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Idea · Crisis y narcotráfico

Paro cívico

El paro cívico es el dispositivo de acción colectiva mediante el cual una comunidad local colombiana, urbana o rural, paraliza la vida cotidiana de un territorio para forzar la interlocución con el Estado; entre 1972 y 1994 fue la principal institución de facto con que las periferias negociaron carreteras, servicios públicos y, progresivamente, la vida misma de sus líderes.

4.237 palabras49 documentos54 fragmentos citados
Paro cívico

Trayectoria de una idea

  1. 1972

    Primer paro cívico rural: el Sarare

  2. 1974

    Paros en Puerto Asís y consolidación del repertorio en el Putumayo

  3. 1977

    Paro Cívico Nacional: el paro que asustó al país

  4. 1978

    Estatuto de Seguridad: criminalización de la protesta

  5. 1987

    Paro del nororiente: fin a la guerra sucia

  6. 1990

    Paro cívico campesino en Arauca: 25.000 personas acampan seis semanas

03

La lectura

El paro cívico no nació en las ciudades sino en las fronteras internas de Colombia: en las zonas de colonización donde el Estado llegaba tarde, mal o armado. Su lógica era simple y poderosa: si el gobierno no venía a negociar, la comunidad le cerraba el paso hasta que viniera. Desde el Sarare en 1972 hasta el Putumayo en los noventa, el repertorio fue acumulando capas: primero carreteras y créditos, luego servicios públicos y reforma agraria, finalmente el derecho a no ser asesinado por pedirlos. El Paro Cívico Nacional de 1977 mostró que esa lógica podía escalar al nivel nacional, pero también desencadenó la respuesta más dura del Estado: el Estatuto de Seguridad de Turbay convirtió la protesta en delito y la comunidad en sospechosa. En los años ochenta, cuando el conflicto armado penetró los territorios del paro, la figura se volvió ambigua y peligrosa: los líderes que convocaban paros eran señalados como guerrilleros y eliminados, y la sospecha se volvió en sí misma un arma contrainsurgente. El paro cívico es, en ese sentido, el espejo más fiel de la relación entre el Estado colombiano y sus periferias: una negociación permanente, violenta y nunca resuelta.

El paro cívico

El paro cívico es la forma colombiana de la ciudadanía territorial. No es una huelga, aunque a veces la contenga; no es una manifestación, aunque la desborde; no es un motín, aunque a veces se le confunda con él. Es un dispositivo de acción colectiva mediante el cual una comunidad local, urbana o rural, paraliza la vida cotidiana de un territorio para forzar la interlocución con un Estado que, en la mayor parte de los casos, no ha llegado allí sino en forma de tropa. Entre 1972 y 1994, en el arco que va del Sarare al Putumayo pasando por Barrancabermeja, el Nordeste antioqueño y Ciudad Bolívar, el paro cívico funcionó como la principal institución de facto para negociar carreteras, acueductos, escuelas, hospitales y, cada vez más a medida que avanzaba el conflicto armado, la vida misma de quienes reclamaban esos bienes. Fue el mecanismo por el cual las periferias colombianas construyeron una relación política con el centro sin partido, sin representación parlamentaria propia y a menudo sin más recurso que el bloqueo de la única carretera que las conectaba con el país.

Qué se paraliza y por qué

Conviene deslindar. Las luchas cívicas son acciones colectivas protagonizadas por pobladores de un territorio para expresar demandas sobre bienes y servicios públicos, respeto a derechos fundamentales, ampliaciones democráticas y participación en el manejo de sus destinos colectivos. Los movimientos cívicos van más allá: son conjuntos de acciones colectivas coordinadas por un grupo relativamente estable durante un tiempo prolongado, con objetivos reivindicativos o propositivos. El paro cívico es la modalidad más contundente de ese repertorio: una interrupción concertada de la vida económica y cotidiana —bloqueo de vías, cierre del comercio, suspensión del transporte, cese de actividades escolares— que fuerza al gobierno a negociar en la mesa lo que se negó a resolver en el escritorio.

Lo distingue de la huelga que su sujeto no es un gremio sino una comunidad territorial: no protestan los trabajadores de una empresa, sino los habitantes de un municipio o una región. Lo distingue de la marcha que su objetivo no es visibilizar sino paralizar. Y lo distingue del motín que hay una estructura organizativa —comités cívicos, juntas de acción comunal, sindicatos, párrocos, docentes— que lo convoca, lo sostiene y lo negocia. Los paros cívicos tienden a concentrarse en municipios de menor tamaño poblacional, hasta treinta mil habitantes, donde la debilidad institucional es mayor y la organización comunitaria más densa. Las movilizaciones y las invasiones se dan con más frecuencia en municipios grandes; el paro cívico es fundamentalmente un fenómeno de la Colombia intermedia y periférica.

Esa geografía explica su contenido. Un paro cívico raras veces pide reforma agraria en abstracto o cambio de modelo económico: pide que se pavimente la vía entre dos veredas, que llegue la electricidad al barrio, que el hospital tenga médico permanente, que el INCORA cumpla los créditos prometidos, que cesen los desalojos, que la fuerza pública deje de asesinar a los líderes de la comunidad. Es un repertorio material, concreto, negociable, y precisamente por eso, cuando el interlocutor estatal se retiraba o se militarizaba, se volvía intratable.

Los orígenes: del Sarare a la huelga petrolera

El primer paro cívico rural documentado en Colombia se realizó en febrero de 1972 en la región del Sarare, en Arauca, una zona de colonización reciente. Lo organizó un comité cívico local, involucró bloqueos de carreteras entre Pamplona y otros municipios, y sus demandas fueron las que se repetirían durante las dos décadas siguientes: construcción de vías de comunicación, cumplimiento de los créditos subsidiados prometidos por el INCORA, atención en salud y educación. Los pobladores del Sarare inventaron, sin saberlo o sabiéndolo, una forma nueva de interpelar al Estado: la comunidad entera dejaba de producir y de circular hasta que un funcionario con capacidad de decisión llegaba a firmar un acta de acuerdos.

Esa forma no surgió de la nada. Se alimentó del acumulado de las luchas obreras del Magdalena Medio, en particular de las huelgas de la Unión Sindical Obrera de la industria petrolera, cuya consigna nacionalista logró convocar en Bogotá a veinticinco mil personas en un paro cívico de apoyo, con mítines paralelos en Tunja y otras ciudades. La huelga petrolera obtuvo un triunfo mayúsculo: el ala gaitanista del Partido Liberal presionó para la creación de una empresa estatal, gestiones en las que intervino el ministro de Minas y que derivarían en el nacimiento de Ecopetrol. La lección política de aquella experiencia, que la coordinación entre sindicatos y comunidad urbana podía forzar decisiones de fondo al gobierno nacional, se transmitió a los movimientos cívicos que se estaban gestando en Santander, el Magdalena Medio y el sur de Bolívar, donde la lucha urbana por servicios públicos e infraestructura se construyó sobre los cimientos de las marchas campesinas y los paros petroleros.

