Diálogos del Caguán y zona de despeje (1998–2002)
Entre 1998 y 2002, el gobierno de Andrés Pastrana y las FARC-EP sostuvieron el proceso de paz más ambicioso de la historia colombiana en una zona de distensión de 42.000 km² conocida como el Caguán. Cuarenta meses de negociación no produjeron acuerdos sustantivos, pero sí un ejército modernizado con recursos del Plan Colombia y el consenso emocional que llevaría a Álvaro Uribe Vélez a la presidencia.
- El desgaste del Partido Liberal por el escándalo del Cartel de Cali durante el gobierno Samper y la división interna del liberalismo favorecieron la victoria de Pastrana, quien convirtió la negociación con las FARC en oferta electoral central.
- El encuentro secreto entre Víctor G. Ricardo y Manuel Marulanda en el Caquetá, con la foto del reloj de la Nueva Fuerza Democrática en la muñeca de Tirofijo, generó un capital político que Pastrana usó para diferenciarse en la segunda vuelta de 1998.
- Las FARC apoyaron públicamente la candidatura de Pastrana sobre la de Serpa, calculando que un proceso de paz les ofrecería condiciones favorables para fortalecerse militarmente bajo la cobertura del diálogo.
- La acumulación de décadas de conflicto armado sin solución militar definitiva creó presión política y social para intentar una salida negociada de gran escala, siguiendo el antecedente fallido de Betancur en 1984.
- La Ley de Orden Público otorgó al ejecutivo el marco legal para establecer la zona de distensión y reconocer el carácter político de las FARC-EP, habilitando institucionalmente el proceso.
- La zona de distensión fue utilizada por las FARC para entrenar reclutas, consolidar fuerzas, ejercer funciones cuasi-estatales (incluyendo la Ley 002 de 2002) y, según los rumores nunca desmentidos, mantener secuestrados y operar logística del narcotráfico.
- El gobierno Pastrana aprovechó los cuatro años de negociación para modernizar las Fuerzas Armadas: los soldados profesionales pasaron de 22.000 a 55.000 (aumento del 150 %) entre 1998 y 2001, y la flota aérea de combate creció de 4 a 16 helicópteros artillados.
- El Plan Colombia, firmado con la administración Clinton, movilizó cerca de 7.500 millones de dólares en seis años, con aproximadamente el 80 % de la ayuda estadounidense destinada a fuerzas militares y policiales, transformando estructuralmente la correlación de fuerzas contra la guerrilla.
- El fracaso del proceso erosionó la legitimidad de la salida negociada en la opinión pública colombiana y produjo el consenso emocional que llevó a Álvaro Uribe Vélez a la presidencia en mayo de 2002 con su propuesta de Seguridad Democrática.
- El paramilitarismo de las AUC se expandió un 500 % según estimaciones de sus propios excomandantes durante el período del Caguán, consolidando control territorial en el sur de Bolívar, el Catatumbo y Barrancabermeja, y bloqueando cualquier proceso paralelo con el ELN.
- El conflicto armado alcanzó durante el proceso la mayor intensidad y escala de su historia, con una escalada de secuestros de alto perfil (congresistas, exgobernadores, senadores) que las FARC usaron como palanca para exigir un canje humanitario.
Los diálogos del Caguán
Entre el 7 de noviembre de 1998 y el 20 de febrero de 2002, el Estado colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) sostuvieron el proceso de paz más ambicioso —y más público— de su historia. Se desarrolló en una zona de distensión de unos 42.000 kilómetros cuadrados que abarcaba cinco municipios de Meta y Caquetá, y que la prensa bautizó, por el río que la cruza, como el Caguán. Su punto de partida fue una promesa electoral audaz de Andrés Pastrana Arango; su punto medio, una interminable coreografía de reuniones sin acuerdos sustantivos; su punto final, un avión secuestrado en pleno vuelo. Cuarenta meses de negociación no produjeron un solo pacto sobre los puntos de fondo de la agenda, pero sí dos consecuencias mayores: un aparato militar rediseñado con recursos del Plan Colombia y un consenso emocional en la opinión pública que, tres meses después de la ruptura, elegiría presidente a Álvaro Uribe Vélez. El Caguán fue, en simultáneo, el último gran intento de salida política al conflicto armado del siglo XX y la partera —involuntaria, pero eficaz— del proyecto militarista que dominaría la década siguiente.
