despojo y el retorno imperfecto

La violencia produjo desplazamiento. El desplazamiento produjo despojo. En El Carmen de Chucurí, las fincas cacaoteras y ganaderas quedaron vacías. Por testaferratos, ventas forzadas y aprovechamientos oportunistas, pasaron a manos de intermediarios vinculados al paramilitarismo. Jairo Correa es una de las referencias de ese despojo en el municipio, y a su alrededor gravitan casos que hoy están en distintas fases de restitución.

Las fincas Brisas y La Agustina son parte de esos procesos: se ha identificado a la familia propietaria originaria a la que se restituirían los predios, y el trámite avanza. La hacienda El Japón, en cambio, permanece sin intervención en el proceso, expresión de la desigualdad interna del sistema de restitución. Otros reclamantes, que han insistido en recuperar sus tierras, viven amenazados: al menos uno ha debido solicitar protección por la insistencia con que ha reclamado, y no ha conseguido recobrar el predio.

La herida más difícil de suturar aparece cuando el propio Estado, a través del extinto Incoder, redistribuyó tierras de la zona a personas que resultaron vinculadas al paramilitarismo. Una víctima que percibe cómo su predio quedó en manos de un antiguo victimario mientras ella no consigue restitución no está enfrentando una tragedia individual: está tocando el nervio de una política pública que se equivocó, o que fue capturada, en un momento clave. Y el fenómeno no es marginal. A escala nacional, con corte a febrero de 2021, se habían proferido 7.098 sentencias de restitución en el marco de la Ley 1448 vigente desde 2011; más de la mitad —el 53 por ciento, 3.761 casos— atribuyen el despojo a grupos paramilitares, y apenas un 19 por ciento a las guerrillas. En Chucurí, donde el paramilitarismo se instaló con la profundidad ya descrita, la proporción se agudiza.

La Ley 1448 de 2011, la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, dio el marco: reconoció formalmente la existencia del conflicto armado interno, ordenó medidas de atención, asistencia y reparación integral, y estableció rutas para devolver la tierra despojada. Sobre el papel, es una ley de vanguardia latinoamericana. En el terreno de El Carmen, la Mesa Municipal de Víctimas ha sido uno de los canales por los cuales las comunidades han motivado y sostenido las reclamaciones, y las organizaciones de víctimas y ONG han denunciado la lentitud, la falta de garantías y la persistencia de grupos posdesmovilización de las AUC como factores que obstruyen la restitución.

En el fondo del cuadro se dibujan además figuras que no fueron del municipio pero cuya sombra lo alcanza. Rafael Rangel Gómez, guerrillero liberal del Magdalena Medio en la Violencia de mediados de siglo, es el antecedente lejano que hizo de la región un espacio históricamente familiar a la insurgencia armada. Manuel Pérez Martínez, el cura Pérez, encarnó por décadas al ELN cuya cuna estaba en las provincias vecinas. Ramón Isaza, patriarca del paramilitarismo del Magdalena Medio antioqueño, e Iván Roberto Duque, "Ernesto Báez", ideólogo político de las AUC, marcan los contornos del paramilitarismo mayor en el que se inscribieron los Sanjuaneros y las ACC. Sobre esos nombres nacionales, y por encima de ellos para la vida cotidiana chucureña, pesan los locales: Isnardo, el coronel Correa Campos, Parra, Jairo Correa. Y los lugares que los acompañan —San Juan Bosco de La Verde como corregimiento matriz, Llana Caliente como punto de inflexión, las veredas La Fortuna, Santo Domingo y Yarima como escenarios recurrentes de expedientes y testimonios— completan el mapa mínimo para entender lo que allí pasó, con la cabecera de El Carmen, San Vicente como municipio hermano, Barrancabermeja como puerto y Bucaramanga como capital departamental cerrando el contorno.

La memoria en disputa

Lo que quedó tras el ciclo armado no fue solamente un mapa de tierras despojadas o restituidas. Quedó una memoria en disputa, y esa memoria es tal vez el capítulo más difícil de la historia reciente del municipio. Grupos comunitarios y de víctimas —entre ellos el Grupo de Memoria de La Casita Vergeleña, Jardín del Recuerdo y de los Sueños, acompañado por el Centro Nacional de Memoria Histórica y publicado en 2022— han emprendido la tarea de nombrar a los muertos, reconstruir los relatos y devolverle a los lugares del horror alguna forma de sentido colectivo.