A finales de los sesenta ya se había ensayado el repertorio en el Oriente antioqueño, donde entre abril de 1969 y enero de 1970 se produjeron movilizaciones que unieron a campesinos, ganaderos, estudiantes, comerciantes, políticos locales, la Iglesia católica, docentes y organizaciones comunitarias en defensa del territorio, y que constituyen el origen del Movimiento Cívico del Oriente Antioqueño. En enero de 1974, en Puerto Asís, la comunidad exigió obras de infraestructura —carreteras, acueducto, alcantarillado— y en diciembre de ese mismo año se tomó las vías de acceso y paralizó el comercio durante dos semanas. La modalidad estaba consolidada: en menos de un lustro, del Sarare al Putumayo pasando por Antioquia, el paro cívico se había vuelto la manera colombiana de decirle al Estado que no se podía seguir así.

1977: el paro que asustó al país

El Paro Cívico Nacional de septiembre de 1977 marcó el punto de inflexión. Lo organizaron las centrales sindicales coordinadas a través del Consejo Nacional Sindical, que había logrado unificar bajo un mismo pliego líneas políticas muy diversas del sindicalismo colombiano. El programa común constaba de ocho puntos que resumían el malestar de la Colombia de finales del Frente Nacional: aumento salarial mínimo del cincuenta por ciento, levantamiento del estado de sitio, congelamiento de precios de artículos de primera necesidad, derogatoria del Estatuto Docente, entrega de tierras a campesinos, jornada laboral de ocho horas, supresión de los decretos de reorganización del Seguro Social y abolición de la reforma administrativa que afectaba a los trabajadores estatales.

El contexto lo hacía inevitable. 1977 fue un año atravesado por huelgas de petroleros, cementeros, metalúrgicos, cerveceros, mineros y trabajadores de la caña. La crisis del modelo de sustitución de importaciones se había combinado con una crisis agraria de fondo, mientras la bonanza cafetera de 1976-1977 ocultaba el crecimiento insostenible del gasto gubernamental y solo atenuaba momentáneamente las presiones. La urbanización avanzaba a un ritmo que ninguna política de vivienda podía seguir: hacia 1985 el país sería urbano en un sesenta y ocho por ciento, con periferias como Aguablanca en Cali, Ciudad Bolívar en Bogotá, La Chinita en Barranquilla y Cuba en Pereira creciendo casi al margen del Estado.

El día del paro, dieciocho ciudadanos murieron en las calles y tres mil fueron detenidos. Ese saldo bastó para que las lecturas del episodio se dispararan en direcciones peligrosas. El M-19 aprovechó la jornada para liberar al gerente general de Indupalma, Hugo Ferreira Neira, a quien había secuestrado meses antes para presionar a favor de la huelga de trabajadores de esa empresa iniciada el 16 de agosto. El ELN interpretó el paro como la antesala de la revolución y como evidencia de que maduraban las condiciones para una insurrección exitosa; instruyó a sus redes urbanas para participar activamente y envió cuadros de la guerrilla rural a las ciudades a establecer relaciones con líderes sociales, con el propósito de imprimirle al paro un carácter radical. El gobierno de Alfonso López Michelsen leyó el paro en clave insurreccional similar: la prensa oficialista y el propio presidente atribuyeron la movilización a la mano de organizaciones armadas y a su financiamiento. Excombatientes matizarían después que algunas guerrillas estuvieron institucionalmente al margen, aunque sus militantes se sumaron a título individual gracias al trabajo político de masas previo.

La consecuencia de esa lectura compartida, con guerrilla y gobierno viendo el mismo fantasma insurreccional donde había sobre todo un paro sindical con apoyo urbano, fue política y jurídica. Pocas semanas después, el alto mando militar intentó imponer medidas excepcionales de orden público. López Michelsen las rechazó. Su sucesor no.

El Estatuto de Seguridad: cuando protestar se volvió delito

Julio César Turbay Ayala asumió la presidencia en agosto de 1978, y apenas un mes después, el 6 de septiembre, expidió el Decreto 1923, el Estatuto de Seguridad, amparado en las facultades del estado de sitio. Su sombra se proyectaría sobre toda la protesta cívica de la década siguiente. El decreto elevó a veinticuatro años las penas por perturbación del orden público en centros urbanos, entregó a las Fuerzas Armadas la potestad de juzgar civiles mediante consejos de guerra e institucionalizó, en la práctica, la detención sin orden judicial y la tortura. Las condenas las proferían por lo general comandantes de brigada, sin recurso de segunda instancia. Durante su vigencia, cerca de dieciséis mil personas fueron detenidas por razones políticas.

La lógica del instrumento venía de más atrás. Colombia había estado bajo alguna forma de estado de sitio en más del ochenta por ciento del periodo 1958-1990: los poderes de excepción no eran la excepción sino la regla del ejercicio ejecutivo. La Doctrina de Seguridad Nacional, cuya expresión normativa fue precisamente el Estatuto, interpretaba las huelgas, las manifestaciones sociales y las campañas electorales de ciertos sectores como focos de conflicto sujetos de control estatal. El proyecto contrainsurgente tendía a tratar la movilización social como una extensión de hecho, no de intención, del proyecto político de la guerrilla, y respondía en consecuencia: detenciones indiscriminadas, allanamientos, torturas a líderes sindicales, sociales, estudiantiles y campesinos de izquierda, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales, todas más sistemáticas a medida que aumentaba la movilización social.

Por el juzgamiento masivo de civiles por militares, el Estatuto de Seguridad fue el mecanismo colombiano más cercano al modelo represivo de las dictaduras del Cono Sur, rebasando los límites de la legislación ordinaria. La paradoja es que se expidió bajo un gobierno civil, mediante un decreto de estado de sitio, contra un movimiento social que apenas empezaba a organizarse en el nivel regional. Lo que el Estatuto criminalizaba no era la insurrección: era la posibilidad misma de que las periferias hicieran política mediante el paro.

La geografía de los años ochenta: paros de la Colombia olvidada

Con Belisario Betancur en la presidencia entre 1982 y 1986, el ejecutivo impulsó una política de negociación con las guerrillas y de apertura democrática que suponía la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil. Esa pérdida de control llevó a corrientes militares a buscar soluciones distintas, algunas clandestinas, con apoyo de sectores civiles. Fue en ese marco, de negociación en el centro y radicalización contrainsurgente en la periferia, cuando el paro cívico regional vivió su edad de oro y su tragedia.

Urabá concentró el desplazamiento más brutal del repertorio. Entre 1986 y 1990 se registraron allí catorce tentativas de luchas cívicas y veinte paros cívicos, con un pliego que ya mezclaba lo material y lo político: persecución y asesinatos de dirigentes agrarios, mejora en servicios públicos, avance de la reforma agraria, oposición a la militarización, denuncia de la desaparición de personas. La ecuación había cambiado. En los años setenta se paraba para conseguir un puesto de salud; en los ochenta se paraba también para que dejaran de matar a quien había pedido el puesto de salud.

