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Hecho histórico · Nueva Granada · 1831–1862

Resistencia pastusa a la supresión de conventos menores (1839-1842)

En mayo de 1839 el Congreso de la Nueva Granada ordenó la extinción de cuatro conventos menores de Pasto por no reunir el mínimo de ocho sacerdotes; la medida desencadenó una insurrección popular de base indígena-mestiza y clerical que, al articularse con los caudillos regionales, se convirtió en el detonante de la Guerra de los Supremos (1839-1841), revelando una racionalidad político-religiosa comunitaria irreductible al binario liberal-conservador.

Resistencia pastusa a la supresión de conventos menores (1839-1842)
Mayo de 1839 – 1842
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
Mayo de 1839 – 1842
Dónde
Popayán, Cauca, Patía, Nueva Granada, Pasto, Túquerres, Ipiales, Buesaco, Juanambú
Protagonistas
José Ignacio de Márquez (presidente de la Nueva Granada, 1837-1841), José María Obando (general y caudillo regional; se lanzó a la insurrección el 26 de enero de 1840), Gregorio Sarria (caudillo regional; acompañó a Obando en el cerco de Popayán), Tomás Cipriano de Mosquera (figura política y militar del sur, referida como interés en disputa), Pedro Alcántara Herrán (figura política y militar del sur, referida como interés en disputa), José Félix Valdivieso (funcionario republicano que en 1825 expresó visión extrema sobre la población pastusa), Cura local de Pasto no identificado nominalmente (movilizador clave de la insurrección inicial), Congreso de la Nueva Granada (aprobó la ley de supresión de conventos menores en mayo de 1839), Convención Granadina de 1832 (reactivó las leyes de supresión de 1821 y 1826)
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. Aprobación en mayo de 1839 de la ley que extinguía cuatro conventos menores de Pasto por tener cada uno menos de ocho sacerdotes, cuarto eslabón de una cadena legislativa que arrancaba en 1821 y reflejaba la política republicana de controlar y racionalizar la Iglesia mediante el Patronato.
  2. Papel central de los conventos en la vida comunitaria pastusa: prestaban dinero, atendían enfermos, sostenían la educación, organizaban la devoción popular y mediaban conflictos, de modo que su supresión era percibida como destrucción del tejido social, no como reforma administrativa.
  3. Debilidad estructural del Estado republicano en cobertura y legitimidad frente al enorme peso social, político y económico de la Iglesia, que hacía explosiva cualquier medida que afectara al clero en regiones donde este era la columna de la vida social.
  4. Movilización activa de un cura local de Pasto —no identificado nominalmente— que tradujo la orden abstracta del Congreso en un llamado a la resistencia comprensible para su feligresía, aprovechando la autoridad casi universalmente aceptada del clero frente a unos gobernantes republicanos percibidos como lejanos.
  5. Sustrato de larga duración: memoria realista de Pasto durante la Independencia, cicatrices de la pacificación bolivariana de 1825, sentimiento localista y fisonomía étnica indígena-mestiza de los altiplanos de Pasto, Túquerres e Ipiales, que diferenciaban estructuralmente la región del resto del Gran Cauca.
  6. Articulación posterior con agravios de caudillos regionales como Obando —derrotado electoralmente por Márquez en 1837 y comprometido en el proceso judicial por el asesinato de Sucre— y con las guerrillas del Patía, que ampliaron la base armada y convirtieron la revuelta local en insurrección regional.
Mayo de 1839 – 1842Resistencia pastusa a la supresión de conventos menores (1839-1842)

Consecuencias

  1. Desencadenamiento de la Guerra de los Supremos (1839-1841), que alcanzó relieve nacional al extenderse desde el sur hacia otras provincias del país, con levantamientos de caudillos regionales que esgrimían agravios variados y difusos.
  2. Exposición de la contradicción estructural del Estado republicano: confesionalmente católico por sus propias constituciones y dependiente de la Iglesia para funciones que no podía cubrir, atacaba sin embargo las instituciones eclesiásticas locales sobre las que descansaba su presencia territorial.
  3. Disolución del núcleo programático original de la resistencia pastusa al confluir con actores de agendas distintas —caudillos con clientelas propias, guerrillas del Patía, sectores federalistas, esclavos—, lo que amplió la base militar de la rebelión pero le quitó capacidad de imponer sus propios términos.
  4. Prolongación del conflicto armado en el sur gracias a la tenacidad militar de los pastusos en un terreno que conocían, contribuyendo a que la guerra se extendiera entre 1839 y 1841 y dejara un sedimento de inestabilidad regional que persistió más allá de la pacificación formal.
  5. Consolidación de la percepción, en sectores del Estado y las élites, de que la población pastusa era irreductiblemente hostil al proyecto republicano, actitud ya expresada por Valdivieso en 1825 y reforzada por la insurrección, con efectos de largo plazo sobre las políticas hacia la región.
03

