Sevicia ritual paramilitar y violencia sexual escenificada en masacres (1997–2002)
Entre 1997 y 2002, las Autodefensas Unidas de Colombia desplegaron un repertorio sistemático de mutilaciones, empalamientos, violencia sexual pública y disposición escenificada de cadáveres como tecnología deliberada de dominio territorial. Ese patrón —heredero de la gramática corporal de La Violencia bipartidista— funcionó como lenguaje político de soberanía: producía silencio judicial e impunidad hacia adentro, y terror comunicativo hacia la población civil y las guerrillas hacia afuera.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- 1997–2002
- Dónde
- Montes de María, El Placer (Valle del Guamuez, Putumayo), El Tigre (Valle del Guamuez, Putumayo), Bajo Putumayo, El Salado (El Carmen de Bolívar, Bolívar), Mapiripán (Meta), La Gabarra (Norte de Santander), Chengue (Sucre), Trujillo (Valle del Cauca), Puerto Asís (Putumayo), Puerto López (Meta), Briceño (Antioquia)
- Protagonistas
- Carlos Castaño, Salvatore Mancuso, Gonzalo Rodríguez Gacha, Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), Bloque Sur Putumayo (AUC), Bloque Mineros (AUC), Rafael Antonio Londoño Jaramillo, alias 'Rafa Putumayo', Hébert Veloza García, alias 'HH', FARC-EP, Cruz Roja Colombiana, Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH)
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- Expansión territorial planificada de las AUC desde 1996 para disputar a las FARC-EP el control del Bajo Putumayo y sus rentas cocaleras, en un contexto en que la superficie sembrada de coca en el departamento pasó del 5,87% al 40% del total nacional entre 1991 y 2000.
- Vacío estatal estructural en zonas de colonización amazónica y en regiones periféricas como los Montes de María, que permitió la instalación de contrapoderes armados y convirtió la demostración pública de fuerza en sustituto funcional de la autoridad estatal.
- Herencia de una gramática corporal de larga duración proveniente de La Violencia bipartidista (1946–1958), que codificó un repertorio de mutilaciones con nombres propios —corte de franela, corte de corbata, corte de mica, salpicón— y cuya lógica simbólica fue reactivada e intensificada por el paramilitarismo.
- Familiaridad campesina con el desmembramiento animal (cacería, carnicería rural) que proveyó a los perpetradores de saberes técnicos sobre el cuerpo, sus puntos de corte y el manejo de la sangre, facilitando la ejecución de mutilaciones como práctica normalizada.
- Necesidad organizacional de producir reputación de violencia ilimitada que precediera a las incursiones y generara desplazamiento preventivo, reduciendo la resistencia armada y civil antes del arribo físico del bloque.
- Lógica contrainsurgente vinculada a la guerra contra las drogas, que identificó a la población civil cocalera como base social de las FARC y justificó internamente la violencia extrema contra ella como operación militar legítima.
Consecuencias
- Desplazamiento forzado masivo de comunidades enteras en el Bajo Putumayo, los Montes de María, el Meta y el norte de Santander, producido tanto por las masacres directas como por el terror anticipatorio que la reputación de sevicia generaba antes de cada incursión.
- Destrucción de los rituales comunitarios de duelo: la prohibición paramilitar de velar a los muertos en el Caribe colombiano desarticuló tradiciones funerarias colectivas —como las nueve noches— y fragmentó la cohesión social de las comunidades afectadas.
- Consolidación territorial del paramilitarismo en el Bajo Putumayo y otras regiones estratégicas, con captura de rentas cocaleras y establecimiento de un orden social paralelo en el que los espacios públicos (canchas, parques, centros de pueblo) quedaron resignificados como escenarios de castigo y escarmiento.
- Impunidad estructural favorecida por la fragmentación y la no identificación de los cadáveres: sin cuerpo reconocible no había denuncia, duelo ni expediente judicial, lo que protegió a los perpetradores durante años.
- Daño psicosocial de largo plazo en las comunidades sobrevivientes, documentado por el CNMH y el CNRR-GMH: el terror performativo produjo silencio, autocensura y ruptura de los lazos de confianza comunitaria que persistieron décadas después de los hechos.
- Establecimiento de un precedente jurídico y de memoria histórica a través del proceso de Justicia y Paz (desde 2005), en el que las versiones libres de Mancuso y otros comandantes revelaron el reencuadre interno de la sevicia como 'táctica militar', evidenciando la disociación cognitiva que permitió normalizar las prácticas de crueldad extrema.
- Visibilización tardía —a través del CNMH, el SIVJRNR y la Jurisdicción Especial para la Paz— de la violencia sexual paramilitar como crimen sistemático y autónomo, no como daño colateral, lo que abrió líneas de investigación y reparación específicas para las víctimas mujeres.
La clave interpretativa
Por qué importa
La sevicia ritual paramilitar no fue un exceso de tropa sino una tecnología deliberada de soberanía territorial: el cuerpo mutilado y expuesto funcionó como texto político que comunicaba simultáneamente impunidad hacia adentro y terror hacia afuera, con una eficacia que el despliegue militar convencional no habría alcanzado. Ese patrón demuestra una continuidad de larga duración con las matrices de violencia purificadora de La Violencia bipartidista, lo que obliga a leer el paramilitarismo no como anomalía sino como reactivación e intensificación de gramáticas corporales históricamente sedimentadas en la cultura política colombiana. Entender la crueldad como lenguaje —y no como irracionalidad— es condición necesaria para comprender por qué el dominio paramilitar fue tan eficaz, por qué dejó heridas tan profundas en el tejido comunitario y por qué su superación exige algo más que verdad jurídica: exige la reconstrucción de los rituales de duelo y de los vínculos de confianza que la escenificación del terror destruyó.
Desarrollo histórico
La historia completa
Sevicia ritual paramilitar y violencia sexual escenificada en masacres (1997-2002)
Entre 1997 y 2002, en el arco de expansión nacional de las Autodefensas Unidas de Colombia, la crueldad dejó de ser accidente y se volvió método. Los cuerpos degollados y expuestos en las canchas de los pueblos, las mujeres empaladas tras un combate, la orden de no velar a los muertos, los bailes forzados en fincas de comandantes: no fueron desbordes de tropa indisciplinada, sino un repertorio con lógica interna, aplicado con constancia desde El Tigre hasta El Salado, desde Mapiripán hasta Chengue. Esa sevicia funcionó como una gramática política —herencia densa de La Violencia bipartidista y del mundo campesino de la carnicería— que los paramilitares intensificaron y pusieron al servicio de una soberanía territorial construida a golpe de terror. Este artículo reconstruye ese patrón: su lugar en la disputa por el Putumayo cocalero, sus técnicas, sus escenarios y su función comunicativa, con El Placer, El Tigre y El Salado como casos ancla.