La tarea es ardua. Muchos actores locales del ciclo violento siguen vivos. Habitan las mismas veredas, cruzan la misma plaza los días de mercado, saludan en la misa. El despojo destruyó vínculos culturales y simbólicos: territorios que habían sido de pancoger, de familia, de cacao y de fiesta patronal se convirtieron en lugares asociados al miedo. La recuperación es lenta, y pasa tanto por sentencias judiciales como por gestos culturales. A medida que la intensidad armada descendió en el Magdalena Medio, las tamboras, fiestas patronales, festivales y bailes cantados volvieron a las plazas, y en ese retorno hay un componente reparador que ninguna ley por sí sola alcanza.

La disputa por la memoria es también una disputa por el relato del municipio hacia afuera. Contra la imagen simple del "pueblo tomado por las autodefensas" o del "pueblo colaborador de la guerrilla" —caricaturas que han circulado en la prensa nacional—, la historia real es más incómoda: un territorio de colonos autónomos, con Estado escaso, donde la guerrilla encontró bases entre campesinos sin protección y las autodefensas se construyeron desde el Ejército y los ganaderos aprovechando el mismo vacío. Los mismos vecinos, a veces las mismas familias, aparecen en distintos lados del cuadro. Cualquier memoria honesta tiene que soportar esa ambigüedad sin diluirla en épicas ni en denuncias.

La huella y lo que sigue

El Carmen de Chucurí es hoy, en el mapa colombiano, uno de esos municipios cuyo nombre le dice algo específico solo a quien ha estudiado el conflicto: no un símbolo tan legible como El Salado o Trujillo, no una capital, no una masacre convertida en fecha nacional. Pero en la historia territorial del país ocupa un lugar decisivo, porque en él pueden leerse con nitidez casi de manual los ingredientes de la larga guerra. La colonización campesina cacaotera del siglo XIX, sobre un territorio vaciado violentamente de sus habitantes originarios, creó una sociedad densa e institucionalmente huérfana. Esa sociedad fue penetrada desde abajo por una guerrilla nacida en las universidades y los sindicatos cercanos, y desde arriba por unas autodefensas construidas con apoyo militar y ganadero. La violencia produjo despojo, y el despojo mal gestionado produjo restituciones parciales, reclamantes amenazados y adjudicaciones dudosas del Incoder. Sobre todo eso, hoy, se levanta un trabajo de memoria hecho por las víctimas.

Queda la pregunta por lo que sigue. En las veredas altas todavía se cosecha cacao, y en las plazas vuelven las tamboras, pero la geografía humana no ha vuelto a ser la de antes: hay predios sin dueño, familias que nunca regresaron, apellidos que solo aparecen en las lápidas del cementerio y otros que han crecido a costa del vacío ajeno. Los reclamantes envejecen mientras los expedientes avanzan a ritmo de trámite, y los hijos de quienes se fueron —criados ya en Bucaramanga, en Bogotá o en Barrancabermeja— sostienen con distancia la memoria del cacaotal perdido. Esa distancia también es parte del daño: un municipio que produjo colonos, guerrilleros, paramilitares y víctimas, y que hoy debe convivir con todos ellos, o con su ausencia, sin haber terminado de decir en voz alta qué fue exactamente lo que pasó y quién respondió por ello. En eso, El Carmen de Chucurí sigue siendo lo que ha sido durante siglo y medio: un territorio de frontera.

Conexiones

El territorio en el archivo

Dónde aparece y con qué se relaciona

Fuentes

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

26 documentos · 30 fragmentos
01
Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Magdalena MedioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 38
1 cita
[1]

aguas en la búsqueda de sus seres queridos. A medida que la guerra ha desescalado, las tamboras han vuelto a sonar, otra vez hay fiestas patronales y regresaron los festivales, los bailes cantados y los cantos bailados, reconstruyendo los vínculos entre las gentes. En las montañas santandereanas, en medio de la…

p. 38
02
Café y ferrocarriles en Colombia: los trenes santandereanos (1869-1990)Juan Santiago Correa Restrepo · 2012 · p. 23
1 cita
[2]

cuenta con un importante nú- mero de ríos como el Sogamoso, el Suárez, el Opón y el Chicamo- cha, entre otros, con fuertes flujos hídricos estacionales, profundos cañones y altas pendientes, lo que impide que sean navegables en toda su extensión. La parte occidental del departamento hace parte del valle na- tural que…