La clave interpretativa

Por qué importa

La resistencia pastusa de 1839 demuestra que el conflicto político de la primera mitad del siglo XIX neogranadino no se agotaba en la disputa entre caudillos liberales y conservadores: existían racionalidades populares religiosas y comunitarias con lógica propia, capaces de generar insurrección antes de que los grandes actores entraran en escena. El episodio revela además la contradicción estructural de un Estado que se declaraba católico y dependía de la Iglesia para gobernar el territorio, pero atacaba las instituciones eclesiásticas locales que sostenían esa presencia; esa tensión irresuelta atravesaría toda la historia política colombiana del siglo XIX. Finalmente, la absorción de la revuelta pastusa por la Guerra de los Supremos ilustra cómo los conflictos de base popular pueden ser capturados y resignificados por actores con agendas distintas, borrando en el registro histórico la especificidad de su origen.
04

Desarrollo histórico

La historia completa

Resistencia pastusa a la supresión de conventos menores (1839-1842)

En mayo de 1839 el Congreso de la Nueva Granada aprobó la extinción de cuatro conventos menores de Pasto, alegando que ninguno reunía los ocho sacerdotes que la legislación exigía como mínimo. La medida, técnica en su formulación y respaldada en parte por la propia jerarquía eclesiástica, encendió en el sur del país una revuelta que no cabía en las categorías del gobierno central. Los pastusos —indios, mestizos, curas, caudillos menores— se lanzaron a las armas en defensa de sus casas religiosas, y lo que en Bogotá se leyó como un episodio de fanatismo provinciano fue en realidad la reacción de una comunidad que veía atacados los nodos materiales y simbólicos de su vida cotidiana. Aquella chispa local prendió fuego a la guerra de los Supremos, que entre 1839 y 1841 alcanzó relieve nacional y arrastró a caudillos como José María Obando y Gregorio Sarria a una insurrección más amplia. La resistencia pastusa, sin embargo, tuvo lógica propia: nació antes que los Supremos, respondió a agravios distintos y sobrevivió como sedimento incluso cuando la guerra grande ya había sido pacificada. El conflicto entre el Estado liberal en construcción y las sociedades locales no se agotaba en el binario de partidos ni en las disputas de caudillos, y ningún otro episodio de la primera mitad del siglo XIX neogranadino lo muestra con tanta nitidez.

Pasto se había fundado en 1539, y su primer convento femenino, La Concepción, se erigió en 1588. La ciudad ocupa un lugar singular como plaza de frontera: mientras que en las otras sedes conventuales del Nuevo Reino los conventos se instalaron en el corazón de sociedades criollas ya consolidadas, en Pasto lo hicieron en el límite meridional de la jurisdicción, en un altiplano donde la evangelización coincidía con la contención territorial. Esa condición marca desde el principio la textura de su vida religiosa: los conventos no fueron allí adorno de una élite criolla, sino instituciones incrustadas en una sociedad de altiplano donde la fisonomía étnica, social y cultural estaba fuertemente marcada por la presencia indígena. Los altiplanos de Pasto, Túquerres e Ipiales diferían estructuralmente del resto del Gran Cauca, donde predominaba la dicotomía entre grandes propietarios blancos y poblaciones negras y mulatas. Aquí, en cambio, el mundo campesino tenía otra composición y otra relación con la parroquia.

Sobre ese sustrato se había construido, durante tres siglos de dominio colonial, un tejido en el que las órdenes religiosas cumplían funciones que rebasaban con mucho lo espiritual. En un convento pastuso se cristianizaba y se enseñaba a leer, pero también se prestaba dinero al labrador que necesitaba comprar semilla, se atendía al enfermo que nadie más recogía, se guardaba la imagen que salía en procesión y se mediaba en el pleito que ningún juez habría resuelto. La influencia de las órdenes varió en el Nuevo Reino según la región —en Antioquia y Santander fue notoriamente débil, con muy pocos conventos—, pero en el sur, y en Pasto de manera particular, el clero regular constituía uno de los pilares del orden social. La autoridad de obispos y curas era casi universalmente aceptada por un pueblo que percibía cercanía con ellos en contraste con la distancia hacia los nuevos gobernantes republicanos.

