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Ensayo · Seguridad Democrática · 2002–2016

El plebiscito del 2 de octubre de 2016

El 2 de octubre de 2016, Colombia sometió a votación popular el acuerdo que terminaba más de medio siglo de conflicto armado con las FARC-EP. El No ganó con el 50,2% de los votos frente al 49,8% del Sí, con una abstención cercana al 73%, dejando abierta una pregunta fundacional sobre los límites de la paz negociada desde arriba y la deliberación racional en sociedades polarizadas.

14 min de lectura2.957 palabras35 documentos47 fragmentos
El plebiscito del 2 de octubre de 2016
Actualizado 03 de agosto de 2026
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Orientación para entrar

La respuesta en breve

La tesis

El rechazo del 2 de octubre no se explica por una causa única sino por la convergencia de una fractura territorial de larga duración —el Sí ganó donde la guerra había estado; el No ganó en los centros urbanos que la observaron por televisión— y una coalición política articulada por el uribismo que canalizó intereses estructurales de élites opuestas al Acuerdo hacia una sociedad urbana cuyo régimen moral hacía genuinamente incomprensible la justicia restaurativa. La desinformación y la campaña afectiva —organizada explícitamente alrededor de la exasperación del rencor, la revancha y la exigencia de castigo retributivo— fueron el puente entre esas dos capas, no su motor autónomo. La pedagogía territorial fallida fue síntoma, no causa: no habría bastado por sí sola para reconciliar expectativas de cárcel efectiva con un modelo transicional que, por definición, exige renunciar al castigo pleno a cambio de verdad, reparación y no repetición.

La tensión

Siete lecturas compiten sin anularse mutuamente. La tesis afectiva señala que la campaña del No, según la admisión pública de su propio gerente Juan Carlos Vélez Uribe, se diseñó para exasperar el rencor y no para deliberar sobre el contenido del Acuerdo, lo que cuestiona el supuesto liberal de la racionalidad ciudadana en decisiones de paz. La tesis religioso-cultural documenta la movilización de redes evangélicas y sectores católicos conservadores —encabezados por figuras como Alejandro Ordóñez y Marta Lucía Ramírez— contra el enfoque de género del Acuerdo, aunque en la renegociación posterior esos temas fueron abandonados por los propios voceros del No, lo que sugiere que fueron arma de campaña y no núcleo programático. La tesis de la incompatibilidad estructural entre justicia retributiva y justicia restaurativa se apoya en que tanto el Sí como el No citaban el mismo ordenamiento jurídico transnacional —Estatuto de Roma, CPI, CADH— para conclusiones opuestas, y en que una encuesta sobre Justicia y Paz reveló que mientras el 71% de los expertos apoyaba rebajas de penas condicionadas a verdad y reparación, las víctimas organizadas y la población general estaban mucho más divididas. La tesis del elitismo negociador señala que el proceso de La Habana, tramitado durante cuatro años en reserva entre delegaciones técnicas encabezadas por Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, produjo el acuerdo más integral del mundo según el Kroc Institute, pero sin bases sociales: la legitimidad técnica no garantizó la legitimidad política. La tesis de la fractura territorial encuentra su evidencia más nítida en el mapa electoral: el Sí ganó en el Cauca, Nariño, Putumayo, Chocó y Bojayá —escenario de una masacre emblemática en 2002—; el No ganó en Bogotá, Medellín y el Eje Cafetero, donde la narrativa regional del 'remanso de paz' negaba la presencia real de frentes de las FARC, corredores de narcotráfico y desplazamientos, operando políticamente contra los intereses de las propias víctimas locales. La tesis de la larga duración conecta el resultado con la cultura política del aniquilamiento sedimentada desde el ascenso electoral de Uribe en 2002 y con el patrón histórico —visible desde la Violencia de 1948-1958— de soluciones al conflicto decididas desde centros urbanos que no lo padecen. Finalmente, la tesis de los intereses estructurales advierte que la coalición del No no fue solo movilización emocional: el Centro Democrático, sectores del gran empresariado industrial, organizaciones rurales de grandes propietarios y liderazgos religiosos conservadores encontraron en la campaña un vehículo para bloquear un Acuerdo cuyo punto 1 sobre reforma rural integral evocaba el patrón histórico de resistencia al reordenamiento de la tierra que ya había desactivado las reformas de López Pumarejo en 1936 y de Lleras Restrepo en los sesenta.

Temas
Justicia transicional y tensión entre justicia retributiva y restaurativa en ColombiaGeografía del conflicto armado colombiano y fractura entre Colombia rural y urbanaProceso de paz de La Habana (2012-2016) y el Acuerdo Final con las FARC-EPUribismo, polarización política y cultura del aniquilamientoDesinformación, afectos políticos y deliberación democrática en plebiscitos de pazReforma agraria y conflicto de tierras como causa estructural del conflicto colombiano
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Ensayo completo

La lectura

¿Por qué una sociedad que había padecido más de medio siglo de conflicto armado rechazó por vía democrática el acuerdo que ponía fin a esa guerra?

