Pedro Alcántara Herrán
Nueva Granada
1800–1872
La biografía
Pedro Alcántara Herrán (Bogotá, 1800 — 1872) fue el general y político que gobernó la Nueva Granada entre 1841 y 1845, y quien tradujo la victoria militar sobre la Guerra de los Supremos en un orden constitucional autoritario y en una alianza abierta con la Iglesia católica, sellada en 1842 con el retorno de la Compañía de Jesús al país. Yerno de Tomás Cipriano de Mosquera —hombre fuerte del Cauca y su sucesor en la presidencia—, Herrán encarnó como pocos la manera en que el poder neogranadino de la primera mitad del siglo XIX se organizaba en redes de parentesco y lealtades personales antes que en partidos formales. Su nombre aparece en la bisagra entre el mundo bolivariano del que provenía y el bipartidismo que apenas empezaba a decantarse: los ministeriales y los santanderistas radicales aún no se llamaban a sí mismos conservadores y liberales, pero los combates de 1839-1842 y la Constitución de 1843 dibujaron los surcos por donde discurriría la política colombiana durante décadas.
Línea de vida
- 1800
Nacimiento en Bogotá
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Nació en Bogotá en el filo del siglo XIX, en el seno de una familia santafereña que lo orientó hacia la carrera de las armas, formándose en el contexto de las guerras de independencia donde los ascensos se ganaban al ritmo de las campañas.
- 1828
Ascenso a general por Bolívar y proximidad al Libertador
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Fue ascendido al rango de general por Simón Bolívar. En la posdata de una carta al general Páez fechada el 16 de noviembre de 1828, en plena dictadura bolivariana, aparece la referencia al 'mejor amigo que tengo en Bogotá', frase que el contexto dirige a Herrán, inscribiéndolo en la facción bolivariana que sobreviviría al colapso de la Gran Colombia.
- 1836
Hijo ilegítimo con Dolores Mutis
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En 1836 procreó un hijo ilegítimo con la señora bumanguesa Dolores Mutis, quien había sido la esposa abandonada del coronel francés Luis Perú de Lacroix, edecán del Libertador, que se suicidaría en París el 17 de febrero de 1837.
- 1839
Participación en la Guerra de los Supremos
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Actuó como figura prominente del bando gubernamental durante la Guerra de los Supremos (1839-1842), en estrecha coordinación con Tomás Cipriano de Mosquera. Tomó varias iniciativas de paz a lo largo del conflicto, exhibiendo capacidad tanto militar como negociadora.
- 1841
Matrimonio con Amalia Mosquera y ascenso a la presidencia
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Con 41 años contrajo matrimonio con Amalia Mosquera, de 16 años, hija del general Tomás Cipriano de Mosquera, fusionando las dos casas militares más importantes del bolivarianismo sobreviviente. Ese mismo año asumió la presidencia de la Nueva Granada, recién posesionado dirigió al Congreso un mensaje señalando la conveniencia de reformar la Constitución de 1832.
- 1842
Amnistía de Sitionuevo y retorno de los jesuitas
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El 19 de febrero de 1842 firmó en Sitionuevo una amnistía general para cerrar la rebelión en la costa caribe, aunque el Supremo Carmona prometió continuar la lucha. Ese mismo año negoció el retorno de la Compañía de Jesús a la Nueva Granada, expulsada desde 1767, dotando al gobierno de infraestructura educativa y espiritual afín al orden conservador.
- 1843
Promulgación de la Constitución de 1843
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Bajo su mandato se promulgó la Constitución de 1843, que fortaleció el poder ejecutivo, suprimió el Consejo de Estado, amplió las sesiones ordinarias del Congreso, otorgó al presidente libertad para escoger gobernadores provinciales, prescribió criterios electorales restrictivos y defendió expresamente a la religión católica como la propia del pueblo colombiano.
- 1845
Entrega del poder a Mosquera
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El 1 de abril de 1845 entregó la presidencia a Tomás Cipriano de Mosquera, su suegro, consolidando la dupla suegro-yerno que gobernó en tándem la Nueva Granada durante casi una década y sentando las bases del futuro Partido Conservador.
- 1872
Muerte
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Falleció en 1872, habiendo sido testigo del derrumbe del orden constitucional que construyó: la Constitución de 1843 había sido reemplazada en 1853 por una carta liberal bajo el gobierno de José María Obando, y los jesuitas que él reintrodujo habían sido nuevamente expulsados.
