Invención cultural de la nación y república letrada (1869–1875)
Entre 1869 y 1875, la disputa por la nación colombiana se libró en el terreno de la letra impresa: la reforma educativa radical de 1870, la fundación de la Academia Colombiana de la Lengua, el costumbrismo, la novela romántica y los primeros estudios filológicos configuraron un campo cultural donde el proyecto secular liberal chocó con el proyecto hispano-católico conservador.
- La Constitución de Rionegro (1863) consolidó el federalismo radical y dio al liberalismo el control del Estado, impulsando un proyecto de modernización secular que incluía la educación laica y obligatoria como eje central.
- La Iglesia Católica y el Partido Conservador resistieron la secularización del Estado y la sociedad, articulando una respuesta cultural e historiográfica centrada en el legado hispánico y católico como fundamento de la identidad nacional.
- La Comisión Corográfica (1850–1859) y las tertulias literarias bogotanas de mediados de siglo —en especial las de Vergara y Vergara y la revista El Mosaico desde 1858— crearon una infraestructura de sociabilidad letrada sobre la que se montaron los debates culturales del Olimpo Radical.
- La ausencia de un campo cultural autónomo del poder político hizo que novelas, revistas, gramáticas e historias eclesiásticas fueran simultáneamente obras literarias y armas ideológicas en la disputa por definir la nación.
- El Decreto Orgánico de Instrucción Pública de 1870 y la misión pedagógica alemana transformaron el sistema educativo colombiano, introduciendo métodos pestalozzianos y la neutralidad religiosa en las escuelas, pero generaron una polarización que desembocó en la guerra civil de 1876–1877.
- La fundación de la Academia Colombiana de la Lengua en 1872 y la publicación de las Apuntaciones críticas de Cuervo ese mismo año institucionalizaron el castellano como eje de la identidad nacional desde una perspectiva hispánica, con influencia duradera sobre la cultura letrada colombiana.
- María de Jorge Isaacs (1867) se convirtió en el referente literario más reconocido de Colombia en el siglo XIX y en un clásico de las letras latinoamericanas, trascendiendo las fronteras del debate liberal-conservador.
- Las escritoras como Soledad Acosta de Samper y Josefa Acevedo de Gómez abrieron, con dificultad y en condiciones de subordinación, un espacio para la voz femenina en el campo intelectual colombiano, sentando precedentes para la defensa de la igualdad de género.
- La guerra civil de 1876–1877, en parte provocada por la reforma educativa, fue desastrosa para la educación: se suspendieron clases, se destruyeron libros de texto y las aulas fueron usadas como cuarteles, frenando el impulso modernizador radical.
La república letrada bajo el Olimpo Radical (1869-1875)
Entre 1869 y 1875, mientras los Estados Unidos de Colombia se organizaban bajo la Constitución de Rionegro y el liberalismo radical llegaba a su cenit político, la disputa por la nación se libró en un terreno tan decisivo como los congresos y los cuarteles: el de la letra impresa. En novelas y revistas, en gramáticas e historias eclesiásticas, en decretos escolares y actas académicas se configuró un campo donde el proyecto secular republicano de los radicales chocó con el proyecto hispano-católico del conservadurismo, sin que ninguno lograra imponerse del todo. Sobre ese tablero se jugaron la reforma educativa de 1870, la fundación de la Academia Colombiana de la Lengua en 1872, la irradiación de María de Jorge Isaacs desde 1867, las primeras filologías científicas de Rufino José Cuervo y Ezequiel Uricoechea, y los inicios tímidos de una escritura femenina que ensayaba tomar la palabra propia. Se peleaba, en el fondo, por tres cosas concretas: qué pasado tendría la nación, qué lengua la nombraría y quiénes tendrían derecho a escribirla.
