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Biografía

Yolanda Cerón Palacios

Constitución de 1991

1962–2001

20 min de lectura24 documentos
Nacimientoc. 1962, Olaya Herrera (Bocas de Satinga), Nariño
Fallecimiento19 de septiembre de 2001, Tumaco, Nariño
RolesReligiosa de la Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena (hermanas lauritas) · Directora de la Pastoral Social de la diócesis de Tumaco
Lugar principalColombia
Período históricoConstitución de 19911991–2002
03

La biografía

Yolanda Cerón Palacios (Olaya Herrera, Nariño, c. 1962 – Tumaco, 19 de septiembre de 2001) fue una religiosa de la Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena —las hermanas lauritas— que dirigió la Pastoral Social de la diócesis de Tumaco durante la década en que el Pacífico nariñense pasó del margen del conflicto armado a convertirse en uno de sus epicentros. Su nombre condensa un episodio decisivo de la Colombia posterior a la Constitución de 1991: el momento en que una parroquia costera se volvió oficina de titulación colectiva, y en que el catolicismo social posconciliar se enlazó con el naciente movimiento etnicoterritorial afronariñense para traducir el artículo transitorio 55 y la Ley 70 de 1993 en hectáreas concretas, consejos comunitarios y pleitos ganados. Fue asesinada por el Bloque Libertadores del Sur de las AUC frente al templo de La Merced de Tumaco, en plena calle, a media mañana, cuando ese trabajo pastoral y jurídico había empezado a producir resultados que estorbaban a la economía cocalera y palmicultora que se instalaba en la costa. Su muerte, más que cerrar un ciclo, expuso al país y al mundo la violencia que ya se ejercía en silencio sobre los mediadores del derecho étnico en el Pacífico sur.

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Línea de vida

  1. 1962

    Nacimiento en Olaya Herrera

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    Nació hacia 1962 en Olaya Herrera (Bocas de Satinga), municipio ribereño del bajo Patía en la costa pacífica nariñense, en una geografía de esteros, caños y manglares habitada mayoritariamente por comunidades afrodescendientes. Ese origen ribereño le daría una condición singular: conocía los tiempos, las fiestas, los dialectos y las formas de trabajo colectivo de las comunidades que más tarde acompañaría como religiosa.

  2. 1991

    Inserción en la Pastoral Social de Tumaco y apertura constitucional

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    Hacia comienzos de los años noventa dirigía o coordinaba tareas fundamentales en la Pastoral Social de la diócesis de Tumaco. La Constitución de 1991 reconoció el carácter pluriétnico y multicultural de la nación e incluyó el artículo transitorio 55, que ordenó al Congreso expedir una ley de propiedad colectiva para comunidades negras ribereñas del Pacífico. Cerón asumió desde entonces la tarea de traducir ese mandato constitucional al lenguaje de las asambleas comunitarias.

  3. 1993

    Divulgación de la Ley 70 por caños y esteros

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    Tras la promulgación de la Ley 70 de 1993 —que desarrolló el artículo transitorio 55 y fue reglamentada en materia de titulación colectiva por el Decreto 1745 de 1995—, Cerón elaboró una cartilla propia en registro accesible y navegó por caños, lagunas y selva para enseñar su contenido a poblados y aldeas de la costa nariñense. Explicaba qué era un consejo comunitario, cómo se constituía, qué diferencia había entre escritura individual y título colectivo, y qué protecciones ofrecía la ley frente a compras irregulares. Fue bien recibida por las comunidades, que la reconocían como mujer de la costa.

  4. 1995

    Articulación con el Palenque Regional Nariño y titulaciones colectivas

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    La Iglesia Católica fue el principal abanderado en la etapa inicial del artículo transitorio 55 en Nariño; posteriormente esa tarea fue acogida y dirigida por la organización etnicoterritorial Palenque Regional Nariño. Cerón articuló ambas instancias: la Iglesia y el Palenque hicieron llegar la Ley 70 a prácticamente todas las comunidades rurales ribereñas de Nariño y acompañaron la conformación de consejos comunitarios. El proceso contó con apoyo del Banco Mundial y otras instituciones internacionales, que aportaron 65 millones de dólares para titular colectivamente 2,36 millones de hectáreas para 497 comunidades negras en el conjunto del Pacífico.

  5. 1997

    Asesinato de Francisco Hurtado: advertencia explícita

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    El 15 de febrero de 1997 fue asesinado Francisco Hurtado, líder campesino negro que trabajaba con las comunidades del Alto Mira y Frontera difundiendo la Ley 70 y que había ganado un pleito contra la empresa Palmeiras S.A. por la ocupación de 800 hectáreas de territorio ancestral. Sobre su cuerpo dejaron un letrero: 'Pa que no sigas jodiendo con tu cuento de tu Ley 70'. El crimen señalaba que la violencia contra los mediadores del derecho étnico-territorial operaba con franqueza atroz, y anticipaba el peligro que corría Cerón.

  6. 2001

    Asesinato frente al templo de La Merced de Tumaco

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    El 19 de septiembre de 2001, Yolanda Cerón fue asesinada frente al templo de La Merced de Tumaco, en plena calle, a media mañana. Según testimonios de desmovilizados del Bloque Libertadores del Sur (BLS) de las AUC ante la Comisión de la Verdad, el BLS fue responsable del crimen. El móvil habría estado relacionado con su labor de denuncia contra los paramilitares y su trabajo de difusión de la Ley 70. El asesinato generó un movimiento nacional e internacional de protesta y llamados al gobierno a actuar en la región; los propios desmovilizados del BLS reconocieron que 'se les vino el mundo encima'.