El 2 de octubre de 2016, Colombia hizo algo que ninguna otra sociedad había hecho antes: sometió a votación popular el acuerdo que terminaba con su propia guerra. Ganó el No por 50,2% contra 49,8%, una diferencia de poco más de cincuenta mil votos con abstención cercana al 73%, la más alta en veintidós años. El resultado sorprendió a las encuestadoras, al gobierno de Juan Manuel Santos y a la propia campaña del No, que no esperaba ganar. Aquella noche quedó suspendido —y de algún modo lo sigue estando— un enigma que se ha vuelto pregunta fundacional de la Colombia contemporánea. Entre las operaciones de mayo de 1964 contra Marquetalia y la firma en Cartagena unos días antes del plebiscito median cinco décadas de guerra; en la urna, sin embargo, ganó el rechazo. La pregunta no admite respuesta única. Admite una anatomía de las causas concurrentes y una jerarquía razonada entre ellas.

Responderla no es un ejercicio arqueológico. La forma en que se conteste determina qué se cree posible en materia de paz negociada, qué papel se le atribuye a la deliberación ciudadana en decisiones de gran calado y qué diagnóstico se emite sobre la sociedad colombiana. Si el rechazo fue un accidente comunicativo —desinformación, mala pedagogía, un texto de casi 300 páginas ilegible para el ciudadano promedio—, la lección es técnica y reparable. Si fue la victoria de los afectos del odio sobre el cálculo estratégico, la conclusión es más sombría: la deliberación racional que supone la democracia liberal encuentra un límite en las emociones movilizadas de sociedades polarizadas. Si fue una fractura estructural entre la Colombia que padeció la guerra y la que la observó desde lejos, el problema es de larga duración y desborda el ciclo 2012-2016. Si fue la incompatibilidad entre las expectativas ciudadanas de castigo y los modelos internacionales de justicia restaurativa, el diagnóstico apunta a una tensión no resuelta en el propio derecho global de posconflicto. Cada lectura carga con una teoría implícita del país. Y cada una encuentra apoyo empírico.

Al menos siete lecturas compiten por explicar el resultado, y ninguna es completamente falsa. Hay una que sitúa el peso en los afectos: en sociedades polarizadas, la paz se decide más por sentimientos hacia el adversario que por el contenido del acuerdo, y la campaña del No, según las herramientas que ella misma exhibió, se organizó alrededor de la exasperación del rencor, el estímulo de la revancha, la exigencia del castigo y la divisa de que el fin justifica los medios. Otra lectura pone el acento en la política religiosa-cultural: redes conservadoras y evangélicas se movilizaron con eficacia contra el enfoque de género del Acuerdo, imponiendo una agenda moral sobre el cálculo estratégico de paz. Una tercera detecta una incompatibilidad estructural entre las expectativas ciudadanas de castigo retributivo —cárcel efectiva, pérdida de derechos políticos— y los modelos de justicia restaurativa consagrados en el sistema pactado en La Habana. Otra advierte que una negociación elitista, tramitada en Cuba durante cuatro años sin pedagogía territorial, produjo un acuerdo con alta legitimidad técnica pero frágiles bases sociales. Una quinta lee el rechazo como reiteración de un patrón histórico: las salidas al conflicto colombiano se han decidido desde centros urbanos que no lo padecen, replicando el divorcio entre la Colombia rural y la urbana. Una sexta reformula esa fractura en clave de sufrimiento: la guerra fue soportada por una minoría rural mientras la mayoría urbana operó con cálculos morales abstractos, lo que cuestiona la idea intuitiva de que padecer la violencia produce apoyo automático a la paz. Y hay una séptima, más específica, que argumenta que la negación discursiva del conflicto en regiones como el Eje Cafetero —el mito del "remanso de paz", el clientelismo, la influencia uribista consolidada— predispuso al rechazo del Acuerdo incluso allí donde la guerra había estado más cerca de lo que la memoria regional admitía.

Detrás de estas lecturas se juega otra más incómoda, que las atraviesa: la coalición del No no fue solo una movilización emocional o cultural, sino la expresión política de intereses estructurales concretos. El Centro Democrático, sectores del Partido Conservador, franjas del gran empresariado industrial, organizaciones rurales de grandes propietarios y liderazgos religiosos conservadores encontraron en la campaña un vehículo para bloquear un acuerdo cuyo punto 1 —sobre reforma rural integral— evocaba el patrón histórico de resistencia al reordenamiento de la tierra que ya había desactivado la reforma de Alfonso López Pumarejo en 1936 y la de Carlos Lleras Restrepo en los sesenta, revertida esta última por el Pacto de Chicoral. Los mecanismos de la desinformación funcionaron porque había una infraestructura política, empresarial e institucional dispuesta a activarlos.

La tesis del predominio afectivo tiene a su favor la propia estrategia declarada del No. Cuando Juan Carlos Vélez Uribe, gerente de la campaña, reveló públicamente en octubre de 2016 los métodos empleados —incluida la calibración del mensaje según el nivel de indignación buscado en cada segmento—, Álvaro Uribe lo reprendió, pero el daño reputacional ya estaba hecho: la campaña había admitido operar sobre emociones, no sobre argumentos. El Consejo de Estado, en diciembre de 2016, habló de "engaño generalizado". Circularon en redes sociales fórmulas breves diseñadas para el reflejo, no para la deliberación: la más citada, la que aseguraba que cada guerrillero recibiría 1.800.000 pesos mensuales, cuando el Acuerdo estipulaba el 90% del salario mínimo durante 24 meses condicionado a no tener empleo. Las cifras se inflaban maliciosamente en cada reenvío. El resultado sorpresivo —menos de una hora después del cierre de las urnas ya había datos parciales que hundieron el ánimo del Sí— sugiere que las encuestas no captaron la magnitud del rechazo emocional acumulado, quizás porque ese rechazo no se articulaba en el lenguaje del cálculo político sino en el de la indignación moral.