El hijo de Bogotá que ascendió con Bolívar
Nació en Bogotá en 1800, en el filo mismo del siglo, hijo de una familia santafereña que lo destinó a la carrera de las armas cuando la carrera de las armas era, prácticamente, la única puerta de acceso al Estado. La independencia sorprendió a su generación en la infancia: cuando la Patria Boba se hundió y llegaron las campañas del Sur, muchachos de doce, catorce, dieciséis años ya llenaban las filas de los ejércitos republicanos. Aquellos ejércitos ascendían a soldados por combate librado, y no solo por linaje; la guerra fue erosionando —sin borrarlo— el peso de las consideraciones familiares y patrimoniales, para dar espacio creciente a las cualidades personales y técnicas del oficial. En ese mundo de reclutamientos precoces y ascensos ganados al ritmo exacto de las campañas del sur —niños abanderados antes que soldados, soldados rasos que trepaban a capitán en un lustro de guerra— se formó Herrán.
Aquellos años lo llevaron a la órbita del Libertador. Fue Simón Bolívar quien lo ascendió al rango de general, y en la posdata de una carta al general Páez, fechada el 16 de noviembre de 1828 —en plena dictadura bolivariana—, aparece la referencia al "mejor amigo que tengo en Bogotá", frase que el contexto dirige a Herrán. La proximidad al Libertador en su año más autoritario, el de la Convención de Ocaña fallida y del atentado septembrino, dejó una marca duradera: Herrán quedó inscrito, junto a Mosquera y a un puñado de generales del sur, en la facción bolivariana que sobrevivió a la muerte del caudillo en Santa Marta en 1830 y al colapso de la Gran Colombia. Los generales de esa camada aprendieron pronto un gesto político útil: reutilizar la nomenclatura de las unidades militares de 1812 para inscribir sus combates en la continuidad de la primera república y erigirse ellos mismos, ya no en soldados de Bolívar, sino en guardianes de la memoria republicana. Ese linaje les daba el estatus de próceres y la autoridad moral para gobernar la Nueva Granada que emergió en 1831.
La República de la Nueva Granada y el ascenso ministerial
La Constitución de 1832, redactada tras la derrota de la dictadura de Rafael Urdaneta, intentó conciliar los viejos conflictos del ciclo grancolombiano concediendo autonomía limitada a las asambleas provinciales. Bajo su marco se organizaron los primeros grupos políticos coherentes del país: los ministeriales, partidarios del gobierno y de un ejecutivo con margen para actuar; y los liberales, seguidores del civilismo de Santander y de Vicente Azuero, hostiles al militarismo bolivariano y celosos de las libertades provinciales. Herrán se ubicó, con naturalidad, del lado ministerial. No era una elección ideológica pura: era la prolongación en tiempos de paz de las lealtades tejidas en la guerra. Sus amigos de armas —Mosquera el primero de todos— compartían con él la sospecha hacia los abogados santanderistas de Bogotá y la convicción de que la república necesitaba mano firme para no disolverse en asambleas.
Fue en esos años treinta cuando su vida privada empezó a entretejerse con la trama política que gobernaría después. En 1836 tuvo un hijo ilegítimo con Dolores Mutis, dama bumanguesa que había sido la esposa abandonada del coronel francés Luis Perú de Lacroix, edecán del Libertador y autor póstumo del célebre Diario de Bucaramanga; Perú de Lacroix se suicidaría en París el 17 de febrero de 1837, cerrando de un tiro melancólico ese capítulo. Cinco años más tarde, en vísperas de la presidencia, Herrán, con cuarenta y un años, contrajo matrimonio con Amalia Mosquera, de dieciséis, hija del general Tomás Cipriano de Mosquera. El vínculo no fue romántico sino estratégico en el sentido más pleno del término: fusionó a las dos casas militares más importantes del bolivarianismo sobreviviente y dio origen a una dupla suegro-yerno que gobernaría en tándem la Nueva Granada durante casi una década.
La Guerra de los Supremos y el camino a la presidencia
Entre 1839 y 1842, el gobierno del presidente José Ignacio de Márquez enfrentó la mayor insurrección del ciclo republicano temprano: la Guerra de los Supremos. Estalló como un conflicto local en Pasto —a propósito, entre otras cosas, del cierre de conventos menores— y se propagó como incendio por Antioquia, Santander, el Cauca y la costa, hasta congregar a un heterogéneo conjunto de caudillos regionales que se autoproclamaban jefes supremos de sus provincias. Los rebeldes eran de todo pelaje: seguidores personales de Santander —aunque el propio Santander, ya enfermo, se opuso a la revuelta— y liberales intransigentes que veían en el gobierno una prolongación del militarismo bolivariano. No tenían programa común. Sí tenían un enemigo común: la facción a la que pertenecían Herrán y Mosquera, en quienes veían —no sin razón— a los verdaderos beneficiarios políticos de la guerra que se les hacía.