A esa densidad religiosa se sumaba una memoria política incómoda para el proyecto republicano. Pasto había sido bastión realista durante las guerras de Independencia, y la campaña de pacificación bolivariana dejó cicatrices profundas. En 1825, el funcionario José Félix Valdivieso escribía que la provincia había quedado "en estado de no volver a respirar" tras una "espurgación completa", y confesaba su deseo de que se "regenere ese país con nueva gente", pues no querría que quedara "alma viviente en Pasto". Sus palabras —extremas, no oficiales, pero reveladoras— dejan constancia de cómo al menos algunos representantes del nuevo Estado percibían a la población pastusa: irreductiblemente hostil al proyecto independentista, refractaria a cualquier integración. Ese mismo año, la campaña del coronel Flores contra la facción de Benavides mostraba que la resistencia pastusa era aún un problema militar abierto, catorce años antes de la ley de conventos.

Todo esto configuraba un sustrato de larga duración. El ancestral sentimiento localista español, que los Borbones habían intentado eliminar con formas centralizadas de administración, resurgió en las colonias americanas apenas se rompió el vínculo con la monarquía. En Pasto ese localismo se combinaba con la memoria realista y con la fuerza social de sus conventos, y producía una comunidad estructuralmente predispuesta a leer como agravio cualquier imposición del Estado bogotano.

La ley de mayo de 1839 no salió del vacío. Fue el cuarto eslabón de una cadena legislativa republicana que se remontaba a la ley del 6 de agosto de 1821, expedida en la primera fase grancolombiana, reforzada por la ley del 7 de abril de 1826, y que la Convención Granadina de 1832 declaró nuevamente en vigor tras la disolución de Colombia. La norma de 1832 disponía que los conventos suprimidos continuarían dedicándose a Casas de Educación, un giro característico del liberalismo temprano: no destruir la infraestructura eclesiástica sino reorientarla hacia funciones que el Estado consideraba productivas.

La lógica de fondo era coherente con la construcción del Estado republicano. Las constituciones de 1821, 1832 y 1843 consagraron el confesionalismo católico —la religión católica como religión de la República, con deber gubernamental de protegerla bajo el patronato—, pero al mismo tiempo el Estado buscó mantener el control sobre la Iglesia mediante esa misma institución del Patronato heredada de la Corona. Un sector de las élites políticas veía en el enorme peso social, económico y político del clero un peligro, y emprendió acciones para controlarlo, limitarlo y reducirlo, especialmente en sus aspectos económicos.

En ese marco, la supresión de conventos con menos de ocho sacerdotes era técnicamente defendible: se presentaba como una racionalización de casas religiosas que ya no cumplían el mínimo canónico para su vida regular. Parte de la jerarquía eclesiástica la había solicitado. Que la misma medida se hubiese aplicado sin escándalo mayor en otras provincias, y que se hubiera legislado tres veces antes sin generar guerra, sugiere que su aplicación en Pasto encontró condiciones locales particulares, no una imposibilidad general. La continuidad legislativa entre 1821, 1826, 1832 y 1839 muestra además que la reforma eclesiástica no fue capricho de una facción sino orientación estable del proyecto republicano, y que su choque con la sociedad pastusa era, en el fondo, el choque entre dos temporalidades incompatibles: la del Estado en construcción y la de una comunidad que se pensaba a sí misma desde una duración mucho más larga.

El gobierno del presidente José Ignacio de Márquez —jurista prudente, elegido en 1837 tras derrotar a Obando en las urnas— presumía de un talante civilista y pacifista. La ley de conventos, sin embargo, resultó contraproducente para ese ánimo. Al aplicarse a cuatro casas de Pasto, tocó nervios que la legislación general no había previsto. Lo que sucedió a continuación en la ciudad puede resumirse en un dato central: los pastusos se levantaron en armas estimulados por un cura de la localidad. Su nombre no aparece con claridad, pero su papel es indispensable para entender el mecanismo. Un clérigo local, dotado de la autoridad casi universalmente aceptada del cura de pueblo, tradujo la orden abstracta del Congreso en un llamado a la resistencia comprensible para su feligresía. Donde el Estado hablaba de mínimos canónicos y de casas de educación, el cura hablaba de la casa de Dios, de la comunidad amenazada, del gobierno lejano que venía a tomar lo que no le pertenecía. La legitimidad social del clero, superior en Pasto a la del Estado republicano en cualquiera de sus formas, convirtió la protesta en insurrección.

