Ensayo · Transversal · —
La Iglesia católica en las zonas de conflicto colombiano, 1980-2016
Entre los años ochenta y la firma del acuerdo de La Habana, la Iglesia católica colombiana operó en zonas de conflicto como infraestructura de gobernanza territorial, mediación y resistencia civil. El debate historiográfico gira en torno a si ese protagonismo fue una innovación post-conciliar o la reactivación de una función cuasi-estatal de larga duración habilitada desde el Concordato de 1887-88.
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La respuesta en breve
La Iglesia católica en las zonas de conflicto colombiano no fue ni innovación post-conciliar pura ni simple reactivación del orden concordatario: fue una hibridación entre ambas matrices. Su presencia territorial preexistía al conflicto gracias al arreglo institucional de 1886-1888, pero su reorientación pacificadora dependió de la autonomía táctica de órdenes y personas concretas —Francisco de Roux en el Magdalena Medio, el padre Alcides Jiménez en el Putumayo, el padre Antún Ramos en Bojayá, la diócesis de Quibdó en el Chocó— que operaron a pesar de una jerarquía episcopal conservadora, no gracias a ella. El resultado fue una gobernanza territorial desigual, regionalmente heterogénea, que la historiografía religiosa apenas empieza a nombrar con precisión.
La primera lectura sostiene que la Iglesia produjo, a partir de la recepción tardía y desigual de Medellín (1968) y Puebla (1979), una vocación pacificadora original que anticipó los repertorios internacionales del peacebuilding, rompiendo con la matriz conservadora y colonizando el vacío estatal desde un lenguaje de derechos humanos. La segunda lectura, de larga duración, argumenta que lo ocurrido en los ochenta fue la reactivación de la función cuasi-estatal que el Concordato de 1888 instaló: control de la educación, fuero eclesiástico, monopolio simbólico territorial y articulación del orden social en ausencia del Estado, función que el clero colombiano —más conservador que el promedio latinoamericano, según el registro historiográfico— nunca abandonó del todo. La tensión se agudiza porque la misma institución que en La Violencia (1946-1957) fue parte activa del sectarismo conservador —con sectores del clero involucrados en la promoción de bandas de 'pájaros' en el Cauca— se convirtió décadas después en referente de duelo, verdad y resistencia en Bojayá, el Bajo Atrato y el Magdalena Medio; y porque en la misma década un jesuita como De Roux bloqueaba a los paramilitares en Barrancabermeja mientras el párroco de El Castillo, en el Meta, mantenía acceso privilegiado a sus comandantes. La historiografía no ha resuelto si esa heterogeneidad invalida la lectura de larga duración o si, por el contrario, la confirma al mostrar que la institución eclesial puede articular el orden social tanto desde la mediación como desde la complicidad.
Ensayo completo
La lectura
¿Qué fue, en realidad, la Iglesia católica en las zonas de conflicto colombiano entre los años ochenta y la firma del acuerdo de La Habana? La pregunta parece resuelta antes de formularse —ya sea por la vía celebratoria de la innovación post-conciliar, ya por la sospecha estructural que la reduce a brazo simbólico del orden concordatario— y sin embargo resiste. Resiste porque los hechos, tomados uno a uno, no caben en ninguna de las dos casillas.
En regiones donde el Estado colombiano existía sobre todo como guarnición militar o como ausencia, hubo párrocos que sepultaron muertos que nadie más se atrevía a tocar, obispos que negociaron con comandantes, jesuitas que fichaban desaparecidos, monjas que abrían casas de acogida, diócesis que redactaban comunicados exigiendo la vida de secuestrados. El Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, el CINEP, la pastoral afropacífica del Chocó, el trabajo del padre Alcides Jiménez en Puerto Caicedo, el rescate del padre Antún Ramos en Bojayá: bajo esos nombres particulares se despliega una función que no cabe ni en la etiqueta de "innovación post-conciliar" ni en la de "Iglesia conservadora aliada del poder". Si se mira sin prisa, aparece una infraestructura de gobernanza a la vez heredera del cura mediador decimonónico habilitado por el Concordato y resignificada por el lenguaje de Medellín y Puebla, con capacidad pacificadora desigual por región, sostenida por individuos y órdenes concretas más que por una política episcopal unificada, y ambivalente en un grado que el vocabulario habitual no alcanza a nombrar.
La cuestión no es retórica. De cómo se responda depende una interpretación del propio Estado colombiano y de la larga duración de su relación con la Iglesia. Si el protagonismo pacificador de los ochenta en adelante fue una innovación post-conciliar —consecuencia lógica de Medellín 1968 y de la opción preferencial por los pobres—, entonces el catolicismo colombiano se habría desprendido de su matriz decimonónica y reinventado como sociedad civil confesional. Si, en cambio, esa mediación fue la reactivación de una función reguladora anterior, habilitada estructuralmente por el Concordato de 1887-88 y nunca del todo desactivada, entonces la "Iglesia pacificadora" sería una forma tardía del mismo poder territorial que en el siglo XIX combatió al liberalismo desde el púlpito y en el siglo XX se dejó arrastrar por el sectarismo de La Violencia.
La respuesta cambia el sentido de experimentos como el PDPMM, del acompañamiento a las comunidades negras del Bajo Atrato, del banco de datos del CINEP y hasta del gesto de un párroco caminando con la custodia por una plaza tomada. Y permite entender por qué en la misma década, en la misma Colombia, un jesuita como Francisco de Roux podía bloquear a los paramilitares que buscaban infiltrarse en programas de inversión social del Magdalena Medio mientras el párroco de El Castillo, en el Meta, mantenía acceso privilegiado a comandantes paramilitares que arrasaban su propia parroquia.