El mundo del que brota: la sociabilidad letrada antes de 1869
La efervescencia cultural del Olimpo Radical hunde sus raíces en la década de 1850. La Comisión Corográfica, establecida por la Ley n.° 29 de 1849 bajo el gobierno de José Hilario López y dirigida por el ingeniero italiano Agustín Codazzi, operó entre 1850 y 1859 como el primer intento científico institucional de alcance global en Colombia. Sus miembros —Manuel Ancízar como secretario, Manuel María Paz, José Jerónimo Triana— recorrieron el territorio inventariando recursos, dibujando mapas, describiendo paisajes y poblaciones. Fue mucho más que un ejercicio cartográfico: fue el gesto fundacional de una manera de escribir el país.
Ancízar cristalizó ese modo de mirar en la Peregrinación de Alpha, publicada por entregas en El Neogranadino a partir del 11 de enero de 1850, mientras cumplía funciones en la Comisión, y reunida en libro en 1853 por la Imprenta de Echeverría Hermanos. La crónica de sus viajes por las provincias del norte de la Nueva Granada en 1850 y 1851 mezclaba inventario de materias primas, observación geográfica y prosa atenta a olores, temperaturas, calidad del aire. Ancízar defendía además que la novela y el cuento eran el mejor instrumento de análisis psicológico para comprender las sociedades, porque la imaginación era el aliado más eficaz para construir hipótesis sobre la fisonomía de las culturas. Sus artículos en El Neogranadino sembraron el costumbrismo colombiano y despertaron entre los jóvenes el interés por retratar el paisaje y las costumbres locales. Con menos eco, defendió también que el reparto de tierras era la única política capaz de liberar al indio y sostener una verdadera democracia: solo una igualdad de fortunas, escribió, podía servir de asiento a la verdadera democracia.
De ese caldo salieron las tertulias bogotanas de mediados de siglo. En diciembre de 1858, el hacendado Eugenio Díaz —nacido en 1803, vestido de ruana y alpargatas— llegó a la tertulia de José María Vergara y Vergara llevando el manuscrito inédito de Manuela, novela costumbrista sobre la vida campesina de la Sabana. Ese mismo mes, el 24 de diciembre de 1858, apareció el primer número de El Mosaico, revista de literatura, ciencias y música que Vergara y Vergara impulsó como espacio central de la sociabilidad letrada. La revista albergó plumas de distinto color político y estableció una amplia red de distribución dentro y fuera del país. En julio de 1865, el liberal Felipe Pérez asumió su dirección al frente de una "asociación progresista", en clave del radicalismo que ya empujaba con fuerza. La rotación mostraba una regla de fondo: en los momentos de mayor tensión política, hasta la prensa literaria se convertía en nicho de formación de opinión, y ninguna revista podía pretenderse autónoma de las redes del poder.
El Decreto Orgánico y la ofensiva secular (1870-1872)
El Olimpo Radical llegó al gobierno con un proyecto de modernización cuyo corazón era la educación. El 1 de noviembre de 1870, bajo la presidencia de Eustorgio Salgar, se expidió el Decreto Orgánico de Instrucción Pública, que estableció la escolarización elemental obligatoria, la neutralidad religiosa de las escuelas y un sistema nacional de instrucción organizado, dirigido y supervisado desde el gobierno central. Para dotarlo de método, el gobierno contrató una misión pedagógica de maestros protestantes alemanes con el encargo de fundar escuelas normales en todos los estados de la federación. Los pedagogos introdujeron la enseñanza prusiana y, sobre todo, los métodos pestalozzianos, basados en la actividad del alumno mediante la inducción y la disciplina del amor reflexivo.
El aparato tenía su órgano de circulación: la revista semanal La Escuela Normal, publicada durante ocho años como eje de la cultura pedagógica nacional. En sus páginas, el 14 de enero de 1871, apareció el texto del Decreto Orgánico. El movimiento pedagógico del gobierno Salgar sería el más importante de la segunda mitad del siglo XIX en Colombia y engendraría otras revistas pedagógicas de alcance nacional y regional.