En el Alto Nordeste antioqueño, en el corredor Segovia-Remedios, los liderazgos urbanos correspondían a A Luchar y a la Unión Patriótica, con los sindicatos como actores clave, mientras la violencia contra líderes sociales se volvía en sí misma un detonante de nuevas movilizaciones. El proceso organizativo evolucionó de las tomas del casco urbano, éxodos campesinos detonados por la victimización rural, hacia el paro cívico urbano propiamente dicho.

El hito del ciclo fue el 7 de junio de 1987. Tras varios meses de preparación, miles de campesinos se movilizaron en el nororiente colombiano. Las demandas eran las de siempre —mejores servicios públicos, salud, educación, cese de desalojos de predios ocupados— más una nueva y expresiva: fin a la guerra sucia. Iban dirigidas al gobierno de Virgilio Barco y a las autoridades regionales. La organización recayó principalmente en A Luchar, movimiento en el que militaban cuadros del ELN aunque la mayoría de sus integrantes no pertenecían a esa guerrilla. El ELN se mezcló en la protesta y se conformaron guardias populares o milicias para la seguridad de la marcha. El paro fue masivo y logró interlocución; también inauguró la sospecha —hábilmente cultivada por los servicios de inteligencia militar— de que detrás de cada paro había una guerrilla, sospecha que serviría para justificar el asesinato de sus líderes.

Tres años después, el 11 de septiembre de 1990, ya con César Gaviria en la presidencia, Fensuagro y la ANUC organizaron en Arauca un paro cívico campesino en el que veinticinco mil personas acamparon durante seis semanas en las plazas de los municipios del piedemonte. Fue el mayor y más organizado paro cívico araucano hasta entonces, con demandas de pavimentación de vías clave y otras reivindicaciones de infraestructura y servicios, en un contexto de tensión con las autoridades militares.

Barrancabermeja y el Putumayo fueron los dos escenarios de larga duración. En Barrancabermeja, los paros se desarrollaron durante toda la década en un pulso permanente con la alcaldía militar, con participación de la Diócesis y de organizaciones sociales que la fuerza pública veía como confrontadoras del poder militar. En el Putumayo, desde los paros fundacionales de 1974 en Puerto Asís y hasta al menos 1994, la movilización tuvo dos objetivos que se volvieron inseparables: demandar infraestructura y servicios sociales, y exigir el respeto de los derechos humanos de los participantes, sistemáticamente violentados por la fuerza pública y grupos paramilitares. Durante los ochenta se consolidó allí el Movimiento Cívico Regional del Putumayo como plataforma que reunía a la mayoría de las organizaciones cívicas y comunitarias de esa región.

Y en Bogotá, el 11 de octubre de 1993, el paro cívico de Ciudad Bolívar —convocado para exigir mejoras en acueducto, luz, vías, educación y atención al desplazamiento— fue el más importante al sur de la capital, con participación de Tunjuelito, Bosa y Usme. La periferia bogotana había reproducido, dos décadas después del Sarare, el mismo repertorio: bloqueo, comité, pliego, negociación.

Guerrilla, narco y contrainsurgencia: el paro capturado

La tragedia del paro cívico entre 1982 y 1994 fue que dejó de ser un dispositivo autónomo de negociación territorial. Los actores armados lo colonizaron con lógicas ajenas. El M-19 usó la fecha del paro del 77 para una operación propia. El ELN, en los paros del nororiente, se infiltró en marchas y, en huelgas posteriores en Barrancabermeja como la de 1991, atacó con petardos y armas al Ejército, asesinó a un jefe de personal de Ecopetrol y realizó atentados contra supervisores, distorsionando la autonomía del movimiento sindical. Excombatientes del EPL, el M-19 y el ELN sostendrían después que el paro del 27 de octubre de 1988 fue pensado como punto de partida de una nueva forma de lucha político-militar urbana que vincularía organizaciones populares y sindicales; en la práctica, ese día se registraron dieciocho vehículos quemados, dos puentes volados y nueve hostigamientos armados, sin que se produjeran movilizaciones masivas ni protestas populares. La operación militar reemplazó al paro cívico y lo desnaturalizó.

En el Putumayo, las FARC-EP tuvieron influencia en el desarrollo del paro cívico regional y en las marchas cocaleras de 1996, influencia derivada de su presencia y control territorial. Esa influencia, sin embargo, no anuló totalmente la autonomía de las juntas de acción comunal ni invalidó las demandas legítimas de los campesinos contra las fumigaciones, distinción crucial que el discurso oficial se negó a hacer.

Del otro lado, la respuesta del Estado y de los actores paraestatales fue indistinguir. En el Magdalena Medio, sectores de las Fuerzas Armadas y grupos económicos vinculados al narcotráfico convergieron con estructuras paramilitares para responder a la movilización social que interpretaban como extensión del proyecto guerrillero, criminalizando organizaciones de izquierda y movimientos democráticos. Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha y Jairo Ortega llegaron a la región con ejércitos privados y se aliaron con los paramilitares. La Fuerza Pública, en ese contexto, criminalizó a la izquierda y a las organizaciones democráticas que expresaban su descontento en movilizaciones, huelgas y paros cívicos, confundiéndolas con la guerrilla.

El costo humano de esa confusión fue enorme. Entre 1973 y 2019 fueron asesinados 3.264 afiliados al movimiento sindical colombiano, el noventa por ciento hombres, en una violencia que se prolongó en 7.433 amenazas y 1.951 desplazamientos forzados. Antioquia encabezó el registro con 4.703 hechos en Sinderh, cifra casi equivalente a la suma de Valle, Santander y Cesar. Tras las marchas cocaleras de 1996 en el Caquetá, los paramilitares que se reorganizaron en la región asesinaron a varios líderes de las movilizaciones —entre ellos Noé Sánchez en 1997— y forzaron al exilio a muchos otros, declarando explícitamente que venían a perseguir a quienes habían participado en el paro. La represalia era, por primera vez, nominal.

En ese circuito trágico se agotó una parte del sentido del repertorio. La represión estatal terminó aumentando la credibilidad de la guerrilla entre los sectores sociales que eran blanco de ella: la persecución indiscriminada empujaba a las víctimas hacia el único actor que ofrecía protección armada, retroalimentando la lectura contrainsurgente que había justificado la persecución en primer lugar.

La red: quiénes hacían el paro

Nombrar la red del paro cívico es nombrar una Colombia oculta a la Colombia oficial. En el nivel nacional, las cuatro centrales sindicales del período —la CSTC, la CTC, la UTC y la CGT—, coordinadas a través del Consejo Nacional Sindical, articularon las convocatorias mayores. Pero el paro, aun cuando era nacional, se hacía siempre en algún municipio concreto, y su verdadera arquitectura estaba en el nivel regional, donde el tejido era más denso y más frágil.