La tesis religioso-cultural encuentra soporte en la composición misma de la coalición del No: junto al Centro Democrático y a sectores empresariales, se articularon organizaciones sociales y religiosas de ideología conservadora y antisubversiva. La ofensiva contra el enfoque de género del Acuerdo —presentado como "ideología de género" que amenazaba la familia tradicional— movilizó pastorados evangélicos y sectores católicos conservadores encabezados por figuras como Alejandro Ordóñez y Marta Lucía Ramírez. Es significativo, sin embargo, que en la renegociación posterior estos temas fueran rápidamente abandonados por los propios voceros del No, mientras se concentraban en justicia transicional y participación política. La agenda religioso-cultural fue eficaz para movilizar votos pero secundaria en la jerarquía real de intereses de la coalición: arma de campaña, no núcleo programático.

La tesis de la incompatibilidad estructural entre castigo y justicia restaurativa se apoya en el propio argumento central del No, articulado por Uribe: no oponerse a la paz, sino a la impunidad. La justicia entendida como castigo retributivo era, en esa lectura, precondición de la paz. Uribe y sus seguidores rechazaban cualquier forma de sanción que no implicara cumplir penas en establecimientos carcelarios estatales. Las FARC-EP, por su parte, habían aceptado en el Acuerdo Final un sistema de justicia restaurativa que garantizaba amnistía por delitos no constitutivos de lesa humanidad, declaraciones exhaustivas de verdad y presencia en el Congreso. Ambas posiciones se cimentaban, de manera notable, en el mismo ordenamiento jurídico transnacional antiimpunidad: el Estatuto de Roma, la Corte Penal Internacional, la Convención Americana, la Corte Interamericana. Sí y No citaban los mismos textos para conclusiones opuestas. Una encuesta sobre Justicia y Paz reveló que mientras el 71% de los expertos apoyaba rebajas de penas condicionadas a verdad y reparación, las víctimas organizadas y la población general estaban mucho más divididas. La distancia entre la sensibilidad técnica del derecho transicional y la intuición ciudadana sobre lo que "hace" la justicia era real, no fabricada.

La tesis del elitismo negociador tiene evidencia contundente. El proceso de La Habana se diseñó como una mesa reservada entre delegaciones —encabezadas por Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo del lado gubernamental, y por Iván Márquez del lado de las FARC—, con acompañamiento internacional pero sin participación ciudadana directa. La ciudadanía recibió un texto de casi 300 páginas, cargado de tecnicismos, en un país cuyo lector promedio consume 1,9 libros al año. El Kroc Institute lo evaluaría después como el acuerdo más integral del mundo, el que ofrecía mayor probabilidad de gestar una paz sostenible. Pero esa legitimidad técnica no se traducía en legitimidad política. Un interlocutor cercano a Santos reconocería después que convocar el plebiscito fue un error: se apostó todo a una votación popular cuando existían vías alternativas de ratificación. La motivación declarada del presidente había sido otorgar al Acuerdo máxima legitimidad democrática frente a la oposición uribista; el efecto fue el opuesto.

La tesis de la fractura territorial se sostiene en el mapa electoral. El Sí ganó donde la guerra había estado: en el Cauca, Nariño, Putumayo, Chocó, en municipios del Urabá antioqueño, en Bojayá —escenario en 2002 de una de las masacres emblemáticas del conflicto—, en los Montes de María, en el Caquetá y el Meta, en las zonas donde las FARC habían operado y donde la población había padecido secuestros, desplazamientos, minas antipersonal y hostigamientos. El No ganó en los grandes centros urbanos que decidieron el resultado y en regiones como el Eje Cafetero, donde la narrativa oficial regional había cultivado durante décadas el mito de ser un "remanso de paz" ajeno al conflicto, narrativa desmentida por la presencia real de actores armados en Caldas, Quindío y Risaralda pero eficaz para desactivar la solidaridad regional con las víctimas del resto del país. La paradoja regional es doble: la zona cafetera sí había padecido presencia de frentes de las FARC, corredores de narcotráfico, presencia paramilitar y desplazamientos internos, pero la memoria pública organizada por élites regionales, medios locales y estructuras clientelares con fuerte influencia uribista negaba esa historia. Esa negación operó políticamente contra los intereses de las propias víctimas locales, que quedaron sin representación en el discurso dominante. La correlación es demasiado nítida para ser accidente: quienes habían visto a las FARC de cerca votaron por terminar la guerra; quienes las habían visto por televisión votaron por castigarlas.

La tesis de la larga duración conecta el resultado con la trayectoria del país. Desde el fracaso del Caguán en 2002 y el ascenso electoral de Uribe ese mismo año —construido explícitamente sobre la promesa de aniquilamiento militar de las FARC—, una parte significativa de la sociedad colombiana había interiorizado la ecuación de que solo la derrota total del enemigo constituía paz legítima. Los golpes militares de 2010 y 2011 a la cúpula de las FARC, la muerte de Alfonso Cano, el debilitamiento estratégico de la guerrilla y el fortalecimiento del Estado alimentaron la percepción de que negociar era ceder cuando se podía ganar. El uribismo no inventó ese sentimiento: lo canalizó. Pero al canalizarlo, lo institucionalizó como corriente política estable, con peso en las estructuras del poder social y económico superior al que reflejaban las urnas y los sondeos.

