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Una historia del territorio

Bojayá

Bojayá encarna la paradoja de un territorio extraordinariamente rico en biodiversidad y cultura que el Estado colombiano abandonó sistemáticamente a su suerte durante décadas.

16 min de lectura47 fuentes

Bojayá es un municipio del departamento del Chocó, en el Medio Atrato colombiano, cuya cabecera —Bellavista— se hizo tristemente célebre el 2 de mayo de 2002, cuando un cilindro bomba lanzado por las FARC durante un combate con paramilitares del Bloque Élmer Cárdenas cayó dentro de la iglesia católica donde se refugiaban cientos de civiles y causó la mayor masacre de comunidad afrodescendiente e indígena del conflicto armado colombiano. Ese día concentró, en pocos minutos, siglos de abandono estatal, décadas de disputa armada y la larga vulnerabilidad racializada de las comunidades negras e indígenas del corredor Atrato. Pero Bojayá no es solo el escenario de una masacre: es un territorio de bosque húmedo tropical y ríos navegables, poblado por consejos comunitarios afrodescendientes y resguardos emberá, cuya respuesta al horror —los alabaos de las cantadoras, la organización Dos de Mayo, el retorno de los restos en 2019, su presencia en el corazón del acuerdo de paz— convirtió el duelo en una pedagogía política que interpela al país entero.

Un territorio de agua, selva y comunidades étnicas

El municipio de Bojayá se ubica en la región del Medio Atrato chocoano, una franja del Pacífico colombiano que forma parte del Chocó biogeográfico, una de las regiones más lluviosas del planeta. Es tierra de bosque húmedo tropical de vegetación selvática densa y variable, bordeada por Panamá y por las costas Caribe y Pacífica, atravesada por una red fluvial —el río Atrato y sus afluentes, entre ellos el Opogadó— que ha sido durante siglos la única vía real de comunicación. Llegar a una aldea emberá sobre el río Opogadó desde la cabecera de Bellavista tomaba cinco horas y media en canoa, tres y media de ellas remontando el afluente. Esa geografía de agua explica tanto la biodiversidad extraordinaria del municipio como su aislamiento respecto al centro andino del país.

El territorio es ancestralmente compartido por comunidades negras y por pueblos indígenas emberá. El litoral Pacífico colombiano constituye la mayor área contigua de presencia negra en las Américas, y el corredor Atrato–San Juan–Baudó, del que Bojayá forma parte, concentra 128 consejos comunitarios de comunidades negras y más de 169 resguardos indígenas de los pueblos wounaan, embera dobidá, chamí, katío, eyabida y eperara siapidara. En Bojayá conviven caseríos afrodescendientes de tradición ribereña —Bellavista, Pogue, Napipí y decenas de aldeas río arriba y río abajo— con comunidades emberá cuyas viviendas de techos cónicos de paja se levantan a orillas de los afluentes.

Esa doble presencia étnica, sostenida por prácticas colectivas de manejo del territorio, minería artesanal, pesca, caza y agricultura de pancoger, define la identidad del municipio. La propiedad de la tierra no se piensa en clave individual sino colectiva: los consejos comunitarios y los resguardos son la forma jurídica en que el Estado colombiano, ya tarde y a regañadientes, reconoció desde los años noventa una realidad territorial anterior a la República.

De la retaguardia guerrillera al terror paramilitar

Hasta mediados de los años setenta, el Chocó era un territorio relativamente pacífico, sin presencia conocida de grupos armados organizados, donde las comunidades negras e indígenas resolvían sus conflictos con mecanismos propios. La guerra, tal como la conoce el resto del país, llegó tarde y llegó por el río.

A finales de los años setenta, las FARC comenzaron a hacer presencia primero en el Bajo Atrato y luego en el Medio Atrato, considerando el Chocó una zona de retaguardia y descanso. Después de los ochenta, la guerrilla inició trabajo político en la región a través del Frente 57, y por ser en ese momento el actor armado dominante, los enfrentamientos eran escasos o inexistentes. Al Frente 57 se sumaron con el tiempo estructuras del ELN —los frentes Ernesto Ché Guevara, Manuel Hernández, el Boche, Benkos Biohó, el Proyecto Juan Camilo— y el Ejército Revolucionario Guevarista (ERG). El Chocó era un territorio de tránsito y control guerrillero de baja intensidad, sostenido por su condición fronteriza y por el vacío institucional que las FARC ocupaban de facto.

El punto de quiebre llegó en 1996 con la penetración paramilitar. Primero en Bajirá, luego en Riosucio, y desde allí, con una ola de terror, masacres y muertes, hacia Murindó, Vigía del Fuerte y Bojayá. El grupo que en 1996 se instaló en Unguía, Acandí y Riosucio operaba bajo la denominación Grupo Chocó; a partir de 1998, esa estructura pasó a llamarse Bloque Élmer Cárdenas, adscrito a las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU) y comandado por Freddy Rendón Herrera, alias El Alemán. Entre 1998 y 2002, el Bloque disputó a las FARC el control territorial del corredor Atrato mediante tomas, combates y masacres, en una fase de expansión que las ACCU ya habían iniciado en el Urabá.

Las finanzas paramilitares en el Bajo y Medio Atrato estaban vinculadas al narcotráfico y a la explotación maderera, actividades sobre las que los grupos ejercieron dominio y drenaron rentas, en un marco más amplio de agroindustria y colonización empresarial. El terror no era gratuito: preparaba el despojo. El 1 de junio de 1997 las ACCU controlaban Vigía del Fuerte —el municipio antioqueño situado en la ribera opuesta del Atrato, frente a Bellavista—, donde asesinaron a David Osorno Valencia, motorista del Hospital de Bojayá. Desde 1996 había desplazamiento en el Medio Atrato, y las administraciones no fueron capaces de responder a la magnitud de los hechos.