Un candidato, un reloj y una foto en el Caquetá
Los diálogos nacieron de una operación política concebida en plena campaña electoral de 1998. El Partido Liberal llegaba desgastado por el escándalo del Cartel de Cali —que había perseguido al gobierno de Ernesto Samper Pizano durante todo su cuatrienio— y dividido internamente frente a la candidatura de Horacio Serpa Uribe. Pastrana, candidato conservador del movimiento Nueva Fuerza Democrática, había perdido cuatro años antes contra Samper y necesitaba un gesto que reorganizara la conversación pública.
Ese gesto se fabricó en las selvas del Caquetá, entre las dos vueltas electorales. Víctor G. Ricardo, alto delegado de la campaña, viajó a reunirse con Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo, jefe histórico de las FARC. Álvaro Leyva Durán acompañó el encuentro. Ricardo le colocó a Marulanda un reloj de la Nueva Fuerza Democrática en la muñeca y Leyva tomó la fotografía. La imagen —el guerrillero legendario con la insignia del candidato conservador— apareció al día siguiente en los periódicos y modificó la lectura política del país. Un día después de la primera vuelta, Pastrana presentó su propuesta de paz en el Hotel Tequendama de Bogotá, con la anuencia tácita de una guerrilla que, sorprendiendo al propio Samper, había preferido al conservador antes que al liberal que se decía garante natural del diálogo.
La operación funcionó. Pastrana ganó la segunda vuelta y él mismo reconocería después que el gesto había sido decisivo. Pero la audacia electoral tenía un costo estructural: la propuesta de paz se había diseñado como oferta de campaña, no como política pública. Años después, Leyva —artífice del encuentro con Marulanda— declararía arrepentirse de haberlo gestionado, con el argumento de que Pastrana desperdició el capital político que ese acercamiento le había entregado. La comparación con Belisario Betancur y su tregua de 1984 fue inmediata y persistente: un presidente conservador, con vocación negociadora, enfrentado a una guerrilla que sabía leer la ventana de oportunidad. Dieciséis años separaban ambos intentos; muchas de sus fallas resultarían las mismas.
La zona de distensión: un territorio, un símbolo, un problema
El 14 de octubre de 1998, apoyado en la Ley de Orden Público, Pastrana firmó el decreto que estableció la zona de distensión. Comprendía los municipios de La Uribe, Mesetas, La Macarena y Vista Hermosa, en Meta, y San Vicente del Caguán, en Caquetá: una extensión aproximada de 42.000 kilómetros cuadrados —42.139, según los cálculos más precisos— donde la Fuerza Pública se replegaría durante los diálogos. El reconocimiento del carácter político de las FARC-EP era, en sí mismo, una concesión política mayor: se les otorgaba un territorio para negociar en condiciones de interlocutor legítimo.
El compromiso de repliegue militar se cumplió, aunque las FARC denunciarían repetidamente presencia de agentes del Estado en el área. Un incidente temprano marcó el tono: en noviembre de 1998, un forcejeo entre las FARC y el Batallón de Cazadores en San Vicente —donde permanecían aún unos 130 soldados— evidenció que ninguna de las partes tenía del todo claro el alcance del despeje.
Lo que ocurrió dentro de esos 42.000 kilómetros cuadrados durante los cuarenta meses siguientes fue una anomalía institucional. Las FARC ejercieron funciones cuasi-estatales: expidieron sus propias normas, entre ellas la Ley 002 de 2002, que fijaba un impuesto obligatorio a patrimonios altos en sus áreas de influencia. Convirtieron el territorio en fuerte militar y en campo de entrenamiento de nuevos reclutas. Circularon —y nunca fueron desmentidos del todo— rumores sobre el mantenimiento de secuestrados en la zona, tráfico de armas y logística del narcotráfico. Cada uno de esos rumores se convirtió, con el paso de los meses, en una tensión permanente con la opinión pública urbana.
La renuencia de las FARC a aceptar mecanismos de verificación externa completó el cuadro. El 18 de julio, la guerrilla rechazó la designación del equipo internacional de acompañamiento, pese a que la Comisión Internacional estaba expresamente contemplada en el punto 7 del Acuerdo de Caquetania. La zona de distensión funcionaba, pero funcionaba a puerta cerrada.
