La 'limpieza social' urbana en Colombia (1979–1990)
Entre finales de los años setenta y comienzos de los noventa se instaló en Bogotá, Medellín, Cali y otras ciudades colombianas un dispositivo de exterminio extrajudicial de habitantes de la calle, jóvenes de barrios populares, trabajadoras sexuales, recicladores y personas LGBTIQ+, ejecutado por escuadrones en los que confluyeron policías fuera de servicio, agentes de inteligencia del Estado, sicarios del narcotráfico y vecinos organizados. Sus perpetradores y amplios sectores de la sociedad lo nombraron 'limpieza social'; el CNMH prefiere el término 'exterminio social', pues la palabra 'limpieza' naturaliza en lenguaje higienista lo que fue asesinato sistemático de personas estigmatizadas.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- 1979–1990 (con antecedentes desde los años sesenta y continuidad documentada hasta mediados de los noventa y más allá)
- Dónde
- Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Magdalena Medio, Puerto Boyacá, Valle del Cauca (Jamundí, Palmira, Yumbo), Ciudad Bolívar (Bogotá), Altos de Cazucá (Soacha)
- Protagonistas
- F2 (inteligencia de la Policía Nacional, luego Sijin), DAS (Departamento Administrativo de Seguridad), B2 (inteligencia militar), DOC (Departamento de Orden Ciudadano, Medellín), DIPEC-F2, Policía Metropolitana de Cali, Grupo MAS (Muerte a Secuestradores), Escuadrones urbanos: Amor por Medellín, Mano Negra, Limpieza Total, Aburrá Tranquilo, Majaca, Asociación Pro Defensa de Medellín, Ramón Isaza (paramilitar del Magdalena Medio), Julio César Turbay Ayala (presidente 1978–1982, impulsor del Estatuto de Seguridad), Bloque Centauros y Bloque Central Bolívar (AUC), Habitantes de la calle, recicladores, jóvenes de barrios populares, trabajadoras sexuales, personas LGBTIQ+ (víctimas)
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- Urbanización acelerada y desordenada desde los años cincuenta, que produjo grandes cinturones de miseria periféricos (Ciudad Bolívar, Aguablanca, Zona Nororiental de Medellín) sin cobertura estatal efectiva ni integración económica.
- Crisis estructural del mercado laboral urbano: hacia 1984 el desempleo abierto alcanzaba el 14% y el subempleo el 16%, con más del 52% de la población activa en el sector informal, lo que generó una juventud sin horizonte laboral.
- Expansión del consumo de bazuco asociada a la bonanza cocalera, que multiplicó la figura del consumidor callejero estigmatizado como amenaza pública.
- Marco jurídico y doctrinario habilitante: el Estatuto de Seguridad (1978–1982) de Turbay Ayala institucionalizó la doctrina del enemigo interno, extendiendo la sospecha letal del guerrillero al 'bandolero', el ladrón y el habitante de la calle.
- Infraestructura clandestina de los cuerpos de inteligencia (F2, B2, DAS, DOC) y su imbricación con redes de sicarios del narcotráfico y vecinos organizados, que proveyó operadores, logística e impunidad.
- A partir de 1984, grupos paramilitares ampliaron sus objetivos más allá de la insurgencia para incluir criminales comunes, trasladando a los entornos urbanos el vocabulario higienista y las técnicas de ejecución y desaparición de cadáveres ya practicadas en el campo.
- Producción social del 'indeseable': estigmatización de identidades (indigente, drogadicto, travesti, reciclador) que convirtió la presencia en el espacio público en motivo suficiente de eliminación, con legitimación tácita de sectores vecinales y comerciales.
Consecuencias
- Impunidad estructural total: el exterminio social nunca fue tipificado en el Código Penal colombiano y, hasta la fecha de los grandes informes de memoria, ninguna persona ha sido condenada específicamente por 'limpieza social'.
- Negación del derecho al sepelio: los allegados de las víctimas no se atrevían a reclamar los cuerpos; los cadáveres anónimos ingresaban en una economía forense que los desaparecía, como ilustró el escándalo del anfiteatro de la Universidad Libre de Barranquilla en marzo de 1992.
- Desplazamiento espacial del exterminio: desde el centro histórico degradado hacia las periferias populares; Ciudad Bolívar, casi ausente en registros entre 1988 y 1992, concentraría una proporción significativa de casos en los años siguientes, con mayoría de víctimas jóvenes.
- Consolidación de un modelo de control territorial urbano paralelo al Estado, en el que escuadrones con nombres cívicos ('Amor por Medellín', 'Aburrá Tranquilo') imponían normas de conducta, toques de queda informales y homicidios ejemplarizantes.
- Normalización social de la violencia letal contra poblaciones estigmatizadas: el lenguaje higienista ('desechable', 'plaga', 'zona sana') penetró el sentido común urbano, haciendo enunciable y en ocasiones deseable la muerte de ciertos sujetos.
- Subregistro sistemático y ausencia de cifras confiables: los datos del CINEP sistematizados por el CNMH-IEPRI para 1988–2013 reconocen un subregistro pronunciado, lo que impide dimensionar el fenómeno con precisión y refuerza la impunidad.
- Persistencia y mutación del dispositivo más allá del período: el caso de Jaime Andrés Marulanda (37 asesinatos en Altos de Cazucá entre abril y noviembre de 2002) ilustra la continuidad del patrón en las periferias metropolitanas durante las décadas siguientes.
La clave interpretativa
Por qué importa
La 'limpieza social' urbana revela una dimensión de la violencia colombiana que no cabe en las categorías habituales de conflicto armado ni de criminalidad organizada: fue una violencia civil y cotidiana, articulada entre aparatos estatales de inteligencia, redes del narcotráfico y comunidades vecinales, que produjo socialmente a sus propias víctimas mediante la estigmatización de identidades. Su impunidad total —ninguna condena, ningún tipo penal— no fue un fallo del sistema sino su resultado: el Estado fue a la vez perpetrador, encubridor y árbitro ausente. Entender este dispositivo es indispensable para comprender cómo las democracias formales pueden albergar exterminios sistemáticos sin declararlos guerra.
