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Una historia del territorio

Quibdó

Quibdó condensa en su historia tres siglos de tensión entre riqueza natural y marginación estatal: fundada como puesto misional franciscano en tierras de los citaraes emberá, creció como parroquia de cuadrillas mineras esclavizadas y nunca dejó de…

19 min de lectura33 fuentes

En la ribera oriental del río Atrato, allí donde la selva chocoana descarga sobre la tierra más de nueve mil milímetros de lluvia al año, se levanta Quibdó: capital del departamento del Chocó, puerto fluvial de la vertiente pacífica colombiana, ciudad mayoritariamente afrodescendiente y, desde hace más de tres siglos, nodo obligado entre el oro del interior selvático y los circuitos comerciales del Caribe. Su historia es la de un asentamiento que nació como puesto minero franciscano en el siglo XVII, resistió la evangelización durante décadas, pobló sus cuadrillas con esclavos africanos, sobrevivió a la desintegración administrativa colonial y republicana, se convirtió en 1947 en la capital de un departamento propio y, en las últimas décadas, ha visto llegar tanto la violencia paramilitar como el reconocimiento de sus fiestas patronales por la Unesco. Pocas ciudades colombianas condensan con tanta densidad la relación entre geografía extrema, extracción de recursos, marginación estatal e identidad cultural sostenida.

La ciudad que el río hizo

Quibdó está construida a orillas del Atrato e intenta seguir los cauces secos de sus afluentes. Durante buena parte de su historia el centro urbano se desplegó de manera lineal, paralelo al río, y solo en tiempos recientes ha empezado a romper ese patrón. El dato, aparentemente técnico, dice casi todo sobre la ciudad. El Atrato no la atraviesa: la ordena. Es su calle mayor, su frontera occidental, su despensa, su ruta y, en distintos momentos, también su amenaza. Alrededor suyo se organizó la vida colonial, se movió el oro, entró la evangelización, pasó el contrabando, llegó el vapor a mediados del siglo XIX y se articularon, hasta hoy, las comunidades ribereñas.

El entorno físico es implacable. El Chocó es una de las regiones más lluviosas del planeta. En el sector alto del Atrato, sobre el afluente Andágueda, entre 1943 y 1969 se registró un promedio de 9.068 milímetros anuales, con un máximo de 11.103 milímetros en 1955. La costa Pacífica cercana supera con holgura los 7.000 milímetros. Esa pluviosidad, sumada a las planicies aluviales pantanosas y a la selva pluvial tupida que cubre la región, produce un cuadro ecológico radicalmente distinto al de la costa Caribe colombiana y explica buena parte del aislamiento histórico de Quibdó respecto al resto del país. No hay allí meseta ni sabana; hay río, madera húmeda y horizonte cerrado por la vegetación.

La ciudad crece hoy de forma desordenada, desbordada por décadas de inmigración rural. Barrios como Pandeyuca o el Alto de Buenos Aires reflejan una expansión sostenida por sucesivas oleadas de campesinos afrodescendientes e indígenas empujados desde el bajo Atrato, el San Juan y el Baudó por la pobreza primero y por el conflicto armado después. Ese crecimiento, sin planificación efectiva, ha dejado precariedad habitacional generalizada y un deterioro visible del paisaje urbano, en una ciudad que además carga con el peso simbólico de ser la capital de uno de los departamentos más pobres del país.

Antes de la ciudad: los citaraes y la resistencia al Atrato

Antes de que hubiera Quibdó había citaraes, también llamados citarabiraes, un pueblo del grupo emberá que habitaba las riberas del alto Atrato y sus afluentes. La expansión colonial española sobre este territorio no fue temprana ni pacífica. Aunque desde comienzos del siglo XVII la Corona reconocía la potencial riqueza minera de la región, las intentonas de asentamiento y evangelización tropezaron sistemáticamente con la resistencia indígena y con una geografía que devoraba expediciones.

La tradición atribuye al fraile franciscano Matías Abad la llegada a tierras quibdoseñas en septiembre de 1648, con el encargo de evangelizar a los citaraes, y le adjudica también la fundación del pueblo San Francisco de Atrato hacia esa fecha, continuando la tradición seráfica de nombrar los asentamientos en homenaje al santo de Asís. Ese acto fundacional pertenece más al registro devocional que al documental: los franciscanos intentaron establecerse en la cuenca del Atrato desde la década de 1640 y fueron rechazados por los indígenas durante cerca de tres décadas. La evangelización, como la minería, se abrió paso a contrapelo.

En 1684 una rebelión indígena sacudió la región del Chocó. Dos años más tarde los españoles lograron someter militarmente el territorio, y desde entonces la explotación minera con mano de obra esclavizada —que ya venía adelantándose antes del sometimiento— se expandió sistemáticamente. La transición demográfica que siguió fue brutal en su lógica: donde en el siglo XVII la mano de obra minera había sido predominantemente indígena, los esclavos africanos la fueron reemplazando hasta constituir hacia 1782 cerca del 75% de la población del Chocó. Los blancos apenas llegaban al 2%; el resto eran indígenas, sobre un total aproximado de 35.000 habitantes. Esa composición fijó desde muy temprano el perfil demográfico afrodescendiente que la ciudad conserva hasta hoy.