p. 23
03
En medio del Magdalena MedioAlfredo Molano Bravo · 2009 · p. 24
1 cita
[3]

motivo de la fiebre de la quina o cascarilla. El despoblamiento de nativos hecho por quineros y cazado- res fue, según Rodríguez Plata, (citado en Jacque April-Gniset, 1997, p. 11) alarmante: "De 15.000 en 1860 a 10.000 en 1880, a 5.000 en 1900, a 1.000 en 1910, a 500 en 1920, y dos docenas en 1925". Todavía en 1924,…

p. 24
04
El desplazamiento en Colombia. Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez · 2005 · p. 287
1 cita
[4]

para referirse al dominio de carácter político y a la imposición de modelos de desarrollo que resultan favorables a unos sectores en perjuicio de otros, aún cuando estos últimos puedan aparentemente verse inicialmente favorecidos. D ESARRAIGOS E IMAGINARIOS RELIGIOSOS EN LA... 287 En 1536 arribó la invasión española…

p. 287
05
El desplazamiento en Colombia: Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez (editoras) · 2005 · p. 287
1 cita
[5]

para referirse al dominio de carácter político y a la imposición de modelos de desarrollo que resultan favorables a unos sectores en perjuicio de otros, aún cuando estos últimos puedan aparentemente verse inicialmente favorecidos. D ESARRAIGOS E IMAGINARIOS RELIGIOSOS EN LA... 287 En 1536 arribó la invasión española…

p. 287
06
Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · p. 78
1 cita
[6]

principio organizador del territorio. Surge entonces una gran paradoja del siglo XIX: mientras el país se volvió cada vez más agrícola, la cantidad de pueblos aumentó considerablemente. Estos pueblos reunieron grandes grupos de personas, y, sobre todo, fue en ellos en donde las instituciones de la emergente República…

p. 78
07
El Desarrollo de la Agricultura en ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1982 · p. 319
1 cita
[7]

R ID RS DO ±tJ\JO 141 ^^9 9fi0 ZOU RO DO 9^^ ZO 90 ZO DO 1 "^0 70 1 u Q09 ouz fiO DO QQ oo 9f^ ZO 79 i Z 1 '^4 7^^ oDO 00 40 ^0 QO oO 81 01 88 oo 00 QR 00 Qt^ 00 Q9 yz 1967 1 7^ lio fi4 QOO Oo 4Q RO 00 QO yo 1Í7DO 1 QQ Dü O'?'? OU 40 4o yu 1969 236 60 255 55 50 57 91 1970 267 40 229 65 77 54 92 1971 218 55 251 71 93…

p. 319
08
Gente negra en Colombia. Dinámicas sociopolíticas en Cali y el PacíficoOlivier Barbary, Fernando Urrea · 2004 · p. 363
1 cita
[8]

el municipio de Palmira y otros aledaños, luego sucesivas expansiones durante 40 años hasta consolidarse com- pletamente en la zona del sur del valle geográfico del río Cauca hacia finales de los años 60; b) la terminación del ferrocarril del Pacífico ---que conectó el valle geográfico con el Océano Pacífico--, en el…

p. 363
09
Marijuana Boom: The Rise and Fall of Colombia's First Drug ParadiseLina Britto · 2020 · p. 145
1 cita
[9]

corte (edge), that is, the boundary between cultivated areas and virgin forests. 11 They chose their sites and established pastures by slashing and burning. Around the house they planted corn, sugar cane, malanga, yucca, and ñame. In fields further out, they cultivated coffee among bananas, rice, and beans. In the…

p. 145
10
Gran Enciclopedia de Colombia: Geografía 1Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Eufrasio Bernal Duffo, Melania Kowalewska (Textos complementarios) · 2007 · p. 216
1 cita
[10]