Desarrollo histórico
La historia completa
La emergencia de la 'limpieza social' urbana en Colombia (1979–1990)
Entre finales de los años setenta y el inicio de los noventa se instaló en Bogotá, Medellín, Cali y otras capitales colombianas una modalidad específica de violencia letal que sus perpetradores y buena parte de la sociedad aceptaron nombrar como limpieza social: el asesinato sistemático, individual o colectivo, de habitantes de la calle, recicladores, consumidores de bazuco, trabajadoras sexuales, jóvenes de barrios populares y personas LGBTIQ+, ejecutado por escuadrones anónimos en los que confluyeron policías fuera de servicio, agentes de inteligencia del Estado, sicarios del narcotráfico y vecinos organizados. No fue una prolongación urbana del paramilitarismo rural del Magdalena Medio, aunque compartió con él un vocabulario higienista y ciertas redes: fue un dispositivo con infraestructura propia, geografías definidas y una peculiaridad decisiva: sus víctimas no eran combatientes ni militantes, sino figuras estigmatizadas cuya eliminación fue presentada como saneamiento del vecindario. La categoría penal para nombrarlo nunca existió. Hasta el cierre de los grandes informes de memoria, ninguna persona ha sido condenada en Colombia por limpieza social.
El país que se hizo ciudad sin Estado
La violencia que aquí se estudia no puede entenderse sin la transformación demográfica que la antecede. Hacia 1985 Colombia había alcanzado un 68% de urbanización, resultado de décadas de migración rural forzada o empujada por la pobreza, el desplazamiento y un viraje de política económica que orientó al país hacia intereses estadounidenses y aceleró la concentración urbana. Ese crecimiento ocurrió, en buena medida, al margen del Estado: los recién llegados ocuparon inquilinatos en las zonas centrales que las élites habían abandonado y desbordaron después hacia bordes periféricos donde nacieron los grandes cinturones de miseria —Aguablanca en Cali, la Zona Nororiental de Medellín, Ciudad Bolívar en Bogotá, La Chinita en Barranquilla, junto con barrios como Nuevo Chile en Bosa, formado por campesinos expulsados del Tolima y del Sumapaz—. Los gobiernos municipales reconocieron abiertamente su impotencia para aplicar medidas policivas y penales sobre esa ciudad ilegal de barrios piratas e invasiones.
Al mismo tiempo, el mercado de trabajo urbano se había desequilibrado estructuralmente desde mediados de los sesenta: la oferta laboral crecía más rápido que el aparato productivo. Hacia 1984 el desempleo abierto tocaba el 14% de la población activa y el subempleo un 16% adicional; el 52% de esa población trabajaba en el sector informal. Dos décadas después, la informalidad en las trece principales ciudades seguiría cerca del 63% en 2003, muy por encima del promedio latinoamericano. Sobre ese suelo se movió una juventud atrapada entre el bazuco, cuyo consumo se disparó con la bonanza cocalera, y un horizonte cerrado del que la fuga común era el sicariato. Los riesgos de ser agente o víctima de un delito contra la vida se concentraron en las ciudades y en los hombres jóvenes desempleados o con oficios de bajo estatus.
A esto se sumó una crisis silenciosa de las instituciones tradicionales de socialización —familia, escuela, vecindario, iglesia— sin reemplazo efectivo, que lanzó a esa población al anonimato dentro de un medio crecientemente agresivo. Fue en este intersticio, entre la periferia sin Estado y el centro degradado, donde se produjo la figura del indeseable urbano: alguien cuya sola presencia en el espacio público podía ser leída como amenaza y, después, como objeto de exterminio.
Marco habilitante: el Estatuto de Seguridad y la doctrina contrainsurgente
El dispositivo simbólico y jurídico que precedió a la limpieza social urbana no nació de la nada. Entre 1978 y 1982, bajo el gobierno de Julio César Turbay Ayala, rigió el Estatuto de Seguridad, cuyo período fue caracterizado más tarde como el de la búsqueda de la paz y la guerra sucia, marcado por la adhesión de Colombia a la doctrina de seguridad de los Estados Unidos y por el inicio de la guerra contra las drogas. Durante su vigencia se registraron al menos 55 ejecuciones extrajudiciales documentadas.
El armazón conceptual que las respaldó estaba en los manuales de inteligencia de combate del Ejército, que señalaban a organizaciones políticas, estudiantiles y sindicales como organizaciones de fachada guerrillera y sostenían que huelgas y paros eran promovidos por la insurgencia. El efecto práctico fue extender la sospecha —y con ella la habilitación letal— sobre trabajadores, campesinos y militantes. Prácticas represivas graves como el llamado Febrerazo de 1977 y el asesinato en 1978 de José Manuel Martínez Quiroz, jefe nacional de la Red Urbana del ELN, torturado y ejecutado dentro de las instalaciones del Batallón de Inteligencia y Contrainteligencia Charry Solano, muestran que la maquinaria estaba en marcha antes incluso de la promulgación del Estatuto.
La doctrina contrainsurgente aportó dos elementos que serían decisivos para la deriva urbana: la construcción de un enemigo interno cuya identidad —más que sus actos— autorizaba la eliminación, y la institucionalización de la clandestinidad operativa de los cuerpos de inteligencia. Cuando en la primera mitad de los ochenta el enemigo interno se extendió del guerrillero al bandolero, la chusma, el ladrón, el drogadicto y el habitante de la calle, la infraestructura discursiva y operativa ya estaba lista.
El giro de 1984: cuando los blancos se ampliaron
El año 1984 marca una inflexión. Los grupos armados formados por sectores de las élites, que operaban con lógica de autodefensa contrainsurgente en regiones como el Magdalena Medio, comenzaron a extender sus zonas de influencia y a incluir explícitamente entre sus objetivos a ladrones, violadores, expendedores de droga, secuestradores, extorsionistas y otros criminales comunes. Los documentos de memoria histórica denominan a esa mutación política de aniquilación, y advierten que la expresión popular limpieza social la nombra mal, porque naturaliza en lenguaje de higiene lo que fue exterminio de personas. Desde esa misma época los grupos paramilitares variaron sus técnicas: pasaron a desmembrar y desaparecer los cadáveres, lo que después permitiría trasladar métodos y códigos a los escuadrones urbanos.
