Juan de Dios Mosquera Mosquera
Constitución de 1991
La biografía
Fundador del Movimiento Nacional Cimarrón y una de las voces que, desde mediados de los años setenta, empujó la reivindicación afrocolombiana al centro del debate público nacional. Nacido en el municipio chocoano de Certegui a mediados del siglo XX, Mosquera representa la generación de estudiantes negros que en las ciudades del interior —Pereira, Bogotá, Cali— tradujo la experiencia de la discriminación en vocabulario político, en organización estable y en presión sobre el Estado. Su nombre está asociado a la larga marcha que desembocó en el Artículo Transitorio 55 de la Constitución de 1991 y en la Ley 70 de 1993, aunque la relación entre esa marcha y aquellos textos legales es más tensa y disputada de lo que suele reconocerse: Cimarrón preparó el terreno semántico y político, pero fue apartado del momento decisivo en que la legislación tomó forma. Esa paradoja —haber sido condición del reconocimiento y, al tiempo, haber quedado por fuera de su redacción— ordena su trayectoria.
Línea de vida
- 1975
Contexto de formación: formalización del Centro de Estudios Afrocolombianos
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Mosquera emerge en el ambiente intelectual afrocolombiano que en 1975 veía formalizarse el Centro de Estudios Afrocolombianos —con participantes como Manuel Zapata Olivella, Arcesio Viveros y Carlos Calderón Mosquera—, heredero del grupo intelectual negro de 1943. Ese archivo de tradición reivindicativa fue la base sobre la que su generación construiría una organización de masas.
- 1976
Surgimiento de los círculos estudiantiles afrocolombianos en Pereira
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A mediados de los años setenta, Mosquera participa en los grupos de discusión de estudiantes e intelectuales negros que surgen en ciudades como Pereira, Bogotá y Cali. Estos círculos —entre ellos el Círculo de Estudios Afrocolombianos 'Soweto'— retoman el diagnóstico de la discriminación como experiencia compartida y sientan las bases organizativas de lo que será Cimarrón.
- 1982
Fundación del Movimiento Nacional Cimarrón
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Mosquera articula el Movimiento Nacional Cimarrón, organización con pretensión nacional que adopta el nombre del esclavo fugitivo como genealogía de resistencia. El encuadre ideológico se centra en la desigualdad racial y la integración racial, diferenciándose de las organizaciones campesinas territoriales del Chocó y del Pacífico que surgirán a mediados de los ochenta.
- 1990
Movilización preconstituyente por derechos diferenciales
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Cimarrón, bajo el liderazgo de Mosquera, se suma a la lucha por el reconocimiento de derechos diferenciales para la población étnica en el período preconstituyente, presionando para que la nueva Constitución incluyera legislación especial para las comunidades negras. La movilización no logra representación directa en la Asamblea, pero contribuye al ambiente político que produce el Artículo Transitorio 55.
- 1991
Artículo Transitorio 55: reconocimiento y límite
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La Constitución de 1991 incorpora el AT 55, primer reconocimiento jurídico de la población afrocolombiana en la historia constitucional colombiana. El texto, sin embargo, se inscribe en clave étnico-territorial y focaliza la Cuenca del Pacífico, no el paradigma antidiscriminatorio y urbano que Cimarrón había construido durante quince años.
- 1992
Exclusión de la Comisión Especial del AT 55
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Mosquera y Cimarrón envían una carta a la secretaria ejecutiva de la Comisión Especial, Miriam Jimeno, exigiendo conocer los representantes afrocolombianos designados y ser informados sobre las sesiones. La respuesta institucional los mantiene al margen: el encuadre racial e integrador de Cimarrón no encaja con el modelo multicultural étnico-cultural que la Comisión está consolidando.
- 1993
Promulgación de la Ley 70 sin Cimarrón
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La Ley 70 de 1993 es promulgada dentro del plazo constitucional, reconociendo el derecho de las comunidades negras a la propiedad colectiva en la Cuenca del Pacífico y protegiendo su identidad cultural. Cimarrón, excluido del proceso de redacción, queda fuera de un texto que transforma el estatus jurídico afrocolombiano pero sobre el paradigma étnico-territorial, no sobre el antidiscriminatorio que Mosquera había impulsado.
Un chocoano en Risaralda
Mosquera pertenece a la primera generación afrocolombiana que migró en masa del Pacífico y del Chocó hacia las ciudades del eje cafetero y del interior en busca de educación superior. Nacido en Certegui, municipio del alto San Juan chocoano, su formación intelectual y política ocurrió lejos de casa: en los círculos universitarios de Pereira, donde a mediados de los setenta convergieron estudiantes negros procedentes del Pacífico, del norte del Cauca y de la costa Caribe. Ese desarraigo importa. La experiencia del joven chocoano que llega a una ciudad andina y descubre que su color lo precede, que su acento lo marca, que el mercado laboral y el aula operan con jerarquías raciales silenciosas pero eficaces, fue la materia prima con la que Mosquera y sus contemporáneos armaron una lectura política de la negridad colombiana. No era una lectura territorial —la del campesino ribereño del Atrato o del San Juan que defiende su parcela ancestral—, sino urbana, estudiantil y centrada en la discriminación como hecho social cotidiano.