La fundación imposible: cuadrillas, oro y jurisdicciones

Fijar una fecha exacta de fundación de Quibdó es tarea ingrata, y esa dificultad no es un accidente historiográfico: es el síntoma más claro de cómo la Corona administraba el Chocó. En 1666 una orden real confió simultáneamente el sometimiento de la región a las audiencias de Quito y Santa Fe y a las gobernaciones de Popayán, Antioquia, Panamá y Cartagena. Cinco jurisdicciones sobre un mismo territorio produjeron previsiblemente lo contrario de una administración eficaz: conflictos de competencia, ausencia de núcleos urbanos estables y un vacío que llenaron los empresarios mineros del Cauca y de Antioquia, que desde la década de 1670 introducían cuadrillas de esclavizados en los ríos chocoanos sin que el Estado consolidara pueblo alguno.

En 1713 la Corona comisionó al oidor Aramburu para establecer un poblamiento formal y una Caja Real en el Chocó. Su informe fue lapidario: encontró la provincia en estado lamentable, sin que pareciera que hubieran pisado españoles el territorio, a pesar de casi cuarenta años de explotación minera continua. Aramburu describía un paisaje de cuadrillas dispersas, curas ausentes y frontera permanente. Su comisión inauguró un patrón que se repetiría durante siglos: el intento estatal de organizar el Chocó llegaba tarde y llegaba débil, mientras la extracción del oro había ocurrido, prosperado y remitido sus beneficios hacia afuera mucho antes.

El acto administrativo que más se acerca a un origen documentado de Quibdó como parroquia es del 25 de mayo de 1720. Ese día los dueños de minas de Citará —el nombre indígena del sitio donde hoy se levanta la ciudad— solicitaron la creación de una nueva parroquia e iglesia parroquial y el nombramiento de un “Cura de Españoles y Quadrillas” encargado de administrar los sacramentos a los mineros peninsulares y a los esclavizados de las cuadrillas. La petición marca una transición decisiva: la evangelización franciscana itinerante, sostenida a duras penas desde mediados del siglo XVII, empezaba a ceder paso a una organización parroquial estable, promovida esta vez no por los frailes sino por los propios propietarios mineros. Quibdó nace, en sentido institucional, como parroquia de esclavistas y esclavizados.

El intento colonial de integrar fiscalmente la región fue igualmente errático. La administración española erigió el Chocó primero en superintendencia bajo control directo de la Audiencia de Santa Fe y luego en gobernación, sin lograr nunca consolidar núcleos urbanos estables ni cerrar el circuito del contrabando. El río Atrato funcionaba desde el siglo XVII como eje por el cual el oro colombiano se filtraba hacia los mercados británicos, burlando las leyes mercantilistas. En 1679 unos trescientos piratas bien armados, entre ellos los capitanes ingleses John Coxon y John Cooke, remontaron el Atrato hasta Quibdó en busca de oro: episodio que ilustra hasta qué punto la aparente marginalidad geográfica escondía una conexión directa con la economía atlántica.

El siglo XIX y el vapor Esmeralda

El paso de la Colonia a la República no alteró de fondo la ecuación chocoana: extracción hacia afuera, escasa consolidación urbana hacia adentro. La estructura política y económica del Chocó había sido moldeada desde dos polos externos —Cartagena como puerto caribeño de salida del oro, y Antioquia, primero Santa Fe de Antioquia y luego Medellín, como articulador comercial y minero— y la independencia no modificó esos ejes. Quibdó siguió siendo puerto fluvial, cabecera parroquial y punto de intercambio, pero no capital de nada en el ordenamiento nacional.

El hecho técnico más significativo del siglo XIX quibdoseño fue la llegada del vapor a su ribera. En 1852 el vapor Esmeralda arribó a Quibdó, inaugurando la navegación a vapor por el Atrato. A partir de 1855 una compañía por acciones lo empleó para el comercio regular, y con ello el río quedó incorporado, aunque de manera precaria y episódica, a las redes de transporte que estaban transformando la economía colombiana en la segunda mitad del siglo. El Esmeralda no rompió el aislamiento de Quibdó, pero sí evidenció su potencial: en un país cuya circulación se organizaba obsesivamente en torno al Magdalena, el Atrato era una de las pocas rutas fluviales alternativas capaces de sostener navegación de vapor hasta el corazón selvático del occidente.

Fue también en el siglo XIX cuando Quibdó comenzó a producir figuras que trascendieron el ámbito local. Manuel Saturio Valencia, hombre negro nacido y criado en la ciudad, letrado, maestro, músico y polemista, fue ejecutado en 1907: su historia, que combina talento intelectual y racismo republicano, quedaría fijada en la memoria chocoana como una de las cifras más elocuentes de lo que significaba pertenecer a la élite negra en una Colombia que apenas empezaba a nombrarse como nación mestiza. Su caso anticipó lo que sería, durante todo el siglo XX, uno de los rasgos centrales de la vida quibdoseña: la producción sostenida, contra el peso de la exclusión, de una intelectualidad afrocolombiana propia.