Ninguna de estas lecturas basta por sí sola, pero no todas pesan igual. Lo que mejor explica el 2 de octubre es la convergencia entre una fractura territorial de larga duración y una coalición política articulada por el uribismo, en la que los intereses estructurales de élites opuestas al Acuerdo —empresariales, rurales, políticas— encontraron resonancia masiva en una sociedad urbana cuyo régimen moral hacía genuinamente incomprensible la justicia restaurativa. La desinformación y la campaña afectiva fueron el puente entre esas dos capas, no su motor autónomo. La pedagogía territorial fallida fue síntoma, no causa: no habría bastado, aunque hubiera sido perfecta, para reconciliar expectativas de castigo con un modelo transicional cuya lógica exige, por definición, renunciar al castigo pleno a cambio de verdad, reparación y no repetición.

El plebiscito no se perdió el 2 de octubre. Se perdió antes, en la acumulación de procesos que confluyeron en la urna: la construcción de una cultura política del aniquilamiento, sedimentada desde 2002 y con raíces más antiguas en la incapacidad histórica de la sociedad colombiana para distinguir entre victoria militar y solución política del conflicto; el peso persistente de una geografía política que separa a la Colombia rural que padece la guerra de la Colombia urbana que la decide, patrón visible desde la Violencia (1948-1958) y sus transformaciones en los años sesenta, cuando la aparición de nuevos actores como la clase media urbana bajo influencia de la Revolución Cubana amplió el conflicto sin cerrar la fractura territorial original; y el diseño mismo de un proceso de paz que, por razones defendibles —proteger la negociación de la interferencia política doméstica—, se tramitó lejos del país al que iba a transformar, con la esperanza de que un plebiscito final lo legitimara desde arriba.

Sobre esa base estructural, la coalición del No hizo lo que las coaliciones políticas hacen: convertir sentimientos difusos en votos duros mediante mensajes calibrados. La política religiosa-cultural aportó una tropa movilizada por convicción y no por cálculo. La política afectiva aportó un lenguaje —el del rencor, la revancha, el castigo— que resonaba en sectores urbanos alejados del conflicto pero saturados de la narrativa uribista sobre las FARC. Los intereses estructurales aportaron la financiación, la infraestructura mediática y la coordinación institucional. El resultado no fue el triunfo de una causa, sino la coincidencia eficiente de varias, en un país donde el gobierno había subestimado sistemáticamente la magnitud de lo que enfrentaba.

Hay que decir algo más sobre la tesis del sufrimiento y el apoyo a la paz, porque es contraintuitiva pero decisiva. La idea intuitiva —quien más ha sufrido la guerra más debería querer terminarla— resultó parcialmente falsa. Fue verdadera en el sentido territorial: los municipios que padecieron el conflicto directamente votaron Sí. Fue falsa en el sentido nacional: la mayoría del país, que no padeció la guerra en carne propia sino a través de los medios y del discurso político, operó con cálculos morales abstractos que resultaron más severos que los de las propias víctimas directas. En La Habana, un sector reducido de víctimas de la guerrilla se marginó del proceso por considerar que debían tener trato privilegiado sobre otras víctimas. Pero la participación plural y diversa de víctimas en el proceso fue mayoritariamente favorable al Acuerdo. Fueron los que no habían perdido a nadie quienes exigieron más castigo. Esa inversión —observadores más punitivos que víctimas— matiza gravemente cualquier teoría lineal sobre la relación entre experiencia del daño y disposición a la paz.

Tras la derrota se abrió una ronda de renegociación con los voceros del No en la que, significativamente, los temas de la campaña se recompusieron. La ideología de género, movilizadora en las urnas, desapareció rápidamente de la agenda. Tomaron fuerza, en cambio, la justicia transicional y la participación política de excombatientes acusados de crímenes graves: los intereses reales de la coalición articulada por el uribismo. El acuerdo modificado fue sometido al Congreso, no a un nuevo plebiscito, por la vía del procedimiento legislativo especial para la paz —el llamado fast track—, cuya primera prueba fue la Ley de Amnistía. Humberto de la Calle defendería después que el sistema plebiscitario había funcionado: el primer acuerdo fue rechazado y modificado de fondo, y por eso no hubo engaño al ratificar el segundo por vía legislativa.

El año 2017 sería descrito como el más tranquilo vivido en Colombia en medio siglo. Pero la paz no fue pacífica: en los primeros cinco años tras la firma, más de 300 excombatientes de las FARC-EP fueron asesinados, y continuaron los asesinatos de líderes sociales y defensores del territorio. El posconflicto heredó las mismas tensiones que el plebiscito había hecho visibles: una sociedad dividida entre quienes rechazaban los términos de justicia y participación política acordados y quienes los respaldaban como instrumento de transformación.