Los conventos suprimidos no eran para los pastusos edificios ni cifras. Eran los lugares donde se celebraba la fiesta del santo patrono y donde el labrador acudía a pedir un préstamo, donde se veneraba la imagen que salía en Semana Santa y donde el huérfano encontraba techo. Su desaparición no significaba una reforma administrativa sino la destrucción de instituciones que sostenían la vida comunitaria. El agravio era existencial y era racional: los pastusos defendían algo concreto, valorado, funcional, contra un Estado que ni había demostrado capacidad de sustituirlo ni tenía legitimidad para exigir el sacrificio.

La contradicción del Estado republicano quedaba así expuesta en su forma más nítida. Confesionalmente católico por sus propias constituciones, dependiente de la Iglesia para desempeñar de facto funciones que él no podía cubrir en el territorio, atacaba sin embargo las instituciones eclesiásticas locales sobre las que descansaba su propia presencia territorial. La ley de 1839 fue un acto de autosabotaje institucional en las provincias donde el clero era la columna de la vida social.

Durante los primeros meses la insurrección pastusa fue todavía un asunto religioso local. El gobierno de Márquez envió tropas al sur para restablecer el orden, y al llegar a Pasto el comandante gubernamental ofreció un indulto a quienes depusieran las armas. Al mismo tiempo, sin embargo, se proclamó el decreto de supresión de los conventos. La combinación era problemática: se ofrecía perdón por levantarse contra una medida que se mantenía inalterada. La pacificación pedía olvido de la insurrección sin conceder nada sobre lo que la había motivado. La lectura pastusa fue previsible: el Estado ofrecía impunidad para retirarse, pero no ofrecía retirar lo que había provocado el levantamiento. En una sociedad donde el agravio no era personal sino comunitario, el indulto individual carecía de sentido.

Lejos de deponer las armas, las guerrillas que operaban entre Popayán y Pasto —el territorio quebrado de Buesaco, Juanambú, Patía— se sumaron a la revuelta. En esos meses la resistencia dejó de ser un asunto exclusivamente pastuso y comenzó a articularse con las redes armadas que desde las guerras de Independencia habían hecho del sur un espacio de conflicto permanente. Las montoneras del Patía, con su tradición de autonomía y su desconfianza hacia cualquier autoridad central, encontraron en la revuelta pastusa una causa suficientemente próxima a las suyas para hacerla propia. Fue entonces cuando el conflicto encontró a los caudillos que lo elevarían de rango.

El general José María Obando había sido derrotado por Márquez en la elección presidencial para el período 1837-1841. Su capital político estaba intacto en el sur, donde tenía clientelas, prestigio militar y agravios acumulados. En esos meses se reactivó, mediante la prisión del jefe guerrillero José Erazo, el proceso judicial por el asesinato del mariscal Antonio José de Sucre ocurrido en 1830 en Berruecos, en el que Obando estaba implicado. Una investigación judicial lo comprometía, un gobierno al que consideraba adversario ocupaba Bogotá y una insurrección estaba en marcha en su propio territorio. De esa coyuntura salió Obando, el 26 de enero de 1840, lanzándose a la insurrección en compañía de Gregorio Sarria y cercando Popayán.

Con ese gesto, la revuelta cambió de escala. Lo que había sido una resistencia local contra una ley eclesiástica se convirtió en una insurrección regional con jefe militar, comunicaciones con otros descontentos del país y un discurso político. Obando y quienes lo siguieron atribuyeron la guerra a los excesos personalistas del gobierno de Márquez y a la defensa de los intereses de Tomás Cipriano de Mosquera y Pedro Alcántara Herrán, sus rivales políticos en el sur. El gobierno respondió con la acusación simétrica: culpó a las ambiciones de los jefes locales. Ambas posiciones eran parciales; ninguna daba cuenta de lo que había arrancado en las calles de Pasto en 1839.