La reacción no se hizo esperar. Los conservadores, con Miguel Antonio Caro a la cabeza, denunciaron que el Estado confundía su obligación de educar con el derecho de la Iglesia a adoctrinar. El gobierno, escribió Caro, "armado con la espada de la ley", "invadía con escándalo y violencia los derechos de la religión y la ciencia". La combinación de neutralidad religiosa, centralismo escolar y maestros protestantes venidos de Alemania resultó explosiva para una jerarquía católica acostumbrada a monopolizar la formación de las conciencias. Del lado radical, Aníbal Galindo defendió sin eufemismos que la educación pública debía enseñar doctrinas liberales para formar ciudadanos liberales, y rechazó cualquier eclecticismo entre pensamiento liberal y católico en las aulas universitarias. La ofensiva secular no ocultaba su carácter: quería formar una ciudadanía a imagen del liberalismo.
La respuesta hispano-católica: fundar academia, escribir historia
Frente al proyecto radical, el conservadurismo católico no organizó una contrarreforma inmediata desde el poder —no lo tenía—, sino que reforzó sus posiciones en el terreno cultural. En 1872, en Bogotá, bajo la segunda presidencia del liberal Manuel Murillo Toro, se fundó la Academia Colombiana de la Lengua. El impulso vino de José María Vergara y Vergara, la misma figura que había animado El Mosaico, editado el Museo de cuadros de costumbres y convertido el bambuco en emblema. Vergara moriría ese mismo año, a los 41, pero la Academia perduró como institución tutelar del castellano en Colombia.
La coincidencia es significativa. Vergara sostenía que la lengua española, hablada por igual en México, Madrid o Buenos Aires, no bastaba para distinguir al granadino, y que era la música del bambuco —no el idioma— la que anclaba una identidad nacional propia. Al fundar una academia de la lengua, sin embargo, ligaba a Colombia con la tradición hispánica, con la Real Academia y con un proyecto cultural de raíz peninsular. La lengua se convertía en trinchera: no como diferencia, sino como continuidad con el legado español.
Ese mismo año 1872, Rufino José Cuervo, nacido en Bogotá el 1 de septiembre de 1844, publicó las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano. Formado en su infancia y juventud por los jesuitas —aficionados a la filología— y por los escritores y educadores Lorenzo Lleras, Mariano Ortega, Ricardo Carrasquilla y Santiago Pérez, Cuervo llevaba la disciplina filológica a un rigor científico sin precedentes en el país. Las Apuntaciones y la Academia, publicación y fundación de un mismo año, dibujan el contorno de un proyecto cultural: hacer del castellano en Colombia objeto de ciencia y bandera de identidad, en el mismo movimiento.
La respuesta conservadora tuvo también su gran obra historiográfica. José Manuel Groot escribió la Historia eclesiástica y civil de la Nueva Granada, una de las más prominentes del siglo XIX, que ofreció una visión positiva del período colonial y del legado español. Los historiadores conservadores rescataban del pasado colonial el papel ordenador de la Iglesia, la valoración del Estado fuerte y el legado hispánico en educación, artes y ciencias; buscaban allí los referentes con que hacer frente al desorden que, según ellos, había traído la vida republicana. Contra ellos, José María Samper había escrito ya en 1861 el Ensayo sobre las revoluciones políticas, donde criticaba el carácter centralista, monopólico, fiscalista, intervencionista y omnipresente del Estado español y la Iglesia durante la Colonia. Se enfrentaban así dos historiografías incompatibles, cada una con su genealogía y su nación posible: una arrancaba del Grito de Independencia como ruptura liberadora; la otra veía en la Colonia el fundamento estable de un orden social que la República había desbaratado.