En el Magdalena Medio la retórica de la limpieza funcionó como discurso justificativo de homicidios, desplazamientos y exclusión, presentándose como labor de orden público. El propio Ejército armó a Ramón Isaza para que, en palabras de un declarante, limpiara la región. Los perpetradores hablaron después con orgullo de sus operaciones: Hice una limpieza muy bonita allá, porque no quedó guerrilla. Ahora es un lugar muy sano. En Puerto Boyacá, los sicarios encargados de esas tareas y de las demostraciones de poder eran llamados móviles. Ese vocabulario —zona sana, zona limpia, plaga que se erradica— no permaneció confinado al monte: fue el mismo que, con matices, se instaló en los barrios, en las galerías de mercado, en las calles del centro degradado. La afirmación de soberanía territorial que ejercían los paramilitares sobre veredas y aldeas encontró una traducción urbana precisa en el control violento de la cuadra, el parque o el sector.
Los ejecutores urbanos: F2, DAS, DOC y los escuadrones con nombre
La singularidad del dispositivo urbano estuvo en la composición de sus ejecutores. En Medellín, las memorias de las víctimas asocian repetidamente a los victimarios de la limpieza social con organismos de inteligencia y seguridad del Estado: el B2, el F2, el DAS y el DOC —Departamento de Orden Ciudadano—. El F2 era el cuerpo de inteligencia de la Policía Nacional antes de convertirse en la Sijin, distinto del 2 del Ejército, vinculado al grupo Mano Negra.
Junto a esos aparatos institucionales operaron colectivos con nombres propios que se autodenominaban de limpieza social. En Medellín se registraron, entre otros, Amor por Medellín, Mano Negra, Limpieza Total, Aburrá Tranquilo, Muerte a Jaladores de Carros (Majaca) y la Asociación Pro Defensa de Medellín. Los nombres son en sí mismos un documento: hablan el idioma del amor cívico, la defensa del vecindario y la promesa de tranquilidad, y evocan a la vez los grupos rurales tipo Muerte a Secuestradores. Su proliferación —junto con la de Muerte a Revolucionarios del Nordeste o Los Machos— encubría una violencia difusa: la multiplicación de siglas dificultaba atribuir responsabilidades y disolvía la autoría en un anonimato colectivo.
En Cali, Jamundí, Palmira, Yumbo y otros núcleos del Valle del Cauca operaron, desde principios de los setenta y hasta mediados de los noventa, escuadrones de la muerte compuestos por narcotraficantes e integrantes de la Policía y el Ejército, que atacaron a personas por sus características o identidades sociales, económicas y políticas mediante asesinatos, amenazas, torturas y destierros. Víctimas trans como la mujer conocida como Arlen identificaron a integrantes de la Policía Metropolitana de Cali como responsables directos de actos de violencia en el marco de esas limpiezas. La colaboración estrecha entre esa policía y las fuerzas militares, según las normativas de la época, hizo prácticamente imposible distinguir dónde terminaba el servicio y dónde empezaba el escuadrón.
En Bogotá, los operativos se ejecutaban de noche por personas enmascaradas con capuchas, entre las que se contaban agentes del F2 y vecinos del propio barrio, que conocían los movimientos y los lugares de reunión de sus víctimas. Esta doble composición es reveladora: el aparato estatal aportaba la logística y la impunidad; el vecindario aportaba el conocimiento cotidiano —quién dormía en qué esquina, quién consumía, quién ejercía la prostitución— y la legitimación tácita del acto.
La conexión con los grandes aparatos criminales quedó documentada también por vía material. En agosto de 1983, el Instituto Nacional de Tránsito certificó que la mayoría de las desapariciones forzadas atribuidas al grupo Muerte a Secuestradores (MAS) y al F2 en el período se habían realizado en vehículos asignados a la DIPEC-F2. La institucionalidad del terror urbano no era metafórica: circulaba en placas oficiales.
Las víctimas: la producción del indeseable
Las víctimas preferidas —aunque no las únicas— fueron indigentes y jóvenes de barrios populares. A ellos se sumaron trabajadoras sexuales, mujeres y hombres trans, homosexuales, recicladores, consumidores de bazuco, presuntos ladrones menores y niños de la calle. El rasgo compartido no era una conducta específica sino una identidad estigmatizada, socialmente producida como peligrosa. La lógica del exterminio opera construyendo una víctima culpable cuya eliminación se presenta como justificada, sin mediación institucional ni social alguna.
En Medellín, esa producción del indeseable tiene una prehistoria localizable. Ya en los años sesenta la persecución a población homosexual y travesti se concentraba en el sector de Guayaquil, en torno a la estación del ferrocarril y a la plaza de mercado, donde vivían en piezas de hoteles y residencias jóvenes de bajo rango social, sin oficio conocido, muchos de ellos dedicados a la prostitución con hombres. Las décadas siguientes convirtieron esa persecución cotidiana, hecha de redadas y palizas, en algo cualitativamente distinto: asesinato metódico.
La geografía urbana del exterminio siguió el mismo movimiento que la ciudad. En Bogotá, entre finales de los ochenta y comienzos de los noventa, los blancos estaban en el centro histórico degradado —el corredor de El Cartucho, después El Bronx, y sus alrededores—, donde se concentraban habitantes de la calle, recicladores y consumidores de bazuco. Hacia mediados de los noventa, el homicidio y con él el exterminio social se desplazaron a la periferia: Ciudad Bolívar, que entre 1988 y 1992 apareció apenas dos veces en los registros disponibles, concentraría en los años siguientes una proporción muy significativa de los casos, con una mayoría de víctimas jóvenes. Un caso emblemático de esa fase periférica es el de Jaime Andrés Marulanda, responsable de 37 asesinatos en Altos de Cazucá —zona contigua a Soacha— entre abril y noviembre de 2002, en su mayoría jóvenes, pero también niños, líderes comunales y personas identificadas con la izquierda. Aunque no se confirmó su vinculación formal a un escuadrón, el caso ilustra la persistencia y mutación del dispositivo en las periferias.