Quedan flancos abiertos. Uno se refiere al peso relativo de los factores identificados: la evidencia sostiene la explicación combinada aquí propuesta, pero no permite precisar con exactitud cuánto pesó cada componente en el margen de cincuenta mil votos que definió el resultado. Otro lo abre la comparación internacional: si en Sudáfrica la Comisión de la Verdad y la Reconciliación operó sin el filtro plebiscitario, si en Irlanda del Norte el Acuerdo de Viernes Santo se ratificó por referendo pero con las partes construyendo pedagogía territorial durante meses, si en Guatemala los acuerdos de 1996 no fueron sometidos a votación popular, la pregunta sobre si Colombia debió incluir un plebiscito sigue siendo válida y sin respuesta cerrada. Un tercero: el vínculo entre las FARC y el narcotráfico, que desde 1993 las había inscrito en la fase de la guerra alejándolas de sus motivaciones revolucionarias originales, deterioró su legitimidad política de forma tal que ningún acuerdo, por generoso que fuera con las víctimas, podría haberla restituido a los ojos de la Colombia urbana. Cuánto pesó esa deslegitimación previa —acumulada durante dos décadas— en el voto del 2 de octubre es una pregunta que la evidencia no permite dirimir con precisión.

El 2 de octubre de 2016 mostró que una sociedad puede padecer más de medio siglo de conflicto armado y, al ser convocada a decidir sobre su terminación, decidir mayoritariamente en contra —por márgenes estrechos, con abstención masiva, pero decidir en contra—. Ese resultado no invalida la paz negociada ni desmiente la posibilidad de la transición: el Acuerdo modificado se implementó por vía legislativa y ha producido efectos verificables. Pero obliga a revisar el supuesto de que la información suficiente y la pedagogía adecuada bastan para que un pueblo elija racionalmente lo que le conviene. En Colombia, ese supuesto encontró sus límites. La paz no se firma solamente: se sedimenta, o no se sedimenta, en el terreno lento de los marcos morales compartidos. Ese terreno, en Colombia, sigue disputado.

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Archivo documental

Documentos usados en esta lectura

35 documentos · 47 fragmentos de referencia
01Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander. Tomo I. Bloque Central Bolívar: origen y consolidaciónCentro Nacional de Memoria Histórica, Alberto Santos Peñuela · 2021 · p. 591 fragmento
[1]

colombiano en el marco de la guerra fría. Las operaciones de mayo de 1964 conocidas como Operación Soberanía, ocasionaron la salida de campesinos que organizados en grupos de autodefen- sas, iniciaron una marcha hacia el sur del país en columnas, este proceso per- mitió la consolidación política y militar con la…

p. 59
02Histories of Perplexity: Colombia, 1970s–2010sLina Britto, A. Ricardo López-Pedreros · 2024 · p. 4371 fragmento
[2]

point of the negotiation was to establish ground rules to guarantee land access for its members, as well as other conditions essential for their sustenance, without disputing the right of the business class to rural property. History seemed to be repeating itself, however, replicating what happened in 1936 when Law…

p. 437
03Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · p. 1911 fragmento
[3]

tuviera una amplia acogida 151. En febrero de 2012, el PC dio su apoyo al Movimiento Bolivariano, creado por las FARC desde 1999, y revivido en 2010. Así rompía con otras fuerzas del PDA, como el MOIR y la Anapo, y volvía a buscar su desarrollo bajo la cobija de las FARC. Desde ese momento, su política se ha limitado…

p. 191
04Una vida, muchas vidasGustavo Petro Urrego · 2021 · p. 3051 fragmento
[4]

salvar la paz de Colombia. El presidente que- ría pasar a la historia por haber acabado la guerra con las FARC, que en el fondo implicaba acabar con este grupo guerrillero. No necesariamente era lo mismo, pero, desde una visión del esta- blecimiento, de tcidas formas era un gran triunfo. La responsa- bilidad, sin…

p. 305
05Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 6811 fragmento
[5]

presidente Uribe. Las negociaciones de paz con las FARC iniciadas por la administración Santos en el 2012 y los diálogos con el ELN en el 2014 son una nueva apuesta a la solución política del largo conflicto interno colombiano. Violencia y narcotráfico La radiografía de la violencia colombiana desde los años ochenta…

p. 681
06Caminos de guerra, utopías de paz (Colombia: 1948-2020)Gonzalo Sánchez Gómez · 2021 · p. 211 fragmento
[6]

última década, que por sí solas no cambiaron el rumbo del conflicto, pero que indudablemente sentaron las bases para afrontarlo con mayores posibilidades de éxito. Si la Constitución del 91 fue una apertura institucional para la insurgencia, la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras fue una incursión, incipiente…

p. 21
07Colombia, así en la guerra como en la pazJorge Giraldo Ramírez · 2018 · p. 45, 492 fragmentos
[7]

del bloque más numeroso de las F A R C (septiembre de 2010) y el máximo comandante (noviembre del 2011). Las gestiones continuaron y a principios de 2012 se inició una fase exploratoria que se prolongaría durante seis meses hasta que, el 26 de agosto, se dio a conocer el documento conjunto Acuerdo general para la…

p. 45
[12]

una especie de adenda sobre derechos humanos y una presentación de los principios y las generalidades. El título del documento ilustra su enfoque. Se encamina a darle cuerpo a la obsesión gubernamental de que las víctimas tienen que estar en el centro de la salida política del conflicto armado. Se trata de un acuerdo…

p. 49
08La Colombia fuera de Colombia. Las verdades del exilioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 2001 fragmento
[8]

poder proteger sus vidas. El Acuerdo de Paz más reciente fue negociado en La Habana, Cuba, en 2012, y firmado finalmente en el Teatro Colón en Bogotá, en noviembre de 2016, entre las FARC-EP y el gobierno del presidente Juan Manuel Santos (dos periodos, 2010-2018), y constituye el marco de transición política más…