Departamentalización y siglo XX

Hasta bien entrado el siglo XX el Chocó fue territorio nacional dependiente de decisiones lejanas. Su crecimiento demográfico y político avanzaba lento, y Quibdó lo reflejaba: entre 1912 y 1918 la ciudad creció un 50,7%, pero entre 1918 y 1938 apenas un 10,1%, la cifra más baja entre las capitales departamentales del período. La ciudad quedaba a la zaga de un país que urbanizaba a otras velocidades.

En 1938, el presidente electo Eduardo Santos visitó Quibdó y declaró que “es indispensable que el país atienda a la redención del Chocó”. La frase quedaría como epitafio anticipado de sí misma: una vez en el poder, Santos no mostró el mismo entusiasmo, y solo volvería a mencionar los territorios chocoanos en sus mensajes al Congreso en 1942, casi al final de su mandato. El episodio resume una pauta larga del absentismo estatal: la retórica de la redención regional aparece con regularidad en Bogotá y desaparece con la misma regularidad al cruzar los pasos de la Cordillera Occidental.

Contra ese absentismo se organizó, en las décadas centrales del siglo XX, una generación de dirigentes chocoanos que hizo de Quibdó su base política e intelectual. Diego Luis Córdoba, abogado y parlamentario liberal, encarnó la lucha por la departamentalización del Chocó: la creación del departamento como unidad administrativa propia, con capital en Quibdó, se concretó en 1947 tras años de agitación en la que Córdoba y sus allegados —conocidos como los cordobistas— presionaron sistemáticamente al Estado central. La departamentalización fue más simbólica que efectiva. Otorgó a Quibdó el rango de capital y a la región un vocero institucional, pero no alteró de fondo la lógica extractiva que Cartagena y Medellín habían ejercido durante siglos sobre el Atrato.

El siglo XX quibdoseño produjo también una intelectualidad afrocolombiana notable. Rogerio Velásquez Murillo, antropólogo, historiador y folclorista, documentó las culturas negras del Pacífico con una obra que sigue siendo referencia obligada. Miguel Antonio Caicedo Mena, poeta y educador, escribió una obra decisiva para fijar por escrito la voz afrochocoana. Neftalí Mosquera, dirigente y educador, prolongó la tradición cordobista de la política afrodescendiente organizada. Estas figuras compartieron un rasgo: hicieron de la educación el vehículo central de movilidad social y de dignidad colectiva. Durante los años setenta, el Chocó llegó a surtir de maestros al resto del país, un hecho paradójico en una región cuyas propias tasas de asistencia escolar seguían por debajo del promedio nacional.

Geografía humana: quiénes son los quibdoseños

Quibdó es una ciudad negra. El perfil demográfico del Chocó lo confirma con las cifras del censo de 2018: 534.826 habitantes en todo el departamento, de los cuales 243.194 residían en cabeceras municipales, mayoritariamente afrocolombianos, con minorías indígenas —principalmente emberá— y una pequeña fracción blanco-mestiza. Este perfil es herencia directa de la economía esclavista colonial: los mismos porcentajes que producía la minería del siglo XVIII se sostienen, con variaciones, hasta el presente.

Los indicadores sociales del departamento revelan la dimensión del rezago estructural. Según proyecciones del Dane basadas en el censo de 2005, la tasa global de fecundidad era de 4,48 hijos por mujer, la tasa de mortalidad infantil de 82,20 por cada mil nacidos vivos, y la esperanza de vida de 65,50 años para ambos sexos —61,53 para los hombres y 69,68 para las mujeres—. Son cifras que sitúan al Chocó, y por extensión a Quibdó, en una banda de desarrollo humano radicalmente distanciada de los promedios nacionales.

La composición social interna de la ciudad es más matizada de lo que sugiere el binarismo negro-blanco. La mayor parte de las uniones interraciales quibdoseñas se producen entre personas negras y personas blanco-mestizas provenientes de Antioquia y, en segundo lugar, del Valle del Cauca —los dos departamentos con mayor flujo migratorio hacia el Chocó—. Estas uniones tienden a ser estables, pero no siempre bien toleradas por los miembros de las respectivas comunidades: el racismo intracolombiano opera en Quibdó con una densidad que la retórica oficial se resiste a nombrar.

Un episodio reciente ilustra esa resistencia oficial. La embajadora Carolina Barco, en su gestión diplomática, negó públicamente la existencia de una “marginación histórica” de los negros en Colombia, atribuyendo la pobreza de sus regiones a condiciones geográficas complicadas. El argumento —el clima explica lo que el poder no quiere explicar— es exactamente el que ha permitido durante siglos que la marginación se perpetúe: nombrarla como accidente natural en lugar de como resultado histórico.

La educación ha sido, para los quibdoseños negros, el principal canal de movilidad social. Los apellidos de las viejas familias afrodescendientes de la ciudad —Córdoba, Valencia, Mosquera, Caicedo, Palacios— se cruzan una y otra vez con las profesiones liberales, el magisterio y la política. Quibdó ha exportado maestros, abogados, médicos y funcionarios a Bogotá, Medellín y Cali, en un flujo constante que retroalimenta las colonias chocoanas de esas ciudades y sostiene una identidad regional en la diáspora.