En marzo de 1992, el hallazgo de diez cadáveres y restos humanos de indigentes en el anfiteatro de la Universidad Libre de Barranquilla, presuntamente utilizados para prácticas anatómicas, produjo una de las escenas más brutales del período y motivó protestas encabezadas por recicladores y habitantes de la calle en Barranquilla y Bogotá. Ese episodio dio nombre y rostro público a una violencia que hasta entonces había ocurrido en el silencio de las madrugadas: el cadáver del indigente no era solo prescindible en vida, sino también en muerte, hasta el punto de convertirse en mercancía para la formación médica.
El silencio en torno a estas víctimas fue estructural. Los allegados, cuando existían, no se atrevían a recuperar los cuerpos. Se les negaba, así, incluso el derecho al sepelio. Familia y comunidad, cuando las víctimas eran habitantes de la calle desconectados de todo vínculo, quedaban simplemente ausentes. El cadáver anónimo ingresaba en una economía forense que también terminaba desapareciéndolo.
El lenguaje que mata: la retórica higienista
Nada define mejor la especificidad del dispositivo que su lenguaje. Los verbos —limpiar, sanear, erradicar— y los sustantivos —plaga, basura, escoria, desechables— importan porque no son adorno: son el mecanismo por el cual la muerte se vuelve enunciable, e incluso deseable, para segmentos amplios de la sociedad. La palabra desechable aplicada a una persona es en sí un fallo condenatorio previo a cualquier acto: define al sujeto como excedente, como residuo urbano.
Ese vocabulario circuló entre el campo y la ciudad. En el Magdalena Medio los perpetradores paramilitares hablaban de zonas sanas después de sus operaciones, o de sus incursiones como una limpieza muy bonita. En los barrios de Medellín, Bogotá y Cali, panfletos anónimos con firmas grandilocuentes anunciaban limpiezas inminentes contra listas de personas cuyo único rasgo común era ocupar un lugar considerado incómodo por vecinos, comerciantes o policías. La retórica higienista permitió que actores muy distintos —un paramilitar de Puerto Boyacá, un policía del F2 en Bogotá, un tendero de Ciudad Bolívar cansado de robos menores, un narcotraficante caleño interesado en depurar su zona de influencia— compartieran un mismo campo simbólico y encontraran justificación para actos convergentes.
Conviene aquí ser preciso. Hubo diferencias sustantivas entre el paramilitarismo rural, con su lógica contrainsurgente y su vínculo con la reconfiguración de la propiedad de la tierra, y los escuadrones urbanos, con su vocación de saneamiento del espacio público y su alianza con redes policiales y narcotraficantes. Pero el lenguaje era el mismo. Circulaba por debajo de las diferencias organizativas y creaba, en el imaginario público, la ilusión de que había una única batalla contra un enemigo indefinido pero reconocible por síntomas visibles: el vestido, la piel, la forma de dormir, la manera de moverse por la calle.
El mecanismo de selección se apoyaba en la denuncia vecinal. En el campo, presuntos informantes o colaboradores de la guerrilla eran identificados mediante denuncias de vecinos y familiares antes de ser ejecutados. En la ciudad, el mismo procedimiento —el chisme, la señalización, el rumor— determinaba quién dormía la próxima noche en la calle y quién amanecía muerto. La comunidad, lejos de ser víctima colateral, aportaba con frecuencia información y consentimiento.
El narcotráfico como acelerador
El dinero de la cocaína actuó sobre este cuadro como acelerador y solvente. En Medellín y Cali, hacia finales de los ochenta, los narcotraficantes encontraron el camino para comprar policías y jueces y, gracias a esas complicidades y al terror ejercido por sus sicarios sobre el poder judicial, propiciaron en las localidades involucradas un clima de violencia abierta o de paz armada. En ese ambiente, los escuadrones de la muerte urbanos florecieron como sistemas paralelos de justicia penal, compuestos por policías fuera de servicio y sicarios de los traficantes, encargados de eliminar a quienes se consideraban indeseables.
Las cifras del homicidio urbano dan la magnitud del cambio. En Medellín, el homicidio se convirtió en la primera causa de mortalidad general a partir de 1986, después de haber representado apenas el 3,5% de las muertes en 1976. Este viraje, sin precedentes en la historia sanitaria del país, no se explica sin la confluencia entre guerra del narcotráfico, sicariato juvenil y limpieza social: los tres fenómenos comparten actores, escenarios y víctimas, y con frecuencia se traslapan hasta hacerse indistinguibles.
La convergencia entre limpieza social y sicariato del narcotráfico produjo un efecto ideológico específico: la muerte de un joven de barriada podía ser leída indistintamente como saldo de una guerra entre bandas, como ejecución por deudas o consumo, o como acto de saneamiento del barrio. Esa ambigüedad, lejos de dificultar la violencia, la habilitaba: cada asesinato podía adscribirse a una lógica que lo excusaba. Entre 1988 y 1994, los métodos de guerra sucia en Colombia combinaron acciones encubiertas de eliminación de civiles por organismos estatales de seguridad con asesinatos selectivos perpetrados por paramilitares coordinados por agentes estatales, en un continuo que iba de la contrainsurgencia al exterminio de marginales.
La impunidad como condición de posibilidad
Si algo distingue estructuralmente a la limpieza social urbana no es solo lo que ocurrió, sino lo que no ocurrió después. El exterminio social no existe como figura tipificada en el Código Penal colombiano. Hasta el cierre de los grandes informes de memoria, ninguna persona ha sido condenada por limpieza social. Los casos que ingresaban al sistema judicial —cuando ingresaban— carecían de una categoría penal específica bajo la cual ser procesados: se disolvían en homicidios simples, en desapariciones, en muertes sin autor conocido.