Esa procedencia dual —chocoano de origen, formado en Risaralda— explica también la vocación nacional del proyecto que fundaría poco después. Cimarrón no nació como una organización del Pacífico ni de una cuenca fluvial: nació con pretensión de hablar en nombre de todos los negros colombianos, dispersos en ciudades y regiones, unidos por la experiencia compartida del racismo antes que por un territorio o una tradición cultural común.
Del grupo de 1943 a los círculos estudiantiles
Mosquera no inventaba desde cero. Su generación heredaba una tradición intelectual afrocolombiana que se remontaba, al menos, a 1943, cuando un grupo de intelectuales negros encabezados por Natanael Díaz reclamaba, en Bogotá, la necesidad de adelantar sobre el negro los mismos estudios que ya se hacían sobre el indio. De aquel núcleo original hicieron parte figuras como Manuel Zapata Olivella, Carlos Calderón Mosquera, Arcesio Viveros, Adolfo Mina Balanta y Delia Zapata Olivella. Era un grupo pequeño, ilustrado, urbano, que veía la cuestión negra como un problema de reconocimiento cultural y de reparación historiográfica: había que corregir a los historiadores, científicos y literatos que habían borrado o caricaturizado el aporte africano. En septiembre de 1947, en la revista Cromos, uno de ellos —firmando como Manuel Karabalí— llamaba a "rectificar la conducta" de esos intérpretes de la nación.
Aquel grupo se disolvió sin lograr institucionalizarse. Natanael Díaz murió antes de ver formalizado el proyecto. Solo en 1975 los sobrevivientes de la iniciativa original —Zapata Olivella, Viveros, Calderón Mosquera, Mina Balanta, Delia Zapata— dieron personería jurídica al Centro de Estudios Afrocolombianos, retomando los objetivos de tres décadas atrás. Paralelamente circulaban otras iniciativas como la revista Negritud, publicada por el Centro para la Investigación de la Cultura Negra (CIDUN), que abordaba el racismo en ciudades como Cartagena, y el teatro social de Zapata Olivella, cuyas piezas —El retorno de Caín, premiada en el Festival de Arte de Cali en 1962, Caronte liberado, Mangalonga el liberto, Los pasos del indio— llevaban a escena los problemas de la "raza india y la raza negra" de la costa Atlántica.
Cuando Mosquera y su generación entraron en escena a finales de los setenta, ese archivo estaba ahí: disponible, prestigioso, pero disperso y sin traducción organizativa de masas. Los grupos de discusión de estudiantes e intelectuales negros que surgieron en las principales ciudades colombianas durante esa década retomaron el mismo diagnóstico —la discriminación como experiencia compartida— y le sumaron un componente que la generación de 1943 no había desarrollado: la voluntad de construir una organización estable, con presencia territorial en varias ciudades, capaz de sostener una interlocución continua con el Estado y con la sociedad.
La fundación de Cimarrón
De ese ambiente salió el Movimiento Nacional Cimarrón, del que Mosquera sería la figura articuladora durante décadas. El nombre no era decorativo. Cimarrón remitía a los negros esclavizados que huían de las haciendas y fundaban palenques —asentamientos con organización social y política propia—, y en particular a Benkos Biohó, proclamado "rey del arcabuco" en el palenque de Matuna, en la provincia de Cartagena, entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Aquel palenque desarrolló cabildos que elegían autoridades según mérito y servicio, y su modelo sirvió luego a otros palenques de la zona de Loba y Mompox. En el valle del Patía surgieron también, paralelos al avance de la minería y de la hacienda ganadera, dos palenques de raíz cimarrona.
Adoptar ese nombre era una operación política deliberada. Cimarrón conectaba a los estudiantes universitarios de Pereira y Bogotá con una genealogía de resistencia negra que precedía a la República, y les daba una densidad histórica de la que carecía la lectura puramente contemporánea de la discriminación. No se trataba solo de denunciar el racismo actual: se trataba de inscribirlo en una larga guerra que empezaba en el arcabuco. Al mismo tiempo, el nombre planteaba una tesis: la comunidad negra colombiana era una y sus luchas eran continuas, desde Biohó hasta los estudiantes de los setenta. Esa unidad —presupuesta más que demostrada— sería después el flanco más discutido del proyecto.
Cimarrón se articuló como un colectivo de jóvenes estudiantes afrodescendientes activos en ciudades como Pereira y Buenaventura, junto con otras iniciativas de la época como el Círculo de Estudios Afrocolombianos "Soweto". El referente no era casual: Soweto remitía al levantamiento estudiantil sudafricano de 1976 contra el apartheid, y situaba la reivindicación negra colombiana en un horizonte panafricano y anticolonial que resonaba con los movimientos de liberación africanos y con la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos.