San Pacho: la fiesta que ordena el tiempo

Si algo define culturalmente a Quibdó es la Fiesta de San Francisco de Asís, conocida popularmente como San Pacho, patrimonio cultural inmaterial de la humanidad declarado por la Unesco en 2012. La celebración anual, que ocupa el paso de septiembre a octubre, es al mismo tiempo devoción católica, carnaval barrial, expresión política y afirmación identitaria afrocolombiana. En ella confluyen rumba, religiosidad, música de chirimía —conjunto instrumental de vientos y percusión que constituye el sello sonoro del Pacífico norte— y una tradición de arcos y cachés que introducen la sátira social y política en el corazón mismo de la fiesta patronal.

La devoción se remonta a los orígenes franciscanos del asentamiento en el siglo XVII, y en ese sentido San Pacho no es una fiesta añadida sobre la ciudad: es un hilo continuo desde su fundación. La escultura procesional del santo ha sido intervenida materialmente varias veces —en la década de 1960 se raspó la policromía de su túnica hasta la madera desnuda y se repintó, procedimiento repetido en 1990—, gestos que revelan hasta qué punto la comunidad quibdoseña asume la imagen como propia, cosa viva que se restaura y se cuida.

La fiesta se replica en la diáspora. Colonias de chocoanos en distintas ciudades colombianas organizan el llamado San Pachito, réplica reducida de la celebración quibdoseña, mecanismo por el cual la identidad regional se sostiene fuera del territorio. En un país donde los migrantes internos suelen diluirse en la ciudad receptora, los chocoanos han conservado en San Pacho un dispositivo de pertenencia que resiste el tiempo y la distancia.

Los barrios de Quibdó se organizan en torno a la fiesta. Cada uno prepara su arco, su comparsa, su día en la programación patronal. San Pacho no es un evento externo que la ciudad recibe: es la forma anual en que la ciudad se recompone a sí misma, revisa sus jerarquías internas, negocia sus tensiones y las expone públicamente. La rumba y la devoción no se contradicen; se sostienen mutuamente.

Iglesia, río y aislamiento

La relación entre las instituciones eclesiásticas y los habitantes del Atrato ha sido, desde el comienzo, más difícil de lo que sugieren las biografías edificantes de los frailes. Los propios informes misioneros del período colonial reconocen que los ribereños “no pocas veces huían al saber de la presencia del sacerdote”. La forma dispersa de asentamiento a lo largo de los ríos —fincas pequeñas separadas por horas o días de navegación— facilitaba estructuralmente evadir el control de la Iglesia y del Estado. La geografía era estrategia.

Los frailes capuchinos, que sustituyeron a los franciscanos en varios ciclos misionales, operaban desde Quibdó como base logística: partían en parejas hacia los distintos afluentes llevando vestido, alimentos, medicinas y lo necesario para la celebración de la misa. La ciudad funcionaba así como bisagra: era el punto donde la Iglesia se concentraba antes de disolverse selva adentro. Esa función bisagra, primero eclesiástica y luego administrativa, permaneció como uno de los rasgos permanentes de Quibdó: capital de una región cuya población está esencialmente fuera de la capital.

El aislamiento geográfico se ha visto atenuado pero no cancelado por las tecnologías modernas. El Atrato sigue siendo la principal ruta de comunicación entre Quibdó y los municipios ribereños; los caminos terrestres hacia Medellín, aunque existen, son lentos y estacionalmente impracticables; el transporte aéreo es caro. Las particularidades ecológicas —lluvia constante, planicies pantanosas, cordillera occidental cerrando el flanco oriental— hacen que integrar plenamente al Chocó a la infraestructura nacional siga siendo, para la práctica del Estado, un problema difícil que rara vez se prioriza.

La violencia llega al Atrato

Hasta mediados de los años setenta el Chocó no conocía la presencia de grupos armados ilegales: ni ELN, ni FARC, ni paramilitares. Las comunidades negras e indígenas habían desarrollado, a lo largo de generaciones, métodos y normas propias para resolver internamente sus conflictos. Ese relativo remanso terminó de manera abrupta. Las FARC comenzaron a hacer presencia en el bajo Atrato y luego en el Atrato medio a finales de los años setenta, tratando la región como zona de retaguardia y descanso.

La ruptura decisiva vino con la incursión paramilitar. En 1996 las Autodefensas penetraron en el Chocó, primero por Bajirá y luego por Riosucio, con una ola de terror, masacres y muertes que se extendió después hacia Murindó, Vigía del Fuerte y Bojayá. La violencia produjo desplazamiento masivo. Entre 1997 y 2007, según cifras de Acción Social, fueron desplazadas en el departamento 90.739 personas. Los municipios más afectados como expulsores fueron Riosucio (25.611), Quibdó (14.759) y Bojayá (9.000). Entre las personas desplazadas que buscaron auxilio en la Iglesia —18.968 según los registros diocesanos— el 50,53% atribuyó su desplazamiento a grupos paramilitares o de autodefensa, y el 43,52% a la incursión de las guerrillas.