En marzo de 2000, las FARC-EP se tomaron los municipios de Bojayá y Vigía del Fuerte, destruyeron los puestos de policía y el gobierno nacional retiró la fuerza pública de ambas cabeceras, que quedaron bajo control de facto de la guerrilla. Ese vacío se prolongó hasta la llegada de los paramilitares en abril de 2002. Durante dos años, dos cabeceras municipales de la República funcionaron sin Estado en armas, sostenidas por la presencia guerrillera y por la resiliencia de sus habitantes. El escenario para la tragedia estaba servido.

El 2 de mayo de 2002

En abril de 2002, el Bloque Élmer Cárdenas remontó el Atrato para disputarle a las FARC —particularmente al Frente 34 del Bloque José María Córdoba— el corredor del Medio Atrato. Las alarmas empezaron a sonar de inmediato. El 24 de abril, la Defensoría del Pueblo emitió la Alerta Temprana 52, con carácter de urgencia, señalando que las comunidades de Bojayá y Vigía del Fuerte estaban en grave riesgo. Entre el 24 y el 26 de abril, la Procuraduría General de la Nación y la propia Defensoría se unieron al pedido urgente de Naciones Unidas, respaldando la alerta previa de la Diócesis Católica de Quibdó e instando al Estado a proteger a la población. Más de 12.000 habitantes de Bojayá, Murindó, Vigía del Fuerte y Medio Atrato quedaron atrapados entre las tropas de ambos bandos.

La respuesta estatal no llegó. Peor: no solo hubo omisión, sino que se intentó soslayar las evidencias del peligro y desprestigiar a quienes emitieron las alertas. Durante el período 2000-2002 hubo actuaciones premeditadas y sistemáticas de agentes y estructuras de la fuerza pública para favorecer la consolidación de grupos paramilitares, fortalecer su capacidad militar y actuar mancomunadamente en incursiones al territorio, en contravía del Derecho Internacional Humanitario. El abandono, en Bojayá, tuvo la forma de una elección deliberada.

El 1 de mayo de 2002, los combates estallaron en Bellavista. Los paramilitares del Bloque Élmer Cárdenas se apostaron junto a la iglesia católica del casco urbano, usando como escudo humano a los cientos de civiles —afrocolombianos e indígenas, muchos de ellos niños— que se habían refugiado en el templo buscando protección. Al día siguiente, 2 de mayo, las FARC lanzaron cilindros bomba de forma indiscriminada. Uno cayó dentro de la iglesia y estalló entre la multitud aterrada.

Las cifras de la masacre han sido objeto de disputa durante dos décadas. La cifra oficial reconocida por el gobierno colombiano es de 79 muertos directos en la explosión. Otros recuentos elevan el total a 119 personas masacradas en la iglesia, y algunas cuentas posteriores llegan a 144 víctimas fatales al sumar los muertos en los días subsiguientes y en el desplazamiento inmediato. Sobrevivientes y organizaciones de víctimas han sostenido desde el principio que la cifra real es mayor y que muchos restos permanecieron sin identificar. Lo que no está en disputa es la naturaleza del hecho: un ataque con arma indiscriminada contra civiles refugiados en un templo, en el marco de una disputa territorial entre dos actores armados que la comunidad no había convocado.

El 9 de mayo, el presidente Andrés Pastrana visitó Bellavista acompañado de un equipo de investigadores, técnicos y médicos forenses de la Fiscalía, con el propósito de exhumar los cadáveres y comprometerse con la reconstrucción del caserío. La tarea forense fue interrumpida el 12 de mayo sin mayores explicaciones. Ese vacío probatorio pesaría durante los diecisiete años siguientes sobre las familias que no podían enterrar a los suyos.

Como consecuencia inmediata, aproximadamente 1.744 familias abandonaron el territorio de Bellavista y Bojayá, convirtiéndose en desplazados internos. La masacre no solo destruyó el pueblo en su dimensión física: disolvió tramas sociales y culturales, hirió los proyectos de vida colectivos, rompió el vínculo cotidiano con el río.

El despojo continuado

Bojayá no es un evento sino un proceso. La masacre del 2 de mayo condensa, pero no agota, la violencia que se ejerció sobre el Medio Atrato en el cambio de siglo. Entre 1997 y 2007, en el conjunto del departamento del Chocó, fueron desplazadas 90.739 personas según cifras oficiales. Los municipios más golpeados fueron Riosucio, con 25.611 personas desplazadas; Quibdó, con 14.759; y Bojayá, con 9.000. Solo entre quienes acudieron a la Iglesia católica en busca de registro —18.968 personas— se declararon pérdidas de 184.705 hectáreas. Bojayá encabezó esa lista con 81.718 hectáreas perdidas, seguido de Istmina con 33.362 y Juradó con 27.592.

Preguntadas por el responsable de su desplazamiento, el 50,53% de esas personas señaló a los grupos paramilitares o de autodefensa y el 43,52% a las guerrillas. La cifra es reveladora: en las mismas comunidades donde las FARC habían sido durante décadas el actor armado dominante, fueron los paramilitares —recién llegados desde 1996— quienes se convirtieron en el principal agente del desarraigo. La correlación con el mapa de la expansión narco-maderera del Bloque Élmer Cárdenas es difícil de leer como coincidencia. El terror preparaba, en Bojayá como en el resto del Bajo y Medio Atrato, la vacancia territorial que la economía extractiva y la agroindustria necesitaban.