Herrán fue una de las figuras prominentes del bando gubernamental durante todo el conflicto, actuando en estrecha coordinación con Mosquera. Tomó, además, varias iniciativas de paz: la guerra le sirvió no solo como plataforma militar sino como escenario para exhibir su capacidad de negociador. La amenaza de la revuelta obligó a Márquez a estrechar su alianza con la facción bolivariana; ese estrechamiento fue, en rigor, el punto de inflexión que reorganizó el sistema político colombiano. Los santanderistas más radicales, arrastrados por la simpatía hacia los rebeldes, quedaron marcados para siempre como sospechosos ante el poder central y comenzaron a decantarse hacia lo que sería el Partido Liberal; los moderados de Márquez y los generales bolivarianos —Herrán, Mosquera, y las redes caucanas de Arboledas y Valencias que los sostenían— sentaron, en cambio, las bases del futuro Partido Conservador. La Guerra de los Supremos no fundó formalmente ni un partido ni otro, pero les entregó a ambos su prehistoria y su primer campo de batalla.
El desenlace del conflicto encontró a Herrán ya con la banda presidencial. Elegido en 1841 y posesionado en el cargo, siguió coordinando la pacificación. El 19 de febrero de 1842 firmó en Sitionuevo, en el bajo Magdalena, una amnistía general destinada a cerrar la rebelión en la costa. La medida no funcionó de inmediato: el Supremo Carmona prometió continuar la lucha y asumió de nuevo la jefatura del autoproclamado Estado Soberano de Manzanares, obligando al gobierno a nuevas gestiones. Fue en ese frente donde intervino, con eficacia diplomática, el cónsul británico en Santa Marta, Mr. Stuart, que ofreció una mediación pacificadora canalizada a través de Manuel Murillo Toro —entonces secretario de Carmona, décadas después presidente radical—. El detalle es revelador: la Nueva Granada no era una república aislada del mundo, y sus guerras civiles se resolvían también en despachos consulares.
La presidencia (1841-1845) y la Constitución de 1843
Herrán llegó a la presidencia con una idea clara: la Constitución de 1832 le quedaba estrecha al gobierno. Recién posesionado, dirigió al Congreso un mensaje señalando que su observancia dificultaba el mantenimiento del orden público y la armonía entre los poderes, y proponiendo su reforma. La Guerra de los Supremos había mostrado, a su juicio, que un ejecutivo débil no podía sostener la república frente a la fragmentación provincial. El resultado fue la Constitución de 1843, uno de los textos más autoritarios del siglo XIX colombiano y la carta magna bajo la cual gobernaría la generación conservadora entera.
La Constitución de 1843 fortaleció al poder ejecutivo con un pliego de medidas que apuntaban en una sola dirección. Suprimió el Consejo de Estado, que había sido un freno republicano al presidente. Amplió la duración de las sesiones ordinarias del Congreso, pero en un contexto que hacía del ejecutivo la pieza dominante. Otorgó al presidente libertad para escoger a sus gobernadores provinciales, cerrando el margen de autonomía regional que la carta anterior había dejado abierto. Prescribió criterios electorales más restrictivos y —el punto que más agitaría a sus críticos— defendió expresamente a la religión católica como la propia del pueblo colombiano. Los liberales más exaltados criticaron el texto con virulencia; para ellos era la resurrección del proyecto bolivariano de 1828, ahora envuelto en el lenguaje del orden público y la moral cristiana.
La confesionalidad de la carta no era retórica. Herrán negoció durante su mandato el retorno de la Compañía de Jesús a la Nueva Granada, expulsada por Carlos III en 1767 y ausente del país desde entonces. En 1842, los jesuitas volvieron. Regresaron a un país que llevaba tres cuartos de siglo sin ellos, a hacerse cargo de colegios, misiones y púlpitos, y a proveer al gobierno de una infraestructura educativa y espiritual afín. El gesto era coherente con la lógica de la Constitución de 1843: el orden se sostenía no solo con ejército y con presidente fuerte, sino con Iglesia visible. Fue una de las decisiones más duraderas —y más impugnadas— del período; la expulsión de los jesuitas se convertiría, años después, en una de las banderas del liberalismo triunfante en 1849.
La Constitución de 1843 sobrevivió a su autor político durante una década. Fue reemplazada el 21 de mayo de 1853, cuando el presidente José María Obando proclamó una nueva constitución de orientación liberal que puso fin a la carta herraniana. En diez años, la Nueva Granada había pasado del ejecutivo reforzado y el catolicismo militante al federalismo incipiente y a la separación de la Iglesia y el Estado. La velocidad del giro dice mucho de la fragilidad de todo el orden.
Diplomacia: límites, tratados y el Istmo
La presidencia de Herrán no se agotó en la política interna. Sobre su despacho pesaba una herencia territorial complicada, hija de la disolución de la Gran Colombia. Con Ecuador, el reconocimiento de los derechos neogranadinos sobre Pasto y Buenaventura había quedado establecido en 1832, pero los límites entre ambos países seguían pendientes de definición precisa. La cordillera y los valles interandinos del sur ofrecían pretextos abundantes al desacuerdo: aldeas cuya jurisdicción no estaba clara, curatos disputados, corredores comerciales que unos y otros querían controlar. Durante y después de su mandato se intentaron dos tratados de límites, en 1845 y 1846; el primero, favorable al Ecuador, no llegó a ratificarse, y tampoco el segundo. La frontera sur seguía dibujándose sobre el papel sin lograr fijarse, y el asunto se arrastraría por décadas, hasta convertirse en uno de los frentes recurrentes de la cancillería colombiana en el resto del siglo.