Discriminación e integración
El encuadre ideológico de Cimarrón heredaba de los grupos de intelectuales negros urbanos de los sesenta y setenta el énfasis en la experiencia histórica compartida de la discriminación racial. La negridad se definía menos por una cultura específica o por un territorio ancestral que por una posición común en la estructura social colombiana: la de un grupo estigmatizado por el color, excluido de los circuitos de poder, subrepresentado en las instituciones y borrado del relato nacional. La estrategia política que se derivaba de ese diagnóstico era la integración racial: denunciar la discriminación, exigir igualdad efectiva, reclamar acceso a la educación, al empleo, a la representación política y al reconocimiento simbólico.
Ese marco tenía potencia y limitaciones. Su potencia estaba en su capacidad de hablar en nombre de todos los negros colombianos, urbanos y rurales, del Pacífico y del Caribe, del interior y de la costa: bastaba con haber sido tratado como negro para caber en la reivindicación. Su limitación estaba en que dejaba fuera —o secundarizaba— las particularidades culturales, lingüísticas y territoriales de las comunidades que habían mantenido formas propias de vida colectiva, especialmente en las cuencas del Pacífico. Para un campesino del medio Atrato, la lucha no era exactamente integrarse a la ciudadanía colombiana: era conservar el río, el monte, la minería artesanal, la parentela extensa y las prácticas que su comunidad había sostenido durante siglos.
Cimarrón funcionó, entonces, dentro de un panorama afrocolombiano que en los ochenta se estaba diversificando aceleradamente. A mediados de esa década surgieron organizaciones de campesinos negros en el Chocó, orientadas hacia la protección, el control y el acceso al territorio y sus recursos naturales. En el curso medio del río Atrato, en la parte norte del Pacífico, emergió un discurso inédito: el de los campesinos negros como grupo étnico con derechos territoriales colectivos, análogos a los de los pueblos indígenas. En Buenaventura, la organización se estructuró río por río, generando toda una arquitectura de colectivos por cuencas fluviales que dibujaba, sobre el mapa del Pacífico sur, una geografía étnico-territorial diferenciada; asociaciones culturales trabajaban en paralelo por consolidar procesos de conciencia colectiva desde tradiciones estéticas y expresivas. El movimiento negro colombiano nunca fue una sola voz, y a mediados de los ochenta esa pluralidad se había vuelto evidente.
La coyuntura constituyente
El tránsito de los ochenta a los noventa encontró al país en una crisis institucional que abrió una ventana inesperada. La opinión pública, agobiada por la violencia del narcotráfico, la guerra contra los carteles, el asesinato de candidatos presidenciales y la corrupción política, presionó por una reforma constitucional profunda. En 1990 se convocó y eligió una Asamblea Nacional Constituyente. Fue en ese contexto —no antes— cuando las demandas del movimiento negro pudieron aspirar a inscribirse en el texto constitucional. Antes de esa apertura, la reivindicación afrocolombiana era un asunto de círculos académicos y de organizaciones de base; con la Constituyente, se volvió una disputa por el orden jurídico nacional.
Cimarrón se sumó, junto con otros colectivos de jóvenes estudiantes afrodescendientes de ciudades como Pereira y Buenaventura, a la lucha por el reconocimiento de derechos diferenciales para la población étnica en el período preconstituyente. Esa movilización, sin embargo, no consiguió una representación afrocolombiana directa y plena en la Asamblea. Las demandas negras fueron canalizadas principalmente a través de la movilización externa y de la presión sobre los constituyentes indígenas, que sí habían obtenido curules propias. El resultado fue el Artículo Transitorio 55: un compromiso que difería al Congreso la legislación específica sobre derechos afrocolombianos y ordenaba expedir, dentro de los dos años siguientes, una ley que reconociera a las comunidades negras ocupantes de tierras baldías en zonas rurales ribereñas de los ríos de la Cuenca del Pacífico el derecho a la propiedad colectiva sobre esas áreas.
El AT 55 fue el primer reconocimiento jurídico de la población afrocolombiana en la historia constitucional del país. Fue también un texto acotado: mencionaba solo la Cuenca del Pacífico y hablaba en clave territorial y étnica, no en clave de discriminación racial ni de ciudadanía nacional. El horizonte que quedó inscrito en la Constitución fue el del Pacífico rural, no el proyecto urbano e integrador que Cimarrón había venido construyendo durante quince años.
La exclusión de la Comisión Especial
Después de la Constituyente vino la reglamentación. El AT 55 creó una Comisión Especial encargada de redactar la ley que le daría cuerpo a la promesa constitucional, y esa Comisión operó bajo la secretaría ejecutiva de Miriam Jimeno. Fue en ese proceso, entre 1991 y 1993, donde se decidió el contenido real del reconocimiento afrocolombiano; y fue en ese proceso donde Cimarrón quedó por fuera.