Ese tejido incluía a las juntas de acción comunal, la infraestructura capilar más importante del país, presente en cada vereda y en cada barrio de invasión; a los comités cívicos municipales, con frecuencia constituidos ad hoc para cada movilización pero apoyados en liderazgos estables; a los párrocos vinculados a la teología de la liberación, cuya legitimidad simbólica en zonas de colonización era irremplazable; a los docentes sindicalizados en Fecode y sus filiales regionales, cuya doble condición de empleados públicos y de habitantes del municipio los convertía en articuladores naturales; a las organizaciones campesinas afiliadas a la ANUC y a Fensuagro; a los grupos de mujeres, protagonistas silenciadas de la logística del paro, del abastecimiento de las plazas ocupadas y del cuidado de los detenidos; a los estudiantes de secundaria; a los líderes barriales de las periferias urbanas.

En la primera línea política se movieron figuras como Diego Montaña Cuéllar, Bernardo Jaramillo Ossa y Manuel Cepeda Vargas, vinculados a la Unión Patriótica y a los procesos de convergencia democrática; Jaime Dussán en la vertiente sindical del magisterio; Jorge Carrillo en las movilizaciones cívicas del oriente colombiano. El destino de varios de ellos —Jaramillo Ossa asesinado en 1990, Cepeda Vargas en 1994— traza por sí solo el arco entre la esperanza de la apertura democrática y la respuesta paraestatal.

Del lado del poder, los interlocutores fueron los presidentes del periodo —Turbay endureciendo, Betancur negociando, Barco intentando modernizar con violencia paramilitar creciente, Gaviria constituyente y a la vez militar—, sus ministros de Gobierno, y en el nivel regional una constelación de gobernadores designados, alcaldes militares o cuasi militares en las zonas de conflicto, y comandantes de brigada con jurisdicción penal sobre civiles gracias al Estatuto. Entre el pliego que se levantaba en la plaza y la firma que finalmente lo destrababa mediaba, casi siempre, una cadena larga de mediadores: el cura del pueblo llamando al obispo, el obispo llamando al ministro, el ministro despachando un delegado que llegaba en helicóptero a un municipio al que no había carretera, la ausencia misma que había motivado el paro.

La geografía del paro dibujó un mapa alternativo del país. Barrancabermeja y Barrancas en La Guajira; el corredor Segovia-Remedios y el Urabá antioqueño; el piedemonte araucano, el Putumayo entero y el Caquetá cocalero; Tumaco, Buenaventura y el Chocó; Cauca, Nariño, Sucre y Córdoba; y las periferias sur de Bogotá —Ciudad Bolívar, Bosa, Usme, Tunjuelito— constituyeron los lugares donde el Estado se hacía presente como fuerza pública mucho antes que como ministerio de obras o de salud, y donde, en consecuencia, la única forma de negociar era paralizarlo todo. Ese mapa coincide, casi punto por punto, con el mapa del conflicto armado posterior. Fueron las mismas comunidades, las mismas redes, los mismos liderazgos —diezmados uno tras otro— los que sostuvieron ambas historias.

1991: la Constitución que quiso incluir sin resolver

Ese tejido humano —agotado por la represión, capturado por los actores armados, todavía capaz de convocar— fue el trasfondo social sobre el que se escribió la reforma constitucional. La Constitución de 1991 llegó como respuesta al agotamiento del modelo que había producido, en simultáneo, los paros y el Estatuto. Los constituyentes venían de un país donde el estado de sitio era la regla, donde la protesta social se trataba rutinariamente como subversión y donde la crisis de legitimidad —altos índices de abstencionismo, ausencia de mecanismos de participación distintos a las elecciones— había erosionado la capacidad del Estado para canalizar el malestar ciudadano. La apertura participativa buscó tapar ese hueco.

La Carta recortó severamente los poderes presidenciales de emergencia y creó la Corte Constitucional como contrapeso. Introdujo la tutela, las acciones populares y la iniciativa popular. Consolidó el proceso de descentralización iniciado en 1986 con la elección popular de alcaldes y añadió la de gobernadores. Transfirió a los gobiernos subnacionales competencias en salud y educación, en un movimiento que llevaría el gasto social del ocho por ciento del PIB en 1992 al trece por ciento en 2001. El proceso constituyente incorporó a sectores del M-19 desmovilizado, cuya agenda incluía precisamente la ampliación de la democracia local, y contó con la desmovilización paralela del EPL. La reforma fue, al menos en parte, un instrumento para cooptar a la oposición desmovilizada y reducir la violencia política que minaba la legitimidad del sistema.

Para el paro cívico, el efecto fue doble y contradictorio. Por un lado, la tutela y la carta de derechos convencieron a los colombianos de que tenían derechos: sirvieron para proteger a minorías y débiles, y para obligar a la burocracia, sobre todo en salud, a atender a todos los ciudadanos. Muchos conflictos que antes solo podían tramitarse mediante bloqueo de carretera empezaron a tramitarse mediante acciones judiciales. La periferia ganó, por primera vez, un instrumento individual y expedito para reclamar frente al Estado.

Por otro lado, la descentralización transfirió recursos que se volvieron botín. El conflicto armado se expandió e intensificó después de 1991, coincidiendo con el aumento del gasto social: la plata que llegaba a los municipios se convirtió en objeto de disputa para guerrillas y paramilitares. Y la apertura electoral subnacional acabó subordinando a los operadores electorales locales a proyectos con más músculo económico, entre ellos organizaciones vinculadas al narcotráfico. La Colombia periférica ganó canales de participación y perdió, al mismo tiempo, autonomía institucional frente a los actores armados que ya operaban en su territorio. El paro cívico, que había sido la manera de hacer política sin representación, se vio superado por dos vías opuestas: la judicial, que canalizaba lo individual, y la armada, que capturaba lo colectivo.

La huella

Después de 1994, el paro cívico no desapareció —Tumaco, Buenaventura, el Chocó y el Cauca lo volverían a usar en el siglo XXI como forma privilegiada de negociación con Bogotá—, pero perdió centralidad en el repertorio nacional de la protesta. La tutela absorbió parte de sus demandas materiales; la descentralización trasladó otra parte a la disputa por los recursos municipales; el conflicto armado, en su intensificación de finales de los noventa, hizo del bloqueo de carreteras un acto peligroso porque la carretera podía estar bajo control paramilitar, guerrillero o militar según el día. La red humana que había sostenido los paros de los ochenta —los líderes de la UP, los cuadros sindicales, los promotores comunales— había sido diezmada. La violencia contra el sindicalismo colombiano en el arco largo 1973-2019, con más de tres mil homicidios, es la cifra de una amputación política que ninguna Constitución alcanzó a reparar.