Con Brasil, la situación era todavía más rudimentaria. La Nueva Granada no había emprendido ninguna gestión diplomática seria de límites hacia mediados del siglo. El Imperio brasileño, más audaz, defendía tanto la posesión de derecho como la posesión de hecho: instalaba fortines, montaba expediciones cartográficas, fortalecía sus instituciones científicas y sostenía en la Amazonía una presencia estatal que Bogotá no podía ni soñar. Para el gobierno neogranadino, aquella selva era un vacío administrativo. No había caminos ni telégrafos, apenas misioneros dispersos y comerciantes fluviales sin bandera clara. Herrán no logró —tampoco lo intentó con seriedad— revertir ese desequilibrio, y la ausencia colombiana en el sur amazónico durante su mandato preparó las pérdidas territoriales que se consumarían en los tratados de límites del siglo XX. La política exterior de la primera mitad del siglo XIX operaba con instrumentos precarios: consulados aislados, agentes de dudosa capacidad técnica, cartografía deficiente. Herrán heredó ese aparato y no lo transformó.
El logro diplomático de mayor alcance del período fue el Tratado Bidlack-Mallarino, firmado en 1846 con los Estados Unidos. El nombre del canciller Manuel María Mallarino quedó inscrito en su título, y su cierre ocurrió ya durante los últimos meses del gobierno herraniano o su inmediata sucesión. Su contenido era doble. Garantizaba, por un lado, la libertad de tránsito por el Istmo de Panamá. Comprometía, por otro, a los Estados Unidos a proteger la neutralidad del Istmo y la soberanía neogranadina sobre él. En el corto plazo aseguró un flujo comercial y una alianza estratégica de enorme valor: dos años más tarde, la fiebre del oro californiana convertiría al Istmo en la ruta más corta entre la costa este norteamericana y el Pacífico, y las inversiones ferroviarias norteamericanas darían al tratado una densidad económica que sus firmantes apenas podían anticipar. En el largo plazo, sin embargo, abrió la puerta a la intervención norteamericana que en 1903 desprendería a Panamá del país. Como toda pieza fundacional de la política exterior colombiana, el Bidlack-Mallarino fue a la vez blindaje e hipoteca.
La red: parentesco, patronazgo y el gobierno de Mosquera
Herrán entregó el poder el 1 de abril de 1845 a Tomás Cipriano de Mosquera, su suegro, elegido por el partido ministerial —el que empezaría a llamarse conservador— para el cuatrienio 1845-1849. La sucesión fue el episodio más nítido de un fenómeno que estructuraba el poder neogranadino de aquellos años: las élites señoriales del Cauca, articuladas por lazos de sangre entre Mosqueras, Arboledas y Valencias, ejercían un control casi patrimonial sobre las principales palancas del Estado. La presidencia, los mandos militares, la representación diplomática, los cargos eclesiásticos importantes circulaban entre esa parentela extensa. No era un partido en sentido moderno: era una casa gobernante.
La biografía de Mosquera lo ilustra bien. Descrito por sus contemporáneos como uno de los mejores amigos del Libertador en Popayán, edecán suyo, había ejercido como intendente de departamentos del sur durante el período grancolombiano; comandaba el Cauca cuando estalló la Guerra de los Supremos y actuó como principal aliado militar de Márquez y Herrán en la represión de la revuelta. Observadores agudos de la generación siguiente —José María Samper, Salvador Camacho Roldán— tomaron nota de sus veleidades ideológicas y de su autoritarismo personalista: Mosquera fue lo que la circunstancia le pidió ser, primero conservador ministerial, después caudillo de la revolución liberal de 1860. Esa plasticidad revela mejor que ningún manifiesto la naturaleza de la alianza con su yerno: no descansaba en un programa doctrinario compartido sino en una convergencia de intereses, lealtades bolivarianas y parentesco. Cuando el interés cambió de bando, la lealtad partidaria cambió con él.
En términos formales, el matrimonio con Amalia Mosquera hizo de Herrán un miembro adoptado de la casa caucana más poderosa del país. Sus hijos y ahijados quedaban incorporados a una red de patronazgo que llegaba hasta los seminarios de Popayán, las haciendas del valle del Cauca y los despachos ministeriales de Bogotá. En ese sentido, el hijo ilegítimo de 1836 con Dolores Mutis —una relación anterior a la política ordenada por el matrimonio Mosquera— pertenece a un mundo distinto: el de los afectos privados de un militar joven en un país fragmentado. El Herrán ya casado con Amalia era otra figura, una pieza del sistema que gobernaba.