Esa impunidad no fue accidental. Estuvo sostenida por varios pilares. El primero, el anonimato de los perpetradores: bajo capuchas, bajo siglas cambiantes, con el respaldo posterior de organizaciones como el Bloque Centauros o el Bloque Central Bolívar, los ejecutores no dejaban más que un cadáver y ninguna firma investigable. El segundo, la corrupción narco-financiada del aparato policial y judicial, que en Medellín y Cali alcanzó grados operativos. El tercero, la ausencia deliberada de tipificación legal, que convertía cada muerte en un hecho aislado y no en la manifestación de un fenómeno reconocible. El cuarto, el silencio de las víctimas: allegados que no reclamaban cadáveres, comunidades que aceptaban la muerte del vecino incómodo, testigos que no declaraban.
El caso de la desaparición forzada del abogado Alirio de Jesús Pedraza Becerra, en julio de 1990, muestra tanto la práctica represiva como los límites de la respuesta institucional. Ante su desaparición, la totalidad de las ONG de derechos humanos del país y las oficinas de derechos humanos de los movimientos de oposición —el Partido Comunista, la Alianza Democrática M-19, A Luchar, el Frente Popular y la Unión Patriótica—, junto con Amnistía Internacional y otras organizaciones internacionales, exigieron acciones al Gobierno Nacional. La respuesta efectiva fue mínima. En el caso de la masacre de Trujillo, el proceso penal militar contra el Comando de la Tercera Brigada del Ejército terminó con cesación de procedimiento, bajo el argumento de que el único testigo, Daniel Arcila Cardona, carecía de credibilidad y su testimonio no constituía prueba suficiente.
Frente a ese muro comenzaron, sin embargo, a alzarse las primeras protestas de las propias víctimas. Además de la movilización de recicladores y habitantes de la calle en Barranquilla y Bogotá tras el hallazgo de la Universidad Libre en marzo de 1992, en agosto de ese año habitantes de un barrio popular —muy probablemente en Ciudad Bolívar— protestaron contra la violencia de limpieza social que sufrían. En 1993, habitantes de Armenia marcharon para denunciar atropellos y desapariciones. Fueron protestas pequeñas, muy locales, encabezadas por sujetos que la ciudad estaba acostumbrada a mirar como amenaza y no como interlocutores. Su sola aparición pública marca el momento en que la limpieza social empezó a ser nombrada por sus víctimas y a resquebrajar, apenas, el consenso silencioso que la había sostenido.
Por qué este hecho sigue importando
La limpieza social urbana de los ochenta no es un capítulo cerrado ni un episodio menor del conflicto armado colombiano. Es la prueba de que en democracia formal, sin declaratoria de guerra ni frontera militar visible, puede sostenerse durante más de una década un régimen de exterminio de baja intensidad contra sectores enteros de la población, con participación directa de agentes del Estado, complicidad activa de vecindarios y ausencia deliberada de figura penal que lo nombre. Es también la evidencia de que el conflicto armado no agota la violencia letal del país: hay muertes que ocurren fuera de sus categorías reconocidas y que, precisamente por eso, quedan por fuera de sus mecanismos de reparación.
El dispositivo sobrevivió al período aquí examinado. La geografía se desplazó del centro a la periferia, los ejecutores cambiaron de nombre y de patrocinador, la retórica higienista se sofisticó, pero la operación básica —producir socialmente un indeseable y eliminarlo con la anuencia tácita del vecindario y la protección estructural de la impunidad— continuó. Cada vez que en Colombia aparecen panfletos anunciando limpiezas en un barrio, cada vez que un cuerpo de habitante de calle amanece con un tiro en la nuca, cada vez que un joven periférico es asesinado y el vecino murmura que algo debía, el dispositivo se reactiva.
Reconocer que la limpieza social urbana fue algo distinto, algo autónomo respecto al paramilitarismo rural y al sicariato del narcotráfico —aunque compartiera con ellos actores, redes y palabras— es una condición para poder nombrarla y, eventualmente, para intentar desmontarla. Mientras la ciudad siga tratando a algunas de sus muertes como remoción de residuos, y no como asesinatos que exigen investigación, condena y reparación, el mecanismo que se instaló entre 1979 y 1990 seguirá operando bajo nombres nuevos. El vocabulario cambia; el efecto, no.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Violence in Colombia: Building Sustainable Peace and Social CapitalWorld Bank (Caroline Moser et al.) · 2000 · p. 361 cita
[1]roles of military and police, and national boundaries as legal entities; third, disorganized violence occurs around distribution and consumption when drug addicts need money for their drug habit or street dealers are challenged for their profits. Recent analysis suggests that the long- term sustainability of guerilla…p. 36
02Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo I. De la violencia a las resistencias ante el Bloque Centauros de las AUCCentro Nacional de Memoria Histórica · 2021 · p. 4191 cita
[2]como ya se ha mencionado, como gru- pos para la protección de la propiedad de terratenientes y de exterminio social). El informe del CNMH Limpieza Social: una violencia mal nombrada (2015e) es claro al explicar que el exterminio social evade los procesos judiciales al hacer justicia por mano propia, soslaya todo…p. 419
03Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander. Tomo II. Bloque Central Bolívar: violencia pública y resistencias no violentasAlberto Santos Peñuela (coordinador del informe y correlator), Luis Miguel Buitrago Roa, Juan Guillermo Jaramillo Acuña, Nicolás Otero González, Rodrigo Torrejano Jiménez · 2021 · p. 311 cita
[3]las acciones o relaciones que se exterminio social. Sin embargo, el exterminio social no existe en el Código Penal y hasta el momento ninguna persona ha sido condenada por el caso de “limpieza social”” (CNMH y IEPRI, 2018). I. “ELLOS ACABARON CON TODO A SU PASO”: LAS VIOLENCIAS DEL BCB-SB 31 desarrollaban en la…p. 31