El desplazamiento fue continuo y recurrente. En ciclos sucesivos, cerca de mil cien campesinos afrocolombianos huyeron por nuevos enfrentamientos armados; otros dos mil se refugiaron en las cabeceras de Bellavista y Vigía del Fuerte por miedo a que se reanudaran los combates, dejando abandonadas aldeas enteras de comunidades negras. El río Atrato, arteria histórica de la región, quedó bloqueado por la guerra: la movilidad comunitaria por sus aguas —eje de la economía ribereña, del comercio y de la vida social— se interrumpió durante años.

En 2003, las organizaciones sociales de la cuenca respondieron. El Foro Interétnico Solidaridad Chocó (FISCH), el Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato (Cocomacia), la Organización Regional Embera Wounaan (OREWA) y la Asociación Campesina Integral del Atrato (Ascoba), acompañadas por las diócesis de Quibdó y Apartadó y por la Defensoría del Pueblo, organizaron la peregrinación Atratiando: por un buen trato en el Atrato. Durante seis días, navegaron 500 kilómetros desde Quibdó hasta la desembocadura del río en Turbo, recuperando —con la sola densidad de sus cuerpos y sus cantos— una movilidad que la guerra les había arrebatado.

El duelo interrumpido

Para comprender por qué la masacre de Bojayá dejó una herida particular en las comunidades del Medio Atrato es necesario detenerse en su cultura funeraria. En las comunidades afrodescendientes del Pacífico colombiano, la muerte se elabora colectivamente a través de rituales que inscriben simbólicamente la partida y reestructuran las relaciones de apoyo y solidaridad. Los alabaos son cantos entonados en los velorios de adultos, en su mayoría por mujeres y sin acompañamiento de instrumentos musicales. Los arrullos, más alegres y rítmicos, se entonan en celebraciones a santos y en los chigualos, los velorios de niños menores de siete años. Cantar al muerto es despedirlo, es acompañarlo, es asegurar su tránsito.

La imposibilidad de recuperar los cuerpos o de darles entierro altera profundamente ese proceso, tanto en su dimensión personal y familiar como en la comunitaria. En el Chocó, cuando el río se lleva a los muertos, se dice que el aguacero se lo llevó, que se consuma en el río: fórmulas que nombran el abandono del cuerpo a los elementos naturales cuando el entierro es imposible. Fórmulas de duelo suspendido.

Bojayá multiplicó ese duelo suspendido. La interrupción de las exhumaciones el 12 de mayo de 2002, la dispersión de familias enteras por el desplazamiento y la imposibilidad, durante años, de identificar los restos, dejaron a decenas de familias sin poder cerrar el ritual. La respuesta comunitaria fue movilizar precisamente la tradición: las cantadoras del Medio Atrato, las alabadoras de Pogue, las mujeres cantaoras que sostienen la memoria oral de estas comunidades, comenzaron a cantar por los muertos de Bellavista con una constancia que se convertiría, con los años, en una forma reconocible de resistencia política.

Esa forma —los alabaos como duelo colectivo, como memoria, como denuncia— ha sido descrita como una política de la espiritualidad: una manera de convertir la ritualidad ancestral en interlocución pública con el Estado y con el país. En Buenaventura, en Tumaco, en el propio Chocó, las mujeres afrodescendientes cantaoras han utilizado los alabaos para elaborar el duelo por muertes y desapariciones en el conflicto armado. En Bojayá, esos cantos se volvieron el modo específico en que la comunidad se negó a que sus muertos fueran cifras.

La reconstrucción y la lucha por los restos

Tras la masacre, el gobierno colombiano determinó que no era viable reconstruir Bellavista junto al río y ordenó su reubicación: se levantaron 274 casas de cemento en lo que se conocería como Nuevo Bellavista. La decisión, tomada desde arriba, marcó una nueva ruptura: el vínculo con el sitio donde ocurrió la masacre —donde estaba la iglesia, donde se refugiaban los abuelos, donde cae el río— quedó administrativamente clausurado. La reconstrucción implicó también la reconstitución de las organizaciones sociales, la reactivación económica y la lenta —a veces solo nominal— presencia institucional para acompañar el retorno.

En medio de ese proceso surgió la organización Dos de Mayo, nacida de la lucha de sobrevivientes que se convirtieron a la fuerza en dirigentes tras la masacre, con el objetivo de defender los derechos de las víctimas. Dos de Mayo se convirtió en el principal interlocutor comunitario frente al Estado, exigiendo verdad sobre lo ocurrido, justicia sobre los responsables y —de manera insistente— un nuevo proceso de exhumación que revisara el trabajo interrumpido de la Fiscalía, identificara los restos pendientes y los devolviera a sus familias para poder cerrar el duelo.

La presencia paramilitar en la región post-masacre no desapareció, aunque cambió de forma: ya no se expresaba en retenes y acciones armadas visibles, sino en actividades económicas y políticas de personas reconocidas por la población que operaban sin uniforme, generando una sensación persistente de impunidad. La guerra, sin acabarse del todo, se hizo civil.

El 11 de noviembre de 2019, tras años de demanda comunitaria, ocurrió el retorno de los restos. En Vigía del Fuerte, en el Medio Atrato, llegaron los ataúdes de 102 víctimas de la masacre, diferenciados por color según la edad: 49 blancos para los niños y 53 cafés para los adultos. El retorno articuló procedimientos forenses con prácticas rituales, espirituales y de acompañamiento propias de las comunidades, guiadas por sus portadores de conocimiento cultural. Las cantadoras entonaron alabaos mientras se recibían los ataúdes. Después de diecisiete años, algunos —no todos— pudieron ser enterrados como se debe.