Herrán después de la presidencia: el tutor de estudiantes
Concluido su mandato, Herrán no se retiró a la vida contemplativa. Entre 1848 y 1863 ejerció, desde el exterior, como tutor y responsable de jóvenes colombianos enviados a estudiar fuera del país, particularmente a los Estados Unidos. Un apéndice documental de la época conserva la lista de sus pupilos y de sus respectivos padres o guardianes: entre ellos figuran hijos de Manuel Antonio Arrubla y del expresidente José Ignacio de Márquez, junto con vástagos de terratenientes y políticos de la Nueva Granada. La escena tiene su elocuencia. Las familias de la élite —en parte por insatisfacción con la educación local, en parte como estrategia de posicionamiento generacional— confiaban a sus hijos a un general expresidente que los recibía en el exterior y garantizaba, con su prestigio y sus contactos, una formación adecuada al lugar social que se esperaba que ocuparan.
El desplazamiento tenía además un sentido geopolítico. Los Estados Unidos que recibían a esos muchachos eran los mismos con los que Herrán había firmado el Bidlack-Mallarino; el capital de contactos que había acumulado como presidente y como diplomático se convertía, ya fuera del poder, en un activo privado al servicio de las familias de su clase. Herrán operaba entre Washington, Nueva York y las ciudades intermedias, gestionando pensiones, matrículas y correspondencia con los padres de sus tutelados. La correspondencia con los guardianes bogotanos y payaneses le permitió sostener, durante quince años y a distancia, un hilo continuo con la política colombiana sin exponerse a sus vaivenes.
Este patrón de conservadores que buscaban en actividades técnicas y educativas en el exterior una salida frente a la política liberal se repetiría a fines de la década de 1850 y en los años sesenta. Mariano Ospina Rodríguez, el presidente derrotado por Mosquera en 1861-1862, operaría un colegio en el exilio y enviaría a un hijo a estudiar afuera. La educación en el extranjero funcionaba como reserva estratégica: cuando el Estado se les tornaba hostil, las élites conservadoras replegaban a sus hijos hacia el aprendizaje técnico y las lenguas modernas, esperando su turno para regresar. Herrán fue, en esa red, un nodo especialmente activo durante quince años.
Los últimos años: la guerra que deshizo su obra
La vida política de Herrán como constructor de instituciones había terminado con la Constitución de 1843, pero le tocó ver, todavía lúcido, cómo esa obra era demolida por sus propios aliados. La elección de José Hilario López en 1849 abrió el ciclo liberal. Ningún candidato obtuvo mayoría absoluta en las elecciones cantonales: López reunió 735 votos populares, frente a los 384 de Joaquín José Gori y los 304 de Rufino Cuervo. La decisión pasó al Congreso, en una sesión presionada por un pueblo vociferante y posiblemente armado. La división del voto conservador entre varios candidatos y el descontento de los artesanos, afectados por medidas económicas previas, hicieron el resto. Con López llegaron la expulsión de los jesuitas —los mismos que Herrán había hecho regresar en 1842—, la abolición de la esclavitud y las reformas radicales de 1850-1851.
Luego vino el intermezzo del 14 de abril de 1854, cuando el general José María Melo instauró en Bogotá una dictadura militar apoyándose en los artesanos draconianos que se oponían al librecambismo; la constelación conservadora-liberal moderada, con el general Tomás Herrera al frente de las tropas nacionales, combatió la dictadura hasta derrotarla. Herrán observó todo esto desde la retaguardia. Ya no era el hombre que firmaba amnistías en Sitionuevo.
El golpe decisivo contra su legado llegó en 1860-1862. Fue Mosquera —su suegro, su antiguo socio, el hombre a quien había entregado la presidencia en 1845— quien encabezó la rebelión liberal contra el gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez. La chispa fue la oposición a leyes que concentraban el control electoral y de orden público en el poder central, y que otorgaban al ejecutivo facultades para imponerse a los gobiernos de los estados; Mosquera, dominante en el Cauca, aprovechó la incapacidad del gobierno de Ospina para controlar las regiones alejadas de Bogotá. La guerra duró tres años. Se firmaron en el camino el Pacto de Chinchiná, la Esponsión de Manizales y el Armisticio de Chaguaní, documentos de una tradición naciente de regulación humanitaria de la guerra civil colombiana.
En mayo de 1863 la Convención de Rionegro nombró a Mosquera primer presidente de los Estados Unidos de Colombia y promulgó una nueva Constitución de carácter federalista y anticlerical, que prohibía la reelección presidencial inmediata y fijaba periodos presidenciales de apenas dos años. Aquella carta era, punto por punto, la negación de la Constitución de 1843. Herrán había levantado un ejecutivo fuerte y católico; Mosquera lo desmontaba en nombre del federalismo y expulsaba, además, a comunidades religiosas del país. Que el demoledor fuera el mismo hombre que había construido junto a Herrán aquel orden dice más sobre la política colombiana del siglo XIX que cualquier tratado doctrinal.