04Limpieza social. Una violencia mal nombradaCarlos Mario Perea Restrepo · 2015 · p. 54, 1462 citas
[4]—fluctuante entre 50 y 100 muertes anuales—, en contraste con las grandes urbes, donde no solo se concentra el mayor número de homicidios, tam- bién se producen los grandes escalamientos. La condición pree- minente del exterminio urbano resulta notable. 126 Según quedó anotado, se entiende por ciudad la aglomeración…p. 146
[22]por ciento) (CNMH-IEPRI, 2013a, sistematización de datos Revista Justicia y Paz y Banco de datos CINEP). Al igual que la violencia en general en Bogotá 72, el exterminio social sufre un desplazamiento hacia la periferia enfocándose sobre nuevas víctimas: la población de la zona céntrica abre paso a las identidades…p. 54
05Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Magdalena MedioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 881 cita
[5]sectores de las élites copiaron conformaron sus propios grupos armados. Entre 1978 y 1984 esos grupos siguieron una lógica de autodefensa, focalizándose en combatir a la insurgencia en territorios más o menos circunscritos, pero debido a supuestos clamores de la comunidad, comenzaron a extender sus zonas de influencia…p. 88
06Medellín: memorias de una guerra urbanaMarta Inés Villa Martínez, Ana María Jaramillo Arbeláez, Jorge Giraldo Ramírez, Manuel Alberto Alonso Espinal, Sandra Arenas Grisales, Pablo Bedoya Molina, Luz María Londoño Fernández · 2017 · p. 184, 2292 citas
[6]la masacre (Delaurbe, 2015). 3. MODALIDADES Y REPERTORIOS DE VIOLENCIAS 185 En los años noventa había un impacto de lo que pasaba con mis compañeras [mujeres trans]. El miedo a salir a la calle. A una la ahorcaron, entonces uno se pregunta ¿cuándo me toca a mí? Para esas fechas escuchaba que había muchos muertos, 864…p. 184
[30]de la ciudad fueron asesinados en medio de las disputas territoriales de los actores del conflicto armado colombia- no y de los enfrentamientos entre grupos milicianos, bandas y combos. Pero también fueron víctimas de formas de justicia retaliativa, desple- gadas por algunos sectores de la Policía y escuadrones de la…p. 229
07Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Valle y norte del CaucaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 721 cita
[7]en una región tan étnicamente diversa como el Valle y el Cauca) e incluso engrosar las filas de la tropa, les estorbaban debido a sus reivindicaciones y a sus ejercicios de autoridad territorial donde ningún actor armado era bienvenido. Durante esa época, la violencia también cundió en las ciudades bajo la forma del…p. 72
08Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · p. 1412 citas
[8]eran las únicas fuentes de la violencia periférica relacionada con las drogas. El hecho era que dondequiera que fluyera el dinero del tráfico, la violencia inevitablemente lo seguía. Donde fluía con mayor abundancia, la violencia era más intensa. Medellín y Cali fueron famosas a finales de los años ochenta como…p. 141
[9]eran las únicas fuentes de la violencia periférica relacionada con las drogas. El hecho era que dondequiera que fluyera el dinero del tráfico, la violencia inevitablemente lo seguía. Donde fluía con mayor abundancia, la violencia era más intensa. Medellín y Cali fueron famosas a finales de los años ochenta como…p. 141
09Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 2641 cita
[10]océano Pacífico, muy cerca al puerto de Buenaventura; además, está en el valle del río Cauca, uno de los más largos de Colombia. Esto la ha convertido en una de las principales ciudades de l país y ha sido disputada por los grupos armados para desarrollar sus actividades de financiación; entre ellos se destacan las…p. 264
10El Estado suplantado. Las Autodefensas de Puerto BoyacáCamilo Ernesto Villamizar Hernández, Juan Alberto Gómez Duque · 2019 · p. 37, 4444 citas
[11]de la protección estatal, suscita una oferta perversa de eliminación física contra los que consideran los causantes de dicha situación de inseguridad y de amenaza. “La mano negra… eso era antes del MAS. Esos eran civiles y militares. Y que el 2 del Ejército y sicariato (…) El F2 era de la Policía antes de ser de la…p. 37
[12]de la protección estatal, suscita una oferta perversa de eliminación física contra los que consideran los causantes de dicha situación de inseguridad y de amenaza. “La mano negra… eso era antes del MAS. Esos eran civiles y militares. Y que el 2 del Ejército y sicariato (…) El F2 era de la Policía antes de ser de la…p. 37
[18]y miraba. Eso el policía o el militar de civil, de una eso se daba uno de cuenta. Y la vaina es que ellos también sabían quiénes eran los que estaban ahí. Ya conocían las motos. Si había un caso sospechoso y entraba, se buscaba hasta lo último para mirar a ver que era. Uno miraba donde llegaban, hacia inteligencia.…p. 444
[19]y miraba. Eso el policía o el militar de civil, de una eso se daba uno de cuenta. Y la vaina es que ellos también sabían quiénes eran los que estaban ahí. Ya conocían las motos. Si había un caso sospechoso y entraba, se buscaba hasta lo último para mirar a ver que era. Uno miraba donde llegaban, hacia inteligencia.…p. 444
11Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 80, 1102 citas
[13]estas desapariciones recae sobre el MAS y miembros del F2. La mayoría de las desapariciones incluso se hicieron en vehículos asignados a la DIPEC-F2, como certificó el Instituto Nacional de Tránsito en agosto de 1983 337. 330 Ronderos, Guerras recicladas, 41-42. 331 Salazar, La parábola de Pablo: Auge y caída de un…p. 110
[40]iniciales también se cuenta la toma de oficinas del Ministerio de Trabajo el 2 de mayo de 1978 198. Mientras estas guerrillas urbanas eran fundadas, el ELN afrontaba numerosas crisis internas que se agravaron con los sucesivos golpes que recibieron por parte de la fuerza pública. El más contundente de ellos fue la…p. 80
12The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 237, 2442 citas