El costumbrismo y la novela: escribir el país
Si la academia y la historia eran arenas donde el pulso ideológico se declaraba abiertamente, el costumbrismo y la novela ofrecían un terreno más ambiguo. El costumbrismo literario contribuyó a definir lo nacional describiendo particularidades regionales y contraponiendo lo propio a la influencia extranjera. Fue utilizado tanto por liberales como por conservadores, para oponer lo nacional a Francia e Inglaterra y para dar a conocer el país en el exterior con la esperanza de atraer inmigrantes. Los cuadros de costumbres y la novela funcionaban como archivo: en ellos quedaban registradas las visiones del patriciado urbano, las metamorfosis de los actores sociales, la ambigüedad de las sociedades mestizas y las tensiones entre valores coloniales y vocabulario constitucional moderno.
Sobre ese suelo común creció, en 1867, la novela que definiría por décadas la representación literaria de Colombia: María, de Jorge Isaacs, nacido en 1837. Su irradiación durante los años del Olimpo Radical fue enorme. Novela romántica que llegaba tardíamente al país —el romanticismo se prolongó en Colombia hasta épocas muy avanzadas, tanto en poesía como en novela—, María haría del Valle del Cauca un paisaje literario y del amor imposible una gramática nacional. El crítico Eduardo Camacho Guizado observó que el paisaje en María funciona como un personaje más: naturaleza apacible, hostil, sollozante, en correspondencia tan estrecha con los sentimientos que resulta difícil separar ambiente y ser humano. La novela no encajaba con nitidez en ninguno de los dos proyectos rivales: escrita por un liberal, envuelta en atmósfera cristiana; nostálgica de un mundo hacendario que la modernización radical estaba desmontando; leída por conservadores y liberales por igual como el gran retrato del país sensible.
El costumbrismo del Mosaico siguió generando literatura durante los años radicales: sus redes distribuían escritores como Vergara y Vergara, José Manuel Marroquín, Eugenio Díaz —muerto en 1865— y una miríada de cuadristas que fijaban en prosa las escenas de la Sabana, del altiplano, de los pueblos. Sirvió como fuente de primer orden para comprender el imaginario del patriciado bogotano y como zona de mezcla ideológica: en sus páginas cabían plumas de distinto signo, y la disputa se libraba menos por acceso al medio que por el tono con que cada quien describía el país.
La lengua chibcha, el pasado muisca: comodín simbólico
Mientras liberales y conservadores se disputaban el presente y el pasado inmediato, ambos coincidieron en un gesto singular: volver la mirada hacia el pasado indígena. Ezequiel Uricoechea, nacido en 1834, fue la figura clave. Rescató, transcribió e intervino manuscritos anónimos del siglo XVII sobre la lengua chibcha, y publicó una gramática con el propósito declarado de dar a conocer el idioma de los antiguos pobladores de la región central del país. Confesó haber "aumentado i correjido" los materiales originales, lo que abría interrogantes sobre la fidelidad de su edición pero también inauguraba un campo nuevo: el americanismo científico, la filología de las lenguas indígenas. Con esa obra abrió su Colección lingüística americana.
Junto al trabajo filológico floreció una atención al pasado material. Florentino Vezga había publicado en 1860 la Memoria sobre la historia del estudio de la botánica en la Nueva Granada, la primera obra sobre historia de la ciencia en Colombia, cuya primera parte, dedicada a la "Botánica indígena", buscaba rescatar los conocimientos terapéuticos de los indios con el mismo criterio de indagación que había orientado la Comisión Corográfica. Poco después, Liborio Zerda publicaría por entregas en el Papel Periódico Ilustrado, a partir de julio de 1882, el texto El Dorado, describiendo piezas arqueológicas prehispánicas.
El pasado muisca funcionó como un recurso simbólico disponible para bandos distintos. La poesía de Pereira Gamba, entre otros, tejió un vínculo entre los ancestros muiscas y los criollos, presentando a estos últimos como herederos del legado indígena y como libertadores predestinados. El coleccionismo de objetos prehispánicos y su musealización formaron parte de un proceso de redescubrimiento del pasado precolombino que, entre 1820 y 1945, involucraría a viajeros, arqueólogos y coleccionistas. Pero la operación tenía un límite claro y compartido: el muisca invocado era el muisca extinto, ancestral, arqueológico. Los indígenas contemporáneos no aparecían como interlocutores culturales sino, en el mejor de los casos, como sujetos a liberar mediante políticas económicas —como quería Ancízar con el reparto de tierras— o como poblaciones a integrar por la vía escolar. El pasado muisca fue un comodín simbólico; el presente indígena, un problema social que ninguno de los dos proyectos culturales estaba dispuesto a formular como cuestión de nación.