Herrán murió en 1872, a los setenta y dos años. Alcanzó a ver la consolidación del régimen federal de los Estados Unidos de Colombia y no llegó a la Regeneración de Rafael Núñez, que a partir de 1886 restauraría, con nuevos matices, muchos de los principios centralistas y confesionales que él había inscrito en la carta de 1843. Fue, en ese sentido, un precursor sin descendencia inmediata: sus ideas volvieron al poder pero de la mano de otras figuras, en otro país.
La huella
Pedro Alcántara Herrán ocupa en la historia colombiana el lugar de la bisagra silenciosa. No fue un caudillo de estampa ni un ideólogo brillante; no dejó tratados, ni discursos memorables, ni una épica personal comparable a la de Bolívar, Santander o Mosquera. Su nombre no vive en la iconografía cívica del país como el de otros próceres. Su presidencia de cuatro años, sin embargo, fijó el molde institucional —ejecutivo fuerte, confesionalidad católica, alianza con el Cauca— sobre el que se construyó la primera fase del orden conservador colombiano y al que volvería el país, con otros nombres y otras retóricas, en 1886.
La lectura más honesta de su figura es la que no lo convierte ni en villano de la reacción ni en héroe del orden. Herrán fue un general bolivariano de segunda generación que hizo lo que su clase y su circunstancia esperaban de él: consolidó el ejecutivo, ató al Estado con la Iglesia, gobernó con su suegro y educó a los hijos de sus pares. Su proyecto era menos un programa ideológico que la traducción institucional de los intereses de una élite señorial —caucana en su núcleo, bogotana en su radio— que necesitaba un Estado fuerte para sostener su predominio social. La textura de la política neogranadina del siglo XIX asoma en esa mezcla: instituciones construidas sobre redes personales, capaces de sobrevivir a sus autores solo mientras la red siguiera unida. Cuando la red se rompió, la obra se hundió; cuando volvió a rehacerse, con otros hombres, la obra reapareció. Es la forma —no las personas— lo que Herrán ayudó a fijar, y esa forma, con su alternancia entre confesionalismo centralista y federalismo laico, con sus guerras civiles resueltas tanto en batallas como en amnistías negociadas, con su clase política tejida por parentescos que atravesaban las fronteras de los partidos, marcó a la Colombia posterior mucho más allá del cuatrienio 1841-1845.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
23 documentos · 32 fragmentos01Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · Página 4751 cita
[1]por el jefe supremo como “el mejor amigo que tengo en Bogotá”; 163 Luis Andrés Baralt (Zulia), el general Pedro Briceño Méndez (Venezuela), José Antonio Arroyo (Cauca), el coronel 163 Simón Bolívar, “Posdata de la carta del general Bolívar al general José Antonio Páez. Bogotá, 16 de noviem - bre de 1828” (en Obras…
p. 475
02The Ideal of the Practical: Colombia's Struggle to Form a Technical EliteFrank Safford · 1976 · Páginas 154, 2542 citas
[2]govt.; father oficial mayor in viceregal govt.; uncle em- ployee in viceregal govt.; mother of notable patriot family Law, Universidad Central and San Bartolomé U.S., 1850-1852 Journalism of Government, revol. gov. of Gen. Mosquera, 1860 Clerk, Office of Pub- lic Credit, 1838- 1839; chief clerk, Dept. of Foreign Re-…
p. 254
[21]period. The figures for 1880 to 1884 ex- clude eight men who attended in 1884 but graduated in 1885. 150 Origins of a Colombian Engineering Profession Study Abroad 151 begin to work... is incapacitated... by the studies of our colegios." Os- pina went on to suggest that, in a school in England or Germany, a youth…
p. 154
03Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Páginas 187, 3052 citas
[3]obtenida gracias a la pertenencia al mundo de los patricios, de la parte más sana de la sanior pars. Pero esta lógica que le cierra la carrera a eventuales hombres nuevos, parece cada vez más débil después del comienzo de las operaciones. Las cualidades personales y las técnicas le sacan ventaja a las consideraciones…
p. 187
[5]después a otras unidades. 63 La repetición de la nomenclatura de los primeros años de la República muestra el estado de ánimo de los estados mayores. Como en la política, se trata de volver a vincularse a una legitimidad y, a falta de ésta, a una memoria gloriosa. Al emplear los mismos nombres de las unidades de 1812,…
p. 305
04Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Páginas 187, 3052 citas
[4]obtenida gracias a la pertenencia al mundo de los patricios, de la parte más sana de la sanior pars. Pero esta lógica que le cierra la carrera a eventuales hombres nuevos, parece cada vez más débil después del comienzo de las operaciones. Las cualidades personales y las técnicas le sacan ventaja a las consideraciones…
p. 187
[6]después a otras unidades. 63 La repetición de la nomenclatura de los primeros años de la República muestra el estado de ánimo de los estados mayores. Como en la política, se trata de volver a vincularse a una legitimidad y, a falta de ésta, a una memoria gloriosa. Al emplear los mismos nombres de las unidades de 1812,…
p. 305
05The Struggle for Power in Post-Independence Colombia and VenezuelaMatthew Brown · 2012 · Páginas 49, 2592 citas