La silla vacía
El 7 de enero de 1999, en San Vicente del Caguán, se inauguraron oficialmente los diálogos. Pastrana llegó al acto. Marulanda, no. La silla vacía que quedó junto al presidente fue registrada por las cámaras y se convirtió en la primera fotografía canónica del proceso. Las FARC alegaron razones de seguridad. Buena parte del país leyó otra cosa: una guerrilla que humillaba a un gobierno recién estrenado y que exhibía, desde el minuto uno, la asimetría de fuerzas en la mesa. Ambas lecturas convivieron durante los cuarenta meses siguientes sin resolverse.
El 6 de mayo de 1999 se firmó la Agenda común para el cambio hacia una Nueva Colombia en paz, un temario de doce puntos que ponía en discusión el marco normativo entero del país, incluidas sus estructuras socioeconómicas. La amplitud fue elogiada por algunos analistas y criticada duramente por otros: una agenda que discute todo, argumentaban los críticos, es una agenda que no se puede terminar en un tiempo prudencial, y además evade el punto sustantivo —la distribución del poder político— que sí podría cerrar un conflicto armado. Los años siguientes darían la razón al segundo grupo.
La dinámica de la mesa se instaló pronto en un ciclo repetitivo: congelamiento, presión de la opinión pública, reactivación, nuevo incidente, nuevo congelamiento. Como no había cese al fuego bilateral, cada operación militar y cada ataque guerrillero paralizaba temporalmente las conversaciones sin romperlas del todo. El 3 de julio de 2000, tras dieciocho meses de negociación, se alcanzó algún hito procedimental. El 11 de mayo de 2001 se estableció una comisión de notables encargada de recomendar mecanismos contra el paramilitarismo, uno de los pocos productos institucionales del proceso. El 5 de octubre de 2001 se firmó el acuerdo de cese al fuego de San Francisco de la Sombra, respuesta al secuestro y asesinato de Consuelo Araújo Noguera, exministra de Cultura y esposa del procurador, ocurrido el 29 de septiembre. Dos días después, Pastrana amplió el despeje hasta el 20 de enero de 2002 y anunció controles adicionales en carreteras, ríos y transporte aéreo.
Ninguno de los doce puntos de la agenda sustantiva llegó a acuerdo.
La doble lógica: negociar y armarse
Lo que hizo del Caguán algo distinto a los procesos anteriores no fue su ambición, sino su duplicidad estructural. Ambas partes usaron la mesa como cobertura para prepararse militarmente. Las dos entendían que el diálogo era, en la fórmula que quedaría instalada, la prolongación de la guerra por otros medios.
Las FARC aprovecharon la zona de distensión para entrenar reclutas, consolidar unidades y expandir su base territorial. La estrategia de secuestro —que en los noventa había llegado a acumular más de 500 soldados y 42 políticos cautivos simultáneamente— se sofisticó durante los diálogos. Cuando la guerrilla comprendió que el cautiverio de uniformados no producía la presión política esperada, escaló hacia figuras de mayor visibilidad. Entre junio de 2001 y enero de 2002 secuestró al congresista Luis Eladio Pérez el 10 de junio, al exgobernador Alan Jara semanas después, asaltó el edificio Torres de Miraflores en Neiva y culminó la ofensiva con el senador Jorge Eduardo Géchem Turbay el 20 de enero de 2002. La lógica era la del canje humanitario: acumular rehenes valiosos para forzar al Estado a un intercambio de prisioneros. Las condiciones del cautiverio —restricciones alimentarias, humillaciones, encierro, falta de atención médica— producían daños físicos y psicológicos severos, documentados en testimonios de soldados y en el propio relato de Géchem sobre su llegada a las cárceles selváticas.
Del otro lado, el gobierno hacía algo estructuralmente análogo, aunque con mejores modales. Entre 1998 y 2001, el número de soldados profesionales pasó de 22.000 a 55.000, un aumento del 150 %. Los soldados regulares partían de una base de 57.000 en 1998 y crecían en paralelo. El 20 de julio de 2001, en su discurso ante el Congreso, Pastrana anunció con orgullo que dejaría "las Fuerzas Armadas más grandes, fortalecidas, modernas y profesionales de toda su historia". La frase fue pronunciada mientras la mesa del Caguán seguía instalada.
El motor de esa transformación fue el Plan Colombia. Concebido como estrategia antinarcóticos y firmado con la administración de Bill Clinton, movilizó una inversión total cercana a los 7.500 millones de dólares durante seis años, de los cuales 4.000 millones eran aportación colombiana y 3.500 millones provenían básicamente de Estados Unidos. Aproximadamente el 80 % de la ayuda estadounidense se destinó a fuerzas militares y policiales; apenas entre el 19,5 % y el 20 % a reforma judicial y programas sociales. Entre 2000 y 2002, la flota aérea de las Fuerzas Militares y la Policía pasó de 4 a 16 helicópteros artillados de combate, y se incorporaron alrededor de un centenar de helicópteros de transporte. Parte del paquete se canalizó directamente a contratistas militares estadounidenses, que entregaron 18 helicópteros Black Hawk y 42 Huey, y financió el entrenamiento de tres batallones élite de contrainsurgencia.