Dos lecturas dominan la interpretación disponible. La primera es la de la innovación: la Iglesia católica colombiana habría producido, a partir de la recepción tardía y desigual de Medellín y Puebla, una vocación pacificadora de corte social —de la que serían prueba el PDPMM, el CINEP, la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz del padre Javier Giraldo, la pastoral afrocatólica del Pacífico— que anticipó incluso los repertorios internacionales del peacebuilding. En esta versión, el clero comprometido rompe con la matriz conservadora, se alinea con las víctimas y coloniza el vacío estatal desde un lenguaje de derechos humanos que la propia Conferencia Episcopal habría terminado tolerando.
La segunda lectura es la de la larga duración: lo que se vio en las zonas de conflicto no fue una novedad post-conciliar sino la reactivación de una función cuasi-estatal que el pacto Regeneración-Concordato instaló en el orden colombiano desde el mandato de Rafael Núñez. La Iglesia había ganado bajo ese arreglo el control de la educación, el fuero eclesiástico, ventajas fiscales, protección frente a otras confesiones y una posición monopólica en el manejo del territorio simbólico. Cuando el Estado desapareció de las periferias en el último tercio del siglo XX, la Iglesia se limitó a hacer lo que sabía hacer desde 1887: articular el orden social donde no había otro articulador.
Ambas lecturas tienen fuerza. Ninguna, por sí sola, explica los hechos.
El pacto que Rafael Núñez cerró con la Santa Sede en el marco de la Regeneración, aprobado en 1888, entregó a la Iglesia pleno control sobre la educación nacional, autonomía de gobierno, fuero eclesiástico, indemnizaciones anuales por la desamortización radical y protección frente a otras iglesias. La Constitución de 1886 y ese Concordato alinearon ideológicamente a la Iglesia con el Partido Conservador durante el siglo XIX y más de la mitad del XX. Los sacerdotes emplearon el púlpito, el confesionario y la administración de los sacramentos como instrumentos políticos contra el liberalismo, glosando en las "cuestiones de púlpito y confesionario" la doctrina de la naturaleza pecaminosa del adversario político. La Regeneración también reintrodujo, en antiguas áreas de resguardos convertidas en haciendas, la institución colonial del concertaje, dentro de un retorno general a pautas señoriales que reinstalaron al cura como pieza del orden agrario.
Esa infraestructura clerical no era una superestructura ideológica: era un sistema territorial de gobierno paralelo, con presencia en cada cabecera municipal y en cada vereda. Cuando la Iglesia reapareció en los ochenta como mediadora en zonas de conflicto, no llegó desde afuera. Estaba ya allí, con parroquias, colegios, cofradías, ritmos festivos y capacidad de convocatoria. El "vacío estatal" del que habla la primera lectura era, en rigor, un espacio nunca vacío: la Iglesia lo había ocupado desde antes.
La reactivación pacificadora tampoco puede desprenderse de un dato incómodo: en las dos olas de La Violencia —bajo el gobierno y la dictadura conservadora entre 1946 y 1953, y bajo Rojas Pinilla hasta 1957— sectores del clero fueron parte activa del sectarismo. La Iglesia y los terratenientes del Cauca promovieron y financiaron bandas de "pájaros" encargadas de "limpiar" la región. Miembros del clero se vieron involucrados en conflictos locales bajo presión conservadora. La identificación entre liberalismo y pecado, heredada del púlpito decimonónico, se tradujo en una práctica de encuadramiento comunitario cercana al funcionamiento cuasi-étnico de las identidades partidistas.
Al mismo tiempo, los sacerdotes fueron víctimas. El presbítero Jaime Castillo fue destrozado en San Juan de Urabá el 30 de julio de 1950. El anciano padre Teodoro Sánchez fue asesinado en La Tolda, Roncesvalles, Tolima. Hubo profanaciones de templos, sagradas formas arrojadas al suelo en Jámbaló, capillas incendiadas en Praga y Órganos. Los combatientes guerrilleros liberales portaban medallas y escapularios, veneraban a la Virgen del Carmen y pedían sacerdotes en el monte. La violencia se hizo con la Iglesia adentro: como perpetradora indirecta y como víctima, como emblema disputado y como institución que se defendía —negando trasfondos religiosos— cuando se la acusaba, junto con los conservadores, de haber alentado los ataques contra los templos protestantes.
La Conferencia de Medellín orientó en 1968 a sectores del clero latinoamericano hacia el cambio social. La teología de la liberación —cuya identificación popular, académica y eclesiástica con revolución, socialismo y comunismo la estigmatizó desde temprano— ganó presencia, aunque despertó sospechas en el propio episcopado. El clero colombiano cargaba entonces, y sigue cargando, con una reputación bien ganada: es más conservador, política y teológicamente, que el promedio latinoamericano. Grupos como Golconda y Sacerdotes para América Latina intentaron aproximaciones distintas a las de la jerarquía en materia socioeconómica. Camilo Torres Restrepo terminó en las filas del ELN; Manuel Pérez Martínez, el cura Pérez, murió como comandante. Contra esa corriente, Alfonso López Trujillo —elevado a cardenal en 1983— se convirtió en una voz influyente de la crítica romana a la teología de la liberación. Puebla, en 1979, fue más selectiva que Medellín: excluyó sistemáticamente a los teólogos de la liberación, aumentó los invitados de fuera de América Latina y produjo un documento que repitió en tono moderado la orientación de la conferencia anterior.
La consecuencia es central. Cuando en los ochenta los conflictos territoriales se agravaron, la Iglesia colombiana no llegó con una política episcopal unificada. Llegó con una jerarquía conservadora incapaz de manejar creativamente la falta de consenso interno en materias socioeconómicas y políticas, y con minorías proféticas que operaron a pesar de esa jerarquía, no gracias a ella. Los experimentos de paz territorial no expresaron la doctrina oficial: expresaron la autonomía táctica de órdenes y personas concretas.