éstos. En el grupo de cultivos con una menor pero significativa participacion en la superficie se cuentran el algodén, el frijol, la papa, las hortaliz y la soya. La tendencia general que se observa en el comportamiento del area para cultivos transitorios es que los productos de tipo comercial son los que poseen la…

p. 216
11
Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 250
1 cita
[11]

incipientes estructuras urbanas de la organización que más tarde se conocería como ELN. Los primeros núcleos se organizaron como redes logísticas en Bucaramanga, donde mantenían contactos con la Asociación Universitaria de Santander (AUDESA), con jóvenes de la Universidad Industrial de Santander (UIS) y con miembros…

p. 250
12
Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 262
1 cita
[12]

rojo del presidente Mao•> y a un Che Guevara y a un Ho Chih M in transformados en íconos sicodélicos. Legitimidad elusi va En Co l ombia este \· oluntarismo tocó tan gencialme nte la s uni - versidades, d o nd e apenas es tudiaba un J '3ó de la población entre 1 R y 2 ~ aiios. D e estos ambient es qu edarían una…

p. 262
13
Sistemas de guerra: La economía política del conflicto en ColombiaNazih Richani · 2003 · p. 68
1 cita
[13]

pú- blicas. Gobernadores, miembros de consejos locales, alcaldes y hasta senadores se han visto sometidos a la justicia guerrillera, la cual puede llegar al asesinato (ejecución revolucionaria) de la persona implicada. La citación a empleados públicos por corrupción de parte de los mucha- chos, como se llama…

p. 68
14
Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · p. 39
2 citas
[14]

país. Sin embargo, para 1975 la presencia de estos grupos no era excesivamente preocupante para el gobierno colombiano. Los grupos tenían pocos miembros y, con excepción del M-19, vivían en remotas zonas selváticas. Uno de ellos, el ELN, había sido prácticamente aniquilado en una operación adelantada por el ejército…

p. 39
[15]

país. Sin embargo, para 1975 la presencia de estos grupos no era excesivamente preocupante para el gobierno colombiano. Los grupos tenían pocos miembros y, con excepción del M-19, vivían en remotas zonas selváticas. Uno de ellos, el ELN, había sido prácticamente aniquilado en una operación adelantada por el ejército…

p. 39
15
El modelo paramilitar de San Juan Bosco de La Verde y ChucuríÁlvaro Villarraga Sarmiento, Camilo Ernesto Villamizar Hernández · 2019 · p. 28
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29 de noviembre) Posterior a la masacre de Llana Caliente, ocurrida en mayo de 1988, se utiliza la denominación Comando Coronel Rogelio Correa Campos, en “homenaje” 30 EL MODELO PARAMILITAR DE SAN JUAN BOSCO DE LA VERDE Y CHUCURÍ a este oficial del Ejército, aliado de los grupos paramilitares en esta región y…

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29 de noviembre) Posterior a la masacre de Llana Caliente, ocurrida en mayo de 1988, se utiliza la denominación Comando Coronel Rogelio Correa Campos, en “homenaje” 30 EL MODELO PARAMILITAR DE SAN JUAN BOSCO DE LA VERDE Y CHUCURÍ a este oficial del Ejército, aliado de los grupos paramilitares en esta región y…

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Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · p. 233
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no empezara un enfrentamiento que hubiese sido inminente: doscientos contra veinte. Todo esto son impresiones, donde lo que está en juego es la vida y la dignidad de las personas. Esos soldados eran campesinos prestando servicio militar, no eran generales que tomaban whisky en la brigada o en Bogotá, en el Ministerio…

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Huellas y rostros de la desaparición forzada (1970-2010)Federico Andreu-Guzmán (relator); Carlos Miguel Ortiz (coordinador); Centro Nacional de Memoria Histórica · 2014 · p. 63
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y de control de población de los grupos paramilitares se daría simultáneamente con una intensi fi cación de las operaciones militares del Ejército en el Magdalena Medio. El Grupo de Me- moria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Recon- ciliación (CNRR) constataría que, en el Magdalena Medio, A partir de…

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Paramilitarismo. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoTeófilo Vásquez Delgado, Víctor Barrera · 2018 · p. 52
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siones, excesivas generalizaciones y al desconocimiento de la com- plejidad de los procesos experimentados en esa área del territorio colombiano” (página 22). Empero, esa falencia se ha ido subsa- nando: antes, Vásquez (2006) y, posteriormente, los informes del CNMH han contribuido a establecer los factores y…

p. 52
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Doble discurso, múltiples crímenes. Análisis temático de las ACMM y las ACPBCentro Nacional de Memoria Histórica, Camilo Ernesto Villamizar Hernández (coordinador) · 2021 · p. 471
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la notaría (…) sí hay reclamantes y se ha motivado muchísimo, se ha trabajado a través de la Mesa Municipal de Víctimas (…) Hay un señor que lo ha venido trabajando y él incluso está pidiendo protección porque ha tenido muchas amenazas, porque sigue in- sistiendo en el tema de tierras. Fue víctima de Jairo Correa. Y…

p. 471
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la notaría (…) sí hay reclamantes y se ha motivado muchísimo, se ha trabajado a través de la Mesa Municipal de Víctimas (…) Hay un señor que lo ha venido trabajando y él incluso está pidiendo protección porque ha tenido muchas amenazas, porque sigue in- sistiendo en el tema de tierras. Fue víctima de Jairo Correa. Y…