Las mujeres que tomaron la palabra
Ese silencio sobre el indígena contemporáneo tuvo su reverso en otro silencio, más cercano al centro del campo letrado. En este teatro dominado por hombres, la irrupción femenina fue lenta, difícil y significativa. Soledad Acosta de Samper, nacida en 1833, se convirtió durante estos años en una de las escritoras más prolíficas del siglo XIX colombiano, con una producción que abarcaría novelas, cuentos, ensayos, biografías, historia y periodismo. Fundó y dirigió la revista La Mujer, redactada exclusivamente por mujeres, y se convirtió en pionera en la defensa del trato igualitario y de la capacidad intelectual femenina en un país donde tales temas rara vez se discutían.
Su posición dentro del campo intelectual era paradójica. Su educación —Halifax, París, dominio del inglés y del francés— la ponía en mejor situación que la del hombre letrado promedio; su condición de mujer criolla, sin embargo, la ubicaba en el borde entre los letrados criollos masculinos, las mujeres no criollas y los hombres subalternos. Sus novelas construyeron protagonistas femeninas fuertes, empujadas a la búsqueda del autoconocimiento por la experiencia. Y sin embargo, ese capital cultural excepcional no bastó para franquear los umbrales institucionales que se abrían en los mismos años: la Academia Colombiana de la Lengua, fundada en 1872, no la incluyó entre sus miembros.
El caso de Acosta no era aislado sino síntoma. Los prólogos e introducciones de las narradoras colombianas de la segunda mitad del siglo XIX revelan que muchas escritoras no se sentían plenamente autorizadas para tomar la palabra: se autodescalificaban, expresaban dudas sobre su legitimidad, anticipaban el rechazo tanto masculino como femenino. Esa retórica defensiva no era falsa humildad: era la marca de un campo que no las autorizaba. Josefa Acevedo de Gómez, autora de Cuadros de la vida privada de algunos granadinos y muerta en 1861, había abierto un camino que continuaría con timidez. Las últimas décadas del siglo XIX serían en Colombia un período en el que las mujeres comenzarían, con dificultad, a buscar su propia voz y discurso.
La escritura femenina no estuvo al margen del campo intelectual: operó en dinámicas análogas a las que rigen toda literatura, pero desde una subordinación estructural que ni el proyecto liberal-radical ni el hispano-católico se propusieron cuestionar. Ambos bandos coincidieron —sin declararlo— en que la nación letrada era asunto de hombres. Fue una convergencia silenciosa, más reveladora que cualquiera de sus disputas explícitas.
Causas: por qué la cultura fue arena central
Esa convergencia se explica, en buena parte, por el mapa institucional en que se libraba la pelea. Bajo la Constitución de Rionegro, el Estado central era débil, las prerrogativas de los estados federales eran amplias, y la Iglesia católica había sido despojada de gran parte de sus bienes y funciones tras las reformas de Tomás Cipriano de Mosquera en la década anterior. En ese vacío, la pelea por el control de las instituciones que formaban ciudadanos —la escuela, la academia, la prensa, la lengua— adquirió intensidad excepcional. Quien controlara la escuela y la letra impresa configuraría el sentido común de la generación siguiente.
A esa vulnerabilidad institucional se sumó la ambición modernizadora del radicalismo. El Decreto Orgánico de 1870 no fue una medida técnica sino una apuesta civilizatoria: escuela obligatoria, laica, con maestros formados en pedagogía prusiana. Traer alemanes protestantes a un país mayoritariamente católico fue un gesto simbólico tanto como práctico: la modernidad hablaba alemán y no rezaba en latín. Los radicales sabían que el proyecto era ofensivo, y lo defendieron sin retórica conciliadora.