p. 200
09Violence in Colombia: The Contemporary Crisis in Historical PerspectiveCharles Bergquist, Ricardo Peñaranda, Gonzalo Sánchez (eds.) · 1992 · p. 2601 fragmento
[9]

the "bandits," a whole era of national history had played itself out, the era of party warfare. However, the announced peace was but a partial one. Even before the old war was over, a new and entirely different war had begun. Many of the combatants of the Violence had shifted ranks, transformed by their straggle as…

p. 260
10Los procesos de paz en Colombia, 1982-2014 (documento resumen)Álvaro Villarraga Sarmiento · 2015 · p. 2281 fragmento
[10]

los derechos, el segundo es el empoderamiento…” 384. Bajo tales preceptos se ha conseguido la participación de víctimas de diversa condición, en un ambiente de pluralidad y riqueza en las propuestas. Sin embargo, un reducido sector de víctimas de la guerrilla ha preferido marginarse, por considerar que se les debía…

p. 228
11Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 843, 8482 fragmentos
[11]

julio de 2016, había declarado exequible la ley estatutaria de plebiscito, aprobada en diciembre pasado por el Congreso y sancionada por el Presidente el 24 de agosto, con el número 1806, “Por medio de la cual se regula el plebiscito para la refrendación del Acuerdo Final para la terminación del conflicto y la…

p. 843
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diciembre de 2016, después de resolver varias demandas en su contra, y de un estudio profundo por parte de la Corte Constitucional, el Acto Legislativo N° 1 fue declarado exequible, mediante la Sentencia C-699/16. Dos días más tarde fue inscrita ante el Consejo Nacional Electoral la agrupación política de origen…

p. 848
12Memorias dispersasHumberto De La Calle Lombana · 2021 · p. 1681 fragmento
[13]

foco de controversia: la participación en política de excombatientes acusados de crímenes graves y la estructura del Sistema de Verdad, Justicia y Reparación como escenario para que concurrieran a rendir cuentas todos los victimarios. El ambiente en La Habana estaba ya saturado. Cuando el Presidente transmitió la idea…

p. 168
13Colombia: Background and U.S. RelationsJune S. Beittel · 2018 · p. 141 fragmento
[14]

the right, such as the Conservative Party, that contained both Uribe and Santos supporters. In a tight but decisive contest, President Santos won reelection in a June 2014 runoff with 51% of the vote to his CD opponent’s 45%, with about 4% of voters casting blank ballots, suggesting some disillusionment with both…

p. 14
14Orden y libertad. Economía política del castigo en Colombia y LatinoaméricaManuel Iturralde · 2022 · p. 172, 1822 fragmentos
[15]

miembros del sector industrial y gran- des empresarios), y organizaciones sociales y religiosas que, a pesar de ser de orígenes diversos, compartían una ideología conservadora y antisubversiva. El argumento principal de la campaña por el No era que no estaba en contra de la paz sino de la impunidad. Para esta…

p. 172
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Manuel Iturralde se aplicarían y se controlaría su cumplimiento; por lo tanto, no hay razón para creer que constituirían un castigo significativo a la luz de la gravedad de los crímenes. 41 Tanto los partidarios como los oponentes del acuerdo de paz emplearon el OJT antiimpunidad para cimentar sus posicio- nes, y…

p. 182
15Guerras, paces y vidas entrelazadas: coexistencia y relaciones locales entre víctimas, excombatientes y comunidades en ColombiaJuan Diego Prieto Sanabria · 2012 · p. 261 fragmento
[17]

para quienes formulan e implementan políticas al respecto. 1.2.2. La justicia transicional y la hora de las víctimas En segundo lugar, las negociaciones con las auc iniciaron una especie de pro- ceso de justicia transicional en el marco de la Ley de Justicia y Paz (véase Res- trepo y Bagley 2011). La justicia…

p. 26
16Más allá del desplazamiento: políticas, derechos y superación del desplazamiento forzado en ColombiaCésar Rodríguez Garavito (coord.), Juan Carlos Guataquí, Ana María Ibáñez Londoño, María Mercedes Maldonado Copello, Luis Eduardo Pérez Murcia, Esteban Restrepo Saldarriaga, Héctor Riveros Serrato, Diana Rodríguez Franco, Yamile Salinas Abdala · 2010 · p. 1911 fragmento
[18]

la justicia y la reparación y la necesidad de restablecer la paz, la democracia, el Estado de derecho y la convivencia pacífica (lo cual, en muchos casos, implica que víctimas y perpetradores deban convivir en los mismos espa- cios territoriales y políticos). 105 Aunque las soluciones que cada comunidad política en…

p. 191
17Encuesta Nacional ¿Qué piensan los colombianos después de siete años de Justicia y Paz?Gonzalo Sánchez Gómez, Iván Orozco Abad, Álvaro Villarraga Sarmiento, Luis Carlos Sánchez Díaz, Patricia Linares Prieto, María Consuelo Ramírez Giraldo, Angelika Rettberg Beil, Laura Otálora Cuenca, Irina Mago Cordido, Paola Ximena Silva Cortés · 2012 · p. 631 fragmento
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Expertos mostraron con frecuencia posiciones coincidentes, en este caso, se presenta una marcada disparidad dentro de los segmentos exploratorios. La muestra de Víctimas Organizadas distribuye su respaldo entre las diferentes opciones, pero dentro del grupo de Expertos la curva es la más pronunciada de todos los…