El paro cívico demostró que la Colombia de la periferia no era políticamente pasiva: sabía organizarse, formular pliegos, sostener movilizaciones de seis semanas en la plaza de un municipio del piedemonte araucano, negociar con ministros y volver a paralizar cuando los acuerdos se incumplían. Demostró también las líneas rojas del sistema: cada vez que el paro se acercaba a articular una demanda nacional, como en 1977, la respuesta fue represiva; cada vez que se sostuvo en el nivel regional, la contra fue la violencia paramilitar sobre los líderes. El paro cívico no es solo un episodio de la historia de la protesta colombiana: es la forma que asumió el pacto pendiente entre el Estado colombiano y sus ciudadanos periféricos durante la segunda mitad del siglo XX. Y la razón por la cual, aún hoy, un bloqueo de carretera sigue siendo en ciertas regiones del país la manera más eficaz —y a veces la única— de hacer política.

04

En el archivo

2 apariciones públicas, ordenadas por período y año.

01Posconflicto2016–presente1
  1. 2017Paro Cívico de Buenaventura de 2017Hecho
05

Relaciones

Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.

Relaciones editoriales

  1. 01Julio César Turbay Ayala: su gobierno expidió el Estatuto de Seguridad (Decreto 1923 de 1978), que criminalizó el paro cívico y la protesta social, resultando en la detención de cerca de 16.000 personas por razones políticas.
  2. 02Arauca (Sarare): escenario del primer paro cívico rural documentado en Colombia, febrero de 1972, origen del repertorio que se extendería por todo el país.
  3. 03Barrancabermeja y Magdalena Medio: cuna de las luchas obreras petroleras de la USO que nutrieron el acumulado político sobre el que se construyeron los movimientos cívicos de Santander, Magdalena Medio y sur de Bolívar.
  4. 04Putumayo: región donde los paros cívicos se desarrollaron de forma continua desde 1974, articulados por el Movimiento Cívico Regional del Putumayo, combinando demandas de infraestructura con defensa de derechos humanos.
  5. 05Urabá: entre 1986 y 1990 concentró catorce tentativas de luchas cívicas y veinte paros cívicos, con pliegos que mezclaban servicios públicos, reforma agraria y denuncia de asesinatos de líderes.
  6. 06Resistencia civil: marco conceptual que define el paro cívico como acción colectiva territorial no armada para negociar con el Estado bienes públicos y derechos fundamentales.
  7. 07Estado de sitio: figura jurídica bajo la cual Colombia estuvo gobernada más del 80% del período 1958-1990 y que sirvió de base para criminalizar el paro cívico mediante el Estatuto de Seguridad.
  8. 08Sindicalismo: actor organizativo central del Paro Cívico Nacional de 1977, a través del Consejo Nacional Sindical, y protagonista recurrente de los paros regionales en zonas extractivas.
  9. 09Bernardo Jaramillo Ossa: líder de la Unión Patriótica, organización que junto a A Luchar articuló liderazgos urbanos en el Alto Nordeste antioqueño durante los paros cívicos de los años ochenta, en un contexto de violencia sistemática contra dirigentes sociales.
06

Documentos y fragmentos citados

49 documentos · 54 fragmentos

01Movimientos sociales, Estado y democracia en ColombiaMauricio Archila, Mauricio Pardo (Editores) · 2001 · p. 871 cita
[1]

ACIUR, Bogotá, marzo del 2000. Luchas y movimientos cívicos en Colombia [89 ] PUNTOS DE PARTIDA PARA EL ANÁLISIS Antes de entrar en materia, aclaremos el tema central de nues- tro trabajo: Definimos las luchas cívicas como acciones colectivas prota- gonizadas por pobladores urbanos, con la intención de expre- sar en…

p. 87
02Tierras y conflictos rurales: Historia, políticas agrarias y protagonistasRocío Londoño (coord.), Carolina Castro, Álvaro Delgado, Jaime Landinez · 2016 · p. 5511 cita
[2]

INCORA en los decenios de 1960 y 1970. Además de las invasiones de tierras, en esos años surgió en Co- lombia una nueva modalidad de protesta: el paro cívico campesi- no, el primero de los cuales se llevó a cabo en febrero de 1972 en la región del Sarare, donde la Caja Agraria había iniciado en 1959 un proyecto de…

p. 551
0325 años de luchas sociales en Colombia 1975-2000Mauricio Archila Neira, Álvaro Delgado G., Martha Cecilia García V., Esmeralda Prada M. · 2002 · p. 1131 cita
[3]

ACCIONES REMNDICATIVAS URBANO REGIONALES SEGÚN EL TAMAiilo DE LAS POBLACIONES DE LOS MUNICIPIOS (en porcentajes) 1 Paro ¡¡¡;;;;¡,,. 1 MovHizadón lavasióa Coalronlad4n y,... a.O.OrraA 18 6.5 5.5 35 4.5 4,5 Categorfa B 30 18.5 10 6 9 13.5 c.. ~.r.c 2C 6 9~ 7 11 7 C~riaD 16.5 13.5 14 13 18 14.5 Ca~~el!'oríu E 6.5 10,5 12…

p. 113
04Petróleo, coca, despojo territorial y organización social en PutumayoEdinso Culma Vargas, Juliana Guerra Rudas, Rocío Londoño Botero · 2015 · p. 2071 cita
[4]

paros cívicos de enero y diciembre de 1974 realizados en Puerto Asís. A partir de entonces y hasta 1994, la movilización social en Putumayo tuvo dos objetivos: demandar infraestructura y servicios sociales del Estado y exigir el respeto de los derechos humanos de los participantes de estos paros, quienes eran…

p. 207
05At the Margins of the Global Market: Making Commodities, Workers, and Crisis in Rural ColombiaPhillip A. Hough · 2022 · p. 1961 cita
[5]

growing intransigence and repression, older guerrilla groups like the FARC, EPL, and ELN guerrillas expanded their in fl uence to new regions of the country while new guerrilla groups like the urban-student-based Movimiento 19 de Abril (M-19, est. 1970) and indigenous Quintín Lame (est. 1974) were created. With the…

p. 196
06Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Antioquia, sur de Córdoba y Bajo Atrato chocoanoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 811 cita
[6]

realizados en abril de 1969 y enero de 1970. Las protestas lograron unir a las comunidades alrededor de la defensa del terri- torio a todos los sectores sociales de estos municipios: campesinos, ganaderos, estudiantes, comerciantes, los políticos locales, la Iglesia Católica, docentes, orga- nizaciones comunitarias…

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07Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Magdalena MedioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 451 cita
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otros sindicatos, fortalecieron el Paro Cívico de Bogotá, en el que 25.000 personas se movilizaron bajo la consigna nacionalista de la USO 55. Hubo mítines y paros de apoyo de otros sindicatos en Tunja y otras ciudades. Al respecto, un exdirigente de la USO afirmó ante la Comisión que el objetivo de la huelga era…

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08Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander. Tomo I. Bloque Central Bolívar: origen y consolidaciónCentro Nacional de Memoria Histórica, Alberto Santos Peñuela · 2021 · p. 701 cita
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modo, por ser epicentro de las movilizaciones sociales, los centros poblados albergaron el proceso de cualificación de la organización social que, partiendo de los acumulados políticos de las machas campesinas y los paros de los trabajadores petroleros, dio inicio a una etapa de consolida- ción mediante la creación de…