  7. 2001

    Impacto sobre el movimiento etnicoterritorial afronariñense

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    El asesinato de Cerón fue uno de los factores que contribuyeron a que muchos activistas del Palenque Regional Nariño salieran de Tumaco entre 2001 y 2002, en su mayoría hacia Bogotá. La Comisión de la Verdad documentó el reconocimiento formal de responsabilidades del BLS en el caso. Según el relato de Pérez Alzate y otros desmovilizados, la presión generada por el crimen habría derivado en combates entre militares y paramilitares en la zona, aunque esa versión causal proviene exclusivamente de los propios victimarios.

La hermana del Pacífico

Yolanda Cerón nació a comienzos de los años sesenta en Olaya Herrera, municipio ribereño del bajo Patía cuya cabecera, Bocas de Satinga, es uno de los puertos internos de la costa pacífica nariñense. Creció en la geografía que después recorrería como religiosa: la maraña de esteros, caños y manglares que comunican el río Patía con el Sanquianga y desembocan en el océano, un mundo de aldeas afrodescendientes vinculadas por lanchas y canoas, con una economía de subsistencia superpuesta a ciclos extractivos —oro, tagua, madera— que habían enriquecido a intermediarios foráneos sin dejar apenas infraestructura en las comunidades.

Ese origen ribereño explica algo que no es menor en su biografía: cuando años más tarde emprendió la divulgación de la Ley 70 navegando por caños y lagunas hasta caseríos donde la presencia estatal se reducía a una escuela intermitente, no llegaba como misionera del interior a un territorio ajeno, sino como mujer de la costa que conocía sus tiempos, sus fiestas, sus dialectos y sus formas de trabajo colectivo. Esa condición —ser del lugar y a la vez portadora de un lenguaje nuevo, el de los derechos étnicos— le permitió operar como traductora entre dos mundos que, sin mediación, difícilmente se habrían encontrado: el de la jurisprudencia constitucional bogotana y el de las comunidades ribereñas del Pacífico sur.

Formación laurita y vocación posconciliar

Cerón ingresó a la Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, fundada en 1914 por la Madre Laura Montoya Upegui en Antioquia con el propósito explícito de evangelizar a los pueblos indígenas y afrodescendientes de las periferias colombianas. Las lauritas —así se las conoce popularmente, por el nombre de su fundadora, canonizada en 2013— tenían para entonces una larga tradición de asentarse en territorios donde la Iglesia diocesana llegaba tarde o mal: Urabá, el Chocó, el San Jorge, la Loba y buena parte de la costa pacífica.

En las décadas de 1970 y 1980, esa congregación, como otras órdenes femeninas de misión, atravesó las tensiones que sacudieron al catolicismo latinoamericano tras el Concilio Vaticano II y las conferencias episcopales de Medellín (1968) y Puebla (1979). La Conferencia de Puebla, en particular, había reconocido dos elementos complementarios en el proceso de liberación: la liberación del pecado personal y social, y la liberación para el crecimiento progresivo del ser. Esa fórmula, que hoy suena abstracta, autorizó a religiosas y sacerdotes de base a salir del terreno estrictamente cultual para asumir tareas comunitarias: alfabetización, cooperativas, defensa de tierras, denuncia de abusos. Hermanas lauritas y catequistas destinadas al San Jorge y la Loba pusieron en práctica esa nueva pastoral social y experimentaron una incongruencia percibida entre "religión" y "cristianismo" en las regiones más atrasadas de su misión: el rito no bastaba donde faltaba la justicia.

Otras congregaciones —las Hermanas Redentoras, por ejemplo— llegaron al Pacífico compartiendo la vida material de las comunidades negras, reconociendo lo que llamaron una deuda histórica con ellas y adoptando una postura de respeto hacia sus caminos espirituales propios, incluidos los que la ortodoxia romana miraba con recelo. Ese giro pastoral —de la conversión a la mediación, de la doctrina al acompañamiento— es el contexto congregacional en el que se formó Yolanda Cerón. No fue una excentricidad individual: fue parte de una corriente institucional que, sin romper con Roma, redefinió qué significaba estar en misión.

Tumaco: llegada a la Pastoral Social

Tumaco, cabecera del segundo puerto del Pacífico colombiano, es una ciudad de islas conectadas al continente por un único puente sobre el estero, con una población mayoritariamente afrodescendiente y niveles de necesidades básicas insatisfechas entre los más altos del país. La diócesis de Tumaco, sufragánea de Popayán, había desarrollado desde los años ochenta una pastoral social atenta a las condiciones materiales de sus feligreses: la ciudad concentraba desempleo e informalidad portuaria, y un entorno rural donde los ciclos extractivos —oro y madera antes, palma africana desde los años setenta— convivían con una agricultura de pancoger y una pesca artesanal cada vez más precarizada.

En ese aparato diocesano se insertó Yolanda Cerón. La fecha exacta de su llegada a la Pastoral Social de Tumaco no consta con precisión, pero hacia comienzos de los años noventa ya la dirigía o coordinaba tareas fundamentales dentro de ella. Bajo los obispos que gobernaron la diócesis en el periodo —entre ellos Gustavo Girón Higuita y, más tarde, monseñor Jorge García Isaza— la Pastoral Social de Tumaco se convirtió en una de las estructuras más activas del Pacífico en el trabajo con comunidades negras, y Cerón fue su figura visible en el terreno.

Su labor combinaba tres registros que rara vez confluyen en una misma persona: el religioso, el organizativo y el jurídico. Celebraba y acompañaba la vida sacramental de las comunidades; formaba catequistas, líderes juveniles y comités parroquiales; y, sobre todo, trabajaba en la divulgación de derechos que apenas empezaban a existir para las comunidades negras de Colombia.