La denominación de "Supremos" surgió porque los caudillos regionales se dieron a sí mismos ese título: jefes supremos de sus provincias en armas. La guerra creció durante 1840 y 1841 con levantamientos en distintos puntos del país, cada uno con sus agravios propios. Los reclamos eran variados y difusos. Faltaba un sentimiento genuino de nacionalidad. Circulaba un cierto afán descentralizador o federal. Se sumaban reivindicaciones contra la miseria de los grupos trabajadores, incluidos los esclavos. Y latía el espíritu militarista propio de la generación formada en la guerra de emancipación y en el estilo político de la Gran Colombia.

Los rebeldes carecían de perspectiva común. La revuelta había empezado como levantamiento clerical con lógica comunitaria; después se le sumaron actores con agendas distintas: caudillos con clientelas propias, guerrillas del Patía con tradición de autonomía armada, sectores federalistas de otras provincias, esclavos que veían en la insurrección una oportunidad de mejorar su condición. La confluencia amplió la base militar de la rebelión, pero disolvió su núcleo programático. Los pastusos que se habían levantado por sus conventos se encontraron combatiendo bajo jefes cuyos objetivos —limpiar el nombre de Obando en el caso Sucre, disputar el control regional a Mosquera y Herrán, negociar federalismo— tenían poco que ver con la razón inicial de su alzamiento.

Cuando los caudillos regionales entraron en el juego, la revuelta se convirtió en un componente de la guerra de los Supremos y perdió la capacidad de imponer sus propios términos. Los pastusos siguieron combatiendo, y su tenacidad militar en un terreno que conocían fue decisiva para prolongar el conflicto. Pero ya no eran ellos quienes definían de qué se trataba la guerra.

Dentro del propio campo opositor al gobierno tampoco había consenso. Francisco de Paula Santander, que había regresado a la vida política tras el exilio, se opuso a la revuelta. José Hilario López, otro veterano liberal, se abstuvo visiblemente e intentó mediar. La insurrección de 1839-1841 no fue una guerra de partidos claramente delineados sino una confluencia inestable de descontentos regionales.

Aunque capturada, la revuelta pastusa conservó una fisonomía propia que la distingue del resto de la guerra de los Supremos. Su base social era comunitaria y campesina, no de peonaje de hacienda ni de facciones urbanas: en un altiplano de fuerte impronta indígena y mestiza, los conventos defendidos eran instituciones de barrio y de pueblo, no monasterios aristocráticos, y quien se levantó lo hizo desde una red parroquial que le daba sentido a la acción colectiva. Su liderazgo no fue el de un caudillo militar de arrastre nacional sino el de un cura local, cuyo nombre no ha quedado fijado pero cuya función es evidente: traducir la ley abstracta en agravio concreto, dar autoridad a la desobediencia, articular la protesta en el lenguaje del culto. Esa mediación clerical daba a la revuelta un timbre distinto del de los levantamientos caudillistas típicos del siglo XIX. Cuando Obando y Sarria entraron en escena en enero de 1840, el liderazgo militar cambió, pero la base parroquial siguió operando en el terreno.

Su ideología era implícita y conservadora. Los pastusos no combatían por un programa federal ni por una reforma constitucional, aunque ambas cosas circularan en los discursos de los Supremos que se les sumaron. Combatían por conservar. Su horizonte era la restauración de un orden en el que los conventos, las cofradías, las fiestas y los curas eran las instituciones que garantizaban la vida buena. En eso conectaban con la corriente intelectual conservadora que años después revalorizaría el orden colonial y cuestionaría los efectos de la Independencia. Aquella tradición, formalizada más tarde en Bogotá por letrados, ya operaba de hecho en las montañas del sur.

Y había una continuidad con la resistencia realista. Los pastusos que se levantaron en 1839 pertenecían a la misma sociedad que había sostenido a Agustín Agualongo hasta 1824 y que había llevado a Valdivieso a desear su "regeneración con nueva gente". La ley de conventos activó una hostilidad hacia el Estado central que llevaba dos décadas madurando bajo la superficie. Más que una revuelta nueva, la resistencia pastusa de 1839-1842 fue la reaparición de un conflicto estructural que la Independencia no había resuelto sino aplazado.

La guerra fue pacificada gradualmente en 1841 y 1842. Herrán, que tomó varias iniciativas de paz a lo largo del conflicto, condujo la campaña militar y política de resolución. La derrota de los Supremos fue militar, pero también organizativa: sin programa común, agotadas las líneas de suministro, dispersas las guerrillas, los caudillos regionales fueron cayendo uno tras otro. Obando marchó al exilio. Los territorios del sur volvieron a la autoridad del gobierno central.