El PDPMM, dirigido por Francisco de Roux, fue el primer programa de desarrollo y paz del país, y nació como iniciativa de la sociedad civil sobre un sedimento largo: petróleo desde los años veinte, sindicalismo obrero, luchas campesinas por la tierra, movilización por servicios públicos que un Estado ausente no proveía. Sobre ese sedimento operó la Iglesia, no en el vacío. La Unión Europea aceptó los dos planteamientos centrales del programa —construcción de lo público y desarrollo sostenible— como condición para su apoyo, y de allí surgieron el observatorio de paz integral, las mesas de diálogo, los espacios humanitarios, la defensa de víctimas. El gesto decisivo de De Roux fue negarse a incluir a los paramilitares como "población vulnerable" beneficiaria cuando las Autodefensas Campesinas del Bloque Central Bolívar intentaron institucionalizar su presencia mediante organizaciones fachada. El Laboratorio de Paz atendía a desplazados y víctimas, no a perpetradores. En una región donde nacieron tanto el ELN como las AUC, ese trazado de línea no era retórica sino una decisión política sobre quién podía usar la infraestructura eclesial como plataforma de legitimación.
En Puerto Caicedo, en el bajo y medio Putumayo, el padre Alcides Jiménez desarrolló una pastoral que resiste la matriz estándar de la teología de la liberación. Trabajó con promotoras comunitarias, articuló mujeres campesinas en un territorio dominado por el narcotráfico y las economías de coca, y planteó una crítica que combinaba lo cultural, lo económico y lo espiritual. Un domingo 11 de septiembre, un sicario llegó en motocicleta a la iglesia, recorrió el pasillo central y le disparó entre diez y doce tiros con una pistola ametralladora. El sacerdote pareció esperar resignado. En el mismo atentado fue baleada Evangelina Andrade, colaboradora de la iglesia, que murió aproximadamente un mes después. El crimen se atribuye a las FARC. El miedo se instaló entre las promotoras.
Esa pastoral no fue mero eco de Medellín. Fue un experimento singular: catolicismo social con inflexión feminista práctica, hecho contra el narcotráfico y contra la lógica de acumulación armada, en un territorio donde el Estado no ofrecía protección alguna. La imagen monolítica de la Iglesia colombiana oscurece la diversidad real de sus experimentos periféricos.
En el Pacífico chocoano, la mediación eclesial se entrelazó con el proceso de reconocimiento formal de las comunidades negras como sujetos colectivos. La Constitución de 1991 y la Ley 70 de 1993 —que desarrolló su artículo transitorio 55— dieron marco jurídico a lo que en el terreno era un movimiento organizativo más largo. El INCORA expidió títulos colectivos para Curvaradó y Jiguamiandó, decenas de miles de hectáreas cuya extensión los inscribía de inmediato en la geopolítica de la palma y de la guerra. Sectores de la Iglesia participaron en la mediación de esa etnización, aunque no hubo una política eclesial única: hubo tendencias diferenciadas según órdenes, lugares e individuos. La pastoral afrocatólica y las perspectivas folcloristas anteriores a los años noventa habían trabajado con pobladores negros del Pacífico bajo otra lógica; la mediación etnizadora de los noventa fue otra cosa.
La Diócesis de Quibdó ganó, con su acompañamiento largo, el aprecio y respeto de las comunidades. Un párroco de la cuenca del Truandó, en la diócesis de Apartadó, lloró ante el desplazamiento forzado justo cuando se habían obtenido los títulos colectivos. Sobre esos territorios titulados el Bajo Atrato vio luego usurpaciones paramilitares, escrituras individuales fraudulentas sobre tierras colectivas y siembra de palma africana. La Iglesia funcionó allí como recurso de legitimación y red de protección que las propias comunidades instrumentalizaron, invirtiendo la dirección causal habitual: no fue el clero el que agenció el proceso, fueron las comunidades las que integraron al clero en el suyo.
El 2 de mayo de 2002, en la masacre de Bellavista, el padre Antún Ramos —párroco del lugar— salió de la iglesia a recoger sobrevivientes y bogó con las manos hacia Vigía del Fuerte. Un sobreviviente testimonió que su valentía fue determinante para salvar vidas. La destrucción del templo funcionó como daño simbólico además de físico: representó el desmoronamiento de lo sacro como protección, daño sociocultural y moral profundo. Algunos sectores intentaron responsabilizar solo a las FARC-EP invisibilizando la participación paramilitar y de la fuerza pública, pese a que los propios jefes paramilitares reconocieron su presencia y participación. La Iglesia local, sostenida por la trayectoria previa de la diócesis, se convirtió en referente de duelo y verdad.
Desde Bogotá, la red jesuita construyó otro tipo de infraestructura. El CINEP fue instrumental en la creación en 1982 de la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos, la primera organización colombiana de familiares de víctimas de violaciones a los derechos humanos, cuyos primeros miembros eran familias de catorce estudiantes de la Universidad Nacional desaparecidos durante una protesta. Los vínculos internacionales de la Iglesia católica permitieron al CINEP una relación estrecha con activistas del Cono Sur, en particular con las Madres de la Plaza de Mayo. El padre Javier Giraldo, jesuita, fue investigador del CINEP antes de fundar la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz. Su definición del banco de datos —"salvar la memoria, no la estadística"— resume la apuesta: seguir el fenómeno de la violencia política y acompañar a las familias, aun sabiendo que el subregistro por temor a represalias sería enorme. La red jesuita se remonta institucionalmente a la Instrucción del Apostolado Social publicada en 1949 por el Superior General Jean Baptiste Janssens, de la que emergieron los CIAS latinoamericanos.