El escenario: Putumayo, coca y disputa territorial
La expansión paramilitar hacia el sur no fue un movimiento errático. Respondió a un plan definido desde 1996 por la comandancia de las AUC —Carlos Castaño Gil y Salvatore Mancuso a la cabeza— para contrarrestar a las FARC-EP en dos vectores principales: el norte del Valle y el suroccidente amazónico, con el Bajo Putumayo como eje. En 1997 comenzaron las incursiones. El objetivo era doble: disputar el control de la retaguardia guerrillera y, sobre todo, capturar las rentas del cultivo que había transformado el departamento.
Entre 1991 y 2000, la superficie sembrada de coca en Putumayo pasó de representar el 5,87% del total nacional a más del 40%. En menos de una década, el departamento se convirtió en el principal escenario de la economía cocalera colombiana. La bonanza había atraído oleadas migratorias, había levantado caseríos donde antes no había caminos y había consolidado un territorio en el que el Estado llegaba tarde o no llegaba. La Comisión de Superación de la Violencia advirtió en 1992 que ese vacío estatal y la colonización amazónica sin control eran las condiciones estructurales para que se instalaran contrapoderes armados.
Tras la muerte de Gonzalo Rodríguez Gacha, entre 1991 y 1997 las FARC-EP se consolidaron como el único actor armado con presencia continua en la región, funcionando como una suerte de sindicato armado de los cocaleros: fijaban precios, mediaban conflictos, cobraban gramaje. Cuando las AUC llegaron al Bajo Putumayo, encontraron una economía madura y una población que llevaba una década conviviendo con la guerrilla. Imponer soberanía sobre ese territorio exigía algo más que un despliegue militar: exigía romper vínculos, marcar cuerpos, redefinir quién decidía sobre la vida y la muerte. El Bloque Sur Putumayo, comandado bajo la órbita de Rafael Antonio Londoño Jaramillo, alias Rafa Putumayo, incorporó esa exigencia como estrategia explícita. Para 1999, la ejecución de masacres era parte del método.
El Tigre, El Placer, El Salado: la instalación del terror
La masacre de El Tigre, en el municipio de Valle del Guamuez, marcó el ingreso violento del Bloque Sur Putumayo al corregimiento. Las FARC habían advertido a los pobladores sobre la inminencia de la incursión —los paramilitares habían llegado primero a Puerto Asís— y habían dado instrucciones que, vistas desde hoy, resultan grotescas por su desproporción: no dar trabajo a desconocidos, resistir con palos y machetes. Cuando los paramilitares entraron, los guerrilleros huyeron. La población quedó sola frente al bloque.
El 7 de noviembre de 1999, el Bloque Sur Putumayo entró a El Placer, una inspección del mismo Valle del Guamuez levantada al calor de la coca. Once personas fueron asesinadas esa noche. Los pobladores y la Cruz Roja Colombiana trasladaron los cuerpos a la cancha deportiva del pueblo, y allí se congregó la comunidad alrededor de sus muertos. La cancha —ese rectángulo de tierra donde antes se jugaba fútbol los domingos— quedó marcada para siempre como el lugar donde los cadáveres fueron acumulados y contados. En los años siguientes, mientras el bloque consolidó su dominio sobre la zona, el centro de El Placer se convirtió en escenario recurrente de torturas y escarmientos públicos. La gente aprendió a mirar hacia otro lado al pasar por el parque.
Tres meses después, en el otro extremo del país, ocurrió El Salado. Entre el 18 y el 20 de febrero de 2000, un contingente numeroso de paramilitares de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá —comandadas por los hermanos Castaño y con Mancuso al frente en la costa— ocupó el corregimiento del municipio de El Carmen de Bolívar, en los Montes de María. Durante tres días torturaron y ejecutaron a cerca de 46 personas. Al menos treinta fueron degolladas. Otras fueron golpeadas hasta la muerte o ejecutadas con arma de fuego. Al menos siete de las víctimas eran mujeres. Hubo violencia sexual: a una joven de dieciocho años, embarazada, le introdujeron un palo por los genitales. Sobre las violaciones de las víctimas mortales existen versiones distintas, pero el patrón —violación colectiva, mutilación genital, empalamiento— quedó documentado.
El Salado se inscribe en una secuencia que incluyó Mapiripán en julio de 1997 —cuando la Casa Castaño extendió su brazo hasta el Meta en coordinación con estructuras regionales—, La Gabarra en Norte de Santander, Chengue en Sucre. En los Montes de María, el 80% de las masacres paramilitares se ejecutaron con listas previas de objetivos y con guías locales que señalaban puerta por puerta a los supuestos colaboradores de la guerrilla. Muchas muertes se produjeron con machetes o con objetos contundentes que prolongaban el sufrimiento. El carácter planificado del acto es incontestable; lo que exige análisis es por qué la planificación incluía el suplicio y la escenografía.
Los cortes: gramática heredada de La Violencia
La sevicia paramilitar de los noventa no salió de la nada. Colombia tenía ya, desde mediados del siglo XX, un repertorio codificado de mutilaciones con nombres propios: corte de franela, corte de corbata, corte de mica, corte francés, corte de oreja, salpicón. Durante La Violencia bipartidista, entre 1946 y 1958, esas técnicas circularon entre guerrillas liberales y "pájaros" conservadores como formas reconocibles de matar y marcar. El corte de franela —una herida profunda en la parte anterior del cuello— fue documentado por Germán Guzmán Campos como invención guerrillera liberal, practicada especialmente en el Tolima. En Rovira, la expresión "picar para tamal" designó el descuartizamiento extremo aplicado incluso a niños.
María Victoria Uribe leyó ese repertorio como un sistema simbólico. Sus trabajos mostraron que las mutilaciones no eran atrocidad ciega, sino actos con carga significante: cortar la cabeza y reubicarla sobre el cuerpo mutilado representaba el cercenamiento del pensamiento del adversario político; castrar y colocar los testículos en la boca buscaba acallar su palabra. La lógica del rito, dijo Uribe, era "matar, rematar y contramatar" —una escalada en la que el cadáver seguía siendo intervenido después de la muerte para producir un signo. Elsa Blair Trujillo profundizó esa lectura al analizar cómo la mutilación funcionaba también como reivindicación: las partes arrancadas eran la firma del grupo, la descarga de un odio que necesitaba dejarse escrito sobre la carne.