Bojayá como lugar de memoria

En el intervalo entre la masacre y el retorno de los restos, Bojayá dejó de ser solo un municipio del Chocó para convertirse en un referente ineludible de la memoria nacional. El Centro Nacional de Memoria Histórica publicó en 2010 el libro Bojayá: La guerra sin límites, que consolidó el caso como emblemático del conflicto armado colombiano. La masacre pasó a ser leída no como una tragedia local sino como un lente para comprender los patrones contemporáneos de violencia en Colombia, las prácticas de despojo de tierras y la diasporización de la población afrodescendiente.

El Cristo Mutilado —el crucifijo de la iglesia de Bellavista que la explosión partió pero no destruyó del todo— se convirtió en símbolo de resistencia para reconstruir la vida en el Nuevo Bellavista. En las conmemoraciones anuales del 2 de mayo, las cantadoras de Pogue lo acompañaban en primera fila. Esas conmemoraciones —rituales religiosos, alabaos, arrullos, obras de teatro, encuentros con comunidades hermanas— se han sostenido año tras año como espacios de memoria colectiva y de reivindicación política.

La proyección nacional del caso alcanzó su punto más alto durante el proceso de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, iniciado en 2012 y concluido en 2016. El tema del perdón y las víctimas ocupó un lugar central en el debate, y Bojayá se instaló en el corazón del acuerdo. En 2015, delegaciones de las FARC se desplazaron al municipio para pedir perdón públicamente a la comunidad, en un acto que muchos observadores consideraron un punto de inflexión simbólico de la negociación. Leyner Palacios Asprilla, sobreviviente de la masacre y representante de la comunidad afrocolombiana, fue una de las figuras cuya historia se narró en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Paz en Oslo, cuando representantes de las víctimas del conflicto colombiano recibieron un homenaje.

Que Bojayá haya sido situada en el centro del proceso de paz no fue un gesto protocolario. Fue el reconocimiento —tardío, incompleto— de que sin la comprensión de lo ocurrido allí no era posible pensar la reconciliación del país. Y fue, sobre todo, el resultado de la propia agencia política de la comunidad: la densidad organizativa preexistente de los consejos comunitarios y los resguardos, la persistencia de Dos de Mayo, la voz de los sobrevivientes, la insistencia de las cantadoras en no dejar que los muertos fueran olvidados.

La doble deuda

Leer Bojayá exige sostener dos verdades al mismo tiempo. La primera: la masacre del 2 de mayo de 2002 fue el desenlace previsible de una omisión estatal estructural y racializada. Las alertas tempranas emitidas por la Diócesis de Quibdó, Naciones Unidas, la Defensoría del Pueblo y la Procuraduría fueron ignoradas; la retirada de la fuerza pública desde marzo de 2000 dejó a dos cabeceras municipales sin Estado en armas; y la connivencia documentada entre agentes estatales y estructuras paramilitares configuró un abandono deliberado de comunidades cuya marginalidad histórica —la larga ausencia institucional, el despojo territorial, la exclusión racial— las había convertido en territorio disponible para la guerra.

La segunda: la masacre fue también el producto de una disputa territorial contingente entre dos actores armados no estatales que llegaron al Medio Atrato en momentos distintos y por lógicas propias. Las FARC habían hecho del Chocó su retaguardia desde los años setenta; el Bloque Élmer Cárdenas se expandió desde 1996 movido por las rentas del narcotráfico y la madera, y por la lógica más amplia de las ACCU. Sin esa disputa específica por el corredor Atrato en abril y mayo de 2002, la masacre no habría ocurrido en ese momento ni con esa forma. Los cilindros bomba los lanzaron las FARC; el escudo humano lo puso el Bloque Élmer Cárdenas.

Bojayá es el punto de convergencia de esas dos causalidades. La vulnerabilidad estructural producida por siglos de abandono estatal racializado hizo del Medio Atrato un vacío de soberanía colonizable por la guerra; la contingencia de una disputa armada concreta, con nombres, frentes y fechas, hizo lo demás. La comunidad ha exigido cuentas a ambos lados de esa doble deuda: al Estado, por la omisión y la connivencia; a los actores armados, por la brutalidad indiscriminada contra civiles refugiados en un templo. La pedagogía política que construyó desde el duelo no reduce Bojayá a víctima pasiva ni disuelve la responsabilidad de nadie.

Décadas después de la masacre, el Nuevo Bellavista sigue mirando al río. Las cantadoras siguen cantando. Los restos de algunos muertos volvieron; los de otros, todavía no. El municipio existe como territorio vivo —con sus consejos comunitarios, sus resguardos emberá, sus economías ribereñas, sus jóvenes que crecen sabiendo lo que allí ocurrió— y también como una pregunta pendiente que el país no ha terminado de responder. Bojayá enseña, con la paciencia terrible de quienes han cantado a sus muertos durante veinte años, que en Colombia no hay memoria del conflicto sin memoria del Atrato, y no hay paz sin la voz de sus comunidades.