Quibdó recibió el impacto por dos vías simultáneas: como municipio expulsor, con miles de habitantes rurales del propio Quibdó forzados a abandonar sus tierras, y como ciudad receptora, con oleadas de desplazados llegados desde el bajo Atrato, el San Juan y el Baudó que se asentaron en los cinturones periféricos de la ciudad. La modalidad del desplazamiento evolucionó con el tiempo: de las expulsiones masivas de finales de los noventa se pasó a un desplazamiento “gota a gota”, más difícil de contabilizar pero igualmente devastador.

En el período posterior a la desmovilización de las AUC, grupos como Los Rastrojos y Renacer protagonizaron homicidios en Quibdó y otros municipios chocoanos, disputándose las rutas del narcotráfico y la minería ilegal por vías violentas. Habitantes mayores de la ciudad recuerdan una Quibdó anterior en la que los niños podían circular libremente por cualquier barrio y a cualquier hora; ese recuerdo, sea o no exacto, funciona hoy como marcador de todo lo que la ciudad perdió cuando la guerra remontó el Atrato.

Atratiando: la respuesta de una ciudad

Frente a la violencia, Quibdó no se limitó a padecer. En 2003, organizaciones de la sociedad civil chocoana —FISCH, Cocomacia, OREWA, Ascoba—, acompañadas por las diócesis de Quibdó y Apartadó y por la Defensoría del Pueblo, realizaron una peregrinación por la paz y la vida denominada Atratiando: por un buen trato en el Atrato. Durante seis días navegaron 500 kilómetros desde Quibdó hasta la desembocadura del río en Turbo. El objetivo era recuperar la movilidad comunitaria por el Atrato, interrumpida por la presencia armada.

La peregrinación fue algo más que un gesto simbólico. En una región donde el río es la única infraestructura real de comunicación, la reapropiación colectiva del cauce constituía una reafirmación política concreta: los actores armados no podían clausurar lo que la vida ribereña necesitaba para existir. La organización de Atratiando mostró, además, la madurez de un tejido social afrocolombiano e indígena que la Constitución de 1991 había reconocido formalmente al declarar a estas comunidades como sujetos colectivos con derecho a la titularidad de sus territorios. Ese reconocimiento constitucional no bastó para revertir la lógica absentista del Estado central, pero sí abrió un lenguaje legal —el de los consejos comunitarios, los resguardos, los derechos étnicos— con el que las organizaciones chocoanas pudieron confrontar tanto a los actores armados como al abandono institucional.

La huella: qué queda, qué se disputa

Quibdó es, en el balance largo, el resultado paradójico de tres siglos y medio de marginación deliberada y de resistencia sostenida. La Corona española y la República colombiana coincidieron en tratar al Chocó como frontera extractiva: puerto de salida del oro hacia Cartagena, hacia Medellín, hacia los mercados atlánticos, sin que la contrapartida en infraestructura, servicios o inversión estatal se materializara nunca en proporciones comparables. La ciudad que hoy existe no es el fruto de un proyecto nacional para el Chocó, sino de la voluntad de sus habitantes de habitarla contra viento y marea, literalmente.

Lo que Quibdó ha dejado a Colombia es, antes que nada, una prueba viviente de que la geografía no explica la pobreza: la explica la política. La lluvia y la selva del Pacífico existen desde antes que Colombia, y no impidieron que el oro chocoano financiara sucesivamente a los mineros del Cauca colonial, a los comerciantes antioqueños republicanos y a los circuitos internacionales del contrabando. El problema nunca fue la dificultad de sacar la riqueza del Chocó; fue la ausencia de un proyecto de retorno de esa riqueza al Chocó.

Ha dejado también una tradición intelectual y política afrocolombiana que hizo de la educación su palanca. Los Diego Luis Córdoba, los Rogerio Velásquez, los Miguel Antonio Caicedo Mena, los Neftalí Mosquera, y antes de ellos figuras como Manuel Saturio Valencia, produjeron desde Quibdó una obra que interpeló al país sobre lo que significaba ser negro en Colombia mucho antes de que las categorías de multiculturalidad se volvieran oficiales en 1991.

Ha dejado San Pacho: una fiesta que combina catolicismo popular, música afrocolombiana y sátira social, y que se replica en las diásporas chocoanas de otras ciudades. Pocas ciudades colombianas poseen un dispositivo cultural tan denso, tan continuo desde el siglo XVII y tan capaz de sostener identidad colectiva bajo condiciones de estrés extremo.

Y ha dejado, por último, una lección menos celebrada pero igual de decisiva: la de una sociedad ribereña que, desde los citaraes que resistieron a los franciscanos hasta los peregrinos de Atratiando en 2003, ha respondido al control externo con dispersión, con negociación, con evasión y con organización colectiva. Esa continuidad —tres siglos y medio de habitantes que no aceptaron pasivamente lo que la geografía o el poder les asignaba— es probablemente la clave para entender por qué Quibdó, contra toda expectativa, sigue en pie, sigue siendo capital, sigue produciendo cultura y sigue disputando su lugar en Colombia.