Formalmente, las aeronaves adquiridas con recursos del Plan Colombia no podían usarse en operaciones antiguerrilla, solo en la guerra contra el narcotráfico. La restricción sobrevivió hasta el 11 de septiembre de 2001. Los 4.000 millones en gasto social prometidos por el Estado colombiano nunca se ejecutaron; la contribución europea fue marginal. El Plan Colombia, en la práctica, quedó reducido a lo que fue desde el inicio: ayuda militar estadounidense.
Mientras Pastrana y Marulanda negociaban una Nueva Colombia en paz, se firmaba en paralelo la infraestructura material de una guerra que ninguno de los dos podía —o quería— evitar. Revisadas con distancia, las cifras dejan poco margen: el Estado utilizó los cuatro años de la mesa para modificar de fondo la correlación de fuerzas militares con la guerrilla.
Los paramilitares: el actor central que no estaba en la mesa
Ninguna reconstrucción del Caguán resulta completa sin las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), encabezadas por los hermanos Castaño. Los paramilitares fueron el tercer actor del proceso —central, permanente, decisivo— y nunca se sentaron a negociar.
Desde 1997, cuando comenzaron las gestiones que llevarían a los diálogos, la postura pública de las autodefensas fue de oposición frontal. Su estrategia combinó tres registros. En lo mediático, construyeron un discurso de mea culpa que, apoyado por grandes medios de comunicación y sectores empresariales, buscaba lavar la imagen de narcotráfico y masacre y presentar a las AUC como interlocutor político. En lo territorial, aprovecharon los cuatro años del proceso para expandirse: consolidaron el control del sur de Bolívar en 1998, penetraron el Catatumbo en 1999, disputaron Barrancabermeja entre 2000 y 2001. Un excomandante paramilitar cifraría después el crecimiento del bloque en un 500 % durante ese período, en respuesta —según su propia narrativa— al crecimiento simultáneo de las FARC. La estimación es interesada, pero el fenómeno es indiscutible: durante los tres años del cese al fuego del Caguán, el paramilitarismo se convirtió en la principal forma de represión en las regiones bajo influencia guerrillera.
En lo político, las AUC bloquearon toda posibilidad de replicar el esquema con el ELN. Cuando esa guerrilla propuso el despeje de una zona en el sur de Bolívar para negociar, los paramilitares movilizaron pobladores contra la iniciativa con el argumento —eficazmente machacado— de que sería "otro Caguán". El gobierno Pastrana no logró superar ese veto y perdió la oportunidad de pactar con el ELN, militarmente débil y potencialmente más dispuesto que las FARC a cerrar acuerdos.
Las FARC, por su parte, hicieron del desmonte del paramilitarismo una exigencia recurrente en la mesa: pidieron al gobierno la desarticulación de las AUC y la destitución de los mandos militares que habían colaborado con ellas. La demanda quedó sin respuesta institucional. Los paramilitares fueron, así, el actor ausente cuya sombra atravesó cada sesión: se hablaba de paz en una mesa mientras ellos, en paralelo, remodelaban por la fuerza el mapa territorial que esa paz supuestamente iba a redistribuir.
El 11 de septiembre y el nuevo lenguaje internacional
A fines de 2001, algo se había roto sin que ninguno de los negociadores lo dijera en voz alta. Los atentados del 11 de septiembre habían transformado la conversación global sobre insurgencias armadas, y Colombia fue uno de los primeros escenarios donde ese cambio se hizo operativo.
El gobierno colombiano y la administración de George W. Bush recalificaron públicamente a las FARC como organización criminal vinculada al narcotráfico y potencial plataforma del terrorismo mundial. La designación abrió el paso a lo que hasta entonces había estado formalmente vedado: el trabajo diplomático de Pastrana y la gestión de Bush ante el Congreso estadounidense permitieron que la ayuda del Plan Colombia, restringida desde 1998 al combate al narcotráfico, se redirigiera también a la contrainsurgencia. La restricción legal que impedía usar los Black Hawk contra la guerrilla dejó de operar. Para la segunda mitad de 2002, la política exterior de Estados Unidos hacia Colombia se había reorientado abiertamente hacia la lucha antiguerrilla, y los recursos empezaron a fluir bajo ese nuevo paraguas.