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09Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. AmazoníaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 671 cita
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67 eje fundamental para la creación de la Inspección de Santiago de la Selva en Caquetá, como cuenta Orlando, habitante del lugar: «La cooperativa está donde estamos nació con el pueblo. Y la institución de Santiago de la Selva, el colegio, la mini concentración Santiago, nacieron las tres cosas iguales. Los…

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10Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 4161 cita
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de coordinación denominada Consejo Nacional Sindical (CNS), para orientar las acciones y garantizar el éxito del paro. No fue fácil llegar a ese punto, que unificaba en los hechos, aunque temporalmente, a las más diversas líneas políticas de izquierda y de derecha dentro del sindicalismo colombiano. Para la protesta…

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11Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1081 cita
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paro propuesto por organizaciones armadas, como decía la prensa y Alfonso López, el presidente, ¿sí?, que la mano de las organizaciones había estado ahí y habían financiado, carreta, unas estuvieron al margen, pero los integrantes, los militantes se vieron en un momento dado abocados a participar, ¿sí?, porque había…

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12Cambiar el futuro. Historia de los procesos de paz en Colombia (1981-2016)Eduardo Pizarro Leongómez · 2017 · p. 491 cita
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de movilización social se había generalizado en todo el país, tanto en los grandes centros urbanos como en las ciudades intermedias y en las zonas rurales. Es impactante constatar que tanto la guerri lla como el gobierno tuvieron una lectura similar de este auge del movimiento social y del paro cívico. Por una parte,…

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13Huellas y rostros de la desaparición forzada (1970-2010)Federico Andreu-Guzmán (relator); Carlos Miguel Ortiz (coordinador); Centro Nacional de Memoria Histórica · 2014 · p. 331 cita
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grupo gue- rrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN). Omaira había sido una de las creadoras de las estructuras urbanas del ELN en la ciudad de Medellín 43. Años después, el ELN bautizaría a uno de sus frentes con el nombre de “Omaira Montoya Henao”. 3. Antecedentes El segundo semestre de 1977, el país vivía un…

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14En medio del Magdalena MedioAlfredo Molano Bravo · 2009 · p. 371 cita
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del modelo de sustitución de importaciones, y del otro, la crisis agraria. El resultado fue una ola de protestas y ma- nifestaciones en el nivel nacional que desembocaron en el Paro Cívico del 77, que costó la vida a 18 ciudadanos y la privación de libertad a 3.000. Los militares trataron de imponer el llamado…

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15Normas y dimensiones de la desaparición forzada en Colombia. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica; Germán Lozano Villegas; Luz Janeth Forero M. · 2014 · p. 571 cita
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o en contra de la nación, nunca neutrales, dada la visión que se hacía a través del prisma de la lucha contrainsurgente. En ese sentido, las huelgas, la manifestación social y las campañas electorales de ciertas condiciones eran consideradas como focos de con fl ictos y, por ende, sujetos de control estatal 64. La in…

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16La Rochela: Memorias de un crimen contra la justiciaGrupo de Memoria Histórica, Iván Orozco Abad (Relator), Gonzalo Sánchez G. (Coordinador) · 2010 · p. 2721 cita
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miembros de las fuerzas armadas. En 1976, fue expedido el decreto 2578, que le concedía a los mayores del ejército y a inspectores de policía la facultad de sancionar con una multa a personas consideradas potencialmente criminales. El segundo decreto fue el 0070, promulgado en enero de 1978 que concedía a miembros de…

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17Testigos olvidados. Periodismo y paz en ColombiaAndrés Felipe De Pablos, Luisa Fernanda Gómez · 2017 · p. 12 citas
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16 I. El gobierno de la paz y los enemigos agazapados (1982-1986) Durante la campaña presidencial para el período 1982-1986 la paz fue tema clave de discusión. Lo fue, sobre todo, por las denuncias de violaciones a los derechos humanos, el abuso y poder desmedido de las Fuerzas Armadas, las desapariciones y demás…

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16 I. El gobierno de la paz y los enemigos agazapados (1982-1986) Durante la campaña presidencial para el período 1982-1986 la paz fue tema clave de discusión. Lo fue, sobre todo, por las denuncias de violaciones a los derechos humanos, el abuso y poder desmedido de las Fuerzas Armadas, las desapariciones y demás…

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18El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · p. 1292 citas
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penas podían llegar hasta 24 años de cárcel para quienes en los “centros o lugares urbanos causen o participen en perturbaciones del orden público, o alteren el pacífico desarrollo de las actividades sociales [...]”. Estas condenas, que generalmente eran proferidas por los comandantes de brigada, carecían del recurso…

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penas podían llegar hasta 24 años de cárcel para quienes en los “centros o lugares urbanos causen o participen en perturbaciones del orden público, o alteren el pacífico desarrollo de las actividades sociales [...]”. Estas condenas, que generalmente eran proferidas por los comandantes de brigada, carecían del recurso…

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19Conversaciones de honor: Memorias MilitaresMartín Nova · 2020 · p. 521 cita
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que el manejo debía ser de manera amplia estatal, no solamente la aplicación de la fuerza y operaciones militares. Se percibe la participación de los ministerios en lo que es de su esencia y su responsabilidad. Y en cuanto a las Fuerzas Militares hay un margen de maniobra más amplio. Por ejemplo, el manejo por parte…

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20Desafíos de la gobernabilidad democrática. Reformas político-institucionales y movimientos sociales en la región andinaMartín Tanaka, Francine Jácome · 2010 · p. 491 cita
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a los ciudadanos. La Constitución de 1991 consolidó el proceso de descentrali- zación política y administrativa que comenzó en el año de 1986 con la refor- ma que permitió la elección popular de alcaldes. Al igual, creó mecanismos de participación directa, como la iniciativa popular, y de comunicación directa con la…

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21Elementos para una genealogía del paramilitarismo en Colombia. Historia y contexto de la ruptura y continuidad del fenómeno (I)Alfonso Insuasty Rodríguez, José Fernando Valencia Grajales, Janeth Restrepo Marín · 2016 · p. 322 citas
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Estatuto) facilitó “el deslinde entre las acciones militares legítimas y las violatorias de los derechos humanos” (Leal, 2002,p. 27), acorde con los principios doctrinarios clásicos, sobreviniendo en el país las estra- tegias contrainsurgentes que fueron descritas por Daniel Feirstein (2009) como características en…

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Estatuto) facilitó “el deslinde entre las acciones militares legítimas y las violatorias de los derechos humanos” (Leal, 2002,p. 27), acorde con los principios doctrinarios clásicos, sobreviniendo en el país las estra- tegias contrainsurgentes que fueron descritas por Daniel Feirstein (2009) como características en…