La ambivalencia es el rasgo más difícil de digerir. El párroco Gabriel Yepes Yepes, de Remedios (Antioquia), denunció públicamente en 1983 —a costa de su seguridad personal— la violencia en su región, en un contexto que buscaba silenciar la democracia. En Granada, en 2004, las asambleas comunitarias "Dialogando por la Vida" nutrieron la construcción del Consejo Provincial de Paz del oriente antioqueño. La Diócesis Sonsón-Rionegro participó en el Comité Interinstitucional que en enero de 2003 emitió un comunicado exigiendo la liberación de Gilberto Echeverri Mejía y demás secuestrados, y demandando a las FARC levantar sus amenazas a los alcaldes. Obispos del Magdalena Medio y del Caquetá denunciaron públicamente secuestros, extorsiones y homicidios de frentes de las FARC-EP. Un sacerdote que trabajaba en Trujillo, Valle, tuvo que exiliarse en 1998 por las masacres y desapariciones cometidas entre 1986 y 1994 en alianza entre Ejército, Policía, paramilitares y narcotraficantes. El propio párroco de Trujillo, Tiberio de Jesús Fernández, había sido torturado, asesinado y descuartizado el 17 de abril de 1990.
Y sin embargo. En El Castillo, Meta, el párroco local tuvo presunta cercanía con miembros de grupos paramilitares, acceso privilegiado a sus comandantes y manejo de información reservada durante la incursión paramilitar, lo que generó interrogantes entre familiares de víctimas sobre el sentido real de su labor. La misma infraestructura territorial que en Remedios sostuvo la denuncia, en El Castillo sostuvo la complicidad; la que en Bojayá produjo escudo, en el Cauca de los cincuenta había producido "pájaros".
Ninguna de las dos lecturas puras basta. La Iglesia católica en las zonas de conflicto colombiano entre los ochenta y los años 2010 no fue la sociedad civil confesional de la innovación post-conciliar, ni fue simplemente el cura mediador de la Regeneración con vocabulario actualizado. Fue las dos cosas a la vez, y de manera desigual según la región. Donde el Estado era primordialmente militar o ausente, la Iglesia reactivó la función cuasi-estatal de larga duración que el Concordato le había estructuralmente habilitado, y minorías proféticas al interior del clero —jesuitas del CINEP y del PDPMM, claretianos del Ariari, la Diócesis de Quibdó, párrocos como Alcides Jiménez o Antún Ramos, obispos que denunciaron a nombre propio— resignificaron esa función con el lenguaje de Medellín y Puebla para producir experimentos originales de paz territorial. Esos experimentos no expresaron la política de la Conferencia Episcopal Colombiana. Expresaron la autonomía táctica de actores subnacionales que operaron con la infraestructura clerical heredada, pero contra la orientación mayoritaria del episcopado.
Los experimentos coexistieron sin escándalo institucional con complicidades paramilitares y silencios episcopales porque ambos respondían a la misma lógica de adaptación al poder territorial dominante, activada por la plasticidad de una institución que, precisamente por su inserción territorial anterior, podía inclinarse en una dirección o en otra según la correlación de fuerzas local, la orden religiosa dominante y la apuesta personal de los individuos concretos. El lenguaje de Medellín y Puebla operó, en buena medida, como tecnología de legitimación ante financiadores internacionales —la Unión Europea, las redes de derechos humanos del Cono Sur, la solidaridad estadounidense que tradujo y publicó en Nueva York el informe sobre muerte y tortura en Caquetá— y no siempre como doctrina internalizada. Que el mismo marco discursivo pudiera invocarse por un párroco cercano a comandantes paramilitares y por De Roux bloqueando a las AUC muestra el carácter instrumental —no doctrinario— de esa cobertura.
La reactivación pacificadora fue real. Produjo el primer programa de desarrollo y paz del país. Produjo ASFADDES en 1982. Produjo la mediación etnizadora en el Chocó. Produjo el escudo simbólico de Bojayá y el ejemplo de Alcides Jiménez. Pero fue real como reactivación, no como invención, y fue desigual porque la Iglesia colombiana nunca fue una sola. Lo que la Regeneración instituyó como monopolio se fracturó desde adentro en los sesenta, y esa fractura —más que la doctrina oficial— explica la coexistencia de resistencia y complicidad en las mismas décadas.
Disolver la disyuntiva, sin embargo, no es lo mismo que resolverla. La Iglesia sí fue infraestructura de resistencia civil y paz territorial en varias regiones abandonadas por el Estado; y ese protagonismo sí reactivó una función reguladora anterior. Las dos cosas a la vez, sin que una anule a la otra, porque la infraestructura territorial que hizo posible la resistencia era la misma que la larga duración había construido. El PDPMM no habría sido pensable sin la red parroquial del Magdalena Medio; esa red no habría existido sin el Concordato. Pero el Concordato solo no habría producido a De Roux: para eso hicieron falta Medellín, los jesuitas de posguerra, la Instrucción de Janssens de 1949 y la decisión personal de un hombre concreto.
