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Biografía

José Manuel Marroquín

Regeneración

1827–1908

17 min de lectura36 documentos
Nacimiento6 de agosto de 1827
Fallecimiento19 de septiembre de 1908
RolesNovelista costumbrista · Maestro y pedagogo
Lugar principalColombia
Período históricoRegeneración1886–1929
03

La biografía

En la memoria colombiana, José Manuel Marroquín Ricaurte (Bogotá, 6 de agosto de 1827 – Bogotá, 19 de septiembre de 1908) carga con un estigma que no cuadra con la vida que había llevado hasta los setenta años: la pérdida de Panamá. Antes de aquel 3 de noviembre de 1903 había sido rector del Colegio Mayor del Rosario, ministro de Instrucción Pública, primer director de la Academia Colombiana de la Lengua, novelista costumbrista de humor apacible y hacendado sabanero convencido de que la buena vida transcurría entre libros, latines y siembras. Fue vicepresidente por accidente, presidente por golpe y villano histórico por decantación. La ironía es doble: el patricio letrado que había dedicado su pluma a documentar con gracia el mundo campesino de la Sabana terminó administrando el cuatrienio más sangriento del siglo colombiano —el desenlace de la Guerra de los Mil Días— y presidiendo la mayor mutilación territorial de la República. Su figura, cómoda para la simplificación, ha oscurecido tanto su relieve literario como el hecho de que la catástrofe de su gobierno fue en buena medida obra de fuerzas —facciones conservadoras, intervención imperial, geografía política— que ningún septuagenario bogotano habría podido gobernar por sí solo.

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Línea de vida

  1. 1872

    Fundación de la Academia Colombiana de la Lengua

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    Marroquín fue uno de los fundadores de la Academia Colombiana de la Lengua y fue designado su primer director, consolidando su lugar en la república de las letras bogotana del siglo XIX.

  2. 1896

    Publicación de Blas Gil

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    Marroquín publicó su primera novela costumbrista, Blas Gil (1896), seguida de El Moro y Entre primos (1897). El Moro, autobiografía ficticia de un caballo de la Sabana de Bogotá, es la más recordada y la única que conserva algún atractivo literario según la crítica posterior.

  3. 1898

    Elección como vicepresidente en la fórmula Sanclemente-Marroquín

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    Los nacionalistas conservadores lo postularon como candidato a la vicepresidencia junto a Manuel Antonio Sanclemente. La fórmula fue elegida frente a la candidatura liberal; Marroquín, septuagenario y de perfil literario, fue calculado como figura decorativa que daría lustre moral a la fórmula sin amenazar con protagonismo político.

  4. 1900

    Golpe del 31 de julio: Marroquín asume la presidencia

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    El 31 de julio de 1900, en plena Guerra de los Mil Días, conservadores históricos depusieron a Sanclemente y llevaron a Marroquín a la presidencia. Marroquín aceptó el cargo y, bajo presión de los guerreristas conservadores, desautorizó las negociaciones de paz en curso, prolongando el conflicto.

  5. 1902

    Fin de la Guerra de los Mil Días

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    El 21 de noviembre de 1902, a bordo del buque estadounidense Wisconsin frente a la costa panameña, se firmó el acuerdo que puso fin a la guerra. La paz se selló bajo presión militar norteamericana, con los generales Víctor Manuel Salazar y Alfredo Vásquez Cobo por el gobierno y Lucas Caballero y Eusebio A. Morales por la revolución liberal.

  6. 1903

    Separación de Panamá

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    El Senado colombiano rechazó por unanimidad el tratado Herrán-Hay en agosto de 1903. El 3 de noviembre de ese año, Panamá se separó de Colombia con respaldo de Estados Unidos. La pérdida del istmo quedó asociada de manera indeleble al nombre de Marroquín, aunque la catástrofe fue resultado de fuerzas —facciones conservadoras, intervención imperial y la gestión discontinua de la negociación diplomática— que excedían la capacidad de control de un solo gobernante.

El hidalgo de la Sabana

Marroquín pertenecía a una ilustre familia terrateniente de la Sabana de Bogotá, esa aristocracia de origen colonial que confundía sin dificultad la posesión de tierras con el ejercicio de las letras y la piedad religiosa. Cursó literatura y filosofía en el seminario de Bogotá, formación que lo acercó a la Iglesia y al latín tanto como al canon literario español, y que marcaría un temperamento estable durante ocho décadas: profundamente católico, de modales antiguos, más cómodo en la conversación erudita y en la administración de una hacienda que en las asambleas partidistas. Sus contemporáneos —y él mismo, con ese humor suyo que casi nunca falla— cultivaron la imagen del "prototipo del antiguo hidalgo castellano" trasplantado al altiplano y a la vida de gentleman farmer. Nunca salió del interior de Colombia. La República, para él, se agotaba en la geografía que iba de Bogotá a sus tierras cundinamarquesas.

Ese perfil no era excéntrico en la élite letrada del siglo XIX bogotano: era, en muchos sentidos, la norma. Rufino José Cuervo publicaba en 1872 sus Apuntaciones sobre el lenguaje bogotano, obra fundacional de la filología colombiana, el mismo año en que Marroquín concurría a la fundación de la Academia Colombiana de la Lengua y era designado su primer director. La ciudad producía gramáticos, poetas latinistas y filólogos con una intensidad que asombraba a los viajeros y que Miguel Antonio Caro llevaría hasta el poder político. Marroquín se insertó en esa cultura letrada sin estridencia. Su facilidad para el magisterio —notable, según le reconocían todos— explica su paso por la rectoría del Rosario y por el Ministerio de Instrucción Pública, cargos que asumió como quien continúa una vocación pedagógica ejercida desde joven, y no como escalones de una carrera política.