[7]cases about which lots of details do survive. Francisco Giraldo was born in a rural homestead, Pavas, located between El Santuario and Marinilla, in 1804. The first declarations of New Granadan independence found him aged just six, and he was swept into the army as a child soldier. He was never formally schooled and…
p. 49
[31]15–19, 171–5 Ayacucho, battle of, 31–3, 37, 71 Ayala, José María, 135 Ayton, Joseph, 104, 107–11 Azuero, Vicente, 43, 80, 91, 101 Balls, 45, 49, 52 Banco Colonial Británico, Venezuela, 139–40, 148, 175 Banco Nacional, Venezuela, 140, 148 Banditry, 78, 162 Barbosa, 85, 87, 131 Barrot, Adolph, 95, 110–13 Bentham,…
p. 259
06Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 671 cita
[8]que provocó la revuelta conservadora. Como ya se señaló, en ambos partidos había grupos que rechazaban la violencia, por considerarla un método inadecuado. Por ejemplo, la revuelta de 1839 tuvo la oposición de Santander y contó con la “abstención” visible de José Hilario López, quien trató de ser un mediador. Los…
p. 67
07Colombia: A Country StudyRex A. Hudson (editor) · 2010 · Página 1191 cita
[9]of his term, Santander gave evidence of his legalistic bent by accepting the defeat of his chosen candidate and turning the presidency over to Jose Ignacio de Marquez Barreto (president, 1837^11), a former col- laborator whom he now opposed. Most of their differences were minor, but Santander objected to Marquez 's…
p. 119
08Violence in Colombia: The Contemporary Crisis in Historical PerspectiveCharles Bergquist, Ricardo Peñaranda, Gonzalo Sánchez (eds.) · 1992 · Páginas 46, 652 citas
[10]obvious than one would assume. And should onecould onecount all the outbreaks whose immediate aim was to overthrow only regional authorities? For purposes of discussion it nevertheless may be useful to present a l of rebellions directed against the national authorities, rebellions whose seriousnes varied widely but…
p. 46
[11]the acts of repression inflicted on him and his followers by Bolívar's dictator- Page 23 ship, and his political style was clearly what came to be known in Colombia as "sectarian," or highly partisan behavior. Faithful to his own legalistic bent, Santander was careful not to violate directly the political rights of…
p. 65
09Historia doble de la Costa. Tomo 2: El Presidente NietoOrlando Fals Borda · 2002 · Páginas 140, 1442 citas
[12]fue aquietando y las aguas tendieron a buscar su nivel normal. Así, se contrapronunció al fin Mompox (el 8 de febrero), huyó Martínez Troncoso, le reemplazó Pedro Peña y se desarmaron los 14 bongos de guerra que comandaba allí el italiano José Rafetti. Surgió una exitosa mediación pacificadora ofrecida por el cónsul…
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[20]del poder urbano hasta saturar poco a poco la campiña, la sabana y el playón. De manera muchas veces irracional, los facciosos quisieron abrir aún más la distancia entre el país político y el país nacional, y hacer pagar a justos por pecadores —el campesinado inerme— en la refriega bipartidista. Esto lo veremos…
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10Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · Páginas 67, 712 citas
[13]nación se sumía en guerras intestinas. Recién posesionado Herrán, dirigió al Con- greso un mensaje en el que manifestaba la con- veniencia de reformar la Constitución de 1832, pues eran concepto generalizado las dificultades que el observarla representaba para el manteni- miento del orden público y la armonía de los…
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[19]el futuro. Actúa a órdenes de Nariño y participa en varias batallas, como la famosa de Cuchilla del Tambo, donde es detenido, pero escapa luego. Se le ve en el sur, entre 1822 y 23, bajo la complaciente mirada del Libertador, que lo haría su edecán y quien lo estimula en gran parte como agradecimiento con su padre. En…
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11Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · Página 2991 cita
[14]Peru Founding of P á cora in new colonization zone, Antioquia Painter José Mar í a Espinosa creates portrait of Simón Bol í var 1829 Military uprising against Bol í var’s dictatorship Shipyard project, to build steamships Juan Garc í a del R í o writes Meditaciones Colombianas 1830 —Constitutional assembly…
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12Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Ensayo introductorioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 341 cita
[15]gobernaciones y la mayoría de las alcaldías en su contra. Su corto gobierno se caracterizó por su intento de mantener la paz entre los partidos y la aprobación de una nueva constitución. El 21 de mayo de 1853 Obando proclamó la nueva constitución del país, que puso fin a la constitución ministerial de Márquez de 1843.…
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13Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de ColombiaRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); con colaboración de Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Fernán González, Margarita González, Alfredo Iriarte, entre otros · 1988 · Páginas 60, 1042 citas
[16]y ello le permite una admirable visién de los proble- mas nacionales y de sus posibles soluciones. Mosquera milita en el partido ministerial y con tal filiacion politica empieza, el dia 1 de abril del ahio 1845, a ejercer la presidencia de la Republica, en cuyo acto de posesién pronuncié el mas breve dis- curso que…