Queda entonces la pregunta que ninguna de las dos lecturas resuelve, y que tal vez sea la única que vale la pena sostener abierta: qué significa, institucionalmente, que en la misma década y bajo el mismo marco doctrinal una diócesis pudiera producir un Laboratorio de Paz y otra un párroco confidente de comandantes paramilitares. En la periferia colombiana entre 1980 y 2016 asoma una forma de gobernanza territorial que rebasa el marco clásico Estado-sociedad civil, y cuya plasticidad —mediadora, cómplice, profética, conservadora, todo a la vez según el lugar y el individuo— sigue esperando un vocabulario a su altura. Mientras tanto, quizá lo más honesto sea aceptar que la Iglesia católica en las zonas de conflicto no fue una cosa: fue lo que cada diócesis, cada orden y cada párroco hicieron con una infraestructura heredada, en una correlación de fuerzas local que ellos no eligieron y que, sin embargo, ayudaron a inclinar. Qué tipo de actor produce esa clase de resultados —y qué tipo de país los tolera en simultáneo— sigue sin haber sido respondido.
Archivo documental
Documentos usados en esta lectura
42 documentos · 49 fragmentos de referencia01Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 167, 1702 fragmentos
[1]1991, cuando la Asam- blea Nacional Constituyente aprobó una nueva Carta. Bases económicas y religiosas Para llevar a cabo el proyecto de la Regeneración, Núñez tuvo que sentar unas bases económicas acordes con la centralización. Con el fin de tener una emisión de dinero que cubriese la totalidad del país, durante su…
p. 170
[7]la inspección o la tuición de cultos, con lo cual la Iglesia quedó sometida, no sólo a la vigilancia sino AAA SS EE El país en la segunda mitad del siglo XIX El arzobispo Manuel Iglesia y el Estado, el ar- José Mosquera y sacer- zobispo defendió los de- dotes jesuitas. En la pri- rechos eclesiásticos, por mera gran…
p. 167
02Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 671 fragmento
[2]fun- cionar más que como complemento. El Estado estimula, protege y ayuda, pero ahí debe concluir el campo de su intervención. Ahora, más allá del complejo tejido interno de las justificaciones ideoló- gicas en que este precepto se apoya, hay que decir que su realización sig- nificó en el plano práctico la renuncia…
p. 67
03Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850-1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · p. 611 fragmento
[3]curate to suspect the orthodoxy of the protagonist Father Casafús, an intellectually curious man who tried not to get involved in the preparations for the war. On the eve of the departure of the local volunteers to join the Conservative army Father Casafús had not preached against the Liberals. In the reigning milieu…
p. 61
04Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · p. 481 fragmento
[4]Papel Periddico Illustrado». Durante su mandato se firmé el concordato con el Vaticano, que ponia fin al largo litigio entre la Iglesia y el Estado, A la izquierda, entrada en Bogoté del arzobispo monsenor José Telesforo Patil. El arzobispo desempené un destacado papel en los anos iniciales del Movimiento de la…
p. 48
05La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 1501 fragmento
[5]- cordato con la Santa Sede es aprobado en 1888, que concede a la Iglesia pleno control sobre la educación nacional, total autonomía de gobierno, el fuero eclesiástico antes disputado y ventajas fiscales. Dispone también que se indemnice a la Iglesia del perjuicio por la desamortización de sus bienes, mediante pagos…
p. 150
06Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1181 fragmento
[6]educación y la participación política, e incluso censuró y controló su forma d e vestir, entre muchos otros aspectos: «Si por aquella época monseñor Builes lanzó una pastoral contra la moda, condenando el uso de pantalones para la mujer [...], también es cierto que, en plena República Liberal, en Medellín, las…
p. 118
07Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 1101 fragmento
[8]Vaticano Primero, del Concilio Plenario de Obispos 1.a tinoa- mericanos, y las enseñanzas del Syl/alms, rechazaban los conceptos básicos de libera li smo, naturalismo, socialismo y racionalismo. En julio de 1902 se emitió otro juramento para los li berales que qui- sieran renegar; el arrepentido condenaba < < sin…
p. 110
08Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · p. 131 fragmento
[9]hizo que en el imaginario popular —y aun académico— la teología de la liberación, y casi todas las acciones de cambio Presentación 13 social realizadas por iniciativa de agentes eclesiales (laicos, clérigos, religiosos y religiosas), se identificara con revolución, socialismo, izquierda y comunismo. Tales antecedentes…
p. 13
09De la derecha a la izquierda: La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · p. 2121 fragmento
[10]bién era una reacción a la agresión de la Unión Soviética a Afganistán (1979) Ya la Revolución Nicaragüense. del mismo año. De manera que la crítica continua de López Trujillo a la teología de la liberación se puso más o menos de moda a comien- zos de la década de 1980. Y López Trujillo llegó a los círculos de poder…
p. 212
10Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · p. 384, 3932 fragmentos
[11]documento posterior, Wilde sostiene que la Iglesia ha lle- gado a ser casi irrelevante por su es- trecha identificación con el régimen, cuya declinación comparte. Para ser relevante, la Iglesia hubiera necesita- do distanciarse del régimen en vez de identificarse con él. La resistencia de la Iglesia a tratar de…
p. 384