Porque de política, en el sentido activo, se mantuvo relativamente al margen. Ocupó cargos de representación en asambleas y congresos, sí, pero su reputación pública hacia la última década del siglo era otra: la del maestro respetado, el novelista costumbrista, el hacendado piadoso. Cuando en 1898 los nacionalistas conservadores fueron a buscarlo para acompañar a Manuel Antonio Sanclemente en la fórmula presidencial, escogían precisamente a un hombre cuyo prestigio moral estaba fuera de la refriega y cuya inclinación por el poder era —o parecía— nula.

Un costumbrista con humor

La obra novelística de Marroquín se concentra en tres títulos aparecidos en el ocaso del siglo: Blas Gil (1896), El Moro y Entre primos (ambas de 1897). El Moro, la más recordada, es la autobiografía ficticia de un caballo de la Sabana, artefacto costumbrista que le permitió deslizar, desde la mirada supuestamente ecuánime del animal, una crónica humorística de amos, cuadras, caminos y jerarquías rurales del altiplano. De las tres, es la única que conserva algún atractivo literario, y aún así no sobrepasa los límites del costumbrismo de la época: género que ya en tiempos de Marroquín competía con una narrativa más ambiciosa —la de Tomás Carrasquilla, en Antioquia, presentado por la crítica posterior como el primer gran narrador auténtico del período.

Marroquín publicó también artículos de costumbres —"La carrera de mi sobrino" entre ellos— recogidos en las antologías del género, donde figura junto a José María Samper y Felipe Pérez como una de las voces del costumbrismo colombiano del XIX. Su marca personal era el humor: una ironía apacible, más bogotana que satírica, atenta al detalle doméstico y al ridículo de las pretensiones sociales, sin virulencia ni desengaño. Escribía como conversaba: con gracia contenida y una cortesía que no renunciaba al filo.

Hay un texto suyo de 1893 que ilumina esa sensibilidad. Allí Marroquín formuló una concepción de la historia inusual para su medio: no la crónica de batallas y presidentes, sino el conocimiento de la vida cotidiana de todos los grupos sociales, incluidos aquellos a los que la historia tradicional no mencionaba. La crítica posterior le ha señalado que esa intuición pudo derivar en un anecdotario menor, pero también permite entenderlo mejor: su costumbrismo no era mera afición pintoresca, sino una manera —limitada, sí, pero deliberada— de mirar el país desde abajo y desde los márgenes, aunque el mirador fuese la hacienda.

Su hijo Lorenzo, novelista y autor de Pax (1907), se burlaría de esa obra paterna: en su novela llama "tío Manuel" al autor de El Moro y toma distancia de las costumbres sabaneras del padre con un guiño europeísta que anuncia otra época. La broma familiar tiene su gravedad: Lorenzo ya no era santafereño de pura cepa, y su distancia respecto al legado costumbrista del padre es también la distancia de una generación de la élite bogotana que se estaba desprendiendo, sin drama pero sin retorno, del mundo que José Manuel había pintado.

La República de las Letras y el escenario regeneracionista

Para entender el paso de Marroquín al poder hay que situarlo en el régimen de la Regeneración, inaugurado en 1886 con la Constitución redactada en gran medida por Miguel Antonio Caro, principal pensador conservador de la época. Rafael Núñez, cuatro veces elegido presidente —1880, 1884, 1886 y 1892—, había pactado con el conservatismo un retorno al centralismo político, un énfasis explícito en la cultura y la tradición católica e hispánica de Colombia y la superación, según su propio programa, de lo que consideraba una constitución "obra de imaginación" antes que de estadistas. Un año después de promulgada la Carta, Colombia firmó el Concordato con la Santa Sede, sellando una relación de privilegio con la Iglesia que atravesaría todo el período.

Núñez murió en 1894 sin haber ejercido su último mandato. Caro, vicepresidente, había venido gobernando de hecho durante las ausencias del titular —notoriamente desde la enfermedad de Núñez en 1892— y consolidó una visión de país basada en la herencia española, el catolicismo militante y la autoridad centralizada. Su intransigencia excluía a los liberales de los puestos de mando y fue tejiendo, año tras año, las condiciones de la guerra que estallaría en 1899. Dentro del propio conservatismo se fue abriendo una fractura: los nacionalistas, leales al proyecto cariano, frente a los históricos, críticos de la Regeneración desde el Manifiesto de los 21 y Las bases de 1896, partidarios de reformas y de una apertura al liberalismo. Carlos Martínez Silva encabezaba a los históricos; Caro seguía siendo el eje nacionalista.

En ese tablero, los nacionalistas necesitaban para las elecciones de 1898 una fórmula que sostuviera el proyecto regeneracionista frente a históricos y liberales. Escogieron a Manuel Antonio Sanclemente para la presidencia y a Marroquín para la vicepresidencia. Sanclemente pasaba de los ochenta años y padecía mala salud; el arreglo, según lo entendieron todos, permitía a Caro seguir ejerciendo el poder efectivo mediante la figura del designado. Marroquín, septuagenario, retirado de la política activa, cultivador de novelas y latines, fue calculado como pieza decorativa: un patricio letrado cuyo prestigio moral daba lustre a la fórmula sin amenazar con protagonismo. Ganaron.