La exclusión no fue anecdótica. Mosquera y su organización enviaron una carta a la secretaria ejecutiva exigiendo conocer los representantes afrocolombianos designados y ser informados sobre las sesiones de la Comisión. La respuesta institucional los mantuvo al margen. La razón de fondo era ideológica: el marco de Cimarrón —desigualdad racial e integración— no encajaba con el modelo de ciudadanía multicultural que se estaba consolidando, un modelo que incorporaba a las comunidades negras en términos culturales, étnicos y territoriales, con foco en la costa del Pacífico. La Comisión trabajaba con las organizaciones que hablaban ese lenguaje —las campesinas del Chocó, las de las cuencas del Pacífico— y con intermediarios académicos que las acompañaban. Cimarrón, con su discurso urbano y nacional centrado en el racismo, no cabía en la mesa.
El desenlace fue la Ley 70 de 1993, promulgada dentro del plazo constitucional. La ley reconoció el derecho de las comunidades negras a la propiedad colectiva de las tierras que venían ocupando en la Cuenca del Pacífico, definió los procedimientos de titulación —reglamentados después por el Decreto 1745 de 1995— y consagró una protección específica de su identidad cultural. Fue un texto notable en el panorama latinoamericano, y transformó el estatus jurídico de las comunidades negras colombianas. Pero fue una ley construida sobre el paradigma étnico-territorial del Pacífico, no sobre el paradigma antidiscriminatorio de Cimarrón. Las organizaciones afrocolombianas del norte del Cauca, que habían surgido bajo la bandera de movimientos cívicos y campesinos en los ochenta y que se sumaron a las mesas de trabajo sobre el AT 55 buscando incluir su región como zona especial de asentamiento de comunidades negras, comprobaron también que la ley no permitía extender la titulación colectiva a los poblados nortecaucanos. El texto había sido diseñado en torno a un territorio muy preciso.
La paradoja del puente
Aquí se anuda la paradoja que define el lugar de Mosquera en la historia afrocolombiana. Cimarrón fue, durante los setenta y los ochenta, la organización que más contribuyó a construir un lenguaje público sobre la negridad colombiana: un vocabulario en el que la palabra "afrocolombiano" pudo dejar de ser un tecnicismo antropológico para volverse una categoría política reclamable ante el Estado. Sin ese trabajo de largo aliento —los círculos estudiantiles, las conmemoraciones, la denuncia sistemática del racismo, la conexión con las diásporas africanas y con los movimientos negros de otras Américas— es difícil imaginar que la Asamblea Constituyente de 1991 hubiera considerado siquiera pertinente reconocer a las comunidades negras. Cimarrón preparó la escucha nacional.
Y sin embargo, cuando llegó el momento de escribir la letra chica del reconocimiento, quien redactó fue otro. Las organizaciones campesinas del Chocó y del Pacífico, que desde mediados de los ochenta habían construido en paralelo su propio discurso —la etnización de la negridad, los derechos territoriales colectivos, la analogía con los pueblos indígenas—, fueron las interlocutoras efectivas del Estado. No fue una traición ni una usurpación: fue una construcción autónoma, con lógica propia, que respondía a las condiciones concretas de comunidades ribereñas amenazadas por la expansión de la frontera extractiva, por empresas madereras y mineras, y por la ausencia estatal crónica en el Pacífico. Esa reivindicación tenía derecho propio a existir y a expresarse. Lo que ocurrió entre 1991 y 1993 fue que dos corrientes del movimiento negro colombiano —la urbana-antirracista y la étnico-territorial— llegaron con desigual capacidad de conectar con el paradigma multicultural que se estaba consolidando en la región y en el mundo, y la segunda ganó la definición del texto.
Leer ese desenlace como el triunfo del movimiento negro en su conjunto sería inexacto. Fue el triunfo de una de sus corrientes, con apoyo institucional y académico —Miriam Jimeno desde la secretaría ejecutiva, mediadores en el aparato estatal— sobre otras corrientes que habían hecho parte del mismo proceso pero quedaron en los márgenes. Cimarrón fue el más visible de esos excluidos, precisamente porque había sido el más central en la fase previa.
La red: contemporáneos, referentes y rivales
Mosquera no operó en soledad. Su generación estuvo poblada de figuras que compartían diagnóstico o disputaban orientación. El referente intelectual mayor fue Manuel Zapata Olivella —nacido en 1920, fallecido en 2004—, novelista, dramaturgo y ensayista que articuló pensamiento político, literatura y reivindicación étnica escribiendo desde su triple condición de colombiano, hombre negro e intelectual. Chambacú: Corral de negros levantó una alegoría de la exclusión y la opresión racistas en la Colombia de mediados del siglo XX, ambientada en un barrio negro del Caribe; y Changó, el gran putas (1983), su obra cumbre, es una épica afrocéntrica y descolonial sobre la diáspora africana en las Américas, concebida sobre la cosmogonía de los dioses yorubá —a diferencia de Cien años de soledad, construida sobre el gran código bíblico y grecorromano—. Zapata Olivella fue el puente vivo entre la generación de 1943 y la de los setenta, y su legitimidad cultural fue un capital simbólico del que Cimarrón se benefició sin reservas.