[14]Pero, de hecho, hubo mayor discusión previa del documento de tra- bajo en la preparación de Puebla que en la de Medellín.) La convocatoria de la reunión de Puebla fue más selectiva excluyéndose sistemáticamente a los considerados teólogos de la liberación y se aumentó el número de los invi- tados de fuera de América…
p. 393
11Homofobia y agresiones verbales: La sanción por transgredir la masculinidad hegemónica. Colombia 1936-1980Walter Alonso Bustamante Tejada · 2008 · p. 521 fragmento
[12]res de I a I g l e s i a C a t6 1 i c a c o m e n z a r o n a i m plementa r las transfarmaciones p ropuestas par el Concilio Vaticano 1 1 y l leg6 Ia Teologfa de Ia Li beraci6n, Ia cual h izo es fuerzos par constitu i r u n a Ig lesia de los pobres basada en las C o m u n i dades Eclesia les de Base, pero genera l…
p. 52
12Colombia: A Country StudyRex A. Hudson (editor) · 2010 · p. 2151 fragmento
[13]observant of official Roman Catholicism are the rural and urban population groups of the Carib- bean and Pacific lowlands, where the presence of the institutional church is weakest. Moreover, because free unions and households headed by women tend to outnumber conventional family units in the lowlands, a formal Roman…
p. 215
13Guerra propia, guerra ajena. Conflictos armados y reconstrucción identitaria en los Andes colombianos. El Movimiento Armado Quintín LameDaniel Ricardo Peñaranda Supelano · 2015 · p. 1271 fragmento
[15]“mayor” Ciro Trujillo. La labor de pacificación en el Cauca fue continuada por la Igle- sia y los terratenientes, quienes promovieron y financia ron bandas 200 El Davis fue el mayor núcleo de resistencia de las guerrillas liberales y comunistas durante los años cincuenta. Ubicado en el cañón de Las Hermosas, en el sur…
p. 127
14La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · p. 2731 fragmento
[16]neo- presbítero. Jaime Castillo, destrozado en San Juan de Urabá el 30 de julio de 1950; y al anciano padre Teodoro Sánchez en la Tolda, municipio de Roncesvalles, Tolima. En algunos sitios esas mismas gentes salvaron las imágenes, pero en otros, profanaron templos y capillas y aun cometieron sacrilegios como el de…
p. 273
15Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · p. 921 fragmento
[17]que se manifestaban en sus simpatías por el Partido Liberal, el cual, en ocasiones, había mostrado cierto interés por la libertad religiosa. En medio del fragor de la Violencia, del Estado, Bogotá, Cinep, 2003, pp. 17-46. Varios trabajos del sociólogo Alfredo Molano abordan el tema de la Violencia a partir de los…
p. 92
16No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 561 fragmento
[18]Quindío, Antioquia, entre otros lugares. La Violencia tuvo dos olas: de 1946 a 1953, durante el gobierno y la dictadura conservadora, y de 1953 a 1957, durante la dictadura militar. En ambas hubo episo- dios de crueldad como masacres, descuartizamientos, quema de pueblos, que dejaron sed de venganza, agravios y…
p. 56
17Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 381 fragmento
[19]su proclividad sectaria, parecían funcionar como si fuesen identidades étnicas. No en vano el mote "chulativa”, con que los grupos libérales desig naban las fuerzas de policía durante la primera ola de la Violencia', ese era el nombre de una vereda conservadora del municipio boyacense de Boavita que desde 1837 había…
p. 38
18El Placer: Mujeres, coca y guerra en el Bajo PutumayoMaría Clemencia Ramírez, María Luisa Moreno R., Camila Medina A. · 2012 · p. 3592 fragmentos
[20]convivencia y a la 1:00 p.m. del 11 de sep- tiembre se dio por terminada la marcha. A las 5:30 p.m. de ese mismo día, en plena celebración de la misa el padre Alcides es asesinado por las farc. En los hechos también resulta abaleada Evangelina Andrade, quien ayudaba en todos los oficios que requería el mantenimiento…
p. 359
[21]convivencia y a la 1:00 p.m. del 11 de sep- tiembre se dio por terminada la marcha. A las 5:30 p.m. de ese mismo día, en plena celebración de la misa el padre Alcides es asesinado por las farc. En los hechos también resulta abaleada Evangelina Andrade, quien ayudaba en todos los oficios que requería el mantenimiento…
p. 359
19La Colombia fuera de Colombia. Las verdades del exilioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1941 fragmento
[22]paz, fundamentalmente en el Tolima, acompañando a los campesinos, a los indígenas. Yo creo que él fue un precursor de la teología de la liberación y del nuevo pensamiento al interior de la Iglesia católica a partir de las comunidades de base. Asumió esa responsabilidad por convicción y combinaba la actividad pastoral…
p. 194
20Colombia's Forgotten Frontier: A Literary Geography of the PutumayoLesley Wylie · 2013 · p. 281 fragmento
[23]a Putumayan ‘death foretold’ is related by Coghlan, who describes the murder of the parish priest of Puerto Caicedo, Padre Alcides Jiménez, whom he had worked with on a development project: one Sunday morning, as the 11:00 AM service was drawing to a close and with some fifty people in the church, a motorbike drew up…
p. 28
21Silenciar la democracia. Las masacres de Remedios y Segovia 1982-1997Centro Nacional de Memoria Histórica; Ronald Edward Villamil Carvajal, Vladimir Melo Moreno (relatores); Tatiana Rincón Covelli, Andrés Fernando Suárez (correlatores) · 2014 · p. 331 fragmento
[24]autoridades. 31 Prólogo En consecuencia, la tarea de reconstrucción de la democracia en una sociedad tan afectada como la colombiana pasa necesaria- mente por un esfuerzo institucional muy grande de depuración de las Fuerzas Armadas y de los aparatos de inteligencia del Estado, así como por el restablecimiento de los…
p. 33