Ese lenguaje no se extinguió con la caída del Frente Nacional. Pasó, transformado y reintensificado, al conflicto armado contemporáneo. Cuando en los años noventa el "corte de mica" volvió a nombrar descuartizamientos y cercenamientos, o cuando la fragmentación del cadáver se convirtió en marca del paramilitarismo, lo que ocurría era la reactivación de una gramática de larga duración. Los perpetradores no la inventaron: la heredaron. Y buena parte de ese saber tenía raíces campesinas concretas. Las técnicas de desmembramiento estaban emparentadas con el mundo de la cacería y la carnicería rural: la familiaridad con la carne animal, las vísceras, la sangre, los puntos de corte. Los hombres que empuñaban los machetes en las madrugadas de El Salado y El Tigre traían en el cuerpo un saber que precedía al conflicto y que la organización armada instrumentalizó.
El paramilitarismo añadió a esa herencia sus propios acentos: mayor sistematización, escala organizacional y la incorporación de nuevas herramientas y coreografías. Pero la matriz simbólica —cuerpo intervenido como texto, mutilación como firma, reubicación de partes como frase— es reconocible en los cortes de los cuarenta tanto como en los degollamientos de los noventa.
El cuerpo como texto: doble función del cadáver mutilado
En los hechos de Trujillo (Valle), entre 1990 y 1992, 45 despojos mortales fueron recuperados del río Cauca con signos de tortura y sevicia: decapitación, mutilación de extremidades, evisceración, degollamiento. La mayoría no pudo ser identificada. Esa cifra condensa el doble efecto que cumplía el cadáver fragmentado en el repertorio paramilitar. Por un lado, la imposibilidad de reconocer a la víctima favorecía la impunidad del victimario: sin cuerpo identificable no había denuncia, no había duelo, no había expediente. Por otro, la fragmentación misma emitía un mensaje. El cadáver expuesto —o vertido al río, o dejado a la orilla del camino— hablaba a la comunidad y a las guerrillas sobre los alcances ilimitados de la violencia del grupo que lo había producido.
Esa doble función explica por qué la sevicia no era gratuita ni contradictoria con la eficacia militar. El cuerpo mutilado producía silencio judicial y ruido comunicativo al mismo tiempo. Los paramilitares construyeron con él una reputación de violencia que precedía a la incursión y que, muchas veces, hacía el desplazamiento antes de que llegara el bloque. Antes de que el Bloque Sur Putumayo llegara a un caserío del Guamuez, los rumores del degollamiento de El Tigre ya circulaban por los caminos veredales; antes de que las ACCU entraran a otro corregimiento de los Montes de María, la memoria de El Salado ya había hecho parte del trabajo.
Ese mecanismo puede caracterizarse como teatralización de la violencia. La masacre —con la disposición de los cuerpos, las huellas de sevicia, la elección del lugar de exposición— llevaba un mensaje aleccionador doble: advertía a la población civil sobre el costo de colaborar con la guerrilla y le señalaba a las guerrillas el tipo de guerra que los paramilitares estaban dispuestos a librar. Era, en términos de teoría política, una demostración pública de soberanía. Giorgio Agamben definió la soberanía como la esfera en que "se puede matar sin cometer homicidio y sin celebrar sacrificio". Esa fórmula abstracta encontró en el paramilitarismo colombiano una traducción brutalmente literal, expresada por uno de sus propios integrantes en una diligencia judicial: "los derechos humanos éramos nosotros", dijo un exparamilitar al reconstruir la lógica interna de su bloque. La frase, lejos de ser boutade, condensa el núcleo del asunto: eran ellos quienes decidían si había o no derechos humanos, quiénes los tenían y quiénes no, quién era matable y quién no.
Ahora bien, esa lectura de la sevicia como lenguaje no coincide con la que ofrecieron los propios mandos cuando se les puso ante los hechos. En las versiones libres del proceso de Justicia y Paz, ni Mancuso ni el comandante conocido como El Tigre denominaron lo sucedido en El Salado una masacre. Hablaron de "combate" y de "operación militar". Al degollamiento no lo describieron como sevicia sino como táctica: matar sin ruido para no alertar al enemigo. Eficiencia, no crueldad. Ese reencuadre no debe leerse solo como estrategia jurídica: revela una operación mental interna al paramilitarismo por la cual las prácticas de crueldad extrema podían ser normalizadas como método operativo. La gramática funcionaba, entonces, en dos niveles: hacia afuera producía terror y mensaje; hacia adentro se enmascaraba como técnica militar. Esa disociación es parte constitutiva del fenómeno.
La violencia sexual escenificada como eje autónomo
Dentro del repertorio paramilitar, la violencia sexual constituyó un eje diferenciado, con lógica propia, dirigido específicamente a los cuerpos de las mujeres como territorio de demostración de poder. Los casos documentados no se dejan reducir a incidentes de tropa: componen una tipología reconocible, con destinatarias distintas y mensajes distintos según el escenario.
Un primer registro es el de la violación como acto público en el interior mismo de la masacre. En El Salado, algunas mujeres sobrevivientes fueron obligadas a comer cactus antes de ser violadas por el grupo paramilitar; el empalamiento de la joven embarazada se produjo delante de la comunidad reunida. La escena no buscaba solo destruir a la víctima: buscaba producir un testigo colectivo, marcar a un pueblo entero con la imagen de lo que el bloque era capaz de hacer con el cuerpo de una mujer.
Un segundo registro es el de la violencia sexual dirigida contra combatientes o mujeres percibidas como enemigas. En 2005, tras un enfrentamiento en las afueras de El Placer, paramilitares del Bloque Sur Putumayo capturaron a dos mujeres combatientes de las FARC; una de ellas fue empalada. El acto —dirigido contra una combatiente enemiga, ejecutado en las afueras del pueblo, con la certeza de que la noticia circularía— sintetiza la doble destinataria de este tipo de violencia: la guerrilla, cuyo pie de fuerza femenino era simbólicamente ultrajado, y la comunidad civil, que recibía la advertencia sobre lo que podía ocurrirle a cualquier mujer asociada con el adversario.