En torno a él y a Cimarrón se movían otros nombres decisivos. Amir Smith Córdoba aportó, desde el Centro para la Investigación de la Cultura Negra, buena parte del andamiaje editorial y de divulgación de la época. Del lado del Pacífico étnico-territorial, Carlos Rosero y Libia Grueso encabezaron desde mediados de los ochenta la construcción del Proceso de Comunidades Negras, la corriente que terminaría dando forma a la Ley 70; Zulia Mena, elegida representante a la Cámara por Chocó a comienzos de los noventa, encarnó la traducción electoral de esa corriente. Francisco Rojas Birry, constituyente indígena por el Chocó, funcionó como uno de los canales por los cuales las demandas negras se filtraron a la Asamblea de 1991. Piedad Córdoba abrió, en clave partidaria liberal, otra vía de incidencia política afrocolombiana desde las instituciones. Y Otilia Dueñas, en el norte del Cauca, integró el entramado organizativo regional que buscó, sin éxito completo, extender la Ley 70 a los territorios ancestrales del valle del río Cauca, donde comunidades afrodescendientes vinculadas a la historia cimarrona habían poseído tierras hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX antes de ser despojadas.
Este mapa no es un elenco decorativo. Muestra que Mosquera fue una figura entre otras en un movimiento diverso, con centros de gravedad geográficos e ideológicos distintos: el Chocó campesino, el Pacífico de cuencas fluviales, el Caribe cultural, el norte del Cauca, el eje urbano andino. Cimarrón fue fuerte en ese último polo y débil en los primeros. La Ley 70 se escribió mirando a los primeros.
Después de 1993
La huella de Mosquera y de Cimarrón en las décadas posteriores tiene dos rostros. Por un lado, la organización continuó operando como referente en la denuncia del racismo, la formación de líderes juveniles afrocolombianos y la incidencia en políticas públicas de acción afirmativa. Ese trabajo se sostuvo a contracorriente de la implementación efectiva de la Ley 70: más de veinte años después de promulgada, la ley seguía sin ser reglamentada en su totalidad, y los derechos reconocidos chocaban con la lógica absentista e intervencionista del Estado central en el Pacífico y el Chocó. Los territorios titulados no protegían por sí solos a las poblaciones urbanas afrocolombianas de Cali, Medellín, Bogotá o Cartagena, ni resolvían las brechas educativas, laborales y sanitarias que atravesaban a la ciudadanía negra en su conjunto. La denuncia del racismo cotidiano, la exigencia de cupos en la universidad pública, la crítica a la subrepresentación en cargos de decisión, la defensa de los migrantes negros en las grandes ciudades: todo ese repertorio, que Cimarrón había venido ensayando desde los setenta, siguió siendo indispensable en una Colombia que había reconocido derechos étnicos pero no había desmontado sus jerarquías raciales.
Por otro lado, la promesa constitucional de 1991 se vio erosionada por la expansión del conflicto armado a los territorios titulados. El desplazamiento forzado masivo golpeó los proyectos colectivos, culturales y políticos de las comunidades rurales afrocolombianas. Muchos líderes interpretaron la violencia armada como una intención deliberada de revertir los logros de la Constitución de 1991: las mismas tierras que la ley había reconocido como colectivas eran las que ahora se vaciaban a fuerza de masacres, amenazas y siembra de minas, en zonas de interés para actores armados y para intereses económicos legales e ilegales. El asesinato de la hermana Yolanda Cerón, involucrada en luchas por derechos territoriales afrocolombianos —crimen atribuido al Bloque Libertadores del Sur de las AUC—, condensó ese diagnóstico y desató un movimiento nacional e internacional de protesta. Procesos organizativos como la Asociación de Desplazados Dos de Mayo, constituida el 9 de abril de 2006 en Quibdó, mostraron la capacidad de las víctimas afrocolombianas para elaborar los impactos emocionales del desplazamiento y defender sus derechos colectivos aun bajo la violencia.
En ese escenario, la vieja distinción entre el discurso antidiscriminatorio y el étnico-territorial perdió parte de su sentido: la sobrevivencia física del sujeto colectivo afrocolombiano pasó a ser una prioridad transversal. El líder urbano de Cimarrón que denunciaba el racismo laboral en Bogotá y el consejo comunitario del bajo Atrato que resistía el despojo armado terminaban confluyendo en un mismo diagnóstico —el Estado colombiano no protegía la vida negra, ni en las ciudades ni en los ríos— aunque llegaran a él por caminos distintos. La generación de líderes urbanos formados en la órbita de Cimarrón, que en los años noventa había ocupado espacios en la administración pública, en la academia y en el activismo, se encontró en las décadas siguientes cumpliendo un papel de puente entre las comunidades desplazadas y las instituciones del Estado, entre las víctimas rurales y la opinión pública metropolitana, entre la denuncia local y la incidencia internacional. Ese papel, poco espectacular pero constante, prolongó la utilidad política del proyecto original más allá del episodio de la Ley 70.