22Pueblos arrasados: Memorias del desplazamiento forzado en El Castillo (Meta)Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH); Catalina Riveros Gómez, Francisco Hernando Vanegas Toro, Julián Augusto Vivas García, Pablo Andrés Convers Hilarión (relatores) · 2015 · p. 2281 fragmento
[25]ne aquí y come arepa con cafecito (CNMH, entrevista con abuela, Villavicencio, 2012). Cuando yo estuve tan enferma y tan triste, que no me que- ría casi ni mover (…) aquí venían ellos, le hablaban a uno, le su- bían el ánimo (…) y así, uno como que iba recuperando el aliento (CNMH, entrevista con mujer adulta,…
p. 228
23Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · p. 256, 3482 fragmentos
[26]y apoyo espiritual, líderes de las comunidades de fe, hermanas, monjas, pastores y sacerdotes asumieron tareas humanitarias en medio de l as difíciles condiciones del conflicto armado. En Bojayá, Chocó, durante la masacre del 2 de mayo de 2002, sobresalió la valentía del p adre Antún Ramos: «Vea, se lo digo a usted,…
p. 256
[31]ocasiones, también, han sido actor es que ha n hecho frente a la violencia y ha n liderado acciones que han aportado a la construcción de paz. Como le dijo a la Comisión un empresario del Valle del Cauca: «Este es el país que nos tocó vivir. Aquí nacimos, nos educamos y formamos nuestra familia… Queremos vivir en un…
p. 348
24Bojayá: La guerra sin límitesGrupo de Memoria Histórica, Martha Nubia Bello Albarracín, Pilar Riaño Alcalá, Gonzalo Sánchez G. · 2010 · p. 99, 1382 fragmentos
[27]atentado contra la comunidad, contra los inocentes y contra la Diócesis, que tiene una larga trayectoria como acompañante de las comunidades afro-descendientes en la región, 120 mereciendo el aprecio y el respeto de la comunidad. ¡No hubo respeto… la profanaron [la iglesia], no hubo respeto! (Testimo- nio, taller de…
p. 99
[44]Camilo. (Ed.) 1994 La política social en los 90: análisis desde la universidad. Bogotá D.C.: Universidad Nacional de Colombia, Departamento de Trabajo Social; Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz - Indepaz -, p. 92. iii. Memorias de la exclusión: Lógicas en tensión en chocó y el medio atrato 139 El Estado…
p. 138
25La Verdad de las Mujeres. Víctimas del conflicto armado en Colombia. Tomo IRuta Pacífica de las Mujeres · 2013 · p. 4971 fragmento
[28]generan protagonismo en las mujeres, son relatadas como experiencias significativas en los procesos de afrontamiento. Son ex - periencias que suponen un apoyo mutuo, canalizan el dolor o la rabia con un sentido religioso en el trabajo con otros sectores y ayudan a las víctimas que tienen fe a integrarse desde una…
p. 497
26Estrategias de guerra y trasfondos del paramilitarismo en el Urabá antioqueño, sur de Córdoba, bajo Atrato y Darién. Tomo ILaura Milena Ballén Velásquez, Ronald Edward Villamil Carvajal, Luisa Fernanda Hernández Mercado · 2022 · p. 1151 fragmento
[29]la cuenca del río Truandó, entonces yo recuerdo al párroco que estaba allí, venir llorando y diciendo: “Tanto querer, ahora que te- nemos precisamente, los títulos, no tenemos a la gente”. La gente ha tenido que salir. (CNMH, CV, miembros de la Diócesis de Apartadó, 2018, 18 de octubre) Uno de los homicidios más…
p. 115
27Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 4151 fragmento
[30]iglesia se responsabilizó solo a las FARC, invisibilizando las acciones y responsabilidad tanto de los paramilitares como de la fuerza pública. A pesar de que los mismos jefes paramilitares (Carlos Castaño y El Alemán) reconocieron su participación en los hechos y su presencia: «Nosotros tenemos el objetivo de limpiar…
p. 415
28Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte (Editores) · 2009 · p. 5071 fragmento
[32]Medio es muy alta comparada con otras regiones de Colombia y con el promedio nacional (opi, 2006: 19). El proceso de desmovilización de los paramilitares no ha disminuido conside - rablemente tampoco la violencia en la región. El control paramilitar ha per - manecido en varias áreas y una nueva generación de grupos,…
p. 507
29En medio del Magdalena MedioAlfredo Molano Bravo · 2009 · p. 821 fragmento
[33]en el sur de Bolí- var. Pastrana planteó con la Unión Europea, principalmente con España, la necesidad de una Mesa de Donantes para que Europa asumiera un papel distinto y complementario al Plan Colombia. de Roux negoció al mismo tiempo el apoyo de Japón con la in- tención de fortalecer el carácter social de la ayuda…
p. 82
30Doble discurso, múltiples crímenes. Análisis temático de las ACMM y las ACPBCentro Nacional de Memoria Histórica, Camilo Ernesto Villamizar Hernández (coordinador) · 2021 · p. 3221 fragmento
[34]está desmontando los recursos del Estado. Ese soy yo, pero no hemos recibido un peso. (…) Pero bravo ese cura (…) Entonces, John Freddy Lazcano le presenta a ellos una serie de proyectos para que apoyaran como población vulnerada y la frase del cura Francisco de Roux fue: laboratorio de paz del Magdalena Medio dice:…
p. 322
31Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte · 2009 · p. 5061 fragmento
[35]y la expansión de la ganadería extensiva. Históricamente, el Magdalena Medio ha sido una frontera de colonización interna y se ha mantenido como una región periférica, con débil y precaria presencia del Estado, tanto física como en términos de servicios sociales y públicos (Rudqvist y Van Sluys, 2005: 15). La…
p. 506
32Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander. Tomo I. Bloque Central Bolívar: origen y consolidaciónCentro Nacional de Memoria Histórica, Alberto Santos Peñuela · 2021 · p. 471 fragmento
[36]fases se pueden identificar con claridad en Barrancabermeja. Una primera relacionada con la persecución a líderes y sin- dicalistas, de la que es acusada como responsable la Red 07 de Inteligencia de la Armada Nacional; otra que involucra dos aspectos: la migración de per- sonas provenientes de regiones controladas…