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22Todo pasó frente a nuestros ojos. El genocidio de la Unión Patriótica 1984-2002Vladimir Melo Moreno (Relator); Andrés Fernando Suárez, Carmen Andrea Becerra (Correlatores); Centro Nacional de Memoria Histórica · 2018 · p. 2431 cita
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con el manejo del conflicto social como problema de orden público. Durante buena parte del gobierno Turbay la fuerza pública tuvo facultades dadas por el Estatuto de Seguridad. Por contraste, durante el gobierno Betancur, el Ejecutivo impulsó una política que puso el énfasis en la negociación con las guerrillas y en…

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23Estrategias de guerra y trasfondos del paramilitarismo en el Urabá antioqueño, sur de Córdoba, bajo Atrato y Darién. Tomo ILaura Milena Ballén Velásquez, Ronald Edward Villamil Carvajal, Luisa Fernanda Hernández Mercado · 2022 · p. 601 cita
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con Botero, entre 1977 y 1981 el departamento de Antioquia aportaba el 90 % de los re- cursos ejecutados en el territorio para la atención de los problemas del Urabá antioqueño (1990, p. 114). 28 De acuerdo con la Comisión Andina de Juristas Seccional Colombiana (1994), entre 1986 y 1990 se registraron en Urabá…

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24Silenciar la democracia. Las masacres de Remedios y Segovia 1982-1997Centro Nacional de Memoria Histórica; Ronald Edward Villamil Carvajal, Vladimir Melo Moreno (relatores); Tatiana Rincón Covelli, Andrés Fernando Suárez (correlatores) · 2014 · p. 1751 cita
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Sí, había un nivel de politización y de conciencia en las organi- zaciones, en las que se ahondaba más allá de que si aquí ocurrió la masacre, no si ocurrió algo allá pues todo el nordeste paraba, se cerraba la carretera, de Medellín no iban carros, buses y ése era el tema de los paros cívicos, donde en cada pueblo…

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25Regiones y conflicto armado. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoClara Inés García · 2018 · p. 2901 cita
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del conflicto armado. Los reclamos por inversión estatal en bienes públicos (infraestructura, salud, educación, vías) acompañaban sus denuncias de violaciones de derechos humanos e infracciones al Derecho Internacional Humanitario (DIH). En el plano ru- ral fue la movilización cívica y regional las claves en la…

p. 290
26La maldita tierra. Guerrilla, paramilitares, mineras y conflicto armado en el departamento de CesarCésar Molinares Dueñas, Nathan Jaccard · 2016 · p. 761 cita
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con la movi- lización social”, asegura. Otra cosa piensa Eliécer 23, exmiembro de A Luchar, quien coin- cide con Sanguino en que el ELN se mezcló en la protesta. “Los organizadores del paro les decían a los campesinos que debían guardar comida y organizar juntas. Al tiempo aparecían los gue- rrilleros. También se…

p. 76
27La tierra se quedó sin su canto. Trayectoria e impactos del Bloque Norte en los departamentos de Atlántico, Cesar, La Guajira y Magdalena. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica, Lukas Rodríguez Lizcano · 2022 · p. 461 cita
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(…); la sorpresa fue el 13 de junio un lunes de 1987 cuando llegaron a la plaza Alfonzo López 8.300 personas que venían de a pie marchando, niños, adolescentes, hombres, mujeres de todas las CAPÍTULO I. ANTECEDENTES DEL FENÓMENO PARAMILITAR EN EL ATLÁNTICO, CESAR, LA GUAJIRA Y MAGDALENA 47 edades, entraron a la plaza…

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28Violent Democratization: Social Movements, Elites, and Politics in Colombia's Rural War Zones, 1984-2008Leah Anne Carroll · 2011 · p. 2381 cita
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and received maximum support from the leftists who had just taken o ffi ce. However, the souring of relations between the UP and Col. González Muñoz — a reflection of the hard-line counterinsur- gency policies of the new president of the republic, César Augusto Gaviria (August 1990–August 1994)—predisposed the…

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29Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo II. El Frente Capital y el declive del Bloque Centauros de las AUCDaniel Ricardo Martínez Bernal (coordinador), Lorena Camacho Muete, Esteban Caviedes Alfonso, Laura Bibiana Escobar García, José María Gutiérrez Sierra, Daniela Moreno Arriola, Daniel Augusto Serrano Corredor, Juan Manuel Villarraga Beltrán · 2021 · p. 2691 cita
[32]

servicios públicos… fue una nece- sidad porque no teníamos vías, acueducto, luz. No teníamos nada y había pobreza absoluta. Y todos los días la migración de desplazados tanto de la ciudad como externos. Entonces empezamos a plantear alrededor del movimiento cívico y otros grupos organizados. Estas organizaciones lo-…

p. 269
30Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 831 cita
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era una Diócesis de lo que en ese momento enlazaba un poquito con el pensamiento de la teología de la liberación. Ahí están los padres Rocero, el padre Díaz, el padre Vega, el padre […] Ojeda. Todos esos padres están ahí, y sí se les reconoce como Los Padres, y entonces la gente se sentía protegida por esa…

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31Memoria de la infamia. Desaparición forzada en el Magdalena MedioCentro Nacional de Memoria Histórica, Liz Yasmit Arévalo Naranjo, Andrés Prieto Ruiz · 2017 · p. 4891 cita
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entre 1984 y 1990, y 62 entre 1991 y 2001. Asimismo, de los paros 102 Un caso se registró en Barrancabermeja y el otro en Bucaramanga, la capital del departamento donde a menudo buscaban refugio los sindicalistas amenazados en Barranca. 103 En un informe del PNUD refieren varios hechos de esta índole: durante la…

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32El modelo paramilitar de San Juan Bosco de La Verde y ChucuríÁlvaro Villarraga Sarmiento, Camilo Ernesto Villamizar Hernández · 2019 · p. 752 citas
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no somos una vanguardia”, dicen ellos de sí mismos, “somos la parte armada de la resistencia civil” (…) ¿Algunos miembros de A Luchar eran miembros del ELN? Sí. Obviamente. ¿Todos los miembros de A Luchar eran miembros del ELN? No. La mayoría de miembros de A Luchar no eran miembros del ELN (…) de la gente que creó A…

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no somos una vanguardia”, dicen ellos de sí mismos, “somos la parte armada de la resistencia civil” (…) ¿Algunos miembros de A Luchar eran miembros del ELN? Sí. Obviamente. ¿Todos los miembros de A Luchar eran miembros del ELN? No. La mayoría de miembros de A Luchar no eran miembros del ELN (…) de la gente que creó A…

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33La dimensión moral del conflicto armado en Colombia. Una lectura a partir de Theodor W. AdornoTulia Almanza Loaiza · 2022 · p. 3561 cita
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llanos orientales y el Putumayo, con los aparatos armados al servicio del narcotráfico” 583. Estos grupos armados entraron en el conflicto perpetrando crímenes contra la población que afectara sus intereses económicos o que eran considerados aliados de grupos guerrilleros. Así apoyaron a las Fuerzas Militares en el…