La Constitución del 91 y el artículo transitorio 55

Para entender la centralidad de Yolanda Cerón hay que detenerse un instante en el marco jurídico que ella se dedicó a traducir. La Constitución de 1991 rompió con la tradición unitaria y monocultural del régimen anterior y reconoció el carácter pluriétnico y multicultural de la nación. Entre sus disposiciones, un artículo transitorio —el 55— ordenó al Congreso expedir, dentro de dos años, una ley que reconociera a las comunidades negras que habían venido ocupando tierras baldías en las zonas ribereñas de los ríos de la cuenca del Pacífico, de acuerdo con sus prácticas tradicionales de producción, el derecho a la propiedad colectiva sobre esas tierras.

Ese artículo fue desarrollado por la Ley 70 de 1993, que además de la titulación colectiva contempló mecanismos de participación, protección de la identidad cultural y derechos económicos y sociales. Su reglamentación específica para la titulación llegó con el Decreto 1745 de 1995, que fijó los requisitos y procedimientos para constituir consejos comunitarios y titular territorios ancestrales. La cadena normativa completa —artículo transitorio, ley marco, decreto reglamentario— tomó por tanto cuatro años, y otros tantos requirió que empezara a producir titulaciones efectivas.

El problema práctico, sin embargo, era enorme. Las comunidades destinatarias vivían dispersas en ríos de difícil acceso, muchas sin escolarización formal, sin registros catastrales de sus veredas, sin experiencia jurídica previa y sin abogados. Constituir un consejo comunitario exigía delimitar territorio, censar población, redactar estatutos, sostener asambleas, presentar solicitudes ante el Incora (después Incoder) y sortear objeciones de terceros con títulos individuales o de empresas. Sin mediadores capaces de traducir la ley al lenguaje de las asambleas comunitarias, y de traducir las asambleas al lenguaje jurídico de los expedientes, la Ley 70 corría el riesgo de quedar en letra muerta.

En Nariño, esa mediación la asumió primero la Iglesia Católica —Cerón a la cabeza— y luego, ya avanzada la década, la organización etnicoterritorial Palenque Regional Nariño, con la que la Pastoral Social trabajó en articulación estrecha.

La cartilla y los caños

De ese trabajo hay una imagen que quedó fijada en la memoria de los líderes afronariñenses: la hermana Yolanda navegando por caños, lagunas y esteros, con una cartilla que ella misma había escrito para explicar la Ley 70, deteniéndose en aldeas y caseríos ribereños para reunir a la gente en la escuela, en el atrio, en la caseta comunal, y leer con ellos, artículo por artículo, qué decía la nueva legislación.

La cartilla no era un opúsculo académico. Estaba redactada en un registro accesible, con ejemplos concretos: qué era un consejo comunitario, cómo se constituía, qué diferencia había entre una escritura individual y un título colectivo, qué protecciones ofrecía la ley frente a compras irregulares de terrenos, qué derechos tenían las comunidades sobre el subsuelo, los recursos hídricos y los bosques. Fue bien recibida por las comunidades, que reconocían en Cerón no a una funcionaria del Estado —figura desconocida o ausente en esas riberas— sino a una religiosa de la costa que hablaba su misma lengua.

La Iglesia y el Palenque, actuando en tándem, hicieron llegar el contenido del artículo transitorio 55 y de la Ley 70 a prácticamente todas las comunidades rurales ribereñas de Nariño, y acompañaron la conformación de consejos comunitarios y organizaciones campesinas. Cerón no trabajó sola: junto a ella hubo líderes campesinos negros, entre ellos Francisco Hurtado, primer representante legal del Consejo Comunitario Alto Mira y Frontera, que hicieron esa misma labor en la zona sur del municipio de Tumaco.

El caso de Alto Mira y Frontera

La eficacia de esa mediación se ve mejor en un caso concreto. Francisco Hurtado, en su calidad de representante legal del Consejo Comunitario Alto Mira y Frontera, denunció la ocupación de mala fe de aproximadamente 800 hectáreas del territorio ancestral por parte de la empresa Palmeiras S.A., propiedad de los hermanos Jorge y Carlos Corredor. La disputa involucró incluso a una funcionaria del Banco Agrario en Tumaco, que intervino para frenar la resolución de titulación colectiva hasta que la situación de esas hectáreas quedara resuelta. Hurtado ganó el pleito.

Y luego fue asesinado. El 15 de febrero de 1997, hombres armados lo mataron y dejaron sobre su cuerpo un letrero manuscrito: "Pa que no sigas jodiendo con tu cuento de tu Ley 70". No era un mensaje cifrado: era una declaración pública del móvil. La violencia contra los mediadores del derecho étnico-territorial en el Pacífico nariñense operaba con esa franqueza atroz.

El caso Hurtado enseña algo imprescindible para leer el asesinato posterior de Cerón: cada vez que la Ley 70 producía un resultado material —una titulación efectiva, una demanda ganada contra una agroindustria, una comunidad organizada capaz de oponerse a un negocio— la respuesta de los intereses afectados no fue el litigio ni la negociación, sino el homicidio selectivo. El derecho étnico funcionaba, y precisamente por eso se lo combatía por fuera del derecho.

El financiamiento internacional y la irrupción del BLS

A mediados de los años noventa, el Banco Mundial y otras instituciones internacionales destinaron 65 millones de dólares al registro y titulación de territorios de comunidades minoritarias en la costa pacífica colombiana. Ese apoyo permitió, en el conjunto del Pacífico, titular colectivamente unas 2,36 millones de hectáreas para 497 comunidades negras. Fue el mayor proceso de reconocimiento territorial étnico de la historia reciente del país, y una parte no menor de él ocurrió en Nariño con el acompañamiento directo de la Pastoral Social de Tumaco.