[14]or an elderly person, to take pictures of your face and your home, as well as your corpse when you bid the world farewell. Sometimes it was the cuchos ’ own daughters that brought informa- tion to their fathers—even your friends would squeal on you.... Limpieza [social cleansing] happens at night: death disguises…p. 244
[21]basic services and urban infrastruc- ture. Like other neighborhoods that receive desplazados in Bogotá, such as Usme, Soacha, Tunjuelito, Bosa, or Kennedy, or Aguablanca in Cali and the comunas of Medellín, Ciudad Bolívar remains poorer than the rest of the city. In 2005, census takers categorized 76 percent of its…p. 237
13Isaza, el clan paramilitar. Las Autodefensas Campesinas del Magdalena MedioCentro Nacional de Memoria Histórica, Camilo Ernesto Villamizar Hernández, Juan Alberto Gómez Duque, César Nicolás Peña Aragón · 2020 · p. 361 cita
[15]las FARC) y solo se volvieron a ver más de 40 años después. Según cuentan, se reunían Isaza a tocar la guitarra y Mejía a cantar, sin que el primero supiera que el otro era guerrillero (El Espectador, 2015, 4 de enero). El discurso de “guerra justa” se dio de la mano de la expresión de la [limpieza] de la zona. En el…p. 36
14The Para-State: An Ethnography of Colombia's Death SquadsAldo Civico · 2016 · p. 1351 cita
[16]are going to talk to their husbands, and if they rebel, we kill him. They told us where the guerrilla was, and little by little we expelled the guerrilla, and we are left governing this town. I did a very nice cleansing there, because no guerrilla was left. Now it’s a very healthy place. If there are killings now,…p. 135
15Autodefensas de Cundinamarca. Olvido estatal y violencia paramilitar en las provincias de Rionegro y Bajo MagdalenaCamilo Ernesto Villamizar Hernández, Rodrigo Arturo Triana Sarmiento, León Felipe Rodríguez Hernández, César Nicolás Peña Aragón · 2020 · p. 3021 cita
[17]ellos no, creían que era chanza, entonces no dejaban también de castigarlos. Eso no pasaba por ahí de uno o dos en la noche así, pero no era frecuente, sino pa’ que los otros cogieran respeto y miraran a ver si se iban o se moderaban. Eso pasaban dos, tres advertencias y la demora era que pelaran por ahí a uno,…p. 302
1625 años de luchas sociales en Colombia 1975-2000Mauricio Archila Neira, Álvaro Delgado G., Martha Cecilia García V., Esmeralda Prada M. · 2002 · p. 931 cita
[20]continuaban recluidos. En las principales ciudades la llamada "limpieza social"" tuvo en los indigentes y en los jóvenes de los barrios populares sus víctimas preferi- das -pero no únicas- y cobró una modalidad distinta, pero ya extendida por el país: las masacres. Varias acciones se realizaron para protestar contra…p. 93
17Homofobia y agresiones verbales: La sanción por transgredir la masculinidad hegemónica. Colombia 1936-1980Walter Alonso Bustamante Tejada · 2008 · p. 1451 cita
[23]n d e e ra n h a bituales pe rso nas de baj o ra ngo socia l, como ta m b i e n s e les co nsideraba a e l i as. E n s u m ayorfa era n relativa m ente j6venes 5, s i n oficio conoci do y m uchos ded icados a I a p rostituci6n con hom b res; vivfa n en p i ezas de hote les y residencias de G u ayaq u i l 6 q u e…p. 145
18Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 2121 cita
[24]Un ejemplo real puede observarse en la manera como algunos p a rc h es han invadido viejas calles y vías del tren abandonadas, cambiando la apariencia de la calle y volviéndola un vecindario hecho de materiales reciclados. Este es el caso de las invasiones ubicadas en Paloquemao, que han llevado a recientes…p. 212
19Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 5152 citas
[25]o pobres, que no hayan sufrido el dolor de la violencia de derecha y de izquierda. Al borde del ajuste de 1984 el desempleo abierto obtuvo un 14% de la población activa, más otro 16% de subempleo, aunque después el primer guarismo des- cendería para rondar el 10%. Más del 52% de la población activa se encuentra en el…p. 515
[26]o pobres, que no hayan sufrido el dolor de la violencia de derecha y de izquierda. Al borde del ajuste de 1984 el desempleo abierto obtuvo un 14% de la población activa, más otro 16% de subempleo, aunque después el primer guarismo des- cendería para rondar el 10%. Más del 52% de la población activa se encuentra en el…p. 515
20Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo II. El Frente Capital y el declive del Bloque Centauros de las AUCDaniel Ricardo Martínez Bernal (coordinador), Lorena Camacho Muete, Esteban Caviedes Alfonso, Laura Bibiana Escobar García, José María Gutiérrez Sierra, Daniela Moreno Arriola, Daniel Augusto Serrano Corredor, Juan Manuel Villarraga Beltrán · 2021 · p. 3011 cita
[27]de las zonas de Altos de Cazucá. Este hombre, de 26 años de edad, llamado Jaime Andrés Marulanda, fue clave para perpetrar asesinatos entre 2000 y 2005. Su novia de 14 años lo denunció ante la Policía y lo entregó a la justicia ordinaria: Marulanda está hoy recluido en la cárcel de Acacías (Meta) pagando su condena.…p. 301
21¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 961 cita
[28]a los intereses económicos de Estados Unidos. Este viraje aceleró aún más la urbanización del país, la cual llegó a ser de un sesenta y ocho por ciento en 1 985, un fenó meno que también generó el deterioro en la calidad de vida derivado de un crecimiento urbano espontáneo, casi al márgen del Estado. Así aparecieron…p. 96
22Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1021 cita
[29]populares en Bogotá, Tunja, Ibagué y Neiva. Todo esto ocurrió de forma paralela a las dinámicas de desplazamiento forzado de la población campesina en territorios donde se acentuó la violencia. Algunos de estos procesos de desplazamiento estuvieron marcados por la influencia de sectores políticos liberales, comunistas…p. 102
23Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Ensayo introductorioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 491 cita