El indulto ofrecido al inicio del conflicto había fracasado; la pacificación posterior a 1841 se logró por la fuerza y por el desgaste. La salida política del conflicto no dio a los pastusos ninguna reivindicación de fondo sobre los conventos: la ley se mantuvo, y el ciclo de reformas eclesiásticas del Estado neogranadino continuó, con nuevos episodios en la década siguiente cuando políticos anticlericales intensificaron las medidas contra la Iglesia, se persiguió a los jesuitas y el arzobispo Manuel José Mosquera fue desterrado por orden del presidente José Hilario López.

En el orden constitucional, la derrota de los Supremos tuvo consecuencias significativas: reforzó la tendencia centralizadora y presidencialista del régimen, expresada más tarde en la Constitución de 1843. El proyecto liberal salió del conflicto herido pero no vencido. La sociedad pastusa quedó nuevamente derrotada y nuevamente conservada: sin sus conventos completos, sin haber alterado la política nacional, pero con sus estructuras comunitarias suficientemente intactas para reaparecer en los conflictos siguientes del siglo.

El costo material del conflicto fue profundo, y el sur lo pagó de manera desproporcionada. Los años posteriores a 1839 vieron cómo los capitales huían del país, cómo las tropas —propias y ajenas— consumían las cosechas y el ganado, cómo la confianza en el gobierno se deterioraba hasta niveles que hacían inviable el crédito ordinario. Las tierras del corredor Popayán-Pasto quedaron devastadas, las poblaciones exhaustas de años de reclutamientos y requisas. Para las provincias del sur, teatro principal del conflicto, la guerra significó una regresión material que profundizó el aislamiento estructural de la región respecto a los centros de acumulación del país. La comunidad que había defendido sus conventos salió empobrecida, sin haberlos salvado y con menos recursos para reconstruir lo que quedaba.

Las narrativas del conflicto se cristalizaron pronto en dos posiciones parciales. Los rebeldes atribuyeron la guerra a los excesos personalistas del gobierno; los gobiernistas, a las ambiciones de los jefes locales. Ninguna de las dos versiones daba cuenta de la especificidad pastusa. La primera diluía la revuelta local en una crítica al centralismo bogotano; la segunda la subordinaba a la biografía de Obando. En ambas, la comunidad pastusa desaparecía como sujeto histórico, absorbida por la narrativa de los caudillos y del gobierno. Los vencedores negaron a los vencidos la facultad de juzgar, y las Memorias que Joaquín Posada Gutiérrez escribió años más tarde convirtieron la escritura de la historia en un tribunal donde el gobierno legítimo dictaba sentencia sobre la rebelión.

La imagen del "cura agitador" quedó como residuo folclórico de esa desaparición. Se admitía que un clérigo local había estimulado a los pastusos, pero el reconocimiento operaba como reducción, no como comprensión. Un cura fanático movilizando a un pueblo fanático era una explicación cómoda para ambos bandos ilustrados; ninguno tenía interés en reconstruir la racionalidad de la protesta.

Sin los pastusos en armas, los caudillos supremos no habrían tenido tropa; sin los conventos amenazados, los pastusos no habrían tomado las armas. La guerra de los Supremos suele contarse como el primer gran choque entre facciones liberales y conservadoras en formación, o como una disputa personalista entre Obando y sus rivales, pero en su base operaba una racionalidad popular —comunitaria, religiosa, localista— que no encajaba en el binario de partidos y que dio al conflicto buena parte de su fuerza social. El choque entre el Estado liberal en construcción y las sociedades locales no fue un subproducto de la lucha de élites: fue una de sus dimensiones constitutivas.

La ley de 1839 fracasó no porque estuviera mal formulada sino porque atacaba, en Pasto, las instituciones sobre las que descansaba de facto la presencia territorial del propio Estado. Un aparato con gran debilidad en cobertura y legitimidad no podía permitirse debilitar a las autoridades sociales que lo suplían, especialmente en regiones donde el clero era la columna de la vida cotidiana. La contradicción entre confesionalismo constitucional y reformismo eclesiástico atravesaría todo el siglo XIX colombiano, y sólo se resolvió con la Regeneración, mediante fórmulas que en 1839 aún no estaban al alcance de nadie.