Pero el mismo tramo temporal en que la titulación se aceleraba coincidió con la llegada del conflicto armado a un territorio que hasta entonces había estado relativamente al margen. Desde finales de los años noventa, el Pacífico nariñense se llenó de cultivos de coca traídos desde el centro del país y desde otras regiones cocaleras. A la región llegaron personas de Antioquia y del interior interesadas en apropiarse de terrenos y montar producción y procesamiento de narcóticos. La geografía de Tumaco —puerto insular, comunicación fluvial, salida oceánica— se convirtió en un activo estratégico: quien controlara el único puente que conecta la ciudad con el continente, y quien controlara el precio del combustible para las lanchas, controlaba una parte sustantiva de la cadena cocalera.

En ese escenario, el Bloque Libertadores del Sur (BLS) —creado a partir de 1999 por los hermanos Castaño como parte del plan de expansión de las AUC hacia el sur del país, y adscrito al Bloque Central Bolívar— irrumpió en el Pacífico nariñense bajo el mando de alias 'Pablo Sevillano', identificado como Guillermo Pérez Alzate. El BLS se organizó en torno a tres frentes en Nariño y desplegó una violencia particularmente intensa entre 2001 y 2003, con al menos 15 masacres y 121 muertes atribuidas. Aunque su discurso público era contrainsurgente, el designio real de la estructura era la expansión y consolidación del negocio del narcotráfico, aprovechando el clúster cocalero en el que la costa se estaba convirtiendo.

El BLS chocó desde el principio con lo que encontró: una comunidad étnica organizada, con mecanismos propios de gobierno, una historia larga de luchas por la autonomía y, sobre todo, un cuerpo de líderes —religiosos, campesinos, representantes de consejos comunitarios— capaces de articular resistencia jurídica y política a la lógica del despojo. Nunca logró transformar su dominio militar en dominio político y social efectivo.

El asesinato

El 19 de septiembre de 2001, hombres del Bloque Libertadores del Sur asesinaron a Yolanda Cerón en Tumaco. Tenía alrededor de 39 años. El crimen ocurrió a plena luz del día, en una ciudad donde el paramilitarismo ya operaba con impunidad casi total y donde la Pastoral Social se había convertido en uno de los pocos espacios institucionales de denuncia de la violencia y de acompañamiento a las víctimas.

Su labor específica —divulgación de la Ley 70, apoyo a la constitución de consejos comunitarios, denuncia de atropellos contra la población civil— era conocida en toda la costa. La misma labor por la que Francisco Hurtado había sido asesinado cuatro años antes, con el letrero explícito sobre su cuerpo. En el caso Cerón no hubo mensaje escrito, pero el paralelismo con Hurtado —líder territorial negro asesinado por difundir la Ley 70— y el reconocimiento posterior de responsabilidades ante la Comisión de la Verdad convergen en la misma dirección: fue eliminada por lo que hacía, no por lo que era.

Décadas de historia colombiana han enseñado a distinguir, en los homicidios políticos, la lógica simbólica de la lógica funcional. Cerón no fue asesinada porque fuera religiosa, ni porque fuera activista en abstracto: fue asesinada porque su función específica —traducir el lenguaje pastoral posconciliar en organización etnicoterritorial concreta— producía un efecto material demostrable. Comunidades que antes carecían de herramientas jurídicas para defender su territorio las adquirían con ella y las usaban. Ese efecto, en un territorio donde el BLS necesitaba desmontar toda oposición organizada al avance del cultivo de coca y la agroindustria de palma, era intolerable.

Un crimen mal calculado

Hay, sin embargo, una tensión en el modo como el propio BLS narró después el asesinato. En las versiones aportadas por Guillermo Pérez Alzate y otros desmovilizados del bloque ante la Comisión de la Verdad, la muerte de Cerón aparece como un punto de inflexión que se les volvió en contra. Según su propio relato, el crimen suscitó un movimiento nacional e internacional de protesta y de llamados al gobierno para actuar en la región, y a partir de allí se registraron combates entre militares y paramilitares en la zona. La expresión que Pérez Alzate usa —"se nos vino el mundo encima"— es el reconocimiento explícito de un error de cálculo.

Esa lectura de los propios perpetradores debe tomarse con reserva: proviene de exponentes de una estructura criminal que en el marco de Justicia y Paz tenía incentivos para presentarse como actores capaces de rectificar. Pero, contrastada con la trayectoria del BLS y con el eco público que efectivamente tuvo el asesinato, sugiere algo sobre la racionalidad paramilitar en el Pacífico: fue brutal más que estratégica. El BLS eliminó un nodo funcional del proceso etnicoterritorial —Cerón— sin prever que ese crimen desencadenaría una atención nacional e internacional sobre la violencia que ejercía en la costa. Actuaba con violencia instrumental y cálculo político deficiente, no con la precisión quirúrgica que a veces se le atribuye al paramilitarismo tardío.

Ese matiz importa para no idealizar por vía negativa a los actores armados. El despojo paramilitar en el Pacífico nariñense fue eficaz en su dimensión territorial inmediata —desplazó comunidades, controló rutas, se hizo con rentas cocaleras— pero políticamente incompetente en el mediano plazo. El caso Cerón lo prueba.