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1989La Constitución de 1991 y su décadaÉpoca1990Impunidad estructuralEntidad1990Violencia sexualEntidad1993AtratoEntidad1997Desplazamiento forzadoEntidad1997Despojo, palma aceitera y titulación colectiva afro en Curvaradó y Jiguamiandó (1997–2007)Hecho1998La Iglesia católica en las zonas de conflicto colombiano, 1980-2016Ensayo2000CurvaradóEntidad2002Ruptura del Caguán, masacre de Bojayá y elección de Uribe (2002)Hecho2005Verdad judicialEntidad2006Derecho Internacional HumanitarioEntidad2006Jesús Abad ColoradoEntidad2006Racismo estructuralEntidad2008El pacifismo colombiano entre el Mandato de 1997 y el plebiscito de 2016Ensayo2009Memoria subalternaEntidad2010El archivo transicional del paramilitarismo colombianoEnsayo2011Arte y ritual de memoria en el conflicto colombiano (1998-2024)Ensayo2011Auge del campo de la memoria histórica en Colombia (2011–2016)Hecho2011Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH)Entidad2011Reparación integralEntidad2011Reparación simbólicaEntidad2012Acuerdo Final de La Habana y Plebiscito por la Paz (2016)Hecho2013Memoria histórica institucional en Colombia (GMH-CNMH, 2007-2022)Ensayo2013TestimonioEntidad2016Disputa por la memoria histórica y el Centro Nacional de Memoria Histórica (2016–2022)Hecho2016El plebiscito del 2 de octubre de 2016Ensayo2016El río Atrato como sujeto de derechosHecho2016Fragmentos, Espacio de Arte y MemoriaHecho2016Historia oralEntidad2016Justicia restaurativaEntidad2016Reparación colectivaEntidad2017La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP)Ensayo2019Leyner Palacios AsprillaEntidad2022Comisión de la VerdadEntidad2022Verdad históricaEntidad
Relacionadaspor co-ocurrencia
Fuentes

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

30 documentos · 47 fragmentos
01
Histories of Perplexity: Colombia, 1970s–2010sLina Britto, A. Ricardo López-Pedreros · 2024 · p. 467, 471
2 citas
[1]

of the victims’ remains to the territory, describing how knowledge keepers guided the process and the ritual, spir - itual, and accompaniment practices they brought in dialogue with forensic procedures and protocols. War in the Middle Atrato The municipality of Bojayá in the Middle Atrato, department of Chocó, is…

p. 471
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their erasability as the ultimate proof of power;” see “Sovereignty as Erasure,” 62. 39 In the postcolonial state, as Mbembe has accurately shown, the exercise of necroviolence is not accidental but constitutive of sovereignty. See Achille Mbembe, “Necropolitics,” Public Culture 15, no. 1 (2002): 11–40. 40 Juan Diego…

p. 467
02
Vivir sabroso. Luchas y movimientos afroatrateños en Bojayá, Chocó, ColombiaNatalia Quiceno Toro · p. 63, 176, 243
3 citas
[2]

QFSNBOFDÎBUFOUBBMPTQVF - blos que se iban anunciando para pararme y divisarlos. %VSBOUFFMUSBZFDUPDSV[BNPTMPTSÎPT.VOHVJEÓ /FHVÃ #FCBSÃ #FCBSBNÃ "SRVÎBZOVNFSPTPTBĔVFOUFT QPCMBEPTFOMBSJCFSBQPSDPNVOJEBEFTOFHSBT ZFO TVTDBCFDFSBT QPSDPNVOJEBEFTJOEÎHFOBT5BNCJÊOQBTBNPTQPSQVFCMPTDPNP $BMMFõVJCEÓ 4BOTFOP -BT.FSDFEFT 5BOHVÎ…

p. 63
[32]

ÙOJDP DBOBMEFDPNVOJDBDJÓO RVFEÓDPNQMFUBNFOUFDPOđOBEB-PTQPHVFÒPTWFÎBO pasar el tiempo con impotencia, presintiendo como algo inminente el encuentro entre guerrilleros y paramilitares. En medio de semejante desamparo, el pueblo encontró en el poder del santo una estrategia para hacerle frente al terrible mal de…

p. 176
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unos funcionarios importante s para sentarse en la mesa de negociación:TJCJFOMPTMÎEFSFTOPBDPNQBÒBSÎBOMBTBDUJWJEBEFTSFMJHJPTBT FOFMWJFKPQVFCMP MPTEFNÃTDPOUJOVBSÎBODPOMBQSPHSBNBDJÓOUBMZDPNPFTUBCB QFOTBEBEFTEFIBDÎBWBSJPTNFTFT El 2 de mayo se celebró la misa en el pueblo viejo. Llegaron botes con gente…

p. 243
03
Afrodescendant Resistance to Deracination in Colombia: Massacre at Bellavista-Bojayá-ChocóAurora Vergara-Figueroa · 2018 · p. 11, 69, 94
3 citas
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come to be the oldest settlements in the municipal- ity of Bojayá. Prior to the emergence of these towns, the Spanish had set up checkpoints and traffic of slaves. This is the case of Vigía del Fuerte founded in the late eighteenth century. One could say that the first wave of settlement takes place along the rivers…

p. 69
[19]

Map 1.2 State Fragility Index 2009 12 Fig. 2.1 Preliminary schema of historical events of deracination at the Bojayá region 1500–2002 40 Photo 3.1 Image of the Mutilated Christ of Bojayá, May 2, 2008. A symbol of resistance to rebuild life in the New Bellavista 56 Photo 4.1 Group of alabadoras 71 xvii l ist of t ables…

p. 11
[43]