El golpe del 31 de julio

El cálculo empezó a fallar rápido. Sanclemente, físicamente disminuido, no lograba imponer autoridad; Caro pretendía perpetuarse en el mando; los históricos, marginados del gabinete y convencidos de que la Regeneración se había vuelto incompatible con la paz, planearon una salida por la fuerza. El 31 de julio de 1900, en plena Guerra de los Mil Días —que había estallado meses antes—, un golpe de Estado depuso a Sanclemente y llevó a Marroquín a la presidencia. Los conservadores históricos ejecutaron la operación con un objetivo declarado: negociar la paz con los liberales rebeldes. Carlos Martínez Silva figuraba entre sus cabecillas.

El golpe fue ilegal e inconstitucional, y ninguna gimnasia jurídica posterior podía disfrazarlo: se había derrocado a un presidente en ejercicio para reemplazarlo por su vicepresidente al margen del mecanismo previsto. Marroquín aceptó el cargo. Ese acto, decisivo, marca el primer momento de su presidencia como ejercicio de voluntad política y no como accidente pasivo: podía haberse negado; no lo hizo.

La segunda decisión llegó enseguida y fue la que selló el rumbo del cuatrienio. Los conservadores guerreristas —el sector duro del partido en el gobierno, empeñado en derrotar militarmente a los liberales— presionaron al nuevo presidente para que desautorizara las negociaciones que sus propios ministros históricos habían empezado a adelantar. Marroquín se plegó. Nombró a hombres como Aristides Fernández gobernador de Cundinamarca, desconoció las conversaciones de paz y continuó la guerra. Los históricos que habían dado el golpe para pacificar el país descubrieron, en cuestión de semanas, que su golpe había servido para intensificar la línea contraria.

La reacción no se hizo esperar. En agosto de 1901 se produjo un intento de contragolpe: un sector de los históricos, ya desengañado, se alió con los nacionalistas —deseosos de recuperar el poder— para tumbar a Marroquín. Participaron el general Pedro Nel Ospina y algún pariente suyo. Martínez Silva, el mismo que había fraguado el golpe exitoso del año anterior, fue identificado como cabecilla del intento fallido. La conspiración se deshizo; Marroquín siguió en el poder hasta 1904.

La guerra sin salida

La Guerra de los Mil Días (1899-1902) fue el ambiente en que se desenvolvió toda la presidencia de Marroquín, y también su fracaso mayor. Ya el 26 de mayo de 1900 —antes del golpe— había concluido la batalla de Palonegro, dieciséis días de combate en los que las fuerzas conservadoras derrotaron al ejército liberal, con el general Próspero Pinzón entre los principales jefes militares del gobierno. Militarmente, la guerra estaba prácticamente decidida a favor del oficialismo desde ese momento; políticamente, sin embargo, arrastró dos años más de destrucción porque el gobierno de Marroquín no ofreció términos negociables que permitieran a los liberales deponer las armas con dignidad.

Ese fue el corazón del reproche a Marroquín, y con razón: su desautorización de las conversaciones de paz prolongó una guerra que no podía ganar más de lo que ya había ganado. La devastación económica del país se hizo profunda; los ejércitos irregulares, los reclutamientos forzosos y las represalias entre facciones dejaron una huella de la que Colombia tardaría décadas en recuperarse.

La misión diplomática ante Washington para negociar el canal interoceánico —el otro asunto capital del período— se manejó con una discontinuidad reveladora. Marroquín nombró a Carlos Martínez Silva al frente de la delegación, pero lo relevó al enterarse de que había entablado contactos no autorizados con el general Rafael Uribe Uribe en Nueva York. Lo reemplazó José Vicente Concha, quien llegó al cargo sin conocer los antecedentes de la negociación y sin hablar inglés; presentó su renuncia. El asunto quedó en manos del secretario Tomás Herrán, hombre apocado, sin autoridad suficiente y sin instrucciones claras de Bogotá, a las que —según él mismo reclamó— no se le respondía.

Entre esas manos se firmó el tratado. El 21 de noviembre de 1902, a bordo del buque de guerra estadounidense Wisconsin anclado frente a la costa panameña, se selló el acuerdo que puso fin a la Guerra de los Mil Días: los generales Víctor Manuel Salazar y Alfredo Vásquez Cobo suscribieron por el gobierno, y Lucas Caballero y Eusebio A. Morales por la revolución liberal. Que la paz se firmara sobre un barco norteamericano no era detalle protocolar: los buques de Estados Unidos, presentes para defender el ferrocarril del istmo, habían estado ejerciendo una presión militar cuyo peso sobre el general Benjamín Herrera, comandante liberal en Panamá, fue decisivo. El istmo, cinco meses antes del golpe final, ya era territorio custodiado por una potencia extranjera.

El 3 de noviembre de 1903

El tratado Herrán-Hay se firmó el 13 de enero de 1903 entre el secretario colombiano Tomás Herrán y el secretario de Estado estadounidense John Hay. Cedía a Estados Unidos una franja de tierra a lado y lado del futuro canal en territorio colombiano y establecía las condiciones para la construcción y explotación de la obra. En agosto de ese año, el Senado colombiano lo rechazó por unanimidad. Las razones, complejas, incluían preocupaciones legítimas sobre soberanía y sobre el monto de la compensación, y también cálculos políticos internos que apostaban a renegociar en mejores términos.