p. 63
18El derecho a la justicia como garantía de no repetición. Volumen 1. Graves violaciones de derechos humanos: luchas sociales y cambios normativos e institucionales 1985-2012Centro Nacional de Memoria Histórica · 2015 · p. 1652 fragmentos
[20]

negociación con los paramilitares constituye uno de los hitos fundamentales de la actuación del Estado en relación con los derechos de las víctimas de graves violaciones a los derechos humanos. La discusión que condujo a la adopción de esta Ley, y los debates posteriores relativos a su implementación, marcaron la…

p. 165
[21]

negociación con los paramilitares constituye uno de los hitos fundamentales de la actuación del Estado en relación con los derechos de las víctimas de graves violaciones a los derechos humanos. La discusión que condujo a la adopción de esta Ley, y los debates posteriores relativos a su implementación, marcaron la…

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19Paz en Colombia: perspectivas, desafíos, opcionesSara Victoria Alvarado, Eduardo A. Rueda Barrera, Pablo Gentili (editores) · 2016 · p. 78, 1392 fragmentos
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decenios. Entre las estrategias de la campaña del “No” se destacan la exas- peración del rencor, el estímulo de la revancha, la exigencia del castigo y la divisa según la cual “el fin justifica los medios”, que les permite poner en circulación fórmulas breves y efectivas contra el Acuerdo, cargadas de mentiras,…

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disparates del mesías. A muchos se les puede hacer caer en la cuenta de que, respecto del plebiscito, los quieren convertir en instrumentos de una venganza personal: está bien documentado que Uribe siempre quiso negociar con las FARC mientras fue presidente y hacerles todavía más concesiones de las consignadas en el…

p. 139
20Paz en Colombia: perspectivas, desafíos, opcionesMartha Nussbaum, Sara Victoria Alvarado (ed.), Eduardo A. Rueda Barrera (ed.), Pablo Gentili (ed.) · 2016 · p. 78, 1392 fragmentos
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decenios. Entre las estrategias de la campaña del “No” se destacan la exas- peración del rencor, el estímulo de la revancha, la exigencia del castigo y la divisa según la cual “el fin justifica los medios”, que les permite poner en circulación fórmulas breves y efectivas contra el Acuerdo, cargadas de mentiras,…

p. 78
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disparates del mesías. A muchos se les puede hacer caer en la cuenta de que, respecto del plebiscito, los quieren convertir en instrumentos de una venganza personal: está bien documentado que Uribe siempre quiso negociar con las FARC mientras fue presidente y hacerles todavía más concesiones de las consignadas en el…

p. 139
21The Face of Peace: Government Pedagogy amid Disinformation in ColombiaGwen Burnyeat · 2022 · p. 3041 fragmento
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a State: How Certain Schemes to Improve the Human Condition Have Failed. New Haven, CT: Yale University Press. Seligman, Adam, Robert Weller, Michael Puett, and Bennett Simon. 2008. Ritual and Its Conse- quences: An Essay on the Limits of Sincerity. Oxford: Oxford University Press. Semana. 2014. “Arranca la era…

p. 304
22Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 2841 fragmento
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sostenidos durante dos a ñ os con recursos p ú blicos, as í como a que las farc siguieran present á ndose ante la opini ó n, con algo de prepotencia, como un movimiento que hizo una guerra justa, que era la respuesta inevitable a la opresi ó n del sistema, lo que justificaba que las v í ctimas de estas d é cadas de…

p. 284
23Colombia bizarraPirry · 2022 · p. 226, 2302 fragmentos
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en donde se pronosticaba una alta votación por el ‘sí’, no pudo ir a las urnas porque a muchas zonas no llegó el material requerido para hacerlo. El ministro de Interior, Juan Fernando Cristo, se negó a ampliar los horarios de votación ante el evidente clima de crispación. Las reuniones familiares de aquellos que…

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la elección más importante de la historia contemporánea del país, que buscaba refrendar con una pregunta directa los acuerdos de paz iniciados en 2012 por el presidente Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), tenía no solo la meteorología en contra, sino una serie de hechos que…

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24La batalla por la pazJuan Manuel Santos · 2019 · p. 415, 4192 fragmentos
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encabezó el expresidente Gaviria; a los negociadores; los ministros, y otros miembros del Gobierno, a que me acompañaran a recibir los resultados en mi residencia privada, en el tercer piso de la Casa de Nariño. Después tenía previsto desplazarme al Hotel Tequendama, donde esperaban cientos de simpatizantes, para…

p. 419
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decían, por ejemplo, que el Reino Unido enviaba 350 millones de libras por semana a la Unión Europea, o que Turquía se uniría a la organización y los iban a obligar a recibir a millones de inmigrantes turcos—. Al día siguiente del Brexit, comenzó el “ regret-xit ”, el arrepentimiento de millones que habían votado por…