Sobrevive por eso, en el nombre de esta guerra, un desdoblamiento: la de los Supremos, por los caudillos que la protagonizaron, pero también, más antigua, la de los conventos, por lo que hizo que empezara. En esa segunda designación se conserva la huella de una racionalidad popular que las élites vencedoras no supieron reconocer. La resistencia pastusa no fue precursora pasiva de una guerra mayor: fue la acción por la cual una sociedad concreta defendió, en sus propios términos, lo que consideraba suyo.

05

La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

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Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

18 documentos · 21 fragmentos
01Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · p. 641 cita
[1]nacional. Cuando Márquez desempeñaba la primera magistratura se hizo un censo poblacional, que dio 1.816.518 personas en el área de la Nueva Granada. Un hecho que tuvo marcado acento durante el cuatrienio del presidente Márquez fue la "gue- rra de los conventos", por haberse originado en una medida sobre algunos…p. 64
02Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de ColombiaRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); con colaboración de Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Fernán González, Margarita González, Alfredo Iriarte, entre otros · 1988 · p. 141 cita
[2]sus necesidades. A mas de discutir y de dotar al pais de esta Constitucién, la notable Convencién Granadina de 1832, que asi se reconoce en la historia este me- morable congreso, se ocupé de dictar una larga se- tie de decretos y de leyes tendientes a la organiza- cién del pais, de los cuales citaremos los principa-…p. 14
03Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · p. 21, 2142 citas
[3]los gomemos del conflicto conocido como guerra de los Supre mos, contienda avil que, encendida enel sur del pals, alcanzó entre 1639 y 1841 relieve nacional: Se denominaba “supremos” a bos caudillos reghonales ones de Cubo e e firma debes igreuterans ¡e A Comneno fase Jedaría sl s de Som Mario, y Mgz Just Romera Samer…p. 21
[8]religión Católica, Apostólica, Romano es lo res ligión de la República. Es un debor del gobierno, en ejercicio del patro- mato de la Iglesia colombiana, prote- gerda y no tolerar el culto público de ninguna otras, Adquirió asíel Estado un carácter confesional y de intole- rancia hacia cualquier culto que no fuera el…p. 214
04Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · p. 1, 142 citas
[4]57 LAS ÓRDENES RELIGIOSAS Y LA SOCIEDAD NEOGRANADINA, SIGLOS XVI-XIX William Elvis Plata Introducción Las órdenes religiosas no solo fueron las grandes protagonistas del proceso de cristianización de la Nueva Granada en los siglos a, sino que, además, por lo mismo, adquirieron tal grado de XVI XVIII poder y de…p. 1
[5]algunas regiones, como las actuales Antioquia y Santander, la influencia de las órdenes religiosas fue mucho más reducida, al punto de no existir sino muy pocos conventos y casas religiosas durante los siglos y. XVI, XVII XVIII Tan estrecho fue el vínculo de las órdenes con los poderes civiles, que su establecimiento…p. 14
05Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 4991 cita
[6]siglo xvii y tres al pe- riodo final del virreinato. El cuadro siguiente suministra en orden cronológico las fechas de fundación de las insti- tuciones con el objeto de facilitar una mayor comprensión de lo que fue el fenómeno global de la clausura femenina. Tipo de ciudad y fundación Fundación del primer convento…p. 499
06Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · p. 381 cita
[7]y patronato estatal sobre la Iglesia lo que generó los primeros conflictos entre ambas potestades. El Estado pretendió seguir controlando a una institución eclesiástica cuya organización, peso social, político y económico, eran enormes, en comparación con la pobreza de sus arcas fiscales. En este escenario, el Estado…p. 38
07Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · p. 2271 cita
[9]Este le dio entonces la comandancia de armas del departamento del Ecuador y le prometió para más adelante la gobernación de la nueva provincia de Imbabura. Pero el primer empleo fue suficiente para comenzar su meteórica carrera política en Quito. A mediados de 1825 ya José Félix Valdivieso consideraba que estaba…p. 227
08Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 291 cita
[10]Faja Oriental>>permiten apreciar la comple- jidad interna de la s cuatro r eg iones. Por ejemplo, el Gran Cauca era extremadamente di verso por su base racial, sus tradiciones e idiosincrasias, sus ecosistemas y sus bases productivas. En el s ur, los altiplanos agrícolas de Past o, Túquerres e lpiales, pr esentaban…p. 29