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Hallazgos y recomendaciones de la Comisión de la Verdad de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 518
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Convivir. 1033 Ver el tomo Hasta la guerra tiene límites. Violaciones de los derechos humanos, infracciones al derecho internacional humanitario y responsabilidades colectivas, del Informe Final de la Comisión de la Verdad. 1034 Ibíd, 368. hacia la paz territorial 519 Forjando Futuros, de 7.098 sentencias de…

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¡Basta satisfecho! Colombia: Memorias de guerra y dignidadCentro Nacional de Memoria Histórica (GMH) · 2013 · p. 262
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de los políticos y ganaderos del Magdalena Medio”. 59 Para los líderes de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Ca- rare – ATCC –, la persecución contra la Asociación y sus miembros se explica en parte por la fortaleza de dichas asociaciones. Los relatos dan cuenta del complejo entramado de relaciones e…

p. 262
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Lucho Arango, el defensor de la pesca artesanalMelba Patricia Quijano Triana, Ledis Bohórquez Farfán, Clemencia Rodríguez · 2014 · p. 51
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el magdalena medio Grupo Regional de Memoria Histórica Universidad Pontificia Bolivariana – Seccional Bucaramanga© Atarraya en El Llanito que amenazan su existencia, procede a organizarse para movi - lizarse y defenderse, con justo derecho, porque es el derecho a reclamar su forma de vida. (Entrevista con Amparo…

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La guerra vino de afuera. El Bloque Pacífico en el sur del Chocó: una herida que aún no cierraCentro Nacional de Memoria Histórica, Laura Bibiana Escobar García, Laura Catalina Tovar Bohórquez, Esteban de Jesús Caviedes Alfonso · 2022 · p. 182
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le colocaba su suero antiofídico, le daban para que [00:47:12 No se entiende]. Por ese lado, en parte, en medicina y eso. Era en esa… por ese lado colabo- raba, con medicamento… Entr.: [Interrumpe] ¿Qué otra…? Edo.: [Interrumpe] Con lo que tuviera en el momento la… Entr.: ¿Qué otras acciones podían llevar a cabo ya…

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La política de reforma agraria y tierras en Colombia. Esbozo de una memoria institucionalAbsalón Machado Cartagena · 2013 · p. 124
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zonas selváticas de ínfima productividad. […] el segundo gran componente de una política de ordenamiento de la población en el territorio es la urbanización planificada y ordenada de los desplazados por la violencia” [Reyes, 2009, 369-370]. La Ley de Víctimas fue expedida en noviembre de 2011 y contiene la…

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Desmovilización y reintegración paramilitar. Panorama posacuerdos con las AUCÁlvaro Villarraga Sarmiento · 2015 · p. 550
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ámbito rural y fuertes tensiones ante los avances hacia la res - titución de tierras, frente a los cuales ONG y organizaciones de víctimas criticaban lentitud y ausencia de garantías en distintas regiones. Además, se reiteraban tanto movilizaciones campesi - nas y de víctimas de exigibilidad al respecto, como…

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ámbito rural y fuertes tensiones ante los avances hacia la res - titución de tierras, frente a los cuales ONG y organizaciones de víctimas criticaban lentitud y ausencia de garantías en distintas regiones. Además, se reiteraban tanto movilizaciones campesi - nas y de víctimas de exigibilidad al respecto, como…

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Memorias de El Vergel: un jardín entre montañasGrupo de Memoria de la Casita Vergeleña, Jardín del Recuerdo y de los Sueños · 2022 · p. 1
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U n j a r d í n e n t r e m o n t a ñ a s g r u p o d e m e m o r i a d e l a c a s i t a v e r g e l e ñ a, j a r d í n d e l r e c u e r d o y d e l o s s u e ñ o s U n j a r d í n e n t r e m o n t a ñ a s Una iniciativa de Memoria Histórica acompañada por el Centro Nacional de Memoria Histórica 2022 MEMORIAS DE EL…

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