El repliegue del movimiento

En lo inmediato, sin embargo, el asesinato produjo el efecto que probablemente el BLS buscaba. Entre 2001 y 2002, muchos integrantes del movimiento etnicoterritorial que residían en Tumaco salieron de la ciudad, casi todos hacia Bogotá. La salida no fue una migración uniforme: en algunos casos respondió a amenazas directas contra compañeros de Cerón, en otros a la zozobra general que dejó el homicidio, y en otros al desplome del Palenque Regional Nariño como entidad coordinadora del movimiento. Concebida inicialmente como provisional y motivada por razones de seguridad, la salida se prolongó para muchos líderes durante varios años antes de que pudieran regresar.

En las zonas rurales, los líderes históricos del proceso adoptaron una estrategia distinta: bajar el perfil, reducir la visibilidad, seguir trabajando pero sin la exposición pública que caracterizaba al periodo anterior. Esa estrategia les permitió sobrevivir, pero limitó su capacidad de acción local y erosionó la densidad organizativa que Cerón había contribuido a construir.

El Palenque Regional Nariño, que había asumido de manos de la Iglesia el liderazgo de la fase madura del proceso etnicoterritorial, no resistió la combinación de la escalada armada, el homicidio de su principal aliada pastoral y la fragmentación interna. Su desplome como estructura coordinadora dejó a los consejos comunitarios operando de manera más aislada, más expuestos a la presión de los actores armados y con menor capacidad de articulación regional. La titulación colectiva siguió avanzando —el aparato jurídico ya estaba en marcha— pero perdió el andamiaje político que la había hecho posible.

Una red pastoral bajo fuego

El caso de Yolanda Cerón no es aislado en la historia reciente del catolicismo social colombiano, aunque cada uno tiene su especificidad. En abril de 1990, el padre Tiberio Fernández fue torturado, asesinado y descuartizado en Trujillo, Valle del Cauca, en el marco de una masacre atribuida a una alianza entre paramilitares, narcotraficantes, Ejército y Policía. Se dedicaba, como Cerón, al trabajo en derechos humanos y al acompañamiento comunitario. En 1984, el padre Álvaro Ulcué Chocué, primer sacerdote indígena nasa, fue asesinado por defender la dignidad de los pueblos ancestrales del Cauca. En 1989, un sacerdote fue asesinado en Tierralta, Córdoba, por sus denuncias sobre la violencia regional. En 1998, el padre Alcides Jiménez fue asesinado por las FARC-EP en Putumayo por apoyar a las comunidades frente al orden cocalero que la guerrilla imponía en la región. Ese mismo año, un sacerdote de Trujillo salió al exilio.

La lista compone un patrón: allí donde clérigos y religiosas asumieron un trabajo pastoral que se salía del ámbito estrictamente ritual y se enredaba con la defensa territorial, los derechos humanos y la denuncia de actores armados —tanto guerrilleros como paramilitares—, la respuesta fue el homicidio, la amenaza o el desplazamiento forzado. La Iglesia posconciliar pagó un precio alto por su decisión de estar en las periferias, y ese precio lo pagaron en una proporción notable las mujeres religiosas, que la crónica pública recuerda menos.

Yolanda Cerón se inscribe en esa lista, pero con una particularidad. Su trabajo no fue solo pastoral en el sentido genérico: fue específicamente jurídico-territorial, articulado a un marco constitucional preciso y a un movimiento etnicoterritorial identificable. En eso su caso es más cercano al de Francisco Hurtado —líder afronariñense laico— que al de los sacerdotes urbanos de derechos humanos. Fue asesinada por lo mismo que Hurtado: por hacer efectiva la Ley 70 en un territorio donde esa efectividad estorbaba a los negocios que se estaban montando.

Verdad tardía

El esclarecimiento judicial del caso avanzó por dos vías. La primera fue el proceso de Justicia y Paz abierto tras la desmovilización colectiva del BLS, ocurrida el 30 de julio de 2005 con 689 integrantes registrados por la Oficina del Alto Comisionado para la Paz. En ese proceso, exparamilitares del bloque —incluido Guillermo Pérez Alzate— rindieron versiones libres que fueron construyendo, con lentitud y con enormes vacíos, un mapa de responsabilidades sobre los crímenes cometidos en el Pacífico nariñense.

La segunda vía fue la Comisión de la Verdad. El 25 de junio de 2021, en un acto de reconocimiento de responsabilidades, Pérez Alzate y otros desmovilizados del BLS reconocieron formalmente la autoría del bloque sobre el asesinato de Yolanda Cerón. Ese reconocimiento, casi veinte años después del crimen, dejó por primera vez consignada en un espacio institucional de verdad pública la responsabilidad de una estructura paramilitar en la muerte de la religiosa. En el mismo acto, los perpetradores reconocieron el impacto que el homicidio había tenido sobre la comunidad y sobre su propia operación —"se nos vino el mundo encima"—, un fragmento de admisión que quedó incorporado al archivo del caso.

El esclarecimiento se apoyó además en trabajos como el informe Yolanda Cerón: la hermana del Pacífico, publicado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, y el informe Racismo y violencia sistemática estatal, de la Corporación Colectivo Sociojurídico Orlando Fals Borda, que sitúan el caso en el marco más amplio de la violencia contra líderes afrodescendientes en Colombia. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos emitió medidas cautelares en 2018 para el Consejo Comunitario de Alto Mira y Frontera al identificar que sus miembros habían sido declarados objetivo militar por grupos ilegales, en un reconocimiento explícito del daño colectivo continuado sobre los territorios que Cerón y Hurtado habían ayudado a titular.