Theodore Roosevelt no estaba para renegociaciones. Reaccionó con un desprecio abierto —llamó a los colombianos contemptible little creatures, "despreciables criaturas"— y decidió respaldar el movimiento separatista que ya se había venido gestando en el istmo. Posicionó el destructor Nashville frente a Colón, y en cuestión de días la operación estaba montada. El 3 de noviembre de 1903, Panamá declaró su independencia de Colombia con respaldo militar estadounidense. Los buques norteamericanos impidieron el desembarco de tropas colombianas; a Bogotá le llegó el consejo diplomático de que no era oportuno intentar recuperar la provincia por la fuerza.

Philippe Bunau-Varilla, promotor francés del canal, actuó como representante oficial de la flamante república panameña y negoció con Hay el tratado del canal, ratificado por el Senado de Washington a comienzos de 1904. Colombia no reconocería la soberanía panameña hasta el tratado Urrutia-Thomson, firmado en Bogotá en abril de 1914.

La pérdida del istmo consumió a Marroquín en el juicio histórico. Buena parte de la responsabilidad, ciertamente, le corresponde: la desarticulación de la misión diplomática —tres jefes en poco tiempo, uno relevado por indisciplina, otro que renunció por incompetencia técnica, un tercero abandonado sin instrucciones— fue un fracaso operativo del ejecutivo colombiano, y la negativa a ofrecer una paz negociable en tiempo prolongó la guerra que dejó al país sin capacidad de respuesta militar en el momento del zarpazo. Pero atribuir a Marroquín la pérdida de Panamá como acto personal es un error de escala. Sobre el istmo pesaban factores que ningún gobierno bogotano de la época habría gobernado con facilidad: una tradición autonomista panameña de larga data, el alejamiento geográfico y político del istmo respecto a Bogotá, la ausencia sistemática de servicios del gobierno central hacia la región, y unos intereses estratégicos estadounidenses que ya habían decidido el canal antes de que Herrán pusiera la pluma sobre el papel. El propio Marroquín, además, argumentó haber sido víctima de las acciones indiscretas de sus propios delegados, que sobrepasaron su autoridad en momentos críticos.

La historiografía colombiana simplificó por décadas. Convirtió al septuagenario letrado en responsable único de una catástrofe estructural, en parte porque su figura —hidalgo, humorista, hacendado— era demasiado fácil de convertir en emblema de una élite bogotana desconectada del país real. Había algo justo en el reproche: Marroquín encarnaba, sí, la desconexión. Y algo injusto: no la había fabricado él, ni la había gobernado él solo.

Una red de patricios

Alrededor de Marroquín se dibuja el mapa completo de la élite conservadora en el ocaso del siglo XIX. Miguel Antonio Caro, ideólogo de la Regeneración, gramático y filólogo, fue simultáneamente su afinidad y su contraste: los dos venidos de la cultura letrada bogotana, los dos hispanistas y católicos militantes, pero Caro con vocación política total y Marroquín con vocación política intermitente. Manuel Antonio Sanclemente fue la figura a la que reemplazó por golpe y en cuyo silencio posterior se sostuvo la ficción legal del gobierno. Rafael Núñez —el liberal reciclado en pactos conservadores, arquitecto político de la Regeneración— definía el marco ideológico dentro del cual Marroquín se movió sin haberlo construido.

En la vertiente cultural, Rufino José Cuervo ancla el otro polo: la Colombia filológica que producía obras de referencia continental mientras el país se desangraba en guerras civiles. Marroquín pertenecía a esa Colombia por temperamento, aunque su producción propia no alcanzara la profundidad filológica de Cuervo ni la ambición ideológica de Caro. Su registro era otro: el costumbrismo cotidiano, la humorada bogotana, la anécdota de hacienda.

En la vertiente diplomática y política del canal aparecen Tomás Herrán, José Vicente Concha, Carlos Martínez Silva, John Hay, Theodore Roosevelt y Philippe Bunau-Varilla: cadena que va del secretario apocado en Washington hasta el presidente que llamó "despreciables criaturas" a los colombianos, con el francés promotor del canal actuando como pieza bisagra. Rafael Reyes, que había intentado sin éxito sofocar la revuelta panameña, sucedió a Marroquín en la presidencia en 1904 con un programa de restauración nacional y estableció una dictadura —el Quinquenio— que se prolongaría hasta 1909.

Y en el fuero íntimo, Lorenzo Marroquín (Bogotá, 1856 – Londres, 1918), hijo del expresidente, novelista y autor de Pax (1907). La novela, escrita cuando su padre ya había salido del poder y el país procesaba la derrota conservadora, retrata el ambiente político e intelectual bogotano con audacia crítica: contrapone a los estetas aristocráticos —de refinamiento e iniciativa empresarial— con los burgueses recién enriquecidos, como el personaje Montellano, cuya vulgaridad y codicia denuncia. Que Lorenzo pudiese publicar sin temor a la censura del gobierno de Reyes se atribuye, entre otras razones, a su condición de hijo del expresidente. Que en Pax llamase "tío Manuel" al padre y se burlase de El Moro es el signo íntimo de una fractura mayor: el santafereño de pura cepa dando paso al europeísta escéptico. La élite bogotana se estaba disolviendo por dentro, y la disolución pasaba por las mesas familiares.

Un cuatrienio, un estigma

Marroquín entregó la presidencia el 7 de agosto de 1904 a Rafael Reyes. En un balance de fin de mandato reconoció que los males del país incluían odios, envidias y ambiciones políticas, que las instituciones del Estado se hallaban deshechas o en disolución, y que el comercio y las industrias carecían del sosiego necesario para progresar. No propuso soluciones: describía un paisaje. Cuatro años antes había llegado al poder por un golpe cuyos autores buscaban la paz; se iba dejando un país en escombros y sin Panamá.