Chap. 4, I present one strategy they use to resist amid deracination. n otes 1. For further inquiry see http://www.semana.com/nacion/articulo/farc- piden-perdon-en-bojaya-por-la-masacre-de-2002/452601-3; http://www. semana.com/buscador?query = masacre%20de%20bojaya%2012; http://…

p. 94
04
Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IIErnesto Guhl · 2018 · p. 256
1 cita
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el dique se encuentran la casa de habitación (el colono es nariñense), el establo del ganado y los demás cultivos. Obsérvese el jardín de cebollas en una batea sobre estacas. La parte occidental está ocupada por las últimas estri- baciones de la cordillera del Baudó, mientras que la oriental 257 Cínídice: iírstaóí oa…

p. 256
05
Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 347
1 cita
[5]

contaba con 600 esclavos importa - dos y en 1782 los negros ya representaban casi el 75 % de la población en el Chocó, de un total aproximado de 35. 000, mientras los blancos constituían apenas el 2 %, y el resto los indígenas. Los blancos eran dueños o supervisores de las minas, oficiales de la Corona, curas o…

p. 347
06
De quebradores y cumplidores: Sobre hombres, masculinidades y relaciones de género en ColombiaMara Viveros Vigoya · 2002 · p. 130
1 cita
[6]

capital del departamento del Chocó, uno de los de- partamentos menos conocidos para la mayoría de los colombianos debido a su débil integración socioeconómica con el resto del país, a su aislamiento geográfico, sus particularidades ecológicas (ser una de las regiones más lluviosas de la Tierra), los estereotipos…

p. 130
07
Beyond Bogotá: Diary of a Drug War Journalist in ColombiaGarry Leech · 2009 · p. 115, 121, 127, 134
4 citas
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into an armed group. After more than an hour on the Opogodó, we pulled over to the shore for lunch. We all climbed out of the canoe, and Liria dished up plates of cold fish, rice, and beans that she’d prepared in Bellavista. Soon we were back on the river, feeling increasingly remote from the rest of the inhabited…

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[8]

the Opogodó, we pulled over to the shore for lunch. We all climbed out of the canoe, and Liria dished up plates of cold fish, rice, and beans that she’d prepared in Bellavista. Soon we were back on the river, feeling increasingly remote from the rest of the inhabited world. Five and a half hours after leaving…

p. 121
[24]

of the town. There was also no electricity, although several homes and small businesses had their own gasoline generators. The police station, which was one of only a handful of concrete buildings, lay in ruins—it had been destroyed several years earlier by a FARC mortar attack that killed twenty-four police officers.…

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and small businesses had their own gasoline generators. The police station, which was one of only a handful of concrete buildings, lay in ruins—it had been destroyed several years earlier by a FARC mortar attack that killed twenty-four police officers. Following that attack, the national government withdrew the police…

p. 115
08
Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 81, 418
2 citas
[9]

128 consejos comunitarios de comunidades negras y más de 169 resguardos de los pueblos indígenas Wounaan, Embera Dobidá, Chamí, Katío y Eyabida, y Eperara Siapidara 112. Geográficamente, el corredor está conformado por selva, serranías, montañas, planicies, cañones y ríos, y su conexión con el océano Pacífico lo ha…

p. 81
[22]

no ceder el control militar al punto de que varias comunidades indígenas y afrodes- cendientes (más de 12.000 habitantes de los municipios de Bojayá, Murindó, Vigía del Fuerte y Medio Atrato) quedaron atrapadas en medio de una invasión masiva de tropas de ambos bandos. Frente a esta situación, varias instituciones y…

p. 418
09
El desplazamiento en Colombia: Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez (editoras) · 2005 · p. 56, 81
2 citas
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del ELN, las Farc y los grupos paramilitares, cuya presencia en este territorio tuvo el siguiente desarrollo. Hasta mediados del 70 en el departamento no existía presencia de ningún grupo armado, este era un territorio de paz en donde las comunidades negras e indígenas habían desarrollado métodos y nor- mas para la…

p. 81
[16]

comu- nidades afrodescendientes del Bajo Atrato, y de las cuencas de Curvaradó y Jiguamiandó hacia Turbo, Pavarandó y Quibdó. De igual manera en las cabeceras municipales de Vigía del Fuerte y Bojayá. Desde esa fecha se dio por sentado que la guerrilla había sido expul- sada de la región del Bajo Atrato, no obstante…

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El desplazamiento en Colombia. Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez · 2005 · p. 56, 81
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del ELN, las Farc y los grupos paramilitares, cuya presencia en este territorio tuvo el siguiente desarrollo. Hasta mediados del 70 en el departamento no existía presencia de ningún grupo armado, este era un territorio de paz en donde las comunidades negras e indígenas habían desarrollado métodos y nor- mas para la…

p. 81
[17]

comu- nidades afrodescendientes del Bajo Atrato, y de las cuencas de Curvaradó y Jiguamiandó hacia Turbo, Pavarandó y Quibdó. De igual manera en las cabeceras municipales de Vigía del Fuerte y Bojayá. Desde esa fecha se dio por sentado que la guerrilla había sido expul- sada de la región del Bajo Atrato, no obstante…

p. 56
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Guerreros y campesinos. Despojo y restitución de tierras en ColombiaAlejandro Reyes Posada · 2016 · p. 262, 270
2 citas
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traído desde Unguía por avión 231. Otra de las características de la inversión de estos dineros es la utilización de mecanismos de autodefensa para repeler las acciones guerrilleras. Por eso, desde 1991 hay noticias de grupos de “limpieza social” que asesinan civiles señalados como guerrilleros. En el departamento del…

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se logró diezmar así el paso de cocaína que salía por el río Baudó. Desplazamiento y abandono de tierras En el departamento del Chocó, según cifras de Acción Social, fueron desplazadas 90.739 personas en el lapso 1997-2007. Los municipios más afectados fueron Riosucio (25.611), Quibdó (14.759) y Bojayá (9000) 266. Las…