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34Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. El campesinado y la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1301 cita
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incumplieron: no se suspendieron las fumigaciones y las obras de infraestructura quedaron limitadas a las asignaciones presupuestales que las entidades estatales ya tenían para el año en curso y los años siguientes 273. La Comisión ha podido establecer que sí hubo una influencia de las FARC-EP en el desarrollo del…

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359 de marzo de 1990Rafael Pardo Rueda · 2020 · p. 511 cita
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dónde se podría presionar una insurrección en las ciudades. Varios años después, en conversaciones con gente que dejó la lucha armada del EPL, del M-19 y también del ELN, me fue confirmado que este paro estaba pensado como el punto de partida de una nueva forma de lucha político-militar, que tendría como escenario las…

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36El derecho a la justicia como garantía de no repetición. Volumen 1. Graves violaciones de derechos humanos: luchas sociales y cambios normativos e institucionales 1985-2012Centro Nacional de Memoria Histórica · 2015 · p. 202 citas
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para ese entonces, no existían los instrumentos jurídicos actuales para incidir y de alguna manera poner algunos frenos al ejercicio abusivo del poder. El dis- curso de los derechos humanos, como teoría y como práctica, estaba apenas en ascenso, y el movimiento social se estaba empezando a articular alrededor de…

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para ese entonces, no existían los instrumentos jurídicos actuales para incidir y de alguna manera poner algunos frenos al ejercicio abusivo del poder. El dis- curso de los derechos humanos, como teoría y como práctica, estaba apenas en ascenso, y el movimiento social se estaba empezando a articular alrededor de…

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37Hasta la guerra tiene límites. Violaciones de los derechos humanos, infracciones al derecho internacional humanitario y responsabilidades colectivasComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 7191 cita
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esta guerra está viva. ¿por qué sigue pasando? 719 Tabla 3. Violaciones a la vida, libertad e integridad física cometidas contra afiliados al movimiento sindical, según tipo de violencia (1973-2019) Tipo de violencia Mujer % Hombre % Total Amenazas 1.897 26 5.536 74 7.433 Homicidios 336 10 2.928 90 3.264…

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38Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. OrinoquíaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1271 cita
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reclamaban resultados infructuosos y, de otro lado, el gobierno persiguiendo a los marchantes» 448. A la represión estatal se sumó la persecución por parte de los paramilitares que se reorganizaron en la región y asesinaron a varios líderes de las marchas. Un campesino líder expresó que «para fines del 96 se presenta…

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39¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 961 cita
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a los intereses económicos de Estados Unidos. Este viraje aceleró aún más la urbanización del país, la cual llegó a ser de un sesenta y ocho por ciento en 1 985, un fenó meno que también generó el deterioro en la calidad de vida derivado de un crecimiento urbano espontáneo, casi al márgen del Estado. Así aparecieron…

p. 96
40Guns, Drugs, and Development in ColombiaJennifer S. Holmes, Sheila Amin Gutiérrez de Piñeres, Kevin M. Curtin · 2008 · p. 561 cita
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reforms, a balanced bud- get, and an emphasis on export expansion and import substitution (World- mark 1984). Aided by favorable world economic conditions and moderate fiscal and monetary policies, the Colombian economy showed stable and consistent growth. From 1966 until 1974, annual growth rates of real G d P…

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41El Desarrollo de la Agricultura en ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1982 · p. 2931 cita
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a parar a las arcas de los capitalistas y terratenientes. Se produce una coyuntura de ofensiva patronal contra los trabajadores en el plano nacional y precios internacionales favorables a nivel internacional que combinados producen una multiplicación de la plusvalía que apropian los capitalistas, sobre todo los…

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42Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · p. 2871 cita
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descentralizador (ordenó la elección popular de gobernadores) que se había iniciado con la de alcaldes. Le dio autonomía y funciones a la junta directiva del Banco de la República, lo cual ha tenido importancia en el manejo de la economía nacional. Con la eliminación de la posibilidad de extraditar colombianos por…

p. 287
43Más que plata o plomo. El poder político del narcotráfico en Colombia y MéxicoGustavo Duncan · 2014 · p. 2761 cita
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público. La coyuntura para estas transformaciones era favorable. Las agencias de desarrollo internacionales como el Banco Mundial y el FMI apoyaban la idea de la descentralización como mecanismo de desarrollo. Asimismo, dentro de la agenda de negociación de guerrillas como el M -19 y el EPL — que se desmovilizaron a…

p. 276
44Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · p. 2751 cita
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instituciones de ura legitimidad de la que carecen; en este erden de ideas, la participación ciuda= aparece como dino de los prinei- pales instrumentos para la conseci- sión de tales propósitos. La crisis de legitimidad de sistema Iombia es particul tamos en presencia de un Estac bil, carente de Jegitimidad e incapaz…

p. 275
45Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte · 2009 · p. 3431 cita
[50]

se ha expandido en municipios más urbanizados, ricos en recursos naturales y con altos niveles de actividad económica (Bottía, 2003). Además, evidencia reciente muestra que el conflicto interno se ha expandido e intensificado, precisamente, a partir de que la Constitución de 1991 ha exigido más gasto social, más…

p. 343
46Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 2741 cita
[51]

firmadas y en parte incumplidas. Muchas de sus normas constitu í an una actualizaci ó n indispensable de una constituci ó n formalista, ya centenaria, convertida en obst á culo a la democracia: reemplaz ó a una constituci ó n que exist í a en buena parte en la medida en que su vigencia se suspend í a, de modo que se…

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47Global Capitalism, Democracy, and Civil-Military Relations in ColombiaWilliam Avilés · 2006 · p. 711 cita
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of the economic groups, the Gaviria administration did employ various political strategies to reduce the existing opposition to its eco- nomic agenda. Gaviria and his advisors worked to “compensate” potential opponents of the reform process and co-opt others through political appoint- ments and promises that the…

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48Recentralisation in ColombiaJulián D. López-Murcia · 2022 · p. 801 cita
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mayors]. 7 Also, in Colombia local councils and deparmental assemblies are popu- larly elected since the nineteenth century. Still, they do not have legisla- tive, but administrative functions (Hooghe et al. 2016). The promoters of the decentralisation reforms claimed that these changes would help to bring the country…

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49La economía de los paramilitares: Redes de corrupción, negocios y políticaMauricio Romero Vidal (coordinador y editor), Ariel Fernando Ávila Martínez, Vilma Liliana Franco R., Ángela Olaya, Hernán Pedraza Saravia, Bernardo Pérez Salazar, Juan Diego Restrepo E., Diana Torres · 2011 · p. 481 cita
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reiterado de promesas por parte de la clase política, propició a partir de entonces la extensa difusión y entronización de la práctica compra de votos por medio de distintas modalidades. En ese escenario, es comprensible que los operadores electorales -locales resultaran fácilmente subordinados a los proyectos con…

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