Volvió a sus libros y a su hacienda, y murió en Bogotá el 19 de septiembre de 1908, a los 81 años. Le sobrevivió el estigma. Durante décadas, Marroquín fue en Colombia sinónimo de negligencia patricia, de gobernante que dejó perder una provincia por indolencia o incapacidad. Anécdotas apócrifas se le adhirieron —la del hombre que nunca vio el mar, la del presidente que gobernaba escribiendo versos— y prosperaron precisamente porque la figura se prestaba a la caricatura moral.

La revisión posterior ha ido matizando esa lectura. Marroquín fue, por un lado, agente político real: aceptó un golpe inconstitucional que podía haber rechazado; desautorizó activamente las negociaciones de paz de sus ministros históricos, prolongando una guerra ya militarmente decidida; permitió la desarticulación de la misión diplomática del canal en el peor momento posible. En esas decisiones —no en su desconocimiento del mar ni en su afición a las novelas de caballos— radica su responsabilidad histórica, y es considerable.

Por otro lado, fue pieza de un régimen diseñado para prescindir del vicepresidente y que se descompuso justo cuando este tuvo que ejercer. La Regeneración tardía necesitaba figuras de legitimidad cultural —hidalgos letrados, patricios piadosos— para sostener un pacto ideológico centralista y católico, pero carecía de mecanismos para convertir esa legitimidad en capacidad de gobierno cuando las circunstancias exigían mando. La división entre históricos y nacionalistas se libró en buena medida sobre Marroquín, no a través de él: fue el terreno de una pugna interna del conservatismo que él no había fabricado y que no supo, o no quiso, arbitrar. Y sobre el istmo pesaron factores estructurales —autonomismo panameño, ausencia estatal en la región, ambición imperial estadounidense— cuya combinación habría desafiado a cualquier gobierno de la época.

Queda, después de todo, el otro Marroquín: el costumbrista de la Sabana, el rector del Rosario, el primer director de la Academia Colombiana de la Lengua, el hombre que en 1893 propuso mirar la historia desde la vida cotidiana de todos los grupos sociales y no solo desde los generales y presidentes. Ese Marroquín documentó, con humor y desde la hacienda, un mundo sabanero que su propia clase estaba disolviendo, y lo hizo con una gracia que la crítica todavía le reconoce en El Moro. Es un relieve menor comparado con los grandes narradores de la modernidad colombiana que empezaban a asomar —Carrasquilla el primero—, pero es un relieve. Y ha quedado sepultado, quizás injustamente, bajo el peso de un cuatrienio de gobierno que se llevó consigo una guerra terminada mal, una provincia perdida y una república que salió del siglo XIX sin haber terminado de nacer al XX.

Marroquín encarna la paradoja de un país que confundía el prestigio cultural con la aptitud para gobernar y que pagó caro el error. No fue un mal hombre; fue un hombre insuficiente para lo que la historia le pidió. Que la historia luego le pidiera además cargar solo con la culpa —cuando había fuerzas mayores y facciones enteras compartiendo la mesa donde se decidió la pérdida— es una segunda injusticia, más silenciosa. Devolverle su escala, sin absolverlo, es reconocerlo como lo que fue: un hidalgo de la Sabana que llegó a vicepresidente por conveniencia ajena, a presidente por golpe y a villano por decantación, cuando lo suyo, hasta 1898, había sido escribir con humor sobre caballos.

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Documentos y fragmentos citados

36 documentos · 46 fragmentos
01Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · Páginas 173, 1752 citas
[1]

del poder, dentro de los cuales sucedie- ron hechos tan significativos para el país como la terminación de la Guerra de los Mil Días y la irreparable separación de Panamá. Marroquín nació en la capital colombiana el 6 de agosto de 1827 y murió allí mismo el 19 de septiembre de 1908, a los 81 años. Cursó literatura y…

p. 173
[44]

norteamericanas. Lo que vino lue- go, la pérdida de Panamá, tuvo suficiente elo- cuencia para hablar por sí mismo. Dicho sector del territorio patrio había hecho parte desde los tiempos del virreinato de la Nueva Granada y se había integrado voluntariamente a Colombia desde la tercera década del siglo XIX. Tras la…

p. 175
02El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · Página 2191 cita
[2]

cuadros de la vida suramericana (1869), sus Biografías de hombres ilustres o notables relativas a la época del descubrimiento, conquista y coloni- zación de la parte de América denominada actualmente EE. UU. de Colombia (1883), la Biografía del general Joaquín Acosta (1905) y la Biografía del general Antonio Nariño…

p. 219
03Coffee and Conflict in Colombia, 1886-1910Charles W. Bergquist · 1986 · Página 801 cita
[3]

chosen. Critics immediately emphasized the immoderate age of the Nationalist candidates and one pundit described their choice as an example of "political paleontol- ogy."22 Sanclemente, a native of Buga, Cauca, was eighty-three years old in 1897. Given his age and poor health (critics said he was senile), it was…

p. 80
04Colombia siglo XX: desde la guerra de los Mil Días hasta la elección de Álvaro UribeCésar Miguel Torres Del Río · 2015 · Página 201 cita
[4]

requisitos para ser elector, permitió una alianza fugaz entre históricos conser- vadores y liberales. Cuando en noviembre de 1898 fracasó el intento de hacer aprobar una reforma electoral en el Congreso, los guerreristas liberales desple- garon sus velas y se hicieron a la mar. Entre tanto, en el conservatismo la…

p. 20
0530 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · Página 1511 cita
[5]

división entre los conservadores, los históricos y los nacionalistas. Carlos Martínez Silva quedó a la cabeza de los conservadores históricos y Miguel Antonio Caro de los nacionalistas. Los históricos propugnaban por darles participación a los liberales y abolir la llamada Ley de Caballos, que incluía fuertes…

p. 151
06Motivo por el cual: artículos de costumbres IJosé Manuel Marroquín y otros autores · 2015 · Páginas 1, 2662 citas
[6]