Una desmovilización con retorno

La desmovilización del BLS en 2005 no cerró el ciclo de violencia en el Pacífico nariñense. Cerca de la mitad de los desmovilizados del Frente Libertadores del Sur volvieron a las armas. La Misión de Apoyo al Proceso de Paz de la OEA reportó en años posteriores la presencia de estructuras rearmadas en Nariño, sur del Cauca y Putumayo, con alianzas entre antiguos paramilitares del Bloque Central Bolívar y narcotraficantes del norte del Valle, agrupadas en denominaciones como Los Rastrojos, Mano Negra y la ONG. La cadena cocalera que había motivado la irrupción del BLS siguió funcionando bajo nuevos nombres, y el territorio por el que Yolanda Cerón había navegado con su cartilla continuó siendo escenario de violencia contra líderes sociales.

Ese continuum resulta central para entender por qué el caso Cerón sigue siendo actual dos décadas después. No fue el desenlace de un ciclo que se cerró, sino el episodio más visible de una violencia estructural contra los mediadores del derecho étnico en el Pacífico, una violencia que sobrevivió a la desmovilización paramilitar formal y que, en versiones sucesivas, se ha ejercido sobre nuevos líderes de consejos comunitarios en las mismas cuencas.

Huella

La huella de Yolanda Cerón en la historia de Colombia se lee en tres registros simultáneos. En el registro jurídico, en las hectáreas de territorio colectivo tituladas efectivamente a comunidades negras del Pacífico nariñense durante los años en que ella acompañó el proceso, y en la infraestructura de consejos comunitarios que sobrevivió a su muerte pese al repliegue del movimiento. Esa titulación no habría existido, o habría llegado incompleta y tardía, sin la mediación pastoral que ella encabezó.

En el registro eclesial, en la memoria de una Iglesia católica que en el Pacífico nariñense asumió durante una década un papel de mediación institucional que el Estado no cumplió, y que pagó por ello un precio alto. La figura de Cerón, junto a la de Tiberio Fernández, Álvaro Ulcué, Alcides Jiménez y otros clérigos y religiosas asesinados por su trabajo comunitario, forma el catálogo interno de una Iglesia posconciliar cuyas apuestas más arriesgadas ocurrieron precisamente donde el Estado colombiano faltaba.

En el registro político, en el paralelismo con Francisco Hurtado y con la larga lista de líderes afrodescendientes asesinados en el Pacífico por defender la Ley 70. Ese paralelismo desactiva cualquier lectura devocional o excepcionalista del caso: Cerón fue una entre muchas, distinta solo porque su condición religiosa le dio, en el momento del asesinato, una visibilidad internacional que los líderes campesinos no tenían. Pero la lógica del crimen fue la misma que la del asesinato de Hurtado, y la de tantos otros.

Su nombre —hermana del Pacífico, como la llamó el informe del CNMH— sigue siendo invocado en asambleas de consejos comunitarios, en conmemoraciones diocesanas y en informes sobre violencia contra líderes sociales. La invocación no la convierte en símbolo abstracto: la mantiene como referencia práctica de que hubo un momento en que la Constitución de 1991 y la Ley 70 de 1993 se hicieron efectivas en el terreno gracias a mujeres y hombres concretos, en aldeas ribereñas concretas, con cartillas escritas a mano y navegaciones por caños. Y de que ese trabajo, precisamente porque funcionaba, resultó tan intolerable para quienes vinieron a despojar el territorio que hubo que matarlo. Yolanda Cerón cae, así, del lado de quienes hicieron que el derecho étnico colombiano fuera algo más que un enunciado. Cae del lado de quienes lo hicieron ocurrir.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

24 documentos · 31 fragmentos
01Guerras RecicladasMaría Teresa Ronderos · 2014 · Páginas 333, 3422 citas
[1]

sin embargo, no tenían tierra, y les vendían su fuerza laboral a las empresas madereras y palmeras o a las camaroneras que llegaron en los años ochenta. O cortaban árboles por su cuenta, o buscaban barequear en algún río donde después de menear la batea un día al rayo del sol podían encontrar un par de pepitas de oro…

p. 333
[5]

Sevillano” le dijo a la Fiscalía de Justicia y Paz, años después, que lo había matado «porque hacía parte del Partido Socialista». Y uno de sus subalternos, alias “Sarmiento”, dijo que era porque le ayudaba a la guerrilla. Los paramilitares debieron presumir eso porque Bedoya había entrevistado en días anteriores a un…

p. 342
02Etnización de la negridad: La invención de las 'comunidades negras' como grupo étnico en ColombiaEduardo Restrepo · 2013 · Páginas 131, 2742 citas
[2]

anotar que muchos de los que estaban en Tumaco salieron de la ciudad entre el 2001 y el 2002, casi en su totalidad para Bogotá. Algunos salieron desplazados y bajo amenazas, otros debido a diferentes circunstancias menos directamente relacionadas con la escalada del conflicto, pero en medio de la zozobra que causó el…

p. 274
[8]

los pobladores negros del Pacífico. No obstante, cómo se articulaba lo cultural desde las perspectivas folcloristas y la pastoral es bien diferente a como se lo hace desde el proceso de etnización que se viene en los años noventa. 130 E t n i z a c i ó n d e l a n e g r i d a d En términos analíticos y políticos no se…

p. 131
03Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. PacíficoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 1391 cita
[3]

su cuerpo y negro su corazón» 534. Según Pérez Alzate y otros desmovilizados del BLS, el asesinato de Yolanda suscitó un movimiento nacional e internacional de protesta y llamados al gobierno a actuar en la región. Como resultado, a partir de ese momento se registraron combates entre militares y paramilitares en la…

p. 139
04Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · Páginas 199, 2582 citas
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digital de la Comisión de la Verdad. https://www.comisiondelaverdad.co/impactos - afrontamientos - y - res istencias/una - red - que - nos - sostiene. 591 Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), Yolanda Cerón: la hermana del Pacífico, 21. 592 Comisión de la Verdad, «Reconocimiento de responsabilidades en el caso…