Qué queda
Juan de Dios Mosquera Mosquera es una figura mayor de la historia afrocolombiana contemporánea, y su lugar no puede medirse solo por su presencia o ausencia en el texto de la Ley 70. Fue el articulador de una organización que, durante los quince años previos a la apertura constituyente, sostuvo la palabra afrocolombiana en el espacio público nacional cuando pocos la sostenían, y que formó a una generación de líderes urbanos que hoy operan en política, academia, servicio público y activismo. Cimarrón fue la infraestructura sobre la que se volvió pensable, en 1991, que la Constitución reconociera derechos étnicos a los negros colombianos.
Su exclusión de la Comisión Especial que redactó la Ley 70 no es un accidente ni una injusticia aislada: es el signo de una tensión real dentro del movimiento negro colombiano, entre una lectura racial-antidiscriminatoria y una lectura étnico-territorial, tensión que la Constitución de 1991 y la Ley 70 resolvieron —por razones de coyuntura política, de correlación de fuerzas y de sintonía con el paradigma multicultural regional— a favor de la segunda. Reconocer eso no rebaja a Mosquera: lo sitúa. Permite entender que la historia del reconocimiento constitucional afrocolombiano tiene varios protagonistas, y que ninguno de ellos, por sí solo, la explica.
La disputa por la centralidad de su figura —viva en el propio movimiento afrocolombiano, donde no todos aceptan la narrativa que hace de Cimarrón el origen del proceso— es también parte de su legado. Un legado que se mide menos en artículos de ley que en la instalación duradera, en el sentido común colombiano, de la idea de que la discriminación racial existe, tiene historia, tiene víctimas y admite reparación. Que esa idea haya dejado de ser marginal y se haya vuelto exigencia pública es, en buena parte, obra del trabajo tenaz de un chocoano formado en Pereira que llamó a su organización con el nombre de los que se habían escapado de la esclavitud tres siglos antes.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
25 documentos · 32 fragmentos01Movimientos sociales, Estado y democracia en ColombiaMauricio Archila, Mauricio Pardo (Editores) · 2001 · Páginas 243, 2532 citas
[1]nuevos actores políticos, entre los que han sido no- torios los movimientos locales por servicios o atención estatal, movimientos por los derechos humanos, movimientos por la res- tauración democrática, movimientos de mujeres, movimientos barriales de solidaridad en la crisis, movimientos cristianos de base,…
p. 243
[9]vimiento de amplio cubrimiento entre la población negra del país. Los temas de construcción identitaria o marcos ideológicos de estos sectores del movimiento negro eran análogamente hete- rogéneos. Las organizaciones campesinas del Chocó se orientaban hacia la protección, el control y el acceso al territorio y sus…
p. 253
02Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · Páginas 447, 4972 citas
[2]devienen en estrategias de legitimación política de la diferencia en la relación y negociación con el Estado y, desde el espacio institucional así configurado, se posibilita la legitimación frente a otros actores sociales y el capital. Así, entonces, la construcción de la cuestión étnica afrocolombiana no sólo implica…
p. 497
[3]Cromos (septiembre 13, 1947) -donde escribía con el seudónimo de Manuel Karabalí- “creyó llegado el momento de rectificar la conducta de historiadores, científicos y literatos ante sus bisabuelos”. Hacían hincapié en “la necesidad de adelantar estudios sobre el negro en la misma forma que se venía haciendo con el…
p. 447
03Histories of Perplexity: Colombia, 1970s–2010sLina Britto, A. Ricardo López-Pedreros · 2024 · Páginas 72, 912 citas
[4]communitarian motto “I am because others are.” 2 Manuel Zapata Olivella, El hombre colombiano (Cali: Universidad del Valle, 1974), 12. 3 This interview is part of a project on the life and work of Manuel Zapata Olivella that includes previous research that I have carried out such as “Pensamiento, mestizaje e…
p. 91
[22]theater, chronicle, novel, folk tales, poetry, and even scripts for radio and television, in addition to a beautiful autobiographical text called Levántate mulato (1990). His distinguished work is Changó... el gran putas (1983), a monumental and fundamental work about the African diaspora literature and libertarian…
p. 72
04Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · Página 2221 cita
[5]troamérica y el Caribe. Ha escrito, Representación de "Las convulsiones" (1828), de Luis Vargas Tejada, en el Teatro Colón, marzo de 1916. 222 Nueva Historia de Colombia. Vol. VI Escena culminante de "El loco de moda" de Luis Enrique Osorio, presentado en el Teatro Municipal de Bogotá en enero de 1924. además, La…
p. 222
05Blancos, no blancos, casi blancos. Cuerpo, color y belleza en Colombia, segunda mitad del siglo XXPietro Pisano · 2019 · Página 2861 cita
[6]cantantes (24 artículos, 14 de los cuales a Leonor González Mina, cuya fama había logrado una dimensión internacional). Solamente dos artículos – uno a Manuel Zapata Olivella y otro a su hermano Juan – fueron dedicados a intelectuales, cuatro a actores (tres a Evaristo Márquez, coprotagonista de la película…