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Estrategias de guerra y trasfondos del paramilitarismo en el Urabá antioqueño, sur de Córdoba, bajo Atrato y Darién. Tomo ILaura Milena Ballén Velásquez, Ronald Edward Villamil Carvajal, Luisa Fernanda Hernández Mercado · 2022 · p. 245
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y Vigía del Fuerte) y el Frente Pavarandó (Riosucio, Carmen del Darién y Bajirá) fueron objeto de una etapa de expansión (1998-2001) y una de reincursión (2002- 2004) con el objetivo de desplazar a los frentes de las FARC presentes, para controlar el territorio. Una situación de similar dinámica ocurrió en los muni-…

p. 245
13
Estrategias de guerra y trasfondos del paramilitarismo en el Urabá antioqueño, sur de Córdoba, bajo Atrato y Darién. Tomo IILaura Milena Ballén Velásquez, Ronald Edward Villamil Carvajal, Luisa Fernanda Hernández Mercado · p. 148
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sola parte. [Entonces] había otro que timbraba a la repetidora. Ya cuando timbra- ban a la repetidora, ya ahí sí el de la repetidora llamaba al encargado de eso [para] que fuera. Entonces mandaban la comisión, cinco pelados o siete a que fueran a recoger eso y lo llevaban a otro lado que era donde Chocolate. [Este] se…

p. 148
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Grupos Armados Posdesmovilización (2006 - 2015). Trayectorias, rupturas y continuidadesTeófilo Vásquez Delgado, Víctor Barrera Ramírez, Carlos Andrés Hoyos, Javier Benavides Torres, Jefferson Corredor Uyaban, Mateo Morales · 2016 · p. 148
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[15]

capital social y político (Bejarano, Jesús y otros, 1997). En estas regiones fue claro que uno de los resultados de la ofensiva nacio- nal de las AUC, en medio de los diálogos del Caguán y luego de la Seguridad Democrática, fue la de crear condiciones para la colo- nización empresarial y la consolidación de la…

p. 148
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Nos matan y no es noticia. Parapolítica de Estado en ColombiaRicardo Ferrer Espinosa, Nelson J. Restrepo A. · 2010 · p. 25, 84
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la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz comprobó que, el 1 de junio de 1997, integrantes de las ACCU que controlaban la población de Vigía del Fuerte, retuvieron a David Osorno Valencia, de 27 años, motorista del Hospital del Bojayá, y lo asesinaron de varios disparos. Mientras, yo llegaba a Vigía, sin saber del…

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que el coronel Jorge Eliécer · 162 · · 163 · 24 de abril. La Defensoría del Pueblo se suma al aviso de alerta tem- prana 52 con carácter de urgencia. Las comunidades en Bojayá y Vi- gía del Fuerte se encontraban en grave riesgo. 24-26 de abril. Al pedido urgente de Naciones Unidas se unen la Procuraduría General de la…

p. 84
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¡Basta satisfecho! Colombia: Memorias de guerra y dignidadCentro Nacional de Memoria Histórica (GMH) · 2013 · p. 54
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[20]

no convencionales de parte de las FARC, como los cilindros bomba, que elevaron el potencial destructivo de las acciones militares y acrecentaron simultáneamente la exposición de la población civil. En efecto, en este periodo hubo 728 víctimas fatales, 55% del total, en acciones en las que estuvieron involucradas las…

p. 54
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Bojayá: La guerra sin límitesGrupo de Memoria Histórica, Martha Nubia Bello Albarracín, Pilar Riaño Alcalá, Gonzalo Sánchez G. · 2010 · p. 23, 75, 83
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para que dejen de existir sólo cuando la guerra nos habla cruelmente de ellas. 25 Introducción L os sucesos que tuvieron lugar el 2 de mayo de 2002 en Bellavis- ta, Medio Atrato chocoano, configuraron lo que se conoce como «la masacre de Bojayá». Este hecho que marcó la historia del país debe ser objeto de reflexión…

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con la reconstrucción de Bellavista; ese mismo día, y en presencia del presidente, llegó un helicóptero de las Fuerzas Armadas con un equipo de investigadores, técnicos y médicos forenses de la Fiscalía encabezado por el Fiscal Regio- nal de Antioquia, con el propósito de exhumar los cadáveres de las víctimas…

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metros fuera de la población, pero están ahí encima de la casa para crearle problemas a la gente… ellos llegan aquí y se forma un desorden, y el que sufre es el campesino. Que por lo menos estén un kilómetro fuera de la po- blación… (Testimonio, taller de memoria histórica, Napipí, 2009). Con la presencia de la Fuerza…

p. 83
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Tomas y ataques guerrilleros (1965-2013)Mario Aguilera Peña (coordinador); Alba Lucía Vargas Alfonso, Luisa Marulanda Gómez, Luis Fernando Sánchez (coautores) · 2016 · p. 348
1 cita
[26]

nueve en otros lugares de la geo- grafía nacional. La cifra resulta un tanto exigua habida cuenta de lo que se ha señalado en el presente informe respecto del elevado número de incursiones armadas guerrilleras y el importante guaris- mo de víctimas y afectaciones causadas por las mismas. En las conmemoraciones…

p. 348
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Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 180
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[28]