Este giro convirtió al Caguán, con retraso, en una imposibilidad geopolítica. Negociar en medio de la guerra con una organización recalificada como terrorista dejó de ser sostenible en el nuevo lenguaje internacional. Pastrana lo entendió antes que la opinión pública. La ampliación del despeje del 7 de octubre de 2001, con anuncios de anillos de seguridad y controles reforzados, tenía ya el aire de una operación de contención más que de una apuesta por el acuerdo.
Un avión, un anuncio y el fin
El 20 de febrero de 2002, un vuelo comercial fue interceptado en pleno vuelo por las FARC. Entre los pasajeros iba el senador Jorge Eduardo Géchem Turbay, presidente de la Comisión de Paz del Senado. La guerrilla lo secuestró en el marco de su estrategia de acumulación de rehenes políticos para forzar el canje humanitario.
Al día siguiente, Pastrana anunció por televisión el fin del proceso. La zona de distensión quedaba levantada. El presidente ordenó la recuperación militar de los cinco municipios, que ocho días después serían declarados teatro de operaciones bajo el mando del mayor general Gabriel Eduardo Contreras Ochoa. Tres días después de la ruptura, el 23 de febrero de 2002, las FARC secuestraron a la candidata presidencial Íngrid Betancourt Pulecio junto a Clara Rojas y otros miembros de su equipo de campaña, cerrando con un golpe adicional la secuencia que había venido escalando desde junio de 2001.
El discurso de cierre de Pastrana no fue solo el acta de defunción del proceso. Fue también la instalación oficial de una idea nueva: la seguridad, alcanzable mediante confrontación militar, como ideal público del Estado colombiano. La búsqueda de paz negociada, que había organizado la agenda de gobierno durante casi cuatro años, dejaba de ser prioridad. Su lugar lo ocuparía la guerra total, ahora presentada como única salida racional al conflicto.
Causas de un fracaso previsible
Reducir el colapso a una sola causa es traicionar su complejidad. El Caguán fracasó por acumulación de vectores, cada uno suficiente para dañarlo, todos operando en simultáneo.
En lo estructural, ambas partes llegaron a la mesa sin voluntad genuina de acuerdo. Las FARC nunca demostraron intención de dejar las armas: usaron el despeje para fortalecerse militarmente, mantuvieron y escalaron la política de secuestro, y trataron el territorio como Estado propio. El gobierno, por su parte, negociaba con una mano mientras construía con la otra el aparato militar que haría posible derrotar a la guerrilla más adelante. La doble lógica no fue anomalía: fue diseño.
En lo procedimental, la agenda de doce puntos —concebida como marco de refundación nacional— era estructuralmente innegociable en un tiempo político razonable. Al no centrarse en el punto sustantivo —la distribución del poder político como condición para el desarme—, la mesa se dispersó en discusiones de largo aliento sin capacidad de cierre. La ausencia de cese al fuego bilateral hizo que cada operación militar y cada secuestro operaran como sabotajes intermitentes. La zona de distensión, sin mecanismos aceptados de verificación, se convirtió en punto ciego institucional donde cabían todos los rumores y ninguna certificación.
En lo simbólico, la silla vacía de Marulanda el 7 de enero de 1999 instaló desde el inicio una asimetría emocional que el proceso no logró remontar. La oleada de secuestros de políticos entre 2001 y 2002, ampliamente cubierta por la prensa, erosionó cualquier capital afectivo que la mesa hubiera acumulado. Cuando el Caguán llegó al último trimestre de 2001, buena parte del país urbano ya lo veía —en la frase que quedó registrada en la prensa— como "teatro del absurdo o comedia barata".
En lo externo, los paramilitares atacaron el proceso desde afuera con eficacia notable: desprestigiaron los diálogos mediáticamente, expandieron su control territorial mientras la mesa hablaba, y bloquearon la extensión del modelo al ELN. Y el 11 de septiembre de 2001 canceló la viabilidad internacional de negociar con una organización recalificada como terrorista.
Ninguno de estos vectores, por sí solo, explica el fracaso. Todos juntos lo vuelven casi inevitable.