JOSÉ MANUEL MARROQUÍN Y OTROS AUTORES MOT iv O p OR EL c UAL: ARTÍ c ULOS d E c OSTUM b RES i J OSÉ M ANUEL M ARROQUÍN Y OTROS AUTORES MOT iv O p OR EL c UAL: ARTÍ c ULOS d E c OSTUM b RES i Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia Marroquín, José Manuel, 1827-1908 Motivo por el cual [recurso…

p. 1
[9]

por bien empleados los gastos y la barahúnda que aquella pere - grinación ocasionó. Pero yo, yo que no fui el objeto de ninguna hechicera sonrisa, ni de ninguna lánguida mirada; yo que no probé los jamones ni caté los vinos; yo que no me arrastré en cueros ni tuve modo de hacer castillo en el aire; yo, en fin, que,…

p. 266
07Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Páginas 68, 1232 citas
[7]

de la obra «En familia», de José Manuel Marroquin. Ala izquierda, monumento a Jorge Isaacs, en Cali, con la figuracién de Maria en primer término. El encuentro de Manuela y Deméstenes se des- cribe asi: «Vio que era una joven lavandera que di- vertia su soledad soltando sus pensamientos y su voz mientras concluia su…

p. 123
[31]

cuencia ldgica, una inflacién que encarecié las im- portaciones y estimuld la especulacion, factores que complicaron todavia mas el mal estado del pais. En estas circunstancias, el grupo liberal llamado «autonomista», encabezado por el general Rafael Uribe Uribe, promovid la guerra contra los conser- vadores, la cual…

p. 68
08Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · Página 211 cita
[8]

María Rivas Groot, Lorenzo Marroquín; pero no puede afirmarse que sus esquemas novelísticos hayan perdurado. Y de las varias novelas es- critas por José Manuel Marroquín (Entre primos, Blas Gil, etc.) quizá la única que mantiene algún atractivo es El Moro, la autobiografía de un ca- ballo de la Sabana de Bogotá,…

p. 21
09The Work of Recognition: Caribbean Colombia and the Postemancipation Struggle for CitizenshipJason McGraw · 2014 · Página 1321 cita
[10]

the writings of José María Samper, Felipe Pérez, José Manuel Marroquín, and many others. The influence of Cuervo’s portrait reached even into governmental labor and commercial policies. 54 Those who followed Cuervo’s literary pursuits found outlets for their writing in numerous weekly newspapers and book anthologies,…

p. 132
10La hegemonía conservadoraRubén Sierra Mejía (editor) · 2018 · Página 921 cita
[11]

para entender la novela de Marroquín, con sus estetas aristocráticos de- dicados a los negocios, a las grandes obras de ingeniería y al lucro, en contraste con S. C. Mata, el poeta modernista pintado con todas las tintas oscuras de la pobreza y el mal gusto, la farsa y el suicidio, o con el burgués recién enriquecido,…

p. 92
11Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Páginas 115, 1452 citas
[12]

Retratar el ambiente político e intelectual de la capital colombiana después de la Guerra de Los Mil Días no era una empresa fácil en medio de las censuras del gobierno de Rafael Reyes. Una novela como Pax (1907), que desató un escándalo social y de la que se vendieron dos ediciones en poco más de un mes, solo podía…

p. 145
[24]

no entiende de “intelectualidades”— y fue clausurada o cuando menos intervenida por el clero y su censura. La reacción de los liberales contra el “nuevo” gobierno de los conservadores provocó uno de los periodos de más intransigencia, represión y oscurantismo de la historia colombiana, el que va de 1886 a 1903; tres…

p. 115
12Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · Página 71 cita
[13]

educación. Recreación, vida diaria y feminismo En 1893 decía don José Manuel Ma- rroquín que ya no satisfacía a los lecto- res de libros de historia «la relación de fundaciones de imperios, de conquistas, de guerras, de cambios de gobierno y dinastía, y de sucesión de soberanos, que han solido ser única materia de la…

p. 7
13Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Páginas 270, 3502 citas
[14]

Acosta, presidente Se escribe contrato para ferrocarril entre Barranquilla y Sabanilla Jorge Isaacs publica María Se funda la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá 1868 Santos Gutiérrez, presidente Se actualizan la Biblioteca Nacional y el Museo Nacional Año Política Sociedad y economía Cultura y ciencia 1870…

p. 350
[18]

el inicio de una guerra civil, en 1899. La “regeneración” política de Colombia inauguró un periodo de hegemonía conservadora durante la presidencia de Rafael Núñez y de Miguel Antonio Caro, quien como vicepresidente estuvo al mando durante las ausencias frecuentes de Núñez, y hubo de reemplazarlo cuando enfermó, en…

p. 270
14Pa que se acabe la vainaWilliam Ospina · 2013 · Página 391 cita
[15]