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25Una conversación pendienteJuan Manuel Santos, Ingrid Betancourt, Juan Carlos Torres · 2021 · p. 3851 fragmento
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yo escrutaba, por lo menos, el Sí había barrido sobre el No. Yo sentía que ese día estábamos ratificando un sueño, que era el de terminar esa guerra con la guerrilla y empezar a aprender a convivir en paz en medio de todas nuestras diferencias. Por eso, cuando comenzaron a llegar los resultados —que fueron…

p. 385
26Cambiar el futuro. Historia de los procesos de paz en Colombia (1981-2016)Eduardo Pizarro Leongómez · 2017 · p. 320, 3742 fragmentos
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Instituto, el que mayor probabilidades tenía — de acuerdo con 51 variables consideradas— de gestar un posconflicto pacífico y sostenible, es decir, una “paz de calidad” (< quality peace)M S. ¿Cómo explicar, en tonces, este resultado que sorprendió a tirios y a troyanos, tanto a los partidarios del Sí como a los…

p. 374
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por otro, el Partido Conservador fue incapaz de escoger un candidato viable (pues tanto Augusto Ramírez Ocampo como Juan Camilo Restrepo debieron renunciar a sus aspiraciones, debido a su poca acogida en las encuestas), lo cual hizo que el conservatismo se viera obligado a apoyar la candidatura de Uribe. Por ello no…

p. 320
27¿Un nuevo ciclo de la guerra en Colombia?Francisco Gutiérrez Sanín · 2020 · p. 154, 1602 fragmentos
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la ofensiva uribista de colonización y/o arrinconamiento de los medios y de seguimientos de periodistas y opositores). El uribismo ya no se puede proclamar siquiera como la fuerza mayoritaria en el país, menos como una absolutamente hegemónica, un estatus que sí tenía, digamos, en 2006. Aún así, no va a desaparecer…

p. 160
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representa el gobernante? ¿Cómo responderá frente a sus electores? Ahora bien: en algún momento el programa propaz parece haber adquirido claro predominio entre la ciudadanía, justificando así el volantín de Santos. Por ejemplo, cuando en 2018 hicimos en el Observatorio de Tierras un sondeo sobre la opinión que tenían…

p. 154
28Democracia feroz. ¿Por qué la sociedad en Colombia no es capaz de controlar a su clase política?Gustavo Duncan · 2018 · p. 2231 fragmento
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directa a través de las regalías que obtenía la nación por la explotación de sus recursos naturales, de modo que la clase política quedaba a cargo de unos recursos que no eran función del desempeño general de la economía sino de una actividad de enclave. R EELECCIÓN Una de las peores consecuencias de la polarización…

p. 223
29Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 160, 1682 fragmentos
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plataforma de cien puntos, tópicos de campaña electoral de un político profesional: contra la corrupción, el despilfarro del sector público, la ineficiencia administrativa y los rigores sociales que padecen los pobres como efecto de políticas neolibe- rales y por una Colombia sin guerrillas ni paramilitares. La…

p. 168
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de los políticos, incluidos los de la coalición centro-izquierdista del Polo De mocrático que, en la campaña electoral del 2005-2006 ni mencionó el tema que, claro está, descubrió poco después.39 Contra el Caguán En las elecciones del 26 de mayo de 2002 Alvaro Uribe Vélez ganó la presi dencia de Colombia. Había…

p. 160
30Desafíos de la gobernabilidad democrática. Reformas político-institucionales y movimientos sociales en la región andinaMartín Tanaka, Francine Jácome · 2010 · p. 621 fragmento
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del aparente fracaso de la reforma pro- puesta por Andrés Pastrana. Uribe era uno de los precandidatos del Partido Liberal, enfrentándose principalmente a Horacio Serpa Uribe, quien había per- dido en la contienda electoral de 1998, representando el ala más tradicional del partido. Cuando el partido decidió utilizar…

p. 62
31Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · p. 1391 fragmento
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this book—forced Colombians to wonder about the efficacy of total military victory, and once again, they began discussing a negotiated settlement to the conflict. The false positive scandal nagged at the Uribe administration, embarrassed Defense Minister Juan Manuel Santos, and represented the beginning of an…

p. 139
32Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2017 · p. 2591 fragmento
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the nation’s paramilitary forces, the AUC, which resulted in the 2005 “Ley de Justicia y Paz,” whereby the forces disbanded, publicly admitted to crimes, and received reduced sentences for their apparent transparency. The public airing of some of these crimes, massacres in many cases, shocked Colombians, and soon many…

p. 259
33Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · p. 901 fragmento
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Esta conflagración estructural no puede seguir siendo motivo de debate. Exige un consenso sobre los hechos y una verdad que ahora por fin podemos empezar a encontrar. Para cortar el ciclo de las nuevas afrentas necesitamos claridad sobre muchas ya cometidas. Zanjar nuestra polarización y empezar a cerrar por fin su…

p. 90
34No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 559, 5622 fragmentos
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el compromiso de avanzar hacia una confrontación pacífica de ideas. La paz lograba articular a dos partes enfrentadas durante más de 50 años y que ahora reconocían la legitimidad del otro en la confrontación política. El tono reflexivo del evento de Cartagena llegó a su momento cumbre con el final del discurso pronun-…

p. 559
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defendiendo el Acuerdo de Paz y en medio del proceso de renegociación con los voceros del no, se empezaron a barajar diferentes estrategias para refrendar el nuevo Acuerdo. En medio del debate jurídico la opción más viable fue buscar la refrendación vía legislativa. Finalizando el mismo mes de noviembre de 1628…

p. 562
35Convocatoria a la paz grande. Declaración de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No RepeticiónComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 161 fragmento
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desapariciones y los secuestros se contaban por centenas; los desplazamientos, por cientos de miles, y todas las camas del Hospital Militar estaban copadas por heridos de guerra. Lo ganado con el Acuerdo de Paz de noviembre de 2016 es una realidad. Si bien no se dio la transformación participativa regional que se…

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