La ciudad que el Atrato hizo continúa haciéndose sobre el río. Cada septiembre las chirimías vuelven a sonar; cada tanto las canoas vuelven a navegar de comunidad en comunidad; cada tantos años una nueva ola de desplazados llega desde los afluentes selváticos a sumarse a los barrios altos. En ese ciclo, entre la lluvia, la madera y el oro que ya no llega, Quibdó persiste como lo que ha sido desde el principio: la capital involuntaria pero irrenunciable de una región que Colombia todavía no termina de mirar de frente.

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27 documentos · 33 fragmentos
01
Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · p. 332, 340
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Vásquez de Arce y Ceballos (atribuido), segunda mitad del siglo XVII, óleo sobre lienzo, 177 × 249 cm. Fuente: © Colección de la Universidad de los Andes, fotografía de Óscar Monsalve. Diversidad a orillas del río Atrato El origen de la devoción a san Francisco en el litoral pacífico parece remontarse al siglo XVII,…

p. 332
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La primera capa pictórica de color café está compuesta por óxidos de hierro y aceite. Encontramos varias intervenciones de dorados elaborados en laminilla de latón y purpurina de latón. Estos resultados nos muestran que esta zona tiene una composición material y una técnica muy diferente a la zona de los encarnados,…

p. 340
02
Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 90
1 cita
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volverían en décadas. En 1640, los indígenas rebeldes no solo cerraron las m inas chocoanas sino que cruzaron la cordillera y saquearon e incendiaron los pueblos españoles de A nserm a, A rm a y Cartago. Los jesuítas, q u ienes llegaron al San Juan hacia 1624, tuvieron algún éxito en convertir a los indios de la…

p. 90
03
Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 304
1 cita
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pero se contaba con lo s religiosos para proseguir la tarea de pacificación53. Al mismo tiempo que las expediciones salidas de Popayán fundaban un centro minero cuyo centró era Nóvita, los habitantes de Antioquia probaban fortuna también y fundaban una población sobre las márgenes del Atrato, al norte de la provincia.…

p. 304
04
Black Catholic Worlds: Religious Geographies of Eighteenth-Century Afro-ColombiaBethan Fisk · 2025 · p. 106, 211
2 citas
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century, there were significant differences between the Atrato, San Juan, and Baudó Rivers. Water was central to how the Chocó and the Pacific were understood and traversed. Jiménez notes that during the colonial period, the region was divided by natural borders and characterised by cultural politics; saw renewed…

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of spiritual instruction. 55 While the number of cuadrillas of enslaved labourers began to increase in the early decades of the eigh - teenth century, clergy administering to them continue to be itinerant. The practical instruction and administration of spiritual pasture to indig - enous and black people were…

p. 211
05
Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 234
1 cita
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contactos permanentes con contra bandistas franceses, ingleses y holandeses. Desde otro punto de vista, el Chor ó caracteriza'muy bien, los esfuerzos de la administraci ó n espa ñ ola por integrar fiscalmente estas regiones fronterizas. Desde 1713 el oidor Aramburu hab í a sido comisionado para asentar un poblamiento…

p. 234
06
Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 347, 352
2 citas
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contaba con 600 esclavos importa - dos y en 1782 los negros ya representaban casi el 75 % de la población en el Chocó, de un total aproximado de 35. 000, mientras los blancos constituían apenas el 2 %, y el resto los indígenas. Los blancos eran dueños o supervisores de las minas, oficiales de la Corona, curas o…

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«pacificado», hubo tam- bién de reconocerse el fracaso de la cristianización. Pero la disputa de los españoles por el dominio total del Chocó no había terminado. Era el año 1679 y la época próspera de bucaneros y otros piratas en el Caribe. Unos trescientos piratas bien armados y con provisiones arri- maron sus barcos…

p. 352
07
De quebradores y cumplidores: Sobre hombres, masculinidades y relaciones de género en ColombiaMara Viveros Vigoya · 2002 · p. 130, 134
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capital del departamento del Chocó, uno de los de- partamentos menos conocidos para la mayoría de los colombianos debido a su débil integración socioeconómica con el resto del país, a su aislamiento geográfico, sus particularidades ecológicas (ser una de las regiones más lluviosas de la Tierra), los estereotipos…

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en la prác- tica los matrimonios mixtos no siempre son bien tolerados por los miembros de las distintas comunidades. La mayor parte de uniones "interraciales" en Quibdó se producen con personas blanco-mestizas provenientes del departamento de Antioquia, y en segundo lugar, del departamento de Valle del Cauca, los dos…