el que tuvo efectos más duraderos fue Miguel Antonio Caro, limitado poeta aunque notable traductor de Virgilio, un hombre que sólo hablaba en latín bajo los sietecueros de la sabana y que nunca salió del altiplano, ni siquiera para saber qué clase de país era éste al que él le estaba dando forma en las instituciones.…

p. 39
15De la derecha a la izquierda: La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Página 441 cita
[16]

civil [...] y la sociedad religiosas". El documen- to también señala cómo la Iglesia Católica es «[una] parte esencial del orden nacio- MICHAEL J. LAROSA La Constitución de J 886 fue, en gran medida, obra de Miguel Antonio Caro. el principal pensador conservador de la época. Firme defensor de la Iglesia y la fe…

p. 44
16De la derecha a la izquierda. La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Página 441 cita
[17]

sociedad religiosas". El documen- to también señala cómo la Iglesia Católica es «[una] parte esencial del orden nacio- MICHAEL J. LAROSA La Constitución de J 886 fue, en gran medida, obra de Miguel Antonio Caro. el principal pensador conservador de la época. Firme defensor de la Iglesia y la fe católica, publicó un…

p. 44
17Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · Páginas 28, 2752 citas
[19]

de fuerte autoridad, sería elegido por un período de seis años. Núñez no quiso firmar la constitución, considerando que defraudaba justas aspiraciones nacionales y que en sus folios quedaban envueltas futuras guerras civiles. Según Miguel Samper “así concluía una época tormentosa que había comprendido la estabilidad…

p. 275
[29]

cuyo balance fue aterrador: en 220 combates se enfrentaron 75.000 soldados del Gobierno conservador y otro tanto de liberales, la mayoría constituidos en guerrillas. Estos sufrieron varias derrotas, pero la mayor e irreversible, fue la de la batalla de Palonegro, la más larga y mortífera, que duró 16 días (entre el 11…

p. 28
18El café en Colombia, 1850-1970: una historia económica, social y políticaMarco Palacios · 2009 · Página 1301 cita
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fino político liberal, escéptico, positivista, hombre de mundo para los hábitos pacatos de la sociedad colombiana, y Miguel Antonio Caro, católico ultramontano, hispanófilo tradicionalista, arrogante y huraño fuera de su círculo de íntimos, y de quien se dijo que, como cuestión de principio, no solía viajar más allá…

p. 130
19Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 1461 cita
[21]

las ind í genas, LA REP Ú BLICA FEDERAL 151 ilc esp í ritu infantil, y una autoridad fuerte era indispensable para controlar el esp í ritu montaraz y rebelde de mestizos y mulatos. La Iglesia era esencial para que s ú bditos o ciudadanos aceptaran las restricciones de la vida en sociedad: al reemplazar la idea de…

p. 146
20Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · Página 1141 cita
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central de intervenir en la política de cada estado soberano en la década de los setenta, y la de unos estados intentando mani- pular la de los vecinos, trajo consigo un resquebrajamiento no sólo de la unidad política sino también del mercado interior, porque las rivalidades llevaron a implantar adua- nas que frenaban…

p. 114
21Economía y cultura en la historia de ColombiaLuis Eduardo Nieto Arteta · 2016 · Página 5681 cita
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varios ensayos periodísticos, el señor Núñez advir- tió que la Regeneración era un movimiento que tendía hacia la racionalización del Estado y la vida política: «Si mal no comprendemos y apreciamos la situación, es la ver- dad que estamos saliendo de la época de la imaginación para 569 Eíndnice r ístasóe ld te…

p. 568
22Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · Página 1031 cita
[25]

que habían caracterizado la administración de Sanclemente. Los guerreristas impo- nen su línea: Fernández, contra lo prometido a Parra, es nombrado go- bernador de Cundinamarca; Marro- quín, presionado, desautoriza las con- versaciones de paz adelantadas por varios de sus ahora ministros; y la gue- rra, haciéndose más…

p. 103
23¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 711 cita
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la presión militar estadounidense sobre el istmo, cuyo comercio no po día detenerse, también los hizo retroceder. Los conservadores históricos, por su parte, hacían su propia lucha al deponer al presidente Manuel Sanclemente en favor del vicepresidente José Manuel Marroquín en julio de 1 900, logrando así recuperar el…

p. 71
24Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Página 681 cita
[27]

de aliento. En la fase guerrillera los liberales ganaron fuerza en el centro del país y en 1902 amenazaron dominar Panamá. Pero su princi- pal efecto quizás haya sido en el largo plazo. Acaso fueron sem- bradas las semillas del radica li smo popular que germinarían en el primer tercio del siglo xx en regiones…

p. 68
25Modernization in Colombia: The Laureano Gómez Years, 1889–1965James D. Henderson · 2001 · Página 661 cita
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ringleader of both the successful and illegal coup of July 31, 1900, and of the unsuccessful and also illegal coup attempt of August 31, 1901. In spite of all that, Marroquín had the forbearance and good sense to make Martínez Silva head of the diplomatic mission charged with negotiating a Panama canal treaty with the…

p. 66
26Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · Página 2991 cita
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fugaz e inmaduro intento revolucio- nario del 95 no fue sino antesala de la más terrible, prolongada y destructora de las contiendas civiles del siglo XIX, proyectada hacia los albores del xx con efectos desastrosos. Originada, como las anteriores, en razones polí- ticas, se tradujo en levantamiento ge- neral de las…