Un tercer registro es el de la violación como práctica ritualizada dentro de la vida cotidiana de los mandos. En Antioquia, el Bloque Mineros sostuvo esas prácticas en fincas de comandantes conocidos como Cuco, Puma, Navarrete y Picapiedra: mujeres de la región eran obligadas a realizar bailes, striptease y desnudos forzados, y las hacían correr desnudas para perseguirlas y violarlas. En Briceño, integrantes del mismo bloque pagaban entre 2.500.000 y 3.000.000 de pesos para acceder sexualmente a niñas menores de edad vírgenes, en una lógica donde la posibilidad económica de comprar cuerpos era en sí misma marca de estatus dentro de la organización.
Un cuarto registro es el del castigo sistemático a mujeres estigmatizadas por su oficio, su lugar de residencia o su historia personal. En Puerto López (Meta), entre 2003 y 2004, mujeres en situación de prostitución fueron sometidas a violaciones, rapado de cabeza —las llamadas "calveadas"— y lesiones con ácido en los genitales que les destruyeron el aparato reproductor; algunas fueron asesinadas. En el sur del Meta, durante la consolidación paramilitar, una mujer conocida como Blanca fue sometida a acoso permanente y a múltiples violaciones por parte de un integrante conocido como alias Ariel: sufrió un aborto involuntario y varios desplazamientos forzados. Vivir donde la guerrilla mandaba bastaba para que el cuerpo de una mujer quedara marcado como cuerpo enemigo.
Los cuatro registros comparten un mismo suelo: la violencia sexual paramilitar operó de forma deliberada y sistemática como instrumento de terror, castigo y desplazamiento. Contra el adversario armado emitía un mensaje de humillación dirigido tanto a las combatientes como a los hombres del bloque contrario. Contra la población civil, servía para atemorizar, expulsar y castigar la sospecha de vínculo con la guerrilla. Su grado exacto de planificación centralizada varía entre regiones y bloques, pero su carácter instrumental es incuestionable. En el mismo período, las AUC construyeron además redes de prostitución forzada, trata de personas y esclavitud sexual, en ocasiones con la tolerancia o colaboración de agentes de la Policía Nacional, particularmente en Medellín.
El espacio público como teatro
La sevicia paramilitar no ocurrió en lugares cualesquiera. Se apoderó del espacio público del pueblo —la cancha, la plaza, el parque, el atrio— y lo convirtió en escenario. La cancha deportiva de El Placer, adonde fueron trasladados los once cuerpos del 7 de noviembre de 1999, funciona como emblema de esa apropiación. Durante los años de dominio del Bloque Sur Putumayo, el centro del pueblo fue sinónimo de tortura y escarmiento público. Los pobladores aprendieron a leer el mapa del terror en la geometría familiar de su propio caserío.
En Morales (Bolívar), una mujer acusada de infidelidad fue obligada a dar vueltas en el parque como castigo ejemplarizante ante la comunidad, mientras al hombre involucrado no se le aplicó sanción alguna. En el Pacífico nariñense, en Llorente, los cuerpos de las víctimas eran dejados con letreros que decían "prohibido recoger" o "por sapo". En Buenaventura, a comienzos de los años dos mil, las llamadas casas de pique fueron instaladas en medio de barrios habitados: los gritos de las víctimas se filtraban por las ventanas de las casas vecinas, convirtiendo a los residentes en testigos indirectos de una tortura que los sitiaba sin tocarlos.
La ocupación del espacio público cumplía la misma función que la mutilación del cuerpo: producía signos legibles para todos. La plaza del pueblo dejó de ser el lugar del mercado y del baile para volverse el lugar donde se exhibía la soberanía del bloque. La lógica era coherente con la teatralización general de la masacre: si el cadáver era un texto, el pueblo era el libro.
Esa lógica alcanzó su forma más destructiva en la prohibición del duelo. En comunidades del Canal del Dique, en Bolívar y en Sucre, las AUC prohibieron explícitamente los velorios y ritos fúnebres de las víctimas de sus asesinatos. La prohibición era discriminatoria: los muertos por causas ajenas al conflicto podían ser velados con restricciones, pero quienes habían caído bajo el bloque no podían recibir velorio. En regiones del Caribe con fuertes tradiciones afrocolombianas de duelo colectivo —las nueve noches, los rezos comunitarios, el acompañamiento nocturno— esa prohibición demolía prácticas centrales de cohesión social. Los paramilitares conocían con precisión los espacios de sociabilidad cultural —plazas, cruces de mayo, sitios de baile— e intervinieron sobre ellos, prohibiéndolos o restringiéndolos. La destrucción del tejido ritual continuaba el acto violento por otros medios.
Causas: por qué esa forma, en ese tiempo
La sevicia paramilitar entre 1997 y 2002 fue el punto de encuentro de varias fuerzas que conviene distinguir. En el nivel estructural, tres factores confluyeron. Primero, la expansión territorial acelerada de las AUC bajo el mando de la Casa Castaño, que requería imponer soberanía sobre zonas de larga presencia guerrillera en plazos cortos y sin ejército regular. La violencia extrema fue el atajo. Segundo, la disputa por las rentas del narcotráfico, particularmente en el Bajo Putumayo y el norte del Valle, que hizo del control territorial una cuestión económica de alto valor. Tercero, el vacío estatal en las zonas de expansión, que dejó a las poblaciones sin ninguna instancia de protección y a los paramilitares sin freno institucional. Esta última condición explica por qué la sevicia pudo escenificarse en público: no había autoridad ante la cual esconderla.
En el nivel cultural, operó la herencia de La Violencia. El repertorio de cortes, la lógica de "matar, rematar y contramatar", la familiaridad campesina con la carnicería y la cacería, la memoria de las prácticas de castigo corporal transmitidas oralmente durante décadas: todo ese capital simbólico estaba disponible cuando las AUC comenzaron a reclutar hombres de origen rural en los años noventa. La llegada de la Casa Castaño a los Llanos Orientales, entre 1996 y 1999, se caracterizó por un aumento tanto del número de asesinados como del grado de brutalidad en las formas de matar. Ese salto cualitativo indica que la organización asumió y potenció el repertorio heredado, incorporándolo como método.
En el nivel del detonante, la ofensiva estratégica definida en 1996 y ejecutada desde 1997 —con la incursión al Putumayo, el ingreso a los Montes de María, la extensión al Catatumbo— exigió técnicas de imposición rápida. La sevicia escenificada resolvió ese problema: producía terror en escala y a distancia. Un pueblo masacrado desplazaba a diez pueblos vecinos.
Estas tres capas —estructural, cultural, coyuntural— son inseparables. Reducir el fenómeno a una sola es empobrecerlo. La sevicia paramilitar no se explica solo por la economía política de la coca, ni solo por la herencia de La Violencia, ni solo por la estrategia militar del expansionismo AUC. Fue las tres cosas trenzadas en un momento histórico específico.