Rodríguez (alias Aguilar) en Justicia y Paz. Es de anotar que el General Mauricio Santoyo jugó un papel importante al ser el facilitador de las comunicaciones entre la fuerza pública y los paramilitares 584. El mismo informe concluyó que: Durante el periodo de agudización del conflicto (2000-2002), la responsabilidad…

p. 180
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Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · p. 281, 286
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[29]

muertos. El gobierno dice que son 79, producto de un informe que se hizo con el Centro de Memoria Histórica donde participé como investigadora, pero faltan muchos que están sin identificar. Estamos pidiendo un nuevo proceso de exhuma - ción, para revisar el trabajo hecho por la fiscalía, y saber a quiénes pertenecen…

p. 286
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En Bellavista vivía mi abuelita y entre las dos criamos a la niña. Yo vivía en Vigía del Fuerte, que queda al otro lado del río Atrato. Todo iba normal hasta que en 1997 empezamos a escuchar de combates y desplazamientos, y nos empezamos a asustar todos los negros porque todo el bajo, el alto Atrato y Urabá es de…

p. 281
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Justicia. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoFrancisco Barbosa Delgado · 2018 · p. 109
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[30]

hacen en la dignidad de las víctimas y la cobardía de los victimarios (CNMH, 2010b, página 88), otros en la inocencia de las víctimas (CNMH, 2010b, página 90). Contrario sensu, las memorias de los victimarios se centran más en interpretaciones que en hechos, están llenas de silencios y ha- cen énfasis en situaciones…

p. 109
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Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · p. 136, 310
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[34]

se recuperaría, en parte, la precaria economía de los asentamientos ribereños. En 2003, las comunidades, sus organizaciones más representativas como el Foro Interétnico Solidarida d Chocó (FISCH), el Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato (C ocomacia), la Asociación de Cabildos,…

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[37]

a desaparecer los cuerpos porque consideraban que la población negra es bruja [porque] prepara a sus muertos… Efectivamente, lo que se busca es no dejar rast ros porque los abuelos, los mayores, acostumbraban que, si alguien era asesinado en comunidad de manera agresiva, pues, preparaba la víctima o el muerto, para…

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La Verdad de las Mujeres. Víctimas del conflicto armado en Colombia. Tomo IRuta Pacífica de las Mujeres · 2013 · p. 137
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[35]

buscar ni nada, porque esa gente reaccionaba tan duro que nadie podía ir a buscar su deudo. Riohacha, Guajira, 2007, P.102. El impacto cultural En lugares de fuerte cultura afrodescendiente o indígena, la dimensión colectiva de las pérdidas o la imposibilidad de recoger los cuerpos, tienen un fuerte impacto cul-…

p. 137
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Desaparición forzada. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoElsa Blair · 2018 · p. 109
1 cita
[36]

como recurso para doblegar la voluntad de las personas o grupos socia- les termina afectando no solo la estructura psíquica de los individuos sino los vínculos que existen entre estos (CNMH, 2016, página 300). Un caso muy claro de impacto emocional que se sufre ante la pérdida, y cu- yos efectos no solo afectan el…

p. 109
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Buenaventura: un puerto sin comunidadConstanza Millán Echeverría, Ludivia Serrato Martínez, Oscar Pérez, Clara Castro, Danelly Estupiñán, Adriel Ruiz · 2015 · p. 426
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[38]

sábanas y se le colocan símbolos como una mariposa negra. También, se cantan alabaos y se reza, nombrando en las oraciones, a las perso- nas desaparecidas para que lleguen a este lugar, a partir del llama- do que se hace durante la ceremonia. El fin de este ritual es que los familiares de la persona desaparecida…

p. 426
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Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 185
1 cita
[39]

social mediante el canto, la pintura o el bordado, herramientas que dignifican sus historias. Cantan para evocar lo que se fue, lo que desapareció, lo que les sigue siendo arrebatado por la guerra; así lo hacen las mujeres afrodescendientes cantaoras y buscadoras de desaparecidos en Tumaco. J aqueline le explicó a la…

p. 185
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Cuando los pájaros no cantaban: historias del conflicto armado en ColombiaAlejandro Castillejo-Cuéllar · 2022 · p. 375
1 cita
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una familia. En el caso de mi tía, ella le confesó a mamá: «Yo estoy viva, pero estoy muerta en vida. Me ves aquí en vida, pero prácticamente al matar a mi niño me mataron a mí también». Eso marca mucho en un hogar. Así estaban todos. Nos cansamos, la gente se cansó y dijo «si con tanta frialdad tiran a los pelaos al…

p. 375
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La batalla por la pazJuan Manuel Santos · 2019 · p. 368
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para que recibieran el homenaje que merecían. Así lo hicieron, tomados de la mano, con sus rostros reflejando los sentimientos de tantos años de dolor represado, mientras todos los presentes en la ceremonia les brindaban un largo y conmovedor aplauso. Allá estaban, en el recinto más solemne de la capital noruega —en…

p. 368
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Guerrilla y Población Civil. Trayectoria de las FARC 1949-2013Mario Aguilera Peña · 2013 · p. 1
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Director General Gonzalo Sánchez G. Coordinador del informe Otros títulos de Memoria Histórica Trujillo. Una tragedia que no cesa (2008) El Salado. Esa guerra no era nuestra (2009) Recordar y narrar el conflicto. Herramientas para reconstruir memoria histórica (2009) El despojo de tierras y territorios. Aproximación…

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Regiones y conflicto armado. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoClara Inés García · 2018 · p. 63
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[46]

repoblamiento de las veredas; b) la reactivación de la dinámica económica campesina y comercial del municipio y de su entrono re- gional; c) la presencia institucional nacional y departamen- tal con proyectos y programas de atención a la población que retorna e inversión para la reconstrucción del pueblo; programa de…

p. 63