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Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 66
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Golfo de Urabá y de la Serranía del Darién. Allí el paisaje es de pla- nicies aluviales pantanosas y de manglares interrumpidos a trechos por oscuros riscos y bahías pedregosas. Las tierras bajas de la costa Pacífica presentan un cuadro totalmente diferente de la costa Caribe. Tupidas y enmarañadas selvas pluviales se…

p. 66
09
Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IErnesto Guhl · 2016 · p. 203
1 cita
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de las lomas del Cuchillo y de La Boba para la formación del lago con una longi- tud de 220 km y cerca de unos 6. 000 km 2 de superficie. En la parte alta del río Atrato (es su afluente el río Andá- gueda, de igual volumen que el Atrato) el promedio de lluvias anuales (desde el año de 1943 al año de 1969) es de 9. 068…

p. 203
10
Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IIErnesto Guhl · 2018 · p. 263
1 cita
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parte de la Cordillera Occidental arriba del istmo de San Pablo parece igualmente rica en otros minerales. El istmo está atravesado por una carretera de 67 km que comunica los dos grandes ríos. 264 Eíndice Grst (a) (b) Figura 50 (a). Las grandes dragas de las empresas mineras —Compañía Minera Chocó- Pacífico— producen…

p. 263
11
Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · p. 67, 192
2 citas
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the coast and the exterior. Thus, steamship transportation along the Magdalena River is now a mere memory. The Magdalena River was not the only waterway that served to facilitate steamship navigation. The Atrato River on the west coast was a key trans- portation route. The Esmeralda arrived in Quibdó in 1852 and was…

p. 192
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Quindío 539.904 471.910 67.994 12 Chocó 534.826 243.194 291.632 31 Casanare 420.504 295.434 125.070 19 Caquetá 401.849 258.280 143.569 16 Putumayo 348.182 174.539 173.643 13 Arauca 262.174 172.634 89.540 7 Vichada 107.808 25.833 81.975 4 Guaviare 82.767 45.991 36.776 4 Amazonas 76.589 37.047 39.542 2 San Andrés y…

p. 67
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Nueva Historia de Colombia, Vol. V: Economía, Café, IndustriaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jesús Antonio Bejarano Ávila, Jorge Orlando Melo, Bernardo Tovar Zambrano, José Antonio Ocampo Gaviria, Juan Manuel Santos Calderón, Charles Bergquist, Alberto Mayor Mora, José Olinto Rueda Plata, Carlos Esteban Posada Posada, Juan José Echavarría Soto, Juan Felipe Gaviria Gutiérrez, Guillermo Eduardo Perry Rubio · p. 372
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departamentos minifundistas y de alta concentración poblacional, se vieron sacudidas por intensos conflic- tos agrarios, episodios de violencia ex- trema, además de depresión de sala- rios y desempleo, circunstancias que Cuadro 11 Tasas de crecimiento de la población de las capitales de departamento (miles)…

p. 372
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Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · p. 110
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Pérez Preciado. Otros: DNP, Misién Social, proyecciones 1990-2015 del Dane. shoe: Batt Edad media de la fecundidad (Edad media en afios, de las madres, al tener sus hijos) Tasa bruta de mortalidad (# de defunciones por cada 1.000 habitantes) Tasa global de fecundidad (# promedio de hijos por mujer durante su vida…

p. 110
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Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 580
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es la siguiente: para uno llegar a ser visto de otra manera hay que demostrar que uno tiene capacidades, que uno es capaz, toca prepararse. Por eso estamos aquí en Bogotá. Para prepararnos y ser 14 A pesar de que las tasas de asistencia escolar del Chocó son más bajas que las nacionales, la educación es altamente…

p. 580
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Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 267
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quien señala que Quibdó era el punto central desde el cual los frailes se desplazaban en parejas a diferentes lugares llevando con ellos vestido, alimentos, medicinas y todo lo necesario para la celebración de la misa 34. Ahora bien, era precisamente la forma particular de asentamiento de los habitantes del Chocó la…

p. 267
16
Vivir sabroso. Luchas y movimientos afroatrateños en Bojayá, Chocó, ColombiaNatalia Quiceno Toro · p. 168
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FSBQPSRVFIBCÎBTJEPSPCBEPPFTDPOEJEPQPSBMHVJFO%F JHVBMNBOFSB BTBO"OUPOJPTFMFBUSJCVZFFMQPEFSEFMSPNBODF4FDSFFRVFGVFVO santo enamorador que luchó contra los usureros y que además manejaba muy bien la palabra. También está san Pacho, famoso por las festividades de Quibdó que fue- ron declaradas por la Unesco, en 2012,…

p. 168
17
El desplazamiento en Colombia: Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez (editoras) · 2005 · p. 81
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[21]

del ELN, las Farc y los grupos paramilitares, cuya presencia en este territorio tuvo el siguiente desarrollo. Hasta mediados del 70 en el departamento no existía presencia de ningún grupo armado, este era un territorio de paz en donde las comunidades negras e indígenas habían desarrollado métodos y nor- mas para la…

p. 81
18
El desplazamiento en Colombia. Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez · 2005 · p. 81
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[22]

del ELN, las Farc y los grupos paramilitares, cuya presencia en este territorio tuvo el siguiente desarrollo. Hasta mediados del 70 en el departamento no existía presencia de ningún grupo armado, este era un territorio de paz en donde las comunidades negras e indígenas habían desarrollado métodos y nor- mas para la…