Consecuencias: la marca duradera
Las consecuencias inmediatas están en las cifras: miles de personas asesinadas, cientos de miles desplazadas, comunidades enteras vaciadas. El Salado quedó despoblado durante años tras febrero de 2000. El Placer vivió bajo dominio paramilitar la mayor parte de la década siguiente. En las regiones más golpeadas —Montes de María, Bajo Putumayo, Catatumbo, Urabá, Oriente Antioqueño— la geografía humana quedó reescrita: veredas borradas del mapa, familias fragmentadas, tierras abandonadas que después alimentaron los procesos de acumulación de propiedad rural que investigó posteriormente la jurisdicción de Justicia y Paz.
Las consecuencias de largo plazo son más difíciles de nombrar pero igual de reales. La destrucción del tejido ritual —velorios prohibidos, nueve noches interrumpidas, plazas resignificadas como lugares del miedo— dejó comunidades sin los mecanismos culturales para procesar el duelo. La violencia sexual escenificada produjo daños que trascienden a las víctimas directas: hijas nacidas de violación, mujeres con daños ginecológicos permanentes, familias enteras marcadas por el silencio. La normalización de la sevicia como método —el hecho de que Mancuso pudiera llamar "combate" al degollamiento— se filtró en la cultura pública colombiana como una capacidad renovada de convivir con el horror.
Hay también una consecuencia política. La eficacia territorial de la crueldad como comunicación mostró que el terror escenificado funcionaba: producía desplazamiento, capturaba rentas, imponía soberanía. Esa lección quedó archivada. Cuando en los años posteriores emergieron nuevas estructuras armadas —grupos posdesmovilización, disidencias, bandas criminales—, el repertorio no tuvo que ser reinventado. Estaba ahí, accesible, con sus técnicas y sus escenografías. La continuidad —de los cortes de los años cuarenta a los degollamientos de El Salado, y de ahí a las casas de pique de Buenaventura— es una de las herencias más pesadas que carga el país. Las once personas de El Placer, las cuarenta y seis de El Salado, la joven embarazada empalada, las mujeres del Bloque Mineros, las combatientes capturadas en 2005: no son casos sueltos de brutalidad, sino nombres precisos de una misma gramática. Reconocerla como estructura, y no como anomalía, es la condición para no repetirla.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01La masacre de El Tigre. Un silencio que encontró su vozGonzalo Sánchez G., Martha Nubia Bello Albarracín, Andrés Cancimance López · 2011 · p. 30, 342 citas
[1]acciones del paramilitarismo en contra de la subversión, lo cual aumentó la violencia en la región. De hecho “la caracterización realizada por los militares de los grupos guerrilleros como narcotraficantes – narco-guerrilla –, en lugar de grupos armados con motivaciones políticas, no sólo legitima la violencia y el…p. 30
[2]Visitada 6 de octubre de 2009. 4:00 p.m. 34 La masacre de El Tigre, Putumayo de Alzate” con sede en Mocoa y Batallón Plan Especial Energético Vial No.11 “Capitán Oscar Giraldo Restrepo” con sede en Puerto Asís 37. Y la Brigada Móvil No. 13 está conformada por los Batallones de Contraguerrillas Números 87, 88, 89 y 90…p. 34
02El Placer: Mujeres, coca y guerra en el Bajo PutumayoMaría Clemencia Ramírez, María Luisa Moreno R., Camila Medina A. · 2012 · p. 101, 1294 citas
[3]los paramilitares, tal como lo recuerda una mujer: “[Los guerrilleros] dijeron que iban a venir los paramilitares, que primero llegaron a Puerto Asís [...] que iban a venir a El Pla- cer, a La Dorada, a El Tigre. La guerrilla dio una información que no den trabajo a personas desconocidas”. 94 93 Taller de memoria con…p. 101
[4]los paramilitares, tal como lo recuerda una mujer: “[Los guerrilleros] dijeron que iban a venir los paramilitares, que primero llegaron a Puerto Asís [...] que iban a venir a El Pla- cer, a La Dorada, a El Tigre. La guerrilla dio una información que no den trabajo a personas desconocidas”. 94 93 Taller de memoria con…p. 101
[5]de la comunidad. La cancha deportiva y el centro del pueblo son otros de los espacios públicos marcados por el accionar paramilitar. El prime- ro es recordado por ser el lugar a donde fueron trasladadas las once víctimas de la masacre del 7 de noviembre de 1999. Ese día, una vez los armados abandonaron El Placer,…p. 129
[6]de la comunidad. La cancha deportiva y el centro del pueblo son otros de los espacios públicos marcados por el accionar paramilitar. El prime- ro es recordado por ser el lugar a donde fueron trasladadas las once víctimas de la masacre del 7 de noviembre de 1999. Ese día, una vez los armados abandonaron El Placer,…p. 129
03Violencia Sexual, Conflicto Armado y Justicia en ColombiaClaudia Cecilia Ramírez Cardona (coord.); Andrea González Rojas; Constanza Clavijo Velasco; Carmen Alicia Mestizo Castillo; Belén Pérez González · 2007 · p. 1151 cita
[7]E L S A L A D O "Durante los d ía s 18, 19 y 20 de febrero del 2000 un num eroso grupo de paramilitares 40 pertenecientes a las Autodefensas C am pesinas de Córdoba y Urabá (A C C U) incursionaron al corregimiento de "El Salado" donde torturaron y ejecutaron aproximadamente a 46 cam pesinos. P o r lo m enos 30…p. 115
04Hasta la guerra tiene límites. Violaciones de los derechos humanos, infracciones al derecho internacional humanitario y responsabilidades colectivasComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 731 cita
[8]decían: “Esta es la cabeza de mi papá, esto es…”, porque eran desmembrados todos, totalmente desmembrados, entonces así mismo reclamaban» 82. Las mutilaciones del cuerpo del adversario político fueron la regla. Las prácticas fueron tan extendidas y frecuentes que en Colombia se les pusieron nombres, como «corte de…p. 73
05Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 3921 cita
[9]a los cuerpos masacrados constituye todo un inventario de cortes y técnicas de manipulación, provenientes del mundo de la cacería. La carnicería familiarizaba a los campesinos con la carne de los animales, con sus partes vulnerables, las vísceras y el olor de la sangre. Existía una gran cercanía entre los animales…p. 392
06La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · p. 2301 cita