p. 286
06Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. PacíficoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Páginas 87, 1392 citas
[7]crearon en las siete cuencas que conforman el municipio: la Organización Negra Campesina Pro-defensa del río Calima (Oncaproteca), la Organización de Negros Unidos del río Anchicayá (Onuira), la Asociación de Comunidades Negras del río Raposo (Aconur), el Comité de Defensa de los Intereses del río Cajambre (Codinca),…
p. 87
[27]su cuerpo y negro su corazón» 534. Según Pérez Alzate y otros desmovilizados del BLS, el asesinato de Yolanda suscitó un movimiento nacional e internacional de protesta y llamados al gobierno a actuar en la región. Como resultado, a partir de ese momento se registraron combates entre militares y paramilitares en la…
p. 139
07Becoming Black Political Subjects: Movements and Ethno-Racial Rights in Colombia and BrazilTianna S. Paschel · 2016 · Página 1201 cita
[8]Ci- marrón was also evident in a letter the organization sent to Miriam Jimeno, executive secretary of the Special Commission, demanding the names of the Afro- Colombian representatives and asking to be kept in the loop about meeting proceedings. Cimarrón’s exclusion from Law 70’s drafting process, while surprising,…
p. 120
08Counting the Dead: The Culture and Politics of Human Rights Activism in ColombiaWinifred Tate · 2007 · Página 591 cita
[10]ANAPO). Rojas Pinilla’s dream of returning to power was denied, however. Many analysts con- tend that Rojas was the winner of the presidential elections of April 19, 1970, but the minister of the interior named Conservative Misael Pastrana Borrero the new president after a suspiciously timed massive power outage.…
p. 59
09Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2491 cita
[11]Cali, Medellín, Bucaramanga, Pereira y Montería. Nace el Pacto Andino. Inau- guración del oleo- ducto Orito-Tumaco, 1970 Los ministros de Educación del Pacto Andino acuerdan el Convenio Andrés Be- llo para la integra- ción educativa, cien- tífica y cultural en la región. En unas reñi- das elecciones, el conservador…
p. 249
10Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 5871 cita
[12]la flora, la fauna y el ecosistema. En él se habita. De él se come y en él construimos las diferentes relaciones. Por eso es tan valioso cuidarle y conservarle» 1532. Resistencias por el reconocimiento de los derechos étnicos y territoriales Desde la década de los setenta, han nacido en Colombia organizaciones…
p. 587
11Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Página 3301 cita
[13]más de medio sig lo transitando esta espiral de cri men-mo vimiento de opinión-represión-crimen. Pero, ya vi- mos, la repr esión no ha funcionado y ello obedece en alguna me- dida a que la población no confia en sus jueces y menos aún en sus po li cías. Si alguna conclusión se deriva de este último medio sig lo, es el…
p. 330
12¡Basta satisfecho! Colombia: Memorias de guerra y dignidadCentro Nacional de Memoria Histórica (GMH) · 2013 · Página 1541 cita
[14]través del cual se pretendía controlar la desviación que ellos mismos y sus cómplices representaban. 57. Según Mauricio Rubio, en 1999, en juicio sin sumario, la probabilidad de que un 218 INFORME GENERAL Centro Nacional de Memoria Histórica La Constitución de 1991, sin embargo, de cuyo nacimiento hablaremos a…
p. 154
13La guerra vino de afuera. El Bloque Pacífico en el sur del Chocó: una herida que aún no cierraCentro Nacional de Memoria Histórica, Laura Bibiana Escobar García, Laura Catalina Tovar Bohórquez, Esteban de Jesús Caviedes Alfonso · 2022 · Página 571 cita
[15]de organizaciones sociales a través de los consejos comunitarios, para la protección y utilización sustentable de los recursos naturales (Grueso, 2000). Estos consejos comunitarios son las instancias de organización de los pobladores dentro de un área delimitada del terri- torio que han ocupado de acuerdo a sus…
p. 57
14Raza y derechos humanos en Colombia: Informe sobre discriminación racial y derechos de la población afrocolombianaCésar Rodríguez Garavito, Tatiana Alfonso Sierra, Isabel Cavelier Adarve · 2009 · Páginas 116, 3172 citas
[16]sancione los actos de discriminación racial y que cumpla con los estándares internacionales en la materia. Por otro lado, la legislación que se dirige a la población afrocolombiana intenta de- sarrollar y garantizar los derechos culturales de dicha población y atacar algunos as- pectos puntuales en los que las…
p. 317
[19]55 de la Constitución Política de 1991 y, posterior- mente, fue desarrollado en la Ley 70 de 1993. Esta última fue reglamentada por el Decreto 1745 de 1995, en lo relativo a los requisitos y procedimientos para la titulación colectiva de los territorios ancestrales en la cuenca del Pacífico y en otras regiones del…
p. 116
15Gente negra en Colombia. Dinámicas sociopolíticas en Cali y el PacíficoOlivier Barbary, Fernando Urrea · 2004 · Página 3751 cita
[17]más intenso y complejo, con la movilización de líderes afrocolombianos y voceros de los intereses de la población negra, para que el Artículo Transitorio 55 (AT. 55), sancionado por la Constituyente, se ratificara como ley de la nación, a través de la Ley 70 o "Ley de Comunidades Negras". Pero como veremos a…