p. 81
19
Nuevos escenarios de conflicto armado y violencia. Panorama posacuerdos con AUC. Región Caribe, Departamento de Antioquia, Departamento de ChocóÁlvaro Villarraga Sarmiento, Alberto Santos Peñuela, Priscila Zúñiga Jiménez, Margarita Jaimes Velásquez, Lukas Rodríguez Lizcano, Gisela Andrea Aguirre García, Camilo Villamizar Hernández · 2014 · p. 139, 172
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[23]

de estos grupos (García, 2011, páginas 163-166), que jamás fueron titulados y habían sido adquiridos por la fuerza. Los Tan - gueros se sometieron a la justicia amparados en los decretos 2047 y 3030 de 1990 (Fiscalía, 2013a). A mediados de los años noventa los Castaño se reorganizan en las ACCU (Autodefensas…

p. 139
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fue asesinado en Quibdó Dírinson Mosquera López, quien recibió un primer disparo en la cabeza y rematado por dos más (CINEP, 2011, página 201) (Chocó 7 días, 30/9-6/10/2011) (COVIJUPA, 2012, página 82), el 1 de octubre, Juan Rodríguez Juan Chila, asesinó de tres balazos al estudiante Ro - berto Córdoba Serna (CINEP,…

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Guerreros y campesinos. Despojo y restitución de tierras en ColombiaAlejandro Reyes Posada · 2016 · p. 270
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se logró diezmar así el paso de cocaína que salía por el río Baudó. Desplazamiento y abandono de tierras En el departamento del Chocó, según cifras de Acción Social, fueron desplazadas 90.739 personas en el lapso 1997-2007. Los municipios más afectados fueron Riosucio (25.611), Quibdó (14.759) y Bojayá (9000) 266. Las…

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La guerra vino de afuera. El Bloque Pacífico en el sur del Chocó: una herida que aún no cierraCentro Nacional de Memoria Histórica, Laura Bibiana Escobar García, Laura Catalina Tovar Bohórquez, Esteban de Jesús Caviedes Alfonso · 2022 · p. 51
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municipio de Quibdó. En una palabra, yo podría decir que el Chocó, Quibdó, que es el lugar donde nací, donde estamos, era armonía (…), tranquilidad y era vida. De mi niñez recuer- do que uno podía salir, ir a cualquier barrio de Quibdó con total tranquilidad, incluso de niños recuerdo mis idas al colegio caminando,…

p. 51
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Bojayá: La guerra sin límitesGrupo de Memoria Histórica, Martha Nubia Bello Albarracín, Pilar Riaño Alcalá, Gonzalo Sánchez G. · 2010 · p. 138
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[27]

Camilo. (Ed.) 1994 La política social en los 90: análisis desde la universidad. Bogotá D.C.: Universidad Nacional de Colombia, Departamento de Trabajo Social; Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz - Indepaz -, p. 92. iii. Memorias de la exclusión: Lógicas en tensión en chocó y el medio atrato 139 El Estado…

p. 138
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Gobernar en medio de la violencia. Estado y paramilitarismo en ColombiaJacobo Grajales · 2017 · p. 123
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[28]

ya fue destacada (véase el capítulo 1). Desde la época colonial, cuando la región se constituyó como un refugio para esclavos fugitivos y comunidades indígenas, este territorio permaneció como una zona de frontera y jamás fue integrado efectivamente a la unidad administrativa de la Nueva Granada. No obstante, su…

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A Gringa in Bogotá: Living Colombia's Invisible WarJune Carolyn Erlick · 2010 · p. 94
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[29]

Atlantic coast, a lawyer who had done her studies in Bogotá 54 | A GRINGA IN BOGOTÁ and stayed. At handicrafts stores, public festivals, and even music stores, I was reminded of other far-flung places in the jungles and plains of Colombia. Chocó was not seen or heard of, or as they say in literature classes back at…

p. 94
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Raza y derechos humanos en Colombia: Informe sobre discriminación racial y derechos de la población afrocolombianaCésar Rodríguez Garavito, Tatiana Alfonso Sierra, Isabel Cavelier Adarve · 2009 · p. 53
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[30]

ejemplo, la declaración sobre el tema dada por la embajadora Carolina Barco en Estados Unidos a propósito de críticas contra la discriminación racial colombiana en el contexto de los debates sobre el Tratado de Libre Comercio con ese país. De acuerdo con la embajadora Barco, “no hubo mar- ginación histórica” de los…

p. 53
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Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · p. 310
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se recuperaría, en parte, la precaria economía de los asentamientos ribereños. En 2003, las comunidades, sus organizaciones más representativas como el Foro Interétnico Solidarida d Chocó (FISCH), el Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato (C ocomacia), la Asociación de Cabildos,…

p. 310
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Colombia: Territorial Rule and the Llanos FrontierJane M. Rausch · 1999 · p. 74
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[32]

and Pasto. When Santos arrived in Quibd ó on June 23, local dignitaries and the charismatic black Liberal Diego Luis C ó rdoba gave him a warm welcome. The president elect visited the city's new hospital, described as the best in the intendancy, and the Escuela Carrasquilla, then under construction. Pledging to…

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