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[23]general Santander imprimieron una identidad de «grupo politico» a sus seguidores, quienes partici- paban en las elecciones como grupos coherentes. Esto nos revela que en los citados anos treinta del siglo xix, y principalmente en el ultimo lustro, ya existian partidos politicos, a los cuales se llam6 mi- nisteriales…
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14Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Páginas 149, 1522 citas
[17]contienen un mayor componente de factores costumbristas; así, describió y registró, casi que etnográficamente, los per- sonajes típicos, los giros locales y e Uromimo Triana formuló algunas recomendaciones modos de expresión, las diversas fue el encargado de para promoverla, estableció crite- diversiones de negros e…
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[32]Mosquera expulsó del país a las otras comunidades religiosas. Tercer y cuarto gobiernos de Mosquera La Convención de Rionegro de 1863 lo nombró para su tercer mandato, el 14 de mayo, presidente de los Estados Unidos de Colombia, cargo que ejerció hasta el 1 de abril de 1864. Entre mayo y noviembre estuvo al frente de…
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15Estudios interdisciplinarios de las élites en ColombiaCatalina Acosta Oidor, Alexander Gamba Trimiño, Verónica Salazar Baena · 2023 · Página 1891 cita
[18]extranjeros y la libertad de pren - sa (Restrepo, 1963). Se trataba entonces del sector de la élite que avi - zoraba realmente la instalación de las políticas que dejarían atrás el viejo régimen que predominaba camuflado en el orden republicano. Nos encontramos así en un proceso que enfrentaba la necesidad de disolver…
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16¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 571 cita
[22]Antonio José de Sucre, el líder del partido bolivariano menos compro metido en los conflictos. Cuando Bolívar murió, en diciembre de 1 830, la Nueva Granada, que incluía al actual territorio colombiano más Pa namá, ya tenía una vida separada. El país resultante llegaba a una nueva era afectado _por la pobreza de la…
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17Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 1331 cita
[24]N DEL MEDIO SIGLO Para 1849 los candidatos presidenciales eran, en el conservatismo gobernante, el vicepresidente Rufino Cuervo, un maestro boya- cense, civilista y antiguo secretario de Hacienda, que representaba el esp í ritu de transacci ó n con el liberalismo que ahora encarna 1 38 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA ba…
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18Los López en la historia de ColombiaÓscar Alarcón Núñez · 2022 · Página 171 cita
[25]si ninguno la conseguía, el Congreso perfeccionaba la elección entre los tres candidatos que hubieren obtenido la mayoría. Ninguno de los candidatos la logró en las elecciones cantonales. En ellas, José Hilario López llegó a 735 votos; José Joaquín Gori, 384 y Rufino Cuervo, 304, y 279 quedaron repartidos entre…
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19El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · Página 4491 cita
[26]conservador. Esta ley transfería a los poderes nacionales, retirándosela a los estados la in- tervención en los escrutinios de las elecciones para miem- bros del Congreso y para la Presidencia de la República. Contra esta y parecidas medidas elevó violenta protesta el Partido Liberal, amenazado en su propia…
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20Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Página 1391 cita
[27]práctico y espíritu de trabajo”. 28 El gobierno de Ospina estaba desgarrado por las disidencias regionales y demostraba dificultad para gobernar con eficiencia a todo un país desde la remota Bogotá. La comunicación era lenta, las leyes de la capital se ignoraban, y era en las regiones lejanas donde las élites…
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21Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 941 cita
[28]el trato respetuoso que se debía dar a los prisioneros de guerra, asistencia a los heridos y enfermos y respeto a la población civil. El 26 de noviembre de 1820 se suscribió entre Simón Bolívar, como presidente de la recién creada República de la Gran Colombia, y Pablo Morillo, comandante español del Ejército de…
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22Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Página 641 cita
[29]Gre fare Arana? aba Rey NS La guerra civil de 1854. Se produjo para com- batir la dictadura del general José Maria Melo, en una época de reformas socio-econémicas y cuando los artesanos o «draconianos» querian derogar las medidas librecambistas que beneficiaban a los co- merciantes, con perjuicio de la industria…
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23Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · Página 951 cita
[30]En el caso del Ecuador la situacion era similar. Desde 1824 se habian senalado los limites entre los que eran por entonces departamentos de Cauca y Ecuador. Anos més tarde, en 1832, el citado pais reconocid los derechos de Nueva Granada sobre las provincias de Pasto y de Buenaventura. Pero se- guian pendientes los…
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