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45. 258 Tierralta, Córdoba, en 1989, a raíz de las denuncias que hizo so bre la violencia en la región 767; el padre Álvaro Ulcué Chocué, primer sacerdote indígena nasa, que dedicó su vida a defender la dignidad de los pueblos ancestrales, fue asesinado, en 1984 768; y el padre Tiberio Fernández, quien trabajó por los…

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05La Colombia fuera de Colombia. Las verdades del exilioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 1941 cita
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paz, fundamentalmente en el Tolima, acompañando a los campesinos, a los indígenas. Yo creo que él fue un precursor de la teología de la liberación y del nuevo pensamiento al interior de la Iglesia católica a partir de las comunidades de base. Asumió esa responsabilidad por convicción y combinaba la actividad pastoral…

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06Panorámica afrocolombiana. Estudios sociales en el PacíficoMauricio Pardo Rojas, Claudia Mosquera, María Clemencia Ramírez · 2004 · Página 3731 cita
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Consejo Comunitario Acapa la idea era desarrollar la relación entre liderazgo y Ley 70. En este caso, el objetivo es mirar las generalidades de la forma en que llega la Ley 70 en dos ríos de Nariño y cómo la gente la acoge. 376 Panorámica afrocolombiana. Estudios sociales en el Pacífico El proceso de Ley 70 en Nariño,…

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07Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · Página 3501 cita
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y la esperanza de la justicia), la pastoral colectiva La Iglesia ante el cambio, publicada en Bogotá, y la segunda parte (capítulo 2) de las conclusiones de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Puebla (1979) sobre la evangelización de América Latina, que concede amplio espacio a la religiosidad o ' 'piedad"…

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08Rebusque mayorAlfredo Molano Bravo · 2017 · Página 1171 cita
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mundo. Hay en los negros una fe muy grande recogida en canciones tristes que siempre recuerdan su pasado. No hay que olvidar que nosotros los blancos los sacamos a la fuerza de un medio que, según entiendo, es muy parecido al de nuestras selvas; los pusimos a trabajar a punta de látigo en las minas —un trabajo…

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09La guerra vino de afuera. El Bloque Pacífico en el sur del Chocó: una herida que aún no cierraCentro Nacional de Memoria Histórica, Laura Bibiana Escobar García, Laura Catalina Tovar Bohórquez, Esteban de Jesús Caviedes Alfonso · 2022 · Página 571 cita
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de organizaciones sociales a través de los consejos comunitarios, para la protección y utilización sustentable de los recursos naturales (Grueso, 2000). Estos consejos comunitarios son las instancias de organización de los pobladores dentro de un área delimitada del terri- torio que han ocupado de acuerdo a sus…

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10Raza y derechos humanos en Colombia: Informe sobre discriminación racial y derechos de la población afrocolombianaCésar Rodríguez Garavito, Tatiana Alfonso Sierra, Isabel Cavelier Adarve · 2009 · Páginas 116, 2082 citas
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55 de la Constitución Política de 1991 y, posterior- mente, fue desarrollado en la Ley 70 de 1993. Esta última fue reglamentada por el Decreto 1745 de 1995, en lo relativo a los requisitos y procedimientos para la titulación colectiva de los territorios ancestrales en la cuenca del Pacífico y en otras regiones del…

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reconoce el derecho de las comunidades afrocolombianas que han ocupado “tierras baldías en las zonas rurales ribereñas de los ríos de la Cuenca del Pacífico”, así como de aque- llas que “tengan prácticas tradicionales de producción en otras zonas del país” y ocupen zonas baldías, rurales baldías, rurales y ribereñas,…

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11Gente negra en Colombia. Dinámicas sociopolíticas en Cali y el PacíficoOlivier Barbary, Fernando Urrea · 2004 · Página 2111 cita
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mismo, para un importante sector de sus anti- guos pobladores. 3. Tiempos de movilización étnica: vuelve el territorio En Colombia el contexto nacional de los años 1980 está marcado por las medi- das de apertura económica, descentralización y democratización", y por las di- námicas políticas que desembocan en la…

p. 211
12Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Páginas 430, 4362 citas
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su primer representante legal, después de haber denunciado la ocupación de mala fe de aproximadamente 800 hectáreas de su territorio ancestral a manos de la empresa Palmeiras S.A., propiedad de los hermanos Jorge y Carlos Corredor, dueños de Betunes Béisbol 1029. Don Alcibíades García, líder social y coordinador del…

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desplazada de Nariño se encuentran en una situación de exposición y amenaza perma- nente» 1071 y solicitaron medidas de protección y reparación individual y comunitaria. Debido a la persistencia de la violencia en 2018, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) emitió medidas cautelares para la protección…

p. 436
13Becoming Black Political Subjects: Movements and Ethno-Racial Rights in Colombia and BrazilTianna S. Paschel · 2016 · Página 2031 cita
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law.” The only silver lining has been Colombia’s record on land titling of black rural communities, which is impressive, especially when you compare it to Brazil, where efforts to recognize collective titles have largely been crip- pled. In the mid-1990s, Colombia began to aggressively title indigenous and black…

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14Movimientos sociales, Estado y democracia en ColombiaMauricio Archila, Mauricio Pardo (Editores) · 2001 · Página 2571 cita
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se habían apartado del intento de crear una coordinación nacional del movimiento ne- gro, reticentes a ceder autonomía a grupos de activistas de sede urbana pero carentes de representatividad en el seno de las or- ganizaciones de base. En torno al movimiento negro en Colombia i 337 ] La Ley 70 contiene 8 capítulos y…