[10]nando, región de El Líbano (Tolima) la estadística obituaria re- gistra un alto porcentaje femenino. "Al enemigo hay que darle donde más le duela", responden los ya degenerados cuando al- guien les expone la necesidad de retornar a la vida civil, a Dios, por los caminos de rehabilitación. "¿Y qué es lo que más le…p. 230
07When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames D. Henderson · 1985 · p. 3293 citas
[11]Delgado} "EI delito sexual y la violencia/' Revista de las Fuerzas Armadas, I (August 1960)} 609-13. Some violentos liked to force their victims to eat parts of their bodies before killing them. GeIman Guzman} La violencia, I} pp. 226-29} discusses various "cuts" perfoImed upon corpses by the violentos. They were…p. 329
[12]Delgado} "EI delito sexual y la violencia/' Revista de las Fuerzas Armadas, I (August 1960)} 609-13. Some violentos liked to force their victims to eat parts of their bodies before killing them. GeIman Guzman} La violencia, I} pp. 226-29} discusses various "cuts" perfoImed upon corpses by the violentos. They were…p. 329
[13]Delgado} "EI delito sexual y la violencia/' Revista de las Fuerzas Armadas, I (August 1960)} 609-13. Some violentos liked to force their victims to eat parts of their bodies before killing them. GeIman Guzman} La violencia, I} pp. 226-29} discusses various "cuts" perfoImed upon corpses by the violentos. They were…p. 329
08Trujillo: Una tragedia que no cesaGrupo de Memoria Histórica; Álvaro Camacho Guizado (relator); Gonzalo Sánchez G. (coordinador) · 2008 · p. 811 cita
[14]cuyos cadáveres aún no han sido recuperados. El cadáver mutilado o fragmentado condensa las intenciona- lidades del victimario que van desde la impunidad hasta la pro- ducción de terror. Un cuerpo mutilado o descuartizado impide la identificación de la víctima, y de esa forma cumple con la exi- gencia del victimario…p. 81
09Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander. Tomo II. Bloque Central Bolívar: violencia pública y resistencias no violentasAlberto Santos Peñuela (coordinador del informe y correlator), Luis Miguel Buitrago Roa, Juan Guillermo Jaramillo Acuña, Nicolás Otero González, Rodrigo Torrejano Jiménez · 2021 · p. 74, 2012 citas
[15]población fue usada como dispositivo aleccionador; al respecto el CNMH (2013) describe: En su función de teatralización de la violencia (la masacre), lleva —desde la perspectiva del perpetrador— un mensaje aleccionador para la población. Con la disposición espacial de los cuerpos de las víctimas y las huellas de…p. 74
[28]se les prohibía las peleas callejeras, se les prohibía el cacho de las mujeres, el hombre no se castigaba, la mujer le pegaba cachos a un hombre, esa se castigaba (…) El chisme por- que eso daba para una mala convivencia en la región, uno trataba de que la población estuviera bien, de que se llevara el uno con el…p. 201
10Granada: Memorias de guerra, resistencia y reconstrucciónMarta Inés Villa Martínez, Laura Cartagena Benítez, Fernando Valencia Rivera · 2016 · p. 1821 cita
[16]ver en- 183 3 Granada entera se manchó de sangre Modalidades de violencia y tipologías de victimización tonces no solo con la magnitud de la masacre sino con la manera como las personas fueron asesinadas: Mi dibujo es este, eso fue cuando la primera toma de las autodefensas en Granada, muy triste, yo venía de la…p. 182
11La masacre de El Salado: esa guerra no era nuestraGrupo de Memoria Histórica, Gonzalo Sánchez G. (Coordinador), Andrés Fernando Suárez (Relator) · 2009 · p. 125, 1752 citas
[17]La memoria de los hechos El énfasis en los combates Los paramilitares nunca han nombrado lo sucedido en El Salado como una masacre sino como un «combate» y luego como una «operación militar». Ese es el primer paso del enmascaramiento de los hechos con base en el silencio: los «pocos» hechos que se reconocen se…p. 175
[24]sobre violencia sexual contra las mujeres en el marco del conflicto armado, titulado «Colombia. Cuerpos marcados, crímenes silenciados». El primer párrafo del informe es un fragmento de un testimonio sobre los episodios de violencia sexual en la masacre de El Salado. A una chica de 18 años con embarazo le metieron un…p. 125
12Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Valle y norte del CaucaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 941 cita
[18]en bancos, en emisoras, en una universidad, en droguerías, en laboratorios, en fin, eran unos empresarios que tenían un pie en la legalidad y otro en la ilegalidad. […] Esta gente del norte cree más en que el prestigio y el nombre es producto del dinero […], lo que interesa es cuánto tiene y qué puede comprar. [...]…p. 94
13No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 379, 3962 citas
[19]por parte de Salvatore Mancuso estuvo motivada por una disputa política no con la insurgencia, sino con el líder liberal más importante de la región. Los paramilitares no mataron solo a quienes consideraban de izquierda, sino a los rivales de sus aliados políticos. Las masacres fueron el modus operandi en la región.…p. 379
[37]ilegalmente, torturadas, asesinadas y desaparecidas, 2 de ellas miembros del sindicato Sintragritol. El hecho causó el desplazamiento de 44 familias, aproximadamente 220 personas de las 251 que habitaban Cajamarca para 1999 1156. 1155 Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), De los grupos precursores al Bloque…p. 396
14La guerra inscrita en el cuerpo. Informe nacional de violencia sexual en el conflicto armadoCentro Nacional de Memoria Histórica, Rocío Martínez Montoya · 2017 · p. 67, 902 citas
[20]la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, CNRR - Gru- po de Memoria Histórica, sobre El Placer, en el Bajo Putumayo (2012 a), las relatoras describen cómo los paramilitares del Bloque Sur Putumayo ejercieron la violencia sexual contra mujeres com- batientes de las FARC a partir de prácticas como la…p. 90
[23]se usó para enviar un mensaje a la población en general sobre la posibi- lidad de ser las víctimas potenciales de los mismos hechos. La vio- lencia sexual se constituyó en parte de la estrategia para desplazar, atemorizar y castigar a la población que fue asociada a la guerrilla por estar en territorio de dominio…p. 67
15Sujetos victimizados y daños causados: Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoLina Rondón Daza, Liliana Cortés Gamba · 2018 · p. 691 cita