p. 299
27Historia de Colombia. La República de Colombia IRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), y colaboradores: Arturo Alape, Óscar Alarcón Núñez, Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Antonio Cacua Prada, Germán Cavelier, entre otros · 1988 · Páginas 48, 722 citas
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instante, Herrera comprende que todo esta perdido. Dolido en lo mas profundo de su ser, rompe sobre sus rodillas su es- pada victoriosa y capitula, dejando escapar aquella frase que se ha hecho célebre en los anales de nuestra historia: «La Patria por encima de los par- tidos». El tratado de paz se firma a bordo del…

p. 48
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se acepto la renuncia. Entre otras cosas porque con la propuesta de nuestro representante diplomatico co- menzaba a abrirse paso la idea de aceptar la ruta de Panamay se disipaban también las posibilida- des de aprobar la ley Herburn. A ello se agregaban los movimientos sismicos que se registraban en Centroamérica,…

p. 72
28Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · Página 3861 cita
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una Colombia enfrentada con siniestra regula- I ridad. Una Colombia que, en lugar de ir mitigando sus pa- siones con el paso de los años, va refinando con ellos el • ejercicio de la violencia, con el apoyo del avance técnico y / científico del armamento y con un hombre colombiano s cada vez más amañado con la aventura…

p. 386
29Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 981 cita
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ejecutar hazañas sino de vencer […] Pero hemos llegado a un punto en que se impone la cesación de la lucha. El Gobierno es impotente para debelar la revolución, pero la revolución es impotente para derribar al Gobierno […] envainemos los aceros para que el pueblo no diga que los contendores son cuadrillas de locos,…

p. 98
30Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · Páginas 78, 812 citas
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odo de seis a ñ os, indicaba as í, a la ligera, como sol í a, que “ el comercio y todas las industrias echan menos el sosiego que han menester para ir adelante ”, y ello despu é s de asegurar que “ los males que amenazan a Colombia y q ü e ya la afligen, n ó son de mucha menor cuenta que los consiguientes a una invasi…

p. 78
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desautorizaci ó n oficial de algunas de sus actuacio nes. Negocio de tanta gravedad y que compromet í a intereses tan vitales del pa í s fue dejado en las manos de un secretario, don Tom á s Herr á n, hombre apocado, quien carec í a de suficiente auto ridad y a quien ni siquiera se le contestaban sus notas, ni se le…

p. 81
31Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · Página 811 cita
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de Suez, fracasó en su intento ¥ tras sucesivas prórrogas del gobierno colombiano para la entrega de la obra, fue disuelta en 1899. Los franceses, que trataben de proteger su inver sión, constituyeron la Nueva Compa- si de Canal de Paraea: que. permiso esten los traba- hasta e pytera dé cinco mi- Hors de francos. En…

p. 81
32Nueva Historia de Colombia, Vol. III: Relaciones Internacionales, Movimientos SocialesÁlvaro Tirado Mejía, Jesús Antonio Bejarano, Fernando Cepeda Ulloa, Rodrigo Pardo García-Peña, Germán Zea Hernández, Luis Vitale, Malcolm Deas, Catherine LeGrand, Mauricio Archila Neira, Rocío Londoño Botero, Pierre Gilhodes, Myriam Jimeno Santoyo · Página 1271 cita
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La expansión norteamericana afec- tó también a Colombia, al estimular la escisión de Panamá, con la finalidad de apoderarse del Canal. La interven- ción norteamericana fue el resultado del fracaso de sus gestiones con Co- lombia para construir un canal. Al ser rechazado por el Congreso colombia- no el tratado…

p. 127
33Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · Páginas 112, 2422 citas
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Conservative elite who looked derisively on the culture, traditions, and political affiliations of the coastal residents, who gravitated toward Liberal Party principles and priorities. Panamanians had never felt fully integrated into the Colombian national ethos. The capital city of Colombia was distant and foreign to…

p. 112
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though technologically com- plex, was already 40 percent completed thanks to the prior efforts of Lesseps. The Hay- Herr á n Treaty was ratified in early 1903 by the United States Sen- ate but was rejected by the Colombian Senate. Colombians worried about the loss of sovereignty over Panama, as their nation was…

p. 242
34Historia abierta del arte colombianoMarta Traba · 2016 · Página 1031 cita
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Panamá ” y con sus asesores y los abo- gados de la Compañía del Canal, organizó la compra de autoridades panameñas para la secesión». Los Estados Unidos, «aliado eventual y egoísta», como lo califica Bolívar, que se habían opuesto desde el Congreso de Pa- namá planeado por el Libertador en 1826, a toda posible…

p. 103
35Biografía del CaribeGermán Arciniegas · 2016 · Páginas 700, 7052 citas
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del tratado abriría dos caminos: o la construcción del canal por Nicaragua… o la construcción por Panamá después de la separación y declaración de independencia del istmo bajo la protección de los Estados Unidos, como sucedió en Cuba…». Se inflama el debate en Bogotá. Las notas del secretario de Estado caen como una…

p. 700
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mil dólares. El 24 se envía el tratado en el barco que sale de Nueva York para Colón. El buque llega a Colón el 1 de diciembre. El 2 aprueba el tratado el gobierno de Panamá. El 4 se devuelve con todos los sellos. El 7 Roosevelt abre el Congreso con un mensaje en donde cuenta lo que ha pasado. Aunque el escándalo de…

p. 705
36Colombia and World War I and Its Aftermath, 1914–1921Jane M. Rausch · 2014 · Página 51 cita
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had tried to put down the Panama revolt without success, was able to gain the presidency in 1904 by calling for a program of na- tional restoration. Once installed, he quickly adopted authoritarian meas- ures to create a dictatorship known as the Quinquenio that endured until 1909. 10 Historians find the Quinquenio a…

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