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15Breve historia del conflicto armado en ColombiaJerónimo Ríos Sierra · 2017 · Página 1401 cita
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el puerto más importante del Pacífico colombiano, por encima de Tumaco, y que va a concentrar 15 masacres, con el resultado de 121 muertes durante los años de existencia del grupo. Los mayores niveles de violencia en Buenaventura, de parte de este paramilitarismo, se van a dar entre 2001 y 2003, si bien la presencia…

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16Paramilitarismo. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoTeófilo Vásquez Delgado, Víctor Barrera · 2018 · Página 1051 cita
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objetivo contrainsurgente: el interés de estabilizar estructuras paramilita- res consistió en controlar una región que se configuraba como un clúster cocalero 51. 50 En el suroccidente, la expansión de los grupos paramilitares había cambia- do las dinámicas espaciales del conflicto armado: desde los años sesenta hasta…

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17Una nación desplazada: Informe nacional del desplazamiento forzado en ColombiaCentro Nacional de Memoria Histórica (CNMH); Myriam Hernández Sabogal, Catalina Riveros Gómez, Mónica Johanna Rueda, Yamile Salinas Abdala, Juan Manuel Zarama Santacruz · 2015 · Página 2111 cita
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“Los nuevos focos del desplazamiento forzado en Colombia”). 275 El BLS (Bloque Libertadores del Sur), adscrito al BCB (Bloque Central Bo- lívar), se desmovilizó colectivamente el 30 de julio de 2005 con 689 integrantes (Oficina Alto Comisionado para la Paz, 2006, página 31). 276 Debido a que el designio criminal de…

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18Grupos Armados Posdesmovilización (2006 - 2015). Trayectorias, rupturas y continuidadesTeófilo Vásquez Delgado, Víctor Barrera Ramírez, Carlos Andrés Hoyos, Javier Benavides Torres, Jefferson Corredor Uyaban, Mateo Morales · 2016 · Páginas 286, 2902 citas
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aledañas a la carretera que comunica a esta ciudad con la capital departamental, lo que generó un repliegue estratégico y transitorio de las FARC hacia las zonas rurales. En segundo lugar, como aseguró Pablo Sevillano en algunas de sus declaraciones, varias veces tuvo que asesinar a sus mismos combatientes por…

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mayoritariamente por pobladores negros que ocupan la región desde los siglos XVII y XVIII y solo hasta hace poco ha sido afectada por el con fl icto ar- mado y la coca. Sus pobladores han visto disputados sus territorios por la presencia sucesiva de economías extractivas, tales como la explotación del oro, la tagua y…

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19Detrás de la guerra en ColombiaAriel Ávila · 2019 · Página 2481 cita
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el área rural visten de camuflado, portan brazaletes con la insignia ONG, y patrullan con armas largas.” (Misión de Apoyo al Proceso de Paz en Colombia de la OEA (MAPP/ OEA), 2007b, p. 9). Lo anterior es concordante con la idea de que en Nariño la desmovilización tuvo un efecto muy limitado, pues cerca del 50 % de los…

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20Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte · 2009 · Página 481 cita
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estatales 14. En relación con la expansión territorial de las auc, esta tuvo su princi- pal epicentro en el norte del país, donde se empeñaron en la construcción de un corredor “antisubversivo, que va de la frontera con Panamá (selva del Darién) hasta los límites con Venezuela, y pasa por el norte de Antioquia,…

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21Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · Página 2722 citas
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Pontificia Universitaria Javeriana, 2009), 423-466. 272 James D. Henderson campañas, el BCB estableció asimismo un bloque en el extremo sur del país, en Putumayo, donde, con extrema brutalidad, sus fuerzas acabaron con el dominio que tenían las FARC sobre 15 000 hectáreas de cultivos de coca del departamento. Esto…

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Pontificia Universitaria Javeriana, 2009), 423-466. 272 James D. Henderson campañas, el BCB estableció asimismo un bloque en el extremo sur del país, en Putumayo, donde, con extrema brutalidad, sus fuerzas acabaron con el dominio que tenían las FARC sobre 15 000 hectáreas de cultivos de coca del departamento. Esto…

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22Nororiente y Magdalena Medio, Llanos Orientales, Suroccidente y Bogotá DC. Nuevos escenarios de conflicto armado y violencia. Panorama posacuerdos con AUCÁlvaro Villarraga Sarmiento (coordinador), Alberto Santos Peñuela, Lukas Rodríguez Lizcano, Luisa Fernanda Hernández Mercado, Juanita Esguerra Rezk · Página 1891 cita
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fuertes gracias al control del transporte y el tráfico de estupefacientes, el monopolio e im - posición de los precios del combustible para las lanchas (que cons - tituye la forma fundamental de comunicación en toda la región), la extensión de sus redes y aliados de diverso tipo en la zona y la penetración e inversión…

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23Borderland Battles: Violence, Crime, and Governance at the Edges of Colombia's WarAnnette Idler · 2019 · Página 2121 cita
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chain is partly owed to its unique geography. The harbor town is made up of three islands. The biggest one, El Morro, hosts the local airport and is connected to the other two by a 300- meter long viaduct. These, in turn, are linked to the mainland via a single bridge, making control over the viaduct and the bridge a…

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24Mujeres que hacen historia. Tierra, cuerpo y política en el Caribe colombianoGrupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación · 2011 · Página 1151 cita
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a intimidar a las víctimas que estuvieran dispuestas a dar testimonio contra líderes paramilitares 133, pero el proceso de recopilación testimo- nial, entrevistas a funcionarios, recuperación de comunicados, notas de prensa y elementos judiciales, mostró más bien lo contra- rio, esto es, que la búsqueda de la verdad y…

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