[21]la humanidad para que estos sobrevivan a la guerra. 2.5. Las tácticas violatorias cumplieron el propósito de desestructuración del tejido social Los textos ofrecen distintos repertorios de violencia utilizados por los grupos armados, con una intencionalidad traumática es- pecífica 24, y evidencian el carácter…p. 69
16La Verdad de las Mujeres. Víctimas del conflicto armado en Colombia. Tomo IRuta Pacífica de las Mujeres · 2013 · p. 3711 cita
[22]violencia sexual contra las mujeres no sé qué personas, como cuatro o cinco personas pasando sobre mi cuerpo… San Miguel, Putumayo, 2001, P.773.. Él hacía eso. Me reventaba… me marcaba. Tengo las piernas marcadas, me reventaba… Mejor dicho hasta la cabeza me la rajó… Me violaba… San Blas, Bolívar, 2005, P.786. Si bien…p. 371
17El Bloque Mineros de las AUC. Violencia contrainsurgente, economías criminales y depredación sexualJuan Esteban Jaramillo Giraldo, José Manuel Hernández, Dairo Correa Gutiérrez · 2022 · p. 339, 3452 citas
[25]que son cometidos, precisamente, por dicha condición, conllevando la negación de su dignidad, la violación de sus derechos humanos y manifes- tándose de manera palmaria una discriminación hacia el sexo femenino. Las mujeres de la región en la cual se asentaba el Bloque Mineros, también eran obligadas a realizar bailes…p. 339
[26]Briceño, pagar altas sumas de di- nero para acceder sexualmente a niñas menores de edad, que además fueran vírgenes. Los montos de dinero que ofrecían oscilaban entre los $2.500.000 y los $3.000.000 (CNMH, MNJCV, 2016, 23 y 25 de noviembre). Para las participantes, estas prácticas lo único que buscaban era demostrar…p. 345
18Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 921 cita
[27]marihuanero que lo mataba donde lo encontrara» 242. Silvia, anterior mente mencionada, quien fue testigo de muchos casos de violencia paramilitar, durante los años 2003 y 2004, contra mujeres en situación de prostitución en Puerto López (Meta), le contó a la Comisión que «a ellas se las llevaban y aparecían a los…p. 92
19Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 4511 cita
[29]lo encontraban a uno enterrando a quién y eso ya era un problema. Así se fueron perdiendo las siete pisadas y el velorio, que ya no hacías porque podía haber enfrentamientos. Venían a ver el velorio y se metía la fuerza pública. Ellos no compartían el tema del velorio» 1136. Esto lo confirma el testimonio de un líder…p. 451
20Mujeres y guerra. Víctimas y resistentes en el Caribe colombianoGrupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación · 2011 · p. 1341 cita
[30]su conjunto quedaba en silencio. Por otro lado, se logró documentar que los paramilitares die- ron un tratamiento diferenciado a los familiares de los muertos. Los familiares de personas fallecidas por causas ajenas al conflic- to armado podían realizar velorios con las restricciones arriba anotadas, mientras que las…p. 134
21Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. PacíficoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1421 cita
[31]dependiendo del estado en el que estaba, reco- gerlo y entregarlo al cementerio municipal. O, dependiendo, si estaba muy malito, enterrarlo, colocarle su cruz, rezarle. A nosotros nos pasó totalmente diferente. Era ver la gente asesinada, descuartizada, con el letrero: “prohibido recoger”, “por sapo”. Y los chorizos…p. 142
22More Terrible Than Death: Drugs, Violence, and America's War in ColombiaRobin Kirk · 2003 · p. 531 cita
[32]so too were simmering land disputes, municipal rivalries, indiscretions, ambitions, and affairs of the heart and gonads. Most of the killers were town men or of peasant stock, immersed in a world little different from that of their parents, grandparents, or even great-grandparents. So were the victims. The people who…p. 53
23Presencia de las mujeres en la violencia del Tolima 1948 - 1964. Casos en los municipios de Chaparral, Planadas y RoviraMyriam Moreno Patiño · 2019 · p. 1231 cita
[33]las ciudades y el desplazamiento de campesinos a otras zonas de su misma filiación partidista, hasta llegar a homogeneizar políticamente a veredas y regiones. (Sánchez y colaboradores 1984 p. 38). En esta Violencia clásica del 1950, la mayor parte de los enfrentamientos se llevaron a cabo entre la población civil y…p. 123
24Género y memoria histórica. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoLina María Céspedes-Báez · 2018 · p. 521 cita
[34]qui- sieran trabajar (CNMH, 2012, páginas 88-89). La violación y la violencia intrafamiliar contra la mujer eran fuertemente castigadas y la fidelidad de las parejas era promo- vida con la regulación y el sometimiento al escarnio público, en caso de transgresión. En los testimonios recogidos por el CNMH, se advierte…p. 52
25El derecho a la justicia como garantía de no repetición. Volumen 2. Las víctimas y las antesalas de la justicia. Conclusiones y RecomendacionesCentro Nacional de Memoria Histórica · 2016 · p. 389, 4114 citas
[35]pro- ceso de desmovilización de organizaciones paramilitares. Estos últimos fueron acusados de cometer actos de violencia sexual y de crear redes de prostitución, de trata de personas y de esclavitud sexual, en algunas ocasiones con la tolerancia e incluso colabora- ción de algunos miembros de la Policía Nacional,…p. 411
[36]pro- ceso de desmovilización de organizaciones paramilitares. Estos últimos fueron acusados de cometer actos de violencia sexual y de crear redes de prostitución, de trata de personas y de esclavitud sexual, en algunas ocasiones con la tolerancia e incluso colabora- ción de algunos miembros de la Policía Nacional,…p. 411
[38]1991; ha vivido por décadas la violencia y cooptación por los grupos armados ilegales, derivada de lo estratégica que resulta esta zona fronteriza para actividades ilegales como la siembra de coca, la movilidad de actores armados ilegales, y el transporte de insumos (contrabando, coca) (Misión de Observación…p. 389
[39]1991; ha vivido por décadas la violencia y cooptación por los grupos armados ilegales, derivada de lo estratégica que resulta esta zona fronteriza para actividades ilegales como la siembra de coca, la movilidad de actores armados ilegales, y el transporte de insumos (contrabando, coca) (Misión de Observación…p. 389
26Tierras. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoAlejandro Reyes Posada · 2018 · p. 701 cita