[31]estuvo estrechamente vinculado a las dinámicas de la guerra. Al impacto de la industrialización se sumó el desplazamiento forzado como uno de los factores que definió los ritmos, tamaños y dinámicas específicas del crecimiento y transformación de las ciudades. Los primeros ciclos fundacionales 72 no garantizaron la…p. 49
24Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 316, 3232 citas
[32]también empezaron a con- tar en los nuevos esquema de préstamos hipotecarios. Pero sería erróneo s uponer que el negocio de la especulación urbana era un monopolio. Al contrario, estas prácticas descendieron la escala so- cial y con el tiempo se reprodu cirían en las barriadas. El emp uje de nuevas avalanchas humanas…p. 316
[35]y la carencia d e sistem as modernos de tr ansp or te p úb lico m as i vo, sac ar on a la lu z una pro fund a segregación socia l. I.a au- senc ia o debilidad de la s llamadas ins titm:iones tr adicionales (l a fa milia, la escuela de jo rnada completa, el vecindario, la Iglesia) sin q ue h aya n encontrado reemplazo,…p. 323
25Gran Enciclopedia de Colombia - Economía 2José Antonio Ocampo (Dirección Académica); Patricia Correa, Luis Nelson Beltrán, Roberto Steiner S. y otros (autores de capítulos) · 2007 · p. 1301 cita
[33]que sélo cuentan con educacion primaria. La oferta laboral actual es, pues, el resultado de estos procesos en virtud de los cuales quienes hoy buscan o tienen trabajo son hombres y mujeres mayoritariamente urbanos, buena parte de los cuales cuenta, por lo menos, con educacion secundaria. Mercado de trabajo urbano Los…p. 130
26Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 6671 cita
[34]exterior. Uno de los efectos más notorios de la crisis fue, además, el fuerte deterioro en la calidad de los puestos de trabajo. La creación de empleo se dio fundamentalmente en ocupaciones por cuenta propia y con menores niveles de ingreso. Como resultado de ello, el mercado de trabajo experimentó un proceso…p. 667
27Hasta la guerra tiene límites. Violaciones de los derechos humanos, infracciones al derecho internacional humanitario y responsabilidades colectivasComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1101 cita
[36]le ponían el carné, entonces era de la ANUC [...] Eso sucedió en todo el país, porque eso era tan peligroso ser uno directivo o estar uno en la ANUC. […] en varios municipios ocurrió eso. El ejército se tomaba las casas campesinas y entonces sacaban a los directivos, entonces como también la gente salió corriendo…p. 110
28No es un mal menor. Niñas, niños y adolescentes en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 791 cita
[37]del Estado durante el Estatuto de Seguridad (1978-1982)», parte del Informe Final. no es un mal menor 80 La Comisión de la Verdad ha identificado el periodo entre 1978 y 1990 como el de «la búsqueda de la paz y la guerra sucia». Fue una época marcada por la adhesión a la doctrina de seguridad de Estados Unidos y en la…p. 79
29Elementos para una genealogía del paramilitarismo en Colombia. Historia y contexto de la ruptura y continuidad del fenómeno (I)Alfonso Insuasty Rodríguez, José Fernando Valencia Grajales, Janeth Restrepo Marín · 2016 · p. 1902 citas
[38]ocasionada en la guerra que libraban, bajo el derecho de legitima, autodefensa, eran guerrilleros. En una entrevista realizada por la revista Cambio en 1997, por ejemplo, Cataño afirmaba lo siguiente: “Me están satanizando. No soy ningún monstruo. Lo único que acepto es que mato guerrilleros fuera de combate, que no…p. 190
[39]ocasionada en la guerra que libraban, bajo el derecho de legitima, autodefensa, eran guerrilleros. En una entrevista realizada por la revista Cambio en 1997, por ejemplo, Cataño afirmaba lo siguiente: “Me están satanizando. No soy ningún monstruo. Lo único que acepto es que mato guerrilleros fuera de combate, que no…p. 190
30Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 991 cita
[41]la agenda norteamericana para el "área andina” y, después, en una agenda específica para Colombia (Fajar do, 2003). Con el advenimiento del narcotráfico, los gobernantes colombianos se vieron ante la insólita misión de combatir simultáneamente dos "enemigos internos": las guerrillas de izquierda que enfrentaban con el…p. 99
31"Falsos positivos" en Colombia y el papel de la asistencia militar de Estados Unidos, 2000-2010Movimiento de Reconciliación (FOR), Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos (CCEEU) · 2014 · p. 31, 442 citas
[42]y Control. 8. Barrio Castilla, Medellín, el 23 de Octubre 1990, 7 asesinados y 6 heri- das. Autor: Muerte a Secuestradores. 9. Bar Sturpu de Itaguí, el 15 de diciembre, 12 asesinados y 6 heridos, autor: Muerte a Revolucionarios del Nordeste. 10. San Antonio de Prado (Ant.) el 14 de diciembre, 8 asesinados. Autor: Los…p. 44
[43]L c arte L de m ede LL ín (1988-1994) Entre 1988 y 1994, los métodos de guerra sucia combinaron acciones encu- biertas de eliminación de cientos de civiles por parte de organismos estatales de seguridad y asesinatos selectivos perpetrados por paramilitares coordinados por agentes estatales. Este periodo coincide con…p. 31
32Trujillo: Una tragedia que no cesaGrupo de Memoria Histórica; Álvaro Camacho Guizado (relator); Gonzalo Sánchez G. (coordinador) · 2008 · p. 2721 cita
[44]el testimonio de Arcila no daba la certeza probatoria necesaria. Es importante resaltar que aunque la comisión no lo señaló de manera expresa, la jurisdicción de orden público contaba con un diseño excepcional similar al de los procesos sumarios, lo cual restringía las posibilidades de adelantar una investigación con…p. 272
33Huellas y rostros de la desaparición forzada (1970-2010)Federico Andreu-Guzmán (relator); Carlos Miguel Ortiz (coordinador); Centro Nacional de Memoria Histórica · 2014 · p. 2121 cita
[45]julio de 1990 una amplia acción ante el Gobierno Nacional, al más alto nivel, así como ante la Procuraduría Gene- ral de la Nación. Alertados por el CSPP, Amnistía Internacional y otras organizaciones no gubernamentales de derechos humanos internacionales requerirían acciones por parte del Estado. El 11 de julio, la…p. 212