09El pensamiento colombiano en el siglo XIXJaime Jaramillo Uribe · 2017 · p. 2141 cita
[11]así en parte por razones muy variadas y no simplemente por espíritu de imitación. El ancestral sen- timiento localista español, que no había desaparecido del todo entre los criollos de las colonias americanas y que los Borbones trataron de eliminar trasladando a la metrópoli y al imperio ultramarino las formas…p. 214
10Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · p. 63, 672 citas
[12]a los superiores, a los padres, a los bien nacidos, a los cultos, se abandonaba. La idea de Bolívar de que el pueblo era ingobernable entró a hacer parte de esta visión de la comunidad, y por eso se fortaleció la convicción de que solo mediante un ejecutivo muy fuerte se podía mantener el orden, con ayuda de la…p. 63
[13]que provocó la revuelta conservadora. Como ya se señaló, en ambos partidos había grupos que rechazaban la violencia, por considerarla un método inadecuado. Por ejemplo, la revuelta de 1839 tuvo la oposición de Santander y contó con la “abstención” visible de José Hilario López, quien trató de ser un mediador. Los…p. 67
11Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 1371 cita
[14]Juanambú, el 30 de agosto. En Pasto ofreció un indulto a los que depusieran las armas y proclamó el decreto de supresión de los conventos. Sin embargo, las guerrillas que operaban entre Popayán y Pasto se sumaron a la revuelta. La pri- sión de uno de los jefes guerrilleros, José Erazo, sirvió para reactivar el caso…p. 137
12Historia doble de la Costa. Tomo 2: El Presidente NietoOrlando Fals Borda · 2002 · p. 991 cita
[15]de 1833, con la venia del Supremo Consejo del oriente Neogranadino, fundado cuatro días antes). El abogado Antonio Benedetti, entonces teniente de las milicias locales y compañero de Nieto en la plaza, pertenecía al grupo de funda- dores. No tuvo dificultades en presentar como aprendiz o luba- tón a J u a n J o s é en…p. 99
13Empresas y empresarios en la historia de Colombia. Siglos XIX-XX. Una colección de estudios recientesCarlos Dávila Ladrón de Guevara (compilador) · 2003 · p. 4191 cita
[16]ade cambio y no en o r o,por un v a l o rde 1.588 l i b r a se s t e r l i n a s,para pagar en s e s e n t a d í a s. Los años que s i g u i e r o n a l aguerra de l o sSupremos s ec a r a c t e r i z a r o n por s e runa época en que s e disparó e li n t e r é sd e l d i n e r o, alcanzando c i f r a se x t r a o r d…p. 419
14Economía y cultura en la historia de ColombiaLuis Eduardo Nieto Arteta · 2016 · p. 1721 cita
[17]ejecución, prometían a la República un porvenir lisonjero… «Pero de repente el genio del mal invade nuestro suelo, y lisonjeando intereses privados, derrama males sin cuento entre los granadinos. Quieren algunos librar a la fuerza la decisión de cuestiones políticas que deben tratarse en la calma de la fría razón y…p. 172
15Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · p. 1401 cita
[18]rebeldes y causaban también un empobre- cimiento general, debilitando enormemente el poder de compra de los consumidores. Por otra parte, los conflictos civiles minaban los acervos de capital disponible, por su fuga hacia Europa o a través de 35 James L. Payne, Patterns ofConflict in Colombia (New Haven: Yale…p. 140
16Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · p. 441 cita
[19]jesuitas, comuni- dad militante de la Iglesia Catdlica perseguida por los anticlericales de todo el mundo. La crisis religiosa se difundié en Nueva Granada a través de periddicos, hojas volantes, avisos, pan- fletos y otros medios de comunicacién social. Por su parte, los prelados utilizaron las pastorales para dar a…p. 44
17Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 911 cita
[20]las pe- queñas manufacturas de lana, que antes se alimentaban de los vellones de ovejas que desaparecieron, su población diezmada, multitud de fusilados, mujeres vio- ladas y ranchos quemados". (Restrepo, vol. V, p. 138). En el Llano, cuando las tropas fueron licenciadas en 1824, los hombres "se encontraron sin hogar…p. 91
18Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en ColombiaAlexander Betancourt Mendieta · 2020 · p. 131 cita
[21]Joaquín Posada Gutiérrez se inscribía en un pesimismo acendrado ante la hegemonía liberal, él que había sido participante en las guerras de la Independencia y había compartido sus esperanzas. No obstante, de este rasgo característico de la obra del general Posada Gutiérrez, interesa sobre todo destacar el tipo de…p. 13