Actuaba, en fin, la porosidad del propio campo letrado. Existía un solo circuito de tertulias, revistas y editoriales; una sola élite bogotana con lazos familiares cruzados; una sola clase de hombres que leían, escribían y publicaban. Que Vergara y Vergara fundara una academia bajo un gobierno liberal, que El Mosaico fuera dirigido por un liberal en 1865, que Isaacs —liberal— fuera leído por conservadores, no eran anomalías sino la textura normal de un mundo cultural compartido. Por eso la disputa se libró a la interna, con toda la violencia de las peleas entre parientes.
El detonante, sin embargo, fue el Decreto de 1870. Antes de él, la coexistencia era tensa pero funcional; después, la Iglesia y el conservadurismo entendieron que estaba en juego la formación misma de las conciencias, y respondieron con toda la potencia de sus recursos: prensa, púlpito, historiografía, academia. La cultura se volvió arena central porque el radicalismo hizo de ella el instrumento decisivo de su proyecto, y sus adversarios reconocieron el desafío.
Consecuencias: del aula al campo de batalla
Las consecuencias inmediatas se midieron en instituciones y en libros: la Academia Colombiana de la Lengua abrió sus puertas en 1872 y sigue funcionando; las Apuntaciones de Cuervo fundaron la filología científica en el país; La Escuela Normal consolidó durante ocho años una cultura pedagógica de la que salieron generaciones de maestros; la obra filológica de Uricoechea inauguró el americanismo lingüístico. En pocos años se acumuló un capital institucional cuyos efectos rebasarían por mucho el período radical.
Pero la consecuencia más brutal fue la guerra. La reforma educativa de 1870 fue una de las causas de la guerra civil de 1876-1877, que enfrentó al gobierno radical liberal con el Partido Conservador respaldado por la Iglesia católica, sobre todo por la imposición de una educación secular y la contratación de la misión pedagógica de protestantes alemanes. El gobierno radical ganó militarmente, pero el conflicto fue desastroso para la educación: se suspendieron clases, se destruyeron libros de texto, las aulas fueron usadas como cuarteles. La disputa que había comenzado en las páginas de La Escuela Normal y en los púlpitos terminó en fusiles.
La consecuencia de largo plazo fue política. El gobierno del general Julián Trujillo (1878-1880), con sus promesas de conciliación y contrarreformas, levantó las sanciones contra los obispos expulsados por el gobierno de Aquileo Parra y eliminó la ley de intervención política de la Iglesia aprobada en 1877, debilitando el edificio radical y allanando el camino para la Regeneración. La Constitución de 1886 recogería el saldo: revirtió el modelo secular en la educación y defendió los intereses de la Iglesia católica en la materia. El conservadurismo cultural que había resistido en las academias y las historiografías durante los años del Olimpo Radical se convirtió, en menos de década y media, en Estado.
Miguel Antonio Caro fue el gran vencedor de esta larga partida. Sus adversarios lo criticarían por llegar a una "santificación del pasado" que no exceptuaba la Inquisición ni el régimen colonial; sus aliados verían en él al arquitecto intelectual de la nación regenerada. La línea que une la Academia de 1872, la historiografía de Groot, la filología de Cuervo y la Constitución de 1886 dibuja una trinchera cultural que resistió lo suficiente como para convertirse, cuando el ciclo político giró, en la forma misma del Estado. Lo que hoy llamamos "cultura colombiana" tiene fecha de origen entre la publicación del Decreto Orgánico y la víspera de la guerra civil de 1876: las academias que todavía existen, los cánones que aún se enseñan, las exclusiones que aún se discuten. Soledad Acosta de Samper no entró en la Academia; los muiscas del presente no aparecieron en las gramáticas. Dos silencios que eran, en rigor, uno solo.