p. 47
33Counting the Dead: The Culture and Politics of Human Rights Activism in ColombiaWinifred Tate · 2007 · p. 108, 1342 fragmentos
[37]y tortura en Caqueta (Death and Torture in Caqueta); the report was also translated and published in the United States by activists based in New York. In part because of the international institutional links provided by the Catholic Church, CINEP developed a strong relationship with human rights activists in the…
p. 108
[38]international mechanisms in relation to Colombia,” Gustavo told me. Our specific objective was to contribute to the improvement of the human rights situation in Colombia. That was not the same as what other groups were trying to do, other groups had other objectives, which were very valid and important, they were just…
p. 134
34Normas y dimensiones de la desaparición forzada en Colombia. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica; Germán Lozano Villegas; Luz Janeth Forero M. · 2014 · p. 2521 fragmento
[39]datos disponibles Para el Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP), en palabras del padre Javier Giraldo, el objetivo del banco de datos de esa organización es “salvar la memoria, no la estadística”. Más que producir cifras, el banco de datos se propone hacer seguimien- to al fenómeno de la violencia…
p. 252
35Sociology in ColombiaJanneth Aldana Cedeño · 2023 · p. 611 fragmento
[40]region. Among the com - munities with the greatest presence and with a clear hegemony at an edu - cational level, the Society of Jesus stands out, despite having been expelled three times from Colombia (in 1767, 1850 and 1861). In addition to the educational system, the “international aid” derived from other projects…
p. 61
36Etnización de la negridad: La invención de las 'comunidades negras' como grupo étnico en ColombiaEduardo Restrepo · 2013 · p. 131, 1472 fragmentos
[41]los pobladores negros del Pacífico. No obstante, cómo se articulaba lo cultural desde las perspectivas folcloristas y la pastoral es bien diferente a como se lo hace desde el proceso de etnización que se viene en los años noventa. 130 E t n i z a c i ó n d e l a n e g r i d a d En términos analíticos y políticos no se…
p. 131
[42]Afrocolombiana. Con todo ello las relaciones con la iglesia han sido gratas y cordiales, pero sobre todo beneficiosas para las comunidades” (1999: 59-60). Los móviles por los cuales algunos sectores de la iglesia se han volcado con mayor o menor intensidad a la mediación del proceso de etnización de las ‘comunidades…
p. 147
37La economía de los paramilitares: Redes de corrupción, negocios y políticaMauricio Romero Vidal (coordinador y editor), Ariel Fernando Ávila Martínez, Vilma Liliana Franco R., Ángela Olaya, Hernán Pedraza Saravia, Bernardo Pérez Salazar, Juan Diego Restrepo E., Diana Torres · 2011 · p. 2081 fragmento
[43]colectivos y expidió el de Curvaradó, con un área de 46.048 hectáreas, y el de Jiguamiandó, con 54.973 hectáreas." 6. Artículo 1. Capítulo 1. Objeto y Definiciones. Ley 70 de 1993, por e! cual se desarrolla e! artículo transitorio 55 de la Constitución Política. Ver en Cartilla Consecutiva dela Jurisprudencia y Marco…
p. 208
38Afrodescendant Resistance to Deracination in Colombia: Massacre at Bellavista-Bojayá-ChocóAurora Vergara-Figueroa · 2018 · p. 491 fragmento
[45](2004), Arboleda (2004, 2007), Escobar (2004), COCOMACIA (2006), CODHES (1999), COMISIÓN VIDA, JUSTICIA Y PAZ. (2002), Diócesis de Quibdó (2006), Molano (2001), OPOCA (1999) (Oslender 2004). 32. I will elaborate the conceptual schema this perspective offers in Chap. 4. 33. Op. cit. 34. Arboleda (2007): “Conocimientos…
p. 49
39La guerra vino de afuera. El Bloque Pacífico en el sur del Chocó: una herida que aún no cierraCentro Nacional de Memoria Histórica, Laura Bibiana Escobar García, Laura Catalina Tovar Bohórquez, Esteban de Jesús Caviedes Alfonso · 2022 · p. 511 fragmento
[46]municipio de Quibdó. En una palabra, yo podría decir que el Chocó, Quibdó, que es el lugar donde nací, donde estamos, era armonía (…), tranquilidad y era vida. De mi niñez recuer- do que uno podía salir, ir a cualquier barrio de Quibdó con total tranquilidad, incluso de niños recuerdo mis idas al colegio caminando,…
p. 51
40Guerreros y campesinos. Despojo y restitución de tierras en ColombiaAlejandro Reyes Posada · 2016 · p. 2661 fragmento
[47]como los de Curvaradó y Jiguamiandó, una jugada en la que se legalizaron escrituras de propiedades individuales sobre territorios colectivos. Según personas de estas comunidades “se ha generado la posibilidad de la apropiación ilegal de tierras y la protección estatal a la ilegalidad” 247, que más que un plan estatal,…
p. 266
41Granada: Memorias de guerra, resistencia y reconstrucciónMarta Inés Villa Martínez, Laura Cartagena Benítez, Fernando Valencia Rivera · 2016 · p. 3011 fragmento
[48]Echeverri Mejía y a todas las personas secuestradas o privadas de la libertad (…). Demanda, además, que las FARC levanten públicamente sus amenazas a las Administraciones Municipales, que tan gravemente han afectado la goberna- bilidad dificultando la prestación de los servicios básicos a la población y alejando aún…
p. 301
42Los procesos de paz en Colombia, 1982-2014 (documento resumen)Álvaro Villarraga Sarmiento · 2015 · p. 481 fragmento
[49]secuestros, extorsión, amenazas y homicidios que supuestamente comprometían a frentes de las FARC-EP, incluso por parte de obispos católicos en regiones como Magdalena Medio y Caquetá, así como gremios y sectores sociales comprometidos con el proceso de paz. De otra parte, la UP, además de tener que exigir garantías…
p. 48