p. 375
16Bojayá: La guerra sin límitesGrupo de Memoria Histórica, Martha Nubia Bello Albarracín, Pilar Riaño Alcalá, Gonzalo Sánchez G. · 2010 · Páginas 138, 3012 citas
[18]Camilo. (Ed.) 1994 La política social en los 90: análisis desde la universidad. Bogotá D.C.: Universidad Nacional de Colombia, Departamento de Trabajo Social; Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz - Indepaz -, p. 92. iii. Memorias de la exclusión: Lógicas en tensión en chocó y el medio atrato 139 El Estado…
p. 138
[28]modalidades de desplazamiento forzado en la región chocoana. 442 Es importante destacar que en medio de los innumerables problemas que hemos tenido que afrontar y con todos los impactos derivados de la ma- sacre y el desplazamiento… el proceso organizativo en Quibdó ha sido una experiencia dignificante que nos ha…
p. 301
17Etnización de la negridad: La invención de las 'comunidades negras' como grupo étnico en ColombiaEduardo Restrepo · 2013 · Página 2941 cita
[20]a las específicas sedimentaciones de la alteridad. Y esto no es un asunto únicamente del presente. Para poner un ejemplo, las disímiles maneras en que el racismo científico se materializa en debates y medidas eugenésicas en Argentina o Colombia se comprenden en relación con el lugar de la diferencia en las dos…
p. 294
18The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 3071 cita
[21]this position if there is any opposition to the defense of truth and justice, as well as cheating and judicial fraud against the Indigenous Race, which has been persecuted and murdered by nonindigenous civilization since October 12, 1492. It is in this manner that we present our protest. Mr. Judge and Mr. Lawyer, the…
p. 307
19Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 2191 cita
[23]te necesito. Vengo por ti. Quiero sacarte de esta porquería. Nos iremos a vivir a Manga donde nunca sepamos nada de Chambacú. Ahora soy sargento. Sé que no es mucho dinero, pero en secreto te digo que me han prometido mu- chos dólares. Viviremos decentemente. Te compraré vestidos, radio… y podría ser que hasta un…
p. 219
20Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Página 2301 cita
[24]importantes comentarios sobre el trato a los extraños (en este caso, un hombre colombiano de piel oscura); Pasión vagabunda lleva al lector desde Bogotá hasta México a través de Centroamérica, y He visto la noche va desde México hasta la urbana Estados Unidos de los cincuenta. Sus obras tienen gran importancia…
p. 230
21The Work of Recognition: Caribbean Colombia and the Postemancipation Struggle for CitizenshipJason McGraw · 2014 · Página 2461 cita
[25]to one grounded in pluralism and multiculturalism has not come close to settling the issue of Afro-Colombian visibility. As Peter Wade and Elisa- beth Cunin note—echoing arguments made by Colombia’s writers and activists of color since the 1940s—the shift from mestizaje to multicul- turalism has produced less rupture…
p. 246
22Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · Página 1251 cita
[26]negras contemplados en la L ey 70 de 19 93, una ley que, a pesar de tener más de 20 años, aún no ha sido reglamentada en su totalidad. Este desconocimiento tuvo consecuencias en las dinámicas culturales de estas comunidades 315, que fueron violentadas al negarles la capacidad de gestionar y ordena r su vida con…
p. 125
23Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · Páginas 99, 1032 citas
[29]cimarrón; otros se quedaron donde habita- ban, pero actuando como espías en apoyo de Bioho. El palenque de Matuna creció a tal punto que debió darse una organización social y política formal: Bioho fue proclamado " r e y del arcabuco" y la gente eligió en cabildo a sus propias autoridades según mérito y servicio.…
p. 103
[30]así: Bioho, el Rey del Arcabuco Una vez con los malibúes y otras tribus exterminadas, subyugadas o acomodadas ante el poder del conquistador español, las tierras más accesibles a los ríos y caños empezaron a ocuparse por blancos y vecinos libres, esto es, personas que no eran esclavas ni estaban sujetas a servidumbre.…
p. 99
24"Patrones" y campesinos: tierra, poder y violencia en el Valle del Cauca (1960 – 2012)Absalón Machado Cartagena, John Jairo Rincón García · 2014 · Página 4881 cita
[31]del Cauca ha sido visto como un departamento habitado por blancos y paisas. A juicio de los dirigentes afros, se ha querido mostrar que lo “afro se origina a partir del desplazamiento, presentándose a los negros como ve- nideros en el Valle” 325. A juicio de los dirigentes afrocolombianos, se considera que en el Paci…
p. 488
25Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Nariño y sur de CaucaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 381 cita
[32]libre» 48. En este contexto, en el valle del Patía, paralelo al avance de la minería y la consolidación de la hacienda ganadera, se dio la apropiación de predios vacíos entre las haciendas ganaderas por familias afrodescendientes alrededor de los platanares, que eran «pequeñas parcelas o unidades económicas domésticas…
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