[40](CNMH, 2014, página 303). Toda la etapa de conflicto territorial entre parami- litares y guerrillas se caracterizó por una profunda afectación contra las organizaciones campesinas, cuyos líderes fueron estig- matizados, amenazados y muchos asesinados, hasta obligarlos a huir fuera de la región. 4.4. Actores armados en…p. 70
27El Estado suplantado. Las Autodefensas de Puerto BoyacáCamilo Ernesto Villamizar Hernández, Juan Alberto Gómez Duque · 2019 · p. 1432 citas
[41]desplegó la presencia de las FARC. Así analizó la situación del departamento la Comisión de Superación de la Violencia en su informe publicado a inicio de 1992. La problemática (…) del departamento gira sobre dos grandes ejes: por un lado, una colonización de territorio amazónico fuera de control que en los últimos…p. 143
[42]desplegó la presencia de las FARC. Así analizó la situación del departamento la Comisión de Superación de la Violencia en su informe publicado a inicio de 1992. La problemática (…) del departamento gira sobre dos grandes ejes: por un lado, una colonización de territorio amazónico fuera de control que en los últimos…p. 143
28Petróleo, coca, despojo territorial y organización social en PutumayoEdinso Culma Vargas, Juliana Guerra Rudas, Rocío Londoño Botero · 2015 · p. 1871 cita
[43]1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 Putumayo 2.200 2.400 4.000 5.000 6.600 7.000 19.000 30.100 58.297 66.022 Total nacional 37.500 41.206 49.787 46.400 53.200 69.200 79.100 101.800 160.119 163.289 Compara- tivo (%) 5,87 5,82 8,03 10,78 12,41 10,12 24,02 29,57 36,41 40,43 Fuente: Vargas, 2004, página 267, con base en…p. 187
29Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. AmazoníaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1141 cita
[44]de agua tibia». 294 Entrevista 060-PR-00977. Exalcalde del municipio de Puerto Leguízamo. 295 Presidencia de la República de Colombia, Decreto 871 de 1996. 296 Centro de Investigación y Educación Popular, Programa por la paz, Caso tipo n. o 15 Caquetá. la amazonía se sumió en la oscuridad de la guerra (1991-2002) 115…p. 114
30Nororiente y Magdalena Medio, Llanos Orientales, Suroccidente y Bogotá DC. Nuevos escenarios de conflicto armado y violencia. Panorama posacuerdos con AUCÁlvaro Villarraga Sarmiento (coordinador), Alberto Santos Peñuela, Lukas Rodríguez Lizcano, Luisa Fernanda Hernández Mercado, Juanita Esguerra Rezk · p. 1991 cita
[45]acuerdos con el Gobierno na - cional (entre 1996 y 1997) para recibir apoyo y fomento en busca de alternativas productivas legales, con base en el inicio de los proyectos del programa Plante. La situación se complicó porque las FARC tenían una presen - cia notoria y gran interés en el control de las zonas de cultivos…p. 199
31Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte · 2009 · p. 481 cita
[46]estatales 14. En relación con la expansión territorial de las auc, esta tuvo su princi- pal epicentro en el norte del país, donde se empeñaron en la construcción de un corredor “antisubversivo, que va de la frontera con Panamá (selva del Darién) hasta los límites con Venezuela, y pasa por el norte de Antioquia,…p. 48
32Buenaventura: un puerto sin comunidadConstanza Millán Echeverría, Ludivia Serrato Martínez, Oscar Pérez, Clara Castro, Danelly Estupiñán, Adriel Ruiz · 2015 · p. 2711 cita
[47]es diferente en los periodos paramilitar y posnegociación. En el primer periodo la lógica de terror se cons- truyó alrededor de las masacres, y se complementó con hechos de violencia como destrucción de propiedades, grafitis, lanzar los cuerpos en los ríos –“ríos de sangre” –, y desplazamientos forza- dos. En el…p. 271
33Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo I. De la violencia a las resistencias ante el Bloque Centauros de las AUCCentro Nacional de Memoria Histórica · 2021 · p. 3101 cita
[48]y se iba quemando, que fuera sintiendo dolor. Entr.: ¿Había personas específicas que se encargaran de hacer eso o podía ser cualquiera? Edo.: Cualquiera lo podía hacer. Cualquiera tenía entrenamiento justo para hacer sentir dolor a otra persona, hacerle sentir que en ese momento era un don nadie. Entonces pedía…p. 310
34Los retos de la Colombia contemporánea. Miradas disciplinares diversas en las ciencias socialesMauricio Nieto Olarte (edición académica y compilación), Luis Javier Orjuela, Alix Catalina Rojas, Carlos Felipe Cantor, Juan Carlos Rodríguez, Andrés Guhl, Sandra Borda G., Mateo Morales, Ángela Iranzo Dosdad, Alejandro Castillejo Cuéllar, Juan Ricardo Aparicio, Alhena Caicedo, Pablo Jaramillo, Carlos A. Manrique, Laura Quintana · 2017 · p. 1442 citas
[49]que, para él, constituye el primer espacio político en sentido propio. Al encontrar una correlación directa entre la figura de la soberanía y lo sagrado, concluye: “soberana es la esfera en que se puede matar sin cometer homicidio y sin celebrar sacrificio” (Agamben, 2003, p. 109). Por lo tanto, la nuda vida, la…p. 144
[50]que, para él, constituye el primer espacio político en sentido propio. Al encontrar una correlación directa entre la figura de la soberanía y lo sagrado, concluye: “soberana es la esfera en que se puede matar sin cometer homicidio y sin celebrar sacrificio” (Agamben, 2003, p. 109). Por lo tanto, la nuda vida, la…p. 144
35Violencia paramilitar en la Altillanura: Autodefensas Campesinas de Meta y VichadaÁlvaro Villarraga Sarmiento (Director general); Centro Nacional de Memoria Histórica · p. 1081 cita
[51]Teresa Ronderos se refiere a la negociación entre el gobierno de Andrés Pastrana y la guerrilla de las FARC en el marco de los “diálogos del Caguán”, en medio de los cuales se otorgó la zona de distensión al grupo guerrillero. El despeje de fuerza pública se dio en cinco municipios de los Llanos Orientales. 109 2.…p. 108
36Hasta encontrarlos. El drama de la desaparición forzada en ColombiaMartha Nubia Bello Albarracín, Andrés Fernando Suárez, Mónica Márquez Ramírez · 2016 · p. 1771 cita
[52]gritos de las vícti- mas, sino que vieron entrar personas que jamás salieron, por lo que aducían desapariciones forzadas (Infrarrojo, Teleantioquia, Sembrando muerte, desenterrando verdades). Las “casas de pique” conocidas así en Buenaventura por el des- membramiento y descuartizamiento de personas que allí se rea-…p. 177