La cosecha electoral: Uribe
Tres meses después de la ruptura, Colombia eligió presidente. Álvaro Uribe Vélez, que se había presentado como candidato disidente del Partido Liberal bajo el movimiento Primero Colombia tras negarse a competir en la consulta interna que favorecía a Horacio Serpa, ganó las elecciones con una plataforma de mano dura. Su reputación como partidario de la firmeza se había forjado durante su gobernación de Antioquia, donde defendió las cooperativas de seguridad privada conocidas como Convivir.
La relación entre el colapso del Caguán y la victoria de Uribe no fue mecánica, pero sí decisiva. El fracaso del proceso reforzó su propuesta de mano dura y produjo el consenso emocional que hacía verosímil su diagnóstico. Su candidatura, que dos años antes hubiera parecido marginal, se volvió electoralmente irresistible en un país cansado de silla vacía, avión secuestrado y territorio entregado.
Pero la herencia que Uribe recibió no era solo simbólica. Bajo su gobierno se aprovechó, con nombre propio de Seguridad Democrática, la reorganización de las Fuerzas Militares para la guerra irregular que Washington había exigido a Pastrana. Los soldados profesionales triplicados, los helicópteros artillados, los batallones élite, la ayuda estadounidense redirigida hacia la contrainsurgencia: todo estaba montado. Uribe no inauguró un aparato; lo heredó. La política que ejecutó desde agosto de 2002 fue, en lo material, una prolongación acelerada de la que Pastrana había construido en paralelo a la mesa. Lo que Uribe aportó fue el discurso caudillista y la voluntad política de usar sin restricciones el arsenal ya edificado.
En este sentido, el Caguán habilitó al uribismo en dos registros inseparables. En el simbólico-emocional, su colapso legitimó ante la opinión pública la guerra como única salida disponible: instaló la seguridad, alcanzable solo por confrontación militar, como el nuevo ideal nacional. En el material-institucional, los cuatro años de negociación sirvieron de cobertura para construir el aparato bélico que esa guerra requería. Uribe recogió el consenso afectivo y el arsenal concreto que Pastrana había forjado —negociando— entre 1998 y 2002.
Por qué el Caguán sigue importando
Veintitrés años después del inicio del proceso, la zona de distensión sigue siendo la referencia central de cualquier conversación colombiana sobre negociación con grupos armados. Su nombre funciona como advertencia y como argumento: durante el proceso de paz con las FARC en La Habana entre 2012 y 2016, los opositores del acuerdo invocaron el Caguán como espectro ineludible, y los negociadores diseñaron mecanismos —cronogramas cerrados, verificación internacional, negociación fuera del país, agenda acotada— precisamente para no repetirlo.
Su lección más incómoda es la que menos se enuncia: no fracasó porque la paz sea imposible en Colombia, ni porque las FARC fueran incapaces de acuerdo, ni porque Pastrana fuera un negociador ingenuo. Fracasó porque durante cuatro años dos partes negociaron sin querer negociar y una tercera —los paramilitares— saboteó desde afuera lo que se hacía dentro. La mesa se instaló como una prolongación de la guerra por medios diplomáticos, y produjo exactamente lo que ese diseño podía producir: una guerra más grande, mejor armada, y un país emocionalmente preparado para librarla.
El Caguán marcó, también, el momento en que la política exterior estadounidense hacia Colombia dejó de operar bajo la ficción antinarcóticos y se declaró abiertamente contrainsurgente. El Plan Colombia sobrevivió al proceso que le había servido de cobertura y se convirtió, con continuidad en los gobiernos de Uribe y de Juan Manuel Santos, en la arquitectura militar que definiría dos décadas de conflicto armado.
Queda, por último, la pregunta que el propio Leyva formuló al arrepentirse: qué hubiera pasado si el capital político de aquel encuentro en el Caquetá, con el reloj de la Nueva Fuerza Democrática en la muñeca de Marulanda, se hubiera invertido en un proceso de paz sólido en lugar de en una oferta electoral. La respuesta es indescifrable, pero la pregunta importa: entre 1998 y 2002 Colombia tuvo una ventana rara —una guerrilla dispuesta a hablar, un presidente con mandato para negociar, una comunidad internacional aún no reorientada por el 11-S— y la usó, en cambio, para armarse mejor. El resultado fue un país que salió del Caguán convencido de que la paz negociada no era una opción y de que el único camino restante era el militar. Uribe recogió esa convicción y la convirtió en gobierno. El precio de esa convicción —en secuestros, muertos, desplazados y falsos positivos— lo pagó Colombia durante los quince años siguientes.